Lo Último

2895. El largo viaje




El largo viaje había llegado a su término.

Como si procedieran del otro lado del mundo.

—Ahora sí, venga, que papá nos estará esperando. —Era la orden de puesta en marcha.

El hombre de la mirada huidiza y la gorra calada hasta las cejas fue el primero en recoger la vieja maleta atada con una cuerda, y enfilar hacia la puerta de salida. La mujer de los ojos enrojecidos y el semblante pálido cargó sin ayuda las dos enormes bolsas formadas por hatos de ropa. La pareja estrechamente unida y temerosa se ocupó de dos maletas y un cesto cubierto por una mantita raída. El quinto de rostro enjuto, en cambio, se acercó a ellos. Había deslizado no pocas miradas en dirección a Fuensanta y Úrsula antes de decantarse por la primera, la mayor, ya muy mujer.

Mucho.

—¿Puedo ayudarlas?

—No, gracias. Somos cuatro. Podemos con todo.

—Como quieran.

Una última mirada. Fuensanta apartó los ojos. Barcos en la noche. Era la más alta, así que se ocupó de bajar las tres maletas y los dos hatillos de la parte de arriba. Para cuando enfilaron el pasillo, el quinto ya no se encontraba a la vista y el vagón se estaba vaciando.

—Cuidado, no les des golpes, no sea que se abran y se desparrame todo por el suelo —le dijo Carmen a su hijo.

—Yo cargo ésta, que es la que más pesa —se ofreció Úrsula.

—Deja, ya la llevo yo. Tú coge la otra y este hatillo —decidió Fuensanta.

Llegaron a la plataforma, descendieron los tres escalones y pusieron su primer pie en tierra. La Estación de Francia era inmensa, bulliciosa. Olía a trenes y vida. Olía a máquinas y tiempo.

Allí, en alguna parte, tras los andenes, estaría Antonio.

Cuatro años.

Otra vida perdida.

Carmen elevó la cabeza, como si pudiera verlo de buenas a primeras. Fuensanta se dio cuenta de ello y la imitó. Úrsula y Salvador, en cambio, contemplaban la estación, el alto techo, los contornos de su primera Barcelona, asimilando toda aquella descarga de energía brutal que nunca olvidarían.

Carmen tomó una vez más el mando.

—No os separéis, ¿eh?

Caminaron unos metros, no demasiados.

La pareja de hombres, serios, trajeados, salió de alguna parte.

Ni siquiera se dieron cuenta de nada hasta que uno les cortó el paso y el otro levantó la solapa de su chaqueta para mostrarles el distintivo.

—Papeles.

—¿Cómo dice?
—Papeles.

—Mi marido está…

—Señora, papeles. —El tono fue cortante.

Seco.

—Perdone.

Tuvo que agacharse, desanudar su hatillo, revolver por entre las dos cajas de recuerdos, lo más indispensable, porque el resto se había quedado atrás. Cuando se levantó les entregó toda la documentación que llevaban encima. Incluido el libro de familia.

—¿De dónde vienen?

—De Murcia.

—¿De qué parte?

—De Isla Plana. Bueno, de Mazarrón, aunque yo nací en…

—¿Y los salvoconductos?

—¿Cómo dice?

—¿Está sorda, señora? Los salvoconductos.

—No tengo nada más que eso. —Señaló lo que acababa de entregarle.

—Entonces tienen que acompañarnos. —El hombre le puso la mano en el brazo.

—¿Acompañarles? ¿Adónde?

—Ya lo verá.

La mano se convirtió en una zarpa. El otro hombre le puso la suya a Salvador en el hombro.

—Oiga, venimos a trabajar… —Carmen sintió que un enorme peso lastraba su cuerpo y convertía en inconexas sus palabras—. Mi marido y su primo nos han encontrado trabajo a mis hijas y a mí, porque el niño va a estudiar. Si me dejan ir a buscarle… Él les contará… Tenemos casa. Tenemos donde ir… Por favor…

El hombre tiró de ella. Ya no la escuchaba.

—Tú vigila que no echen a correr —le dijo a su compañero.

—Mamá… —se asustó Salvador.

—¡Andando!

—No pueden hacer esto… ¿Qué es lo que pasa? ¿Adónde nos llevan?

—No sé a qué vienen todos aquí, por Dios, con una mano delante y otra atrás. —El hombre no parecía dirigirse a ella, sino hablar en voz alta—. Como les dé por hacerlo en masa…

—Venimos porque aquí hay trabajo —habló por primera vez Fuensanta—. Allí sólo hay hambre.

El primer hombre se detuvo. No soltó el brazo de Carmen. Se encaró con la muchacha y su rostro grave se convirtió en una máscara seca y endurecida.

—En esta España nadie se muere de hambre, niña.

Fue como si se lo escupiera a la cara, palabra por palabra.


Jorsi Serra i Fabra
Sombras en el tiempo, 2011










2894. Encarnita Luna. La niña de Fuensalida muerta por un avión faccioso

Una carroza blanca traslada al cementerio a Encarnita Luna, la niña muerta por un bombardeo franquista en Fuensalida



Las víctimas inocentes

Un periódico de la mañana recogió días pasados esta noticia que tiene un hondo patetismo y un valor espartano de heroicidad: «El jefe de Correos de Fuensalida (Toledo) envió ayer a la Dirección General de Correos el siguiente despacho, demostrativo de la valerosa abnegación con que los funcionarios de este republicanísimo Cuerpo, como sus hermanos de Telégrafos, luchan por la República, contra la criminal rebelión: «Aviación fascista esta tarde arrojó una bomba sobre el edifico de Correos, sepultando a mi hija y destrozando el edificio. Ante crimen tan horrendo, sólo pido que compañeros de ésa libre servicio acompañen el cadáver, que en estos momentos se traslada a la Dirección General y se embalsama. ¡Viva la República!» 

El telegrama venía sin firma. El funcionario de Fuensalida la había omitido deliberadamente, porque todos los miembros de Comunicaciones rehuyen la publicidad de sus heroísmos  individuales para hacerlos recaer sobre la colectividad.

El cuerpecito destrozado por la metralla fue conducido inmediatamente a Madrid. Y allí, en Fuensalida, en el lugar mismo de la tragedia, siguió el padre, con el corazón retorcido por el dolor, cumpliendo su deber de funcionario heroico.

Pero el ministro de Comunicaciones le ordenó que regresara a Madrid para que pudiera acompañar al cadáver de su hija hasta el momento de darle sepultura. 


*


En un salón del palacio incautado por el Sindicato de Carteros está expuesto el cadáver de la niña muerta por la metralla fascista. Junto al ataúd, pequeño y blanco, el dolor paterno cuaja en lágrimas silenciosas. Aun está viva en sus ojos la horrible visión de pesadilla, la casa en escombros humeantes, y entre ellos, los cuerpecitos de sus tres hijos pequeños. 

—Aquella tarde —nos dice el infortunado jefe de Correos de Fuensalida, don Juan Luna Moreno— había ido al pueblo uno de mis hermanos, que ha estado en la columna que mandaba el coronel Puig. Había ido con el propósito de traerse a Madrid a Encarnita, la hija que ha perdido para siempre.

La niña estaba preparando sus cositas, porque media hora después salía el coche que había de traerla, cuando llegó un avión faccioso. Era la primera vez que volaba sobre Fuensalida. Soltó ocho bombas. Una cayó sobre la casa de Correos. Tres hijos míos estaban allí. Encarnita, de nueve años; otra hermana menor y el pequeño, de tres meses, en la cuna. La casa quedó convertida en un montón de escombros. Yo, que estaba en la calle y me había tirado al suelo al oír la primera bomba, corrí hacia mi casa. En el camino me encontré a la niñera del pequeño. «¡Mis hijos, mis hijos! ¿Qué ha sido de mis hijos?». «Están muertos», me dijo la niñera. Como un loco busqué entre los escombros. Dos viguetas cruzadas habían formado un hueco sobre la cuna del pequeño, y por esto pudo salvarse milagrosamente. La niña menor, de tres años, había salido en aquel momento a la calle; también se había salvado. Pero Encarnita... A Encarnita, después de un largo rato de búsqueda afanosa entre los escombros, la encontramos destrozada.

El infortunado padre no puede continuar el relato, porque el dolor le atenaza la garganta. Y da pena ahondar en su pena con nuevas preguntas. Junto a él, destrozado está el cuerpo de la niña, víctima de la metralla fascista. Con una insospechada serenidad en la boca, florecida de dos pétalos morados junto a los ríos sangrientos de las heridas. La boca que se cerró para siempre una tarde que ha de cuajar en romance popular, cuando se abría frente al espejo infantil, cantando las estrofas ingenuas que la bomba segó en la mitad del camino: 

Tengo una muñeca 
vestida de azul 

En el cielo sin nubes de los niños hay ya un coro de muñecas, vestidas de azul, para entregar a Encarnita la palma del martirio. 


A.O.S. 
Mundo Gráfico, 30 de septiembre de 1936







2893. Al presidente de Chile, Salvador Allende




No os los creáis, cubría
su rostro la misma máscara.
La lealtad en la boca,
pero en la mano una bala.
Al fín, los mismos en Chile
que en España.

Ya se acabó. Más la muerte,
la muerte no acaba nada.
¡Mirad! Han matado a un hombre.
Ciega la mano que mata.
Cayó ayer. Pero su sangre
hoy ya mismo se levanta.


Rafael Alberti
Fustigada Luz, 1980







2892. Pedro Salas Esmerado, militante de la C.N.T.

El miliciano Pedro Salas, rodeado de un grupo de camaradas (Foto: Vicente López Videa/Mundo Gráfico)


"Cuando entremos en Burgos nos afeitaremos".—Espíritu de disciplina y obediencia, una compenetración absoluta y un ansia de combatir y de ser siempre los primeros en la línea de fuego.


Hay una característica común a todos los milicianos con quienes hemos hablado: la modestia. Deliberadamente, hemos ido eligiendo para estas informaciones a un soldado popular de cada una de las agrupaciones proletarias y republicanas que luchan en los distintos frentes.Y todos, como obedeciendo a una consigna —¡magnífica consigna de disciplina y de serenidad!—, contestan a nuestras preguntas, eludiendo en sus respuestas la parte que pudiera parecer vanidad personal. Con la misma serenidad con que se juegan la vida frente al enemigo —en ejemplo magnífico de arrojo y de valor—, hablan de sus hechos de armas, restándole importancia a su actuación heroica, a esa decisión arrolladora de vencer, que es, desde el primer día de actuación, la característica de los milicianos. Cuando el periodista trata de inquirir el dato personal, el gesto individual de heroísmo,el miliciano responde siempre generalizando, pidiendo para todos sus camaradas, desde los soldados a los jefes, el laurel. Cuando se escriba la historia de estos días agitados que estamos viviendo, habrá que encerrar el perfil de los soldados populares dentro de estos cuatro puntos cardinales: serenidad, heroismo, disciplina y modestia. Cuatro manifestaciones distintas de un sólo exponente: su amor a la República y a la libertad.


*


El camarada Pedro Salas Esmerado, militante de la C.N.T., es un buen ejemplo de lo expuesto anteriormente. No quiere hablar de su actuación en Toledo y en los frentes de la Sierra, donde viene luchando desde el primer día. Prefiere hacerlo de un modo general, hablando de las Milicias y de los jefes. Y no hay más remedio que seguirle en su deseo, porque de otro modo no hablaría. 

Pedro Salas, a quien hemos podido interrogar en un paréntesis de la lucha que ha aprovechado para pasar en Madrid breves horas, está, cuando le interrogamos, rodeado de camaradas. Entre ellos, Augusto Pardo, otro militante de la C.N.T., un hombre sagaz, de espíritu fino, que está prestando muy buenos servicios a la causa del pueblo. Salas lleva una barba de muchos días, que es un buen punto de partida para el comentario jocoso de sus camaradas. 

—Es una promesa, ¿sabe usted?—nos dice, acariciándose la barbechera del rostro—. El capitán Galán ha prometido no afeitarse hasta el día que entremos en Burgos. Y muchos milicianos de su columna nos hemos dejado la barba. Es un poco molesta; pero estoy seguro de que la vamos a tener poco tiempo.

Salas habla del capitán Galán con verdadera veneración. Y me dice: 

—Es un soldado más entre nosotros. Y un prodigio de resistencia, de serenidad, de heroísmo y de fervor por nuestra causa. A su lado se lucha hasta la muerte, sin reparar en el peligro, porque él es el primero en dar ejemplo. ¡Y si viera usted cómo trata a sus soldados! Para nosotros es no sólo un camarada, sino un padre.

Se habla de la situación actual de Toledo, y Salas, que contribuyó a su conquista en los primeros días, comenta; 

—Allí ya no hay nada que hacer. Esa resistencia en el Alcázar del último foco de los sublevados desaparecerá rápidamente. A los dos días de estar nosotros en Toledo, cuando ya se habían encerrado los insurgentes en el Alcázar, nos convencimos de que, fatalmente, por su propio agotamiento, los rebeldes estaban condenados inexorablemente a la rendición. Y nos fuimos a la Sierra, donde había más cosas que hacer, donde se podía luchar hasta borrar del mapa a los enemigos.

Hablamos de los peligros del frente, del riesgo de las primeras líneas de fuego, y el camarada Salas tiene un comentario humorístico. 

—¡Bah! A todo se acostumbra uno, a pesar de que para esa lluvia no hay paraguas. 

 Y luego, seriamente, desvía la intención personal del tema: 

—Lo interesante es que los soldados y milicianos estén bien atendidos. Y lo están. Yo estoy destinado como suministrador en el Economato, y se lo puedo asegurar. He aguantado muchas balas del enemigo, porque parece que ya tiene «calado» al camión de víveres; pero es lo mismo. El camión llega siempre hasta las primeras líneas, pase lo que pase, para que estén bien atendidos los camaradas. Como prueba de este deseo, conseguido plenamente, tiene usted este ejemplo: todos los ranchos calientes que se reparten a la tropa—siempre en la mayor cantidad posible—llegan hasta las mismas avanzadas. Igual ocurre con el café que se reparte por las mañanas.

Seguimos hablando del frente: 

—Allí —nos dice Salas— hay un espíritu de disciplina y de obediencia realmente magníficos. Y una compenetración absoluta, y un ansia de combatir y de ser siempre los primeros en la línea de fuego, que es lo que nos lleva siempre a la consecución de cuantos objetivos se propone el mando. 

Una pausa. Y este elogio: 

—Se han recibido en el frente donativos de Izquierda Republicana, enviados por Victoria Kent, que se desvela por el bienestar de los milicianos. ¡Qué mujer más admirable es Victoria Kent!

Una última pregunta mía: 

—¿Cuál es la situación del enemigo en la Sierra? 

—De fracaso y desconcierto ante el ímpetu de nuestros hombres. El enemigo está agotado, vacilante. Le vemos; pero a cada hora que pasa da una mayor sensación de agotamiento.

Pedro Salas, envuelto en la marea de camaradas, se aleja camino del domicilio social de la C.N.T. Al marchar levanta el puño en despedida: 

—¡Salud! 
—¡Salud! 


Mundo Gráfico, 19 de agosto de 1936







2891. Un taller colectivo de modistas y sastras que trabajan voluntariamente para los luchadores del pueblo

A la izquierda: Isabel López (x), secretaria femenina del Radio 9 de las Juventudes Socialistas Unificadas, que dirige el taller instalado
en el que fue convento de las Pastoras, donde se confeccionan ropas para los combatientes (Foto: Videa) 



Convento que se llamó de las Pastoras, en Chamberí,  casi inmediato al pulmón popular de la Glorieta de Cuatro Caminos. Un caserón ni muy antiguo ni muy moderno, con cierto aire recoleto y provinciano. El patio conventual, con sus arcadas, sus galerías y sus arriates, parece el de una casona de Sevilla. Y al fondo de la mansión, el jardín umbroso, fresco, abierto entre un cuadrilátero de galerías con balcones y rejas. 

En una vasta sala, llena de alegría solar, entonan su canción de ritmo monótono hasta cincuenta máquinas de coser. Parlas y risas femeninas decoran como estribillo la canción mecánica. Cincuenta muchachas trabajan con esa animación juvenil que hace alegre y provechoso el esfuerzo. Modistas y sastras, espuma de juventud; las que decoran con su gracia única, en escuadrones volantes, las aceras madrileñas dos veces al día entre un revuelo de piropos y risas. 

¿Ha empezado la temporada de costura? Ciertamente, por estos días, las madames más o menos auténticas habían regresado ya de sus compras parisinas, y los modistos afamados lanzaban sus primeras reclames en los periódicos y empezaban a recibirse en los grandes almacenes los tejidos que la fantaisia de los dibujantes lanzaban como nuevas modas.

Todas estas muchachas empezaban a ir al taller de madame o a recluirse en los más modestos «cuartos de labor» de las modistas de la clase media. 

La labor que ahora hacen todas estas muchachas es bien distinta. Por los tableros de sus máquinas no se deslizan, al ritmo de la Singer, telas costosas, sedas y crespones, pañetes delicados, lanas fonjes y ricas. Sus manos pulidas, de uñas esmaltadas; sus manos habituadas a las delicadezas de las toilettes lujosas, manejan gruesos tejidos de colores apagados, cosen piezas innúmeras de tela azul uniforme y proletaria. 

La madame no pasea entre las máquinas su prestancia vanidosa, dura y exigente, que se desquita en el taller de las zalemas y adulaciones que prodigó en la «sala de pruebas» a las clientas ricas. 

Rige este taller luminoso, alegre, lleno de risas y canciones en flor, una muchachita menuda y morena, viva e inteligente. Es casi una niña, y tiene dinamismo y energía de verdadera autoridad. Se llama Isabel López, y es la secretaria femenina del Radio 9 de las Juventudes Socialistas Unificadas. 

Ella ha organizado, en lo que fue convento, este taller colectivo, donde ciento veinte muchachas trabajan haciendo cazadoras de abrigo, «monos», camisas y jerseys para los combatientes del pueblo. 

—Todas estas compañeras —me dice— están trabajando aquí voluntaria y desinteresadamente. Bastó un solo llamamiento de las Juventudes para traerlas. Algunas estaban colocadas y tenían labor retribuida en otros talleres, y la han dejado para venir a trabajar gratis. 

Nos cuenta Isabel López cómo en pocas horas se organizó el taller: 

—Las primeras veinte máquinas las dio la Casa Singer. Las demás han ido viniendo como fruto de las requisas hechas por las Juventudes. En Abastecimientos los surten de telas para los uniformes y camisas, y de lanas, para los jerseys. 

—¿Cómo está organizado el trabajo?

—Por el sistema stajanovista. Cada compañera, con una o dos ayudantas, trabaja en una máquina. Controlamos el rendimiento de cada máquina, que ya está calculado en cada jornada, y luego, colectivamente, el del taller, que ha de alcanzar una cifra de producción prevista.

—¿Cuál es la producción actual? 

—Somos hasta ahora ciento veinte compañeras, divididas en tres Secciones. No hace más que una semana que estamos trabajando, y ya conseguimos hacer diariamente unas setenta cazadoras, otros tantos «monos» y camisas; los jerseys, naturalmente, por ser labor más minuciosa, se hacen en menor cantidad.

 —¿Usted está al frente de los tres talleres? 

—Tengo como ayudantas dos delegadas; Mercedes del Hierro y Valentina Pérez. Esta es una gran luchadora. Ha estado en los frentes de la Sierra como enfermera; luego, en Talavera, en las cocinas de campaña y llevando víveres a las líneas de fuego. 

— ¿Son todas madrileñas, chamberileras, estas muchachas?

 —En su mayor parte, están afiliadas a nuestro Radio de Chamberí. Pero hay varias asturianas, a las que los sucesos sorprendieron en Barcelona. Habían ido formando parte de las Agrupaciones de folklore que iban a actuar en la Olimpíada Popular, y se han quedado aquí. 

Interrumpe Isabel sus explicaciones. Los preparativos del fotógrafo han producido cierto revuelo en el taller. El enjambre femenino se alborota, risueño, preocupado con la pose ante el objetivo. Isabel, con acento enérgico, clama: 

—¡A trabajar! ¡La labor no debe interrumpirse ni por hacer fotografías ni por nada!

Instantáneamente el alegre tumulto cesa. Ni una protesta, ni una murmuración. Vuelven a trepidar las máquinas.

 —Veo que hay disciplina—insinúo.

Isabel López me contesta con gravedad:

 —Naturalmente; como la tiene toda la juventud en estos instantes. Precisamente porque nada, ni siquiera el interés del jornal nos obliga, tenemos derecho a exigirnos a nosotras mismas el máximo esfuerzo. 

Un cortador se acerca a hacerle una consulta, y la secretaria la resuelve rápidamente. Se intensifica el ritmo mecánico de la canción laboriosa. Isabel López, satisfecha, toma unas notas en su bloc. El enjambre humano trabaja. Alegría creadora del entusiasmo, que no se cansa, que no ve en el trabajo un castigo, sino una liberación. ¡Salud, camaradas! 


Juan Ferragut
Mundo Gráfico, 30 de septiembre de 1936






2890. ¡No hay Dios!




¡No hay Dios!

Auto en veinticuatro versos cortos

La escena entre bastidores.

Personajes:
El público
El director de la Revista
El traspunte García
La voz del guardarropa
La voz del maquinista
Coro de artistas 
y Dios que no aparece.

—Pero qué pide el público? ¿qué quiere?   
¿Por qué grita la gente? ¿Por qué silba?   
(le pregunta colérico al traspunte   
el director de la Revista).
—Piden a Dios, dicen que salga Dios.
—Pues que salga en seguida.
—No le toca aún salir.
—Que se le adelante la salida.   
A ver, a escena Dios. ¡Dios! ¡Dios!   
(El director se desgañita)   
¡Dios! ¡Dios! ¿Dónde está Dios?   
¡Búsquele usted, García!
—¡No hay Dios! ¡No hay Dios!   
(vuelve el traspunte enrojecido de ira).
   
¡El Dios de la tramoya   
se lo han llevado los franquistas!


León Felipe
Español del éxodo y del llanto, 1939   






2889. Alberto Leiva. Cuatro días y cuatro noches andando hacia Madrid

Alberto Leiva (Fotografía de Vicente López Videa)


La odisea de un chaval de doce años. Cuatro días y cuatro noches andando hacia Madrid 

Alberto Leiva es un chaval de doce años, fuerte y vivaz, de rostro tostado y de ojos grandes y expresivos. Es suelto de ademán y rápido de gesto. Habla con un marcado acento cordobés, y hay en todo él la viveza de su tierra meridional. 

Es andaluz, y está ahora en Madrid, en una de las residencias para hijos de combatientes y de evadidos. Vive con centenares de compañeros. Otros chavales como él, que a lo largo de todo el día estudian o se divierten en el jardín y en las estancias de la enorme casona que les sirve hoy de albergue. 

Los chiquillos juegan y ríen, y nada en sus rostros delata el drama que pesa ya sobre sus pequeñas vidas. Entre esos dramas está el de Alberto Leiva. Doce años nada más, y ya sobre su espíritu la carga de un dolor, que irá haciéndose más grande a medida que los días pasen y que la conciencia adquiera todo su valor en la personalidad todavía balbuciente. 

Hoy, lo vivido sólo le parece aún a este muchacho como un sueño, del que le apartan los juegos y los amigos, del que le aparta, sobre todo, su escasa edad. Mas cuando el niño vaya muriendo y el hombre surja, el recuerdo de la tragedia —el mismo sombrío recuerdo en tantos otros niños españoles— se hará más patético en la frente de este Alberto Leiva del rostro tostado y los grandes ojos expresivos. 

Rápidamente, a saltos, como si no quisiera acordarse de ello, ha ido evocando sus horas malas. Parecía, mientras hablaba, que tiraban de él, más poderosos que el recuerdo de drama vivido, los juegos y las palabras de los compañeros que corrían cerca. 

Es de Montilla. Su padre era el presidente de la Sociedad de Carpinteros de este pueblo cordobés. Ardía la provincia en las llamas de la guerra civil. Un día, la lucha estalló allí mismo, en las blancas calles montillanas, ante las casas bajas, que se cerraban precipitadamente. Sonaban los fusiles y las ametralladoras. Se oían gritos. A trechos, un silencio impresionante. 

En casa de Alberto Leiva, los siete chiquillos del matrimonio se acurrucaban junto a la madre. Los tiros tejían un eco de tragedia sobre el hogar proletario. La hermana mayor —catorce años— sostenía en brazos al último de los hermanos: un chiquillo de un año nada más. 

Así, recluidos en el hogar, hubieron de estar muchas horas, sin poder salir. Cuando parecía ya extinguida la lucha pensaron en marchar de la casa, en huir del pueblo. El matrimonio y los chiquillos salieron. No había acabado aún el drama de Montilla. Allí mismo, casi a la puerta de la casa, quedó muerto el padre. Al escuchar los tiros, este Alberto Leiva, que está hoy en Madrid, echó a correr. Le pareció, en la huida, que los soldados detenían a su madre. No vio más. Dobló la primera esquina, Cruzó calles y calles hasta verse en las afueras del pueblo. Sobre su oído y sobre su corazón seguían resonando aquellos tiros que habían matado a su padre. Corría y Corría, anhelante, angustiado. Iban quedando lejos las casas blancas del pueblo. Ya Montilla era sólo un caserío perdido en la distancia. 

—Yo sólo pensaba en correr, en ir lejos de allí... —dice ahora, al recordar las horas de la huida febril a través de los campos cordobeses. 

Muchas horas así. Y no le fatigaba el andar. Cuando fue de noche y el sueño le venció, se tendió a un lado del camino. Pero su obsesión única era la de andar, la de alejarse de Montilla. Caminaba de día y de noche. Así llegó a Espejo. Después, a Villa del Río. Ya no recuerda los nombres de pueblos. Andaba y andaba, sin saber hacia dónde iba. 

De vez en cuando encontraba por la carretera patrullas de soldados. Le paraban, le preguntaban adonde iba. El decía que a Madrid, ignorando realmente si aquel camino llevaba en efecto a Madrid. Los soldados le dejaban seguir. 

—Bueno, muchacho, vete. 

Así, sobre los caminos, cuatro días con sus cuatro noches, en su corazón el recuerdo del padre muerto, de la madre y los hermanos distantes. Para él apenas existían el hambre y el sueño. Sólo aquel afán único de escapar, de llegar a tierra de paz. Cuando el sueño podía más que las piernas, se echaba a dormir a los lados del camino. Si el hambre le azuzaba, entraba en las huertas y cogía fruta. 

Al cabo de esos cuatro días con sus cuatro noches vio que un coche avanzaba por la carretera. El coche se detuvo ante el chiquillo. Unos hombres se bajaron e hicieron al muchacho unas cuantas preguntas.

Este coche era del Socorro Rojo Internacional. Subieron en él al muchacho. Unas horas después, Alberto Leiva estaba en Madrid, en una de las oficinas del Socorro. Al día siguiente ingresaba en la residencia en que ahora está, y en la que lleva ya un mes. Allí juega, estudia y se dispone a aprender un oficio.

No ha vuelto a saber nada de Montilla. Nada de su madre y de sus hermanos. ¿Está la madre en la cárcel? ¿Pudieron escapar, como él, y están en algún otro pueblo? Alberto Leiva, aquí, en Madrid, sin los suyos, se siente sólo, huérfano. 

Pero él prefiere no hablar de su drama, de su odisea. Es todavía un niño, y tiene ya un pasado. Como en un escape de esa realidad triste, prefiere hablar de su porvenir, del oficio que quiere aprender afanosamente. 

—¿Qué vas a ser?

—Carpintero. Como mi padre. 


J.M.A. 
Mundo Gráfico, 21 de octubre de 1936