Lo Último

"A sangre y fuego", de Manuel Chaves Nogales

Manuel Chaves Nogales
(Sevilla, 7 de agosto de 1897 - Londres, 4 de mayo de 1944)


Yo era eso que los sociólogos llaman un «pequeño burgués liberal», ciudadano de una república democrática y parlamentaria. Trabajador intelectual al servicio de la industria regida por una burguesía capitalista heredera inmediata de la aristocracia terrateniente, que en mi país había monopolizado tradicionalmente los medios de producción y de cambio —como dicen los marxistas—, ganaba mi pan y mi libertad con una relativa holgura confeccionando periódicos y escribiendo artículos, reportajes, biografías, cuentos y novelas, con los que me hacía la ilusión de avivar el espíritu de mis compatriotas y suscitar en ellos el interés por los grandes temas de nuestro tiempo. Cuando iba a Moscú y al regreso contaba que los obreros rusos viven mal y soportan una dictadura que se hacen la ilusión de ejercer, mi patrón me felicitaba y me daba cariñosas palmaditas en la espalda. Cuando al regreso de Roma aseguraba que el fascismo no ha aumentado en un gramo la ración de pan del italiano, ni ha sabido acrecentar el acervo de sus valores morales, mi patrón no se mostraba tan satisfecho de mí ni creía que yo fuese realmente un buen periodista; pero, a fin de cuentas, a costa de buenas y malas caras, de elogios y censuras, yo iba sacando adelante mi verdad de intelectual liberal, ciudadano de una república democrática y parlamentaria.

Si, como me ocurría a veces, el capitalismo no prestaba de buen grado sus grandes rotativas y sus toneladas de papel para que yo dijese lo que quería decir, me resignaba a decirlo en el café, en la mesa de la redacción o en la humilde tribuna de un ateneo provinciano, sin el temor de que nadie viniese a ponerme la mano en la boca y sin miedo a policías que me encarcelasen, ni a encamisados que me hiciesen purgar atrozmente mis errores. Antifascista y antirrevolucionario por temperamento, me negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y aguardaba trabajando, confiado en el curso fatal de las leyes de la evolución. Todo revolucionario, con el debido respeto, me ha parecido siempre algo tan pernicioso como cualquier reaccionario. 

En realidad, y prescindiendo de toda prosopopeya, mi única y humilde verdad, la cosa mínima que yo pretendía sacar adelante, merced a mi artesanía y a través de la anécdota de mis relatos vividos o imaginados, mi única y humilde verdad era un odio insuperable a la estupidez y a la crueldad; es decir, una aversión natural al único pecado que para mí existe, el pecado contra la inteligencia, el pecado contra el Espíritu Santo. 

Pero la estupidez y la crueldad se enseñoreaban de España. ¿Por dónde empezó el contagio? Los caldos de cultivo de esta nueva peste, germinada en ese gran pudridero de Asia, nos los sirvieron los laboratorios de Moscú, Roma y Berlín, con las etiquetas de comunismo, fascismo o nacionalsocialismo, y el desapercibido hombre celtíbero los absorbió ávidamente. Después de tres siglos de barbecho, la tierra feraz de España hizo pavorosamente prolífica la semilla de la estupidez y la crueldad ancestrales. Es vano el intento de señalar los focos de contagio de la vieja fiebre cainita en este o aquel sector social, en esta o aquella zona de la vida española. Ni blancos ni rojos tienen nada que reprocharse. Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España.

De mi pequeña experiencia personal, puedo decir que un hombre como yo, por insignificante que fuese, había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros. Me consta por confidencias fidedignas que, aun antes de que comenzase la guerra civil, un grupo fascista de Madrid había tomado el acuerdo, perfectamente reglamentario, de proceder a mi asesinato como una de las medidas preventivas que había que adoptar contra el posible triunfo de la revolución social, sin perjuicio de que los revolucionarios, anarquistas y comunistas, considerasen por su parte que yo era perfectamente fusilable. 

Cuando estalló la guerra civil, me quedé en mi puesto cumpliendo mi deber profesional. Un consejo obrero, formado por delegados de los talleres, desposeyó al propietario de la empresa periodística en que yo trabajaba y se atribuyó sus funciones. Yo, que no había sido en mi vida revolucionario, ni tengo ninguna simpatía por la dictadura del proletariado, me encontré en pleno régimen soviético. Me puse entonces al servicio de los obreros como antes lo había estado a las órdenes del capitalista, es decir, siendo leal con ellos y conmigo mismo. Hice constar mi falta de convicción revolucionaria y mi protesta contra todas las dictaduras, incluso la del proletariado, y me comprometí únicamente a defender la causa del pueblo contra el fascismo y los militares sublevados. Me convertí en el «camarada director», y puedo decir que durante los meses de guerra que estuve en Madrid, al frente de un periódico gubernamental que llegó a alcanzar la máxima tirada de la prensa republicana, nadie me molestó por mi falta de espíritu revolucionario, ni por mi condición de «pequeño burgués liberal», de la que no renegué jamás. 

Vi entonces convertirse en comunistas fervorosos a muchos reaccionarios y en anarquistas terribles a muchos burgueses acomodados. La guerra y el miedo lo justificaban todo. 

Hombro a hombro con los revolucionarios, yo, que no lo era, luché contra el fascismo con el arma de mi oficio. No me acusa la conciencia de ninguna apostasía. Cuando no estuve conforme con ellos, me dejaron ir en paz.

Me fui cuando tuve la íntima convicción de que todo estaba perdido y ya no había nada que salvar, cuando el terror no me dejaba vivir y la sangre me ahogaba. ¡Cuidado! En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como la que vertían los aviones de Franco, asesinando mujeres y niños inocentes. Y tanto o más miedo tenía a la barbarie de los moros, los bandidos del Tercio y los asesinos de la Falange, que a la de los analfabetos anarquistas o comunistas. 

Los «espíritus fuertes» dirán seguramente que esta repugnancia por la humana carnicería es un sentimentalismo anacrónico. Es posible. Pero, sin grandes aspavientos, sin dar a la vida humana más valor del que puede y debe tener en nuestro tiempo, ni a la acción de matar más trascendencia de la que la moral al uso pueda darle, yo he querido permitirme el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos. Para un español quizá sea éste un lujo excesivo. 

Se paga caro, desde luego. El precio, hoy por hoy, es la Patria. Pero, la verdad, entre ser una especie de abisinio desteñido, que es a lo que le condena a uno el general Franco, o un kirguís de Occidente, como quisieran los agentes del bolchevismo, es preferible meterse las manos en los bolsillos y echar a andar por el mundo, por la parte habitable de mundo que nos queda, aun a sabiendas de que en esta época de estrechos y egoístas nacionalismos el exiliado, el sin patria, es en todas partes un huésped indeseable que tiene que hacerse perdonar a fuerza de humildad y servidumbre su existencia. De cualquier modo, soporto mejor la servidumbre en tierra ajena que en mi propia casa.

Cuando el gobierno de la República abandonó su puesto y se marchó a Valencia, abandoné yo el mío. Ni una hora antes, ni una hora después. Mi condición de ciudadano de la República Española no me obligaba a más ni a menos. El poder que el gobierno legítimo dejaba abandonado en las trincheras de los arrabales de Madrid lo recogieron los hombres que se quedaron defendiendo heroicamente aquellas trincheras. De ellos, si vencen, o de sus vencedores, si sucumben, es el porvenir de España. 

El resultado final de esta lucha no me preocupa demasiado. No me interesa gran cosa saber que el futuro dictador de España va a salir de un lado u otro de las trincheras. Es igual. El hombre fuerte, el caudillo, el triunfador que al final ha de asentar las posaderas en el charco de sangre de mi país y con el cuchillo entre los dientes —según la imagen clásica— va a mantener en servidumbre a los celtíberos supervivientes, puede salir indistintamente de uno u otro lado. Desde luego, no será ninguno de los líderes o caudillos que han provocado con su estupidez y su crueldad monstruosas este gran cataclismo de España. A ésos, a todos, absolutamente a todos, los ahoga ya la sangre vertida. No va a salir tampoco de entre nosotros, los que nos hemos apartado con miedo y con asco de la lucha. Mucho menos hay que pensar en que las aguas vuelvan a remontar la corriente y sea posible la resurrección de ninguno de los personajes monárquicos o republicanos a quienes mató civilmente la guerra. 

El hombre que encarnará la España superviviente surgirá merced a esa terrible e ininteligente selección de la guerra que hace sucumbir a los mejores. ¿De derechas? ¿De izquierdas? ¿Rojo? ¿Blanco? Es indiferente. Sea el que fuere, para imponerse, para subsistir, tendrá, como primera providencia, que renegar del ideal que hoy lo tiene clavado en un parapeto, con el fusil echado a la cara, dispuesto a morir y a matar. Sea quien fuere, será un traidor a la causa que hoy defiende. Viniendo de un campo o de otro, de uno u otro lado de la trinchera, llegará más tarde o más temprano a la única fórmula concebible de subsistencia, la de organizar un Estado en el que sea posible la humana convivencia entre los ciudadanos de diversas ideas y la normal relación con los demás Estados, que es precisamente a lo que se niegan hoy unánimemente con estupidez y crueldad ilimitadas los que están combatiendo. 

No habrá más que una diferencia, un matiz. El de que el nuevo Estado español cuente con la confianza de un grupo de potencias europeas y sea sencillamente tolerado por otro, o viceversa. No habrá más. Ni colonia fascista ni avanzada del comunismo. Ni tiranía aristocrática ni dictadura del proletariado. En lo interior, un gobierno dictatorial que con las armas en la mano obligará a los españoles a trabajar desesperadamente y a pasar hambre sin rechistar durante veinte años, hasta que hayamos pagado la guerra. Rojo o blanco, capitán del ejército o comisario político, fascista o comunista, probablemente ninguna de las dos cosas, o ambas a la vez, el cómitre que nos hará remar a latigazos hasta salir de esta galerna ha de ser igualmente cruel e inhumano. En lo exterior, un Estado fuerte, colocado bajo la protección de unas naciones y la vigilancia de otras. Que sean éstas o aquéllas, esta mínima cosa que se decidirá al fin en torno de una mesa y que dependerá en gran parte de la inteligencia de los negociadores, habrá costado a España más de medio millón de muertos. Podía haber sido más barato.

Cuando llegué a esta conclusión abandoné mi puesto en la lucha. Hombre de un solo oficio, anduve errante por la España gubernamental confundido con aquellas masas de pobres gentes arrancadas de su hogar y su labor por el ventarrón de la guerra. Me expatrié cuando me convencí de que nada que no fuese ayudar a la guerra misma podía hacerse ya en España. 

Caí, naturalmente, en un arrabal de París, que es donde caen todos los residuos de humanidad que la monstruosa edificación de los Estados totalitarios va dejando. Aquí, en este hotelito humilde de un arrabal parisiense, viven mal y esperan a morirse los más diversos especímenes de la vieja Europa: popes rusos, judíos alemanes, revolucionarios italianos..., gente toda con un aire triste y un carácter agrio que se afana por conseguir lo inasequible: una patria de elección, una nueva ciudadanía. No quiero sumarme a esta legión triste de los «desarraigados» y, aunque sienta como una afrenta el hecho de ser español, me esfuerzo en mantener una ciudadanía española puramente espiritual, de la que ni blancos ni rojos puedan desposeerme

Para librarme de esta congoja de la expatriación y ganar mi vida, me he puesto otra vez a escribir y poco a poco he ido tomando el gusto de nuevo a mi viejo oficio de narrador. España y la guerra, tan próximas, tan actuales, tan en carne viva, tienen para mí desde este rincón de París el sentido de una pura evocación. Cuento lo que he visto y lo que he vivido más fielmente de lo que yo quisiera. A veces los personajes que intento manejar a mi albedrío, a fuerza de estar vivos, se alzan contra mí y, arrojando la máscara literaria que yo intento colocarles, se me van de entre las manos, diciendo y haciendo lo que yo, por pudor, no quería que hiciesen ni dijesen.

Y luchando con ellos y conmigo mismo por permanecer distante, ajeno, imparcial, escribo estos relatos de la guerra y la revolución que presuntuosamente hubiese querido colocar sub specie æternitatis. No creo haberlo conseguido. 

Y quizá sea mejor así.


Manuel Chaves Nigales
Montrouge (Seine), enero-mayo de 1937

Prólogo de A sangre y fuego Héroes, bestias y mártires de España



Conferencia de Indalecio Prieto en la sociedad «El Sitio» de Bilbao




Es obligado que las primeras palabras que haya que pronunciar sean de gratitud para corresponder a las excesivamente elogiosas con que nuestro presidente, mi amigo D. Vicente Fatrás, acaba de hacer mi presentación. Tengo por muy cierto que a más profundidad, a más hondura en el sentimiento, mayor laconismo en la expresión. De manera que con encerrar mi gratitud en dos palabras, simplemente con decir muchas gracias, queda desde luego testimoniada mi gratitud por las que acabo de escuchar. Y con esas mismas he de agradecer también la invitación que me ha hecho la Junta directiva de nuestra Sociedad para ocupar esta tribuna en una serie de conferencias que forzosamente, si la política ha de rendir el obligado tributo a la actualidad, han de versar sobre las circunstancias en que se mueve actualmente la política española. Y tras la palabra metódica, la expresión clarísima, el raciocinio profundo que caracteriza el modo de orar de D. Marcelino Domingo, va mi palabra, que todos o casi todos conocéis, tumultuosa, desordenada, sin sujeción a cánones que dictan muchas veces disciplinas al pensamiento (a las cuales yo no he podido llegar aún), y después de las elegancias de concepto verdaderamente maravillosas que os sorprendieron el otro día al conocer la peculiar manera de expresarse de D. Niceto Alcalá Zamora, va esta palabra mía, tosca, un tanto hiriente, con aristas un poco agudas porque no las ha sabido pulir el arte.

Mas yo no me siento -fuera una manifestación de inmodestia, a la cual no soy muy propenso- disminuido en la personalidad en esta tribuna al comparecer ante vosotros detrás de figuras tan destacadas en la política española, y detrás, singularmente, de dos maestros, cada uno en su estilo, de la oratoria. Es cierto que la única preocupación que me dominaba al entrar en este salón era aquella de que, excediéndome yo en la forma de expresarme pudiera producir aquí, y ello lo sentiría, incidentes de tal naturaleza que fueran como una incubación de disidencias, de disentimientos, de rencillas dentro del ámbito de la Sociedad. Era esa mi única preocupación, por que aunque inferior en medios oratorios con respecto a los Sres. Domingo y Alcalá Zamora me siento igual a ellos en punto a sinceridad.

Las palabras de gran cordialidad que el Sr. Fatrás acaba de pronunciar rompen, nada más que hasta cierto punto, la timidez mía, y me dispongo a usar discretamente de aquel margen amplísimo de libertad que me conceden, desde luego, el prestigio y la tradición de esta tribuna, y que me ratifican de una manera circunstancial, muy alentadora por cierto, las manifestaciones del Sr. Fatrás.

Tenía yo duda de que esta conferencia pudiera celebrarse. La teoría sustentada por el Gobierno y recogida en versiones oficiosas, de que quienes estuvieran ya incursos en un procedimiento sumarial, quedaban inhabilitados para la propaganda política en tanto el sumario se sustanciase, había forjado en mi ánimo la evidencia de que quedaba condenado a un descanso temporal bastante prolongado. He visto en la Prensa de hoy manifestaciones del jefe del Gobierno, en las cuales, sin rectificar de una manera plena, como, a mi juicio, cumplía a hombres que se dicen restauradores del Derecho, se atenúa ese rigor en forma relativamente elástica, de modo que unas veces se autorice y otras veces se deniegue el permiso para ocupar tribunas públicas a quienes procedemos de cierta manera recalcitrante en la crítica de los actos del primer período de la dictadura y vinculamos donde forzosa, inevitablemente aparecerán vinculadas las principales responsabilidades de ese período bochornoso por que ha atravesado España. Pero conocíamos antes de las declaraciones del señor presidente del Consejo de ministros, una manifestación clara de que instrucciones en ese sentido habían sido cursadas a los gobernadores civiles, y esa manifestación la había hecho de modo bien expreso el señor gobernador civil de Guipúzcoa, al justificar en una nota oficiosa la razón de haber prohibido una conferencia que yo tuve anunciada para el domingo último en el Frontón Astelena, de Eibar. El señor gobernador civil de Guipúzcoa, consignó, con reiteración que él se encargó de manifestar, que a mí no me autorizaba en todo el territorio de Guipúzcoa a usar de la palabra porque había unas diligencias judiciales iniciadas con motivo de ciertas palabras, no muy extensas pero muy claras, que yo hube de pronunciar en un banquete que en San Sebastián se celebró en honor del señor Ortega y Gasset (D. Eduardo). Y si hubiera sido el gobernador civil de Guipúzcoa una persona totalmente lega en Derecho, uno de esos hombres reclutados en la zona que pudiéramos llamar aventurera de la política, para ponerle al frente de una provincia, yo hubiese dudado de la lucidez, de la claridad de juicio del señor gobernador civil de Guipúzcoa; mas nos encontrábamos con la especialísima circunstancia de que el Gobierno civil de Guipúzcoa está desempeñado por persona que pertenece a la Magistratura, que ha pasado a ese cargo gubernativo desde la presidencia de la Audiencia de Santander, y no era posible atribuir a un magistrado la ignorancia verdaderamente vergonzosa de que un hombre, no sólo sometido a las consecuencias de una querella fiscal, sino un hombre sobre el cual pesara ya un auto de procesamiento que sobre mí no pesa aún, de que un ciudadano incluso condenado, aunque la condena llevase consigo de un modo expreso la inhabilitación de sus derechos políticos no puede ser privado de expresar su pensamiento. Sólo los muros de un presidio pueden impedir a un ciudadano la expresión de su pensamiento desde la tribuna pública, sólo puede impedirlo físicamente la reclusión, pues no hay pena en ningún país civilizado que, por aflictiva que sea, condene a la privación de expresar libremente su pensamiento. Hasta el presidiario tiene derecho a opinar. (Aplausos.)


Contestación a Martínez Anido

He dicho recientemente, en unas manifestaciones que tuvieron en la Prensa española un eco formidable, por mí ni siquiera sospechado, que el general Martínez Anido había sido sustituido en el Gobierno civil de Barcelona como consecuencia de aquella persecución sañuda que puso en trance de muerte al líder sindicalista Angel Pestaña, y de la asechanza verdaderamente vil de que era víctima este ciudadano para ser asesinado cuando se restableciera de sus heridas, a la puerta del Hospital de Manresa. Y dije allí que el Sr. Sánchez Guerra, como presidente del Consejo de ministros entonces, evitó el asesinato de Pestaña, y que al manifestar su disconformidad y su enojo los generales Martínez Anido y Arlegui, fueron éstos destituidos.

El general Martínez Anido, en toda esa Prensa de la derecha que en España se dedicó a alentar, no ya con su silencio, sino con su aplauso, la serie de crímenes ignominiosos cometidos en la provincia de Barcelona bajo el patrocinio, la inspiración y la inducción de la autoridad gubernativa, ha hecho público un largo relato, en el cual pretende desmentir o rectificar esta afirmación mía, y dice que su destitución fué como consecuencia de un atentado que se proyectó contra él. Yo sé de ese atentado bastante más de lo que se figura el Sr. Martínez Anido. Entre el rescate de la vida de Pestaña, que estaba expuesto a ser asesinado en Manresa, y ese supuesto complot para asesinar al Sr. Martínez Anido mediaron muy pocas, escasas fechas. He dicho supuesto complot porque aquéllo lo organizó la Policía para justificar una represión bárbara, fué uno de esos complots a cuyas características respondió, igualmente, la tragedia que ensangrentó el territorio vasco en las lindes fronterizas de Vera.

Como había hombres llenos de odios justificados al Sr. Martínez Anido, algunos ilusos picaron en el cebo colocado por las bandas de confidentes de la Policía de Barcelona y se aprestaron a cooperar a un complot organizado por la propia Policía en forma tal, que la motocicleta con «sidecar» destinada a la fuga de los individuos a quienes se había catequizado para atentar contra el señor Martínez Anido era una motocicleta de la Jefatura Superior de Policía de Barcelona. (Rumores.)

Mediante aquel supuesto complot se pretendía afianzar en sus puestos a las autoridades enojadas y disconformes con el proceder del Gobierno.

En el largo alegato publicado por los periódicos de la derecha, y que éstos han recogido con la fruición y la vestimenta de los grandes titulares, con las cuales, en los modos periodísticos suele hacerse denotar la adhesión jubilosa, dice el Sr. Martínez Anido esto, que resulta verdaderamente trágico: que en su gestión sólo se registraron seis atentados de personas ajenas al Sindicato Unico. ¡Sólo se registraron seis atentados de personas ajenas al Sindicato Unico! Para esta contabilidad trágica del señor Martínez Anido no reza el número considerable de hombres asesinados en las calles de Barcelona y en los pueblos de aquella provincia que pertenecían o simpatizaban con ese Sindicato Unico. Para él no hay más víctimas que esas seis. Las demás no pertenecían a la Humanidad.

¿Es que yo no he formulado cargos contra el Sr. Martínez Anido hasta ahora, que ha dejado de ejercer una función oficial? Si alguna voz ha quebrantado el sosiego parlamentario para acusar concreta y rotundamente al general Martínez Anido a raíz de todos esos asesinatos sobre cuyas víctimas la Jefatura Superior de Policía de Barcelona colocaba epitafios zahiriéndolas y evocando un historial a veces falso de sus fechorías; si alguien ha acusado en el Parlamento, he sido yo. Sepa el Sr. Martínez Anido que yo no ignoro que uno de los pistoleros más destacados que hoy, si la indulgencia de la dictadura no le ha salvado del Presidio, estará en reclusión por haber cosido a puñaladas a su amante, Ortet, el del Ramo del Agua, que tuvo conmigo un incidente en el salón de visitas del Congreso, fué a Madrid a ficharme, a conocerme, a «marcarme», con setecientas cincuenta pesetas que le entregó el general Arlegui, jefe superior de la Policía de Barcelona, y subordinado del general Martínez Anido. Ese sujeto, que había cometido los asesinatos a docenas, campaba libremente por las calles de Barcelona; ese hombre, que fué a Madrid con setecientas cincuenta pesetas entregadas por el general Ariegui para «marcarme» a mí, tenía sobre su historial una serie de asesinatos, algunas de cuyas víctimas, antes de expirar, hubieron de decir en las Casas de Socorro barcelonesas que les había asesinado Ortet, no obstante lo cual estaba en libertad.

Además, quien me denunció el caso de la subvención policíaca a Ortet murió también asesinado en las calles de Barcelona a poco de hacerme tan reveladora confidencia.

Para enjuiciar al Sr. Martínez Anido -y voy a dar fin a este incidente- no tengo ni siquiera que herir vuestras conciencias con afirmaciones mías que algunos de nosotros pudierais considerar fruto de un apasionamiento o de una ceguera política.

Acabo de leer un libro escrito por el general López Ochoa, que en aquellos tiempos tenía mando en la guarnición de Barcelona sobre la brigada de Infantería compuesta por los regimientos de Alcántara y de Vergara. Y en este libro del general López Ochoa en la página 45, dice, hablando de Martínez Anido:

«Recuerdo que el año 1922, después de unas maniobras de los batallones de Cazadores de la guarnición de Barcelona, a las que había asistido Martínez Anido, me dijo, hablando con la mayor tranquilidad, después del banquete:

» -¿Que cómo resuelvo yo el problema sindicalista? Cuando quiero deshacerme de un individuo no tengo más que preguntar por él. Esta simple pregunta es ya una orden; a los pocos días este hombre ha desaparecido.»

Yo quedé consternado viendo la tranquilidad con que aquel hombre ordenaba los asesinatos más viles y cobardes, escudado en su cargo de gobernador civil.» (Sensación, rumores y exclamaciones.)

¿Pero es sospechoso el testimonio del general López Ochoa, general con mando en esa época terrorista, en Barcelona? ¿Vamos también a recusarlo, porque circunstancialmente, por disentimientos con la dictadura, este general haya sido perseguido por quienes ejercieron el poder dictatorial, los generales Primo de Rivera y Martínez Anido? Pero no recusará el general Martínez Anido su propio testimonio personal.

Yo he dicho, no ahora, sino en el Congreso socialista, celebrado en junio de 1928, que tenía en mi poder (veo a través de los tachones de la censura, que ayer lo ha evocado también Unamuno en el Ateneo) un recorte del «Heraldo de Zamora». Y el «Heraldo de Zamora», en un número revisado por la censura, relatando un acto público celebrado en aquella capital, al que concurrió el general Martínez Anido, hablando éste ante lo más granado de la ciudad, hizo, entre otras, esta manifestación:

«Yo solucioné los conflictos sociales de Barcelona sin hacer uso de la Policía ni de la Guardia Civil. Lo que hice fué que se levantara el espíritu ciudadano, haciendo que desapareciera la cobardía y recomendando a los obreros libres que por cada uno que cayera deberían matar a diez sindicalistas.»

De manera que si el testimonio mío, por apasionado, puede rechazarse; si es recusable también el del general López Ochoa, tenemos aquí la manifestación del propio general Martínez Anido, hecha públicamente, registrada por un periódico visado por la censura, de que él autorizaba que se decuplicaran los asesinatos en Barcelona, de que patrocinaba el asesinato de diez sindicalistas del Unico por cada uno del Libre que cayera. Y este hombre, con estos testimonios, es el que se ha atrevido a desmentir, en un alegato que mancha de indignidad las columnas de la Prensa derechista, aquellas afirmaciones que yo hice. Con estas palabras dejo ventilado el incidente para entrar en el tema de la conferencia. (Aplausos.)


Paridad y diferencia de circunstancias entre 1917 y 1930

Me he entregado sobre esto a profundas meditaciones, y quiero empezar con una lectura encaminada a la justificación de que la actitud que yo he adoptado públicamente en estos instantes con una responsabilidad exclusivamente personal, no responde a ese eclecticismo que permite en la política cambiar bruscamente de posición, borrar postulados, dejar desvaídos ciertos idearios, para adoptar otros que nos coloquen en el camino de la consecución de aquellas realizaciones que nuestra conciencia política apetezca, situándonos en condiciones más favorables al triunfo, desentendiéndonos de nuestros antecedentes, de nuestra historia, de nuestra significación, en fin, de todo lo que constituye nuestra personalidad política, por modesta que ella sea.

Yo tengo un patrimonio en política, que es el de la consecuencia, que procuro conservar sin aquellas rigideces propias de espíritus inflexibles, que no son capaces de evolucionar ni siquiera cuando cambia, en el curso mismo de la vida, el prisma con que vemos los acontecimientos, el cristal óptico, que en unas edades es distinto a las otras, con el cual contemplamos la realidad de la vida de nuestra nación. Puede, debe haber una evolución en esos sentimientos; pero es inaceptable una contradicción flagrante con ellos, porque perjudica, quebranta la seriedad del hombre político. Y para yo hablar como voy a hablar, para justificar mi posición y mi actitud -porque este discurso, si responde mi palabra a mi propósito y no me traiciona el temperamento, será, más que una arenga, una plática de tipo familiar-, para justificar mi actitud he traído como antecedente la copia del acta de una reunión que se celebró en el palacio provincial de Vizcaya el 2 de agosto de 1917, con ocasión de una convocatoria del presidente de esa Corporación a los ex diputados provinciales, para oír su criterio en orden a las aspiraciones del pueblo vizcaíno, como estudio previo a la redacción de conclusiones que habían de elevarse por entonces a los Poderes públicos.

Enfocad un instante solo la memoria al estado político del país en el año 1917, y encontraréis una paridad de circunstancias, una semejanza, una similitud entre aquellos momentos y estos verdaderamente maravillosa. A mi juicio, mucho más graves, más intensas, más hondas en estos momentos que en aquellos. Observad que aquel ambiente revolucionario en que coincidían grandes sectores del país desde el Ejército -mal encuadradas, deficientemente recogidas, erróneamente plasmadas en las Juntas militares de Defensa sus aspiraciones de regeneración del país- a todas las izquierdas nacionales, a las masas obreras, la opinión coincidente, el punto de convergencia de todas las opiniones era que había que hacer algo para sacar la vida política española de aquel empantanamiento en que se encontraba en 1917, empantanamiento no ciertamente más hondo que el del presente instante. Y observad que aquel movimiento, en que coincidían grandes sectores del país, y al cual distaban mucho de ser ajenas las fuerzas políticas que significaban el orden al regionalismo los puntos de vista más extremos, fracasó porque a la hora de intentar por la violencia el derribo de unas instituciones con respecto a las cuales la disconformidad era de carácter general en el país sólo uno de los sectores, el sector obrero, dió el embate.

Y naturalmente, de aquella lección es lógico sacar esta consecuencia: que, posiblemente, si se repitiera ese caso, si sólo un sector extremo en la vida nacional intentara por sí el movimiento de derribo que es hoy indispensable a la salvación y a la dignidad de la patria, podría producirse exactamente el mismo resultado negativo, porque atemorizadas otras clases sociales ante las repercusiones y ante la dilatación del movimiento mismo, pudieran formar en torno al Poder, como entonces la formaron aquella serie de reductos que, servidos por el egoísmo del interés material, amparó al Poder público en tales circunstancias. Lo que yo pretendo en estos instantes, arrostrando todas las invectivas de quienes comulgando en mis ideas o viviendo en mi afinidad tienen una visión política distinta, es decir a las clases conservadoras y medias del país que por parte de los elementos extremos de la política española no se ansía ahora un movimiento de tipo revolucionario que, al implantar cierto radicalismo incompatible con el estado social y político del país, ponga en peligro todo el porvenir de España, sino que estos hombres, nosotros, que somos los extremistas, queremos ayudar a un movimiento que, salvando la dignidad de España, derribe la monarquía para instaurar un régimen republicano dentro del cual todas las ideas, libremente en su palenque, luchen por el triunfo de sus respectivas aspiraciones. (Prolongada ovación.)

Yo declaro, aunque el ambiente este no me sea propicio -y cuanto menos propicio me resulte el ambiente mayor, más íntima, más fuerte mi obligación de decirlo-, viendo que la coordinación de estas fuerzas coincidentes en la nación española resulta difícil por falta de organización nacional de los partidos republicanos y por ausencia de grandes figuras en el campo de la izquierda antidinástica capaces de agrupar en torno al prestigio de su nombre, a la gloria de su historial, a la austeridad de su conducta, una suma de voluntades que exaltando a esas personalidades las erijan en caudillos y en guías de una revolución, y al serlo constituyan también una solvencia y una garantía para las clases medias, y aun -¿por qué no decirlo?- para las clases capitalistas de la nación, yo declaro que pensé, ante la dificultad, de momento insuperable, de estructurar este agrupamiento con carácter nacional, en que era posible aglutinar regionalmente las fuerzas que coincidieran en este propósito honrado y leal, pero con las debidas precauciones.

Porque el año 1917 también nos dejó, además de la lección que queda expuesta, otra que tuvo todos los caracteres de una traición. La fuerza y el ambiente revolucionario que creó la Asamblea de parlamentarios, en donde coincidieron desde la figura venerable y de una flexibilidad de talento político verdaderamente maravillosa de Pablo Iglesias, pasando por los republicanos y por elementos del liberalismo monárquico, hasta las extremas derechas españolas, aquel ambiente revolucionario fué traicionado por el Sr. Cambó a cuenta de unas carteras ministeriales que otorgó el Poder real. (¡Muy bien! Grandes aplausos.)

Habéis de ver cómo la Historia, sin dejar que pasen centurias ni décadas siquiera, se ha cuidado de esclarecerlo.


Una maniobra casi inédita

Yo tengo aquí -no las leo porque son extensas y sé por práctica cuánto fatiga la incrustación de lecturas en una disertación oral- varias páginas de un libro editado en La Habana, en que un periodista, el señor Capo, recoge las memorias del coronel Márquez, primer presidente de las Juntas militares de Defensa, el hombre, ¡que duda cabe!, que durante unos meses tuvo en sus manos los destinos de España. ¡Pero cuando las circunstancias, ajenas a los méritos personales, encumbran a una figura a cimas que parecen inaccesibles, resulta tan difícil contemplar desde ellas serenamente todo el panorama de la responsabilidad de una gestión! Aquello fracasó y derivó en un caciquismo militar verdaderamente ruin, que tuvo su culminación en los atropellos de que fueron víctimas los alumnos de la Escuela Superior de Guerra, y que disoció el movimiento de tipo revolucionario que caracterizó el primer impulso de las juntas militares de Defensa, desviándolas del espíritu y de la simpatía del país. Estos elementos difusos de la simpatía de las masas ciudadanas, que casi siempre y más en los países latinos, están fuera de los cuadros orgánicos de las agrupaciones políticas, son elementos imponderables que dan el triunfo u ocasionan la derrota independientemente de la voluntad de aquellas colectividades políticas más directamente interesadas por sus ambiciones, por sus aspiraciones, por su historia, a la consecución del fin logrado.

Pues bien, en estas páginas de las Memorias del coronel Márquez, se refiere -os lo voy a sintetizar- cómo en vísperas de la famosa Asamblea de parlamentarios, a la cual con tanto fervor acudieron las representaciones más típicamente austeras de todas las fuerzas políticas del país, llegó a Barcelona, enviado por Palacio, el capellán del batallón de Cazadores de Alba de Tormes, número 8; cómo este capellán castrense se avistó con el coronel Márquez, para pedirle que interpusiera su influencia -la influencia, realmente avasalladora- para impedir la celebración de la Asamblea de parlamentarios; cómo este capellán enviado de Palacio instó al coronel Márquuez a que, por lo menos, procurara convencer al Sr. Cambó, y cómo -se citan nombres propios- el coronel Márquez, con los capitanes Herrero y Villar, más este capellán, apellidado Planas, se entrevistaron con el Sr. Cambó en el convento de Pompeya, sito al final del paseo de Gracia. Allí llegaron estos militares, que representaban todo el espíritu de rebeldía que en aquellos momentos latía en el Ejército, y allí concurrió también el Sr. Cambó, el hombre indiscutiblemente más destacado por su talento y por su audacia de todos los parlamentarios que habían de congregarse en Barcelona, en vista de la negativa del Gobierno a convocar Cortes. Y allí el padre Ruperto, que, dice el coronel Márquez en estas Memorias, es un misterioso personaje, que dispone de una biblioteca enorme, de dos teléfonos, uno para la capital y otro para comunicarse no se sabe con quién; habitación separada por un cuarto de baño y un departamento reservado, del que extrae documentos voluminosos, de misteriosos contenidos; allí, en esta celda, casi como una habitación de Palace, del padre Ruperto en el convento de Pompeya (risas) se celebró la entrevista de los tres comisionados de las Juntas militares, del Sr. Cambó, del capellán Planas y del padre Ruperto. Cambó contesta que es imposible acceder a lo que se le pide, que está por medio su crédito de político; se insiste; de Palacio piden que no se celebre la Asamblea, y, por fin, el padre Ruperto da con una maravillosa fórmula, que consiste en lo siguiente: en que se haga como que se celebra la Asamblea y que no se celebre.

«¡Oh, maravilloso padre Ruperto! -escribe el periodista Sr. Capo, recogiendo, indudablemente, palabras casi textuales del Sr. Márquez-. En pocas horas elabora nada menos que el modo de que los parlamentarios se reúnan y no se reúnan; que acuerden lo que tengan por conveniente y que no acuerden nada; que le digan al rey la necesidad de una reforma de la Constitución y que no se lo digan; que sepa España entera que los Poderes actuantes están encanallados y que no lo sepa; que España está gobernada por los peores y que no lo está; que la corrupción dicta sus disposiciones y que no las dicta, y en fin, que se intenta renovar todo lo podrido y que no se intenta. ¡Maravilla de talento el de este padre!» (Grandes risas.) Pues bien; desde el convento (sigue la referencia) los militares, acompañados del padre Planas, marchan hasta Teléfonos, pues «en la plaza de Oriente» están esperando impacientes el resultado de la entrevista. Se habla con Madrid, y se escucha a poco la voz de un personaje, que dice: «Coronel: una vez más le quedo agradecido. Es la segunda vez que nos salva usted.»

¿Qué extraño tiene que ante estas tretas en que se compromete la seriedad y la sinceridad de los hombres públicos, adoptemos quienes estamos dispuestos a una colaboración en pro de un fin común las debidas precauciones con los regionalistas? Con una posición regionalista que signifique sinceramente la incorporación a la legislación española de las aspiraciones autonómicas, por mi parte no hay ninguna vacilación; pero yo vacilaré si determinados hombres explotan y amenazan con esas aspiraciones para ejercer lo que en el nuevo Código gubernativo tiene toda la figura delictiva de un chantaje. (Grandes aplausos.)


La esencia del fuero

Perdí el hilo, como veis; iba a leer unas manifestaciones que hice yo en el Palacio provincial de Vizcaya el año 1917, en esa reunión convocada para que las Diputaciones vascas formularan sus aspiraciones en cuanto a la autonomía del país, al Poder central. Entonces, dije:

«Nos hallamos frente al triste espectáculo de la descomposición de un Estado, del Estado español, cuyos organismos rectores están completamente corrompidos. Siendo este mi punto de vista, es claro que los movimientos de regeneración que se produzcan en las regiones fuertes, con vida propia, me han de parecer muy laudables, y más laudables que nunca en los momentos presentes, que considero los más propicios. Por lo tanto, estimo perfectamente razonable resurja ahora con vigor la aspiración de estas provincias en pro de la restauración del espíritu de sus fueros. Para cuanto signifique acoplamiento del espiritu enormemente democrático, profundamente liberal de los fueros a las complejidades de la vida social moderna, cuenten las Diputaciones no sólo con mi aprobación y beneplácito personales, sino con el concurso entusiasta por parte de las gentes que militan en el campo político donde yo me muevo.

Las Diputaciones tienen el deber de concretar clarísimamente sus aspiraciones. Es natural que las provincias vascongadas no pidan nada inspiradas por móviles egoístas, y por ello no habrían de oponerse, sino todo lo contrario, a que aquel régimen que desean para el país vasco fuera instaurado también en las demás regiones españolas.

Aquí hay una tradición foral que puede ser la base de la conquista de una mayor autonomía -luego hablaré de la necesidad de reglar ese autonomía-, y yo digo: ¿si por esa circunstancia, o por unas u otras razones de orden político, se produjera la oportunidad de obtener esa mayor autonomía para el país vasco, había de rechazarse porque no se concediera a la vez a las demás regiones?

Creo que, sin perjuicio de laborar por que el régimen autonómico se implantase en las restantes regiones, las provincias vascas deben continuar por el camino emprendido de trabajar en pro de su autonomía. Ahora bien, si ésta no se regla, tiene el peligro que se observa en todo Poder: el de que en su ejercicio tiende al despotismo si no hay quien lo frene. Si se trata de ir de frente, por parte de las Diputaciones, a la reintegración de las Juntas Generales, hay que cuidar de volver a las fuentes primitivas de la soberanía de esos organismos, a lo que en ese sentido pudiéramos llamar el macho de los fueros vascongados, a la soberanía popular, de la cual nacían las instituciones vascongadas.

Opino que las Diputaciones vascongadas harán una gran obra concediendo de una manera efectiva, no sólo con declaraciones, sino con la práctica, la autonomía municipal y, respetando otra mucho más sagrada, la autonomía individual.»

Esta posición mía del año 1917, ante unas circunstancias absolutamente idénticas en la forma, aunque menos intensas que ahora, es exactamente la misma que yo vengo propugnando y lo que constituye o va a constituir el eje de la ya corta disertación que os espera. Yo he tenido siempre una fuerte devoción por todo lo que era esencial en el régimen foral vascongado. Nadie, a título de liberal, con conciencia plena de lo que son los principios democráticos, puede sentir aversión por instituciones que aquí, con anterioridad, secularmente, siglos y siglos antes de que las conquistas ciudadanas plasmaran en las monarquías constitucionales, representaban una soberanía verdaderamente popular, emanada del pueblo. Fué el pueblo vasco quien se anticipó en siglos a destruir los vestigios de la organización social medieval, y haciendo hijosdalgos a todos los vascongados los colocó en pie de igualdad, sin aquella distinción oprobiosa que significaba la calidad del siervo y la condición humilde y sumisa del esclavo. Fué el pueblo vascongado el que cuidó de una manera tan profundamente radical de evitar la intromisión de la influencia clerical en los destinos políticos del país, que obligaba, para permitir la entrada en el territorio vizcaíno al obispo de la diócesis, a declarar previo juramento que se comprometía a no intervenir directa ni indirectamente en la vida política del país. Fué el fuero de Vizcaya en esto tan riguroso y tan inflexible, que condenaba con la expatriación, que castigaba con el destierro, reputándolo contra fuero, quebrantamiento del fuero, a quienes usaran o instigaran la influencia clerical para la marcha de los destinos públicos. Y fué, sobre todo en la santidad de la independencia de la personalidad vasca, de los ciudadanos vascos, el fuero el que instituyó el pase foral, en virtud del cual las demasías que pudiese cometer la Corona no tenían vigencia en la tierra vascongada, porque no lo consentían los vascongados, en uso de su libérrima voluntad.

Ante un fuero así, ante unas instituciones así, por amplias, por ilimitadas que sean las devociones democráticas ¿cómo no rendirles la pleitesía, el tributo de admiración que merecen Códigos de tal naturaleza que se adelantaron en muchos siglos a las monarquías y a las Repúblicas constitucionales?;(Gran ovación.)

Claro que aquí han sucedido fenómenos en la vida contemporánea verdaderamente curiosos y dignos de análisis, para que quienes somos liberales extrememos la vigilancia en evitación de muy perniciosas intromisiones. Y el fenómeno más característico ha sido que cuando aquí se ha manifestado primero como una corriente de gran sentimentalidad adscrita a la devoción por la lengua vernácula, simpatizante con todas las costumbres típicas del país, llevando si se quiere a términos de idolatría, que yo no repudio, el amor a instituciones, a regímenes como los que imperaron antaño en la vida vascongada; cuando ese movimiento ha surgido aquí con pujanza, se ha apoderado de él rápidamente el clericalismo, lo ha domeñado, lo ha hecho instrumento suyo, y aquellos hombres que exaltaron su devoción al país y llegaban por ella incluso a extremos que las leyes pudieran considerar punibles, olvidaban toda la tradición genuinamente civil del régimen y de las instituciones vascongadas para ser reducto, trinchera, parapeto desde los cuales la reacción combatía el espíritu mismo de libertad que fué fundamentalmente la esencia del régimen y de las instituciones del país.

Y, claro, esta culpa es nuestra también. Los apasionamientos de la lucha no consienten muchas veces el discernimiento frío de los exámenes académicos, o, si queréis, científicos de todo el sentido histórico de la tradición política del país. A mí me han tocado, quizá, las batallas más recias con esos elementos. He sido durante largas temporadas el hombre más odiado por ellos; pero yo, ni a través de esos odios ni de esas agresividades que en la sinceridad de la lucha política reputo santos, encontré un velo que me impidiera ver todo el sentido liberal de las instituciones y de los regímenes antiguos del país vascongado. (Muy bien.)

Y lo que pido, a lo que exhorto, lo que yo predico aquí, es que tengamos esta misma visión todos; que en la obcecación de nuestras querellas políticas, que son inevitables, no ceguemos hasta el punto de herir el sentimiento tradicional del país ante el cual los demócratas no hacemos ninguna clase de claudicaciones, con nuestra adhesión a algo que esencialmente es nuestro propio postulado. Y lo que yo pido además, a lo que exhorto en estas circunstancias es, que si en esas fuerzas latentes nacidas por una corriente sentimental, drenadas por el cauce político, hay sinceramente ansias de restaurar la esencia de las libertades vascongadas con aquellos acoplamientos indispensables a la complejidad de la vida moderna, es decirles a ellas que nosotros estamos en esa misma línea de combate; que nosotros estamos en ese misma fila; que al luchar por el derribo del régimen monárquico vamos tras la implantación de un régimen que permita sustantivar de nuevo, con aquellos acoplamientos que necesitan las complejidades de la vida actual, lo que fué el nervio, la sustancia, el alma de los fueros; y a decirles que quien se opone a ello no somos nosotros, que siempre la oposición más viva que tuvieron las tradiciones vascas fué el absolutismo, y que hoy en España no rige una monarquía constitucional; que la Constitución jurada se ha incumplido por perjurio y que el país vasco, como toda la nación, debe levantarse en pie para imponer su voluntad y hacer efectiva su soberanía en este territorio, cual debe hacerse también en todos los demás de la Península ibérica. (Muestras de aprobación y grandes aplausos.)


Los liberales vascos ante el absolutismo

Hay un problema. Yo os declaro aquí que gran parte de mi pequeña ilustración, de mi liviana ilustración sobre la estructura de las viejas instituciones vascas y sobre el carácter de su esencialidad, no la he aprendido en los textos pergeñados por los exaltadores más idolátricos de esas instituciones. Mi pequeña ilustración queda casi estrictamente ceñida a audiciones y lecturas de un hombre liberal, verdaderamente benemérito, que siempre se ha colocado en una oposición apasionada a quienes aquí simbolizaron y patrocinaron el nacionalismo vasco. Me refiero, como muchos de vosotros os habréis anticipado a comprender, a nuestro querido consocio, un liberal de verdad, que es digno de un tributo por su hostilidad permanente a la dictadura: D. Gregorio de Balparda. Y D. Gregorio de Balparda, en una conferencia dada en esta misma tribuna el año 1908, desfloró lo que pudiéramos llamar sustancia aromática del fuero vizcaíno, para sostener la doctrina muy apreciable de que cuanto era sustancial en el fuero de Vizcaya estaba de hecho ya incorporado a la monarquía desde que la monarquía española adoptó, al menos como burdo disfraz, según la práctica se ha demostrado, el tipo constitucional. El Sr. Balparda, en demostración de esta teoría, evocó en esa conferencia el recuerdo de cómo aquí las Juntas generales deliberaron y resolvieron, a raíz de promulgarse en Cádiz la Constitución de 1812, si en el texto de aquella Constitución estaban efectivamente recogidas, absorvidas, las libertades vascongadas.

Y exhumó, entre otros recuerdos, una junta general celebrada en la iglesia de San Nicolás, de Bilbao, el 16 de octubre de 1812, la cual junta consignó en acta «la maravillosa uniformidad entre los principios de la Constitución de la monarquía española y los de la Constitución que desde la más remota antigüedad ha regido y rige en esta provincia».

Y exhumó también, entre otros recuerdos documentales, el de una ponencia nombrada por las Juntas generales del año 20 en Guernica, la cual ponencia sintetizó sobre este mismo problema su criterio en estos términos:

«La Comisión nombrada en la Junta general para examinar la analogía que pueda tener con la Constitución peculiar de Vizcaya, la promulgada para toda la monarquía en el año 1812 por las Cortes generales y extraordinarias, y de si es necesario renunciar a aquélla o si son conciliables en todo o en parte las ventajas de las dos, tiene el honor de manifestar a V.S., que han rebosado sus corazones del placer más puro al contemplar que las voces de libertad y dignidad del hombre en sociedad que hasta aquí habían sido perpetuamente el patrimonio del suelo vascongado, resonaban en todos los ángulos de la Península. En la gran Carta que va a ser el nuevo iris de paz y de regeneración de las Españas, se halla trasladado el espíritu de la Constitución de Vizcaya.»

Es muy respetable el criterio de que no había lugar a pedir la subsistencia de regímenes parciales de libertad si la esencia de estos regímenes estaba recogida en un texto constitucional cuya vigencia era general y abarcaba el territorio del país vasco como abarcaba el resto del territorio español; pero a hombre de la sinceridad probadísima, inflexible del señor Balparda, pregunto yo ahora:

Si destruida, deshecha la Constitución del Estado por quien previo juramento en el estrado del Palacio del Parlamento se obligó a cumplirla, ¿serán tan ingenuos los liberales vascongados que crean en una nueva frase fernandina como aquella, tristemente célebre, por la traición que revela, de «Vayamos todos, y yo el primero, por la senda constitucional»?

Yo he dicho en San Sebastián que Santa María Magdalena pudo haber subido a los fondos cenagosos del vicio hasta las cimas excelsas de la santidad; pero que la Historia no ha registrado ni registrará jamás el caso de un rey que habiendo perdido el prestigio por faltar a su juramento, vuelva a conquistar la aquiescencia y el respeto de la Nación (Aplausos y vivas.)

¿Y a qué remontarnos a fechas históricas, si el espectáculo reciente es la lección más dolorosa para todos vosotros, liberales vascongados? ¿A qué el examen de actitudes dignamente rebeldes del país y de sus gestores políticos ante el poderío de la Corona española cuando ella pretendía invadir las atribuciones del país con resoluciones contra fuero? ¿Queréis espectáculo más dañino y más perturbador para lo que significa la tradición del país, que aquel que se nos ha dado en estas nuestras tierras, nuestras digo, porque a ellas tengo desde una niñez desvalida adscrita mi vida, y son las de mis hijos, y son las de mi alma... (Los aplausos y aclamaciones impiden que el orador termine el párrafo.)

¿Habéis visto espectáculo más tristemente doloroso que la abyección de las autoridades y Corporaciones públicas vascongadas durante estos seis años, «record» del oprobio y de la miseria política? ¿Cuándo se ha inferido un daño más grande a los vestigios de la tradición autonómica vascongada que en estos últimos años? ¿Cuándo se ha dañado más considerablemente la esperanza de una resurrección plena de las aspiraciones del país que en estos seis años? A las cabalgatas grotescas, carnavalescas, organizadas por el dictador en Madrid, han ido los chistularis, que representan lo más idílico de las tradiciones vascongadas; han ido formando en ellas también los miqueletes, emblema del resto de soberanía vascongada, para dar escolta de honor a quien ultrajaba el idioma vasco, prohibía su enseñanza y escarnecía en todo momento y, con morbosa complacencia las tradiciones del país (Ovación que dura largo rato.)

Y aquí, quienes se decían amantes de la autonomía y de la tradición, han aceptado los nombramientos misericordiosos de real orden para auparse en las Corporaciones públicas, hasta cuyos escaños sólo se llegaba antes, con defectos o sin ellos, mediante la expresión de la voluntad ciudadana, y desde los cuales sólo es posible la dignidad en la gestión, la autoridad en la conducta y la independencia con respecto al Poder central cuando no se deben a ese Poder central los nombramientos, sino cuando éstos son verdadera expresión de la voluntad del país vasco. (Muy bien.)

¡Y la autoridad gubernativa! ¡Ah! Para encontrar quien la ejerciera buscó la dictadura entre los sedimentos viciosos que tiene toda sociedad contemporánea lo más ruin, lo más abyecto, lo más vil, lo más miserable... (Una ovación cerrada y las aclamaciones del público, puesto en pie, ahogan el final de la frase.)

Y quienes le rendían homenaje, quienes aguantaban sus improperios, sus injurias, sus caprichos, sus veleidades, a veces inspiradas en el prostíbulo..., ¿esos eran autonomistas, eran defensores del país vasco, eran amantes de su tradición? Esos eran unos serviles, indignos de llamarse vascos y de llamarse españoles, porque en Vizcaya y en España la dignidad ciudadana, como patrimonio del alma, es inajenable. (Muy bien; grandes aplausos.)

Concluyo. Aquí, en este estrado, como evocación viva de un pasado glorioso, como una reliquia que casi por milagro subsiste al embate de los años, tenemos hoy con nosotros a un viejo auxiliar cuyos brazos se han entrelazado muchas veces con los míos, mientras se confundían sus lágrimas enternecedoras, evocadoras del pasado, con aquellas otras que a mí me despertaba la esperanza: D. Juan Montes. Yo sé que de mis ideas a las suyas hay gran distancia. El representa en este estrado a aquel grupo de luchadores que en Bilbao empuñó las armas por defender la libertad. ¡Mezquina hubiera sido la misión de aquellos bravos bilbaínos, hoy reliquias vivas para nosotros, si todo el ímpetu de sus corazones, la generosidad de su sangre, el ardimiento de sus almas los hubieran vinculado exclusivamente a un nombre personal y a una rama dinástica! No; los vincularon a la libertad, y la libertad, Sr. Montes, está hoy traicionada. El absolutismo ha perdido su patronímico. Ya no existe el carlismo; murió D. Carlos. Hoy el absolutismo es el alfonsismo, y frente al alfonsismo debe estar el espíritu liberal de la Sociedad «El Sitio» y de todos los liberales que en ella tienen su hogar, para decir, al enfrentársele, que quieren cerrar el paso al absolutismo.

Los liberales vascongados identificados con el ideario que llevó a sus antepasados a las barricadas y a los reductos no pueden ser hoy, sin incurrir en contradicción, monárquicos de una monarquía absolutista. Y los vascongados todos que amen su tradición tienen que negar el pase foral a las disposiciones de una monarquía absoluta en pugna con las libertades del país. Hay que predicar la desobediencia civil. Fué una fórmula cortés aquella del fuero de : «Se obedece, pero no se cumple». ¡Liberales de Vasconia, ciudadanos de Vasconia: el lema ahora, ante el absolutismo alfonsino, es «ni se obedece ni se cumple»! (Ovación atronadora y vivas entusiastas.)


Indalecio Prieto, 3 de mayo de 1930




Dos pláticas con Julio Alvarez del Vayo II

Álvarez del Vayo, Uribe, Negrín, Prieto, Hernández. Valencia, 1937




Recordamos a Julio Álvarez del Vayo y Olloqui (Villaviciosa de Odón, 9 de febrero de 1891 - Ginebra, 3 de mayo de 1975), en el aniversario de su muerte, con una entrevista realizada por Juan Marinello en 1937.


Uno de los espectáculos más interesantes de la España actual es el mitin. A él se acude a esclarecer los problemas que plantea la urgencia trágica de la guerra. Muy poco tienen que ver estas asambleas vigilantes y exigentes con el mitin de paz bueno para la propaganda consabida y la parrafada madre del aplauso fácil. Para eso no se juntan hoy en España ni los más desaprensivos ciudadanos. Los carteles que anuncian un mitin precisan las cuestiones que van a ser tratadas en él y nadie sería capaz de plantear cosa que no estuviese en la necesidad común. Los discursos son en realidad informes estrictos, maduros y contrastados. Lo que se consigna en una intervención puede ser, debe ser, puesto en obra al día siguiente.

Estamos en el teatro Capitol, el más amplio de Valencia. Hay en él un público entusiasta, impaciente, militante; el mismo espíritu, la misma gente que en las trincheras. Son miles de muchachos espigados y vivaces que han hecho de la guerra su razón de vida. Yo contemplo a mis anchas sus caras ansiosas, febriles, voraces. Les está llegando la hombría con la tragedia. El fuego activo y limpio le sale por los ojos: quisieran aplastar en un solo día a todos los enemigos, castigar en una sola noche a todos los traidores. Son miembros de las Juventudes Socialistas que han organizado este mitin para oír a Alvarez del Vayo que va a hablarles sobre la unidad política del proletariado frente a la guerra.

La impaciencia se rompe de improviso en una ovación estruendosa, prolongada, frenética. Es que Pasionaria ha entrado en la sala. Con su nobilísima estampa maternal, su sencillo traje negro, su sonrisa buena y su ademán elegante pasa hacia el escenario. Le acompaña Checa, esmirriado, huesudo, transparente en su camisilla de mangas cortas según la usanza veraniega. Al tomar asiento los líderes bajo los gigantescos retratos, otra ovación. Ahora ha llegado Alvarez del Vayo, Comisario General de Guerra. Salta a la tribuna sin transición y comienza la lectura de un trabajo meduloso, estricto, circunstanciado, concluyente. Aunque está concebido a mil leguas de los recursos oratorios, la masa juvenil le escucha con atención vivísima y lo ratifica en cada extremo con aplausos cálidos. Al final se desborda la adhesión en vivas y cantos.

Damos la mano al Comisario. Cambiamos algunas frases sobre los puntos culminantes de su informe. Me recuerda que tenemos iniciada una conversación que no debe quedar trunca. La vez pasada, dice, hablamos sobre el Ejército Popular y sobre el momento internacional. Estaría bien charlar mañana sobre cuestiones políticas. Sobre el tema de mi discurso de hoy hay tanto que decir...

Al día siguiente, sin ceremonias ni esperas, nos recibe Alvarez del Vayo en su oficina privada. El ambiente, como días atrás, es optimista, confiado. Las armas republicanas continúan su avance poderoso, la sensibilidad mundial sigue inclinándose hacia la justicia del pueblo español. Sobre una y otra cosa hablamos brevemente. Después, recae la plática sobre el asunto más vívidamente político del momento, la unificación de los partidos obreros. No hay cartel de calle que no aluda en estos días a este entendimiento; no hay publicación política que no discuta su pertinencia, no hay conversación privada en que no ocupe buen espacio. Rogamos al Comisario que nos diga su criterio, nos precise y amplíe sus argumentos del mitin del Capitol. Toma la palabra, ahora con un gesto un poco profesoral.

—Usted sabe, comienza, que yo he sido uno de los más obstinados defensores de la unidad. Ello me ha costado ataques e ironías. No me han importado mucho porque mi convencimiento es arraigado, profundo. Ahora, claro está, es una necesidad perentoria que imponen la guerra y el futuro inmediato de España. Mi convicción no parte de esta urgencia. Ya en 1924 defendía yo en el seno de mi partido, el Socialista, la más estrecha inteligencia con el Partido Comunista. A medida que la reacción se abría paso en todas partes y que el rumbo de la política mundial nos advertía q. [sic] el fachismo no era un fenómeno aislado circunscrito a las condiciones peculiares de ciertos países, sino la expresión más agresiva y bárbara del capitalismo de la postguerra y tan universalmente como él, me parecía el reagrupamiento de las fuerzas marxistas tan indispensable como la coordinación de las dos Internacionales en la lucha contra la guerra, a la que el fachismo, asfixiado por las contradicciones internas, tenía fatalmente que conducir...

— [¿] Y ese criterio suyo, interrumpimos, ha contado de viejo con las simpatías de las masas socialistas?

—Sí. El movimiento de octubre y la represión que trajo consigo dieron un formidable impulso a la unidad. Usted sabe hasta donde el U.H.P. llegó a ser entonces la más popular de las consignas. Desde entonces cuando en el orden nacional o internacional abogaba yo por la unidad, sentía las masas socialistas detrás de mí. Así pude, en noviembre de 1934, en la reunión del Ejecutivo de la Internacional Obrera Socialista, poner mi firma al pie de la declaración de los ocho partidos que se pronunciaban por la unidad de acción con la Tercera Internacional en la lucha inmediata contra la amenaza de guerra, a pesar de que se tratase de coaccionarme aduciendo que no tenía mandato al efecto... Me sentía investido del mandato superior de la inmensa mayoría de los socialistas españoles y eso valía para mí más que un papel escrito, con sellos y todo…

—Y ahora, [¿] puede decirse que haya corrientes contrarias a la unidad?

—Existen, pero sin fuerzas para impedirla. El mejor registro de la voluntad mayoritaria de las masas socialistas es que hoy ningún dirigente osaría subir a la tribuna para impugnar de frente el Partido Único. Pero, además, ¿qué argumentos podría esgrimir? El proceso de nuestra lucha, mírese desde dentro o desde fuera, impone su integración como una necesidad inaplazable. Únicamente la existencia de un partido del proletariado, potente por sus efectivos y por el acierto y la claridad de su dirección, que sepa ir a donde debe ir y hasta donde debe ir puede asegurar el ritmo justo para adelantar la guerra sin retroceder en la revolución y para avanzar la revolución sin comprometer la victoria…

— [¿] Crée [sic] usted entonces que la formación del Partido Único revitalizaría la acción guerrera y centraría eficazmente el impulso revolucionario de España? En ese caso, no integrar la unidad sería un grave peligro…?

—No integrarla sería dejar de cortar a tiempo corrientes negativas... Integrarla, asegurar el triunfo del pueblo. Hace días hablamos extensamente de la eficacia actual de nuestras tropas. La obra realizada por nuestros soldados es en verdad gigantesca, pero es mayor la que les queda por cumplir. A nadie asusta ya en España esta dura verdad: la guerra será empeñada y larga... Su duración plantea un serio problema político: a medida que la lucha se alargue será necesario una fuerza aglutinante de las energías antifachistas; esta fuerza no puede ser otra que el Partido Único. Crearlo es dar a la política de guerra el instrumento más seguro para su realización afortunada, es poder ir derechamente a una labor de gran envergadura en la retaguardia que asegure al pueblo que se bate no sólo la asistencia y la cooperación efectiva de todos sino la entrada en un régimen social digno del sacrificio generoso de sus vidas.

Cuando el Comisario termina su animado parlamento tenemos lista una cuestión importante que plantearle. Pocos hombres en España tan diestros para resolverla. La formación de un solo Partido marxista, le decimos, no podría significar en lo exterior una calificación determinada de la lucha española, un nuevo pretexto para los recelos y expectaciones [sic] culpables…?

La pregunta no toma sin bagaje específico a mi interlocutor. Repentinamente dice: 

—Los pretextos no faltarán mientras se les quiera enarbolar... Nosotros debemos actuar sobre realidades aunque sin olvidar el buen efecto político. La verdad es que el empeoramiento de la situación internacional reclama que estrechemos aceleradamente nuestras filas. Cada resquebrajamiento que se produce del lado nuestro alienta los bajos designios de los que, encubiertos en una política de aparente neutralidad, jugando a la paz con la guerra y capitulando un día y otro ante las fuerzas de la reacción, no ven otro medio de acallarlas que engolosinándolas con la anulación de nuestra victoria. No creen en el triunfo militar de nuestros enemigos y especulan con el colapso de nuestro frente interno. Es su máxima esperanza y se comprende que nuestras diferencias los regocije [sic] y estimule. La creación del Partido Único del proletariado como eje vital de nuestro proceso asestaría a estas maniobras del fachismo internacional y de sus vergonzosos aliados y cómplices el golpe de gracia.

—¿Y ya están trazadas, interrogamos, las líneas de acción del Partido Único?

—La elaboración del programa, dando por segura su integración, es cosa esencial. Precisa asegurar la homogeneidad ideológica y táctica de dirección y métodos, atendiendo principalmente a convertir al Partido Único en el instrumento eficaz de la victoria. Este programa ha de empezar por establecer una concepción clara del sentido de la guerra. Sobre cual [sic] debe ser, ya conoce usted mi criterio. Debe asegurarse, en segundo término, el más enérgico y decidido apoyo al Gobierno del Frente Popular. El enemigo está en acecho para renovar sus embestidas al menor debilitamiento del Frente. No basta dejar de combatir al Gobierno. Hay que apoyarlo y poner a diario todo el peso de la autoridad y de la competencia para que salve las dificultades en que se encuentre. Debemos darlo todo a su mayor eficacia...

Hay una pausa impuesta por el ajetreo burocrático. Al final de ella, el Comisario reanuda la exposición sin vacilaciones:

—Durante años, yo he asistido a las discusiones de los círculos de emigrados antifachistas. Teóricamente había que reconocer a veces la justeza de ciertas posiciones defendidas en amargas e interminables controversias, pero al final siempre pensaba yo que un sentido más agudo de la realidad política y, sobre todo, una cohesión mayor de las fuerzas proletarias en sus respectivos países les hubiera seguramente librado de aquel exámen [sic] a posteriori alrededor de una mesa de París sobre quien [sic] debía cargar con el peso del error... Yo no quiero una cosa semejante ni para mí ni para mi pueblo… Ahora estamos a tiempo de asegurar el triunfo.

—[¿] Qué otras labores esenciales habría de tener en cuenta el Partido Único?

—En el órden [sic] interno dos muy importantes, a mi juicio. Limpieza inexorable de la retaguardia y acertada y clara política económica de guerra. En cuanto a la primera debo decirle que es innegable que todo el pueblo está con nuestra causa, pero también es cierto, cosa humana, que no todo el mundo siente la guerra con igual intensidad. Hay que coordinar del mejor modo las actividades útiles e impedir, sobre todo, que el peso de la guerra caiga sobre un gruyo de españoles mientras otros vegetan en la apatía o se aprovechan del heróico [sic] esfuerzo ajeno... En esto toda energía será poca... Le decía que hay que definir e imponer una buena política económica de guerra. Ello es también indispensable. Hay que terminar de una vez con el dislate de los experimentos parciales absurdos, en los q. [sic] no va sólo la riqueza del país sino el prestigio mismo de ciertas iniciativas que se cubren bajo el manto de revolucionarias. Para completar un buen programa yo incorporaría las reivindicaciones de las Juventudes que, además de estar contribuyendo a la defensa de la nación con la pérdida de sus mejores vidas, son el elemento más precioso en la obra de reconstrucción de la España grande de mañana.

—Y en el terreno de las relaciones internacionales [¿] qué pautas podrían trazarse al Partido Único?

El Comisario me mira un instante con sus ojos ingenuos de miope. Después dice: 

Por lo pronto, apoyo y solidaridad a la U.R.S.S. No hay que rebuscar a estas alturas los motivos de su identificación y de su asistencia. Es la Unión Soviética y se conduce como tal. Su política exterior, inspirada en los dos grandes principios de paz y de la autodeterminación libre de los pueblos marca, entre inexplicables claudicaciones, la única trayectoria consecuente y clara. Al segundo día de triunfar la revolución, el 8 de noviembre de 1917, la fijó con oferta de paz a todos los gobiernos beligerantes. Política de respeto a la libre autodeterminación de los pueblos, llevada a la práctica apenas anunciada. No es un mero ademán de propaganda o de hábil captación. Quince años después se confirma en el artículo 17 de la nueva Constitución Soviética. Política de paz que se inaugura en 1918 y que alcanza su manifestación más grandiosa en el caso de España y cuyas imprecaciones a veces irónicas y sangrientas, siempre firmes y leales, oye el pueblo español a través de la voz de Maisky, entre el derrumbamiento deleznable del Comité de No Intervención.

De los principios programáticos pasamos a cosas menos altas, pero importantes en política. ¿No hay en los partidos marxistas recelo de posibles absorciones realizada la unidad? ¿No existen diferencias hondas de modo de ser, de visión y práctica, entre el militante comunista y el socialista? Nos extendemos en el análisis. Al terminar, el Comisario luce su firme optimismo: 

Yo creo, dice, que el ejemplo del Partido Socialista Unificado de Cataluña nos resuelve bien todas estas dudas naturales. En ese Partido figuran un buen número de socialistas de ayer. En verdad, vistas las cosas sin prejuicios, las diferencias reales entre un comunista y un socialista pueden y deben servir no como disociación sino como complemento. Tradición y experiencia del lado socialista, dinamismo y acometividad del lado comunista. Hay en mi Partido millares de militantes que constituyen legítimamente su timbre de honor. Camaradas a los cuales las fases más duras de la historia política española de los últimos veinticinco años los ha encontrado imperturbables en sus puestos de combate. Son de seguro las comunistas los primeros en valorar el caudal de experiencia que tales militantes pueden aportar al Partido Único. Ningún socialista puede seriamente enfocar el porvenir del Partido Único como una máquinaria [sic] absorbente cuyo engranaje no ha de tener otra virtud que la de desplazarle e inutilizarle. Las tareas que nos esperan requieren la utilización de los cuadros actuales aprovechables, en ambos partidos y de algunos más. 

Mientras el Comisario habla pensamos en que fuera de los Partidos marxistas hay en España una considerable masa obrera que sigue caminos propios. No ya una común orientación política, cosa de momento imposible, pero ni siquiera la verdadera unidad sindical se ha podido integrar en España en momentos tan difíciles como los que corren. Decimos nuestra curiosidad al Comisario. Contesta: 

En mí, y lo he declarado con mi firma en “Claridad” se encontrará siempre el más amplio espíritu para lograr la acción conjunta de las organizaciones proletarias, aún las más apartadas del camino marxista. Yo creo que la C.N.T. debe ser llamada a participar en toda obra de interés nacional incluso lo que signifique participación directa en el gobierno del país. El proceso de incorporación de la C.N.T. a las responsabilidades del Estado tiene demasiada trascendencia histórica para que nadie pueda desdeñarlo. Pero, eso sí; entra en el Gobierno para que la organización acate como un solo hombre los acuerdos que se tomen. No es mucho pedir. La participación ministerial exige adhesión leal y total, no sólo de los elementos que figuran en el Gobierno sino de todos los que militan bajo el mismo signo… En cuanto a ciertas especies propagadas con buena o mala intención que quieren presentar al Partido Único como interponiéndose en el camino de la unidad sindical, hay que salirle al paso enérgicamente. Si queremos Partido Único es porque deseamos verdadera unidad proletaria; y esta no puede existir sin la unidad sindical. Yo creo que el Partido Único es el mejor auxiliar, el mejor camino, para esa unidad sindical, tan imperiosamente necesaria. Los recelos a este respecto no tienen derecho a existir. Los compañeros de la C.N.T. deben saber de una vez por todas que esperamos su colaboración para integrar una vigorosa unidad sindical.

Nos levantarnos. Nos despedimos del Comisario; le decimos de nuestra inmediata vuelta a América. Esto no acaba sino que desvía el diálogo. La estancia en México como Embajador de la República Española ha vinculado fuertemente a Alvarez del Vayo a nuestras tierras. Sigue apasionadamente, con su pupila hecha a juzgar los más lejanos panoramas, nuestro camino social. Me va preguntando ansiosamente por cosas y gentes de México; después, por el presente cubano. Hablamos después sobre los españoles de América y su actitud hacia España. Volvemos a caer en México. El Comisario evoca emocionado los días pasados allí como Embajador español. 

No sabe usted, termina, qué alegría me ha sido en los días más duros de esta guerra que nos ha sido impuesta, el ver desde el primer momento al pueblo mexicano, con su presidente y su gobierno, a nuestro lado. Para mí era una alegría descontada. Directamente, a lo largo del recuerdo de conversaciones inolvidables, yo había podido penetrar, en mis días de México, la honda amistad del Presidente Cárdenas por la España republicana y progresiva. Fiel a su sentido de justicia y a su auténtica postura revolucionaria, el Presidente Cárdenas seguía desde la proclamación de la República los esfuerzos del pueblo español por arribar a un régimen de justicia social y de real decoro. En cuanto al pueblo mexicano, tengo grabadas para siempre en mi espíritu las muestras de adhesión no sólo sentimentales sino políticas de las grandes masas campesinas y obreras con las que mantuve por dos años un contacto ideológico que reflejaba la compenetración más absoluta entre los dos pueblos hermanos...

Hablo al Comisario de la actitud de pueblos pequeños y pobres como el cubano, de su fervosa [sic] adhesión a la causa del pueblo español. 

Conozco perfectamente, nos dice, esa actitud en verdad magnífica, y que tanto compromete nuestros frentes por la libertad de España... 

Surge el nombre de Pablo de la Torriente-Brau, para quien tiene Alvarez del Vayo, la más respetuosa devoción. 

Estoy perfectamente enterado, —termina— de que existen en Hispanoamérica millones de hombres y de mujeres que siguen como cosa propia nuestra guerra de independencia... El pueblo español se siente comprendido y alentado por los pueblos hispanoamericanos y sabe la tortura que para muchos de nuestros hermanos de allí constituye la distancia... Yo quiero realzar con gratitud el significado del reciente acuerdo de la Cámara colombiana, que tan leal y acertadamente recoge el sentimiento de las muchedumbres americanas hacia el caso español. Es este un hispanoamericanismo auténtico, de nuevo estilo, a flor de pueblo y que supera, por su grandeza y trascendencia, las declaraciones de las Cancillerías.

Otra despedida, sin ceremonia ni retórica… Un fuerte estrechón de manos y echamos a andar por los pasillos del Comisariado. A pocos pasos encontramos al hijo de Maroto luciendo su uniforme de soldado regular. 

— [¿] Y tu padre?

—Trabajando. Anda todavía por los frentes del Sur...


Juan Marinello
Dos pláticas con Julio Álvarez del Vayo
España 1937