Lo Último

2088. La Ruta de La Nueve




Es necesario no cumplir órdenes idiotas [...] Dronne, vaya derecho a París, entre en París.
Muy bien mi general, pero no tengo más que dos secciones. Necesitaría más fuerzas.
Tome lo que encuentre y deprisa.
— Si he comprendido bien, rodeo los puntos fuertes alemanes y evito entretenerme. Objetivo, el corazón de París.
Eso es. Pase por donde pueda. Diga a los parisinos y a la resistencia que no pierdan el valor, que mañana por la mañana la división al completo estará en París.



París, 13 de septiembre de 2015. Aprovechando nuestra estancia en la ciudad con motivo de la asistencia a la Fête de l'Humanité, nos propusimos realizar el mismo recorrido de La Nueve el 24 de agosto de 1944, cuando dos secciones de la Compañía, una de ellas encabezada por el Capitán Dronne y la otra por el Teniente Amado Granell, compuestas por 120 hombres y 22 vehículos, entraron en la capital francesa. Leclerc había decidido que la Novena Compañía, compuesta en su mayoría por españoles, cubierta de gloria en miles de acciones, debía ser la primera en entrar en París.

Hoy, como cada 24 de agosto, queremos recordar la gesta de estos hombres, republicanos españoles, para que no se pierda su memoria y su largo camino de lucha y sacrificio que concluyó con la liberación de Europa.

La Nueve partió en dirección a Paris desde Limours a las siete de la mañana del 24 de agosto. La ruta de La Nueve, con un recorrido de aproximadamente tres kilómetros, transcurre desde la Porte d'Italia hasta el Hotel de Ville, el mismo espacio que vivió las proclamaciones de la República en 1848 y 1870 y la Commune de marzo de 1971. 

Nosotros la realizamos a la inversa, partiendo de la Plaza del Ayuntamiento de París, a la que llegó Granell y sus hombres a las 21:22 h. de aquel glorioso 24 de agosto, a la luz de antorchas ya que la electricidad estaba cortada y cuando el semioruga Ebro efectuó los primeros disparos contra el enemigo alemán, y fue retransmitido un mensaje por radio que indicaba: «Misión cumplida, estamos ante el Hotel de Ville»


Placa situada en el edificio de la Alcaldía, frente al Ayuntamiento (Hotel de Ville)

Plaza en el Muelle del Hotel de Ville. (Quai de l'Hotel de Ville) Orilla derecha del muelle, frente al Sena

Placa en el Boulevard Henri IV. Fue erigida en los actos del 60 aniversario de la liberación

Placa del Puente de Austerlitz. Los integrantes de La Nueve atravesaron el Sena por este puente considerado el más ancho de París,
situado al lado de la estación de trenes del mismo nombre para continuar a lo largo de los muelles de la orilla derecha.

Placa en el Boulevard de l'Hopital. Se encuentra en un edificio público.

Placa situada en la fachada de un edificio de viviendas frente la número 15 de la Rue Squirol


Placa de la Plaza Pinel. Se encuentra dentro de un jardín situado en un lateral de la plaza

Placa de la Rue Nationale. Se encuentra en la fachada de un edificio de viviendas

Placa en la Plaza Nationale. Se encuentra en una zona ajardinada en el centro de la plaza.

Placa situada en la fachada del Colegio de la Calle Baudricourt núm. 55. De 1942 a 1944 numerosos alumnos de esta Escuela
Infantil fueron deportados y exterminados en campos nazis con la complicidad del gobierno de Vichy

Placa situada sobre la verja de acceso a unos jardines en la Avda. de Italia

A las 20:45 horas del 24 de agosto de 1944 La Nueve alcanza la Puerta de Italia (Porte d'Italie). La plaza se encuentra llena de personas que en un primer momento piensan que se trata de alemanes. Cuando descubren su identidad gritan: "los franceses, son los franceses".

Los tanques y blindados que se presentan ante ellos llevan pintados en sus costados los colores de la bandera republicana española y en sus morros los nombres de Belchite, Ebro, Guadalajara, Teruel, Madrid ... como símbolo del recuerdo y de la lucha que emprendieron nueve años atrás. París aplaude, besa, abraza, canta a los españoles.

Dronne, que se encuentra a la cabeza de la marcha, decide ir al Ayuntamiento, pero no conoce el itinerario. Dikran, un armenio sorbre una motocicleta, se ofrece como guía.

La noche del 24 de agosto de 1944, la noche de la liberación de París, los españoles de La Nueve que pudieron dormir soñaron en la liberación de España, porque sabían, que «un pueblo no está vencido mientras no se resigna a serlo». Ellos nunca se resignaron y continuaron luchando. Al final de la guerra, de los ciento cincuenta españoles que componían La Nueve, tan sólo quedaron vivos dieciséis.

Tuvieron que pasar sesenta años para que el mundo supiera que habían arriesgado su vida por Francia y por la Libertad. «Por la libertad como por el honor, se puede y se debe arriesgar la vida».

En su Memoria.

María Torres, 23 de agosto de 2016


2087. Córdoba bajo la garra de los usureros




Cien casos, Sr. Ministro de Justicia

El Sr. Ministro de Justicia ha dudado, graciosamente, de la existencia de los usureros, y a un periodista que le interpeló sobre las medidas a adoptar, de orden legal, contra el terrible leproso de la usura, respondió, luego de la obligada alabanza a la ley de Azcárate: "Venga un caso y actuaré".

Henos prestos a auxiliar al Ministro en su decisión de practicar justicia. Y no uno ni una docena, sino ciento y miles de casos con todo lujo de pelos y señales, los mil y uno dramas de la usura qn esta tierra que, para no ser totalm ente el paraíso, sufre lo horrendo del usurero, esa postema que concluye con la delicidad de un hogar y con la economía de un patrimonio, ese ejercicio de una industria inmoral y lucrativa que lo mismo tiene oficiantes en la procura que en otra profesión y condición cualquiera, con sus víctimas y sus hazañas repelentes, será nuestra tarea de higiene y de denuncia al Ministro y demás autoridades de la Repúplica.

Hay un desideratum reciente; una operación de 25000 pesetas con un rédito de 15.000. De tal envergadura es el episodio, que un notario y su corte oficinesca se han dado por alarmados por el record de intereses, imponiéndolos y cobrándolos, donde figura un señor muy señalado. La mostruosidad, para su castigo legal, y en toda su trama y con todos sus detalles, será pormenorizada en esta picota cuando tengamos los hilos que, ya en inicios, poseemos. Es canallesco que tipos presidiables, y hasta ahorcables por sus acciones, sigan mereciendo el respeto y la deferencia social.

Sangra la extensa página de la usura. Desde el duro con el rédito de un real diario, el cambio de la plaza y la puja por el acreedor de lo que por su presión sale a subasta, toda la larga gama de la usura es una crueldad inenarrable; y esos corderillos de un sesenta por ciento en sus operaciones, y los otros, y todos...  Hay que higienizar la vida cordobesa plagada de esos parásitos leprosos que arruínan los hogares y enloquecen a las familias.

Nada nos va a detener en la campaña. Hay muchas lágrimas, mucho dolor en la estela del usurero para que no gritemos, con el gozo de la Justicia, su anatema. Y en posesión de datos y de elementos, con la confesión de las víctimas, publicaremos nombres y milagros. Todo por la Justicia y en contra de esos miserables que, al extender un pagaré, forjan unas cadenas de esclavitud y miseria.

Sr. Ministro de Justicia: En Córdoba hay 15.000 usureros ...


Agora, Núm 53
17 de Agosto de 1935


2086. El tiro en el culo

Al Ignacio, el de Campo de Criptana, le dieron un tiro en el culo. Nos meábamos de risa. Decía:

Estaba cagando tan tranquilo y estos hijos de puta me han dado un tiro en el culo -y añadía-: A traición, porque no tienen cojones para atacar de frente.  

Y el Ferrán, que era un cachondo le replicó:  

Pues tú tampoco estabas muy de frente, porque estabas mirando al enemigo con el ojo del culo. O sea, que estabas cagando en retirada.  

Le sacaron la bala que se le había alojado en una nalga, le taponaron la herida y, como no le podían vendar el culo, le pusieron una gasa con un esparadrapo en forma de cruz. El cachondeo fue en aumento.  


Ahora mira dónde cagas, porque con la equis en el culo eres como un tiro al blanco.

Entre el lugar donde nosotros estábamos parapetados y el lugar donde se suponía que estaba el enemigo, había un valle, y en el valle un pequeño pueblo abandonado, creo recordar que se llamaba Sieteiglesias. Durante el día y con mucho cuidado, nos acercábamos hasta el pequeño pueblo y entrábamos en un bar abandonado en el que había un organillo. Tocábamos el organillo y el enemigo de inmediato nos disparaba, con fusiles o con ametralladora. Por la distancia no nos llegaban las balas, pero disfrutábamos haciendo que gastaran su munición. En esa aldea nos encontramos una cabra flaca, nos la llevamos de mascota y le pusimos de nombre Margarita. La cabra no tenía leche ni para un cortado. Sus ubres estaban arrugadas y secas y era imposible ordeñarla como habíamos hecho en Sigüenza con la vaca. Nos encariñamos con aquella cabra. Le dábamos de comer para ver si engordaba y se llenaba de leche, pero ni por esas. De Madrid no nos llegaban provisiones, ya habíamos terminado con todo lo comestible, y allí, en la sierra, no había dónde buscar comida. Después de discutirlo, se llegó a la conclusión de que la única solución para matar el hambre era comernos la cabra. Pero, ¿quién tenía valor para matar a Margarita? La cabra, cada vez que nos acercábamos a ella, dejaba de comer hierba, levantaba la cabeza y nos miraba con una mirada muy particular. Nadie se atrevía a terminar con la mascota, unos por superstición -"Matar a la mascota nos va a traer mala suerte", argumentaban-, otros por razones humanitarias. De todos modos, por una u otra razón, nadie tenía valor para matar a aquella cabra flaca que, estoy convencido, había adivinado nuestras intenciones.  

Y pasaron los meses con tiroteos y desplazamientos cortos, vino el mes de diciembre y empezaron los fríos. La sierra se cubrió de nieve. Como no nos llegaban alimentos, decidimos comernos a Margarita. Alguien tuvo coraje para matarla, trocearla y asarla al fuego. Yo me sentí incapaz de comer aquella carne, y como yo, algunos más; otros no tuvieron ningún reparo en hacerlo. Y como para que nos sintiéramos culpables de aquella crueldad, al día siguiente nos anunciaron el envío de mantas y comida.


Miguel Gila
Entonces nací yo. Memoria para desmemoriados



2085. IMAGÍNATE (A Ugíjar, el día que la sombra de la esvástica nazi la cubrió)




Es madrugada. La nieve ha comenzado a caer débilmente. Nuestra ropa está empapada porque, antes de ser nieve era una finísima lluvia la que nos caía encima. Subimos una empinada cuesta. Vamos en formación. Nos empujan para acelerar el paso. El frío, el miedo, el ladrido de los perros que no cesa, impiden pensar; solo obedecer. Nos gritan en una lengua que no entendemos. No sabemos qué hacer y, por ello, nos llueven los golpes. Continuamos ascendiendo. Más golpes, más voces, más ladridos… ¿Dónde estamos? ¿Adónde vamos? Desde que bajamos del tren hace un rato no han cesado de darnos voces. Son soldados. Cuelgan fusiles de sus hombros. Algunos sujetan firmemente una cuerda que evita que los perros salten sobre nosotros tras haber bajado de cada uno de los vagones que componían ese convoy.

El camino está helado. Lo notan las suelas de mis maltrechos zapatos. Seguro que estamos bajo cero y que la nieve nos rodea; pero no la veo. En la oscuridad de la noche, conforme nos acercamos a paso ligero, distinguimos dos potentes focos instalados en la parte alta de un edificio que, por la altura donde están situados, aparenta ser ciclópeo. ¿A qué lugar nos han traído los alemanes, en ese maldito tren de mercancías? Hemos llegado, después de –al menos- tres días de viaje infernal. Encerrados como animales, sin ventilación, sin poder movernos, haciendo las necesidades propias a la vista de todos; sin pudor porque la ocasión no era favorable y la necesidad perentoria.

Al bajarnos de los vagones, formar e iniciar el camino de ascenso a la cercana colina hemos podido leer un nombre: Mauthausen… Los focos cada vez son más grandes, más potentes. No me siento los pies. El frío se me ha metido en todo el cuerpo. Se me está helando hasta el tuétano. Creo que hoy es 27 de enero de 1941[1].

Hemos llegado. La enorme puerta de ese granítico edificio está abierta. Parece como si nos tragara al atravesarla. Distingo, en la parte superior del muro donde se encuentra la puerta, una enorme figura, –seguramente de bronce, aún de noche y no se puede reconocer bien-, de un águila, que sostiene con sus garras la esvástica nazi. Da a entender que, con su penetrante mirada, se ha estado fijando en cada uno de nosotros. Y somos cientos pero… estoy solo. No tengo a mi lado a ningún amigo; conocidos sí, pero eso, conocidos. Ningún paisano ha viajado conmigo. Soy el único deportado de Ugíjar que ha llegado a este infame lugar del que no sé si podré salir… Ugíjar, mi querida Ugíjar, la que me ha visto nacer, crecer, jugar, correr, reír… ¡Cómo la echo de menos!

Ugíjar me venía viendo desde que vi la luz en ese bendito pueblo alpujarreño, un 19 de junio de 1918[2], en las postrimerías, tanto de la Primera Guerra Mundial como de la primavera  alpujarreña. Situado en La Alpujarra de Granada, casi oculto entre las agrestes cumbres de Sierra Nevada, rodeado de farallones, de barranqueras, de arroyos y torrentes que bajan horadando la propia montaña como consecuencia del deshielo del manto níveo que cubre, durante casi todo el invierno, sus imponentes cimas, ahí está Ugíjar, la llamada “capital de La Alpujarra”, la protagonista principal de la guerra de las Alpujarras y, -según la leyenda-, como una de las consecuencias de la misma, su patrona: la Virgen del Martirio y la historia que ha pasado, de boca en boca, en torno a ella desde aquellas “navidades de sangre”, en 1568, cuando los moriscos se levantaron en armas.

En una de sus hermosas calles, concretamente en la de San Felipe[3], y en su número 3, me asomé a este mundo y pude comprobar la luminosidad alpujarreña. Más tarde, conforme fui creciendo, fui disfrutando de mi ciudad, de mi familia, de mis amigos. Empecé a ir a la escuela para aprender, como hacía todo el mundo en aquél tiempo, al menos lo básico. Lo suficiente para poder decir que no era un analfabeto. Las cuatro reglas, algo de lectura, lenta pero sabiendo lo que leía, y otro tanto de escritura, con faltas de ortografía, lo reconozco pero… se entendía lo que quería decir cuando escribía algo. Mi padre, Cristóbal, me decía que, sabiendo lo que sabía, sería muy difícil que me engañaran el día de mañana. Era, como todos los alpujarreños, o la mayoría de ellos, agricultor. Las labores de la vega no tenían secreto para él; en cada estación sabía lo que tenía que hacer, lo que tenía que sembrar, cómo tenía que hacerlo. Era un hombre que amaba lo que hacía, y quería a su familia por encima de todo. Cuánto me he acordado de él desde que dejé mi casa para alistarme voluntario en un batallón de milicianos.

Acababa de cumplir la mayoría de edad y pensaba, por tanto, que tenía que defender mi país y mi tierra, -la que me había visto hacerme mayor-, de aquella sublevación militar contra un régimen legalmente establecido. La adolescencia la pasé entre tertulias republicanas, entre vehementes discursos, tanto en Ugíjar como en los pueblos vecinos; es decir, viviendo el día a día con fervor republicano y con todo lo que significaba el hacer otra clase de política, el vivir de otra manera a como estábamos acostumbrados.

Con ese paso dado se iba a acabar, no sabía por cuánto tiempo, la vida tranquila que llevaba en Ugíjar. Ayudando a mi padre en sus labores del campo. Jugando con mis amigos cada día. Yendo a los pueblos cercanos, cuando ya tuvimos alguna edad para eso, -siempre con algún familiar-, a la feria y fiestas de los mismos. Cantando canciones tradicionales de la comarca, a la luz de la luna, en las noches de primavera, junto a laúdes, bandurrias, guitarras, violines, vino de La Contraviesa y alguna que otra botella de anís. O cuando porfiaban algunos troveros atacando y defendiendo respectivamente… Eso tendría que esperar porque su misión, ahora, era otra.

Dejé atrás a mi Ugíjar del alma. No sabía si regresaría o no. A través de mi unidad militar, durante el transcurso de esa guerra cainita que asoló nuestro país, me fui acercando a Aragón donde participe en esa interminable batalla del Ebro que perdimos. No nos quedaba otro remedio, a los que habíamos sobrevivido, que marchar hacia Cataluña y, perdidas todas las posibilidades de que la guerra diese un giro inesperado, fui uno de los cerca de quinientos mil españoles –soldados, civiles, mujeres, niños, ancianos, heridos, animales, vehículos…- que cruzaron la frontera francesa pidiendo refugio y seguridad, perseguidos por las tropas del Ejército “Nacional” y por su aviación, que no dejó de hostigarnos hasta el cruce efectivo de esa línea inexistente que separa un país de otro.

Nos han hecho formar ante un tosco edificio. Se oye decir que son las duchas. Un deportado, con traje a rayas y un brazalete con el indicativo kapo[4], hablando nuestra lengua, nos indica que nos desnudemos y dejemos las pertenencias en el suelo. Entramos. Ha empezado a amanecer. El agua está tan fría que da la sensación que me están pinchando en cada milímetro de mi piel. Es breve. No hay nada para secarnos así que lo hacemos con nuestra propia ropa. Medio secos volvemos a ponérnosla medio mojada. Continuamos en fila. Pasamos a otra dependencia contigua. Nos toman la filiación. Nos indican que nuestro nombre y apellidos, en ese lugar, no le importan a nadie. Ya no eres persona. Eres un número.

Me ha tocado –como si fuese un sorteo- el 5729. Pero, ¡Ojo!, dice un kapo, fuerte y claro: “Cada vez que os presentéis ante un oficial SS, lo haréis indicando vuestro número, ¡En alemán! ¡Aprendedlo rápido, os va la vida en ello!”[5]. Ya no tengo nombre, soy un número, en este caso Siebenundfünfzig Neunundzwanzig (57 29). Lo repito mentalmente, una y mil veces, tengo que aprenderlo. Terminada la toma de filiación, ya en otra habitación, volvemos a despojarnos de la empapada ropa. Nos rasuran todo el vello de nuestro cuerpo. He dicho bien, ¡todo!, y nos dan una especie de pijama a rayas, pantalón, chaqueta y gorra. Camiseta interior, calzón, escudilla y zapatillas -por llamarlo de alguna manera-.

Cuando llegamos al campo de refugiados no nos dieron tantas cosas como aquí. Eso sí, conservamos nuestros nombres. Perdonad. Aún no me he presentado. Soy Antonio Ruiz Velasco[6] y, como os he dicho en renglones anteriores, nací en Ugíjar (Granada). Pronto los franceses, dentro del medio caos del principio, vieron que podíamos ayudarles en su defensa contra el ejército alemán. Pidieron voluntarios para formar parte de grupos de trabajo para reforzar las defensas de la frontera con Alemania. Me apunté a una de ellas intentando, de alguna manera, tener mejor vida que en el campo donde me habían llevado[7]. Todo iba bien hasta que los alemanes invadieron Francia por donde nadie pensaba que pudieran hacerlo.

Todos los grupos, en masa, fuimos hechos prisioneros y enviados a un campo de prisioneros de guerra, -los alemanes les denominan stalag[8]-, de nombre impronunciable. Luego supe que era el stalag XI-B[9], en Fallingbostel[10], pequeña localidad situada al norte de Hannover y al este de Bremen. Debíamos ser bastantes porque a mí me correspondió el número 87.796. Más tarde nos enteramos que a los españoles no se les aplicó la Convención de Ginebra porque desde el gobierno español alguien –dicen que Serrano Suñer, el cuñado de Franco, Ministro de Exteriores en aquel momento- había dicho que “fuera de España no había españoles”. Si no éramos prisioneros de guerra ni españoles pues… Aquel tren que nos llevó desde ese stalag hasta Mauthausen lo hizo transportando –en el caso de los españoles- apátridas. Por ese motivo nos dieron, también, un triángulo equilátero azul[11]  que debíamos coser en la chaqueta a cuadros, en el lado izquierdo, a la altura del pecho. En su interior, la letra ese mayúscula (S), paradójicamente, indicaba nuestra naturaleza, o sea, “spaniard” (español).

Me lo han quitado todo. Nombre, apellidos, pertenencias, vello, país…Pero no podrán quitarme mis recuerdos. Aquellos que día a día fueron amasándose y guardando en mi cabeza. Las travesuras que, como niño, también hice por todos los lugares de Ugíjar; los juegos, a todas horas, en todas las épocas del año y durante todos los días que lo componen. Y, sobre todo, cuando llegaban las fiestas en honor de la Virgen del Martirio, nuestra patrona, del 10 al 14 de octubre ¡Cómo disfrutábamos de todas las actividades que se hacían durante las fiestas! Conforme me fui haciendo un poco mayor, fui dándome cuenta que me interesaban las chicas, que quería estar con ellas. Durante las fiestas estaba deseando sacar a bailar a cualquiera de ellas aunque, a decir verdad, casi siempre estaba con una que tenía una larga melena de pelo negro azabache, de piel morena, un año menor que yo, con los ojos negros como la noche. Reconozco que estaba perdidamente enamorado. ¿Qué será de ella…?

Un golpe en la espalda con una porra de un kapo sirvió para que volviera a la realidad. Entramos en el block (barracón) que me había tocado para dejar las escasas pertenencias y ponerme, como los demás, el traje a rayas, coserle –ya nos dejaron las herramientas- el triángulo azul. Allí me indicaron qué camastro de madera –a modo de literas, de tres alturas- me correspondía. No existía colchón alguno sobre la dura madera que amortiguara mi peso y poco más tarde pude comprobarlo en toda la extensión de la palabra. Esa primera noche me fue imposible conciliar el sueño. Aunque… pasó tan rápida que se juntó con la llamada a formación cuando aún no había amanecido. Desconozco la hora que pudiera ser. Muy temprano, desde luego. Leve lavado de cara a la carrera, a formar delante del barracón –vi que arrastraban a uno que dormía cerca de mí. Supongo que está muerto- y a pasar lista, como la noche anterior. Entiendo. El muerto estaba vivo la noche anterior y tienen que cuadrar los números.

Mientras estamos formados, con tanto frío, se me viene a la cabeza el invierno en Ugíjar. Hace frío allí pero no se puede comparar con éste. El frío de Mauthausen te agarrota, te impide moverte, se clava dentro de ti como cuchillos, por toda la superficie de tu cuerpo. El suelo más helado aún. Ha terminado el recuento. A tomar un sucedáneo de café –agua oscura sin saber qué es lo que le da ese color- con un trozo de pan y un algo de margarina. Después, cada uno al kommando –lugar de trabajo- al que le han destinado. Yo estoy de martillero en la cantera –wiennergraben, le llaman- del campo. Es un infierno dentro de otro.

Febrero y marzo han pasado volando. Estoy cada vez más delgado, empiezan a notarse demasiado mis costillas, señal que falta –y de qué manera- comida que llevarnos a la boca pues el hambre es cada vez más atroz. Ayer presencié una pelea a la hora de comer. Nadie quería ser de los primeros en acercarse, con la escudilla, a que te sirvieran esa especie de sopa de nabos. El por qué era fácil de entender. Los nabos siempre están en el fondo de la sopa, y a los primeros solo les cae líquido. Me he enterado que me trasladan a un kommando exterior que se llama Gusen[12]. No hablan bien de él. Tenían razón. El día 21 de abril de 1941 me trasladan a ese lugar. Es como el campo principal pero más pequeño. También tienen otra cantera de granito –igual que en Mauthausen, ésta tiene otro nombre: Kastenhofen- y allí me han enviado a perforar. El número que me han dado ahora es más difícil de pronunciar que el que tenía antes pero, tengo que aprenderlo, me va a vida en ello; ahora es el 12.314[13]. La vida en Gusen es peor que en el campo principal. No sé si aguantaré vivo aquí mucho tiempo. Adelgazo cada día más y eso me preocupa bastante, sobre todo en este lugar. Parece que el invierno no quiere irse. No se nota para nada que estamos en primavera. No sé si llegaré a ver, a este paso, el verano.

Cada día que pasa es una odisea para mí. Se me nota demasiado que tengo los días contados. El trabajo es agotador. La comida mínima, sin calorías suficientes. Los golpes, por cualquier cosa, no cesan… No sé si abandonar mi lucha por vivir y acelerar mi muerte porque, vivir así, día tras día, es como morir cada día y ver cómo mueres. A veces le digo a mi querida Virgen del Martirio que me lleve con ella, que no aguanto un días más de esta manera. El martirio que padezco en mis débiles carnes, desde hace algún tiempo, es ya insufrible. No puedo más. Además, tampoco soy capaz de hacerlo solo aunque, confieso, se me ha pasado en más de una ocasión por la cabeza…

Ha transcurrido, y de qué manera, más de un año desde mi ingreso en este dantesco infierno. He soportado lo insoportable en Gusen viendo, día a día, mi deterioro físico y mental. Creo que hoy, día 10 de mayo de 1942[14], es el último de mis días. Me he acordado tanto de mi familia en Ugíjar; cada día y a cada hora han estado presentes en mi mente. Ya no podré disfrutar del paisaje inmenso de La Alpujarra. De la soberbia imagen de Sierra Nevada con su manto blanco hasta los pies. No volveré a ver, y disfrutar del florear de los almendros que se agarran en los taludes y en las barranqueras. De ver sobrevolar, en el cielo alpujarreño el águila culebrera, la real… no, hoy no veré el final del día. Estoy agotado, sin vida, decidle a…


José Sedano Moreno
Berja, 13/03/2016


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[1] BERMEJO, Benito, y CHECA, Sandra. Libro Memorial. Españoles en los campos de concentración nazis, (1940-1945). Madrid: Secretaría General Técnica del Ministerio de Cultura. 2006. Pág. 86.
[2] Ibidem.
[3] Centro Documental de la Memoria Histórica (en adelante CDMH),- antiguo Archivo General de la Guerra Civil Española, en Salamanca-. Relación de muertos españoles en el campo de concentración nazi de Mauthausen (Austria). Entregada por el deportado español Juan de Diego, superviviente de dicho campo, pudo sacar un duplicado de los listados del mismo, y donarlo a ese Archivo, hoy CDMH (N. del A.). Referencia: FEDIP, Caja 55. Expte. 4. Hemeroteca MF/R. Signatura 2312. Pág. 41 (aunque no están numeradas por su orden correlativo. N. del A.).
[4]   Iniciales de las palabras, en alemán, Kamaraden Polizei (camarada policía, como su nombre indica). Tomando las dos primeras sílabas de cada uno forman la palabra KAPO. (N. del A.).
[5] N. del A
[6] BERMEJO, Benito, y CHECA, Sandra. Libro Memorial… Ibidem
[7] Fueron las llamadas Compañías de Trabajadores Extranjeros o CTE. Más tarde pasan a denominarse Compañías de Trabajadores Españoles. Estaban militarizadas –bajo mando francés-, compuestas por españoles. La mayoría de ellos había hecho la guerra en España. Hubo algunas que sí terminaron siendo militares todos sus componentes. Se distribuyeron a lo largo de toda la “Línea Maginot”, junto con la frontera de Alemania. (N. del A.).
[8] Sílabas iniciales de las palabras Stadt Lager, o sea, campo de prisioneros de suboficiales y de personal de tropa. Las primeras sílabas de cada una de las palabras forman la palabra STALAG. Dependiendo de la categoría, es decir, de la graduación de los prisioneros, así iba a un campo de prisioneros o a otro. (N. del A.).
[9] Eran los llamados Distritos Militares o WEHRKREIS. Se anotaban con números romanos I, II, III, IV… Si dentro de cada Wehrkreis se levantaba más de un campo de prisioneros, se les iban denominando añadiéndole a las letras del alfabeto, en mayúscula, o sea, I-A, I-B, XII-C… etc. (N. del A.).
[10] Localidad donde se levantó el campo de prisioneros de guerra de suboficiales y tropa anotado como XI-B. (N. del A.).
[11] Dependiendo de la causa de la detención, así era el color que les asignaban: Verde: malhechores, criminales, ladrones… Rojo: prisionero político. Rosa: Homosexual. Negro: Cura. Morado: los bibelforschers (literalmente: los lectores de la Biblia) o Testigos de Jehová. Azul: Apátridas (como a los españoles en Mauthausen). Amarillo (doble superpuesto): Judíos… etc. (N. del A.).
[12]   Gusen inicialmente fue un kommando de ida y vuelta, es decir, salían del campo principal por la mañana hacia Gusen y regresaban, a la tarde, al campo principal. Poco a poco se fueron asignando más deportados a este kommando exterior, por lo que se vio la conveniencia de levantar un subcampo –que dependía orgánica y administrativamente del campo matriz-; éste tenía cierta autonomía y se hizo estable. Incluso hubo que crear un Gusen II y III. Allí murieron la mayoría de los españoles deportados a Mauthausen. (N. del A.).
[13] BERMEJO, Benito, y CHECA, Sandra. Libro Memorial… Ibidem.
[14] Ibid.


2084. Elegía en la muerte de Federico García Lorca (Salvador de Madariaga)

«Ya se acabó el alboroto
y vamos al tiroteo»
Federico García Lorca


I

Dos cristales de luz negra
brillaban en su mirada.
En su boca relucían
cristales de sombra blanca.
El pelo, noche sin luna.
La tez, oliva y naranja.
El gesto, ensalmo gitano.
La voz, bordón de guitarra.
Y en el alma, ancha y florida,
la Vega de su Granada.

Cipreses del Albaicín,
arrayanes de la Alhambra,
cedros del Generalife,
aroma, color y savia.
El bullicio de Sevilla,
la gravedad de Granada,
los jazmines de la Vega,
los geranios de Triana...
De aquel espíritu en flor,
Andalucía brotaba.

A su voz alzan la testa
los toros de la torada,
se ruboriza el almendro,


se quiebra en espuma el agua,
en el zarzal florecido
se estremece la nidada,
el cazador queda absorto
toda en sueños la mirada,
el caballo entra en su ritmo,
el jinete en su prestancia,
los ríos se desperezan,
los montes yerguen la espalda,
se ahonda el azul del cielo,
se enciende más la solana,
se lleva la mano al pecho
la mujer enamorada.
A su voz, toda la vida
en su propio ser se baña.

A su voz, el Romancero
revive en calles y plazas;
alzan el vuelo las coplas
del follaje de las almas;
se preña de melodías
el vientre de las guitarras.
A su voz, canta hasta el aire,
a su voz, baila hasta el agua.


II

Las nubes de sangre y fuego
por el vasto cielo avanzan.
La una contra la otra
desastre y muerte amenazan.
Ya borran la luz del sol
de la tierra desdichada.
Almas tensas, almas lívidas.
Almas tensas, almas cárdenas.
Látigos de fuego y sangre
Desgarrando el aire estallan.

     Por el aire amarillo
          pasa la muerte.
     Los ojos, dos balazos.
          Hueca la frente.
     En la boca vacía
          treinta y dos dientes
     que van castañeando
          "viva la muerte".

Nube negra, nube roja,
sangre contra sangre alzada,
almas tensas, almas lívidas,
almas tensas, almas cárdenas.
Ardió la flor del almendro.
Muerta yace la torada.
En el aire alzan el vuelo
maldiciones y venganzas.
Emboscado, el cazador
acecha la caza humana.
El río ha bebido sangre.
La noche ha bebido lágrimas.
La luna enreda cadáveres
entre sus redes de plata.
Se lleva la mano al pecho
la mujer asesinada.
De dolor, gime hasta el aire.
De dolor, llora hasta el agua.


III
  
Entre harapos de aire roto
tu voz suena y no lo creo,
tu voz suena y no lo creo.
     El día es un alboroto,
     y la noche un tiroteo,
     y la noche un tiroteo.

Nube negra, nube negra,
cerraste sobre Granada.
De tu alma tensa, alma lívida,
de tu alma tensa, alma cárdena,
sobre el carmen más florido
se desgajó una descarga.

     Yo me asomé a aquel silencio
     por si su voz resonaba,
     por si su voz resonaba.
     Sólo se oía el disparo
     del tiro que lo mataba,
     del tiro que lo mataba.
     Huye, deseo, deseo,
     la vida es un alboroto,
     y la muerte un tiroteo,
     y la muerte un tiroteo.

Ay, jazmines de la Vega,
Ay geranios de Triana,
cipreses del Albaicín,
arrayanes de la Alhambra,
cedros del Generalife,
aroma, color y savia...
Muerto yace aquel arbusto,
raíces y tronco y ramas,
que brotó de vuestra tierra
y floreció en obra y gracia!

     Huye, deseo, deseo,
     la vida es un alboroto
     y la muerte un tiroteo.

Federico,
voz, cantar, leyenda, magia,
Federico, ay Federico,
tierra, polvo, sombra, nada...
Los gusanos de tu cuerpo
roen rosas y manzanas.
Los gusanos de tu cuerpo
roen que roen las almas,
almas tensas, almas lívidas,
almas tensas, almas cárdenas.
Los gusanos de tu cuerpo
roerán a toda España...

¡No, que tu espíritu en flor
incorrupto se levanta!
Huele a almendro y a jazmines,
Y sabe a oliva y naranja.
Vuela sobre las dehesas
y da vida a la torada
y enciende como candelas
los cipreses de la Alhambra;
ahuyenta las nubes cárdenas,
y descorre en el Oriente
las cortinas del Mañana.
Tu espíritu en flor, tu espíritu
en luz, tu espíritu en gracia
hará brotar de la Vega
cosechas de nuevas almas...
almas tiernas, almas límpidas,
almas tiernas, almas cándidas.
                                 
        
Salvador de Madariaga
Nueva York, 1938