Lo Último

La victoria de Guernica, Paul Éluard.


La victoria de Guernica.
(Traducción de Gabriela Astorga e Iván Cruz)

I
Bello mundo de miserias
De la noche y los campos

II
Rostros benignos en llamas rostros benignos en el fondo
Que rechazan la noche las injurias y los golpes

III
Rostros benignos para todo
He aquí el vacío que los fija
Su muerte servirá de ejemplo

V
La muerte corazón derrumbado

V
Ellos los harán pagar el pan
El cielo la tierra el agua el sueño
Y la miseria
De su vida

VI
Ellos dijeron anhelar la benigna inteligencia
Ellos restringieron a los fuertes juzgaron a los locos
Practicaron la caridad partían un centavo en dos
Ellos saludaban a los cadáveres
Ellos derrochaban amabilidad

VII
Ellos persisten ellos se exceden ellos no son de nuestro mundo

VIII
Las mujeres los niños tienen el mismo tesoro
De hojas verdes de primaveras de leche pura
Intacto
En sus limpios ojos

IX
Las mujeres los niños tienen el mismo tesoro
En los ojos
Los hombres lo defienden como pueden

X
Las mujeres los niños tienen las mismas rosas rojas
En los ojos
Cada uno muestra su sangre

XI
El miedo y el coraje de vivir y de morir
La muerte tan difícil y tan fácil

XII
Hombres para quienes este tesoro fue cantado
Hombres para quienes este tesoro fue arruinado

XIII
Hombres reales por quienes la desesperanza
Alimenta el fuego devorador de la esperanza
Abramos juntos el último botón del porvenir

XIV
Parias la muerte la tierra y el horror
De nuestros enemigos tiene el color
Monótono de nuestra noche
Nosotros tendremos razón



La victoire de Guernica

I
Beau monde des masures
De la nuit et des champs

II
Visages bons au feu visages bons au fond
Aux refus à la nuit aux injures aux coups

III
Visages bons à tout
Voici le vide qui vous fixe
Votre mort va servir d'exemple

IV
La mort coeur renversé

V
Ils vous ont fait payer le pain
Le ciel la terre l'eau le sommeil
Et la misère
De votre vie

VI
Ils disaient désirer la bonne intelligence
Ils rationnaient les forts jugeaient les fous
Faisaient l'aumône partageaient un sou en deux
Ils saluaient les cadavres
Ils s'accablaient de politesses

VII
Ils persévèrent ils exagèrent ils ne sont pas de notre monde

VIII
Les femmes les enfants ont le même trésor
De feuilles vertes de printemps et de lait pur
Et de durée
Dans leurs yeux purs

IX
Les femmes les enfants ont le même trésor
Dans les yeux
Les hommes le défendent comme ils peuvent

X
Les femmes les enfants ont les mêmes roses rouges
Dans les yeux
Chacun montre son sang

XI
La peur et le courage de vivre et de mourir
La mort si difficile et si facile

XII
Hommes pour qui ce trésor fut chanté
Hommes pour qui ce trésor fut gâché

XIII
Hommes réels pour qui le désespoir
Alimente le feu dévorant de l'espoir
Ouvrons ensemble le dernier bourgeon de l'avenir

XIV

Parias la mort la terre et la hideur
De nos ennemis ont la couleur
Monotone de notre nuit
Nous en aurons raison.




Holocausto para advertencia del mundo.





Guernica era una villa de unos siete mil habitantes, situada en un apacible valle bordeado de montañas. Como todas las poblaciones de Euzkadi, era un conglomerado de limpias casitas blancas, mirándose mutuamente a través de calles estrechas y sombreadas, descollando del conjunto los tres edificios, que se alzan como puntales simbólicos de la vida vasca: la iglesia, índice de la religiosidad de nuestro pueblo: la casa Consistorial, representativa de su civilidad, y el frontón, que nos habla de la fortaleza de la raza. El mar no está lejos, y llega hasta las mismas plantas de Guernica en forma de bellísima ría que va trazando islitas y recodos, por entre los cuales se deslizan en los días de verano, las viejas velas de las gabarras que traen arena desde las playas extendidas junto al mar. Es una población completamento abierta, desprovista de toda defensa, pues en todo su perímetro no se encontraba ni un mal cañón antiaéreo. Apartadas del casco trabajaban dos pequeñas fábricas que de ningún modo podían considerarse como industrias de guerra. La villa propiamente dicha está en la parte baja, en el valle, y junto a ella, en una frondosa elevación se halla la Casa de Juntas -el Parlamento Vizcaíno-, y en su jardín el famoso Arbol de Guernica, apenas mecido por la brisa, siempre en silencio, cual si añorase los días de su esplendor nacional.

Todos los lunes del año se celebraban en Guernica sus famosas ferias, pintorescas aglomeraciones de aldeanos, de un sabor ancestral que ponían de manifiesto la civilidad y alegría de las fiestas vascas. Todos los productos de las huertas e industrias caseras cercanas a Guernica se exhibían en su plaza, y mientras las transacciones se llevaban a cabo con solemnidad mercantil, los burritos y los bueyes que habían traído los productos celebraban ponderada concentración bajo los tilos, esperando el retorno a sus caseríos. Una vez terminada la parte importante del día, la de los negocios, la gente se desparramaba por las casas de comidas, que hacían gastronómicamente renombrada a Guernica, para cumplir con uno de los mandamientos principales de la vida vasca: el de comer y beber bien, con calma, copiosidad y animada conversación. Y en un estado eufórico que es consecuencia directa del rito culinario, la gente rebosa en el frontón donde se celebraban famosos partidos de pelota, o acude a la plaza donde se baila a los acordes del txistu y el tamboril. Cuando las campañas de las iglesias tañían el toque de ánimas, se iniciaba el desfile de los forasteros, y Guernica recobraba su calma de ciudad antigua y tradicional.

Este fue el escenario escogido por Franco y por Alemania para realizar el lunes 26 de abril de 1937 el primer ensayo de guerra total y llevar a cabo el crimen más horrendo que recuerda la historia. Serían las cuatro y media de la tarde cuando las campanas de las iglesias que hacían veces de sirenas anunciaron la presencia de aviones enemigos a la gente que llenaba Guernica por celebrarse la acostumbrada feria. Pronto apareció un avión, que después de dibujar en el aire círculos de observación, arrojó unas cuantas bombas sobre la estación del pequeño ferrocarril que une dicha villa con Bilbao. Pocos minutos después un segundo Heinkel repitió la hazaña con la misma impunidad. La gente se apresuró a cobijarse en las vetustas casas, a falta de refugios, y por las calles desiertas se vio cruzar la figura del sacerdote doctor Arronategui, en su noble deseo de socorrer a las primeras víctimas. Transcurridos quince minutos, y cuando ya se empezaba a creer que el peligro había desaparecido, volvió a oírse el zumbido de los aviones; eran Junkers 52, los aparatos de bombardeo más potentes que Alemania había enviado a la Península. Tan pronto como se hallaron encima de Guernica empezaron a arrojar su mortífera carga, mientras que una escolta de cazas ametrallaba a la gente que huía aterrada al campo, donde creía encontrar una mayor seguridad que dentro de los viejos edificios. Unas casas volaban partidas en dos, otras se hundían aplastando a quienes se habían cobijado en ellas, y las primeras llamas empezaron a realizar su obra devastadora. Hombres, mujeres, niños, corrían enloquecidos en todas direcciones para perecer en las calles, o morir acribillados a balazos por los Heinkel que ametrallaban los caminos volando a ras del suelo, dejando carreteras y heredades sembradas de cadáveres.

Pero todo ese horror no había sido más que un prólogo del enorme crimen que se estaba perpetrando, pues fue entonces, a las cinco y cuarto de la tarde, cuando comenzó la destrucción de la villa sagrada para los vascos. Durante dos horas y media la bombardearon sin cesar, sin compasión alguna, en la más horrible orgía de sangre y fuego hasta entonces conocida en la historia de las hecatombes humanas. Iglesias, casas, todo estallaba hecho trizas, y los heridos que estaban en el hospital fueron arrojados en pedazos por las ventanas rotas. El fuego completaba la labor devastadora, y las llamas devoraban edificios, cuerpos humanos, animales, todo. Guernica había quedado convertida en una inmensa hoguera, dentro de la cual ardían centenares de inocentes víctimas, en holocausto a la barbarie bautizada sacruegamente de "Cruzada por el orden, la autoridad y la religión". Aquel zarpazo de la fiera totalitaria había costado cerca de dos mil víctimas a la humanidad, muchas de ellas pobres aldeanos que trabajaban sus heredades de sol a sol, y cuyos labios rezaban a Dios antes y después de su labor.

A las ocho menos cuarto, cuando la noche empezaba a caer, desapareció del cielo de Guernica el último avión, y una gran extensión de la tierra vasca quedaba iluminada por el resplandor de la villa en llamas, con sus víctimas calcinándose en sus entrañas. "Un espectáculo dantesco -me decía uno de los miembros del Gobierno Vasco-, que impresionaba aún más viendo aquellos rostros petrificados por el dolor de quienes, sentados en los bordes del camino, contemplaban impávidos la consunción de Guernica, y en aquella inmensa hoguera los cuerpos de sus seres queridos. Todas aquellas gentes daban la impresión de haberse vuelto locas. El terror les había quitado el más leve sentido de la realidad. Y no lloraban, porque les era imposible llorar."

La destrucción de la villa sagrada para los vascos se había consumado, pero el Arbol de las Libertades había quedado ileso, inmutable, con sus ramas extendidas hacia el cielo enrojecido, como queriendo decir al mundo, que, a pesar de yacer a sus pies cientos de vascos inmolados por defender la libertad, los principios por él representados nunca pasarían.

Cuando recibí las primeras noticias etel ataque contra Guernica pensé en llegarme al lugar del desastre. Cuando me fueron comunicando las proporciones de la catástrofe, dudé. Más tarde, cuando caída la noche el espectáculo del fuego y desolación llevaba a diplomáticos y periodistas extranjeros a Guernica, decidí no ir. No quería que la impresión de un acto de vandalismo semejante pudiera contribuir a variar nuestra línea de conducta. Preferí quedarme a solas con mi conciencia, que siempre me había aconsejado que el hombre honrado no debe dejarse arrastrar por la indignación que le produce la conducta innoble del adversario.

Pero me dirigí al mundo con las siguientes palabras: "Ante Dios y la Historia que nos han de juzgar, afirmo, que durante tres horas y media los aviones alemanes han bombardeado con una fiereza desconocida hasta aquí, a la población civil indefensa de la histórica villa de Guernica, reduciéndola a cenizas y persiguiendo con tiro de ametralladora a las mujeres y niños que han perecido en gran número mientras huían locos de terror. Yo pregunto al mundo civilizado si puede permitir el exterminio de un pueblo que ha considerado siempre como su más grande título de gloria la defensa de su Libertad y de la santa democracia que Guernica con su Arbol milenario ha simbolizado a través de los siglos".

Pero no había que extrañarse, Se había cumplido la amenaza del general Mola, jefe de las fuerzas atacantes. En unas octavillas que fueron arrojadas sobre Bilbao desde unos aviones, nos amenazaba con las siguientes palabras: "Nosotros destruiremos a Vizcaya, y su territorio desnudo y desolado privará a los ingleses del deseo de sostener contra nosotros a los bolcheviques vascos. Es preciso destruir la capital de un pueblo pervertido que osa oponerse a la causa irresistible de la idea nacional", Y estas palabras del general Mola fueron corroboradas más tarde por el Cardenal Gomá. Primado de España, quien en carta dirigida al Canónigo vasco doctor Onaindia le decía, que la destrucción de Guernica "era el anuncio de lo que podía suceder a la gran cíudad". Se refería a Bilbao.

Mas a la ignominia totalitaria no le bastaba con la salvaje destrucción de Guernica, y en su perfidia llegó a ensañarse en las víctimas, atribuyendo a ellas la responsabilidad de la horrible carnicería en que habían perecido. Y fue el mismo general Franco, quien después de acusarnos vilmente a los vascos de haber destruido Guernica, pronunció estas cínicas palabras: "Aguirre miente. Nosotros hemos respetado Guernica, como respetamos todo lo que es español". Pero quien mentía con cinismo y deshonor era él. Con razón dice Steer en su libro antes citado: "La destrucción de Guernica no sólo fue un horrible espectáculo para los ojos; dio también ocasión a las más horribles contradicciones y mentiras que oídos cristianos jamás oyeron ...".


Jose A. Agirre
"De Guernica a Nueva York pasando por Berlín", 1943




1433. La tragedia de Guernika.






Por G. L. Steer
«Ciudad histórica vasca arrasada; pilotos rebeldes ametrallan civiles»
Cable especial para The New York Times
Bilbao, España, 27 de abril de 1937


Oleadas de aviones alemanes arrojan miles de bombas y proyectiles incendiarios sobre Guernica, tras las líneas de combate, mientras los sacerdotes bendecían a campesinos que atestaban la ciudad en un día de mercado.




El fuego culminaba hoy la destrucción de Guernica, ciudad símbolo para los vascos y centro de su tradición cultural que empezó anoche con el violento ataque aéreo de los insurgentes del general Francisco Franco.


El bombardeo sobre esta ciudad abierta, localizada muy por detrás de las líneas, duró exactamente tres horas y cuarto. Durante ese tiempo una poderosa flota de aeroplanos formada por tres modelos alemanes —bombarderos Junkers y Heinkel y cazas Heinkel— no cesó de lanzar bombas de hasta 1000 libras [453,6 kg] de peso y proyectiles incendiarios de aluminio de dos libras [0,907 kg]. Se calcula que se arrojaron más de 3000 de esos proyectiles.


Mientras tanto, los aviones de caza sobrevolaban desde el centro de la ciudad para ametrallar a los civiles que se refugiaban en los campos.


En muy poco tiempo, prácticamente todo Guernica estaba en llamas. Una excepción fue la histórica Casa de Juntas, que guarda los ricos archivos del pueblo vasco y donde se reunía el antiguo Parlamento vasco. El famoso roble de Guernica, un viejo tronco seco de 600 años de antigüedad con brotes nuevos de este siglo, también resultó intacto. Aquí, los reyes de España solían prestar el juramento de respetar los derechos forales de Vizcaya y a cambio recibían la promesa de lealtad como soberanos con el título de «Señor de Vizcaya»; no «Rey de Vizcaya». La noble iglesia parroquial de Santa María también resultó indemne, excepto la hermosa sala capitular, que fue alcanzada por una bomba incendiaria.


A las 2 de la madrugada de hoy, cuando este corresponsal visitó la localidad, ofrecía una visión horrorosa y ardía de lado a lado. El reflejo de las llamas podía verse en las nubes de humo que se alzaban sobre las montañas a diez millas [16 km] de distancia. Durante toda la noche las casas fueron derrumbándose, hasta que las calles se convirtieron en inmensos montones de ruinas ardientes e infranqueables.


Muchos supervivientes emprendieron la larga marcha de Guernica a Bilbao en antiguos carros de labranza vascos de ruedas macizas tirados por bueyes. Los carros cargados hasta arriba con todos los enseres domésticos que pudieron salvarse de la conflagración, atascaron los caminos durante toda la noche. Otros supervivientes fueron evacuados en camiones del Gobierno, pero muchos se vieron obligados a permanecer alrededor de la ciudad en llamas, tirados sobre colchones o buscando a sus hijos y parientes perdidos. Unidades de las brigadas de bomberos y la policía vasca motorizada, bajo la dirección personal del ministro del Interior, el señor Monzón, y su esposa, continuaron con los trabajos de rescate hasta el amanecer.


Por la forma de la ejecución y la escala de la destrucción producida y asimismo por la elección de su objetivo, el bombardeo sobre Guernica no tiene parangón en la historia militar. Guernica no era un objetivo militar. Una fábrica que producía material bélico en las afueras de la ciudad quedó intacta. Dos cuarteles localizados a cierta distancia de la ciudad tampoco fueron atacados. La ciudad no estaba cerca de los frentes.


La desmoralización dio en el blanco

El objetivo del bombardeo fue, al parecer, la desmoralización de la población civil y la destrucción de la cuna de la raza vasca. Esta apreciación se corrobora con los hechos, empezando por el día en que se cometió el acto.


Ayer, lunes, era el día tradicional de mercado para Guernica y las poblaciones de alrededor. A las 4.30 de la tarde, cuando el mercado estaba lleno y los campesinos seguían llegando, sonaron las campanas de la iglesia en señal de alarma por aviones que se aproximaban, y la población buscó protección en las bodegas y los refugios subterráneos, preparados después del bombardeo de la población civil en Durango, el 31 de marzo, con el que el general Emilio Mola abrió su ofensiva rebelde en el norte. Dicen que la gente mostró buen ánimo. Un sacerdote católico se puso al frente y se mantuvo un perfecto orden.


Cinco minutos después apareció un bombardero alemán en solitario, voló en círculo por toda la ciudad a baja altura y después arrojó seis bombas pesadas, en apariencia dirigidas a la estación del ferrocarril. Las bombas, junto con una lluvia de granadas, cayeron sobre un antiguo instituto y sobre las casas y las calles cercanas a él. Entonces el aeroplano se marchó.


A los cinco minutos llegó un segundo bombardero, que arrojó el mismo número de bombas en el centro de la ciudad. Alrededor de un cuarto de hora más tarde llegaron tres Junkers 52 para continuar la labor de destrucción y a partir de ese momento aumentó la intensidad del bombardeo, que fue continuo, cesando tan sólo con la llegada del crepúsculo, a las 7.45 de la tarde.


Toda la ciudad, de 7000 habitantes, además de 3000 refugiados, fue reducida a escombros, lenta y sistemáticamente. Sobre un radio de cinco millas [8 km] a la redonda, los atacantes bombardearon caseríos o granjas dispersas. Por la noche, ardían como pequeñas velas sobre las montañas.


Se calculan cientos de muertos

No es posible establecer el número total de víctimas. En el hospital de Jose Finas, uno de los primeros lugares bombardeados, los 42 milicianos heridos que albergaba resultaron muertos. En una calle que lleva a la parte baja de la colina donde está la Casa de Juntas, este corresponsal vio un lugar donde se decía que 50 personas, la mayoría mujeres y niños, estaban atrapados bajo una masa de restos ardiendo. Muchos resultaron alcanzados en los campos, y el total de muertos puede ascender a varios cientos.


Las tácticas de los bombarderos, que pueden ser de interés para los que estudien la nueva ciencia militar, fueron las siguientes:


Primero, pequeños grupos de aviones tiraron bombas pesadas y granadas de mano sobre todo el pueblo, eligiendo una zona tras otra de forma ordenada. Después llegaron las fuerzas militares que dispararon con ametralladoras a los que habían corrido víctimas del pánico fuera de los refugios subterráneos, algunos de los cuales ya habían sido perforados por las bombas de 1000 libras, las cuales producen un agujero de 25 pies [7,62 m.] de profundidad. Mucha de esa gente fue abatida mientras corría.


Un gran rebaño de ovejas que había sido trasladado al mercado también fue aniquilado. Aparentemente, el propósito de esta acción era obligar a la población a que volviera a los refugios subterráneos, ya que después aparecieron al menos unos doce bombarderos que dejaron caer bombas pesadas e incendiarias sobre las ruinas.


El ritmo de esta forma de bombardeo sobre una ciudad abierta era, por lo tanto, lógico: primero, granadas de mano y bombas pesadas para hacer correr en desbandada a la población; después, ametrallarla para hacerla ir bajo tierra; por último, una carga pesada de bombas incendiarias para destruir las casas y hacerlas arder sobre las víctimas.

Sacerdotes rezan por las víctimas

Las únicas medidas de defensa que los vascos podían emplear, ya que no poseían suficientes aviones para hacer frente a la escuadrilla insurgente, eran las que proporcionó el heroísmo del clero vasco. Los clérigos bendecían y rezaban a una multitud que estaba de rodillas —socialistas, anarquistas y comunistas—, además de los que se reconocían fieles dentro de los refugios que caían derrumbados.


Esta noche, los hospitales de José Finas y del Convento de Santa Clara eran montones de ascuas brillantes; todas las iglesias excepto la de Santa María fueron destruidas, y las pocas casas que todavía se mantenían en pie estaban inutilizables.


Todos los lugares que rodean Guernica, en particular Arteaga, Cortezubi, Munitbar, Arbacegui y Bolívar fueron bombardeados con la misma intensidad. Un reducido grupo de casas de Guernica que había acogido a los refugiados, fue ametrallado durante quince minutos.

G. L. Steer
The New York Times, 28 de abril de 1937 



*


Por G. L. Steer, «La tragedia de Guernica» 
De nuestro corresponsal especial
Bilbao, 27 de abril de 1937


Pueblo destruido en ataque aéreoTestimonio de un testigo presencial


Guernica, la población más antigua de los vascos y el centro de su tradición cultural, ha sido completamente arrasada ayer por la tarde por los ataques aéreos de los insurgentes. El bombardeo sobre esta ciudad abierta, localizada muy lejos de las líneas, duró exactamente tres horas y cuarto, durante las cuales una poderosa flota de aeroplanos formada por tres modelos alemanes, los bombarderos Junkers y Heinkel y los cazas Heinkel, no cesó de lanzar bombas de hasta 1000 libras [453, 6 kg] sobre el pueblo, además de alrededor de 3000 proyectiles incendiarios de aluminio de dos libras [0,907 kg]. Mientras tanto, los aviones de caza sobrevolaban la ciudad desde el centro hacia las afueras para ametrallar a los civiles que se refugiaban en los campos.

Muy pronto toda Guernica estaba en llamas, excepto la histórica Casa de Juntas con sus ricos archivos de la raza vasca, donde el antiguo Parlamento vasco solía reunirse. El famoso roble de Guernica, tanto la vieja y seca cepa de 600 años como los nuevos brotes de este siglo, también se hallaba intacto. Aquí, los reyes de España solían prestar juramento de respetar los derechos democráticos (fueros) de Vizcaya y recibían a cambio una promesa de lealtad como protectores con el título democrático de «Señor», no «Rey de Vizcaya». La noble iglesia parroquial de Santa María tampoco sufrió daños, excepto su hermosa sala capitular, que fue alcanzada por una bomba incendiaria.

A las 2 de la mañana de hoy, cuando visité la ciudad, ofrecía una visión horrorosa y ardía de lado a lado. El reflejo de las llamas podía verse en las nubes de humo que se alzaban sobre las montañas a diez millas [16 kms.] de distancia.

Durante toda la noche las casas fueron derrumbándose, hasta que las calles se convirtieron en inmensos montones de rojas e impenetrables ruinas. Muchos de los civiles supervivientes emprendieron el largo camino de Guernica a Bilbao en antiguos carros de bueyes vascos de ruedas macizas. Los carros cargados hasta los topes con los enseres domésticos que pudieron salvarse de la conflagración, atascaron los caminos durante toda la noche. Otros supervivientes fueron evacuados en camiones del Gobierno, aunque muchos se vieron obligados a permanecer en los alrededores de la ciudad en llamas, tirados sobre colchones o buscando a sus hijos y parientes, mientras unidades de bomberos y policía motorizada vasca, bajo la dirección personal del ministro del Interior, el señor Monzón, y de su esposa, prosiguieron con la labor de rescate hasta el anochecer.


Alarma de la campana de la iglesia

Por la forma de ejecución y la escala de la destrucción producida, y asimismo por la elección del objetivo, el bombardeo sobre Guernica no tiene parangón en la historia militar. Guernica no era un objetivo militar. Una fábrica que producía material bélico en las afueras de la ciudad quedó intacta. También dos cuarteles localizados a cierta distancia de la ciudad. La ciudad está lejos de los frentes. El objetivo del bombardeo fue, al parecer, la desmoralización de la población civil y la destrucción de la cuna de la raza vasca. Cada hecho corrobora esta apreciación, empezando por el día en que se cometió el acto.

Los lunes son el día de mercado tradicional para Guernica y las poblaciones de los alrededores. A las 4.30 de la tarde, cuando el mercado estaba lleno y los campesinos seguían llegando, sonaron las campanas de la iglesia avisando de los aviones que se aproximaban, y la población buscó protección en las bodegas y los refugios subterráneos, acondicionados tras el bombardeo de la población civil en Durango, el 31 de marzo, con que el general Emilio Mola abrió su ofensiva rebelde en el norte. Se dice que la gente mostró buen ánimo. Un sacerdote católico se puso al frente y se mantuvo un perfecto orden.


Cinco minutos después apareció un bombardero alemán en solitario, voló en círculo por toda la ciudad a baja altura y después arrojó seis bombas pesadas, en apariencia dirigidas a la estación del ferrocarril. Las bombas, junto con una lluvia de granadas, cayeron sobre un antiguo instituto y sobre las casas y las calles cercanas a él. Entonces el aeroplano se marchó. A los cinco minutos llegó un segundo bombardero, que arrojó el mismo número de bombas en el centro de la ciudad. Alrededor de un cuarto de hora más tarde llegaron tres Junkers 52 para continuar la labor de destrucción, y a partir de ese momento aumentó la intensidad del bombardeo, que fue continuo, cesando tan sólo con la llegada del crepúsculo, a las 7.45 de la tarde. La ciudad entera, de 7000 habitantes, además de 3000 refugiados, fue reducida a escombros, lenta y sistemáticamente. Sobre un radio de cinco millas [8 km] a la redonda, los atacantes bombardearon caseríos o granjas dispersas. Por la noche, ardían como pequeñas velas sobre las montañas. Todos los pueblos de alrededor fueron bombardeados con la misma intensidad que la propia ciudad, y en Múgica, un pequeño grupo de casas a la entrada de Guernica, la población fue ametrallada durante 15 minutos.


Ritmo mortal

No es posible establecer el número total de víctimas. En la prensa de Bilbao de esta mañana se dice que ha sido «afortunadamente reducido», pero parece que se trata de una minusvaloración para no alarmar al gran número de población refugiada de Bilbao. En el hospital de las Josefinas, uno de los primeros lugares bombardeados, los 42 milicianos heridos que albergaba resultaron muertos. En una calle que lleva a la parte baja de la colina donde está la Casa de Juntas, vi un lugar donde se decía que 50 personas, la mayoría mujeres y niños, estaban atrapados bajo una masa de restos ardiendo. Muchos resultaron alcanzados en los campos, y el total de muertos puede ascender a varios cientos. Un anciano sacerdote llamado Aronategui murió por efecto de una bomba mientras rescataba a un niño de una casa en llamas.

Las tácticas de los bombarderos, que pueden ser de interés para los que estudien la nueva ciencia militar, fueron las siguientes: Primero, pequeños grupos de aviones tiraron bombas pesadas y granadas de mano sobre todo el pueblo, eligiendo una zona tras otra de forma ordenada. Después llegaron las fuerzas militares que dispararon con ametralladoras a los que habían corrido víctimas del pánico fuera de los refugios subterráneos, algunos de los cuales ya habían sido perforados por las bombas de 1000 libras, las cuales producen un agujero de 25 pies [7,62 m] de profundidad. Mucha de esa gente fue abatida mientras corría. Un gran rebaño de ovejas que había sido trasladado al mercado, también fue aniquilado. Aparentemente, el propósito de esta acción era obligar a la población a que volviera a los refugios subterráneos, ya que después aparecieron al menos unos doce bombarderos que dejaron caer bombas pesadas e incendiarias sobre las ruinas. El ritmo de esta forma de bombardeo sobre una ciudad abierta era, por lo tanto, lógico: primero, granadas de mano y bombas pesadas para hacer correr en desbandada a la población; después, ametrallarla para hacerla ir bajo tierra; por último, una carga pesada de bombas incendiarias para destruir las casas y hacerlas arder sobre las víctimas.


Las únicas medidas de defensa que los vascos podían emplear, ya que no poseían suficientes aviones para hacer frente a la escuadrilla insurgente, eran las que proporcionó el heroísmo del clero vasco. Bendecían y rezaban a una multitud que estaba de rodillas —socialistas, anarquistas y comunistas—, además de los que se reconocían fieles dentro de los refugios que caían derrumbados.


Cuando entré en Guernica después de medianoche, por todos lados las casas se desplomaban, y era prácticamente imposible incluso para los bomberos entrar en el centro de la ciudad. Los hospitales de las Josefinas y del Convento de Santa Clara eran montones de ascuas brillantes; todas las iglesias excepto la de Santa María fueron destruidas, y las pocas casas que todavía se mantenían en pie estaban inutilizables. Cuando regresé a Guernica esta tarde, gran parte de la ciudad permanecía todavía en llamas y habían surgido nuevos fuegos. Alrededor de 30 muertos yacían en el ruinoso hospital.


Un llamamiento a los vascos

El efecto aquí del bombardeo de Guernica, la ciudad sagrada de los vascos, ha sido profundo y el presidente Aguirre ha hecho la siguiente declaración esta mañana a la prensa vasca: «Los aviadores alemanes al servicio de la España rebelde han bombardeado Guernica, quemando la histórica ciudad por la que guardan veneración todos los vascos. Han querido herirnos en el más hondo de nuestros sentimientos patrióticos, dejando de nuevo enteramente claro lo que Euskadi debe esperar de aquellos que no dudan en destruir el santuario en el que se han conservado durante siglos nuestras libertades y nuestra democracia. El enemigo ha avanzado en muchos lugares del que habría sido expulsado. No tengo duda en afirmar que lo mismo que ha ocurrido aquí, se repetirá. Ojalá la atrocidad de hoy sirva de aguijón para lo que puede llegar enseguida».


G. L. Steer
The New York Times, 28 de abril de 1937 





1432. Patria cuyo nombre no sé.

José Ángel Valente
(Orense, 25 de abril de 1929 - Ginebra, Suiza, 18 de julio de 2000)




(A Aurelio Menéndez)

Yo no sé si te miro
con amor o con odio
ni si eres más que tierra
para mí.
Pero contigo sólo,
a muerte, debo
levantarme y vivir.
Aquí es tu piel tirante
sobre el mapa del alma,
azotada y cruel;
allí suave,
rota en ríos de lluvia,
inclinada hacia el mar.
Allí paso perdido,
pie puro que anda el sueño;
aquí cráneo abrasado
por el peso de Dios.
Estoy así mirándote
con un ojo que apenas
ha nacido a mirar.
Porque he venido ayer
y no sé aún quién eres,
aunque tal vez no seas
nada más verdadero
que esta ardiente pregunta
que clavo sobre ti.

Vine cuando la sangre
aún estaba en las puertas
y pregunté por qué.
Yo era hijo de ella
y tan sólo por eso
capaz de ser en ti.

Vine cuando los muertos
palpitaban aún próximos
al nivel de la vida
y pregunté por qué.
Yacían bajo tierra:
tú eras su verdad.

Caía el sol, caía
inútilmente el pan,
caían la noche
y la sombra de nadie
derribada la fe.
Y sin embargo supe
que tú estabas allí.

Apenas, casi a solas,
entre el aire y la muerte,
un brote nuevo
se atrevía a pujar.
Solo, entre la esperanza
estéril, la esperanza
ganada, las palabras
caídas, las palabras
como ciegas banderas
levantadas, un brote
se atrevía a pujar.

Oh, cómo en las colinas
sobreviviente el aire
se animaba en él.
Debías protegerlo.
No lo hiciste.
Temblad.
Porque debió crecer
para la luz, no para
la sombra, el odio, para
la negación.
La tierra había sido
removida y arada
con la sangre de todos.
Con la sangre. Era
difícil la alegría;
necesitábamos
primero la verdad.

Hemos venido. Estamos
solos. Pregunto,
¿quién tiene tu verdad?

Tú eres esa pregunta.

Oh patria y patria
y patria en pie
de vida, en pie
sobre la mutilada
blancura de la nieve,
¿quién tiene tu verdad?


José A. Valente
"A modo de esperanza", 1955




1431. El uniforme del General.

Recordamos a José Ángel Valente en el aniversario de su nacimiento con el relato "El uniforme del General"


El relato "El uniforme del General" esta inspirado en un suceso acaecido durante la guerra española en la propiedad del General Saliquet en la ocalidad de Fiñana. Tras su publicación en 1971, fue denunciado en la Capitanía General de Canarias "por el presunto delito de ofensa a la clase determinada del Ejército" y retirado por orden judicial.

Tanto José Ángel Valente como los editores del libro fueron requeridos ante la autoridad. Desde el Juzgado Permanente del Gobierno Militar de Las Palmas, se lanza una requisitoria de busca y captura contra el escritor con fecha del 19 de octubre de 1971: "comparecerá en el término de 30 días, ante el Juez Instructor del Juzgado Permanente del Gobierno Militar de Las Palmas de Gran Canaria, Comandante de Artillería don Heraclio Ferrer Oliva, bajo apercibimiento de ser declarado rebelde".

El Consejo de Guerra Ordinario se celebró en Las Palmas el 14 de septiembre de 1972. José Ángel Valente es declarado en rebeldía. La sentencia consideró probado que los hechos eran "legalmente constitutivos de un delito consumado de injurias encubiertas a Clase determinada del ejército", pues con la publicación del cuento en cuestión se había dado publicidad a ofensas "directamente referidas al Generalato, claramente menospreciantes de su alta categoría en el Ejército, con expresiones tales como que el General parecía un domador de circo y su uniforme estaba allí entre otras cosas inútiles, y para nada servían y que los Generales no tenían madre y a lo mejor los hacían con una máquina con chapas de gaseosas, aluminio y paja, mucha paja, para que apareciesen con el pecho hinchado". 




El uniforme del general.

El condenado se sentó en la penumbra. El cura se paseaba lentamente a lo largo de la celda, leyendo en un libro pequeño, de encuadernación negra y flexible, frases que articulaba con cuidado pero que no llevaba a la voz. El condenado emitió contra su voluntad un gemido. Sentía un vacío enorme en el estómago y a la vez un deseo, al que no conseguía dar suelta, de vomitar. 0 le habría gustado comer, comer hasta quedarse sordo para no oírse más. Morir ha de ser ‑pensó‑ como tener hambre y náuseas a la vez. Luego dijo en alta voz:

-Volvería a ponerme el uniforme del general.

El cura suspendió la lectura y se detuvo para mirarlo con una mezcla de asombro y conmiseración. Después siguió bisbiseando, pero sin moverse, clavado al suelo, mirando a uno y a otro lado de soslayo y luego al libro y otra vez de soslayo, como si alguien pudiera entrar y oír.

El uniforme del general se quita y pone como otro igual.

Primero se lo había puesto Manuel y luego su hijo y después él mismo y luego otros, porque les daba gusto y porque Manuel gritó ¡viva la de‑mocra‑cía! y todos se pusieron a cantar y a beber vino con el uniforme del general y se ensució un entorchado y porque el maestro con un bigote postizo y el uniforme del general parecía un domador de circo y porque el uniforme del general estaba allí entre otras cosas inútiles y para nada serviría si ya no iba a haber generales ni madre que los crió y entonces fue cuando Manuel dijo que a lo mejor los generales no tenían madre y los hacían en una máquina con chapas de gaseosa, aluminio y paja, mucha paja, para que apareciesen con el pecho hinchado por el aire de la victoria y después trajeron un caballo y desfilaron todos y luego nos fuimos a dormir y al día siguiente a trabajar y pronto la merienda se olvidó y nadie supo que estaba puesto en una lista para ser condenados todos por impíos y ateos y por otras cosas que de nosotros mismos ni siquiera sabríamos decir. Y así fue, pues todos fueron apresados y juzgados debidamente por su miserable acción y él ‑pensó‑ no sabía si era el último o el penúltimo en morir, pero por ahí andaba ya la lista y en todo caso para él era el final.

El uniforme del general se quita y pone como otro igual.

Se acordó de Manuel y del maestro y le dio risa y la risa fue como si de nuevo, libre al fin, volviese a andar por los campos comunes, igual que en otros tiempos.

El cura dejó el libro y se puso en oración porque ya se avecinaba la hora y el condenado nada había querido oír. El miró la negra figura recogida sin inquietud. Sacó del bolsillo un lápiz que le habían dado por si quería dejar alguna despedida escrita para su madre o para alguien o para quién y dibujó despacio en la pared los entorchados, el fajín, los ribetes, los oros del uniforme del general Después se puso en pie y meó largamente sobre el traje glorioso hasta quedar en paz.


José Ángel Valente
"Número Trece", 1971


1430. Juan Fernández Ayala, «Juanín»

Guerrillero: española y universal palabra.
Desde las cumbres de los Picos de Europa.
en acecho hacia el océano
esperabas espejismos.

Por el mar no desembarcó nunca nadie.

Quince años emboscado.
presunto «bandolero»,
alimaña rastreada
por el monte insurgente,
perseverando hasta muy solo,
cuando el buho se cansó de cantar.

Dicen que tuviste amores
en las cuevas de Tresviso,
amores para morir a la vera de un molino,
una noche lluviosa de abril 57.

Era día de mercado en Potes;
con miedo entrañable
vieron los del pueblo
como soberbio te irguieron
contra la centenaria pared.


En el cementerio una tumba reza: «Juanín»

Jean Ortiz
Del poemario Mi guerra civil




María Torres / 24 de abril de 2015

Juan Fernández Ayala (PotesLiébanaCantabria 27 de noviembre de 1917 - 24 de abril de 1957), alias Juanín, fue uno de los últimos guerrilleros antifranquistas de Cantabria.

Con solo 17 años se unió a las Juventudes Unificadas y tras el golpe de estado de 1936 partió hacia Santander para integrarse en las Milicias Republicanas, llegando a combatir con el Batallón Ochandía. Tras la toma de Santander por los franquistas, es detenido, sometido a consejo de guerra y condenado a la pena de muerte,  conmutada posteriormente a doce años y un día de prisión por las gestiones realizadas por uno de sus hermanos que era falangista.

Después vendría la prisión y más tarde la libertad vigilada. Juanín no podía adaptarse a esa nueva España y en 1943 tomó la decisión de echarse al monte, en el que permaneció catorce años emboscado. Se incorpora a la Brigada Machado que se encontraba desperdigada por los Picos de Europa y permanece en la misma hasta su desaparición.

El régimen puso precio a su cabeza. Se llegó a ofrecer medio millón de pesetas por su captura a través de pasquines, que cuando eran encontrados por Juanín, los adornaba con una hoz y un martillo.

En 1952 conoce a Paco Bedoya, que se había fugado de la cárcel de Fuencarral en Madrid, y ambos se convierten en una pareja de leyenda hasta que pierden la vida en 1957. Juanín y Bedoya, fueron héroes populares y  los últimos guerrilleros que resistieron al franquismo en los montes de Cantabria. Siempre perseguidos, acosados, pero muchas veces consiguieron burlaron el cerco, incluso invitaban de incógnito a café a la Guardia civil: «Yo, Juanín, tengo el honor de invitar a café al capitán de la Guardia Civil de Potes, y que le aproveche, como a los pajaritos los perdigones».

Juanín fué asesinado por la Guardia civil el 24 de abril de 1957. Su cuerpo permaneció toda la noche sobre la carretera. A la mañana siguiente fue trasladado al cementerio de Potes,  expuesto ante cientos de miradas curiosas, y enterrado en la fosa común en un ataud donado por un vecino.

Conseguieron acabar con el hombre, pero no con el héroe y su memoria.