Lo Último

Homenaje a Cataluña VII





Los días se tornaron más cálidos y hasta las noches se hicieron tolerablemente tibias. En el cerezo marcado por las balas que había frente a nuestro parapeto comenzaron a formarse apretados racimos de cerezas. Bañarse en el río dejó de ser una tortura y se convirtió casi en un placer. Rosas silvestres de grandes capullos rosados surgían de los hoyos dejados por las bombas alrededor de Torre Fabián. Detrás de la línea veíamos campesinos que llevaban flores silvestres en— la oreja. Al anochecer; solían salir con redes verdes a cazar perdices. Extienden la red a una cierta altura sobre la hierba y luego se echan a imitar el grito de la perdiz hembra. Cualquier macho que lo oye acude sin tardanza; cuando están debajo de la red, arrojan una piedra para asustarlos, ante lo cual pegan un salto y quedan atrapados en aquélla. Aparentemente sólo cazaban machos, lo cual me pareció injusto. En esa época se sumó a nosotros una sección de andaluces. No sé cómo llegaron hasta este frente. La explicación aceptada era que habían huido de Málaga a tal velocidad que se habían olvidado de detenerse en Valencia; pero esta explicación se debía a los catalanes, que despreciaban a los andaluces como a una raza de semisalvajes. Sin duda, los andaluces eran muy ignorantes, casi todos analfabetos, y ni siquiera parecían saber lo único que nadie ignora en España: a qué partido pertenecían. Creían ser anarquistas, pero no estaban del todo seguros; quizás fueran comunistas. Eran pastores o aceituneros, tal vez, de aspecto rústico, nudosos, con los rostros profundamente curtidos por el feroz sol meridional. Nos resultaban útiles, pues poseían extraordinaria destreza para convertir en cigarrillos el reseco tabaco español. La distribución de éstos había cesado, pero a veces se podían comprar en Monflorite paquetes de tabaco más barato, muy similar, en aspecto y textura, a la paja cortada. De sabor no era malo, pero estaba tan seco que cuando se conseguía armar un cigarrillo, el tabaco no tardaba en caer y uno se quedaba con un cilindro vacío. Sin embargo, los andaluces lograban admirables cigarrillos y tenían una técnica especial para pegar el papel.

Dos ingleses cogieron una insolación. Mis recuerdos más vívidos de esa época son el calor del mediodía, el trabajar semidesnudos con sacos de arena sobre los hombros quemados por el sol; la mugre de las ropas y de las botas destrozadas; las luchas con la mula que traía nuestras raciones y que no tenía miedo de los disparos de fusil, pero huía cuando había un estallido de granada; los mosquitos, ya activos, y las ratas, molestas y ruidosas, que devoraban hasta cinturones y cartucheras. Nada ocurría, excepto alguna baja ocasional producida por el disparo de un tirador apostado, el esporádico fuego de artillería y los ataques aéreos sobre Huesca. Como los árboles ya estaban cubiertos de hojas, habíamos construido plataformas para tiradores en lo alto de los álamos que bordeaban la línea. Al otro lado de Huesca, los ataques comenzaban a disminuir. Los anarquistas habían sufrido serias pérdidas sin lograr cortar del todo la carretera de Jaca. Habían conseguido establecerse a ambos lados, lo bastante cerca como para tener la ruta a tiro de ametralladora e impedir el tránsito, pero la brecha tenía un kilómetro de extensión y los fascistas habían construido un camino hundido, una especie de enorme trinchera, por el cual cierto número de camiones podía ir y venir. Algunos desertores informaron de que en Huesca quedaban muchas municiones y pocos alimentos; era evidente que la ciudad no caería. Quizá resultaba imposible tomarla con los quince mil hombres mal armados de que se disponía. Más tarde, en junio, el gobierno retiró tropas del frente de Madrid hasta reunir treinta mil hombres sobre Huesca y gran cantidad de aviones; ni aun así cayó la ciudad.

Cuando salimos de permiso, yo llevaba ciento quince días en el frente. Ese periodo me parecía entonces uno de los más inútiles de toda mi vida. Me uní a la milicia para pelear contra el fascismo y, hasta ese momento, casi no había luchado, limitándome a existir como una suerte de objeto pasivo, sin hacer otra cosa, a cambio de mis raciones, que padecer frío y falta de sueño. Quizá sea ése el destino de casi todos los soldados en casi todas las guerras. Ahora que puedo considerarlo con perspectiva, ya no me arrepiento de haberlo vivido. Sin duda, querría haber servido con mayor eficacia al gobierno español, pero, desde un punto de vista personal, el de mi propio desarrollo, esos primeros tres o cuatro meses de miliciano no fueron inútiles como pensé entonces. Constituyeron una suerte de interregno en mi vida, muy distinto de cualquier otra experiencia que me hubiera sucedido antes y, quizá, que pueda ocurrirme en el futuro, y me enseñaron cosas que no habría podido aprender de ninguna otra manera.

Lo esencial es que durante todo ese tiempo había estado aislado —en el frente uno estaba casi completamente aislado del mundo exterior, e incluso de lo que ocurría en Barcelona teníamos una idea muy vaga— entre personas que cabría definir en líneas generales y sin temor a equivocarse mucho, como revolucionarios. Eso se debía a que la milicia en sí era revolucionaria. En el frente de Aragón conservó este carácter hasta junio de 1937. Las milicias de trabajadores, basadas en los sindicatos y compuestas por hombres de opiniones políticas más o menos iguales, originaban la concentración del sentimiento más revolucionario del país y lo canalizaban en un sentido determinado. Yo estaba integrando, más o menos por azar, la única comunidad de Europa occidental donde la conciencia revolucionaria y el rechazo del capitalismo eran más normales que su contrario. En Aragón se estaba entre decenas de miles de personas de origen proletario en su mayoría, todas ellas vivían y se trataban en términos de igualdad. En teoría, era una igualdad perfecta, y en la práctica no estaba muy lejos de serlo. En algunos aspectos, se experimentaba un pregusto de socialismo, por lo cual entiendo que la actitud mental prevaleciente fuera de índole socialista. Muchas de las motivaciones corrientes en la vida civilizada —ostentación, afán de lucro, temor a los patrones, etcétera— simplemente habían dejado de existir. La división de clases desapareció hasta un punto que resulta casi inconcebible en la atmósfera mercantil de Inglaterra; allí sólo estábamos los campesinos y nosotros, y nadie era amo de nadie. Desde luego, semejante estado de cosas no Podía durar. Era sólo una fase temporal y local en un juego gigantesco que se desarrollaba en toda la superficie de la tierra. Sin embargo, duró lo bastante como para influir sobre todo aquel que lo experimentara. Por mucho que protestara en esa época, más tarde me resultó evidente que había participado en un acontecimiento único y valioso. Había vivido en una comunidad donde la esperanza era más normal que la apatía o el cinismo, donde la palabra «camarada» significaba camaradería y no, como en la mayoría de los países, farsante. Había aspirado el aire de la igualdad. Sé muy bien que ahora está de moda negar que el socialismo tenga algo que ver con la igualdad. En todos los países del mundo, una enorme tribu de escritorzuelos de partido y astutos profesores se afanan por «demostrar» que el socialismo no significa nada mas que un capitalismo de Estado planificado, que no elimina el lucro como motivación. Por fortuna, también existe una visión del socialismo completamente diferente. Lo que lleva a los hombres hacia el socialismo, y los mueve a arriesgar su vida por él, la «mística» del socialismo, es la idea de la igualdad; para la gran mayoría, el socialismo significa una sociedad sin clases o carece de todo sentido. Precisamente esos pocos meses me resultaron valiosos, porque las milicias españolas, mientras duraron, constituyeron una especie de microcosmos de una sociedad sin clases. En esa comunidad donde nadie trataba de sacar partido de nadie, donde había escasez de todo pero ningún privilegio y ninguna necesidad de adulaciones, quizá se tenía una tosca visión de lo que serían las primeras etapas del socialismo. En lugar de desilusionarme, me atrajo profundamente y fortaleció mi deseo de ver establecido el socialismo. Ello se debió, en parte, a la buena suerte de haber estado entre españoles, quienes, con su decencia innata y su tinte anarquista, están en condiciones de hacer tolerables las etapas iniciales del socialismo.

En esa época yo casi no tenía conciencia de los cambios que se sucedían en mi propia mente. Como todos los que me rodeaban, percibía el aburrimiento, el calor, el frío, la mugre, los piojos, las privaciones y el peligro. Hoy es muy diferente. Ese período que entonces me pareció tan inútil y vacío de acontecimientos, tiene ahora gran importancia para mí. Es tan distinto del resto de mi vida que ya ha adquirido esa cualidad mágica que, por lo general, pertenece sólo a los recuerdos muy viejos. Fue espantoso mientras duró, pero ahora constituye un buen sitio por el que pasear mi mente. Quisiera poder transmitir la atmósfera de esa época. Confío haberlo hecho, en parte, en los primeros capítulos de este libro. En mi memoria los hechos están inseparablemente ligados al frío invernal, a los destrozados uniformes de los milicianos, a los ovalados rostros españoles, al sonido telegráfico de las ametralladoras, al olor a orines y a pan podrido, al sabor metálico de los potajes de judías engullidos apresuradamente en escudillas sucias.

Todo aquel período ha perdurado en mí con una curiosa nitidez. Con el recuerdo revivo incidentes que tal vez parezcan demasiado insignificantes para ser evocados. Vuelvo a estar en el refugio de Monte Pocero, sobre el suelo de piedra caliza que me sirve de cama. El pequeño Ramón ronca con la nariz aplastada entre mis omóplatos. Me tambaleo por la embarrada trinchera, atravesando la niebla que gira en torno a mí como vapor helado. Estoy a mitad de camino en una grieta de la ladera de la montaña, luchando por mantener el equilibrio mientras arranco una raíz de romero silvestre. Por encima de mi cabeza cantan algunas balas perdidas.

Estoy echado, oculto entre unos pequeños abetos, en el terreno bajo que está al Oeste de Monte Oscuro, con Kopp y Bob Edwards y tres españoles. En la desnuda colina gris a nuestra derecha, una hilera de fascistas trepan como hormigas. Cerca, una trompeta suena en las líneas enemigas. Mi mirada encuentra la de Kopp, quien, en un gesto de escolar, les hace burla.

Estoy en el asqueroso patio de La Granja, entre la multitud de hombres que luchan con sus platos junto a la olla de estofado. El cocinero gordo y agotado nos mantiene a raya con el cucharón. En una mesa cercana, un hombre barbudo, con una enorme pistola automática bajo el cinturón, corta grandes trozos de pan. Detrás de mí, una voz cockney (Bill Chambers, con quien había tenido una amarga pelea y que más tarde murió en las afueras de Huesca) está cantando: ¡Hay ratas, ratas, ratas, ratas grandes como gatas, en el...!

Una bala de cañón aúlla sobre nuestras cabezas. Criaturas de quince años se arrojan al suelo. El cocinero se refugia detrás del caldero. Todos se levantan con una expresión avergonzada cuando el proyectil estalla a unos cien metros.

Camino junto a la línea de los centinelas, bajo los oscuros álamos. En la zanja inundada las ratas chapotean, haciendo tanto ruido como nutrias. Mientras la aurora aparece a nuestras espaldas, el centinela andaluz canta, envuelto en su capa. Del otro lado de la tierra de nadie, llega el canto del centinela fascista...


El 25 de abril, después de los habituales mañanas, otra sección nos relevó, y nosotros les entregamos los fusiles, preparamos nuestro equipo y regresamos a Monflorite. No lamentaba dejar el frente. Los piojos se multiplicaban en mis pantalones con mucha mayor rapidez de la que yo podía desplegar para destruirlos, desde hacia un mes carecía de calcetines y tenía destrozadas las suelas de las botas, de modo que caminaba casi descalzo. Ansiaba un baño caliente, ropa limpia y una noche entre sábanas más apasionadamente de lo que es posible desear algo cuando se lleva una vida normal. Dormimos unas pocas horas en un granero de Monflorite, de madrugada subimos a un camión, tomamos el tren de las cinco en Barbastro y, habiendo tenido la suerte de enlazar con un tren rápido en Lérida, llegamos a Barcelona a las tres de la tarde del 26. Y fue luego cuando comenzaron los problemas.


George Orwell
Homenaje a Cataluña, 1938 - Capítulo VII







Primera edición de "Homage to Catalonia". Secker and Warburg, Inglaterra, 1938

Homenaje a Cataluña VI





Cierta tarde, Benjamín nos dijo que necesitaba quince voluntarios. El ataque contra el reducto fascista, suspendido en una ocasión, se llevaría a cabo esa noche. Aceité mis diez cartuchos mexicanos, ensucié mi bayoneta (el brillo excesivo podía revelar mi posición) y preparé un trozo de pan, otro de chorizo colorado y un cigarro, atesorado durante largo tiempo, que mi esposa me había enviado desde Barcelona. Se distribuyeron granadas, tres para cada hombre. El gobierno español había logrado por fin producir una granada decente. Se basaba en el principio de la bomba Mills, pero con dos seguros en lugar de uno; después de arrancarlos había un intervalo de siete segundos antes de la explosión. Su principal desventaja radicaba en que uno de los seguros era muy rígido y el otro muy flojo, de modo que se podía elegir entre dejar los dos colocados en su sitio y exponerse a no poder mover el más duro en un momento de emergencia o sacar el duro de antemano y vivir en el constante terror de que la granada explotara en el bolsillo. Pero era una pequeña granada muy cómoda de arrojar.

Poco antes de medianoche, Benjamín nos condujo hasta Torre Fabián. Desde el crepúsculo había estado lloviendo. Las acequias estaban llenas hasta el borde y, cada vez que uno tropezaba y caía dentro de ellas, se encontraba con el agua hasta la cintura. Bajo la lluvia torrencial, y en completa oscuridad, una borrosa masa de hombres nos aguardaba en el patio de la granja. Kopp se dirigió a nosotros, primero en español y luego en inglés, para explicar el plan de ataque. La línea fascista formaba allí un ángulo en L, y el parapeto que debíamos atacar se encontraba sobre una elevación del terreno en la esquina de la L. Una treintena de nosotros, la mitad ingleses, la mitad españoles, bajo la dirección de Benjamín y de Jorge Roca, comandante de nuestro batallón (un batallón en la milicia significaba unos cuatrocientos hombres), debíamos arrastrarnos y cortar la alambrada fascista. Jorge arrojaría la primera granada como señal, y entonces los demás debíamos lanzar una lluvia de granadas, expulsar a los fascistas del parapeto y apoderarnos de él antes de que pudieran volver a reunir fuerzas. Simultáneamente, setenta hombres del Batallón de Choque debían asaltar la siguiente «posición», fascista, situada a doscientos metros hacia la derecha y unida a la primera por una trinchera de comunicación. Para evitar que disparáramos unos contra otros en la oscuridad, debíamos usar brazaletes blancos. En ese momento llegó un mensajero para comunicarnos que no había brazaletes blancos. Desde la oscuridad, una voz quejumbrosa sugirió: «¿No podríamos hacer que fueran los fascistas los que usaran brazaletes blancos?».

Había que aguardar todavía un par de horas. El granero situado sobre el establo de mulas estaba tan destrozado por el bombardeo que era peligroso moverse sin una luz. Sólo le quedaba la mitad del suelo y había una caída de seis metros hasta las piedras de abajo. Alguien encontró un pico y arrancó unas tablas, con las que al cabo de pocos minutos encendimos un buen fuego y nuestras ropas empapadas comenzaron a despedir vapor. Un miliciano sacó un mazo de naipes y comenzó a circular el rumor —uno de esos rumores misteriosos, endémicos en la guerra— de que se disponían a repartir café caliente con coñac. Bajamos raudos la escalera a punto de derrumbarse y nos pusimos a buscar por el patio oscuro, preguntando dónde estaba el café. ¡Ay!, no había café. En vez de eso, nos reunieron, nos hicieron formar una fila única y Jorge y Benjamín iniciaron la marcha en la oscuridad, seguidos por todos nosotros.

Continuaba el tiempo lluvioso y la intensa oscuridad, pero el viento había cesado. El fangal era indescriptible. Los senderos a través de los campos de remolacha eran una mera sucesión de aglomeraciones de barro, tan resbaladizas como una cucaña, con enormes charcos por todas partes. Mucho antes de que llegáramos al lugar donde debíamos abandonar nuestro propio parapeto, ya nos habíamos caído varias veces y teníamos los fusiles embarrados. En el parapeto, un pequeño grupo de hombres, nuestra reserva, nos aguardaba con el médico junto a una fila de camillas. Pasamos de uno en uno a través de la abertura del parapeto y vadeamos una acequia. Plash—glu—glu—glu, una vez más, con el agua hasta la cintura y el barro maloliente y resbaladizo que penetraba por los caños de las botas. Jorge aguardó sobre la hierba del otro lado de la acequia hasta que todos hubimos pasado. Entonces, doblado casi en dos, comenzó a avanzar lentamente. El parapeto fascista estaba a unos ciento cincuenta metros. Nuestra única posibilidad de llegar hasta él radicaba en movernos sin hacer ruido.

Yo marchaba delante con Jorge y Benjamín. Doblados en dos, pero con los rostros levantados, nos arrastramos en la oscuridad casi total a un ritmo que se hacía más lento a cada paso. La lluvia golpeaba ligeramente nuestros rostros. Cuando miré hacia atrás, pude ver a los hombres que estaban más cerca de mí: un racimo de formas jorobadas como enormes hongos negros deslizándose lentamente. Cada vez que levantaba la cabeza, Benjamín, a mi lado, me susurraba furioso al oído: «¡Mantén la cabeza baja! ¡Mantén la cabeza baja!». Podría haberle dicho que no necesitaba preocuparse. Sabía por experiencia que, en una noche oscura, no se puede ver a un hombre a veinte pasos. Era mucho más importante avanzar en silencio; si nos oían una sola vez estábamos perdidos. Les bastaba barrer la oscuridad con la ametralladora y sólo nos quedaría huir o dejarnos masacrar.

Pero, en aquel terreno resultaba casi imposible avanzar sin ruido. Por más precauciones que tomáramos, el barro se pegaba a los pies y a cada paso que dábamos hacía chop—chop, chop—chop. Y para acabar de empeorar las cosas, el viento había cesado y, a pesar de la lluvia, la noche era muy silenciosa. Los sonidos debían de llegar muy lejos. Hubo un momento inquietante cuando tropecé con una lata. Pensé que los fascistas en muchos kilómetros a la redonda debían de haberlo oído. Pero no, ni un disparo, ni un movimiento en las líneas enemigas. Seguimos deslizándonos, cada vez más lentamente. Me resulta imposible expresar la intensidad con que deseaba llegar allí, ¡tener el objetivo al alcance de las granadas antes de que nos oyeran! En tales ocasiones, uno ni siquiera tiene miedo, sólo siente un tremendo y desesperado anhelo de cruzar el terreno intermedio. Experimenté idéntica sensación al ir al acecho de un animal salvaje: el mismo deseo angustioso de ponerlo a tiro, la misma certeza —como en sueños— de que eso resulta imposible. ¡Y cómo se alargaba la distancia! Yo conocía bien el lugar, sólo debíamos recorrer ciento cincuenta metros: no obstante, parecía faltar más de un kilómetro. Cuando uno se arrastra con tales precauciones percibe, tal como lo haría una hormiga, todas las variaciones del terreno: la espléndida mancha de hierba suave allí, la maldita mancha de fango pegajoso aquí, las altas cañas crujientes que deben evitarse, el montón de piedras que uno desespera de poder atravesar sin ruido.

Avanzábamos desde hacia tanto tiempo que comencé a pensar que habíamos equivocado el camino. En ese momento empezamos a distinguir delgadas líneas paralelas y oscuras. Era la alambrada exterior (los fascistas tenían dos alambradas). Jorge se arrodilló y empezó a rebuscar en el bolsillo; tenía nuestro único par de tenazas. Clic, clic. Apartamos con mucho cuidado el alambre cortado y aguardamos a que los últimos hombres se nos acercaran. Nos parecía que hacían un ruido tremendo. Ahora faltaban cincuenta metros hasta el parapeto fascista. Seguimos adelante, doblados en dos. Un paso cauteloso, posando el pie con tanta suavidad como un gato que se aproxima a una ratonera; luego, una pausa para escuchar; después, otro paso. Una vez levanté la cabeza; sin hablar, Benjamín me puso la mano en la nuca y me la bajó violentamente. Sabía que la alambrada interior quedaba apenas a veinte metros del parapeto. Me parecía inconcebible que treinta hombres pudieran llegar hasta allí sin que nadie los oyera. Nuestra respiración bastaba para denunciarnos. Con todo, llegamos. El parapeto fascista ya era visible, un borroso montículo negro que se elevaba ante nosotros. Jorge se arrodilló y rebuscó de nuevo en su bolsillo. Clic, clic. No hay manera de cortar alambres en silencio.

Estábamos, pues, junto a la alambrada interior. La atravesamos a cuatro patas y con mayor rapidez. Si teníamos tiempo de desplegarnos todo iría bien. Jorge y Benjamín atravesaron agachados la alambrada hacia la derecha. Pero los hombres que estaban dispersos detrás de nosotros tuvieron que formar una cola para pasar por la angosta abertura y justo en ese momento hubo un fogonazo y una detonación en el parapeto fascista. El centinela nos había oído por fin. Jorge se apoyó en una rodilla e hizo girar el brazo como un jugador de bolos. ¡Brum! Su granada reventó en alguna parte al otro lado del parapeto. De inmediato, con mucha mayor rapidez de la que uno habría creído posible, se oyó el rugido de diez o veinte fusiles desde el parapeto fascista. Nos habían estado esperando, después de todo. La lívida luz nos permitía ver los sacos de arena de manera intermitente. Los hombres estaban demasiado lejos para arrojar sus granadas. Cada tronera parecía escupir chorros de fuego. Siempre es horrible estar bajo el fuego en la oscuridad, donde cada fogonazo parece apuntar directamente hacia uno. Lo peor son las granadas, no es posible concebir su horror hasta que se las ha visto reventar de cerca en la oscuridad; durante el día sólo se oye el estruendo de la explosión, pero en la oscuridad también está el cegador resplandor rojizo.

Me había arrojado boca abajo a la primera descarga. Durante todo ese tiempo estuve echado de costado sobre el barro, luchando desesperadamente con el seguro de una granada. El maldito se negaba a salir. Por fin, me di cuenta de que tiraba en dirección equivocada. Saqué el seguro, me puse de rodillas, arrojé la granada y volví a tirarme cuerpo a tierra. Explotó hacia la derecha, antes del parapeto: el miedo había arruinado mi puntería. En ese momento, otra granada estalló delante de mí, tan cerca que pude sentir el calor de la explosión. Me aplasté contra el suelo y enterré la cara en el barro con tanta fuerza que me hice daño en el cuello y pensé que estaba herido. En medio del estrépito alcancé a oír una voz inglesa que decía quedamente a mis espaldas: «Estoy herido». La granada había alcanzado a varios hombres a mi alrededor, sin tocarme. Me puse de rodillas y arroje mi segunda granada. He olvidado dónde cayó.

Los fascistas disparaban, nuestros hombres disparaban desde la retaguardia y yo tenía plena conciencia de estar en el medio. Sentí muy próxima una ráfaga y me di cuenta de que un hombre tiraba inmediatamente detrás de mí. Me puse de pie y le grité: «¡No tires contra mi, pedazo de idiota!». En ese momento vi que Benjamín, apostado a unos diez metros hacia mi derecha, me hacía señas con un brazo. Corrí hacia él. Decidí cruzar la línea de troneras llameantes y, mientras lo hacía, me protegí la mejilla con una mano —ademán bastante idiota—, ¡como si una mano pudiera detener las balas!, pero es que sentía horror de recibir una herida en la cara. Benjamín estaba apoyado en una rodilla con una diabólica expresión de placer en el rostro, mientras disparaba cuidadosamente contra las troneras con su pistola automática. Jorge había sido herido con la primera descarga y no se lo veía desde allí. Me arrodillé junto a Benjamín, saqué el seguro de mi tercera granada y la arrojé. ¡Ah! No cabía duda. La bomba estalló esta vez al otro lado del parapeto, en la esquina, justo al lado del nido de ametralladoras.

El fuego fascista pareció menguar de forma muy súbita. Benjamín se puso de pie y gritó: «¡Adelante! ¡A la carga!». Nos lanzamos hacia la breve y empinada pendiente sobre la que se levantaba el parapeto. Digo «nos lanzamos», pero no es la expresión más exacta, pues resulta imposible moverse con rapidez cuando uno está empapado, cubierto de barro de la cabeza a los pies y cargado con un pesado fusil y bayoneta y ciento cincuenta cartuchos. Daba por sentado que arriba me aguardaba un fascista. Si disparaba a esa distancia no podía errarme y, sin embargo, nunca esperé que lo hiciera, sino que me atacara con la bayoneta. Me parecía sentir de antemano la sensación de nuestras bayonetas entrechocándose, y me pregunté si su brazo sería más fuerte que el mío. Sin embargo, ningún fascista me aguardaba. Con una vaga sensación de alivio descubrí que se trataba de un parapeto bajo y que los sacos de arena proporcionaban un buen punto de apoyo. Por lo general son difíciles de superar. Al otro lado la destrucción era total, con pedazos de vigas y grandes fragmentos de uralita dispersos por todas partes. Nuestras granadas habían destrozado todas las barracas y refugios. No se veía un alma. Pensé que estarían escondidos bajo tierra, y grité en inglés (no se me ocurría nada en español en ese momento): «¡Salid de ahí! ¡Rendíos!». No hubo respuesta. En ese momento un hombre, una figura borrosa en la penumbra, saltó desde el tejado de una de las barracas destruidas y huyó hacia la izquierda. Salí en su persecución, clavando mi bayoneta absurdamente en la oscuridad. Cuando daba la vuelta a la esquina del barracón, vi a un hombre —no sé si era el mismo que había divisado antes huyendo por la trinchera de comunicación que conducía a la otra posición fascista—. Debo de haber estado muy cerca de él, pues pude verlo con toda claridad. Tenía la cabeza descubierta y parecía no llevar nada puesto, salvo una manta sobre los hombros. A esa distancia podía haberlo hecho volar en pedazos. Pero, por temor a que nos disparáramos entre nosotros, se nos había ordenado que usáramos sólo las bayonetas una vez que estuviéramos al otro lado del parapeto. De cualquier manera, ni siquiera se me ocurrió apuntar. En vez de eso, mi mente saltó veinte años atrás, al profesor de boxeo del colegio, quien me describía con vívida pantomima cómo en los Dardanelos había atravesado a un turco con la bayoneta. Cogí el fusil por la parte delgada de la culata y arremetí contra la espalda del hombre. Estaba fuera de mi alcance. Arremetí otra vez, pero seguía fuera de mi alcance. Y así seguimos durante un corto trecho, él corriendo por la trinchera y yo detrás, tratando de dar alcance a su espalda y sin conseguirlo; un recuerdo cómico para mi, pero supongo que no tanto para él.

Desde luego, él conocía el terreno mejor que yo y pronto me dio esquinazo. Cuando regresé a la posición, ésta se encontraba llena de hombres que gritaban. Los estampidos habían disminuido algo. Los fascistas seguían disparando contra nosotros desde tres direcciones pero a mayor distancia. Los habíamos hecho retroceder por el momento. Recuerdo haber dicho con tono de oráculo: «Podemos defender este lugar durante media hora, nada más». No sé por qué dije media hora. Hacia la derecha, sobre el parapeto, podían verse los innumerables fogonazos verdosos de los fusiles que perforaban la oscuridad; pero estaban muy lejos, a unos cien o doscientos metros. Nuestra tarea consistía ahora en explorar la posición y apoderarnos de todo lo que pudiera considerarse valioso. Benjamín y algunos otros estaban ya escarbando entre las ruinas de un enorme barracón o refugio en el centro de la posición. Benjamín se tambaleó excitado sobre el techo en ruinas, tirando del asa de cuerda de una caja de municiones.

 —¡Camaradas! ¡Municiones! ¡ Muchísimas municiones, aquí!
—No queremos municiones —dijo alguien—, queremos fusiles.

Era verdad. La mitad de nuestros fusiles estaban inutilizados por el barro. Podían limpiarse, pero es peligroso sacar el cerrojo de un fusil en la oscuridad, donde fácilmente puede extraviarse. Carecíamos de todo medio de iluminación, salvo una pequeña linterna que mi esposa había logrado comprar en Barcelona. Unos pocos hombres que habían conservado sus fusiles en condiciones iniciaron un fuego desganado contra los lejanos resplandores. Nadie se atrevía a disparar demasiado seguido, pues hasta los mejores fusiles podían encasquillarse si se recalentaban. Éramos unos dieciséis dentro del parapeto, incluidos los pocos heridos. Algunos de éstos, ingleses y españoles, habían quedado al otro lado. Patrick O’Hara, un irlandés de Belfast que tenía cierta experiencia en primeros auxilios, iba de un lado a otro con paquetes de vendas vendando a los heridos. Cada vez que regresaba al parapeto, y a pesar de sus indignados gritos de ¡POUM!, se exponía incluso al fuego de los propios compañeros.

Comenzamos a registrar la posición. Había varios muertos tirados por ahí, pero no me detuve a examinarlos. Lo que me interesaba era la ametralladora. Mientras yacíamos sobre el barro, me había preguntado vagamente por qué no disparaba. Iluminé con mi linterna el nido de ametralladoras. ¡Amarga desilusión! No estaba allí. Quedaban el trípode y varias cajas de municiones y repuestos, pero el arma había sido trasladada. Sin duda, actuaron cumpliendo una orden, pero fue estúpido y cobarde proceder así, pues de haber dejado la ametralladora en su lugar habrían aniquilado a muchos de nosotros. Nos sentíamos furiosos, pues soñábamos con apoderarnos de una ametralladora.

Miramos por todas partes, pero no encontramos nada de gran valor. Abundaban las granadas, de un tipo bastante inferior a las nuestras, que explotaban tirando de una cuerda. Guardé un par en el bolsillo como recuerdo. Resultaba imposible no sentirse conmovido ante la miseria de las trincheras fascistas. El desorden de ropas, libros, comida, objetos personales, que existía en nuestras trincheras, aquí faltaba por completo; estos pobres reclutas sin paga no parecían poseer otra cosa que algunas mantas y unos pocos trozos de pan mojado. En el extremo más alejado había un pequeño refugio con un ventanuco que se encontraba en parte sobre el nivel del suelo. Lo iluminamos con la linterna desde la ventanilla y de inmediato dimos rienda suelta a nuestra alegría. Un objeto cilíndrico en un estuche de cuero, de más de un metro de alto y diez centímetros de diámetro, estaba apoyado contra la pared. Se trataba seguramente del cañón de la ametralladora. Nos precipitamos a través de la abertura y descubrimos que el estuche de cuero no contenía nada perteneciente a una ametralladora, sino algo que, en nuestro ejército desprovisto de armas, resultaba aún más valioso. Era un enorme telescopio, de sesenta o setenta aumentos por lo menos, con un trípode plegable. En nuestro sector no se conocían esos telescopios y los necesitábamos desesperadamente. Lo sacamos de manera triunfal y lo colocamos contra el parapeto para llevárnoslo más tarde con nosotros.

En ese momento, alguien gritó que los fascistas se acercaban. Sin duda el estrépito de las detonaciones se había hecho mucho más intenso. Resultaba obvio que los fascistas no lanzarían un contraataque desde la derecha, pues ello implicaba atravesar la tierra de nadie y asaltar su propio parapeto. Si tenían sentido común nos atacarían desde el interior de la línea. Me dirigí hacia el otro extremo de la posición, que tenía forma de herradura, de modo que otro parapeto nos protegía a la izquierda. Un fuego graneado procedía de esa dirección, pero no tenía mayor importancia. El peligro estaba enfrente, pues allí no contábamos con protección alguna. Una lluvia de balas pasaba por encima de nuestras cabezas. Parecía proceder de la otra posición fascista sobre la línea; era evidente que el Batallón de Choque no había logrado capturarla. Ahora el ruido resultaba ensordecedor. Era el estruendo incesante, como un redoble de tambores, de una masa de fusiles que yo estaba acostumbrado a oír desde cierta distancia; por primera vez, me encontraba en medio de él. A estas horas el fuego se había extendido ya, desde luego, varios kilómetros a lo largo del frente y en torno a nosotros. Douglas Thompson, con un brazo herido que le colgaba inútil a un costado, se aguantaba recostado en el parapeto y disparaba con una sola mano hacia los fogonazos. Alguien cuyo fusil se había atascado, le recargaba el suyo.

Éramos unos cuatro o cinco en este lado. Estaba claro lo que había que hacer. Había que arrastrar los sacos de arena desde el parapeto delantero y levantar una barricada en el lado no protegido; y había que hacerlo sin demora. Las balas pasaban muy alto todavía, pero la altura podía reducirse en cualquier momento. Por los fogonazos a nuestro alrededor calculé que nos las veíamos con cien o doscientos hombres. Comenzamos a tirar de los sacos para arrastrarlos unos veinte metros hacia adelante y apilarlos de forma desordenada. Era una tarea ímproba. Los sacos eran grandes, cada uno pesaba un quintal, y moverlos exigía un gran esfuerzo. A veces la arpillera podrida se rasgaba y la arena húmeda caía sobre nosotros como una cascada, metiéndosenos por el cuello y las mangas. Recuerdo haber sentido un profundo horror ante todo aquello: la confusión, la oscuridad, el ruido, el barro, la lucha con los sacos que reventaban, y todo el. tiempo estorbado por el fusil, que no me atrevía a dejar en ninguna parte por temor a perderlo. Hasta le grité a alguien mientras avanzábamos a trompicones llevando un saco: «¡Esto es la guerra! ¿No es espantoso?». De pronto, una sucesión de largas figuras comenzó a saltar por encima del parapeto de delante. Cuando se aproximaron, vimos que llevaban el uniforme del Batallón de Choque y nos alegramos, pensando que eran refuerzos; sin embargo, sólo eran cuatro, tres alemanes y un español. Más tarde nos enteramos de lo que les había ocurrido a las milicias de choque. No conocían el terreno y, en la oscuridad, habían avanzado en dirección errónea hasta toparse con la alambrada fascista, donde muchos de ellos perdieron la vida. Estos cuatro se habían perdido, por suerte para ellos. Los alemanes no hablaban una palabra de inglés, francés o español. Con gran dificultad y muchos gestos, les explicamos lo que hacíamos y les pedimos ayuda para construir la barricada.

Los fascistas habían hecho traer una ametralladora. La podíamos ver escupiendo fuego como un buscapiés a unos cien o doscientos metros; las balas pasaban por encima de nosotros con un chasquido seco y continuo. No tardamos en colocar bastantes sacos como para contar con un parapeto bajo, detrás del cual los pocos hombres que estábamos a ese lado de la posición nos podíamos echar y disparar. Yo estaba de rodillas detrás de ellos. Un disparo de mortero silbó y se estrelló en alguna parte de la tierra de nadie. Ése era otro peligro, pero necesitarían algunos minutos para ubicar nuestra posición. Ahora que habíamos terminado de luchar con esos malditos sacos de arena podía incluso resultar de alguna manera divertido el ruido, la oscuridad, los fogonazos que se acercaban cada vez más, nuestros propios hombres respondiendo a los fogonazos. Hasta había tiempo para pensar un poco. Recuerdo haberme preguntado si tenía miedo, y haberme respondido que no. Afuera, donde quizá había corrido menos peligro, me había sentido casi enfermo de miedo. De pronto, alguien volvió a gritar que los fascistas se acercaban. Esta vez no había duda al respecto, pues los fogonazos se veían mucho más cercanos. Vi uno a menos de veinte metros. Evidentemente avanzaban por la trinchera de comunicación. A veinte metros estábamos a tiro de granada; éramos ocho o nueve, muy cerca unos de otros; bastaría una sola granada bien colocada para hacernos volar por los aires. Bob Smillie, con la sangre chorreándole por la cara debido a una pequeña herida, se puso de rodillas y arrojó una granada. Nos agachamos, esperando el estallido. En la trayectoria fue dejando una estela de chispas, pero no explotó. (Por lo menos una cuarta parte de estas granadas eran inútiles.) Yo tenía solamente las de los fascistas y no sabía con certeza cómo manejarlas. Pregunté si todavía les quedaba alguna granada. Douglas Moyle buscó en el bolsillo y me pasó una. La arrojé y me tiré boca abajo. Por uno de esos golpes de suerte que suceden una vez al año logré arrojar la granada exactamente en el sitio donde había visto un fogonazo. Se oyó el estruendo de la explosión y de inmediato un alboroto infernal de alaridos y quejidos. Por lo menos le habíamos dado a uno de ellos; no sé si murió, pero sin duda estaba malherido. ¡Pobre desgraciado! ¡Pobre desgraciado! Sentí un vago pesar mientras le oía gritar. En ese instante, a la tenue luz de unos fogonazos, vi o creí ver una figura de pie cerca del lugar de donde habían salido los disparos. Dirigí en esa dirección mi fusil y disparé. Hubo otro alarido, pero creo que seguía siendo de la víctima de la granada. Se arrojaron varias granadas más. Los próximos fogonazos que vimos estaban ya muy lejos, a cien metros o más. Los habíamos hecho retroceder; por lo menos provisionalmente.

Todos comenzaron a maldecir y a preguntar por qué demonios no nos mandaban refuerzos. Con una metralleta o veinte hombres con fusiles limpios podíamos defender ese lugar contra un batallón. En ese momento Paddy Donovan, que era el segundo en la línea de mando tras Benjamín y había sido enviado en busca de órdenes, trepó por encima del parapeto delantero.

—¡Eh! ¡Salid! ¡Todos afuera, inmediatamente!

 —¿Cómo?

—¡Hay que retirarse! ¡Salid!

—¿Por qué?

—Ordenes. ¡De vuelta a nuestras líneas y a paso ligero!

Algunos ya escalaban el parapeto de delante. Varios trataban de transportar una pesada caja de municiones. Pensé en el telescopio que había dejado apoyado contra el parapeto, al Otro lado de la posición. Pero entonces vi que los cuatro integrantes de las milicias de choque, actuando, supongo, según una orden misteriosa recibida con antelación, habían comenzado a correr por la trinchera que conducía a la otra posición fascista, donde los esperaba la muerte. Ya habían desaparecido en la oscuridad. Corrí tras ellos, tratando de traducir al español la orden de retirada hasta que por fin grité: «¡Atrás! ¡Atrás!», que quizá tenía el mismo significado. El español me entendió e hizo retroceder a los otros. Paddy aguardaba junto al parapeto.

—Vamos, daos prisa.

—Pero, el telescopio...

—¡Al diablo el telescopio! Benjamín aguarda afuera...

Trepamos hacia el otro lado. Paddy aguantó la alambrada para que pasara. En cuanto nos apartamos de la protección que ofrecía el parapeto fascista nos encontramos con un fuego infernal que parecía proceder de todas partes, también de nuestro sector; pues todo el mundo disparaba a lo largo de la línea. Dondequiera que nos dirigiésemos, una nueva lluvia de balas pasaba junto a nosotros; nos condujeron de un lado a otro en la oscuridad como a un rebaño de ovejas. El hecho de arrastrar la caja de municiones —una de esas cajas que contienen mil setecientas cincuenta cargas y pesan casi un quintal— dificultaba la marcha, sobre todo porque también llevábamos granadas y fusiles abandonados por los fascistas. Aunque la distancia de parapeto a parapeto no era ni de doscientos metros y la mayoría de nosotros conocíamos el terreno, en pocos minutos nos encontramos completamente perdidos. Chapoteábamos al azar en el barro, sabiendo únicamente que las balas venían de ambos lados. No había luna para guiarse, pero el cielo se estaba poniendo un poco más claro. Nuestras líneas estaban al este de Huesca; yo quería quedarme donde estábamos hasta que los primeros rayos de la aurora nos indicaran dónde quedaba el este, pero los demás se opusieron. Seguimos chapoteando, modificando nuestra dirección varias veces y haciendo turnos para tirar de la caja de municiones. Por fin, vimos la baja línea plana de un parapeto frente a nosotros. Podía ser la nuestra o la fascista; nadie tenía la menor idea de adónde íbamos. Benjamín reptó sobre su vientre entre unos altos hierbajos blancuzcos hasta situarse a unos veinte metros de aquélla y gritó una contraseña. Un grito de «¡POUM!» le respondió. Nos pusimos de pie, avanzamos hacia el parapeto, vadeamos una vez más la acequia y nos encontramos a salvo.

Kopp nos aguardaba adentro con unos pocos españoles. El médico y los camilleros ya no estaban. Parecía que todos los heridos habían sido rescatados con excepción de Jorge y uno de nuestros propios hombres, llamado Hiddlestone, que habían desaparecido. Kopp, muy pálido, caminaba sin cesar. Incluso los pliegues de grasa de la nuca se le veían pálidos; no prestaba ninguna atención a las balas que pasaban por encima del bajo parapeto y se estrellaban cerca de su cabeza. La mayoría de nosotros estábamos agazapados detrás del parapeto buscando protección. Kopp murmuraba ininterrumpidamente: «¡Jorge! ¡Coño! ¡Jorge!». Y luego, en inglés: «¡Si Jorge ha muerto, es terrible, terrible!». Jorge era su amigo personal y uno de sus mejores oficiales. De inmediato se dirigió a nosotros y pidió cinco voluntarios, dos ingleses y tres españoles, para buscar a los hombres que faltaban. Moyle y yo, junto con tres españoles, nos ofrecimos.

Cuando salimos, los españoles murmuraron que estaba clareando peligrosamente. Era cierto; el cielo tenía ya una ligera tonalidad azulada. Había un tremendo follón de voces excitadas procedentes del reducto fascista. Evidentemente habían vuelto a ocupar el lugar con fuerzas más numerosas. Estábamos a cincuenta o sesenta metros del parapeto cuando nos vieron o nos oyeron, pues lanzaron una cerrada descarga que nos obligó a echarnos de bruces. Uno de ellos arrojó una granada por encima del parapeto, signo seguro de pánico. Permanecíamos estirados sobre la hierba, aguardando una oportunidad para seguir adelante, cuando oímos o creímos oír—no tengo dudas de que fue pura imaginación, pero entonces pareció bastante real— voces fascistas mucho más cercanas. Habían abandonado el parapeto y venían a por nosotros. «¡Corre!», le grité a Moyle, y me puse en pie de un salto. ¡Cielos, cómo corrí! Al comienzo de la noche había pensado que no se puede correr cuando se está empapado de pies a cabeza y cargado con un fusil y cartuchos. Supe en ese momento que siempre se puede correr cuando uno cree tener pegados a los talones a cincuenta o cien hombres armados. Si yo corría velozmente, otros podían hacerlo aún con mayor rapidez. Durante mi huida, algo que podría haber sido una lluvia de meteoritos me sobrepasó. Eran los tres españoles que nos habían encabezado. Alcanzaron nuestro propio parapeto sin detenerse y sin que yo pudiera alcanzarlos. La verdad es que teníamos los nervios deshechos. Sabía, en todo caso, que a media luz, donde cinco hombres son claramente visibles, uno solo no lo es, de manera que resolví continuar explorando por mi cuenta. Me las ingenié para llegar a la alambrada exterior y examinar el terreno lo mejor que pude, lo cual no era mucho, pues debía yacer boca abajo. No había señales de Jorge o Hiddlestone y retrocedí reptando. Más tarde supimos que ambos habían sido llevados mucho antes a la sala de primeros auxilios. Jorge tenía una herida leve en el hombro. Hiddlestone estaba gravemente herido, una bala le había atravesado el brazo izquierdo, rompiéndole el hueso en varios lugares; mientras yacía en el suelo, una granada explotó cerca de él produciéndole numerosas heridas. Me alegra poder decir que se recuperó. Más tarde me contaría que se había arrastrado de espaldas algunos metros hasta encontrar a un español herido, con el cual, ayudándose mutuamente, logró regresar.

Ya estaba aclarando. A lo largo de la línea todavía resonaba un fuego sin sentido, como la llovizna que sigue cayendo luego de una tormenta. Recuerdo que todo tenía un aspecto desolador: las ciénagas, los sauces llorones, el agua amarilla en el fondo de las trincheras y los rostros agotados de los hombres cubiertos de barro y ennegrecidos por el humo. Cuando regresé a mi refugio en la trinchera, los tres hombres con quienes la compartía ya estaban profundamente dormidos. Se habían arrojado al suelo con el equipo puesto y los fusiles embarrados apretados contra ellos. Todo estaba mojado, dentro y fuera. Una larga búsqueda me permitió reunir bastantes astillas secas como para encender un pequeño fuego. Luego fumé el cigarro que me había estado reservando y que, con gran sorpresa por mi parte, no se había roto durante la noche.


Tiempo después supe que la acción había resultado un éxito. Se trataba meramente de una salida para que los fascistas apartaran tropas del otro lado de Huesca, donde los anarquistas volvían a atacar. Yo supuse que los fascistas habían utilizado cien o doscientos hombres en el contraataque, pero un desertor nos dijo más tarde que eran seiscientos. Creo que mentía —los desertores, por motivos evidentes, a menudo tratan de caer bien mediante adulaciones—. Era una gran pena lo del telescopio. La idea de haber perdido ese magnífico botín me duele aun ahora.


George Orwell
Homenaje a Cataluña, 1938 - Capítulo VI







Primera edición de "Homage to Catalonia". Secker and Warburg, Inglaterra, 1938

1606. Buscamos a la familia de Ángel Espada Zamarra





Buscamos a la familia de Ángel Espada Zamarra, que nació en Torrubia del Campo (Cuenca) el 27 de enero de 1910. Sabemos que combatió en la 68 Brigada Mixta del Ejército Popular de la República, que en la retirada llegó hasta Francia, que fué detenido por los nazis, trasladado al campo de prisioneros de guerra de Villingen y después al Stalag de Estrasburgo.

El 11 de diciembre de 1940 junto a otros 845 prisioneros subió a un tren con destino a Mauthausen, campo al que llegó dos días después. Allí dejó su último domicilio conocido (Calle Cara de Dios nº 8 en Torrubia del Campo) y el nombre de su esposa (Manuela Barranco).

El 29 de marzo de 1941 es enviado al subcampo de Gusen, donde fallece el 15 de enero de 1942. El informe señala que la muerte se produjo a las seis de la mañana a causa de un «reumatismo de articulación y defecto de la válvula». Durante tres días su cuerpo estuvo amontonado, junto a otros, esperando que hubiera hueco en el crematorio, donde fue llevado el 18 de enero.

Siete años después, el 21 de junio de 1950, su esposa Manuela Barranco, recibía en su domicilio de la Calle Echagary núm. 2 de Socuéllamos, Ciudad Real, la comunicación oficial de su muerte.

Nos consta que tenía una hija, Consuelo Espada Barranco.

Esperamos vuestra colaboración.

Correo de contacto: buscameenelciclodelavida@gmail.com



1605. Una entrevista a Jacinto Benavente





El «Emigrante»

Don Jacinto en persona franquea la entrada.

«¡Uf! ¡No sabe usted la que se ha armado en la calle!», siento gusto de decirle.

No se lo digo. Es más interesante que sea él quien lo diga.

El tampoco lo dice, naturalmente.

A D. Jacinto, como artista puro le encanta esa noble burla de equivocar a la gente.

El «decíamos ayer...» hoy sólo lo usan los cobradores de morosos recalcitrantes.

A mí me basta advertir que don Jacinto no se ha rasgado las vestiduras ni comprado un bordón de peregrino. Me basta con ver entre sus dedos el puro de todas las caricaturas y no la pesadumbre de un «kempis»...

Sí... D. Jacinto no cambia. Lo que cambia es la gente.

Esta ágil sonrisa, esta suave palabra, esta elegante serenidad es la misma de siempre.

La de cuando «Para el cielo y los altares»; la Dictadura contra D. Jacinto: la de cuando sus charlas en San Sebastián; D. Jacinto reaccionario... Hoy se juega al «emigrante»...

En fin. Yo no creo que D. Jacinto, al pensarlo, hiciese cosa más grave que sugerirse las delicias de un turismo franciscano...

Vamos a oírle.

De cualquier modo, lo que cuente será muy interesante.

Don Jacinto es la palabra oportuna, amena e irritadora.

Don Jacinto es tanto la palabra que el periodista se le puede acercar sin otro aliciente que su humilde pregunta.

La pregunta lo atrae. Ni siquiera hay que sobornar su atención con ese champaña de la vanidad que es el magnesio de los fotógrafos... Pregunta pura, y basta.

En fin. Hay que preguntarle:

OPINIONES DE DON JACINTO BENAVENTE

-¿La Constitución, dice usted?

Don Jacinto, al repetir la pregunta, ensaya un chorro de risa burlona. «¡Pero hombre, pero hombre!»... Y tras el conato irónico, muy en serio ya, redondea su parecer.

-¡Una Constitución!... Sí, jurídicamente, es posible que resulte un gran monumento; ahora, en la realidad...! ¿En la realidad de España? ¡No sé, no sé!.. Las leyes en síntesis no son nada. Se cumplen. Esa es la cuestión. Un buen pueblo, un pueblo bueno, no necesita leyes.

Aquí el problema, más que de política es de educación. Hay que educar pronto, rápidamente, a los de abajo... ¡Y a los de arriba! Si me apuras diré que andan más faltos de ella los de arriba que los de abajo. Después de todo, en España lo más discreto y lo más sano es el pueblo. Ahora bien: mientras no se eduque, con leyes buenas o con leyes malas, el país seguirá lo mismo.

-¿Advierte con la República algún cambio en las costumbres?

-No, desgraciadamente, no. Estamos viviendo la tercera Dictadura. ¡Y ya son demasiadas!... Una dictadura de un Parlamento con pujos de Tribunal de Salud pública.

Conste que a mí no me atemorizan los radicalismos... Pero, ¡ya está bien de dictaduras!...

-Si triunfara plenamente el socialismo, ¿encontraría España «su» solución?

-La verdad: no lo creo. Pocos países existen en el mundo de un carácter más ferozmente individual que el nuestro.

El socialismo español peca bastante de exclusivista. Carece de flexibilidad y de lógica. Aún obsesiona lo de «las manos encallecidas en la faena»... Mi pesimismo nace más que de las masas de conductores.

¡Si cundiese el ejemplo de Suecia, de Noruega, de Bélgica!

Ante la actitud de los socialistas de España resulta imposible creer que la tarea de las agrupaciones de Bélgica, Noruega y Suecia se inspira en postulados comunes.

-¿Se consolidará la República, Don Jacinto?

-Sí. En cuanto se depure, en cuanto deje de soñar con los enemigos de fuera.

Los enemigos de fuera de la República viven en su seno. Hubo en España una época -ayer- en la que con decir ¡«Viva la República»! se obtenía cédula de persona decente... Al amparo del vítor se incorporaban al régimen toda suerte de ineptos y de sinvergüenzas.

¡Y allí continúan!

Urge la depuración. ¡Yo he vivido la otra República!...

-¡Hombre, Don Jacinto!... ¿Y hay diferencias?

-Sí, la de ahora está mejor. ¡Se ha progresado un poquito! Con todos sus defectos, la de hoy es menos mala!...

-Y usted D. Jacinto, ¿es «aún» monárquico o «ya es» republicano?

-Yo fui y soy, naturalmente, monárquico. Monárquico por convencimiento. Creía que el régimen monárquico se adaptaba más que ningún otro a las condiciones del país.

Sé que «idealmente» -¡si eso lo enseñan en el bachillerato!- la República constituye el gobierno «ideal».

Ha ocurrido lo que ha ocurrido... ¡Lo que fatalmente tenía que ocurrir. ¡Pues bien...! yo advierto con lealtad que es un absurdo entretenerse soñando restauraciones.

Las clases conservadoras de España, torpes y egoístas, han merecido la terrible lección. ¡Eso no hay quien lo mueva!

¡Yo hoy voto al compañero Pestaña antes que a los monárquicos!

-¿Trató usted en su «vida regia» a D. Alfonso?

-Sí, Algunas veces estuve en Palacio. En algunos estrenos me hizo subir a su palco...

¡Era amable!...

Siempre me daba la impresión de un hombre simpático y bien intencionado. También me daba la impresión de que, como todos los reyes, vivía muy mal rodeado...

¡Ah, «el rodeo»! El terrible rodeo destruye a los grandes hombres...

-¿Qué le parece la solución dada al problema religioso?

Y D. Jacinto, que según los alegres «recién llegados» a la pluma y al café, luce en sus espaldas un hermoso letrero de moda: «¡cavernícola!». Responde así:

-La solución me parece justa. Todo lo que les pase a los católicos de España les conviene ¡como lección!

Las persecuciones restituirán el catolicismo a su pureza.

¡Se había abusado tanto!

Yo soy, antes que todo, amigo de la libertad. Roja, negra o azul, la intransigencia me crispa. Los males de España se nutren de nuestra condición de intransigentes feroces.

Aquí la libertad de cultos, por ejemplo, se hizo un problema. Un terrible problema. Hace unos años que, por lo menos a mi disposición, lucho en ayuda de la libertad de cultos y divorcio...

Recuerdo la indignación originada en Sevilla por mis teorías. ¡No puedo convencer a las señoras andaluzas!

Sin embargo, ¡mis razones eran bien claras!

Yo les decía: ¡Cuando van las beatas de aquí en Inglaterra, bien que les gusta tener en pleno Londres su misita y sus sermones! ¡En su catedral! Catedral como no hay otra en España, en lo que concierne a esplendores litúrgicos.

¿Y el divorcio? ¡Ah! Con el divorcio no había forma de convencerlas de que eso es para quien lo desee.

Y es que en España no existe pueblo católico. Hay intransigencias. Son «adoradores» de una imagen, de un Cristo, de una Virgen. Les emociona de la imagen su plástica. Y por ese camino se va fácilmente a las enormidades paganas que caracterizan en Sevilla el desfile de «El Cachorro»...

¿Qué piensa usted de las mujeres y de su triunfo político?

-Bien el feminismo merece la victoria.

Indudablemente, en el plano inferior, la mujer ha sido siempre superior al hombre.

Y... ¡si ellas se mejoran!

-¿Le atrae la política, D. Jacinto?

-¡Muy poco!... Fui diputado. ¡La verdad es que allí no había otra cosa que retórica! Escuché centenares de discursos y no recogí una idea. En «mis» Cortes, el único que daba la sensación de saber lo que hacía y lo que decía era Cambó.

A los hombres de hoy los conozco muy poco; Besteiro, Lerroux y Prieto fueron camaradas de legislatura.

De Prieto, a pesar de mis bromas, soy amigo.

A Azaña lo traté en el Ateneo. Es hombre de gran cultura y decidido. De todos, el que me parece más certero en su tarea es Besteiro; ¡lleva muy bien su casi divino cargo!

¿Qué le parece, D. Jacinto, la obra de los intelectuales en las Cortes?

-¡Que le voy a decir! ¡Ya ve lo que hacen! Están como señoras que acuden a oír una comedia atrevida, y a cada frase se levantan diciendo: ¡«Ay, que se ponen muy groseros estos hombres»! ¡Vámonos! ¡Vámonos! ¡Esto no es para nosotras!

Creo, por otra parte, que en el mundo diplomático lucirían más, grandes escritores y grandes pintores fueron excelentes embajadores. El caso del pintor Rubens lo demuestra.

Lo que ocurre aquí también pasa en Francia: los periódicos parisienses se distraen a costa de Paul Claudel... El hombre parece que se ocupa más de sus versos que de los negocios del Estado.

-Entonces D. Jacinto, ¿cómo se figura el porvenir de España?

-La profecía no es mi fuerte, Pero... ¡en fin!

Si llega un Gobierno Largo Caballero, es muy posible que resulte. La inestabilidad presente nace de lo heterogéneo. Este Gobierno es preciso que se comporte de un modo flexible. Ceder a tiempo es gobernar.

Lenin era un hombre de hierro y tuvo que ceder. Lo mismo que MacDonald. Hay muchas realidades por encima de las ideas.

De lo contrario...

Yo hice una vez cierta caricatura; el dibujo representaba una población en ruina toda llena de horcas y de cadáveres. El pie del dibujo decía simplemente; «¡Ha triunfado la idea!».

Esto no le puede gustar a nadie.

¡Hay que evitarlo!

Después de todo, lo que hoy sucede no me extraña. Ya dije en mis combatidas charlas de San Sebastián que los primeros años del nuevo régimen serían dictatoriales. Tiene asimismo que subsistir el régimen parlamentario; es un mal imprescindible. ¡Y demos a Dios las gracias porque no se ha encontrado otro peor!...

-Bien, D. Jacinto, ¿Y es firme su propósito de no escribir más?

-No hombre, no. Sucede que cada día me resulta más penoso escribir comedia. El teatro es un espectáculo carísimo. La responsabilidad de un fracaso, tremenda. Hoy escribir una obra equivale, en lo económico, a construir un puente o una fábrica de luz... La preocupación, igual: ¿Y si no funciona la dinamo?...

¡Pero escribir!.... Haré libros o artículos.

¿Ya es uno viejo y en que se va a distraer?

El teatro me consume muchos nervios; el público no sabe lo que quiere.

¡La intransigencia de un lado y de otro!

Ya vio lo de Fontalba. Le aseguro que la frase carecía de intención.

En mis obras siempre hice burlas de los ministros, no de un ministro.

Aquí tengo -D. Jacinto señala a un libro de su pupitre- una comedia estrenada hace años. Hay un ministro de Agricultura que confunde la alfalfa con el trigo...

Algo más seguramente, me dijo «el emigrante»...

-Sin duda, ha callado mucho. De cualquier modo, ya lo veis, D. Jacinto sigue igual. Políticamente, le obsesiona un juego; combatir la intransigencia.

En su vida. En su obra. Pierden su esfuerzo los que se preocupen de catalogarle. Se evitarían muchas equivocaciones si D. Jacinto, al fin, se decidiese a encargar estas tarjetas; «Su» tarjeta:

JACINTO BENAVENTE
Burgués inquieto
Atocha, 20

Y nada más.


Francisco Lucientes
El Sol, 27 de agosto de 1931