Lo Último

El heroísmo de Madrid





A nadie le puede sorprender el heroísmo de Madrid: la capital de España tenía dadas sus pruebas y no está entre sus cualidades la de ser voluble. Lo que sí sorprenderá mucho su estilo, su estilo propio de heroísmo. Sabemos ver el heroísmo a distancia y todo él toma para nosotros un solo color. No ya color de sangre, sino resplandeciente pulcritud de mármol eterno. Al mirarlo de cerca advertimos su profunda naturaleza humana, y de aquí, en cada caso, si lo hubiésemos contemplado de igual modo, su aspecto peculiar. El heroísmo de Madrid no es más que la suma de sus virtudes llevadas al máximo rendimiento, por el destino, o, si se prefiere, por el azar. Madrid había de ser lo que es, ante la acometida de los extraños, por pura fidelidad a su íntima naturaleza. No es lo de "morir sonriendo", que el morir es seriedad absoluta. Es el heroísmo de luchar, como si no se pudiera morir, es la negación misma de la muerte, y con ella, de esa paradoja que llamamos inmortalidad. Es todo lo contrario: afirmación de vida, no para un mañana eterno, sino para hoy, para un mañana efímero como el de hoy, para todos los días, para todos los días por venir. Es, en suma, la expresión más fecunda de la España nueva, segura de vivir, sin luchar a la desesperada, antes al contrario, sostenida por la esperanza más noble, tanto que se ha convertido en fe ciega, como la que pintan, en la certeza clarividente de un futuro que es el de la humanidad toda. En Madrid ha habido siempre algo de toda España. En toda la España leal hay ahora, tiene que haber, es imposible que no haya, algo de nuestro eterno Madrid. 


Enrique Díaz Canedo
Noviembre de 1937
Publicado en Facetas de la actualidad española núm. 9
La Habana, enero de 1938





2481. El sargento Ángel





Uno de los enérgicos tirones de la aguja partió el hilo rojo. Del ojo de la aguja cuelgan dos puntas fláccidas y otros dos han caído sobre la camisa. 

—Pues señor, ¿cómo se las arreglarán los sastres para coser? 

«Nalguitas», sentado frente a él, comenzó a cantar bajito un fandanguillo minero: 

—«Se me rompió la caena yo le dije al compañero…». 

—Sí, señor; la «caena». Fíjate, dijo Ángel, y mostraba el carrete con una etiqueta que decía: «La Cadena. — Trade Mark. 50 yardas»— alrededor de un círculo encerrando una cadena de ancla. 

—Bueno —agregó—. Supongo que será lo mismo, coserse el galón que pegarle. 

Del macuto extrajo un tubo de pasta para pegar, como un gusano pisado. La boquilla estaba taponada por cristalizaciones amontonadas formando un pedrusco resinoso. Pero a través de la envoltura de estaño chorreaban hilitos pegajosos. Con aquello untó cuidadosamente el reverso de la estrella roja de cinco puntas y la tirita de galón, que servirían para mostrar a los ojos del mundo que Ángel era sargento desde aquel punto y hora. Se endosó la camisa y se contempló orgullosamente las insignias sobre su corazón. Una de las puntas de la estrella y una extremidad del galón ya comenzaban a despegarse. Rápidamente. Ángel puso encima su mano derecha y en esta postura, su mano sobre su corazón, le surgió la idea. 

Se metió la guerrera, volvió a colocar su mano en la misma posición, llevó su izquierda atrás, se irguió y le encasquetó a «Nalguitas»: 

—Fíjate: Napoleón. 

En verdad: bajito y un poco tripudo, con su cara llena rebosando socarronería, su calva luciente y su gesto de orgullo, era una caricatura del Corso. De esta guisa se encaminó a la chabola del capitán. 

—A sus órdenes, mi capitán. 

—Hola, «sargento Ángel», le contestó el oficial, recalcando la novedad de los galones, —¿qué hay? 

—Pues eso, los galones. Y yo he pensado que hay que mojarlos, conque si tú quieres —cambió al tuteo de viejos amigos—, me das un volante y me voy a Madrid. 

—Bueno, hombre, te lo daré, pero a ver cómo vienes esta noche. 

—Yo, ya sabes que soy muy serio. No bebo. Únicamente si me convidan porque no me gusta despreciar. 

Escribía el capitán el pase y Ángel se inclinó hacia él: 

—Oye, agrega ahí al «Nalguitas» y así no me aburro. Además el chico lleva más de un mes sin salir de aquí. Y esta tarde nos casamos por lo civil. 

Ángel y el «Nalguitas» tomaron el camino de Madrid desde Carabanchel. Frente a la derruida Plaza de Toros de Vista Alegre, el «Nalguitas» irguió su flaca figura y citó a un toro imaginario, para poner un par de banderillas en el vacío. 

—¡Eh, toro!, y tras unos saltitos sobre los pies, se arrancó en una carrera en línea sesgada, para detenerse y quebrar los brazos estirados, el cuerpo rígido, y rematar la suerte en un violento descenso de las manos que figuraban llevar los rehiletes. 

—¡Olé! —comentó Ángel—. Ni Joselito las ponía así. 

—Y que lo digas. Soy muy grande. El día que se acabe esto, me vas a ver con más billetes que Romanones antes de la guerra. Y a ti te hago mi apoderado, tú que entiendes de números. 

El «Nalguitas» era un torerillo en ciernes cuando estalló la guerra. Había toreado en los pueblos y sabía de viajar en los topes del tren y mantenerse de los racimos de uvas y de los melones cogidos al borde de las carreteras. Sabía de los palos de los guardias. Y una vez un toro tocado ya cien veces en fiestas pueblerinas, le había roto la carne y le había depositado en el Hospital General dos meses. Tenía una nalga corcusida y su manía de enseñar la «gloriosa» cicatriz a todo el mundo, había hecho que algunos guasones le llamaran «culo al aire». Pero al final, el apodo cristalizó en «Nalguitas» y con él se quedó. Le gustaba y soñaba con verse en grandes letras rojas, en los carteles de la puerta de la Plaza de Toros de Madrid. 

Iba contando a Ángel por enésima vez: 

—Ese día, el día que yo toree en Madrid, salgo en hombros o en camilla. 

—Eso, si no te sacude antes aquí un morterazo que te hace polvo —comentó Ángel. 

Habían atravesado la zona destruida y llegaban a las primeras casas habitadas. Gentes miserables aferradas a las casuchas limítrofes al río Manzanares, que no abandonaban su hogar a pesar de que caían diariamente los obuses y las balas perdidas. 

—¿Tú, no habrás oído misa, verdad? Pues, mira: allí hay una «ermita». 

Cruzaron y entraron juntos en un tabernucho humilde. 

—Tú, danos gasolina para la cuesta. 

Se bebieron dos vasos de «matarratas», un aguardiente infernal, que su única buena calidad era la cantidad de agua que le habían agregado. Y se enfrentaron con la cuesta empinada de la calle de Toledo. Iban directamente a casa de Ángel; el sargento quería mudarse. 

La calle de Jesús y María, en Madrid, es una calle viejísima que arranca de la Plaza del Progreso. Las dos primeras casas, que hacen esquina, se sienten pertenecientes al centro de Madrid y sus portales se abren a la plaza; sus inquilinos son «señores». Los números siguientes son casas de vecindario muy viejas en las cuales viven pequeños comerciantes, empleados y obreros calificados. Hasta allí la calle está empedrada de bloques de pórfido formando cuadros regulares. Pero, de la mitad abajo, cambia bruscamente; el empedrado es de canto rodado, agudo, que se clava en los pies. Las casas cuentan dos y trescientos años y son pequeñas, sucias, destartaladas, con alguna ventana raquítica y algún balcón más moderno colgado a su fachada como un pegote. En estas casas pululan prostitutas de las más bajas y los cincuenta metros escasos de calle que constituyen esta zona, son un mercado permanente. 

Las mujeres se ofrecen en el quicio de las puertas y paseando el reducido trozo de calle. Acuden a este zoco de carne humana los mercaderes más heterogéneos: soldados de cara pueblerina, viejos rijosos, borrachos y chulos pobres que van a la caza de las menguadas pesetas de la venta y a ver si por casualidad cae un «payo» que lleve billetes. Hay broncas día y noche. La única autoridad respetada es el sereno, un gallego elefantino que no atiende a razones, sino que simplemente pone en función su estaca de tres dedos de grueso. Cuando hay bronca, exclama desde el lejano extremo de la calle: «¡Voy!» y echa a andar con paso lento, arrancando chispitas de luz a las piedras con la contera del garrote. Cuando llega, la riña se ha diluido en las sombras. 

Dos o tres de estas viejas casas, están ocupadas por obreros humildes. Los dueños no quisieron alquilarlas para prostíbulos y los inquilinos encontraron la ventaja del precio, reducido por la vecindad indeseable. En una de estas casas vive Ángel. 

Al fondo del portal está el cuarto, que es una vivienda cuadrada a nivel de la calle, dividida en cuatro habitaciones, cuya única ventilación es una ventana abierta al patio de la casa, un patio infecto y húmedo. La casa, abandonada hace meses, está fría y el olor del moho se expande por las mezquinas piezas. Ángel comienza a desnudarse rápidamente y a endosarse en lugar del uniforme sucio de la trinchera un terno oscuro cuidadosamente conservado para estas ocasiones. El «Nalguitas», le mira envidiosamente. No es que Ángel parezca un señorito, —más bien un tendero en traje de domingo— sino que «Nalguitas» piensa que no tiene más ropa que lo puesto, ni más casa que la trinchera; y esto siempre da un poco de envidia y de amargura. 

—¡Eh! ¿Qué te parece? Todavía se puede presumir. Vas tú a ver cómo nos divertimos hoy. Hay «chatarra» y humor. —Y contemplándose en el espejo, con su calva y su tripa, agrega risueño: 

—No te amusties, hombre. Fíjate, parezco tu padre. Hoy seré yo el papá que viene a ver al chico, que está en el frente y nos vamos a buscar dos gachís, una para papá y otra para el niño. 

—Si sirve una servidora para papá, me adhiero. 

Por la puerta entreabierta asoma una mujer ya madura, frescachona y fuerte, que extiende una risa amplia tras la pregunta. Cuello robusto, pechos exuberantes y grupa ancha y carnosa; los brazos redondos, pero demasiado gruesos, rematados por manos algo hombrunas. 

—¡Anda, mi capricho!; pasa chica… A sus órdenes, mi comandante. Aquí el «Nalguitas», mi hijo. Y menda, el sargento Ángel García. 

—Con las ganas que tenía de pescarte ladrón —dice la mujer, echándole los brazos al cuello y besándole ruidosamente. Volviéndose rápida al «Nalguitas»: 

—No te estés con esta cara de pasmao. ¿Te ha dado envidia? Pues no te apures tú, hijito, que yo te buscaré una chavala de ésas de olé y verás, qué vamos a liar hoy, papá, mamá y los hijitos. 

—Andando —dice Ángel—. ¿Se olvida algo? 

Ya todos fuera, con la mano en la llave de la puerta, lanza una ojeada al interior del cuarto. Se queda suspenso. Allí, enfrente, mirándole con sus ojos abiertos, está el retrato de Lucila. Del estómago le sube un nudo a la garganta. 

—Pero, chico, ¿es que te ha dado un aire? —La Rosa ha vuelto desde la puerta del portal. 

—Ya voy. Es que se me olvidaba una cosa. —Y Ángel cierra ruidosamente, haciendo girar con ira la llave en la cerradura. 

En la calle, la Rosa desarrolla el plan del día. 

—Lo primerito que vamos a hacer es irnos ahí, al Progreso, y tomaremos unas cañas. Hoy es día de cerveza. Vosotros me esperáis un momento que vaya yo a avisar a mi amiguita para éste. Luego nos vamos a comer a un sitio que yo me sé, y después se va cada uno con su cada una a dormir la siesta o lo que pida el cuerpo. Porque lo que es yo —dice mirando gachonamente a Ángel— no la pienso dormir ni le voy a dejar a este ladrón, que tiene una deuda con una servidora hace, pero que muchos meses. 

Se ha agarrado al brazo de Ángel con toda una fuerza de posesión y anda garbosa contorneando sus robusteces. Un chulín tiene que echarse fuera de la acera para dejar a Rosa. La contempla de espalda y comenta: 

—¡Y luego dicen que Madrid está sin carne! 

El café es un pasillo al largo del cual está el mostrador. Al fondo desemboca en un patio cubierto de cristales, en el cual se sienta una concurrencia ruidosa. En la mesita estrecha de mármol falsificado se han completado las dos parejas. El «Nalguitas» ha recibido el don de una muchacha alegre, desgarrada en su charla y bastante bien formada, sobre la cual el torerillo vuelca el ansia de su abstinencia de la trinchera. Comienza a contarla sus sueños de astro taurino y a la vez deja accionar las manos bajo el mármol. La Rosa suelta el chorro de su verborrea sobre Ángel, recostada sobre él, en roce sus carnes con el cuerpo del hombre que la escucha distraído, bebiendo caña tras caña. Tiene una mano colocada sobre uno de los rotundos muslos; pero esta mano está inmóvil. 

Se le ha metido en el cerebro el retrato de Lucila con su triste mirada de reproche y no puede echarle de allí. Bajo su mano inactiva siente vibrar la carne de Rosa —¡maldita sea!… Ella, su mujercita, salió de Madrid el 6 de julio para ir a la boda de su hermana allá en un pueblecito de la provincia de Burgos —en territorio rebelde— y nunca más ha vuelto a saber de ella. La Rosa le gusta, y sobre todo tiene hambre de mujer después de aquellos meses en los que no se ha decidido a faltar al recuerdo, aunque las ganas han apretado a veces. Que le dejen de mujeres. Él quiere a su mujer, la suya. Y sobre todo saber si está viva o muerta. Por otro lado, no puede quedar mal con esta mujer que se le ofrece tan ampliamente y que sabe está encaprichada de él hace mucho tiempo. Tiene la boca seca y apura otro vaso casi maquinalmente. La cerveza cuanto más se bebe más sed da. 

—Pero bueno; ¿es que te han dado cañazo? Porque parece que estás atontao —exclama la Rosa—. ¡Ea!, no se bebe más cerveza. Además, que la cerveza tiene sus efectos que yo me sé y quiero que esta tarde quedes como un hombrecito. 

Su mirada en una huida de la Rosa se clava al suelo. Lentamente se va infiltrando en su consciencia lo que ocurre bajo el tablero de la mesa: los pies del «Nalguitas» en su deambular bajo la mesa, buscando el contacto con los de la suya, han encontrado un pie de la Rosa. Los zapatos de la trinchera le aprisionan cariñosamente, y Rosa, claro, deja hacer, creyendo que es él, Ángel. Le divierte el error y abre la boca para bromear sobre ello. Pero la idea luminosa cruza su cerebro. Allí está la ocasión de quitarse a Rosa de encima. 

Ángel se levanta airado: 

—Pero bueno; ¿os habéis creído que yo soy un idiota? —dice, encarándose con la Rosa y el «Nalguitas», que abre los ojos de asombro—. Si os gustáis, os vais a la cama y en paz. Porque yo no estoy dispuesto a hacer el cornudo. Claro es —le escupe rabiosamente a la Rosa— que a ti siempre te han tirao más los chulines como ése que las personas decentes. 

El «Nalguitas» se levanta a su vez pálido y un poco convulso el labio inferior. 

—¿Qué quieres decir con eso? 

—Yo nada. Que no me chupo el dedo. Esta, mucha coba fina, y tú sobándola los pies bajo la mesa y mirándola las tetas que pareces un cabrito hambriento. 

—¿Eso de cabrito no será indirecta? 

—Ni indirecta ni na. Ahí os quedáis y que se diviertan mucho, la mamá y el niño, que al sargento Ángel, lo que le sobran son mujeres. 

Sale muy erguido del café, sin volver la cabeza. Allí queda la Rosa mirando al «Nalguitas» sombríamente. 

—¿De manera que eres tú el que me estaba parcheando? Y yo me he creído que era él. ¡Mira la mosquita muerta! Pero a la Rosa ningún flamenco la estropea un día. 

Y la cara del pobre «Nalguitas» se convierte de pálida en roja bajo una estruendosa bofetada. Estalla la bronca entre los tres y los regocijados espectadores tienen que hacer esfuerzos desesperados para separarlos. Toda la ira de Rosa ha volcado sobre «Nalguitas» que no vuelve de su asombro y sólo sabe exclamar. 

—¡Mi madre, la que hemos armao! 

Ángel va solo por la calle, monologueando y sonriéndose al recuerdo de la estratagema para escapar. En cuanto a la protesta del sexo chasqueado, él sabe cómo acallarle. Unos cuantos vasos de vino y en paz. Este remedio ya lo ha empleado otras veces. Y fiel a su principio, penetra en la primera taberna… 

A media tarde se presenta un sargento Ángel, que no es ni Ángel ni sargento, en el despacho de don Rafael. Tiene una borrachera que le hace la lengua estropajosa, y anda como si estuviera sobre la cubierta de un barco. Don Rafael es un amigo íntimo, el único en quien Ángel tiene confianza. Ocupa un cargo oficial y a través de este cargo ha intentado obtener noticias de la mujer de Ángel, vía París. Siempre que Ángel baja a Madrid con permiso, visita a don Rafael con la esperanza vaga de una buena nueva. 

—A sus órdenes. Aquí se presenta el sargento Ángel; Angelillo, el de «Jesús y María». ¡Sí, señor! Muy hombre y muy macho. El que diga lo contrario, miente. Y si no me he querido acostar con la Rosa, es porque no me ha dao la gana. Que se acueste con su padre. Mi cuerpecito, este cuerpecito para la mía. Para mi Lucila cuando vuelva. Y se acabó. ¿Se debe algo? 

—Nada, hombre, nada. 

—¡Ah! Bueno, creía. Total porque yo esté un poquito bebido no creo que sea para tanto. La culpa la tienen las mujeres. 

—Pero bueno, hombre, ¿cómo te has emborrachado así? 

—A usted se puede contar todo. Verá usted. Ayer me hicieron sargento. Sí señor, sargento a Angelito. Con que esta mañana le digo al capitán: tu, dame un vale que me voy a Madrid, que me pide el cuerpo juerga. Llego a casa, me mudo y va y entra una gachí vecina, que para qué le voy a contar a usted, una tía de una vez; para hincharse. La gusto yo hace un rato largo y viene y me dice: tú y yo, hoy, matrimonio. ¡Maldita sea! Todos tan contentos, voy a cerrar la puerta de casa, y me encuentro a Lucila que me está mirando desde el retrato aquel del comedor, con unos ojos muy tristes, así como diciéndome: ¿Ya no te acuerdas de mí? 

»Total que se me ha puesto negro el día. Me he desembarazado de mi vecina como he podido. Ha tenido gracia, ¡sabe! Y después, pues a dar vueltas por Madrid con el humor muy negro y las tabernas abiertas. Lo que pasa. ¿Qué hace un hombre solo sin tener nada que hacer en todo el día y pensando en la suya, que vaya usted a saber dónde estará? Pues que he bebido un poquito más de la cuenta. 

Don Rafael saca solemnemente una carta del cajón de su mesa y la coloca bajo los ojos de Ángel. El borracho se lee el plieguecillo de un tirón y rompe a llorar; silenciosamente primero, con hipos y con sollozos después. Don Rafael le deja y prepara una taza de café puro en una maquinilla eléctrica. La pone delante del hombre y éste la lleva a la boca inconscientemente. Se abrasa las entrañas y la quemadura le hace reaccionar. Los ojos llorosos, la cara, mitad risa, mitad llanto, endereza la cabeza: 

—¡Podía usted decir que el café era exprés! 

Con las sombras de la tarde, el sargento Ángel sube la cuesta empinada de la carretera de Carabanchel, la primera carta de su Lucila en el bolsillo. Sube cantando a voz en gritos: 

«Te quiero porque te quiero 
y porque me da la gana, 
porque me sale de dentro 
de los reaños del alma». 

En la trinchera encuentra al «Nalguitas» que tiene el aspecto de un gato rabioso; Ángel, feliz, le golpea alegremente las espaldas: 

—Qué, chico, ¿cómo acabó aquello? 

—¿Qué cómo acabó? ¡Tu madre! ¿Y me lo preguntas? La bofetada que me ha largado a mí la Rosa, no te la perdono. Porque has de saber tú que yo no me he metido con ella. —Agriamente relató la trifulca en el bar. Ángel escuchaba muy serio y cuando acabó la historia el «Nalguitas», le cogió del brazo y le dijo: «¡Vente!». 

Le condujo a la chabola que era su habitación en la trinchera, y allí, frente a frente los dos hombres, iluminados por una vela humeante, el sargento Ángel se puso serio, muy serio, y dijo al «Nalguitas»: 

—Cuádrese. 

El «Nalguitas», asustado, se puso en actitud de firmes y respondió con las palabras de ritual: 

—A sus órdenes, mi sargento. 

—¿Usted sabe que a los superiores se les debe obediencia absoluta? 

—Sí, señor. —Pues bien, ahora mismo le va usted a pegar una bofetada al sargento Ángel García. ¡Pero fuerte! 

Y en paz. 

Fuera, sonaban intermitentes los disparos. Ángel, del brazo del «Nalguitas», contempló la trinchera enemiga filosóficamente: 

—Si esto se arreglara también a bofetadas…


Arturo Barea
Valor y miedo, 1938. Capítulo X - El sargento Ángel


Valor y miedo fue el primer libro publicado por Arturo Barea. Refleja la realidad social de la ciudad de Madrid cercada por tropas franquistas.





2480. Luna Roja / Red Moon

Henry Norman Bethune
(Gravenhurst, Canadá, 4 de marzo de 1890 - República Popular China, 12 de noviembre de 1939)




Luna Roja

Y esta misma luna descolorida que esta noche
Cabalga tan sigilosamente, alta y diáfana,
Espejo de nuestra mirada pálida y conturbada
Alzada al fresco cielo canadiense.

Por encima de las cumbres españolas resquebrajadas
Alzóse anoche rasante y enardecida y roja,
Reflejando de vuelta desde su rodela iluminada
Los rostros salpicados de sangre de los muertos.

A ese disco descolorido nuestros puños cerrados alzamos
Y a esos muertos sin nombre nuestro voto renovamos:
“Camaradas que luchasteis por la libertad y el mundo futuro,
Que por nosotros moristeis: Os recordaremos"


Norman Bethune, 1937


Este poema fué escrito por Norman Bethune antes de partir de España en 1937. Fué publicado nueve meses después en Canadian Forum



Red Moon

And this same pallid moon tonight
Which rides so quietly, clear and high,
The mirror of our pale and troubled gaze
Raised to the cool Canadian sky.

Above the shattered Spanish mountain tops
Last night, rose low and wild and red,
Reflecting back from her illumined shield
The blood-bespattered faces of the dead.

To that pale disc we raise our clenched fists
And to those nameless dead our vows renew,
“Comrades who fought for freedom and the future world,
Who died for us: we will remember you"





2479. Lamentación




(Por lo muchachos moros que ,
engañados, han caído ente Madrid).


En medio de este suelo se levantan
como reproche amargo a mi conciencia,
los gritos guturales de esos cuerpos
tendidos para siempre en el vacío.
Nadie dirá sus nombres ignorados,
nadie pondrá al recuerdo cinta blanca,
sólo en común reciben el desprecio
sobre la nada de su muerte impura.
¡Oh víctimas terribles de la sangre,
incautos cervatillos del desierto!
Los hoyos que os han dado como tumbas,
son la sola verdad de vuestras vidas.
Nacisteis, y una mano ya acechante
apagaba la luz de vuestros ojos.
Supisteis que el camello era más dulce
que el hombre cuando vuela en los espacios.
Caliente está la raza dominada,
entre escombros pasados y humo denso,
un castillo español os hace daño
clavado en vuestras sienes sin prestigio.
Ya sé que la barbarie y vuestra furia,
latiendo están su perro rencoroso,
que colocáis alegres las cabezas
goteantes de horro sobre cuchillos,
que desgarran la carne del contrario
como una res que aplaca el apetito,
y los míseros pueblos os miraron
pasar como huracán que apaga el fuego.
Conozco por rumores que se acercan
la forma de ese espanto desatado,
pero, ¡Oh  mozos caídos, yo os defiendo!
Yo levanto mi voz sobre los restos,
de vuestro sacrificio miserable,
yo quiero un grave canto dedicaros
a aquel soplo de vida que habéis sido.
¡Nuestro infame dominio a que reduce
la juventud ligera de esos cuerpos!
Pudimos ser quien alumbrará un día
el libro que en sus frentes se ha dormido,
pero sólo nos queda la vergüenza,
el  impasible reto de sus rostros
tras la muerte falaz que han encontrado.
Vosotros enemigos del desierto,
juveniles bandadas asesinas
ante los muros de una villa heroica:
no habrá ese paraíso que os pregonan
bajo palmas en brazos de la amada,
no beberéis la leche de camella
entre la cárdena luz del horizonte.
Sólo la muerte impera y os aguarda,
con el supremo engaño irrevocable.


Juan Gil-Albert
Noviembre de 1936





2478. Mort a Ravensbrück / Morir en Ravensbrück




El camp era un glop de nit
lluny de tot i entre carenes.
La Carme s'està morint
el seu plany es perd per sempre.

El camp era un glop de nit
al nord fum, vers el sud cendres.
Així jo no vull morir
lluny dels prats i les arbredes.

La Coloma que la sent
a poc a poc s'hi arrossega.
Diu menters l'estreny ben fort
dolços mots a cau d'orella.

El camp era un glop de nit
lluny de tot i entre carenes
lluny de tot i entre carenes
lluny, lluny...


*


El campo era un coágulo de noche
—lejos de todo y entre las sierras—.
Carmen se está muriendo;
su llanto se perderá para siempre.

El campo era un coágulo de noche:
humo al norte, hacia el sur cenizas.
Así no quiero morir,
lejos de los prados y de las arboledas.

Coloma, que le ha oído,
poco a poco se arrastra hasta ella.
Le dice, mientras la abraza muy fuerte,
dulces palabras al oído.

El campo era un coágulo de noche
lejos de todo y entre sierras
lejos de todo y entre sierras
lejos, lejos…


Montserrat Roig, 1980








2477. Francis Jourdain, sobre la defensa de Madrid

Francis Jourdain
(París, 2 de noviembre de 1876 - 31 de diciembre de 1958)



Hace un año... Hace un año que Madrid resiste el ataque que había de dar, en pocos días, la victoria a Franco.

Desde hace un año aumenta cada día nuestra admiración y nuestra gratitud, pero también nuestra angustia, pues ¿quién se atreve hoy a pretender que las democracias no están grande y peligrosamente equivocadas al optar por lo que han creído ser la prudencia? ¿No han cometido ellas la peor de las imprudencias al dejar que se propague el incendio que ahora amenaza aniquilarlas? ... Y, sobre todo, "nada de sentimentalismos", han dicho los profesionales de la previsión; pero el sentimentalismo que empujaba a las masas a reclamar una ayuda efectiva para la República española, no era más que una manifestación inconsciente del instinto de conservación.

Obedecer a las exigencias de un generoso altruismo, habría sido obedecer así a las exigencias de un egoísmo clarividente.

Comprendan las democracias que la palabra "SOLIDARIDAD" no tiene menos sentido para el realista que para el idealista. Comprendan que su común dependencia es un hecho y que no hay una sola entre ellas que no sea tocada por cada obús lanzado desde hace un año sobre Madrid.

En este día del aniversario, algo de amargura, y hasta de vergüenza, se mezcla al reconocimiento, cuya expresión ferviente y entristecida rogamos —humildemente— a los mártires que acepten.


Francis Jourdaín
Facetas de la actualidad española núm. 9
La Habana, enero 1938





2476. Los voluntarios

Voluntarios de las BBII desfilando por la Gran Vía de Madrid, en la Red de San Luis. 8 de noviembre de 1936


(“Puente de los Franceses, 
nadie te pasa, 
porque los milicianos 
¡qué bien te guardan!” 
Qué bien te guardan, sí, 
qué bien te guardan, 
cubiertas de ceniza 
la madrugada.) 


No preguntaron 

Vinieron de tierras subidas a los mapas. 
Según la latitud agrias o dulces, 
duras o fraternales. 
Oh viajeros, 
con puñales, con rosas, fotografías de jefes queridos, 
de niños solos, lugares y muertes. 

No preguntaron. 

Así vinieron, 
nadie los llamó. 
Un día llegaron a morir en los muros de la ciudad sitiada, 
de la que sólo vieron sus orillas. 

No preguntaron. 

¡Tan delicadamente! 
Qué aristocracia popular, 
qué señores de la sangre y qué ilustre morir 
cuya herida 
explicaba el secreto de la pólvora. 

No preguntaron. 

Ellos, 
los hombres de la primera columna voluntaria, 
no preguntaron ¿cómo va el museo? 
¿dónde están las mujeres y las coplas? 
¿cómo se come aquí? ¿dónde está la taberna? 
¿cómo se va a la catedral? ¿dónde está el cementerio? 
ni cualquier otra cosa que pregunta un viajero 
que conoce la sed, el hambre, el mundo. 

No preguntaron. 


Raúl González Tuñón
La muerte en Madrid, 1939






2475. La música del "No pasarán"

Río Manzanares durante la defensa de Madrid. Noviembre  de 1936



¿No lo sabías compañero? El grito iracundo y profético del pueblo de Madrid en aquellos días dramáticos de Noviembre, tuvo su música. No sé si luego algún compositor de los que saben de fusas y corcheas habrá trazado sobre el pentagrama las notas de un himno que se titule así: "No pasarán".

Pero en aquellas horas híspidas de tragedia escribirían poca música los profesionales de la composición. Madrid era toda una inmensa orquesta, una férvida sinfonía de dolor y sacrificio.

Y fue entonces, en el atardecer trágico del 6 de Noviembre, cuando un hombrecito del pueblo, un viejo, puso un fondo musical al estribillo dramático de Madrid, al "¡No pasarán!" inmortal.

El viejo —el "señor Pepe" le llamaban— llegó, cuando la tarde caía a un merendero de fama castiza, a orillas del Manzanares, el río pobre y heroico de Madrid. "Paellas para bodas y bautizos" proletarios, bailes domingueros, pequeño Trianón de amores entre estudiantes y modistillas en otro tiempo. Una tapia sobre el río sediento y unos arbolillos presumiendo de jardín. Pero aquel día no danzaban parejas, ni las hornillas asaban chuletas para la merendola. Olía el aire a pólvora y crujían brutales explosiones. En la tapia, los milicianos ,se echaban el río con el fusil preparado y donde no había tapia, se ponían adoquines, traídos de no se sabe dónde, y se amontonaban sacos llenos de tierra.

Cuando el trajín era mayor llegó el viejecillo: un veterano menestral, un castizo, con su gorrilla y su pelliza de cuello de astracán falsificado.

¿Cómo pudo llegar hasta aquel lugar de máximo peligro el "señor Pepe"?

Un miliciano le preguntó:

—¿Dónde vas, abuelo?

Y el "señor Pepe" contestó:

 —Vengo del Sindicato, que esta mañana llamó por la Radio a todos los del oficio. Y aunque yo hace años que no estoy para la faena, acudí de los primeros.  Había pocas armas, se las habían dado a los muchachos. Como venían hacia aquí eché tras ellos. ¿Dónde hay fusiles?

Sonrió el miliciano:

—Están todos ocupados. ¿No los oyes? Lo mejor que debes hacer es marcharte a Madrid, abuelo.

Se indignó el "señor Pepe". ¿Para esto iba a haber bajado él? ¡Malditos setenta años! Hacían creer que el hombre ya no servía para nada. Y con la voz trémula de rabia, el buen hombre clamaba:

—Yo he venido aquí para algo. ¿Qué voy a hacer yo?

—Mira, compañero, haz lo que quieras; pero déjanos en paz. Tenemos todos tajo de firme. Los fascistas están ahí, al otro lado del río, y nos fríen a tiros.

De  pronto, entre el estruendo guerrero vibró una música castiza: ¡el organillo del merendero sonaba, con su estridor metálico, como en los días pacíficos de las "paellas para bodas y bautizos!" ¿Quién era el organillero que daba vueltas al manubrio bajo un diluvio de balas? El "señor Pepe", que ya no podía hacer otra cosa, se había agarrado al piano mecánico, viejo símbolo de juventud alegre y de casticismo. ¿Qué tocaba? No se entendía. Eran antiguas habaneras, rancios pasodobles, chotis verbeneros y chulapones... Era igual. El a todas las músicas les ponía la letra del mismo estribillo: "¡No pasarán!" "¡No pasarán!"

El "señor Pepe", hacía la guerra a su manera. Cuando se agotaba un cilindro, cambiaba el son y tocaba otra pieza. Y con su voz de bajo, un poco cascada de vejez y cansancio, cantaba sin cesar, adaptándolo a todas las músicas, y si no, de cualquier manera :

—¡No pasarán! ¡No pasarán!

Una bala perforó la caja del piano con un hueco son de ataúd que se rompe.

El "señor Pepe", impertérrito, cambió la pieza y siguió cantando.

Un obús estalló en el jardín. Sólo entonces cesó la música. El "señor Pepe" cayó con el pecho agujereado. Lo recogieron dos milicianos. Retorciéndose de dolor, ya en los linderos de la muerte, la mano derecha del viejo seguía dando vueltas a la manivela de un piano que no existía. Y su voz ronca, rota, de agonizante seguía cantando con no se sabe qué música:

—¡No pasarán! ¡No pasarán!


Juan Ferragut
Facetas de la actualidad española núm. 9
La Habana, enero de 1938




2474. Madrid sitiado, en su sitio

Barricada en el Barrio de Usera de Madrid,  noviembre 1936




Un año lleva Madrid cercado por el fascismo.

Los meses que ya vivió, los meses que está viviendo le hacen una corona de fuego y martirio, una ardiente corona que ilumina a toda España, que resplandece sobre todo el mundo. Nadie puede vivir hoy de espaldas a Madrid; nadie puede cerrar los ojos a su incendio, nadie que ame la democracia y la paz. Y es de ese pueblo calcinado, mordido a cañonazos, de donde se levanta la voz más largamente acusadora, la que penetra en todos los oídos, punzante; fina, buida, para remover la sangre coagulada de los indiferentes, para azotar el lomo de los rezagados, de los tímidos.

Madrid sitiado, en su sitio. ¿Qué significa Madrid  ahora, vivo todavía —todavía más vivo— después de trescientas sesenta y cinco emboscadas de muerte? Significa la victoria.  Una victoria continua. Una gran victoria hecha de victorias pequeñas, de triunfos cotidianos, de triunfos de horas, de minutos, de segundos. Madrid triunfa a cada momento; a cada instante se rehace y derrota al Garabitas que truena bajo el cielo sonriente.

Muy cerca de su dolor, enquistados en cuevas urbanas, la ciudad contempla a sus sitiadores, pero los mira como a fieras en jaula, tras los barrotes poderosos. Allí está el italiano y el alemán, envueltos en cólera. Allí están, hace doce meses, mirando con los ojos brillantes en la oscuridad la presa graciosa y musculosa: allí, sacando por entre los hierros una garra impaciente que frustra en el aire su intención carnicera. No han pasado. No saldrán de su jaula. Madrid los somete, agitándoles un cendal de humo que los turba y les moja la lengua de saliva rabiosa. Madrid, ágil, luminoso, con la carne herida,  sangriento y desangrado, pero hurtando siempre el cuerpo inverosímil, rozando las manazas que se adelantan para asfixiarlo: gracia de ángel que sostiene  su vuelo sobre altas columnas de la esperanza.

Hace un año que es así este juego terrible. En el primer instante, lanzó la humanidad un grito de angustia, lanzo el fascismo un alarido de victoria. Se la vio a la ciudad comida por las llamas, barrida por los obuses. Se vio transformada en un delicioso pisa papel sobre la mesa multiministerial de Mussolini. Hacia ella marchaban por caminos que el crimen creyó libres, los hombres que iban a devorarla... Pero Madrid los detuvo. Su flaqueza dio fuerzas, su estupor dio coraje. La ola choco sordamente contra el farallón, para resolverse en un gran hervor de espumas. Así comenzó Madrid su duelo con la muerte.

Tras el largo acecho, tras la continua vigilancia, ahora que ya han corrido tantos días, ¿cuál será el pensamiento de estos hombres que no pueden flanquear la Ciudad Universitaria ni abrirse paso por las fortificaciones que defiende el barrio de Usera? Si no los cegara la impotencia, pensarían que están sitiados también. Sitiados por una ciudad, por un pueblo. "Sitiados" por el "sitio" de Madrid. La urbe los subyuga, los castra. Los tiene allí amarrados, con una sola  roja idea clavada en la cabeza, presos en una cárcel terrible. ¿Quién podrá defenderles? Madrid lucha y resiste; pero a ellos su defensa les pierde, porque su defensa es ataque, un ataque de doce meses, sin salvación y sin victoria. Hacia atrás, el orgullo cerróles ya todas las puertas, y ninguna les abre, delante, la alta torre que sueñan someter. Están podridos en su propio fango, con los ojos vacíos y las manos crispadas. Frente a ellos, Madrid mete sus raíces en la sangre de siempre, en la de su pasado, en la de su porvenir. Madrid, que está haciendo otra vez su gran historia, forjando trabajosamente una vida que será para toda la vida.


Nicolás Guillén
Facetas de la actualidad española núm. 9
La Habana, enero de 1938