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2875. El exilio de Chile. El Winnipeg

Niños del 'Winnipeg' - Biblioteca Nacional de Chile


Mis primeros recuerdos son verme agarrada a la mano de Estrella o en brazos de Reme. Todo está muy confuso, a veces pienso que son recuerdos impuestos, imágenes que creo recordar pero que no es así, son escenas, palabras, detalles que he escuchado y en mi mente se han quedado impresas como imágenes. De los bombardeos de Málaga, Valencia y Barcelona me ha quedado un temor grandísimo a los truenos o a los golpes fuertes. Me he emocionado al leer cómo me cuidaba de bebé Cayetano para que mi madre no me hiciera daño. Me he emocionado al saber que fueron sus brazos los que me cobijaron cuando una neumonía casi se me lleva por delante en el camino entre Almería y Valencia, esa enfermedad que nos llevó hasta la casa de mami Reme. Al contrario que mi hermano, yo he tenido mucha suerte. Me estremezco sólo al pensar cómo podría haber sido mi vida sin esos ángeles que me han cuidado en todo momento. Porque mi vida está llena de ángeles de la guardia. En medio de tanto amor, sigue quedando el vacío de una madre que me abandonó, de un padre que no me hubiera abandonado pero que murió. Por mucho amor que pongamos encima, me queda siempre el vacío que dejaron esos padres.

Me crié en medio de tanta gente buena que no puedo más que estar agradecida eternamente. De pequeña tenía un gran lío, no sabía distinguir entre una madre, una abuela, una tía. Llamaba a Reme mami y a Estrella mamá. A la hija de Reme, tía y a sus hijas primas. A mí no me faltó ni un parentesco. Tardé mucho en saber que ninguna era mi madre, y que la familia no era tal. No veía diferencia entre Estrella y Reme, las dos me cuidaban, me mimaban, me besaban, me dormían entre sus brazos, me daban de comer aunque en su plato no hubiera nada. ¿Por qué una era de mi familia y la otra no? Desde luego que yo siempre las consideré por igual, y en mi corazón las dos son mis madres, o abuelas llámalo como quieras. Mi cariño, amor y gratitud es el mismo para ambas. Reme grande, gorda. Estrella chiquita, delgada, muy delgada. Las dos me acunaron con el mismo amor y a las dos les debo la vida.

Dos mujeres tan justas se llevaron bien desde el momento en que se conocieron, los celos no tenían cabida en personas tan íntegras así que desde el primer momento se complementaron y siempre sintieron una por la otra veneración. Estrella fue acogida en aquella gran casa de Valencia como una hermana. Se amoldó a la vida familiar sin ningún conflicto. Cuando las cosas cambiaron y tuvimos que salir de Valencia fue ella quien tomó las riendas de esa peculiar familia. Con los francos que aún le quedaban y las joyas que escondía por su  fino cuerpo pagamos primero el pasaje en el barco ruso; después en Francia  pudimos sobrevivir en condiciones mucho mejores que la mayoría. También nos ayudó su dominio del idioma. Gracias al francés que cada día hablaba mejor, nuestros primeros meses de exilio fueron aceptables pues no nos trataban tan mal como a otros refugiados.

Como te he dicho antes, no sé si realmente lo recuerdo o la imagen está en mi mente por haberla leído, oído, escuchado mil veces en boca de algunos de esos 2.500 privilegiados que tuvimos la fortuna de montar en el Winnipeg. Me veo de la mano de Estrella subiendo a un barco gigante, yo tenía unos 4 años, abajo antes de caminar por la escalerilla un hombre con un sombrero blanco me dio un cariñoso cachete en la mejilla. Era Neruda, mi padre Pablo Neruda, pues todos los viajeros del Winnipeg, somos y nos sentimos sus hijos. Hacía calor en aquel muelle de Trompeloup. Era el 4 de agosto de 1939. La travesía fue dura por las altas temperaturas y el hacinamiento. El Winnipeg era un carguero que de un día para otro habilitaron para dar cabida a más de 2.000 harapientos refugiados. Eso éramos aunque nosotros, me refiero al grupo capitaneado por Ramonet, no nos viéramos así. Habíamos estado viviendo en una pensión, comíamos caliente todos los días.  El principio de nuestro exilio, gracias como te he dicho al dinero y al francés de Estrella, fue de lujo, así que el barco con sus literas, sus turnos para todo, para ir a comer, para ir a las letrinas, para dar una vuelta por la cubierta, nos resultó difícil. Las literas  con una colchoneta de paja y una delgada manta; los ventiladores eléctricos ronroneando día y noche; el calor pegajoso nos incomodaba. Pero muchos de los que allí viajaban habían pasado meses, como tío Damián, durmiendo en un hoyo en la arena, comiendo caldos podridos. Ellos veían las instalaciones del barco como un hotel y los demás por respeto nos unimos a su gratitud. Habríamos sido unos desagradecidos de haber actuado de otra forma.

Los niños, la verdad, nos lo pasamos muy bien. De eso sí tengo recuerdos. Grupos enormes de niños jugando al escondite por el barco, de arriba a abajo, nadie nos decía nada, todos estaban alegres de vernos contentos, de vernos reír a carcajadas después de tantos años de sufrimiento. Éramos 350. Lo que no se le ocurría a uno se le ocurría a otro. Todavía me río al acordarme de uno de los juegos favoritos del que no entendí por completo su significado hasta que fui mayor. En el barco, hombres y mujeres estábamos en zonas distintas. Dormíamos separados. Las mujeres con los niños en la popa. Las parejas, por tanto,  tenían que ingeniárselas para conseguir un poco de intimidad. Al final las parejitas encontraron el escondite perfecto: los botes salvavidas. A los niños nos gustaba ir a incomodarlos, tirar cosas a las lonas, gritar; en fin, inocentes bromas.

La vida cotidiana necesitó de una cuidadosa organización. Conseguir que tantas personas convivieran en un espacio tan reducido y tan poco acondicionado tuvo sus complicaciones, pero no hubo ningún problema digno de mención. Se funcionaba a golpe de voluntarios. Voluntarios para pelar patatas, voluntarios para cuidar niños, voluntarios para limpiar los retretes. Reme, Estrella y Milagros eran las primeras en apuntarse a lo que hiciera falta. Antonio, el yerno de Ramonet, estaba muy solicitado para arreglar todo lo que se rompía. No he conocido a nadie con tanta facilidad para poner tornillos, manguitos, apretar tuercas. Esas manos eran capaces de resucitar a un muerto. Ramonet en cambio pasó la travesía triste, muy triste. Él fue el más afectado por la derrota. Era un socialista convencido, desde su juventud había militado en el PSOE y la derrota lo sumió en una depresión.

En aquel mes que duró la travesía hubo tiempo para todo. Hubo nacimientos a bordo, hubo bodas.  Los que éramos niños recordamos el viaje con cariño y con mucha alegría. El viaje, sin embargo, fue tenso para los mayores, esperaban que en cualquier momento los hicieran regresar a Francia. La ansiada libertad les parecía una quimera sobre todo desde, que a mitad de la travesía, comenzaron a llegar rumores de que la II Guerra Mundial estaba a punto de estallar. De hecho comenzó nada más llegar a Chile y eso hizo que todos se reafirmaran en la suerte que habían tenido. Si alguno tenía la esperanza de volver a Europa vio su sueño hecho pedazos. Hubo numerosos momentos de tensión pero los más angustiosos fueron los días que permanecimos parados en el Canal de Panamá,  a nadie se le había ocurrido que había que pagar impuestos y tasas por cruzarlo. La desesperanza cundió en muchos pasajeros, ¿cómo iba a salir bien esa aventura? Hacía calor, mucho calor, las bodegas eran un horno, la cubierta quemaba, los mosquitos nos comían, pero también estábamos descubriendo desde la borda un mundo nuevo, ¡qué vegetación tan exuberante! ¡Cuánta gente y negros! A los niños nos llamaban mucho la atención los negros pues no habíamos visto uno en la vida. ¡Había gente de colores! Al final los días que esperamos a cruzar el Canal no fueron más que un ligero retraso y cuando nos dieron permiso para seguir, aliviados enfilamos por el Pacífico hacia el sur. La siguiente parada fue en el norte de Chile, nos esperaban algunas autoridades y allí bajaron unas cuantas familias que tenían trabajo en aquellas tierras, y es que no sólo nos llevaban hacia un país desconocido a empezar una nueva vida, es que ya nos habían buscado trabajo según las profesiones que dijimos tener, no siempre las verdaderas. El viaje estaba perfectamente planeado, nos habían encontrado acomodo en familias, colegios, etc. Resultó fácil y muy agradable, después de tantas penurias, acabar en un sitio donde se nos trató con tanto cariño.

Llegamos a Valparaíso de noche. Los cerros, iluminados como si fuera un belén, nos sorprendieron y maravillaron. ¿Cómo sería esa tierra prometida? Nadie durmió. Las autoridades, al ver que todos estábamos bien, decidieron esperar a la mañana para iniciar el desembarco. Aquella fue una noche de interrogantes, de impaciencia y de inseguridad. Ya no había vuelta atrás, estábamos a punto de descender en una tierra desconocida, tan desconocida que a la mayoría ni le sonaba el nombre, tan desconocida que durante la travesía nos dieron clases para que supiéramos cómo localizarla en el mapa, para que aprendiéramos algo sobre nuestro país anfitrión, sobre sus gentes y cultura. Un país alargado, con un  desierto al norte y hielos glaciares al sur. Un país poco poblado y lleno de oportunidades, así nos lo contaron y así fue.

Muy temprano, en cuanto el sol comenzó a salir, subió a bordo el Ministro de Salud, un joven médico que no era otro que Salvador Allende, el que sería con los años nuestro mejor presidente. Bajamos sin prisa, en orden, nos ponían una vacuna y nos distribuían. Había bandas de música, gente que nos estrechaban las manos, nos abrazaban. Nunca pudimos imaginar que íbamos a ser protagonistas de un recibimiento así, que tantos desconocidos pudieran tratarnos tan bien, con tanto cariño y delicadeza. ¿Qué habíamos hecho nosotros sino perder una guerra? ¿Cómo podían ensalzar a unos derrotados? Algunas familias se quedaron a vivir en Valparaíso, a nuestro grupo nos metieron en el tren camino de la capital, Santiago de Chile. Tardamos horas en hacer el recorrido pues en cada pueblo la gente venía a darnos la bienvenida. Ya en la capital, nos alojamos en una pensión y unos días después comunicaron a Ramonet y a su yerno que tenían dos puestos de trabajo en el sur, en Puerto Montt. Maravillados volvimos a montarnos en otro tren y hacia allí marchamos.

No podíamos creer en tanta suerte, un trabajo y una casa, pues hasta eso habían escogido para nosotros. Una casa grande en las afueras de la ciudad, estaba un poco destartalada pero entre todos en unos días la hicimos habitable y allí en medio de un fresquito considerable para lo que estábamos acostumbrados y en medio de una naturaleza inimaginable crecí. Crecí fuerte, crecí feliz, crecí mimada por todos. Con dos madres, dos primas las nietas de Reme. Yo el bebé, la más pequeña, la más querida. Estrella hizo gestiones para encontrar a Cayetano, pero jamás consiguió ni una pista. Todas las noches pedía a su hijo Pablo que cuidara de él, del niño perdido pues jamás aceptó que hubiera muerto. Siempre decía que su corazón lo sentía vivo, lo sentía vivo y triste. Lo sentía solo. Y no se equivocó. Nunca se equivocaba.

Cuando ya creía acabada su vida, cuando su único plan era criarme y encontrar a Cayetano para poder morir en paz, el destino volvió a sorprenderla. Estrella comenzó una etapa de realización personal con la que no había contado, disfrutó cada momento de esta nueva e imprevista vida chilena. Alguna vez le oí comentar a Reme que, aunque había sido muy feliz criando a sus hijos, siempre soñó con estudiar y poder tener una profesión. Su madre, Manuela, quiso ser y fue pastelera; tenía su tienda, un negocio que montó con trabajo e ilusión. A ella también le hubiera gustado trabajar, pero la vida se le fue pasando sin sentirla. Quino ganaba bien, y a los hombres, decía, no les gusta que sus mujeres trabajen; si tienen que hacerlo, es porque ellos no son suficientemente hombres, no pueden mantenerlas y darles a ellas y a sus hijos lo necesario. Ella nunca le llevó la contraria, pues aunque en el fondo de corazón no pensaba lo mismo, la verdad es que su madre montó la pastelería porque era madre soltera. Por eso calló y vivió contenta viendo crecer a sus hijos. Pero cuando creyó estar en el final del camino, fulminada por las circunstancias, por la maldita guerra, por el odio, por la maldad de una hija, cuando todo estaba perdido, el milagro sucedió y comenzó su propia y verdadera vida. Sí, una vida independiente, una vida sorprendentemente completa.

De su paso por Francia le quedó la espina de recuperar el francés olvidado. Quería volver a expresarse en la lengua que aprendió de niña, en el precioso idioma que Michelle le enseñó. Compró libros y estudió. Sólo era un deseo personal de superación, una afición a la que dedicar las tardes cuando las labores caseras estaban concluidas; pero la directora del colegio, adonde iban primero Luisa y Elena y después yo, la señora Fabiola creía en la importancia de los idiomas en la educación y, en cuanto se enteró de que Estrella era medio francesa, le ofreció dar clases. Estrella dudó pues no se creía capacitada. La señora Fabiola no quiso agobiarla y le pidió por favor que lo intentara, sólo lo intentara, sin ningún compromiso. Para ir cogiendo confianza, comenzó con los más pequeños y poco a poco fue progresando. Estrella era muy responsable,  encontró a un viejo pescador canadiense con quien conversaba todos los días y aprendió y aprendió y enseñó. ¡Qué felicidad más grande cuando salíamos las dos por la mañana de la mano camino del colegio! ¡Qué orgullo decir a todos con la boca bien grande que Madame Estrella era mi madre! Siempre la llamé mamá, por eso tu confusión. Para mí fue mi madre y yo para ella la hija soñada, no la real. Conmigo consiguió su anhelado sueño, reproducir la relación amorosa, cercana, cariñosa, que ella tuvo con Manuela. Raquel fue una espina dolorosa en su corazón, Pablo su ángel de la guarda, Damián su hijo rebelde. Y Quino, su Quino, del que tenía una amarilla foto en la mesilla de noche, su único amor, su padre, su hermano, su marido, su amante. Todo.


Pilar Lahuerta
Cartas para Estrella, 2013







2407. Tráigame españoles

El Winnipeg zarpó del puerto fluvial de Pauillac el 4 de agosto de 1939


Las noticias aterradoras de la emigración española llegaban a Chile. Más de quinientos mil hombres y mujeres, combatientes y civiles, habían cruzado la frontera francesa.

En Francia, el gobierno de Léon Blum, presionado por las fuerzas reaccionarias, los acumuló en campos de concentración, los repartió en fortalezas y prisiones, los mantuvo amontonados en las regiones africanas, junto al Sahara.

El gobierno de Chile había cambiado. Los mismos avatares del pueblo español habían robustecido las fuerzas populares chilenas y ahora teníamos un gobierno progresista.

Ese gobierno del Frente Popular de Chile decidió enviarme a Francia, a cumplir la más noble misión que he ejercido en mi vida: la de sacar españoles de sus prisiones y enviarlos a mi patria. Así podría mi poesía desparramarse como una luz radiante, venida desde América, entre esos montones de hombres cargados como nadie de sufrimiento y heroísmo. Así mi poesía llegaría a confundirse con la ayuda material de América que, al recibir a los españoles, pagaba una deuda inmemorial.

Casi inválido, recién operado, enyesado en una pierna —tal eran mis condiciones físicas en aquel momento—, salí de mi retiro y me presenté al presidente de la República. Don Pedro Aguirre Cerda me recibió con afecto.

—Sí, tráigame millares de españoles. Tenemos trabajo para todos. Tráigame pescadores; tráigame vascos, castellanos, extremeños.

Y a los pocos días, aún enyesado, salí para Francia a buscar españoles para Chile.

Tenía un cargo concreto. Era cónsul encargado de la inmigraciónn española; así decía el nombramiento. Me presenté luciendo mis títulos a la embajada de Chile en París.

Gobierno y situación política no eran los mismos en mí patria, pero la embajada en París no había cambiado. La posibilidad de enviar españoles a Chile enfurecía a los engomados diplomáticos. Me instalaron en un despacho cerca de la cocina, me hostilizaron en todas las formas hasta negarme el papel de escribir. Ya comenzaba a llegar a las puertas del edificio de la embajada la ola de los indeseables combatientes heridos, juristas y escritores, profesionales que habían perdido sus clínicas, obreros de todas las especialidades.

Como se abrían paso contra viento y marea hasta mi despacho, y como mi oficina estaba en el cuarto piso, idearon algo diabólico: suspendieron el funcionamiento del ascensor. Muchos de los españoles eran heridos de guerra y sobrevivientes del campo africano de concentración, y me desgarraba el corazón verlos subir penosamente hasta mi cuarto piso, mientras los feroces funcionarios se solazaban con mis dificultades.


Pablo Neruda
Confieso que he vivido. MemoriasCapítulo 6 - Salí a buscar caídos









1570. El "Winnipeg"

Neruda con refugiados españoles a bordo del Winnipeg. Bordeaux, 1939 - Fotografía: Ione Robinson

El Winnipeg levó anclas, en el puerto francés de Trompeloup - Pauillac, la noche del 4 de agosto de 1939. Pablo Neruda escribió: Que la crítica borre toda mi poesía, si le parece. Pero este poema, que hoy recuerdo, no podrá borrarlo nadie.

Los funcionarios de la embajada me entregaron una mañana, al llegar, un largo telegrama. Sonreían.

Era extraño que me sonrieran, puesto que ya ni siquiera me saludaban. Debía contener ese mensaje algo que los regocijaba.

Era un telegrama de Chile. Lo firmaba nada menos que el presidente, don Pedro Aguirre Cerda, el mismo de quien recibí las instrucciones contundentes para el embarque de los españoles desterrados.

Leí con estupor que don Pedro, nuestro buen presidente, había sabido esa mañana, con sorpresa, que yo preparaba la entrada de los emigrados españoles a Chile. Me pedía que de inmediato desmintiera tan insólita noticia.

Para mí lo insólito era el telegrama del presidente. El trabajo de organizar, examinar, seleccionar la inmigración, había sido una tarea dura y solitaria. Por fortuna, el gobierno de España en exilio había comprendido la importancia de mi misión. Pero, cada día, surgían nuevos e inesperados obstáculos.

Mientras tanto, desde los campos de concentración, que amontonaban en Francia y en Africa a millares de refugiados, salían o se preparaban para salir hacia Chile centenares de ellos.

El gobierno republicano en exilio había logrado adquirir un barco: el "Winipeg". Este había sido transformado para aumentar su capacidad de pasaje y esperaba atracado al muelle de Trompeloup, puertecito vecino a Burdeos.

¿Qué hacer? Aquel trabajo intenso y dramático, al borde mismo de la segunda guerra mundial, era para mí como la culminación de mi existencia. Mi mano tendida hacia los combatientes perseguidos significaba para ellos la salvación y les mostraba la esencia de mi patria acogedora y luchadora. Todos esos sueños se venían abajo con el telegrama del presidente.

Decidí consultar el caso con Negrín. Había tenido la suerte de hacer amistad con el presidente Juan Negrín, con el ministro Alvarez del Vayo y con algunos otros de los últimos gobernantes republicanos.

Negrín era el más interesante. La alta política española me pareció siempre un tanto parroquiana o provinciana, desprovista de horizontes. Negrín era universal, o por lo menos europeo, había hecho sus estudios en Leipzig, tenía estatura universitaria. Mantenía en París, con toda dignidad, esa sombra inmaterial que son los gobiernos en el exilio.

Conversamos. Le relaté la situación, el extraño telegrama presidencial que de hecho me dejaba como un impostor, como un charlatán que ofrecía a un pueblo de desterrados un asilo inexistente. Las soluciones posibles eran tres. La primera, abominable, era sencillamente anunciar que había sido cancelada la emigración de españoles para Chile. La segunda, dramática, era denunciar públicamente mi inconformidad, dar por terminada mi misión y dispararme un balazo en la sien. La tercera, desafiante, era llenar el buque de emigrados, embarcarme con ellos, y lanzarme sin autorización hacia Valparaíso, a ver lo que ocurriría.

Negrín se echó hacia atrás en el sillón, fumando su gran habano. Luego sonrió melancólicamente y me respondió:

—No podría usted usar el teléfono?

Por aquellos días las comunicaciones telefónicas entre Europa y América eran insoportablemente difíciles, con horas de espera. Entre ruidos ensordecedores y bruscas interrupciones, logré oír la voz remota del ministro de Relaciones. A través de una conversación entrecortada, con frases que debían repetirse veinte veces, sin saber si nos entendíamos o no, dando gritos fenomenaless o escuchando como respuesta trompetazos oceánicos del teléfono, creí hacer comprender al ministro Ortega que yo no acataba la contraorden del presidente. Creí también entenderle que me pedía esperar hasta el día siguiente.

Pasé, como era lógico, una noche intranquila en mi pequeño hotel de París. A la tarde siguiente supe que el ministro de Relaciones había presentado aquella mañana su renuncia. No aceptaba él tampoco mi desautorización. El gabinete tembló, y nuestro buen presidente, pasajeramente confundido por las presiones, había recobrado su autoridad. Entonces recibí un nuevo telegrama indicándome que prosiguiera la inmigración.

Los embarcamos finalmente en el "Winipeg". En el mismo sitio de embarque se juntaron maridos y mujeres, padres e hijos, que habían sido separados por largo tiempo y que venían de uno y otro confín de Europa o de Africa. A cada tren que llegaba se precipitaba la multitud de los que esperaban. Entre carreras, lágrímas y gritos, reconocían a los seres amados que sacaban la cabeza en racimos humanos por las ventanillas. Todos fueron entrando al barco. Eran pescadores, campesinos, obreros, intelectuales, una muestra de la fuerza, del heroísmo y del trabajo. Mi poesía en su lucha había logrado encontrarles patria. Y me sentí orgulloso.

Compré un periódico. Iba yo andando por una calle de Varenes—sur—Seine. Pasaba junto al castillo viejo cuyas ruinas enrojecidas por las enredaderas dejaban subir hacia lo alto torrecillas de pizarra. Aquel viejo castillo en que Ronsard y los poetas de la Pléiade se reunieron antaño, tenía para mí un prestigio de piedra y mármol, de verso endecasílabo escrito en viejas letras de oro. Abrí el periódico. Aquel día estallaba la segunda guerra mundial. Así lo decía en grandes caracteres de sucia tinta negra, el diario que cayó en mis manos en aquella vieja aldea perdida.

Todo el mundo la esperaba. Hitler se había ido tragando territorios y los estadistas ingleses y franceses corrían con sus paraguas a ofrecerle más ciudades, reinos y seres.

Una terrible humareda de confusión llenaba las conciencias. Desde mi ventana, en París, miraba directamente hacia losinválidos y veía salir los primeros contingentes, los muchachitos que nunca supieron vestirse de soldados y que partían para entrar en el gran hocico de la muerte.

Era triste su partida, y nada lo disimulaba. Era como una guerra perdida de antemano, algo indefinible. Las fuerzas chauvinistas recorrían las calles en persecución de intelectuales progresistas. El enemigo no estaba para ellos en los discípulos de Hitler, en los Laval, sino en la flor del pensamiento francés. Recogimos en la embajada, que había cambiado mucho, al gran poeta Louis Aragón. Pasó cuatro días escribiendo de día y de noche, mientras las hordas lo buscaban para aniquilarlo. Allí, en la embajada de Chile, terminó su novela Los viajeros de la Imperial. Al quinto día, vestido de uniforme, se dirigió al frente.

Era su segunda guerra contra los alemanes.

Me acostumbré en aquellos días crepusculares a esa incertidumbre europea que no sufre revoluciones continuas ni terremotos, pero mantiene el veneno mortal de la guerra saturando elaire y el pan. Por temor a los bombardeos, la gran metrópoli se apagaba de noche y esa oscuridad de siete millones de seres juntos, esas tinieblas espesas en las que había que andar en plena ciudad luz, se me quedaron pegadas en la memoria.

Al final de esta época, como si todo este largo viaje hubiera sido inútil vuelvo a quedarme solo en los territorios recién descubiertos. Como en la crisis de nacimiento, como en el comienzo alarmante y alarmado del terror metafísico de donde brota el manantial de mis primeros versos, como en un nuevo crepúsculo que mi propia creación ha provocado, entro en una agonía y en la segunda soledad. Hacia dónde ir? Hacia dónde regresar, conducir, callar o palpitar? Miro hacia todos los puntos de la—claridad y de la oscuridad y no encuentro sino el propio vacío que mis manos elaboraron con cuidado fatal.

Pero lo más próximo, lo más fundamental, lo más extenso, lo más incalculable no aparecía sino hasta este momento en mi camino. Había pensado en todos los mundos, pero no en el hombre. Había explorado con crueldad y agonía el corazón del hombre; sin pensar en los hombres había visto ciudades, pero ciudades vacías; había visto fábricas de trágica presencia pero no había visto el sufrimiento debajo de los techos, sobre las calles, en todas las estaciones, en las ciudades y en el campo.

A las primeras balas que atravesaron las guitarras de España, cuando en vez de sonidos salieron de ellas borbotones de sangre, mí poesía se detiene como un fantasma en medio de las calles de la angustia humana y comienza a subir por ella una corriente de raíces y de sangre. Desde entonces mi camino se junta con el camino de todos. Y de pronto veo que desde el sur de la soledad he ido hacia el norte que es el pueblo, el pueblo al cual mi humilde poesía quisiera servir de espada y de pañuelo, para secar el sudor de sus grandes dolores y para darle un arma en la lucha del pan.

Entonces el espacio se hace grande, profundo y permanente. Estamos ya de pie sobre la tierra.

Queremos entrar en la posesión infinita de cuanto existe.

No buscamos el misterio, somos el misterio. Mi poesía comienza a ser parte material de un ambiente infinitamente espacial, de un ambiente a la vez submarino y subterráneo, a entrar por galerías de vegetación extraordinaria, a conversar a pleno día con fantasmas solares, a explorar la cavidad del mineral escondido en el secreto de la tierra, a determinar las relaciones olvidadas del otoño y del hombre. La atmósfera se oscurece y la aclaran a veces relámpagos recargados de fosforescencia y de terror; una nueva construcción lejos de las palabras más evidentes, más gastadas, aparece en la superficie del aire; un nuevo continente se levanta de la más secreta materia de mi poesía. En poblar estas tierras, en clasificar este reino, en tocar todas sus orillas misteriosas, en apaciguar su espuma, en recorrer su zoología y su geográfica longitud, he pasado años oscuros, solitarios y remotos.


Pablo Neruda
"Confieso que he vivido. Memorias"
Capítulo 6 - Salí a buscar caídos









1074. El Winnipeg y otros poemas




Me gustó desde un comienzo la palabra Winnipeg. Las palabras tienen alas o no las tienen. Las ásperas se quedan pegadas al papel, a la mesa, a la tierra. La palabra Winnipeg es alada. La vi volar por primera vez en un atracadero de vapores, cerca de Burdeos. Era un hermoso barco viejo, con esa dignidad que dan los siete mares a lo largo del tiempo. Lo cierto es que nunca llevó aquel barco más de setenta u ochenta personas a bordo. Lo demás fue cacao, copra, sacos de café y de arroz, minerales. Ahora le estaba destinado un cargamento más importante: la esperanza.

Ante mi vista, bajo mi dirección, el navío debía llenarse con dos mil hombres y mujeres. Venían de campos de concentración, de inhóspitas regiones, del desierto, del África. Venían de la angustia, de la derrota, y este barco debía llenarse con ellos para traerlos a las costas de Chile, a mi propio mundo que los acogía. Eran combatientes españoles que cruzaron la frontera de Francia hacia un exilio que dura más de 30 años.

La guerra civil -e incivil- de España agonizaba en esta forma: con gentes semiprisioneras, acumuladas por aquí y allá, metidas en fortalezas, hacinadas durmiendo en el suelo sobre la arena. El éxodo rompió el corazón del máximo poeta, don Antonio Machado. Apenas cruzó la frontera se terminó su vida. Todavía con restos de sus uniformes, soldados de la República llevaron su ataúd al cementerio de Collioure. Allí sigue enterrado aquel andaluz que cantó como nadie los campos de Castilla.

Yo no pensé, cuando viajé de Chile a Francia, en los azares, dificultades y adversidades que encontraría en mi misión. Mi país necesitaba capacidades calificadas, hombres de voluntad creadora. Necesitábamos especialistas. El mar chileno me había pedido pescadores. Las minas me pedían ingenieros. Los campos, tractoristas. Los primeros motores Diesel me habían encargado mecánicos de precisión.

Recoger a estos seres desperdigados, escogerles en los más remotos campamentos y llevarlos hasta aquel día azul, frente al mar de Francia donde suavemente se mecía mi barco Winnipeg, fue cosa grave, fue asunto enredado, fue trabajo de devoción y desesperación.

Se organizó el SERE, organismo de ayuda solidaria. La ayuda venía, por una parte, de los últimos dineros del gobierno republicano y, por otra, de aquella que para mí sigue siendo una institución misteriosa: la de los cuáqueros.

Me declaro abominablemente ignorante en lo que a religiones se refiere. Esa lucha contra el pecado en que éstas se especializan me alejó en mi juventud de todos los credos y esta actitud superficial, de indiferencia, ha persistido toda mi vida. La verdad es que en el puerto de embarque aparecieron estos magníficos sectarios que pagaban la mitad de cada pasaje español hacia la libertad sin discriminar entre ateos o creyentes, entre pecadores o pescadores. Desde entonces cuando en alguna parte leo la palabra cuáquero le hago una reverencia mental.

Los trenes llegaban de continuo hasta el embarcadero. Las mujeres reconocían a sus maridos por las ventanillas de los vagones. Habían estado separados desde el fin de la guerra. Y allí se veían por primera vez frente al barco que los esperaba. Nunca me tocó presenciar abrazos, sollozos, besos, apretones, carcajadas de dramatismo tan delirante.

Luego venían los mesones para la documentación, identificación, sanidad. Mis colaboradores, secretarios, cónsules, amigos, a lo largo de las mesas, eran una especie de tribunal del purgatorio. Y yo, por primera vez, debo haber parecido Júpiter a los emigrados. Yo decretaba el último  o el último NO. Pero yo soy más  que NO, de modo que dije siempre .

Pero, véase bien, estuve a punto de estampar una negativa. Por suerte comprendí a tiempo y me libré de aquel NO.

Sucede que se presentó ante mí un castellano, paleti de blusa negra, abuchonada en las mangas. Ese blusón era uniforme en los campesinos manchegos. Allí estaba aquel hombre maduro, de arrugas profundísimas en el rostro quemado, con su mujer y sus siete hijos.

Al examinar la tarjeta con sus datos, le pregunté sorprendido:

-¿Usted es trabajador del corcho?

-Sí, señor -me contestó severamente.

-Hay aquí una equivocación -le repliqué-. En Chile no hay alcornoques. ¿Qué haría usted por allá?

-Pues, los habrá -me respondió el campesino.

-Suba al barco -le dije-, usted es de los hombres que necesitamos.

Y él, con el mismo orgullo de su respuesta y seguido de sus siete hijos, comenzó a subir las escaleras del barco Winnipeg. Mucho después quedó probada la razón de aquel español inquebrantable: hubo alcornoques y, por lo tanto, ahora hay corcho en Chile.

Estaban a bordo casi todos mis sobrinos, peregrinos hacia tierras desconocidas, y me preparaba yo a descansar de la dura tarea, pero mis emociones parecían no terminar nunca. El gobierno de Chile, presionado y combatido, me dirigía un mensaje: «Informaciones de prensa sostienen usted efectúa inmigración masiva de españoles. Ruégole desmentir noticia o cancelar viajes emigrados».

¿Qué hacer?

Una solución: Llamar a la prensa, mostrarle el barco repleto con dos mil españoles, leer el telegrama con voz solemne y acto seguido dispararme un tiro en la cabeza.

Otra solución: Partir yo mismo en el barco con mis emigrados y desembarcar en Chile por la razón o la poesía.

Antes de adoptar determinación alguna me fui al teléfono y hablé al Ministerio de Relaciones Exteriores de mi país. Era difícil hablar a larga distancia en 1939. Pero mi indignación y mi angustia se oyeron a través de océanos y cordilleras y el Ministro solidarizó conmigo. Después de una incruenta crisis de Gabinete, el Winnipeg, cargado con dos mil republicanos que cantaban y lloraban, levó anclas y enderezó rumbo a Valparaíso.

Que la crítica borre toda mi poesía, si le parece. Pero este poema, que hoy recuerdo, no podrá borrarlo nadie.


Pablo Neruda

«El Winnipeg y otros poemas», 1969 
(Artículo de para la agencia literaria de Joaquín Maurín. «Fondo ALA/Maurín», Special Collections, Richter Library, University of Miami.

Confieso que he vivido 
Barcelona, Seix Barral, 1994, pp. 197-198 y 204-208









730. Winnipeg, el barco de la esperanza

Imagen de los refugiados republicanos a bordo del 'Winnipeg', fletado por Neruda, rumbo al exilio


Al amanecer del domingo 3 de septiembre de 1939, cerca de 2078 inmigrantes españoles que habían viajada con un único pasaporte colectivo y para los que no todo estaba perdido desembarcaron en el puerto de Valparaíso, Chile. Habían permanecido durante toda la noche anterior en la cubierta  del viejo vapor francés bautizado como Winnipeg, contemplado la tierra prometida por Neruda. Ante ellos se abría la esperanza de una nueva vida. 


Grupo de mujeres que viajaron en el Winnipeg (Archivo Nacional de Chile)


 "Que la crítica borre toda mi poesía, si le parece.
Pero este poema, que hoy recuerdo, no podrá borrarlo nadie"


Me gustó desde un comienzo la palabra Winnipeg. Las palabras tienen alas o no las tienen. La palabra Winnipeg es alada. La vi volar por primera vez en un atracadero de vapores, cerca de Burdeos. Era un hermoso barco viejo, con esa dignidad que dan los siete mares a lo largo del tiempo...

Ante mi vista, bajo mi dirección, el navío debía llenarse con dos mil hombres y mujeres. Venían de campos de concentración, de inhóspitas regiones del desierto. Venían de la angustia, de la derrota y este barco debía llenarse con ellos para traerlos a las costas de Chile, a mi propio mundo que los acogía. Eran los combatientes españoles que cruzaron la frontera de Francia hacia un exilio que dura más de 30 años.

Yo no pensé, cuando viajé de Chile a Francia, en los azares, dificultades y adversidades que encontraría en mi misión. Mi país necesitaba capacidades calificadas, hombres de voluntad creadora. Necesitábamos especialistas.

Recoger a estos seres desperdigados, escogerlos en los más remotos campamentos y llevarlos hasta aquel día azul, frente al mar de Francia, donde suavemente se mecía el barco Winnipeg, fue cosa grave, fue asunto enredado, fue trabajo de devoción y desesperación.

Mis colaboradores eran una especie de tribunal del purgatorio. Y yo, por primera y última vez, debo haber parecido Júpiter a los emigrados. Yo decretaba el último Sí o el último No. Pero yo soy más Sí que No, de modo que dije siempre Sí.

Estábamos ya a bordo casi todos mis buenos sobrinos, peregrinos hacia tierras desconocidas, y me preparaba yo a descansar de la dura tarea, pero mis emociones parecían no terminar nunca. El gobierno de Chile, presionado y combatido, me instaba en un telegrama a cancelar el viaje de los emigrados.

Hablé con el Ministerio de Relaciones Exteriores de mi país. Era difícil hablar a larga distancia en 1939. Pero mi indignación y mi angustia se oyeron a través de océanos y cordilleras y el Ministro se solidarizó conmigo Después de una crisis de gabinete, el Winnipeg, cargado con dos mil republicanos que cantaban y lloraban, levó anclas y enderezó rumbo a Valparaíso.


Pablo NerudaPara nacer he nacido













13 Rosas Rojas




Que sus nombres no se borren en la historia


Julio Gálvez Barraza*

El 4 de agosto de 1939, mientras el "Winnipeg" zarpaba de Trompeloup con más de dos mil refugiados españoles con destino a Valparaíso, la prensa derechista chilena atacaba duramente el asilo otorgado a los republicanos. Si los refugiados no hubieran cometido crímenes ni delitos no huirían hoy de la justicia de Franco, ni hubieran tenido que salir de España. Esta aseveración se caía al momento; en la España de la posguerra, en la España de Franco, los fusilamientos a los vencidos era el pan de cada día.

Al día siguiente, la mañana del 5 de agosto, en el paredón del madrileño cementerio del Este, luego de una atronadora descarga que resonó en los oídos de las presas de la cárcel de Ventas, situada a 500 metros del cementerio, se escucharon trece disparos. Eran los trece tiros de gracia que remataban, una a una, a trece muchachas inocentes. Sus compañeras reclusas supieron que ya habían sido fusiladas. Que a partir de ese momento, las jóvenes pasarían a formar parte de la memoria colectiva de la lucha contra el franquismo como Las Trece Rosas. Su delito: ser rojas. Fue uno de los episodios más viles de la represión franquista.

Entre los años 1939 y 1945, más de 2.500 personas fueron ejecutadas en las tapias del cementerio. Más que la cantidad de muertes solamente el 14 de junio de 1939 habían sido ochenta los fusilados- quizá lo que más impresiona de los muertos el 5 de agosto, fuera la juventud de la mayoría de ellos. Esa madrugada, sólo en el paredón del cementerio del Este, fusilaron a 56 personas. Antes que las muchachas, habían dejado su vida 43 hombres por el mismo "delito". Todos habían sido juzgados por los tribunales de Franco: Reunido el Consejo de Guerra Permanente Nº9 para ver y fallar la causa Nº30.426 que por procedimiento sumarísimo de urgencia se ha seguido contra las procesadas responsables de un delito de adhesión a la rebelión. Fallamos que debemos condenar y condenamos a cada uno de las acusadas a la pena de muerte, dice la sentencia dictada sólo el día anterior a las ejecuciones. A una de ellas la acusaban, además, del grave delito de haber sido cobradora de tranvías durante la dominación marxista.

El 28 de marzo de 1939, cuando las tropas nacionales entraron en Madrid, la práctica totalidad de dirigentes comunistas se encontraban en el exilio. Ante esta situación, un grupo de muchachos, que se habían batido contra el enemigo en diferentes frentes, comenzó a hacerse cargo de la reorganización clandestina del Partido Comunista de España y de la Juventud Socialista Unificada (Organización que nació de la fusión de la Unión de Juventudes Comunistas y la Federación de Juventudes Socialistas). El objetivo era ayudar a los compañeros presos y a sus familias, esconder a los perseguidos e intentar recomponer los restos de la derrota. Relata una de las protagonistas que: "lo principal en aquellos momentos era esconderse, y después ver si la gente a la que conocías y lograbas localizar estaba dispuesta a seguir en la lucha. De vez en cuando paseaba por la calle por ver si me encontraba con alguien. Se trataba de ir captando a jóvenes y de reorganizar la JSU, ni más ni menos.

A los cuatro meses de terminada la Guerra Civil. Madrid, destruida y vencida tras tres años de acoso, de bombardeos y resistencia ante el ejército sublevado, intentaba adaptarse al nuevo orden impuesto por el general Franco. Era una ciudad inhóspita y peligrosa para los enemigos del régimen, en la que las delaciones estaban a la orden del día. Denunciar era una obligación patriótica, una forma de extirpar el cáncer del comunismo y, sobre todo, la manera más clara y directa de demostrar la adhesión al nuevo Estado. La capital era barrida calle por calle en busca de enemigos de la patria con un odio sin precedentes.

Durante los meses de abril y mayo, cuando aún no habían tenido tiempo para integrarse en la organización, o apenas acababan de hacerlo, la mayor parte de los jóvenes ya habían sido detenidos. Las nuevas autoridades lo tuvieron muy fácil para identificarlos y capturarlos, para ello solo habían tenido que consultar los ficheros de militantes que no llegaron a ser destruidos por el efímero gobierno del coronel Casado. Entre ellas: Carmen Barrero, Martina Barroso, Blanca Brissac, Pilar Bueno, Julia Conesa, Adelina García, Elena Gil, Virtudes González, Ana López, Joaquina López, Dionisia Manzanero, Victoria Muñoz y Luisa Rodríguez de la Fuente, que así se llamaban Las Trece Rosas. No habían cometido más delito que defender la legalidad republicana contra el golpe de estado y todas, salvo Blanca, la mayor de ellas con 29 años y la única casada y con un hijo de 11, militaban en la JSU, en el PCE, o en ambas organizaciones a la vez. Varias de ellas eran menores de edad. No eran protagonistas de la historia, ni lo pretendían, aunque los acontecimientos les reservase ese papel.

Su destino fue la prisión de Ventas, inaugurada en 1933 como un centro pionero para la reinserción de reclusas, que los vencedores transformaron en un enorme almacén humano en el que se hacinaban 4.000 mujeres cuando su capacidad máxima era de 450. De los acusados en el consejo de guerra celebrado durante los días 1º y 2 de agosto, solamente una de ellas, de 19 años, se libró de la ejecución para ser condenada a doce años de cárcel. Quizá para justificar la severidad de las penas impuestas, el caso se asoció con el complot contra Franco, descubierto el mismo día 1? de abril, en el desfile de la Victoria, por la explosión de una bomba en la tribuna presidencial. En realidad no hubo ni bomba ni plan, la precaria red de militantes era tan débil que ni siquiera consiguieron atracar una tienda de comestibles. También se les vinculó con el atentado contra el comandante de la guardia civil Isaac Gabaldón, ocurrido el 27 de julio. Como encargado del Archivo de Masonería y Comunismo, Gabaldón disponía de miles de documentos incautados a los partidos y organizaciones republicanas, que servían de base para la tramitación de denuncias. Sin embargo, la mayor parte de las personas juzgadas el 1º y 2 de agosto, habían sido detenidos meses antes del atentado contra Gabaldón. Ante tamaños despropósitos, la acusación definitiva fue la de "reorganización de elementos de la JSU y del PCE para cometer actos delictivos contra el orden social y jurídico de la nueva España".

La madrugada del 5 de agosto fueron llamadas a cumplir la sentencia. Una testigo relata que estaban diseminadas por toda la prisión. Una de ellas, con sus dos hermanas, también encarceladas; tres en el departamento de menores, otras en pasillos, sótanos y galerías. Después de conversar hasta muy tarde con Ana López, una de las sentenciadas, pensando que esa noche ya no ingresarían en el antiguo salón de actos convertido en capilla, evoca: Con nuestra charla ya habían dado las doce y nos pusimos a dormir, cuando sentimos que llaman a nuestro departamento. Nuestra mandanta, que se llamaba Pilar y era una buena persona, bajó a abrir la puerta y se presentó con la funcionaria teresiana que sacó a estas chicas con una lista en la mano. Recuerdo que a esta mandanta, a Pilar, la oí decir: Por Dios, señorita María Teresa, esto es horroroso, esto es un crimen. Entonces Anita se dio cuenta rápidamente de que venían a por ellas, se puso en pie y dijo: No, no llame a las otras, ya las llamo yo. Ella misma las despertó. De estas dos compañeras, a una de ellas hacía muy pocos días que le habían fusilado a un hermano. Recuerdo que lo único que dijo fue: ¡Pobrecilla, mi madre!

En la capilla, si se confesaban y comulgaban, se les permitía despedirse de la familia mediante una carta. Otra testigo relata que: Todas las condenadas escribían cartas a la familia. Daba la impresión de que entrabas en una clase de niñas. Julia Conesa, a quien semanas antes le habían fusilado a su padre y a un hermano, escribió a su familia: Madre, hermanos, con todo el cariño y entusiasmo os pido que no me lloréis nadie. Salgo sin llorar. Me matan inocente, pero muero como debe morir una inocente. Madre, madrecita, me voy a reunir con mi hermano y papá al otro mundo, pero ten presente que muero por persona honrada. Adiós, madre querida, adiós para siempre. Tu hija, que ya jamás te podrá besar ni abrazar. La misiva concluía con un ruego: Que mi nombre no se borre en la historia.

De madrugada, salió de la prisión de Porlier el camión para transportarlas. Los verdugos llevaban la orden de fusilamiento. En Porlier, por esos días, estaba preso nuestro Juvencio Valle, acusado de antifascismo y de mantener relaciones con escritores republicanos. Había sido detenido por un policía de civil a comienzos del mes de julio. En la Comisaría lo interrogaron, y para su desgracia, llevaba en un bolsillo una carta de Pablo Neruda relacionada con gestiones que debía realizar para lograr la libertad del poeta Miguel Hernández. De ahí pasó a la Dirección de Seguridad y luego a la cárcel de Porlier, donde estuvo tres meses y medio, mientras se ventiló el juicio que le siguieron.

En la madrugada llegó la hora de sacar a las muchachas al paredón. Una presa se hallaba en aquel momento asomada a la ventana de su celda y las vio salir: Pasaban repartidores de leche con sus carros. La Guardia Civil los apartaba. Las presas iban de dos en dos; tres guardias civiles escoltaban a cada pareja. Las presas fueron subidas en grandes camiones. Desde donde yo estaba, en el cuarto piso, no se las podía ver con claridad. Pero parecían tranquilas. Llevaban la cabeza muy levantada.

Virtudes García tenía a su novio encausado en el mismo proceso. Una de sus compañeras dice que mantuvieron contacto por escrito mientras estuvieron encarcelados sobre todo por intercambio de mensajes en donde se celebraban los consejos de guerra y que ella confiaba en poder verlo antes del fusilamiento. No pudo ser. Cuando llegaron al paredón, los 43 jóvenes habían sido ya fusilados.

Los familiares de las chicas nunca fueron informados de la fecha de la ejecución. María, hermana de Dionisia Manzanero, relata que llegó a la cárcel la mañana del día 5, para recoger firmas solicitando el aplazamiento de la sentencia. Ahí supo que su hermana ya había sido fusilada. De la cárcel fueron inmediatamente al cementerio: No había nadie por allí. Los guardias no estaban y entramos al depósito, sin que nadie nos viera. Entonces, ¡Dios mío!, las vimos metidas en las cajas de madera. No me fijé en cuántas eran, sólo buscaba a mi Dioni. Tampoco sé el tiempo que estuvimos allí. Sólo sé que llegó un cura y al vernos llorando y dando gritos, nos obligó a salir.

La ejecución de Las Trece Rosas se convirtió en una suerte de leyenda, en un relato que fue corriendo de boca en boca hasta el punto de que cada presa recién ingresada en la cárcel de Ventas lo hizo suyo y se dedicó a transmitirlo a su vez. La dictadura franquista no consiguió borrar sus nombres de la historia. En España se han escrito decenas de artículos, se han estrenado obras de teatro y una película con su estremecedora historia.

La vida siguió sembrando vida. Al día siguiente de las ejecuciones, 6 de agosto de 1939, a bordo del "Winnipeg" nacía Agnes América. Veinte días después, ya en aguas del Pacífico, frente a las costas de Ecuador, nació Andrés Martí. Fueron las primeras criaturas nacidas en el exilio republicano español.

* Julio Gávez Barraza es autor de los libros "Neruda y España" y "Winnipeg. Testimonios de un exilio"