Lo Último

Mostrando entradas con la etiqueta 1969. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 1969. Mostrar todas las entradas

3026. Leyenda de un monumento


Ayer eras piedra muerta, cuando el hombre te arrancó de la montaña que te servía de tumba.

Hoy el artista te ha modelado, dándote la forma que nos inspiró el recuerdo de nuestros desaparecidos.

El acto de tu nacimiento te eleva, cual testimonio acusador, contra los que asesinaron a los que tu homenajeas. Pero tu misión es mucho más grande. Por encima de tus dimensiones y de tu escultura, el espíritu que te confiamos hará de ti el símbolo de los, que continuamos creyendo en los valores que aquéllos defendieron.

Esa mano inerte, recordará aquella interminable noche para todos los que no tuvieron tiempo de defenderse y que sucumbieron bajo la tortura y la humillación en los campos de concentración y en las cárceles; ese brazo amenazador, que rompe las rejas, evocará, la bravura, de aquellos que en la Resistencia y en los Ejércitos Aliados asociaron sus nombres a los libertadores en Narvik, Bir-Hakeim, Vercors, Sicilia, Monte-Casino, Normandía, París, Estrasburgo y tantos lugares donde fue vertida sangre y segadas tantas vidas.

Pero tu forma, no refleja solamente sacrificio y muerte; ella es también portadora de  un mensaje de paz y esperanza con ese brazo que se yergue empuñando las espigas del trigo y los ramos del olivo. Y la llama que protege tu conjunto será la hoguera que mantendrá siempre ardiente el ideal defendido por los que tú representas.

Ayer aún eras piedra muerta...

Hoy nosotros te damos la vida... ¡35.000 vidas! que guardarás estrechamente enlazadas: del andaluz, del catalán, del vasco, del castellano, del aragonés, del levantino todos... todos fraternalmente unidos, como en el día de su sacrificio.

Así, cuando vengan a postrarse ante tí los ancianos de cabellos blanqueados por las nieves del tiempo, sabrás transmitirles las últimas palabras del hijo muerto lejos de su terruño; sabrás poner en los labios de esas viudas —marchitas prematuramente— el último beso del que las amó cariñosamente llevándose su imagen como visión postrera; aviva en los hijos el noble orgullo y el sentimiento más hondo hacia el ser que supo morir para que ellos viviesen como hombres libres.

Comunica a todos aquellos que vengan a inclinarse ante tí, la voluntad de proseguir en el camino que ellos trazaron, hasta que nuestro país pueda llamarse y sentirse plenamente libre.

Y cuando la muerte ponga su halo sobre nuestros cuerpos inertes, di a las venideras generaciones lo que fue aquella noche de tinieblas y las vidas que fueron sacrificadas para que resplandezca una nueva aurora. Diles, sobre todo, que los que ofrecieron sus vidas lo hicieron para que en lugar de monumentos a los muertos existan inmensos vergeles donde florezcan la paz y la justicia, la fraternidad, el mutuo respeto y la libertad.

Dar fe en la dignidad humana e impedir que el musgo del olvido recubra el recuerdo de nuestros muertos, ésa será tu misión, modesto monumento, que ayer eras piedra muerta y hoy tienes ya tu leyenda.


Hispania
Portavoz de la Federación Española de Deportados e Internados Políticos (F.E.D.I.P.)
París, junio de 1969


Nota: El monumento fue inaugurado el día 13 de abril de 1969, en el cementerio de Pére-Lachaise de París. 







2766. Mensaje del gobierno republicano en el exilio

Los jerarcas del régimen franquista exultan de seguridad y de esperanza desde el día que lograron la designación de un sucesor por el Caudillo. El pueblo no les ha acompañado en su entusiasmo: ha permanecido frío, indiferente o irritado, y burlón. Nosotros los republicanos hemos sonreído al saber arrodillado ante Franco al nieto de Carlos V, Fernando el Católico, Alfonso XI... La institución monárquica no ha podido mostrarse más indigna de su remoto ayer.

Es innecesario decir que damos por inválido lo acordado en la farsa representada en el viejo palacio de Las Cortes, otrora ilustrado por grandes tribunos amantes de la democracia. y de la libertad. Somos los legítimos representantes del pueblo español y nunca reconoceremos ninguna fórmula política que no sea el resultado de la voluntad nacional libremente expresada.

No nos interesa, empero, aquí, alzarnos en protesta contra lo decidido por el Caudillo y sus corifeos. El intento de embalsamamiento del régimen que detenta el poder en España, no nos merece sino desdén. Por la historia sabernos de la caducidad de todas las maniobras análogas. La Monarquía instaurada por el franquismo no tendrá la fuerza monolítica que ha tenido éste, y no logrará sino aplazar durante algunos años el planteamiento integral de la crisis definitiva. Pero al mostrar sin rebozo el propósito de mantener las viejas estructuras políticas establecidas por el llamado por ellos Glorioso Movimiento, han planteado a todos los españoles un clarísimo dilema, un elijan sin distingos entre una realeza dictatorial y una República democrática. Una Monarquía pseudo-constitucional habría podido engañar a los liberales tímidos y vacilantes. Ante la realidad del dilema perentorio, los millones de españoles que no han sido envenenados por el régimen no tienen libertad de opción. A ellos nos dirigimos.

Lo hemos dicho muchas veces; la República implica el respeto a la libertad de cada uno dentro de un régimen común de libertad. Puede organizarse conforme a muy varias fórmulas políticas. Sólo los necios pueden rechazar todas como inoperantes en España.

España no había conocido hasta 1931 ninguna de las tres revoluciones que habían hecho los pueblos europeos: la revolución religiosa, la revolución política y la revolución socio-económica. Experimentamos todas ellas durante los años de gobierno republicano y en el curso de la lucha fraterna. Estamos ya en condiciones de mirar al mañana con optimismo. La monarquía que se disponen a instaurar será flor de un día. Debemos preparar el pasado mañana. La República es la única solución permanente del problema institucional que está abierto en España desde hace muchos años.

Mensaje a todos los españoles

La República no es nuestro patrimonio, sino el de todos los españoles. Toca a ellos moldearla. Nuestros adversarios no tienen fe en España ni en los españoles; nosotros, sí. Creemos a éstos capaces de hacer cuanto hayan hecho y hagan los otros pueblos de Europa y del mundo. Les invitamos a poner en tensión los resortes de la conciencia y de la voluntad nacionales, a superar la terrible bipolarización de las fuerzas políticas que han desgarrado a España durante siglo y medio y a crear una síntesis dialéctica pareja de la que han conseguido otros pueblos hermanos de Occidente. Tenemos fe en España y en los españoles a quienes los jerarcas del régimen quieren mantener en tutela por suponerlos incapaces.

Invitamos a todos: intelectuales, sacerdotes, profesionales, estudiantes, obreros, industriales, comerciantes y a las gentes de los más variarlos credos e ideales a disponerse para el momento propicio de la mudanza inevitable. En la República, como en todo régimen, cuentan los hombres, claro está; pero son más fácil de sustituir. Nosotros caeremos un día en la batalla, pero nuestros ideales —la vida en fecunda libertad democrática que constituye la República— serán recogidos —lo van siendo ya— por las nuevas generaciones de españoles que sueñan, esperan y trabajan por una patria libre. Les transmitiremos la bandera que hemos mantenido con manos firmes y limpias, y con ella el ejemplo de nuestras vidas, sin fanfarronadas, pero sin claudicaciones, con la esperanza puesta en el alborear de una España nueva, en la que caben quienes no quieran vivir en perpetua tutela. En una tercera República a la que llamamos a todos, cualquiera sea su pasado. Les invitamos a pensar en que si no cerramos filas el día favorable, en lugar de una República liberal, democrática y social, habrán de soportar una dictadura comunista. El único antídoto contra ésta, que tanto asusta a muchos españoles es una firme e inteligente democracia.

Aún es tiempo. Pero el plazo es breve. No debemos esperar nada del mundo. El porvenir está en nuestras manos. Pende la decisión de quienes no tengan vocación para seguir perteneciendo al rebaño post-franquista. Urge la aglutinación de todas las fuerzas acordes con la organización de una democracia en que sea posible el libre juego de las ideas y de los partidos. Llamamos incluso a los monárquicos decepcionados, a los posibilistas, a los demócratas cristianos. Tenemos fe en España y en la República —repetimos— e invitamos a tenerla también a todos los españoles.


Luis Jiménez de Asúa
Claudio Sánchez-Albornoz

En el destierro, a 9 de diciembre de 1969

Publicado en Ibérica por la libertad, 15 de enero de 1970



Luis Jiménez de Asúa fue presidente de la República española en el exilio de 1962 a 1970.

Claudio Sánchez-Albornoz fue presidente del Consejo de Ministros de la República española en el exilio de 1962 a 1971.






2754. Carta al Jefe del Gobierno, Francisco Franco, en 1969




Excmo. Sr.

En estos momentos de creciente confusión política, los que suscriben, creen su deber dirigirse públicamente a V.E. para tratar de contribuir, intentando un diálogo nacional, a la necesaria orientación de todos: gobernantes y gobernados.

Partiendo de la declaración oficial en la que, el nuevo Gobierno, después de proclamar su propósito de vitalizar el orden institucional configurado por la Ley Orgánica del Estado, hizo hincapié en que España pertenece al mundo occidental, estiman conveniente expresar su convencimiento de que esta segunda afirmación nada significaría si el propósito vitalizador anunciado al principio no se tradujese en una política plenamente acorde con todo aquello que la condición occidental de España implica y requiere.

Creen sinceramente que no deberían producirse hechos como el Referéndum de 1966, celebrado sin que los discrepantes pudieran razonar públicamente sus puntos de vista –aunque así se solicitó por escrito al Gobierno de entonces–, o como la reciente designación de sucesor del Jefe del Estado, en que se ha querido establecer una fórmula jurídico-política sin apoyo en la realidad histórica y sin un genuino refrendo democrático.

Para que no se desvanezca el sentido que las manifestaciones del nuevo Gobierno parecen tener, convendrá que se promueva por él, desde ahora y resueltamente, una clara e inequívoca evolución orientadora a reducir, lo antes posible, las distancias que separan a España del mundo a que pertenece, no sólo en el orden económico y social, sino también en el político. Su acción vitalizadora debería traducirse en una rápida adaptación de nuestra vida nacional a los principios e instituciones del actual Derecho público europeo, a las Declaraciones y resoluciones pertinentes de las Naciones Unidas, y a la doctrina de la Iglesia Católica que, según el artículo 2.º de la Ley de Principios del Movimiento Nacional, debe inspirar nuestra legislación.

Por todo ello y para que se dé principio a esa adaptación, los abajo firmantes piden a V. E. y al Gobierno en pleno:

1.º Que, mediante las disposiciones legales que correspondan, se reconozca y respete el derecho de los trabajadores a crear un sindicalismo plenamente autónomo y representativo en todos los niveles, y el de los empresarios a fundar sus asociaciones con igual libertad; tal como lo vienen reclamando los interesados, como es básico en el sindicalismo y el pluralismo político democráticos, y conforme ha sido recomendado, tanto por la O.I.T. en su reciente informe –emitido a instancia del Gobierno anterior–, como por el Episcopado español en sus declaraciones formuladas al respecto.

2.º Que, del mismo modo, se reconozca y respete el derecho de asociación política que, en el Mundo occidental se traduce en la existencia de diversos partidos políticos y en su legalización mediante normas que eviten su proliferación inoperante. En consecuencia, debería devolverse y no ser promulgado el Proyecto de Estatuto de Asociaciones elaborado por el Consejo Nacional del Movimiento –ya que dichas entidades, tal como el Proyecto las estructura, constituirían un ineficaz remedo de los partidos políticos–, y dictarse las consiguientes disposiciones legales que regulen el funcionamiento de éstos con respeto del auténtico derecho de asociación política.

3.º Que para contribuir a la verdadera pacificación nacional, se conceda una amplia amnistía para los condenados o inculpados por motivos sociales y políticos.

4.º Que, hecho realidad lo hasta aquí interesado, se revise democráticamente el Plan de Desarrollo Económico y Social, con intervención de esas entidades representativas de los trabajadores, de los empresarios y de la opinión pública en general.

5.º Que el propósito, anunciado por el Gobierno, de inspirar sus relaciones con la Iglesia «en el doble aspecto de independencia recíproca y positiva cooperación al servicio del pueblo español», se lleve a la práctica lo antes posible con la reforma del actual Concordato.

6.º Que en cumplimiento de la «política de información diáfana» que el nuevo Gobierno «piensa practicar con el fin de que la opinión pública pueda juzgar de su gestión y manifestar sus puntos de vista», se facilite –por de pronto de hecho y después por Ley–, como en las democracias occidentales, la labor de los representantes de la prensa y demás medios de difusión, para que ellos puedan informar directa y completamente acerca de cuantos asuntos, relacionados con la gobernación del país, interesan a todos los españoles –como los que se tramitan y discuten en el Palacio de las Cortes por las diversas Comisiones, sin exceptuar la creada para el caso Matesa–, y se den las necesarias instrucciones a fin de que el presente escrito y sus firmas sean leídos en la TV. y Radio Nacional.

Los españoles tenemos derecho a la consideración que implican estas pocas peticiones. Ningún mal congénito nos incapacita para participar auténticamente en el gobierno de la cosa pública, como lo hacen otros pueblos europeos ni más ni menos violentos que nosotros.

Una trágica guerra entre hermanos no justifica que, al cabo de treinta años, tras la reconstrucción material y el desarrollo subsiguiente, sigamos siendo tratados políticamente como menores de edad.

La democracia será en España, como en los pueblos de nuestro Continente que la practican, el factor decisivo para el control de los actos de los gobernantes, el progreso y la estabilidad del país. Y además nos abrirá las puertas a una progresiva integración en la Comunidad europea.

Quienes firman este escrito, proclaman ante V.E. su resuelta voluntad de cooperación a cuanto verdaderamente conduzca a la pacífica convivencia democrática de los españoles.

23 de diciembre de 1969
Publicado en Ibérica por la libertad, 15 de enero de 1970


Relación de firmantes

Mariano Aguilar Navarro
José Alonso Pérez
Luis Altable
Pedro Altares
Oscar Alzaga
José Domingo de Arana
Miguel Areilza
Germán de Argumosa
Juan Artal
Fernando Baeza
Juan María Bandrés Molet
Jesús Barros de Lis
Fernando de Belda
Oscar Bernat
Miguel Boyer
Pedro Calvo Hernando
Jacinto Candelas
Pablo Cantó
Gregorio Carrión
José Federico Carvajal
Pablo Castellano
José María Castillo
Miguel Cid Cebrián
Eduardo Cierco
Francisco Cobos
Rafael Conte
Carlos Corbacho
Antonio Córdoba
José Cortés
Jaime Cortezo
Ramón Cheves
Fernando Chueca
José Doldán
José Luis de Echegaray
Javier Echeverría Arrue
Ramón de Eguía
Juan M. Encio Cortazar
Luis Esteban Goicoechea
Jesús Fernández Puelles
Armando Fluviá Escorsa
Francisco Francisco Prunes
Donato Fuejo
M.ª Cruz Galparsoro Ormazábal
José Gallo Pérez
Paulino Garagorri
Eduardo García Enterría
Jaime García de Vinuesa
Luis Gómez Llorent
Juan González Cebrián
Fernando González-Doria
Matías González-García
José María González Torga
Ángel Gracia Oliveros
Eduardo Gualba
Rafael Herrera
Manuel Iglesias
Isidro Infant.
Manuel Jiménez de Parga
Juan Manuel Kindelan
Enrique Lafuente Ferrari
Pedro Laín Entralgo
Marcelino Lobato
José Luis López Aranguren
Ángel López-Montero Juárez
Leopoldo Lovelace Romero
Francisco Lozano Ramírez
Pablo Lucas Verdú
Francisco de Luis
Joaquín Maldonado
José Antonio Maravall
Juan Marco
Julián Marías
Santos Martín de Diego
Emilio Meneses de Orozco
Carlos Mestre
José Luis Milá Sagnier
Jaime Miralles
Juan Mollá
Pedro Montserrat Costa
Roberto Moroder
Raúl Morodo
Carlos Moya
José Ignacio Mújica Brunat
José Mújica Mújica
Javier Muguerza
Mariano Muñoz Ramallo
Pedro Muñoz Seca
Enrique Nacher
Ángel Nombela
Emilio Novoa
Juan B. Ortega
Guillermo Pabón
Santos de Pagadigorría
Eduardo Pardo Reina
Gregorio Peces-Barba Martínez
Ángel Pérez Carballo
Alfonso Pérez Moral
Mariano de Pineda y Díaz-Agero
Vicente de Piniés
Leonardo Prieto Castro
Carlos Revilla
José Manuel Rey Pichel
José María Riaza Ballesteros
Tomás Richart
Juan Antonio Riviero
Mariano Robles
Jesús Rodríguez Conde
Luis Rosales
Enrique Ruiz García
Joaquín Ruiz-Giménez
Juan Salabert
José Antonio San Martín Páramo
Joaquín Satrústegui
Eduardo Soler Fisac
Ángel Sopeña Ibáñez
Ramón Tamames
Enrique Tierno Galván
Leopoldo Torres Boursault
José Tortosa Calbis
Rodrigo Uría
Joaquín Van den Brule
José María Vázquez
Fernando Vicente Aroche
José Vidal-Beneyto
Manuel Villar Arregui
Antonio Villar Masso
José María Villar Romero
Julián Zabala
Pedro Zarco
Carlos Zayas
Juan Antonio Zulueta










980. Discurso de Juan Carlos de Borbón al ser nombrado "sucesor al título de Rey"




«Mi General, señores Ministros, señores Procuradores:

Plenamente consciente de la responsabilidad que asumo, acabo de jurar, como Sucesor a título de Rey, lealtad a Su Excelencia el Jefe del Estado y fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional y Leyes Fundamentales del Reino.

Quiero expresar en primer lugar, que recibo de Su Excelencia el Jefe del Estado y Generalísimo Franco, la legitimidad política surgida el 18 de julio de 1936, en medio de tantos sacrificios, de tantos sufrimientos, tristes, pero necesarios, para que nuestra patria encauzase de nuevo su destino.

España, en estos últimos años, ha recorrido un importantísimo camino bajo la dirección de Vuestra Excelencia. La paz que hemos vivido, los grandes progresos que en todos los órdenes se han realizado, el establecimiento de los fundamentos de una política social son cimientos para nuestro futuro. El haber encontrado el camino auténtico y el marcar la clara dirección de nuestro porvenir son la obra del hombre excepcional que España ha tenido la inmensa fortuna de que haya sido, y siga siendo por muchos años, el rector de nuestra política.

Pertenezco por línea directa a la Casa Real española y, en mi familia, por designios de la Providencia, se han unido las dos ramas. Confío en ser digno continuador de quienes me precedieron.

Deseo servir a mi país en cauce normal de la función pública, y quiero para nuestro pueblo: progreso, desarrollo, unidad, justicia, libertad y grandeza, y esto sólo será posible, si se mantiene la paz interior. He de ser el primer servidor de la Patria en la tarea de que nuestra España sea un Reino de justicia y de paz. El concepto de justicia es imprescindible para una convivencia humana, cuyas tensiones sean solubles en la Ley y se logren dentro de una coexistencia cívica en libertad y orden.

Ha sido preocupación fundamental de la política española en estos años la promoción del bienestar en el trabajo, pues no puede haber un pueblo grande y unido sin solidaridad nacida de la Justicia Social. En este campo nunca nos sentiremos satisfechos.

Las más puras esencias de nuestra gloriosa tradición deberán ser siempre mantenidas, pero sin que el culto al pasado nos frene en la evolución de una sociedad que se transforma con ritmo vertiginoso en esta era apasionante en que vivimos. La tradición no puede ni debe ser estática: hay que mejorar cada día.

Nuestra concepción cristiana de la vida, la dignidad de la persona humana como portadora de valores eternos, son base y, a la vez, fines de la responsabilidad del gobernante en los distintos niveles del mando.

Estoy muy cerca de la juventud. Admiro en ella, y comparto, su deseo de buscar un mundo más auténtico y mejor. Sé que en la rebeldía que a tantos preocupa está viva la mejor generosidad de los que quieren un futuro abierto, muchas veces con sueños irrealizables, pero siempre con la noble aspiración de lo mejor para el pueblo.

Tengo gran fe en los destinos de nuestra Patria. España será lo que todos y cada uno de los españoles queramos que sea, y estoy seguro de que alcanzará cuantas metas se proponga, por altas que éstas sean.

La Monarquía puede y debe ser un instrumento eficaz como sistema político si se sabe mantener un justo y verdadero equilibrio de poderes y se arraiga en la vida auténtica del pueblo español.

A las Cortes Españolas, representación de nuestro pueblo y herederas del mejor espíritu de participación popular en el Gobierno, les expreso mi gratitud. El juramento solemne ante vosotros de cumplir fielmente con mis deberes constitucionales es cuanto puedo hacer en esta hora de la historia de España.

Mi General: Desde que comencé mi aprendizaje de servicio a la Patria me he comprometido a hacer del cumplimiento del deber una exigencia imperativa de conciencia. A pesar de los grandes sacrificios que esta tarea pueda proporcionarme, estoy seguro que "mi pulso no temblará" para hacer cuanto fuere preciso en defensa de los Principios y Leyes que acabo de jurar.

En esta hora pido a Dios su ayuda y no dudo que Él nos la concederá si, como estoy seguro, con nuestra conducta y nuestro trabajo nos hacemos merecedores de ella.»


Juan Carlos de Borbón
23 de julio de 1969












973. Juan Carlos de Borbón jura lealtad a Franco y a los Principios del Movimiento Nacional

Juan Carlos de Borbón jura en las Cortes lealtad al Jefe del Estado y fidelidad a los principios del Movimiento y a las
Leyes Fundamentales del Reino, ante la mirada del dictador. Foto EFE


Eran las siete de la tarde del 23 de julio de 1969 cuando Franco anunció que se iba a proceder a tomar juramento a Juan Carlos de Borbón.

Ante Francisco Franco y el presidente de las Cortes, el sucesor hincó las rodillas sobre un cojín de terciopelo granate colocado sobre una tarima de madera. Sobre la mesa, el libro de los Santos Evangelios, el mismo en el que prestaron juramento la Reina María Cristina, como Regente y el Rey Alfonso XIII, bisabuela y abuelo, respectivamente de Juan Carlos de Borbón.

El presidente de las Cortes, Antonio Iturmendi Bañales, preguntó al futuro Rey:

– En nombre de Dios y sobre los Santos Evangelios, ¿juráis lealtad a Su Excelencia el Jefe del Estado y fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional y demás leyes Fundamentales del Reino?

Juan Carlos de Borbón respondió:

– Sí, juro lealtad a Su Excelencia el Jefe del Estado y fidelidad a los Principios del Movimiento Nacional y demás Leyes Fundamentales del Reino.

El presidente de las Cortes, concluyó:

– Si así lo hiciereis que Dios os lo premie, y si no, os lo demande.