Lo Último

2444. Al Capitán Ximeno, muerto en el frente de Córdoba

Juan José Bernete Aguayo, Capitán "Chimeno" 
(Silillos, Córdoba, 23 noviembre 1912 - Fuenteobejuna, Córdoba, 18 septiembre 1937)



Hijo de familia numerosa y humilde, anarquista, sindicalista de la CNT, guerrillero, valiente, genroso, capitán de la 73 Brigada Mixta del Ejército Popular de la República, cayó abatido en el cerro Mulva de Fuenteobejuna el 18 de septiembre de 1937. Fué nombrado comandante a título póstumo y no pudo conocer a su hija que nacería tres meses más tarde.


Al Capitán Ximeno
Muerto en el frente de Córdoba

Mirada azul de Ximeno
con cara de niño bueno.
Mirada de azul cuajado,
de azul acero templado,
tan inocente
bajo la paz de la frente.

Dicen, Ximeno, que fuiste
bandolero y que supiste
de la fuga por los montes
hacia aquellos horizontes
donde nadie sabe dónde
un tibio rincón se esconde
para el hombre como el ave
sediento de libertad.
Y quién sabe
si fue mentira o verdad.
Yo te he visto Capitán
en el frente cordobés;
Capitán
del Batallón de Garcés.
Valiente, serio, callado,
gran soldado
sobre tu caballo alzado,
-¡que buena estampa tenías!-
tu mirada como el cielo,
desperezando su vuelo
sobre lentas lejanías…
Y ahora irás por las veredas
y entre breñas y jarales
- no por blandas alamedas
ni por caminos reales-
a la muerte…. Buen viaje.

Tu pistola sin reposo
y tu caballo nervioso
serán tu solo equipaje.
Y tu silencio y tu afán
desolados….
Capitán
de bandidos y soldados.
¡Y a mi qué
si yo siempre te veré
con la muerte terca enfrente
y tu mirada inocente
mirándola fijamente!
¡Ay Ximeno, Capitán
del Batallón de Garcés;
Capitán
de la cabeza a los pies!


Pedro Garfias
Héroes del Sur, 1938




2443. Gustav Regler y su apoyo a la República española

Gustav Regler
(Merzig, 25 de mayo de 1898 - Nueva Delhi, 14 de enero de 1963)




Gustav  Regler, escritor alemán, se enroló en las Brigadas Internacionales y fue designado comisario político de la XII Brigada Internacional. Combatió en la Ciudad Universitaria, Las Rozas, Majadahonda, Brihuega, Jarama y Huesca. Herido durante la batalla de Guadalajara y en la ofensiva de Huesca, tras su recuperación se dedicó a recaudar fondos a favor de la causa de la República española en los Estados Unidos y Francia, país donde le sorprendió el inicio de la II Guerra Mundial. Fue arrestado y confinado en el campo de concentración de Le Vernet hasta marzo de 1941, fecha en la que consiguió salir del país con destino a Nueva York y más tarde México. Falleció en 1963 durante un viaje a La India.


*


"Vuelvo de España, después de trece meses de trabajo y de participación directa en la lucha por la libertad del pueblo español. Traigo la impresión firmísima de que el Gobierno republicano obtendrá la victoria, victoria deseada por todas las capas sociales del pais.

Nosotros, los internacionales, hemos visto primero la resistencia heroica de la capital, luego el levantamiento en masa y la organización de un ejército en plena guerra. Los resultados son admirables: un ejército de medio millón de hombres, conscientes y cuya fuerza moral ha aumentado con la invasión extranjera; una industria de guerra organizada formidablemente y a pesar de todas las dificultades y la unión entre los partidos que, en la apertura de Cortes han demostrado su unidad y su firme decisión de continuar hasta el fin de la lucha por la independencia del pais".


Gustav Regler
Facetas de la actualidad española, La Habana, enero 1938






2442. Francesc Boix, el “fotógrafo” de Mauthausen

El 16 de junio de este año, varios centenares de personas se congregaron en el cementerio Père Lachaise de París en un acto presidido por la alcaldesa de París, Anne Hidalgo. Durante el acto se procedió al traslado y entierro de los restos del superviviente de Mauthausen Francesc Boix.

Francesc Boix, el prisionero 5185 de Mauthausen, fue uno de los más de 9000 españoles y españoles que fueron prisioneros de los por el infierno de los campos de concentración, falleciendo más de dos terceras partes de los mismos. Boix, encargado de realizar fotografías por las autoridades y SS del campo de concentración, a escondidas pudo fotografíar los horrendos crímenes acaecidos allí. Con la ayuda de otros prisioneros y personas exteriores pudieron guardar las fotografías. Boix y sus fotografías fueron protagonistas en diferentes procesos contra los responsables de los campos de concentración, en los juicios de Nuremberg o Dachau, entre otros. Su testimonio fue de importancia capital para las sentencias.

En 2010, la Fundación Ideas y el Instituto Ramón Rubial, ahora integrados en la Fundación Pablo Iglesias, convocaron un certamen de relatos sobre Memoria Histórica, “Tu historia es nuestra historia”. Uno de los relatos premiados, en la categoría de “Experiencias durante la Dictadura”, del profesor de Historia de la UNED Juan Pedro Rodríguez, explica esta valiente historia. El relato que aquí reproducimos, “Barracón 12, preso 5185”, refleja lo acontecido. En 2016 el autor, 6 años después de la redacción de este relato, tras una investigación descubrió que su tío abuelo, Isidro Sánchez, que falleció en Tolouse en 1977, fue el prisionero 73986 del campo de concentración de Dachau.

Juan Pedro Rodríguez (Madrid, 1978), es profesor-tutor de Historia en la UNED y colaborador de diferentes medios. Autor de diferentes artículos sobre Memoria Histórica y en concreto sobre campos de concentración, es socio de la Amical de Mauthausen. También ha sido docente de diferentes cursos, jornadas y conferencias: “Españoles en la Alemania Nazi”, “La guerra civil a través del cine”, “La dictadura de Franco a través del cine”, “Memoria Histórica y Democrática: Soldados de Salamina”, “Situación actual de la Memoria Histórica en la Comunidad de Madrid”, “Arqueología de la guerra civil”…


*


Barracón 12, preso 5185


Campo de concentración de Mauthausen (Austria). 20 de febrero de 1941

Desde la pequeña ventana del barracón solo se puede ver la verja, y a la derecha una torre de vigilancia. Es un barracón muy peculiar en el cual los presos hablan castellano y, de vez en cuando, se escucha alguna conversación en catalán, gallego o euskera. Todos ellos, españoles, gente derrotada de la Guerra Civil, exiliados, personas que no saben cuál será su futuro en una Europa esclavizada por Hitler. Se abre la puerta y entra un oficial en el barracón, conocido de todos  ellos por ser el único que habla castellano. Fija su mirada en el preso más joven, Francesc:

–Preso 5185, acompáñame.

Un escalofrío recorre el cuerpo de nuestro joven amigo, mientras sus compañeros temen que sea la última vez que le vean. Una vez fuera de nuevo el oficial se dirige al preso:

–Tú en España eras fotógrafo, ¿no es así?

–Cuando no era el preso 5185.

–Bien, entonces hoy tienes trabajo. Nuestro fotógrafo ha sido enviado al frente y es el cumpleaños de la hija del alcaide. Tú te harás cargo de fotografiar la fiesta.

Media hora después Francesc se encuentra con la cámara en la fiesta, en la cual están los oficiales con sus parejas e hijos. Ahora saca una foto de cómo bailan, luego partiendo la tarta, más tarde de los niños jugando... El sonido de la sirena recuerda a Francesc dónde se encuentra. También se escuchan gritos y a los perros ladrar. Es el ritual de todos los días: un preso intenta escapar. Todo el campamento queda iluminado, y la noche parece convertirse en día. Francesc observa a través de la ventana y ve como un preso escala por la verja, pero se enreda en los alambres y en ese momento se escucha un disparo. El preso abrazado a la verja queda muerto, mientras la sangre le cae por el cuello. Se oye un segundo disparo, pero esta vez ni hiere ni mata a nadie. Es el disparo de la  cámara de Francesc, que ha intentado captar ese momento.

Mira temeroso a su alrededor, aunque por suerte nadie le ha visto. Con mucho esfuerzo logra disimular los sentimientos de rabia y miedo que le invaden en esos instantes.

Horas más tarde se encuentra solo en un pequeño cuarto y va revelando las fotos; en esos momentos sólo le preocupa que una de ellas salga nítida. Cuando la tiene delante y va apareciendo la imagen ve que es tan perfecta que, ¡ay Dios!, las lágrimas le caen por la cara al reconocer al preso asesinado. Es Josep su amigo, su maestro, su compañero.

Años atrás, Francesc paseaba por las calles de una bulliciosa Barcelona buscando trabajo, y llegó hasta la pequeña tienda de fotografía de Josep, quien le daría trabajo, le enseñaría un oficio, y lo más importante, a ser mejor persona y más libre. Por su influencia entraría en las Juventudes Socialistas Unificadas. La derrota en la Guerra Civil llevaría a maestro y discípulo al exilio, a luchar contra Hitler y a ser encerrados en este campo de concentración.

Francesc cubre cuidadosamente con plástico la fotografía y la guarda encima de un armario. A los pocos minutos entra por la puerta el oficial alemán y observa detenidamente las fotos del cumpleaños:

–En verdad tu oficio es ser fotógrafo. Haremos una cosa: a partir de ahora te vas a hacer cargo de las fotografías del campamento. Los límites de lo que debes o no fotografiar ya los tienes que saber a estas alturas. No cometas un error o terminarás muerto.

Lo que no sabe el oficial es que Francesc ya ha sobrepasado los límites en el primer día de su nuevo destino.

De nuevo en el barracón, ve como los compañeros están desolados, sin ganas de conversar tras haberse enterado de la muerte de Josep. Sin embargo, Francesc cuenta lo sucedido con la foto y el hecho de que podrá tomar más fotos para que una vez liberados puedan servir a los tribunales, o para que en el futuro se sepa lo que pasó en este campo de concentración. En ese momento todos los presos son conscientes del valor de la vida de Francesc: debe vivir hasta la liberación del campo, y por ello deciden que cada uno de los presos dará una cucharada de su comida a Francesc.


Nuremberg (Alemania), juicio contra criminales de guerra alemanes, 28 de enero de 1946

Los acusados, todos oficiales alemanes, ríen y bromean mientras los jueces discuten entre sí. El juez que preside el tribunal, se dirige desazonado a la sala con su acento francés:

–Faltan pruebas para procesar a los acusados. Vamos a tener que dar el juicio por terminado.

De repente entra en la sala un fiscal de manera apresurada:

–Tenemos nuevas pruebas documentales y un testimonio.

Francesc entra en la sala. Todo rasgo de juventud ha desaparecido: luce el cabello de color plata, y el gesto es serio. Entrega al presidente del tribunal un sobre lleno de fotos, que se pasan a proyectar en la sala. Muestran horrores, tortura, sufrimiento y humillaciones. Los oficiales alemanes ya no ríen ni bromean.

De nuevo el juez presidente se dirige a la sala, ahora con gesto de satisfacción:

–Estas pruebas hacen que se deba continuar el juicio y la sentencia empieza a adquirir sentido y forma.

Francesc Boix (Barcelona, 1920–París, 1951) perteneció a Juventudes Socialistas Unificadas (JSU), que de 1936 a 1961 aglutinaban a las Juventudes Socialistas y Comunistas. Permaneció encerrado en Mauthausen de 1941 hasta 1945, cuando el campo fue liberado por los norteamericanos. Por este campo de concentración pasaron unos 7200 españoles, y fallecieron cerca de 5000; los norteamericanos fueron recibidos con banderas republicanas cuando entraron en Mauthausen. El testimonio de Boix en los juicios contra criminales de guerra y la aportación documental de sus fotografías fueron de vital importancia para las sentencias, y para mostrar los horrores de los campos de concentración y del nazismo. Francesc falleció con tan solo 30 años, seguramente fruto de alguna enfermedad contraída en el internamiento.

Mientras muchos, víctimas, verdugos o cómplices, tenían la excusa de apartar la vista para no ver los horrores del internamiento, Francesc debía fijar bien su objetivo para captar la mejor fotografía. En el año 2000, Lorenzo Soler realizó el documental “Frances Boix, un fotógrafo en el infierno”, donde recorre la biografía del que en este relato fue nuestro joven amigo y compañero. A pesar de haber pertenecido a JSU hasta ahora ha sido más reivindicado por el PC, pareciendo ignorar que su militancia fue en JSU, donde estaban las Juventudes Socialistas.






2441. Refugio

Era la cueva de una taberna habilitada para refugio. Se veían en los rincones barriles mohosos montados sobre banquillos de madera tapizados de telarañas. Adosado a la pared había un grifo sin pila. Daba fe de las manipulaciones del tabernero para aumentar sus ganancias. Había un embudo grande con el pico hacia arriba, mirando al techo como un pájaro curioso de cuello sucio. Había bombonas de cristal en fundas de esparto. Y un olor pesado a humedad y a mosto. En el piso de cemento se pegaban los pies sobre las manchas pringosas.

Por una puertecilla se pasaba del portal a la taberna; por una trampilla, de la taberna a la cueva. Los bordes del agujero cuadrado eran un peligro para las frentes. De pie en este borde donde empezaba la escalera carcomida y húmeda estaba el tabernero con su mandil de caucho. Avisaba el peligro. Abajo estaban ya su mujer y sus chicos. Uno de ellos hurgaba en el grifo goteante apretando su dedo contra la boca. Salía un hilito tenue de agua que se proyectaba lejos en una lluvia finísima y salpicaba a sus hermanos. 

—¡Mamá, mira éste! 

Un manotón y un apretón al grifo. El chiquillo se refugió llorando en un ángulo de la cueva. Seguía bajando gente. Bajaban a prisa y se acomodaban donde podían. Cada ráfaga de explosiones lanzaba más gente por la escalera.

Se tuvo que meter de cabeza allí. Delante de él la casa de la esquina de la calle de la Cruz perdió dos balcones y un trozo de fachada. Pensó absurdamente que si esto le pasaba a una casa, a un cura podía pasarle mucho más. 

En el portal le acogieron cariñosamente y le guiaron a la cueva. Con su traje negro correcto, su cabeza gris y su cara seria, nadie reparó en él. Encendió un pitillo y se dispuso a esperar filosóficamente que acabara aquello. Después, se llegaría al Hotel Victoria y cenaría allí, en paz y gracia de Dios. Miró las veinte o treinta personas allí reunidas, levantó los ojos al techo abovedado de ladrillos, y por una asociación de ideas recordó su visita en Roma a las antiguas catacumbas cristianas.

Se hablaba en voz baja. De vez en cuando sobre los murmullos se oía una doble exclamación: «¡Jesús, Jesús!». 

Era una vieja seca y alta, aunque ya doblada su espalda por los años. Tenía un perfil de pájaro y repetía incansablemente su jaculatoria. Atraía todas las miradas. A su lado había un soldado, joven y fuerte que la miraba con ira. Se estaba poniendo nervioso. 

La puso una mano en el hombro: 

—¿Se quiere usted callar ya, abuela?

—Sí, hijo, sí. Me callo. Pero es natural. Les tiramos nosotros y nos contestan. Es lo mismo que le digo a mi nieto que se escapó con las milicias. Si no os empeñárais en andar a tiros con ellos, no tirarían. Pero si les tiráis vosotros, ¿qué van a hacer? 

—Anda Dios, ¿qué quería usted que les dejáramos entrar en Madrid a los moros? 

—Hijo, yo de la guerra no entiendo. Pero ¿por qué matarse? Con lo sencillo que hubiera sido todo. Siempre ha habido ricos y pobres. Yo soy ya muy vieja y he visto el mundo. Cuando todos los señores y hasta los curas están con ellos, algo tendrán de razón. Claro —agregó, dándose cuenta del respingo de los oyentes— que yo no apruebo esto. Pero ¡es tan sencillo terminarlo! Además, no me puede usted negar las iglesias que se han quemado y los curas que se han matado en Madrid. Esto, créame usted, es castigo de Dios. 

El soldado se quedó mirando la figura flaca, arrugada como una pasa. Se volvió al vecino: 

—Si fuera hombre, la pateaba a esta tía bruja. 

El vecino asintió: 

—Es una pobre vieja idiota: ¿qué vas a hacerle? 

La vieja iba a contestar iracunda al insulto, pero delante de ella se plantó una voz viril: 

—¿Usted es cristiana abuela? 

—Claro que lo soy —contestó con ira—. Bueno, le diré — rectificó temerosa.

—No me diga; usted es cristiana o no lo es. Yo, soy cura. Católico, apostólico y romano. 

Hizo una pausa y miró sereno al grupo compacto que se empujaba hacia él. 

—Lo soy —agregó—. Y no lo niego. 

Hizo otra pausa y apuntó a la vieja con un dedo: 

—Está usted equivocada. —Se volvió al grupo—: Y vosotros también. Equivocada usted, porque no cree que soy cura. Equivocados vosotros —extendió la mano circularmente— porque tampoco lo creéis. Os explicaré la cosa en detalle y seguramente estaremos de acuerdo. Tal vez no la abuela, porque ya es muy vieja para comprender estas cosas. Soy hijo de unos labradores de Castilla. Estaba destinado a labrar la tierra. A ir tras las mulas manteniendo el arado. A no saber nada de nada, como no lo saben mi padre ni mi madre que no entienden de letras. Pero, salí un chico listo. El cura de mi pueblo se fijó en mí. Me tomó interés y convenció a mis padres. A los once años me mandaron al seminario. A los veintitrés se canta misa. Unos la cantan convencidos de que ya tienen un oficio que les asegura la vida y que les permite incluso aspirar a ser obispos y hasta papas. Yo canté mi misa, convencido de que era un sacerdote de una religión hermosa que predica paz y fraternidad. No he perdido esta fe. Estoy convencido de que existe Dios. Un buen Dios. De que todos los hombres somos iguales y hermanos. De que el reino de Dios es el reino de la paz. Estalló la guerra y me planteé un problema terrible de conciencia: yo, no podía tomar parte en la guerra. No podía pelear. Tenía una misión que cumplir: Sentirme más que nunca sacerdote de Cristo e inclinarme del lado donde Cristo estaba. A un lado había ricos acompañados de sacerdotes; al otro lado pobres abandonados de sacerdotes. Los ricos habían atacado a los pobres para hacerlos más pobres aún. Muchos sacerdotes se unieron a ellos porque a su lado estaba el mando y las riquezas. Unos eran ricos y agresores. Otros pobres y agredidos. Me quedé aquí. Me habían enseñado como palabra de Dios que para los ricos es más difícil entrar en el reino de los cielos que a un camello pasar por el ojo de una aguja. Me habían enseñado como palabra de Dios que no mataría, y como sacerdote debería enseñar a no matar. Y ellos matan. No han respetado la ley ni las palabras de Dios; han robado, han matado, han violado y han hecho burla de Dios y de los hombres. Han bombardeado ante mí la casa de Dios, lanzado en su nombre nueve bombas sobre esa iglesia de San Sebastián que tenemos al lado. Ahora mismos disparan sobre Madrid. Matan seres indefensos ajenos a la lucha, simplemente por venganza, ni aun por eso, por instintos criminales. Con cañones bendecidos en nombre del odio. ¡Camaradas, hermanos, aquí me tenéis! ¡Un cura! Estaba con vosotros antes y lo estoy ahora. Con la fe en Dios, con la fe en vosotros, en mí, en el pueblo de mi España, en todos los hombres de buena voluntad. Amén. 

Calló. No se oían ya los obuses y las gentes del refugio estaban aún expectantes. Echó a andar el cura y delante de él se abrió un pasillo. Subió la escalera podrida, lentamente, con la cabeza gacha y detrás de él desfilaron
todos. 

En la calle ya, el soldado, se adelantó rápido y avanzó hacia el cura; se plantó delante de él cortándole el camino y le tendió la mano: 

—¡Padre, ha estao usted bueno!


Arturo Barea
Valor y miedo, 1938. Capítulo XV - Refugio


Valor y miedo fue el primer libro publicado por Arturo Barea. Refleja la realidad social de la ciudad de Madrid cercada por tropas franquistas.





2440. Cortejo tras la toma de Bilbao





Herido y muerto, hermano,
criatura veraz, republicana, están andando en su trono,
desde que tu espinazo cayó famosamente;
están andando, pálido, en tu edad flaca y anual,
laboriosamente absorta ante los vientos.

Guerrero en ambos dolores,
siéntate a oír, acuéstate al pie del palo súbito,
inmediato de tu trono;
voltea;
están las nuevas sábanas, extrañas;
están andando, hermano, están andando.

Han dicho “¡Como! ¡Dónde!…”, expresándose
en trozos de paloma,
y en los niños suben sin llorar a tu polvo.
Ernesto Zúñiga, duerme con la mano puesta,
con el concepto puesto,
en descanso tu paz, en paz tu guerra.

Herido mortalmente de vida, camarada,
camarada jinete,
camarada caballo entre hombre y tierra,
tus huesecillos de alto y melancólico dibujo
forman pompa española,
laureada de finísimos andrajos.

Siéntate, pues, Ernesto,
oye que están andando, aquí, en tu trono,
desde que tu tobillo tiene canas.
¿Qué trono?
¡Tu zapato derecho! ¡Tu zapato!

(13 septiembre 1937)


César Vallejo
España, aparta de mi éste cáliz, 1939


El poemario España, aparta de mí este cáliz fue escrito por César Vallejo en 1937 y publicado después de su muerte.




2439. Pedro Patiño Toledo, in memoriam

¡Nadie se llame a engaño, cuando lloro,
cuando canto! (… quedó marchito y ciego
cuando al fuego escupió tan verde coro).
¡Hay que seguir trillando … bajo el fuego!

(Poema de Andrés García Madrid a Pedro Patiño)


Pedro Patiño Toledo falleció a causa de un disparo de un agente de la Guardia civil la mañana del 13 de septiembre de 1971 en un camino de la carretera de Villaverde a Leganés, cuando formaba parte de un piquete de la huelga de la construcción. Tuvieron que pasar 38 años, hasta la aprobación de la Ley 52/2007, de Memoria Histórica, para que el Gobierno expidiera el consabido certificado de reparación personal en que se indicaba que murió «en defensa de su actividad política». Eso fue todo.

Pedro Patiño Toledo, albañil, padre de dos hijos pequeños, militante del PCE y sindicalista de Comisiones Obreras, nació en 1937 en La Puebla de Almoradiel (Toledo). Creció sin su padre, ejecutado por el franquismo extrajudicialmente. Su madre fue condenada a la pena de muerte que más adelante le sería conmutada. Vivió, como tantos niños y jóvenes de «este país de todos los demonios», marcado por el estigma de ser hijo de rojo. A los dieciséis años emigró de su pueblo con destino a Getafe para trabajar en la construcción.

En 1959 él mismo tuvo que sufrir las consecuencias de un Consejo de Guerra. Acusado del delito de rebelión militar, fué condenado a un año de prisión por imprimir propaganda clandestina en una multicopista. Doscientos ejemplares que decían: «Por una vida más digna, por un salario mínimo vital de 100 pesetas con escala móvil».

Encarcelado varias veces por su militancia, en 1962 fue procesado por pertenecer al Partido Comunista y declarado en rebeldía.  Se refugió en Francia, donde permaneció seis años. En el exilio conoció a su esposa y ambos tomaron la decisión de regresar a España.

El 13 de septiembre de 1971 se iniciaba una huelga en la construcción convocada por Comisiones Obreras, entonces sindicato ilegal. Pedro Patiño salió de la casa familiar alrededor de las siete de la mañana. Ese día no tenía que ir al tajo. Junto con otros compañeros se desplazó a las obras de Leganés para distribuir octavillas animando a secundar la huelga. «Compañeros se acerca la hora de la lucha. Del 13 al 20 de septiembre huelga general de la construcción, ¡todos a una, compañeros, para sacarle nuevamente de la cárcel y conseguir nuestros derechos!». A quien había que sacar de la cárcel era a Francisco García Salve, el cura Paco.

Al finalizar una de estas visitas, poco antes de las nueve de la mañana, un coche-patrulla de la Guardia Civil se paró junto a ellos. Cuatro agentes armados les rodearon y uno de nombre Jesús Benito Martínez disparó su fusil hiriendo a Pedro Patiño. Tras unos segundos de confusión los compañeros intentaron socorrer a Pedro que yacía en el suelo. Siguiendo instrucciones de la Guardia Civil, lo introdujeron en el vehiculo de los agentes, donde pocos minutos después falleció. Trasladado a la Clínica San Nicasio de Leganés, un médico certificó la muerte.

Su esposa Dolores se enteró del asesinato de su marido varias horas después por una nota de la Dirección General de Seguridad que decía: «Sobre las nueve horas del día de hoy, cuando la dotación de un coche patrulla de la Guardia Civil, compuesta por el conductor y tres números, se hallaba prestando servicio en la zona comprendida entre Villaverde y Getafe, observaron a cuatro individuos difundiendo propaganda ilegal en una obra que se realiza cerca del kilómetro 3,3 de la carretera de Leganés a Villverde. La dotación del citado coche-patrulla se bajó del vehículo para perseguir y detener a los aludidos individuos, y al intentar la detención de uno de ellos, Pedro Patiño Toledo, nacido en Puebla de Almuradiel, Toledo, de 33 años, con domicilio en El Escorial, éste se abalanzó sobre un guardia civil, al que agredió e intentó desarmar, y en el forcejeo se disparó el arma, alcanzando al referido Pedro Patiño, que resultó gravemente herido, falleciendo durante el traslado al hospital.»

Esa misma noche las autoridades represivas se personaron en el domicilio de la familia Patiño para efectuar un registro. Fue entonces cuando Dolores pudo saber que el cadáver de su marido se encontraba en el Hospital militar Gómez-Ulla de Carabanchel, donde había ingresado a las once de la mañana. «Me llevaron al hospital Gómez Ulla para reconocer el cadáver. Entré en la morgue. El cuerpo estaba cubierto por una sábana. Tenía la esperanza de que no fuera él. Le destapé. Sólo llevaba puestos los pantalones. Todavía tenía los ojos abiertos. En su pecho no había ningún rastro de sangre. Supe que le habían disparado por la espalda».

La versión oficial de los hechos fue que «Patiño agredió a los agentes y a uno de ellos se le disparó el arma» y que el sindicalista falleció por «hemorragia aguda-choque hipovolémico». La prensa española apenas se hizo eco de la noticia. La prensa extranjera, que si divulgó el suceso, informó que Pedro Patiño murió de un balazo en la espalda. El cuerpo sólo presentaba un oríficio de entrada en la espalda.

Muchos fueron los que se resistían a creer que el trabajador se hubiese lanzado contra un agente que se le acercaba con el arma en la mano. El abogado de la familia, Jaime Miralles, solicitó la entrega del cadáver para realizar una segunda autopsia, así como una investigación sobre las causas exactas de la muerte. Treinta y cinco abogados madrileños se unieron a esta petición, pero no pudo ser. Dos días después Dolores fue informada de que el cuerpo de su marido se encontraba en el cementerio y había que enterrarlo cuanto antes.

Bajo un fuerte contingente de agentes de la Guardia civil y numerosos asistentes, que secundaban la petición de una segunda autopsia exigida por la familia, el cuerpo de Pedro Patiño fue depositado en un nicho mientras que un capitán de la Guardia civil ordenaba el uso de la fuerza contra los asistentes, causando casi una docena de heridos.

Los tres compañeros que repartían propagando junto a Pedro Patiño aquel 13 de septiembre fueron condenados por el Tribunal de Orden Público por un delito de «propagandas ilegales» a dos años de prisión y multa de diez mil pesetas.

El agente de la Guardia civil que disparó contra Pedro Patiño nunca fue juzgado.

El asesinato de Pedro Patiño continua impune.




2438. Allende, por Galeano





Le gusta la buena vida. Varias veces ha dicho que no tiene pasta de apóstol ni condiciones para mártir. Pero también ha dicho que vale la pena morir por todo aquello sin lo cual no vale la pena vivir.

Los generales alzados le exigen la renuncia. Le ofrecen un avión para que se vaya de Chile. Le advierten que el palacio presidencial será bombardeado por tierra y aire. Junto a un puñado de hombres, Salvador Allende escucha las noticias. Los militares se han apoderado de todo el país. Allende se pone un casco y prepara su fusil. Resuena el estruendo de las primeras bombas. El presidente habla por radio, por última vez: —Yo no voy a renunciar...


La reconquista de Chile

Una gran nube negra se eleva desde el palacio en llamas. El presidente Allende muere en su sitio. Los militares matan de a miles por todo Chile. El Registro Civil no anota las defunciones, porque no caben en los libros, pero el general Tomás Opazo Santander afirma que las víctimas no suman más que el 0,01 por 100 de la población, lo que no es un alto costo social, y el director de la CIA, William Colby, explica en Washington que gracias a los fusilamientos Chile está evitando una guerra civil. La señora Pinochet declara que el llanto de las madres redimirá al país. Ocupa el poder, todo el poder, una Junta Militar de cuatro miembros, formados en la Escuela de las Américas en Panamá. Los encabeza el general Augusto Pinochet, profesor de Geopolítica. Suena música marcial sobre un fondo de explosiones y metralla: las radios emiten bandos y proclamas que prometen más sangre, mientras el precio del cobre se multiplica por tres, súbitamente, en el mercado mundial.

El poeta Pablo Neruda, moribundo, pide noticias del terror. De a ratos consigue dormir y dormido delira. La vigilia y el sueño son una única pesadilla. Desde que escuchó por radio las palabras de Salvador Allende, su digno adiós, el poeta ha entrado en agonía.


Eduardo Galeano
Memoria del fuego