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Buscamos a la familia de Ángel Espada Zamarra





Buscamos a la familia de Ángel Espada Zamarra, que nació en Torrubia del Campo (Cuenca) el 27 de enero de 1910. Sabemos que combatió en la 68 Brigada Mixta del Ejército Popular de la República, que en la retirada llegó hasta Francia, que fué detenido por los nazis, trasladado al campo de prisioneros de guerra de Villingen y después al Stalag de Estrasburgo.

El 11 de diciembre de 1940 junto a otros 845 prisioneros subió a un tren con destino a Mauthausen, campo al que llegó dos días después. Allí dejó su último domicilio conocido (Calle Cara de Dios nº 8 en Torrubia del Campo) y el nombre de su esposa (Manuela Barranco).

El 29 de marzo de 1941 es enviado al subcampo de Gusen, donde fallece el 15 de enero de 1942. El informe señala que la muerte se produjo a las seis de la mañana a causa de un «reumatismo de articulación y defecto de la válvula». Durante tres días su cuerpo estuvo amontonado, junto a otros, esperando que hubiera hueco en el crematorio, donde fue llevado el 18 de enero.

Siete años después, el 21 de junio de 1950, su esposa Manuela Barranco, recibía en su domicilio de la Calle Echagary núm. 2 de Socuéllamos, Ciudad Real, la comunicación oficial de su muerte.

Nos consta que tenía una hija, Consuelo Espada Barranco.

Esperamos vuestra colaboración.

Correo de contacto: buscameenelciclodelavida@gmail.com



Una entrevista a Jacinto Benavente





El «Emigrante»

Don Jacinto en persona franquea la entrada.

«¡Uf! ¡No sabe usted la que se ha armado en la calle!», siento gusto de decirle.

No se lo digo. Es más interesante que sea él quien lo diga.

El tampoco lo dice, naturalmente.

A D. Jacinto, como artista puro le encanta esa noble burla de equivocar a la gente.

El «decíamos ayer...» hoy sólo lo usan los cobradores de morosos recalcitrantes.

A mí me basta advertir que don Jacinto no se ha rasgado las vestiduras ni comprado un bordón de peregrino. Me basta con ver entre sus dedos el puro de todas las caricaturas y no la pesadumbre de un «kempis»...

Sí... D. Jacinto no cambia. Lo que cambia es la gente.

Esta ágil sonrisa, esta suave palabra, esta elegante serenidad es la misma de siempre.

La de cuando «Para el cielo y los altares»; la Dictadura contra D. Jacinto: la de cuando sus charlas en San Sebastián; D. Jacinto reaccionario... Hoy se juega al «emigrante»...

En fin. Yo no creo que D. Jacinto, al pensarlo, hiciese cosa más grave que sugerirse las delicias de un turismo franciscano...

Vamos a oírle.

De cualquier modo, lo que cuente será muy interesante.

Don Jacinto es la palabra oportuna, amena e irritadora.

Don Jacinto es tanto la palabra que el periodista se le puede acercar sin otro aliciente que su humilde pregunta.

La pregunta lo atrae. Ni siquiera hay que sobornar su atención con ese champaña de la vanidad que es el magnesio de los fotógrafos... Pregunta pura, y basta.

En fin. Hay que preguntarle:

OPINIONES DE DON JACINTO BENAVENTE

-¿La Constitución, dice usted?

Don Jacinto, al repetir la pregunta, ensaya un chorro de risa burlona. «¡Pero hombre, pero hombre!»... Y tras el conato irónico, muy en serio ya, redondea su parecer.

-¡Una Constitución!... Sí, jurídicamente, es posible que resulte un gran monumento; ahora, en la realidad...! ¿En la realidad de España? ¡No sé, no sé!.. Las leyes en síntesis no son nada. Se cumplen. Esa es la cuestión. Un buen pueblo, un pueblo bueno, no necesita leyes.

Aquí el problema, más que de política es de educación. Hay que educar pronto, rápidamente, a los de abajo... ¡Y a los de arriba! Si me apuras diré que andan más faltos de ella los de arriba que los de abajo. Después de todo, en España lo más discreto y lo más sano es el pueblo. Ahora bien: mientras no se eduque, con leyes buenas o con leyes malas, el país seguirá lo mismo.

-¿Advierte con la República algún cambio en las costumbres?

-No, desgraciadamente, no. Estamos viviendo la tercera Dictadura. ¡Y ya son demasiadas!... Una dictadura de un Parlamento con pujos de Tribunal de Salud pública.

Conste que a mí no me atemorizan los radicalismos... Pero, ¡ya está bien de dictaduras!...

-Si triunfara plenamente el socialismo, ¿encontraría España «su» solución?

-La verdad: no lo creo. Pocos países existen en el mundo de un carácter más ferozmente individual que el nuestro.

El socialismo español peca bastante de exclusivista. Carece de flexibilidad y de lógica. Aún obsesiona lo de «las manos encallecidas en la faena»... Mi pesimismo nace más que de las masas de conductores.

¡Si cundiese el ejemplo de Suecia, de Noruega, de Bélgica!

Ante la actitud de los socialistas de España resulta imposible creer que la tarea de las agrupaciones de Bélgica, Noruega y Suecia se inspira en postulados comunes.

-¿Se consolidará la República, Don Jacinto?

-Sí. En cuanto se depure, en cuanto deje de soñar con los enemigos de fuera.

Los enemigos de fuera de la República viven en su seno. Hubo en España una época -ayer- en la que con decir ¡«Viva la República»! se obtenía cédula de persona decente... Al amparo del vítor se incorporaban al régimen toda suerte de ineptos y de sinvergüenzas.

¡Y allí continúan!

Urge la depuración. ¡Yo he vivido la otra República!...

-¡Hombre, Don Jacinto!... ¿Y hay diferencias?

-Sí, la de ahora está mejor. ¡Se ha progresado un poquito! Con todos sus defectos, la de hoy es menos mala!...

-Y usted D. Jacinto, ¿es «aún» monárquico o «ya es» republicano?

-Yo fui y soy, naturalmente, monárquico. Monárquico por convencimiento. Creía que el régimen monárquico se adaptaba más que ningún otro a las condiciones del país.

Sé que «idealmente» -¡si eso lo enseñan en el bachillerato!- la República constituye el gobierno «ideal».

Ha ocurrido lo que ha ocurrido... ¡Lo que fatalmente tenía que ocurrir. ¡Pues bien...! yo advierto con lealtad que es un absurdo entretenerse soñando restauraciones.

Las clases conservadoras de España, torpes y egoístas, han merecido la terrible lección. ¡Eso no hay quien lo mueva!

¡Yo hoy voto al compañero Pestaña antes que a los monárquicos!

-¿Trató usted en su «vida regia» a D. Alfonso?

-Sí, Algunas veces estuve en Palacio. En algunos estrenos me hizo subir a su palco...

¡Era amable!...

Siempre me daba la impresión de un hombre simpático y bien intencionado. También me daba la impresión de que, como todos los reyes, vivía muy mal rodeado...

¡Ah, «el rodeo»! El terrible rodeo destruye a los grandes hombres...

-¿Qué le parece la solución dada al problema religioso?

Y D. Jacinto, que según los alegres «recién llegados» a la pluma y al café, luce en sus espaldas un hermoso letrero de moda: «¡cavernícola!». Responde así:

-La solución me parece justa. Todo lo que les pase a los católicos de España les conviene ¡como lección!

Las persecuciones restituirán el catolicismo a su pureza.

¡Se había abusado tanto!

Yo soy, antes que todo, amigo de la libertad. Roja, negra o azul, la intransigencia me crispa. Los males de España se nutren de nuestra condición de intransigentes feroces.

Aquí la libertad de cultos, por ejemplo, se hizo un problema. Un terrible problema. Hace unos años que, por lo menos a mi disposición, lucho en ayuda de la libertad de cultos y divorcio...

Recuerdo la indignación originada en Sevilla por mis teorías. ¡No puedo convencer a las señoras andaluzas!

Sin embargo, ¡mis razones eran bien claras!

Yo les decía: ¡Cuando van las beatas de aquí en Inglaterra, bien que les gusta tener en pleno Londres su misita y sus sermones! ¡En su catedral! Catedral como no hay otra en España, en lo que concierne a esplendores litúrgicos.

¿Y el divorcio? ¡Ah! Con el divorcio no había forma de convencerlas de que eso es para quien lo desee.

Y es que en España no existe pueblo católico. Hay intransigencias. Son «adoradores» de una imagen, de un Cristo, de una Virgen. Les emociona de la imagen su plástica. Y por ese camino se va fácilmente a las enormidades paganas que caracterizan en Sevilla el desfile de «El Cachorro»...

¿Qué piensa usted de las mujeres y de su triunfo político?

-Bien el feminismo merece la victoria.

Indudablemente, en el plano inferior, la mujer ha sido siempre superior al hombre.

Y... ¡si ellas se mejoran!

-¿Le atrae la política, D. Jacinto?

-¡Muy poco!... Fui diputado. ¡La verdad es que allí no había otra cosa que retórica! Escuché centenares de discursos y no recogí una idea. En «mis» Cortes, el único que daba la sensación de saber lo que hacía y lo que decía era Cambó.

A los hombres de hoy los conozco muy poco; Besteiro, Lerroux y Prieto fueron camaradas de legislatura.

De Prieto, a pesar de mis bromas, soy amigo.

A Azaña lo traté en el Ateneo. Es hombre de gran cultura y decidido. De todos, el que me parece más certero en su tarea es Besteiro; ¡lleva muy bien su casi divino cargo!

¿Qué le parece, D. Jacinto, la obra de los intelectuales en las Cortes?

-¡Que le voy a decir! ¡Ya ve lo que hacen! Están como señoras que acuden a oír una comedia atrevida, y a cada frase se levantan diciendo: ¡«Ay, que se ponen muy groseros estos hombres»! ¡Vámonos! ¡Vámonos! ¡Esto no es para nosotras!

Creo, por otra parte, que en el mundo diplomático lucirían más, grandes escritores y grandes pintores fueron excelentes embajadores. El caso del pintor Rubens lo demuestra.

Lo que ocurre aquí también pasa en Francia: los periódicos parisienses se distraen a costa de Paul Claudel... El hombre parece que se ocupa más de sus versos que de los negocios del Estado.

-Entonces D. Jacinto, ¿cómo se figura el porvenir de España?

-La profecía no es mi fuerte, Pero... ¡en fin!

Si llega un Gobierno Largo Caballero, es muy posible que resulte. La inestabilidad presente nace de lo heterogéneo. Este Gobierno es preciso que se comporte de un modo flexible. Ceder a tiempo es gobernar.

Lenin era un hombre de hierro y tuvo que ceder. Lo mismo que MacDonald. Hay muchas realidades por encima de las ideas.

De lo contrario...

Yo hice una vez cierta caricatura; el dibujo representaba una población en ruina toda llena de horcas y de cadáveres. El pie del dibujo decía simplemente; «¡Ha triunfado la idea!».

Esto no le puede gustar a nadie.

¡Hay que evitarlo!

Después de todo, lo que hoy sucede no me extraña. Ya dije en mis combatidas charlas de San Sebastián que los primeros años del nuevo régimen serían dictatoriales. Tiene asimismo que subsistir el régimen parlamentario; es un mal imprescindible. ¡Y demos a Dios las gracias porque no se ha encontrado otro peor!...

-Bien, D. Jacinto, ¿Y es firme su propósito de no escribir más?

-No hombre, no. Sucede que cada día me resulta más penoso escribir comedia. El teatro es un espectáculo carísimo. La responsabilidad de un fracaso, tremenda. Hoy escribir una obra equivale, en lo económico, a construir un puente o una fábrica de luz... La preocupación, igual: ¿Y si no funciona la dinamo?...

¡Pero escribir!.... Haré libros o artículos.

¿Ya es uno viejo y en que se va a distraer?

El teatro me consume muchos nervios; el público no sabe lo que quiere.

¡La intransigencia de un lado y de otro!

Ya vio lo de Fontalba. Le aseguro que la frase carecía de intención.

En mis obras siempre hice burlas de los ministros, no de un ministro.

Aquí tengo -D. Jacinto señala a un libro de su pupitre- una comedia estrenada hace años. Hay un ministro de Agricultura que confunde la alfalfa con el trigo...

Algo más seguramente, me dijo «el emigrante»...

-Sin duda, ha callado mucho. De cualquier modo, ya lo veis, D. Jacinto sigue igual. Políticamente, le obsesiona un juego; combatir la intransigencia.

En su vida. En su obra. Pierden su esfuerzo los que se preocupen de catalogarle. Se evitarían muchas equivocaciones si D. Jacinto, al fin, se decidiese a encargar estas tarjetas; «Su» tarjeta:

JACINTO BENAVENTE
Burgués inquieto
Atocha, 20

Y nada más.


Francisco Lucientes
El Sol, 27 de agosto de 1931


1604. Bando del Comité Antifascista de Ibiza

 Grupo de milicianos con el armamento y la emisora de radio abandonados por los franquistas en el Castillo de Ibiza (Luis Vidal)
Ibiza, 8 de agosto de 1936



BANDO

El Comité Antifascista a todos los ciudadanos:

Art. 1°.- Todo ciudadano que tenga noticias del paradero de César Puget, el ex-teniente de Carabineros, el Obispo, el ex-capitán Soriano, ex-teniente Antonio Marí, ex-sargento de la Guardia civil de Santa Eulalia y hermanos Guasch, vendrá obligado a ponerlo en conocimiento de este Comité.

Art. 2°.- Se prohibe terminantemente facilitar a los fascistas reclamados, auxilio, alimentación, vestido, etc., etc.

Art. 3°.- Quien sea coaccionado por alguno de los fugitivos, tendrá la obligación de comunicarlo al Comité a la mayor brevedad.

Art. 4°.- Los infractores del presente BANDO serán castigados con penas severísimas, que podrán oscilar entre multa y pena de muerte.


Ibiza, 27 de agosto de 1936.

Por el Comité, 
Antonio Martínez


1603. El veraneo, el régimen y la moral cristiana

María Torres / 26 Agosto 2015


En 1958 la Comisión Episcopal de Ortodoxia y Moralidad del Secretariado del Episcopado Español (a partir de 1966  pasó a denominarse Comisión Episcopal de Fe y Costumbres), editó las Normas de decencia cristiana, un librito de 85 páginas cuyo precio de venta al público era de 5 pesetas.

La vida religiosa, el hogar, los esposos, el noviazgo, trato de los jóvenes, educación de la castidad, vestido y ornato del cuerpo, diversiones, deportes, el veraneo, vida de sociedad, los espectáculos, el arte, el lujo, las profesiones, la mujer en la vida pública y profesional, la autoridad, conforman los capítulos de este texto.

Nos vamos a detener en el capítulo XIII dedicado a el veraneo. La Iglesia debía velar por la moral, especialmente la de las mujeres, y poner coto a la invasión paganizante y desnudista de extranjeros que vilipendiaban el honor de España y el sentimiento católico de la patria. Querían playas libres de pecado.

El Veraneo. 

118. Se ha dicho que el veraneo es el invierno de las almas. Es tiempo, ciertamente en que el mundo, el demonio y la carne hacen mayor estrago en las almas. Pero Dios, que nos ha dado tantas bellezas y tantos modos de recreo, tiene derecho a esperar de su criatura racional otra correspondencia, más conforme con la razón y con la fe.

119. El veraneo, fuera de los lugares habituales de residencia, no será peligroso si pensamos que Dios está en todas partes, que nos ve, y que sus mandamientos obligan siempre y en todo lugar. Debemos tener muy presente que el mal ejemplo, especialmente para el pueblo sencillo, puede ser causa de gravísimo escándalo, digno de los terribles anatemas de Cristo.

120. Preciso es que no se dejen en el verano los medios habituales de piedad, y aun se aumenten, pues el descanso lo permite, ya que la vida sobrenatural no puede tener vacaciones, como no las tienen los enemigos del alma, que entonces se mueven con más afán.

121. Especial peligro ofrecen para la moralidad los baños públicos en playas, piscinas, orillas de río, etcétera.

122. La autoridad gubernativa suele (solía) dar todos los años oportunas instrucciones, que deben ser cumplidas con sumisión y hechas cumplir por los agentes de la misma autoridad y aun por los particulares, los cuales deben denunciar todos los actos públicos ofensivos a la moral.

123. Deben evitarse los baños mixtos (individuos de distintos sexos), que entrañan casi siempre ocasión próxima de pecado y de escándalo, por muchas precauciones que se tomen, y más, si cabe, en las piscinas, donde lo reducido del espacio y la aglomeración de personas hacen más próximo el peligro. Ni se atenúa porque las piscinas sean propiedad particular y aun familiares.

Únicamente pueden tolerarse las piscinas mixtas infantiles, siempre que sean sólo para niños que no han llegado al uso de razón. Pero tampoco deben ser éstos admitidos en las piscinas de mayores, de sexo distinto, por las imágenes que pueden quedarles para el día de mañana.

124. En las piscinas para hombres sólo puede tolerarse el simple bañador, y son más aceptables las variedades parecidas a la prenda llamada "Meyba".

125. Para las mujeres solas el traje debe de ser tal que cubra el tronco, y con faldillas para fuera del agua.

126. En los baños mixtos, si de ningún modo se puede evitar, el traje de hombres y mujeres debe ser más modesto y emplearse sólo para el agua, cubriéndose al salir con el albornoz. Evítese la convivencia en la playa y fuera de ella con estas prendas.

127. En los concursos de natación públicos obsérvese lo dicho en los números 125 y 126.

128. Los baños escolares deben hacerse con separación de sexos, con trajes convenientes, por edades afines y bajo la vigilancia de los directores de los centros docentes.

129. Los baños de sol no deben ser pretexto para abusar del desnudo, que ordinariamente no es necesario, y que cuando lo es, debe practicarse lejos de la vista de otras personas.

130. Presentan especiales peligros las excursiones campestres, con baño mixto en un estanque o río; pues a los inconvenientes del baño público en general hay que añadir los que provienen de la frivolidad, ligereza y excesiva libertad de un día de excursión.

Desde el inicio de la Guerra en 1936 en las zonas ocupadas por los rebeldes, y también durante la posguerra, la moral imperante fue la dictada por la Iglesia. No había ciudad costera sin un bando del Gobernador civil supervisado por el obispo de turno cuando se aproximaba la estación estival. 

En el verano de 1937 el Gobierno Civil de La Coruña se puso manos a la obra con el diseño de los bañadores: «El traje de baño debe de ser de tela de buena calidad, no transparente, que cubra el cuerpo sin ceñirlo». Las mujeres debían usar trajes hasta las rodillas, bien enteros o compuestos de blusa y falda. Y por si esto fuera poco y con el fín de no ofender la moral de la época, estaban obligadas a ponerse pantalones cuyos perniles debían tener como mínimo una anchura de 40 cms.

En cuanto a los escotes, su diseño parece obra de la alta costura parisina más que de la censura franquista: «El escote del traje estará limitado por el pecho como máximo por una línea de 20 cms. de anchura y que correrá paralela a 10 cms. de la clavícula. Por la espalda podrá tener la misma anchura de 20 cms. y estará limitada por otra línea que será paralela a la de los hombros, a 24 cms. de ella. El escote estará confeccionado de modo que nunca puedan separarse del cuerpo sus bordes, por muy virulentas y forzadas que sean las actitudes de quiénes lo usen».

Las mangas también eran asunto de riguroso estudio: «Las mangas distarán, cuando menos, 15 cms. del codo por la parte inferior e irán ceñidas de tal forma que en ninguna ocasión un movimiento brusco descubra la axila».

Ellos no se quedaban atrás: «Las mismas condiciones respecto a escotes y mangas tendrán los trajes de baño de los hombres, quiénes usarán pantalones cuyos perniles sean de 40 cms. de ancho y acabarán cuando menos a 10 de las rodillas».

Y a pesar de ir tan tapaditos, tenían prohibido tumbarse en la arena de la playa, aún cubiertos con albornoz, aunque si estaba permitido permanecer sentado siempre y cuando se guardara la debida discreción.

En 1940 el Gobernador civil de Valencia dictó un bando informando que procedería a acotar todas las playas de su competencia para «establecer tres zonas correspondientes a mujeres, hombres y familias». Prohibió el uso de casetas para personas de distinto sexo aunque pertenecieran a la misma familia y exigió que los trajes de baño fueran  «completos de cuerpo, con escote limitado en pecho y espalda», y las mujeres «falda sobre el maillot hasta la rodilla». Los hombres tenían prohibido utilizar slip. Siempre que se salía del agua era obligatorio el uso de albornoz.

Cuentan que este Gobernador, de nombre Francisco Planas de Tovar, llegó a multar a su propio hijo por no ponerse el albornoz al salir de darse un baño en el mar.

En el año 1941 se celebró en El Ferrol, que por aquel entonces era de El Caudillo, un Congreso de Eucaristia. Uno de los acuerdos adoptados en el mismo fue «intensificar las campañas de austeridad y modestia contra la moda descocada en el vestir, en los modales, relaciones, playas, deportes, etc. impuestas por la masoneria».

La máquinaria represiva del Estado se puso manos a la obra y ese mismo año la Dirección General de Seguridad, siguiendo las instrucciones dictadas por la Iglesia, elaboró una circular sobre moralidad en las playas, que fué debidamente remitida a todos los Gobernadores civiles:

«Al acercarse la estación estival, y en defensa de la moralidad pública, esta Dirección General hace públicas las siguientes disposiciones, habiéndose cursado a las autoridades competentes instrucciones en el sentido de imponer sanciones a todos cuantos las infrinjan: 

1ª Queda prohibido el uso de prendas de baño indecorosas, exigiendo que cubran el pecho y espaldas debidamente, además de que lleven faldas para las mujeres y pantalón de deporte para los hombres.

2ª Queda prohibida la permanencia en playa, clubs, bares, etc., bailes y excursiones y, en general, fuera del agua, en traje de baño, ya que éste tienen su empleo adecuado y no puede consentirse más allá de su verdadero destino.

3ª Queda prohibido que hombres y mujeres se desnuden o vistan en la playa, fuera de la caseta cerrada.

4ª Queda prohibida cualquier manifestación de desnudismo o de incorrección, en el mismo aspecto, que pugne con la honestidad y el buen gusto tradicionales entre los españoles.

5ª Quedan prohibidos los baños de sol sin albornoz, con excepción de los tomados en solarios tapados al exterior. Por la autoridad gubernativa se procederá a castigar a los infractores, haciéndose público el nombre de los corregidos».


Los infractores de estas normas eran multados y sus nombres se hacían públicos para que sirviera de ejemplo y escarmiento. Comenzaron a ponerse de moda las famosas "faltas contra la moral" y el "escándalo público".


Vamos, que hasta los desnudos desaparecieron de la Historia del Arte y tanta era la obsesión por el acuciante problema de la moralidad en el baño y la higiene de los bañistas que en mayo de 1951 se celebró en Valencia el Primer Congreso Nacional de Moralidad en Playas, Piscinas y Márgenes de Ríos, bajo los auspicios de la Comisión Episcopal de Moralidad y Ortodoxia de España y al que acudieron representantes civiles y prelados  de todas las provincias. Según sus asistentes se adoptaron grandes decisiones moralizadoras encaminadas a evitar las tentaciones, instando a los poderes públicos a frenar la invasión nudista extranjera y a mantener la prohibición de que personas de distinto sexo pudieran tomar el sol juntos.

Era obligatoria la separación de sexos en playas y piscinas, estableciéndose turnos con distinto horario para mujeres y hombres. El hecho de pertenecer a una misma familia no exoneraba del cumplimiento de estas reglas. 

En el periódico Falange de 19 de julio de 1957, se publicaba la siguiente nota:

«Muy oportuno la circular del Ministerio de la Gobernación recordando las disposiciones vigentes sobre trajes de baños y modos de permanecer en las playas. En las citadas normas se prohíbe el uso de prendas de baño que resulten indecorosas como son esos llamados bañadores de "dos piezas" para las mujeres y el "slips" para los hombres. Aquellas deberán llevar el pecho y la espalda cubiertos y usar faldillas, y éstos llevar pantalones de deportes (…) Para que esa circular no sea letra mojada, hace falta la mejor colaboración de los agentes de la autoridad que deberán impedir la permanencia en las playas de quienes usen prendas de baño que estén reñidas con la decencia y el decoro».

¿Quienes se encargaban de imponer las normas sobre la moral? Los obispos a través de sus pastorales que defendían desde el púlpito. En 1961 el Obispo de Zamora, en una pastoral de 24 de mayo sobre la modestía cristiana, manifestaba: «Hemos entrado hace unos días en el calor estival, y los peligros morales que por ello suelen agudizarse, nos hacen sentir más vivamente la necesidad de dirigiros esta exhortación pastoral… Es que se va creando o se ha creado ya un ambiente de libertad y desenvoltura veraniega, que se juzga natural y lícito lo que en otras circunstancias se tendría por escandaloso (...) Al llegar los meses de verano, el desbordamiento del impudor envuelve aún a los hombres, y llega a tan intolerables excesos, que las Autoridades civiles, velando por la decencia pública, se ven precisadas cada año a dictar disposiciones y tomar medidas especiales para refrenar tanto abuso».

Además de las pastorales, los libros, las circulares y los bandos siempre había un guardia dispuesto a sancionar la infración a la moral. Y siempre había vigías que prevenían a los bañistas con aquello de «¡Qué viene la moral!».

Pero con lo que no contaban los obispos era con la llegada del turismo en la España católica de los años cincuenta y la revolución que supuso la aparición del bikini. Cientos de mujeres europeas tomaban el sol indecorosamente con el ombligo al aire.

Beatriz Ledesma, la primera española que usó bikini en Benidorm
Corría el año de 1952 y en Benidorm una turista fue multada con cuarenta mil pesetas por estar sentada en un chiringuito de playa vestida solo con el dos piezas, lo que provocó un escándalo mayúsculo. Pedro Zaragoza, el entonces alcalde y jefe local del Movimiento, que quería convertir Benidorm en el destino turístico de Europa, legalizó con una ordenanza el uso de esta prenda de baño en todo el término municipal, convirtiendo a Benidorm en el primer pueblo español en el que el uso del bikini estaba permitido y donde se sancionaba a cualquiera que osase enfrentarse con las mujeres que lo utilizaban.

Pero el asunto no terminó ahí. La guerra del bikini acababa de comenzar. Vecinos instransigentes denunciaron al alcalde ante el Arzobispado de Valencia, que inició un proceso para excomulgarle con el beneplácito de Luis Jiménez y Arias Salgado. Ante la falta de apoyos el alcalde de Benidorm tomó una solución drástica. Viajó hasta Madrid en su vespa para hablar personalmente con Franco. Cuando salió del Palacio de El Pardo, llevaba consigo el consentimiento tácito del dictador. Desde ese momento el bikini se lució en las playas y calles de Benidorm.

La moral no se mide por el tamaño del traje del baño, ni porque personas de distintos sexos compartan espacio en una playa o una piscina. 

Una gran parte del cristianismo considera la moral como la determinación de lo que dicta lo bueno y lo malo. El mal es el pecado, la injusticia, la maldad, aquello que se opone al bien.

¿Que hay de moral en un régimen que ejerció la represión de forma institucionalizada durante más de cuarenta años?





1602. Manuel Pinto Queiroz Ruiz. Un héroe de La Nueve





Mi verdadero nombre es Manuel Pinto Queiroz Ruiz. Nací en Jerez de la Frontera el día 14 de abril de 1916. Mi familia era de allí. Mi madre murió cuando yo tenía 5 años. Cayó enferma, le salieron unos bultos y no pudimos hacer nada para curarla porque no teníamos dinero. Sólo recuerdo de ella que poco antes de morir me dijo: «Haz caso de tu padre, Manuel, escúchalo siempre». Mi padre era anarquista. Un hombre muy serio, muy buena persona y muy anticlerical. Era camarero. En Andalucía había muchos anarquistas.

En mi pueblo, la gente se sentaba al atardecer en las puertas de las casas y hablaba y discutía, mientras pelaba y comía higos chumbos. Había un ambiente muy fraternal. A pesar de que eran muy pobres, se ayudaban unos a otros, estaban siempre dispuestos a echar una mano. Había mucha lucha sindicalista, muy bien organizada. Yo trabajé en las viñas y luego en una fábrica de destilería. Entré muy joven en el sindicato de arrumbadores y en las juventudes libertarias.

En aquella época, los jóvenes se reunían para hacer periódicos y revistas, para ir a conferencias, para hacer teatro. Muchos de esos jóvenes recorrían kilómetros y kilómetros a pie para dar clases y charlas en los cortijos, donde se reunían los peones agrícolas tras una dura jornada de trabajo, a la luz de un candil. Yo sabía leer y escribir y pertenecía a uno de los grupos que iba a dar clases y a comentar textos de escritores libertarios.

Cuando llegaron los rebeldes de Franco y ocuparon Jerez, mi padre me dijo que tenía que marcharme enseguida y me ayudó a escapar. El no quiso venirse y poco después lo fusilaron. Según un tío mío, antes de morir dijo: «A mí me van a fusilar pero a mi hijo no lo cogerán nunca». Y no me cogieron.

Yo era muy joven, pero en aquellos momentos, viviendo tanta tragedia, nos hicimos mayores enseguida. Llegué a Granada por las montañas, haciendo ya la guerra contra los que habían dado el golpe de Estado. Estuve en Almería, en Murcia y en Alicante. Desde allí me marché a África del Norte en un barco de pesca que se llamaba La joven María. Con él llegamos hasta Argelia. En el puerto de Orán había un montón de barcos cargados de refugiados y las autoridades no les permitían bajar ni les suministraban ayuda. Nosotros nos las arreglamos para desembarcar y gracias a un viejo pescador que nos dio una dirección conseguimos un hotel para dormir una noche. La única noche que tuvimos libertad.

Al día siguiente, en plena calle, fui detenido por la policía y, como muchos otros españoles, encerrado en un campo reservado a los clandestinos, en un gran hangar de los muelles. El hangar estaba rodeado de alambre de púas y vigilado por la guardia móvil y senegaleses armados. Era un verdadero campo de concentración. El mismo director del campo pronunció este nombre, riéndose, cuando le pedí que nos diera una toalla. «Esto no es un hotel, es un campo de concentración».

De allí me llevaron a otros dos campos y luego a Colomb–Béchar, siempre a pico y pala, aplastando piedra y vigilado por los guardianes, entre los que había algunos nazis. Un día dejé caer una carretilla cargada de piedras contra uno de los jefes alemanes que se encontraba un poco más abajo, un tipo de una gran crueldad. No sobrevivió. Sólo un par de españoles se dieron cuenta de que había sido yo. Estaban muy contentos.

Cuando desembarcaron en África los aliados, nos liberaron a todos. Poco después me enrolé en los Cuerpos Francos de África para luchar contra los alemanes en la guerra de Túnez. Una guerra que dirigía el general alemán Rommel. Sus tropas estaban consideradas como fuerzas de elite. Conseguimos derrotarlos y siempre me he preguntado cómo pude sobrevivir a aquel infierno. Y cómo pude sobrevivir a lo que siguió después.

Mientras estuvimos en Argelia nos decían que no pasáramos a la zona árabe, pero yo pasaba todos los días, me paseaba tranquilamente, iba a los cafés, me invitaban a tomar té. Los otros me decían que estaba loco por hacer eso, pero yo les decía que eran ellos los locos porque aquella gente era estupenda.

Después de la guerra de Túnez me enrolé en las fuerzas de la Francia Libre, con Leclerc. Entré en lo que llamaban todavía, creo, el Regimiento de Marcha del Chad. Después estuvimos en Skira, donde se creó la Segunda División Blindada, hasta que salimos para ir al combate, a Europa. Embarcamos en Mers el–Kebir, en Argelia, en mayo de 1944. El barco se llamaba Franconia.

Cuando llegamos a Inglaterra, la gente nos trató muy bien también. Las mujeres nos preferían a los franceses. Todo el mundo nos trataba bien. Los ingleses tenían mucha más simpatía por los españoles que por los franceses. Las inglesas preferían siempre bailar con nosotros.

Los oficiales franceses tenían miedo de los españoles. Decían que éramos unos salvajes. Es verdad que cuando un oficial no nos gustaba, le hacíamos la vida imposible. No aceptábamos sus órdenes. Sin embargo, Leclerc, el capitán Dronne después y sobre todo el coronel Putz se ganaron nuestras simpatías. Eran gente que nos comprendía y aseguraban que nos ayudarían a luchar contra Franco.

Yo he ido siempre con los blindados de mando. Mi tanqueta se llamaba Los Cosacos. Le pusimos ese nombre porque el capitán Dronne, que mandaba la unidad, un día nos dijo que éramos una banda de cosacos. Uno de los capitanes españoles le dijo: «Ha cometido usted un grave error. Tiene usted que rectificar ante la compañía». Y rectificó.

El coronel Putz también le llamó la atención un día porque le oyó gritar contra los españoles. Le dijo que si se comportaba así, no conseguiría que los españoles le obedecieran. Dronne lo tuvo en cuenta. Lo que Putz le dijo era totalmente cierto.

Después de Inglaterra y del desembarco en Francia fuimos enfrentándonos con los alemanes, siempre en primera línea. Los enfrentamos por toda Normandía, en Alançon, Ecouché, hasta París y después en Alsacia, hasta Berschtesgaden. Fue una guerra dura, perdimos a muchos compañeros pero no nos hicieron retroceder nunca.

Cuando llegamos a París, yo iba en las primeras tanquetas que llegaron hasta la plaza del Ayuntamiento. Aquí tengo una fotografía que me hicieron frente al Ayuntamiento, una fotografía tomada allí mismo. Fue nuestra compañía, La Nueve, la primera que entró en París. Éramos casi todos españoles. La gente se sorprendía mucho cuando nos oía hablar. No paraban de abrazarnos y besarnos. Aquello fue algo extraordinario.

Dos días después, cuando el general De Gaulle desfiló por los Campos Elíseos, nosotros fuimos los que le servimos de escolta. A muchos militares franceses esto no les hizo ninguna gracia.

Cuando bajábamos por la avenida de los Campos Elíseos, con De Gaulle, Leclerc y otros oficiales, a medio paseo empezaron a tirar desde un edificio y enseguida paramos el half-track, empujamos a algunas personas para que se escondieran detrás y disparamos contra la zona de donde llegaron los tiros. Terminamos con ellos y el desfile pudo desarrollarse sin grandes problemas. Recibimos bastantes felicitaciones.

Yo no tuve miedo nunca pero trataba de no exponerme demasiado. No me volví nunca atrás pero siempre mantuve una cierta prudencia.

Luego seguimos luchando hasta que llegamos al mismo refugio de Hitler. Allí terminó la guerra, lamentablemente. Nosotros esperábamos la ayuda para seguir la lucha y liberar España. En La Nueve, todos estábamos dispuestos a irnos y teníamos bastante material preparado. Habíamos estudiado un plan para llegar hasta Barcelona con una gran cantidad de camiones cargados de material. Campos, que era jefe de la 3.ª sección, tomó contacto con los guerrilleros españoles de la Unión Nacional que combatían en los Pirineos. Nos dimos cuenta enseguida de que los guerrilleros estaban totalmente controlados por los comunistas y que no llegaríamos a nada. Tuvimos que renunciar.

Me desmovilizaron a finales de agosto de 1945. Nunca volví a España.


Testimonio de Manuel Lozano [1998]
E. Mesquida: La Nueve. Los españoles que liberaron París