Lo Último

2327. Apelación a la conciencia de los hombres




Desde Dachau a los Derechos del Hombre - un doble aniversario


En momentos en que toda la humanidad celebra el quincuagésimo aniversario de la proclamación de la Carta de los Derechos del Hombre, es menester recordar el horrible precio que tuvieron que pagar los adversarios de la dictadura hitlerista por haber osado defender el derecho a la libre expresión, aun antes de que exitiera Carta alguna.

En la conciencia de toda la humanidad el nombre de Ausschwitz ha logrado un nombre simbólico terrorífico por la pretensión del Reich-Nazi de exterminar íntegramente a toda una raza por la sola razón de su propia existencia y de su carácter distinto.

No debiera cometerse el error de permitir que esta expresión de atrocidad tenga el efecto de obnubilar totalmente otra expresión tan trágica como criminal como la que representa el Campo de Concentración de Dachau.

El nombre de Dachau goza también de idéntico privilegio y conlleva también una carga de vergüenza.

Pues en Dachau fue erigido por orden de Hitler, ya en el año 1933, es decir, siete años antes de la construcción de Ausschwitz, el primer Campo de Concentración. Dachau sirvió de modelo a las demás construcciones erigidas con el mismo propósito: los Birkenau, los Breendonck, los Buchenwald, los Dora-Mittelbau, los Mauthausen, los Natzweiler-Struthof, Neungamme, Oranienburg-Sachsenhausen, Ravensbrück, Treblinka, sin agotar una interminable lista de nombres.

En marzo de 1933 después de haber sido convertido Hitler en Canciller Alemán con el 52 % de los votos emitidos, de los cuales 44 % provienen del partido Nazi y los restantes 8 % del partido nacionalista, pone éste inmediatamente en marcha su primer plan de acción: la eliminación de toda oposición, la destrucción de todo espíritu libre, de todo pensamiento no sometido al principio personalista y autoritario de mando ("Führerprinzip").

El Campo de Concentración de Dachau fue abierto hace 65 años para eliminar a todos los enemigos del Nacionalsocialismo: sacerdotes, comunistas, socialistas, liberales de todas las clases y colores, entre ellos también, agnósticos, católicos, protestantes y judios, unidos todos en la voluntad común de gozar de libertad..

La raza no se hallaba aquí aun presente, sino solamente el crimen imperdonable de negarse a prestar obediencia y la de haber optado por la libertad de pensamiento y de opinión.

La aplicación del segundo propósito nazi, la del asesinato de los grupos humanos de judíos y gitanos considerados "inferiores", completará posteriormente los designios monstruosos, sin ejemplos, sin límites, de los asesinos nazis.

Ninguna de las dos ignominias deberán ser borradas de la memoria de la humanidad, sin correr el riesgo de una repetición de estos hechos.

Los sobrevivientes del primer Campo de Concentración nazi de Dachau:

- Saludan con fervor la Declaración de los Derechos Humanos

- Invocan a todos los hombres, dignos de este nombre de imponerse el respeto más absoluto de los mismos.

- Apelan a la juventud de todos los países, de todos los origenes, de todas las filosofías y garantizar su perenne mantenimiento.


El Comité Internacional de Dachau (C.I.D), 1998






2326. El sol a la tinaja. Relatos de memoria y dignidad

El libro, compuesto de veintidós relatos de ficción y un poema de verdad, lleva por título “El sol a la tinaja” en alusión al penúltimo de los relatos que a raíz de la exhumación de una fosa común narra una historia de dolor y ausencias, tomando como punto de partida el recuerdo infantil de un anciano al recibir su ansiado mendrugo de pan justo cuando el sol alcanza la tinaja.   

Hay también en estos veintidós relatos historias de maestros de la República que creyeron que la educación nos hacía más libres, nos enseñaba a pensar, nos abría a otras posibilidades; relatos donde se hacen patentes los conflictos laborales y la lucha por la supervivencia; relatos de niños que entrañan una maduración, un tránsito obligado de la niñez a la edad adulta, tan difícil siempre, mucho más en aquellos años de la guerra y postguerra; relatos que tienen que ver de mi memoria personal y con historias oídas en un entorno muy cercano; relatos de oficios antiguos, oficios a extinguir, como la del  pastor trashumante o el herrero; relatos de escenas cotidianas de la vida de los pueblos, con sus costumbres, las relaciones que se establecen entre sus gentes, las murmuraciones que como corrientes de aire van de un lugar a otro y tanto daño causan.  

Atraviesan estos relatos temas como el miedo tan latente en la guerra y la postguerra con su arsenal de represalias. Y su contrario, la valentía, o forma de hacerle frente al miedo sacando de no sé sabe dónde fuerzas de flaqueza. Tema recurrente es la suerte, conocer a alguien que interceda por ti o encontrarse en una circunstancia vital determinada, juegan en aquellos años amordazados un papel esencial. La amistad y la lealtad también salen con frecuencia. Amistad que nace o que se pierde o reñida o reencontrada.  

Pero son sobre todo y fundamentalmente relatos de memoria y dignidad para poner de relieve un mundo y una generación que se extinguen  y que desaparecerán del todo si no hacemos algo por remediarlo, como esos árboles que se talan y no se reponen, esas casillas de camineros o esos palomares que se caen y que nos dejan más pobres, porque toda pérdida de nuestro patrimonio es pobreza. También para que se sepa lo que pasó y hacer visible lo que durante tanto tiempo estuvo silenciado. “No olvidar lo inolvidable”, reitera en uno de los relatos Heliodoro Villar pastor, el fusilado de Villafer.

El escenario en el que transcurren los relatos están localizados en su mayoría en la localidad de Valderas, un escenario y un paisaje el de Tierra de Campos que conforman un carácter en su paisanaje duro, sacrificado, paciente, tal vez algo arisco, y una forma de ser, de concebir la vida y de afrontar un destino.

Relatos, en suma, hechos de pequeñas historias de gente sencilla que con su trabajo diario, mano a mano con otros, hacen la historia grande.

Solo añadir mi invitación a que os asoméis a ese universo que es “El sol a la tinaja”.


Sol Gómez Artega







El libro está editado por la Fundación "Fermín Carnero", situada en la antigüa Casa del Pueblo de Valderas, construida en 1932.

Se puede adquirir el libro a través de la web.







2325. Árbol de Guernica





Volverá a ser verde y ancho
el roble, el roble nuestro.
Mordido de la metralla,
no del rayo de los cielos,
volverá a brotar contadas
una hoja por cada Euskaro
y será a la semejanza
nuestra y tierno.

Mientras, andamos errantes
sin criar roble en otros suelos,
con un gajo sollamado
que se aprieta contra el pecho.

Volverá a ser en Euskadia
el abra, el árbol y el ruedo
del corro de manos dadas,
y el himno al Dios verdadero,
confesado y silencioso
como la encina sin viento.

Los heridos y aventados
y los que a mitad de ruta
dizque se quedaron muertos,
todos volveremos, todos,
el árbol, al ruedo.

Mientras tanto parecemos
casa en noche de saqueo.
Y desvariados que dicen
en refrán “Guernica” y “fuego”.

Sigue entero y da, mascado
en un brote verde
un sabor de salmuera que resbala
si lo muerden niño o viejo.
Y con él, caído el sol,
comulgan y esperan ellos.

Mientras tanto caminamos
tocando a puertas de acero
de los que han la libertad
y siguen sordos y ciegos.

Crece con nuestras fés y
voluntades y tuétanos.
Crece al día y a la noche
aunque le den pez y fuego
y aunque zumben su despojo
alguaciles y patán ebrio.

Mientras tanto le rezamos
sobre el jergón a dos leños:
el de Cristo y el de Ignacio
entrecruzados y ardiendo.

Por islas, por archipiélagos,
al asar pez y catar
vino bárbaro tenemos
sobre nosotros la sombra
del buen roble que da silbo y oreo.

Cortados como la sarta
y la madeja,
escupidos en la noche tártara
partida del bombardeo,
cada uno caminó
cargando flor y madero
cortado de él y llevándolo.

Mientras que cortamos el aire,
en la lengua sin orígenes
decimos el Padrenuestro
y el roble allá lo corea,
fiel, hirviendo y recto.


Gabriela Mistral





2324. Tiempo de guerra





Estábamos, señores, en provincias
o en la periferia, como dicen,
incomprensibles desnacidos.

Señores escleróticos,
ancianas tías lúgubres,
guardias municipales y banderas.
Los niños con globitos colorados,
pantalones azules
y viernes sacrosantos
De piadoso susurro.

Andábamos con nuestros
papás.
Pasaban trenes
cargados de soldados a la guerra.
Gritos de excomunión.
Escapularios.
Enormes moros, asombrosos moros
llenos de pantalones y de dientes.
Y aquel vertiginoso
color del tíovivo y de los vítores.

Estábamos remotos
chupando caramelos,
con tantas estampitas y retratos
y tanto ir y venir y tan cólera,
tanta predicación y tantos muertos
y tanta sorda infancia irremediable.


Jose Ángel Valente
(Orense, 25 de abril de 1929 - Ginebra, 18 de julio de 2000) 
La memoria y los signos



2323. Deportado 4443. Mucho más que un cómic

Mucho más que un cómic


Antonio Hernández Marín fue uno de los 9.300 españoles y españolas que sufrieron en sus carnes el mayor de los infiernos creado hasta ahora por el ser humano. Durante cuatro años y medio, entre las alambradas del campo de concentración nazi de Mauthausen, luchó contra la amenaza permanente de la muerte. Allí soportó infinidad de torturas y vio perecer a miles de compatriotas de todas las formas imaginables: apaleados, fusilados, asfixiados en la cámara de gas, ahorcados, enfermos, hambrientos, extenuados por el inhumano trabajo al que eran sometidos... En total, más de 5.500 españoles solo pudieron abandonar los campos de la muerte de Hitler a través de las chimeneas de los siniestros crematorios, convertidos en humo y cenizas. Antonio Hernández Marín logró sobrevivir. Sus compañeros de penurias le llamaban El Murciano; para mí siempre fue y será «mi tío de Francia».

La historia de todos ellos fue enterrada por el franquismo y olvidada, después, por nuestra democracia. Hoy en día, la inmensa mayoría de nuestros compatriotas se conmueve ante el exterminio de los judíos en los campos de concentración nazis, pero ignora que centenares de vecinos suyos murcianos, catalanes, valencianos, andaluces, gallegos, madrileños... sufrieron idéntico calvario.

Para contribuir con mi pequeño granito de arena a la lucha contra esa calculada desmemoria, y tras una larga investigación, publiqué Los últimos españoles de Mauthausen. Sus 568 páginas desgranan, a través del testimonio de los su­ pervivientes, cómo fue la vida y la muerte de estos hombres y mujeres en lugares como Buchenwald, Dachau, Ravensbrück o Mauthausen. En la obra también aporté numerosa documentación para poder señalar con el dedo a los culpables

Consciente de que el libro no alcanzaría a todos los públicos, realicé diversas acciones en internet para que la historia interesara, especialmente, a los más jóvenes. De todas las iniciativas, la que más éxito y repercusión tuvo fue la que desarrollé en Twitter. Entre enero y mayo de 2015, Antonio Hernández Marín se convirtió en @deportado4443; una especie de portavoz de todos sus compañeros que narró minuto a minuto, tuit a tuit, lo que iba ocurriendo en el campo de concentración de Mauthausen. Ese agujero virtual en el tiempo cautivó a cerca de 50.000 internautas que siguieron con emoción su relato. Jamás olvidaré los comentarios de tristeza, dolor, apoyo y solidaridad que publicaron en la red social decenas de tuiteros jóvenes y no tan jóvenes. El prisionero que contaba «en directo» su sufrimiento en un campo nazi tampoco pasó desapercibido para diarios, radios y televisiones, no solo españoles sino también de numerosos países latinoamericanos, que se hicieron eco de su historia.

Aunque actualmente @deportado4443 sigue difundiendo noticias y dando a conocer iniciativas para que sus compañeros no caigan en el olvido, el grueso de «su trabajo» finalizó en mayo de 2015, cuando concluyó el relato de su cautiverio. Fue poco después cuando Ioannes Ensis contactó conmigo, a través de una amiga común, para proponerme el proyecto que hoy tienes en tus manos. Si algo me gustó de él, además de su enorme talento como dibujante, fue su compromiso personal con la historia de los deportados españoles. Ioannes sentía la necesidad, casi la obligación moral, de plasmar en ilustraciones los tuits que había ido leyendo durante aquellos tres meses y medio. Su objetivo era contribuir a evitar que las tristes peripecias de estos héroes y heroínas cayeran en el olvido.

El resultado final es esta obra. Un trabajo hecho desde el más absoluto rigor histórico, sin margen alguno para la invención. Todo lo que se muestra en estas páginas refleja la cruda realidad que vivieron nuestros deportados y que conocemos gracias al testimonio de los pocos supervivientes y a las pruebas documentales existentes. Hemos respetado el espíritu del relato original difundido en Twitter, reduciendo el número de tuits y rehaciendo algunos de ellos para adaptarlos al formato gráfico. Ioannes ha ilustrado cada mensaje tras un estricto proceso de documentación y siempre asesorado por un grupo de expertos formado por historiadores y dibujantes. El fruto son unas magníficas ilustraciones, llenas de emoción y de sentimiento, que plasman el horror que sufrieron nuestros deportados a manos de los sádicos miembros de las SS.

Me consta que Ioannes se ha dejado un trozo de piel en cada uno de sus dibujos, derramando lágrimas de rabia y viéndose obligado a tomar periodos de descanso  para desconectar de tanta barbarie. Creo que el dolor del artista se palpa en cada viñeta y contribuirá a que el lector pueda compartir lo que sentían esos españoles en la oscuridad de sus barracas, durante las ejecuciones o en los temibles procesos de selección que conducían irremisiblemente a la muerte.

Los poco más de 3.500 españoles que lograron sobrevivir a su paso por los campos nazis han ido muriendo sin que su país les brindara el reconocimiento que merecían. Actualmente apenas queda con vida una docena de ellos. España sigue teniendo una gran deuda pendiente con todos estos hombres y mujeres, que si acabaron encerrados en los campos nazis fue, únicamente, como castigo por haber defendido nuestra libertad; primero en España contra la sublevación franquista y después en Europa haciendo frente a la amenaza hitleriana. Ioannes y yo esperamos que este proyecto contribuya, aunque sea mínimamente, a paliar esa injusticia. Confío en que para ti, esta obra también sea mucho más que un simple cómic.


Carlos Hernández de Miguel









2322. Nuestra juventud no muere





Caídos sí, no muertos, ya postrados titanes,
están los hombres de resuelto pecho
sobre las más gloriosas sepulturas:
las eras de las hierbas y los panes,
el frondoso barbecho,
las trincheras oscuras.

Siempre serán famosas
estas sangres cubiertas de abriles y de mayos,
que hacen vibrar las dilatadas fosas
con su vigor que se decide en rayos.

Han muerto como mueren los leones:
peleando y rugiendo,
espumosa la boca de canciones,
de ímpetu las cabezas y las venas de estruendo.

Héroes a borbotones,
no han conocido el rostro a la derrota,
y victoriosamente sonriendo
se han desplomado en la besana umbría,
sobre el cimiento errante de la bota
y el firmamento de la gallardía.

Una gota de pura valentía
vale más que un océano cobarde.

Bajo el gran resplandor de un mediodía
sin mañana y sin tarde,
unos caballos que parecen claros,
aunque son tenebrosos y funestos,
se llevan a estos hombres vestidos de disparos
a sus inacabables y entretejidos puestos.

No hay nada negro en estas muertes claras.
Pasiones y tambores detengan los sollozos.
Mirad, madres y novias, sus transparentes caras:
la juventud verdea para siempre en sus bozos.


Miguel Hernández
Viento del pueblo,  1937





2321. Veinte de abril

En esta geografía de presidios,
y a través
de la crónica amarga de torturas,
lentos
caminos desbrozando el horizonte,
sucios
asesinatos a la luz del alba
donde terminan nuestros hombres,
-donde nace
también nuestra leyenda- no resulta
posible,
Julián, mi noble hermano,
predecir
en qué lugar nos llegará el futuro
más inmediato... (el otro siempre es nuestro.)

Yo no sé
si cambiaré un paisaje al aire libre
con árboles y cielo y sol de estío,
por un estrecho marco de silencio,
de sombras,
de lucha renovada...

Por eso, si ocurriera
que mi voz no estuviera con tu nombre
en los labios
cuando un veinte de abril hecho marea
de sangre y de dolor nos vuelva el llanto


de España en tus heridas, imagina
que tengo amordazados los latidos;
que algún muro
sujeta mis palabras; que me encuentro
más cerca de los míos que otras veces,
Julián, campo de espigas...
definitivo mártir de la patria.

(Como la espuma lucha con la roca)


Carlos Álvarez



2320. Despachos de la Guerra civil española VI

Madrid (18-19), abril. 

La ventana del hotel está abierta y desde la cama se puede oír el tiroteo del frente, que está a diecisiete manzanas de distancia. Los disparos de rifle se prolongan durante toda la noche. Los rifles disparan con su peculiar estallido y después abre fuego una ametralladora. Tiene un calibre mayor y hace mucho más ruido. Luego se acerca el bum de una granada de mortero y una ráfaga de disparos de ametralladora. Uno yace en la cama escuchando y es magnífico estar acostado con las piernas estiradas para calentar poco a poco la fría parte inferior de las sábanas y no en la Ciudad Universitaria o en Carabanchel. Un hombre canta con voz ronca en la calle y tres borrachos discuten cuando uno se queda dormido.

Por la mañana, antes de que suene la llamada de recepción, el estallido ensordecedor de una granada altamente explosiva le despierta a uno, haciéndole mirar por la ventana, desde donde ve a un hombre con la cabe za baja y el cuello del abrigo alto, cruzando desesperadamente la plaza empedrada. Flota el olor acre de los explosivos detonantes que uno había esperado no oler nunca más, y en bata y zapatillas baja uno las escaleras de mármol y casi choca con una mujer de edad mediana, herida en el abdomen, a quien dos hombres con batas azules de obreros ayudan a entrar en el hotel. Tiene las manos cruzadas bajo su gran pecho español de la vieja usanza y entre sus dedos fluye la sangre en un chorro delgado. En la esquina, a dos manzanas de distancia, hay un montón de escombros, cemento pulverizado y tierra removida, un solo hombre muerto y un gran boquete en la acera por el que se eleva el gas de una tubería rota que parece un espejismo en el frío aire de la mañana.

—¿Cuántos muertos? —pregunta uno a un policía.

—Uno solo —responde—. Ha agujereado la acera y ha explotado debajo. Si hubiese explotado sobre la piedra sólida de la carretera, podría haber habido cincuenta.

Un policía cubre la parte superior del tronco al que le falta la cabeza; mandan a buscar a alguien que repare el conducto de gas y uno sube a desayunar. Una fregona de ojos enrojecidos limpia la sangre del suelo de mármol del pasillo. El hombre muerto no era uno mismo ni nadie que uno conozca y todo el mundo está muy hambriento en el frente de Guadalajara.

—¿Le ha visto? —pregunta alguien durante el desayuno.

—Sí —contesta uno.

—Por ahí pasamos una docena de veces al día. Justo por esa esquina.

Alguien hace una broma sobre unos dientes desaparecidos y otro replica que no haga esa broma. Y todos tienen la sensación que caracteriza a la guerra. No he sido yo, ¿sabes? No he sido yo.

Los italianos muertos en la carretera de Guadalajara no eran uno mismo, aunque los muertos italianos, debido al lugar donde uno pasó la adolescencia, siempre parecían, aún, «nuestros muertos». No. Uno iba al frente temprano por la mañana en un miserable cochecito con un pequeño chofer, aún más miserable, que sufría visiblemente a medida que se acercaba al lugar del combate. Por la noche, sin embargo, a veces tarde y sin faros, mientras los camiones pasaban a toda velocidad, uno volvía a dormir en una cama con sábanas en un buen hotel, pagando un dólar diario por las mejores habitaciones de la fachada. Las habitaciones pequeñas de la parte posterior, en el lado opuesto al del bombardeo, eran considerablemente más caras. Después de la granada que cayó en la acera enfrente del hotel, uno consiguió una bonita habitación de esquina en aquel lado, de tamaño doble que la anterior, por menos de un dólar. No era a mí a quien habían matado. ¿Lo ven? No, no he sido yo. No me han matado.

Después, en un hospital donado por los Amigos Americanos de la Democracia Española, situado detrás del frente de Morata, en la carretera de Valencia, dijeron:

—Raven quiere verle.

—¿Le conozco?

—No creo —contestaron—, pero él quiere verle.

—¿Dónde está?

—En el piso de arriba.

En el piso de arriba hacían una transfusión a un hombre de cara muy gris que yacía en una camilla con el brazo extendido, mirando al otro lado de la botella gorgoteante y gimiendo de un modo muy impersonal. Gemía mecánicamente y a intervalos regulares y no parecía ser él quien producía el sonido. Sus labios no se movían.

—¿Dónde está Raven? —pregunté.

—Estoy aquí —dijo Raven.

La voz procedía de un alto montículo cubierto por una burda manta gris. Había dos brazos cruzados encima del montículo y en un extremo se veía algo que había sido una cara pero que ahora era una zona de costras amarillas con una ancha venda donde habían estado los ojos.

—¿Quién es? —preguntó Raven.

No tenía labios pero hablaba bastante bien sin ellos y con una voz agradable.

—Hemingway —dije—. He venido a ver cómo se encuentra.

—La cara quedó bastante mal — respondió—. Se quemó a causa de la granada, pero se ha pelado dos veces y ahora va bien.

—Tiene un aspecto estupendo —dije —. Va muy bien. —No la miré mientras hablaba.

—¿Cómo están las cosas en América? —preguntó—. ¿Qué piensan de nosotros por allí?

—La opinión ha cambiado mucho —contesté—. Están empezando a darse cuenta de que el gobierno va a ganar la guerra.

—¿Usted cree?

—Claro —aseguré.

—Me alegro muchísimo —dijo—. Sepa que no me importaría nada de todo esto si pudiera solo observar lo que ocurre. No me importa el dolor, ¿sabe? Nunca me pareció realmente importante. Pero siempre me interesaron mucho las cosas y de verdad que no me importaría nada el dolor si pudiera seguir las cosas de un modo inteligente. Podría incluso ser de alguna utilidad. Sepa que la guerra no me importaba nada. Me fue muy bien. Me hirieron una vez antes y volví a incorporarme al batallón a las dos semanas. No podía soportar estar lejos. Y entonces me pasó esto.

Había puesto su mano en la mía. No era la mano de un trabajador. No tenía callos y las uñas de los dedos largos y anchos eran suaves y redondeadas.

—¿Cómo le pasó? —pregunté.

—Bueno, había unas tropas desmoralizadas y fuimos a tratar de animarlas y lo logramos y entonces tuvimos un combate enconado con los fascistas y los vencimos. Fue una lucha difícil, sabe, pero los derrotamos y entonces alguien me lanzó esta granada.

Con su mano en la mía y oyendo cómo lo contaba, no creí una palabra. En cierto modo, lo que quedaba de él no parecía ser los restos de un soldado. Yo ignoraba cómo le habían herido, pero la historia no me sonaba verdadera. Era como todo el mundo quisiera haber caído herido. Pero quería que él pensara que me lo creía.

—¿De dónde vino usted?

—De Pittsburgh. Allí fui a la universidad.

—¿Qué hacía antes de alistarse para venir aquí?

—Era asistente social —contestó.

Entonces supe que no podía ser cierto y me pregunté cómo le habrían herido de un modo tan horrible, pero sin importarme. En la guerra que había conocido los hombres solían mentir sobre cómo habían sido heridos. No al principio, sino más tarde. Yo también mentí un poco en mí tiempo. Especialmente al anochecer. Pero me alegró que él pensara que me lo creía y hablamos de libros, quería ser escritor, y yo le conté lo sucedido al norte de Guadalajara y le prometí llevarle algunas cosas de Madrid la próxima vez que pasáramos por aquel lugar. Tal vez podría conseguirle una radio.

—Me han dicho que Dos Passos y Sinclair también van a venir —dijo.

—Sí —contesté—, y cuando vengan, los traeré a visitarle.

—Caramba, esto sería magnífico — exclamó—. No sabe lo mucho que significaría para mí.

—Los traeré —dije.

—¿Vendrán pronto?

—Los traeré en cuanto lleguen.

—Adiós, Ernest —dijo—. No te importa que te llame Ernest, ¿verdad?

La voz salía muy clara y suave de aquel rostro parecido a una colina donde se hubiera luchado en tiempo lluvioso y que luego se hubiera cocido al sol.

—Diablos, no —exclamé—. Por favor. Escucha, veterano, te pondrás bien. Y, sabes, servirás de mucho. Puedes hablar por radio.

—Es posible —dijo—. ¿Volverás?

—Claro. Seguro que sí.

—Adiós, Ernest —repitió.

—Adiós —dije.

Abajo me dijeron que había perdido los dos ojos además de la cara y que también estaba malherido en las piernas y los pies.

—También ha perdido dedos de los pies —añadió el médico—, pero no lo sabe.

—Me pregunto si lo sabrá alguna vez.

 —Oh, claro que sí —dijo el médico —. Se recuperará.

Y uno sigue sin caer herido, pero ahora se trata de un compatriota. Un compatriota de Pennsylvania, donde una vez luchamos en Gettysburg.

Después, caminando por la carretera, con el brazo izquierdo en una tablilla en forma de aeroplano, andando al paso de gallo de pelea del soldado profesional británico que no podían destruir diez años de militancia en un partido ni las alas de metal de la tablilla, conocí al comandante de Raven, Jock Cunningham, que tenía tres heridas frescas de rifle en la parte superior del brazo izquierdo (las miré, una estaba infectada) y otra bala de rifle bajo el omóplato, que le había entrado por el lado izquierdo del pecho y le había subido hasta alojarse allí. Me contó en términos militares la historia del intento de reagrupar tropas en retirada en el flanco derecho de su batallón, del bombardeo de una trinchera ocupada por los fascistas en uno de sus extremos y por las tropas del gobierno en el otro, de la toma de esta trinchera y, con seis hombres y una metralleta, la separación de sus propias líneas de un grupo de unos ochenta fascistas y de la desesperada defensa final de su imposible posición por parte de seis hombres, hasta que las tropas del gobierno subieron y, atacando, volvieron a enderezar la línea. Lo contó de forma clara y convincente y con un pronunciado acento de Glasgow. Tenía ojos profundos y penetrantes, protegidos como los de una águila, y al oírle hablar, uno adivinaba qué clase de soldado era. Por lo que había hecho habría obtenido una VC en la última guerra. En esta guerra no hay condecoraciones. Las heridas son las únicas condecoraciones y no se conceden galones por las heridas.

—Raven estuvo en el mismo espectáculo —dijo—. Ignoraba que le hubiesen herido. ¡Ah, es un buen hombre! Le hirieron después que a mí. Los fascistas a quienes habíamos cortado eran tropas muy buenas. Nunca desperdiciaban una bala cuando estábamos en una mala posición. Esperaban en la oscuridad hasta localizarnos y entonces disparaban una descarga cerrada. Así fue cómo recibí cuatro balas en el mismo lugar.

Hablamos un rato y me contó muchas cosas. Todas eran importantes pero nada tan importante como que todo cuanto me había dicho el asistente social Jay Raven de Pittsburgh sin entrenamiento militar era cierto. Esta es una nueva y extraña clase de guerra en la que se aprende justo lo que uno es capaz de creer.


Ernest Hemingway
Despachos de la Guerra civil española (1937-1938)