Lo Último

Miliciano de guardia




Muerte que estás escondida en la noche,
no me das miedo.
Si es que te asustan la noche y las sobras
yo iré a tu encuentro.
Hoy o mañana vendrás a buscarme
y me hallarás como siempre en mi puesto
No lograrás alterarme los pulsos
ni quebrarás el compás de mi pecho
Sé a lo que vine, por eso te busco;
sé a lo que vine, por eso te espero.
Bajo la guardia febril de mis ojos
mil corazones palpitan serenos.
Te venceré porque soy el más fuerte
¡Tú eres la Muerte! ¡Yo soy el pueblo!”


Pedro Garfías
Poesías de la guerra española
México, Ediciones Minerva, 1941






Manuel Gaibar, un soldado

Nuestro ejército está formado por una infinidad de hombres cuyo valor raya en la temeridad. Luchadores de la Libertad, a su deber de soldados suman la iniciativa de su ardor antifascista y se superan a sí mismos con gran beneficio de la causa que defienden. 

Cuando en el fragor de la pelea confía el enemigo decantarla a su favor con las modernas armas que le facilita el fascismo invasor, surge de nuestras filas un soldado y con su audacia increíble, anula la acción de las armas más modernas. Cuando en una dura ofensiva el enemigo resiste tenazmente al amparo de sólidas fortificaciones, o porque la pistola de los oficiales les hace resistir hasta la muerte, nuestros grupos de dinamiteros les atacan en su retaguardia y quebrantan las más decididas resistencias. 

Son estos hombres los que, con su arrojo, deciden muchas de nuestras acciones y estimulan a nuestros soldados, convirtiendo a nuestro Ejército popular en el más decidido defensor de las libertades del pueblo. Manuel Gaibar es uno de estos hombres. Es un muchacho joven y simpático; alegre, robusto.. Nos cuenta que en los primeros días de la lucha corrió al encuentro de las fuerzas que bajaban de Cataluña, encontrándose en Alcorisa con la columna Morella, en la que iba Carod, y la cual había conquistado Castelserás y otros pueblos para nuestra causa. 

Incorporado a las fuerzas libertadoras, intervino en las acciones más difíciles, a las órdenes de Castán, cuyo arrojo tuvo varias ocasiones de ponerse a prueba en los ataques a Muniesa, Utrillas, Herrera y Aguilón. Cuando el enemigo se obstinaba en resistir en una posición, cuando un puente u otro objetivo importante de la retaguardia enemiga debía ser destruido, o simplemente cuando convenía desmoralizarlo mediante audaces ataques a su retaguardia, eran estos hombres, entre los que figura Gaibar, los que cargándose la mochila de bombas, salían a realizar las audaces hazañas que tanta eficacia daban a nuestras armas.

Recuerda con emoción el ataque de La Serna y segundo a Belchite, donde cayó Luis Jubert, que era el compañero querido de todos. A instancias nuestras de que nos cuente alguna de sus acciones más destacadas, lo hace así: 

—Fué precisamente la noche del ataque a La Serna. En el curso de la lucha y al empeñamos en una de nuestras acciones, nos quedamos aislados en una posición siete compañeros. Con enemigo por todas partes, nos resistimos varias horas, lanzando bombas de mano adonde veíamos el peligro, pues las teníamos abundantes. Cuando al fin se agotaron, intentamos una salida, aprovechando la oscuridad de lo noche y los accidentes del terreno. Mas fué tanto el cuidado que pusimos para ocultarnos, que me perdí de los compañeros. 

Continué hasta que creí desaparecido el peligro, y abandonando las precauciones, bajé la pendiente de una sierra. Por el mismo camino me crucé con varios soldados que, al parecer, subían a efectuar algún relevo. Las siluetas de los hombres y de los fusiles se destacaban en la oscuridad, y lo mismo debió ocurrir con la de mi persona. Nos cruzamos de muy cerca, sin cambiar palabra; yo continué confiado hasta el llano. 

Pero cuál no sería mi sorpresa al llegar al llano y darme cuenta de que me hallaba en terreno fascista, y que los soldados que había encontrado también lo eran. Todavía pensé en ser útil a los míos y dediqué mis esfuerzos a lograr los mayores datos sobre la situación del enemigo. Con grandes trabajos logre orientarme y aprovechando lodos los barrancos y hondonadas, lleno de golpes y de cansancio, poco antes de empezar el día llegue a nuestras posiciones de Azuara. Allí respiré tranquilo de saberme entre los míos y pensando en la angustia de aquellas horas terribles que acababa de pasar. 

El camarada Gaibar, hoy sargento del Ejército, ha tenido en las jornadas gloriosas de Teruel, una actuación heroica. Al final de ellas, el plomo enemigo segó su vida, pletórica de juventud y entusiasmo. Manuel Gaibar, modelo de soldados ejemplares, de luchadores ideales, ha muerto como vivió, como un héroe.


25 División
Enero de 1938






3321. Negociaciones con Franco

Pier Paolo Pasolini, José Agustín Goytisolo y Salvador Clotas recorren el cementerio de Montjuïc, sobre las barracas de Can Tunis. 
Autor desconocido. Coleción Julia Goytisolo y UAB



¿Qué hay en el sol
que cubre el cementerio
de Barcelona?

Nada, pero entre el andaluz,
entre el andaluz y el sol,
sí hay un vínculo antiguo.

Su alma se separó de él
y vino a instalarse
bajo el Cementerio de Barcelona.

¡Un alma puede hacerse castellana
y un cuerpo permanecer andaluz
bajo el mismo sol!

Se dice que almas africanas
han llegado a convertirse en blancas,
y no por voluntad del Señor.

(Cuando a ningún señor de Barcelona
marchado a Andalucía
se le ha vuelto negra el alma.)

Antes de hacerse castellana
el alma debe aprender el catalán
dentro de un cuerpo andaluz.

Dichoso pues quien aprende el valón,
porque su cuerpo está en el sol,
en el gran sol del mundo.

Pero aquí se pasa de un sol a otro,
y entre el catalán y el andaluz
solo está el ojo del castellano.

Sí, entre el andaluz y el francés
está el sol de los soles,
no el sol de un cementerio.

Cuando él habla castellano, 
mientras aprende el catalán,
da el alma a cambio de unas pocas pesetas.

No a cambio de la razón,
como el árabe o el negro
bajo el sol de Lille o Pigalle.

Una barraca a cambio de un alma,
un montón de tugurios a cambio de un montón de almas,
una lumbre prendida bajo el sol.

¡Sol de Cataluña! 
¡Lumbre de Andalucía!
¡Garrote de Castilla!

Tierra de España,
¿a qué esperas bajo el sol
que no es nada más que sol?

Un viaje de mil horas
para encontrar un cementerio
y un puñado de barracas.

Es necesario venir a España
para ver el silencio
de un hombre que solo es un hombre.


Pier Paolo Pasolini

Círculo de Bellas Artes de Madrid, 2005







3320. Maximina Jiménez, maestra y alcaldesa de Berrobí (Guipúzcoa)

Maxímina Jiménez, alcaldesa de Berrobí, con los alumnos de su escuela, 1933 - Foto: Carte


La maestra de la escuela mixta de Berrobí, doña Maximina Jiménez, es la decana de las de Guipúzcoa. Entre sus chicos, que cantan la tabla de multiplicar, se arropa frioleramente, con una toquilla, y eso que en la escuela arde una gran estufa. Y es que el viento golpetea escandalosamente en todas las puertas y ventanas. 

Como ve que he reparado en ello, se adelanta a mis preguntas: 

—Ajustar esas puertas y conseguir una escuela de niños podría ser mi programa para estos tres meses. Si lo consiguiera, me daría por satisfecha.

Me parece muy prudente esta señora, que ahorra palabras y las dice bajito. No me extrañaría nada que en abril se presentara a la reelección. 


José R. Ramos

Estampa, 11 de febrero de 1933







3319. Antonio Machado

Antonio Machado camino del exilio en Raset cerca de Cerviá de Ter (Gerona) a finales de enero de 1939


Antonio Machado, persona íntegra, de enterezas y hombría de bien, supo llevar a su vida la entrañable serenidad que en su lírica se aprecia. Y cuando decimos vida al referirnos a nuestro poeta, no aludimos a biografía, que aventura y aconteceres apenas tuvo. Hijo del insigne folklorista del mismo nombre, nació en Sevilla, julio de 1875, en la casa de las Dueñas, antiguo palacio del Duque de Alba mencionado en alguna de sus poesías. Andaluz en el que se produce un clarísimo fenómeno de castellanización —toda su vida transcurre entre la árida meseta y el cálido mediodía— , en el espíritu de esas dos regiones, esencia de la península, nutrió el de su lírica, como en otro tiempo hicieran Francisco de Medrano y San Juan de la Cruz. Su niñez, hasta los ochos años, fué sevillana. Después vivió en Madrid, estudiando en el Instituto Libre de Enseñanza, y a fines del siglo realizó un viaje a París, seguido de otros que hizo por diversos lugares de España. En 1907 fué nombrado catedrático de Lengua francesa en Soria, en donde se casó y perdió a su esposa, cuyo recuerdo, según él mismo decía, le acompañó siempre. Bueno a carta cabal —«soy, en el buen sentido de la palabra, bueno»— , humanamente llano, afable, balbuciente, tímido, vive después en Baeza, en Segovia, ciudades pequeñas por las que pasea distraído, con su aspecto derrotado, descuidada la indumentaria, sencillo, noble, modesto. En 1932 se traslada al Instituto Calderón de Madrid, en cuya ciudad fué sorprendido por la rebelión de militares primero y el cerco de extranjeros después. Como Goya en otras y semejantes circunstancias, su vida y su obra marcharon acordes con el vivir y el hacer populares. En los últimos meses de 1936 llega a Valencia, reside en la Casa de la Cultura y más tarde habita en Rocafort, pueblo levantino, comenzando, en todo ese va y ven, su colaboración, que había de ser constante, en la revista Hora de España. Interviene en los debates del Congreso Internacional de Escritores celebrado en Valencia y Madrid —julio de 1937—, trasladándose después a Barcelona, de donde salió —enero de 1939—, en aquel triste río, humano y fugitivo, a dar a la mar del morir o del destierro, que para él todo fué uno. «Donde acaba el pobre río, la inmensa mar nos espera», escribió cierta vez. En Collioure (Pirineos orientales), pueblo francés próximo a la frontera española, «casi desnudo, como los hijos de la mar», según había vaticinado, recibió tierra el 23 de febrero de 1939.

Los pasos que dio en vida hallaron fiel reflejo en su lírica. Atraviesa la época decadente y ridícula de fin de siglo, intacto, sin ser influido por ella. Amigo y admirador de Darío, aunque a veces adopta las formas de éste, el alejandrino sobre todo, no existe, realmente, ninguna semejanza entre la poesía del nicaragüense y la suya. Muy al contrario, el verso de Machado, hondo y grave, es esencialmente opuesto al modernismo, de lujoso idioma exterior, sensual, todo apariencia, tan cargado de moda. Si en su obra no hay relación directa con las bogas del momento —y a ello debe esa nota de clásico envida, de poeta estable, con valor permanente y eterno—, en cambio pueden señalarse claras influencias de las tierras en que habitó. Su lirismo primero, el de Soledades, galerías y otros poemas, tiene muy evidentes huellas andaluzas, y también, en relación con ellas, rasgos del mejor romanticismo, del más digno. El andalucismo culto del Machado de comienzos de siglo, debe ser comprendido ligándolo íntimamente a la figura del otro gran se villano y romántico, Gustavo Adolfo Bécquer, a quien debe la sensación de mundo soñado, de galería interior, de poesía desnuda, y el palpitar de su palabra, que procede del alma, próximo a las Rimas. Nostalgia, transparencia y construcciones poéticas basadas en el recuerdo se unen en esa obra a la poesía española espiritual de Manrique y Quevedo, a quienes recuerda por su fondo moral y su pensamiento de empaque varonil, sencillo y a veces melancólico. 

Se traslada al yermo castellano, pasa años en Soria, «árida y fría», y entonces cultiva el paisaje y la descripción de la alta meseta, gris y adusta, en poemas en donde asoman un tanto la elocuencia y el énfasis, faltándoles, acaso, la extraordinaria justeza de su primera época. Campos de Castilla, su nuevo libro, le señala con toda evidencia como el único poeta en verso del 98. Ya en su obra anterior se apreciaban trazas de esa generación —pesimismo, ausencia de retórica, tristeza— , que ahora acentúa con su preocupación por el destino de España, con su amor a la tierra, su acercamiento al pueblo y por el sentido social que aparece en sus versos. El afán crítico mostrado en ellos, rasgo propio de la citada generación, deja traslucir la ideología de origen krausista, común a muchos de sus contemporáneos y maestros, que en Machado se manifiesta con personales influjos de Kant y Schopenhauer. Uno de los aspectos de Campos de Castilla, el de los proverbios rimados, se prolonga en Nuevas canciones, obra compuesta, en su mayor parte, de poesía sentenciosa lírico-popular, en la que se confunden pensamiento y canción como es norma entre sus paisanos. 

Los últimos escritos de este poeta, casi todos en prosa, contienen su «arte poética», metafísica y glosas de toda índole, con las que prueba el hondo conocimiento que tuvo de la filosofía, por la que estaban sus preferencias, y su certeza peculiar para el comentario, cualidad que hizo de él un «pobrecito hablador» de nuestra época. Antonio Machado ocupa, con Juan Ramón Jiménez, el más alto rango en la poesía española contemporánea. Gran poeta menor, de obra breve por concentrada e intensa, identificó hombría de bien y nombradía, hombre y nombre, uniendo a su profunda lírica, expresión viva de nuestro pueblo, su muy honrada y noble existencia, limpio azogue en donde puso sus ojos toda la España leal.


José Ricardo Morales
Poetas en el destierro
Editorial Cruz del Sur, 1943





3318. El XX aniversario de Machado

Parece increíble pero es verdad: En la España actual el nombre de Antonio Machado puede convertirse en una piedra de escándalo para sus gerifaltes. Así lo demuestran las diversas maniobras que los medios oficiales han realizado para obstaculizar los homenajes que los escritores y artistas españoles le han rendido con ocasión del XX aniversario de su muerte; y después, cuando comprendieron que esto era imposible, y hasta impolítico, los manejos ya más turbios, con que trataron de tergiversar el sentido de este homenaje. Veamos los hechos.


A principios de febrero, un grupo de intelectuales franceses de la más alta categoría y del más diverso signo (Picasso, Sartre, Mauriac, Aragón, Cassou, etc.), decidió celebrar un homenaje a don Antonio junto a su tumba en Colliure, y se dirigió a los escritores españoles pidiéndoles su asistencia. El diverso signo ideológico de los franceses que firmaban este llamamiento era como un espejo en el que los españoles veíamos nuestro espíritu de reconciliación nacional. El homenaje a Antonio Machado se convertía así en nuestras conciencias, a la vez que en un emocionante recuerdo del más grande de los poetas españoles del siglo, en una reivindicación de lo que este hombre entrañado en el pueblo, digno y a la vez pacífico, encarnaba de nuestras preocupaciones actuales, y de nuestra necesidad de manifestarnos contra el clima de guerra civil en que quiere mantenernos el franquismo.

Muchos escritores españoles, y en especial los residentes en Cataluña, por aquello de que les era más fácil y económico el desplazamiento, acudieron a Colliure. Allí, junto a muchos emigrados, pudo verse a Castellet, Blas de Otero, los Goytisolo, Caballero Bonald, Costafreda, Valente, Barral, Gil de Biedma, etc. Pero a la vez, el mismo día y a la misma hora, otros muchos escritores españoles -éstos con residencia en Madrid- se reunían en la casa de Segovia donde Antonio Machado vivió muchos años.

El hecho de este homenaje segoviano, si se tiene en cuenta que la prensa, la radio y todos los medios de difusión oficiales lo silenciaron, tiene algo de asombroso. ¿Cómo tantos y tantos cientos de personas llegaron a saber de un acto que sólo de boca a boca o de tú a tú fue anunciado, y esto en el brevísimo plazo de cinco días? Indudablemente, sólo porque existe un clima común entre todos los intelectuales españoles.

No se pueden poner puertas al mar. El franquismo lo sabe. Por lo tanto, decidió reducir el mal que no podía impedir. Y esto por dos medios: prohibiendo que en Segovia se celebraran actos públicos en homenaje a Machado y anunciando a bombo y platillo en toda la prensa, otro acto de homenaje, éste de inspiración oficial, que debía celebrarse, siempre el 22 de febrero y a las doce del día, pero en Soria. La diferencia era clara. En Segovia, concentración de la Policía armada y de la Brigada social. Y por si fuera poco, pistoleros de la Falange que dejaban caer la pistola del bolsillo como al desgaire, y la recogían luego del suelo con un gesto de desafío. En Soria, acto oficial, Muñoz Alonso, flores las autoridades y los poetas vendidos (recordemos sus nombres: Rafael Morales, Manuel Alcántara, Luis López Anglada, Salvador Jiménez y Pérez Valiente, todos poetas de segunda fila, dicho sea por otra parte). En Segovia, cientos y cientos de intelectuales, escritores, estudiantes, pintores y actores que no encontraban un lugar lo bastante amplio para reunirse. En Soria, el elemento oficial, los periodistas y las señoritas de la localidad, y los muchachos arrancados de los colegios para llenar en lo posible la sala en donde se celebraba el acto. En Segovia, la verdad de España y el corazón popular de Machado redivivo. En Soria, la mentira y el fracaso de una maniobra con la que se pretendió desfigurar lo que en verdad había que decir y realmente dijeron los intelectuales españoles. ¿Hace falta otro plebiscito? En lo que respecta a los intelectuales, escritores y artistas, evidentemente no.

Pocos días después, los estudiantes de Madrid, que acudieron en masa a Segovia por sus propios medios despreciando los autobuses y la excursión pagada que se les había ofrecido para que fueran a Soria, organizaron un acto de homenaje a don Antonio Machado en el Paraninfo de la Universidad. Firmaban la convocatoria cuatro «grandes» (Menéndez Pidal, Marañón, Montero Díaz, Teófilo Hernando) y cuatro de los que los universitarios llaman «jóvenes maestros» (Vivanco, Celaya, Hierro y Figuera Aymerich). Una vez más, encontrábamos así reunidos en torno a don Antonio, a hombres de las más diversas edades y de las más diversas tendencias. Nada más pacífico. Nada más esperanzador. Nada tan hermoso como ver a Antonio Machado ganando a los veinte años de su muerte este espíritu de reconciliación, regeneración y amor de España. Nada más limpio. Pero...

Cuando ya el acto había sido anunciado, hasta en la prensa, y los estudiantes pletóricos de entusiasmo se agolpaban en el paraninfo, llegó una increíble noticia: el acto había sido suspendido. Unos carteles fijados en las puertas lo anunciaban. Pero con esto nos hallábamos otra vez en las mismas: no se pueden poner puertas al mar. Los estudiantes que abarrotaban la sala decidieron no moverse de allí, y cuando Hierro, Celaya y Figuera Aymerich ocuparon sus lugares en la presidencia, estalló una ovación. Poco después, el rector don Valentín Andrés Álvarez, ante la presión de las circunstancias, revocaba la prohibición y hasta presidía el acto. No podía hacerse otra cosa, so pena de provocar una estrepitosa manifestación estudiantil. Por otra parte, el acto fue planteado en términos académicos. Habló uno. Y luego otro. Y luego otro. Hasta que se levantó Gabriel Celaya y dijo lo que todo el mundo estaba esperando que se dijera y nadie decía por cobardía. Y entonces, el paraninfo se vino abajo de ovaciones. Y se entendió por qué razones las autoridades habían querido suspender el acto.

Muchas revistas y periódicos españoles han recordado estas últimas semanas el nombre de Antonio Machado. Pero las coerciones que pesaron sobre el homenaje de Segovia y sobre al acto de la Universidad, han gravitado aún más fuertemente sobre ellas. Sólo pondré como ejemplo lo ocurrido con la revista «Acento».

«Acento» es una revista del «S. E. U.», pero es una revista que, pese a las subvenciones de que vive, viene mostrando, por el ánimo de sus directores y de su consejo de redacción, un gran espíritu de independencia, valentía y amor a la verdad. Cuando invitó a los escritores españoles a que colaboraran en un número de homenaje a Machado, pocos se negaron. Pero... Ya estamos en el pero. El Director general de Prensa, Adolfo Muñoz Alonso, se alarmó: ¿Por qué? El sabrá. Empezó por exigir que al frente del número de «Acento» figurara un texto suyo. Recomendó -es un decir- que no faltaran los poemas que los cinco traidores habían leído en Soria. Prohibió que se hiciera alusión a los homenajes de Colliure, Segovia, la Sorbona y la Universidad de Madrid. Y a última hora, cuando la revista ya estaba tirada, ordenó la supresión de algunas colaboraciones, a pesar de que ya habían pasado por la censura. Así, por la sencilla razón de que entre los colaboradores habían «demasiados rojos» («nos ganan 11 a 5», fue la frase), se tiró al cesto el maravilloso poema a Antonio Machado que Blas de Otero leyó en la Sorbona, una estupenda y completamente apolítica crónica de Carlos Barral, otro poema de Celaya en el que se evoca la habitación de la pensión de Segovia donde vivió don Antonio, etc.

Varias revistas han publicado o tienen en preparación homenajes a Machado. Y todas han pasado y están pasando por peripecias semejantes a las de «Acento». En el fondo, el juego está claro. El franquismo no puede renunciar a Antonio Machado. Pretende hacerlo suyo, como ha pretendido hacer suyos después de muertos, a todos los grandes españoles que le combatieron y negaron (Unamuno, Falla, Juan Ramón, etc.). Pero esto exige «interpretaciones». Machado tal como fue, tal como se pronunció, y habló, y cantó -y ese Machado en verdad, en verdad, es el que hoy arranca tantos fervores y admiraciones- constituye una piedra de escándalo. Por eso a los veinte años de su muerte siguen sin publicarse en España sus obras completas. Muñoz Alonso le admira, según dice, pero prohíbe, no sólo sus libros, sino hasta los comentarios en prosa, verso o gritos de quienes sabemos lo que significa la verdad y la entereza de nuestro poeta.

España clama por donde puede. Estas últimas semanas lo ha hecho a través de nuestro don Antonio, y a pesar de todos los pesares de la censura, de la policía y de las intervenciones arbitraria y extralegales, ha conseguido decir lo que quería: Antonio Machado fue pueblo. Y porque fue pueblo estuvo siempre contra lo que el franquismo significa. Antonio Machado fue sencillo y a la vez digno; fue pacífico y a la vez insobornable. Fue ese gran poeta y ese gran hombre que en estos momentos difíciles nos sirve de ejemplo y guía.


(España, junio de 1959)
Juan de Juanes

Diálogo de Las Españas. Mexico 3 de julio de 1959







3317. Campo de concentración

Republicanos españoles castigados, amarrados a un poste, en un campo de concentración de los amigos franceses


El suelo era de arena olvidadiza
donde no imprime rastro la pisada.
Y el cielo era penoso a la mirada
que ya sin esperanza era ceniza.

De aquella España oscura y de su liza
tan pura, y tan reciente y tan llorada,
apenas si una turba abigarrada
quedaba de su estirpe primeriza.

Aquello que fue gloria, era miseria.
Cuanto hubo de orgulloso, fue humillada.
Los héroes, carcomidos por los piojos,
más que alzada bandera, eran despojos,
memoria corrompida de soldado,
tristísimo espectáculo de feria.


Arturo Serrano Plaja
Versos de guerra y paz, 1945







3316. Gori Muñoz (Gregorio Muñoz Montoro)

 

Gori Muñoz (Benicalap, 1906 - Buenos Aires, 1978) en su mesa de dibujo


 

Gori Muñoz es el nombre artístico de Gregorio Muñoz Montoro, un artista plástico español republicano, exilado en Buenos Aires, donde alcanzó notable reconocimiento por su obra como escenógrafo y director de arte de cine y teatro.

 

Inicia su vida profesional en España, siendo reconocido por sus trabajos como dibujante, ilustrador y caricaturista. Colabora con revistas y editoras, monta sus primeras exposiciones y recibe becas de la Junta de Ampliación de Estudios que lo llevan a Paris, Bélgica y Holanda.

 

Comprometido con la causa antifascista, durante la Guerra Civil se coloca al servicio del Gobierno de la República. Es responsable por el Taller de Decoración del Pabellón de España de la Exposición Internacional de Paris (1937) y trabaja para la Subsecretaría de Propaganda.

 

Refugiado en Francia tras la derrota republicana, embarca con su mujer María del Carmen García (Carmen Antón) y su primera hija recién nacida, en el Massilia rumbo a Chile. Al llegar a Buenos Aires, en noviembre de 1939, le ofrecen trabajo y allí se queda. Comienza como dibujante, ilustrando libros y revistas, hasta que surge la oportunidad de hacer los decorados de “Los Cuernos de don Friolera”. Es el principio de una brillante carrera como escenógrafo teatral, especialmente en el teatro español del exilio. Fueron 162 montajes en Buenos Aires y Montevideo, incluyendo autores clásicos y modernos, comedias, dramas, espectáculos al aire libre, musicales etc.

 

Como escenógrafo o director de arte, participa en más de 190 películas, entre las cuales La Dama DuendeDios se lo pagueSangre NegraLos IslerosLas aguas bajan turbiasRosaura a las diezEl hombre de la esquina rosada, etc. Es considerado un innovador del decorado cinematográfico y del cine argentino. Recibe por su labor 30 premios de la Asociación de Cronistas, del Instituto de Cinematografía y de la Academia de Artes Cinematográficas de la Argentina.

 

Trabajador incansable y amigo de sus amigos, además de publicar artículos y libros, continúa colaborando como ilustrador en diversas revistas y editoras. Monta varias exposiciones de pintura (Carpetas de viajes, El Teatro en Silencio). En una de sus carpetas encontramos esta frase que resume su filosofía de vida y el secreto de su resiliencia: “Faire le métier qu’on aime et aimer la vie dans les plus petites choses”.

 

Murió em 1978, víctima del mal de Parkinson, sin haber regresado a España. Pidió ser cremado y que sus cenizas fueran arrojadas al río: "ellas solas sabrán encontrar el camino de Valencia". Así se hizo.


 

María Antonia (Tonica) Muñoz-Malajovich

http://gorimunoz.com