Lo Último

2836. Del terror en el alma española

Las derechas antifascistas españolas, por temor a perder unos pequeños privilegios, que estiman legítimamente suyos, y las izquierdas, por temor a no alcanzar unos derechos, que también estiman suyos, no andan de acuerdo. Demasiada revolución, según unos; poca revolución, según otros.

Y el caso es que todos desean lo mismo: vivir bien y tranquilos. Y el caso es también que todos podrían vivir tranquilos y bien con un poco de entendimiento: deseando para los demás lo que para nosotros queremos y teniendo unos y otros la seguridad de que la vida que anhelamos para nosotros se puede alcanzar para todos.

Si los ricos de ayer hubiesen pensado que los pobres podían hacer la vida que ellos estaban haciendo, sin menoscabo de su bienestar, no hubieran acudido a la fuerza para imponer sus privilegios. Si los pobres de hoy pensaran que la vida que anhelan se puede extender a todos sus conciudadanos, sin menoscabo de alguno, no pretenderían ser ricos a costa de los que hasta hoy lo fueron.

Esta es la dificultad madre que nos impide resolver nuestros problemas: no creer que el mundo dé lo bastante para que cada uno de nosotros viva como desea.

Sin embargo, no tan sólo podemos vivir tal como uno aspira, sino que aún podemos hacerlo mejor. Podemos vivir mejor, mucho mejor, porque lo que atormenta la vida de unos y de otros es no tener la seguridad, por falta de comprensión y de estudio, de que nadie ha de quitarnos los elementos que necesitamos para vivir. Esta seguridad que nos ofrece el mañana, por falta de buena administración y de juicio, nos amarga la vida, ya que la tenemos todos en constante peligro y desasosiego.

El alma humana es muy hermosa y, de entra todas, la española es de las mejores, a pesar del empeño que tenemos a afeárnosla.

El dominio por medio del terror ha sido ensayado varias veces y siempre fracasó, lo mismo cuando lo aplicaron los de la derecha, como cuando lo pusieron en práctica los de la izquierda; así fuesen extranjeros o españoles los que utilizaron el terror para someter a los demás a su tiranía y explotación.

Si el terror encuentra espanto en algunos corazones, a la postre también encuentra dignidad bastante para hacerle frente.

Y el alma humana es tan bella y más que otras la española, que contra ella, por riñones, dicho vulgarmente, nada se alcanza.

El que va hacia el alma humana con razón, encuentra camino llano. El que quiere apoderarse por la violencia del alma humana, no halla más que obstáculos en su camino.

Muchos tiranos hemos tenido los españoles aparte los que de fuera vinieron, pues parece que los tiranos crecen donde han de encontrar tiranicidas; pero si el tirano no da su brazo a torcer, tampoco se tuerce el del pueblo español, o, en último término, el del individuo español.

Todas las invasiones efectuadas por gente extraña a nuestra tierra han acabado por ser vencidas, aunque en algunas la reconquista haya durado siglos y aunque la raza dominadora haya sido mejor que la dominada, como la raza árabe, y aunque el invasor fuese más culto que el invadido, como las tropas de Napoleón.

Los tiranos, italianos y alemán, han querido emplear en nuestro país el procedimiento que en el suyo ha tenido éxito; pero en España fracasará, no sólo ante la masa, sino también ante el individuo, porque siempre surge un grupo de hombres que dicen: antes la dignidad que la vida.

Durante el pasado siglo España tuvo muchos tiranos, generales y políticos; ninguno logró vida tranquila y la mayoría encontraron la muerte en el ejercicio de su tiranía. También acabaron mal los que, desde abajo, quisieron imponerse por el terror. Y es que la violencia llama siempre a la violencia.

La violencia de los de abajo ha hecho surgir la violencia en los de arriba y la violencia de los de arriba ha motivado la violencia en los de abajo, si bien hay que reconocer que, en la mayoría de los casos, la violencia de los de abajo fue una réplica a la empleada por los de arriba.

¿Cuándo nos convenceremos de que gracias a la hermosura del alma humana, y muy particularmente de la española, el terror y la violencia nada alcanzan, porque siempre dan con la dignidad de un pueblo o de un individuo?

Sean expresión de razón y justicia tus labios, y los oídos españoles te escucharán. Si tus palabras o tus hechos no trasmitieran ni representaran razón ni justicia, por muy armado que anduvieras, en España, no se te abriría paso. Y es que hay una dignidad para todos los terrores y las violencias todas. En este respecto la raza eslava es muy semejante a la española.

Y, siendo así y pudiendo vivir todos como todos deseamos, vida tranquila y segura, es por falta de comprensión cuanto, en contra de estos deseos, nos ocurra.


Federico Urales
El Diluvio,  20 de mayo de 1937










2835. Candón, ejemplo americano


De nuevo, sangre americana moja la tierra española. Esta vez ha sido sangre de Cuba, porque era la que corría por las venas del Comandante Policarpo Candón, jefe de una de las brigadas de choque del Ejército Popudar.

Hace apenas unos meses, en Noviembre, le vimos a Candón en Madrid, con las fuerzas del Campesino, a cuyo lado se hallaba desde los primeros momentos de la rebelión militar, cuando los combates frente al Cuartel de la Montaña o en las crestas de la Sierra de Guadarrama. Era un hombre animoso y valeroso, con una gran disposición para las artes de la guerra, a las cuales entregó todas las energías de su juventud. Tenía, además, una noción muy clara del ámbito político en que se está desarrollando el drama español, y sobre todo, del papel que les toca representar en el mismo a las fuerzas progresistas de Hispanoamérica, de las que él fué siempre una destacadísima figura. Candón sabía por qué luchaba, contra quién luchaba; en la realización de qué empresa le tocaría, quizás, morir. Procedía de las capas populares, con las que nunca perdió contacto, y por la liberación de ellas es que ha caído.

El sacrificio de Candón —como el de Pablo de la Torriente Brau, el de Riaigorwivslty, como el de Meruelos y muchos más— entraña una enseñanza de profundidad humana insondable. Hace unos años, y sobre todo, antes de que Franco se levantara contra la República, la actitud de estos héroes hubiera sido incomprendida en nuestro Continente. ¿Qué tienen los americanos que hacer en el conflicto español?, se hubiera preguntado. ¿Por qué vamos a atravesar el océano para intervenir en una guerra que en nada puede afectarnos. Hasta Julio de 1936, la América no discriminaba, en España, pueblo y casta, explorados y explotadores, nobles en posesión de todas las prebendas, de todas las sinecuras de todos los bienes materiales, y plebeyos perseguidos y humillados. Eran simplemente "españoles", es decir, encomenderos y esclavistas, conquistadores y capitanes generales, gente, en suma, de muy cruel condición...

Fué necesario que después del triunfo de la democracia se alzaran los generales contra ella, para que la ola de indignación que bañó al mundo en presencia de aquel crimen inaudito llegara también a las playas americanas. España no era —se comprendía al fin, como en un gran golpe de luz— lo que habíamos estado odiando hasta entonces. La verdadera España era esa otra que había triunfado en las urnas de Febrero y que ahora tendría que defender su triunfo contra la voracidad de los españoles tradicionalistas. Entre Queipo de Llano y Weyler, entre Balmaseda y Millán Astray, no había diferencias substanciales: unos, asesinaban fríamente a los cubanos —a los americanos— que amaban su libertad, en el siglo pasado; otros, hacían lo mismo con los españoles que quieren hoy lo que los cubanos querían entonces. Y eso iba a ocurrir en todo sitio en que hubiera militarotes privilegiados y existiera una fuerza democrática dirigida a la conquista del poder. El caso de España sería ejemplar. De lo que aconteciera allí, dependería en grado sumo el porvenir de las capas populares americanas. O con Franco —es decir, con el predominio político de las clases reaccionarias— o contra Franco, esto es, por la conquista de los valores permanentes de la humanidad. La suerte quedó echada..

Desde México hasta la tierra del fuego, las masas comprendieron que su tragedia indo-negra sería iluminada también por el gran incendio español: frente a los prejuicios nacionalistas triunfó la calidad universal del ser humano sometido a ínfimas condiciones de vida, que en nada se han diferenciado nunca de las condiciones en que vivía el campesino andaluz o el minero asturiano; y de toda la América desplazáronse contingentes de hombres entusiasmados que atravesaron el mar —que lo siguen atravesando— para combatir en los campos de España contra un enemigo que es el mismo en todas partes.

Uno de esos hombres ha caído en el frente de Teruel. No le lloremos, sin embargo. Cubrámosle con la misma tierra que pisó, que defendió. Su cadáver será nuevo abono para que viva sin agostarse el árbol de la fraternidad hispanoamericana, ese que nunca pudo crecer al helado influjo de diplomáticos y oradores, y que ahora tapa el sol con su follaje, como que sus raíces se alimentan con la sangre y los huesos de los verdaderos servidores de la democracia.


Nicolás Guillén
Facetas de la actualidad española, núm. 12, La Habana, Abril 1938









2834. El enano de Salamanca




A veces para ser buen político sólo se necesita un poco de autoridad. En cambio, a la falta de esa pequeña porción de autoridad se debe el fracaso de muchos hombres a quienes por su inteligencia, su cultura y su honradez se les había dado un crédito de gobierno. 

Franco y no aludíamos a él al hablar de las virtudes de ciertos gobernantes, será mañana acusado por sus propios partidarios de no haber sabido poner su autoridad al servicio de su causa política. Por algo el pícaro Lerroux le criticaba hace poco por su incapacidad para mantener en el extranjero la simpatía que saludó su gesto del 16 de julio. Triunfante la calumnia de la república marxista, a Franco sólo le quedaba ofrecer a la colaboración internacional el ejemplo —la objetividad— de una política nacionalista, cristiana, justiciera, culta y limpia de egoísmo. Bloqueada la República hasta para la propaganda, desarmado el pueblo, suspendidas las obligaciones del Derecho Internacional, en receso el código de la Sociedad de Naciones, Franco podía darle tiempo al triunfo de su causa en la seguridad de que todo lo ganaría la paciencia; esa paciencia que eleva a la víctima al rango de caudillo. La verdad de los republicanos estaba disfrazada de mamarracho en tanto que a la mentira franquista se le habían colgado todos los perifollos de una cursilería en que tanto se complace el complejo de inferioridad de los mediocres.

Pero la autoridad es eso que primero puso en venta la prisa de Franco ganado por el miedo y el odio al pueblo español. Una buena política hubiera consistido en llorar la desdicha de su deber guerrero. En la defensa hubiera conseguido más que en el ataque. Todas las conquistas realizadas por los italianos, los moros y los alemanes en Bilbao, Santander, Asturias y Aragón no son nada sino descrédito franquista comparadas con la resistencia del puñado de españoles encerrados en el Alcázar de Toledo. El propio fracaso de Madrid no pudo entonces aminorar el hecho de la defensa toledana. Otro triunfo semejante y "el enano de Salamanca" hubiera adquirido —bien cultivado por la diplomacia— las proporciones nacionalistas de Pelayo, de Guzmán el Bueno, de Palafox. La soberanía española volvería a tener, con razón o sin ella, un nombre propio.

Pero educado Franco en una política de "pandereta", "señorito" en vez de noble, acostumbrado a los ascensos de regalos, sintió prisa por alargar la mano al primero que le enseñó un uniforme de emperador, sin reparar en que sólo en las funciones de operetas se hacen repartos fulminantes de esa clase. Desde entonces, la República pasó a ser la ofendida, la defensora de la nacionalidad, ante el asombro y la simpatía del mundo. Las ofensivas de Franco eran ofensas que Italia y Alemania inferían, gratuitamente, al pueblo español. La resistencia de Madrid dejó reducida a un ensayo de heroísmo el suceso de Alcázar, Guernica, Infiesto, Sagunto, Barcelona... hacen ahora horrorizarse hasta los flemáticos y desaprensivos inventores del Comité de No Intervención, donde se ha hecho impune la intervención de los interventores. La República, cualquiera sea su suerte defintiva, ha ganado la batalla de su verdad desnuda y sangrante, en tanto que las victorias de Franco sólo influyen en el mundo descritas y cantadas y apropiadas por boca de Mussolini y Hitler. España ha dejado de ser una nación neutral y soberana para quedar reducida a un pedazo de tierra donde cada imperio —Inglaterra, Alemania, Francia, Italia— acude a defender sus intereses. Franco, vestido de emperador, disfrazado de caudillo, es ese charlatán delante de una barraca de feria donde se exhibe "la fiera corrupta" —el pueblo español— que "sabe decir papá y mamá en todos los idiomas". 

Y ese podrá ser un cuento que satisfaga el gusto plebeyo de los feriantes y la ambición ambulatoria de los escamoteadores de milagros. Pero con esos cuentos no se escribe la historia. Si acaso se pasa a ella con un titulo de traidor. Como tantos que —en España y en todas partes— desde Don Obras han ingresado en ella. 

¿Acaso no se llama "Don Juan de Austria" el enano bufón eternizado en la historia del arte de Velázquez? 


Rafael Suárez Solis
Facetas de la actualidad española núm. 12, La Habana, abril de 1938









2833. La historia de José Machuca Pérez contada por su biznieto





José Machuca Pérez, nació el 20 de enero de 1908 en Córdoba y falleció en Madrid el 24 de marzo de 1958. Fue factor telegrafista de los ferrocarriles andaluces, vocal de Izquierda Republicana y teniente del Ejército Republicano en la Guerra de España.

Su hermano Rafael Machuca Pérez, compartía profesión con su hermano, miembro de la ejecutiva de Izquierda Republicana en Lucena, mintió para salvar la vida de su hermano José, fue fusilado y sus restos a día de hoy no han aparecido.

Enriqueta Pastor Espejo, esposa de José Machuca, señalada también como enemiga del régimen, luchó durante los años más duros del franquismo por sacar adelante sola a sus siete hijos.

Luis, biznieto de José y Enriqueta, nos cuenta su historia:

"Mi bisabuelo conoció a mi bisabuela y se casaron en el 29. Los dos eran de izquierdas. Mi bisabuelo y su hermano se metieron en Izquierda Republicana en su localidad, Lucena, Córdoba. Rafael fue secretario general si no recuerdo mal y José mi bisabuelo portavoz. En el 36 participaron en un mitin importante del frente popular y la falange les fichó como izquierdistas a los dos.

El 18 de Julio, las tropas golpistas tomaron Lucena, y mi bisabuelo junto con su hermano solicitaron ayuda a la República. Un compañero de trabajo dio la voz de alarma a los policías y militares golpistas y encarcelaron a los dos. Días después pidieron que confesasen si pidieron ayuda. Rafael confesó que fue él para asé salvar a mi bisabuelo que estaba casado y tenía hijos, y fue fusilado, aun no han aparecido sus restos.

Mi bisabuelo fue liberado de la cárcel pero le informaron de que iban a buscarle de nuevo así que escapo a Jaén y se alistó en el ejército republicano. Participó en la defensa de Madrid y finalmente en Levante donde llegó a ser teniente, y donde fue detenido y encarcelado al final de la guerra. Le hicieron un proceso de depuración por el cual le quitaron el trabajo de ferroviario y tuvo que buscarse la vida. Cuando no estaba en la cárcel claro, porque en varias ocasiones le metieron.

Murió en el 58 y mi bisabuela Enriqueta tuvo que sacar adelante a sus hijos, aunque ya tenía experiencia. Cuando metían a su marido en la cárcel tenía que hacer lo mismo.

Información contada por mi abuelo y sus hermanos, está plasmada en el libro "Republica guerra y represión en Lucena" de Arcangel Bedmar, y en la Wikipedia." 














2832. Desde el mirador de la Guerra. La política conservadora




Cuando vemos desde el mirador de la guerra la llamada política conservadora que domina hoy los Estados, no las naciones, de las llamadas democracias, advertimos claramente toda su ceguera, toda su insuperable estolidez. Los hombres que representan esta política (poned aquí los nombres que queráis, sin reparar en su filiación de partido), no vacilan en divorciarse de sus pueblos, en permitir que sean éstos amenazados, lesionados y hasta invadidos, con tal de poner a salvo los intereses de una clase privilegiada. La posición es un poco absurda; porque una clase privilegiada no puede llegar hasta el sacrificio... de todas las demás; pero, al fin, no es tan nueva en el mundo, que sea para nosotros motivo dé escándalo. Lo verdaderamente monstruoso es que esos hombres sigan simulando echar sus viejas cuentas, como si entre el año 14 y el año 38 de nuestro siglo no hubiera pasado nada sobre el mísero planeta que habitamos. Su actitud ante una posible (para ellos inevitable) guerra grande es, agravada por el tiempo, aproximadamente la misma que tuvieron en vísperas de la guerra europea. Ellos nos hablan, como entonces hablaban, en nombre de sus respectivos países, como si ellos fueran los representantes legítimos de entidades compactas, suficientemente unificadas para ser arrastradas a una guerra mortífera, bajo el mismo uniforme y la misma denominación (franceses, ingleses, etcétera), sin cambio alguno de la estructura social, en el momento de ser atacadas por otras naciones no menos compactas, no menos unificadas, donde las discordias interiores se apagan al sonar los primeros tambores. En el año 14 la guerra, con todos sus horrores, fue una admirable simplificación de las contiendas íntimas, una tregua sangrienta de la paz. El mismo crimen que eliminó a Jaurés se silbó por superfluo. Jaurés era —¡cuántas veces se dijo!— francés antes que socialista, y nada había que temer de su influencia sobre las masas proletarias. Pero los políticos conservadores de nuestros días saben muy bien que esto ya no es posible. Lo saben y ni siquiera tienen el pudor de ocultarlo. Siguen, no obstante, y seguirán ahuecando la voz para hablar como antaño: «En los momentos decisivos para los cuales activamente nos apercibimos, contamos con enorme provisión de materias primas destinadas a industrias de guerra, con fábricas cuyo trabajo para la guerra será incesante, el enorme poder de nuestras escuadras, la fecundidad de nuestras mujeres, y el material humano, difícil de mantener en la paz, pero de oportuno empleo y fácil consumo en las horas marciales. Y todo ello arderá en la gran hoguera cuando llegue su día. Que nadie atente a la integridad de nuestro territorio, a la independencia de nuestra nación, a la intangibilidad de nuestro imperio colonial, o sea obstáculo a su futuro engrandecimiento». Todas estas palabras suenan hoy a retórica hueca, puesto que no contienen ya un átomo de verdad en labios de quienes las pronuncian. Porque sus pueblos saben, y ellos mismos no ignoran, lo siguiente:

Primero.- Que estos políticos conservadores sólo representan a una clase que lleva el escudo al brazo, una plutocracia en posición defensiva, cuyo cimiento no tiene la firmeza que tuvo en otros días. 

Segundo.- Que sus adversarios, los políticos que definen, alientan o impulsan una política amenazadora (un Mussolini, un Hitler) son algo más cínicos que ellos, pero acaso menos estúpidos, y que les asiste, en sus pueblos, una corriente de opinión más considerable. Son hombres, también, con el escudó al brazo, pero representan el momento de suprema tensión defensiva de la burguesía (fascio), que se permite el lujo de la agresión. Espíritu de miedo envuelto en ira, que dijo nuestro Herrera. 

Tercero.- Que ellos, los políticos conservadores de las grandes democracias, tienden a simpatizar, necesariamente, con los jefes francamente imperialistas de los países adversarios, porque son lobos de la misma carnada, dicho de otro modo, defensores de una misma causa: el apuntalamiento del edificio burgués, minado en sus cimientos. 

Cuarto.- Que el pacto a que ellos tienden es un pacto entre entidades polémicas, un pacto entre fieras, y las fieras sólo pueden ponerse de acuerdo en dos cosas: o para devorar al débil o para devorarse entre si.

Quinto.- Que ellos, dadas su ideología y su estructura moral, y dado el ambiente en que operan, no pueden escaparse de esta terrible alternativa. 

Sexto.- Que su posición es hoy más falsa que nunca, más falsa y más débil que la de sus protagonistas, los jefes de las naciones desgraciadamente imperiales. Porque carecen de milicias voluntarias que los amparen. Representan plutocracias engastadas en pueblos de tendencia realmente liberal y democrática y no pueden aspirar a cambiar el sentido de la corriente más impetuosa y profunda de sus pueblos. 

Séptimo.- Que su actuación política es, no ya superflua, sino perjudicial a sus naciones, porque ella oscila necesariamente entre la amenaza y la claudicación, la amenaza, que irrita al enemigo y refuerza sus resortes polémicos, y la claudicación, que deshonra a los pueblos y los entrega moralmente vencidos al adversario. 

Octavo.- Que ellos no pueden responder a estas preguntas: ¿A dónde vamos? ¿Qué camino es el nuestro en el futuro histórico? Que ellos contribuyen a poner un tupido velo de mentiras ante los ojos de sus pueblos. Porque ellos ignoran —o aparentan ignorar— el hecho ingente de la Revolución rusa, y pretenden que se vea en ella un poder demoníaco y un foco de infección que puede contaminar a sus pueblos, en lo cual están de perfecto acuerdo con los llamados fascistas. Y pretenden, sobre todo, que nadie vea en Moscú, el aborrecido Moscú, el faro único de la Historia que hoy puede iluminar el camino futuro. Les aterra sobre todo — reparadlo bien— que la gran Revolución rusa haya pasado de su período demoledor al creador y constructivo y que lo que allí se hace sea la experiencia maravillosa de una nueva formad e convivencia humana.

Noveno.- Que, honradamente, sólo  pueden hacer una cosa: retirarse a su vida privada de cazadores aristocráticos o de no menos distinguidos pescadores de caña, y dejar los puestos de pilotos que hoy ocupan a los hombres que tengan la conciencia integral de sus pueblos, de su ruta y de su porvenir, porque sólo a éstos incumben la heroica faena y la terrible responsabilidad del timón.

Y no sigo, por ahora, enumerando, porque no aspiro a los trece puntos, número sagrado para nosotros, después del insuperable manifiesto del doctor Negrín. 

Dejemos para otro día el tratar de la diplomacia conservadora, que tanto hubiera hecho reír a un Maquiavelo, y que tanto nos recuerda los versos del coplero español:

Cuando los gitanos tratan, 
es la mentira inocente: 
se mienten y no se engañan.


Antonio Machado
La Vanguardia, 14 de mayo de 1938








2831. Sobre los obuses

Abrí los ojos y nací a las cinco de la mañana. Desde hacía una hora, más o menos, mi sueño no era definitivo Tenía la sensación de estar haciendo esfuerzos para quitarme un fardo de encima. Para quitarme la noche. Grandes y pequeños ruidos asediaban mi cabeza perfectamente incontrolable. A las cinco fué la lucidez.

Desde que estoy en Madrid no había oído estruendo igual. Tan constante. Nada, posiblemente, ni los tanques ni los aviones puede ser tan impresionante como los obuses, que esos, sí no se sabe ni de dónde vienen ni a dónde van. A las siete de la mañana de ese día —11 de mayo— perdí la cuenta. Pensaba hay quienes en este momento trazan rayas en un papel por cada obús que llega. Hay quienes recogen a los heridos y a los muertos. Hay quienes les dan entrada en los hospitales y en los cementerios; en esos libros manoseados que la Historia suele revisar después. Tal vez haya muerto una mujer que vi en la cola del tabaco. O un ex jefe de Negociado —que siempre se le conoce—. O el niño que cantaba en Santo Domingo: «Cuándo viene la aviación, la aviación, la aviación...», con música de «Los Tres Chanchitos». O aquel hombre que dijo: «El obús que me toque tendrá que llevar esta inscripción: Gregorio García». Mejor así: Para Gregorio García. Es más correcto. De pronto la habitación era sacudida por un viento atronador. Todo se estremecía: mi cama, los dos o tres libros desvelados, las fotografías de la gente que ocupaba esta casa, intrusas hoy, la recomendació (para ordenanza de Banco), la tarjeta del abate Jean, la casa, en fin, la vieja casa del conde, los cristales, las sonatas dormidas en los pianos amarillos y muertos, el schottis de D. Quintín, últimamente colocado en la pianola; el retrato del Papa y el de Joselito, ambos con dedicatoria a la Condesa, ya acabada como ellos, la gran Biblioteca, así como todos los relojes, los muebles, en cuyos cajones yacen las cartas, las recomendaciones, otras tarjetas de visita, el balance del año 35, y luego las tulipas, las pantallas, las flores pintadas, los cortinados, los ceniceros, las alfombras. Ese buen gusto desagradable de comedia fina, ese, a veces, agradable mal gusto y delicioso ridículo que recuerdan la presencia en esta casa, presencia de otro tiempo, de alguien que tuvo cierto ángel, pero cuyos descendientes bajaron después a la cursilería frivola, al clero, a la novela rosa, a lo que no subirá más a la superície de España ardida y desgarrada y poderosa. Porque sucede que la Tierra trae consigo a la revolución, y lo único que quedará de esta casa será la Biblioteca, el retrato de Joselito, por ser auténtico, y tal vez la guardarropía de los condes y de la capilla donde se amontonan disfraces tan parecidos a los que se ven en los escenarios dando vuelta cuando se marcha la compañía y que irán a parar, sin duda, a manos de los utileros de un posible teatro de la Alianza. Hacia las diez de la mañana pasaron los aviones. Ya estaba en pie y corrí a la ventana. Todavía seguían cayendo los obuses en el corazón de Madrid, de heridas y latidos universales. Casi en seguida dejaron de caer. Nuestros aviones habían detenido al crimen. Y como los aviones fascistas no ofrecen nunca combate, los cañones fascistas, por temor a ser localizados, fueron silenciados y escondidos otra vez en la tierra ofendida por la zapa cobarde. (Esto no es demagogia, es un documento.) Pero después, en la calle, con el sol, con la gente, con los niños, con las pipas, con las colas, con la Puerta de Alcalá, con Cibeles, con la Granja —había cerveza—, consumiéndome de amor, de ternura y de coraje recobré otra vez a Madrid y a su reloj de Gobernación, donde se da la hora de España. Y unas piernas rígidas y un niño corriendo hacia los escombros me emocionaron hasta llorar. (La poesía no es sólo experiencia, como decía Rilke. ¡También los sentimientos!) En el frente de la Gran Vía me aguardaban el polvo amontonado, las vidrieras rotas, los comentarios de la indignación y el humor popular. La huella del crimen, casi borrada ya por la sonrisa de Madrid. Lo que no pudo conseguir la aviación no lo lograrán los obuses. ¿A qué este tremendo golpe súbito, este humo, este estruendo, estas muertes, estos letreros sobre las piedras, «peluquero de señoras», «las señas en la casa vecina», estas sastrerías desplomadas, estos incorrectos maniquíes? ¿Y estos obuses lanzados ciegamente, sin objetivo militar alguno, por los que detrás de nuestros parapetos, más allá de nuestras trincheras, aunque lanzaran sobre Madrid toda la metralla de los países fascistas no podrían siquiera conquistar la ceniza que sigue a toda muerte ? Madrid, de sangre o polvo, no sería jamás conquistada por los bárbaros. El corazón de Madrid, crecido inmensamente por noviembre, nació del toro y la paloma. Tiene el secreto del valor y de la gracia.


Raúl González Tuñón
Madrid, mayo


Publicado en Hora de España, VI - Junio 1937







2830. Nombramiento de Don Manuel Azaña como presidente de la República Española




Reunida en Madrid el día 10 de mayo de 1936 la Asamblea de Diputados a Cortes y Compromisarios para la elección de presidente de la República, fue proclamado presidente electo el excelentísimo señor don Manuel Azaña y Díaz, por haber obtenido 754 votos de los 847 emitidos, o sea, más de la mitad más uno de los 911 miembros que componen la referida Asamblea.

Constituida la Mesa de la misma, asistida del oficial mayor del Congreso, en la Presidencia del Consejo de Ministros, se hizo constar Su aceptación en el acta levantada, que es del tenor literal siguiente:

«En Madrid, siendo las 14,15 horas del día 10 de mayo de 1936, la Mesa de la Asamblea de Diputados a Cortes y Compromisarios para la elección de presidente de la República, compuesta por el presidente de la misma, don Luis Jiménez Asúa; los vicepresidentes don Emilio Baeza Medina y don Francisco Martínez Dutor, y los secretarios don Rodolfo Llopis, don Pedro Ferrer Batlle, don Miguel Mendiola y don Rodrigo Lara Vallejo, asistidos por el oficial mayor del Congreso don Luis Sanmartín y Losada, se constituyó en la Presidencia del Consejo de Ministros para poner en conocimiento del excelentísimo señor don Manuel Azaña y Díaz la elección recaída en su persona como presidente de la República, y recabar en forma auténtica la aceptación del nombramiento.

Presente el excelentísimo señor don Manuel Azaña, manifestó que ruega a la Mesa de la Asamblea que comunique a ésta que acepta el cargo con que le honra, dispuesto a servir desde él a la República.

Y para que conste en forma auténtica la aceptación del excelentísimo señor don Manuel Azaña y Díaz del cargo de presidente de la República, con el fin de dar cuenta a la Asamblea, en cumplimiento de lo dispuesto en el artículo 17 de la ley de 1 de julio de 1932, se levanta esta acta, que firman todos los presentes. — Manuel Azaña, Luis Jiménez de Asúa, Emilio Baeza Medina, Francisco Martínez Dutor, Bodolfo Llopis, Pedro Ferrer, Miguel Mendiola, Rodrigo Lara, Luis Sanmartín

Todo lo cual se publica en la «Gaceta de Madrid» en cumplimiento de lo dispuesto en el artículo 17 de la ley de 1 de julio de 1932. 

El presidente, Luis Jiménez de Asúa

Gaceta de Madrid núm. 132, 11 de mayo de 1936







2829. Sobre la Alemania guerrera


Berlín, 2 de mayo de 1945.Un soldado soviético levanta la Bandera Roja sobre el Reichstag


Los alemanes —escribía Mairena— son los grandes maestros de la guerra. Sobre la guerra, ellos lo saben todo. Todo, menos ganarla, sin que la victoria sea tan lamentable, por lo menos, como la derrota. Las guerras en que intervengan los alemanes serán siempre las más violentas, las más crueles, las más catastróficas, las más guerreras, digámoslo de una vez, de todas las guerras. Si las pierden, no será por su culpa. Porque ellos llevan a la guerra todo lo necesario para guerrear: 1.° Una metafísica guerrera, y en ella definida la esencia de la guerra misma, de un modo inconfundible, perfectamente aislada de las otras esencias que integran la total concepción de la vida humana. 2.° Toda una aforística guerrera, que aconseja el amor a la guerra como condición sine qua non del guerrero, y su consecuente si vis bellum para bellunt o, como dice Nietzche: vivid en peligro, o, en lenguaje de Pero Grullo: si quieres guerra despídete de la paz, etc. 3.° Toda una ciencia supeditada a la guerra, que implica, entre otras cosas: a), un árbol zoológico coronado por el blondo germano, el ario puro, el teutón incastrable, etc.; b), setenta mil laboratorios en afanosa búsqueda de la fórmula química definitiva, que permita al puro germano extender el empleo de los venenos insecticidas al exterminio de todas las razas humanas inferiores. 4.° ¿A qué seguir? Toda una cultura colosal, perfectamente militarizada, llevarán los alemanes a la guerra, al son de músicas que puedan escucharse entre cañones. Con todo ello, los alemanes se detendrán ante una plaza militar insuficientemente defendida, para ponerle un cerco tan a conciencia, tan perfecto y cabal que, al dispararse el primer obús, la plaza sitiada tendrá un millón de defensores, y la batalla que se entable durará años y costará otro millón de vidas humanas (Mairena profetiza en esta nota algo de lo que pasó en Verdún, durante la guerra europea). La plaza, al fin, no será debelada. Pero Alemania habrá afirmado una vez más su voluntad de poderío, que era, en el fondo, cuanto se trataba de afirmar, y, desde un punto de vista metafísico, su victoria será indiscutible.

Algún día Alemania será declarada gran enemiga de la paz, y las tres cuartas partes de nuestro planeta militarán contra ella. Será el día de su victoria definitiva, porque habrá realizado plenamente, poco antes de desaparecer del mapa de los pueblos libres, su ideal bélico, el de su guerra total contra el género humano, sin excluir a los inermes y a los inofensivos. Si para entonces queda —todavía— quien piense a lo Mairena, se dirá: fué la Alemania prusiana un gran pueblo, conocedor, como ninguno, del secreto de la guerra, que consiste en saber crearse enemigos. ¿Cómo podrá guerrear quien no los tiene? Cuando Alemania llegó a comprender hondamente esta sencilla verdad: «la guerra verdadera se hace contra la paz» hubo cumplido su misión en el mundo; porque había enseñado a guerrear al mundo entero con los métodos más eficaces para exterminar al hombre pacífico. Y el mundo entero decidió, ingratamente, exterminar a su maestra, cuando ella sólo aspiraba ya a una decorosa jubilación.


Antonio Machado 
Hora de España VI, Julio de 1937









2828. Despachos de la guerra civil española XXVII

Hemingway con una bandera capturada a los sublevados en el Frente de Levante


Castellón, vía correo a Madrid, 8 de mayo 

Trescientos metros más abajo, el mar azul avanzaba con indolencia y solo había dos pasajeros en el avión con cabida para veintidós. Sobrevolábamos el trecho de litoral español dominado por las fuerzas de Franco. Aquellas dos ciudades blancas eran Vinaroz y Benicarló y aquella cadena de colinas pardas que se deslizaban hasta el mar como un dinosaurio que fuese a beber, era la línea que detenía el avance de Franco hacia Castellón. A la izquierda, la isla de Ibiza, famosa por Vida y muerte de una ciudad española, de Elliot Paul; destacaba, rocosa, en el horizonte. Pero los motores del avión funcionaban con regularidad. No se veían aviones ni buques de guerra franquistas y la única excitación era geográfica.

Alicante, donde aterrizamos, estaba lleno de barcos británicos y franceses. Cargueros fletados por una agencia de compras del gobierno español descargaban cereales, carbón y otras mercancías que no pudimos investigar a causa de la falta de tiempo para obtener pases aduaneros, Alicante se halla bajo un estricto estado de guerra y todos los hoteles y restaurantes sirven una comida uniforme que cuesta cinco pesetas. Cinco pesetas son menos de cinco centavos al cambio de la bolsa negra, unos treinta centavos al cambio oficial. La comida consistió al mediodía en un plato de estofado, una ración de pan y dos trozos de queso; y por la noche, en un plato de sopa por la que tal vez había nadado un pez, un huevo frito y una naranja.

En Valencia los precios de una comida eran los mismos, pero sus ingredientes eran mucho mejores. Seis variedades de entremeses, un excelente estofado de carne y naranjas en cantidad ilimitada. Por primera vez Valencia parecía saber que existía una guerra y, aunque los cafés seguían estando llenos, todos los hombres en edad militar iban de uniforme. Al pasar, camino del frente, por los grandes arrozales de La Albufera y por la verde exuberancia de la famosa huerta valenciana, este corresponsal comprendió por qué en Valencia se come bien. No hay en el mundo un trecho de tierra más rica y el gobierno posee el granero de España en La Mancha y la huerta, los árboles frutales y gran parte de los olivares en las provincias de Murcia, Alicante y Castellón.

A mi paso por Castellón tuve la impresión de que había proliferado una raza de topos gigantescos. Todas las calles estaban salpicadas de montones de tierra extraída para la construcción de un sistema de túneles comunicados que eran refugios antiaéreos. Son tan eficaces, que bombarderos italianos de Mallorca habían dejado caer la víspera cuatrocientas bombas, destruido 93 casas y solo matado a tres personas. Los habitantes de Castellón no evacúan la ciudad sino que se sientan ante sus casas; las mujeres haciendo punto y los hombres en cafés, pero cuando suena la alarma todos se meten en agujeros como una colonia de marmotas.

Por fin encontramos la línea del frente, profusamente atrincherada a lo largo de un cauce seco que desemboca en el mar, en punta de Capicorp, y caminamos por ella desde el mar hasta donde se curva hacia las colinas que habíamos visto desde el aire. Desde la cima de una torre medieval construida para defender la costa de los piratas, estudiamos las posiciones enemigas. El comandante de esta sección tenía excelentes atrincheramientos de tercera y cuarta línea y magníficas posiciones defensivas naturales en su retaguardia hacia Oropesa.

—El pánico ha desaparecido por completo —dijo el comandante—. Se ha luchado encarnizadamente, ha habido ataques todos los días desde que llegaron al mar, pero hemos defendido este trozo de costa centímetro a centímetro. No a centímetros del mapa —sonrió—, como sucedió el primer día. Para echarnos de la última posición que perdimos, trajeron cuatro cruceros y cinco destructores a unas tres millas de la costa a fin de bombardearnos desde la retaguardia, controlando el fuego mediante un avión de observación. Franco tiene solo dos cruceros y creemos que uno era el Deutschland y el otro italiano. Pero no somos marineros y no podemos identificarlos con seguridad. Quizá estarán ustedes aquí si intentan usarlos de nuevo.

—Sí —respondió este corresponsal —. Me gustaría muchísimo.


Ernest Hemingway
Despachos de la guerra civil española (1937-1938)





2827. José Ferradás Pastoriza, un deportado de Beluso

Archivo ITS Arolsen



María Torres / 4 mayo 2019

Hace 74 años, el 5 de mayo de 1945 las tropas estadounidenses entraron en el campo de concentración nazi de Mauthausen. 

Quiero traer al recuerdo la historia de José Ferradás Pastoriza. No se ha podido localizar ninguna fotografía que nos devuelva la imagen de José Ferradás, pero están los documentos que transmiten el triste destino de este vecino de Beluso, uno de los 38 deportados de la provincia de Pontevedra.


José Ferradás nace en el lugar de La Rosa el 16 de mayo de 1912. Sus padres fueron José, soldador de profesión, y Carmen. Ambos eran naturales de Beluso, al igual que los abuelos Benito y Rosa (por línea paterna) y Baltasar y Genoveva (por línea materna).

Era el segundo de cuatro hermanos. El mayor, Adolfo, había nacido en 1904, Benito en 1918 y María del Carmen en 1920. Aunque en el censo de habitantes de 1930 figura como soltero y de profesión carpintero, sabemos que se dedicaba a la pesca de bajura y que tenía dos hijas reconocidas con su compañera Josefa Cabral que vivían con la familia de la madre.

Sindicalista y socialista, tras el golpe de estado de 1936 participó en alguna acción para tratar de evitarlo. Tras esto, le advirtieron que se anduviera con cuidado que irían a por él. Su hermana María del Carmen, se tomó en serio este aviso y cada noche, mientras él descansaba, vigilaba tras la ventana de la casa. Una noche María del Carmen observó que alguien se aproximaba y avisó a su hermano. José Ferradás saltó por la parte trasera de la casa y escapó hacía una aldea vecina, camino de la playa de Tulla.

Jamás volvieron a verle. La familia pensó que había conseguido cruzar hasta Portugal. Es muy probable que desde allí pasara al Frente Norte y se incorporara a la lucha en defensa de la República, posiblemente en el frente de Asturias. En el Centro Documental de la Memoria Histórica nos hemos encontrado una ficha a su nombre donde se indica que era miliciano afecto al 9º Batallón de las Milicias Socialistas y U.G.T.

Su hermano Benito fue movilizado por el ejército franquista y cuenta la familia que combatió con el miedo de verse enfrentado a José.

Tras la contienda, cuando José Ferradás pasó a Francia, fue confinado en Argelès sur Mer. El 23 de diciembre de 1939 se enroló en Compañía de Trabajadores Extranjeros núm. 107. Esta compañía se formó en la localidad de Saint Florentín y actuó en Fouquemont, población cercana a la frontera alemana, concretamente en la Línea Maginot.

En junio de 1940 fue detenido por los nazis, confinado en el Frontstalag núm. 140 en Belfort y transferido al Stalag XI-B Fallingbostel, con el número de prisionero 87.277. Su detención inicial es publicada por los alemanes en la Lista oficial núm. 34, de 21 de octubre de 1940.

Fue deportado a Mauthausen el 27 de enero de 1941 en una expedición de 1472 españoles que había partido de Fallingbostel dos días antes, y entre la que se encontraba el fotógrafo Francesc Boix. Registrado con el número 5505, indicó que era marinero, aunque los alemanes le inscribieron como agricultor.

El 8 de abril es trasladado a Gusen, el matadero. Pereció el 20 de septiembre de 1941 y fue cremado cuatro días después.

Uno de sus sobrinos, José González Ferradás, hijo de María del Carmen, se ha pasado media vida intentado conocer el paradero de su tío. Recuerda que cuando era pequeño había una fotografía en la que aparecían tres hombres. A dos los conocía, eran sus tíos, pero al tercero no. Su madre le dijo que había muerto en la guerra "con los otros". Según José González "era una manera de decir que luchó con la República, pero no contaba más".

"Siendo niño peloteando con mi balón, día tras día, en el atrio contra las paredes de la iglesia donde había una serie de nombres a ambos lados de una cruz con un yugo y unas flechas, recuerdo un día en que mi madre me llamaba para volver a  casa porque era tarde y al llegar le pregunté: ¡Mama! ¿Por qué o tío Pepe non está nos nombres da parede da iglesia? Ella respondió: ¡O tío Pepe era dos outros!"

El pasado 12 de abril, se realizó en la Casa del Pueblo de Beluso un homenaje al deportado José Ferradás Pastoriza, organizado por la Asociación Amigos Xoán Carballeira de Bueu. Se contó con la presencia de la familia. Los que estábamos allí vivimos momentos muy emotivos y sentimos que la única forma de aminorar el dolor y de intentar paliar el agravio es manteniendo viva la Memoria.


Agradecimientos a:

José González Ferradás
Manuel Mosteiro García
Xosé Novas Piñeira
Asociación Amigos Xoán Carballeira) de Bueu
Concello de Bueu