Lo Último

Los escombros





De pronto por el frío de las colas del hambre
centenares de voces nacen junto a la aurora.
Ya se han muerto los gallos y los perros esperan
una muerte amarilla de perros. Silenciosa.
De pronto un niño solo entre el acero
por el viento cortado de una calle de obuses;
y una desolación de letreros sin puerta,
de muñeca con barro mutilada, olvidada,
de balcones vacíos colgando manos muertas.
A veces los escombros cubren niñas dormidas,
empolvadas, desiertas entre la primavera.
Un pueblo cuya sangre gobierna al mundo, nace,
crece, y bajo las nubes domina la tormenta.
Acontecido, padre del acontecimiento,
amanecido, como la flor del sobresalto,
ardido, ardiendo vivas heridas escondidas,
conmovido, en la próxima ceniza de sus muertos,
subido, encaramado sobre el terror activo,
salido, como un río desbordado y violento.
De pronto una mujer de reventados senos,
sin leche, sin entierro, sin hijo, sin guitarra,
se incorpora en el bosque de la sangre gritando:
"¿Qué has hecho tú para evitar esto?"
A veces los escombros cubren palomas muertas,
manos caídas, ojos abiertos despoblados,
hilos de sangre en busca del arroyo secreto,
trajes de novia, limpias y familiares cosas,
cocinas patinadas por íntimos inviernos.
De pronto un muerto muerto
se incorpora en el ángel de la sangre gritando.
De su boca perdida parte un oscuro río
que corre hacia los límites de la perfecta noche.59
Y hay huesos de sustancias favorables, hay ruinas
que recobran la tierra, hay tumbas verdes,
hay la recién nacida hierba de los escombros
que explica los ocultos desiertos de la muerte.
Y hay el país del fuego cuyo nombre
gusto a raíz de tierra nos sube hasta la boca.
Hay España, hay el río madre que desemboca
en las venas que riegan el corazón del hombre.
Y una ciudad levanta ramos de ardientes muertos,
y un orgullo de ser y de poder morir
y de recuperar fervores consumidos
y nada comparable al acontecimiento
al suceso constante de la ciudad herida,
despierta sobre el sueño, desnuda sobre el frío
y a está sangre, este rango, esta gloria, esta guerra,
estas colas del hambre este día, esta hora,
esta muerte ofrecida, este brindis al mundo,
esta luz de Madrid un Primero del Mundo.
Hoy que un pueblo a la orilla del desastre orgulloso,
un pueblo en cuya voz habita la mañana,
se abre como la rosa sangrienta de la historia.
¡El mundo empieza en la llanura castellana!


Raúl González Tuñón
La muerte en Madrid



Para los de arriba

Niños en el Estadio de Montjuic, Octubre 1936



Hablar de comida es bajo.
Y se comprende porque
ya han comido.

Los de abajo tienen que irse del mundo
sin saber lo que es
comer buena carne.

Para pensar de donde vienen
y a dónde van,
están demasiado cansados.

Todavía no han visto
el vasto mar y la montaña
cuando ya su tiempo ha pasado.

Si los que viven abajo
no piensan en la vida de abajo,
jamás subirán.


Bertolt Brecht
Catón de la guerra, 1937-1938




"Dios', "Orden Público","Civilización"

Thomas Mann
(Lübeck, 6 de junio de 1875 - Zúrich, 12 de agosto de 1955)



En realidad, lo que se viene desarrollando en España desde hace muchos meses, pertenece a lo más ignominioso, a lo más escandaloso que se haya registrado jamás en la historia. ¿El mundo lo ve, lo comprende así? Sólo muy parcialmente; pues nada sabe hacer mejor el asesino interés económico que entontecer al mundo y arrojarle arena a los ojos, a fin de que no llegue a ver su verdadera figura. De una dama, que, por lo demás, habita en la parte hoy más tenebrosa de Europa, en Alemania, recibo la manifestación siguiente:

"¿Quién hubiera podido pensar que los rojos, en España, bajo la luz del cielo, fueran, capaces de cometer tales atrocidades?"

¡Los rojos!¡Bajo la luz del cielo! ¿Pero es que no se tiene ya corazón? ¿Es que no se tiene ya entendimiento? ¿Es que sin resistencia alguna, quiere uno dejarse arrebatar por el interés económico oculto bajo nombres de engañosa dignidad, como Cultura, Dios, Orden Público, Patria hasta los últimos restos de un libre juicio humano? Un pueblo oprimido, explotado de la manera más abusiva y desconsiderada, se esfuerza por lograr una existencia más clara y más humana, un orden social con el que imagina que, mejor que con el anterior, podrá presentarse ante los ojos del mundo civilizado. La libertad y el progreso no son aún allí conceptos corrompidos por la ironía y el escepticismo; son, para este pueblo, valores vitales altísimos y dignos de que se aspire a ellos, condiciones precisas para el mantenimiento del honor nacional. Hay un Gobierno que con todas las precauciones impuestas por las circunstancias, acomete la tarea de soslayar los más groseros inconvenientes, de llevar a efecto las mejoras más necesarias.

¿Qué acontece entonces? Estalla un motín de generales, al servicio de los viejos poderes explotadores y opresores, y ya secretamente de acuerdo con el especulador extranjero, y fracasa, y está ya casi en derrota, cuando viene a ser sostenido a cambio de la promesa de ventajas de victoria. de los insurrectos, por los Gobiernos extranjeros enemigos de la libertad; nutren y sostienen estos semejante rebelión con dinero, hombres y material bélico, de modo que el derramamiento de sangre, la crueldad desoladora y furiosa, que, cada vez más sin miramientos actúa por una y otra parte y produce el autodesgarramiento del país, no encuentran ya límite alguno. Contra un pueblo que lucha desesperadamente por su libertad, por sus derechos humanos, se emplean hasta sus propias tropas del territorio colonial, destruyen sus ciudades y hacen espantosa carnicería en sus mujeres y niños. .. y a todo esto se le llama "nacional", a todas estas canalladas que claman al cielo, se las llama "Dios, Orden Público y Civilización".

Si las cosas fueran tal como las afirma la prensa de Europa, servidora del interés económico, hace mucho tiempo que tendría que ser completa la victoria del "orden" y de la "civilización" sobre la "canalla marxista". Pero la "chusma roja", como le gusta expresarse a la prensa del interés económico, es decir, el pueblo español, defiende su vida, su elevada vida, con una valentía de león, que debería hacer reflexionar acerca de la fuerza moral que allí gobierna, al entontecido siervo de lo económico.

"El derecho de autodeterminación de los pueblos", goza hoy, en todo el mundo, de la máxima veneración oficial. También nuestras dictaduras y estados totalitarios le conceden importancia por lo menos para fingir que tienen consigo el 90 o el 98 por 100 de sus pueblos. Ahora bien: los militares que se sublevaron contra la República española, esto es evidente, no tienen consigo al pueblo español y tampoco pueden fingir que les apoya; por medio de marroquíes y ejércitos invasores tienen que procurarse primero, la posibilidad de llegar a dominarlo. Acaso no esté establecido con toda evidencia lo que quiere el pueblo español; pero lo que no quiere es perfectamente claro: no quiere al General Franco.

No obstante, los Gobiernos europeos interesados en la estrangulación de la libertad, en medio del estruendo de la guerra civil por ellos sostenida, si no desencadenada por ellos, han reconocido la soberanía de este rebelde como la única legítima. Esos poderes, que en su casa, muestran cierta sensibilidad, bien puede decirse, para las cuestiones que afectan a la alta traición, apoyan a un hombre que entrega su país al extranjero; esos poderes, que se llaman "nacionalistas", "emplean" toda su fuerza en elevar al poder a un colega de opiniones para quien no es nada la independencia de su patria, con tal de poder acabar con la libertad y los derechos del hombre y que declara que mejor sería que murieran las dos terceras partes del pueblo español, antes de que en el país venciera el "marxismo", es decir, un orden mejor, más justo y más humano... Es harto indignante, criminal y repulsivo.


Thomas Man
Facetas de la actualidad española, núm. 9, La Habana, enero 1938





Palabras de H.G. Wells en apoyo a la República española


Herbert George Wells
(Bromley, Kent, 21 de septiembre de 1886 - Londres, 13 de agosto de 1946)




Registramos con pesar la declaración del Gobierno británico contenida en la nota dirigida a las potencias con fecha 9 de enero y relativa a la intención de prohibir la salida de voluntarios británicos con desfino a España. En el mismo momento en que los Gobiernos de Berlín y de Roma, actuando de consuno, envían a España y a Marruecos material de guerra de todas clases y gran número de tropas regulares, la decisión unilateral del Gobierno británico será interpretada en el extranjero como una aprobación tácita de la empresa guerrera de los rebeldes españoles y un aliento a los Gobiernos fascistas para que prosigan su intervención apenas encubiería. 

Si ésa no es su política —y ciertamente no es la de los ingleses amantes de la Democracia— el Gobierno no debe perder tiempo para hacerlo saber al mundo. Y puede hacerlo absteniéndose de prohibir la salida de voluntarios hasta que, de un modo patente, los Gobiernos alemán e italiano hayan cesado el envío de tropas a España y Marruecos y buscando inmediatamente una fuerza eficaz de no intervención. 

Si esta medida no fuese coronada por el éxito, nuestro Gobierno debería ofrecer su apoyo al Gobierno francés para obtener una solución al drama español, que respete la voluntad del pueblo de España e impida que este país se convierta de hecho en una colonia de las potencias fascistas.


H. G. Wells
Facetas de la actualidad española, La Habana, agosto de 1937



Los desterrados




Con mis ojos los he visto:
desterrados, miserables,
vagando por los caminos,
campesinos andaluces;
hombres, mujeres y niños,
caminan, yo no sé adónde;
caminan, y van perdidos.

Con mis ojos los he visto:
al pie de las carreteras,
que hacia Córdoba son ríos
de bestias y muchedumbres,
buscando entre los olivos,
si no refugio, la sombra;
si no paz, siquiera el olvido.

Con mis ojos los he visto:
de la más terrible ofensa
que en España se ha vivido
son testimonio sangriento
sus pasos de perseguidos,
sus pies hinchados, su voz,
que suena como a vacío
relatando los horrores
que en su pueblo han cometido
los fascistas y los moros,
los bárbaros señoritos
que a su pueblo, en bajo precio,
al extranjero han vendido,
como en otro tiempo hicieran
con el Cristo redivivo.

Los he visto con mis ojos
destrozados, no vencidos
en el desigual combate
que con moros han tenido;
emigrantes en su patria,
del fascio son buen testigo;
las mujeres de Baena
que no tienen ya marido,
los hijos de aquellos padres
que en El Carpio han perecido,
y en Villafranca, Posadas,
Pedro Abad, Lora del Río,
luchando con escopetas
contra fusiles sombríos;
que emigran por los caminos,
porque todo le han robado
los fascistas enemigos;
largas filas de mujeres,
hombres ancianos y niños,
los he visto con mis ojos:
por los campos van, perdidos.

Pero les queda coraje
para pedir a otros hijos
de otros padres de otros pueblos
justicia para enemigos;
pero queda en sus gargantas
un mensaje malherido,
un grito de los que han muerto
luchando contra el fascismo:
¡Guerra a muerte, puño en alto;
venganza de nuestros hijos,
justicia seca queremos
para el fascismo asesino!
Justicia seca pidiendo,
con mis ojos los he visto.


Arturo Serrano Plaja
Romancero General de la Guerra Española




2411. Una historia de Ibiza XII

XII

Aunque Javier pensó que aquella noche no dormiría, estaba tan enervado y flojo, que se tendió en la misma roca desde donde presenciara por la tarde el bombardeo del castillo. «Así, cuando me despierte, veré que ya no están los destructores.» Señal de que Pau y Escandell habían logrado la barca y llegar hasta ellos. Confiaba en la destreza y audacia de los dos ibicencos. «Más ágiles y escurridizos que lagartos. No les pasará nada.» Y se durmió, seguro de que al amanecer vería desierta la bahía.

El despertar fue así: un mar plano, tranquilo, sin las huellas y ecos de la víspera; el castillo, la muralla, los molinos, la ciudad entera amaneciendo, como si la tarde anterior los cañones no la hubiesen estremecido en sus raíces. Oyó pasos. Alarmados, se llegaron a él los salineros. Le andaban buscando desde las primeras rendijas del alba.

—¿Qué va a pasar, compañero Javier? Los barcos se han ido. Alguien afirma que con rumbo a Mallorca.

—No os asustéis. Entraremos juntos en la ciudad, y dentro de muy poco.

—Entonces...

—Yo os aseguro —bromeó, riendo— que algunos de los facciosos del castillo, esos que de momento logren escaparse, dormirán esta noche aquí, donde nosotros lo venimos haciendo desde hace más de veinte días.

Se levantó de la roca, estirándose:

—¿Y si bajásemos ya a la playa?

Javier inició el paso. De su tiendecilla de pino cogió un racimo de uvas de la cena y, comiéndoselo, siguió andando entre los troncos. El bosque se había llenado de gente: refugiados de los montes y campos vecinos, hombres viejos con morrales al hombro, caras sin afeitar, gestos de inquietud, de alegría, de cansancio poblaron, al clarear, aquellos árboles y laderas antes tan solitarios y mudos. Aparecieron también algunas mujeres con sus niños. La isla revivía, resucitaba. Sus pescadores, campesinos y salineros brotaban nuevamente no se sabía de dónde: si de las entrañas de la tierra o lo hondo del mar.

—¿Entonces cree usted que a los presos no les ha sucedido nada? —preguntó, dulce y despacioso, un anciano de ojos grises y frente labrantía.

—No. Y vamos ahora mismo a comprobarlo. Los que quieran seguirme, que vengan.

El bosque entero le siguió: jóvenes, viejos, niños y mujeres. Al pisar la arena endurecida de la playa y sentir la humedad de la orilla, se les clareó a todos el corazón, como si el riego de la sangre lo hubiera inundado de súbito. Perseguidos que se guarecían en la torre Salrosa, se incorporaron también, y gente que brotaba de entre los juncos de las dunas, por los ramos de los viñedos. Marchaban lentos, aún desconfiados. Javier al frente del primer grupo, como guía. Las mujeres eran las más preocupadas e inquietas. Una preguntó, casi llorosa:

—¿Habrán desembarcado ya?

Javier, sin contestarle, se desvió hacia una veredilla del borde de las dunas por donde avanzaba una bicicleta con alguien en mangas de camisa. Se cruzó, para interrogarle, viendo, ya de cerca, que llevaba un fusil a la espalda y que eran pantalones de soldado los que por lo malo del sendero manejaban dificultosamente los pedales.

—¡Eh! ¿De dónde vienes?

—De ahí, del castillo—respondió, sin detenerse—. Nuestras fuerzas ya estarán a estas horas entrando en la ciudad. El comandante y sus oficiales huyeron a los montes. Unos cerdos. Los soldados nos vamos a nuestra casa. Ya era hora.

—¿Y los presos? —gritaron algunos.

Pero el ciclista ya no oía.

A estas noticias del soldado, los grupos se unieron, convirtiéndose en una pequeña manifestación alegre, pero silenciosa. Era el momento de cantar. ¿Sabrían cantar aquellas gentes? Pensó Javier de pronto que, como Pau y Escandell, tampoco cantarían, y no se atrevió a proponerlo. ¡Qué lástima! Entonces, les aclaró mientras marchaban:

—Vienen a daros la libertad, ibicencos, a entregaros vuestra isla. Por el camino de San Antonio avanzan ya las tropas leales, hombres lo mismo que vosotros, pueblo bueno y grande de España. Ellos os traen vuestro propio mar, la misma tierra ajena donde hincáis el arado, los árboles que os niegan su fruto, los rebaños que acariciáis sin poseerlos, el aire que por primera vez sentiréis vuestro en los pulmones. Todavía marcháis sin daros cuenta que hasta la arena que va pegándose al cáñamo de vuestras sandalias os pertenece ya y que quienes os apretaban y saqueaban todo andan de huida hacia los mismos bosques que dejamos... Pero tened por cierto, os lo aseguro, que no se salvarán. Ibiza es una isla; la cerca el agua por todas partes. Se olvidaron de esto... Y hacia vuestra ciudad ya suben los que vienen a pedirles las cuentas... Como es demasiado lo que deben...

—¡Eh! ¿Es fiesta hoy o qué pasa?

El que así interrumpía era un pastor, desnudo y sonriendo, que en la orilla jalaba de las patas y el rabo una borrega que no quería bañarse. Javier miró a aquel hombre con asombro.

—¿Todavía no lo sabes? —respondió al pastor uno de los salineros.

—¿Qué?

—Que llegan nuestras tropas...

—Nuestras tropas... —repitió el pastor como el eco de una cueva vacía.

En la pregunta y en el gesto impasible de aquel hombre sufrió Javier todo el oscuro e inacabable crimen cometido contra el pueblo de España. Aquel pobre pastor de ovejas ignoraba lo que venía sucediendo en su isla desde hacía casi un mes. Sumiso y lejano, bañaba el rebaño de su señor, como el esclavo más primitivo.

—¿Vienes con nosotros? —le propuso Javier para ver qué hacía.

—Estoy bañando las borregas.

Sonriendo, y dominando al fin a la que se negaba, se metió con ella en el mar hasta las rodillas.

Siguieron avanzando por la playa. Ya bordeaban la ladera del monte donde, coronándolo, abría sus velas rotas el molino de Javier. De allí, y haciendo señas con el brazo, bajaba alguien a toda prisa.

—¡Torres!

Era Torres, el campesino, que ya venía con su fusil.

—Soy uno de los encargados de organizar las milicias ibicencas. ¡A ver! ¡Voluntarios!

Sin vacilar, todos los hombres que seguían a Javier se ofrecieron, reclamando al instante:

—¡Queremos fusiles!

—Cuando las tropas suban al castillo os los darán. Este —mostró Torres con orgullo— me lo entregaron por la carretera de San Antonio, al ir hacia San Carlos. No tuve tiempo de llegar al desembarco.

—¿Y los presos? —interrogaron, ansiosas, las mujeres.

—¡Todos libres! Esos canallas se escaparon anoche. Antes, intentaron matarlos. Pero con el miedo y la prisa no pudieron.

—Ya, ya se les cogerá.

—Mejor que ellos conocemos la isla.

—Uno de los trabajos de las milicias será ése: limpieza.
Apareció, jadeante, otro muchacho, también con su fusil:

—¡Llegan! Van a entrar en el paseo.

Todos aligeraron. Javier corrió más que ninguno. Al desembocar en el cruce de la carretera y la entrada de la ciudad, chocó, de golpe, con Pau y Escandell que lo buscaban. Se abrazaron. Javier se adelantó a la pregunta que temblaba en la cara de los dos pescadores:

—Sí, salvados. ¡Todos! Y andan con los fusiles de la guarnición sublevada. Que Torres os cuente.

—Uno de los cañonazos derrumbó las techumbres, sin que hubiera desgracia entre los nuestros. Sólo Antonio perdió el sentido. Antes de huir quisieron ametrallarlos. Pero un sargento lo impidió abriendo las puertas traseras de la cárcel.

—A vosotros, amigos, os deben la libertad y la vida. Nadie lo sabe aún. Ni siquiera Torres.

—¡Manías! —cerró Pau con modestia, esquivando, emocionado, la mano que le tendía Javier.

Banderas altas de la República, catalanas, rojas y rojinegras entraban ya por el paseo; con ellas, y rodeando a las milicias peninsulares, carrillos y caballos de los pueblos, que habían ido sumándose al paso de las tropas.

Pronto las aceras y las calles de Ibiza sólo fueron montones de tabardos, mochilas, fusiles y correajes. Los balcones y las ventanas se abrieron: unos tímidamente, con sigilos de miedo; otros de un solo golpe, jubiloso. Y con el resonar de la gente civil mezclada entre los nuevos soldados, los altavoces de las radios gubernamentales, después de más de veinte días de silencio, comenzaron a tronar la ciudad.

Los pescadores trajeron a Javier un fusil. Los tres camaradas, siempre unidos como en el bosque, se incorporaron a los grupos de milicianos que se dirigían al castillo. Los ibicencos, al fin, recuperaban su isla. Pero ahora de verdad.

Aquel clarísimo mediodía, sobre las torres almenadas, más altas que el mar y los montes, el pabellón de la República gritaba al viento su victoria contra el cielo de Ibiza. Junto a él, la bandera blanca de los facciosos, como un pañuelo desgarrado, ondeaba el recuerdo de su derrota.


Rafael Alberti, 1937
Una historia de Ibiza - Capítulo XII
"Relatos y prosa", Bruguera 1980



2410. Rabindranath Tagore a favor de la República española

Rabindranath Tagore
(Calcuta, 7 de mayo de 1861 - 7 de agosto de 1941)



La civilización mundial está amenazada y pisoteada en España. Franco ha levantado la bandera de sedición contra el Gobierno democrático del pueblo español. El fascismo internacional da dinero y envía hombres para ayudar a los rebeldes. Los moros y los soldados de la Legión Extranjera invaden las hermosas regiones de España, llevando consigo la muerte, el hambre y la desesperación. 

Madrid, centro firme del arte y de la cultura está en llamas. Sus obras de arte sufren los bombardeos de los rebeldes que no perdonan ni los refugios infantiles, ni los hospitales: mujeres y niños son asesinados, cazados en sus hogares, desprovistos de todo. 

La ola de desvastación del fascismo internacional debe quebrarse. El recrudecimiento inhumano del obscurantismo, del prejuicio de raza, de la rapiña y la glorificación de la guerra, tiene que sufrir su derrota final en España. La civilización debe salvarse antes de que haya sido sumergida en la barbarie. 

En este proceso supremo, y ante el sufrimiento del pueblo español, lanzo este llamamiento a la conciencia de la humanidad. Su ayuda al Frente Popular Español; que millones de voces griten a la reacción: ¡Alto! Que millones de hombres vengan a ayudar a la Democracia; que acudan en socorro da la civilización y de la cultura. 


Publicado en Facetas de la actualidad española, La Habana, 1937




2409. Una historia de Ibiza X y XI

Los destructores Almirante Antequera y Almirante Miranda frente a la isla de Ibiza



X

—Tú no, camarada. Tú quedarás aquí hasta que sea preciso.

—Iremos solos éste y yo.

—Pero... —protestó Javier.

—¡Manías!

—Tenemos costumbre.

—Y hay que buscarla a nado...

—¿Sabes tú nadar?

En aquellos momentos esta pregunta de Pau desesperó a Javier, hiriéndolo, humillándolo. No, no había sabido nadar nunca.

Escandell se levantó con un ruido de ramas.

—Vámonos en seguida. Está lejos.

Javier tendió la mano a los dos pescadores. Las tres se encontraron en lo oscuro, duras, fuertes y a un mismo tiempo temblorosas.


XI

—¡Alto! —gritó uno de los centinelas de popa del Miranda.

Y enfiló su fusil hacia donde la oscuridad del mar parecía moverse, avanzando.

—No tires, camarada.

—¿Camarada?

Al marinero le tembló el dedo en el gatillo. Se despertaron otros hombres del barco y acudieron al lugar del ruido. Uno encendió una linterna sorda.

—Somos pescadores. Queremos hablaros. Unirnos a vosotros —gritó Pau, haciendo fuerza con un remo contra el casco del buque para que con el balanceo la barca no chocara.

Una escala de cuerda cayó, de golpe, chasqueando. El centinela, que aún enfilaba su fusil, lo bajó, desconfiado:

—Camaradas...

Los pescadores entregaron al de la linterna sus carnets sindicales.

—C.N.T., U.G.T. —leyeron en voz alta y a un tiempo varios de los congregados a popa.

—Entonces, somos compañeros. Venid.

Anduvieron, tropezándose, a tientas, por entre cañones y cuerpos dormidos. Bajaron a una pequeña sala encendida.

El Comité del barco deliberaba.

—Estos trabajadores ibicencos desean comunicar algo importante.

Un hombre pequeño y regordete, vestido como los demás, les indicó que se sentaran. Pau y Escandell lo hicieron, emocionados. Al anarquista poco le faltaba para llorar.

—A la madrugada, en cuanto apunte el sol, acabaremos con el castillo —dijo el hombre pequeño, con aire de cansancio, dirigiéndose a los que le rodeaban—. A las siete tomaremos la isla.

—Los presos... —comenzó tímidamente Pau.

—¿Dónde están? ¿Y cuántos? Dentro de pocas horas marcharán a sus casas.

—Todos en el castillo... Más de doscientos camaradas... Las techumbres son viejas... Podía desembarcarse por San Carlos... Hay que evitar... Para eso hemos venido.

Y Pau, interrumpido a veces por Escandell, en su castellano difícil, lento, pero ahora exaltado, informó al Comité de todo cuanto sabía de la isla.

—Bien. Al amanecer os darán un fusil a cada uno, y desembarcaréis con nosotros. Mientras, compañeros, iros a descansar un rato.

El hombre pequeño y regordete, sin levantarse, apretó la mano de los dos pescadores, que se tendieron en cubierta, callados y con los ojos abiertos, esperando el levar de las anclas rumbo a la salvación de los presos y la liberación de Ibiza.


Rafael Alberti, 1937
Una historia de Ibiza - Capítulos X y XI
"Relatos y prosa", Bruguera 1980