Lo Último

Vine

Manuel Altolaguirre, Concha Méndez y su hija Paloma, partiendo hacia La Habana, 1939



Vine con el deseo de querer a las gentes
y me han ido secando mi raíz generosa.
Entre turbias lagunas bogar veo a la Vida.
Deja estelas de fango, al pasar, cada cosa…

Y hablo así, yo que he sido vencedora en mi mundo,
porque pude vencerme y vencer a deseo.
Pero no me he querido engañar inventándome
una imagen equívoca. Me forjé en cuanto veo…

No despierto a una hora que no traiga consigo,
en un sordo silencio, una queja enganchada.
Tiene el alma un oído que la escucha y la siente
y recibe esta queja con la pena doblada…

1939

Concha Méndez
(Madrid, 27 de julio de 1898 - México, 7 de diciembre de 1986)





2398. Homenaje a Machado




Don Antonio recuerdo
aquel pueblo andaluz
en que viviste catedrático
Seguíamos tus huellas
nos poníamos allí donde estuviste
buscábamos tus huecos
íbamos a poner en uno tu cabeza
(y su mirada eran tan profunda
que apenas se podía ver)
precisamente al sol de la colina
mirando al horizonte
como a ti te gustaba
Éramos miles
personas populares con merienda
venidos de la rosa de los vientos
cuando de pronto nos helaron el corazón
fue algo terrible y muy zoológico
pistolas y un horror, apaleados
pisada la tortilla de patatas
todo nos golpeó por todas partes
menos por una, el pueblo.
Bueno en fin no quiero recordarlo
ahora que te veo tan bien
Qué joven estás
Te beso en la mejilla y me retiro
No tengo mucha voz pero me oyes
y adiós, recuerdos de la Eva
Si me quieres escribir
ya sabes mi paradero


Alfonso Sastre
21 de marzo de 1975



2397. La voz cruel

Manuel Altolaguirre Bolín
(Málaga, 29 de junio de 1905 - Burgos, 26 de julio de 1959)





A Octavio Paz



Alzan la voz cruel
quienes no vieron el paisaje,
los que empujaron por el declive pedregoso
la carne ajena,
quienes debieron ser almas de todos
y se arrancaban de ellos mismos
cuerpos parásitos
para despeñarlos.

Mil muertos de sus vidas brotaban,
mil muertos solitarios
que miraban desde el suelo,
durante el último viaje,
la colosal estatua a la injusticia.

No eran muertos,
eran oprimidos,
seres aplastados,
ramas cortadas de un amante o de un padre,
seres conducidos por un deseo imposible,
topos de vicio
que no hallarán la luz
por sus turbias y blandas galerías.

Alzan la voz cruel
quienes no vieron el paisaje,
los que triunfaron
por la paz interior de sus mentiras.

¡Oh mundo desigual!
Mis ojos lloren
el dolor, la maldad:
la verdad humana.


Manuel Altolaguirre





2396. Una historia de Ibiza VI

VI

Al cabo de unos días de escondite, Javier, ayudado por Pau, se había construido una verde tiendecilla de ramas jóvenes de pino parasol, enebro, lentisco y cuantas matas olorosas encontró en el bosque. Como la tierra estaba dura y en declive, todas las noches renovaba su lecho de hojas secas, recogidas pacientemente a lo largo de su espera forzosa y aburrimiento.

Había horas del día en que se hallaba solo, sin libro que leer, sin nadie con quien hablar. Pau, como un gato montuno, a veces arrastrándose o en una fuga rápida, desaparecía entre los troncos, perdiéndose hasta la caída de la tarde, hora en que regresaba con un saco cargado de melones, uvas, pan y una calabaza peregrina llena de agua. Entonces, silbando débil y largamente, aparecían a esta consigna los demás refugiados. No eran muchos los que habitaban aquella zona del bosque: algunos salineros, un joven campesino y Escandell, pescador como Pau y anarquista. Hacia la cumbre, en cuevas naturales y refugios de ramas, se escondían otros refugiados políticos. Pero Javier y sus compañeros apenas si llegaron a conocerlos.

Aquella noche, Pau subió acompañado de alguien, de un obrero que Javier veía por vez primera.

—Vengo de parte de Antonio, el carpintero —dijo, sentándose y apoyando la cabeza contra un tronco—. Cayó preso. Por eso no fue a verle al molino. Me encargó que se lo dijera.

Hubo un silencio.

—¿Y hay muchos en el castillo? —preguntó Javier.

—No caben. La Guardia Civil trabaja día y noche en la ciudad. Los que pueden salvarse huyen a las aldeas y a los montes. Yo no vivo ya en Ibiza. Duermo por aquí cerca: en San Jorge. Pero tengo una radio. Esto es lo que principalmente venía a decirle.

—¿Una radio?

—Sí, de esas de pilas. Dentro de un pozo. El comandante ha cortado la luz para que nadie pueda escuchar lo que dice el Gobierno. Le traigo noticias.

Todos, en la oscuridad silabeante de los pinos, se tendieron por tierra, alrededor del recién llegado. En los alientos contenidos podía percibirse la ansiedad que los sobrecogía.

—Hemos tomado Albacete...

—Para que hagan manías —saltó Pau.

—...y no sé qué cuartel o edificio de San Sebastián. También... Espere.

Encendió su mechero y sacó de una costura baja de los pantalones un papelillo escrito a lápiz, que deletreó para sí con gran dificultad.

—Eso era —prosiguió en alta voz el amigo de Antonio—: las milicias catalanas avanzan por el camino de Zaragoza...

—Aunque yo soy de Ibiza, mi padre es catalán —descubrió Escandell con una inocencia y orgullo maravillosos.

—Hay todavía más. El presidente Azaña se ha dirigido al país... Pero no he podido apuntar lo que dijo.

—Ese sí que sabe —comentó Pau, repartiendo a cada uno un racimo de uvas. Con eso comenzaba la cena.

—¿No dais nada de beber para celebrar las noticias?

—Agua de esta calabaza —respondió uno de los salineros, ofreciéndosela.

—También traigo... Verá.

El recién llegado entregó a Javier un periódico, mientras un chorro fino de agua le sonaba en la boca. Escandell encendió una linterna. Era La Voz de Ibiza, al servicio de los facciosos del castillo.

Leyeron: «Las crueldades de los rojos moscovitas. Madrid, sin agua. Las fuerzas del general Mola ocupan El Pardo. En breve, la capital de España caerá en poder de los verdaderos españoles...»

—¿Dónde está El Pardo?

Aquellos ibicencos del bosque sólo conocían las costas de la Península.

—¿El Pardo? Imposible. Todo eso son patrañas de las radios rebeldes.

Y Javier, indignado, tiró lejos de sí aquella hoja llena de calumnias y embustes.

Volvió a quedar a oscuras la rueda de los refugiados.

—¡Canallas! Nos llaman los rojos, sabiendo de sobra que es todo el pueblo español quien lucha contra ellos: anarquistas, comunistas, republicanos, sin partido... ¡Los moscovitas! ¡Los rusos! ¡Nosotros! ¡Vaya desfachatez! ¡Sinvergüenzas! Dan ganas de escupir y de reírse a un mismo tiempo.

Y Javier escupió, enfurecido.

—Pero en Rusia no quieren a los anarquistas —apuntó tímidamente Escandell.

—¡Manías! Tú no sabes nada de eso. Te callarás. Es mejor.

Pau y Escandell, pescadores, contrabandistas los dos y buenos camaradas, siempre se andaban peleando. Eran ingenuos y primitivos como sus propias barcas remeras. Lo mismo que los viejos mercaderes fenicios, habían recorrido a la vela casi todos los puertos del Mediterráneo. Pau era miembro de la U.G.T.; Escandell, de la Confederación. Apenas si sabían nada. Y así, como ellos, casi todos los campesinos y trabajadores de Ibiza: isleños olvidados, gente de sol y pobreza apacible, para quienes la vida se limitaba solamente al pastoreo, la pesca, las labores del campo, las salinas, acabándose el mundo ante sus ojos en la raya del mar. Pero Pau y Escandell, que habían tenido trato con los obreros portuarios de Barcelona, con los pescadores de Valencia y Alicante, vivían más inquietos, discutiéndolo todo, riñendo siempre en su lenguaje, como lo hacían en aquel momento y sin que Javier los comprendiera.

—Siempre con ruidos y palabras. ¿Has estado tú allí? Pues cállate.

—Yo sí conozco Rusia, camaradas —dijo Javier, dirigiéndose a Pau, para cortar el incidente—. Tan buenos compañeros que sois y andáis todo el día peleando como si fuerais enemigos.

—Es que éste y yo somos contrarios de la misma idea —declaró Pau, con tal candor y bondad que a Javier se le escalofriaron las sienes.

—¿Es verdad que has estado en Rusia?

Era la primera vez que Pau lo tuteaba. En la oscuridad se sintió que a todos aquellos hombres se les ponían grandes los ojos, estrechando la rueda. Javier les habló entonces de sus viajes por el Cáucaso, por Azerbaiján, por las costas soviéticas del mar Negro. El campesino, que escuchaba, y que se apellidaba Torres, preguntó por la colectivización de la tierra. Había leído algo en no sabía qué libro. Durante más de cuatro horas explicó Javier a aquel atento coro casi invisible la grandeza, todo el esfuerzo gigante del inmenso y lejano país de los Soviets. Y terminó, al fin, contándoles del Ejército Rojo, de los soldados que vio desfilar un siete de noviembre, cantando, por la gran plaza de Moscú, nevada. Intentó recordar algún himno.

—¿Vosotros no sabéis canciones revolucionarias?

¡Cómo sonarían allí, en el bosque, a media voz y a aquellas horas!

Le respondieron con un silencio lleno de vergüenza. No, no sabían nada. Acaso alguna estrofa desfigurada de La Internacional.

—Los que saben las cosas se quedan en el continente —se quejó uno de los salineros, refiriéndose a España—. No llegan por aquí.

—Una vez vino un comunista muy conocido, no recuerdo el nombre, para echar mítines por toda la isla. Cada noche tenía que dormir en un sitio distinto: en los pajares, en los establos de las vacas, entre los juncos de las dunas... La Guardia Civil no lo dejaba. Los campesinos le ayudamos mucho. En el corral de mi padre durmió una vez, sobre un montón de sacos de aceitunas.

Y Torres subrayó con orgullo esta última frase.

—Los comunistas... —empezó Escandell.

—¿Qué tendrás que decir de los comunistas? —le atajó Pau como con un machete.

—Nada, hombre.

Hubo una pausa embarazosa, que salvó el amigo de Antonio el carpintero: —¿No dijo que cantaría?

—¿Cantar?

Javier estaba algo fatigado.

—Aprenderíamos.

Y la aurora marítima de los pinos les cogió aquella noche, la barba cada vez más crecida y los ojos amarillos de sueño, repitiendo ya todos de memoria las estrofas de La Joven Guardia.

Rafael Alberti, 1937
Una historia de Ibiza - Capítulos VI
"Relatos y prosa", Bruguera 1980      





2395. Alberto Sánchez Méndez, el comandante cubano

Alberto Sánchez Méndez, comandante del Batallón Cubano, perteneciente a la 1ª Brigada de la 11 División, perdió la vida el 25 de julio de 1937 en Brunete. Cayó gravemente herido de bala y se negó a abandonar el combate, su trinchera y a sus hombres. Unas horas después una bomba enemiga le destrozó la cabeza. Tenía tan solo 22 años.

Había llegado a España en marzo de 1936, integrándose en el Comité Antimperialista de Revolucionarios Cubanos junto a otros muchos compatriotas. A pesar de su juventud en Cuba ya había luchado contra la dictadura de Machado. Con dieciséis años combatió en la batalla de Ceja del Negro, en Pinar del Río.

Tras el golpe de estado de julio de 1936,  participó en la toma del Cuartel de la Montaña y se alistó en el 5º Regimiento. Después vendría la lucha heróica en Buitrago de Lozoya, Somosierra, Gascones, Ciempozuelos, Valdemorillo, Guadalajara, Alfambra, Pozoblanco, Quijorna y Brunete.

En plena guerra conoció a la que sería su compañera Encarnación Hernández Luna, valenciana, voluntaria del 5º Regimiento y capitana de una sección de ametralladoras de la 11 División. Encarnación sería ascendida a comandante en la batalla del Ebro.

El cadáver de Alberto Sánchez fué velado en la sede del 5º Regimiento, cubierto por una bandera roja. 

Pablo Neruda le dedicó estos versos:

Allí yace para siempre un hombre que entre todos destacó, como una flor sangrienta, como una flor de violentos pétalos abrazadores. 

Éste es Alberto Sánchez, cubano, taciturno, fornido y pequeño de estatura, capitán de 20 años. 

Teruel, Garabitas, Sur del Tajo, Guadalajara, vieron pasar su claro corazón silencioso. 

Herido en Brunete, desangrándose, corre otra vez al frente de su brigada. 

El humo y la sangre lo han cegado. 

Y allí cae, y allí su mujer, la comandante Luna defiende al atardecer con su ametralladora el sitio donde reposa, defiende el nombre y la sangre del héroe desaparecido (su amado)




2394. Una historia de Ibiza IV y V







IV

Tres días más continuó Javier viviendo en su molino. Al tercero bajó a la ciudad para buscar a Antonio, que no había cumplido su promesa. «Lo habrán también metido en el castillo», se le ocurrió, al mirar cerrado y precintado el Bar La Estrella. No conocía a nadie más en toda la isla. Anduvo. Entró en un café. Su dueño era un alemán. Encendió la radio fijándola en la onda de Madrid. Daban noticias de Barcelona. La insurrección había sido dominada. El general Goded, prisionero. En la capital de la República, tomado el Cuartel de la Montaña y rechazado el enemigo hasta la sierra. En Valencia... Como otro alemán entrara en el café, Javier comprendió que debía marcharse o, al menos, buscar una onda diferente. Decidió lo primero. Pagó y salió a la calle.

A la mañana siguiente, y cuando aún no sabía qué decidir, si esconderse en los montes o quedarse en el molino, oyó pasos y voces a su espalda. Se encontraba Javier en aquel momento montado a caballo en uno de los brazos del algarrobo. La sombra negra de las hojas lo tapaban completamente. «Será Antonio», se dijo. Y estuvo a punto de bajarse del árbol.

Era la Guardia Civil que venía a buscarlo. Contuvo el aliento, levantó las piernas que le colgaban y las enroscó fuertemente en la rama. Con la culata del fusil, los guardias civiles golpearon la puerta. Al ver que nadie respondía echaron una ojeada por el jardín, marchándose sin cerrar la verja. De un brinco, Javier bajó del algarrobo y casi desnudo, como estaba, se tiró monte abajo, para ganar pronto la orilla, camino de los pinos. Había llegado la hora de hacer algo, salvándose.


V

No sabía bien cómo llegar a los pinares donde debía esconderse. Siguió playa adelante, por la arena dura de la orilla. Al fondo, y en el descenso de la curva de un monte, se levantaba un redondo torreón decapitado, antiguo vigía de los piratas ibicencos. Tenía un nombre maravilloso: Salrosa. Lo escogió como primera meta de su jornada. Hasta allí llegaría. Descansaría un rato a su sombra, internándose luego por el bosque. Para ir más de prisa se quitó las sandalias. En el mar, ni una vela. Pensó que iba marchando solo por un desierto que no terminaría nunca. Le entró sed. Se sentó. Aún faltarían más de trescientos metros para llegar a la torre. Como la arena blanda era de plomo derretido, volvió a la fresca de la orilla, tendiéndose con los pies casi dentro del agua. Entonces miró hacia la ciudad. La muralla de oro, de piedra reluciente, que ceñía la parte alta de Ibiza, respiraba al sol, bajando todavía lozana e inexpugnable por el monte. El castillo de los sublevados, color de rosa en su parte moderna y también de oro en sus torres antiguas, coronaba el vértice de la capital. «Allí están nuestros presos», dijo Javier levantando la voz, mientras se incorporaba un poco, acodándose sobre un matojo de algas secas. La cal de las casas rebrillaba hasta morderle los ojos. Los molinos de vela, estáticos, sin viento, daban la pesadez y lentitud del día, que iba subiendo hacia las doce. «Es muy difícil que aquí suceda algo», había dicho el dueño del bar.

Pero ya estaba sucediendo, aunque aquel paisaje de ausencia y de reposo lo ignoraba. «¡Qué bestia ese comandante del castillo! En una maravilla como esta...» Cortó la frase. Alguien se acercaba. Parecía un extranjero, uno de esos ingleses o yanquis locos, aprovechados, que vienen a invernar a las Baleares y que luego, por unas pesetas, se compran una casa o un molino, no regresando más a su país. Avanzaba, descalzo, por el borde del agua, cubierto con un largo albornoz, que casi le arrastraba, rayado chillonamente de rojo y violeta. Unas gafas de cristales negros, proyectándole dos extrañas sombras hasta la mandíbula, le desfiguraban el rostro. Era desagradable la aparición de aquella rara figura en la playa desierta. Javier notó que los cristales se le clavaban, fijos, y con una insistencia inquietante. «Un espía extranjero, de esos que por las tardes suben sus denuncias al castillo y se emborrachan, luego, con el teniente coronel de la Guardia Civil.» Javier sabía que el espionaje más serio de la isla lo dirigía un alemán, un nazi, propietario del restorán más elegante de la playa de San Antonio. También sabía que varios falangistas de Madrid, esos que vio una tarde en el Bar La Estrella, veraneaban en aquel pueblecillo. «Me han denunciado», se dijo, seguro. La figura del albornoz había dado la vuelta, pasando ante él, aún más lentamente y mirándole con mayor insolencia. «Bien. Es usted un espía. Sé que me conoce. Pero intente llevarme.» Este era el pensamiento de Javier, lo que estaba decidido a decir a aquel hombre, saltándole al cuello. Era absurdo. Pero lo haría. Mas el hombre del albornoz rayado y los cristales negros volvía a pasar por tercera vez, ahora sigilosamente, con andares de gato y misterio. A Javier, aunque estaba tranquilo, le latieron los pulsos con angustia. A unos cinco pasos de distancia, el hombre se detuvo. Primero se estiró.

Luego, curvándose en una extravagante reverencia, se quitó las gafas.

—¡Pau!

—No me ha conocido, ¿eh?

—¿Pero no estabas preso? ¿No te habían fusilado?

Javier lo abrazó, con asombro.

—¿A mí? No me venga con «manías». Que me busquen.

—¿Y la dinamita?

—Se despertaron los guardias del polvorín y tiraron. Pero la tengo. Ya servirá...

Hablaba el castellano con un acento duro y difícil, lleno de asperezas. Una lengua de nieto de piratas, lo que todos sus antepasados habían sido.

—La Guardia Civil vino al molino esta mañana —le confesó Javier—. Me he salvado por suerte...

—¡Manía! —cortó Pau.

Esta expresión la usaba el pescador de una manera extraña y vaga. «No hay que hacer manías. Ya son manías los militares...» También la empleaba días enteros como constante estribillo o como resumen de algo que le era imposible explicar bien.

—Ahora, vamos al pino —siguió, iniciando el paso—. Allí hay de todo: buena cama, comida... Igual que un hotel.

Desviándose de la orilla, indicó a Javier que le siguiese. Al llegar a los primeros juncos de las dunas, se arrodilló y comenzó a escarbar en la arena. De la boca del hoyo comenzaron a salir albornoces y quimonos de colores. Pau sacó, entre ambas clases de prendas, hasta cinco. Javier lo contemplaba, absorto.

—Mire. Este es mi guardarropa. Cada día me recorro la playa con un traje distinto. Y llego hasta las primeras casas de Ibiza.

Javier le preguntó a carcajadas:

—Pero ¿de dónde has sacado todo eso, Pau?

—De los extranjeros que vienen a bañarse por aquí.

Nadan... y se quedan desnudos.

—Eres un verdadero artista.

—¡Manías! —contestó.

Cerró las puertas de arena de su armario, dejando dentro también el albornoz violeta y rojo que llevaba, quedándose cubierto con el bañador azul de algún bañista alemán o americano.

Treinta metros después, los dos camaradas ascendían por la falda del monte, desapareciendo entre los pinos.


Rafael Alberti, 1937
Una historia de Ibiza - Capítulos IV y V
"Relatos y prosa", Bruguera 1980           





2393. La fuerza del derecho y el patriotismo del pueblo español





Hace dos días, ante la ofensiva fondo de la reacción y el fascismo, le pedíamos al pueblo que diese la vida por la República. El dramático motivo de la defensa del régimen ha sido interpretado con el valor inimitable, con sacrificio emocionante, con impresionante anhelo superador, por este magnífico pueblo, que no ha vacilado en ofrecer su vitalidad a la propia muerte, si con eso esta insuperable demostración de humanidad se puede salvar un régimen cuyos principios esenciales son la libertad y el derecho.

Y es principalmente esa vitalidad -alto nivel de espíritu, convicción profunda del ideal, condiciones morales en las que se fraguan las heroicas resoluciones que perpetúan los valores de una raza- lo que nuevamente ha impedido que se le arrebaten al pueblo sus derechos y sus libertades. El pueblo ha vencido, sobre todo, porque luchaba materializando el axioma de la voluntad de triunfar, y en contraste con la decadencia de los que de la lealtad y del honor han hecho tabla rasa.

El ejército -y desde luego reconocemos las excepciones individuales-, minado por la corrupción reaccionaria, se ha levantado en armas contra la República. El ejército ha fracasado. Más aún: las dimensiones de su derrota significan el comienzo de un derrumbamiento definitivo que todos tendríamos que lamentar. Pero no queremos incluir en ese fracaso los militares que, por haberse dejado conducir por manos extremadamente ambiciosas de poder, aparecen como desleales, y han incurrido en el error de iniciar una lucha fraticida, y que acaso en el ambiente exacto de la profesión de las armas hubieran rendido al país una utilidad aceptada en todos los regímenes en todos los sistemas de gobierno. Pero alguien ha sembrado en ellos los sedimentos de muchas ofuscaciones tradicionales -la militarada de siglo XIX, entre otras- que no han dejado paso a las concepciones modernas.

Por eso no queremos insistir demasiado en la afirmación de que el Ejército ha sido derrotado. Lo ocurrido es la derrota de la traición, de la ambición, de la intransigencia, el antiguo sentido militarista, de las viejos posiciones absolutistas, que en los tiempos actuales aparecen adscritas a la peor de las vilezas, que es la de la deslealtad al propio compromiso de honor.

Todo esto lo ha vencido el ciudadano sencillo y patriota. Tipo uniforme de ciudadano, que es corriente en el pueblo. Ciudadano generoso, pero que no concibe que ningún hombre puede vivir sometido a otro, ni aún en el caso de reconocer en esta alguna superioridad. La derrota de esta parte desleal del Ejército tiene innegable magnitud histórica. 

Resulta, además que ese ciudadano sencillo y noble ha hecho de la profesión militar una virtud inquebrantable. Y le hemos hallado, con motivo de los sangrientos sucesos provocados por una parte execrable del Ejército, en la Guardia Civil, de los guardias de Asalto, de los Carabineros, de los aviadores y también en el soldado raso que tuvo la desgracia de seguir a sus torpes inductores. Su ejemplo de fidelidad y de acatamiento al Poder legítimo merece hoy el aplauso entusiasta de todos los españoles conscientes y honrados.

Y, en definitiva, ha triunfado el pueblo -eternidad de la democracia-, que quiere permanecer al margen de los manejos y de los cataclismos de las ambiciones impuras. Nosotros celebramos ese triunfo con todo nuestro corazón de demócratas. Entre otras cosas, porque el pueblo es el eje de todos los avances sociales que han de transformar brillantemente la vida española. Cuando el pueblo triunfa, su éxito es permanente por encima de todas las acepta asechanzas y de todas las invenciones políticas. Es la razón, la verdad, el derecho. Desde ahora, nuestra fe en el pueblo será, si es posible que alcance mayores proporciones, toda la razón de la existencia de LA LIBERTAD.


La Libertad, 21 de  Julio de 1936 




2392. Resolución del II Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura




Fieles a los principios y a las resoluciones del 1er. Congreso de su Asociación, los escritores de 28 naciones, reunidos para la celebración de su II Congreso Internacional en Valencia, Madrid y Barcelona y cuya sesión final se celebró en París el 17 de Julio de 1937;

1°—Proclaman que la cultura que ellos se comprometieron a defender, tiene por enemigo principal al fascismo;

2°—Se declaran dispuestos a luchar por todos los medios en su poder contra el fascismo, no sólo cuando aparezca como enemigo descubierto, sino también cuando solapadamente adopte formas engañosas; en una palabra, se declaran dispuestos a luchar contra todos los provocadores de guerras;

3°—Afirman que en la guerra que de hecho el fascismo ha declarado a la cultura, la democracia, la paz y más generalmente a la felicidad y el bienestar humanos, ninguna neutralidad es posible o imaginable, como lo ha demostrado la dura experiencia a los escritores de numerosos países en los cuales toda manifestación intelectual se ve reducida a las terribles condiciones de la ilegalidad;

En consecuencia, hacen aquí un solemne llamamiento a los escritores de todo el mundo, a todos los que creen profunda y honestamente en su misión humana, en la eficacia de la palabra escrita y los invitan a ocupar su puesto sin tardanza frente a la amenaza que pesa sobre la cultura y sobre la humanidad.

Se dirigen especialmente a quienes la falta de información hace creer que es posible todavía mantenerse neutrales. Se di, rigen asimismo a aquellos que aún creen en las ridiculas promesas detrás de las cuales el fascismo disimula su obra de destrucción y de muerte.

A todos piden que tengan conciencia de su deber histórico y que se unan a ellos y les ayuden en la lucha por el bien de la mayoría y por la salvación de la preciosa herencia común. Saludan a la España republicana, a su pueblo, su Gobierno, su Ejército popular, vanguardia en el frente más amenazado de esta lucha en la que no retrocederán.

Saludan en ella a la campeona de las democracias, garantía de la cultura y de la paz, como lo ha demostrado noblemente la Unión Soviética aportando su ayuda fraternal a la España de la libertad así como a los demás pueblos que siguen su ejemplo.

Se comprometen a defender a la España republicana donde quiera que se halle amenazada y a ganar para su causa a los que aún dudan o están desorientados. En fin, proclaman aquí bien alto su confianza inquebrantable en la victoria del pueblo español.

(Nuestra España)
Radiada el día 21 de Agosto de 1937

Publicado en: Facetas de la actualidad española, núm. 6, año 1, La Habana, septiembre 1937