Lo Último

Arturo Souto. Pinturas y dibujos de la revolución

Quien escribe el texto que transcribimos a continuación, el intelectual coruñés Juan González del Valle, deportado a Mauthausen, fue asesinado en el castillo de Hartheim en 1941. 

Arturo Souto Feijó, pontevedrés, el más universal de los pintores gallegos, falleció en el exilio mexicano en 1964.


Al arte le basta con ser arte. Por sus adentros, obra al fin de hombre, le late, soterradamente, el pulso fiel de lo humano.

El arte pictórico de Arturo Souto se justifica a sí mismo por serlo en puridad. (Dejemos a los puristas el afanoso logro del arte puro, olvidando el puro afán por el logro cierto del arte verdadero.) En arte hay quien se busca, lealmente, a sí mismo y quien se oculta deliberadamente. Quien tantea y quien tontea. Y también quienes zascandilean con el caduceo de Mercurio.

En la pintura de Souto corren parejos los valores plásticos con los espirituales. Se adivina en la línea atormentada, a veces sincopada, del dibujo, un espíritu agonioso, que pugna por expresar la profunda emotividad humana en torno a su circunstancia. Esta pintura suya—tan personal que tiene que buscarse en otros—nos sacude verazmente. Y nos aclara los ojos diafanizándonos la visión.

Sentimos, dentro de su dramatismo plástico, un entrañado y lírico latir, como sorprendente contrapunto. El surtir de una voz clara, pura, cierta, que nos liberará de una tensión agobiadora. Un dolor serenado en la resignación, que pide perdón de serlo, y se esforzará por cantar.

El pintor —el poeta— se siente deslumhrado por la radiante amanecida. Le da —nos da— de lleno en los ojos, retornados a la pureza infantil, la albada inefable de lo popular.

Lo popular «clásico y vivo», no lo populachero —populizante— castizo y amanerado. En la entraña, desnudamente, hermosa del pueblo, afirma el pintor la raíz de su pintura. Es el renovado milagro de lo popular español. Quien quiera perderse se salvará.

En estos lienzos de Souto, hechos para la mirada lejana, situándose en la ensoñadora perspectiva del pintor, que termina en donde el hombre acaba, se entreveran varias técnicas plásticas.

Algunos de ellos —«El triunfo de los campesinos»— reclaman el muro desnudo y nítido para lograr la perdurable vida de un gozoso fresco. (Parvas maduras y encendidas de sol de siega, ardiendo sus cromos y cadmios bajo un cielo de requemado añil. Tierra estos rostros y estas manos campesinas empuñando hoces  relucientes. Raíces estas cabezas tocadas con haldudos sombreros de trigo. Chasca en llamaradas todo el lienzo, mientras los molinos voltean impasibles el grano  del sol cotidiano.) Lienzo de una potencia cromática que se empareja con los  ardidos ímpetus coloristas de Van Goh.

Otros —«La vieja España»— rebrillan, a ratos, con la viveza de un esmalte, surgiendo sus figuras de los profundos betunes caros a la paleta del Goya de la pintura negra. Lienzo y estampa a un tiempo, en donde perdura la gesticulación dramática de las máscaras alucinadas de Ensor.

El mismo recio dramatismo en casi todos los cuadros. Color y línea conjugados en su expresividad más desbordada, que aboca la buena pintura romántica —Delacroix, Rosales— en rebusca superada.

Un pequeño lienzo —«Milicianos descansando»— logrado con ocres y verdes de entonación sorda, evoca la mejor manera pictórica de Alenza.

Otro —«Milicianos»— de insólitos colorismos y factura nos depara el más sazonado logro. Línea y color cobran tan perfecto ajuste emotivo, que adquieren subidas calidades de poema —elegía, sobria elegía de hoy— plástico. Un miliciano disparando —disparándose— tras un caballo blanco muerto, con luz de tarde última. A  su vera, tendido sobre un coágulo, el cuerpo y el fusil de otro. Verdes, azules, blancos y rojos calcinados, densos, fluidos. Y la luz. La luz diáfana y exacta de, esa hora imposible, impasible, que nos deja sin tiempo y sin vagar.

«Víctimas de la guerra». La puerta de un corral castellano abierta al campo. Contra la pared, mordida de la metralla, un bieldo flameando un trapo rojo. En el suelo, una campesina. El muñeco de trapo de lo que fué la mujer del yuntero.

Aquel pelele inane, desbrazado en el ejido, tiene aún las sarmentosas manos requemadas del fusil. Y en los lejos, que se otean tras la puerta corraliza, el cielo implacablemente hermoso abierto en el desgarrón de una nube. Y la marchita amapola, el patético rojear de un pañuelo, anudado impiadoso a la garganta popular del victimado.

Lo plástico se espiritualiza. Quien tenga ojos, que escuche. Aunque «los bailarines lleven los ojos en los pies».

En las litografías y dibujos coloreados, de sorprendente factura y refinado cromatismo, logra Souto su más acendrada virtualidad plástica.

Su retina sensitiva —norteña, madurada en los más sutiles matices del verde y gris de las gamas frías—capta, buidamente, las diáfanas tonalidades de la luz y el color más inasibles.

Luz y color transidos del más ensoñador, desvariado lirismo, que no excluye la conmovedora ráfaga dramática.

En lo castellano y lo andaluz priva la nota patética. En lo galaico señorea el vuelo lírico.

En las estampas de Castelao—«Galicia mártir»—late un dolor tan sordo y serenado, que casi alcanza las puras márgenes de lo estoico. Y en los dibujos de Arteta—norteño también, de pureza lineal tan sensibilizada—se acusa este embalse de lo lírico en su ajustada precisión formal.

En Souto este propio dolor desborda su cauce. O se pierde en los cielos de la gracia impar. Y tiene en los ámbitos justos de sus estampas su exacto límite. Cabe en ellas toda la patética heroica del miliciano. Como cabe en un pie de romance nuestro toda la épica popular.

Aquella litografía, de tono como jabonado, de aquellos terruñeros fusilados bajo un arco del puente, que lleva al diminuto caserío del burgo. La luz se adensa y agrisa para no ver. (Lo están viendo los ojos del puente y lo irá diciendo el río...)

Y aquella otra, de la mujer huyendo enloquecida en la noche, apegado el hijo al seno, del cielo que la fulmina.

Y aquellos milicianos terreros en la trinchera de tierra—toda la apurada gama de los ocres—, enterrados en el surco: raíces vivas de lo anónimo —maravilloso— popular.

Y junto a la tosquedad esclarecida de los rostros, a la parvedad y sordidez del indumento y la simplicidad agraciada de la gesticulación y ademanes, las delirantes exquisiteces del rosa y del verde, la opulencia inaudita de la luz : de los protagonistas egregios de esta gesta ruda y fragante de romance lírico: la luz impersonal y el hombre anónimo.

En un incontenible ímpetu se sume el artista en el gran mar—el pueblo—, que es el supremo vivir.


Juan González del Valle 
Hora de España VI - Junio, 1937










2802. La historia del deportado coruñés Francisco Pena Romero

Francisco Pena Romero hijo y Francisco Pena Romero padre en Paris (Fotografía archivo familiar de Francisco Pena)



María Torres / 19 de marzo de 2019

Los dos hombres que posan en Trocadero, en el mismo lugar en el que quedó inmortalizado Hitler en su visita a París tras la firma del armisticio en junio de 1940 se llaman Francisco Pena Romero. Un padre y un hijo que comparten nombre y apellidos y que llegaron también a compartir una triste y dolorosa historia.

Francisco Pena hijo tiene más de ocho décadas de vida, una memoria ágil, repleta de recuerdos propios y de aquellos que le transmitió su progenitor. Ha luchado y sigue luchando por mantener viva la memoria de su padre y la de sus compañeros de cautiverio.

Su padre fue el deportado coruñés Francisco Pena Romero, nacido en Cabo da Cruz, Boiro, el 6 de enero de 1909, marinero que «andaba a la sardina» y también panadero en el negocio familiar.

Tras el golpe de estado de 1936, decide esconderse, pues sabía que sus ideas republicanas y de izquierdas, así como su activismo en la UGT requisando armas a la gente de derechas durante el gobierno de la República, acarrearía consecuencias ante los que se creían salvadores de la Patria.

A Cabo da Cruz llegaban cada día camiones vacíos que los falangistas llenaban con jóvenes de la población para llevarlos al matadero que fue la Guerra de España y optó por fugarse al monte del que regresó para esconderse en su propia casa en el cortello do porco. A este lugar su esposa le llevaba el alimento diario escondido en un doble fondo.

Los falangistas de la localidad vigilaban el domicilio y un día que estuvo a punto de terminar en tragedia, Francisco Pena decidió que no podía seguir poniendo en peligro a su familia. Un falangista, conocido por ser el más sanguinario de Cabo da Cruz, se presentó en la vivienda, agarró a Francisco Pena hijo, de apenas dos años de edad, le apuntó con un arma en la sien y amenazó a su madre con que si no le decía donde estaba su esposo, mataría al niño. Cuando el abuelo entró en la casa y se encontró la terrible escena, espetó al falangista: «tu matarás a mi nieto, pero vivo de aquí no sales».

Francisco Pena logró huir a Vilagarcía de Arousa disfrazado de mujer, pero fue detenido en un control cuando iba a tomar un tren para Pontevedra con el propósito de poder escapar a Portugal. Le obligaron a subir a un barco para devolverlo a Cabo da Cruz. Durante la travesía sus captores intentaron ejecutarlo, pero intercedió el patrón de la embarcación, que a la vez era jefe de Falange en Boiro, y consiguió seguir con vida.

Estuvo preso en Santiago de Compostela y allí le dieron a elegir: o se unía a las tropas franquistas o sería fusilado. Así fue como acabó combatiendo con los franquistas. Vigilaba las trincheras republicanas en el frente de Talavera de Reina y después de tres días desertó. Antes de que alcanzara a llegar a las trincheras de las tropas republicanas los franquistas lanzaron una ráfaga de ametralladora para impedir su huida. Francisco se tiró al suelo, se escondió en un charco y se hizo el muerto. Entonces pensó que como llevaba consigo armamento y granadas, si sus captores daban con él los mataría a todos. También pensó en su familia, que tal vez podrían sufrir represalias. Tras varias horas de angustia le dieron por muerto y decidieron pasar a recoger su cadáver al día siguiente, pero no lo encontraron, ya que había conseguido alcanzar su objetivo.

«¿Quien va?» le preguntaron.
«La República» respondió.

Destinado al frente de Aragón con el ejército republicano, el 2 de enero de 1939 se refugia en Francia con su Unidad. Recordaba que los franceses que estaban al otro lado de la frontera miraban la espalda los soldados rojos españoles, por si tenían rabo. Su hijo Francisco recuerda también que en la taberna de Cabo da Cruz había un cartel de propaganda franquista donde se veía a un rojo con rabo comiendo a un niño.

Tras pasar la frontera francesa Francisco Pena es detenido por soldados senegaleses y trasladado en tren hasta el campo de Le Barcarès, donde permanece hasta poco antes de la invasión de Francia. Movilizado para combatir al fascismo, es destinado a la Compañía de Trabajadores Extranjeros núm. 33.

Hecho prisionero por los nazis el 22 de junio de 1940, es confinado en el stalag o campo de prisioneros de Estrasburgo, donde permanece hasta el 13 de diciembre, fecha en l que es deportado a Mauthausen, el campo de los españoles. Registrado con el número 5117, los primeros dos meses de su cautiverio los pasa en Gusen y después permanece en el campo principal hasta la liberación por las tropas estadounidenses el 5 de mayo de 1945.

Soportó los largos inviernos a más de veinte grados bajo cero, el hambre y las epidemias. Trabajó en la cantera de granito que explotaban los propios SS, empujó pesadas vagonetas llenas de piedras, llevó a compañeros al crematorio que a veces iban vivos.

En los brazos de Francisco Pena falleció Martín Ferreiro, natural de Quireza y concelleiro de A Coruña. Sus últimas palabras antes de perecer  fueron: «Francisco, no volveré a ver a mi Coruña».

Tras la liberación permaneció un mes en Mauthausen, como el resto de los prisioneros españoles. Después llegó a París y se quedó en el Hotel Lutetia, centro de acogida de los deportados, hasta que recuperó las fuerzas y la salud en 1946.

Estableció su residencia en París y encontró trabajo en Renault. Su mujer Ramona y su hijo Francisco, a los que no veía desde el inicio de la Guerra de España, se reunieron con él en octubre de 1949 tras trece largos años. El los recibió en Hendaya, en el lado francés del Puente Internacional. Francisco Pena hijo fue a la escuela, aprendió francés y el oficio de chapista trazador.

Francisco Pena padre tardó años en hablar con su familia sobre el infierno de Mauthausen. Tan sólo lo hacía con sus compañero de infortunio como José Rivada y Antonio García, el fotógrafo que junto a Boix logró sacar del campo miles de negativos fotográficos.

Recordó toda su vida el miedo a subir los 186 escalones de la cantera. El y sus compañeros sabían que al alcanzar la cima de la misma siempre había un SS dispuesto a empujar a los prisioneros. Jamás pudo olvidar cuando actuaba de espectador obligado en las ejecuciones y no podía apartar la vista ante el asesinato de un compañero. Contaba que la alambra electrificada era una de las múltiples formas de morir en el campo. Los SS mataban a los prisioneros y los colocaban en la alambrada afirmando después que se habían suicidado o que habían intentado evadirse.

Entre los recuerdos que compartió con su hijo años después hay varias anécdotas. Una vez salió del campo junto a un prisionero polaco para trabajar en un granja próxima. Cuando llegaron se encontraron a la propietaria echando un gran caldero de salvado caliente a las gallinas. El polaco se abalanzó sobre el puré humeante y falleció a los pocos minutos del atracón. Francisco no llegó a tiempo. De haberlo hecho habría terminado igual que su compañero. Otro día, en la cocina del campo explotó una olla a presión que esparció por el patio las lentejas que se estaban cocinando. Los prisioneros se abalanzaron para comerlas y un grupo de kapos y perros terminaron con la vida de muchos de ellos.

A Francisco Pena Romero padre, hasta que le sorprendió la muerte en la ciudad de Vigo, le acompañó la misma pesadilla: el sonido de las botas de los nazis.









2801. El recuerdo

Julia Gay Vives, madre de José Agustín Goytisolo, falleció el 17 de marzo de 1938 a causa de un bombardeo de la aviación italiana
Fotografía: Universidad Autónoma de Barcelona



Me asomo al miedo escucho
las voces que aún resuenan
que suben de la tierra
gritando nombres fechas
lugares de traición
crímenes sordos
y sin querer lo temo
por mi vida por mí
pedazo de bandera
por mi casa por todo
lo que fui rescatando
de aquel montón de ruinas
que dejaste al partir
hacia ese mar oscuro
en donde permaneces
tan espantosamente
callada, todavía.


José Agustín Goitysolo
Claridad, 1961









2800. Canto primero

Blas de Otero Muñoz
(Bilbao, 15 de marzo de 1916 - Majadahonda, Madrid, 29 de junio de 1979)



Definitivamente, cantaré para el hombre. 
Algún día –después–, alguna noche, 
me oirán. Hoy van –vamos– sin rumbo, 
sordos de sed, famélicos de oscuro. 

Yo os traigo un alba, hermanos. Surto un agua, 
eterna no, parada ante la casa. 
Salid a ver. Venid, bebed. Dejadme 
que os unja de agua y luz, bajo la carne. 

De golpe, han muerto veintitrés millones 
de cuerpos. Sobre Dios saltan de golpe 
–sorda, sola trinchera de la muerte– 
con el alma en la mano, entre los dientes 

el ansia. Sin saber por qué mataban; 
muerte son, sólo muerte. Entre alambradas 
de infinito, sin sangre. Son hermanos 
nuestros. Vengadlos, sin piedad, vengadlos!

Solo está el hombre. ¿Es esto lo que os hace
gemir? Oh si supieseis que es bastante.
Si supieseis bastaros, ensamblaros.
Si supierais ser hombres, sólo humanos.

¿Os da miedo, verdad? Sé que es más cómodo
esperar que Otro -¿quién?- cualquiera. Otro,
ser, si procuro ser quien soy. ¡Quién sabe

si hay más! En cambio, hay menos: sois sentinas
de hipocresía. ¡Oh, sed, salid al día!
No sigáis siendo bestias disfrazadas
de ansia de Dios. Con ser hombres os basta.


Blas de Otero
Ángel fieramente humano, 1950










2799. Julia Romera Yañez

Julia Romera Yañez nace el 1916 en el seno de una familia obrera, en plena Guerra Europea, una época realmente difícil de la historia de Mazarrón. Con anterioridad a esa fecha ya se dejaban sentir en el pueblo los primeros síntomas de una inminente y anunciada crisis económica. En un párrafo de El Heraldo de Mazarrón, del día 4 de abril de 1905, se decía: “...nadie, absolutamente nadie se interesa por nosotros y como perspectiva para el porvenir, contamos con la paralización de todos los negocios mineros, con la destrucción de los bolas de pesca por no haberse desviado oportunamente la rambla de las Moreras que los ciega e inunda de fangues minerales, y el esquilmamiento de los escasos campos de labor que aún se trabajan, por falta de agua de riego...” La única solución de subsistencia que le quedó a la población trabajadora de Mazarrón, al igual que la de otras localidades mineras murcianas como Águilas, Cartagena, La Unión, Lorca, etc., fue la emigración masiva hacia otras zonas más industrializadas en busca de ese futuro mejor, que no siempre encontraban. José Berruezo Silvente, último alcalde de Santa Coloma durante la etapa republicana y pariente de Julia, en un párrafo de sus memorias refiere así la situación en Mazarrón: “...cuando en junio de 1917 pude obtener el permiso de un mes en la mili para visitar a mis padres, entristecidos por la reciente muerte de mi hermano, ya mayor, encontré un pueblo completamente diferente y cuya juventud había sido barrida por un terrible complejo de circunstancias. La Guerra Europea (1914-1918) había liquidado la infraestructura de explotación de las minas y los obreros habían declarado la huelga general para oponerse a los despidos masivos...”

En el otoñó de 1918, a la ya grave situación que atravesaba la clase trabajadora murciana, vino a sumarse una terrible epidemia de gripe. El día 15 de octubre de 1918 fallecía en su domicilio de Mazarrón, a los treinta años de edad, Francisco Romera Rodríguez, padre de Julia, a consecuencia de una neumonía gripal.

Así transcurrieron tres años hasta que en 1921, ante la pérdida de empleo por parte de varios miembros de la familia Romera-Rodríguez, ésta decidió emigrar a Santa Coloma, donde ya vivía desde hacía dos años una tía de Julia, llamada Mariana Romera Rodríguez, junto con su esposo Diego Berruezo Clemente y sus hijos. Así, se instalaron primero en la calle Ciudadela Alta. Posteriormente, habitaron una casa de la plaza de la Constitución. La Santa Coloma que conoció Julia a su llegada fue la de un pequeño pueblo, eminentemente agrícola, con una población que no alcanzaba todavía la cifra de 3.000 habitantes, pero que debido a la ola migratoria murciana de ese primer tercio de siglo en sólo diez años su población se situaría en torno a los 13.000 habitantes.

En el año 1930, Julia trabajaba en Pañolerías Baró, S.A. Con la llegada de la República, la CNT, que había permanecido en la clandestinidad , volvió a reorganizarse y abrió un local en la esquina del actual paseo Lorenzo Serra con la avenida de Santa Coloma. Muchos trabajadores y trabajadoras de Pañolerías Baró, entre ellos Julia, se afiliaron al sindicato.

Paralelamente a los sindicatos, con absoluta independencia, funcionaron las Juventudes Libertarias, que organizaron la Biblioteca, dieron charlas de orientación cultural y cursos de enseñanza gratuita a otros jóvenes que ya por su edad no podían asistir a la escuela; también realizaban excursiones y giras campestres, que tenían algunas veces carácter comarcal, reuniéndose entonces una enorme cantidad de gente joven. También distribuían la prensa confederal, editaban panfletos,  gestionaban las actividades de la Biblioteca y llegaron a editar una revista llamada Aurora Libre.

Las Juventudes Libertarias colaboraron con los maestros en la Escuela Racionalista que se había instalado en la Casa del Pueblo, dando clases nocturnas a jóvenes que ya no estaban en edad escolar y a adultos después de acabar su jornada laboral.

Posiblemente, entre los años 1934-1935 ingresó Julia en esta organización.  Pero su participación más destacada en las Juventudes Libertarias fue a partir de julio de 1936, Julia fue nombrada secretaria general, cargo que alternó durante el período de guerra con el de tesorera. Una vez finalizada la guerra, Julia Romera no marcha al exilio, a pesar de su labor durante el conflicto, al quedarse al cuidado de su abuela y de una tía. El  27 de enero de 1939, las tropas del Cuerpo de Ejército Marroquí que ocuparon Santa Coloma.

El 30 de mayo es detenida por la Guardia Civil de Santa Coloma,  y tras pasar tres interminables días a merced de la arbitrariedad de sus captores, Julia "quasi sense poder caminar, amb el ventre inflat per les lesions que li havien provocat", fue trasladada al "Teatro Cervantes" de Badalona, donde habían habilitado unas dependencias para servir de cárcel de mujeres. Este traslado se produjo para que la detenida prestara declaración ante el juez militar de esa localidad, acto que no tuvo lugar oficialmente hasta el día 31 de octubre del mismo año, según consta en el Sumario.

Posteriormente fue trasladada a la prisión de mujeres de Les Corts, en espera de la celebración del Consejo de Guerra Sumarísimo y de Urgencia, que tuvo lugar en el Palacio de Justicia de Barcelona el día 2 de enero de 1940. La sentencia: cinco penas de muerte, ocho penas de reclusión perpetua, dos penas de 20 años, cuatro penas de 15 años, dos penas de 6 años y tres absoluciones a los que no tenían todavía 16 años, aunque fueron puestos a disposición del Tribunal Tutelar de Menores.

La petición fiscal para Julia era de pena de muerte, siendo condenada por el Tribunal Militar a reclusión perpetua. La sentencia pronunciada el mismo día del juicio fue ratificada y declarada Firme y ejecutoria por el auditor de Guerra el día 7 de marzo de 1940.

En la cárcel, Julia compartió celda con Conxita Vives y la actriz Maruja Tomás durante gran parte de su estancia en la cárcel. Compartían entre todas la poca comida que les traían sus familiares y amigos. Durante este tiempo recibió las visitas y el aliento de su tía Concepción y de su primo José. También la visitaron en alguna ocasión algunas amigas y amigos. Reproducimos a continuación una de las cartas que escribe desde su cautiverio: 

"Te quejas y tachas de excesivamente dura mi carta para contigo, quizás sea así, pero no te extrañe al así hablarte ya que tú sabes mi manera de ser y digo las cosas y las llamo al desnudo tal y como mi corazón me lo dicta, ya sé que mi manera de ser me costará sufrir y llevar muchos desengaños, pero que haremos soy así y nada ni nadie me podrá cambiar, soy una chiquilla que no tolero las hipocresías ni convencionalismos de la sociedad, eso es todo, pero en el fondo no soy mala.

A finales del verano de 1941, tras varios procesos febriles, el médico de la prisión le detectó el bacilo de Koch que le afectaba ya a varios órganos vitales. La enfermedad, consecuencia directa de las lesiones internas producidas por los golpes recibidos en los interrogatorios y la cárcel, necesitaba para su curación de reposo, buena alimentación, administración de antibióticos y otros cuidados que, por supuesto, Julia no recibió. Fue ingresada en la enfermería de la cárcel cuando la evolución del mal era ya irreversible. El sábado 6 de septiembre,  a las veintidós horas,  fallecía en esas mismas dependencias después de haber rehusado los "auxilios espirituales" que le ofrecía el sacerdote de la cárcel. Las compañeras de Julia recaudaron entre todas las presas algo de dinero para que pudiera tener un entierro digno.











2798. "La Memoria es un cementerio, hijo"


Foto de Gerda Taro



“La memoria es un cementerio, hijo” 



— Nació en Huesca el 4 de abril de 1901. Vivió en Mataró hasta los 12 años.

— Fue seminarista y después «fámulo» en el Colegio de los Jesuítas de la calle Caspe (presumible origen de su exacerbado anticlericalismo).

— Se le atribuye participación en el secuestro y asesinato del cura párroco de San Jaime de los Domenys (Tarragona) el 20 de julio de 1936. Sin confirmar.

— Durante nuestra guerra de liberación estuvo en el ejército rojo, sirviendo en Sanidad (anestesista) y siendo herido en el frente de Aragón.

— Al terminar la contienda se amparó en el anonimato y trabajó en una fábrica de hilaturas de la barriada de Gracia, entre cuyos obreros intentó inculcar ideas de marcado cariz anarquista revolucionario, instando a sus compañeros a la disconformidad con el actual régimen español.

— Instigador de diversos actos de marcado signo catalanista separatista aprovechando las celebraciones de la Fiesta Mayor de Gracia y del Guinardó, según informes de vecinos.

— En marzo de 1940 es detenido en un piso de la calle Conde del Asalto donde se celebra una reunión clandestina con fines supuestamente altruistas deportivo-sanitarios (en realidad de cariz presuntamente libertario) alegando en su defensa encontrarse allí por error (ver anexo F-7) ya que iba a otra cosa. Sometido a interrogatorio, relata el equívoco con pormenores al parecer convincentes.

— Pasado clandestinamente al sur de Francia a finales de 1942, se le atribuyen misiones de apoyo a la Resistencia francesa, tales como guiar por la frontera a pilotos aliados derribados por los alemanes. Se ha podido colegir por datos y observaciones recogidas, que se relaciona con una organización inglesa clandestina con sede en Marsella, conocida como «Organización Garrow». Vivió en Toulouse en el n° 40 de la rue de Limayrac. Hay indicios de que alternaba estas actividades como guía fronterizo con el tráfico de contrabando. Hay constancia de que dio cobijo en su casa, durante varios días, a un aviador inglés que posteriormente pudo regresar a su unidad vía Lisboa provisto de documentación falsa. Por estas actividades, el susodicho percibía una remuneración estimada de 2.000 francos por persona. Cuando se ha tratado de pasar documentos, ha llegado a cobrar hasta 5.000 francos.

— En círculos libertarios se le considera autor de diversos opúsculos editados por la CNT de España en Francia.

— En octubre de 1943 intenta establecer contactos con el llamado «Gobierno Vasco en el Exilio» y al día siguiente está a punto de ser detenido en un merendero de Las Planas después de asistir a una reunión clandestina, bajo el pretexto de una «costellada» organizada por el llamado «Sindicat d'Espectacles Públics de la CNT», al que están afiliadas gentes de teatro y proyeccionistas de cine y acomodadores, entre ellos su amigo y camarada Germán Augé.

— En 1944, y mediante recomendación del párroco de la Capilla Expiatoria de las Ánimas (el Dr. Masdexexart, pbro.) ingresa en los Servicios de Higiene del Ayuntamiento para trabajos de Desinfección y Desratización de salas cinematográficas y demás. Afiliado al clandestino Sindicato de Espectáculos Públicos de la CNT, se encarga de repartir prensa y propaganda subversiva camuflada en las sacas donde se reparten las bobinas de las películas.

— Miembro destacado del MLR (Moviment Llibertari de Resistencia) hasta febrero del año en curso, en que fue expulsado por insubordinación y malversación de «fondos revolucionarios», así llamadas las recaudaciones de los afiliados.

— Desaparecido de su domicilio con fecha aproximada de marzo del presente año.


Juan Marsé
Rabos de lagartija, 2000







2797. O Campo da Rata

Reimundo Patiño, amigo de Johán Casal, dió a conocer este poema tras la muerte de su autor en enero de 1960.


O Campo da Rata

Na Coruña, perto do mar, hai un campo inzado de ratas. Alí foron asesinados polos feixistas milleiros de homes inocentes.

Finou o home, en recuadas, no mencer.

Sonos, arelas, ilusións, todo xace eslixado no aer estatío.


Pro o berro inda sigue no ár coma ás mancadas, a caer, a urrar no seu redor.

E si vive aínda
se aínda vibra e treme e
se estremece
será para que escoites.

I

Cecais voltaremos un día
Cecais resusitaremos.
Cecais nos ceibaremos desta realidade.

Pro agora somentes as sombras da morte
o deserto, o vento salaínte, o cabalo quieto na lus coma un agoiro.
Agora somentes o arrepío núo da morte: Vougo.
Sós, sempre sós, rondando ós vivos, coma mortes vagantes, coma espritos medoñentos.
Estabarramos ó redor das fiestras acesas onde durmen.
Facemos por espertalos, berramos, petamos nos seus vidros con bateladas de anguria;
Mais durmen. Apousan, non escoltan.
E voltamos á cova por ver de durmir.
E seguimos chorando eternamente.
Cecais ista realidade se troque un día en sonos:
E haxa amor e dozura nas nosas vidas, desaparezca o vougo, veña a ternura.
Pro agora somentes hai escuridade.

II

Unha escuridade mesta cobriu os nosos ollos,
-Estaban limpos e cheos de luminosidade-
Cando a morte infreixíbele
E inagardada
Chegou.
Pódese dicir que amencía.
Pódese falar daqueles campos verdecidos no inverno.
Abrocharan as follas nas albres dos camiños.
O camiñar dos pés sobre da lama semellaba un brando esbarrar pola lus da mañá.
A lus enchía todo de espranza.
E unha escuridade mesta cubriu as nosas frontes coma sono.
A morte
Ciscou as ilusións e o sangue.
A espranza caeu naquil abrente Baixo os fusils xiados.
sentín como a terra i o sangue mesturábanse na miña boca.

III

Os sonos voaron cecais naquel abrente.
Como o fume condensado e preto dos disparos.
Como o eco espido das detonacións.
Como o berro incontido das nosas almas:
“Viva Galiza ceibe”.
Era cousa de nenos. Era un xogo. Morrer así berrando na mañán de inverno,
Perto do mar nevado, Baixo do abren,te, sobre da herba chea de viscosidade.
Perdela vida por sonos coma nun sono.
Quen podería coidar na morte naqui intre?
Perdela vida por ilusións que voaron co lume dos disparos que se perderon aos berros
daqueles homes mortos no chan.

IV

Ficaron boca abaixo.
Cas mans estricadas.
Na mañán acesa e inzada de amenceres: o ulor do mar, da terra mollada,
da herba e do fume lonxano do toxo queimado.
Ficaron esquecidos, valdeiros, xa para apodrecer.
A se desfacer n aterra paso a paso.
A se perder para sempre.
Ista é a realidade.

V

Alguén recolleu o sono dun neno?
Alguén recolleu a verba, o berro, a ollada implacable do que se aferra cheo de vida á vida camiño das tebras?:
Ou perdéronse para sempre?,
¿Desfixéronse no vougo coma o eco arreciado dos seus berros e desapareceron no ren xa sen remedio, ou aínda alentan, e teñen espranza de abrochar na terra como os homes?
Alguén recolleu o sono dun neno?


Xohán Casal, 1956
A Trabe de Ouro 47 - Publicación Galega de Pensamiento Crítico, Blanco Edicions, S.L., 2001

La fotografía pertenece al libro O camino de abaixoEdición de Teresa Bermúdez. Xerais, 2005