Lo Último

Decreto confirmando en el cargo de Rector vitalicio de la Universidad de Salamanca a Miguel de Unamuno




Ostenta la personalidad de D. Miguel de Unamuno en el campo docente, como en otras manifestaciones de la cultura, bien acusados relieves que la otorgan destacada notoriedad. De otro lado, la cruzada emprendida por España— pueblo y Ejército— para librar a la Civilización de Occidente del secuestro en que gentes incomprensivas de su excelencia la retenían, ha merecido de tan ilustre prócer del saber la adhesión fervorosa y el apoyo entusiasta que de intelecto y espirituales cabía esperar. 

A circunstancias tan preclaras y a tan relevantes hechos, cúspide feliz de una vida, ascendente sin rellanos ni altos en su declive, y que antes de ahora movió a homenaje a quienes el poder público representaban, no ha de corresponder la Junta de Defensa Nacional con desdén ni siquiera con olvido o indiferencia, antes al contrario, a fuer de directora del gran movimiento nacional, siente el deber de hacerse eco de unas y otros, de destacarlos ante propios y ajenos y de honrarlos cual requiere la Justicia. Más aún, cuando los verdugos de aquella Civilización cuyas huestes libertadoras han visto reforzado el entusiasmo en su afán santo con el hálito patriótico del pecho siempre sincero del maestro de Salamanca, acusan el matiz dominante de su empresa con la pretensión de derrocar, a golpe de pluma, lo que aquél solamente le fué reconocido por los hombres ya que no por ellos, sino por Dios, otorgado.

Por tanto, como Presidente de la Junta de Defensa Nacional, y de acuerdo con ésta, vengo en decretar:

Artículo único. Se confirma a D. Miguel de Unamuno en los cargos de Rector vitalicio de la Universidad de Salamanca y titular de la cátedra de su nombre en el mismo Centro, con cuantas prerrogativas y atribuciones se le confirieron en el Decreto de treinta de septiembre de mil novecientos treinta y cuatro. 

Dado en Burgos a primero de septiembre de mil novecientos treinta y seis.
Miguel Cabanellas



Publicado en el Boletín Oficial de la Junta de Defensa Nacional de España el 4 septiembre 1936




2125. Neruda entre nosotros

Pablo Neruda
(Parral, Chile, 12 de julio de 1904 - Santiago, Chile, 23 de septiembre de 1973)



Mis ojos no vinieron para morder olvido
Canto General, "Hacia Recabarren"

Yo te amo, pura tierra, como tantas
cosas amé contrarias:
la flor, la calle, la abundancia, el rito
Canto General, "La arena traicionada"


                            
Tan cercano como está en la vida y en la muerte, toda tentativa de fijarlo desde la escritura corre el riesgo de cualquier fotografía, de cualquier testimonio unilateral: Neruda de perfil, Neruda poeta social, las aproximaciones usuales y casi siempre falibles. La historia, la arqueología, la biografía, coinciden en la misma terrible tarea: clavar la mariposa en el cartón. Y el único rescate que las justifica viene de la zona imaginaria de la inteligencia, de su capacidad para ver en pleno vuelo esas alas que ya son ceniza en cada pequeño ataúd de museo. Cuando entré por última vez a su dormitorio de Isla Negra, en febrero de este año, Pablo Neruda estaba en cama, acaso ya definitivamente inmovilizado, y sin embargo sé que aquella tarde y aquella noche anduvimos juntos por playas y senderos, que llegamos aún más lejos que dos años antes, cuando él había venido a esperarme a la entrada de la casa y había querido mostrarme las tierras que pensaba donar para que a su muerte alzaran allí una residencia de escritores jóvenes.

Así, como paseando a su lado y escuchándolo, quisiera decir aquí mi palabra de latinoamericano ya viejo, porque muchas veces en el torbellino de la casi impensable aceleración histórica del siglo he sentido dolorosamente que la imagen universal de Pablo Neruda era para muchos una imagen maniquea, una estatua ya erigida que los ojos de las nuevas generaciones miraban con ese respeto mezclado de indiferencia que parece ser el destino de todo bronce en toda plaza. A esos jóvenes de cualquier país del mundo quisiera contarles con la llaneza del que encuentra a sus amigos en el café, las razones de un amor que trasciende la poesía por sí misma, un amor que tiene otro sentido que mi amor por la poesía de John Keats o de César Vallejo o de Paul Eluard; hablarles de lo que sucedió en mis tierras latinoamericanas en esa primera mitad de un siglo que para ellos se confunde ya en la continuidad de un pasado que todo lo devora y lo confunde.

En el principio fue la mujer; para nosotros, Eva precedió a Adán en mi Buenos Aires de los años treinta. Éramos muy jóvenes, la poesía nos había llegado bajo el signo imperial del simbolismo y del modernismo, Mallarmé y Rubén Darío, Rimbaud y Rainer María Rilke: la poesía era gnosis, revelación, apertura órfica, desdén de la realidad convencional, aristocracia rechazando el lirismo fatigado y rancio de tanto bardo sudamericano. Jóvenes pumas ansiosos de morder en lo más hondo de una vida profunda y secreta, de espaldas a nuestras tierras, a nuestras voces, traidores inocentes y apasionados, cerrándose en cónclaves de café y de pensiones bohemias: entonces entró Eva ha­blando español desde un librito de bolsillo nacido en Chile, Veinte poemas de amor y una canción desesperada. Muy pocos conocían a Pablo Neruda, a ese poeta que bruscamente nos devolvía a lo nuestro, nos arrancaba a la vaga teoría de las amadas y las musas europeas para echamos en los brazos a una mujer inmediata y tangible, para enseñamos que un amor de poeta latinoamericano podía darse y escribirse hic et nunc, con las simples palabras del día, con los olores de nuestras calles, con la simplicidad del que descubre la belleza sin el asentimiento de los grandes heliotropos y la divina proporción.

Pablo lo sabía, lo supo muy pronto: no opusimos resistencia a esa invasión que nos liberaba, a esa fulminante reconquista. Por eso, cuando leímos Residencia en la tierra no éramos ya los mismos, los jóvenes pumas se lanzaban ya por su cuenta a la caza de presas tanto tiempo despreciadas. Después de Eva veíamos llegar al Demiurgo, resuelto a trastrocar un orden bíblico que no habíamos establecido los latinoamericanos; ahora íbamos a asistir a la creación verbal del continente, el pez iba a llamarse pez por boca americana, las cosas y los seres se proponían y se dibujaban desde la matriz original que nos había hecho a todos, sin la sanción tranquilizadora de los Linneo y los Cuvier y los Humboldt y los Darwin que nos habían legado paternalmente sus modelos y sus nomenclaturas. Me acuerdo, me acuerdo tanto: Rubén Darío se desplazó vertiginosamente en mi geografía poética, de la noche a la mañana pasó a ser un gran poeta lejano, como Quevedo o Shelley o Walt Whitman; en nuestra dilatada, desierta y salvaje tierra mental, que habíamos llenado de necesarias y vagarosas mitologías, Residencia se precipitó en la Argentina como antaño San Martín en Chile para liberarlo, como Bolívar picando sus águilas desde el norte; la poesía tiene su historia militar, sus conquistas y sus batallas, el verbo es legión y carga, y la vida de todo hombre sensible a la palabra guarda en su memoria incontables cicatrices de esos profundos, indecibles arreglos de cuentas entre el ayer y el hoy, entre lo artificial y lo auténtico; inútil murmurar que lo recíproco no existe, que Chile está hoy ahí para probar hasta qué punto la historia militar ignora la poesía, eso que en última instancia es lo humano en su exigencia más alta, allí donde la justicia se quita la venda que el sistema le ha puesto en los ojos, y sonríe como una mujer que ve jugar a un niño.

Neruda no nos dio demasiado tiempo para recobrarnos, para tomar esa distancia que la inteligencia establece hasta con lo más amado puesto que su razón de ser está en un plus ultra incesante. Aceptar, asimilar Residencia en la tierra exigía acceder a una dimensión diferente de la lengua y, desde allí, ver americanocomo jamás se había visto hasta entonces. (Ya algunos de nosotros, movidos por el azar de librerías o amistades, entrábamos con el mismo asombro en una nue­va faceta de esa inconcebible metamorfosis de nuestra palabra: Trilce, de César Vallejo, llegaba a Buenos Aires desde el norte, viajera secreta y temblorosa trayendo claves diferentes para un mismo reconocimiento americano). Pero Pablo no nos dio tiempo a mirar en torno, a hacer un primer balance de esa multiplicada explosión de la poesía. Vastos poemas que formarían luego parte de la tercera Residencia se sumaban tumultuosos a la primera gran cosmogonía para afinarla, especializarla, traerla cada vez más al presente y a la historia. Cuando la guerra civil española lo lleva a escribir España en el corazón, Neruda ha dado el paso final que lo desplaza del escenario a los actores, de la tierra a los hombres; su definición política que tanto malentendido innoble haría surgir (y pudrir) en América Latina, tiene la necesidad y la llaneza del cumplimiento amoroso, de la posesión en la entrega última; y es fácil advertir que el signo ha cambiado, que a la lenta, apasionada enumeración de los frutos terrestres por boca de un hombre solitario y melancólico, sucede ahora la insistente llamada a recobrar esos frutos jamás gozados o injustamente perdidos, la proposición de una poesía de combate lentamente forjada desde la palabra y desde la acción. En Buenos Aires, capital de la prescindencia histórica, este segundo y más terrible espolazo de Neruda bastó para hacer caer muchas máscaras; me tocó ver, testigo irónico, cómo nerudianos fanáticos repudiaban bruscamente su poesía, mientras oportunistas al viento de las reivindicaciones exaltaban una obra que les era palpablemente ininteligible salvo en sus significados más obvios. Quedaron los que lo merecían, comprometidos o no en el plano político (lo digo expresamente, puesto que a mí me faltaba aún la Revolución Cubana para despertarme), y para ésos la obra de Neruda siguió siendo como un pulso, una vasta respiración americana frente a las delicuescencias pasatistas y las fidelidades cada vez más ridículas a los cánones extranjeros. Sé que le debo a Neruda el acceso a Vallejo, a Octavio Paz, a Lezama Lima, a Cardenal, poetas tan diferentes como unidos, tan individuales como fraternos. Pero lo repito, él no nos daba tregua, no nos dio nunca tregua; poema tras poema, libro tras libro, su imperiosa brújula exigía la revisión de nuestros rumbos, nos llamaba sin proponérselo, sin el menor paternalismo de poeta mayor, de abuelo Hugo latinoamericano; simplemente ponía otro libro sobre la mesa, y pálidos fantasmas corrían a esconderse. Cuando llegó el Canto general, el ciclo de creación entró en su último día necesario; luego seguirían muchos otros, memorables o de simple fiesta, vendrían los poemas bien ganados del que se sienta a recordar su vida con los amigos, como el entrañable Extravagario y tantos momentos del Memorial de Isla Negra; Neruda envejecía sin renunciar a su sonrisa de muchacho travieso, entraba por la fuerza de las cosas en el ciclo de las solemnidades, los paseos utilizables, la más que innecesaria consagración del Premio Nobel, último manotazo del sistema para recuperar lo irrecuperable, el aire libre, el gato en el tejado jugando con la luna.

Mucho se ha escrito sobre el Canto general, pero su sentido más hondo escapa a la crítica textual, a toda reducción sólo centrada en la expresión poética. Esa obra inmensa es una monstruosidad anacrónica (se lo dije un día a Pablo, que me contestó con una de sus lentas miradas de tiburón varado), y por ello una prueba de que América Latina no solamente está fuera del tiempo histórico europeo sino que tiene el perfecto derecho y, lo que es más, la penetrante obligación de estarlo. Como, en un terreno no demasiado diferente al fin y al cabo, Paradiso de José Lezama Lima, el Canto general decide hacer tabla rasa y empezar de nuevo por si fuera poco, lo hace. Porque apenas se piensa en esto, es casi obvio que la poesía contemporánea de Europa y de las Américas es una empresa definidamente limitada, una provincia, un territorio, a la vez dentro del campo de expresión verbal y dentro de la circunstancia personal del poeta. Quiero decir que la poesía contemporánea, incluso la de intención social como la de un Aragon, un Nazim Hikmet o un Nicolás Guillén, que me vienen los primeros a la memoria y están lejos de ser los únicos, se da circunstancia a determinadas situaciones e intenciones. Más perceptible es esto todavía en la poesía no comprometida, que en nuestros tiempos y en todos los tiempos tiende a concentrarse en lo elegíaco, lo erótico o lo costumbrista. Y en ese contexto, cuya infinita riqueza y hermosura no sólo no niego sino que me ha ayudado a vivir, llega un día el Canto general como una especie de absurda, prodigiosa geogonía latinoamericana, quiero decir una empresa poética de ramos generales, un gigantesco almacén de ultramarinos, una de esas ferreterías donde todo se da desde un tractor hasta un tornillito; con la diferencia de que Neruda rechaza soberanamente lo prefabricado en el plano de la palabra, sus museos, galerías, catálogos y ficheros que de alguna manera nos venían proponiendo un conocimiento vicario de nuestras tierras físicas y mentales, deja de lado todo lo hecho por la cultura e incluso por la naturaleza; él es un ojo insaciable retrocediendo al caos original, una lengua que lame las piedras una a una para saber de su textura y sus sabores, un oído donde empiezan a entrar los pájaros, un olfato emborrachándose de arena, de salitre, del humo de las fábricas. No otra cosa había hecho Hesíodo para abarcar los cielos mitológicos y las labores rurales; no otra cosa intentó Lacrecio, y por qué no Dante, cosmonauta de almas. Como algunos de los cronistas españoles de la conquista, como Humboldt, como los viajeros ingleses del Río de la Plata, pero en el límite de lo tolerable, negándose a describir lo ya existente, dando con cada verso la impresión de que antes no había nada, de que ese pájaro no tenía ese nombre y que esa aldea no existía. Y cuando yo le hablé de eso, él me miraba con soma y volvía a llenarme el vaso, señal inequívoca de que estabas bastante de acuerdo, hermano viejo.

Por cosas así pienso que la obra de Pablo Neruda ha sido para los latinoamericanos de mi tiempo algo que trasciende los parámetros usuales en que dialécticamente se mueven el hacedor y el lector de poesía. Cuando pienso en ella, la palabra obra tiene para mí una consistencia arquitectónica, un peso de mampostería, porque su acción en muchos de nosotros no sólo se cumplió en ese plano general de enriquecimiento ontológico que da toda gran poesía, sino en el de una toma directa de contacto con materias, formas, espacios y tiempos de nuestra América. ¿Quién podrá llegar hasta el litoral chileno y asomarse al Pacífico implacable sin que los versos de la Barcarola vuelvan desde la ya remota Residencia en la tierra,quién subirá a Macchu Picchu sin sentir que Pablo lo precede en la interminable teoría de peldaños y colmenas? Lo digo con riesgo, lo digo con dolor: cuánta poesía querida se me adelgazó entre las manos después de esa terrible precipitación mineral y celular. Y lo digo también con gratitud: porque ningún poeta mata a los demás poetas, simplemente los ordena de otra manera en la trémula biblioteca de la sensibilidad y la memoria. Habíamos vivido y leído de prestado, aunque los préstamos fueran tan hermosos; habíamos amado en poesía algo como un privilegio diplomático, una extraterritorialidad, el nepente verbal de tanta torpe tiranía y tanta insolente expoliación de nuestras vidas civiles; sin soberbia, sin jamás reprocharnos nuestras delicadas prescindencias, Neruda nos abrió la más ancha de las puertas hacia esa toma de conciencia que algún día se llamará de veras libertad. Ahora podíamos seguir leyendo a Mallarmé y a Rilke, puestos en su órbita precisa, pero ahora no podíamos negar que éramos latinoamericanos; yo sé, lo sabe lo más exigente de mi ser, que nadie salió perdiendo en esa furiosa confrontación de materias poéticas.

Por eso, a los que demasiado fácilmente olvidan, los invito a releer el Canto general para que a la luz (no, a la tiniebla) de lo que ocurre en Chile, en Uruguay, en Bolivia -complete usted mismo la lista interminable- verifiquen la implacable profecía y la invencible esperanza de uno de los hombres más lúcidos de nuestro tiempo. Imposible abarcar ese horizonte, esa rosa de los vientos que se vuelve húmedo erizo para apuntar a sus multiplicados rumbos; sólo aludiré al retrato de tanto dictador, de tanto tirano que Neruda nombró y describió sin vacilar en ese libro como si supiera que iba más allá de sus miserables personas, que su denuncia abarcaba un futuro donde habría de esperarlo otra vez la pesadilla. Los invito, para no citar más que uno, a releer el poema en que González Videla es acusado de traidor a su patria, y a sustituir su nombre por el de Pinochet, a quien Salvador Allende también habría de llamar traidor antes de caer asesinado; los invito a releer los versos en que Neruda transcribe cartas y testimonios de chilenos torturados, vejados y muertos por la dictadura ; habría que estar ciego y sordo para no sentir que esas páginas del Canto general fueron escritas hace dos meses, hace quince días, anoche, ahora mismo, escritas por un poeta muerto, escritas para nuestra vergüenza y acaso, si alguna vez lo merecemos, para nuestra esperanza.

Conocí muy poco al hombre Pablo Neruda, porque entre mis defectos está el de no acercarme a los escritores, preferir egoístamente la obra a la persona. Dos testimonios había tenido de su afecto por mí: un par de libros dedicados que me hizo llegar a París, sin que jamás hubiera recibido nada mío, y una página que envió a alguna revista cuyo nombre no recuerdo, y en la que generosamente trataba de aplacar una falsa, absurda polémica entre José María Agüedas y yo a propósito de escritores «residentes» y escritores «exiliados». Cuando Salvador Allende asumió la presidencia en noviembre de 1970, quise estar en Santiago cerca de mis hermanos chilenos, asistir a algo que era harto más que una ceremonia, la primera apertura hacia el socialismo en el sector austral del continente. Alguien llamó a mi hotel con una voz de lento río: «Me dicen que estás muy cansado, ven a Isla Negra y quédate unos días, ya sé que no te gusta ver gente, estaremos solos con Matilde y mi hermana, Jorge Edwards te traerá el auto, vendrán Matta y Teresa a almorzar, nadie más». Fui, claro, y Pablo me regaló un poncho de Temuco y me mostró la casa, el mar, los solitarios campos. Como si tuviera miedo de cansarme, me dejó andar por los salones vacíos, mirar despacio y a mi gusto la caverna de Aladino, su Xanadú de interminables maravillas. Casi inmediatamente comprendí esa correspondencia rigurosa entre la poesía y las cosas, entre el verbo y la materia. Pensé en Anna de Noailles preguntándole a una amiga el nombre de una flor entrevista en un paseo, y asombrándose: «Ah, pero si es la misma que tantas veces he nombrado en mis poemas», y sentí lo que iba de eso a un poeta que jamás nombró sin antes palpar, vivir lo nombrado. Cuánto resentido, cuánto envidioso ironizó en su día sobre los mascarones de proa, los atlas, los compases, los barcos en las botellas, las primeras ediciones, las estampas y los muñecos, sin comprender que esa casa, que todas las casas de Neruda eran también poemas, réplica corroboración de las nomenclaturas de Residencia y del Canto, prueba de que nada, ninguna sustancia, ninguna flor había entrado en sus versos sin ser lentamente mirada y olida, sin darle y ganarse el derecho a vivir para siempre en la memoria de los que recibirían en pleno pecho esa poesía de encarnación verbal, de contacto sin mediaciones. Incluso la muerte de Pablo Neruda entre escombros y alimañas uniformadas, ¿no es un último poema de combate? Sabíamos que estaba condenado por el cáncer que era una cuestión de tiempo y que acaso hubiera muerto el día en que murió aunque la ralea vencedora no le hubiera destrozado y saqueado la casa. Pero el destino habría de dibujarlo hasta el fin como lo que él había querido ser; voluntariamente o no, ya ajeno a lo circundante o mirando las ruinas de su casa con esos ojos de alcatraz a los que nada escapaba, su muerte es hoy su verso más terrible, el salivazo en plena cara del verdugo. Como en su día el Che Guevara, como Nguyen Van Troy, como tantos que mueren sin rendirse. Me acuerdo de la última vez que lo vi, en febrero de este año; cuando llegué a Isla Negra me bastó ver la gran puerta cerrada para comprender, con algo que ya no eran las certidumbres de la ciencia médica, que Pablo me citaba para despedirse. Mi mujer había esperado grabar una charla con él para la radio francesa; nos miramos sin hablar, y el grabador quedó en el auto. Matilde y la hermana de Pablo nos llevaron al dormitorio desde donde él continuaba su diálogo con el océano, con esas olas en las que había visto los gigantescos párpados de la vida. Lúcido y esperanzado (eran las vísperas de las elecciones en las que la Unidad Popular afirmó su derecho a gobernar) nos dio su último libro. «Ya que no puedo ir a las manifestaciones ni hablarle al pueblo, quiero estar presente con estos versos que escribí en tres días». El título lo explicaba todo: Incitación al nixonicidio y alabanza de la revolución chilena; versos para gritar en las esquinas, para que los cantores populares les pusieran música, para que los obreros y los campesinos los leyeran en sus centros y en sus casas. Un televisor a los pies de la cama lo mantenía al tanto del proceso electoral; novelas policiales, que tanto le gustaban eran mejor sedante que las inyecciones cada vez mas necesarias. Hablamos de Francia, de su último cumpleaños en la casa de Normandía donde los amigos habíamos llegado de todas partes para que Pablo sintiera un poco menos la geométrica soledad del diplomático famoso, y donde con gorros de papel, largos tragos y música lo despedimos (él lo sabía, y nosotros sabíamos que él lo sabía). Hablamos de Salvador Allende que había venido a visitarlo en esos días sin previo aviso, sembrando la estupefacción con un helicóptero inconcebible en Isla Negra; y por la noche, aunque insistíamos en irnos, en que descansara, Pablo nos obligó a mirar con él un horrendo folletín de vampiros en la televisión, fascinado y divertido al mismo tiempo, abandonándose a un presente de fantasmas más reales para él que un futuro que sabía cerrado. En mi primera visita, dos años atrás, me había abrazado con un hasta pronto que habría de cumplirse en Francia; ahora nos miró un momento, sus manos en las i nuestras, y dijo: «Mejor no despedirse, verdad», los fatigados ojos ya distantes.

Era así, no había que despedirse; esto que he escrito es mi presencia junto a él y junto a Chile. Sé que un día volveremos a Isla Negra, que su pueblo entrará por esa puerta y encontrará en cada piedra, en cada hoja de árbol, en cada grito de pájaro marino, la poesía siempre viva de ese hombre que tanto lo amó.


Julio Cortázar
Ginebra, 1973



2124. Despachos de la guerra civil española XII




En el frente de Teruel, vía Madrid, 23 de septiembre.

Avanzamos a gatas por la fragante paja de trigo de la oscura trinchera cubierta de primera línea. Un hombre invisible dijo: «Allí, donde está el retículo del foco, ¿lo ves?».

Mirando con gemelos desde el puesto de observación hacia la soleada llanura de color tostado, se detectaba una colina amarilla, chata y de laderas abruptas, con una proa parecida a la de un barco que se elevaba del llano para proteger a la ciudad construida con ladrillos amarillos, apiñada sobre la margen del río. Cuatro torres de catedral sobresalían de la ciudad. Partían de ella tres carreteras bordeadas de árboles verdes. A su alrededor había verdes campos de remolacha. Se veía bonito, pacífico e indemne y su nombre era Teruel. Los rebeldes lo habían tenido en su poder desde el comienzo de la guerra y detrás se levantaban peñascos rojizos esculpidos como columnas por la erosión, columnas parecidas a caños de órgano, y detrás de los peñascos, a la izquierda, se extendía el Patio del Diablo, tierras baldías, rojizas y sin agua.

—Lo ves, ¿verdad? —preguntó el hombre en las tinieblas.

—Sí —dijo este corresponsal y, desviando la vista de la guerra para mirar el paisaje, dirigí el periscopio hacia el montecillo solitario y estudié las cicatrices blancas y las erupciones de su superficie, que mostraban el grado de su fortificación.

—Es el Mansueto. Por eso no hemos tomado Teruel —explicó el oficial.

Al estudiar aquella fortaleza natural, guardiana de la ciudad por el este, flanqueada por varios altozanos en forma de dedal que surgían de la llanura como conos de geyser, se comprendía el problema que representaba Teruel para cualquier ejército que intentase tomarlo desde cualquier dirección excepto el noroeste.

Mientras las columnas anarquistas yacían durante ocho meses en las colinas que lo dominaban, el problema les inspiró tanto respeto que evitaron todo contacto con el enemigo en muchos lugares vimos viejas líneas a una distancia de uno a tres kilómetros de las alambradas enemigas, con zanjas ante las líneas del frente que se consideraban un refugio, y el único contacto con el enemigo era sobre una base puramente amistosa, según el oficial leal al gobierno que ahora mandaba esta parte del sector, llegando los anarquistas a enviar a las fuerzas rebeldes invitaciones a partidos de fútbol. Según este mismo oficial, hasta que la célebre Columna de Hierro anarquista fue desarmada y retirada del frente de Teruel, los fines de semana enviaban de excursión a Valencia una columna de camiones, dejando las líneas prácticamente sin defensa.

Todo ha cambiado ahora desde la supresión del ejército de Teruel y la formación del nuevo ejército de Levante bajo el mando del coronel Hernández Sarabia, antiguo oficial de artillería del ejército regular y republicano convencido, que está poniendo al ejército sobre una base de estricta disciplina y adelantando todas las líneas del gobierno hasta establecer contacto con el enemigo.

Durante la ofensiva de Aragón, el ejército de Levante adelantó veinticinco kilómetros a una división en un frente de unos 39 kilómetros, capturando más de dos mil toneladas de trigo en lo que era prácticamente tierra de nadie, ocupando importantes colinas sobre la carretera principal de Teruel a Calatayud, según manifestó el coronel Hernández Sarabia. Este fue el primer avance del gobierno en el sector de Teruel desde su fracaso en abril pasado al atacar a Teruel desde el norte y su desastrosa retirada de Albarracín a los montes Universales, cuando un batallón anarquista se rindió y huyó bajo el fuego a esas altas montañas, dejando que los rebeldes penetraran y avanzaran hasta sus posiciones actuales en las sierras, al norte de la carretera de Cuenca.

Durante los tres últimos días trepamos por escarpadas sendas de montaña, circulamos en camiones y jeeps por carreteras militares recién abiertas a través de un terreno montañoso lleno de precipicios; visitamos las posiciones más elevadas a caballo, con una escolta de caballería, en un esfuerzo por estudiar este frente perdido donde Herbert Matthews y yo éramos los únicos corresponsales de Estados Unidos a quienes se permitió realizar un examen minucioso y completo. Nos autorizaron a visitar todas las partes del frente y cualquier puesto de observación de primera línea que solicitamos ver.

La única dificultad era la comida y el alojamiento, que resolvimos viajando en un camión abierto, comprando colchones y mantas en Valencia, llevando nuestra propia comida y usando el camión como base a la que volvíamos desde las líneas. Dormíamos por la noche en el camión, cocinábamos nuestra comida en los hogares de las casas de pueblo y posadas ocupadas por el estado mayor y recibíamos vino y pan de los campesinos que tenían demasiado poco que vender pero nunca demasiado poco para dar a los desconocidos. De noche dormíamos en la parte posterior del camión en patios cubiertos, junto al ganado, rediles de ovejas, mulos y asnos. Es una buena vida, pero los asnos se despiertan demasiado temprano, haciendo demasiado ruido, y los pollos no saben dejar en paz a los corresponsales dormidos.

Yo quería ver todo el frente a fin de decidir sobre la posibilidad de que Franco iniciara una ofensiva importante hacia la costa a través de Teruel, en un intento de cortar la carretera entre Valencia y Barcelona. Esto ha sido sobre el mapa la gran amenaza constante. Después de observar todo el terreno y calcular las posibilidades defensivas, parece una operación extremadamente peligrosa y difícil. Aunque con un empujón lo bastante fuerte pudieran cruzar el paso que domina la ciudad en la carretera principal de Teruel a Valencia, no podrían desplegarse y, después de avanzar por un terreno relativamente fácil, tendrían que detenerse ante una serie de cordilleras y colinas escarpadas que forman unas líneas de resistencia fáciles de defender para el ejército republicano. He sabido durante meses que Teruel debía de ser un mal lugar para que Franco intentase avanzar hacia la costa, pues de lo contrario los rebeldes lo habrían hecho hace tiempo. Después de andar y cabalgar por el terreno se comprende el peligro que entrañaría semejante operación.

Otra limitación para una campaña a gran escala contra Teruel es el invierno, que cerrará los pasos de mil a mil trescientos metros por los que deberían transitar las columnas rebeldes en una operación a escala medianamente grande. Dadas las habituales condiciones de la nieve en las sierras que se levantan al este y oeste de Teruel, estos pasos estarán cerrados desde mediados de noviembre a finales de abril. En invierno los rebeldes solo podrían intentar el avance de columnas por la carretera principal de Teruel a Valencia y de Teruel a Cuenca. El avance por Cuenca podría ser peligroso y cualquier columna que 1o intentase sería extremadamente vulnerable en muchos puntos. No es imposible que los rebeldes lancen una ofensiva a gran escala contra Teruel, pero a la vista de los peligros, este corresponsal no cree que esto ocurra una vez comenzado el invierno, y a juzgar por el viento glacial que soplaba en la parte trasera del camión hace dos semanas en el frente aragonés y la vista de la primera nevada caída en los Pirineos, el invierno está cada día más cerca.


Ernest Hemingway
Despachos de la Guerra civil española (1937-1938)



2123. Cuando los republicanos liberaron París. Un libro de Raúl Monteagudo





A través de mi ventana me llegaba el murmullo de la gente arremolinándose nerviosa. Hacía días que la resistencia andaba a tiros con los boches. Los muertos yacían por las calles, y las patrullas alemanas disparaban sin previo aviso. Sin embargo, todo París estaba esperanzado al oír las noticias sobre el avance aliado que irrumpían en nuestras casas a través de la radio. Deseábamos que la emisora de Radio Francia Libre no nos bombardeara con propaganda para infundirnos ánimos, anhelábamos que esta vez sí, nos tocara desprendernos del yugo nazi. Al oír el jaleo de la plaza, me sentí nerviosa y expectante. Por si acaso, me escondí bajo la cama, aunque dejé la ventana abierta para oír lo que pasaba afuera. Cada vez que sobrevolaban aviones me acordaba de los bombardeos en Barcelona que me atemorizaban y me hacían esconderme bajo el colchón. No soportaba el zumbido de los aeroplanos y menos el estallido de los obuses. «¡Qué se acabe pronto —pensaba—, lo que tenga que ser, que se acabe pronto!». Estaba harta de tanto tiro, de tanto muerto, de tanto sufrimiento. Llevaba ocho años juntando guerras con campos de concentración, hambre, frío, maltrato, miedo… Quería que todo terminara. Súbitamente, la multitud comenzó a impacientarse. Sabíamos que los aliados estaban ya muy próximos por el eco grave de los bombardeos provenientes de las afueras.

—¡Son los americanos! —alguien gritó.

—No, no son los americanos, son los alemanes, mirad la bandera.

—Un griterío y alboroto se apoderó de la Place d’Italie. Después, el silencio.

Estaba aterrada. «Ya están aquí otra vez. Seguro que han mandado a las SS. Claro, como la resistencia se ha sublevado. Ahora nos empezarán a derribar las casas a cañonazos, no va a quedar nada en pie… Ya puedo oler la peste del gasoil de los tanques… Ya están ahí». Temblaba como una niña, pero a su vez el miedo me impedía mover una pestaña. De nuevo sentí el ruido de la guerra, el sonido metálico de los tanques y el estruendo de los motores desplazando aquellas moles de metal arañando el pavé parisino. Entre tanto alboroto de motores y hierros, distinguí una voz, y el escándalo cesó.

Arrêtez!, arrêtez vous j’ai dit! —una voz fuerte y con autoridad sonó en francés.

Intenté agudizar el oído, pues aún se sentían los motores a lo lejos deteniéndose con parsimonia. El humo y el olor a gasoil quemado se habían colado en la habitación y creí que me moriría allí mismo ahogada. Comencé a toser y a revolverme bajo el somier. Las pelusas de debajo de la cama empezaron a volar atravesadas por un rayo de sol que entraba por la ventana. Durante unos segundos no pude prestar más atención que a mi propia tos y al corazón latiéndome desbocado. Cuando me calmé volvieron las voces a sonar.

—¡Cuántas francesas, qué de besos dan y qué guapas que son!

—Cómo me gustaría que en lugar de las chicas más guapas de París, me estuvieran besando las viejas más feas de Madrid.

Estaban hablando en castellano. Eran voces de hombres jóvenes, uno con acento catalán y otro andaluz o canario.

Un escalofrío me recorrió la espalda erizándose el vello. La curiosidad venció al miedo y finalmente, me aventuré a abandonar mi escondrijo bajo la cama. Con timidez y precaución me asomé a la ventana descubriendo una columna de blindados. No podía creer lo que estaba viendo, todos, desde el primero hasta el último enarbolaban nuestra bandera, la bandera de la República. Eran españoles, mis sentidos no me habían mentido, eran españoles republicanos los que liberaban París. La gente empezó a salir de todas partes gritando:

¡Ils sont les français, vive la France!

Agarré un pañuelo y como pude me lo coloqué en la cabeza. Bajé los escalones de dos en dos y cuando salí del portal había un gentío y una algarabía indescriptibles. Observé que uno de los carros llevaba el nombre de Teruel, mi tierra. Seguía sin podérmelo creer. Eran españoles, soldados de la República entrando en París.

Instintivamente me quité el pañuelo y empecé a agitarlo gritando «¡Viva la República!». Ellos me respondieron con el puño en alto al grito de «¡Viva la República!», «Mañana España será republicana» y «¡Hoy París, mañana Madrid!».


Raúl Monteagudo
Cuando los republicanos liberaron París



Cuando los republicanos liberaron París será presentado el próximo 6 de octubre a las 21:00 horas en la Libreria La Extravagente de Sevilla (Alameda de Hércules, 33)

2122. Elegí un camino




Aunque el carnet militante lo recibí mucho más tarde en Chile, cuando ingresé oficialmente al partido, creo haberme definido ante mí mismo como un comunista durante la guerra de España. Muchas cosas contribuyeron a mi profunda convicción.

Mi contradictorio compañero, el poeta nietzscheano León Felipe, era un hombre encantador. Entre sus atractivos el mejor era un anárquico sentido de indisciplina y de burlona rebeldía. En plena guerra civil se adaptó fácilmente a la llamada propaganda de la FAI (Federación Anarquista Ibérica). Concurría frecuentemente a los frentes anarquistas, donde exponía sus pensamientos y leía sus poemas iconoclastas.

Estos reflejaban una ideología vagamente ácrata, anticlerical, con invocaciones y blasfemias. Sus palabras cautivaban a los grupos anarcos que se multiplicaban pintorescamente en Madrid mientras la población acudía al frente de batalla, cada vez más cercano. Los anarquistas habían pintado tranvías y autobuses, la mitad roja y la mitad amarilla. Con sus largas melenas y barbas, collares y pulseras de balas, protagonizaban el carnaval agónico de España. Vi a varios de ellos calzando zapatos emblemáticos, la mitad de cuero rojo y la otra de cuero negro, cuya confección debía haber costado muchísimo trabajo a los zapateros.

Y no se crea que eran una farándula inofensiva. Cada uno llevaba cuchillos, pistolones descomunales, rifles y carabinas. Por lo general se situaban a las puertas principales de los edificios, en grupos que fumaban y escupían, haciendo ostentación de su armamento. Su principal preocupación era cobrar las rentas a los aterrorizados inquilinos. O bien hacerlos renunciar voluntariamente a sus alhajas, anillos y relojes.

Volvía León Felipe de una de sus conferencias anarquizantes, ya entrada la noche, cuando nos encontramos en el café de la esquina de mi casa. El poeta llevaba una capa española que iba muy bien con su barba nazarena. Al salir rozó, con los elegantes pliegos de su atuendo romántico. a uno de sus quisquillosos correligionarios. No sé si la apostura de antiguo hidalgo de León Felipe molestó a aquel "héroe" de la retaguardia, pero lo cierto es que fuimos detenidos a los pocos pasos por un grupo de anarquistas, encabezados por el ofendido del café. Querían examinarr nuestros papeles y, tras darles un vistazo, se llevaron al poeta leonés entre dos hombres armados.

Mientras lo conducían hacia el fusiladero próximo a mi casa, cuyos estampidos nocturnos muchas veces no me dejaban dormir, vi pasar a dos milicianos armados que volvían del frente. Les expliqué quién era León Felipe, cuál era el agravio en que había incurrido y gracias a ellos pude obtener la liberación del amigo.

Esta atmósfera de turbación ideológica y de destrucción gratuita me dio mucho que pensar. Supe las hazañas de un anarquista austriaco, viejo y miope, de largas melenas rubias, que se había especializado en dar "paseos". Había formado una brigada que bautizó "Amanecer" porque actuaba a la salida del sol.

—No ha sentido usted alguna vez dolor de cabeza? —le preguntaba a la víctima

—Sí, claro, alguna vez.

—Pues yo le voy a dar un buen analgésico —le decía el anarquista austriaco, encañonándole la frente con su revólver y disparándole un balazo.

Mientras esas bandas pululaban por la noche ciega de Madrid; los comunistas eran la única fuerza organizada que creaba un ejército para enfrentarlo a los italianos, a los alemanes, a los moros y a los falangistas. Y eran, al mismo tiempo, la fuerza mora, que mantenía la resistencia y la lucha antifascista.

Sencillamente había que elegir un camino. Eso fue lo que y hice en aquellos días y nunca he tenido que arrepentirme de mi decisión tomada entre las tinieblas y la esperanza de aquella época trágica.


Pablo Neruda
Confieso que he vivido. Memorias
Capítulo 6 - Salí a buscar caídos



2121. A Luis Cernuda, aire del sur buscado en Inglaterra

Luis Cernuda Bidón
(Sevilla, 21 de septiembre de 1902 - México D.F:, 5 de noviembre de 1963)



Si el aire se dijera un día:
—Estoy cansado,
rendido de mi nombre… Ya no quiero
ni mi inicial para firmar el bucle
del clavel, el rizado de la rosa,
el plieguecillo fino del arroyo,
el gracioso volante de la mar y el hoyuelo
que ríe en la mejilla de la vela…
Desorientado, subo de las blandas,
dormidas superficies
que dan casa a mi sueño.
Fluyo de las paradas enredaderas, calo
los ciegos ajimeces de las torres;
tuerzo, ya pura delgadez, las calles
de afiladas esquinas, penetrando,
roto y herido de los quicios, hondos
zaguanes que se van a verdes patios
donde el agua elevada me recuerda,
dulce y desesperada, mi deseo…
Busco y busco llamarme
¿con qué nueva palabra, de qué modo?
¿No hay soplo, no hay aliento,
respiración capaz de poner alas
a esa desconocida voz que me denomine?
Desalentado, busco y busco un signo,
un algo o alguien que me sustituya
que sea como yo y en la memoria
fresca de todo aquello, susceptible
de tenue cuna y cálido susurro,
perdure con el mismo
temblor, el mismo hálito
que tuve la primera
mañana en que al nacer, la luz me dijo:
—Vuela. Tú eres el aire.
Si el aire se dijera un día eso…


Rafael Alberti



2120. Guerra y paz

Luis Cernuda Bidón
(Sevilla, 21 de septiembre de 1902 - Ciudad de México. 5 de noviembre de 1963)



La estación sin duda hubiera tenido que mostrar animación, vida, aun más por ser estación de frontera; pero cuando en aquel anochecer de febrero llegaste a ella, estaba desierta y oscura. Al ver luz tras de unos visillos, hacia un rincón del andén vacío, allá te encaminaste. 

Era el café. Qué paz había dentro. Qué silencio. Una mujer con un niño en los brazos estaba sentada junto al hogar encendido. Se podía escuchar el murmullo ensordecido y sosegador de las llamas en la estufa. 

Pediste leche fría y pan tostado, con el recelo de quien cree pedir la luna. Y al ser asentida sin sarcasmo tu demanda, te animaste a solicitar también unos cigarrillos. 

Sentado en medio de aquella paz y aquel silencio recuperados, existir era para ti como quien vive un milagro. Sí, todo resultaba otra vez posible. Un escalofrío, como cuando nos recuperamos pasado un peligro que no reconocimos por tal al afrontarlo, sacudió tu cuerpo. 

Era la vida de nuevo; la vida, con la confianza en que ha de ser siempre así de pacífica y de profunda, con la posibilidad de su repetición cotidiana, ante cuya promesa el hombre ya no sabe sorprenderse.


*


Atrás quedaba tu tierra sangrante y en ruinas. La última estación, la estación al otro lado de la frontera, donde te separaste de ella, era sólo un esqueleto de metal retorcido, sin cristales, sin muros —un esqueleto desenterrado al que la luz postrera del día abandonaba. 

¿Qué puede el hombre contra la locura de todos? Y sin volver los ojos ni presentir el futuro, saliste al mundo extraño desde tu tierra en secreto ya extraña.


Luis Cernuda
Ocnos, 1942




2119. Coñac

Calle Costanilla de los Angeles (Madrid) AGA



Ha sido una explosión; lejana, sorda, tenue, pero una explosión... Sin embargo, no está muy seguro. Hace tres días, los aeroplanos bombardearon Madrid. Ha oído hablar del subconsciente, y le parece posible que el miedo de lo que ha oído contar en aquella casa de la Puerta del Sol, vaciada, haya obrado, y que sólo el miedo le haya despertado esta madrugada fría de noviembre.

Don Manuel, —le siguen llamando don Manuel a pesar de la revolución— pasea su mirada por la inmensidad de la alcoba. No ve nada, absolutamente nada. Su cerebro vacío y todo en silencio, a excepción del latir del despertador que parece un corazón colocado sobre la mesilla de noche. Suenan también en el silencio de la alcoba, los ronquidos profundos y acompasados de doña Juanita que reposa a su lado, distribuidas sus grasas sobre el colchón en obediencia matemática a las leyes de la gravedad.

Nunca se despierta, don Manuel, durante la noche. Tiene el sueño pesado de hombre que pasó la cincuentena y que sólo ahora puede satisfacer su estómago, cuando éste ya padece un poco de acidez. Sus sueños son densos y tejen una futura apoplejía. Ni su estómago ni la vecina de arriba, que alguna vez le ha despertado en sus juergas ruidosas con sus amiguitos, han sido la causa de su desvelo.

Escucha ansiosamente. No sabe si encender la luz de la mesilla o no. Tiene una pierna bajo las piernas de doña Juanita. Una pierna por la que corre un cosquilleo desagradable por la deficiencia de circulación de sangre, bajo el peso que soporta. La pierna es una obsesión y comienza a liberarla en una labor lenta y paciente que cuando está casi lograda, provoca una reacción de la mole que descansa a su lado. Cuando sólo queda por liberar el pie, resuena la segunda explosión, más neta, más cerca. Tiene como virtud, provocar la retirada seca del pie prisionero y un estremecimiento profundo de doña Juanita que sopla, gruñe y se revuelve en la cama, pero no se despierta.

Don Manuel, se sienta en la cama y apenas lo ha hecho, vibra el aire con el zumbido ronco de los trimotores y suena otra explosión, tan cercana que seguidamente se oye el derrumbar de escombros y el tintineo de vidrios rotos.

Enciende la mariposa con una luz más medrosa que la misma oscuridad. Es una bombilla pequeñita envuelta en una gasa azul índigo que sostiene en la mano una virgen mitológica en bronce barato. No quiere despertar a su esposa ni encender la luz central. Podría filtrarse la luz por las rendijas de las maderas tan cuidadosamente cerradas y esto sería un aviso y una invitación para los aviones.

Se lanzó de la cama pensando que si su esposa despertaba, una obligación fisiológica sería una buena excusa.

Realmente, tenía la boca seca, la lengua gorda como si hubiera comido sal. Le temblaban las manos. ¿Quién sabe dónde puede caer una bomba? Doscientos cincuenta kilos, y su casa era un tercero de una construcción vieja, con esqueleto de madera.

En el comedor había una botella abierta de coñac, de aquel que en tiempos normales buscan los conocedores, como el mejor de España y que ahora no se encontraba a peso de oro. Dos más en reserva. Él no amaba el alcohol, pero por esto mismo, tenía fe en su virtud en este momento de desfallecimiento.

Llegó a tientas al comedor y cerró la puerta tras sí. Seguro de que el reflejo no penetraría en la alcoba; encendió la luz y como un ladrón, con miedo y vergüenza, con precauciones infinitas para no meter ruido, sacó la botella de coñac. Allí mismo, sin copa ni vaso, la boca al gollete, apuró un trago largo, sin sentir el paso del licor por sus fauces secas. Sólo después, sintió subir de su estómago a su frente un ardor violento. ¡Cómo reconfortaba aquello!

La lógica le afirmaba en aquel momento que Madrid tenía cien kilómetros cuadrados. Que su alcoba tenía dieciséis metros cuadrados. Que suponiendo se tiraran cincuenta bombas, las probabilidades de que cayera una en su sagrado recinto, eran de... ¿qué tanto por ciento, era? Volvió a su alcoba sumido en el mar del cálculo. Esto era más difícil que los cálculos de precios en la tienda, pero lo resolvería, porque se consideraba con un cerebro ágil para las matemáticas.

Levantaba el embozo de las sábanas ya afirmado en sí mismo. Sonó el estallido, tan enorme, tan violento, tan bárbaro, tan cerca. Trepidó la casa. Cayó una lluvia de cascotes al exterior, piedras, cristales. Crujieron las maderas. Parpadeó la luz, aquella luz tan insignificante, y por un momento adquirió caracteres de foco. Bailaron sus entrañas.

Cayó allí, de rodillas, al borde de la cama y quedó quieto, inmóvil, quién sabe el tiempo: ¿un minuto, diez, media hora?

Cuando recuperó la conciencia, le rodeaba la neblina azul índigo. Un brazo fuera del embozo, doña Juanita roncaba en ritmo tranquilo. La odió en aquel momento.

De la calle subía un murmullo de gente afanosa. Tintineaban las campanas de los bomberos y de las ambulancias. Gritos descompasados y blasfemias rotundas.

Temblaba don Manuel, quieto en la noche. Despacio, despacito, sin meter ruido, como un ladrón nocturno, con sus pies desnudos, volvió al comedor y a tientas buscó la botella de coñac y se la llevó a la alcoba amorosamente.

Incorporado en la cama, escuchaba y bebía. El alcohol poblaba su cerebro de ruidos y de seguridades. Cuando vencían los ruidos, bebía un traguito; cuando vencían las seguridades: «te vas a emborrachar», se decía a sí mismo.

A las seis y veinte, —don Manuel no ha olvidado este momento exacto— la luz del día se filtraba por las rendijas de las maderas del balcón.

Su último pensamiento fue éste:

—Si llego a encender la luz, estas rendijas hubieran servido de señal a los aviones.

Cayó definitivamente sobre la almohada. Doña Juanita, inocente e ignorante, encontró aquella misma mañana un hombre gordo, canoso, bigotudo, calvo, que roncaba como un fuelle de fragua, y una botella de coñac vacía, caída en la alfombra a los pies de la cama.

Don Manuel entra, con su paso tardo de hombre grueso, en el bar. Pide un coñac y lo bebe con unción. Está rodeado de milicianos con permiso. En estos momentos, comienza su historia: 

—La noche del nueve de noviembre, fue una cosa seria. Vinieron los junkers... Recogíamos los muertos y los heridos; las bombas caían a nuestro alrededor. No podíamos ni encender las linternas. Me recordaba aquellos tiempos en que yo en Cuba...

Llega a casa borracho, y doña Juanita le acuesta resignada. En ella quien ahora pasea su mirada por la negrura de la alcoba y teme encender la luz, ignora la tragedia de don Manuel y la ignorará siempre.

Borracho perdido, jamás don Manuel dirá a doña Juanita que una noche la odió.


Arturo Barea
Valor y miedo
Capítulo III - Coñac


Valor y miedo fue el primer libro publicado por Arturo Barea. Refleja la realidad social de la ciudad de Madrid cercada por tropas franquistas.


Capítulo III. Coñac
Capítulo IV. Bombas en la huerta
Capítulo VI. Carabanchel
Capítulo VII. Las botas
Capítulo IX. Juguetes
Capítulo X. El sargento Ángel
Capítulo XI. Las manos
Capítulo XII. La mosca
Capítulo XIV. Los chichones
Capítulo XV. Refugio
Capítulo XVII. Piso trece
Capítulo XVIII. Argüelles
Capítulo XIX. Esperanza
Capítulo XX. Plaza de España