Lo Último

A Antonio Machado

Fragmento de un retrato de Antonio Machado Retrato de Antonio Machado obra de Leandro Oroz Lacalle



Qué lejana Castilla. Cuando olía Castilla
todas las flores de la primaveras.
Cielo morado. Estrella de luz. Tierra amarilla.
Soledad que desborda su frontera.

No sé quién te nos roba, quién te nos arrebata,
qué viento torvo roba tus canciones.
Junto al astro de plata brillan alas de plata.
(Baja la muerte desde los aviones).

Detrás de las piedras duras de Castilla, y enfrente
la rosa que da al aire su fragancia
la nostalgia que avivan, irremediablemente
los ríos claros de la dulce Francia.

Y después sólo queda evocar, resignarse,
cerrar los ojos, apurar la sombra,
cerrar los ojos, desencadenarse
en esa inmensidad que no se nombra.

¿No oyes cómo te llaman? Madera de tu leño,
voces extrañas te querrán herir.
Por mucho que batallen no podrán conseguir
interrumpir tu sueño,

Pero tú, muerto. Tú desterrado. Tallados
los mansos ojos en la piedra dura
para no ver. En piedra. Para no ver. Cerrados.
Para no contemplar tanta amargura.


José Hierro, 1939



Bombas en la huerta




La rana está allí en el borde del cráter, poniendo sobre la tierra negra y húmeda la mancha blanca de su tripa vuelta al cielo. Parece la miniatura de un niño espanzurrado, con su vientre hinchado, sus patas largas y fláccidas, sus bracitos recogidos sobre el pecho. La fuerza expansiva la mató y la tiró allá a lo alto del pozo lleno de agua sucia, donde vierte la acequia rota su chorro. Al parecer, es la única víctima. Tal vez la explosión la sorprendió en un canto de amor al pie de la acequia. Con sus ojillos saltones, muy vidriados por la muerte, muy abiertos, la rana mira al cielo. Mientras miro yo a la rana, el viejo, el dueño de la huerta, me explica:

—Nos salvamos de milagro. Creíamos que la casa se hundía. 

La casa es una casita de ladrillo, blanqueada con cal, que se levanta a veinte metros del sitio donde cayó la bomba.

—Verá usted: cuando pasó el avión hacia Alicante, yo había salido para dar una vuelta a los tomates, porque la noche estaba muy fría. Pasó por aquí encima y después oí las explosiones detrás del monte. Yo estaba allí, en aquel bancal —me señalaba la parte opuesta de la huerta—, cuando le sentí volver. Venía derecho hacia aquí, por encima de Santa Faz, cuando... ¡Boum!... Sonó tan fuerte y tan cerca que me quedé sentado en el suelo y casi inmediatamente, cayó esta bomba. Con que, salgo corriendo a casa a ver si había pasado algo a la mujer y me la encuentro corriendo por el campo en camisa. Abrazados estábamos, cuando tiraron la tercera que cayó en esa huerta, que ve usted allí abajo. Luego, ya se marcharon. No pudimos dormir en toda la noche, y en cuanto se ha hecho el día, me he venido aquí. Llevo recogidos lo menos diez kilos de hierro, y lo peor es que me ha destruido la tierra del bancal y la acequia. Talmente como si me hubieran dado a mí en las entrañas. Porque, claro, ustedes, los de Madrid, no saben lo que es esto para nosotros. Pero nosotros sí. 

Se endereza la figura del viejo en el borde del cráter. Se transfigura al extender circularmente la mano derecha, abarcando toda la llanura cuajada del verdor de la huerta, y rompe a hablar, hieráticamente, como iluminado.

—Dicen que los romanos que hubo antes de Cristo, estuvieron por aquí, y desde las montañas bajaron el agua por todos estos canales hasta donde estamos. Esto se lo oí hace muchos años, a un señor que también vino de Madrid y estuvo viendo las acequias y los puentecillos y decía que era cosa de romanos y de moros. Fíjese si aquella gente querría a la tierra. Leguas y leguas de canalitos, para llegar aquí el agua. Mi abuelo cavaba esta tierra y la habían cavado sus abuelos y los abuelos de sus abuelos. Cuando yo era chico y le estropeaba una reguera por pisar dentro de los bancales, me daba un palo en las costillas: —«¡Lladre!», me gritaba— ¿crees que no hay más que cavar, para que tú destroces? Y además, dejas perder el agua. Era ya más viejo que soy yo. Salía a plantar con un cucurucho de papel, haciendo agujeros en la tierra y dejando caer la semilla allí. A lo último, ya le dolían los riñones y no podía agacharse. Para mí era un juego plantar con el cucurucho. Venía detrás de mí y me regañaba porque los agujeros no estaban bien rectos e iguales. Así, sesenta años he labrado esta tierra. Algunas veces plantan mis nietos, por juego, y yo me enfado porque tuercen las hileras de agujeros. También comienzan a dolerme los riñones. Hemos vivido en paz sesenta años, hasta que ha venido esta maldita guerra. «Redeu»... Me mataron un hijo los italianos en Guadalajara, y ahora vienen aquí de noche a matarme la tierra... 

Se calla el viejo y su mirada se hunde en el hoyo de la explosión. Hay un naranjo cargado de fruto, arrancado de raíz, caído a unos metros. Penden de sus ramas, las bolas doradas, no maduras aún, y a su alrededor hay docenas dispersas. Parecen hijos que hubieran perdido a la madre. En la copa de otro naranjo, hay un tejido de cañas de las que sostienen las plantas de tomates ya maduros. Se mezclan con el amarillo de las naranjas las manchas rojas que parecen de sangre fresca sobre el árbol, herido en su tronco por una esquirla de metralla. 

La bomba ha caído sobre el mismo canal de la acequia y la ha roto. La acequia, una gruesa arteria cortada, ha rellenado la herida de agua sucia y rebosa la sangre de la huerta por todos los bancales, mansamente, en una inundación callada que va cubriendo las plantas bajas y los hoyos. La tierra blanda y removida, absorbe ansiosa el agua. Esto es la pérdida de la siembra: se pudrirán allí dentro las raicillas nacientes. Parece que todos los árboles y todas las flores y todas las plantas miran al hoyo negro, lleno de agua negra. 

Hay un silencio hondo y profundo en la huerta. Rompe el viejo su meditación; empuña la azada para clavarla en la tierra. Entonces, ve el cuerpecillo de niño de la rana, tripa al sol. Se inclina y la coge por una de sus patas posteriores, la suspende en el aire y la contempla, colgante de sus dedos como un pingajo: 

—¡La pobre! 

La deja caer blandamente en la tierra removida y vierte sobre ella la primera paletada de esta tierra grasa, religiosamente, despacio, como para no aplastar el cuerpecito frágil. Me he marchado lentamente, de cara al mar, de espaldas a la huerta asesinada. Me acompaña el ruido isócrono de la azada del viejo que, resuena en el campo, como azada de sepulturero.


Arturo Barea
Valor y miedo. Capítulo IV - Bombas en la huerta


Valor y miedo fue el primer libro publicado por Arturo Barea. Refleja la realidad social de la ciudad de Madrid cercada por tropas franquistas.

Capítulo I. La Tierra
Capítulo II. Servicio de noche
Capítulo III. Coñac
Capítulo IV. Bombas en la huerta
Capítulo V. Proeza
Capítulo VI. Carabanchel
Capítulo VII. Las botas
Capítulo VIII. Sol
Capítulo IX. Juguetes
Capítulo X. El sargento Ángel
Capítulo XI. Las manos
Capítulo XII. La mosca
Capítulo XIII. En la sierra
Capítulo XIV. Los chichones
Capítulo XV. Refugio
Capítulo XVI. Héroes
Capítulo XVII. Piso trece
Capítulo XVIII. Argüelles
Capítulo XIX. Esperanza
Capítulo XX. Plaza de España




2267. Romance de la Guardia Civil española

Fotografía de W. Eugene Smith



Los caballos negros son.
Las herraduras son negras.
Sobre las capas relucen
manchas de tinta y cera.
Tienen, por eso no lloran,
de plomo las calaveras.
Con el alma de charol
vienen por la carretera.
Jorobados y nocturnos,
por donde animan ordenan
silencios de goma oscura
y miedos de fina arena.
Pasan, si quieren pasar,
y ocultan en la cabeza
una vaga astronomía
de pistolas inconcretas.
¡Oh ciudad de los gitanos!
En las esquinas banderas.
La luna y la calabaza
con las guindas en conserva.
¡Oh ciudad de los gitanos!
¿Quién te vio y no te recuerda?
Ciudad del dolor y almizcle,
con las torres de canela.

Cuando llegaba la noche,
noche que noche nochera,
los gitanos en sus fraguas
forjaban soles y flechas.
Un caballo malherido,
llamaba todas las puertas.
Gallos de vidrio cantaban
por Jerez de la Frontera.
El viento, vuelve desnudo
la esquina de la sorpresa,
en la noche platinoche
noche, que noche nochera.

La Virgen y San José,
perdieron sus castañuelas,
y buscan a los gitanos
para ver si las encuentran.
La Virgen viene vestida
con un traje de alcaldesa,
de papel de chocolate
con los collares de almendras.
San José mueve los brazos
bajo una capa de seda.
Detrás va Pedro Domecq
con tres sultanes de Persia.
La media luna, soñaba
un éxtasis de cigüeña.
Estandartes y faroles
invaden las azoteas.
Por los espejos sollozan
bailarinas sin caderas.
Agua y sombra, sombra y agua
por Jerez de la Frontera.

¡Oh ciudad de los gitanos!
En las esquinas banderas.
Apaga tus verdes luces
que viene la benemérita.
¡Oh ciudad de los gitanos!
¿quién te vio y no te recuerda?
Dejadla lejos del mar,
sin peines para sus crenchas.

Avanzan de dos en fondo
a la ciudad de la fiesta.
Un rumor de siemprevivas
invade las cartucheras.
Avanzan de dos en fondo.
Doble nocturno de tela.
El cielo, se les antoja,
una vitrina de espuelas.
La ciudad libre de miedo,
multiplicaba sus puertas.
Cuarenta guardia civiles
entran a saco por ellas.
Los relojes se pararon,
y el coñac de las botellas
se disfrazó de noviembre
para no infundir sospechas.
Un vuelo de gritos largos
se levantó en las veletas.
Los sables cortan las brisas
que los cascos atropellan.
Por las calles de penumbra
huyen las gitanas viejas
con los caballos dormidos
y las orzas de monedas.
Por las calles empinadas
suben las capas siniestras,
dejando detrás fugaces remolinos de tijeras.
En el portal de Belén
los gitanos se congregan.
San José, lleno de heridas,
amortaja a una doncella.
Tercos fusiles agudos
por toda la noche suenan.
La Virgen cura a los niños
con salivilla de estrella.
Pero la Guardia Civil
avanza sembrando hogueras,
Donde joven y desnuda
la imaginación se quema.
Rosa la de los Camborios,
gime sentada en su puerta
con sus dos pechos cortados
puestos en una bandeja.
Y otras muchachas corrían
perseguidas por sus trenzas,
en un aire donde estallan
rosas de pólvora negra.
Cuando todos los tejados
eran surcos en la tierra,
El alba meció sus hombros
en largo perfil de piedra.

¡Oh ciudad de los gitanos!
La Guardia Civil se aleja
por un túnel de silencio
mientras las llamas te cercan.
¡Oh ciudad de los gitanos!
¿Quién te vio y no te recuerda?
Que te busquen en mi frente.
Juego de luna y arena.


Federico García Lorca
Romancero Gitano, 1928

2266. Carta del presidente Cárdenas sobre la posición de México respecto a la guerra de España

Lázaro Cárdenas y la guerra de España. Grabado del Taller Gráfica Popular. Autor Alberto Beltrán



Carta del presidente Cárdenas a Isidro Fabela, delegado ante la Sociedad de Naciones, sobre la posición de México respecto a la guerra de España.

México, 17 de febrero de 1937.
Sr. Lic. Isidro Fabela
Delegado de México
Ginebra, Suiza


Muy estimado señor licenciado y fino amigo:

Como complemento de la conversación que tuve el gusto de celebrar con usted antes de su partida y como orientación para las pláticas que pueda usted tener en Francia, así como para sus gestiones en Ginebra en virtud de la comisión que le ha sido confiada, creo conveniente atraer su atención sobre el espíritu de absoluto desinterés y de irreprochable lealtad internacional con que el gobierno de México ha procedido y procede en lo que respecta al actual conflicto de España. Es posible que -dada nuestra ausencia del Consejo de la Sociedad de las Naciones- la forma en que dicho conflicto sea tratado en la Liga, no haga indispensable una exposición detallada de usted sobre la materia; pero, si el caso llegara a presentarse, sería necesario explicar con precisión el alcance real de nuestra conducta, la cual, a nuestro juicio, es la que deberían haber observado todos los países.

Conviene, ante todo, hacer ver hasta qué punto la actitud de México en relación con España no se encuentra en contradicción con el principio de "no intervención". Esta frase, muy utilizada en la actualidad por la diplomacia europea y por la política interamericana, ha venido a recibir, como consecuencia de las complicaciones internacionales suscitadas por la rebelión española, un contenido ideológico muy diferente del que orientó, por ejemplo, a la delegación mexicana que concurrió a la reciente Conferencia de Paz de Buenos Aires, al proponer a la aprobación unánime de las Repúblicas de nuestro continente el protocolo Adicional a la Convención sobre Deberes y Derechos de los Estados firmada en Montevideo en 1933.

Bajo los términos "no intervención" se escudan ahora determinadas naciones de Europa, para no ayudar al gobierno español legítimamente constituido. México no puede hacer suyo semejante criterio, ya que la falta de colaboración con las autoridades constitucionales de un país amigo, es en la práctica, una ayuda indirecta --pero no por eso menos efectiva- para los rebeldes que están poniendo en peligro el régimen que tales autoridades representan. Ello, por lo tanto, es en sí mismo uno de los modos más cautelosos de intervenir.

Otro de los conceptos que ha cobrado particular connotación con motivo de la situación española, es el de la neutralidad internacional. México, al adherirse en 1931 al Pacto constitutivo de la Sociedad de las Naciones tuvo muy en cuenta el carácter generoso de su estatuto, del que puede decirse que una de las conquistas jurídicas más importantes ha sido la de establecer una clara separación -en caso de posibles conflictos- entre los Estados agredidos, a los que se proporcionan todo el apoyo moral y material que las circunstancias hacen indispensable, y los Estados agresores, para los cuales se fija, al contrario, un régimen de sanciones económicas, financieras, etc. La justificación de esta deferencia, plausible en lo que concierne a los conflictos que puedan surgir entre dos Estados libres y soberanos, se pone aun más de manifiesto en lo relativo a la lucha entre el poder constitucional de un Estado y los rebeldes de una fracción apoyada visiblemente como en el caso de España por elementos extraños a la vida y a las tradiciones políticas del país.

La ayuda concedida por nuestro gobierno al legítimo de la República española es el resultado lógico de una correcta interpretación de la doctrina de "no intervención" y de una observancia escrupulosa de los principios de moral internacional que son la base más sólida de la Liga. A este respecto procede recordar que la ayuda material a que aludo, ha consistido en poner a disposición del gobierno que preside el señor Azaña, armas y parque de fabricación nacional y solo ha aceptado servir de conducto para la adquisición, con destino a España, de material de guerra de procedencia extranjera en aquellos casos en que las autoridades del país de origen -conociendo la finalidad de la compra- manifiesten en forma clara su aquiescencia y den, de acuerdo con los procedimientos normales, los permisos reglamentarios.

Al participar a usted que de la presente carta he enviado una copia a la Secretaría de Relaciones, ya que, cuando sea necesario, habrá usted de solicitar de dicha dependencia las instrucciones relacionadas con la participación de nuestro país en los trabajos de la Sociedad de las Naciones, aprovecho la oportunidad para desear a usted el mejor éxito en el desempeño de su cargo y quedo suyo, afectísimo amigo y atento seguro servidor,


Lázaro Cárdenas
De "Cartas al Presidente Cárdenas"
Offset Altamira, México 1947




2265. Febrero, 1936. El triunfo del Frente Popular

Madrid, 16 de febrero de 1936 - Foto: Santos Yubero



Triunfante la República merced a las elecciones municipales celebradas el 12 de abril de 1931, las fuerzas izquierdistas y republicanas vencen también de una manera contundente en las legislativas que tienen lugar el 28 de junio del mismo año para designar a los integrantes de las Cortes Constituyentes. Disueltas las Constituyentes en el otoño de 1933, vuelven a celebrarse elecciones legislativas el 19 de noviembre. Aunque otra cosa se haya dicho muchas veces, hasta el punto de que algunos lo tengan por verdad indiscutible, en esta nueva consulta tornan a obtener mayor número de votos y diputados las organizaciones y partidos adictos a la República que los monárquicos e indiferentes a la forma de gobierno unidos. En efecto, en el segundo Parlamento republicano se sientan 217 representantes derechistas —de ellos 115 cedistas frente a 158 centristas -102 republicanos radicales como núcleo fundamental y 98 socialistas v republicanos de izquierda. En el quebranto sufrido por las fuerzas izquierdistas influyen poderosamente la profunda división entre ellas —socialistas v comunistas presentan candidaturas independientes de los republicanos en casi todas las circunscripciones, mientras las derechas van estrechamente unidas—, el voto femenino, va que es la primera vez que la mujer hace uso del sufragio, y la abstención electoral del millón de afiliados de la C.N.T. que prefieren la acción revolucionaria a la política. Pese a todo, los sufragios republicanos son muy superiores a los monárquicos.

La obra de este segundo Parlamento de la República es clara y netamente negativa. Parece que su única misión consiste en deshacer todo lo que bueno ó malo han hecho las Constituyentes. Con entera claridad lo dice el propio Gil Robles en un articulo publicado en enero de 1936 en el que afirma textualmente: «Fueron muchos los patronos y terratenientes que en cuanto llegaron las derechas al poder, revelaron un suicida egoísmo, disminuyendo los .salarios, elevando las rentas, tratando de llevara cabo expulsiones injustas v olvidando las desgraciadas experiencias de los años 1931 a 1933». La reforma agraria queda totalmente paralizada, la legislación tiene un matiz revanchista que ahonda las diferencias sociales y agudiza los conflictos obreros, mientras la situación económica —por causas internas y por repercusiones de la crisis internacional—reviste caracteres de extremada gravedad. El paro obrero sigue una curva claramente ascendente y a finales de 1935 alcanza ya a más ele 600.000 trabajadores.

El problema político fundamental del período es si la minoría más numerosa de la Cámara la CEDA, que considera accidentales las formas de gobierno v no se ha declarado republicana debe participar en el gobierno de un régimen recién nacido y no totalmente consolidado. Los radicales que constituyen la segunda minoría en número de las Cortes entienden que si; los socialistas v el resto de los republicanos consideran, en cambio, que no y que su acceso al poder equivaldría a una entrega de la República a sus enemigos. Cuando en octubre de 1934 se confían varias carteras a los cedistas, estalla un movimiento revolucionario izquierdista que adquiere particular virulencia en Barcelona y Asturias. A la rebelión vencida sigue una represión que alcanza particular dureza en la cuenca minera asturiana. El segundo bienio republicano —calificado de negro por las izquierdas— tiene una duración ligeramente superior a dos años porque se extiende hasta el 7 de enero de 1936 en que se disuelven las Cortes. Se caracteriza, aparte del problema constitucional de la intervención cedista en el Gobierno, de la revolución asturiana y su represión, por los frecuentes cambios ministeriales, la polarización de la opinión nacional en dos bloques extremos de casi imposible conciliación, los conflictos sociales, las maniobras políticas y los escándalos que desacreditan al partido radical en torno al cual gira la política gubernamental durante estos críticos veinticinco meses. En ellos se constituyen once gobiernos distintos aunque cinco sean presididos por una misma persona, don Alejandro Lerroux lo que demuestra la extremada inestabilidad ministerial fruto de las intrigas personales y la falta de una mayoría parlamentaria homogénea y disciplinada.

Poco después del último gobierno presidido por Lerroux y en el que Gil Robles desempeña la cartera de Guerra, estalla en noviembre de 1935 el formidable escándalo del "estraperlo", en el que aparecen personalmente complicados significados personajes del partido radical, al que suceden pocas semanas más tarde las acusaciones lanzadas por el señor Nombela. La obligada dimisión de los ministros radicales, plantea la crisis total del gabinete que preside Chapaprieta. Le sustituye un gobierno encabezado por Portela Valladares con algunos radicales, independientes v agrarios que, francamente minoritario en las Cortes, es sustituido por otro presidido por el mismo político a finales de diciembre, que el día 7 de enero de 1936 recibe de manos del Presidente de la República el decreto de disolución de Cortes.


Anticomunismo y antifascismo

La «Gaceta» del 8 de enero de 1936 publica tres decretos firmados el día anterior por don Niceto Alcalá Zamora. Por el primero se disuelven las primeras Cortes ordinarias de la segunda República; por el segundo se convocan nuevas elecciones legislativas para el domingo 16 de febrero siguiente y por el tercero se levanta el estado de alarma imperante en la nación y se restablecen las plenas garantías constitucionales durante todo el período electoral.

Cuando comienzan los preparativos y la propaganda con vistas a la próxima contienda electoral, la opinión aparece dividida en dos grandes bloques violentamente enfrentados. De un lado están las fuerzas conservadoras, antimarxistas y contrarrevolucionarias que van desde la Falange hasta los agrarios pasando por la CEDA y el Bloque Nacional; del otro, los partidos republicanos de izquierda, socialistas y comunistas apoyados por las organizaciones sindicales. En el centro sólo quedan los restos del desprestigiado partido republicano radical, los progresistas de Portela, los moderados de Maura, la Liga regionalista catalana v el Partido Nacionalista Vasco. (Esta serie de organizaciones centristas sólo consiguen en conjunto poco más de medio centenar de actas. No obstante, el jefe del Gobierno, don Manuel Portela Valladares, apoyado e inspirado por el presidente de la República, acaricia la engañosa ilusión de hacer triunfar el numero de amigos y simpatizantes suficientes para constituir un partido poderoso que, colocado entre los dos grandes bloques hostiles, impida un choque peligroso y sangriento entre ambas tendencias extremas.) A diferencia de lo que sucede en 1933, las derechas no van totalmente unirlas en las nuevas elecciones, pese a que en una mayoría de provincias se establecen acuerdos entre sus partidos representativos. Gil Robles, seguro del triunfo, prescinde de algunos sectores antimarxistas —la Falange, por ejemplo— para conseguir así los trescientos diputados de la CEDA con los que aspira a gobernar en un futuro inmediato sin cortapisas de ningún género. Como consecuencia de ello los tradicionalistas, los monárquicos alfonsinos y los falangistas tienen que presentar candidaturas independientes en ciertas circunscripciones. Las izquierdas, en cambio, escarmentadas por lo sucedido tres años atrás, logran constituir —no sin largas y difíciles negociaciones— un llamado Frente Popular que comprende desde Unión Republicana al Partido Sindicalista, pasando por la Esquerra catalana, otros grupos republicanos, los socialistas, los comunistas y el POUM. El día 15 de enero se hace público el programa del Frente Popular —en buena parte redactado por don Felipe Sánchez Román, que al final se niega a firmarlo, disconforme con la participación comunista—. Se trata de las directrices de un programa gubernamental que habrá de ser desarrollado desde el poder «por los partidos republicanos de izquierda con el apoyo de las fuerzas obreras en caso de victoria». El programa. relativamente moderado, afirma que sólo gobernarán los republicanos; que no se irá a la nacionalización de la tierra ni de la banca; que toda expropiación se realizará únicamente mediante la oportuna y justa indemnización; que se tomarán medidas para ordenar la producción industrial, el mejoramiento del nivel de vida, la redención del campesino y del agricultor mediano y pequeño; una extensión e intensificación de la enseñanza primaria para terminar con la lacra vergonzosa del analfabetismo y el restablecimiento de las garantías constitucionales, al mismo tiempo que se vigoriza el principio de autoridad y se garantiza el mantenimiento del orden público. Aparte de todo esto y como primera y más urgente medida, propugna una amplia amnistía para toda clase de delitos políticos y sociales, especialmente para los cometidos con ocasión de los sucesos revolucionarios de octubre de 1934.

Fundamento y eje en ¡orno al cual gira toda la propaganda electoral es el anticomunismo para las derechas e el antifascismo para las izquierdas. Resulta significativo consignar al respecto que ni los comunistas ni los fascistas tienen en la España de 1936 la fuerza e influencia que sus enemigos les atribuyen. En efecto, el Partido Comunista no logra una sola acta en las elecciones de 1931 y únicamente consigue la designación del médico Cayetano Bolivar en 1933, mientras José Antonio es derrotado tanto el año que triunfa la República como en 1936. Más curiosa aún es la coincidencia de que los dos primeros diputados que en el Parlamento español se proclaman comunista y falangista —Balbontín el primero y Primo de Rivera el segundo— se llamen José Antonio y que ninguno de los dos sea elegido con la representación que una vez designados ostentan. Balbontín resulta elegido en Sevilla como radical socialista de izquierdas y Primo de Rivera en Cádiz en 1933 formando parte del bloque derechista.


Una jornada electoral tranquila

Aunque la campaña de propaganda electoral se desarrolla en un clima de apasionada vehemencia, la jornada del 16 de febrero discurre en toda España con absoluta normalidad. Desde muy temprano hay una afluencia masiva a los colegios ante los que se forman largas colas que aguardan horas enteras en completa calma. La votación se realiza en todas partes sin alteraciones dignas de mención y el escrutinio concluye en un orden perfecto. El tanto por ciento de votantes resulta superior que en anteriores ocasiones, prueba inequívoca del interés que para todos encierra la contienda ciudadana. Desde primeras horas de la noche del domingo se tiene la firme impresión de una clara victoria del Frente Popular; en la mañana del lunes no sólo se confirman las primeras impresiones, sino que aumenta la magnitud del triunfo logrado por las izquierdas. En Madrid, Barcelona, Valencia, Sevilla, Zaragoza y otras ciudades importantes la diferencia de votos no deja lugar a la más mínima duda. Ni siquiera hay que esperar a la segunda vuelta, señalada para el 1 de marzo, porque la veintena de escaños que aún están en el aire no pueden influir ya en el resultado total de la consulta electoral. En efecto, en esta primera vuelta han resultado elegidos 258 diputados del Frente Popular, mientras las derechas no consiguen más que 152 y otros 52 los centristas.

En el nuevo parlamento la minoría mas numerosa vuelve a ser, como en 1931, la socialista, seguida de cerca por las de la CEDA e Izquierda Republicana, que preceden a las de Unión Republicana y Esquerra de Cataluña. Los centristas de Portela Valladares son 16, igual que los comunistas. Doce escaños alcanzan la Lliga Regionalista, los agrarios y los monárquicos. Por último, los tradicionalistas logran 9 diputados, 6 los progresistas y 4 los radicales. Por su parte, Falange Española no consigue una sola acta, pese a presentar candidatos en numerosas circunscripciones.

También el Frente Popular alcanza la victoria por el número de votos logrados, si bien las cifras que unos y otros barajan con posterioridad constituyen motivo de encontradas opiniones y grandes controversias. Existe para ello una causa fácil de explicar: la disparidad en la cifra de las distintas votaciones. Aparte de las arrojadas por la primera vuelta electoral, en torno a las cuales no puede haber discusión, están las de la segunda vuelta celebrada quince días después y la nueva votación efectuada con bastante posterioridad en aquellas circunscripciones en que las actas fueron anuladas por irregularidades o anomalías. En los cuarenta años transcurridos desde entonces, muchos hacen cubileteos con los votos conseguidos en una u otra ocasión, sumando los de la segunda y tercera vueltas a los de la primera para el bando que goza de sus simpatías y no haciendo lo mismo con el adversario. La realidad es que tampoco en este sentido se presta a discusión el triunfo del Frente Popular. Aunque no exista una diferencia aplastante de votos —4.540.000 sufragios para el Frente Popular, contra 4.300.000 sumados los obtenidos por el centro y la derecha— la ley electoral, que concede una prima considerable a la mayoría, determina que los diputados de izquierda casi dupliquen a sus adversarios de la derecha. Aparte, claro está, de los escaños centristas elegidos por los votos de quienes aun siendo moderados, no dejan de ser republicanos y liberales.


Rumores, gestiones y amenazas

Pero todas estas discusiones acerca de los resultados electorales del 16 de febrero de 1936 se producen meses, años e incluso lustros después de ocurridos los hechos. En los primeros días, en las jornadas del 17, 18, 19 y sucesivas del mes de febrero, nadie tiene la más ligera duda de que la victoria es del Frente Popular. Ni el gobierno ni los políticos ni los periódicos lo ponen en tela de juicio. Hay una coincidencia absoluta de pareceres y hasta los más decididos y combativos antimarxistas admiten e incluso proclaman su triunfo. José Antonio Primo de Rivera escribe un famoso artículo en que reconoce el éxito izquierdista, que atribuye a la ceguera política y al egoísmo de las derechas. Gil Robles por su parte visita a Portela Valladares para urgirle a levantar el dique de una declaración del estado de guerra contra los posibles excesos de las masas obreras al conocer toda la magnitud del triunfo conseguido.

No es Gil Robles el único en visitar a Portela Valladares ni en ver en la declaración del estado de guerra una solución momentánea a la crisis planteada por el éxito electoral izquierdista. Según cuenta Arrarás en la página 223 de su biografía de Franco, publicada en Valladolid en 1937, el entonces jefe del Estado Mayor Central realiza diversas gestiones con el ministro de la Guerra, el inspector jefe de la Guardia Civil y el todavía presidente del Gobierno con el mismo objeto. Asimismo conferencian con Portela, Martínez de Velasco, Goicoechea y Calvo Sotelo. Incluso por Madrid circulan insistentes rumores de un golpe de Estado, cuyo objetivo fundamental es impedir que el poder sea entregado, como corresponde constitucionalmente, al Frente Popular triunfante en aquellas elecciones generales. Las últimas que se celebrarán en España durante los siguientes cuarenta años.

El propio don Manuel Azaña se hace eco de estas alarmas y lo hace constar así de una manera expresa en las anotaciones de su «Diario» correspondiente al 19 de febrero de 1936 (páginas 563 y 564 del tomo IV de sus «Obras Completas») si bien no acaba de tomarlas muy en serio. Da por descontado que en cuanto se rumorea no hay más que un exceso de fantasía y despectivamente escribe hablando de los posibles conspiradores: «No creo que haya ninguno dispuesto a jugarse nada en serio». (Lo habrá, desgraciadamente, unos meses después y el resultado será una trágica guerra civil que costará la vida a varios cientos de miles de españoles).

Pero aun triunfante el Frente Popular el 16 de febrero debe esperarse a la segunda vuelta —aunque sus resultados no pueden modificar ya la mayoría parlamentaria— antes de plantear la crisis el gobierno que ha dirigido la consulta electoral y recibir el encargo de formar un nuevo ministerio el representante del bloque victorioso. Sin embargo todo esto no pasa de ser pura doctrina constitucional de difícil aplicación en un país que atraviesa por momentos tan críticos. Aunque ni Azaña ni los partidos republicanos de izquierda tienen la menor prisa por hacerse cargo del poder, el 19 de febrero el señor Portela Valladares, totalmente derrumbado por la victoria izquierdista y abrumado por la amenaza de un posible golpe de Estado, decide abandonar su puesto y esa misma tarde don Manuel Azaña tiene que formar un gobierno que entra en funciones inmediatamente. «Siempre he temido —escribe el interesado— que volviéramos al gobierno en malas condiciones. No pueden ser peores. Una vez más tenemos que segar el trigo en verde».


Eduardo de Guzmán
Publicado en Tiempo de Historia nº 16 marzo de 1976



2264. Los desterrados de Castronuño

Teodoro Ferrín junto a su mujer  Antonia Castaño (Antonia la Castaña) y sus cinco hijos



«Cuando no recordamos lo que nos pasa,/nos puede suceder la misma cosa./(...) Si la historia la escriben los que ganan, /eso quiere decir que hay otra historia:/la verdadera historia,/quien quiera oír que oiga./Nos queman las palabras, nos silencian,/y la voz de la gente se oirá siempre./Inútil es matar,/la muerte prueba/que la vida existe.»
Litto Nebbia

  


Según el diccionario de la R.A.E. una de las acepciones de la palabra destierro es «pena que consiste en expulsar a alguien de un lugar o territorio determinado, para que temporal o perpetuamente resida fuera de él».

En julio de 1936, dieciocho vecinos de Castronuño, un municipio de Valladolid, fueron declarados indeseables y condenados al destierro junto a sus familias. Desposeídos de cualquier propiedad y arrojados a un futuro incierto, muchos de ellos acabarían en cárceles y campos de concentración. Otros serían paseados y enterrados en cunetas. Sin juicio ni sentencia, con total impunidad.

Todo comenzó el 22 de julio de 1936, cuando agentes de la guardia civil se presentaron en el Ayuntamiento para destituir al equipo de gobierno municipal elegido democráticamente y procedieron a designar una nueva corporación afín a los intereses de los nuevos valedores de la Patria. Tres días después,  esta nueva Corporación, utilizó sin pudor uno de los instrumentos de la represión franquista: el destierro, acordando por unanimidad declarar indeseables a Antonio Serrano, Pedro López, Teófilo Cabezas, Ramón Busto, Luis Manuel Machado, Álvaro Pereira, Víctor Rodríguez, Eugenio Polo, Daniel Martínez, Francisco de Santiago, Mario Bermejo, Emilio Luengo, Primitivo Alonso, Teodoro Ferrín, Simeón Casado, Eusebio Ayllón, Eloy Nozal y a «un tal Alonso, que trabaja en la Presa del Canal de San José". Todos ellos, junto a sus familias, debían abandonar la población "el día que el Sr. Alcalde se lo notifique». (Acuerdo del Pleno del Ayuntamiento de Castronuño de 25 de julio de 1936)

El 4 de agosto de 1936, el Pleno del Ayuntamiento de Castronuño acuerda: «(...) exceptuar en la relación del acta anterior como "indeseables" a Marino Bermejo, por haberse comprobado que es persona de buena moralidad. (...) Acordándose acto seguido y por unanimidad declarar indeseables a todos los forasteros que residan en esta localidad».

A Primitivo Alonso, alías Timoelfole y Teodoro Ferrín, presidente de la Casa del Pueblo, se les abrió una causa por el delito de rebelión militar en noviembre de 1936, bajo la acusación de patrullar por el pueblo para impedir la entrada de las milicias nacionales. Se les consideró «elementos peligrosos para la nueva España».

Primitivo Alonso tenía 49 años, casado, afiliado al PSOE, trabajada como albañil. Era natural de Villalcón (Palencia). Fue condenado a prisión perpetua con la accesoria de inhabilitación absoluta, conmutada posteriormente por la de cuatro años y seis meses. En 1939 sería trasladado a la cárcel de El Dueso y el 21 de julio de 1941 obtuvo la libertad condicional.

Peor suerte corrió Teodoro Ferrín, de 39 años, nacido en Tordesillas, tornero de profesión, casado y padre de cinco hijos: Irene, Vicente, Bonifacio, Pedro y Teodoro, condenado a la pena de muerte que fue ejecutada en el Campo de San Isidro de Valladolid a las siete de la mañana del 13 de marzo de 1937. Perdió la vida junto a cuatro vecinos más de Castronuño: Agapito González, (45 años) Lucio Modroño (60 años), Francisco Prieto (26 años), y Claudio Santos (30 años). Sus restos fueron a parar a la fosa común número 6.

Otro de los desterrado, Álvaro Pereira, fue paseado el 21 de agosto de 1936.

Durante ochenta años el acuerdo adoptado en el pleno del Ayuntamiento de Castronuño el 25 de julio de 1936 estuvo vigente, hasta que el nuevo grupo de gobierno municipal (IU-PSOE) elegido en mayo de 2015, tras encontrarse con las antiguas actas, consideró que el Ayuntamiento tenía una deuda moral con los vecinos desterrados y sus descendientes y propuso revocarlo, «en total cumplimiento con la Ley de Memoria Histórica, sin ánimo de revanchismos ni de crear otras posibles animadversiones, es necesaria la reparación moral del buen nombre de unos vecinos y sus familias cuya honorabilidad fue desacreditada en dicho acuerdo de pleno».

El 7 de julio de 2016 el Pleno del Ayuntamiento acordó su revocación y otorgó las correspondientes declaraciones de reparación y reconocimiento personal a los vecinos desterrados en 1936.

Muchos tal vez piensen que era innecesario, o que la medida llegó demasiado tarde. Sin duda el daño causado no podrá restañarse jamás, pero después de tantos años de silencio la decisión de la nueva corporación municipal de Castronuño aligeró el inmenso peso de la losa que durante ochenta años tuvieron que soportar los desterrados y sus familias.

Ojalá sirva de ejemplo.




2263. Luis Pimentel

Luis Benigno Vázquez Fernández (Luis Pimentel)
(Lugo, 18 de diciembre de 1895 - 13 de febrero de 1958)



¿Te acuerdas amigo Luis de Lugo libre
antes del espanto sobre el fango?
Entraba la mañana por tu plaza
y la luna abandonaba los bancos de la alameda.
Desde la ventana acristalada
veías levitar tu ciudad
en el espejo que llevaba un obrero
encima de la cabeza.
Bajabas con cuidado
por no romper las sábanas de niebla
y lentamente sólo tú paseabas.
(Lejos los arrabales se acercaban).
La música del palco
ponía guantes blancos a las banderas.
Después llegaba el atardecer:
la hora en que la ciudad era paisaje.
Por la calle subían las casas en muletas
y las murallas se dormían redondas y suaves.
Tu decías: «Atardeceres de mi villa,
largos, casi eternos.
(Los años pasan rápidos;
los días, lentos)».
Y Lugo se abandonaba a la noche
vigilado por su poeta de guardia.

Pero una noche de lenta puesta de sol
desamparaste de versos tanta calma.
Y tu que creías que en un pueblo pequeño
no había asesinos
comprendiste que la ciudad había muerto.
Con nadie podías cambiar tu sonrisa
y todos los rostros resultaban forasteros.
Para ti jamás volverían a ser alegres
las banderas que sangran anilina.

Los arrabales abatidos a balazos
quemaban los últimos harapos
y los surcos se abrían a los cadáveres
que llenaban de metralla las vísceras de la tierra.
y cada verso que escribías
resultaba ser un surco de lágrimas
que se convertía en cuneta.
¿Te acuerdas amigo Luis de Lugo en luto
bajo la sombra fugacísima de las balas?

Poeta en nicho
cruzaste todavía el puente del terror
y hubo más palabras para tus versos.
(Tú sabías que la ciudad había muerto).
Seguramente un día
saludaste a mis padres
en el parque o en la alameda
y me dijiste algo
porque yo ya había cumplido
y mantenía implacable la alegría.
Pero tu sabías como nadie
que los niños también mueren
que existen niños solitarios y tristes
extraños niños
que conocen la muerte.
Prematuramente desvelado
yo nunca olvidé tu canción
para que un niño no duerma.
(En los arrabales ya no quedaban niños).
¿Te acuerdas amigo Luis de tanta sombra
sin luces por la bruma de Lugo?


Claudio Rodríguez Fer
Lugo blues, 1987




2262. Primera Jornada de plantación del Bosque de la memoria "Donde los árboles recuerdan"





Éxito de la Primera Jornada de plantación del Bosque de la memoria "Donde los árboles recuerdan".

Organizada por la asociación santomerana el Taller de la Memoria se celebró este sábado 11 de Febrero el primer encuentro para la plantación de un jardín forestal, junto al parque de El Siscar, con especies autóctonas de bosque mediterráneo, y donde cada árbol simbolizará a una persona represaliada o asesinada por el franquismo. Al acto de esta original experiencia unitaria, que ha agrupado a diferentes colectivos senderistas, juveniles y ecologistas del municipio, han asistido casi 60 personas, a pesar de que las condiciones meteorológicas no acompañaron. Este nuevo espacio de memoria de más de 6000 m2, se ha plantado con casi 300 árboles y diferentes especies de arbusto.

La esencia de este proyecto es hacer brotar la vida, a través de los árboles, de todas aquellas personas del Levante Peninsular (la asociación ha empezado la tarea por las personas represaliadas del municipio de Santomera, de las que tienen un listado de casi 100 personas) que fueron represaliadas y asesinadas durante la Guerra Civil y la brutal represión franquista por defender la libertad, los derechos humanos y a un gobierno elegido democráticamente.

Con este proyecto se ha generado un bosque mediterráneo donde cada árbol plantado representa a una de aquellas personas, es una parte viva y visible de la memoria colectiva y que contribuirá a la reparación de las víctimas y posibilitará que, una vez por todas, estén juntas de nuevo. Además, los cuidados que se depararán para que estos árboles crezcan fuertes será una muestra del compromiso de la ciudadanía por mantener viva su memoria, y ya no los dejarán secar, pues sería como volver a dejarlos perder en el olvido. Como bien dice el título del proyecto: renacerán con fuertes raíces y robustas ramas allí "donde los árboles recuerdan".

Dentro de este nuevo espacio de memoria estarán los nombres y el recuerdo de personas que sufrieron la brutalidad de la represión franquista, y que guardan historias que a día de hoy siguen siendo desconocidas para muchas personas tanto en el municipio como en la Región.

Historias de personas que lucharon contra el fascismo aquí, contra el nazismo en Europa y que acabaron deportadas en el campo de concentración nazi de Mauthausen. Que fueron fusiladas lejos de su pueblo después de terminar la guerra y otras que nunca volvieron del frente, y de las cuales sus familias no pudieron guardar más que algunas cartas en un cajón. Que una vez terminada la guerra fueron recluidas en campos de trabajo forzado y obligadas a la más cruel esclavitud. Mujeres que sufrieron la brutal represión en la cárcel, donde algunas incluso tuvieron que dar a luz, en la calle, a través de sus hijos, u obligadas a limpiar el suelo de la iglesia y del cuartel de la guardia civil sin trapo y sin guantes mientras les pisoteaban las manos. Son solo algunos ejemplos de las historias que 40 años de franquismo silenció y que a través de la memoria de los árboles se intentan recuperar con este proyecto.

Desde la Asociación se agradece la colaboración del Programa Impulsa de Podemos, que premió el proyecto y que lo ha financiado, del Ayuntamiento de Santomera, que ha cedido el espacio para realizar la plantación, y, sobre todo, a todas las personas asistentes por venir a echar una mano.


Santomera / Murcia



2261. Mujeres de toda España

Fotografía: Ávila




Mujeres de toda España. Lo que piensan. Lo que dicen. Pero ¿qué votarán?


Las mujeres vascas

No me refiero a las mujeres militantes en uno u otro bando. Me refiero a aquellas, viejas o jóvenes, ricas o pobres, listas o cerradas, que por no ver la política como artículo de primera necesidad, forman, juntamente con otra cantidad semejante de hombres, lo que desde el día 12 de abril de 1931 por la noche ha dado en llamarse «la masa neutra», a la que, sin duda, van dirigidos los millones de carteles que han puesto hechos una pena los pueblos y las ciudades de España.

Las vísperas de la primera elección en la que tomaron parte las mujeres, yo hablé con una campesina de Vizcaya. 

—Y ustedes, ¿qué van a votar? —le pregunté. 

—Ya veremos. 

—Votarán lo que sus maridos, claro. 

—O nuestros maridos lo mismo que nosotras.

—A las mujeres de por aquí, esto de las elecciones no nos coge de nuevas. Siempre hemos tomado parte en ellas. Antes, no votábamos porque no se nos permitía; pero ya andábamos en todos los trámites, como ahora. ¿No trabajamos igual que los hombres? Pues ¿por qué no se nos ha de respetar? Aquí, los maridos no nos dicen tantas tonterías como en otros sitios, ni protegernos o «así hasen».

Por la noche fui a un mitin, y vi una cosa curiosa. El salón estaba totalmente lleno de mujeres. Los hombres oían a los oradores desde la calle gracias a unos altavoces colocados en los balcones. «Esto es el paraíso de las mujeres», pensé. Al día siguiente, que era lunes, me lo expliqué todo. Desde muy temprano comencé a ver mujeres trabajando en los campos, en las fábricas; otras cargaban y descargaban camiones de pescado. Vi tres o cuatro arando con parejas de vacas, y a otras, manejando pesadísimos azadones. Cuando vi todo esto y comprobé que además aquellas mujeres tenían que atender sus casas y criar a sus hijos, no me chocó nada que hubiesen conquistado todos sus derechos políticos. El precio, eso sí, me pareció un poco caro.


Ellas Son las revolucionarias

—Aquí —me ha dicho un señor labrador acomodado de un pueblo de Castilla— las más revolucionarias son las mujeres. Los pocos hombres que pertenecen a la Casa del Pueblo son, en general, moderados, prudentes; pero ellas… no se pierden un mitin, y aprovechan cualquier ocasión para organizar manifestaciones. Son temibles. Por aquí va quedando ya poco socialismo, y si la Casa del Pueblo se sostiene es, sin duda, por las mujeres.

Naturalmente, busqué a aquellas revolucionarias de las que tanto me habían hablado. Una de ellas me lo explicó todo. Era morena y flaca. Llevaba dos chiquillos de la mano y otro colgando del pecho. 

—¿Es cierto que ustedes son en este pueblo más revolucionarias que los hombres? 

—En este pueblo y en todos los de por aquí. Mire usted: antes de venir la República, vivíamos todos como las bestias. No sabíamos nada más que trabajar y sufrir y… echar hijos al mundo. Pero de pronto empezaron a venir por aquí unos señores que «echaban» discursos. Al principio, los hombres no querían ir a oírlos, porque los amos les decían que eran gente mala, que venían a decirnos que quemáramos las fincas y matáramos a los señoritos. Pero nosotras fuimos, y todo aquello que nos habían contado era mentira. Los que «echaban» los mítines eran hombres como los demás, algunos de ellos bastante más señores que los de aquí. No nos dijeron que matáramos a nadie, ni que quemáramos nada. Nos dijeron que teníamos derecho a vivir de otra manera, y que nuestros hijos merecían pan y escuela, lo mismo que los de los ricos, y muchas cosas más que yo no sé decir a usted porque no tengo la instrucción que tienen ellos. No sé decirlo; pero lo entiendo bien. 

—De todos modos, no comprendo por qué las mujeres asimilaron todas esas teorías mejor que los hombres. 

—Pues verá usted. Es que las mujeres, en general, sabemos más que los hombres. Ellos no han hecho en toda su vida nada más que trabajar, y por las noches, ir a la taberna. En cambio, casi todas nosotras, de jóvenes, estuvimos sirviendo, y del trato con los señoritos aprendimos más. Tenemos también más cultura, porque como los jornales de las mujeres siempre fueron más pequeños que los de los hombres, nuestros padres tuvieron menos prisa por sacarnos a nosotras de la escuela. Aquí casi todas las mujeres sabemos leer y casi escribir. De los hombres hay muy pocos que sepan, y esos pocos es porque aprendieron las letras siendo soldados. 

—Y cuando llegue el momento de emitir el voto, ¿a quién votarán ustedes? 

—Ese ya es otro cantar —me dijo la pobre mujer—. Si votamos a los nuestros, nos quitan los pocos jornales que hay. Ya veremos. Ahora, que si viniera un Gobierno que prohibiera que nos obligaran a dar el voto a los amos…


Las muchachas de Azorín

Las señoritas de una capital de provincia castellana se paseaban por la calle principal con unos militares. Era una de esas ciudades que tienen soportarles en la plaza y que parecen dormidas a la sombra de la catedral. Sus abuelas y sus madres habían pasado también por esta calle, hablando siempre de novios y trajes. Así pasearon también ellas hasta el año 1931. Unicamente los tenientes y los trapos habían ocupado hasta entonces sus pensamientos. Pero desde el año 1931… ¡Ah! Desde entonces todo cambió por completo. Lola, Carmen, Angelita, Rosario, María…, abandonaron para siempre el encaje de bolillos y se hicieron militantes. Por las tardes, en el paseo, no se habla de otra cosa.

Cogida del brazo de Angelina, como es costumbre en las ciudades que tienen catedral y soportales, estuve yo un atardecer paseando entre tenientes de infantería. De pronto oí que Angelita le decía a su novio, que, por excepción, era paisano: 

—Oye, mi vida. El domingo no podremos vernos. 

—¿Cómo? ¿Qué dices? 

—Que no podremos vernos. Me han avisado para salir de propaganda. Tenemos que hablar en tres pueblos distintos, y en cada pueblo hemos de recorrer cinco locales. Total, quince discursos. No sé cómo me las voy a arreglar.

El novio de Angelita no protestó lo más mínimo. Él se hacía cargo de que esto de la propaganda es una cosa muy seria. Si acaso, opuso un reparo prudente.

—Pues andad con cuidado, porque en algunos pueblos tiran piedras.

Yo recordé entonces el escándalo que se produjo en mi pueblo hará quince años, cuando llegó allí una propagandista socialista para hablar en un mitin. Las señoras hicieron una novena de desagravios a la Virgen, y las señoritas se santiguaban, no comprendiendo cómo había mujeres capaces de predicar extrañas teorías delante de todo un pueblo. 

Hace días, una señorita de pueblo a quien quise equivocar, porque creí sinceramente que hablaba de memoria, me soltó un discurso que me dejó helada: 

—Yo voto lo que me dicta mi conciencia —terminó diciéndome. Más tarde la pregunté que cómo podía improvisar en un día a veces veinte discursos, y me explicó: 

—En la mayoría de los sitios decimos lo mismo. Y , sobre todo, cuando me corto o se me va el hilo y no sé por dónde salir, digo: «Todo el Poder para el jefe», y durante la ovación tengo tiempo de reponerme. Lo aprendí de una socialista. 

¿Pero decía ella eso? 

—No; ella decía: «Proletarios de todos los países, uníos.» Pero para el caso es igual.


Josefina Carabias
Mundo Gráfico, 12 de febrero de 1936