Lo Último

1432. Patria cuyo nombre no sé.

José Ángel Valente
(Orense, 25 de abril de 1929 - Ginebra, Suiza, 18 de julio de 2000)




(A Aurelio Menéndez)

Yo no sé si te miro
con amor o con odio
ni si eres más que tierra
para mí.
Pero contigo sólo,
a muerte, debo
levantarme y vivir.
Aquí es tu piel tirante
sobre el mapa del alma,
azotada y cruel;
allí suave,
rota en ríos de lluvia,
inclinada hacia el mar.
Allí paso perdido,
pie puro que anda el sueño;
aquí cráneo abrasado
por el peso de Dios.
Estoy así mirándote
con un ojo que apenas
ha nacido a mirar.
Porque he venido ayer
y no sé aún quién eres,
aunque tal vez no seas
nada más verdadero
que esta ardiente pregunta
que clavo sobre ti.

Vine cuando la sangre
aún estaba en las puertas
y pregunté por qué.
Yo era hijo de ella
y tan sólo por eso
capaz de ser en ti.

Vine cuando los muertos
palpitaban aún próximos
al nivel de la vida
y pregunté por qué.
Yacían bajo tierra:
tú eras su verdad.

Caía el sol, caía
inútilmente el pan,
caían la noche
y la sombra de nadie
derribada la fe.
Y sin embargo supe
que tú estabas allí.

Apenas, casi a solas,
entre el aire y la muerte,
un brote nuevo
se atrevía a pujar.
Solo, entre la esperanza
estéril, la esperanza
ganada, las palabras
caídas, las palabras
como ciegas banderas
levantadas, un brote
se atrevía a pujar.

Oh, cómo en las colinas
sobreviviente el aire
se animaba en él.
Debías protegerlo.
No lo hiciste.
Temblad.
Porque debió crecer
para la luz, no para
la sombra, el odio, para
la negación.
La tierra había sido
removida y arada
con la sangre de todos.
Con la sangre. Era
difícil la alegría;
necesitábamos
primero la verdad.

Hemos venido. Estamos
solos. Pregunto,
¿quién tiene tu verdad?

Tú eres esa pregunta.

Oh patria y patria
y patria en pie
de vida, en pie
sobre la mutilada
blancura de la nieve,
¿quién tiene tu verdad?


José A. Valente
"A modo de esperanza", 1955




1431. El uniforme del General.

Recordamos a José Ángel Valente en el aniversario de su nacimiento con el relato "El uniforme del General"


El relato "El uniforme del General" esta inspirado en un suceso acaecido durante la guerra española en la propiedad del General Saliquet en la ocalidad de Fiñana. Tras su publicación en 1971, fue denunciado en la Capitanía General de Canarias "por el presunto delito de ofensa a la clase determinada del Ejército" y retirado por orden judicial.

Tanto José Ángel Valente como los editores del libro fueron requeridos ante la autoridad. Desde el Juzgado Permanente del Gobierno Militar de Las Palmas, se lanza una requisitoria de busca y captura contra el escritor con fecha del 19 de octubre de 1971: "comparecerá en el término de 30 días, ante el Juez Instructor del Juzgado Permanente del Gobierno Militar de Las Palmas de Gran Canaria, Comandante de Artillería don Heraclio Ferrer Oliva, bajo apercibimiento de ser declarado rebelde".

El Consejo de Guerra Ordinario se celebró en Las Palmas el 14 de septiembre de 1972. José Ángel Valente es declarado en rebeldía. La sentencia consideró probado que los hechos eran "legalmente constitutivos de un delito consumado de injurias encubiertas a Clase determinada del ejército", pues con la publicación del cuento en cuestión se había dado publicidad a ofensas "directamente referidas al Generalato, claramente menospreciantes de su alta categoría en el Ejército, con expresiones tales como que el General parecía un domador de circo y su uniforme estaba allí entre otras cosas inútiles, y para nada servían y que los Generales no tenían madre y a lo mejor los hacían con una máquina con chapas de gaseosas, aluminio y paja, mucha paja, para que apareciesen con el pecho hinchado". 




El uniforme del general.

El condenado se sentó en la penumbra. El cura se paseaba lentamente a lo largo de la celda, leyendo en un libro pequeño, de encuadernación negra y flexible, frases que articulaba con cuidado pero que no llevaba a la voz. El condenado emitió contra su voluntad un gemido. Sentía un vacío enorme en el estómago y a la vez un deseo, al que no conseguía dar suelta, de vomitar. 0 le habría gustado comer, comer hasta quedarse sordo para no oírse más. Morir ha de ser ‑pensó‑ como tener hambre y náuseas a la vez. Luego dijo en alta voz:

-Volvería a ponerme el uniforme del general.

El cura suspendió la lectura y se detuvo para mirarlo con una mezcla de asombro y conmiseración. Después siguió bisbiseando, pero sin moverse, clavado al suelo, mirando a uno y a otro lado de soslayo y luego al libro y otra vez de soslayo, como si alguien pudiera entrar y oír.

El uniforme del general se quita y pone como otro igual.

Primero se lo había puesto Manuel y luego su hijo y después él mismo y luego otros, porque les daba gusto y porque Manuel gritó ¡viva la de‑mocra‑cía! y todos se pusieron a cantar y a beber vino con el uniforme del general y se ensució un entorchado y porque el maestro con un bigote postizo y el uniforme del general parecía un domador de circo y porque el uniforme del general estaba allí entre otras cosas inútiles y para nada serviría si ya no iba a haber generales ni madre que los crió y entonces fue cuando Manuel dijo que a lo mejor los generales no tenían madre y los hacían en una máquina con chapas de gaseosa, aluminio y paja, mucha paja, para que apareciesen con el pecho hinchado por el aire de la victoria y después trajeron un caballo y desfilaron todos y luego nos fuimos a dormir y al día siguiente a trabajar y pronto la merienda se olvidó y nadie supo que estaba puesto en una lista para ser condenados todos por impíos y ateos y por otras cosas que de nosotros mismos ni siquiera sabríamos decir. Y así fue, pues todos fueron apresados y juzgados debidamente por su miserable acción y él ‑pensó‑ no sabía si era el último o el penúltimo en morir, pero por ahí andaba ya la lista y en todo caso para él era el final.

El uniforme del general se quita y pone como otro igual.

Se acordó de Manuel y del maestro y le dio risa y la risa fue como si de nuevo, libre al fin, volviese a andar por los campos comunes, igual que en otros tiempos.

El cura dejó el libro y se puso en oración porque ya se avecinaba la hora y el condenado nada había querido oír. El miró la negra figura recogida sin inquietud. Sacó del bolsillo un lápiz que le habían dado por si quería dejar alguna despedida escrita para su madre o para alguien o para quién y dibujó despacio en la pared los entorchados, el fajín, los ribetes, los oros del uniforme del general Después se puso en pie y meó largamente sobre el traje glorioso hasta quedar en paz.


José Ángel Valente
"Número Trece", 1971


1430. Juan Fernández Ayala, «Juanín»

Guerrillero: española y universal palabra.
Desde las cumbres de los Picos de Europa.
en acecho hacia el océano
esperabas espejismos.

Por el mar no desembarcó nunca nadie.

Quince años emboscado.
presunto «bandolero»,
alimaña rastreada
por el monte insurgente,
perseverando hasta muy solo,
cuando el buho se cansó de cantar.

Dicen que tuviste amores
en las cuevas de Tresviso,
amores para morir a la vera de un molino,
una noche lluviosa de abril 57.

Era día de mercado en Potes;
con miedo entrañable
vieron los del pueblo
como soberbio te irguieron
contra la centenaria pared.


En el cementerio una tumba reza: «Juanín»

Jean Ortiz
Del poemario Mi guerra civil




María Torres / 24 de abril de 2015

Juan Fernández Ayala (PotesLiébanaCantabria 27 de noviembre de 1917 - 24 de abril de 1957), alias Juanín, fue uno de los últimos guerrilleros antifranquistas de Cantabria.

Con solo 17 años se unió a las Juventudes Unificadas y tras el golpe de estado de 1936 partió hacia Santander para integrarse en las Milicias Republicanas, llegando a combatir con el Batallón Ochandía. Tras la toma de Santander por los franquistas, es detenido, sometido a consejo de guerra y condenado a la pena de muerte,  conmutada posteriormente a doce años y un día de prisión por las gestiones realizadas por uno de sus hermanos que era falangista.

Después vendría la prisión y más tarde la libertad vigilada. Juanín no podía adaptarse a esa nueva España y en 1943 tomó la decisión de echarse al monte, en el que permaneció catorce años emboscado. Se incorpora a la Brigada Machado que se encontraba desperdigada por los Picos de Europa y permanece en la misma hasta su desaparición.

El régimen puso precio a su cabeza. Se llegó a ofrecer medio millón de pesetas por su captura a través de pasquines, que cuando eran encontrados por Juanín, los adornaba con una hoz y un martillo.

En 1952 conoce a Paco Bedoya, que se había fugado de la cárcel de Fuencarral en Madrid, y ambos se convierten en una pareja de leyenda hasta que pierden la vida en 1957. Juanín y Bedoya, fueron héroes populares y  los últimos guerrilleros que resistieron al franquismo en los montes de Cantabria. Siempre perseguidos, acosados, pero muchas veces consiguieron burlaron el cerco, incluso invitaban de incógnito a café a la Guardia civil: «Yo, Juanín, tengo el honor de invitar a café al capitán de la Guardia Civil de Potes, y que le aproveche, como a los pajaritos los perdigones».

Juanín fué asesinado por la Guardia civil el 24 de abril de 1957. Su cuerpo permaneció toda la noche sobre la carretera. A la mañana siguiente fue trasladado al cementerio de Potes,  expuesto ante cientos de miradas curiosas, y enterrado en la fosa común en un ataud donado por un vecino.

Conseguieron acabar con el hombre, pero no con el héroe y su memoria.





1429. La muerte de García Lorca comentada por sus asesinos.





Hemos tenido ocasión de leer en el periódico Unidad, que editan los falangistas de San Sebastián, un encanallado y enfático artículo titulado: A la España imperial le han asesinado su mejor poeta. Se refiere a Federico García Lorca. Suponemos el asombro del lector, que será, sin duda, tan grande como el nuestro. Y suponemos su ira ante tal monstruosidad y cinismo.

Nunca hubiéramos creído que esos escritores lamentables, esos envilecidos «cantores» de Franco, llegasen, en su falta absoluta de honestidad, hasta el punto de glorificar a sus víctimas, cuando creen que esto conviene a sus intereses o los intereses de sus amos. El mundo entero ha reaccionado con indignación ante el cobarde asesinato, y ellos, por lo visto, han recibido la consigna de embrollar en lo posible este asunto, quemando incienso en torno al recuerdo del poeta muerto, y tratando, en lo posible, de atribuir este crimen a «los rojos».

Comentamos este artículo, no ya para rebatir sus intencionados errores, sino más bien para mostrar lo que es un escrito característico de la «espiritualidad» fascista. Esa falsedad al servicio del crimen, esa mentira dorada, bella vestidura para espíritus mezquinos, que a sí misma se llama «doctrina poética y religiosa de Falange». ¡Con este manto de cielo ya no hay en la tierra negrura que nos manche!

El estilo pomposo, lumínico, tristemente barroco, propio de los seguidores de Eugenio Montes, y esas frases grandilocuentes y retóricas, ocultan una actitud grosera, pedante, un «modo» que quiere ser señorial, muy a la española antigua, gallardo y cargado de plumas, pero que es sólo cursilería, cursilería y zafiedad.

Es curioso leer entre líneas lo qne no se quiere decir en este artículo. Comienza el autor expresando líricamente un repentino pesar por el crimen: «Conmovido por esa sucesión de formas qne sólo la vida puede ofrecernos, en estos días furiosos de lluvia, de sol encadenado, en lo más íntimo de mi ser ha empezado a dolerme tu muerte». Luego, fingiendo ser un caballero: «Yo afirmo que ni la Falange Española ni el Ejército de España tomaron parte en tu muerte». Y ahí es donde queda lanzado ese germen de confusión que quieren sembrar. En un juramento hecho por «la sangre vertida en un campo de honor».

Luego sigue: «Tus sentimientos eran los de la Falange: querías Patria, Pan y Justicia para todos». No vamos nosotros ahora a explicar lo que ellos entienden, lo que entiende la Falange, por Patria, Pan y Justicia para todos. Lo sabemos ya de sobra. Y en cuanto a los sentimientos y simpatías de Federico, expresados reiteradamente por él en público y privado, evidentes en su obra y en su vida, eran, como todo el mundo sabe, justamente lo contrario de los de Falange; aunque estúpidamente, con torpe demagogia, este Luis Hurtado, que dice haber sido íntimo de Lorca, y que es en absoluto desconocido para los verdaderos e íntimos amigos del poeta, diga otra cosa. Con el procedimiento usado por un pedante así podríamos convertir inmediatamente en fascista al mismo Lenin.

El articulista, por otra parte, no debe quedar muy convencido con sus afirmaciones, pues al decir que Lorca estaría con ellos si viviese, agrega: «La Falange perdona siempre y olvida». Y, naturalmente, eso que le tenían que perdonar a Federico es lo que no le perdonaron, lo que no le perdonarían nunca. Y por eso fué asesinado bárbaramente.

Siguiendo en su risible lirismo, el Sr. Hurtado se arrebata o cae lánguido. Pero topamos de pronto, en medio de su prosa absurda, llena de reminiscencias de todo, con esta frase, con este verso bien conocido: «El crimen fué en Granada».

No cabe pensar en una coincidencia casual; el momento escogido y el tono empleado no dejan lugar a dudas: el verso es de Antonio Machado y precisamente del sentido y bello poema que éste dedicó a Federico al enterarse de su muerte. Es un lamento, es una maldición a los asesinos; pero los asesinos cogen estas palabras de dolor auténtico, este verso del célebre poeta, y lo utilizan sin remordimientos. Porque necesitan ahora fingir dolor para que los crean buenos y sensibles. Pero no nos engañan, no engañan a nadie, sus lágrimas de cocodrilo.

Y aún dice algo más este Hurtado: Federico García Lorca no ha muerto, no. Tengamos fe, creamos en el espíritu, creamos en Dios. No importan los pequeños accidentes aquí en la tierra, si tenemos la vista muy alta. Lorca, dice este señor, no ha muerto. No ha muerto, no, dice este falangista de las flechas sobre el corazón. No ha sido asesinado, sino tan sólo que: «Los cien mil violines de la envidia se llevaron tu cuerpo para siempre». Ya lo sabemos : fué la envidia, sí, pero la envidia es ya violines. No son puñales los que entraron en su cuerpo, fueron sólo los violines de la gloria.

Ellos odian el materialismo, son «idealistas». Por eso hablan asi. Pero nosotros tenemos una idea bien precisa de lo que significan su lirismo y su grandeza.

Los que nos angustiamos de verdad con la muerte del poeta, sus amigos, compañeros y discípulos, el pueblo entero, los que queremos de verdad Patria, Pan y Justicia para todos, sabemos claramente qué crímenes y qué ultrajes pueden esperarse de esa Falange, de ese Ejército y de esa España negra, vestida de luces, que ha asesinado a Federico García Lorca.


S.B. 
Hora de España V
Valencia, mayo 1937




1428. El saludo fascista, por decreto.






El saludo fascista obligatorio se aprobó por decreto de 24 de abril de 1937 y estuvo en vigor hasta el 11 de septiembre de 1945, en que se derogó también por decreto. La derrota del nazismo y el fascismo que hicieron pasar a mejor vida a los dos principales aliados de Franco, condujo al régimen franquista rebajar la simbología fascista para no dar mala impresión a los vencedores de la II Guerra Mundial, llegando incluso a eliminar de la película Raza, todas las escenas de militares rebeldes con el brazo en alto.

El que antes apoyaba sin reservas a las potencias del Eje, ahora tenía que congraciarse con británicos y norteamericanos. Así que igual que impuso el saludo fascista obligatorio, lo derogó. Eso sí, en las multitudinarias concentraciones convocadas por el régimen en honor a su caudillo, no había un solo asistente que dejara el brazo sin levantar al entonar el Cara al Sol. 

El saludo fascista fué adoptado en España inicialmente por Falange Española, partido fundado por José Antonio Primo de Rivera en 1933, y se denominaba Saludo Íbero. Si los nazis lo acompañaban con la frase Heil Hitler!, aquí se gritaba ¡Arriba España!. Dos palabras también de uso obligatorio como entrada de cualquier comunicación escrita. (1)

El saludo fascista fue prohibido en Alemania y Austria desde el final de la Segunda Guerra Muncial. En España se siguió usando y aún en algunos sectores de la sociedad española sigue estando vigente.




*



Decrero número 263, de 24 de abril de 1937, estableciendo el saludo nacional.
(Boletín Oficial del Estado núm. 187, de 25 de abril, pág. 1106)

En los albores del Movimiento Nacional, cuando los patriotas perseguidos caían víctimas de los enemigos de España, el cortejo de los mártires saludaba precursoramente con el brazo en alto en señal de homenaje.

Falange Española adoptó como símbolo lo que era exponente del sentir popular, y al producirse la gesta se generalizaron aquellas demostraciones de respeto como manifestaciones de hermandad, de disciplina y de justicia social que conducen al engrandecimiento de la Patria.

Al fundirse en el estado aquella organización, la savia de sus aspiraciones toma los caracteres de norma y el saludo, que constituye en las costumbres de los pueblos el testimonio más elevado de la reciprocidad y mutuo auxiilo, será forma generosa que patentice el holocausto al más sublime de los ideales y el destierro de una época de positivismo materialista.

En su consecuencia,

D1SPONGO:

Artículo primero.- Se establece como saludo nacional el constituido por el brazo en alto, con la mano abierta y extendida, y formando con la vertical del cuerpo un ángulo de cuarenta y cinco grados.

Articulo segundo.- Al paso de la enseña de la Patria y al entonarse el Himno y Cantos nacionales en los casos previstos en el Decreto número 226, se permanecerá en posición de saludo.

Articulo tercero.- El personal del Ejército y de la Armada conservará su saludo reglamentario en los actos militares.

Dado en Salamanca a veinticuatro de abril de mil novecientos treinta y siete. (2)

Francisco Franco.



Decreto de 11 de septiembre de 1945 por el que se deroga el número 263, de 24 de abril de 1937, disposiciones complementarias y varios artículos del texto refundido por Decreto de 17 de julio de 1943.
(Boletín Oficial del Estado núm. 257 de 14 de septiembre,  pág. 1726) 

«Al iniciarse en 18 de Julio de 1936 el Movimiento Nacional, como exaltación espiritual de nuestra Patria ante el materialismo comunista, que amenazaba destruirla, entre las formas de expresión de vibrante entusiasmo de aquellos días, surgió, frente al puño cerrado, símbolo de odio y de violencia que el comunismo levantaba, el saludo brazo en alto y con la palma de la mano abierta, de rancio abolengo ibérico, espontáneamente adoptado en pueblos y lugares; saludo que ya en los albores de nuestra historia constituyó símbolo de paz y de amistad entre sus hombres.

Más circunstancias derivadas de la gran contienda han hecho que lo que es signo de amistad y de cordialidad venga siendo interpretado torcidamente, asignándole un carácter y un valor completamente distintos de los que representa. Esto aconseja el que en servicio de la Nación, deban abandonarse en nuestra vida de relaciones aquellas formas de saludo que, mal interpretadas, han llegado a privar a las mismas en muchos casos de su auténtica expresión de amabilidad y cortesía.

En su consecuencia, y previa deliberación del Consejo de Ministros, dispongo:

Artículo único.- Quedan derogados el decreto número 263 de 24 de abril de 1937 que reglamentó el saludo nacional, las órdenes complamentarias dictadas para su aplicación y los artículos 3º, 4º, 6º, 8º, 9º y 10º del texto refundido por decreto de 17 de julio de 1942.

Asi lo dispongo por el presente Decreto, dado en Madrid a once de septiembre de mil novientos cuarenta y cinco.

Francisco Franco.


(1) Por eso cuando decimos «Arriba España», en esas dos palabras, a un tiempo, resumimos nuestra Historia y ciframos nuestra esperanza. Porque lo que queremos es que España vuelva a "su sitio": al sitio que la Historia le señala. Y el sitio es ese: «Arriba». Es decir, cerca del espíritu, del ideal, de la fe... Cerca, sobre todo, de Dios. (José María Pemán, 1939)

(2) En el BOE original hay una errata en la fecha, ya que se señala 1936 como año de aprobación del Decreto.




1427. Las cárceles.





I

Las cárceles se arrastran por la humedad del mundo,
van por la tenebrosa vía de los juzgados;
buscan a un hombre, buscan a un pueblo, lo persiguen,
lo absorben, se lo tragan.

No se ve, que se escucha la pena de metal,
el sollozo del hierro que atropellan y escupen:
el llanto de la espada puesta sobre los jueces
de cemento fangoso.

Allí, abajo la cárcel, la fábrica del llanto,
el telar de la lágrima que no ha de ser estéril,
el casco de los odios y de las esperanzas,
fabrican, tejen, hunden.

Cuando están las perdices más roncas y acopladas,
y el azul amoroso de fuerzas expansivas,
un hombre hace memoria de la luz, de la tierra,
húmedamente negro.

Se da contra las piedras la libertad, el día,
el paso galopante de un hombre, la cabeza,
la boca con espuma, con decisión de espuma,
la libertad , un hombre.

Un hombre que cosecha y arroja todo el viento
desde su corazón donde crece un plumaje:
un hombre que es el mismo dentro de cada frío,
de cada calabozo.

Un hombre que ha soñado con las aguas del mar,
y destroza sus alas como un rayo amarrado,
y estremece las rejas, y se clava los dientes
en los dientes del trueno.


II

Aquí no se pelea por un buey desmayado,
sino por un caballo que ve pudrir sus crines,
y siente sus galopes debajo de los cascos
pudrirse airadamente.

Limpiad el salivazo que lleva en la mejilla,
y desencadenad el corazón del mundo,
y detened las cárceles de las voraces cárceles
donde el sol retrocede.

La libertad se pudre desplumada en la lengua
de quienes son sus siervos más que sus poseedores.
Romped esas cadenas, y las otras que escucho
detrás de esos esclavos.

Esos que sólo buscan abandonar su cárcel,
su rincón, su cadena, no la de los demás,
Y en cuanto lo consiguen, descienden pluma a pluma,
enmohecen, se arrastran.

Son los encadenados por siempre desde siempre.
Ser libre es una cosa que sólo un hombre sabe:
Sólo el hombre que advierto dentro de esa mazmorra
como si yo estuviera.

Cierra las puertas, echa la aldaba, carcelero.
Ata duro a ese hombre: no le atarás el alma.
Son muchas llaves, muchos cerrojos, injusticias:
no le atarás el alma.

Cadenas, sí: cadenas de sangre necesita.
Hierros venosos, cálidos, sanguíneos eslabones,
nudos que no rechacen a los nudos siguientes
humanamente atados.

Un hombre aguarda dentro de un pozo sin remedio,
tenso, conmocionado, con la oreja aplicada.
Porque un pueblo a gritado ¡libertad!, vuela el cielo.
Y las cárceles vuelan.


Miguel Hernández
El hombre acecha, 1939



1426. Isabel González, "la camarada Azucena Roja".

José Manuel Rodríguez Acevedo* / Historia de Canarias / 17 marzo 2010


En los últimos años se ha desarrollado en España lo que se viene denominando movimiento de recuperación de la memoria histórica. Transcurridos 69 años desde el fin de la guerra civil y 33 años desde la muerte de Franco, resulta que los descendientes de las víctimas del fascismo siguen reclamando justicia por los crímenes de la dictadura, una justicia que hasta el momento no han obtenido.

La recuperación de los cadáveres y la reivindicación de la memoria de los que cayeron en combate o fueron asesinados en la brutal represión que se desató es, por supuesto, necesaria. Pero el movimiento tiene también que preocuparse de los que, habiendo sobrevivido, fueron borrados por completo de la historia de su pueblo, en el intento de que las generaciones futuras no supieran de su existencia, de las ideas que tuvieron, de la lucha a la que se entregaron. Unos y otros forman parte de una historia que necesitamos recordar, sobre todo, para comprender. Y necesitamos comprender el pasado, sobre todo, para comprender el actual momento histórico desde la perspectiva de la historia del siglo XX; rendir homenaje a los que murieron pero, principalmente, a la lucha que dejaron inconclusa; aprender de la historia para transformar el presente, una idea que la mayoría de los historiadores lamentablemente olvidaron hace ya mucho tiempo.

Isabel González fue uno de esos personajes que tuvieron la suerte de sobrevivir físicamente a aquellos años negros de represión y muerte; unos años en los que el fascismo intentó aniquilar a todos los que, de una u otra forma, habían osado rebelarse contra las montañas que oprimían al pueblo: la opresión semifeudal y semicolonial, el capitalismo burocrático y el régimen caciquil. Sobrevivió físicamente, es cierto, pero fue prácticamente borrada de la historia del pueblo por el cual luchó. Así que son muy pocos –y menos aún entre los jóvenes- los que hoy en día recuerdan y comprenden quién fue aquella mujer canaria que llamaban Azucena Roja.

Isabel González González nace en Santa Cruz de Tenerife en torno a 1890. Era hija natural de la también santacrucera Rosario González González. A los pocos años, madre e hija emigran a Cuba. Allí consiguen reunir un pequeño capital con el que a su regreso a Tenerife montan en el Puerto de la Cruz una tienda de telas, joyas, etc. En esa ciudad, Isabel González se casaría con el zapatero portuense Aurelio Perdigón Méndez. Luego el matrimonio se traslada a Santa Cruz, donde se instalan en la casa de la madre de Isabel, en la calle Horacio Nelson. Allí viviría Isabel toda su vida, salvo los años de la clandestinidad que vinieron tras el golpe de Estado de 1936. Tuvieron dos hijas: Ligia –que falleció al poco tiempo de tosferina- y Electra, cuyo particular nombre se debe a la obra teatral de Benito Pérez Galdós, que fue siempre uno de los escritores preferidos de Isabel. La juventud de Isabel y Aurelio fue relativamente desahogada. Él tenía una zapatería en Santa Cruz y ella montó en su casa un taller de costura, que tuvo cierto éxito. Isabel era una experta costurera y llegó a tener cuatro o cinco mujeres cosiendo en el pequeño taller doméstico que instaló en su domicilio. Fue una mujer autodidacta; apenas pasó por la escuela.

Comenzó su vida política militando en el recién fundado PSOE, donde dirigió toda su energía a la incorporación de la mujer obrera a la lucha política. Para ella, la liberación de la mujer no podía desligarse de la lucha por una sociedad socialista que emancipara a las clases populares, mujeres y hombres, de la opresión a que estaban sometidos. Para movilizar políticamente a las obreras de Tenerife se constituye en 1919 la Liga Femenina Socialista, cuya presidencia recae precisamente en Isabel González.

En una época en la que las mujeres en España se hallaban completamente marginadas de cualquier actividad política y no tenían siquiera derecho al voto, los discursos y artículos combativos de Isabel debieron ocasionar, en la atrasada sociedad insular de aquellos años, una gran conmoción y no pocas incomprensiones. Pero al poco tiempo, su popularidad entre los sectores obreros de la isla llegó a ser muy grande. Desde la aparición de El Socialista, en 1919, fueron pocos los números del órgano de expresión de los socialistas tinerfeños que no incluyeran un apasionado artículo de Azucena Roja. Su temática casi siempre derivaba a la misma cuestión: el papel fundamental que había de jugar la mujer de la clase trabajadora en la nueva época que comenzaba y la necesidad de que se produjera su incorporación activa a ese proceso de profundas transformaciones.

Aunque no desarrolló elevados análisis políticos, Isabel González fue la primera persona en el Archipiélago que adquirió una clara conciencia de la nueva era en la que entraba el mundo con el triunfo de la Revolución de Octubre. Sin haber leído a los clásicos del marxismo, acogió las nuevas ideas que venían de Rusia con una pasión revolucionaria de la que carecían la mayoría de los dirigentes socialistas de Tenerife. A los pocos años de la fundación del partido en la isla se hizo patente que sus jefes, de extracción burguesa, no estaban dispuestos a convertirse en verdaderos revolucionarios. En ese momento asumió la tarea de seguir el camino de los rusos, desarrollando la lucha de dos líneas y constituyendo en 1921 una pequeña fracción roja que, controlando momentáneamente las páginas de El Socialista, pugnaría por la constitución del partido comunista. Había llegado el momento de abandonar el reformismo y pasar a una estrategia política realmente revolucionaria, que no podía ser otra que el marxismo-leninismo. Sin embargo, las condiciones del momento impidieron que el pequeño grupo de Azucena Roja se desarrollara y arraigara entre la clase obrera. Hubo que esperar, por tanto, algún tiempo hasta que la situación revolucionaria que vivió el país durante los años treinta ofreciera a la primera comunista de Canarias una oportunidad de jugar sus cartas.

En el contexto de conflictividad creciente que se vivió en esos años y mientras la crisis económica iba golpeando cada vez más a los trabajadores de Canarias, se van a ir configurando en las islas grupos comunistas independientes. Los de Tenerife se aglutinarían, por supuesto, alrededor de la popular Isabel González, mientras que las otras islas contaban con las figuras de José Suárez Cabral (Gran Canaria), José Miguel Pérez (La Palma) y el gran comunista Guillermo Ascanio (La Gomera). En 1933 tiene lugar en Las Palmas un Congreso de Unificación de todos estos grupos, dando lugar a la definitiva constitución en Canarias del Partido Comunista de España, doce años después de la lucha comenzada en Tenerife por Azucena Roja para su constitución.

En la etapa republicana publicó numerosos artículos periodísticos en la prensa comunista. En ellos critica el gobierno antipopular de socialistas y republicanos al tiempo que se denuncia el carácter reaccionario de la propia República, un régimen que los comunistas españoles consideraban como una dictadura burguesa y terrateniente que reforzaba la opresión semifeudal en el campo y la dependencia económica del capital extranjero. También llama a los obreros a la lucha contra el imperialismo y sus planes bélicos, critica la hipocresía y religiosidad de las mujeres de la burguesía, etc.

De la actuación de Isabel González en esta etapa sabemos que organizó el grupo “Claridad Feminista”, continuando de esta forma su lucha por la incorporación de la mujer trabajadora a la lucha política revolucionaria.

Llegó a formar parte de una primera candidatura comunista a las Cortes en las elecciones de noviembre de 1933, junto a Guillermo Ascanio, José Miguel Pérez y Rizal Pérez. Sin embargo, el Partido optaría finalmente por presentarse en coalición con otras fuerzas, quedando Azucena Roja fuera de una candidatura popular que, finalmente, sería derrotada por el entramado caciquil de propietarios semifeudales y burgueses.

En 1935 viaja por fin a la Unión Soviética, de la que siempre fue una ferviente admiradora. Formaba parte de una delegación de obreros que se desplazó al país de los soviets para asistir a las celebraciones del primero de Mayo. Aprovechando el viaje, pasaría algún tiempo en un sanatorio soviético en Yalta para curarse de una cistitis que padecía. Las crónicas que envió desde las URSS al periódico Espartaco reflejan claramente la intensa emoción que vivió Isabel en ese viaje, que se prolongaría varios meses.

Tras su regreso a las Islas y a raíz del triunfo del Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936, es nombrada por el Gobernador Vázquez Moro concejala del Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife en representación del PCE. Al tomar posesión del cargo el 17 de marzo, Isabel González se convierte, por unos meses, en la primera concejala de la historia de Santa Cruz de Tenerife.

Poco tiempo después tiene lugar el levantamiento de los militares para aplastar el movimiento popular que estaba poniendo en peligro la continuidad de la dominación social oligárquica. En Canarias supondrá la inmediata puesta en marcha de una feroz política represiva. Isabel tiene que pasar a la clandestinidad, cambiando frecuentemente de casa para evitar ser descubierta por las autoridades fascistas. De esta manera pasó cerca de 10 años escondida hasta que, por un indulto decretado en octubre de 1945, pudo reintegrarse a la vida legal sin ser procesada. Entonces volvió a su casa de la calle Horacio Nelson, donde continuó viviendo sola, retomando su trabajo de costurera. Nunca abandonó sus fuertes convicciones comunistas e incluso mantuvo, al parecer, una cierta actividad política clandestina, aunque ya no en primera fila. En 1968 una hemiplejía acabó con su vida cuanto tenía alrededor de 78 años. Perdíamos de esta manera a una de las mujeres más excepcionales de la historia de Canarias.


* José Manuel Rodríguez Acevedo es Doctor en Historia, ULL