Lo Último

43. La muerte del guerrillero.





Cuando el piloto disparó su cámara en ese lugar humildísimo, el ‘Che’, rodeado de enemigos, en el más absoluto desamparo, herido de bala, habiendo escuchado cómo se asesinaba al heroico Willie Cuba en la habitación de al lado, mostró que es verdad, como escribió Sartre, que “la vida no es más que un chispazo entre dos tinieblas”. El único sentido de la misma es lograr que ese chispazo se vuelva una llamarada que perdure en las retinas de las mujeres y los hombres de buena voluntad, cualquiera sea su ideología.



CAPTURA Y MUERTE. 

El 8 de octubre de 1967, cae herido de bala en la parte posterior de la pierna derecha y es apresado en la Quebrada del Yuro, cerca del pueblo La Higuera, en Bolivia por los rangers bolivianos entrenados por los boinas verdes norteamericanos. En Vallegrande, se encontraba la jefatura de la Octava División del ejército boliviano bajo las órdenes del Coronel Joaquín Zenteno Anaya. También estaba allí el Capitán Félix Ramos Medina, cuyo verdadero nombre es Félix Rodríguez Mendigutía, un cubano americano, veterano de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), experto en contra insurgencia, que se encontraba asesorando al ejército boliviano cumpliendo petición de La Paz a Washington.

Durante muchos años se ha mantenido la teoría de que fué la CIA quien ordenó la muerte del Che. Hay una versión relativamente reciente que apunta a que los americanos le querían vivo, porque derrotado y prisionero sería un golpe devastador para La Habana y Moscú y que parece ser que los militares bolivianos no pensaban como Washington.

El capitán Gary Prado, el jefe del batallón, lo conduce hasta el pequeño poblado de La Higuera, donde es encerrado junto con otros guerrilleros, entre ellos Willy Cuba, un valiente  boliviano que prefirió permanecer junto a El Che en vez de intentar escapar. No tardó en llegar la orden de La Paz: 500 y 600. El número 500 significaba el Che; el 600 ordenaba su muerte. El Che debía ser asesinado y quien se encargaría de dicha tarea es el sargento Mario Terán, elegido al azar por el coronel Centeno entre los siete suboficiales presentes.

El Che se encontraba prisionero en una pequeña escuela del lugar. En el mismo lugar estaban los cuerpos sin vida de otros guerrilleros caídos en combate: Antonio, cubano, cuyo verdadero nombre era Orlando Pantoja; Arturo, cubano, nombre verdadero René Martínez Tamayo. En otra habitación se encontraba herido el guerrillero boliviano Willy, nombre verdadero Simón Cuba Saravia. Encerrado en una Escuela, con las manos y pies atados. Estos últimos  estaban envueltos en pedazos de trapos sucios y cueros, amarrados con cordeles. El aspecto del Che era de gran deterioro.  Su expresión aunque serena es intensa. Mirada de quien ya se sabía condenado.

Dicen que el coronel Zenteno y el capitán Ramos intentaron varias veces hablar con él, pero que éste no respondió a sus preguntas.


El Che Guevara, desangrándose sobre el suelo, segundos después de haber sido ametrallado. En la foto aparecen dos soldados, con fusiles en las manos. Parecieran reflejar el momento del tiro de gracia, quizá a cargo del sargento Mario Terán, su verdugo, quien fue elegido al azar entre siete suboficiales. 



Un soldado observa y toca el cadáver de El Che. Su cuerpo, sobre el suelo, está bajo una inmensa mancha de sangre. Algunas de estas fotos fueron tomadas por el piloto del helicóptero que transportó a integrantes del grupo que participó de la muerte de Ernesto Guevara. Entre ellos, el agente de la CIA, Félix Rodríguez. 



Primer plano del Che ya muerto. Tiene los ojos abiertos. Dicen que fue el viento del tramo aéreo entre La Higuera y Valle Grande el que se los abrió. Esta mirada fue inmortalizada por el fotógrafo Freddy Alborta (Clarín)



El cuerpo de Guevara, atado al patín del helicóptero, cuando fué trasladado de La Higuera a Vallegrande.

El 9 de octubre de 1967 es asesinado por orden del gobierno boliviano, en connivencia con la CIA y trasladado hasta Vallegrande,  donde su cadaver fue exhibido durante un día y medio frente a pobladores, militares y periodistas, como una prueba inequívoca para el mundo de que se había dado caza a uno de los guerrilleros más peligrosos de ese entonces. Pero esta misma maniobra fue la que dejó a la persona del Che, como una figura mítica y símbolo de la lucha revolucionaria que es recordada y admirada hasta nuestros días.  
El destino de sus restos permaneció en secreto durante tres décadas y ninguno de sus asesinos llegó a ser juzgado.  
Al capitán Felix I. Rodríguez intentaron matarlo varias veces. El Coronel Joaquín Centeno Anaya, murió víctima de un atentado en París en 1975, según cuentan  ordenado por La Habana. El presidente Barrientos murió en misterioso accidente de helicóptero. El mayor Quintanilla, asesor del Ministro del Interior en aquellos tiempos, murió en otro atentado cuando era Cónsul General de Bolivia en Hamburgo, Alemania. El sargento Terán vive en algún lugar de Bolivia.



 Ernesto Che Guevara
14/06/1928 - 09/10-1967
Descansa en Paz
No te olvidamos




4 comentarios:

  1. Gracias por el recuerdo. Me llevo un párrafo y una foto y enlazo tu entrada. Un saludo

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  2. "¿Por qué será que el Che tiene esa peligrosa costumbre de seguir naciendo?
    ¿No será porque el Che decía lo que pensaba, y hacía lo que decía? ¿No será que por éso sigue siendo tan extraordinario, en un mundo donde las palabras y los hechos muy rara vez se encuentran, y cuando se encuentran no se saludan, porque no se reconocen?"
    -Eduardo Galeano -
    Merecido homenaje.Gracias!
    Un abrazo.

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  3. Muchas gracias Mateo y Carmela.
    Hay que r+¡seguir militando en determinados recuerdos y sin duda el Che es uno de ellos.
    Abrazos!!

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  4. No vamos a encasillarlo, para aprisionarlo
    en moldes, es decir matarlo. Dejémoslo
    así, en líneas generales, sin ponerle
    ribetes precisos a su ideología socioeconómica
    que no estaba perfectamente
    definida; recalquemos sí, que no ha
    habido en esta guerra de liberación un
    soldado comparable a Camilo.
    Revolucionario cabal, hombre del pueblo,
    artífice de esta revolución que hizo la
    nación cubana para sí, no podía pasar por
    su cabeza la más leve sombra del
    cansancio o de la decepción. Camilo, el
    guerrillero, es objeto permanente de
    evocación cotidiana, es el que hizo esto o
    aquello, «una cosa de Camilo», el que
    puso su señal precisa e indeleble a la
    Revolución cubana, el que está presente
    en los otros que no llegaron y en aquellos
    que están por venir.
    En su renuevo continuo e inmortal,
    Camilo es la imagen del pueblo.

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