Lo Último

Una historia de Ibiza IV y V






IV

Tres días más continuó Javier viviendo en su molino. Al tercero bajó a la ciudad para buscar a Antonio, que no había cumplido su promesa. «Lo habrán también metido en el castillo», se le ocurrió, al mirar cerrado y precintado el Bar La Estrella. No conocía a nadie más en toda la isla. Anduvo. Entró en un café. Su dueño era un alemán. Encendió la radio fijándola en la onda de Madrid. Daban noticias de Barcelona. La insurrección había sido dominada. El general Goded, prisionero. En la capital de la República, tomado el Cuartel de la Montaña y rechazado el enemigo hasta la sierra. En Valencia... Como otro alemán entrara en el café, Javier comprendió que debía marcharse o, al menos, buscar una onda diferente. Decidió lo primero. Pagó y salió a la calle.

A la mañana siguiente, y cuando aún no sabía qué decidir, si esconderse en los montes o quedarse en el molino, oyó pasos y voces a su espalda. Se encontraba Javier en aquel momento montado a caballo en uno de los brazos del algarrobo. La sombra negra de las hojas lo tapaban completamente. «Será Antonio», se dijo. Y estuvo a punto de bajarse del árbol.

Era la Guardia Civil que venía a buscarlo. Contuvo el aliento, levantó las piernas que le colgaban y las enroscó fuertemente en la rama. Con la culata del fusil, los guardias civiles golpearon la puerta. Al ver que nadie respondía echaron una ojeada por el jardín, marchándose sin cerrar la verja. De un brinco, Javier bajó del algarrobo y casi desnudo, como estaba, se tiró monte abajo, para ganar pronto la orilla, camino de los pinos. Había llegado la hora de hacer algo, salvándose.


V

No sabía bien cómo llegar a los pinares donde debía esconderse. Siguió playa adelante, por la arena dura de la orilla. Al fondo, y en el descenso de la curva de un monte, se levantaba un redondo torreón decapitado, antiguo vigía de los piratas ibicencos. Tenía un nombre maravilloso: Salrosa. Lo escogió como primera meta de su jornada. Hasta allí llegaría. Descansaría un rato a su sombra, internándose luego por el bosque. Para ir más de prisa se quitó las sandalias. En el mar, ni una vela. Pensó que iba marchando solo por un desierto que no terminaría nunca. Le entró sed. Se sentó. Aún faltarían más de trescientos metros para llegar a la torre. Como la arena blanda era de plomo derretido, volvió a la fresca de la orilla, tendiéndose con los pies casi dentro del agua. Entonces miró hacia la ciudad. La muralla de oro, de piedra reluciente, que ceñía la parte alta de Ibiza, respiraba al sol, bajando todavía lozana e inexpugnable por el monte. El castillo de los sublevados, color de rosa en su parte moderna y también de oro en sus torres antiguas, coronaba el vértice de la capital. «Allí están nuestros presos», dijo Javier levantando la voz, mientras se incorporaba un poco, acodándose sobre un matojo de algas secas. La cal de las casas rebrillaba hasta morderle los ojos. Los molinos de vela, estáticos, sin viento, daban la pesadez y lentitud del día, que iba subiendo hacia las doce. «Es muy difícil que aquí suceda algo», había dicho el dueño del bar.

Pero ya estaba sucediendo, aunque aquel paisaje de ausencia y de reposo lo ignoraba. «¡Qué bestia ese comandante del castillo! En una maravilla como esta...» Cortó la frase. Alguien se acercaba. Parecía un extranjero, uno de esos ingleses o yanquis locos, aprovechados, que vienen a invernar a las Baleares y que luego, por unas pesetas, se compran una casa o un molino, no regresando más a su país. Avanzaba, descalzo, por el borde del agua, cubierto con un largo albornoz, que casi le arrastraba, rayado chillonamente de rojo y violeta. Unas gafas de cristales negros, proyectándole dos extrañas sombras hasta la mandíbula, le desfiguraban el rostro. Era desagradable la aparición de aquella rara figura en la playa desierta. Javier notó que los cristales se le clavaban, fijos, y con una insistencia inquietante. «Un espía extranjero, de esos que por las tardes suben sus denuncias al castillo y se emborrachan, luego, con el teniente coronel de la Guardia Civil.» Javier sabía que el espionaje más serio de la isla lo dirigía un alemán, un nazi, propietario del restorán más elegante de la playa de San Antonio. También sabía que varios falangistas de Madrid, esos que vio una tarde en el Bar La Estrella, veraneaban en aquel pueblecillo. «Me han denunciado», se dijo, seguro. La figura del albornoz había dado la vuelta, pasando ante él, aún más lentamente y mirándole con mayor insolencia. «Bien. Es usted un espía. Sé que me conoce. Pero intente llevarme.» Este era el pensamiento de Javier, lo que estaba decidido a decir a aquel hombre, saltándole al cuello. Era absurdo. Pero lo haría. Mas el hombre del albornoz rayado y los cristales negros volvía a pasar por tercera vez, ahora sigilosamente, con andares de gato y misterio. A Javier, aunque estaba tranquilo, le latieron los pulsos con angustia. A unos cinco pasos de distancia, el hombre se detuvo. Primero se estiró.

Luego, curvándose en una extravagante reverencia, se quitó las gafas.

—¡Pau!

—No me ha conocido, ¿eh?

—¿Pero no estabas preso? ¿No te habían fusilado?

Javier lo abrazó, con asombro.

—¿A mí? No me venga con «manías». Que me busquen.

—¿Y la dinamita?

—Se despertaron los guardias del polvorín y tiraron. Pero la tengo. Ya servirá...

Hablaba el castellano con un acento duro y difícil, lleno de asperezas. Una lengua de nieto de piratas, lo que todos sus antepasados habían sido.

—La Guardia Civil vino al molino esta mañana —le confesó Javier—. Me he salvado por suerte...

—¡Manía! —cortó Pau.

Esta expresión la usaba el pescador de una manera extraña y vaga. «No hay que hacer manías. Ya son manías los militares...» También la empleaba días enteros como constante estribillo o como resumen de algo que le era imposible explicar bien.

—Ahora, vamos al pino —siguió, iniciando el paso—. Allí hay de todo: buena cama, comida... Igual que un hotel.

Desviándose de la orilla, indicó a Javier que le siguiese. Al llegar a los primeros juncos de las dunas, se arrodilló y comenzó a escarbar en la arena. De la boca del hoyo comenzaron a salir albornoces y quimonos de colores. Pau sacó, entre ambas clases de prendas, hasta cinco. Javier lo contemplaba, absorto.

—Mire. Este es mi guardarropa. Cada día me recorro la playa con un traje distinto. Y llego hasta las primeras casas de Ibiza.

Javier le preguntó a carcajadas:

—Pero ¿de dónde has sacado todo eso, Pau?

—De los extranjeros que vienen a bañarse por aquí.

Nadan... y se quedan desnudos.

—Eres un verdadero artista.

—¡Manías! —contestó.

Cerró las puertas de arena de su armario, dejando dentro también el albornoz violeta y rojo que llevaba, quedándose cubierto con el bañador azul de algún bañista alemán o americano.

Treinta metros después, los dos camaradas ascendían por la falda del monte, desapareciendo entre los pinos.


Rafael Alberti, 1937
Una historia de Ibiza - Capítulos IV y V
"Relatos y prosa", Bruguera 1980           





2393. La fuerza del derecho y el patriotismo del pueblo español





Hace dos días, ante la ofensiva fondo de la reacción y el fascismo, le pedíamos al pueblo que diese la vida por la República. El dramático motivo de la defensa del régimen ha sido interpretado con el valor inimitable, con sacrificio emocionante, con impresionante anhelo superador, por este magnífico pueblo, que no ha vacilado en ofrecer su vitalidad a la propia muerte, si con eso esta insuperable demostración de humanidad se puede salvar un régimen cuyos principios esenciales son la libertad y el derecho.

Y es principalmente esa vitalidad -alto nivel de espíritu, convicción profunda del ideal, condiciones morales en las que se fraguan las heroicas resoluciones que perpetúan los valores de una raza- lo que nuevamente ha impedido que se le arrebaten al pueblo sus derechos y sus libertades. El pueblo ha vencido, sobre todo, porque luchaba materializando el axioma de la voluntad de triunfar, y en contraste con la decadencia de los que de la lealtad y del honor han hecho tabla rasa.

El ejército -y desde luego reconocemos las excepciones individuales-, minado por la corrupción reaccionaria, se ha levantado en armas contra la República. El ejército ha fracasado. Más aún: las dimensiones de su derrota significan el comienzo de un derrumbamiento definitivo que todos tendríamos que lamentar. Pero no queremos incluir en ese fracaso los militares que, por haberse dejado conducir por manos extremadamente ambiciosas de poder, aparecen como desleales, y han incurrido en el error de iniciar una lucha fraticida, y que acaso en el ambiente exacto de la profesión de las armas hubieran rendido al país una utilidad aceptada en todos los regímenes en todos los sistemas de gobierno. Pero alguien ha sembrado en ellos los sedimentos de muchas ofuscaciones tradicionales -la militarada de siglo XIX, entre otras- que no han dejado paso a las concepciones modernas.

Por eso no queremos insistir demasiado en la afirmación de que el Ejército ha sido derrotado. Lo ocurrido es la derrota de la traición, de la ambición, de la intransigencia, el antiguo sentido militarista, de las viejos posiciones absolutistas, que en los tiempos actuales aparecen adscritas a la peor de las vilezas, que es la de la deslealtad al propio compromiso de honor.

Todo esto lo ha vencido el ciudadano sencillo y patriota. Tipo uniforme de ciudadano, que es corriente en el pueblo. Ciudadano generoso, pero que no concibe que ningún hombre puede vivir sometido a otro, ni aún en el caso de reconocer en esta alguna superioridad. La derrota de esta parte desleal del Ejército tiene innegable magnitud histórica. 

Resulta, además que ese ciudadano sencillo y noble ha hecho de la profesión militar una virtud inquebrantable. Y le hemos hallado, con motivo de los sangrientos sucesos provocados por una parte execrable del Ejército, en la Guardia Civil, de los guardias de Asalto, de los Carabineros, de los aviadores y también en el soldado raso que tuvo la desgracia de seguir a sus torpes inductores. Su ejemplo de fidelidad y de acatamiento al Poder legítimo merece hoy el aplauso entusiasta de todos los españoles conscientes y honrados.

Y, en definitiva, ha triunfado el pueblo -eternidad de la democracia-, que quiere permanecer al margen de los manejos y de los cataclismos de las ambiciones impuras. Nosotros celebramos ese triunfo con todo nuestro corazón de demócratas. Entre otras cosas, porque el pueblo es el eje de todos los avances sociales que han de transformar brillantemente la vida española. Cuando el pueblo triunfa, su éxito es permanente por encima de todas las acepta asechanzas y de todas las invenciones políticas. Es la razón, la verdad, el derecho. Desde ahora, nuestra fe en el pueblo será, si es posible que alcance mayores proporciones, toda la razón de la existencia de LA LIBERTAD.


La Libertad, 21 de  Julio de 1936 




2392. Resolución del II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura




Fieles a los principios y a las resoluciones del 1er. Congreso de su Asociación, los escritores de 28 naciones, reunidos para la celebración de su II Congreso Internacional en Valencia, Madrid y Barcelona y cuya sesión final se celebró en París el 17 de Julio de 1937;

1°—Proclaman que la cultura que ellos se comprometieron a defender, tiene por enemigo principal al fascismo;

2°—Se declaran dispuestos a luchar por todos los medios en su poder contra el fascismo, no sólo cuando aparezca como enemigo descubierto, sino también cuando solapadamente adopte formas engañosas; en una palabra, se declaran dispuestos a luchar contra todos los provocadores de guerras;

3°—Afirman que en la guerra que de hecho el fascismo ha declarado a la cultura, la democracia, la paz y más generalmente a la felicidad y el bienestar humanos, ninguna neutralidad es posible o imaginable, como lo ha demostrado la dura experiencia a los escritores de numerosos países en los cuales toda manifestación intelectual se ve reducida a las terribles condiciones de la ilegalidad;

En consecuencia, hacen aquí un solemne llamamiento a los escritores de todo el mundo, a todos los que creen profunda y honestamente en su misión humana, en la eficacia de la palabra escrita y los invitan a ocupar su puesto sin tardanza frente a la amenaza que pesa sobre la cultura y sobre la humanidad.

Se dirigen especialmente a quienes la falta de información hace creer que es posible todavía mantenerse neutrales. Se di, rigen asimismo a aquellos que aún creen en las ridiculas promesas detrás de las cuales el fascismo disimula su obra de destrucción y de muerte.

A todos piden que tengan conciencia de su deber histórico y que se unan a ellos y les ayuden en la lucha por el bien de la mayoría y por la salvación de la preciosa herencia común. Saludan a la España republicana, a su pueblo, su Gobierno, su Ejército popular, vanguardia en el frente más amenazado de esta lucha en la que no retrocederán.

Saludan en ella a la campeona de las democracias, garantía de la cultura y de la paz, como lo ha demostrado noblemente la Unión Soviética aportando su ayuda fraternal a la España de la libertad así como a los demás pueblos que siguen su ejemplo.

Se comprometen a defender a la España republicana donde quiera que se halle amenazada y a ganar para su causa a los que aún dudan o están desorientados. En fin, proclaman aquí bien alto su confianza inquebrantable en la victoria del pueblo español.

(Nuestra España)
Radiada el día 21 de Agosto de 1937

Publicado en: Facetas de la actualidad española, núm. 6, año 1, La Habana, septiembre 1937





2391. Gerald Brenan y el 18 de julio de 1936




La tarde del sábado 18 de julio cogí el autobús de Málaga para hacer algunas compras. Estaba tan acostumbrado a ver caras tensas y sonrisas heladas, llenas de aprensión, que en un principio no noté nada especial en el ambiente. Después me di cuenta de que los policías en la plaza de la Constitución parecían más nerviosos de lo normal. Estiraban el cuello para mirar calle arriba y calle abajo, se manoseaban los cinturones y uno de ellos estaba decididamente ojeroso. Lo achaqué a que llevaban muchos meses haciendo horas extraordinarias y no dormían lo suficiente.

Después de comprar las cosas que necesitaba fui a una librería de la calle Larios atendida por dos jóvenes muy serios e inmaculadamente vestidos. No tenían el libro que yo quería, una nueva publicación sobre la reforma agraria, así que cogí un ejemplar del diario local El Popular y empecé a leerlo. Los titulares decían, «Rebelión militar en Marruecos. Ceuta y Melilla capturadas por los facciosos» pero a continuación venían unas declaraciones tranquilizadoras del primer ministro Casares Quiroga: «El Gobierno es dueño absoluto de la situación. Nadie, absolutamente nadie en España, ha participado en esa absurda conspiración».

Decidí tomar un café rápidamente, recoger unos pantalones que estaban en el tinte y coger el trenecito para Churriana antes de que pasara algo. Pero cuando iba aún camino del café oí la música de una banda y vi al final de la calle un grupo de gente, hombres en su mayor parte, que avanzaban por la Alameda. Más allá venía una compañía de soldados. Un oficial marchaba delante de ellos mirando al frente, los hombres seguían con las armas al hombro y a continuación venía una banda de música. Detrás la calle estaba abarrotada de obreros, y otros avanzaban junto a los soldados hablando con ellos.

«¿Qué vais a hacer?», preguntaban.

«Vamos a la Aduana a proclamar la ley marcial por orden del Gobierno».

«No, el Gobierno no ha ordenado eso».

«Bueno, ésas son nuestras órdenes».

Todos gritaban o hablaban muy excitados, así que como no deseaba verme envuelto lo que fuera a suceder, decidí prescindir del café y volver a casa inmediatamente. Parece ser que otras personas tuvieron la misma idea que yo, porque las tiendas estaban echando los cierres, las mujeres y las personas mejor vestidas se apresuraban y las calles laterales se iban quedando desiertas. De repente, en lo alto de la calle Larios apareció un tropel de hombres corriendo para reunirse con los que seguían a los soldados. Pero, ¡y mis pantalones! Me hacían mucha falta, de manera que entré en el tinte que estaba muy cerca, y me enteré de que no estarían listos hasta el día siguiente por causa de una huelga.

Cuando salía oí unos disparos que venían de la Aduana y después el tableteo de los fusiles ametralladores.

«Ay, Dios mío», exclamó la mujer de la tienda. «¿Qué es eso?».

«El levantamiento militar», contesté.

«Por Dios*, no me diga eso», dijo ella. «¡Qué criminales!» .

Aunque no venían balas hacia la calle donde estábamos, todo el mundo había empezado a correr, unos pocos hacia donde sonaban los disparos pero la mayoría en dirección opuesta. Abandoné la idea de llegar a la estación, que hubiera significado cruzar la línea de fuego, y decidí coger el autobús. Tenía la parada muy cerca del mercado y saldría al cabo de unos minutos.

Aumentaba el tiroteo. Además del metódico tableteo de los fusiles ametralladores, se podía oír el seco ladrido de los rifles y de las pistolas. La intensidad del ruido era sorprendente: se diría que estaba en marcha una verdadera batalla. No parecía haber ninguna razón para dejarse ganar por el pánico y no corrí como todo el mundo, aunque apreté el paso. Al torcer la esquina antes de llegar al mercado vi desaparecer el autobús en lontananza. Un hombre de edad, uno de los dos fontaneros de nuestro pueblo, llegó al mismo tiempo que yo. Sacó un enorme reloj niquelado y lo miró.

«Ha salido siete minutos antes de la hora», exclamó. «Todo porque se están oyendo unos tiros. ¡Vaya, qué cobardes!»

Tendremos que andar», dije. Y nos pusimos en camino.

Al llegar al puente al final de la Alameda descubrimos que las balas pasaban zumbando entre las ramas de los árboles y rebotaban en el parapeto de piedra. El autobús se había aventurado a cruzarlo. No nos sentimos inclinados a correr ese riesgo de manera que dimos la vuelta para cruzar el río por otro puente. Tuvimos que atravesar un barrio popular. Las calles estaban llenas de hombres y mujeres que se afanaban como hormigas cuando se mete un palo en un hormiguero. Unos cuantos corrían pistola en mano para unirse a la lucha, mientras que los demás hablaban excitados. Llegamos a la carretera general y conseguimos que un camión nos dejara en casa.

Cuando me desperté a la mañana siguiente lo primero que hice fue escuchar. No se oía nada. Vi a Maria, nuestra criada, cogiendo unas rosas en el jardín y salí a preguntarle qué noticias había.

«Dicen que los fascistas han sido derrotados contestó, «y que ahora van a hacer la revolución».

Hablaba muy enfadada y casi sin mirarme, porque no le gustaba nada el comunismo libertario ni, a decir verdad, cualquier otra cosa nueva.

«Puede verlo desde el mirador»», dijo. «La mitad de Málaga está ardiendo».

Fui a mirar. Altas columnas de humo se alzaban desde varias partes de la ciudad. La noche anterior vimos dos fuegos antes de irnos a la cama; ahora parecía haber por lo menos veinte.

Desayunamos como de costumbre en el jardín debajo del níspero. Antonio escardaba las patatas como si nada hubiera sucedido. Las cañas de Indias, las dalias y las rosas brillaban con el sol de las primeras horas de la mañana y las mariposas rojas y de color azufre revoloteaban perezosamente a su alrededor. Parecía imposible creer que acababa de empezar una resolución anarquista.

María salió con aire serio a retirar los platos del desayuno.

«Se pueden ver unas cosas estupendas en la calle», dijo.

«¿Qué es ello?».

Se quedó allí con los brazos cruzados y una sonrisa irónica en los labios.

«Vaya a verlo usted mismo», dijo. «Quizá quiera unirse a ellos».

Entramos en la casa y miramos por una de las ventanas del piso alto. Camiones y automóviles cruzaban a toda velocidad llenos hasta los topes de obreros armados con fusiles, pistolas, cuchillos e incluso espadas. Iban sentados sobre el techo, de pie sobre los guardabarros, colgando del cuello de los conductores o asomando por las ventanillas; todos apuntando con sus armas hacia la calle, de manera que los camiones estaban literalmente erizados de ellas. Saludaban a los que pasaban con el brazo izquierdo doblado y el puño cerrado, exclamando Salud* y seguían apuntando con sus armas hasta que se les devolvía el saludo de la misma manera. En todos los camiones y coches ondeaban al viento banderas rojas con letras pintadas sobre ellas: C.N.T., F.A.I., U.G.T., U.H.P., pero nunca P.C. Algunos iban a toda velocidad entre vítores poco entusiastas, mientras otros casi se arrastraban.

«¿Qué están haciendo?», pregunté.

«Son patrullas armadas», dijo Rosario, «y buscan fascistas».

«Fusilan a todos los ricos», dijo María. «Tenga cuidado no le fusilen a usted».

«Calla, mujer», dijo su hermana. «Don Geraldo no es un fascista. Aquí la única fascista de verdad eres tú».

«Sí», dije yo. «Vamos a denunciarla».

Alonso el pintor, nos había seguido al piso de arriba.

«Estoy seguro», dijo, «si se trata de eso, que Don Geraldo es tan buen comunista como cualquiera de nosotros».

«Claro que lo soy», dije. «Quiero que todo el mundo sea tan rico como yo».

«Eso es verdadero comunismo», dijo Alonso. «Aquí, la mayoría de los comunistas sólo quieren que todos sean tan pobres como ellos».

«Bien», exclamé, «¡la gran Revolución ha llegado al fin!».

«¡Qué revolución!», dijo despectivamente. «¿Qué se cree usted que va a pasar? Nada».

Una pareja de jóvenes del comité* del pueblo, con unos mosquetes antiquísimos, vino a hacer un registro en busca de armas. Fueron muy corteses. Dije no poseer ninguna pero que no tenía inconveniente a que registrasen la casa. Aunque evidentemente no me creyeron, puesto que cualquier persona en España que podía comprar una pistola lo había hecho, fingieron lo contrario.

«Estas son las armas de don Geraldo», dijo Rosario, apareciendo con una porra de endrino irlandés que yo llevaba cuando salía de patrulla durante la primera guerra mundial. «Está a su servicio», dije.

La examinaron admirativamente.

«Caramba, con eso se puede matar fascistas», dijeron, «pero no se la vamos a quitar».

«Por supuesto que no», dijo Rosario, que tenía un carácter algo agitanado. «Lo necesitamos nosotros. Aunque no lo sepáis, don Geraldo es más comunista libertario que vosotros».

Una gran nube de humo flotaba sobre Málaga. Con los prismáticos pude distinguir treinta o cuarenta casas que estaban ardiendo. Me dijeron que prendían fuego a todas las casas de los fascistas. Al anochecer el espectáculo era impresionante y nos llegamos hasta la iglesia para verlo mejor. Un pequeño grupo se había reunido allí, pero nadie parecía saber más que nosotros sobre lo que estaba ocurriendo. Debido al fracaso de la sublevación militar en Málaga, se daba por hecho que había sucedido lo mismo en todas partes. Pocos miembros de la clase obrera veían más allá de su provincia.

El tiroteo continuaba con la misma intensidad en la dirección de la Aduana. Una ametralladora disparaba en la calle Larios de cuando en cuando, aunque estaba completamente vacía. Hacia el anochecer llegó un hombre con una camisa roja y un brazo en cabestrillo con manchas de sangre. En la otra mano llevaba una lata de gasolina. Arrojó algo del líquido sobre la puerta de una tienda que estaba justo enfrente y luego echó una cerilla encendida. El fuego prendió inmediatamente. Al ver que las llamas subían el hombre inició una especie de danza jubilosa. Después dando tumbos y haciendo cabriolas, cruzó la calle hacia ellas y echó el resto de la gasolina contra una librería —la misma que yo había visitado unas horas antes— situada en la casa siguiente a la que servía de asilo a Jan Woolley y a su hija, pero separada de ella por una callecita muy estrecha. Luego desapareció.

Las dos casas se incendiaron rápidamente. El calor procedente de la librería pronto se hizo muy intenso y el fuego se propagó al toldo del café de abajo. Los soldados, transportados hasta allí desde el edificio de la Aduana, tomaron posesión de la calle. Apostaron piquetes en las esquinas y los oficiales paseaban arriba y abajo entre los fuegos como si nada estuviera pasando. Las personas del apartamento en que se encontraba Mrs. Woolley conocían a algunos y se asomaron a las ventanas para hablar con ellos. Para entonces el fuego de las ametralladoras y los disparos de fusil habían cesado. Pronto empezaron a desperdigarse los soldados y los oficiales terminaron también por desaparecer.

Mientras tanto las llamas de la librería daban un calor casi insoportable, el café de abajo se incendió y ellas comprendieron que si no se marchaban arderían también. Con un martillo de partir carbón tiraron el tabique que les separaba de la casa de al lado y siguieron empleando la misma técnica para avanzar calle abajo. Casi ninguno de aquellos pisos lujosos estaba ocupado, ya que los propietarios habían sido avisados con tiempo, y probablemente estaban ya en Gibraltar. Pero en algunas de las casas la gente había disparado desde los tejados y Jan Woolley tenía la impresión de que por esa razón la familia del segundo piso se había negado a recibirlas.

El resto de aquella noche pasó tranquilamente, si se exceptúa el crepitar de las llamas, tan fuertes que resultaba necesario gritar para entenderse. El aire era tan sofocante que no cabía pensar en dormir. Al amanecer hubo un momento aterrador. De las estrechas calles, a su izquierda, que daban a la Plaza de la Constitución, fue saliendo una densa masa de trabajadores, todos armados, llevando banderas rojas y avanzando con decisión. Gritaban y cantaban al andar, pero el sonido que se alzaba de aquella masa enfurecida no era un ruido humano, sino más bien el rítmico vibrar de una dinamo.

Siguieron adelante en línea recta, llenando por completo la amplia calle y después se detuvieron frente a una casa. Rompieron la puerta, registraron las habitaciones rápidamente y después de echar gasolina sobre los muebles la prendieron fuego. Lo que más llamó la atención de Jan Woolley fue la forma tan metódica que tenían de trabajar. Las casas eran seleccionadas con cuidado y a las personas que estaban dentro se las avisaba antes de iniciar el fuego. Después llegó el coche de los bomberos y se quedó allí para evitar que las llamas se extendieran a las casas vecinas. Las razones para la selección no estaban del todo claras. Normalmente debía de tratarse de casas pertenecientes a los peces gordos de la derecha, pero a veces parecía que incendiaban algunas casas porque habían visto a gente disparando desde ellas. Jan distinguió con claridad hombres que corrían por los tejados y disparaban sobre el apretado gentío que llenaba la calle.

Para las ocho la multitud se había trasladado a otra zona de la ciudad dejando que la calle se quemara sola. Jan y su hija decidieron salir y escapar a toda prisa, mientras que sus anfitriones, que les habían tratado todo el tiempo con gran amabilidad, prefirieron quedarse donde estaban. Les ayudaron a descolgarse por una ventana a un callejón detrás de la casa. Su problema inmediato era encontrar un hotel donde les dieran café y se les permitiera descansar, pero Jan no conocía bien la ciudad y hablaba poco español. Se tropezaron con un inglés, aparentemente uno de los comerciantes de la ciudad, pero tenía mucha prisa y no se ofreció a escoltarlas hasta un sitio seguro. Un obrero español las tomó bajo su protección y las condujo a un hotel junto a la catedral. Allí se sintieron a salvo. Estaban haciendo café y les habían asignado ya una habitación cuando llegó un grupo de incendiarios y ordenó que evacuaran el hotel porque iban a prender fuego a una imprenta de los conservadores en la casa de al lado y había peligro de que se extendiera al hotel.

Decidieron entonces volver a Torremolinos si era posible. Otro obrero se ofreció a protegerlas y trató de encontrarles un taxi, y, cuando esto resultó imposible, de que las llevaran en el camión de una de las patrullas armadas, pero todos iban hasta los topes. De manera que no quedaba otra solución que andar. Como la carretera general parecía estar demasiado concurrida, decidieron hacerlo por la playa. Pero sus aventuras no habían terminado aún. Cuando pasaban junto a las chozas de los pescadores, se vieron acosadas por unas mujeres que les pedían dinero y no se libraron de ellas hasta haberles entregado todo lo que tenían. Después tuvieron que vadear el río, pero al llegar al banco de arena en la otra orilla, lo encontraron ocupado por una manada de toros negros. Esto significaba dar un rodeo tierra adentro hasta el puente del ferrocarril, y a partir de ahí siguieron la vía que llevaba a Torremolinos. En total, unas diez millas por terreno accidentado.

Avanzaba la tarde y si quería llegar a casa antes de que se hiciera de noche tenía que salir inmediatamente. Crucé colinas bajas de tierra roja plantadas de olivos. A mi izquierda las montañas estaban adornadas con sombras profundas, como pliegues en una tela gruesa, mientras a mi derecha veía el mar, liso y tranquilo como una losa de mármol y de un color cobalto tan intenso que hacía pensar más en un raro y precioso objet de luxe que en un elemento de la naturaleza. Me detuvo una patrulla de dos hombres armados con fusiles, pero me dejaron pasar. Después vi una columna de humo que se alzaba delante de mí. Al alcanzar la cumbre de la colina me di cuenta que procedía de un cortijo muy grande, cuyo propietario, don Eugenio Gross, un hombre afable pero de genio brusco, no gozaba de simpatías entre sus jornaleros.

Aquí radio Barcelona. Aquí radio Barcelona. Ha sido restablablecido. El orden ha sido completamente restablecido. Los aviones del pueblo de la España democrática acaban de salir para bombardear Zaragoza. Ha sido restablecido el orden. Todos los que disparen desde los tejados de las casas, todos los que tengan las persianas bajadas, todos los que no entreguen sus armas o escondan a algún fascista serán juzgados sumarísimamente...»

La voz estridente del locutor barcelonés y sus breves frases repetidas como conjuros daban una aterradora imagen de guerra y calamidades. En la estación de Madrid había más calma. El locutor hablaba en un tono correcto, sin apresuramientos, resultando casi tan tranquilizador y condescendiente como los de la BBC. Pero las frecuentes interrupciones del programa, las instrucciones para capturar a los que disparaban desde los tejados y la inmediata refutación de todo lo que se decía en Lisboa o Burgos eran menos alentadoras. Una vez a medianoche el presidente de la República, don Manuel Azaña, habló. Pronunció un emotivo discurso, pidiendo firmeza y decisión para enfrentarse con una rebelión injustificada de las fuerzas armadas y ofreciendo la esperanza de libertad y justicia para todo el mundo, fueran cuales fuesen sus simpatías u opiniones.

La única estación de los rebeldes que podíamos oír era Sevilla. Aquí la atracción estelar era una asombrosa personalidad de la radio, el general Queipo de Llano, que con su audacia y energía había ganado para los insurgentes una ciudad clave, Sevilla, con sólo un puñado de tropas. Sus programas, retransmitidos de noche, eran precedidos por una introducción encaminada, como el repiqueteo de castañuelas entre bastidores antes de que la bailarina aparezca en el escenario, a aumentar la expectación.

«Dentro de cinco minutos hablará el excelentísimo señor general Queipo de Llano, comandante de las fuerzas del ejército de salvación en el sur de España... Dentro de tres minutos hablará el excelentísimo señor general... Dentro de un minuto...»

Después se oía el ruido de alguien que llegaba deprisa, una pregunta a su estado mayor: «¿Están esperando, no es cierto?», y a continuación empezaba.

Era una estrella de la radio. Toda su personalidad, cruel, bufonesca y satirica, pero maravillosamente viva y auténtica, llegaba a través del micrófono. Y esto sucedía porque no trataba de conseguir ningún tipo de efecto retórico, sino que decía simplemente lo que se le pasaba por la cabeza. Su voz aguardentosa (sólo más adelante me dijeron que no bebía) también colaboraba. Se sentaba allí, con su uniforme de gala y el pecho cubierto de medallas y con su estado mayor, vestido de la misma manera, en posición de firmes, detrás de él. Queipo se mostraba siempre natural y tranquilo. A veces, por ejemplo, no entendía sus anotaciones. Entonces se volvía a sus acompañantes y decía, «No veo lo que dice aquí. ¿Hemos matado quinientos o cinco mil rojos?».

«Quinientos, mi general».

«Bueno, no importa. Da lo mismo si esta vez sólo han sido quinientos. Porque vamos a matar a cinco mil; no, quinientos mil. Quinientos mil nada más para empezar, y después ya veremos. Escuche usted esto, señor Prieto. Me parece que oigo cómo el señor Prieto escucha a pesar de ¿cómo lo diría? de su... diámetro, debido a los millones del gobierno que se comió el otro día y... a pesar del espantoso miedo que tiene a que lo cojamos. Sí, señor Prieto, escuche usted bien, quinientos mil para empezar y cuando lo cojamos, antes de terminar con usted vamos a pelarle como una patata».

Sus emisiones estaban repletas de anécdotas groseras, chistes, insultos, cosas absurdas, todo extraordinariamente vivo y colorista pero estremecedor cuando nos dábamos cuenta de las ejecuciones en masa que se sucedían a su alrededor, de las que nos informaban los fugitivos, en una ciudad donde todos los trabajadores eran anarquistas o comunistas. Algunas figuras aparecían todas las noches en sus programas: Prieto, el socialista más moderado, siempre corno cacique gordo o como estafador y La Pasionaria como prostituta escapada de un burdel. Toda la derecha creía estas cosas, aunque en realidad era la mujer de un minero y una persona de vida muy austera. El nombre con que se la conocía era debido a su elocuencia.

Pero Queipo de Llano no soportaba a la Falange, aunque a veces tenía que dejarles utilizar la radio. En una ocasión cometió una equivocación y dijo canalla fascista en lugar de canalla marxista*. Una voz dolorida le corrigió.

«No, no mi general, marxista» .

«¿Qué más da?» dijo el general. «Los dos son canaille». Y luego, sin detenerse, Si, «canaille roja de Málaga, ¡espera hasta que llegue ahí dentro de diez días! Me sentaré en un café de la calle Larios bebiendo cerveza y por cada sorbo mío caeréis diez. Fusilaré a diez», continuó a voz en grito, «por cada uno de los nuestros que fusiléis, aunque tenga que sacaros de la tumba para hacerlo».

La mayoría de sus programas acababan de manera parecida. «¡Canalla marxista! Canalla marxista, repito, cuando os cojamos sabremos cómo trataros. Os vamos a despellejar vivos. ¡Canalla, canalla!».

Estas emisiones eran todavía más repugnantes cuando uno recordaba la historia de Queipo de Llano. No tenía razón alguna para sentir rencor contra los republicanos, que le habían favorecido y ascendido. Hasta una o dos semanas antes mantuvo las mejores relaciones personales con Prieto, al que ahora interpelaba de manera tan brutal. Había sido republicano desde la caída de la monarquía, juró fidelidad al gobierno, que puso en él su confianza, para después faltar a su juramento y traicionarle. Este es el tipo de personas que se destacan en las guerras civiles y las revoluciones, cuando la ambición se antepone a cualquier otro sentimiento. Pero hay que explicar como justificación de sus retransmisiones —las cuales, además, debido al miedo y a la indignación que causaron contribuyeron tanto a provocar represalias en el otro bando—, que Queipo, con un puñado de tropas de dudosa lealtad (hasta que llegó un contingente de la legión extranjera) estaba conteniendo a una población en la que toda la clase obrera era hostil y se sentía obligado a gobernar por el terror. Pero no le disgustaba hacerlo porque era un sádico por naturaleza y las ejecuciones continuaron durante meses sin interrupciones cuando su posición estaba asegurada.

La guerra estaba empezando de verdad para nosotros. Una tarde, mientras tomábamos el té en el jardín, un avión pasó por encima y dejó caer varias bombas a unas cincuenta yardas. Pero eran sólo del tamaño de granadas de mano y, al dar sobre tierra blanda, no hicieron ningún daño. Al día siguiente las bombas fueron más grandes, dañando algunas casas del pueblo pero sin herir a nadie. De todas formas causaron gran terror entre la población femenina. A partir de entonces, cada vez que se oía el motor de un aeroplano, se producía una carrera de faldas negras hacia nuestra casa porque ofrecía mejor protección. Allí se acuclillaban, gruñendo y gimiendo, y despidiendo ese olor fuerte y desagradable que produce el miedo.

Los hombres se alistaron en un cuerpo de voluntarios al que el gobernador civil proporcionó fusiles, y unos pocos sargentos de infantería trataron de adiestrados. Pero había poco tiempo y al cabo de una o dos horas de instrucción los mandaba al frente en camiones. Muy pronto, según el periódico y la radio locales, avanzaban ya gloriosamente hacia Córdoba y Granada, sojuzgadas por los insurgentes. Sin embargo su progreso se veía obstaculizado por los puestos de la guardia civil. A juzgar por los relatos de la prensa, la lucha había tomado un carácter medieval. Se hablaba del sitio de castillos moros y torres de vigía y cuando, en un avance repentino, las tropas republicanas capturaron Puente Genil, de la provincia de Córdoba, se anunció orgullosamente que después de la contienda quedaría anexionado a Málaga. Estábamos envueltos en una guerra local, como en los días de los reinos de taifas*, y nuestros enemigos eran Córdoba y Granada. Lo que sucediera en el resto de España no tenía nada que ver con nosotros.

La milicia me daba la impresión de ser un cuerpo poco eficaz. En primer lugar no estaban en absoluto preparados y muchos de ellos no sabían cómo hacer fuego con sus fusiles. Además los andaluces nunca han tenido una gran reputación como soldados. Se veía poco entusiasmo entre los hombres: ellos querían hacer la guerra en sus calles y en su pueblo y no fuera de él. Por otra parte, el principio anarquista de la libertad de elección presentaba muchos inconvenientes. Un hombre se incorporaba voluntariamente y de la misma manera podía abandonar la milicia; yo hablé con un miliciano que al oír cómo le pasaba zumbando una bala, se fue a su casa sin que nadie hiciera la menor objeción. La moral en Málaga era muy baja porque la ciudad estaba rodeada de enemigos por todos lados con la excepción del Este, donde la carretera de la costa enlazaba con el resto de la España republicana. Las comunicaciones podían quedar cortadas en cualquier momento y esto hacía que se produjera el pánico con frecuencia. Una noche corrió el rumor de que tropas moras se aproximaban desde Algeciras y casi toda la población de Churriana se trasladó a las montañas y pasó allí la noche. Los moros tenían una justificada reputación de matanzas y violaciones. Por recomendación de Bertrand Russell, me habían nombrado corresponsal del Manchester Guardian. Conseguí una bicicleta e iba todos los días a Málaga para enterarme de las noticias. Los bombardeos se habían convertido en un rito diario y las bombas eran más grandes. Una tarde calurosa —el termómetro no bajaba de los 90Fº — decidí bañarme junto al muelle de madera que entonces se metía en el mar cerca del restaurante Antonio Martín. El acorazado Jaime I estaba anclado a unos cientos de yardas de la orilla cuando repentinamente una pareja de aviones se acercó en vuelo rasante y empezaron a bombardearlo. Es mucho más desagradable que lo bombardeen a uno dentro del agua que en tierra y me salí lo más deprisa que pude. Otra tarde un único avión voló sobre la ciudad. La amplia calle por la que yo iba andando se llenó inmediatamente de obreros que empezaron a dispararle con rifles, pistolas y revólveres. En estas ocasiones siempre se producían accidentes. Es probable que muriera más gente al herirse ellos o herir a sus amigos que por las bombas del enemigo. Un joven, novio* de María, la criada, se mató de un tiro en nuestro portal porque no había aprendido a manejar el seguro.

Estos ataques aéreos, aunque no producían daños militares, provocaban profunda indignación y deseo de revancha. En respuesta, la fuerza aérea malagueña, compuesta de cuatro pequeños aviones de pasajeros, hizo una salida para bombardear la Alhambra; se decía que al lado habían instalado una batería, y los pilotos aseguraron haberla acertado, aunque en realidad no dieron en el blanco. Pero la gente de la calle pedía sangre. Durante los primeros ocho días después del alzamiento, como pude comprobar más adelante, nadie fue ejecutado, aunque la prisión estaba llena de sospechosos. Pero ya empezaban a discutir si cada vez que hubiera un ataque aéreo que causara bajas, no habría que sacar unos cuantos prisioneros de la cárcel y fusilarlos. También hicieron su aparición grupos de terroristas reclutados entre los miembros de la F.A.I. que recorrían la ciudad y el campo en busca de fascistas. De repente, en unos días, esta palabra, fascista, apenas oída antes, llegó a significar un ser casi mítico, un enemigo de la raza humana, algo así como las brujas en el siglo XVII. Las emisiones de Queipo de Llano habían contribuido a ello creando una imagen de furia sádica y de salvajismo. Gente así tenía que ser exterminada.

Mi primer atisbo de este aspecto siniestro de la revolución data de fines de julio. Un camión armado de juventudes de la F.A.I. se presentó en nuestro pueblo, declarando que habían venido para llevarse a los fascistas locales a la prisión de Málaga. Un hombre muy impopular, un carabinero retirado, estaba confinado en el calabozo del pueblo y como me dijeron que también pretendían llevarse a un amigo mío llamado Juan Navaja, me apresuré a salir a la calle para ver si podía intervenir en favor suyo. Al llegar encontré un camión abarrotado de muchachos —sólo uno tenía más de veinte años—, vestidos con camisas rojas y armados de fusiles y metralletas. No habían encontrado a Juan, pero después de un gran revuelo y de muchas protestas de la gente que se había reunido, se llevaron al carabinero. Como garantía de que no lo liquidarían durante el viaje, permitieron que su mujer y su hija lo acompañaran. Apenas había salido el camión cuando llegaron los dos secretarios del comité del pueblo. Indignados ante esta autoritaria manera de proceder, montaron en un coche, alcanzaron el camión y obligaron a los muchachos a devolver al prisionero. Porque los principios del comunismo libertario exigían que cada pueblo juzgara a sus propios habitantes.

Aquella tarde los dos secretarios del comité vinieron a verme para solicitar un donativo. Uno de ellos era un hombre joven y agradable de menos de treinta años que hablaba un castellano muy correcto. El otro era unos doce años mayor: elegido por su elocuencia, podía haber sido en época distinta un fraile franciscano, de grandes ojos húmedos y hablar suave y suplicante. Se sentaron a beber un vaso de cerveza conmigo y les felicité por haber rescatado al carabinero.

«Yo soy partidario de matar a Ios realmente malos», dijo el primero. «La muerte no es nada. Se acaba enseguida, así que ¿por qué temerla? Pero este carabinero no era demasiado malo y ahora que ha recibido una lección quizá se arrepienta y se haga bueno».

Su compañero de más edad se mostró de acuerdo con él. «Hubiera sido terrible que lo fusilaran. Es un hijo del pueblo. Su familia vive entre nosotros. ¿Cómo podríamos mirarles a la cara si dejáramos que lo mataran?».

Y empezó a extenderse con tono lacrimoso en comentarios sobre el terror que el pobre hombre habría padecido. Quizá, como escribí en mi diario, no existe tanta diferencia como uno podría imaginar entre la piedad sentimental de esta clase y una satisfacción de tipo sádico. En épocas revolucionarias, reflexionaba yo, se hace bien desconfiando de todos los que encuentran un estímulo emocional en la muerte violenta o en el sufrimiento de otros. Esto no sucede en las guerras entre naciones.

Pero el carabinero no estaba a salvo. Pocos días después las juventudes de la F.A.I  volvieron con sus camisas color rojo sangre y su camión erizado de armas y se lo llevaron. Los dos secretarios del comité habían sido advertidos de que podía ser peligroso tratar de resistir la voluntad del pueblo y habían salido de Churriana para no estar presentes. Nadie se atrevió a oponerse a aquella partida de terroristas. Mientras pedaleaba en mi bicicleta camino de Málaga al día siguiente, vi el cuerpo del pobre hombre a un lado de la carretera: no era ya un ser humano sino un simple muñeco roto.

Las personas sentenciadas a muerte no eran sin embargo las más conspicuas. Los comités de los sindicatos* no habían preparado listas de sus enemigos antes del alzamiento. Su desconocimiento de quiénes deberían eliminar por razones ideológicas ponía de manifiesto una ingenuidad casi conmovedora. Mataban simplemente a la gente que no les gustaba; de ordinario, hombres de posición muy humilde que habían ejercido algún tipo de tiranía sobre ellos. Era como si en un motín militar se fusilara a todos los sargentos pero a muy pocos oficiales. Un caso aparte fue la ejecución de todos los sacerdotes y frailes así como los miembros de la familia Larios, propietarios de la gran fábrica de algodón. En todas las revoluciones del siglo pasado habían sido los primeros en sufrir las consecuencias. Pero a los terratenientes no les pasó nada. Vivían en sus cortijos, que no eran grandes, y eran bien conocidos de los hombres que trabajaban en sus tierras. Entre ellos, por ejemplo, mi vecino el coronel Ruiz, conocido por el «coronel del millón de pesetas». La historia que se contaba era que cuando trabajaba en Marruecos como habilitado, se había dejado tentar por un paquete que contenía un millón de pesetas en billetes, y subiéndose a su coche se marchó con él. Al descubrir que le perseguían, se detuvo junto a un kiosko de periódicos en Larache, envolvió los billetes en un papel impermeable, y los arrojó encima del kiosko. Le registraron nada más detenerlo pero al faltar la evidencia del robo tuvieron que dejarlo en libertad aunque le obligaron a retirarse del ejército. Dos años después volvió a Larache, encontró el hato de billetes todavía sobre el techo del kiosko y se lo llevó a casa. Gastó el dinero en comprar un buen cortijo en Churriana. Cuando unos años después el general Primo de Rivera subió al poder, a él le pareció prudente retirarse por una temporada a París. Pero tampoco esta vez se encontró evidencia alguna contra él, así que regresó a su casa. Como en el interregno había quedado viudo, se casó con su ama de llaves. Fue este matrimonio, más incluso que el escándalo financiero, lo que le distanció de los otros miembros de su clase, los cuales se negaron a aceptar a su mujer. Como represalia no quiso suscribirse al periódico conservador El Debate y lo hizo en cambio al liberal El Sol, aunque carecía de convicciones políticas. Esto le hizo bienquisto de la izquierda y cuando murió, su hijo, un simpático homo-sexual muy divertido, heredó su popularidad.

El panadero de Alhaurín, conocido con el nombre de el Guacho, había sido durante cierto tiempo buen amigo mío. Hacía un pan moreno excelente que traía todos los días a lomos de burro y, como era el primer anarquista que conocí, entablaba conversación con él frecuentemente. Estaba bastante al tanto de la literatura libertaria y se mostró muy cordial cuando le dije que había leído uno de los libros de Kropotkin y conocía incluso a uno de sus amigos. Era muy fanático en todo y especialmente sobre los alimentos. El vino, el café y el té eran en su opinión drogas perniciosas que había que prohibir, mientras que la carne y el pescado no sólo envenenaban el cuerpo sino que destruían las defensas morales. De hecho ni siquiera creía que fuera conveniente comer pan: si siguiéramos a la naturaleza como era nuestro deber, tendríamos que vivir únicamente de los frutos de la tierra sin cocinar.

Una de aquellas mañanas le alcancé por el camino mientras volvía en burro a su pueblo y fui andando a su lado algún trecho. No recuerdo cómo, las ejecuciones sumarias de los jóvenes de la FA.I. salieron a relucir.

«Es lo único que se puede hacer» dijo, «con los incurables. Por el bien de todos tenemos que empezar eliminando a unos cuantos; de no ser así nunca mejoraremos la situación del mundo. Y, ¿por qué ha de importarles tanto morir? En realidad no les importa, pero no se dan cuenta. La vida sólo tiene sentido para los que poseen una buena disposición. Los corrompidos y los malvados no conocen las verdaderas satisfacciones».

«Usted dice», repliqué, «que sólo unos pocos son malos. Pero cuando esos pocos hayan muerto, encontrarán ustedes otros. Y cuando esos hayan desaparecido, descubrirán más. Cuando se empieza a matar a los malos, ¿dónde pararse, si, como usted mismo admitió, todos los hombres tienen mucho de malo en ellos?».

«No, no», protestó. «Mataremos sólo a los incorregibles.

«Entonces» contesté, «acabarán ustedes por matarme también a mí. Aunque nunca me opondré a un régimen de libertad e igualdad, probablemente encontraré difícil aclimatarme a la vida de un bracero, por ejemplo, Es difícil cambiar de costumbres repentinamente. Los ricos quizá sean explotadores, pero arrojarlos a la calle sin más ni más sólo sirve para crear una nueva tiranía».

«Ah, pero usted lo entiende todo al revés» dijo. «Está usted pensando en el comunismo ruso, que para nosotros es lo mismo que esclavitud. Nadie le pedirá que cambie de costumbres, con la excepción quizá de unas pocas que obstaculicen la libertad de otros». «Bien» contesté, «déjeme decirle que soy un inglés liberal que odia el derramamiento de sangre y la revolución. Creo que debemos tratar de cambiar las condiciones sociales de manera gradual y usando la fuerza lo menos posible. Dentro de unos años el desarrollo científico nos permitirá abolir la pobreza y quizá también la riqueza. Pero una vez que ha llegado la revolución por culpa de los del otro lado, espero que tengan ustedes éxito en sus planes y consigan establecer el comunismo libertario. Aunque estoy seguro de que no lo conseguirán si matan a demasiada gente, porque la sangre llama a la sangre. Tienen que reeducar a sus enemigos, no destruirlos».

«Venceremos» dijo, arreando a su borrico. «Se respira ya la justicia. No se nos puede denegar por más tiempo».

Cuando seis meses más tarde los nacionalistas entraron en Málaga el Guacho se negó a huir: prendió fuego a su casa y murió entre las llamas.

Diez días después del alzamiento nos despertó una bomba de considerable tamaño que cayó a las cuatro de la madrugada; el ruido venia del aeródromo militar. Corrimos al mirador a tiempo para ver cómo, según todos los indicios, otra bomba iba a caer encima de la villa construida por don Carlos Crooke Larios, el anterior propietario de nuestra casa, junto a los hangares donde se hacían las reparaciones. Nos vestimos a toda prisa y salimos hacia allí con vendas y desinfectante por si había algún herido. Pero al llegar los encontramos a todos sanos y salvos: la bomba se había quedado un poco corta. Sin embargo, su casa estaba demasiado cerca del aeródromo para que resultase agradable, así que les invitamos a alojarse con nosotros.

La familia consistía en don Carlos y su mujer, con sus dos hijas y tres hijos, de los cuales el más joven era todavía un niño. Pronto descubrimos que habíamos tenido suerte al recibirlos como huéspedes. Don Carlos era un hombre alto, más bien corpulento, con una elegante nariz romana, completamente calvo y unos modales llenos de vida, casi de adolescente. Su mujer, doña María Luisa, era una de las mujeres más encantadoras que he conocido, esposa y madre devota, buena administradora y excelente cocinera, amable y con palabras cariñosas para con todo el mundo y todavía bien parecida a pesar de sus cuarenta y pico años. Estaban todos muy unidos pero no tenían dinero. Tratando de enriquecerse pasaron seis o siete años con una granja de ovejas en Tierra de Fuego, pero regresaron de aquellas heladas regiones tan pobres como se marcharon. Después se dedicaron a criar pollos. Aparentemente, habían venido a nuestra casa buscando un refugio contra las bombas, pero descubrí gradualmente que necesitaban aún más otro tipo de protección, porque don Carlos estaba muy implicado en el alzamiento.

Era una especie de Micawber, rebosante de optimismo y buen humor y siempre dispuesto a contar historias divertidas sobre sus experiencias. Una de ellas tenía que ver con la noche del alzamiento. Había ido a Málaga, nos dijo, a visitar a un amigo que regentaba un hotel y se vio inmovilizado allí al comenzar los disparos. Mientras tenía lugar el tiroteo frente a la Aduana, los francotiradores disparaban esporádicamente desde los tejados y las ventanas de la calle donde estaba el hotel. Un grupo de obreros armados se acercó para decir al propietario que como disparaban desde una de las ventanas del hotel iban a quemar el edificio. El dueño les rogó que registraran las habitaciones antes de hacerlo y ellos aceptaron pero no encontraron nada. Como seguían teniendo sospechas, ordenaron que todas las personas del hotel se sentaran delante del portal para que se les viera desde la calle. Esto era una prueba muy desagradable para personas de derechas, pero no tenían otra opción e hicieron lo que se les decía.

Don Carlos era un hombre muy observador y había notado con anterioridad que alguien disparaba a intervalos regulares desde una de las ventanas de los dormitorios. Se dedicó a tener los ojos muy abiertos para descubrir quién era. Entre las veinte personas, había una mujer de unos treinta años, soltera, con gafas y que había trabajado de oficinista en telégrafos. Comprobó que de cuando en cuando desaparecía durante unos minutos. La siguió escaleras arriba, vio cómo se acercaba a una ventana del segundo piso y disparaba hacia la calle con una browning.

Don Carlos habló con el propietario del hotel y la detuvieron cuando bajaba.

«No es un arma de verdad», dijo ella, entregando la pistola. «La uso para matar perros».

El dueño retiró la munición, limpió el cañón y se la entregó a la primera patrulla que pasó por allí.

«Tenía que estar un poco loca», dijo mi mujer.

«¿Loca?», exclamó don Carlos. «Oh, no; era una española típica».

Como ya he dicho, solía ir a Málaga todos los días en mi bicicleta y volvía con las noticias. Casi todos los actos de vandalismo agradaban a don Carlos. Cuando le dije que tanto la librería de derechas como el edificio de la prensa conservadora habían ardido hasta los cimientos se mostró encantado.

«Bien», exclamó. «Bien. Eso nos evitará el trabajo de tener que quemarlos nosotros».

Comprendí que era falangista y había ido a Málaga el día del alzamiento con una pistola en el bolsillo, dispuesto a usarla si las cosas iban bien. Ahora se pasaba las noches pegado a la radio escuchando Sevilla. Los programas sádicos del general Queipo de Llano le encantaban, mientras que su mujer no quería oírlos y decía: «Qué indecente! iVaya qué chulo!».

Hasta entonces yo no había sentido necesidad de tomar partido en la guerra. Por una parte no me gustaban las revoluciones y no tenía fe en la practicabilidad del comunismo libertario, y por otra sentía una fuerte antipatía hacia los generales sublevados. Ellos habían empezado esta guerra fratricida, completamente sin necesidad, según me parecía entender. Sin embargo, ¿debería tomar posiciones, por esa simple razón, en los asuntos internos de un país extranjero? Las emisiones sevillanas me hicieron cambiar de idea, inclinándome considerablemente a la izquierda. Los republicanos no tenían ningún Queipo de Llano. Era evidente que las ejecuciones masivas en Sevilla superaban con mucho a todo lo que pasaba en Málaga y habían comenzado desde el primer día. Mientras Sevilla, Córdoba y Granada estaban bañadas en sangre, en Málaga se trataba sólo de salpicaduras. Decidí inclinarme por el lado que matara menos. El grado de ferocidad estaba en relación inversa con el nivel de honradez y de civilización. Además, aunque de momento no le di demasiada importancia, la propaganda de los rebeldes se mostraba radicalmente hostil con los países democráticos. El liberalismo, proclamaban, constituía un primer paso hacia el comunismo: Roosevelt e incluso Chamberlain eran rojos o estaban muy cerca de serlo. Los rebeldes habían empezado a fusilar ya a todas las personas de ideología liberal. Se proclamaba a Hitler y Mussolini dirigentes de la nueva Europa. Parecía claro que la España nacionalista se pondría del lado de Alemania e Italia en la guerra que se avecinaba y estaría en condiciones de cerrar el Mediterráneo a nuestra flota. Sin embargo no fueron éstas las consideraciones que me decidieron. Mis simpatías naturales van siempre hacia el más débil y no con los opresores. Mis sentimientos, aunque no siempre mi razón, se inclinaban sin duda hacia la izquierda. Esto significaba que yo debía tomar partido por la clase obrera, tan cruelmente pisoteada, aunque me faltara fe en sus planes futuros.

En todas las revoluciones hay un momento de delirio y borrachera cuando se rompen las cadenas del pasado y hace su aparición un futuro dorado. Todos, hasta los enemigos del orden nuevo, son camaradas; todo el mundo ama a los demás. Este instante había sido ejemplificado en Málaga por las carreras desatadas de las patrullas motorizadas al día siguiente del alzamiento, pero la ciudad misma no había hecho la menor manifestación de júbilo. Las calles vacías, las casas carbonizadas y humeantes y los rostros sombríos expresaban la exasperación de la gente ante el ataque del que habían sido objeto. Sólo las banderas rojas y las colgaduras en las casas y en los vehículos hablaban de una revolución en marcha. Una revolución bien triste en la que nadie parecía saber qué hacer o adónde ir. De repente se produjo un cambio; por lo menos en las apariencias. Casi en una noche desaparecieron las banderas rojas o fueron reemplazadas por otras de la República. Esto se hizo por orden del gobierno y estaba encaminado a impresionar favorablemente a las potencias democráticas, de cuya actitud, se pensaba, iba a depender el resultado del conflicto. También se hicieron algunos intentos para impedir los fusilamientos no autorizados que, a medida que la rebelión militar progresaba, iban en aumento. Se colocaron guardias a las puertas de los hoteles y se pudo circular por el centro de la ciudad incluso de noche. Pero las ejecuciones continuaban. Después de cada ataque aéreo se sacaba de la cárcel a cierto número de hombres y se les fusilaba como represalia. Esto lo exigía la opinión pública y había que aceptarlo. Pero los asesinatos cometidos por los pequeños grupos terroristas eran otra cosa. Estos «incontrolados», como empezaba a llamárseles, aunque se les mantenía alejados del centro de la ciudad, dominaban en los barrios extremos y en los pueblos de alrededor. El gobernador civil, que se había visto obligado a enviar al frente las reducidas fuerzas de la policía, no podía hacer otra cosa que un llamamiento a los comités de los sindicatos, que eran los dueños de la ciudad. Estos respondieron afirmativamente, porque también se oponían a estas ejecuciones no autorizadas, de manera que Málaga se vio cubierta de carteles pidiendo en nombre de la C.N.T. y de la F.A.I., así como de los socialistas y comunistas, poner fin a estos crímenes que «manchan el buen nombre de la revolución». La razón de que las ejecuciones continuaran era la naturaleza de la F.A.I. No se trataba de un grupo organizado, sino que consistía en cierto número de grupos sin cohesión y sin autoridad central. Probablemente la mayoría de sus miembros desaprobaban por completo estas ejecuciones, pero el único medio de controlar a los grupos que las instigaban hubiera sido el uso de la fuerza. Y esto les desagradaba extraordinariamente. La primera víctima en todas las revoluciones es la moral.


Gerald Brenan
Memoria personal
Tiempo de Historia, números 80-81, julio-agosto 1981