Lo Último

América y la "idea del Imperio" de Franco


Los pueblos iberoamericanos expresan, en forma cada vez más entusiasta, su solidaridad con el pueblo español, que lucha contra los generales rebeldes, instrumentos de las fuerzas regresivas europeas y traidores a su patria. Un vasto movimiento popular al servicio de la causa democrática de la Península, cunde y se propaga de hora en hora en el Continente. Noticias de metan, conferencias, jornadas de masas, formaciones de comités y campañas de prensa, nos llegan de los diversos países de América. Si algún lacayo de Franco intenta siquiera presentarse en público, se ve al instante sumergido por un vigilante y prepotente torbellino de opinión antifascista. El pueblo ha pasado, allá también, a la ofensiva contra la campaña de calumnias desencadenadas por los rebeldes contra la república española, y esta ofensiva, lejos de ceder a la represión policíaca de ciertos gobiernos, vinculados directa o indirectamente al fascismo internacional, crece y va convirtiéndose en un resorte capaz de determinar cambios profundos en la política de esos países y, por ende, en la actitud de sus esferas oficiales frente a la guerra de España.

Respuesta más elocuente no podría dar América a los repetidos llamamientos dirigidos por Franco a nuestros países para fundar un imperio hispanoamericano sobre la base de los "lazos de la sangre y del idioma, de la historia y de la civilización". Desde luego, ignoramos lo que Franco entiende por imperio hispanoamericano. No tomamos en serio la necia y extravagante ocurrencia —porque no hay por dónde tomarla— y sólo la registramos para notificar, a la faz del mundo, al "generalísimo", que América rechaza, en nombre precisamente de los auténticos destinos de la raza, todo vínculo, siquiera fuera momentáneo y circunstancial, con los lacayos de la invasión extranjera en España y destructores de los pueblos y ciudades en que tuvieron cuna ese mismo idioma y esa misma civilización que nos son comunes

Sin duda, una emancipación colonial escamoteada y operada a favor de las oligarquías criollas, nos mantiene aun en América sumidos en una realidad política en que, con frecuencia, las normas democráticas se ven conculcadas en provecho de castas y partidos en gran parte herederos, justamente, del acicazgo al que hoy sirve Franco. Esta realidad, no obstante, no impide—lo auspicia al contrario y lo alimenta— el pujante e incontrastable movimiento de ascensión de las fuerzas democráticas del pueblo hacia su efectiva y total liberación.

Sorda y subterránea a la vez, esta vasta efervescencia popular prendió ya y afloró el ideario de sectores políticos que, no por no haber hasta ahora logrado derribar a las oligarquías reinantes o haber en otros casos, claudicado o cedido a. concupiscentes intereses personales y de clan, no son por ello, menos representativos de la gran mayoría ciudadana y de sus ansias colectivas más puras. Así es como Franco encontraría insisto, en la doctrina de los Partidos Liberal de Colombia, Ecuador y Bolivia, en la de los Partidos Radicales de Chile, del Uruguay y Argentina, en la de los Partidos Nacionales Revolucionarios de México, Brasil, en el programa Aprista del Perú y, sobre todo en la doctrina de los grandes partidos proletarios que de Cuba al Paraguay y a Venezuela, recogen los hondos y genuinos anhelos de justicia social del Continente, un perentorio y universal repudio a toda complicidad o connivencia con su demente sueño imperialista, fuese este imperialismo propuesto del modo más "desinteresado y fraternal" y en. el plano más abstracto, "espiritual" o "idealista". Franco chocará en suma, en América —ha chocado ya— con un frente enemigo que engloba la totalidad de nuestras fuerzas sociales y cuyas formas de ofensiva tienden a devenir cada vez más completas y envolventes.


César Vallejo
Nuestra España, 17 de Junio de 1937





2638. El peligro fascista

El señor Ventosa, en su intervención, se quejaba de que el Gobierno es beligerante ante el problema del orden público. Discrepo completamente de lo manifestado por el señor Ventosa. Yo tengo que hacer una crítica del Gobierno precisamente porque después de haber afirmado hace aproximadamente un mes que él sería beligerante ante el problema del fascismo, el Gobierno no es verdaderamente beligerante. El hecho de que en esta Cámara puedan pronunciarse discursos de tipo fascista como el pronunciado por el señor Calvo Sotelo hace unas semanas y esta misma tarde demuestra que el Gobierno da, incluso en el propio Parlamento, toda clase de facilidades a las hordas fascistas, a esas hordas a que antes en sentido negativo se refería el señor Calvo Sotelo.

Yo dije al señor Azaña el día 15 de abril en esta misma Cámara: en ese Gobierno -y en el del señor Casares Quiroga, la cuestión está todavía más acentuada-, en ese Gobierno hay dos contradicciones fundamentales. Y en política, cuando hay contradicciones fundamentales, no se va a ninguna parte, o se va, inevitablemente, al fracaso. La contradicción fundamental que se manifestaba en el Gobierno del señor Azaña, y que se repite ahora en el del señor Casares Quiroga, es que en 1936, cuando existe en el país una situación mucho más revolucionaria que en 1931-33, el Gobierno es menos de izquierda, menos avanzado, menos revolucionario que el de entonces. La presencia de tres ministros socialistas en el Gobierno presidido a la sazón por el señor Azaña tuvo en aquella época la garantía de un sentido social progresivo que en manera alguna puede tener, aunque posean sus hombres la mejor voluntad del mundo, el Gobierno actual, formado exclusivamente por republicanos.

Y otra de las contradicciones que indicaba al señor Azaña, y que señalo ahora al señor Casares Quiroga, es que siendo el triunfo del Frente Popular el 16 de febrero el del movimiento de octubre, pues sin octubre no existiría el triunfo del 16 de febrero, los hombres que simbolizan aquella gesta no se encuentran representados de una manera directa en el Gobierno del Frente Popular que actualmente preside los destinos de España.

Y bien, señores diputados, estas contradicciones no conducen, como he dicho, a ninguna parte, o conducen, irremediablemente, al fracaso. Hace un mes aproximadamente que este Gobierno se constituyó, encontrándose ahora ante una ofensiva brutal por parte de la derecha, e indiscutiblemente con una situación caótica en todo el país.

¿Por qué esta situación del Gobierno? ¿Es que voy a suponer ahora en el Gobierno del señor Casares Quiroga una falta de buena voluntad para cumplir los compromisos del Frente Popular? Yo no haré esta afirmación; pero el hecho evidente es que el Gobierno, que lleva de hecho cuatro meses de vida -hoy hace cuatro meses que triunfaba el Frente Popular en las elecciones-, este Gobierno durante un tercio de año, durante una sexta parte, aproximadamente, de lo que es la vida normal de unas Cortes ordinarias, no ha hecho, no ya la sexta parte, ni la décima, ni la centésima parte de lo que contiene el programa del Frente Popular.

En el pacto del Frente Popular, firmado por los partidos republicanos de izquierda y firmado también por el partido que yo represento, se hablaba, en primer término, como cuestión capital, de la amnistía. Esta amnistía no ha sido concedida por el Parlamento. Esas masas, no las hordas que trataba de denostar el representante del fascismo en esta Cámara, señor Calvo Sotelo, sino esas masas que tienen una gran vibración política, las masas que hicieron el movimiento de octubre, las masas que dieron el triunfo del 16 de febrero al Frente Popular, estas masas, porque recelaban tal vez de las posibilidades del Parlamento, arrancaban la amnistía antes de que el Parlamento se la diera. Y el Parlamento no ha concedido todavía la amnistía prometida en el pacto del Frente Popular.

Hay más. En el pacto del Frente Popular se habla de los represaliados. El Gobierno ha obligado a que los represaliados sean admitidos por parte de las empresas de que fueron despedidos; pero hay represaliados del Estado, hay hombres que tomaron parte activa en el movimiento de octubre, personalidades cuyos nombres, si hubieran sido fusilados, como querían los representantes de la derecha, hoy seguramente estarían inscritos en mármol al lado de los de Galán y García Hernández -me refiero a los militares sublevados, al comandante Farrás, a Bosch, a Luengo, a Condé, a Escofet-; y estos hombres, representantes de octubre; estos hombres, funcionarios del Estado, represaliados, todavía no han sido readmitidos. Se falta, por tanto, al pacto del Frente Popular, se falta en la acción del Gobierno a las promesas del pacto del Frente Popular.

Hay más todavía, señores diputados: esta suspensión permanente de las garantías constitucionales. Yo no sé, hombres representantes de los partidos de izquierda, socialistas, camaradas del movimiento obrero, si os dais cuenta de la gravedad que entraña por parte de un Gobierno del Frente Popular la suspensión permanente de las garantías constitucionales. Con la suspensión de garantías constitucionales gobiernan las derechas; pero la clase popular progresiva, un movimiento que tiene la garantía de contar con el asentimiento casi unánime de las grandes capas populares, no necesita la suspensión permanente de garantías constitucionales. Es a través de la Constitución, es a través de la democracia, es a través de la libertad, como nosotros podemos combatir el movimiento contrarrevolucionario. ¿Os dais cuenta, señores de la izquierda y señores socialistas, de lo que representa una educación permanente del pueblo español viviendo en régimen constante de suspensión de garantías? ¿No es ésta una educación negativa, en el sentido de que puedan implantarse regímenes que vayan contra la libertad, que dice asegurar la Constitución del año 1931? Los peligros de la democracia se vencen con la democracia misma.

Aquí se habla de leyes represivas contra los jueces que dictan sentencias favorables al fascismo. ¿Por qué no restaurar el Jurado, y un Jurado popular dictaminaría, no como quieran los jueces reaccionarios, sino como es el sentido liberal de la población? ¿Por qué no matar esos Tribunales de urgencia, engendro equivocado de la República, que dan el poder de una manera omnímoda a los jueces contrarrevolucionarios? ¿Por qué no establecéis la libertad de Prensa, que no atacará las ideas progresivas, sino que determinará precisamente una gran corriente popular para ahogar todo lo que se oponga a esta libertad del sentido progresivo de la Prensa? Y, en último término, señor Presidente del Gobierno, si con la libertad de Prensa el Gobierno ve enemigos declarados en la Prensa contrarrevolucionaria, ¿por qué no aplica una medida contra uno, dos, tres o cuatro periódicos, y no adopta una medida general contra toda la Prensa, incluso contra la Prensa de izquierda? Lo cierto es que hoy, para enterarnos de lo que sucede en España, tenemos que leer la Prensa inglesa, la Prensa francesa, la extranjera en general, y aquí estamos in albis. Así se va fomentando un ambiente de desconfianza, de rumor, de descontento, de ansiedad, de inquietud, y esto es, precisamente, lo que utilizan los hombres de la contrarrevolución, en el Parlamento, en su Prensa, en sus reuniones clandestinas, para ir creando una atmósfera contraria a la situación actual.

No nos engañemos; entre el Parlamento actual y la situación real del país va cada día profundizándose más un verdadero abismo. El Parlamento hoy no representa la inquietud popular; este Parlamento representaría el anhelo que significaba el triunfo del 16 de febrero si hubiera hecho una tercera parte del pacto del Frente Popular; y ni la tercera, ni la décima, ni la centésima parte ha sido llevada a cabo. íAh!, entonces, ¿qué queréis que piensen centenares de miles de campesinos, de obreros hambrientos, toda esa gente vejada por la represión de octubre, todo ese gran movimiento popular que ha ido a una acción porque ha aspirado a una mayor justicia, pero, también, a un mayor bienestar económico y social? ¿Por qué el Gobierno, por qué vosotros, por qué nosotros mayoría, por qué nosotros no hacemos, por ejemplo, una mínima parte de lo que ha realizado el Gobierno de Blum a los cuatro días de posesionarse del poder?

Hay en el país un movimiento de huelga, no de hordas, sino de masa civil, de masas representantes de la verdadera esencia de la Nación.

Si vosotros veis este gran movimiento huelguístico, no lo atajaréis ni. con máuseres ni con fusiles, ni con medidas represivas; ese movimiento huelguístico, que tiene una razón de ser, lo apaciguaríais si tomaseis medidas, no de orden coactivo, éstas para las derechas, sino medidas de índole económica para la clase trabajadora. La semana de cuarenta horas, un salario mínimo, una garantía de que los obreros en paro forzoso encontrarían trabajo, todo eso liquidaría el movimiento huelguístico que actualmente existe planteado en España. Y si no hacéis esto, representantes de la mayoría, del Gobierno, del Frente Popular, las huelgas crecerán, habrá mayor malestar y todo esto hará que vaya intensificándose la ofensiva de la contrarrevolución, y llegará el momento, como ocurrió en 1933, en que pueda haberse creado un divorcio, un abismo infranqueable entre la voluntad de las masas y el Gobierno del Frente Popular. Yo no deseo eso, y, porque no lo deseo, señalo el que, a mi entender, debiera ser el camino político seguido por el Frente Popular, para salir de la contradicción actual.

Hay una situación prefascista en el país, es innegable; existe el fascismo; ataca el fascismo; lanza bombas el fascismo; ametralla el fascismo; dispara las pistolas el fascismo; habla desde los bancos de la contrarrevolución el fascismo; existe el fascismo, Y toma en este momento en España las posiciones que adopta el fascismo cuando nace en determinados países. El fascismo de Mussolini, primeramente, no era. un peligro para Giollitti; no era un peligro para socialistas ni comunistas; eran hordas terroristas: el fascismo asaltaba la gran campiña romana y hacía excursiones punitivas, pero no ponía en peligro la seguridad del Estado liberal. El fascismo italiano, en sus comienzos, estaba constituido por hordas terroristas que asaltaban los locales de los partidos socialistas y comunistas, pero aún no era un movimiento que pusiera en peligro la seguridad del Estado. El fascismo, a través del terrorismo, a través de la acción solapada y de la colaboración que le presta la gran burguesía, se prepara para una nueva entrada de los grandes bandoleros de la Historia, como los jefes de los movimientos fascistas italiano y alemán, que parecía que se encontraban completamente descartados, y, sin embargo, vimos más tarde que tomaban el Poder por mediación de golpes de Estado, favorecidos por la gran burguesía. Y ésta es una situación en la que nosotros podemos encontrarnos dentro de un año, de dos, o dentro de muy poco tiempo.

Para destruir el fascismo no bastan medidas coercitivas, sino que hay que aplicar medidas políticas, y una medida política, principalmente, señores del Frente Popular, es que el Gobierno responde a la constitución de este Frente, que no haya contradicción en la constitución del Gobierno. Un Gobierno que respondiera actualmente a los deseos de las masas populares y, por tanto, a la realidad, debería estar integrado, no solamente por los partidos republicanos, sino por los partidos obreros, por los representantes del Frente Popular que crean en la política de este Frente Popular.

Ese Gobierno, así formado, debería nacionalizar las tierras, los ferrocarriles, la gran industria, las minas, la banca y adoptar medidas progresivas, como las que ha adoptado en Francia Blum; ese Gobierno podría acabar con la amenaza fascista.

De otro modo, dentro de dos meses veremos cómo la contrarrevolución es más intensa, y tal vez entonces sea ya tarde para contener los desmanes del fascismo, más peligroso de lo que tal vez nosotros nos lo figuramos desde estos escaños.

El fascismo hoy es un peligro real en España, y hay que acabar con él con medidas represivas y con medidas políticas, como las que acabo de señalar.


Joaquín Maurín
16 de junio de 1936
Discurso pronunciado ante las Cortes españolas. Cortes españolas.
Fuente: Fundación Andreu Nin








2637. El Estatuto de Cataluña II




Señores diputados: sobre lo que me ocurrió decir al Parlamento hace dos semanas ha caído una lluvia de discursos, fértil como suelen ser las lluvias; pero que ha tenido el inconveniente de obligarme a hacer una rectificación; mas hubiera sido excesiva torpeza no demorar ésta, contribuyendo así a que continuase el proceso anómalo de esta discusión, en que se empleaban a lo mejor sesiones enteras discutiendo discursos como el mío, emanados de los grupos menores de la Cámara, cuando aún ignorábamos todos el parecer del Gobierno sobre el tema que discutimos. Debate tal no podía tener ninguna corporeidad; cuanto nosotros opinásemos y cuanto nuestros opositores contraopinasen podía aspirar cuando más, a ser una lucida anécdota, pero no a hacer avanzar un paso esta discusión. Era, pues, menester aligerarla, acelerarla, a fin de que pronto divisásemos la otra orilla, como por fin lo hemos hecho el viernes pasado al escuchar la palabra excelente del señor presidente del Consejo. Lo demás era conversación de Puerta de Tierra.

Al contestar a mis adversarios quisiera ser muy breve. Mas debe recordar la cámara que han sido muchos los discursos dedicados a desvirtuar, machacar y porfirizar mis razonamientos, y que, por tanto, no puedo contraerme, como quisiera, a unos minutos solos en esta rectificación. Ante todo, tengo que poner aparte y separado de todo lo demás, un ataque que no se ha dirigido a las opiniones expuestas por mí, sino que, perforando éstas, ha venido a prenderse en mi persona, aunque no sólo en mi persona. Me refiero a un ataque personal que, insinuado ya en el discurso del señor Xiráu, repercutido en la oración del señor Franchy, ha sido lanzado por el señor Hurtado tan a fondo y con tal amplitud, que vino a ocupar casi la mitad de su intervención. Yo espero, no obstante, en cuatro o seis minutos, afrontar esta embestida.

¡Curiosa actitud la del señor Hurtado! Había yo puesto toda mi alma y mis sentidos en el esfuerzo de presentar el problema catalán, no sólo peraltado sobre toda incidencia personal, sino libertándolo de todos aquellos detalles transitorios y enturbiadores que trae siempre la actualidad, presentándolo en su aspecto más puro y respetable, dignificado por la perspectiva y resonancia de una historia entera, de un destino multisecular. Había yo renunciado radicalmente a cuanto pudiera parecer fácil tergiversación y halago a cualquier pasión anticatalana y había podido hablar, durante hora y media, sin que una sola de mis palabras hubiese podido herir la epidermis más sensible de un catalán, hablando de su historia desde el fondo de ella misma; porque cuando pase esta lucha aguda de ahora, bien puedo asegurar –cierto estoy de ello- que una generación de jóvenes catalanes coincidirá al sentir y escribir su historia, con lo que yo insinué rápidamente en mis palabras. Y a todo esto respondió el señor Hurtado con un ataque personal, con una serie de argumentos ad hominem, de argumentos sobre el hombre; peor aún, porque tal vez por no encontrar argumentos sobre el hombre, fue más allá de él a buscarlos en la familia del hombre y, un poco hiena, se puso a escarbar en las tumbas. Y todo para someter a análisis mi sangre, y no sólo la mía, sino la de otros compañeros a los cuales no tengo por qué defender yo, e insinuar a la Cámara que sus ingredientes ancestrales hacían que la inexorable química de que nacen mis opiniones tuviera que ser fatalmente monárquica.

Señores, aunque yo no he aspirado nunca precisamente a poner los puntos al Cid, no me asustan los ataques personales. Llevo un cuarto de siglo en puro e incesante combate público, de cariz tal, por el modo de mis opiniones, que he recibido constantemente golpes de un lado y del otro, de suerte que no es fácil haya en mi persona cuadrante alguno que no presente callo. No me preocupa, pues, lo que el señor Hurtado haya dicho, ni que el señor Hurtado lo haya dicho: lo que me preocupa es otra cosa, porque eso dicho por él, lo que hubiera podido traer consigo a lo sumo es que, oyéndole, automáticamente se incorporase en mi mente yo no sé si un vago recuerdo o pura fantasía involuntaria de una fecha poco anterior al 15 de diciembre de 1930 y poco posterior a los días en que yo había publicado ciertos artículos en El Sol, que dieron algo que hablar; y en esa fecha una figura muy parecida a la del señor Hurtado, que viene a convencerme de que lo hecho por mí era una insensatez, que la República no vendría nunca a España y que lo que debíamos haber hecho, y hacer aún, era intentar un nuevo ensayo con la monarquía. (Grandes y prolongados rumores.)

Pero, repito, que esto no tiene importancia. Sea recuerdo vago o pura fantasía mía, no tiene importancia ni para mí ni para el señor Hurtado. Pero sí la tiene, no para la historia de España, ni para la República, sino para mi persona, la actitud que, mientras aquello se decía, adoptaba la Cámara; porque mientras el señor Hurtado echaba fuera de su pecho aquellos ataques personales, una gran parte de la Cámara aplaudía o mostraba, al menos, subrayada complacencia, y el resto, salvo muy pocos, no hacía alarde alguno de displicencia. Bien entendido que tampoco esto me ofende ni me irrita. Se trata de una cosa mucho más sencilla, clara, precisable, casi estoy por decir que de una simple operación de aritmética elemental. Porque yo me he presentado ante mis conciudadanos, y muy especialmente ante mis compañeros de Parlamento, como un hombre que duda mucho de que su intervención política pueda ser útil, porque me faltan para ello casi todas las condiciones, desde las físicas hasta otras más trascendentes y, por tanto, desde el día en que presenté mi candidatura de diputado –presentación que fue entonces un claro deber- es para mí una constante congoja de conciencia decidir si no podía yo con mayor certidumbre servir a mi país fuera o dentro de él en otras materias. Pero, claro, si yo tengo que defenderme de acusaciones de monarquismo, como tuvo el otro día que defenderse el señor Sánchez Román en párrafos de tonante irritación... ¡Ah!, el señor Sánchez Román es más joven que yo y tiene muchos más arrestos; pero yo no puedo defenderme, porque es evidente que si ahora o en cualquier otra ocasión, que lo mismo que ahora se pudiera presentar, tuviese que gastar esas pocas energías de que hago ostentación únicamente en ponerme a nivel de republicanismo, en ser admitido en el coro republicano, en suma, en hacer oposiciones a una republicana vacante, entonces es bien claro que mi intervención no puede sobrenadar en utilidad para mi país, y esa actitud de la Cámara aclara, en principio, mi situación interior. Conste, pues, que no se trata de una queja, ni mucho menos pretendo lo más mínimo rozar el albedrío de la Cámara que, en uso de su perfecto y libérrimo derecho, se comportó como lo hizo; pero a lo que no tendrá tanto derecho es a mostrar extrañeza o sorpresa ante eventuales resoluciones que, con respecto a mi propia y modestísima actuación, pueda yo adoptar en vista de ello. Y quede así concluso el asunto separado por un compartimiento estanco de todo lo demás. (Rumores.)

Y eso demás, de que tengo que hablar, no tiene ya carácter personal y se referirá, primeramente, a las argumentaciones que se han hecho contra mis opiniones o contra el dictamen de nuestro grupo, y luego, más brevemente, a lo que importa más: a la posición dibujada por el presidente del Consejo de Ministros; a su posición, no a sus doctrinas históricas, interesantes como no podía menos, viniendo de quien vienen, pero que me parecen demasiado discutibles y, por lo mismo, no conviene enzarzarlas en este debate, so pena de no acabar nunca.

Y he aquí, que quiéralo o no, para contestar a mis adversarios me veo obligado a hablar, una vez más, sobre el tema «soberanía», porque no puedo admitir que quede lastrado el Diario de Sesiones con las ideas sorprendentes, que se han opuesto a las mías, sin procurar dejar en él alguna compensación; pero no me importa hacer notar, ante todo, el hecho de que cuanto yo hablé de soberanía viene a desalojar en ese Diario cinco o seis líneas nada más y, sin embargo, esas líneas, pobres y pocas, han tenido la virtud de prolificar dilatadas disertaciones doctrinales sobre el tema.

Hablemos, pues, un poco de soberanía; pero advierto que entro en el tema con gran temor, porque, como en tantas otras, en materia de Derecho mi ignorancia es tal, que no es fácil hallarle las riberas; mas se trata de cuestión de tal modo elemental, que es ilícito no poseer idea clara sobre ella desde que se entra por esa puerta. Tomemos, por tanto, el problema de soberanía en la forma más clara, más concreta en que frecuentemente se suele presentar; esto es, cuando se habla del Poder soberano.

¿Qué se dice de un Poder cuando se le añade el atributo de soberano? Parece imposible que sobre el particular quepa duda alguna, porque la palabra soberanía presenta de sobra a la intemperie su musculatura etimológica y va, por decirlo así, gritando su significación. Ha de advertirse, ante todo, que cuando de un Poder se dice que es soberano, no se dice ni indica nada, rigurosamente nada, sobre si ese Poder puede mandar muchas o pocas cosas; no se dice nada sobre la extensión de ese Poder, sobre si es absoluto o no es absoluto, sobre si tiene límites o no los tiene. Se dice exclusivamente que un Poder es soberano cuando es el Poder supremo y fundamental del cual emanan todos los demás y que, por ser el primero, no nace a su vez de otro Poder anterior y previo, sino que nace de sí mismo, que es autógeno. Y si imaginásemos un Poder público, un Estado que pudiese mandar poquísimas cosas, no obstante, en ese Poder público tendría que haber Poder soberano del cual emanasen, en última competencia, esos poquísimos mandatos.

La idea de soberanía no alude, pues, para nada a la extensión mayor o menor del Poder, sino que significa exclusivamente el rango, primero o último, según queráis contar: en resolución, el rango supremo que a un Poder corresponde y la condición que éste tiene de nacer de sí mismo y no de otro. Esto es lo que, a vueltas de unas y otras confusiones, más teóricas que reales, ha significado soberanía siempre, invariablemente, a través de todos los cambios de ideas políticas; bien entendido, desde que existe noción de Poder público, de Estado, cosa que, como es sabido, no acontece en Europa sino hasta muy avanzada la Edad Media.

Lo que sí ha variado y mucho, a lo largo de los siglos, han sido, entre otras cosas, las respuestas a estas preguntas taxativas. ¿Quién es el soberano? ¿A quién corresponde ese atributo de soberanía? ¿Quién es el que con justo título tiene y ejerce ese Poder supremo? En la Edad Media y en los siglos XVI y XVII se daba esta respuesta: «El soberano auténtico es Dios, origen y fuente de todo y, por lo tanto, origen y fuente de todo Poder.» Dios unge, directamente o valiéndose, como intermediario, de la elección popular, a un hombre con la soberanía. Esa soberanía de origen divino es la del rey, y ésta es la soberanía por la gracia de Dios. Pero toda la edad contemporánea ha dado otra respuesta y ha dicho: el soberano, el que en última instancia manda, es el mismo que tiene que obedecer y, por tanto, el pueblo; y esto es lo que se ha llamado democracia. Pero ni al decir que el soberano es el rey por la gracia de Dios, ni al decir que el soberano es el pueblo, se alude ni insinúa nada sobre si ese Poder es más o menos extenso, tiene o no límite; porque ésta es una cuestión completamente distinta, ésta es una pregunta nueva, que suena así; sea quien fuere el soberano, ejerza quien ejerciera el Poder público supremo, ¿tiene o no límites? ¿Puede mandar todo lo que quiera, o ese Poder es limitado y, en tal caso, cuáles son sus límites? Y a estas preguntas se han dado también dos respuestas principales: una que dice: «El Poder público no tiene límites, pero no porque sea soberano, sino porque es Poder público, porque es Estado.» Por tanto, sea cualquiera su origen, el real o el popular, ese Estado es en esta opinión, que es la absolutista, un Poder sin límites. Pero en el siglo XVII los ingleses, y en la edad contemporánea todo el continente, dieron esta ilustre respuesta: «No; el Poder público tiene sus límites y  lo primero que ha de hacer el Estado al constituirse es reconocer esos límites, que son los derechos individuales.» Y esto es lo que se llamó, con un vocablo español, liberalismo.

De suerte, pues, que absolutismo y liberalismo son dos respuestas antagónicas a la misma pregunta sobre los límites del Poder; pero ni la una ni la otra tienen nada que ver con la pregunta de quién manda, que es la única que afecta a la soberanía.

Necesitaba yo decir esto, aun cuando haya sido un poco prolijo, porque, aunque me pareciera inconcebible, yo he oído con mis propios oídos decir al señor Franchy, textualmente, lo siguiente: «Hay de la soberanía una idea tradicional, que el señor Ortega y Gasset expuso aquí días pasados en estos términos: Soberanía es la facultad de las últimas decisiones, el poder de crear y anular todos los otros Poderes, cualesquiera que sean ellos.»

Y prosigue después de esta cita el señor Franchy:

«Salta a la vista que esta concepción de la soberanía es una fórmula del más puro absolutismo. ¿Se concibe, en efecto, un poder supremo, creador y anulador de todos los demás poderes, como no sea en las monarquías absolutas, donde la soberanía se confunde con el soberanismo y en éste reside todo principio de poder y de él emana toda facultad de mando?»

Sí, señor Franchy, se concibe perfectamente. No lo dude su señoría. Más aún, ese Poder soberano, de extensión ilimitada, es característico de la pura democracia, de la democracia que no es sino democracia y que por ser sólo democracia es antiliberal; ese Poder soberano ilimitado ha sido siempre lo constituyente de la pura democracia –que no es la nuestra: la nuestra es liberal-, lo mismo en tiempo de Pericles que del actual comunismo. En cambio, señor Franchy, lo que no se concibe –forzoso es decirlo, porque nos importa a todos que en las Cortes republicanas se viva constantemente en la atmósfera, en el elemento de la verdad- es ese Poder ilimitado en las monarquías de Europa; porque el absolutismo monárquico, en el sentido vulgar del término (por fortuna algo profundo de nuestro ser indica esto), no ha existido nunca como situación estable y formalizada en las regiones occidentales.

Y no digo más sobre este punto al señor Franchy, porque conociendo la ejemplaridad de su vida, la respeto hondamente y no estoy dispuesto a tratar al señor Franchy como el señor Franchy me ha tratado a mí. (Rumores.)

De esta manera vemos que es la soberanía la facultad de las supremas decisiones, el poder que crea y anula todos los demás poderes. Vemos también que dentro de nuestras propias convicciones democráticas esa facultad reside en la voluntad colectiva del pueblo. Esa voluntad colectiva del pueblo es, pues, quien en todo instante crea y recrea el Estado, el cual no es sino la organización de los poderes. Lo crea y recrea en todo instante, porque si un Estado existe y perdura es porque esa voluntad colectiva le está nutriendo y sosteniendo día por día; en suma, que le está incesantemente recreando con su adhesión.

Esa voluntad colectiva es precisamente la soberanía y es, por tanto, algo preestatal y prejurídico, es la raíz subterránea, la energía profunda y histórica –ya veréis después por qué digo esto-, la energía profunda histórica de que vive todo Estado y toda ley, porque ella lo lleva, lo alimenta y lo dirige constantemente.

En este punto no creo que haya discrepancia ninguna entre unitarios y federales, pero tras ello surge la cuestión que nos distancia, y esta cuestión que tras ello surge, no es, como seguramente se dirá de todo lo demás, que antes he expresado, no es mera lucubración, ni teoría, sino que es la sustancia misma política del enorme problema político que, queramos o no, tenemos hoy delante y en que estamos sumergidos. Porque decimos en nuestro caso: la soberanía es la voluntad colectiva española. Bien; pero ¿cuál es esa colectividad ¿ ¿Es el conjunto indiviso y compacto de todos los españoles, desde Finisterre hasta Málaga, desde la Maladetta hasta Calpe, desde Port Bou hasta Palos de Moguer? En efecto, ese conjunto, esa enorme masa enteriza y sólida para adoptar todas las resoluciones esenciales, en que históricamente se sienten juntos, resueltos a tener un destino común, favorable o adverso, alborozado o trágico, pero sin reservas, sin condiciones, es lo que la inmensa mayoría del pueblo español entiende, cuando sencillamente dice: «Nosotros los españoles.» (Muy bien.)

Esa es la soberanía unitaria, esa es la unidad de raíz histórica, la solidaridad absoluta (aquí sí que viene bien la palabra), la solidaridad absoluta de los españoles ante la vida y sus vicisitudes.

Pero esta voluntad compacta, unitaria, en que se toman las resoluciones esenciales, puede muy bien imaginarse que se divide y se quiebra en trozos y queda disociada en innumerables y pequeñas colectividades, cada una de las cuales resuelve por sí, aparte, independiente e insolidariamente. Este es el deseo del federalismo: que en vez de una raíz sola y total haya muchas raíces pequeñas, independientes, de las cuales la unidad nacional surge por un pacto subsecuente. Es decir, que la unidad nacional se forma por las ramas y no por la raíz. Frente a aquella unidad nacional, incondicionada y previa, los federales nos proponen una unidad nacional condicionada, contractual, paccionada, secundaria y por lo mismo problemática. Hay perfectamente derecho, hay estricta licitud a preferir esta última y proclamarse federal; pero aquí no se trata de si el señor Franchy o el señor Valle tienen ideas federales, ni de si yo tengo ideas unitarias; eso no interesa tal vez ni siquiera a nuestras respectivas familias. Lo que importa aquí, lo que constituye la última y decisiva sustancia del problema político que debatimos, aunque haya tanto empeño en difuminar su expresión auténtica, es averiguar si la inmensa mayoría del pueblo español sigue resuelta a ser esa voluntad unitaria, a convivir en soberanía indivisa con aquellos con quienes ha convivido hasta aquí, a resolver junto con ellos, con todos ellos, sus problemas esenciales, y si, por querer eso, no admite oscuridad, confusión y equívoco alguno en cuanto afecte o, aun de lejos, amenace a la unidad de esa soberanía. Esa es la posición. (Muy bien, muy bien.)

Y nosotros pensamos que eso es lo que acontece: que el pueblo español, en sus nueve décimas partes, no nosotros que no somos nada, no el señor Maura, ni el señor Sánchez Román, ni mucho menos yo y los otros que coinciden con nuestro sentido, piensa así, y lo que es menester es que vosotros, libérrimamente, aforéis qué cantidad, qué cuantía de españoles piensa de este modo. Eso es lo importante y lo que tenéis que determinar dentro de vosotros mismos. (Muy bien, muy bien. Aplausos.)

Y lo inconcebible es que, aprovechando distracciones de la Cámara, como de contrabando, se haya podido dar a entender aquí, según lo hizo el señor Hurtado, como si esa inmensa mayoría del pueblo español, representado en su Estado, quisiera mandar sobre los catalanes, cuando lo que quiere, con profundo y fraternal querer, es mandar con los catalanes, es que permanezca intacta esa fusión de raíz, es el seguir siendo una unidad profunda de destino histórico con ellos. Si se hubiera planteado la cuestión en forma tal que no existiese en este punto equívoco alguno, veríais qué poca discusión habría nacido y cómo el forcejeo hubiera sido nulo. Por eso yo os proponía que la planteaseis, no en términos de soberanía, sino en estrictos y puros términos de autonomía.

Porque, ¿cómo no va a pensar inquietamente esa incontrastable mayoría del pueblo español, si tras el dictamen de la Comisión, donde existen algunos artículos por lo menos amenazadores de esa unidad de soberanía, oye que el señor Hurtado se entrega a juegos de palabras, hablando de un extraño pacto entre la región autónoma y el Estado, pacto que, aparte la cuestión principal y como algunas de las otras cosas que el señor Hurtado dijo, parece completamente incomprensible? Porque el señor Hurtado dijo estas palabras: «Nosotros hablamos de un pacto entre la región autónoma y el Estado, dos organismos de Derecho, dos personalidades jurídicas, que pueden y que deben pactar y que, según la Constitución, son las que realmente pueden y deben pactar.»

Señores, repito que yo no sé una palabra de Derecho; pero sé, cuando llega la hora, quedarme atónito. (Risas.) Porque, señores, el Estado de que habla nuestra Constitución se compone de muchos organismos, entre ellos las regiones autónomas, las provincias y los municipios; y ahora resulta que la región autónoma, que es el Estado mismo en una de sus partes, que es una institución del Estado, bien que en la jerarquía de las instituciones de un orden segundo, se pone a pactar con el Estado, es decir, consigo misma, puesto que ella no es sino un elemento del Estado. Yo creía que para que dos pudieran pactar era menester por lo menos que fuesen dos y además que preexistiesen al pacto, y la región no existe antes de ser engendrada por el Estado; el Estado, al engendrarse, engendra las regiones autónomas. Lo que pasa es que nuestra Constitución, padeciendo a mi juicio un error, pero, en fin, siendo lo que hoy rige y lo que tenemos que acatar, nuestra Constitución, en vez de obligar a que se creen desde luego y fulminantemente las regiones, deja a las provincias franquía para acogerse a esta permisión que ella da de formarlas. ¿Y porque no obliga, y Cataluña y Andalucía son libres de constituirse o no en región autónoma, se llama al uso de esa opción legal un pacto? Esto es cosa que yo no entiendo; cómo se pueda llamar tal cosa un pacto. Yo creía que ya los antiguos juristas distinguían de la ley obligatoria la que ellos llamaban lex permisiva, en que se da a los ciudadanos la libertad de acogerse o no a ella; y a este acogerse a una ley y ejercitar una norma es a lo que el señor Hurtado llama pacto como podía haberle llamado rapsodia húngara. (Risas.) No, señores, no es concebible un pacto entre la región autónoma y el Estado. Es el libre acogimiento a una ley del Estado.

Pero nada de esto que digo ahora ni mucho menos lo que dije en el discurso a que me ha contestado permite que nadie nos presente a mí, ni a los que han coincidido con nuestro sentido más estrecho y próximo, como enemigos de las aspiraciones catalanas. Dejando a los demás señores para que lleven su camino por sus propios pies y su propia voluntad, que en los dos a que me refiero es magnífica, yo no voy sino a referirme a mí. ¿Se me puede presentar como un enemigo de las aspiraciones catalanas? Porque da la casualidad de que si se exceptúa a algunos diputados republicanos, al señor Osorio, no presente, y tal vez algún hueco, que dejo para que lo llene alguien en quien ahora no reparo, nadie hay en esta Cámara que desde más antiguo y con más intensidad haya estado defendiendo desde Madrid esas aspiraciones catalanas; y yo he escrito, he combatido, he publicado páginas y hasta un librete, que por cierto me excusa de lo que para mí sería un placer, de hablar y debatir con el señor presidente del Consejo sobre sus interpretaciones históricas, porque ese libro está dedicado principalmente a interpretar la historia de España en función del problema catalán, para aclarar las cabezas de los demás españoles con respecto a ese problema y hacer, en su hora, posible la solución; y ese libro ha rodado bastante por el mundo, pero por lo visto lo han olvidado los catalanes. La cosa no es extraña ni es nueva: la ingratitud tiene una historia tan larga como la historia misma. (Muy bien.)

No tolero, pues, que ni a mí ni a nadie se nos presente como enemigos de las aspiraciones catalanas, porque discutimos sobre el Estatuto catalán; pues acontece que, salvo algún pequeño rincón de la Cámara, en realidad aquí nadie ha discutido el Estatuto, sino que ha discutido sobre el Estatuto, tal o cual artículo del Estatuto. Pero lo que no vale es, ante este modo de colaborar, que es discutir, lanzar una razón tan difícilmente digerible como una que emitió el señor Hurtado en su discurso cuando decía: «Yo veo que aquí se levanta un señor y dice: Yo soy muy autonomista, pero tal función creo que no debe ser entregada a la región autónoma; y otro señor que se levanta, y añade: Yo también soy muy autonomista, pero tal otra función no debe ser delegada a la región»; y así, sumando las funciones que cada una de estas personas que intervienen iban restando al Estatuto, presenta el señor Hurtado un Estatuto vacío de funciones. Y ésta es una razón que cree el señor Hurtado que la Cámara puede haber oído, no diré con complacencia, sino con plena tranquilidad interior, cuando es una razón inferior que, para dicha así, implicaría una idea de las tragaderas de la  Cámara, como si ésta pudiese ingurgitar todo lo que se le echa, lo mismo el primor que lo inane. ¡Ah, no! ¡Naturalmente! Cada uno de los que aquí hemos hablado tal vez hayamos discutido una u otra función de las que implica el Estatuto; pero el señor Hurtado, en vez de haber sumado lo que cada uno de éstos que han hablado resta a lo que el otro restaba, ha debido haber presentado lo que cada uno de nosotros creemos que debe, en efecto, llevar Cataluña en su nuevo Estatuto y en su nueva vida.

Pero hay algo más todavía. Cualquiera creería que discutir la autonomía –y éste era el fundamento de lo que el señor Hurtado nos proponía pensar- implicaba no ser autonomista. Pues bien; yo quisiera que imaginásemos de pronto al señor Hurtado exento de toda hostilidad, de toda discrepancia por nuestra parte, sin que nadie le discutiese, solo, mano a mano, con el concepto abstracto y genérico de autonomía, a ver cómo de ese concepto abstracto y genérico podía él fabricar una figura concreta de autonomía sin discutir el señor Hurtado consigo mismo. Porque se encontraría con una cantidad ilimitada de funciones empíricamente reunidas, entre las cuales tendría que elegir para construir el perfil de una auténtica, plena, concreta autonomía. (Muy bien.)

No. Hay que discutir, porque sólo con la discusión puede intentarse una sincera coincidencia. El señor Presidente del Consejo mostraba el otro día su deseo de que ésta fuera amplísima, casi total en la Cámara. Por eso insisto en que deben expresar claro su pensamiento todos los partidos de ella, siempre que esta indicación mía no sea atribuida a habilidad parlamentaria, lo cual, aparte otros motivos, que espero no se me escatimen, es poco verosímil, porque mi andar por el área parlamentaria es tan tímido y tan torpe que bueno fuera que encima me diese yo el lujo de meterme en habilidades y malabarismos seudopolíticos. No; mi deseo está inspirado por la altitud del asunto y por el bien futuro de esos partidos. Me importa que conste especialmente esto último.

La cosa me parece tan evidente que no solamente creo que es necesaria una amplísima coincidencia parlamentaria sino algo más. Es preciso que el Parlamento, antes de resolver, averigüe muy precisamente cuál es el modo de sentir del pueblo español, porque se trata de un asunto hipernacional si los hay, porque es una operación que penetra muy hondo en la entraña misma y en el subsuelo nacional. Es menester que estemos ciertos de si el sentir del pueblo español está suficientemente maduro para la faena y es preciso que la solución coincida con la ecuación exacta que consientan, de un lado el deseo de Cataluña y de otro el grado de madurez de aquel sentir nacional. Si lo hacéis así, habréis hecho una gran obra; pero si no, sería funesto y sería ilusorio creer que se había resuelto el problema; antes bien, significaría no más que comenzar de nuevo angustias para España y, sobre esto, sería algo sumamente peligroso para el régimen. Y no vale salir al paso de esto que digo con vanos aspavientos, que son tan inútiles como insinceros.

Después de año y medio de vida republicana, conviene que hagamos balance sobre la situación moral del país con respecto al régimen. Yo lo vengo haciendo públicamente una y otra vez desde su advenimiento. Lo he hecho una y otra vez con insinuante cordialidad siempre, pero en tono progresivamente elevado, porque creo que lo requiere así la realidad y pienso que, casi desde el principio, la política republicana cometió un tremendo error, que es éste: hay una enorme masa de españoles que votaron la República, sin condiciones; por tanto que la votaron por ella misma y sin más, porque en el camino de su experiencia de la vida pública habían llegado al punto de pensar que sólo un cambio de régimen podría mejorar radicalmente la existencia nacional. Yo no voy a ser quien decida, sino vosotros quienes, por vuestra propia cuenta, íntima y pura, calibréis cuál es la cantidad y la calidad de esos españoles que han votado a la República sin condiciones. Pero he de decir que en el conjunto de la gobernación, en vez de haberse preocupado, desde luego y por lo pronto, casi exclusivamente de constituir esa República incondicionada, lo que se ha venido haciendo más bien, en muchos casos, ha sido arrojar pedazos de aquel entusiasmo colectivo, que trajo el régimen, a los grupos que habían puesto condiciones, y no voy ahora a enumerar cuáles pueden ser ellos, porque yo no vengo (Muy bien, aplausos.), porque yo no vengo a poner rencillas, sino todo lo contrario.

Se ha hecho una gobernación, en gran porción, particularista, para grupos particularistas territoriales o de otro género; no se ha hecho todavía a fondo, y puede y debe hacerse desde ahora, una gran política republicana nacional. (Muy bien.) Y por eso yo pedía en mi discurso que se aprovechase este tema enorme del Estatuto catalán para que el Parlamento regenerase su contacto con la opinión total del país. (Muy bien.) Y me ha complacido, oyendo al presidente del Consejo de Ministros, creer entrever –no sé si será ilusión óptica- los deseos del Gobierno de mostrar una gran flexibilidad en sus posiciones con respecto al problema del Estatuto.

Me complace vivamente, porque esto puede llevar a facilidades de acuerdo, a ese asenso, no sólo parlamentario, sino nacional, que tenemos que buscar para refundir, si fuese preciso, el Parlamento con la íntegra opinión del país; porque constantemente, como es perfectamente natural, como pasa en todas partes y en todo momento de la política, las instituciones del Estado, especialmente el Parlamento, unas veces adhieren más, otras, sin darse cuenta, se remueven y alejan en incoincidencia con la total opinión del país. Es, pues, preciso que venga este acuerdo. En no pocos extremos de la ponencia concreta que dibujaba el discurso del presidente del Consejo de Ministros habéis visto una coincidencia con nuestro voto particular; pero hay tres puntos, sobre todo, en los cuales yo creo que el Gobierno tiene que ejercitar ese máximum de flexibilidad, no porque a mí, al accidente de mi persona, le parezca mal, sino porque creo lealmente que el sentir del país no los admite, y por eso nosotros no los aceptamos. Estos tres puntos principales, no únicos, son: el bilingüismo universitario; la redacción del artículo 37, que se refiere a la reforma del Estatuto, y ese proyecto de dislocación de las haciendas, que súbitamente ha aparecido en el discurso del presidente del Consejo de Ministros.

Sobre el bilingüismo ya hablé, aunque convendría agregar que el bilingüismo, que yo sepa –es posible que acontezca en otro lugar-, que yo sepa como vigente –por lo menos en grande- en Bélgica, se ha reconocido por todo el mundo como un inmenso fracaso. No hace muchos días, creo que el 10 de mayo, abría yo el número de Manchester Guardian y me encontraba con un telegrama, que decía así: «La crisis belga y el bilingüismo –18 de mayo-. El Gobierno belga ha decidido dimitir, al parecer por la división que el problema de la lengua ha producido y que ha destruido tantos Gabinetes belgas desde la guerra.» En cambio, la solución de las dos Universidades nos parece, en un sentido profundo, histórico, mucho más limpia y, entre otras ventajas, tiene una, nada desestimable en España: la de favorecer la emulación. Esta es la solución que ha dado otro pueblo, que se encontraba en la misma situación que Bélgica; porque en Bélgica se trata de dos razas, de dos idiomas que, prácticamente, bien que más o menos diversificado uno y otro trozo de aquel país, significan la totalidad del país; son como dos totalidades superpuestas y cada una de ellas lucha por el triunfo absoluto sobre la otra. Lo propio acontece en el país que se va mostrando más discreto y sereno entre todos los actuales, en esa extraña, callada, pero sabia Checoslovaquia. Allí también hay dos razas luchando por la totalidad del país: los checos de origen eslavo y los tudescos; y lucharon en todas las formas, bravamente, enconadamente. Por cierto que una de las formas de lucha era a fuerza de procesiones, porque los tudescos tienen como representante y patrono de su raza en aquella región al protestante Juan Huss; los checos, que son católicos, tienen como representante a San Juan Nepomuceno, a San Juan Nepomús. Pues bien, esta solución, ¿por qué no la hemos de imitar?

En cuanto al proyecto de Hacienda, en el cual no voy a entrar, como es natural, ahora, he de decir una cosa. El señor presidente del Consejo, reiteradamente, con satisfactoria saturación, hablaba en su discurso de que el Estado español constituido es un Estado unitario; pero luego resultaba que al presentarnos el proyecto de Hacienda regional, tenía que reconocer que era precisamente el modo de dislocar las Haciendas característico de los países más federales. ¿Qué unidad de Estado es ésa? Sería un Estado unitario de piel y federalísimo de entrañas. Yo creo que éste es un punto en que el Gobierno debe aplicar esa flexibilidad que se nos anunciaba en las palabras de su presidente.

Es preciso, señores, que, al terminar esta discusión del Estatuto, podamos volvernos todos al país –todos: por tanto, no sólo vosotros, sino también nosotros- podamos volvernos todos al país y gritarle a voz en cuello, con esa plenitud de convicción que hace que las palabras llenen las gargantas: «Cataluña ha recibido la autonomía, una amplia autonomía, a la que tiene perfecto derecho, la cual, en lo esencial, y cualesquiera que fueren las dificultades que en una u otra ocasión se produzcan, será de gran fecundidad para España. Porque el problema catalán es un problema español, y España tiene que acogerlo con más entusiasmo, cuanto más nacionalmente sienta las cosas. Pero, pueblo español, como tú no entiendes, ni tienes obligación de entender de complicaciones jurídicas, y sientes, muy justificadamente, con certero instinto, inquietud por algo que te importa más que todo, por algo que es esa unidad de raíz, esa unidad de soberanía, de convivencia profunda con todos los pueblos españoles, nosotros te decimos que no hay equívoco, ni confusión, ni oscuridad ninguna en ese punto, sino que esa unidad de soberanía, esa comunidad de Estado entre todos los pueblos españoles queda intacta y como siempre.» Señores, que decir esto sea posible es lo único que  ardientemente deseo. (Muy bien. Aplausos en distintos lados de la Cámara.)


José Ortega y Gasset
Discurso en las Cortes Constituyentes el día 12 de junio de 1932










2636. Aub y Malraux: los distintos colores de la esperanza

Max Aub (izquierda) y André Malraux durante el rodaje de 'Sierra de Teruel'


Accésit al Premio Internacional El Correo de Euclides (2003), de artículos periodísticos sobre la figura de Max Aub (Fundación Max Aub), en conmemoración del centenario de su nacimiento.

Antoni Cisteró, el autor de este artículo ha dirigido y coordinado las “Converses a Barcelona: Max Aub, un testimoniatge del segle XX”. que se han celebrado durante el mes de noviembre del 2003, organizadas por el Institut de Cultura de Barcelona, en conmemoración del centenario del nacimiento de este prolífico escritor. Sirva este artículo de homenaje a su obra y a su pensamiento.


Febrero de 1939. Carretera de Le Perthus. Una mujer arrastra con dificultad un carrito de niño mientras con la otra mano retiene a una niña de corta edad que no cesa de llorar. Detrás de él, unos hombres, cubiertos con una manta a rayas, cargados con paquetes mal atados, blasfeman. Hace tres días que andan. Desde que dejaron el coche por falta de gasolina, cerca de La Sellera. Otros han dejado el carro, la bicicleta, las maletas, la ropa, los recuerdos, todo lo que tenían. Han perdido la esperanza, les queda el miedo. Hace rato que los italianos no los ametrallan, posiblemente a causa de la lluvia. Les esperan los Pirineos nevados y su viento helado. Como ellos, cientos, miles y miles de personas desfilan hacia un destino idéntico.

Oyen un claxon. Se apartan maquinalmente. Sólo la niña se vuelve. Grita: “¡Mira mamá!”. Un camión jadeante, cargado con la carcasa de la parte delantera de un avión hecha de contrachapado y celofán, monstruosa, esperpéntica. Por los bordes, colgando, los ojos desorbitados de una cámara cinematográfica. En la cabina, sin puertas, se acurrucan cuatro hombres. Dos de ellos: André Malraux y Max Aub. Un escritor francés, premio Goncourt y un español, secretario del Consejo Nacional del Teatro.

No han podido terminar la película que filmaban en Barcelona: Espoir-Sierra de Teruel. Malraux, ayudado por el español, quería hacerla para promover la ayuda a la República; para conseguir que la presión popular acabara con la No-Intervención. No han llegado a tiempo. La obra quedó a medio hacer. Pero no desisten. La acabarán en París, incluso después de que Franco haya anunciado el final de la guerra y a pesar de la oposición de las autoridades francesas. Los empuja una fuerza que los protege del desánimo, una fuerza que ha dado nombre a la famosa novela del francés y que también llevará la película: La Esperanza.

Nos dice el diccionario Alcover-Moll: “Esperanza: Acto de esperar, de confiar que ha de venir o suceder aquello que se desea o que se considera bueno”. ¿Pensaban así aquellos cineastas ocasionales? –fue la primera y última película de André Malraux-. ¿Qué les empujó a terminar aquel trabajo tan arduo?, ¿qué lleva a los hombres a seguir luchando más allá de cualquier vislumbre de victoria?. La coincidencia de Max Aub y André Malraux en una serie de hechos históricos y su distinta posición hacia éstos nos podrá servir para reflexionar sobre el tema.

1r. punto. El encuentro: Julio de 1936. El pueblo de Madrid acaba de rechazar el golpe fascista. Max Aub está allí, ha vivido los hechos en directo, no volverá a Valencia, donde reside, hasta unas semanas después. André Malraux, enterado del golpe y azuzado a la acción por el ministro francés del Aire, Pierre Cot y su jefe de gabinete Jean Moulin –futuro héroe de la Resistencia-, sale hacia Madrid el 22 de julio, en un avión pilotado por su amigo y futuro productor de la película, Edouard Corniglion-Molinier. Se informa de la necesidad de aviones para la República y vuelve a París el 28 para empezar a preparar inmediatamente lo que después se denominará “Escuadrilla André Malraux”. Acción; respuesta práctica; artículos en la prensa para contrarrestar la propaganda derechista que da por vencedor al bando de Franco. Meses después, en una entrevista hecha con ocasión de la aparición de su novela “L’Espoir” –base de la película que mencionamos- Malraux dirá a un periodista:

-La République vaincra. Le nouveau gouvernement est decidé a “faire la guerre”.

Y cuando el periodista, jugando con el nombre de la novela, le pregunta:


-L’Espoir?

Responderá:

-Non, la certitude[i].

La acción como respuesta a una necesidad histórica, más allá de la esperanza espontánea que puede engendrar dudas y debilidades. Ésta era la posición de quien ha sido considerado un creador de historias, de mitos que conduzcan a la acción. Malraux, el forjador de esperanzas para empujar a la sociedad hacia un fin.

Los dos hombres se encontrarán por primera vez en Madrid, presentados por José Bergamín. Aub, también hombre de acción –cultural, que no bélica- lo fundaba todo en su búsqueda de un futuro mejor, motor de la esperanza. Pero no una esperanza adquirida en sermones ajenos, no una esperanza prefabricada, surgida de mitos extraños. Él era agnóstico y eso le hacía rechazar la falsa esperanza que no surge de las propias convicciones. Decía: “Ha habido dos pueblos elegidos: el judío y el español. Ambos han querido imponer su religión al mundo. Ambos lo han esperado todo del milagro –y en el fondo sus sentimientos lo esperan todavía-. Prodigiosa esperanza... De eso morimos matando (Diarios. 17-1-41)”.

2º punto. Ganar la guerra. 1937. El país partido en dos. También la parte republicana se enfrentaba a dos caminos divergentes: la ilusión lírica –nacida del interior de cada cual- o la organización –externa- de la Apocalipsis, según las palabras de Malraux. ¿Era necesario dejarse llevar por el impulso inicial? Las masas oprimidas intuían la posibilidad de hacer reales los sueños que las habían mantenido vivas durante siglos de represión. Pero delante tenían a un ejército organizado, con ayudas internacionales –fascistas- importantes, ¿podrían ganar la guerra sólo gracias a aquel empuje, aquel entusiasmo casi suicida que paró el golpe franquista en el 36? Malraux, al mismo tiempo que manda la escuadrilla citada, escribe este año su novela L’Espoir, llena de diálogos y reflexiones sobre este dilema, el cuál se extendía por toda Europa generado por los graves conflictos bélicos y políticos. Para el autor francés, la esperanza es un asunto colectivo: “los hombres unidos a la vez por la esperanza y la acción tienen acceso, como los hombres unidos por el amor, a ámbitos a los que no tendrían acceso en solitario. El conjunto de esta escuadrilla es más noble que casi todos los que la componen[ii], pero a la vez, es necesario que alguien –y en esto difiere profundamente de Max Aub- controle, module, rectifique si es preciso, este latido en beneficio de la eficacia. El personaje de su novela que más directamente representa esta posición es Manuel –inspirado en el músico Gustavo Durán- que nos dice en el último párrafo: “Manuel escuchaba por primera vez la voz de aquello que es más grave que la sangre de los hombres, más inquietante que su presencia en la tierra; la posibilidad infinita de su destino[iii]. Introduce un elemento nuevo: el destino. Para Malraux es preciso que la esperanza encaje con el destino, es necesario que el impulso nos lleve al puerto que se considera adecuado. El hombre no siempre sabe cuál es este puerto, es necesario que alguien –el partido político en el caso histórico que nos ocupa- se lo indique y si es preciso reconduzca la esperanza. No puede matarla: el impulso se secaría, pero si puede, intenta, dirigirla. Dice en una conferencia en Madrid, durante el año 1936: “Lo que los hombres expresan mediante la palabra “cultura” está contenido en una sola idea: transformar el destino en conciencia[iv]. La cultura como medio para que la conciencia individual ande en el mismo sentido que la necesidad colectiva.

Por su parte, durante el 37, Max Aub es el agregado cultural de la embajada española en París –donde ha impulsado el Pabellón de la República en la Exposición Internacional y ha contratado y pagado a Picasso su Guernica-. De vuelta a España, ha sido una de las almas de la organización del “Congreso Internacional de escritores para la defensa de la cultura”. Trabajo, trabajo y trabajo en función de una convicción interna que se impone sobre la incertidumbre del resultado final de la guerra: “... ni desesperado ni desesperanzado, pero sí sin lograr avizorar un próximo futuro claro, fenómeno que es, por otra parte, uno de los signos de nuestro tiempo[v]. Pero reniega de la acción de los partidos –él era socialista, de cariz más liberal que el estalinismo al uso- que quieren condicionar esta pulsión interna: “Si vino la República, si he contribuido en cuanto pude a establecerla, es para gloria del espíritu, de la razón, de la verdad, de la cultura. Sin eso, ¿para qué?... Hoy, en el umbral de un tiempo nuevo, ahí tiene usted a sus correligionarios los comunistas, que igual repudian a sus padres que estarían dispuestos a abandonar su patria si su Partido se lo pidiese, que no se lo pide. Les admiro porque todavía no tienen más dios que la justicia social, es decir, algo en potencia y no tangible, como lo es lo prometido por el Vaticano –aunque fuese el otro mundo- o los Bancos. Pero a través de todos los tiempos hubo algunos hombres que sólo buscaban la verdad, la transigencia, el respeto a los demás, la decencia, la honorabilidad, soy de esos y no pienso transigir[vi], dice uno de sus personajes. De nuevo podemos ver la divergencia entre los dos amigos.

El 38, Malraux propone a Aub que colabore en la filmación de Sierra de Teruel. Éste acepta. Trabajan con todo el denuedo posible: “Un trabajo como el que hicimos sólo puede llevarse a cabo con una entrega total. Laborábamos sin reservas, sin pensar, empecinados, consagrados, aplicando los residuos mismos del ingenio, empleándonos a fondo, sin otra intención que hacer lo que fuese lo mejor posible[vii]. Aún, hasta el último momento, se podía intuir la utilidad del trabajo bien hecho: “En julio del 38, cuando empezamos a filmar, no dudábamos de la victoria; cuando pasamos la frontera creímos que la volveríamos a cruzar si no victoriosos, a luchar.”[viii], nos dice Max Aub.

3º. La derrota: Pasan la frontera a primeros de febrero del 39. Con el atrezzo que comentaba al principio. Con la voluntad de continuar. Pero ya no se respira aquel aire romántico de los inicios, aquel que hacía decir a Malraux: “esta noche cargada de una esperanza turbia y sin límites, esta noche en que cada hombre tiene algo que hacer en la tierra[ix]. El que ahora ha de hacer cada hombre es salvar el pellejo, comer, sobrevivir. Max Aub pasa muchas penalidades. Incluso el hecho de quedarse en París hasta haber terminado la película le hace perder alguna oportunidad de acceder al exilio mejicano que después tardará tres años en conseguir, tras pasar por múltiples cárceles y campos de concentración.

La terminan. Los mismos días en que hay un giro decisivo para muchos hombres y mujeres de izquierda. Nos lo explica el historiador Gérard Malgat: “Sierra de Teruel se termina a finales de junio de 1939. Se organizan algunas presentaciones privadas durante julio... El 23 de agosto, Malraux y Aub presentan el film al presidente Negrín. La proyección se realiza en el cine París, en los Campos Elíseos. Después, los dos cenan juntos y se enteran de la noticia del día: La Unión Soviética ha firmado un pacto con Alemania. “La revolución a este precio, no” comenta Malraux a Aub que comparte su punto de vista. Aub escribirá: “tanto para Malraux como para mí, un intelectual es una persona para la que los problemas políticos son problemas morales[x]. No es ya sólo la derrota bélica, sobre los espíritus se cierne también la derrota moral. La desaparición del mito que había hecho posible tantos sacrificios. El desmembramiento de la estructura ideológica que había soportado el paso de la ilusión lírica –la esperanza individual- a la organización del Apocalipsis –el objetivo colectivo que sacrifica la voluntad individual. Como consecuencia, Malraux se desentenderá totalmente de sus lazos con la Unión Soviética y, después de participar –con una intensidad sobre la que discrepan sus biógrafos- en la Resistencia francesa, será nombrado Ministro de Cultura por el general De Gaulle, de derechas y profundamente anticomunista. Max Aub, hecha la película, ve cerradas todas las puertas del exilio, siendo perseguido por los franquistas y por los alemanes a raíz de una denuncia anónima que lo califica de “comunista” –lo que no había sido nunca- y “revolucionario de acción”. Pero sostenido por su convicción interna, Max Aub seguirá empeñado en su tarea: “O la historia tiene sentido, o no lo tiene. O el hombre, por el hecho de serlo, tiende y va hacia su fin por medio del progreso o, por el contrario, las generaciones se siguen sin fin y sin fin ninguno. Creo con toda razón en lo primero, base indestructible de mi optimismo[xi].

4º. Epílogo: Han pasado los años. Max Aub, con múltiples tareas de tipo cultural –guionista de cine y radio, tipógrafo, pero por encima de todo y siempre, escritor: novelas, obras de teatro, poesía- ha seguido en su exilio mejicano. Le asquean los exiliados que, como en el caso de Malraux, han perdido la fuerza interior, y pasan el tiempo culpando a los demás del desmoronamiento. Este rechazo le servirá de argumento para uno de sus cuentos más famosos: La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco[xii]. En él, un camarero de casino, harto de oír las peleas de los exiliados españoles, se gasta todos sus ahorros para ir a España y, disfrazado de general, disparar sobre el Caudillo. Después, tranquilamente, regresa a Méjico. Pero allí constata que a pesar de haber conseguido su objetivo, los exiliados continúan con sus pendencias de café. Aub sigue empecinado, a pesar de que su experiencia lo lleva a decepcionarse de los resultados de su acción: “Yo no soy político. A mí me interesa la justicia y el buen castellano; con eso, comprenderéis, no se va muy lejos[xiii]. Intentará volver a Francia, cosa que no conseguirá por estar aún vigente (¡quince años después!) la ficha policial originada por la denuncia mencionada. Y eso a pesar de tener un amigo ministro. Max Aub nos explica que Malraux, por su lado, decía: “Lo que importa es luchar contra el destino. Vencer, conquistar”. Y añadía: “Et puis, pour le reste, on s’en fout[xiv]. Ha perdido la esperanza. Ha dejado la lucha como exigencia moral. Se ha dedicado a la “cultura” oficial –se ha de reconocer que consiguió objetivos importantes, especialmente en infraestructuras-, la creada por el progreso de los que aceptan subir a su carro. La ha “organizado”, de la misma forma que, en su época filoestalinista –no fue nunca miembro del partido- organizaba el Apocalipsis. Entretanto, Max Aub, en Méjico, escribía: “Nada duele tanto como la esperanza, cuando la esperanza pende de un hilo”. Pero tozudo, consiguió que este hilo, el hilo de la integridad moral, el hilo del convencimiento interno de estar en el camino adecuado, no se rompiera durante toda su vida, empezada ahora hace cien años.


Antoni Cisteró


______________________

[i] LACOUTURE, Jean. Malraux. Une vie dans le siècle. Éditions du Seuil. 1976. Pàg. 252
[ii] MALRAUX, André. La Esperanza. Ed. Cátedra. Madrid. 1995. pàg.383).
Nota de l’autor: He traducido los textos de Malraux y otras citas, respetando el rico castellano de Max Aub
[iii] Ibid. pàg. 551
[iv] MIRAVITLLES, Jaume. Més gent que he conegut. Destino,. Barcelona. 1981. Pàg. 180.
[v] AUB, Max. Hablo como hombre. Fundación Max Aub. Segorbe. 2002. Pág. 75
[vi] AUB, Max. Campo Abierto. Alfaguara. Madrid. 1978. Pág. 277
[vii] Sala de espera. Nº 3. Pàg. 3
[viii] Hablo como hombre. Pàg. 158.
[ix] La Esperanza. Pág. 96
[x] Présence d’André Malraux. Nº 1. Pàg. 53
[xi] Hablo como hombre. Pàg. 86
[xii] La Fundación Max Aub ha publicado el cuento, acompañado de un CD donde el propio Max Aub lo lee (2001).
[xiii] AUB, Max. La Gallina ciega. Alba Ed. Barcelona. Pàg. 202
[xiv] Sala de espera. Nº 3. Pàg. 3