Lo Último

1825. Luis Cienfuegos Suárez y la Fosa de Parasimón

Luis Cienfuegos Suarez



Se cubrirá su memoria con la tierra de la desmemoria
y su muerte será una muerte doble a golpe de balas
y silencio.
 (Cervera 1997:152)


María Torres / 9 Febrero 2016

Luis Cienfuegos Suárez "Parana" fue asesinado cuando tenía 42 años. Sin juicio, sin posibilidad de defensa. Junto a otros 22 compañeros fue fusilado por un grupo compuesto por guardias civiles y falangistas, en el paraje de Parasimón, en el puerto de Pajares. Su cuerpo lo están buscando sus nietos.

Había nacido en Parana (Concejo de Lena), pero vivia en Santibáñez de Murias, (Concejo de Aller), Asturias. Se afilió a Izquierda Republicana y a la Federación de Trabajadores de la Tierra de UGT. Cuando estalla la guerra combate en el Batallón socialista de milicias 226 "Manuel Llaneza". Causa baja en el mismo en abril de 1937 y comienza  a trabajar en el Ayuntamiento de Aller como "empleado de arbitrios" en el Fielato.

En octubre de 1937, cuando Asturias es ocupada por los franquistas, Luis Cienfuegos es detenido en su casa. Una madrugada fueron a buscarlo, se puso las botas e intentó tranquilizar a su familia diciendo: "neñina, nun te preocupes que en na vuelvo". Jamás regresó ni pudo despedirse de sus cinco hijos.

Encarcelado en Moreda, a los pocos días fue obligado a subir a un camión que le llevaría a la cárcel de San Marcos en León. Nunca llegó a su destino. Asesinado antes de llegar al Puerto de Pajares, su cuerpo y el de sus veintidós compañeros quedaron abandonados sobre la tierra. Los vecinos del pueblo cercano cavaron al día siguiente dos fosas, separadas por unos cien metros, donde fueron depositados los veintidós cuerpos.

Testigo de estos crímenes fue Celestino García, "Celesto", de dieciséis años, natural de Pajares, que se encontraba por la zona recogiendo leña: "lo que allí sucedió fue atroz, había dos grupos de personas, uno de diez, y otro, un poco más apartado, de doce, pero ambos cercanos a la cuadra que allí existía. Hombre sjóvenes que atados de pies y manos a tiros los asesinaron. Y una vez que dejaron de disparar, con cuchillos, machetes y navajas les cortaron los rostros desfigurándolos, para que así no pudiesen ser reconocidos con facilidad"

Cuando los asesinos se fueron, Celestino bajo raudo al pueblo y le contó al maestro lo que acababa de presenciar. Este reunió a un grupo de hombres y las herramientas necesarias, que abrieron dos grandes fosas en el lugar de los crímenes, enterrando los cadáveres en la misma ladera donde habían caido y respetando los grupos de ejecucción. Tiempo después se plantaron unos pinos cercanos a las fosas, que señalaban y recuerdan el lugar de la tragedía.

Tras este episodio, la mujer de Luis Cienfuegos permaneció un tiempo detenida y sus hijos, huérfanos ya de padre, solos en un continuo deambular por el pueblo, se acogieron a la caridad de aquellos que quisieran prestarles ayuda.

Después un espeso manto de silencio cubrió la historia de Luis Cienfuegos durante años. Hasta que María Luisa, la primogénita de Luis se fué sacudiendo el miedo y la vergüenza y en los últimos años de su vida fué desvelando la historia de su padre y transmitió a sus hijos el mandato de recuperar su memoria. Un hijo jamás puede olvidar que su padre fue asesinado y enterrado en un agujero. Cuarenta años después de morir el dictador seguimos sin poder honrar a tantos muertos ... Seguimos reclamando Justicia.

Toño, uno de los nietos de Luis Cienfuegos se puso hace unos días en contacto conmigo y me contó esta historia, así como la tarea emprendida para recuperar la memoria de su abuelo.

En el año 2010 presentaron una demanda en el Juzgado de Lena. La respuesta de la Justicia fué que "los hechos están amnistiados y no vamos a hacer nada..." En 2013 contactaron con un arqueólogo amigo. Rastrearon la zona con un magnetómetro y localizaron una gran cantidad de cartuchos y balas. No sabían cómo localizar las fosas y comenzar la excavación. A estas alturas el equipo al rescate de la memoria estaba integrado por varios primos. Contrataron un geo-radar, que aportó alguna pista pero no concluyente, hasta que un nuevo testigo señaló una zona cercana a la línea de fusiliamiento, donde se localizaron los primeros restos humanos. Ante el descubrimiento, contactaron con la Guardia Civil y un equipo forense, y tuvieron que prestar declaración ante la autoridad, pues habían actuado sin permiso, aunque de forma consciente pues sabían de la dificultad de realizar un proyecto sin conocer previamente donde tenían que iniciar la excavación.

Hay lecciones de historia que caben en el espacio de una fosa. Saben, no solo por mandato materno, que tienen el deber y la obligación de no olvidar, de reconstruir sus historias de lucha y muerte, de impedir que el silencio absuelva a los verdugos. De recordar a todas las víctimas con la dignidad que se merecen.

Ahora se encuentran preparando, junto a arqueólogos, un proyecto oficial de exhumación de la Fosa. Los familiares implicados se han constituído como Asociación para poder gestionarlo y pretenden iniciar la excavación en 2016. Todo dependerá del dinero que consigan reunir. Esta es su carta de presentación:



Asociación de Familiares y Amigos “Fosa de Parasimón"

Hace unos años empezamos la andadura de recuperar la Memoria de nuestro abuelo Luis Cienfuegos Suárez y de sus compañeros que yacen en la “Fosa de Parasimón”, en el Concejo de Lena, Asturias. Intentamos reconstruir una historia de la que solo teníamos vagas referencias y que comienza un infame noviembre de 1937.

Los primeros indicios los tuvimos gracias a Celesto, un paisano del pueblo de Pajares y testigo de los hechos. Contactamos con nuestros amigos los arqueólogos Kechu Torres y Antxoka Martínez que, desinteresadamente, se ofrecieron a ayudarnos.

Han sido algunos años de tirar de hilos, contactar nuevos testigos, subir con pico y pala a la ladera del monte, confiar en la suerte, contar con profesionales competentes, solicitar ayuda, encontrar prometedores indicios y poner toda la ilusión. Y al final encontramos lo buscado, localizamos los primeros restos humanos y pudimos confirmar lo que puede ser el lugar exacto de la Fosa de Parasimón. Nos toca dar un nuevo paso, la exhumación del enterramiento donde se puede encontrar nuestro abuelo.

Hemos constituido la Asociación de Familiares y Amigos “Fosa de Parasimón” para dotarnos de un instrumento que nos permita gestionar la tarea que se nos presenta por delante: un Proyecto de Exhumación de la Fosa y la Identificación de las personas allí enterradas. Los fines están orientados a recuperar la Memoria, Dignificar el lugar, y reclamar Justicia y Reparación. 

A aquellos que os sintáis cercanos, que compartáis nuestras esperanzas, que os ilusione el proyecto, os pedimos que os unáis a nosotros, pero especialmente, que difundáis nuestro mensaje. 

Memoria.

Familiares de Luis Cienfuegos Suárez
Parasimon37@gmail.com


Desde Búscame en el ciclo de la vida queremos decirles que nos sentimos cercanos, que compartimos sus esperanzas y nos ilusiona el proyecto.












1824. El 9 de febrero de 1939 de Miguel Triay


Miquel Triay (a la derecha) en Carcassonne, 1941



1994, 9 de febrero.  Miguel Triay cuenta los años de la caída de Menorca en manos de las tropas combinadas de “moros”, fanáticos fascistas (camisas negras italianos), inquisidores y golpistas franquistas. Han pasado 55 años de su exilio en Francia y América del Sur, sin embargo el impactante recuerdo se hace recursivo de año en año. 

Miguel verbaliza el trauma ante quienes quieran oírle. Así fue, así el trauma se fijaba en un mes; un espacio: Menorca; una circunstancia: la derrota; un mar, un día: ese 9 de febrero de 1939.


La circunstancia

El mes de febrero de 1939 centenares de menorquines tuvieron que abandonar la isla antes de que cayera en manos de los invasores, extranjeros en su mayoría, aunque se hicieran llamar ejército nacional.  La heroica isla blanca y azul con sus mujeres y hombres también había perdido la guerra. Miguel, mi padre, lo relata así: “Eran las dos y media de aquella funesta madrugada, cuando apareció en la central telefónica, bajo mi responsabilidad, el soldado Preto para conminarme a abandonar el sitio. El cuartel había sido tomado por el capitán Márquez, quien hacía los reemplazos de los guardias republicanos por la quinta columna de infiltrados (…). Resolví llamar  al Estado Mayor del ejército para informarme de la situación en la isla luego del desembarco, en Ciudadela, de tropas enemigas para nosotros. Una voz desconocida me contestó: Aquí, el coronel Usuleti, encargado de recibir a las tropas nacionales. (…) Una chicharra de la central telefónica repicó para anunciarme que mi camarada Kropokin Pons pasaba en un bote frente a San Felipe, rumbo al barco inglés.”


Rumbo al barco inglés

El cuartel se movía, la explanada de Villa Carlos se despertaba a la derrota, a la toma del sitio. Miguel salta los portones, las astillas se clavan en su piel, baja volando al puerto de pescadores de Calafonts en busca de un bote. El relato de Miguel sigue así: “Todo estaba en calma. (…) La madrugada era magnífica, no hacía frío, ni un soplo de aire movía las tranquilas aguas del mar. El cielo estaba despejado (…), el claro de luna resplandecía sobre la superficie del mar y por los efectos de la luz reflejada por ella (…) podíamos imaginar que la inmensidad del mar era plateada”. Esta percepción cosmológica contrasta con lo que sentía Miguel: convulsión por la pérdida de la guerra, España en manos de la traición, hipotecada al nazi-fascismo. En el reloj del ayuntamiento suenan las tres, lejos, fuera del puerto mahonés titilan las luces de ese barco, el inglés. Miguel, de 19 años recién cumplidos, sufre desasosiego, convulsión e incoordinación de ideas para enrumbarse en el drama que está viviendo. Ése, que en una hora, constituye un cambio brusco y brutal. Una sola idea clara: conseguir una embarcación que le permita llegar al barco de guerra inglés, fondeado a dos millas marinas, mar adentro. Encuentra un bote con remos. De repente, un amigo, Rafael Camps, viene a acompañarle y después de dos horas de remar se hallan frente a la fortaleza del crucero.


El Dewonshire. La salvación

La fortaleza marina era impresionante ante la cantidad de embarcaciones repletas de personas ansiosas de abordarla. La odisea del abordaje comienza con la negativa del capitán británico de dar cabida a tantas personas; solo cuarenta y nueve escogidas subirían al buque: gobernador, alcalde y sus adláteres, estado mayor combinado, dirigentes del partido socialista. Más de cuatrocientas seres perseguidos por la muerte estaban en las embarcaciones congregadas alrededor del Dewonshire, todos clamando a pulmón para ser admitidos por la vida que prometía el crucero. Entre ellos están los internacionalistas de las Brigadas que amenazan, en inglés, al teniente vigía británico con las cargas de dinamita que llevan en el pecho. La imagen que dibuja Miguel de este hecho es fílmica. Estos héroes están dispuestos a hacer volar el barco con todos adentro y, naturalmente, a ellos mismos.  El capitán, informado de tan grave amenaza y ante tan delicada situación hace contacto, por radio con Londres, y así las autoridades inglesas dan orden de embarcar a todos los demandadores de salvación. Una hora de interminable angustia pasó en el patíbulo de esa espera. Finalmente, los cuatrocientos fueron escalando la escalerilla de soga sin preguntarse cómo llegarían a bordo, tal era la  obnubilación y el desespero.  

“Una vez a bordo, dice Miguel, la presión fue cediendo (…). Habíamos alejado el peligro fascista, pero también, nos alejábamos de los seres más queridos: madres, padres, hermanos, y de la vida que hasta entonces había sido la nuestra.”


Rumbo a Mallorca

“En el navío Dewonshire viajaba también el conde de San Luis, representante de Franco, negociador con los británicos de la rendición de Menorca, dice Miguel en sus memorias. Una goleta recibió al personaje y el sacrificio de la Menorca heroica estuvo concluido.”


Marsella. Argelès-sur-Mer.

El día 10 de febrero, llegada a Marsella. “En circunstancias normales, la vista de aquel famoso puerto (…) habría colmado nuestra curiosidad, dice Miguel, sin embargo en aquella situación, desconociendo las intenciones anglo-francesas, nuestra inquietud iba en aumento (…) pisamos tierra francesa (…) de inmediato fuimos rodeados por hombres gigantes de color, que no hablaban, que amenazaban con su fusiles calados ante la negativa de los soldados derrotados de entregar las armas, con las cuales pretendían volver a España para liberarla. Eran tropas coloniales, senegaleses, encargados de custodiarnos. ¡Gran proeza del gobierno “democrático francés! La medida tenía como objetivo impedir todo contacto del pueblo progresista francés con los derrotados españoles. Puestos en fila, como prisioneros de guerra (…) encerrados en un tren todo el día (…) conducidos a otro muelle (…) embarcados en el buque Ifni (barco prisión). (…) Desembarco en Port-Vendres (…), los moros nos llevaron a punta de machete (…), andando durante trece horas sin comer ni beber (…), acosados constantemente por los “moros” a caballo (…), llegada al infierno de Argelès-sur-Mer.”

En dos días la vida de Miguel había traspasado la frágil cortina que separa la vida de la muerte y había, a sus pocos años, revertido el sentido de su existencia. 


Daniela Triay


Nuestro agradecimiento a Daniela Triay por compartir con Búscame en el ciclo de la vida este texto sobre su padre.



1823. La Primera República VI




CAPITULO VI

Del ligero sueño que pude conciliar en las primeras horas del día me despertaron Nicanora y su marido con estas alarmantes voces: «Levántese, señor don Tito, que hay revolución». A toda prisa me vestí, y mandé que me trajeran mi desayuno. Mientras lo tomaba, el honrado psicólogo Ido inició la historia verbal de aquel nefasto día: «Desde el amanecer están pasando por Antón Martín Milicianos armados. Van a sus puestos, van a su deber, van a la muerte... ¡Oh España! ¿qué haces, qué piensas, qué imaginas? Tejes y destejes tu existencia. Tu destino es correr tropezando y vivir muriendo... Como le digo, toda la Milicia Nacional está en armas. En la plaza de Santa Ana he visto al Carbonerín con el batallón de Lanuza. Por la calle de las Huertas va un gentío inmenso chillando, y Milicianos a la carrera. Oí que en la Puerta del Sol está la Artillería. ¿Qué pasa? Que la Historia de España ha salido de paseo. Es muy callejera esa señora...».

En esto, mi patrona, que había salido un momento, volvió con las manos en la cabeza gritando: «Vete pronto a la compra, José, que si te descuidas nos quedaremos hoy sin comer. ¡Virgen de la Paloma, ya están esos diablos de Antón Martín armando las barricadas!». Salimos disparados Ido y yo. En Antón Martín no había barricadas, pero sí brazos ávidos de levantarlas y bocas de ambos sexos que las pedían a gritos. Mi patrón corrió con fuertes trancos a proveerse de comestibles, y yo, arrastrado por una corriente tumultuosa, me fui a la plaza de Santa Ana, donde los voluntarios del batallón de Lanuza, mandados por Felipe Fernández (el Carbonerín) y don José Cristóbal Sorní, Ministro de Ultramar, ocupaban el teatro del Príncipe y las entradas de las calles próximas. Parte de esta fuerza, la más cuidada de las Milicias republicanas, llevaba uniforme: guerrera garibaldina de paño gris, pantalón con franja verde, polainas, y gorra colorada con visera de charol, de que les vino el mote de botellas lacradas. El armamento de la Milicia Nacional era carabina Berdan. Sólo los batallones de la Latina usaban Remington.


Por lo que vi y por lo que me contaron puedo fijar la situación de las fuerzas republicanas. Los batallones de Antón Martín, mandados por Ponce de León y Clemente Gutiérrez, ocuparon el teatro de Variedades, calle de la Magdalena; los voluntarios de la Latina, uno de cuyos jefes era Antonio Castañé, ocupaban el teatro de Novedades y los puntos estratégicos de las plazas de la Cebada y Progreso. En las Milicias de los barrios del Sur eran escasos los uniformes; casi todos los combatientes iban de paisano, sin otro distintivo que la gorra colorada... La Red de San Luis y la plaza de Santo Domingo estaban guarnecidas por fuertes núcleos de las Milicias republicanas, y pueblo armado de escopetas y trabucos. Varios edificios de las calles Mayor y Alcalá, como el Ministerio de Hacienda y el Depósito Hidrográfico, escondían retenes de guardias de Orden Público. En las Salesas situó Estévanez bastante fuerza, al mando de Enrique Faura, si no recuerdo mal. Lo mismo hizo en las dos estaciones del ferrocarril, dejando una considerable reserva en la Plaza Mayor.


Los Milicianos monárquicos, que eran más de cuatro mil hombres, se hallaban reunidos desde primera hora de la mañana en las inmediaciones de la Plaza de Toros Vieja, a la salida de la Puerta de Alcalá, con el pretexto de pasar una revista. A su frente estaba el señor Marina, jefe de la Milicia Nacional por su calidad de Alcalde de Madrid. Vestían estos Milicianos un pulido uniforme semejante al del Ejército, con quepis, correaje blanco y carabinas Berdan. Los más vistosos eran los batallones del Centro y de la Audiencia, y en todos ellos abundaban los empleados municipales. Pronto se vio que los jefes de la Milicia monárquica no se distinguían por sus luces estratégicas, y desde el momento en que se enchiqueraron en la Plaza de Toros su causa estaba perdida.


Las fuerzas del Ejército permanecían en los cuarteles, y aunque se dijo que algunos Generales apoyarían a los Milicianos monárquicos, ninguno de ellos se atrevió a dar la cara. La Guardia Civil no contrarió los planes del Gobernador, y después de las cuatro de la tarde no era difícil vaticinar el triunfo de la República. El Gobierno puso una columna de fuerzas de Infantería, Caballería y Artillería a las órdenes del Brigadier Carmona, jefe de Estado Mayor de los Voluntarios de la República. Don Baltasar Hidalgo, nombrado minutos antes Capitán General de Castilla la Nueva en sustitución de Pavía, transmitió órdenes a parques y cuarteles. Rodaron los cañones por las calles, y... no pasó más. Los enchiquerados de la Plaza de Toros ya no podían dar otro grito que el de ¡sálvese el que pueda!


Agregándome a los voluntarios de Lanuza me fui de la plaza de Santa Ana a la de las Cortes. Se efectuó esta movilización para poner sitio a los batallones primero y segundo de Milicianos realistas del distrito del Centro, mandados por Simón Pérez, dueño del Bazar de la Unión, y por Martínez Brau, propietario de una famosa pescadería de la calle Mayor, que estaban desde por la mañana dentro del palacio de Medinaceli. Ocuparon los republicanos el marmóreo portal anchuroso, tomando posiciones a lo largo del edificio hasta el Prado, y en la calle de San Agustín y plazuela de Jesús. El enemigo quedó embotellado perfectamente. No debía de tener muchas ganas de romper las hostilidades: apenas veíamos asomar tímidamente algún quepis por las bohardillas o ventanas altas.


En esto llegó Estévanez y con él me colé en el Congreso, donde los individuos de la Permanente celebraban sesión en franca rebeldía contra el Gobierno. Apenas entramos, un diputado dijo a don Nicolás: «Los rebeldes no somos nosotros; lo es el Gobierno. Si lo fuéramos nosotros, ahora mismo nos apoderaríamos de usted». Tranquilo y sonriente contestó el Gobernador: «Eso es lo que yo quisiera, porque acabo de hacer testamento, y no tardarían en venir diez mil hombres a sacarme». Dicho esto entró a ver al Presidente de la Asamblea, don Francisco Salmerón, ofreciéndole fuerzas de la Guardia Civil para custodiar la Cámara. No fue aceptada la oferta.


En el bullicio del Salón de Conferencias perdí de vista a Estévanez, y metiéndome en los corrillos pude enterarme de lo que en la sesión había pasado. Asistieron los individuos de la Comisión Permanente y casi todos los Ministros. Planteó el debate Echegaray, sosteniendo que la elección de Cortes Constituyentes no debía efectuarse hasta que la legalidad estuviera totalmente asegurada. Con gallarda elocuencia le contestó Salmerón, deshaciendo los argumentos del ilustre matemático. Habló Rivero contra Salmerón. Intervino Castelar, y apenas comenzado su discurso se presentó en la Cámara el Ministro de la Guerra, quien, sin pedir la palabra, increpó la actitud de los batallones monárquicos de la Milicia en la Plaza de Toros. Saltó el Marqués de Sardoal, vociferando con vehemencia desaforada... Pidieron los Ministros que se suspendiese la sesión hasta restablecer el orden... La controversia degeneró en agria disputa, llegándose, no sin trabajo, al acuerdo de interrumpir el debate, mas no la sesión.


Permitidme ahora que, retrocediendo en mi relato, cuente un suceso que a mi parecer iguala en interés histórico al trozo parlamentario que acabo de trasladar a estas páginas. Dudo mucho que uno y otro hecho sean merecedores de pasar a la posteridad; pero allá va el mío, de índole privada, emparejado con el de carácter público. A eso de la una, almorcé en una tasca de la calle de la Visitación judías con salchicha y un vaso de vino. Allí alterné con los dos Carbonerines, Juan de Murviedro, Langarica, Félix Lallave, cantero; Enrique Díez (Moisés), revendedor de billetes de teatro, y otros que merecen mención en esta historia.


Con tan escaso alimento pude resistir todo el día, y al caer de la tarde salí del Congreso con Moreno Rodríguez y Díaz Quintero a curiosear hacia el Prado, Cibeles y Puerta de Alcalá. Así pude enterarme del fracaso y desbandada en que vino a parar la truculenta rebeldía de los Milicianos monárquicos. Estos recibieron a tiros la columna del Brigadier Carmona. Contestaron al fuego los soldados, y como a los candorosos realistas se les había hecho creer que el Ejército no dispararía contra ellos, cuando vieron que las bromas se trocaban en veras estalló el pánico y salieron de estampía, unos hacia la Fuente del Berro, otros por detrás del Retiro en dirección del Olivar de Atocha, y no faltó quien se escondiese en los chiqueros de la Plaza. Los fugitivos iban soltando las armas, los quepis, y cuanto les estorbase para correr más aprisa, incluso las elegantes guerreras, que sólo les habían servido para camelar a criadas y nodrizas. De aquel bélico rigodón resultaron tres heridos leves y muerto un pobre cochero, a quien alcanzó una bala perdida.


Quedaba el nudo de Medinaceli, que se desató por sí solo ya entrada la noche. Los Voluntarios monárquicos, en malhora encastillados en el palacio ducal, salieron mohínos y silenciosos sin que los federales les maltratasen, porque el Gobierno había enviado fuerzas de la Guardia Civil para evitar las represalias, natural desahogo de la irritación de los ánimos. Los que se rendían sin disparar un tiro desalojaron la plaza mansamente, dejando sus carabinas en el portal, y calladitos se fueron a sus casas, eludiendo disputas y camorras callejeras.


La segunda Compañía del batallón de Lanuza entró en el Congreso, y en los alrededores del edificio se acumularon, a toda prisa, grandes muchedumbres armadas. Los señores de la Permanente levantaron la sesión con premura vergonzosa. En los pasillos de la Cámara se advirtió el trajín de la desbandada. Los primeros en salir hiciéronlo sin dificultad; otros hubieron de escapar furtivamente; algunos valiéndose de disfraces. Rivero y Becerra, por ser muy conocidos, se ocultaron en los sótanos. Los demás fueron saliendo acompañados por Nicolás Salmerón, por Castelar, por Sorní, por el propio Gobernador. Nadie les atropelló, nadie les insultó. Oyeron tan sólo al aparecer en la calle algunos silbidos. Federales y Radicales quedaban en disposición de entablar futuras inteligencias... ¡Todos amigos!... ¡Siempre amigos!...


Terminado lo del Congreso, podría decirse que cayó el telón sobre la histórica jornada del 23 de Abril; pero aún quedaba un fin de fiesta para regocijo del público. Los voluntarios de Lanuza, apostados desde el café de la Iberia a la Plaza de las Cortes, pasaron el rato dispersando unas turbas de señoritos impertinentes y molestos que invadían la Carrera de San Jerónimo. Eran la flor juvenil del alfonsismo y de la radicalería unitaria, de esos que ordinariamente llamamos pollos líquidos y que en aquellos tiempos designábamos con el remoquete de silbantes. Poco trabajo costó espantarlos; se metían en los portales, en las tiendas que aún estaban a media puerta, y los más corrían a escape por las bocacalles, de donde les vino un nuevo apodo. Se les llamó el Batallón Ligero... de pies.


Media noche era por filo cuando cenábamos en la taberna de Juan Niembro (calle de los Negros), Anastasio Martínez, librero de la calle del Arenal; el Quito (Francisco Berenguer), dueño de una buñolería; Alejo Villesano, sastre; José Duplau (Pelusa), carpintero, héroes de aquel día, y un servidor de ustedes que no fue héroe, sino curioso entrometido y aprendiz de narrador. Cada cual citaba y encarecía con infantiles aspavientos lo que había visto, y los incidentes en que había mostrado su marcial arrojo. Nuestra cena fue sopas de ajo, batallón, escabeche en ensalada y morapio sin tasa. No habíamos llegado a la total enumeración de tan prolijas hazañas, cuando entró el simpático Virgilio Llanos, henchido de noticias, según dijo, y se apresuró a desembucharlas gozoso en nuestros oídos. Ya sabéis que era muy amigo de Estévanez y se codeaba con elevados personajes del federalismo. En las primeras horas de la mañana de aquel día, se le confió un delicado espionaje en las inmediaciones del hotel del Duque de la Torre, calle de Serrano. Tan bien desempeñó el ojeo encomendado a su sagacidad, que no se le escapó ningún personaje de los que acudieron al misterioso concilio en la morada del Duque.


Por el mismo orden con que les vio entrar los fue citando Virgilio en nuestro cenáculo tabernario. Helos aquí: los ayudantes del General, O'Lawlor y Ahumada, el Conde de Valmaseda, Topete, Letona, Baldrich, Bassols, Gándara, Gasset, Ros de Olano, Caballero de Rodas. Del elemento civil fueron Borrego, Albareda, y otros que a mi parecer iban en representación de Sagasta, Martos y Rivero, los cuales se quedaron achantaditos en sus respectivas casas viéndolas venir. Oída esta cáfila de nombres, tan sonoros como vacíos, todos los presentes celebraron con mayor ingenuidad la victoria federal contra tal piña de pomposos y coruscantes figurones.


En el resto de la noche fueron llegando otros amigos de las Milicias Republicanas. Entre ellos Balbona (Tachuela), Cantera (Cojo de las Peñuelas), Santiago Gutiérrez (el Pasiego), uno de los Quintines, y más y más. Enaltecida hasta las nubes la importancia de la victoria, hiciéronse lenguas de la generosidad de los vencedores. La sangre no enrojeció las calles; nadie fue molestado; los llamados prohombres, que en el Congreso hicieron cuanto podían para aplastar la República, fueron conducidos a sus casas con refinada cortesía y miramiento; los espadones que se reunieron en casa del Duque de la Torre se quedaron tan frescos, y si al poco tiempo pasaron la frontera fue para conspirar a sus anchas; los silbantes no tuvieron ningún deterioro en sus personas ni en su elegante vestimenta; el único que sufrió algún desavío, Becerra, a quien llevaron preso al Gobierno civil, fue puesto en libertad con apretones de manos y palmaditas en la espalda.


Camino de mi casa, casi al rayar el día, iba yo reconstruyendo en mi mente todo lo que había visto y oído, y entre las sábanas de mi lecho hice juicio sintético de la jornada del 23 de Abril de 1873. No tuvo nada de epopeya; no fue tragedia ni drama; creí encontrar la clasificación exacta diputándola como entretenida zarzuela, con música netamente madrileña del popular Barbieri. No hubo choques sangrientos ni encarnizadas peleas, ni atronó los aires el horrísono estruendo de los cañones. El acto del Congreso fue un paso de comedia lírico-parlamentaria, con un concertante final en que desafinaron todos los virtuosos. Los actos de la calle fueron un continuo ir y venir de nutridas comparsas, que disparaban vítores y exclamaciones de sorpresa o de júbilo. Otras comparsas mejor vestidas salían corriendo por el foro, y se tiraban al foso o se subían al telar. Concluía la obra con un gran coro de generosidades ridículas y alilíes de victoria, sin luto por ninguna de las dos partes.


Así no se pasa de un régimen de mentiras, de arbitrariedades, de desprecio de la ley, de caciquismo y nepotismo, a un régimen que pretende encarnar la verdad, la pureza, y abrir ancho cauce a las corrientes de vida gloriosa y feliz. Aplicando mi corto criterio a los hechos de aquel día, pensé que el 24 de Abril estaba la vida nacional lo mismo que antes estuvo, y que las seculares fuerzas que habían querido resolver el problema del porvenir no habían hecho más que exhibirse sin chocar en dura pelea, dispuestas a proseguir, el día menos pensado, la teatral batalla... ¡Solución de amiguitos, querella de dicharachos en un inmenso patio de Tócame-Roque, simulacro de guerra y paces entre compadres bonachones!


Agrego a la página histórica el estrambote de una escena de que no tuve conocimiento hasta el día 25, y que no altera substancialmente mi juicio de aquellos vulgares acontecimientos. Parece que en la madrugada del 24 se produjo en el Gobierno algún conato de severidad contra el Duque de la Torre y los demás santones monárquicos. Ya clareaba el día cuando Castelar, con rostro afligido, se presentó en el despacho del Gobernador y le dijo: «Amigo Estévanez, si una persona que a usted le hubiera salvado la vida se hallara hoy en peligro inminente, ¿qué haría usted?». La respuesta de don Nicolás fue la que a todo varón honrado y generoso correspondía: «Pues vaya usted -añadió don Emilio- al hotel del General Serrano, métalo en su coche y llévelo a la Embajada inglesa». Así se hizo, y... aquí paz y después gloria.



Benito Pérez Galdós

La Primera República - Capítulo VI



Este libro aporta el título de la cuarta novela de la V y última Serie de los Episodios nacionales, publicados por Galdós.






1822. El pas per l'infern

José Martí Oliva, Miguel Liern Barbera y Manuel Peris Alfonso



José Martí Oliva, Miguel Liern Barbera y Manuel Peris Alfonso eran tres jóvenes paterneros leales al bando republicano durante la Guerra española. Al finalizar ésta y parar salvar sus vidas cruzaron la frontera francesa y llegaron a los campos de refugiados. Tras la invasión de Francia por los nazis, fueron hechos prisioneros y traslados a Mauthausen. 


José Martí Oliva, fue combatiente en la compañía de Lister, junto al mayor de la milicia Enrique Lister Forján. Herido durante la Batalla del Ebro, tras la recuperación volvió a incorporarse a su compañía y pasó a Francia. Capturado por los nazis fue trasladado a Mauthausen y posteriormente a Gusen, donde acabó falleciendo  el 25 de diciembre de 1941.

Miquel Liern Barberá, nació el 16 de agosto de 1907 en Paterna. Anarcosindicalista, durante la guerra civil combatió como voluntario en varios frentes (Teruel, Brunete, Ebro). Con la victoria franquista pasó los Pirineos y fue recluído en los campos de Barcarès y Argelès sur Mer. Se alistó en una Compañía de Trabajadores Extranjeros, y en 1941 fué detenido por los nazis y enviado al campo de Mauthausen. Posteriormente fue trasladado a Dachau y conseguió sobrevivir hasta el día de la liberación. Se instaló en Montpellier y falleció en esa ciudad el 15 de marzo de 1971.

Manuel Peris Alfonso, nació  el 4 de octubre de 1909 en Paterna y fue uno de los organizadores de las fuerzas republicanas de la provincia de Valencia. Alcanzó el grado de Capitán del EPR y en 1939 se refugió en Francia. Era la muerte o la vida, pues había sido condenado a la primera por los franquistas. Estuvo en el campo de Bacares y se alistó a las Compañías de Trabajadores Extranjeros, destinado primero a la 11ª CTE y después a la 114ª. Detenido por los nazis el 22 de junio de 1940, fue traslado al Stalag XI B y posteriormente a Mauthausen, donde llegó el 17 de enero de 1941. Logró sobrevivir hasta la liberación del campo el 5 de mayo de 1945. Se estableció en París donde residió hasta su muerte en 1983.

Miguel Liern Barbera y Manuel Peris Alfonso, a pesar de haber sobrevivido nunca pudieron regresar a España y jamás pudieron olvidar su tierra natal: Paterna.

Paternateca, una asociación cultural creada para recopilar la memoria de Paterna, se ha empeñado en que su pueblo tampoco se olvide ellos. Han elaborado un documental, con ayuda de las familias de los deportados, de reconocimiento y homenaje a José Martí Oliva, Miguel Liern Barbera y Manuel Peris Alfonso 

El documental titulado El pas per l'infern, la historia de 3 paterneros que estuvieron recluidos en el campo de concentración de Mathausen se extrenara el viernes 12 de febrero en el Gran Teatro Antonio Ferrandis de Paterna a las 20.30 horas.






1821. Castilla a solas consigo misma

María Zambrano Alarcón
(Vélez-Málaga, 22 de abril de 1904 - Madrid, 6 de febrero de 1991)



Ha llegado el momento inevitable en que ansias largo tiempo contenidas o rencorosamente disimuladas, salen a la luz. Cataluña hermética y obstinada quiere gobernar su propia isla, el País Vasco en su lenguaje de milenios reclama sus fueros legendarios y batiendo el record del arcaísmo hay en él quien pide regirse por un régimen patriarcal, y luego Galicia y Andalucía… el folklore sale a relucir, España, la España universal y a fuer de universal eterna, ha huído; en unos siglos de abstinencia histórica se nos ha escapado la substancia de la España una y eterna. 

Y es ahora, cuando sobre España vuelve a correr el soplo divino de la Historia, el momento en que sale a flote la verdad. La verdad que hay que afrontar llenos de valor, fija la mirada, si hemos de salvarnos.

Hemos consumido horas de radical falsedad; el periodo dictatorial pasado no fue sino una losa sobre el destino de España, un cómodo tapiz con que algunos pretendieron resguardarse de la realidad verdadera y pensando –razón de avestruz- que así iban a destruirla. La República significa por el momento, levantar la losa que asfixiaba al cuerpo español, y ahora vemos que no es un cuerpo sino unos miembros –miembros- sueltos los que se levantan; el conjunto es monstruoso y aterra. Aterra e indigna. Castilla, forjadora un tiempo de la unidad ambiciosa de ella, no comprende y mira con extrañeza, con odio, con rencor este anhelo de separación de lo que ella antes uniera. 

Mas ¿quién tuvo la culpa? No cierre Castilla los ojos, no empañe su alma con el odio que engendra lo no comprendido. No comprender es siempre una inferioridad y una cobardía si el no comprender proviene de no atreverse a mirar. Castilla, la vieja, la noble, la esforzada debe abrir sus ojos en este instante en que su misión parece haberse perdido. Su alma forjadora de unidad, ambiciosa de ella, siente honda repulsa ante el afán particularista. Mas ¿cómo lograr la unidad en una nación de tan diversos folk lores? No hay más unidad que la del espíritu, la misma variedad de dialectos, geografía y caracteres, nos avisa de que no será por lo emocional y privativo por donde se llegue a la España universal, no podrá ser más que como fue, por obra de un alto ideal a realizar. Y así diremos que el descubrimiento de América dio unidad a España, que la Contrarreforma hizo una a España. Y en aquellos afanes, Castilla fue pujante en vitalidad, ambiciosa en heroísmo, terca en austeridad. 

Pero Castilla se durmió, ya en el siglo XVII, con el cetro en las manos. Su soberbia le hizo creer que el imperio era algo consubstancial con su existencia, le hizo olvidar que la unidad es algo que se crea, el regir algo que se gana. Castilla fue roída por el mismo pecado que la monarquía –soberbia que engendra la pereza- y las dos se durmieron sobre su alto sitial histórico; ahora una dolorosa conmoción las ha despertado. 

Las separa una profunda diferencia: la monarquía, institución caduca, ha muerto, no puede morir Castilla que es tierra y vida, anhelo de ser y subsistir. En la monarquía es “despertar para morir”, en Castilla es despertar para vivir de nuevo. Y antes de comenzar nueva vida ha de purificarse cuerpo y alma. Purifíquese Castilla de soberbia y pereza y vaya a la reconquista de la perdida misión. 

Mas han cambiado los tiempos: ya no hay países que descubrir, ni reformas que ahogar. Y más que regiones y provincias, hay hombres y problemas (¡Hombres del infierno andaluz, para ellos también la unidad!) 

No son hoy las regiones, son las clases sociales las que hondamente están en disgregación y guerra, es la economía, el régimen capitalista que mundialmente está en crisis. 

¿Castilla? ¿Cataluña? No está ahí la medida del hoy. Son esos hombres hambrientos y desesperanzados, es el destino de España –de España íntegra- que intenta por segunda vez cuajarse en la historia. 


María Zambrano 
Segovia Republicana, 29 de Julio de 1931, página 1


María Zambrano se trasladó con su familia a Segovia en 1910, cuando tenía cinco años, al conseguir su padre la cátedra de Gramática Castellana en la Escuela Normal de Mestros de la ciudad, en la que residió la familia Zambrano hasta 1924. 

Segovia Republicana fue un periódico de efímera existencia que se publicó de mayo a noviembre de 1931, dirigido por Rubén Landa.




1820. La Primera República V





CAPITULO V

Cuando yo caía en mi camastro al término de una de estas largas y fatigosas peregrinaciones que solían acabar en desvarío sonambulismo, lo mismo que soltaba mi ropa dejándola a un lado, soltaba mis imaginaciones y pensamientos, echándolos de mí uno tras otro, hasta caer en profundo sueño. Dormía, descansaba, y al despertar la siguiente mañana, antes que la ropa volvían a mí las ideas de la noche anterior. Primero llegaba una, después dos o tres rondaban mi cerebro, y al fin iban entrando todas. Pensé yo entonces que durante mi sueño las ideas y los hechos pasados velaban en torno mío, esperando que yo despertase para volver a su jaula.


Levanteme un día con sinfín de cosas imaginarias y reales dentro de mi pajarera cerebral. No me pidáis que puntualice el día, porque en mi mollera entra cuanto existe menos las fechas. Nunca he podido disciplinar, ya lo sabéis, el dietario de los acontecimientos, sobre todo cuando no son de esos que llevan bien determinada la efemérides... Pues señor, me fui a la oficina a pesar de ser domingo, y al entrar me dijeron los compañeros que el Ministro, don Francisco Pi y Margall, se había pasado la madrugada anterior agarrado al telégrafo. ¿Qué pasaba? Pues que los rumores de alzamiento en Barcelona se habían confirmado. Ya sabíamos que la tropa, dominada en absoluto por los Comités federales y convertida en instrumento de la Diputación provincial, aspiraba nada menos que a proclamar el Estado Catalán.


Al instante vio nuestro jefe los gravísimos inconvenientes de tal precipitación. No se podía consentir que los pueblos establecieran por sí y ante sí el régimen federativo, anticipándose a lo que era facultad y obra de las Cortes Constituyentes, aún no reunidas. De la parte acá del hilo telegráfico hablaba Pi y Margall con la serenidad reflexiva propia de su exquisito temperamento. De la parte allá vociferaban los federales barceloneses, conjurados para proveerse del Cantón que les correspondía con arreglo al catecismo autonómico. Gastó don Francisco enorme dosis de su fuerte dialéctica para convencer a los amigos de la inoportunidad el imprudencia de tal resolución. Nunca vino tan a pelo el aforismo de que no por mucho madrugar, etcétera...


Atento a conjurar todos los peligros, don Francisco ordenó la incomunicación telegráfica de Barcelona con el resto de España, y previno contra el movimiento a los Gobernadores de las provincias limítrofes... Hallábame yo en el despacho de mi jefe don José Carvajal, escribiendo al dictado cartas urgentes, cuando entró el secretario de Figueras señor Rubaudonadéu, y por él supimos que aquel mismo día partiría para Barcelona el Presidente del Poder Ejecutivo. Poco después pasé al salón grande del Ministerio y vi a Figueras, Castelar y Salmerón que salían del despacho del Ministro, acompañados por este. Las caras de todos revelaban tranquilidad. Don Francisco les dijo al despedirse: Por fortuna, hemos deshecho la borrasca antes que estallase. Y Castelar, risueño, añadió este comento breve: Ahora, señores, hasta otra.


Volvió a reinar en la Secretaría del Ministerio el sosiego burocrático. Durante largo rato oíase tan sólo el rasguear de las plumas... Sigo mi cuento declarando que después de conjurado aquel conflicto, por hábil maniobra de Pi y Margall, adquirió cierta fortaleza el Gobierno republicano. Pero como quedaba en pie la hostilidad solapada de los Radicales, con el inquieto don Cristino a la cabeza, continuaron los días azarosos. La naciente República no tenía momento seguro, y todo su tiempo dedicábalo a quitar las chinitas que ponía en su camino la displicente Asamblea Nacional, formada con todo el detrito de las pasiones monárquicas. Al fin, en un día de Marzo, hacia el 20 ó 22, se consiguió que suspendiera la Cámara sus sesiones, después de votar la abolición de la esclavitud en Puerto Rico y otras importantes leyes.


Pero los conjurados inventaron el enredijo de una Comisión Permanente, que no servía más que para embrollar, entorpecer y aburrir a todo el mundo. De tanta y tanta pejiguera se habrían librado los republicanos si desde el primer día (24 de Febrero) en que apareció el serpentón monárquico-radical le hubieran cortado, con certero golpe, la cabeza. Así lo pensaba yo, y si no me lo estorbase mi respeto al gran Pi y Margall, le habría dicho: «Si usted, mi señor don Francisco, y sus compañeros, hubieran volcado con un audaz gesto revolucionario la Asamblea llamada Nacional, quitando de en medio a puntapiés a toda esta caterva de ambiciosos egoístas, tendrían despejado el terreno para fundar desahogadamente el régimen nuevo. No se pasa de aquello a esto sin cerrar con cien llaves el arca de los escrúpulos, aplicando calmantes heroicos a las conciencias demasiado irritables».


Repitiéronse en Abril las mismas dificultades y las propias luchas. En mis paseos melancólicos y en la soledad de mi hospedaje me entretenía yo en aconsejar mentalmente a los Ministros y proponerles la mejor línea de conducta. «Yo entiendo de Política, señores míos -les decía con el pensamiento- porque entiendo de Historia. Y no aprendí esta ciencia en los libros, sino de labios de la propia divinidad que recoge y transmite todo lo que concierne a la ciencia de los hechos humanos. La Historia me ha llevado en sus brazos, en sus bolsillos y en su regazo augusto. La llamo mi madre, no sé dónde se ha metido, y la buscaré por toda la redondez de este suelo ibérico, dejado de la mano de Dios».


Vagaba yo una noche por las inmediaciones de la iglesia de San Sebastián, cuando sentí un ligero paso y el siseo de una vocecilla que me llamaba. Volvime rápidamente creyendo que pudiera ser Mariclío y... ¡ábrete, tierra, y trágame!... era Candelaria. Llegose a mí con ademán afectuoso, y estrechándome las manos se arrancó con estas frases: «¡Ay, Tito chiquitín, qué ganas tenía de verte!... No has querido volver a casa... ¡qué tonto!... No creí que lo tomaras tan por la tremenda. Yo te esperaba para pedirte perdón por aquel arrebato. Te tiré el tintero sin darme cuenta de ello. Te habría tirado un clavel o una rosa si los hubiera tenido a mano. Toda la noche estuve llora que te llora. En fin, ya me estás perdonando; pronto, pronto...».


Balbuciente le di las gracias; aseguré que no le guardaba rencor, y quise abreviar la entrevista con el pretexto de ocupaciones perentorias en mi casa. Pero ella hizo presa en mi brazo, tirando de mí hacia la plaza del Ángel. Tanto como sus tirones me redujeron a la obediencia sus tiernas palabras: «No, Tito; ya que he tenido la suerte de encontrarte, no te suelto. Hazme el favor... ea, no seas tonto. No me desaires... ¡Mira que...! Acompáñame un ratito al café de San Sebastián. Quiero enseñarte dos artículos que llevo aquí. Son muy vibrantes, ya verás. Ven. En el café están don Santos, Luis Blanc, Antoñete Pérez y otros amigos». Me dejé llevar. La resistencia pugnaría con mi delicadeza y buena educación. Entramos... Heme aquí en la tertulia de aquellos bravos patriotas. Senteme junto a Penélope, que antes de que le trajeran café desenvainó su manuscrito y comenzó a leer. Era una soflama violentísima que titulaba Delirium tremens, y en ella sacudía de lo lindo a los martistas y al propio don Cristino, aplicándoles toda clase de improperios y chanzas mortificantes. A media lectura advertí que Rosa Patria-Penélope habíase apropiado los latinajos que el periodismo de aquella época iba poniendo de moda. Al final de un párrafo, refiriendo las ridículas pretensiones de los señores de la Asamblea Nacional, escribía: ¿Risum teneatis?


Terminada la lectura, sirvieron a Candelaria el café en vaso. Lo endulzó con dos o tres terrones, y se guardó los demás en un hondo bolsillo. Todos hacíamos lo mismo; mas la escritora, por privilegio de su sexo, requisaba sobre el mármol los terrones dispersos para aumentar el acopio de azúcar y llevárselo a su casa... Don Santos departía con Antonio Pérez, Balbona y Castañé en una mesa próxima, y cuando Rosa Patria tiró de papeles para leernos a Luis Blanc y a mí el segundo de sus artículos, la vaga atención que en la lectura ponía yo dejó en libertad a mis ojos para extenderse por las profundidades del café lleno de gente. Algunas mesas más adentro vi un rostro de mujer cuyas miradas vinieron al encuentro de las mías. No tardé en reconocerla: era Delfina Gil, la industriosa confitera y empresaria de pompas fúnebres. Pronto advertí que mi antigua dama y consejera deseaba hablar conmigo. Claramente me lo decía con sonrisas y mohines de su linda boca. Bajo estas impresiones corría, lenta y susurrante, la lectura del artículo candelaresco, cuyo título era Un dogal para los cimbrios, y que después de poner a estos como ropa de pascuas, acababa con el tremendo anatema: lasciate ogni speranza.


Como las tertulias cafeteras pugnaban cada día más con mi gusto y costumbres, abrevié cuanto pude mi permanencia en aquel lugar de vagancia sedentaria. Alabé con piadoso calor los escritos de doña Candelaria, y quedando con ella en equívocas apariencias de reconciliación, me despedí de todos prometiéndoles volver otra noche a matar el tiempo en tan agradable peña. Interneme un poco para saludar a Delfina, la cual, agradeciéndome la fineza, me preguntó si seguía yo viviendo en la misma casa (calle del Amor de Dios), pues tenía que hablarme a solas y con urgencia. Díjele que no había cambiado de domicilio y... Adiós, adiós... Hasta mañana.


Pasó la noche, pasaron las primeras horas matutinas; y cuando estaba yo arreglándome para echarme a las calles, emergió en mi gabinete la señora dulce y funeraria de negro totalmente vestida, entapujada con tupido velo que se levantó al entrar, mostrándome la interesante blandura de su rostro. En la mano traía rosario y librito de misa, señal de que venía de cumplir sus obligaciones beatíficas en Montserrat o en las Niñas de Loreto.


«No debía yo tener ningún trato contigo -me dijo con melindre, sentándose en mi arrumbado sofá- porque estás muy echado a perder, Tito. ¿Qué esperas tú de esa cuadrilla de barrabases?... Repito que no mereces que yo te hable: eres un secuaz de la monserga federala que quiere acabar con las venerandas creencias y con toda ley humana y divina... A pesar de todo, te conservo alguna estimación, porque fuera de lo político eres hombre de buenas partes; estimo también a tu familia, y por ella y por ti vengo a decirte que estés preparado para el peligro, o te escondas y huyas, si no quieres perecer. De hoy a mañana ocurrirán en Madrid cosas tremendas. Vendrá el barrido de toda esta pillería que quiere dividir a España en cantones con autonosuyas y el pato comunicativo y burrateral. Ponte en salvo, Tito, que ya los buenos se han cansado de aguantar tantos ultrajes y locuras... Por humanidad te aconsejo que prevengas también a los de arriba, al Pi, al Figueras y demás diablos que quieren traernos acá el Infierno; díselo también al borrachín de Estévanez. Que se oculten, que se metan en la carbonera o escapen a correr... La sarracina será tal, que si los leales cogen a los pájaros gordos del arrastrado federalismo les machacarán de firme, y el pedazo más grande que quede de ellos será de este tamaño...».


Solté yo la risa, no sin pensar que detrás de aquellas imbecilidades bullía tal vez una maquinación verdadera, un nuevo plan o postrer esfuerzo de los desesperados martistas. Ya sabía yo que la viuda boyante estaba en estrechas relaciones con la cimbrería. Una hermana suya, a la sazón estanquera, sirvió algunos años en casa de Sardoal, y su primo Filiberto Gil mandaba una compañía de los Milicianos tildados de monárquicos. Algo le contaron a mi amiga, algo de proyectada conjura o bullanga llegó a sus oídos, y ella lo abultó con su disparada imaginación y criterio chabacano. Afecté credulidad para inducirla a que me diese más detalles. Pero se limitó a decirme que no le pidiera más claridad: su deber era prevenirme para defender mi vida, y no revelar planes que había sabido por los conductos más reservados. La causa de España, la causa del orden, la causa de Dios, exigían la discreción de todos los buenos.


Inquieto por los avisos de aquella tarasca que de la vida libidinosa había pasado a vida de farándula mística, y que, según rumores, hociqueaba con clérigos y mayordomos de Cofradía, me fui a ver a Estévanez. No le encontré en su oficina, pero media hora después le vi entrar en mi Ministerio. Encerrose con Pi, y allá se fue también Carvajal. La duración de la conferencia nos dio a entender que algo ocurría. Salió Estévanez, y entraron luego dos coroneles de la Milicia, acompañados de Rubaudonadéu. Mi trabajo me impidió llevar nota de las muchas personas que aquel día conferenciaron con el Ministro. Todo confirmaba el temor de próximas alteraciones del orden público...


Por la noche tuve la suerte de encontrar al Gobernador en su despacho. Comía precipitadamente para echarse a la calle. Salimos juntos, y le acompañé en su coche a la estación de Atocha. Hablando por el camino, advertí que aquel hombre, tan sereno ante el peligro, mostraba la inquietud natural ante lo desconocido. No fue conmigo demasiado sincero, ni podía serlo, por la reserva que le imponía su cargo. Procuraré reunir y ajustar las diversas expresiones que oí de sus labios, y combinarlas artísticamente conforme a la ley de la narración histórica, que permite extraer de la verdad de los caracteres la verdad de las manifestaciones orales. La conjura que me anunció Delfina era cierta. Los despechados radicales asambleístas contaban con Pavía, Capitán General de Madrid; con la guarnición, que no era muy numerosa, y con los batallones monárquicos de la Milicia Nacional. Creían tener de su parte a la Guardia civil, y confiaban ciegamente en la Artillería. Separados del servicio los jefes y oficiales facultativos por efecto de la desatinada disolución del Cuerpo en las postrimerías del reinado de don Amadeo, mandaban los regimientos individuos de las armas generales que temían de la República una reorganización contraria a sus conveniencias.


De lo que se tramaba tuvo noticia Estévanez al mediodía. Cuando fue a ver a Pi, ya este había recibido confidencias del caso. Ocupáronse de las medidas necesarias para cortar el paso a la sublevación, que por noticias fidedignas era indefectible programa para el siguiente día, 23 de Abril. El rostro estatuario de don Francisco Pi y Margall no sufrió en su coloración ni en sus líneas la menor mudanza mientras enumeraba los poderosos elementos de que disponían los contrarios. Estévanez le dijo: «Aun contando ellos con todo lo que quieran, yo le respondo a usted de que nos sostendremos treinta horas... Si nos derrotaran en Madrid, y eso habría que verlo, fíjese usted, don Francisco, en que disponemos de todo el servicio de trenes en el Norte y Mediodía, y en treinta horas podemos traer sesenta mil federales castellanos, aragoneses, catalanes, valencianos, manchegos... Ordene usted que vayan esta misma noche a los puntos que fijaremos, comisionados con poderes amplios para convocar y acumular sobre Madrid, sin necesidad de aviso telegráfico, las muchedumbres republicanas de media España, o de España entera si fuese menester».


Precisamente a despedir a esos comisionados iba don Nicolás a la estación de Atocha. El acto, de corta duración y de apariencias familiares, no dio motivo a curiosidad ni comentarios. De la estación fui con mi amigo a visitas, que atribuí a la necesidad perentoria de despertar las fuerzas populares y disponerlas para la lucha. Estuvimos en la Ronda de Atocha, en las Peñuelas, en la calle de Santa Ana. Como él subía solo a las casas, dejándome en el coche, no puedo asegurar a qué personas visitaba. Pero mi conocimiento de la gente de coraje me bastaría para designar sus nombres sin miedo a equivocarme.


De la calle de Santa Ana fuimos a la del Ave María y de allí a la plazuela de Antón Martín, donde nos apeamos los dos; yo llamé al sereno, y este abrió la puerta de la casa de Santiso. Ya era más de la una. Invitome Estévanez a subir con él, mas yo no creí discreto presenciar conferencias tan delicadas, y como estaba tan cerca de mi casa y me sentía fatigadísimo, le pedí permiso para retirarme. Al despedirme, el grande hombre que miraba con serenidad desdeñosa la negra faz de las revoluciones y afrontaba risueño y altivo las contingencias erizadas de peligros, me dijo así: «Mañana a estas horas, o quizás al caer de la tarde, podrás ver por ti mismo que hemos ganado la partida y que han escapado o están hechos polvo los enemigos de la República. Buenas noches, y duerme tranquilo».


En esto de la tranquilidad del sueño no pude obedecer al Gobernador, porque pasé una noche horrible, sin pegar los ojos, dando vueltas en mi duro camastro. Cualquier ruido de la calle se me antojaba estruendo de lejanos tiros, cañonazos o voladuras. La claridad de los faroles de la calle entraba en mi alcoba, y mi abrasada mente la convertía en resplandores de incendio. Aunque yo estaba acostumbrado a los tremebundos ronquidos de mi patrón, Ido del Sagrario, aquella noche me sonaban como acompasados gritos de la plebe furiosa invadiendo las calles.



Benito Pérez Galdós

La Primera República - Capítulo V

Este libro aporta el título de la cuarta novela de la V y última Serie de los Episodios nacionales, publicados por Galdós.