Lo Último

2602. Qué dirá el Santo Padre

Fotografía de la Fundació Pere Ardiaca


Miren cómo nos hablan de libertad,
cuando de ella nos privan en realidad.
Miren cómo pregonan tranquilidad,
cuando nos atormenta la autoridad.

¿Qué dirá el Santo Padre 
que vive en Roma
que le están degollando 
a su paloma?

Miren cómo nos hablan del paraíso,
cuando nos llueven penas como granizo.
Miren el entusiasmo de la sentencia,
sabiendo que mataban a la inocencia.

¿Qué dirá el Santo Padre 
que vive en Roma
que le están degollando 
a su paloma?

El que oficia la muerte como un verdugo,
tranquilo está tomando su desayuno.
Lindo se dará el trigo por los sembrao,
regado con tu sangre, Julián Grimao.

¿Qué dirá el Santo Padre 
que vive en Roma
que le están degollando 
a su paloma?

Entre más injusticia, señor fiscal,
más fuerzas tiene mi alma para cantar.
Con esto se pusieron la soga al cuello,
el sexto mandamiento no tiene sello.

¿Qué dirá el Santo Padre 
que vive en Roma
que le están degollando 
a su paloma?


Violeta Parra

Recordando a Chile (Una chilena en París), 1965











2601. Elegía rota para un himno. En la muerte de Julián Grimau

Volvió el cubil a crepitar: serpientes
del rencor, lobos
del odio, 
un trueno de uñas lívidas, un río
de alimañas hirvientes,
plomos, ácidos, 
espadas purulentas
brotándo,
desatándose,
cayendo
sobre dos brazos rotos y una frente
partida.

Llegaba roja el alba, 
abril tenía
los tallos de esmeralda,
ensangrentados.

Lenguas,
lágrimas, 
campanas desoladas a lo lejos
sonaron, un idioma
de congoja
y clamor iba subiendo,
como si le arrancaran a un planeta,
de cuajo,
las entrañas.



Entonces fue.
Gritó la voz enana,
enloquecida voz, la voz
hedionda,
aulló, gritó, ordenó
sádicamente la ración de crimen
dispuesta para el día,
y luego se sentó sobre la Cruz,
sobre la Cruz de Roma.

Entonces 
fue. El miedo le subía
por los oscuros fondos del instinto.

Pero aquella mriada
frente a las negras bocas
ya humeantes,
aquel torrente quieto
de dulzuras
que el fuego quiso devorar,
aquella
sangre erguida delante del abismo
se alzó sobre la muerte
y ahora vuela,
se esparce, por la noche
del mundo como un astro. Como un astro
cercano
que podemos tocar desde la tierra.

Mírame, hermano, sol, espejo
de las vidas, oh sí, mirame,
lléname
de tu luz, álzame
en ella,
tu luz que ya convoca
los distantes insomnios, pone olvido
en las viejas heridas,
nos doncude
hasta el fín.

Mírame, entrégame
tu tranquila energía, tu centella
de paz.

No te han vencido

amigo, compañero de la rama
vencida, lazarillo
del más hermoso sueño, no
te han vencido, perduras, ahora estás
entre las cumbres y no obstante,
caminas con nosotros,
te rodean
los brazos que te aman,
siembras,
fundas
los nidos del futuro.

Huya el dolor
a su frontera. Empieza
a amanecer. Yo canto, yo te canto,
de pie sobre mis lágrimas
con la misma esperanza que tu rostro
tenía
cuando, abrazado a tu estatura
inmensa,
a tu impávida rosa,
ibas naciendo,
como una brisa inmemorial, al día
que no acaba, que nunca
acabará.

Dijiste al hacha fraticida:
"Este
será tu último golpe", y luego,
a los que te escuchaban
con dolido estupor: "Seguid, unidas
las manos, destronad
a la bestia".

Cuando suena
a la orilla de las sombras una música
tan pura y verdadera,
es que del muro
martirizado una diadema está
brotando, una diadema
inagotable
como la sed del tiempo, como el ala
del mar.

Puedes brillar tranquilo,
tu lo sabes.
Estamos hechos para la tormenta,
para el beso creador,
estamos hechos.
A tu fulgor, marchamos. Ya han crecido
al borde de tu sombra arbustos
jóvenes.
Ellos te llevan en los labios.

Vamos
contigo a defender la primavera,
contigo
a levantar la nueva casa.


Juan Rejano
Elegía rota para un himno. En la muerte de Julián Grimau
Editorial: Ecuador 0°0'0", Revista de Poesía Universal, México, abril de 1963
Ilustración: Antonio Rodríguez Luna








2600. Juramento de Buchenwald




«Nosotros, los internos de Buchenwald, estamos hoy aquí para honrar a los 51.000 prisioneros asesinados en Buchenwald y comandos del campo por matones nazis y sus cómplices. 51.000 de nuestro pueblo fueron fusilados, ahorcados, aplastados, golpeados hasta la muerte, sofocados, ahogados, envenenados y asesinados. 51.000 padres, hermanos e hijos murieron de una muerte llena de sufrimiento, porque lucharon contra el régimen de asesinos fascistas. 51.000 madres, esposas y cientos de miles de niños acusan. 

Nosotros, que hemos estado vivos y presenciamos la brutalidad nazi, hemos visto con rabia impotente la muerte de nuestros camaradas. Si algo nos ayudó a sobrevivir, fue la idea de que vendría el día de la justicia. 

Hoy somos libres.

Agradecemos a los ejércitos aliados, los americanos, los británicos, los soviéticos y todos los ejércitos de liberación que luchan por la paz y la vida del mundo. Rendimos homenaje a un gran amigo de los antifascistas de todos los países, al organizador e iniciador de la lucha por un mundo nuevo que era FD Roosevelt. Honor a su memoria. 

Nosotros, los de Buchenwald, rusos, franceses, polacos, checos, alemanes, españoles, italianos, austriacos, belgas, holandeses, luxemburgueses, rumanos, yugoslavos y los húngaros, que luchaban en contra de la SS, contra los criminales nazis, para nuestra la liberación. 

Un pensamiento nos anima: nuestra causa es justa, la victoria será nuestra.

Hemos llevado a cabo la misma lucha dura e implacable en muchos idiomas. Esta lucha requirió muchas víctimas y aún no ha terminado. Las banderas todavía flotan y los asesinos de nuestros camaradas todavía están vivos. Nuestros sádicos torturadores todavía están en libertad. Esta es la razón por lo que juramos en estos lugares de crímenes fascistas, ante el mundo entero, que renunciaremos a la lucha sólo cuando el último de los líderes sea sentenciado en la corte de todas las naciones. El aplastamiento definitivo del nazismo es nuestra tarea. 

Nuestro ideal es la construcción de un mundo nuevo en paz y libertad. Se lo debemos a nuestros camaradas muertos y sus familias. Levanta las manos y jura para mostrar que estás listo para pelear.»


19 de abril de 1945








2599. Despachos de la guerra civil española XXIII




Delta del Ebro, 18 de abril

La zanja de riego estaba llena de la generación de ranas de este año y a medida que uno chapoteaba por ella se dispersaban, saltando como locas. Una hilera de muchachos yacía detrás de una vía férrea, después de cavarse cada uno de ellos una pequeña trinchera en la grava junto a 1as vías, y sus bayonetas asomaban sobre los brillantes rieles que pronto estarían oxidados En todos sus rostros se veían las variadas expresiones de los hombres —chicos convertidos en hombres en una sola tarde— que esperan el combate.

En la otra orilla del río el enemigo acababa de tomar la cabeza de puente y las últimas tropas lo habían cruzado a nado después de que fuera volado el puente de pontones. Ahora llovían granadas desde la pequeña ciudad de Amposta, al otro lado del río, cayendo al azar en el campo abierto y a lo largo de la carretera. Se podía oír el doble ruido de las ametralladoras y el veloz sonido de una tela al ser rasgada y surtidores de tierra parda se elevaban entre las vides. La guerra tenía la cualidad absurda e inofensiva que posee cuando se disparan las armas antes de una observación adecuada y un control estricto del tiroteo y este corresponsal caminó por la vía férrea en busca de un lugar desde donde observar qué hacían los hombres de Franco en la otra margen del río. A veces, hay en la guerra un peligro mortal que convierte el caminar erguido a una cierta distancia en una insensatez o una bravata. Pero hay otras veces, antes de que todo empiece de verdad, en que es como los viejos tiempos, cuando uno daba la vuelta al ruedo justo antes de la corrida. Sobre la carretera de Tortosa los aviones descendían en picado y ametrallaban. Los aviones alemanes, sin embargo, son absolutamente metódicos. Hacen su trabajo y si uno forma parte de su trabajo, no tiene suerte. Si no está incluido en su trabajo, uno puede acercarse mucho a ellos y observarlos como se observa comer a los leones. Si sus órdenes son ametrallar la carretera al volver a la base, uno está perdido. Pero si han terminado el trabajo contra un determinado objetivo, vuelan de regreso a casa como empleados de banca.

En las cercanías de Tortosa la situación parecía mortal solo por el modo de actuar de aviones. En cambio aquí abajo, en el Delta, la artillería aún se estaba calentando como lanzadores de béisbol en el descansadero. Uno cruzaba un tramo de carretera que otro día debería cruzar de un salto para salvar la vida, y se dirigía a una casa blanca situada sobre un canal paralelo al Ebro, que dominaba toda la ciudad amarillenta del otro lado del río, donde los fascistas preparaban su ataque. Todas las puertas estaban cerradas y uno no podía subir al tejado, pero desde el sendero de tierra dura que bordeaba el canal podía observar a hombres deslizarse entre los árboles hacia la alta y verde orilla del otro lado. La artillería del gobierno disparaba contra la ciudad, enviando repentinos surtidores de polvo de piedra desde las casas y el campanario de la iglesia donde había sin duda un puesto de observación. Pero aún no existía sensación de peligro.

Uno había estado durante tres días en la otra margen del río mientras avanzaban las tropas del general Aranda, y la sensación de peligro, de tropezar de repente con la caballería o tanques o coches blindados, era algo tan válido como el polvo que se respiraba o la lluvia que posaba por fin el polvo y azotaba el rostro en el coche descubierto. Ahora había finalmente contacto entre los dos ejércitos y se libraría una batalla para conquistar el Ebro, pero después de la incertidumbre, el contacto era un alivio.

Ahora, mientras observaba, vi a otro hombre deslizarse entre los verdes árboles de la otra margen y después a tres más. Entonces, de repente, en cuanto se perdieron de vista retumbó el súbito, agudo y cercano tableteo de las ametralladoras. Con este sonido se acababan todos los paseos, toda la sensación de ensayo general de antes de la batalla. Los chicos que habían cavado refugios para sus cabezas detrás del terraplén de la vía férrea tenían razón, y a partir de ahora el espectáculo era asunto suyo. Desde donde yo estaba podía verlos bien protegidos, esperando con paciencia. Mañana les tocaría el turno a ellos. Observé la aguda inclinación de las bayonetas sobre las vías.

La artillería estaba cobrando cierto ánimo ahora. Dos acertaron un lugar bastante útil y cuando el humo se desvaneció y posó entre los árboles, agarré un puñado de cebollas de primavera de un campo contiguo a la senda que conducía a la carretera principal de Tortosa. Eran las primeras cebollas de esta primavera y al pelar una encontré que eran blancas y no demasiado fuertes. El Delta del Ebro tiene una tierra buena y rica, y donde crecen las cebollas, mañana habrá una batalla.


Ernest Hemingway
Despachos de la guerra civil española (1937-1938)





2598. El reino de las contradicciones. España: de la guerra civil al referéndum de 1966 - Catorce

Fotografía: Francesc Català-Roca


Catorce

Viniendo de Altamira, donde hace veinte mil años los hombres invocaban la caza pintando con tierra y sangre los techos de sus cavernas, nos quedamos a pasar el día en un pueblito, Santillana del Mar, que parece detenido hace quinientos años en la historia. Mientras almorzábamos, un desfile de gran soirée, con modelos de una casa de alta costura de Madrid, se deslizó elegantemente, por la pantalla del televisor, ante nuestros ojos; a nuestras espaldas, los chicos de la casa repetían los jingles de propaganda de los chocolates "Tulicrem". A la caída de la noche, todo el pueblo se reunió, como de costumbre, frente al receptor, fija la atención de cada uno de aquellos hombres rudimentarios, en las imágenes que se sucedían, deslumbrantes, en la pantalla. Así escucharon el discurso de Nochebuena de Franco; así el rostro bondadoso del Caudillo estuvo presente también entre ellos. De algún modo, pienso, esto es España en la actualidad: una contradicción permanente, varias épocas mezcladas en una sola. Como son España, en el mismo sentido, los chicos que vimos jugando a la guerra en un parque de Barcelona, con cascos de la U.S. Army y... corazas de Cruzados.

Televisores en pueblitos medievales, mentalidades medievales en la televisión: el desarrollo de los medios de comunicación en masa no suprime por sí la resistencia a los cambios del país viejo; veintiocho años de terrorismo moral y político están presentes en la mediocridad irredimible de los programas, consagrados sin excepción al culto de Franco y las Buenas Costumbres; el hipócrita puritanismo obliga a Juliette Greco a alargar muchos centímetros la pollera, a la hora de la función, pero no impide, por cierto, que en la España que no aparece por las pantallas, existan bases norteamericanas como las de Rota, Torrejón y Zaragoza, en las que los españoles ponen las mujeres, y los yanquis el idioma, la moneda y la justicia. En este país donde el Barrio Chino de Barcelona figura en las guías de turismo, una revista puede ser confiscada y sus editores penados, si exhiben algo más que el nacimiento de un seno en alguna fotografía -y ya es un avance, porque antes sólo se permitía mostrar caras de mujeres. Nada puede sorprender: el régimen prohíbe las canciones de Raimon, pero los nietos de Franco contestan en Nochebuena un reportaje de Radio Barcelona, y dicen tan campantes que Raimon les gusta mucho que "sería un placer para nosotros" verlo personalmente.

No son éstas, por cierto, las contradicciones más graves, ni las más elocuentes asincronías que España exhibe en estos tiempos de desarrollo económico y de galanteos con el Mercado Común.

Las playas de Marbella y Torremolinos congregan a multimillonarios de todos los países, son lugares de moda en cada temporada, las revistas publican coloridas fotografías de una de las costas más hermosas del mundo, paisajes reservados por la naturaleza para los dioses y los hombres con abultadas cuentas bancarias: turismo y prosperidad, los dólares flotan en el aire. Pero esas playas alucinantes están ubicadas en una de las provincias más pobres del país, Málaga, y el nivel de vida miserable de los trabajadores de allí no ha sido alterado por el turismo. Mientras millones de españoles carecen de un hogar decente y otros pagan por el alquiler la mitad de su salario, la especulación inmobiliaria prospera a sus anchas a costa del turismo Y la vivienda sufre un alza exorbitante de precios. Sí, el país produce sus propios Dodge Dart y Renault Dauphine, pero hay a la vez millones de minifundistas tan pobres, tan estrangulados por los intermediarios, tan condenados a los caprichos de la tierra y el cielo, que no puedan pagar ni impuestos. En el campo español, cinco millones de familias son propietarias de menos de una hectárea de tierra, a la que ni siquiera pueden arrancar los frutos necesarios para su subsistencia: muchas abandonan ese océano de pobreza y huyen a los islotes de prosperidad, los centros industriales, las ciudades: allí, cien familias controlan el ochenta por ciento del capital total de las sociedades anónimas: allí, los obreros andaluces legendariamente haraganes, trabajan doce horas por día y pagan a los prestamistas de mano de obra más de la mitad de lo que ganan: Yo ví a los "gestores" alquilar hombres en la Plaza Urquinaona de Barcelona. El salario mínimo actual de un obrero español, cubre menos de la mitad del costo de la vida que el régimen reconoce en sus cifras oficiales. Es preciso trabajar doce horas, catorce, acceder a los privilegios que la naciente "sociedad de Consumo" otorga a sus esclavos para que los compren y los exhiban pero no tengan tiempo de usarlos -ya se trate de un televisor o una heladera o un gadget para el baño o la cocina. En los dos primeros años del Plan de Desarrollo, el ingreso nacional crece un 15,6 %, es la manteca al techo, el auge económico, el "neocapitalismo español". Pero en esos mismos dos años, disminuye la participación de los salarios en el ingreso nacional, lo que no impide al marqués de Deleitosa afirmar que "el más grave defecto de la empresa española es que no produce bastantes beneficios". José María Aguirre Gonzalo, que integra los directorios de treinta y dos sociedades anónimas, escribe que, para un gran impulso a la economía española, "creo que hay que crear millonarios".


Eduardo Galeano
El reino de las contradicciones.  España: de la guerra civil al referéndum de 1966
Cuadernos de Ruedo ibérico núm. 10, diciembre-enero 1967







2597. Lo que hará la República. La Escuela y el Pueblo



Ya tenemos República en España. La conciencia nacional, tan trabajada en profundidad y extensión, ha sabido manifestarse rotundamente. Tan rotundamente, que ha bastado un solo gesto para terminar con la monarquía borbónica.

Hemos destruido el régimen monárquico que estaba acabando con España. Hemos implantado la República que tiene que hacer de España una nación libre, progresiva, abierta a todas las audacias de la civilización.

El instrumento más eficaz de esa transformación nacional ha de ser la escuela. La escuela ha sido siempre el arma ideológica de todas las revoluciones. La escuela tiene que convertir a los súbditos de la monarquía borbónica en ciudadanos de la República española.

La escuela, en este periodo de transición que se abre ahora en la vida nacional, tiene que ser profundamente revolucionaria. Hoy más que nunca, todo revolucionario digno de ese nombre tiene que ser un educador. Y todo educador auténtico tiene que ser igualmente un revolucionario. La revolución no será tal revolución si no penetra en las conciencias de los ciudadanos, convirtiéndolos en leales servidores del nuevo régimen.

La República al enfrentarse con el problema de la educación nacional, tiene que atacar con decisión y valentía todos los aspectos del mismo. Tiene que acabar con la absurda organización actual. Hay que hacer una reforma total que abarque desde los Jardines de la infancia hasta la Universidad. Hay que extender los beneficios de la enseñanza a todos los españoles hasta conseguir que no quede un solo analfabeto en nuestro país, ni deje de cultivarse una sola inteligencia. El país necesita, hoy más que nunca, que todo ciudadano preste el máximo rendimiento a la nación. Y la República traicionaría a su propia esencia si no ofreciese a todos los españoles las posibilidades necesarias para que su inteligencia y su vocación encuentren el cauce que merecen.

La escuela en la República no es sólo un problema de cantidad. Es, fundamentalmente, un problema de calidad. La República tiene que hacer muchas escuelas, pero cuidado que la escuela sea verdaderamente escuela. No tanto por el edificio y por el material, sino por el espíritu que ha de vivificar la diaria labor docente. La República tiene que hacer maestros nuevos. Los maestros que necesita el país en esta hora decisiva. Pero tiene además que utilizar a los maestros actuales. Ese ha de ser uno de los problemas más delicados del nuevo régimen.

La República, en fin, tiene que fijar su mirada en la escuela rural. Fijarla seriamente, no como nos amenazaba hacerlo el régimen caído, que quería engañar al país con el famoso camión ambulante. La República tiene que sembrar escuelas en todos los pueblos y aldeas españolas. Y cada escuela tiene que ser la verdadera célula rural de la República. En torno a la escuela ha de girar la vida del pueblo. La escuela ha de ser el verdadero Hogar infantil durante el día y la verdadera Casa del Pueblo durante la noche. El maestro de esta hora histórica, libertada su conciencia, fraternizando con el pueblo, tiene que forjar los luchadores que necesita la República española. Y los forjará.


Rodolfo Llopis
Crisol, 16 de abril de 1931, pág. 13








2596. Proclamación de la Segunda República en Zaragoza

Paseo de la Independencia de Zaragoza, 14 de abril de 1931 


¡Al pueblo de Zaragoza!

El esfuerzo de la democracia española ha logrado en gloriosas jornadas la implantación de la República, terminando con el régimen monárquico que suplantaba la voluntad nacional.

El Ayuntamiento elegido por la decisión unánime de los zaragozanos, ha tenido la honra de celebrar su primera sesión en la fecha histórica del 14 de abril, proclamando la República en la ciudad de Zaragoza.

Nunca un anhelo nacional ha sido recogido tan inmediatamente; sin duda porque ninguno como él se ha exteriorizado en forma tan viril y rotunda, ni en momentos tan decisivos para la salvación de la Patria.

Conseguido este deseo de todos, así como la libertad de los presos políticos y sociales encarcelados por luchar en la reconquista de las libertades ciudadanas ignominiosamente arrebatadas al pueblo español por el régimen caído, me dirijo a vosotros en este primer bando de la Alcaldía de la República, invitándoos a que dentro del orden con que os habéis mostrado estos días y del que está orgullosa la Ciudad toda, volváis cada uno a la vida normal a fin de que Zaragoza se reintegre a su estado habitual.

Lo que espero haréis demostrando vuestro civismo y vuestro amor a la naciente República, por la que todos debemos estar dispuestos a luchar, con todas nuestras fuerzas. 

Ciudad, 15 de abril de 1931

¡Zaragozanos! ¡VIVA ESPAÑA REPUBLICANA!

Vuestro Alcalde,
Sebastián Banzo Urrea







2595. Amanecía en Madrid el 14 de abril

Madrid, 14 de abril de 1931


Amanecía en Madrid el 14 de abril.

A primeras horas de la mañana entraba en Palacio el conde de Casa Valencia. El rey don Alfonso es de las pocas personas que conozco que se han hecho amigas íntimas de su propio dentista. El conde de Casa Valencia, de personalidad exuberante, había hecho una carrera meteórica a la sombra de Palacio, desde simple sacamuelas a dentista de su majestad, y a partir de ahí le habían llovido los honores: título nobiliario y, más recientemente, secretario de la fundación de la nueva Ciudad Universitaria madrileña, la institución con la que el rey había celebrado el veinticinco aniversario de su coronación. Tuve ocasión de hablar con el conde varias veces y le encontré un hombre afable y dicharachero que evidentemente disfrutaba de su situación y de la publicidad que se le daba. 

En aquella mañana del 14 de abril, el conde de Casa Valencia era portador de malas noticias para su amigo el rey. Llevaba una carta del conde de Romanones en la que este comunicaba al monarca que sería conveniente «se ausentase del país durante algún tiempo». 

La noche anterior hubiera podido parecer que el rey y su familia hacían una demostración de sangre fría al pasar la velada contemplando una película americana. Pero, a la luz de los acontecimientos que comenzaban a precipitarse aquella mañana, estaba claro que no era sangre fría, sino pura inconsciencia lo que había motivado la asistencia del rey y la reina a la sala cinematográfica la noche anterior. El rey era totalmente ajeno a la realidad de su país. Y ahora, demasiado tarde, trataba de reaccionar. Exigía la inmediata presencia de Romanones en Palacio. 

No tardó en personarse el conde ante su majestad para darle cuenta de lo ocurrido en la reunión del Consejo de Ministros celebrada a primeras horas de la mañana. A ella había acudido el jefe de la Guardia Civil, el general Sanjurjo, para informar al gobierno de que, desde su punto de vista, era imposible reprimir las manifestaciones republicanas que se daban en toda España, y mucho menos impedir el acceso al poder de los concejales democráticamente elegidos por el pueblo. La Guardia Civil, según Sanjurjo, no debía ni podía intervenir en aquellos momentos. En el mismo sentido se expresó el general Berenguer, a la sazón ministro de la Guerra, que había tenido la prudencia de enviar, el día antes de las elecciones, una circular a todas las capitanías generales exigiendo se mantuvieran al margen de los acontecimientos que pudieran resultar de las elecciones «de carácter puramente político», como explicitó en su misiva. Un único ministro pidió la intervención del Ejército, don Juan de la Cierva, el «hombre de hierro» de la política española. Pero estaba solo frente a los otros ministros. ¿Cómo podían pedir la intervención del Ejército para anular unas elecciones que ellos mismos habían convocado?

No quedaba otra solución, según sugirió Romanones al monarca, que un entendimiento con los republicanos. La propuesta del rey, que Romanones transmitió a los republicanos, consistía en la inmediata celebración de nuevas elecciones para elegir unas Cortes Constituyentes, que se encargarían de redactar la Constitución deseada por el pueblo. El rey se comprometía a abandonar el país si el resultado de estas nuevas elecciones le era adverso. 

Las negociaciones entre Romanones y los republicanos tuvieron lugar en el domicilio del prestigioso médico don Gregorio Marañón, antiguo amigo del rey y ahora simpatizante de las ideas republicanas. Allí fue donde el conde de Romanones se entrevistó con su adversario político que acababa de salir de la cárcel, Niceto Alcalá Zamora. Este rechazó la propuesta del rey y fue terminante con el conde. No podía haber un período neutral o constituyente. El monarca debía abandonar el país aquella misma tarde. De lo contrario, no respondía de lo que pudiera ocurrir cuando las masas trabajadoras acabaran su jornada. 

El conde de Romanones transmitió el ultimátum de Alcalá Zamora al rey. Este aún trató de convencer a Romanones proponiendo una solución intermedia, la regencia de su primo el infante don Carlos, de reconocido talante liberal. El conde de Romanones expresó su opinión de que ya era demasiado tarde para cualquier solución que no significara la inmediata partida del rey de España. Se pasó entonces a discutir la manera en que debería realizarse. Se descartó la salida por Irún porque se habían registrado disturbios en San Sebastián. Se consideró la posibilidad de que el rey se marchara por la frontera portuguesa, pero finalmente se optó por utilizar la base naval de Cartagena, donde el rey se embarcaría en un buque de la Armada.

Una vez se hubo adoptado esta decisión, Romanones y el rey salieron a una antecámara donde les aguardaban algunos ministros, grandes de España y otras personalidades. Un joven oficial de caballería, el marqués de Cavalcanti, se adelantó para decirle: «¡Pongo mis tropas a disposición de su majestad para la defensa del trono!». El general Berenguer, que estaba a su lado, le increpó: «¡Demuéstreme usted que es capaz de controlar la situación sacando las tropas a la calle! ¡Demuéstremelo!». En ese momento parece ser que intervino el rey y con voz sosegada les dijo: «Caballeros, no hay necesidad de discutir este tema. Mi decisión está tomada. Abandonaré España esta misma noche». Finalmente se acordó que el rey saldría del Palacio aquella misma tarde y que la reina y los infantes se marcharían al día siguiente, para darles tiempo a preparar lo indispensable para el viaje. «No debe su majestad preocuparse por ellos —le dijo Romanones al rey—. Quedan en manos de españoles». A la caída de la tarde, cinco o seis grandes automóviles salían del Palacio por la puerta del Campo del Moro y doce horas después don Alfonso estaba a bordo del crucero Jaime I rumbo a Marsella.

Se ha hablado mucho sobre esta salida tan precipitada del rey y algunos han llegado a acusarle de cobardía. Creo que la acusación es totalmente injusta. La permanencia del rey en Palacio no hacía sino poner en peligro no solo la vida de su familia y los servidores que estaban dentro, sino también la de muchos que estaban fuera. El rey comprendió perfectamente que el objeto de la ira popular era él y que, al quitarse de en medio, restaba intensidad a la virulencia callejera.

Se trataba, en todo caso, de que llegara a Cartagena de la manera más rápida y discreta posible. De hecho, se produjo un pequeño incidente cuando la comitiva real se paró para repostar en una gasolinera cerca de Murcia y el rey fue reconocido y, al parecer, abucheado. Por otra parte, que la reina abandonara a alguno de sus hijos y se marchara con su marido era impensable. Creo que los acontecimientos han venido a demostrar que el rey actuó de forma perfectamente correcta en este último acto de su vida política. Se marchó de la manera más rápida y discreta posible, y no cayó en la tentación de defender el trono con las armas, lo que hubiera ocasionado un innecesario derramamiento de sangre. 

En aquellos momentos los acontecimientos fuera de Palacio se precipitaban. Los catalanes habían declarado, por su cuenta y riesgo, su propia República. Desde que, a primeras horas de la mañana, la localidad guipuzcoana de Eibar se había pronunciado a favor de la República, llegaban a Madrid cientos y cientos de telegramas de toda España sumándose a esa proclamación. A mediodía conseguí acceder al Ministerio de la Gobernación en la Puerta del Sol. Allí pude entrevistarme con el subsecretario, Mariano Marfil. Normalmente, el ministerio es un hervidero de funcionarios y policías, pero en aquella mañana del 14 de abril se asemejaba a una balsa de aceite. El subsecretario parecía un hombre perdido en una isla desierta. Muy pocos funcionarios habían acudido al trabajo aquella mañana. El ministro tampoco llegaba y el señor Marfil no tenía idea de cuándo llegaría. Los teléfonos sonaban y nadie contestaba. En aquel silencio sepulcral solo podía escucharse, con toda nitidez, la caída del antiguo régimen como fruta madura.

Al salir a la calle pude contemplar un extraño cortejo que venía por la calle de Alcalá hacia la Puerta del Sol. Aparentemente, un oficial del Ejército se había hecho con una bandera republicana y, subiéndose sobre un taxi, se dirigía a la Puerta del Sol ondeando los colores de la que iba a ser la nueva bandera de España. Una multitud se había congregado a su alrededor coreando enfervorizada las palabras «República» y «Libertad». A las cuatro de la tarde, la Puerta del Sol estaba de bote en bote. A esa misma hora el rey y su séquito discutían la mejor manera de abandonar el país mientras Alcalá Zamora y sus amigos se dirigían hacia el Ministerio de la Gobernación, aclamados por la muchedumbre. Cuando por fin pudo llegar a la puerta del ministerio gritó: «¡Abran en nombre de la República!». Los guardias obedecieron y Alcalá Zamora subió hasta la planta principal en volandas. Yo di un suspiro de alivio. El ministerio más importante había pasado a manos de la República sin que se derramara una sola gota de sangre.

Es difícil que mis compatriotas ingleses puedan hacerse una idea de lo que significaba en España el Ministerio de la Gobernación. Toda la maquinaria del Estado que controla la vida del país se regía desde este organismo: la temible Guardia Civil que patrullaba los caminos de España recibía sus órdenes desde aquí; la policía en las ciudades no movía un dedo sin el permiso del ministro; los gobernadores civiles que rigen cada provincia española hablaban a diario con el ministro; y en las elecciones que hubo durante la monarquía todo se preparaba desde aquí, se hacían listas de los diputados que se creía iban a ganar las elecciones… y los resultados finales variaban muy poco de los vaticinios realizados en el propio ministerio. 

Quedaba aún por tomar otro bastión de la intransigencia y del feudalismo español: el Ministerio de la Guerra. Afortunadamente, el general Berenguer era hombre de palabra, poco amigo de aventuras. Fue Manuel Azaña, con ese rostro que tanto me recuerda a Mr. Pickwick, el encargado de hacerse cargo de ese ministerio… Y había que ver a Dámaso Berenguer, con cara de póquer, entregando el Ministerio de la Guerra nada menos que a Azaña, el presidente del Ateneo de Madrid, ese «antro» de perversión donde las ideas liberales habían encontrado, desde hacía ya bastantes años, su caldo de cultivo… ¡Si Torquemada levantara la cabeza! 

Caía la noche y la multitud de madrileños había roto el cordón policial que rodeaba el Palacio Real y se dirigía a las puertas. El rey se encontraba ya lejos del lugar, enfilando, por las llanuras de la Mancha, la carretera que le conduciría a Cartagena. Un escuadrón de caballería se había situado delante de las puertas del Palacio. Los soldados parecían desconcertados ante la muchedumbre que les increpaba y no sabían muy bien qué hacer en aquellas circunstancias. Los gritos del gentío iban en aumento y en cualquier momento se podía pasar de las palabras a los hechos. Apareció entonces un automóvil. Iba conducido por el doctor Juan Negrín. Le acompañaban dos jóvenes artistas, el pintor Luis Quintanilla y el escultor Emilio Barral, que moriría en la defensa de Madrid algunos años más tarde. Se bajaron del automóvil y se encararon con los policías que guardaban las puertas del Palacio. El diálogo que sostuvieron con los policías fue, más o menos, el siguiente:

Dr. Negrín: (dirigiéndose a la multitud). —No hay razón para armar este escándalo. El rey se ha marchado, la República ha sido proclamada desde el Ministerio de la Gobernación y este edificio pertenece desde ahora al pueblo español. 

Voz del Pueblo: —Puede ser que lo que usted dice sea verdad, pero no nos gusta la pinta de estos soldados de caballería con el sable desenvainado. 

Dr. Negrín: —Eso se arregla en seguida (y dirigiéndose al escuadrón de caballería). Mi capitán… 

Capitán:. —A sus órdenes, señor. 

Dr. Negrín: —Soy un representante del nuevo Consejo Municipal Republicano de Madrid. En su nombre, le pido que se retire con su escuadrón a una posición más alejada, al Patio de Armas, con objeto de tranquilizar a esta gente. 

Capitán: —Acato sus órdenes, señor. Mi escuadrón se retirará al momento. 

Dr. Negrín: (a la muchedumbre). —¿Qué más queréis, amigos? 

Voz del Pueblo: —Queremos que una bandera republicana ondee en el Palacio Real. 

Dr. Negrín: —Eso será más difícil, porque hemos dado órdenes de que ningún republicano entre en el Palacio hasta que no se haya marchado el último miembro de la familia real… Pero, en fin, veremos lo que se puede hacer… Quintanilla, tráeme una bandera republicana. (Quintanilla se dirige hacia la multitud y, después de unos momentos de incertidumbre, aparece con una magnífica enseña tricolor). 

Dr . Negrín. —Vamos a ver si hay algún voluntario que sepa trepar y coloque la bandera en el balcón central.

De esta forma tan sencilla se consiguió aplacar a las masas. Más tarde, alrededor de la medianoche, miembros de la Guardia Socialista, que llevaban un distintivo rojo en los brazos, tomaron posiciones frente al Palacio Real. Pero su presencia ya no era necesaria. A aquellas alturas de la noche, la multitud había adoptado un aire festivo y no se había producido ningún intento de agresión. Supongo que quienes se encontraban en el interior del Palacio mirarían con preocupación las evoluciones de la multitud que lo rodeaba, temiendo que en cualquier momento se desmandase. Pero, en realidad, el Palacio nunca estuvo en peligro de ser tomado por la multitud y, en cualquier caso, la Guardia Real se habría bastado para defenderlo de un ataque.

A la mañana siguiente, la reina Victoria Eugenia, sus dos hijas y sus tres hijos subían al expreso de Irún en la estación de El Escorial. Les despedían una multitud de amigos y criados. El tren llevaba en aquella solemne ocasión un maquinista singular, el duque de Zaragoza, personaje excéntrico, tan apto para conducir hábilmente la locomotora de un tren como para recitar de corrido los poemas de Lord Byron o Shelley. Conocía de antes al buen duque y en el andén de El Escorial, mientras la familia real española daba sus últimos adioses, le pregunté si era ese su último viaje oficial en una locomotora o pensaba llevar al presidente de la República también… Tengo entendido que el excéntrico duque tuvo ocasión de ser el maquinista de Alcalá Zamora en alguno de sus viajes oficiales.

Así fue como la reina Victoria Eugenia salió de España, conducida por un duque y despedida por un general, Sanjurjo, que, a pesar de haber sido confirmado por la República como capitán general de la Guardia Civil, acudió a despedir a su reina en la estación de El Escorial. El día que la reina Victoria Eugenia salió de España, el 15 de abril, fue proclamado festividad nacional. Los madrileños se habían echado a la calle y gritaban: «No se han marchado, ¡les hemos echado!». Algunos, vestidos con disfraces, caricaturizaban a la familia real y con sus desgarradores llantos y golpes de pecho parodiaban su despedida. Aquello parecía más un carnaval que una revolución. Solo tuve ocasión de presenciar un pequeño incidente. Trataba yo de cruzar la Puerta del Sol para subir por la calle de la Montera cuando vi que por esta bajaba un camión engalanado con las insignias de la hoz y el martillo, y en el que se representaban las virtudes de la Rusia soviética, acompañado de una veintena de chicos y chicas con el puño en alto y cantando La Internacional. Al llegar el cortejo a la Puerta del Sol se produjo un enorme abucheo. La gente les increpaba gritando: «¡Abajo el comunismo! ¡Queremos la fiesta en paz! ¡Bolcheviques, a Moscú!», y frases similares. Apareció, no sé muy bien de dónde, un destacamento de policía que se encargó de conducirles lejos de aquel lugar y, al punto, la alegría y el buen humor volvieron a hacer acto de presencia entre la muchedumbre.

Y es que, en aquel día, todo parecía color de rosa. Se había producido un cambio de rumbo radical en el Estado español, un viraje de ciento ochenta grados, y todo ello casi sin incidentes, sin apenas derramamiento de sangre… ¡Pobres españoles! ¡Qué ilusos eran, éramos, en aquella mañana del 15 de abril, celebrando la caída de un régimen, el fin del feudalismo en España! Y el feudalismo, que había dejado caer a don Alfonso porque ya no le era útil, seguía tan fuerte como antes…


Henry Buckley
Vida y muerte de la República Española