Lo Último

1561. La guerra de España

Luis Buñuel Portolés
(Calanda, Teruel, 22 de febrero de 1900 - Ciudad de México, 29 de julio de 1983)



En el mes de julio de 1936, Franco desembarcaba al frente de un contingente de tropas marroquíes con la decidida intención de acabar con la Repú- blica y restablecer «el orden» en España.

Mi mujer y mi hijo acababan de regresar a París un mes antes. Yo estaba solo en Madrid. Una mañana temprano, me despertó una explosión, a la que siguieron varias otras. Un avión republicano bombardeaba el cuartel de la Montaña, y oí también varios cañonazos.

En este cuartel de Madrid, como en todos los cuarteles de España, las tropas se encontraban en estado de alerta. Sin embargo, un grupo de falangistas se habían refugiado en él, y desde hacía unos días salían del cuartel disparos que herían a los transeúntes. Secciones obreras ya armadas, apoyadas por los guardias de asalto republicanos —fuerza de intervención moderna creada por Azaña— atacaron el cuartel en la mañana del 18 de julio. A las diez, todo había terminado. Los oficiales rebeldes y los miembros de la Falange fueron pasados por las armas. Acababa de empezar la guerra.

A mí me costaba hacerme realmente a la idea. Desde mi balcón, escuchando a lo lejos el rumor del cañoneo, veía pasar por la calle, a mis pies, una pieza de artillería «Schneider» tirada por dos o tres obreros y —lo que me pareció horrible— dos gitanos y una gitana. La violenta revolución que íbamos sintiendo ascender desde hacía unos años, y que yo personalmente tanto había deseado, pasaba bajo mis ventanas, ante mis ojos. Y me encontraba desorientado, incrédulo.

Quince días después, el historiador de arte Elie Faure, que defendía ardientemente la causa republicana, vino a pasar unos días a Madrid. Fui a visitarlo una mañana en su hotel, y todavía me parece verlo, con sus calzoncillos largos atados a los tobillos, contemplando las manifestaciones callejeras, convertidas en cotidianas. Lloraba de emoción al ver al pueblo en armas. Un día, vimos desfilar un centenar de campesinos, armados a la buena de Dios, unos con escopetas de caza y revólveres, otros con hoces y bieldos. En un visible esfuerzo de disciplina, intentaban marchar al paso, de cuatro en fondo. Creo que lloramos los dos.

Nada parecía poder vencer a esta fuerza profundamente popular. Pero muy pronto la alegría increíble, el entusiasmo revolucionario de los primeros días dieron paso a un desagradable sentimiento de división, de desorganización y de total inseguridad, sentimiento que duró hasta, aproximadamente, el mes de noviembre de 1936, en que comenzaron a implantarse en el bando republicano una verdadera disciplina y una justicia eficaz.

No pretendo escribir yo también la historia de la gran escisión que desgarró a España. No soy historiador y no estoy seguro de ser imparcial. Sólo quiero intentar decir lo que vi, lo que recuerdo.

Por ejemplo, he conservado recuerdos concretos de los primeros meses en Madrid. Teóricamente en poder de los republicanos, la ciudad albergaba aún al Gobierno, pero las tropas franquistas avanzaban rápidamente en Extremadura, llegaban a Toledo y veían cómo otras ciudades, en toda España, caían en manos de sus partidarios, Salamanca y Burgos, por ejemplo.

En el interior mismo de Madrid, simpatizantes fascistas desencadenaban tiroteos cada dos por tres. A cambio, los curas, los propietarios ricos, todos aquellos que eran conocidos por sus sentimientos conservadores y de los que cabía suponer que prestaban apoyo a los rebeldes franquistas, se hallaban en constante peligro de ser ejecutados. Al estallar las hostilidades, los anarquistas habían liberado a los presos comunes y los habían incorporado inmediatamente a las filas de la C.N.T. (Confederación Nacional del Trabajo), situada bajo la influencia directa de la Federación Anarquista.

Algunos miembros de esta Federación hacían gala de un extremismo tal que la mera presencia de una imagen piadosa en una habitación podía conducir a la Casa de Campo. Allí, en este parque público situado a las puertas de Madrid, tenían lugar las ejecuciones. Cuando se detenía a alguien, se le decía que lo llevaban «a dar un paseo». Esto ocurría siempre de noche.

Se recomendaba tutear a todo el mundo y acompañar todas las frases con un enérgico «Compañeros» si se hablaba con anarquistas o con un «Camarada» si se trataba de interlocutores comunistas. La mayor parte de los automó- viles llevaban sobre el techo uno o dos colchones como protección contra los francotiradores. Era sumamente peligroso sacar la mano para indicar que el coche iba a virar a uno u otro lado, pues este gesto podía ser interpretado como un saludo fascista y atraer una ráfaga de disparos al paso. Los señoritos fingían vestir mal para disimular sus orígenes. Se ponían viejas gorras y se manchaban la ropa, a fin de parecerse a los obreros, mientras que, del otro lado, las consignas del partido comunista recomendaban a los obreros ponerse corbata y camisa blanca.

Ontañón, dibujante muy conocido, me comunicó un día la detención de Sáenz de Heredia, director que había trabajado para mí en el rodaje de La hija de Juan Simón y ¿Quién me quiere a mí? Sáenz dormía en un banco público, por miedo a entrar en su casa. En efecto, era primo carnal de Primo de Rivera, el fundador de la Falange. Detenido, pese a sus precauciones, por un grupo de socialistas de izquierda, se hallaba en constante peligro de ser ejecutado por causa de su fatal parentesco.

 Me dirigí inmediatamente al estudio Rotpence, que conocía bien. Los obreros y los empleados del estudio habían formado, al igual que en muchas empresas, un consejo del estudio, y se encontraban celebrando una reunión. Pregunté a los representantes de las diversas categorías de obreros cómo se había comportado Sáenz de Heredia, bien conocido por todos. «¡Muy bien! —me respondieron—. No hay nada que reprocharle.»

Pedí entonces que una delegación me acompañara hasta la calle del Marqués de Riscal, donde se hallaba custodiado el director de cine, y repitieran ante los socialistas lo que acababan de decir. Seis o siete hombres me siguen con fusiles; llegamos, encontramos un hombre que monta guardia con el arma negligentemente apoyada en la jamba. Adoptando una voz lo más ronca posible, le pregunto dónde está el responsable. Aparece éste. Resulta que he cenado con él la noche anterior. Es un teniente tuerto, chusquero. Me reconoce.

 —Hombre, Buñuel, ¿qué quieres?

Se lo digo. Añadí que no podíamos matar a todo el mundo, que, desde luego, conocíamos el parentesco de Sáenz con Primo de Rivera, pero que eso no me impedía decir que el director se había comportado siempre perfectamente. Los delegados del estudio dieron igualmente testimonio en favor de Sáenz, que fue liberado.

Poco después, pasaría a Francia para incorporarse al bando de Franco. Terminada la guerra, reemprendió su profesión de cineasta e, incluso, realizó una película en honor del Caudillo, Franco, ese hombre. Una vez, en el festival de Cannes, en los años cincuenta, almorzamos juntos y hablamos largamente del pasado.

Por la misma época, conocí a Santiago Carrillo, secretario a la sazón, creo, de las Juventudes Socialistas Unificadas. Muy poco antes de que estallara la guerra, yo había dado dos o tres revólveres que poseía a unos obreros impresores que trabajaban debajo de mi casa. Desarmado ahora en una ciudad en la que se disparaba desde todas partes, fui a ver a Carrillo y le pedí un arma. Él abrió el cajón, vacío, y me dijo: «No tengo ni una.»

Finalmente, me dieron, de todos modos, un fusil. Un día, en la plaza de la Independencia, donde me encontraba con unos amigos, comenzaron los tiroteos. Se disparaba desde los tejados, desde las ventanas, desde la calle, en medio de la más absoluta confusión, y allí estaba yo, detrás de un árbol, con mi fusil inútil, sin saber contra quién disparar. ¿Para qué, entonces, conservar un fusil? Lo devolví.

Los tres primeros meses fueron los peores. Como a muchos de mis amigos, me obsesionaba la terrible ausencia de control. Yo, que había deseado ardientemente la subversión, el derrocamiento del orden establecido, colocado de pronto en el centro del volcán, sentía miedo. Si algunos gestos me parecían insensatos y magníficos —como aquellos obreros que, un buen día, subieron a un camión, fueron hasta el monumento al Sagrado Corazón de Jesús, levanta- do a unos veinte kilómetros al sur de Madrid, formaron un pelotón de ejecución y fusilaron con todas las de la ley a la gran estatua de Cristo—, detestaba, en cambio, las ejecuciones sumarias, el pillaje, todos los actos de bandidismo. El pueblo se rebelaba, tomaba el poder e inmediatamente se dividía y se desgarraba. Injustificados arreglos de cuentas hacían olvidar la guerra esencial, la única que hubiera debido contar.

Todas las tardes, acudía a la reunión de la Liga de Escritores Revolucionarios, donde encontraba a la mayoría de mis amigos: Alberti, Bergamín, el gran periodista Corpus Varga, el poeta Altolaguirre, que creía en Dios. Este último produciría años después una de mis películas en México, Subida al cielo, y moriría en España en un accidente de automóvil.

Discusiones interminables y a menudo apasionadas nos enfrentaban unos a otros: ¿espontaneidad u organización? En mí, luchaban, como siempre, la atracción teórica y sentimental hacia el desorden y la necesidad fundamental de orden y de paz. Cené dos o tres veces con Malraux. Vivíamos una lucha mortal elaborando teorías.

Franco no cesaba de ganar terreno. Si bien cierto número de ciudades y pueblos permanecían fieles a la República, otras se entregaban en manos de Franco sin combatir. Por todas partes, la represión fascista se mostraba clara e implacable. Todo sospechoso de liberalismo era ejecutado en el acto. Y nosotros, en vez de organizamos a toda costa y lo más rápidamente posible para una lucha que, con toda evidencia, iba a ser una lucha a muerte, perdíamos el tiempo, y los anarquistas perseguían a los sacerdotes. Un día, mi asistenta me dijo: «Baje a ver, hay un cura fusilado en la calle, a la derecha.» Aunque era anticlerical, y ello desde mi infancia, yo no aprobaba en manera alguna semejante matanza.

No se crea, sin embargo, que los sacerdotes no participaron en los combates. Tomaron las armas, como todo el mundo. Algunos disparaban desde lo alto de sus campanarios, y se vio, incluso, a varios dominicos manejar una ametralladora. Si bien algunos miembros del clero se alineaban en el bando republicano, la mayoría se afirmaba claramente fascista. La guerra era total. Imposible permanecer neutral en medio de la lucha, pertenecer a esa «tercera España» en que algunos soñaban oscuramente.

Yo mismo sentía miedo algunas veces. Inquilino de un piso burgués, me preguntaba a veces qué pasaría si, de pronto, en medio de la noche, una brigada incontrolada derribase mi puerta para llevarme a «dar un paseo». ¿Cómo resistir? ¿Qué decirles?

Por supuesto que del otro lado, del lado fascista, no faltaban las atrocidades. Si los republicanos se conformaban con fusilar, los rebeldes mostraban a veces un gran refinamiento en la tortura. En Badajoz, por ejemplo, los rojos fueron lanzados al ruedo de una plaza de toros y muertos según el ritual de la corrida.

 Se contaban millares de historias. Recuerdo ésta: las religiosas de un convento de Madrid o de su región se dirigieron en procesión a su capilla y se detuvieron ante la estatuía de la Virgen, que tenía en sus brazos al niño Jesús. Con ayuda de un martillo y un cincel, la superiora separó al niño de los brazos de su madre y se lo llevó, diciendo a la Virgen:

—Te lo devolveremos cuando hayamos ganado la guerra.

Sin duda, se lo devolvieron.

En el interior del bando republicano comenzaban a manifestarse graves divisiones. Los comunistas y los socialistas querían, ante todo, ganar la guerra, aplicar todos sus esfuerzos a la obtención de la victoria. Por el contrario, los anarquistas, considerándose como en terreno conquistado, organizaban ya su sociedad ideal.

Gil Bel, director del diario sindicalista El Sindicalista, me citó un día en el «Café Castilla» y me dijo:

—Hemos fundado una colonia anarquista en Torrelodones. Están ocupadas ya unas veinte casas. Deberías tomar una.

Quedé sorprendido. En primer lugar, aquellas casas pertenecían a personas expulsadas, a veces fusiladas o huidas. En segundo, Torrelodones se halla situado al pie de la sierra del Guadarrama, apenas a unos kilómetros de las lí- neas fascistas, y ¡allí, a tiro de cañón, los anarquistas organizaban tranquilamente su utopía!

Otro día, estamos almorzando en un restaurante, en compañía del músico Remacha, uno de los directores de «Filmosono», donde yo había trabajado. El hijo del dueño ha sido gravemente herido combatiendo contra los franquistas en la sierra del Guadarrama. Entran varios anarquistas armados que saludan con un «¡Salud, compañeros!» y que, inmediatamente, piden al patrón unas botellas de vino. Yo no puedo contener mi cólera. Les digo que deberían estar en la sierra, combatiendo, en lugar de vaciar las bodegas de un buen hombre cuyo hijo luchaba contra la muerte.

Me escuchan sin reaccionar y se van, pero llevándose, de todos modos, las botellas. Es cierto que, a cambio, han dado unos «bonos», trozos de papel que no significaban gran cosa.

Todas las noches, brigadas enteras de anarquistas descendían de la sierra del Guadarrama, en que se desarrollaba la batalla, para entrar a saco en las bodegas de los hoteles. Su ejemplo nos impulsaba a volvernos hacia los comunistas.

 Muy poco numerosos al principio, pero robusteciéndose de semana en semana, organizados y disciplinados, los comunistas me parecían —y me siguen pareciendo— irreprochables. Aplicaban todas sus energías a la conducción de la guerra. Es triste decirlo, pero necesario: los sindicalistas anarquistas los odiaban quizá más que a los fascistas. Este odio había comenzado años antes de la guerra. En 1935, la F.A.I. (Federación Anarquista Ibérica) desencadenó una huelga general, muy dura, entre los obreros de la construcción. Una delegación comunista se dirigió a la F.A.I. —debo este episodio al anarquista Ramón Acín, que había financiado Las Hurdes— y dijo a los responsables de la huelga:

—Hay entre vosotros tres confidentes de la Policía.

Y citaron nombres. Pero los anarquistas respondieron con violencia a los delegados comunistas:

—¿Y qué? ¡Ya lo sabemos! ¡Pero preferimos los confidentes a los comunistas!

 Pese a mis simpatías teóricas por la anarquía, yo no podía soportar su comportamiento arbitrario, imprevisible, y su fanatismo. En algunos casos, bastaba casi con tener el título de ingeniero o un diploma universitario para que le llevasen a uno a la Casa de Campo. Cuando, ante la proximidad de los fascistas, el Gobierno republicano decidió salir de Madrid para instalarse en Valencia, los anarquistas montaron una barrera en la única carretera que quedaba libre, cerca de Cuenca. En Barcelona mismo —un ejemplo entre otros—, liquidaron al director y a los ingenieros de una fábrica metalúrgica, para demostrar que la fábrica podía funcionar perfectamente en manos sólo de los obreros. Fabricaron un camión blindado y lo mostraron, no sin orgullo, a un delegado soviético.

Éste pidió una «parabellum» y disparó, perforando sin dificultad el blindaje.

 Se cree, incluso —pero hay otras versiones—, que un pequeño grupo de anarquistas fue responsable de la muerte del gran Durruti a consecuencia de un balazo cuando bajaba de un coche en la calle de la Princesa para acudir en auxilio de la asediada Ciudad Universitaria. Estos anarquistas incondicionales —que llamaban a sus hijas Acracia (no poder) o Catorce de Septiembre— no le perdonaban a Durruti la disciplina que había logrado imponer a sus tropas.

Debíamos temer también las arbitrarias acciones del P.O.U.M., grupo teó- ricamente trotskista. En el mes de mayo de 1937, se vio incluso a miembros de este movimiento, a los que se habían unido anarquistas de la F.A.I., levantar barricadas en las calles de Barcelona contra los ejércitos republicanos, que tuvieron que combatirlos y reducirlos.

Mi amigo el escritor Claudio de la Torre, a quien yo acababa de regalar un Max Ernst con motivo de su boda, vivía en una casa aislada, a poca distancia de Madrid. Su abuelo había sido francmasón, lo cual era para los fascistas la cosa más abominable de la Tierra. Los masones eran detestados como los comunistas.

Claudio tenía a su servicio a una cocinera muy respetada porque su novio combatía con los anarquistas. Un día, voy a almorzar a su casa, cuando, de pronto, veo venir hacia mí, en pleno campo, un automóvil del P.O.U.M., perfectamente reconocible gracias a las grandes siglas que lleva pintadas. Me asalta la inquietud, pues sólo llevo encima documentos socialistas y comunis- tas, que, a ojos del P.O.U.M., carecen de todo valor. El coche se detiene junto a mí, el conductor me pregunta algo —el camino a seguir, creo— y se marchan. Respiro.

Repito que no doy aquí más que una impresión personal, una entre millones, pero creo que corresponde a la de cierto número de hombres que en aquellos momentos se hallaban situados a la izquierda. Predominaban, ante todo, la inseguridad y la confusión, agravadas por nuestras luchas internas y la fricción de las tendencias, pese a la amenaza fascista que teníamos delante. Veía un viejo sueño realizado ante mis ojos, y no encontraba en él más que una cierta tristeza.

Un día, por un republicano que había cruzado las líneas, nos enteramos de la muerte de García Lorca.


Luis Buñuel

La Guerra de España 1936-1939
"Mi último suspiro"



1560. Bebel García y su última voluntad

Bebel García, segundo por la izquierda




La Coruña, verano de 1936: Bebel García muere fusilado.
Bebel es zurdo para jugar y para pensar.
En el estadio, se pone la camiseta del Depor.
A la salida del estadio, se pone la camiseta de la Juventud Socialista.
Once días después del cuartelazo de Franco, cuando acaba de cumplir veintidós años, enfrenta el pelotón de fusilamiento:
–Un momento –manda
Y los soldados, gallegos como él, futboleros como él, obedecen.
Entonces Bebel se desabrocha la bragueta, lentamente, botón tras botón, y de cara al pelotón echa una larga meada.
Después, se abrocha la bragueta:
–Ahora sí.

Eduardo Galeano, "Espejos. Una historia casi universal"



María Torres / 29 Julio 2015

Bebel García García fue ejecutado con tan solo 22 años junto a su hermano France, el 29 de julio de 1936 en Punta Herminia, A Coruña. Su última voluntad antes de que el pelotón de fusilamiento acabara con su vida fue orinar ante sus verdugos.

Había nacido en Ribadeo (Lugo) en el seno de una numerosa familia de 8 hijos.  Su padre, destacado militante socialista, fue desterrado de Ribadeo por su ideología, lo que obligó a la familia a trasladarse a A Coruña. En el Barrio de Monte Alto establecieron su vivienda y su negocio, una pequeña fábrica de lejía, dedicándose a su venta y distribución.

Los hermanos de la lejía, apodo por el que eran  conocidos, ostentaban nombres de personalidades de izquierda como Bebel, Jaures, France, Voltaire, Berthelot, etc.  a excepción del mayor, José, conocido por Pepín, el único que pasó por la pila bautismal.

Todos abrazaron la ideología paterna, se afiliaron a las JSU, y ayudaban al padre en el negocio familiar repartiendo lejía por la ciudad. Los cuatro hermanos mayores eran aficionados al deporte. José destacó en atletismo y ciclismo y France en boxeo.

Bebel se convirtió en jugador del Deportivo, donde actuó durante cuatro temporadas en segunda división, unas veces como extremo derecho, otras como delantero. Cuentan que tenía buenas condiciones para el fútbol a pesar de su escasa estatura.

Bebel y France fueron arrestados en 1935 por un incidente en el fortín militar de Adormideras. Según relata El Compostelano con fecha 28 de marzo de 1935, los dos hermanos junto a otros cuarenta individuos, vestidos de rojo, hicieron "ejercicios de formación y entonaron cantos subversivos". El gobernador civil declaró no estar dispuesto a permitir en la provincia la menor sombra revolucionaria y acordó encarcelarles e imponerles una multa de 250 pesetas por "considerarles incursos en actos contra el orden público"

El 20 de julio de 1936 los hermanos García tomaron parte en la defensa del Gobierno civil de A Coruña. Cinco días más tarde Bebel, France y Jaurés serían detenidos en Santa Mariña, Guitiriz, cuando huían hacia Asturias. José logró escapar y se incorporó al EPR.

Tras una parodia de juicio militar sumarísimo, acusados de rebelión militar, fueron condenados a la pena de muerte. Bebel y France serían ejecutados el 29 de julio de 1936. Jaurés, que no alcanzaba la mayoría de edad, condenado a cadena perpetua, aunque un año después los rebeldes acabarían su vida en un traslado de presos. Apareció muerto junto al cementerio de San Amaro.

En el año 2002 el Ayuntamiento de A Coruña dedicó una calle a los hermanos García, los hermanos de la lejía.



1559. Las cárceles más baratas del mundo

Construcción de la cárcel de Carabanchel (Madrid) con mano de obra esclava, 1942





Franco firmaba las sentencias de muerte, cada mañana, mientras desayunaba. Los que no fueron fusilados, fueron encerrados. 

Los fusilados cavaban sus propias fosas y los presos construían sus propias cárceles. 

Costo de mano de obra, no hubo. Los presos republicanos, que alzaron la célebre prisión de Carabanchel, en Madrid, y muchas más por toda España, trabajaban, nunca menos de doce horas al día, a cambio de un puñado de monedas, casi todas invisibles. Además, recibían otras retribuciones: la satisfacción de contribuir a su propia regeneración política y la reducción de la pena de vivir, porque la tuberculosis se los llevaba más temprano. 

Durante años y años, miles y miles de delincuentes, culpables de oponer resistencia al golpe militar, no sólo construyeron cárceles. Fueron también obligados a reconstruir pueblos derruidos y a hacer embalses, canales de riego, puertos, aeropuertos, estadios, parques, puentes, carreteras; y tendieron nuevas vías de tren y dejaron los pulmones en las minas de carbón, mercurio, amianto y estaño. 

Y empujados a bayonetazos erigieron el monumental Valle de los Caídos, en homenaje a sus verdugos. 


Eduardo Galeano
Espejos. Una historia casi universal




1558. Nube temporal (Recordando a Manuel Altolaguirre)

Manuel Altolaguirre Bolín
(Málaga, 29 de junio de 1905 - Burgos, 26 de julio de 1959)




I

Te pregunté por mí, parado río, 
agua muerta, dormida, 
te pregunté por mí cuando cansado 
me liberté del bosque en tus orillas. 
Yo que sobre tus aguas tantas veces 
alegre juventud multiplicaba. 
¿Has podido olvidarte de ese tiempo 
para pintarme así bajo otras nubes? 
Mi nueva edad y el cielo gris me dicen 
que olvida el agua tanto como el hombre. 
Aunque temo que no, que no me olvides 
en esta nueva forma dolorida. 


II

Campo arrasado por la Guerra

¿En dónde los recuerdos, si has quedado 
como un desierto olvido, tú que eras 
vergel o bosque, campo de batalla? 
Si hay ojos que te vieron, que guardaron 
la imagen de tu muerte y tu ruina, 
derramen su memoria en tus arenas; 
sangre, metal y fuego confundidos. 
Escenario de muerte condenado 
a no gozar futuras primaveras, 
al menos reproduce la agonía 
de tanta juventud sacrificada. 
Infantes y jinetes corredores 
como nubes de sangre mal heridas, 
entre el cielo y la tierra se dividen 
para que brille el sol de la victoria. 
Y ya no están. La luz que defendieron 
apenas si ilumina los rescoldos 
de un temporal—¿eterno?—destruido. 
Muerte, olvido de muerte, sin un árbol, 
desierta la llanura, claro el cielo, 
el sol sin hijos luce como el llanto 
y el pecho de la tierra no respira. 
Memoria : labra en aire las figuras 
de los enardecidos combatientes 
y las antiguas frondas sean rivales 
de este recuerdo en tan desierto olvido


III

Ante tierras contrarias

No es color turbio, ni perdida forma, 
ni luz ponfusa, débil, la que parte 
la inmensidad del campo, su hermosura; 
ni es un otoño entre el calor v el frío. 
no se ve ni se siente, 
no se sueña la fatídica franja divisoria; 
pero allí está, como un reptil inmóvil 
en la tierra de nadie, la de España. 


Manuel Altolaguirre
Hora de España núm. XXI
Barcelona, Septiembre 1938



1557. Autobiografía de Antonio Machado

Antonio Machado Ruiz
(Sevilla, 26 de julio de 1875 - Colliure, 22 de febrero de 1939)




Nací en Sevilla el año de 1875 en el Palacio de la Dueñas. Anoto este detalle no por lo que tenga de señorial (el tal palacio estaba en aquella sazón alquilado a varias familias modestas) sino por la huella que en mi espíritu ha dejado la interior arquitectura de ese viejo caserón. En mi próximo libro hablo de él, sin más datos que mis recuerdos infantiles.

Desde los ocho a los treinta y dos años he vivido en Madrid con excepción del año 1899 y del 1902 que los pasé en París. Me eduqué en la Institución Libre de Enseñanza y conservo gran amor a mis maestros: Giner de los Rios, el imponderable, Cossío, Caso, Sela, Sama (ya muerto), Rubio, Costa (D. Joaquín – a quien no volví a ver desde mis nueve años -). Pasé por el Instituto y la Universidad, pero de estos centros no conservo más huella que una gran aversión a todo lo académico. He asistido durante veinte años, casi diariamente a la Biblioteca Nacional. En 1906 hice oposiciones a cátedras de francés y obtuve la de Soria donde he residido hasta agosto de 1912, con excepción del año 10 que estuve en París, pensionado para estudiar filología francesa. Estudié en el Colegio de Francia dos cursos (Bedier y Meillet). En 1909 me casé en Soria (Iglesia de Santa María la Mayor) y enviudé en 1912. En 1º de noviembre del mismo año fuí trasladado a Baeza donde actualmente resido. No tengo vocación de maestro y mucho menos de catedrático. Procuro, no obstante, cumplir con mi deber. Mis lecturas han sido especialmente de filosofía y de literatura, pero he tenido afición a todas las ciencias. Creo conocer algo de literatura española. Tengo una gran aversión a todo lo francés, con excepción de algunos deformadores del ideal francés, según Brunnetiére. Recibí alguna influencia de los simbolistas franceses, pero ya hace tiempo que reacciono contra ella.

Tengo un gran amor a España y una idea de España completamente negativa. Todo lo español me encanta y me indigna al mismo tiempo. Mi vida está hecha más de resignación que de rebeldía; pero de cuando en cuando siento impulsos batalladores que coinciden con optimismos momentáneos de los cuales me arrepiento y sonrojo a poco indefectiblemente. Soy más autoinspectivo que observador y comprendo la injusticia de señalar en el vecino lo que noto en mí mismo. Mi pensamiento está generalmente ocupado por lo que llama Kant conflictos de las ideas trascendentales y busco en la poesía un alivio a esta ingrata faena. En el fondo soy creyente en una realidad espiritual opuesta al mundo sensible. Siento una gran aversión a todo lo que escribo, después de escrito y mi mayor tortura es corregir mis composiciones en pruebas de imprenta. Esto explica que todos mis libros estén plagados de erratas.

Mi gran pasión son lo viajes. Creo conocer algo algunas regiones de la Alta Castilla, Aragón y Andalucía. No soy muy sociable, pero conservo afecto a las personas. He hecho vida desordenada en mi juventud y he sido algo bebedor, sin llegar al alcoholismo. Hace cuatro años que rompí radicalmente con todo vicio. No he sido nunca mujeriego y me repugna toda pornografía. Tuve adoración a mi mujer y no quiero volver a casarme. Creo que la mujer española alcanza una virtud insuperable y que la decadencia de España depende del predominio de la mujer y bsu enorme superioridad sobre el varón. Me repugna la política donde veo el encanallamiento del campo por el influyo de la ciudad. Detesto al clero mundano que me parece otra degradación campesina. En general me agrada más lo popular que lo aristocrático social y más el campo que la ciudad.

El problema nacional me parece irresoluble por falta de virilidad espiritual; pero creo que se debe luchar por el porvenir y crear una fe que no tenemos. Creo más útil la verdad que condena el presente, que la prudencia que salva lo actual a costa siempre de lo venidero. La fe en la vida y el dogma de la utilidad me parecen peligrosos y absurdos. Estimo oportuno combatir a la Iglesia católica y proclamar el derecho del pueblo a la conciencia y estoy convencido de que España morirá por asfixia espiritual si no rompe ese lazo de hierro. Para ello no hay más obstáculos que la hipocresía y la timidez. Ésta no es una cuestión de cultura – se puede ser muy culto y respetar lo ficticio y lo inmoral – sino de conciencia. La conciencia es anterior al alfabeto y al pan. Admiro a Costa, pero mi maestro es Unamuno.

He publicado un tomito de versos en 1903 refundido con nuevas composiciones en 1907 “Soledades, Galerías, y otros poemas” y otro volumen “Campos de Castilla” en 1912. Tengo casi terminados tres volúmenes “Hombres de España”, “Apuntes de paisaje”, “Cantares y proverbios” que irán saliendo sucesivamente.

Se han ocupado de mis versos con elogio muy superior a mi mérito Unamuno, Azorín, Juan Ramón Jiménez, Ortega y Gasset, Marquina, Acebal, González Blanco, Carner, Baquero, Candamo en periódicos y revistas y Rubén Darío en su libro ” El Canto Errante”.


Antonio Machado 
Baeza, 1913



1556. Las últimas horas de Gerda Taro, la compañera de Capa, en Brunete


Jesús González de Miguel / 07 Mayo 2015 / Fronterad.com


Dos cámaras, el coche del general Walter y un tanque

Aníbal González, el conductor del tanque, no notó nada cuando las orugas de su máquina pasaron por encima de Gerda Taro. Ningún ruido, ningún movimiento. Lógico. Su tanque pesaba 9.500 kilos y llevaban replegándose toda la mañana por los campos entre Brunete y Villanueva de la Cañada, con la Legión Cóndor sobre sus cabezas arrojándoles todo el hierro que tenían y ametrallándoles en cada kilómetro de su retirada. Hacía un calor de los que te hacen renegar de cada paso. Estar dentro de un tanque con más de cuarenta grados a la sombra tiene que ser un infierno. Normalmente las tripulaciones solían ser mixtas: españoles conduciendo o cargando el cañón de 45 mm, brigadistas internacionales y el comandante y tirador, que podía ser soviético. En el Madrid de 1936, las tripulaciones eran soviéticas pero ahora, en julio de 1937, todo había cambiado, la llegada de nuevos tanques exigía más tripulaciones y ya no importaba tanto el origen de los mismos.

La carretera de Villanueva de la Cañada se hallaba anegada por la retirada de las tropas republicanas, los coches, los tanques, las ambulancias, los camiones, la artillería… Todo el mundo se quería poner a salvo ante el avance de las tropas de Franco, y Aníbal González no tenía tiempo que perder. Gerda y su compañero Ted Allen habían estado toda la mañana en primera fila, haciendo fotos y grabando con la cámara de cine Eyemo. Habían llegado hasta el cuartel del general polaco Walter, con quien le unía a Gerda una gran camaradería, por aquello de ser polacos los dos y haber coincidido también en la ofensiva de La Granja, meses antes, junto con Robert Capa. Pero la acometida de las tropas republicanas estaba dando un vuelco que olía a derrota.

El general Walter (Karol Wacław Świerczewski) les había rogado que abandonasen el lugar, que el frente se estaba viniendo abajo, y que no había tiempo que perder si no querían caer en manos de las tropas de Franco Y así lo hicieron. Todavía les dio tiempo de grabar un ataque aéreo, en el que Gerda, con un enorme derroche de valor, había abandonado la trinchera en la que se protegían de las bombas y con la cámara de cine había tomado unas buenas imágenes de la aviación enemiga sembrando destrucción en el campo de batalla. Tenían que retirarse hacia el Norte. Allí estaba Villanueva, el primer paso hacia la retaguardia.

El camino se iba saturando y ralentizando cada vez más, con toda suerte de soldados y máquinas, y parecía que lo que había empezado como una batalla triunfal y que iba a estrangular a las tropas nacionales en su asedio a Madrid, se estaba desintegrando de forma inexplicable. Habría que empezar de nuevo. Las esperanzas de una victoria definitiva, con un nuevo ejército, se habían convertido en polvo, como el que levantaba aquel ejército en retirada ante el pasmo de alguno de sus jefes y oficiales.

No había tiempo que perder, Gerda y Ted vieron un coche, un Chevrolet Matford negro, que inmediatamente identificaron como el del general Walter: “Nuestro puesto de mando sobre ruedas”, como lo llamaba su ayudante, Alex Szurek. Era un símbolo de seguridad, de escape de aquel pudridero, de aquella derrota insoportable en que se había convertido la ofensiva de Brunete. Aníbal González con su carro de combate formaba parte de un pelotón de cuatro T-26 y sabían que al Oeste se encontraba la carretera que enlazaba con Villanueva. Ya habían caído muchos compañeros y era necesario huir. La aviación republicana había perdido el dominio del cielo y la retirada se había convertido en la “caza del pato” para la aviación enemiga.

Aquellos mastodontes de metal se habían transformado en objetivos fáciles para los Heinkel 111 y los Junkers 52 y había que ponerse a cubierto. Gerda se acercó al coche y les preguntó si podían acercarles a Villanueva de la Cañada. El conductor del vehículo era de nuevo el checo Josef Edenhoffer, y la queja y el estrés se mezclaban en su cara. El coche iba repleto de heridos, con los asientos y el suelo tintados de sangre. No había sitio, pero los conocía de otras ocasiones y les ofreció los estribos del coche donde podrían ir colgados hasta Villanueva, que estaba a apenas unos kilómetros. Gerda asintió. Dejó su cámara de fotos Leica y la cámara de cine Eyemo en el asiento del copiloto. Se agarraron bien y comenzaron su particular repliegue entre el lamento de los heridos y el polvo, que con el calor, lo inundaba todo.

Aníbal y el pequeño grupo de tanques que le seguía continuaban abriéndose paso por un bosquecillo. El ruido del motor del carro blindado, el calor, las balas que percutían contra su estructura con un característico estruendo metálico, las explosiones en los alrededores, los gritos que se lanzaban los tripulantes… A veces simples gestos porque no conseguían hacerse entender, en parte por el ruido infernal, en parte por los diferentes idiomas de cada uno de los ocupantes. La temperatura había convertido los monos de tanquistas en una segunda piel de sudor y miedo. Con la garganta reseca y los labios blanquecinos, ya que no quedaba una gota de agua, la mente de Aníbal marchaba a cien por hora. Sólo prestaba atención a una voz interior que le decía: “¡Vamos, vamos, hay que salir de esta mierda, venga, venga…!”.

La carretera se iba convirtiendo en una riada de gritos, juramentos, cláxones y cacofonía de motores, agravado por el vuelo rasante, el zumbido aterrador de la aviación franquista. Gerda y Ted comenzaron a oír un ruido de motores a su derecha. Aníbal seguía acelerando, intentando ver algo en medio de los árboles. La carretera debía de andar cerca. Gerda y Ted giraron sus cabezas esperando ver de dónde procedía aquel rumor creciente. Aníbal descubrió un claro entre las ramas e irrumpió en la carretera: un mar de personas y vehículos. A Gerda apenas le dio tiempo a darse cuenta de que un tanque T-26 junto a otros más se le venía encima saliendo de la espesura de forma impetuosa. Josef intentó esquivarlos dando un volantazo y girando a la izquierda. Pero ya era demasiado tarde. Gerda cayó del coche y las orugas pasaron por encima provocándola heridas mortales. Las cadenas la reventaron. Ted se rompió una pierna. Unas fuentes dicen que el coche volcó y otras que consiguió mantenerse en la carretera… con las cámaras en el asiento del copiloto.

Otros testigos aseguran que Gerda había caído por un bache o una explosión anterior, justo detrás de una pequeña valla, y que el tanque, maniobrando hacia atrás o descontrolado, se llevó por delante a la gran promesa de la fotografía europea. La retirada continuaba, pero había que evacuar a Gerda Taro de allí. Unas horas más tarde, cuando pudieron detener sus máquinas blindadas, otro tanquista, de nombre Fernando Plaza, le dijo a Aníbal: “¡Te has cargado a la francesa!”.

Ni se había dado cuenta. Pero sí conocía a la francesa. Todos la conocían como la compañera de Capa. Gerda Taro no saldría viva de la batalla de Brunete. La trasladaron al hospital de El Escorial. Otras fuentes hablan del hospital inglés de El Goloso. En cualquier caso, el daño era espantoso. Una transfusión y morfina para acompañarla hasta su hora es lo único que pudieron hacer por ella. Su obsesión eran sus cámaras, saber dónde estaban. A su compañero Ted, que se había roto el fémur, le escayolaron la pierna. El médico y la enfermera Irene Goldin intentaron que sus últimas horas lo fueran sin dolor. Murió muy temprano, por la mañana. Era el 26 de julio de 1937 y la batalla de Brunete acabaría, en nada, pero con miles de muertos.

Robert Capa, mientras tanto, se encontraba en París, intentando conseguir contratos y permisos para trasladarse junto a Gerda al frente chino-japonés. Podía ser otra gran aventura. Pero descubrió en la consulta de un dentista, en la tercera página de un periódico, que su amada había perdido la vida en la batalla de Brunete. Desde entonces nada iba a ser lo mismo. Se iba a acercar cada vez más a la muerte. Y si te acercas demasiado es más fácil que te acabes encontrando con ella. Moriría en el conflicto indochino al pisar una mina en 1954. La guerra y la parca, inseparables compañeras, le estaban esperando diecisiete años después.


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“Y ésta es la cámara de Capa”. Nos quedamos de piedra. Cuatro amigos llevábamos días visitando el campo de batalla del Ebro, como en una road movie envuelta en amistad e historia. y de pronto, en medio de una de las colecciones particulares más impresionantes de la Guerra Civil que hay en España, en Corbera de Ebro, Pere, su propietario, un payés, generoso y paciente, nos enseña en una rincón una cámara de cine que dice que perteneció al mítico fotógrafo húngaro. “En España, en aquellos años, debía ser la única”, añade con satisfacción. La cámara es una Eyemo, la utilizada por los reporteros gráficos de la época, pequeña, fiable, una joya de su tiempo. A su lado hay una pequeña lata de película. ¿Vacía?

A Capa se le ve con la máquina en algunas de las fotos que su novia, Gera Taro, tomó en España. El asunto nos dejó con la boca abierta. Pero la cámara tiene una historia con más trasfondo. Era la que Gerda llevaba cuando un tanque soviético la aplastó en la batalla de Brunete. La misma que había dejado en el asiento del copiloto del coche del general Walter junto con una Leica que había pertenecido a Capa y que éste le había regalado como prueba de su amor. Todo lo que sabía Taro del arte de la fotografía se lo había enseñado Capa. Lo de que sin valor no hay foto que valga, también. Capa se había convertido en un fotógrafo famoso en la guerra de España, y Gerda iba también camino de convertirse en una leyenda. Allí, en medio de una colección privada, sin apoyo de nadie, Pere atesoraba una de las joyas de la historia de la fotografía, una de las cámaras que, de algún modo, formaban parte de la mitología de la Guerra Civil española, de la muerte de quien se había empeñado en retratar el conflicto de la manera más vívida posible y que había encontrado la muerte en el empeño: Gerda Taro.

Seguimos recorriendo el campo de batalla durante algunos días más, interpretando sus paisajes y situando protagonistas y unidades en cada escenario, estremeciéndonos con cada historia. Pero a veces los grandes y terribles momentos no quieren ser olvidados, vuelven.

En el año 2005 participé en una exposición y en el catálogo Brigadistas. El archivo fotográfico del general Walter. Eran 333 fotos donadas a la Asociación de Amigos de las Brigadas Internacionales por la hija del militar polaco, Antonina Swierczevskaja, y tomadas por el general y puede que por otro ayudante durante su paso por la Guerra Civil. En aquella exposición había cuatro instantáneas en las que aparecía el coche de Walter. Desde diciembre de 1936, al mando de la XIV Brigada Internacional, y hasta su relevo del mando de la 35ª División, el 6 de junio de 1938, el general participó en algunos de los episodios más notorios de la contienda: Lopera, Jarama, Brunete, Belchite, Teruel, retirada de Aragón… Y en todos los frentes, según recordaba su ayudante Alex Szurek, el coche, su puesto de mando, estaba peligrosamente en primera línea. “Tengo miedo de estar lejos de mis hombres”, decía, ante el pasmo de su conductor. No era un general de la Gran Guerra, de aquellos que permanecían a buen recaudo en retaguardia. El coche era su segunda casa. Dormía poco, y se recuperaba con pequeñas cabezadas entre viaje y viaje. Su único alimento parecía ser té con galletas.

En aquella jornada del 25 de julio de 1937 el Chevrolet Matford negro se encontraba evacuando heridos. Estaban desbordados. En la exposición había tres fotos donde aparecía el coche en cuyo estribo viajaba Gerda Taro y en el que encontró la muerte. En dos aparece el conductor con Walter. Una parece haber sido hecha en Brihuega y la otra en Aragón en 1938. La tercera corresponde a Brunete. En ésta, con Walter en el centro, el Estado Mayor parece cansado. Sentados en el suelo, con la espalda apoyada contra una pared, aguantando el intenso calor del mes de julio y resguardados detrás del coche. Sobre el estribo del que Gerda Taro sería brutalmente desalojada por un tanque republicano hay un termo.

En las fotos de La Maleta Mexicana aparecen los últimos instantes fotografiados por Gerda en la batalla de Brunete. Al parecer están todos menos los que quedaban en la Leica que le había regalado Capa, que nunca apareció. En sus últimos momentos de lucidez, antes de perder el conocimiento a causa de la morfina, Gerda no dejaba de preguntar una y otra vez si alguien se había hecho cargo de sus cámaras. Según Albert Geist, las fotos que emergen de esos negativos rescatados permiten ver lo último que vio Gerda a través de la lente, es como ver con los ojos de un fantasma: prisioneros, tropas huyendo, un camión explotando, el general Walter en actitud relajada, El Campesino, la torre de la iglesia de Belchite a lo lejos, bajo las bombas…

Walter volvió a la URSS después de la retirada de Aragón en 1938, y la influencia de Aleksandr Orlov (miembro de la policía política soviética, responsable del traslado del oro de la República a Moscú) evitó que fuese depurado en las purgas que se desataron. Salvó el pellejo de milagro, ya que la NKVD había reclamado en dos ocasiones su retorno. Pero la muerte violenta le persiguió hasta el final. Tras haber sobrevivido a la Guerra Civil española y a la Segunda Guerra Mundial como jefe del Ejército polaco, el 28 de marzo de 1947, ya como ministro de Defensa de la nueva Polonia, una emboscada de nacionalistas ucranianos acabó con su vida entre Jablonski y Baligrod.

En el año 2008 fue desvelada la identidad del miliciano golpeado por la muerte en la foto más famosa de toda la contienda española, la que tomó Robert Capa. Se trataba de Federico Borrel García. Un mito en blanco y negro. Al año siguiente, el periodista de El País Jacinto Antón entrevistaba a los descendientes del tanquista albaceteño que accidentalmente acabó con la vida de otro mito, Gerda Taro. Dos personajes salían de las sombras, volvían del pasado y tomaban forma, como fotos recién reveladas en el laboratorio.

Al terminar la guerra, Aníbal González fue uno de los últimos en atravesar la frontera francesa a bordo de su tanque. Volvió a España y le internaron primero en un campo de concentración en Lérida y luego en un campo de trabajo de Agramunt. Le esperaba, como a muchos españoles, la amarga y larga derrota, y una posguerra gris y vengativa. Durante años se ocupó de proyectar las películas en el pueblo. Cabe pensar que en aquellas largas tardes de domingo, con Carmen Sevilla, el NO-DO y Raza en la pantalla, de vez en cuando le vendría a la cabeza aquella triste frase: “¡Te has cargado a la francesa!”.


Jesús González de Miguel es historiador. Autor del libro La batalla del Jarama. Febrero de 1937. Testimonios desde un frente de la Guerra Civil (La Esfera de los Libros, 2004), ha escrito numerosos artículos para las revistas Historia 16, La Aventura de la Historia, Serga o Desperta Ferro. También ha participado en la realización de diferentes documentales para la BBC y el Canal de la Historia, y colaborado en las exposiciones Brigadistas. El archivo fotográfico del general Walter Voluntarios de la Libertad. Las Brigadas Internacionales. Es uno de los fundadores y responsables del Museo de
la batalla del Jarama ubicado en Morata de Tajuña (Madrid).