Lo Último

1985. Allan Craig, brigadista escocés

Memorial Allan Craig y brigadistas escoceses en el cementerio de Tarancón (Cuenca)
(Fotografía: María Torres)




María Torres / 25 mayo 2016

Allan Craig, nacido en Dundee (Glasgow), Escocia, el 11 de diciembre de 1904, formó parte de un acontecimiento único en el mundo. Fue uno de los 35.000 voluntarios de 53 países que vinieron a España para luchar a favor del gobierno republicano. De ellos, cerca de quinientos fueron escoceses. 134 nunca regresaron.

No era fácil llegar a España desde Glasgow. Un autobús hasta Londres, un tren hasta París y una vez allí había que apañárselas para cruzar la frontera franco-española y alcanzar Barcelona. Allan no llegó sólo, lo hizo con su hermano Charles, en diciembre de 1936. Charles, cuatro años menor que Allan, era miembro del partido comunista. Allan no era militante, pero ambos pensaban que el fascismo era una amenaza mundial para la libertad de los pueblos.

Allan formó parte del Batallón Británico dentro de la XV Brigada Internacional de la 35 División del Ejercito de la República Española. Resultó herido en combate en la Batalla del Jarama el 17 de febrero de 1937 y en un intento de salvar su vida fue trasladado Tarancón (Cuenca), una localidad clave en sanidad, logística militar, nudo ferroviario de la retaguardia republicana y punto importante de comunicación con Valencia.

Ingresado en "El Hospitalillo", antiguo hospital de Santa Emilia, uno de los tres centros sanitarios emplazados en Tarancón que acogían heridos de guerra, falleció el 22 de febrero de 1937, cinco días después. Tenía 36 años y una mujer y dos hijos esperándole.

Fue enterrado junto con otros brigadistas en el Cementerio de Tarancón, lugar donde permanecieron discretamente sus restos hasta los años setenta en que se acometió la remodelación del cementerio y alguien sin ningún escrúpulo decidió deshacerse de ellos y echarlos en una escombrera, junto con los de otras víctimas de la represión franquista.

Sus restos ya no están, pero permanece su recuerdo. Nada más acceder al cementerio, a la derecha, nos encontramos con tres placas a modo de tríptico. En la placa central, una imagen de Allan Craig, junto a los nombres de todos sus compañeros escoceses fallecidos en la Batalla del Jarama y la leyenda: To the memory of the Scottish members of the British Battalion, International Brigade, who fell at Jarama, 1937.

Dos placas situadas a ambos lados recuerdan los nombres de las víctimas del franquismo en Tarancón.

Detrás del memorial, un olivo plantado por el hijo de Allan Craig el 7 de octubre de 2011 en memoria de su padre "recordada con dignidad, la que merecen todos aquellos que lucharon por un mundo más justo para todos", de los 39 brigadistas escoceses caídos en la Batalla del Jarama y de todos los que defendieron la Répública Española.


Foto: María Torres

Foto: María Torres

Foto: María Torres




1984. El calvario del médico de Redondela

Telmo Bernárdez Santomé
(Redondela, 11 de abril de 1886 - Pontevedra, 12 de noviembre de 1936)



Uno de los casos más espantosos de crueldad fué el del médico de Redondela, don Telmo Bernárdez, condenado a muerte por un Consejo de Guerra y fusilado. La condena y la ejecución misma fueron lo menos cruel de este horrendo episodio. 

Encarcelado a poco de haber estallado la rebelión se hallaba pendiente de proceso en la cárcel de Vigo cuando una noche, el 3 de septiembre exactamente, le sacaron de su celda varios guardias de asalto, diciéndole que iban a matarle "para abreviar". El doctor Bernárdez en manos de aquellos hombres recorrió aquella noche un terrible "vía crucis". Le llevaron a varios lugares de las afueras diciéndole siempre que era para acabar con él de un pistoletazo; le llevaron incluso delante de la puerta de su propia casa y le amenazaron con matarle allí mismo. Pero no lo hicieron ¿Por qué? ¡Quién lo sabe!  ¿Quién explicará nunca las reacciones psicológicas de aquellas bandas de asesinos que mataban o dejaban de matar por oscuros mandatos de sus turbios instintos criminales? 

Aquellos espantosos simulacros terminaron metiéndose los guardias con su pobre víctima en varias tabernas en las que estuvieron emborrachándose antes de decidirse a volver a la cárcel y dejar otra vez en su celda al prisionero.  

A pesar de aquella horrible penalidad que no figura en ningún código con la que el reo hubiese pagado no uno sino cien crímenes que hubiese cometido, pues cada uno de aquellos simulacros valía por una auténtica sentencia de pena de muerte, el doctor Bernárdez tuvo que comparecer ante un Consejo de Guerra acusado de traición - ¿traición a qué? - precisamente por los traidores al gobierno legítimo quienes les condenaron a ser pasado por las armas.  

Al conocer la sentencia, la esposa del doctor Bernárdez, a la desesperada, emprendió las gestiones que pudo para obtener el indulto. Aún se cometió con aquella infeliz mujer una nueva crueldad. 

Se le hizo creer que si obtenía de determinadas personalidades que firmasen la petición del indulto éste sería concedido sin duda alguna, pues era ya un valor entendido entre los militares y lo que llamaríamos las fuerzas representativas de la reacción, que si determinados personajes vigueses, esencialmente los pertenecientes a la Patronal, firmaban una petición de indulto, era porque el reo no debía ser considerado como realmente peligroso para la sociedad y se le podía indultar sin riesgo. 

Aquella esposa atribulada fué llamando de puerta en puerta y personalmente fué recabando de los enemigos del reo piedad para él. A costa de humillaciones la pobre mujer llegó a reunir las firmas necesarias. Es decir, todas no; le faltaba una; una, que era la decisiva para los militares...  

Y porque le faltó aquella firma, la última, la única que le quedaba por recoger, su esposo, el doctor Bernárdez, médico de Redondela, fué fusilado. Un hijo suyo de veintidós años fué condenado también y cumple condena en el presidio de Pamplona. Ella y seis o siete hijos, enfermos, desvalidos, viven como apestados en la España Nacional, esperando como una liberación a morirse de hambre y de dolor.   


Hernán Quijano
Galicia mártir.  Episodios del terror blanco en las provincias gallegas
Ediciones Neos, Buenos Aires, circa 1949 



1983. La Guerra civil como moda literaria





David Becerra Mayor, autor de La Guerra civil como moda literaria, para Búscame en el ciclo de la vida.


A Armando López Salinas, in memoriam

El mandamiento primero de la ideología literaria es:
«Hablaré de todas las formas de lucha de clases salvo
de aquella que te determina inmediatamente».
Pierre Macherey y Etienne Balibar

...ni los muertos estarán seguros ante el enemigo si es que este vence.
Y ese enemigo no ha cesado de vencer.
Walter Benjamin


Un paseo por las librerías o un simple vistazo a las listas de los libros más vendidos en España bastaría para comprobar que en las dos últimas décadas se ha producido en el ámbito de la narrativa española una proliferación considerable de novelas que versan sobre la Guerra Civil. Pero dejando de lado las impresiones, siempre intangibles e imprecisas, y respaldando nuestro estudio en la vehemencia de los datos, comprobamos que entre 1989 y 2011 se ha superado de buen grado el centenar de títulos de temática guerracivilista publicados en España. Más concretamente, y a partir de los datos que integran nuestro corpus, se ha publicado un total de 181 novelas sobre la Guerra Civil española durante el periodo acotado [...].

La novela sobre la Guerra Civil española publicada en la actualidad constituye un fenómeno de lo más heterogéneo. Es de rigor atender a su diversidad formal y temática, destacar sus diferencias y acaso celebrar su pluralidad, pero también será necesario no desatender el fondo común que comparten las novelas. Porque tal vez en su fondo común daremos con la respuesta que nos tenemos que formular a continuación: ¿a qué se debe esta proliferación de títulos sobre la Guerra Civil española en la última década del siglo XX y en la primera del siglo XXI? Esta pregunta no es baladí, ya que la eclosión de títulos es ciertamente sorprendente. Acostumbrados, como estábamos, a escuchar el cacareado estribillo de la Transición, marcado por el pacto el silencio que instaba a los ciudadanos de este país a olvidar el pasado por temor a que la memoria pudiera despertar los fantasmas guerracivilistas y reabrir las viejas heridas todavía por cicatrizar, no nos puede sino llamar poderosamente la atención que de pronto irrumpan en la esfera pública una serie de discursos literarios que, al menos aparentemente, cuestionan el pacto de la Transición y optan por la narración del pasado, por convertir la memoria en materia narrativa y por reivindicar la voz de los vencidos frente a las políticas de silencio y olvido que se instauraron con los pactos de 1978. ¿Por qué, desde el ámbito narrativo, de pronto emerge una suerte de moda literaria sobre la Guerra Civil española?

Es una opinión muy extendida, tanto en la prensa cultural como en la crítica especializada, explicar este fenómeno como, en efecto, un cuestionamiento de los postulados políticos de la Transición, como un enfrentamiento al silencio y al olvido impuesto a las víctimas del conflicto bélicos nacional. En este sentido, estas novelas se suelen definir como novelas de la memoria histórica, llegando, incluso, a establecer una relación directa entre este fenómeno literario y la reivindicación de la reparación moral de las víctimas del franquismo que, desde principios del presente siglo, está realizando la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH) [...].

Nuestra hipótesis, sin desmerecer los enfoques anteriores, propone una perspectiva distinta y señala una dirección clara: en la matriz ideológica del capitalismo avanzado o posmoderno hallaremos la respuesta a la pregunta formulada. En primer lugar, entendemos que la vuelta al pasado que se produce en la novela española actual pone de manifiesto que nuestros novelistas han asumido que vivimos en un tiempo perfecto y cerrado, sin conflicto, interiorizando la ideología del «Fin de la Historia», y ante este presente en el que no sucede nada se hace necesario acudir a un pasado conflictivo como el de la Guerra Civil para poder escribir una novela. Pero, por otro lado, será preciso analizar el modo en que se reconstruye el pasado en estas novelas. Porque si bien el grueso de ellas comparte, como se verá, una más que loable intención de reivindicar la memoria histórica, y acaso sus autores buscan, en algunos casos, posicionarse al lado de los que salieron derrotados de la contienda, denunciando el olvido y el silencio que se impuso sobre ellos, también es cierto que, mediante su lectura, acudimos a una reconstrucción despolitizada y deshistorizada de la Historia, invitando al lector a mantener una relación complaciente con su pasado. Estas novelas, como el espejo posmoderno de Jameson, hechizan al lector por medio de sugerentes aventuras de pasión y muerte, de vidas heroicas, de ideales y de un futuro todavía por escribir. El espejo emite un destello de luz, siempre cegador, que impide al lector reconocerse en su pasado, experimentar la Historia de forma activa, al concebir el pasado como algo que le es ajeno. Pero a su vez estas novelas legitiman la concepción de que nuestro presente, por oposición al mundo al que la narración nos retrotrae, es un presente en el que no existen conflictos y en el que, en definitiva, la Historia ha alcanzado su fin. Esta concepción sobre el pasado y el presente que esta literatura alimenta tiene unas consecuencias políticas evidentes, pues no contribuyen sino a la desactivación política del lector que, a la vez que deja de reconocerse en la Historia, asume que habita en el mejor de los mundos posibles.

Por otro lado, hay que apuntar también que las novelas que sobre la Guerra Civil se escriben y publican en la actualidad participan del denominado –siguiendo el término propuesto por Elizabeth Jalin– conflicto de memorias, reflejando y reproduciendo, de forma muy nítida, las dos posiciones ideológicas que, en estos momentos, están en juego en el ámbito político nacional. En primer lugar reconocemos, analizando nuestro corpus, una serie de novelas de corte revisionista que pretenden reinstaurar los mitos de la cruzada de Franco, situando la República –en paz y en guerra– en el foco de todo conflicto. Esta revisión del pasado, que tuvo su auge durante la segunda legislatura del Partido Popular (2000-2004), y que fue incluso promocionada, a tenor de lo escrito por Francisco Espinosa Maestre en El fenómeno revisionista o los fantasmas de la derecha española, por el partido del gobierno para contrarrestar las reivindicaciones y demandas impulsadas, desde el año 2000, por la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), restituyó algunas falsedades históricas construidas durante el franquismo para legitimar el golpe de Estado del 18 de julio de 1936. La campaña revisionista fue tan potente que incluso su discurso se introdujo en novelas de gran tirada y firmadas por autores de prestigio intelectual, como se verá.

La otra parte del conflicto está representada por novelas que, pretendidamente progresistas y ancladas en la «falsa izquierda», que diría José Antonio Fortes, reproducen la lógica ahistoricista y despolitizada que, en el ámbito político, se puso en marcha con la popularmente conocida como Ley de la Memoria Histórica de 2007 durante la primera legislatura de José Luis Rodríguez Zapatero. La Ley 52/2007, a todas luces insuficiente, no pretendía establecer una ruptura con el pasado, que pusiera fin a los privilegios de los que gozan, todavía hoy, los vencedores de la Guerra Civil, sino que perseguía, más bien, el reforzamiento del modelo de convivencia constitucional de la Transición. Un hecho que de forma muy simbólica expresa lo que recogía esta ley se detecta en la conversión del Valle de los Caídos en lugar de culto religioso que «incluirá entre sus objetivos honrar la memoria de todas las personas fallecidas a consecuencia de la Guerra Civil de 1936-1939 y de la represión política que la siguió con objeto de profundizar el conocimiento de ese período histórico y en la exaltación de la paz y de los valores democráticos». El adjetivo todas que acompaña a las personas fallecidas a consecuencia de la Guerra Civil legitima el relato equidistante que sitúa en el mismo nivel de responsabilidad a víctimas y verdugos, a quienes estaban al lado de la legalidad democrática y quienes se opusieron a ella por medio de un golpe de Estado. Con esta medida, se ponía en marcha una reconstrucción despolitizada del pasado, al convertir el mayor símbolo de la represión del fascismo español en un monumento de paz y democracia. Se trataba de vaciar de significado los significantes del pasado –independientemente de su color político–, borrando las huellas de la represión y de la significación histórica de los vencidos, para poder ser asumidos, institucionalizados y normalizados por la democracia. La despolitización del pasado supone una reescritura de la Historia desde un presente que, lejos de enfrentarse con los vencedores de ayer y de establecer una ruptura con el pasado, permite que los vencedores no cesen de vencer. Esta despolitización del pasado se detecta, de igual modo, y como se verá, en muchas de las novelas que sobre la Guerra Civil se escriben y publican en la actualidad.

Por lo tanto, y como trataremos de mostrar y aun de demostrar en las siguientes páginas, la reconstrucción del pasado que se lleva a cabo en estas novelas contribuye a reforzar una concepción homogénea y lineal de la Historia. La ideología posmoderna que late en estos discursos literarios legitima la concepción de la Historia como continuidad, que solamente sirve para favorecer la perpetuación de la clase dominante en el poder. Estas novelas no cuestionan el presente, no pretenden disparar contra los relojes, como diría Benjamin, y establecer una ruptura del continuum histórico; la relación con el pasado –y, en consecuencia, con el presente– se basa en una complicidad que, en absoluto, pretende congregar a los muertos en nuestro tiempo vacío, porque no forma parte de su proyecto ideológico dinamitar o hacer pedazos el presente. 


David Becerra Mayor
La Guerra civil como moda literaria (extracto)
Clave Intelectual, 2015



















1982. Elisabeth Eidenbenz en el recuerdo

Elisabeth Eidenbenz
(Wila, Suiza, 12 de junio de 1913 - 23 de mayo de 2011)




Las españolas eran mujeres que defendían lo que creían con uñas y dientes. Tenían un carácter latino, apasionado, y algunas de ellas se enrolaron en la Milicia para ir al frente, como respuesta inmediata al fascismo, y eso tenía mucho mérito porque aquellas mujeres no tenían un precedente de una conciencia política, sólo hacía cuatro días que la República española había iniciado las primeras políticas sociales de igualdad. Ir al frente era un gesto espontáneo, que les salía de dentro porque no querían huir del compromiso recién nacido.


Y las que estaban en la retaguardia también tenían esta fuerza, su solidaridad no tenía límites y no conocía fronteras.


Yo a veces me sentía impotente ante tantos problemas, las veía a ellas con esa fuerza y las admiraba. La mayoría estaban solas, tenían el marido en el frente o se habían quedado viudas, pero continuaban luchando sin vacilar.


Ahora, cuando hablamos de feminismo, yo siemore me remito a las precursoras del movimiento social y no puedo dejar de pensar en aquellas mujeres catalanas y españolas que eran autosuficientes, sabían sobrevivir de manera diferente a las de la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, tenían una resistencia nada planificada pero efectiva.


Después las volví a encontrar en la Maternidad de Elna, y aquellas mujeres siempre reían y estaban contentas a pesar de la guerra, pero trabajaban trabajaban, trabajaban...



Elisabeth Eidenbenz, más allá de la Maternidad de Elna, de Assumpta Montellà

Editorial Aralibres, 2010















1981. La sombra del recuerdo



De Juan Marín Hernández, autor de La sombra del recuerdo, para Búscame en el ciclo de la vida.


Sinopsis

La Guerra Civil, la Posguerra, la Segunda Guerra Mundial… Bajo la oscuridad de aquellos años, dos hermanos, obligados a enfrentarse en la contienda, vivieron destinos opuestos marcados por los acontecimientos históricos. Un hecho real envuelto en armas, sangre, esclavitud, desprecio y odio pero, a la vez, forjado por una promesa y un amor que pudo con todo, hasta con la muerte.

‘Vivir para contarlo’. Reviviendo aquel lema que se grabaron a fuego los presos españoles del campo de exterminio nazi de Mauthausen. Hoy esta historia deja de estar a la sombra de un recuerdo, arrojando luz a aquellos años de oscuridad.







La campana sonaba a las 4:30 horas de la madrugada. Su sonido anunciaba el inicio del martirio. Los kapos, a empujones y golpes, conducían a los prisioneros hasta la zona de aseo, situada en la parte central de la barraca. Centenares de hombres peleaban por utilizar los agujeros que usaban de retretes e intentaban hacerse un hueco para lavarse en unas grandes pilas circulares. No había jabón y solo unas pocas toallas sucias. Antes de que muchos hombres hubieran podido siquiera alcanzar los lavabos, los kapos anunciaban a su manera, que el tiempo del aseo había concluido.

En estas pésimas condiciones, los deportados recibían el ‘desayuno’ que consistía en un vaso de sucedáneo de café —por llamarlo de alguna manera—. Minutos después debían presentarse a la primera formación del día.

Una vez acabado el recuento, los prisioneros eran organizados en kommandos para salir a trabajar al exterior del recinto. Entre las seis de la mañana y las siete de la tarde el campo quedaba casi desierto.

Los prisioneros solo ‘descansaban’ poco más de media hora al mediodía para tomar un ridículo almuerzo, consistente en una sopa aguada de nabos con alguna patata o zanahoria. Por la noche recibían un pequeño trozo de salchichón y un pan minúsculo que tenían que repartirse entre varios.

Tras regresar del trabajo a las 18:30 horas, formaban nuevamente en la appelplatz para después devorar la escasa cena. Los prisioneros debían entrar en la barraca entre las 20:30 horas, momento en que se apagaban las luces, instante que aprovechaban los miembros del comando republicano para ofrecer a los más débiles la poca comida que habían logrado recopilar. Después, hablaban sobre alguna información que hubieran escuchado sobre el estado de la guerra.

Más tarde, tocaba intentar descansar, algo difícil ya que dormían en estrechas literas de tres pisos que se amontonaban unas junto a otras y que eran compartidas por tres y hasta cuatro reclusos.

Allí tumbado, Francisco soñaba despierto con Bácor, ese olor a olivar, ese río donde se bañó cientos de veces, el campo en el que trabajaba sin que nadie le gritara, ni le diese culetazos con el fusil y sin el constante miedo a morir. Recordaba aquellos días cuando paseaba cogido de la mano de Angustias, aquel primer beso, la promesa que le hizo antes de marchar a la guerra. En su consciencia juraba que, si saliese con vida de aquel infierno, se casaría y tendrían muchos hijos a los que contaría todo lo que estaba viviendo para que, en un futuro, nunca se olvidara aquel holocausto. También soñaba con ver a su familia. Le angustiaba no saber el destino que les había deparado la guerra a sus hermanos. Rogaba que hubieran tenido más suerte y, por supuesto, que no estuvieran pasando por lo mismo que él.

Sin apenas haber podido descansar, la campana sonaba anunciando el comienzo de un nuevo día en Mauthausen.


Juan Marín Hernández
La sombra del recuerdo (extracto)















1980. Retrato de Pedro Garfias

Pedro Garfías Zurita
(Salamanca, 20 de mayo de 1901 - Monterrey, México, 9 de agosto de 1967)



De oscuro pájaro ganchudo la faz, reverso insólito de un alma luminosa, melancólica, manadora de sueños, como la sepultada estrella de la niñez;
   revuelta, hirsuta la melena de cansado león sobre una frente  organizada para los pensamientos que con la virgen ternura se humedecen;
   agudos y endrinos los ojos dispares, disparados y anublados a un tiempo por un frío velo crepuscular, como esos pequeños relámpagos estrangulados en un cielo de nácar aborrascado;
   un rictus de bondadosa amargura en la boca navajeada, por donde han brotado tantas sílabas musicales, que apenas quedan campanas en las torres  herrumbrosas, lenguas de cristal en los ríos romanceros;
   apesadumbrado el dorso: las corvas espaldas trepando a los hombros de encina o de sillar;
   torpe, renqueada la andadura, que fue airosa alguna vez como la inconsciente juventud que no advierte su sangre;
   ágiles las manos cual navecillas de nicotina: manos subrayadoras de palabras que ya no son sino esqueletos de palabras, recortadas imágenes fonéticas, de las que sólo percibimos un sonido de coda rota;
   monólogo puro, monólogo cordial,
   desesperado hilo del corazón que, a punto de romperse, se anuda más fuertemente y vibra y restalla y se enciende, metal desafiador de los más altos fuegos:
   aquí está Pedro,
   aquí está Pedro Garfias,
   aquí está Pedro Garfias de Ecija, de Cabra, de Osuna,
   Pedro de la campiña bética y de las marismas que llegan a Tartesos,
   Pedro poeta, poeta contra él mismo: Pedro contra todos,
   mago de los naipes líricos, maestro de los otros naipes que abanican madrugadas de azar y livideces recónditas;
   matemático jubilado antes de nacer a las altas ecuaciones que se enlazan con el álgebra poética;
   coleccionista de noches universales, de esas noches calumniadas, en que el poeta crece sobre el césped de los jardines brumosos;
   soldado de la sola, sola verdad revolucionaria; aprendiz en la Casa del Pueblo, huelguista de las glorietas madrileñas, orador de mítines rurales con olor a establo y tricornio de la guardia civil;
   disecador de lunas ásperas, de lunas como puños sangrientos alzados vengativamente sobre la miseria enracimada, contra las cerraduras millonarias;
   acaricia las nieblas, ignora la topografía: ciego sin lazarillo y sin perro por los temibles laberintos;
   lucero galán de todas las tabernas enamoradas: arcángel frecuentador de los manantiales embriagantes;
   pontífice mudo del cante jondo que de Triana a Jerez tiende su riguroso meridiano:
   la guitarra de los acordes alterados deambula por su cuerpo, de un amanecer a otro:
   estatua desprendida de la tierra, oloroso a vides y panales,
   una rama de olivo de signó la frente,
   un clavel negro le traspasó la piel,
   un torso campesino doblado sudorosamente sobre la tierra le avivó la rebeldía.
   Si un día fue renovador metafórico, gladiador impulsivo en los anales poéticos españoles,
   si un día cantó con la frescura de los racimos, de las orillas y de los rocíos, la humildad de los blancos caserías tendidos al sol, la novia torcaz en la provincia lejana, la lluvia, el viento, los nidos, el alba,
   otro día, ya desgajada España, ya rota la patria por todos los puñales de la mentira, la cobardía y la traición, cargó de pólvora y acero su voz y la disparó incesantemente contra las espadas purulentas, aniquiladoras de la inocencia popular;
   brotaron los himnos, resplandecieron las canciones heroicas; un clarín perforó el verso alerta, hecho de heridas y laureles, de agonía y de esperanza, de juventud y pan libre.
   ¡Ay, el sueño, el sueño aquél del hombre, de los hombres de España encarnados en el poeta, lanzado fue de su tierra, desterrado, sumido en lo aciago;
   pero, vertical sobre sus despojos sangrientos, lejos, lejos del regazo perdido, de nuevo levantó su acento de diamante, su vuelo cegador, y en un bosque inglés nació el más hermoso canto al amor y a la patria, escapado de unas pupilas ciegas.
   Brindó el mar sus anchas espaldas, su poderoso pulmón de olvido a la caravana del éxodo, y cabalgando con ella en las olas llegó el poeta al nuevo mundo, a la ribera fragante de América:
   México abría los brazos,
México restañaba la crueldad occidental, la de los caballeros de la civilización cristiana, con dulces paños fraternales,
   y el poeta desde el mar lanzó su canto a México, a su generosidad ardiente, y aún sigue cantando, a la sombra violada
   del tezontle, sobre la meseta milenaria del Anáhuac.
   Miradlo todavía penetrando noches, respirando auroras, la garganta juglar enronquecida de decir el metro armonioso de su evangelio,
   de su poesía: de su poesía impar que, como las selvas, tiene un rumor eterno, un pensamiento brotado de las entrañas y una autenticidad inmarchitable;
   de su poesía, abrevada en lo esencial hasta cuando briza las cosas más cercanas; dentro del tiempo, del intransferible tiempo que le ha tocado apresar;
   de su poesía, forjada en el corazón-de-siempre, clara, pura, humana, como el hombre a quien busca, el hombre capaz de sueños, abnegaciones, nobles luchas.
   ¡Cerrad vuestras trampas, vuestros podridos legajos, torpes, interesados antólogos, historiadores literarios del aguachirle, que tantas veces la habéis postergado, que tantas veces habéis olvidado esta poesía, olvidando al que no conoce el olvido!
   Aquí está Pedro. ¡Miradlo!
   Aquí está Pedro Garfias.
  Aquí está el poeta contra todos: contra él mismo.
  ¡Aquí —miradlo— está el poeta!


Juan Rejano, 1950
De: Pedro Garfias, Antología poética, Finisterre, México, 1970




1979. Martí, camino de su muerte

José Martí Pérez
(La Habana, 28 de enero de 1853 - Dos Ríos, 19 de mayo de 1895)



Suelen dividirse los hombres que han dejado memoria de sí en aquellos que hacen y aquellos que cantan o piensan sobre lo que otros hicieron o simplemente sobre lo que pasa en su torno: poetas y aún filósofos -si por filósofo se entiende el que se siente obligado a dar cuenta del Mundo que encuentra, a la luz de una idea que lo juzga e ilumina-. Y no es frecuente que ambas cosas, la acción y su comentario, el hacer y la expresión se reúnan en un hombre solo. El hombre de acción, se ha dicho, piensa después de haber actuado y rara vez lo cuenta y menos aún, echa sobre sí la penosa tarea de descifrarlo. El hombre de acción suele destacarse por su mutismo.

Diríase que el hombre de acción y el poeta viven tiempos distintos y que mantienen una distinta relación con lo más decisivo de la vida, con la muerte. Al hombre de acción la muerte parece llegarle de improviso, le sobreviene como a un cazador cazado. A todo el que no medita o poetice, la muerte le llega de sorpresa. Mientras que al poeta y al meditador aunque no le hayan dedicado sus pensamientos, la muerte les llega desde adentro, de un modo íntimo, como la madurez natural de un fruto logrado, pues no se trata de un proceso de la conciencia, sino de la intimidad; y del modo en que se vive el instante, vaciándolo de su sentido recóndito, descubriendo su relación con el remoto instante ya ido, anticipando el porvenir. Poetizar es recordar; meditar más bien anticipar o anticiparse, viviendo de antemano, proyectando. Y es este doble movimiento de la intimidad el que parece crear ese modo de ir hacia la muerte, haciéndose amigo de ella, como la finalidad de la vida y no su brusco término.

No parece haber huella de presentimiento, ni la más leve preocupación ante la muerte en esas últimas páginas que Martí escribiera el Diario de Cabo Haitiano a Entrerios. Quizás él no imaginaba que iba hacia su fin, o quizás no quiso transcribirlo, mas la existencia misma del Diario, su tono y una específica calidad como de misterioso temblor del alma ante las cosas que parecen herirle, hace que sea un testimonio de los más preciosos y raros que un hombre puede dejar, más que un testamento, cosa del pensar; un itinerario de su morir, cosa del ser.

Es la cercanía de la muerte gran reveladora; no hay además de ella sino esa angustia de la culpa para hacer que el fondo secreto de la persona salga a la luz, se manifieste, en esa acción que es la Confesión, la simple confesión literaria. Más los autores de Confesiones lo han hecho desde una conciencia ganada por la angustia, empujados por el anhelo de darse a comprender.

Cuando no se siente esta angustia de la falta, y la muerte se deja sentir desde adentro, es porque algo ha sucedido; algo que devuelve el estado de inocencia -esa inocencia que suponemos en el niño-, un candor que es desnudez del alma que se deja herir por toda cosa, que vibra despidiéndose sin saberlo; y una paz profunda en ese adiós.

Es lo que el Diario de Cabo Haitiano, de José Martí, trasmite a quien lo lee; va desnudo y sin secreto, sin sombra de máscara casi, como si hubiera muerto ya… y estaba vivo; viva, sin defensa alguna, toda su sensibilidad que recoge la imagen de cada árbol, de cada mata, de cada gesto y figura viviente: la jutía degollada para el condumio, la taza de café con que les acogen los amigos y seguidores. Y aquellos forajidos fusilado el uno, salvados por él los otros dos -"aconsejé y obtuve el perdón". Percibe la diferente forma que el terror toma en cada uno de ellos. Nada se le escapa, ni el color de unas flores ni las nubes que pasan por el cielo, ni el vestido de una niña, ni la actitud remisa de algunos hombres esclavos del salario. Quizás él no supiera claramente dónde iba o no quisiera -por pudor ante el misterio último saberlo- pero sí sabía de dónde venía, aunque apenas lo deje entrever. Pues ¿qué le ha pasado a un hombre que se deja herir con tanta paz y que alcanza tiempo para escribir esas miles de heridas que todas las cosas le infieren? Diríase que ha ido más allá de la esperanza, que la ha dejado atrás.

¿De la esperanza? No dudaba del triunfo de la causa a que se había entregado; lo sabía cierto, inevitablemente cierto, más allá de los combates que faltaran por dar, cierto en virtud de la necesidad histórica, la sabía cierta quizás porque había cumplido… ¿Qué le había pasado, pues?

Hay algo que cuando se cumple deja al protagonista como en la orla de la vida; el sacrificio. Difícil palabra, imposible casi de usar, por el abuso que de ella hizo el romanticismo y por algo más grave aún: porque el sacrificio es la acción que vence a la ambigüedad en que se debate siempre la vida de todo hombre y más aún la del hombre de acción. De sacrifico suele revestirse toda ambición desmedida. Y hay cosas que solo de otro pueden decirse que cuando se dicen de sí mismo: sacrificio, humildad, suenan a falso. ¿Se entiende acaso que alguien diga: "yo que soy tan humilde"? Deja de serlo en ese mismo instante; así el que sabe que se sacrifica de modo consciente, torna ambigua, dudosa esta acción que necesita, para ser cumplida, ser inocente.

Ser realizada en la inocencia, no quiere decir no ser sentida. Pero el sentimiento es tan íntimo y total que no deja lugar a la elocución. No puede ser declarado; se siente, pero no se sabe.

Iba hacia su muerte, la suya; pues solo alcanza una muerte propia, aquel que ha cumplido hasta el fin. Quien ha realizado su hazaña pasando por todos los momentos esenciales que hacen humana la vida del hombre: angustia, amargura vencida a fuerza de generosidad; soledad, esa soledad en que el ser se siente a sí mismo temblando y como perdido en la inmensidad del universo y también la compañía de todas las cosas, las más altas y lejanas y las más humildes y próximas. Quien ha realizado el doble viaje: el descenso a los infiernos de la angustia y el vuelo de la certidumbre. Martí había recorrido la órbita de un hombre que asume total, íntegramente su vida: por eso teme su muerte propia, íntima, que le esperaba como el signo supremo de su ser.

Se había vencido a sí mismo -que tal cosa es sacrificarse-. Nacido poeta tuvo que ser hombre de acción. Y toda acción es de por sí violenta. Todos los dones que había recibido -dones y castigos al par que hacen de un hombre poeta- habían de tirar de su ser para llevarle a una aventura íntima, a una de esas aventuras que se llevan a cabo apartándose del mundo y de todo lo que es lucha. No quiso. Y se le siente y se le ve revistiéndose de su condición terrestre, imponiéndose el deber de ser hombre; cumpliendo como en sacrificio ritual de la virilidad, el entrar en la violencia. Al hacerlo así, apuró su destino de hombre: pues no tenía vocación guerrera y fue a la guerra -laberinto de violencias- por destino. Pertenecía a esa clase de seres a quienes la simple violencia que es todo vivir, el de todos los días, le es un cilicio y hasta una cruz. Su destino no le estuvo dictado por su temperamento, ni por un deseo de evasión; se hizo a sí mismo en contra de sí, de sus gustos. Por amor a la libertad vivió en una absoluta obediencia. Y eso es el modo más alto y noble de ser hombre.

La Historia nos presenta a lo largo de las épocas personajes de una rara calidad que los separa de todos los de su rango. En el Imperio Romano es Marco Aurelio, quien deja sentir su tormento de ser emperador, de tener que mandar, que ser inexorable, él que hablaba a solas consigo mismo, en largos insomnios de la conciencia en vela. Y es Hamlet en el mundo de la ficción, -tan real- que habiendo nacido para soñar y meditar tuvo que hacer por su mano la justicia. Son "los débiles" que por una paradoja de la condición humana han de ser los más fuertes, y lo logran.

Y aun en la vida que no quedará escrita en la historia, en la vida anónima, la paradoja viene a ser la misma, son los llamados débiles quienes alcanzan la suprema fortaleza. Pues en esto no hay diferencia esencial alguna: es la moral única que podrían enunciarse en una forma valedera para cualquier condición humana: Toma tu Cruz, vale decir "asume tu destino", por mucho que contraríe a tu deseo, a tu placer, y aun a los dones que recibiste por la naturaleza. Lo cual lleva, cuando se hace, a tener que inventarse a sí mismo, a tener que crearse a sí mismo, rehaciéndose en cada instante, viviendo con la conciencia desvelada todos los menudos incidentes sobre los que los demás resbalan. Así José Martí a lo largo de su vida; escribir su biografía sería escribir la biografía de un puro sacrificio.

Y solo así se explica esa inocencia poética que le acompaña en todos los momentos de su acción y que se hace nítida en el extremo de la pureza que es la simplicidad, cuando va camino de su muerte. Había llegado a esa etapa final de la perfección moral que es el desasimiento: ¿qué podía temer si nada tenía que ambicionar? Se había ido reduciendo a sí mismo hasta quedarse en el esqueleto y menos y más aún, en ese fondo último de la persona, en algo intangible. El mismo lo dice en esas páginas como suelen decirse las íntimas verdades refiriéndolas a otro: El no quiere gente a caballo, ni lo monta él, ni tiene a bien los capotes de goma, sino la lluvia pura sufrida en silencio.

La lluvia pura sufrida en silencio… es el mismo Martí quien la sufre y la ha elegido como el elemento de su ser. La intemperie. El trabajo incesante de los hombres ha sido desde siempre el hacerse una casa y una casa es también la Cultura, las Leyes, la Historia… y hasta el Arte. Pero ha habido hombres que han querido vivir a la intemperie, para sentir hasta calarles los huesos esa lluvia incesante que siempre cae, sin protección, sin albergue. La lluvia pura del destino aceptado como algo celeste. Soportar la inclemencia que viene del cielo, de lo que está sobre nuestras cabezas. Es la forma de ser habitante del Planeta, de vivir un destino humano sobre la Tierra. Y esto para dejar una Casa hecha para los otros, para todos.

Por eso Martí no podía dejar de ser universal, de sentir universalmente el trozo de historia que le tocó vivir. Pues que su acción brotó del amor y fue mantenida por la conciencia en vela. Dejó esta acta de nacimiento a la Nación Cubana: haber nacido, no de una ambición partidaria y particularista, -de un afán de escisión-, sino de un anhelo de integrarse en la Historia Universal. Por ello, la idea de Libertad fue el eje y el último argumento de su obra, pues la Historia Universal es en el fondo la Historia de la Libertad.

Y la universalidad no excluye, sino que exige para conjugarse con ella la intimidad más entrañable. En un repliegue del campo cubano le esperaba la muerte, la suya, esa que solo alcanzan los limpios y humildes de corazón. Y él describe este lugar donde cayera: …El bello estribo de copudo verdor, dónde con un ancho recodo al frente se encuentran los dos ríos: el Contramaestre le entra allí al Cauto… allí hay arboleda oscura y una gran ceiba.

Y junto a la ceiba, ese árbol que pudiera ser la más pura expresión de la tierra y del cielo de Cuba que parece tocar con su copa, habría de caer para levantarse en una doble existencia: allí donde ya no hay más lluvia que sufrir y aquí, como un desvelado guardián de su pueblo, pura voz para ser oída en el silencio. A su muerte podrían aplicársele aquellos versos del poeta Antonio Machado -alguien que obtuvo su muerte propia por el sacrificio-: Y cuando llegue el día del último viaje -y esté al partir la nave que nunca ha de tornar- me encontraréis a bordo, ligero de equipaje -casi desnudo, como los hijos del mar.


María Zambrano
La Gaceta de Cuba (La Habana), núm. 3,  1994