Lo Último

Los niños del destierro. Testimonio de Josefina Aldecoa





Era el verano de 1936. Era un julio azul, teñido de oros violentos. Era la siega y los baños en el río y el cielo estrellado sobre nuestras cabezas. Solíamos contemplarlo: un techo inmóvil, indestructible, amigo. La luz fría y brillante de la luna señalaba caminos en la noche. Era verano en Castilla. Recuerdo que hacía calor, mucho calor. De norte a sur, de este a oeste, los niños vivíamos alegres la doble libertad del verano y la vacación. La tierra seca o verde, los bosques o las playas estallaban de promesas lúdicas. Pueblos y ciudades llenos de niños despreocupados y felices, ignorantes, en un recreo ininterrumpido, de todo lo que no fuera el sol y el juego.

De pronto, una mañana estalló la catástrofe. El mundo se desplomó. Todo comenzó a derrumbarse a nuestro alrededor y los niños asistimos despavoridos al final de nuestra infancia.

Algunos se hundieron entre los escombros, muchos se refugiaron en frágiles guaridas y otros huyeron, de la mano del padre, atravesando la tierra de nadie hasta alcanzar fronteras de amistad y de socorro.

La fotografía que hoy contemplamos, con un temor inevitable, podría ser la imagen de cualquier guerra de ahora mismo, de ayer o de mañana. Pero ocurre que esa fotografía refleja nuestra guerra, con ese posesivo doloroso y maldito de guerra nuestra, guerra de nuestros niños asustados y hambrientos, arrastrados deprisa lejos del trueno abrasador y mortal de las bombas.

Hombres, mujeres y niños cargados con los restos del naufragio, iniciaron un viaje sin retorno. Dentro quedaron muchos. Niños de la guerra, testigos de la muerte, la destrucción y el caos, que seguían jugando en los escombros; viviendo en lo que quedaba de sus hogares, con el padre en el frente y la madre buscando qué comer, en qué trabajar, a qué puerta llamar.

En una u otra zona del espanto, los niños de la guerra jugaban a estar vivos, a esperar, a guardarse las preguntas para después que todo terminara. Preguntas que se quedaron sin respuesta durante años. Preguntas suspendidas en el aire, cargadas de incertidumbre y miedo.

Mientras tanto, los niños del destierro compartían el pan y la palabra en campamentos improvisados. Más tarde, emigraron lejos, a otras tierras, a otras lenguas, a otras costumbres. Muchos perdieron en la huida la mano protectora, la manta que abrigaba su sueño —olor a casa, a padre, a madre, a todo lo abandonado—. La mayoría siguió adelante. Encaramados en camiones atravesaron caminos, ríos, montes. Llegaron a puertos solidarios y cruzaron océanos. Los más afortunados encontraron un puesto entre los hombres de buena voluntad que les abrieron sus brazos generosos.

Cuando acabó la guerra, los que habían permanecido en sus casas se vieron sumergidos en una etapa de privaciones y prohibiciones infinitas. Niños retenidos en el pueblo o la ciudad propia, incomunicados con el mundo exterior; niños huérfanos o custodiados por padres temerosos. Hijos de los vencidos que vivían en silencio su derrota, que inventaban cada día la forma de salir adelante.

Había otros niños, hijos de padres vencedores, intransigentes y autoritarios que esgrimían el «no» a cualquier propuesta alegre, a cualquier escapatoria del cerco asfixiante que marcaba la dura realidad. Niños todos de la sórdida posguerra, encerrados en límites estrechos, sometidos a consignas, censuras, miedos.

Han pasado sesenta años desde esta fotografía, desde esa guerra cruel y nuestra. Muchos de aquellos niños han muerto ya. Unos pocos han regresado en busca de un país que fue suyo y que quedó grabado en su memoria con la nitidez de los recuerdos infantiles. A veces, casualmente, nos encontramos los que fuimos niños de la guerra, dentro y fuera de España. Nos quedamos mirándonos unos momentos y en nuestra mirada se adivinan mil cosas nunca dichas. Y una pregunta que encierra otras preguntas: ¿Por qué? ¿Por qué nos fuimos? ¿Por qué nos quedamos? Niños de la guerra, niños del destierro.

Una generación de españoles marcada siempre por la peor experiencia que un país pueda sufrir: la guerra civil.

Ese niño pequeño de la fotografía, ese niño que huye aferrado a la mano de su padre, seguido de un hermano un poco mayor que él, pero maduro de golpe, responsable instantáneo de su destino; esos soldados que contemplan la escena, son todos ellos un símbolo de lo que no debe ser, de lo que nunca puede volver a repetirse. Era un verano cálido y los niños jugaban en la calle, en el campo, libres con la libertad esplendorosa de las vacaciones. Como ahora mismo, en este verano del 96 juegan otros niños, nietos nuestros, nietos de aquellos niños del 36. Ajenos a peligros, amenazas, catástrofes. En paz y en libertad.


Los niños del destierro. Testimonio de Josefina R. de Aldecoa, recogido en Los niños republicanos en la Guerra de España, de Eduardo Pons Prades, 1997



2271. El hambre

Fotografía de Gerda Taro




EL HAMBRE

I

Tened presente el hambre: recordad su pasado
turbio de capataces que pagaban en plomo.
Aquel jornal al precio de la sangre cobrado,
con yugos en el alma, con golpes en el lomo.

El hambre paseaba sus vacas exprimidas,
sus mujeres resecas, sus devoradas ubres,
sus ávidas quijadas, sus miserables vidas
frente a los comedores y los cuerpos salubres.

Los años de abundancia, la saciedad, la hartura,
eran sólo de aquellos que se llamaban amos.
Para que venga el pan justo a la dentadura
del hambre de los pobres aquí estoy, aquí estamos.

Nosotros no podemos ser ellos, los de enfrente,
los que entienden la vida por un botín sangriento:
como los tiburones, voracidad y diente,
panteras deseosas de un mundo siempre hambriento.

Años del hambre han sido para el pobre sus años.
Sumaban para el otro su cantidad los panes.
Y el hambre alobadaba sus rapaces rebaños
de cuervos, de tenazas, de lobos, de alacranes.

Hambrientamente lucho yo, con todas mis brechas,
cicatrices y heridas; señales y recuerdos
del hambre, contra tantas barrigas satisfechas:
cerdos con un origen peor que el de los cerdos.

Por haber engordado tan baja y brutalmente,
más abajo de donde los cerdos se solazan,
seréis atravesados por esta gran corriente
de espigas que llamean, de puños que amenazan.

No habéis querido oír con orejas abiertas
el llanto de millones de niños jornaleros.
Ladrábais cuando el hambre llegaba a vuestras puertas
a pedir con la boca de los mismos luceros.

En cada casa, un odio como una higuera fosca,
como un tremante toro con los cuernos tremantes,
rompe por los tejados, os cerca y os embosca,
y os destruye a cornadas, perros agonizantes.


II

El hambre es el primero de los conocimientos:
tener hambre es la cosa primera que se aprende.
Y la ferocidad de nuestros sentimientos,
allá donde el estómago se origina, se enciende.

Uno no es tan humano que no estrangule un día
pájaros sin sentir herida en la conciencia:
que no sea capaz de ahogar en nieve fría
palomas que no saben si no es de la inocencia.

El animal influye sobre mí con extremo,
la fiera late en todas mis fuerzas, mis pasiones.
A veces, he de hacer un esfuerzo supremo
para acallar en mí la voz de los leones.

Me enorgullece el título de animal en mi vida,
pero en el animal humano persevero.
Y busco por mi cuerpo lo más puro que anida,
bajo tanta maleza, con su valor primero.

Por hambre vuelve el hombre sobre los laberintos
donde la vida habita siniestramente sola.
Reaparece la fiera, recobra sus instintos,
sus patas erizadas, sus rencores, su cola.

Arroja sus estudios y la sabiduría,
y se quita la máscara, la piel de la cultura,
los ojos de la ciencia, la corteza tardía
de los conocimientos que descubre y procura.

Entonces solo sabe del mal, del exterminio.
Inventa gases, lanza motivos destructores,
regresa a la pezuña, retrocede al dominio
del colmillo, y avanza sobre los comedores.

Se ejercita en la bestia, y empuña la cuchara
dispuesto a que ninguno se le acerque a la mesa.
Entonces sólo veo sobre el mundo una piara
de tigres, y en mis ojos la visión duele y pesa.

Yo no tengo en el alma tanto tigre admitido,
tanto chacal prohijado, que el vino que me toca,
el pan, el día, el hambre no tenga compartido
con otras hambres puestas noblemente en la boca.

Ayudadme a ser hombre: no me dejéis ser fiera
hambrienta, encarnizada, sitiada eternamente.
Yo, animal familiar, con esta sangre obrera
os doy la humanidad que mi canción presiente.


Miguel Hernández, El hombre acecha




2270. El éxodo





Valencia reventaba, la capital levantina era estrecha para albergar la riada que llegaba por la carretera procedente de Madrid. Camiones y coches que tenían que ir al paso de la multitud, desembocaban en la ciudad de noche y de día, incesantemente, sin parar, arracimados y compactos. A lo largo de la carretera las gentes extenuadas se quedaban en las cunetas para descansar. El aire estaba impregnado de olor a azahar y a tierra fértil. Las naranjas al alcance de la mano les servían de alimento.

En Valencia las casas estaban abarrotadas, no había hoteles ni pensiones, todo desbordaba. Valencia era el último baluarte, el punto de concentración. Su puerto y el camino abierto a los puertos de Alicante y Cartagena, eran las tablas de salvación de los vencidos. Allí estaba el mar y todos tenían esperanzas de poder embarcar. Ahora cuando todo estaba perdido, lo importante era salvarse, no dejarse atrapar.

Las calles valencianas tenían un colorido abigarrado: soldados con fusiles al brazo de todas las armas, de todos los cuerpos, caminaban de un lado para otro, buscando, indagando la forma de salir. Hombres y mujeres de todas las edades llenaban las calles; la Plaza de Emilio Castelar estaba invadida por una muchedumbre que no encontraba refugio a techo cubierto. Se repartían sacos de jugosas naranjas; miles y miles eran consumidas por los refugiados, toda la plaza amarilleaba sembrada de cáscaras.

A los domicilios de Partidos y sindicatos no se podía entrar; escaleras, pasillos y despachos estaban llenos de personas que querían saber dónde, cómo y cuándo iban a salir. Las gentes iban a la playa para descansar en sus aguas, los doloridos pies reventados por las ampollas.

Valencia, que había sido la gran ubre que amamantó a Madrid, que recibió en sus pueblecitos alegres y soleados a millares de evacuados madrileños y andaluces, ahora tenía que hacer el último esfuerzo: encajar el golpe de la avalancha, ayudar a sus hermanos en la activada final.

Seguían afluyendo huidos de Madrid que traían noticias del engalanamiento de la ciudad por la “quinta columna” para recibir a las tropas de Franco.

¿Qué pasaría, si aún estaban en la capital levantina esperando no se sabía bien “qué”, cuando ya Franco hubiese dado por terminada la guerra? ¿Cómo salvarse?… Se hablaba de la llegada de unos barcos de la Sociedad de Naciones que embarcarían a todos los que lo desearan…, pero ¿cuándo llegaban?, aquello no podía ser una ratonera, no podían dejarles allí. Miles y miles de personas pululaban por las calles. Sobraban manos. Se esperaba el momento de poder emplearlas en “hacer algo”, en organizar la salida definitiva.

Corrió la noticia como reguero de pólvora: “No llegaban los barcos a Valencia”. ¿Dónde ir entonces? “El puerto de Alicante”. Aquel puerto había sido declarado “zona internacional” por la Sociedad de Naciones. Se decía que ese trozo de tierra sería respetado para que esperasen allí los que querían embarcar. Los gobiernos francés e inglés enviarían barcos suficientes para las casi treinta mil personas que esperaban pudiesen abandonar España. Las noticias iban de boca en boca. A nadie se le ocurría pensar que no estaba su salvación en Alicante. Un movimiento de reflujo se produjo en todos. Se dejó de deambular y empezaron a moverse con actividad febril.

El nuevo éxodo había comenzado. Ahora era Valencia la que se vaciaba; los que tenían medios enfilaron la carretera de Alicante; en los coches iban hasta encima de los “capots”; en los camiones se prensaban para no dejar un solo hueco; los que no disponían de esos medios acudían a los organismos oficiales, a los partidos y sindicatos; los más impacientes a pesar de su fatiga, seguían reventando los pies en el camino, con la esperanza de encontrar vehículo por la carretera.

A las tres de la madrugada Leo y Laura estaban esperando en la Casa del Partido su salida. Todo el local estaba lleno de hombres y mujeres esperando para poder salir. Leo tenía al niño dormido sobre sus piernas, Laura apoyada en su hombro dormitaba. Ella no podía dormir; llevada ocho días en Valencia y apenas había pegado los ojos. Su cara reflejaba las huellas del cansancio, grandes ojeras circundaban sus ojos y las mejillas estaban enflaquecidas y pálidas. Allí sentada pensaba en las muchas veces que en estos tres años había venido a Valencia: ¡qué distinto todo!, venía en misiones de trabajo, en viajes rápidos de tres y cuatro días; entonces Valencia le aparecía un emporio donde se podía encontrar Cernida con bastante facilidad. En la “Marcelina”, en la playa, cara al mar, se comían paellas con sabor a “tiempo normal”; no era una plaza asediada, había alegría, olor a flores, los naranjales perfumaban el aire. Sus gentes de tradición republicana luchaban en todos los frentes, trabajaban en los campos para abastecer a Madrid y su fértil tierra mantenía a todo lo largo de la provincia millares de refugiados.

Leo recordaba Minglanilla, entre Valencia y Madrid, pueblo en el cual todos los que iban o venían de Madrid se paraban a comer. Minglanilla se había hecho célebre por sus huevos gordos como puños, su vino tinto y sus patatas fritas con ajetes. Ahora veía a gentes de toda la región huyendo de sus ricos campos, dejando sus casas, llevando únicamente con ellos un pequeño bulto.

La atmósfera estaba cargada por el humo de los cigarrillos, se fumaba con fruición y nerviosismo; cigarrillos que se encendían con manos impacientes y muchos de ellos tirados a medio consumir, medios cigarrillos que otros días constituían un tesoro.

Leo sentía sed y, le escocían los ojos por la pesadez del ambiente. Les habían dicho que Emilio se reuniría allí con ellas y que saldrían antes del amanecer. Ya casi estaba clareando.

—Tengo frío —dijo Laura.

Leo se quitó la bufanda que llevaba al cuello y se la dio.

—¿Creéis que saldremos de aquí o nos quedaremos con el rabo entre las piernas? —preguntó una mujer que estaba a su lado.

—¡Vaya “estampía”!, yo hubiese seguido defendiéndome hasta con los dientes. ¡Es asqueroso estar esperando camiones para huir como conejos!

Leo calló. La amargura y desesperación se había apoderado del ánimo de muchos, todos los que estaban allí sabían que de quedarse les costaría la vida, pero era tremendamente doloroso marcharse así, en “estampía” como decía la mujer.

Alguien gritó: “¡Ahí están los camiones!”. Todos se levantaron y desapareció el sueño, los ojos brillaban, se recogían bultos, se arreglaban cinturones, todos querían alcanzar la puerta.

Un hombre joven subido a una silla extendía las manos pidiendo silencio. Empezó a hablar “han llegado cuatro camiones, no han podido enviar más de momento; primero saldrán las mujeres y los niños, les llevan a Alicante. En los próximos saldrán los hombres. No pueden llevar bultos, todo el espacio es poco hay que ir de pie y comprimidos”. Las mujeres y los niños se pusieron en fila.

—¿Y Emilio, nos vamos sin saber nada de él? —preguntó Laura.

—Nos iremos, él sabe que estamos aquí le dirán que hemos salido y nos buscará en Alicante, —contestó Leo con sequedad.

Leo estaba angustiada sin saber de Emilio, desde que llegaron a Valencia se habían separado, a él se le había incorporado a los Comités de Evacuación y sólo una vez se habían visto en aquellos días. Irse sin él era para ella angustioso pero no podía quedarse, esta era la única oportunidad de salir, Emilio las buscaría.

Los camiones se llenaban rápidamente, Leo miraba con ansiedad a la puerta de la entrada; de pronto le vio, iba abriéndose camino y buscándolas con la mirada.

—¡Emilio! —gritó.

Llegó hasta ellas, la cara le renegreaba por la barba que le cubría, los pómulos los tenía más acentuados. Al besarle Leo se dio cuenta de que tenía fiebre.

 —¿Te sientes bien? —preguntó.

—Perfectamente. ¿Y vosotras?, ¿tienes leche?, ¿qué habéis comido?

—Estamos bien, no te preocupes.

—Vosotras marchad ahora, yo iré detrás. Nos encontraremos en el puerto, alrededor del rompeolas…, un poco más y enseguida estaremos juntos.

Se besaron con un beso lleno de incertidumbre, los dos eran conscientes, de que de aquí en adelante, las cosas serían difíciles, muy difíciles. El niño reía y le acariciaba la cara, que encontraba extraña y áspera.

El trepidar del motor, los baches, el inmovilismo forzoso; ni un hueco quedaba para mover un pie, el aire azotaba la cara, era un viaje infernal. Iban prensados en el camión como sardinas en lata. Leo y Laura habían puesto al niño entre ambas, con sus cuerpos trataban de protegerle del viento y el polvo. El niño asustado por lo prensado que le llevaban y por los saltos del camión, miraba con los ojos muy abiertos sin atreverse a llorar. A Leo le cegaba el pelo y no podía retirárselo de la cara, no le era posible levantar una mano. 

El camión tenía que sortear mil obstáculos. Las gentes iban por las cunetas y algunos atravesaban los campos por atajos, alumbrándose con linternas, parecían un cortejo de luciérnagas. Pasaron los primeros pueblos, a la altura de Denia y Altea y a pesar de lo temprano de la hora, había gentes por las calles. Leo desfallecía, le pasó como pudo el niño a Laura y se apretó el vientre con las manos, un dolor intenso la hacía doblarse. Nadie hablaba, muchos llevaban cerrados los ojos enrojecidos por el insomnio y la fatiga.


Juana Doña
Desde la noche y la niebla




2269. A Antonio Machado

Fragmento de un retrato de Antonio Machado Retrato de Antonio Machado obra de Leandro Oroz Lacalle



Qué lejana Castilla. Cuando olía Castilla
todas las flores de la primaveras.
Cielo morado. Estrella de luz. Tierra amarilla.
Soledad que desborda su frontera.

No sé quién te nos roba, quién te nos arrebata,
qué viento torvo roba tus canciones.
Junto al astro de plata brillan alas de plata.
(Baja la muerte desde los aviones).

Detrás de las piedras duras de Castilla, y enfrente
la rosa que da al aire su fragancia
la nostalgia que avivan, irremediablemente
los ríos claros de la dulce Francia.

Y después sólo queda evocar, resignarse,
cerrar los ojos, apurar la sombra,
cerrar los ojos, desencadenarse
en esa inmensidad que no se nombra.

¿No oyes cómo te llaman? Madera de tu leño,
voces extrañas te querrán herir.
Por mucho que batallen no podrán conseguir
interrumpir tu sueño,

Pero tú, muerto. Tú desterrado. Tallados
los mansos ojos en la piedra dura
para no ver. En piedra. Para no ver. Cerrados.
Para no contemplar tanta amargura.


José Hierro, 1939



2268. Bombas en la huerta




La rana está allí en el borde del cráter, poniendo sobre la tierra negra y húmeda la mancha blanca de su tripa vuelta al cielo. Parece la miniatura de un niño espanzurrado, con su vientre hinchado, sus patas largas y fláccidas, sus bracitos recogidos sobre el pecho. La fuerza expansiva la mató y la tiró allá a lo alto del pozo lleno de agua sucia, donde vierte la acequia rota su chorro. Al parecer, es la única víctima. Tal vez la explosión la sorprendió en un canto de amor al pie de la acequia. Con sus ojillos saltones, muy vidriados por la muerte, muy abiertos, la rana mira al cielo. Mientras miro yo a la rana, el viejo, el dueño de la huerta, me explica:

—Nos salvamos de milagro. Creíamos que la casa se hundía. 

La casa es una casita de ladrillo, blanqueada con cal, que se levanta a veinte metros del sitio donde cayó la bomba.

—Verá usted: cuando pasó el avión hacia Alicante, yo había salido para dar una vuelta a los tomates, porque la noche estaba muy fría. Pasó por aquí encima y después oí las explosiones detrás del monte. Yo estaba allí, en aquel bancal —me señalaba la parte opuesta de la huerta—, cuando le sentí volver. Venía derecho hacia aquí, por encima de Santa Faz, cuando... ¡Boum!... Sonó tan fuerte y tan cerca que me quedé sentado en el suelo y casi inmediatamente, cayó esta bomba. Con que, salgo corriendo a casa a ver si había pasado algo a la mujer y me la encuentro corriendo por el campo en camisa. Abrazados estábamos, cuando tiraron la tercera que cayó en esa huerta, que ve usted allí abajo. Luego, ya se marcharon. No pudimos dormir en toda la noche, y en cuanto se ha hecho el día, me he venido aquí. Llevo recogidos lo menos diez kilos de hierro, y lo peor es que me ha destruido la tierra del bancal y la acequia. Talmente como si me hubieran dado a mí en las entrañas. Porque, claro, ustedes, los de Madrid, no saben lo que es esto para nosotros. Pero nosotros sí. 

Se endereza la figura del viejo en el borde del cráter. Se transfigura al extender circularmente la mano derecha, abarcando toda la llanura cuajada del verdor de la huerta, y rompe a hablar, hieráticamente, como iluminado.

—Dicen que los romanos que hubo antes de Cristo, estuvieron por aquí, y desde las montañas bajaron el agua por todos estos canales hasta donde estamos. Esto se lo oí hace muchos años, a un señor que también vino de Madrid y estuvo viendo las acequias y los puentecillos y decía que era cosa de romanos y de moros. Fíjese si aquella gente querría a la tierra. Leguas y leguas de canalitos, para llegar aquí el agua. Mi abuelo cavaba esta tierra y la habían cavado sus abuelos y los abuelos de sus abuelos. Cuando yo era chico y le estropeaba una reguera por pisar dentro de los bancales, me daba un palo en las costillas: —«¡Lladre!», me gritaba— ¿crees que no hay más que cavar, para que tú destroces? Y además, dejas perder el agua. Era ya más viejo que soy yo. Salía a plantar con un cucurucho de papel, haciendo agujeros en la tierra y dejando caer la semilla allí. A lo último, ya le dolían los riñones y no podía agacharse. Para mí era un juego plantar con el cucurucho. Venía detrás de mí y me regañaba porque los agujeros no estaban bien rectos e iguales. Así, sesenta años he labrado esta tierra. Algunas veces plantan mis nietos, por juego, y yo me enfado porque tuercen las hileras de agujeros. También comienzan a dolerme los riñones. Hemos vivido en paz sesenta años, hasta que ha venido esta maldita guerra. «Redeu»... Me mataron un hijo los italianos en Guadalajara, y ahora vienen aquí de noche a matarme la tierra... 

Se calla el viejo y su mirada se hunde en el hoyo de la explosión. Hay un naranjo cargado de fruto, arrancado de raíz, caído a unos metros. Penden de sus ramas, las bolas doradas, no maduras aún, y a su alrededor hay docenas dispersas. Parecen hijos que hubieran perdido a la madre. En la copa de otro naranjo, hay un tejido de cañas de las que sostienen las plantas de tomates ya maduros. Se mezclan con el amarillo de las naranjas las manchas rojas que parecen de sangre fresca sobre el árbol, herido en su tronco por una esquirla de metralla. 

La bomba ha caído sobre el mismo canal de la acequia y la ha roto. La acequia, una gruesa arteria cortada, ha rellenado la herida de agua sucia y rebosa la sangre de la huerta por todos los bancales, mansamente, en una inundación callada que va cubriendo las plantas bajas y los hoyos. La tierra blanda y removida, absorbe ansiosa el agua. Esto es la pérdida de la siembra: se pudrirán allí dentro las raicillas nacientes. Parece que todos los árboles y todas las flores y todas las plantas miran al hoyo negro, lleno de agua negra. 

Hay un silencio hondo y profundo en la huerta. Rompe el viejo su meditación; empuña la azada para clavarla en la tierra. Entonces, ve el cuerpecillo de niño de la rana, tripa al sol. Se inclina y la coge por una de sus patas posteriores, la suspende en el aire y la contempla, colgante de sus dedos como un pingajo: 

—¡La pobre! 

La deja caer blandamente en la tierra removida y vierte sobre ella la primera paletada de esta tierra grasa, religiosamente, despacio, como para no aplastar el cuerpecito frágil. Me he marchado lentamente, de cara al mar, de espaldas a la huerta asesinada. Me acompaña el ruido isócrono de la azada del viejo que, resuena en el campo, como azada de sepulturero.


Arturo Barea
Valor y miedo. Capítulo IV - Bombas en la huerta


Valor y miedo fue el primer libro publicado por Arturo Barea. Refleja la realidad social de la ciudad de Madrid cercada por tropas franquistas.

Capítulo I. La Tierra
Capítulo II. Servicio de noche
Capítulo III. Coñac
Capítulo IV. Bombas en la huerta
Capítulo V. Proeza
Capítulo VI. Carabanchel
Capítulo VII. Las botas
Capítulo VIII. Sol
Capítulo IX. Juguetes
Capítulo X. El sargento Ángel
Capítulo XI. Las manos
Capítulo XII. La mosca
Capítulo XIII. En la sierra
Capítulo XIV. Los chichones
Capítulo XV. Refugio
Capítulo XVI. Héroes
Capítulo XVII. Piso trece
Capítulo XVIII. Argüelles
Capítulo XIX. Esperanza
Capítulo XX. Plaza de España




2267. Romance de la Guardia Civil española

Fotografía de W. Eugene Smith



Los caballos negros son.
Las herraduras son negras.
Sobre las capas relucen
manchas de tinta y cera.
Tienen, por eso no lloran,
de plomo las calaveras.
Con el alma de charol
vienen por la carretera.
Jorobados y nocturnos,
por donde animan ordenan
silencios de goma oscura
y miedos de fina arena.
Pasan, si quieren pasar,
y ocultan en la cabeza
una vaga astronomía
de pistolas inconcretas.
¡Oh ciudad de los gitanos!
En las esquinas banderas.
La luna y la calabaza
con las guindas en conserva.
¡Oh ciudad de los gitanos!
¿Quién te vio y no te recuerda?
Ciudad del dolor y almizcle,
con las torres de canela.

Cuando llegaba la noche,
noche que noche nochera,
los gitanos en sus fraguas
forjaban soles y flechas.
Un caballo malherido,
llamaba todas las puertas.
Gallos de vidrio cantaban
por Jerez de la Frontera.
El viento, vuelve desnudo
la esquina de la sorpresa,
en la noche platinoche
noche, que noche nochera.

La Virgen y San José,
perdieron sus castañuelas,
y buscan a los gitanos
para ver si las encuentran.
La Virgen viene vestida
con un traje de alcaldesa,
de papel de chocolate
con los collares de almendras.
San José mueve los brazos
bajo una capa de seda.
Detrás va Pedro Domecq
con tres sultanes de Persia.
La media luna, soñaba
un éxtasis de cigüeña.
Estandartes y faroles
invaden las azoteas.
Por los espejos sollozan
bailarinas sin caderas.
Agua y sombra, sombra y agua
por Jerez de la Frontera.

¡Oh ciudad de los gitanos!
En las esquinas banderas.
Apaga tus verdes luces
que viene la benemérita.
¡Oh ciudad de los gitanos!
¿quién te vio y no te recuerda?
Dejadla lejos del mar,
sin peines para sus crenchas.

Avanzan de dos en fondo
a la ciudad de la fiesta.
Un rumor de siemprevivas
invade las cartucheras.
Avanzan de dos en fondo.
Doble nocturno de tela.
El cielo, se les antoja,
una vitrina de espuelas.
La ciudad libre de miedo,
multiplicaba sus puertas.
Cuarenta guardia civiles
entran a saco por ellas.
Los relojes se pararon,
y el coñac de las botellas
se disfrazó de noviembre
para no infundir sospechas.
Un vuelo de gritos largos
se levantó en las veletas.
Los sables cortan las brisas
que los cascos atropellan.
Por las calles de penumbra
huyen las gitanas viejas
con los caballos dormidos
y las orzas de monedas.
Por las calles empinadas
suben las capas siniestras,
dejando detrás fugaces remolinos de tijeras.
En el portal de Belén
los gitanos se congregan.
San José, lleno de heridas,
amortaja a una doncella.
Tercos fusiles agudos
por toda la noche suenan.
La Virgen cura a los niños
con salivilla de estrella.
Pero la Guardia Civil
avanza sembrando hogueras,
Donde joven y desnuda
la imaginación se quema.
Rosa la de los Camborios,
gime sentada en su puerta
con sus dos pechos cortados
puestos en una bandeja.
Y otras muchachas corrían
perseguidas por sus trenzas,
en un aire donde estallan
rosas de pólvora negra.
Cuando todos los tejados
eran surcos en la tierra,
El alba meció sus hombros
en largo perfil de piedra.

¡Oh ciudad de los gitanos!
La Guardia Civil se aleja
por un túnel de silencio
mientras las llamas te cercan.
¡Oh ciudad de los gitanos!
¿Quién te vio y no te recuerda?
Que te busquen en mi frente.
Juego de luna y arena.


Federico García Lorca
Romancero Gitano, 1928

2266. Carta del presidente Cárdenas sobre la posición de México respecto a la guerra de España

Lázaro Cárdenas y la guerra de España. Grabado del Taller Gráfica Popular. Autor Alberto Beltrán



Carta del presidente Cárdenas a Isidro Fabela, delegado ante la Sociedad de Naciones, sobre la posición de México respecto a la guerra de España.

México, 17 de febrero de 1937.
Sr. Lic. Isidro Fabela
Delegado de México
Ginebra, Suiza


Muy estimado señor licenciado y fino amigo:

Como complemento de la conversación que tuve el gusto de celebrar con usted antes de su partida y como orientación para las pláticas que pueda usted tener en Francia, así como para sus gestiones en Ginebra en virtud de la comisión que le ha sido confiada, creo conveniente atraer su atención sobre el espíritu de absoluto desinterés y de irreprochable lealtad internacional con que el gobierno de México ha procedido y procede en lo que respecta al actual conflicto de España. Es posible que -dada nuestra ausencia del Consejo de la Sociedad de las Naciones- la forma en que dicho conflicto sea tratado en la Liga, no haga indispensable una exposición detallada de usted sobre la materia; pero, si el caso llegara a presentarse, sería necesario explicar con precisión el alcance real de nuestra conducta, la cual, a nuestro juicio, es la que deberían haber observado todos los países.

Conviene, ante todo, hacer ver hasta qué punto la actitud de México en relación con España no se encuentra en contradicción con el principio de "no intervención". Esta frase, muy utilizada en la actualidad por la diplomacia europea y por la política interamericana, ha venido a recibir, como consecuencia de las complicaciones internacionales suscitadas por la rebelión española, un contenido ideológico muy diferente del que orientó, por ejemplo, a la delegación mexicana que concurrió a la reciente Conferencia de Paz de Buenos Aires, al proponer a la aprobación unánime de las Repúblicas de nuestro continente el protocolo Adicional a la Convención sobre Deberes y Derechos de los Estados firmada en Montevideo en 1933.

Bajo los términos "no intervención" se escudan ahora determinadas naciones de Europa, para no ayudar al gobierno español legítimamente constituido. México no puede hacer suyo semejante criterio, ya que la falta de colaboración con las autoridades constitucionales de un país amigo, es en la práctica, una ayuda indirecta --pero no por eso menos efectiva- para los rebeldes que están poniendo en peligro el régimen que tales autoridades representan. Ello, por lo tanto, es en sí mismo uno de los modos más cautelosos de intervenir.

Otro de los conceptos que ha cobrado particular connotación con motivo de la situación española, es el de la neutralidad internacional. México, al adherirse en 1931 al Pacto constitutivo de la Sociedad de las Naciones tuvo muy en cuenta el carácter generoso de su estatuto, del que puede decirse que una de las conquistas jurídicas más importantes ha sido la de establecer una clara separación -en caso de posibles conflictos- entre los Estados agredidos, a los que se proporcionan todo el apoyo moral y material que las circunstancias hacen indispensable, y los Estados agresores, para los cuales se fija, al contrario, un régimen de sanciones económicas, financieras, etc. La justificación de esta deferencia, plausible en lo que concierne a los conflictos que puedan surgir entre dos Estados libres y soberanos, se pone aun más de manifiesto en lo relativo a la lucha entre el poder constitucional de un Estado y los rebeldes de una fracción apoyada visiblemente como en el caso de España por elementos extraños a la vida y a las tradiciones políticas del país.

La ayuda concedida por nuestro gobierno al legítimo de la República española es el resultado lógico de una correcta interpretación de la doctrina de "no intervención" y de una observancia escrupulosa de los principios de moral internacional que son la base más sólida de la Liga. A este respecto procede recordar que la ayuda material a que aludo, ha consistido en poner a disposición del gobierno que preside el señor Azaña, armas y parque de fabricación nacional y solo ha aceptado servir de conducto para la adquisición, con destino a España, de material de guerra de procedencia extranjera en aquellos casos en que las autoridades del país de origen -conociendo la finalidad de la compra- manifiesten en forma clara su aquiescencia y den, de acuerdo con los procedimientos normales, los permisos reglamentarios.

Al participar a usted que de la presente carta he enviado una copia a la Secretaría de Relaciones, ya que, cuando sea necesario, habrá usted de solicitar de dicha dependencia las instrucciones relacionadas con la participación de nuestro país en los trabajos de la Sociedad de las Naciones, aprovecho la oportunidad para desear a usted el mejor éxito en el desempeño de su cargo y quedo suyo, afectísimo amigo y atento seguro servidor,


Lázaro Cárdenas
De "Cartas al Presidente Cárdenas"
Offset Altamira, México 1947




2265. Febrero, 1936. El triunfo del Frente Popular

Madrid, 16 de febrero de 1936 - Foto: Santos Yubero



Triunfante la República merced a las elecciones municipales celebradas el 12 de abril de 1931, las fuerzas izquierdistas y republicanas vencen también de una manera contundente en las legislativas que tienen lugar el 28 de junio del mismo año para designar a los integrantes de las Cortes Constituyentes. Disueltas las Constituyentes en el otoño de 1933, vuelven a celebrarse elecciones legislativas el 19 de noviembre. Aunque otra cosa se haya dicho muchas veces, hasta el punto de que algunos lo tengan por verdad indiscutible, en esta nueva consulta tornan a obtener mayor número de votos y diputados las organizaciones y partidos adictos a la República que los monárquicos e indiferentes a la forma de gobierno unidos. En efecto, en el segundo Parlamento republicano se sientan 217 representantes derechistas —de ellos 115 cedistas frente a 158 centristas -102 republicanos radicales como núcleo fundamental y 98 socialistas v republicanos de izquierda. En el quebranto sufrido por las fuerzas izquierdistas influyen poderosamente la profunda división entre ellas —socialistas v comunistas presentan candidaturas independientes de los republicanos en casi todas las circunscripciones, mientras las derechas van estrechamente unidas—, el voto femenino, va que es la primera vez que la mujer hace uso del sufragio, y la abstención electoral del millón de afiliados de la C.N.T. que prefieren la acción revolucionaria a la política. Pese a todo, los sufragios republicanos son muy superiores a los monárquicos.

La obra de este segundo Parlamento de la República es clara y netamente negativa. Parece que su única misión consiste en deshacer todo lo que bueno ó malo han hecho las Constituyentes. Con entera claridad lo dice el propio Gil Robles en un articulo publicado en enero de 1936 en el que afirma textualmente: «Fueron muchos los patronos y terratenientes que en cuanto llegaron las derechas al poder, revelaron un suicida egoísmo, disminuyendo los .salarios, elevando las rentas, tratando de llevara cabo expulsiones injustas v olvidando las desgraciadas experiencias de los años 1931 a 1933». La reforma agraria queda totalmente paralizada, la legislación tiene un matiz revanchista que ahonda las diferencias sociales y agudiza los conflictos obreros, mientras la situación económica —por causas internas y por repercusiones de la crisis internacional—reviste caracteres de extremada gravedad. El paro obrero sigue una curva claramente ascendente y a finales de 1935 alcanza ya a más ele 600.000 trabajadores.

El problema político fundamental del período es si la minoría más numerosa de la Cámara la CEDA, que considera accidentales las formas de gobierno v no se ha declarado republicana debe participar en el gobierno de un régimen recién nacido y no totalmente consolidado. Los radicales que constituyen la segunda minoría en número de las Cortes entienden que si; los socialistas v el resto de los republicanos consideran, en cambio, que no y que su acceso al poder equivaldría a una entrega de la República a sus enemigos. Cuando en octubre de 1934 se confían varias carteras a los cedistas, estalla un movimiento revolucionario izquierdista que adquiere particular virulencia en Barcelona y Asturias. A la rebelión vencida sigue una represión que alcanza particular dureza en la cuenca minera asturiana. El segundo bienio republicano —calificado de negro por las izquierdas— tiene una duración ligeramente superior a dos años porque se extiende hasta el 7 de enero de 1936 en que se disuelven las Cortes. Se caracteriza, aparte del problema constitucional de la intervención cedista en el Gobierno, de la revolución asturiana y su represión, por los frecuentes cambios ministeriales, la polarización de la opinión nacional en dos bloques extremos de casi imposible conciliación, los conflictos sociales, las maniobras políticas y los escándalos que desacreditan al partido radical en torno al cual gira la política gubernamental durante estos críticos veinticinco meses. En ellos se constituyen once gobiernos distintos aunque cinco sean presididos por una misma persona, don Alejandro Lerroux lo que demuestra la extremada inestabilidad ministerial fruto de las intrigas personales y la falta de una mayoría parlamentaria homogénea y disciplinada.

Poco después del último gobierno presidido por Lerroux y en el que Gil Robles desempeña la cartera de Guerra, estalla en noviembre de 1935 el formidable escándalo del "estraperlo", en el que aparecen personalmente complicados significados personajes del partido radical, al que suceden pocas semanas más tarde las acusaciones lanzadas por el señor Nombela. La obligada dimisión de los ministros radicales, plantea la crisis total del gabinete que preside Chapaprieta. Le sustituye un gobierno encabezado por Portela Valladares con algunos radicales, independientes v agrarios que, francamente minoritario en las Cortes, es sustituido por otro presidido por el mismo político a finales de diciembre, que el día 7 de enero de 1936 recibe de manos del Presidente de la República el decreto de disolución de Cortes.


Anticomunismo y antifascismo

La «Gaceta» del 8 de enero de 1936 publica tres decretos firmados el día anterior por don Niceto Alcalá Zamora. Por el primero se disuelven las primeras Cortes ordinarias de la segunda República; por el segundo se convocan nuevas elecciones legislativas para el domingo 16 de febrero siguiente y por el tercero se levanta el estado de alarma imperante en la nación y se restablecen las plenas garantías constitucionales durante todo el período electoral.

Cuando comienzan los preparativos y la propaganda con vistas a la próxima contienda electoral, la opinión aparece dividida en dos grandes bloques violentamente enfrentados. De un lado están las fuerzas conservadoras, antimarxistas y contrarrevolucionarias que van desde la Falange hasta los agrarios pasando por la CEDA y el Bloque Nacional; del otro, los partidos republicanos de izquierda, socialistas y comunistas apoyados por las organizaciones sindicales. En el centro sólo quedan los restos del desprestigiado partido republicano radical, los progresistas de Portela, los moderados de Maura, la Liga regionalista catalana v el Partido Nacionalista Vasco. (Esta serie de organizaciones centristas sólo consiguen en conjunto poco más de medio centenar de actas. No obstante, el jefe del Gobierno, don Manuel Portela Valladares, apoyado e inspirado por el presidente de la República, acaricia la engañosa ilusión de hacer triunfar el numero de amigos y simpatizantes suficientes para constituir un partido poderoso que, colocado entre los dos grandes bloques hostiles, impida un choque peligroso y sangriento entre ambas tendencias extremas.) A diferencia de lo que sucede en 1933, las derechas no van totalmente unirlas en las nuevas elecciones, pese a que en una mayoría de provincias se establecen acuerdos entre sus partidos representativos. Gil Robles, seguro del triunfo, prescinde de algunos sectores antimarxistas —la Falange, por ejemplo— para conseguir así los trescientos diputados de la CEDA con los que aspira a gobernar en un futuro inmediato sin cortapisas de ningún género. Como consecuencia de ello los tradicionalistas, los monárquicos alfonsinos y los falangistas tienen que presentar candidaturas independientes en ciertas circunscripciones. Las izquierdas, en cambio, escarmentadas por lo sucedido tres años atrás, logran constituir —no sin largas y difíciles negociaciones— un llamado Frente Popular que comprende desde Unión Republicana al Partido Sindicalista, pasando por la Esquerra catalana, otros grupos republicanos, los socialistas, los comunistas y el POUM. El día 15 de enero se hace público el programa del Frente Popular —en buena parte redactado por don Felipe Sánchez Román, que al final se niega a firmarlo, disconforme con la participación comunista—. Se trata de las directrices de un programa gubernamental que habrá de ser desarrollado desde el poder «por los partidos republicanos de izquierda con el apoyo de las fuerzas obreras en caso de victoria». El programa. relativamente moderado, afirma que sólo gobernarán los republicanos; que no se irá a la nacionalización de la tierra ni de la banca; que toda expropiación se realizará únicamente mediante la oportuna y justa indemnización; que se tomarán medidas para ordenar la producción industrial, el mejoramiento del nivel de vida, la redención del campesino y del agricultor mediano y pequeño; una extensión e intensificación de la enseñanza primaria para terminar con la lacra vergonzosa del analfabetismo y el restablecimiento de las garantías constitucionales, al mismo tiempo que se vigoriza el principio de autoridad y se garantiza el mantenimiento del orden público. Aparte de todo esto y como primera y más urgente medida, propugna una amplia amnistía para toda clase de delitos políticos y sociales, especialmente para los cometidos con ocasión de los sucesos revolucionarios de octubre de 1934.

Fundamento y eje en ¡orno al cual gira toda la propaganda electoral es el anticomunismo para las derechas e el antifascismo para las izquierdas. Resulta significativo consignar al respecto que ni los comunistas ni los fascistas tienen en la España de 1936 la fuerza e influencia que sus enemigos les atribuyen. En efecto, el Partido Comunista no logra una sola acta en las elecciones de 1931 y únicamente consigue la designación del médico Cayetano Bolivar en 1933, mientras José Antonio es derrotado tanto el año que triunfa la República como en 1936. Más curiosa aún es la coincidencia de que los dos primeros diputados que en el Parlamento español se proclaman comunista y falangista —Balbontín el primero y Primo de Rivera el segundo— se llamen José Antonio y que ninguno de los dos sea elegido con la representación que una vez designados ostentan. Balbontín resulta elegido en Sevilla como radical socialista de izquierdas y Primo de Rivera en Cádiz en 1933 formando parte del bloque derechista.


Una jornada electoral tranquila

Aunque la campaña de propaganda electoral se desarrolla en un clima de apasionada vehemencia, la jornada del 16 de febrero discurre en toda España con absoluta normalidad. Desde muy temprano hay una afluencia masiva a los colegios ante los que se forman largas colas que aguardan horas enteras en completa calma. La votación se realiza en todas partes sin alteraciones dignas de mención y el escrutinio concluye en un orden perfecto. El tanto por ciento de votantes resulta superior que en anteriores ocasiones, prueba inequívoca del interés que para todos encierra la contienda ciudadana. Desde primeras horas de la noche del domingo se tiene la firme impresión de una clara victoria del Frente Popular; en la mañana del lunes no sólo se confirman las primeras impresiones, sino que aumenta la magnitud del triunfo logrado por las izquierdas. En Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Zaragoza y otras ciudades importantes la diferencia de votos no deja lugar a la más mínima duda. Ni siquiera hay que esperar a la segunda vuelta, señalada para el 1 de marzo, porque la veintena de escaños que aún están en el aire no pueden influir ya en el resultado total de la consulta electoral. En efecto, en esta primera vuelta han resultado elegidos 258 diputados del Frente Popular, mientras las derechas no consiguen más que 152 y otros 52 los centristas.

En el nuevo parlamento la minoría mas numerosa vuelve a ser, como en 1931, la socialista, seguida de cerca por las de la CEDA e Izquierda Republicana, que preceden a las de Unión Republicana y Esquerra de Cataluña. Los centristas de Portela Valladares son 16, igual que los comunistas. Doce escaños alcanzan la Lliga Regionalista, los agrarios y los monárquicos. Por último, los tradicionalistas logran 9 diputados, 6 los progresistas y 4 los radicales. Por su parte, Falange Española no consigue una sola acta, pese a presentar candidatos en numerosas circunscripciones.

También el Frente Popular alcanza la victoria por el número de votos logrados, si bien las cifras que unos y otros barajan con posterioridad constituyen motivo de encontradas opiniones y grandes controversias. Existe para ello una causa fácil de explicar: la disparidad en la cifra de las distintas votaciones. Aparte de las arrojadas por la primera vuelta electoral, en torno a las cuales no puede haber discusión, están las de la segunda vuelta celebrada quince días después y la nueva votación efectuada con bastante posterioridad en aquellas circunscripciones en que las actas fueron anuladas por irregularidades o anomalías. En los cuarenta años transcurridos desde entonces, muchos hacen cubileteos con los votos conseguidos en una u otra ocasión, sumando los de la segunda y tercera vueltas a los de la primera para el bando que goza de sus simpatías y no haciendo lo mismo con el adversario. La realidad es que tampoco en este sentido se presta a discusión el triunfo del Frente Popular. Aunque no exista una diferencia aplastante de votos —4.540.000 sufragios para el Frente Popular, contra 4.300.000 sumados los obtenidos por el centro y la derecha— la ley electoral, que concede una prima considerable a la mayoría, determina que los diputados de izquierda casi dupliquen a sus adversarios de la derecha. Aparte, claro está, de los escaños centristas elegidos por los votos de quienes aun siendo moderados, no dejan de ser republicanos y liberales.


Rumores, gestiones y amenazas

Pero todas estas discusiones acerca de los resultados electorales del 16 de febrero de 1936 se producen meses, años e incluso lustros después de ocurridos los hechos. En los primeros días, en las jornadas del 17, 18, 19 y sucesivas del mes de febrero, nadie tiene la más ligera duda de que la victoria es del Frente Popular. Ni el gobierno ni los políticos ni los periódicos lo ponen en tela de juicio. Hay una coincidencia absoluta de pareceres y hasta los más decididos y combativos antimarxistas admiten e incluso proclaman su triunfo. José Antonio Primo de Rivera escribe un famoso artículo en que reconoce el éxito izquierdista, que atribuye a la ceguera política y al egoísmo de las derechas. Gil Robles por su parte visita a Portela Valladares para urgirle a levantar el dique de una declaración del estado de guerra contra los posibles excesos de las masas obreras al conocer toda la magnitud del triunfo conseguido.

No es Gil Robles el único en visitar a Portela Valladares ni en ver en la declaración del estado de guerra una solución momentánea a la crisis planteada por el éxito electoral izquierdista. Según cuenta Arrarás en la página 223 de su biografía de Franco, publicada en Valladolid en 1937, el entonces jefe del Estado Mayor Central realiza diversas gestiones con el ministro de la Guerra, el inspector jefe de la Guardia Civil y el todavía presidente del Gobierno con el mismo objeto. Asimismo conferencian con Portela, Martínez de Velasco, Goicoechea y Calvo Sotelo. Incluso por Madrid circulan insistentes rumores de un golpe de Estado, cuyo objetivo fundamental es impedir que el poder sea entregado, como corresponde constitucionalmente, al Frente Popular triunfante en aquellas elecciones generales. Las últimas que se celebrarán en España durante los siguientes cuarenta años.

El propio don Manuel Azaña se hace eco de estas alarmas y lo hace constar así de una manera expresa en las anotaciones de su «Diario» correspondiente al 19 de febrero de 1936 (páginas 563 y 564 del tomo IV de sus «Obras Completas») si bien no acaba de tomarlas muy en serio. Da por descontado que en cuanto se rumorea no hay más que un exceso de fantasía y despectivamente escribe hablando de los posibles conspiradores: «No creo que haya ninguno dispuesto a jugarse nada en serio». (Lo habrá, desgraciadamente, unos meses después y el resultado será una trágica guerra civil que costará la vida a varios cientos de miles de españoles).

Pero aun triunfante el Frente Popular el 16 de febrero debe esperarse a la segunda vuelta —aunque sus resultados no pueden modificar ya la mayoría parlamentaria— antes de plantear la crisis el gobierno que ha dirigido la consulta electoral y recibir el encargo de formar un nuevo ministerio el representante del bloque victorioso. Sin embargo todo esto no pasa de ser pura doctrina constitucional de difícil aplicación en un país que atraviesa por momentos tan críticos. Aunque ni Azaña ni los partidos republicanos de izquierda tienen la menor prisa por hacerse cargo del poder, el 19 de febrero el señor Portela Valladares, totalmente derrumbado por la victoria izquierdista y abrumado por la amenaza de un posible golpe de Estado, decide abandonar su puesto y esa misma tarde don Manuel Azaña tiene que formar un gobierno que entra en funciones inmediatamente. «Siempre he temido —escribe el interesado— que volviéramos al gobierno en malas condiciones. No pueden ser peores. Una vez más tenemos que segar el trigo en verde».


Eduardo de Guzmán
Publicado en Tiempo de Historia nº 16 marzo de 1976