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1767. Respuesta obligada: carta abierta del Cardenal Gomá al Sr. D. José Antonio Agirre

En la iglesia de las Salesas Reales, Francisco Franco, ofrenda, ante el cardenal primado Isidro Gomá, su espada, regalo de los
legionarios cuando ascendió a general. Madrid, mayo 1939


Una mano amiga interesadísima, como de buen cristiano y patriota, en que termine la cruentísima lucha en que se consume España, hace llegar a las mías un ejemplar del periódico “Euzkadi”, de Bilbao, número 7.485, en que se inserta el discurso pronunciado por V. el 22 de Diciembre último. Por las reiteradas alusiones que hace al silencio de la jerarquía sobre determinados puntos cuya gravedad no puede ocultarse en estos momentos, me creo en el deber de contestarle, como representante más alto que ha querido la Santa Sede fuese, en mi insignificancia personal, de la gloriosa jerarquía eclesiástica española.

No creo salirme de mis atribuciones de Prelado, ya porque estoy comprendido dentro de la apelación general que V. hace a la conciencia universal y a la jerarquía, ya porque tengo la seguridad de que interpretaré el sentir de su Prelado, el venerable y queridísimo Hermano de Vitoria, hoy ausente de la Diócesis. Ni quiero deje de tener este escrito el carácter de Instrucción Pastoral dirigida a mis diocesanos, por cuanto las cuestiones que en el discurso de V. se tratan y que son objeto de esta carta afectan a todos los españoles, que nunca como hoy necesitan luz que les oriente en las gravísimas cuestiones de orden político-religioso.

Un doble ruego me permito hacerle antes de entrar en materia. Esta carta no es polémica. Me sitúo en ella en el plano a que llama V. a la jerarquía, no para entablar un diálogo en que difícilmente llegaríamos a un pensamiento concorde, sino para contestar, con toda caridad, a sus requerimientos, con la fundada esperanza de que, por ley misma de caridad, que no busca el bien propio sino el de todos, llegaremos a la coincidencia de criterio, disipadas las dudas que encierran sus interrogantes dirigidos a la jerarquía. Por lo mismo, no se imponga V. por cortesía el deber de contestar mi pobre escrito, que yo no podría corresponderle.

Mi otro ruego es que V. que tiene ahí fáciles medios de propaganda, dé a estas cuartillas la máxima publicidad. Me tortura la idea, señor Aguirre, de que ese querido pueblo vasco no ha conocido toda la verdad en los problemas de doctrina y de hecho que ahí se han agitado estos últimos tiempos; y que cuando la verdad, por el magisterio categórico de los Pastores de la Iglesia, ha querido abrirse paso e iluminar las inteligencias, ha quedado entre veladuras por la interposición de humanas conveniencias, más atentas a las conquistas de orden político que a los altísimos intereses de orden sobrenatural, que deben tener siempre la primacia en todo.

Hechas estas indicaciones, he de decirle, señor Aguirre, que leí su discurso de un tirón. Ha dejado en mi alma la impresión de haber oído la voz de un católico convencido que ama su tierra con el amor que sigue al de Dios y que se ha empeñado nobilísimamente en labrar la felicidad de su pueblo. Si el orador es el Vir bonnus dicendi peritus, V., señor Aguirre, es un buen orador. Dios le ha dado un alma buena, y V., por su parte, la ha puesto, con toda su fuerza, al servicio de lo que juzga una buena causa, que defiende bravamente con todos los recursos de su inteligencia, de su corazón y de su palabra.

Algunos reparos al discurso

Este es usted. Del fondo de su discurso, aun reconociendo las muchas verdades que contiene, tal vez no podría decir igual. Tendría que oponerle serios reparos. Pero no es mi objeto hacer del mismo un análisis, ni una censura de los puntos de discrepancia con mi criterio, y si sólo buscar coincidencias en el fondo claro y tranquilo del pensamiento cristiano que nos informa, a usted y a mí, para derivar de ello consecuencias que podrían ser provechosísimas para todos en estos graves momentos.

Dejo la parte de su discurso en que expone realidades logradas y delinea proyectos para el engrandecimiento del pueblo vasco. Todos anhelamos el bien máximo para todas las regiones españolas, del que derivaría el bien máximo para la gran patria. España, multiplicación, más que suma, del bien parcial de cada país. Es lamentable equivocación hija del amor, que ciega cuando se desvía, creer que un enjambre de pequeñas repúblicas pudiesen labrar para todos los españoles un bien mayor que el que podría venirnos de un gran Estado bien regido, en que se tuviera cuenta de los relieve espirituales e históricos de cada región. Reconcentrarse en los pequeños egoísmos comarcales es reducir el volumen y el tono de la vida, del Estado y de la región. Un gran diamante que se quiebra en varios pierde automáticamente la mayor parte de su estima.

Pero esto es cosa de derecho político, que no es de este sitio. Siguen a ello dos afirmaciones, rotundas, que usted intenta probar sin conseguirlo, y que encierran una flagrante contradicción con los hechos y con la conciencia de gran parte de la nación. “La lucha se ha planteado –dice usted- entre el capitalismo abusivo y egoísta y un hondo sentido de justicia social.-La guerra que se desenvuelve en la República española, sépalo el mundo entero, no es una guerra religiosa, como ha querido hacerse ver. Permítame una sencilla glosa a las dos afirmaciones.

Cuanto a la primera, no creo que haya una docena de hombres que hayan tomado las armas para defender sus haciendas. Ni para defenderse de los vejámenes de los que las tienen y administran. Admitimos un fondo de injusticia social como una de las causas remotas del desastre; pero negamos en redondo que esta sea una guerra de clases. Un pretexto no es una razón; y las reinvindicaciones obreras no han sido más que un pretexto de la guerra. Esta ha sido más cruel y más dura donde razón y pretexto eran menores, en Asturias, en Vizcaya, en Cataluña, donde el obrero está económicamente al nivel, o sobre, de los más retribuídos de Europa.

Más; una razón no se impone por la suprema de las razones, que es la guerra, sino cuando han fallado todos los recursos de orden legal y moral para dirimir las querellas sociales de clase; y la guerra estalló cuando una tupida red de leyes protegía al obrero y facilitaba su acceso a la propiedad y a la participación en los negocios. Ni ha cesado la guerra, antes se ha convertido en querella intestina entre los obreros, en las regiones que paulatinamente se sovietizan. Como procedimiento, la guerra ha sido un gran expolio de ricos y pobres, no en bien de la comunidad, sino en provecho de los vivos, de los audaces, de los fuertes. Quien lleva la guerra, Franco, no ha hecho las partes de los ricos, sino que predica en todos los tonos la necesidad de una mayor justicia social. Se cuentan, por fin, por docenas de millares los que se han alistado en la guerra sin más haber que el fusil que se ha puesto en sus manos, ni más ideal que su Dios y su patria.

La afirmación segunda, que pudiese contener una alusión a mi folleto “EL CASO DE ESPAÑA”, y que es una apelación al mundo entero, no concuerda con la realidad. Es en el fondo, guerra de amor y de odio por la religión. El amor al Dios de nuestros padres ha puesto las armas en mano de la mitad de España aún admitiendo motivos menos espirituales en la guerra; el odio ha manejado contra Dios las de la otra mitad. Ahí están los campamentos convertidos en templos, el fervor religioso, el sentido providencialista, de una parte; de otra, millares de sacerdotes asesinados y de templos destruidos, el furor satánico, el ensañamiento contra todo signo de religión. Ahora vienen de Rusia ciento dos ateos para dar la forma doctrinal a esta gran ruina religioso-social.

La misma Euzkadi no podría justificar el consorcio de católicos y comunista sin el factor religioso. ¿No se ha afirmado que este contubernio era la única manera de salvar la religión en Vizcaya y Guipúzcoa, cuando las hordas rojas la hubiesen eliminado de España? De hecho no hay acto ninguno religioso de orden social en las regiones ocupadas por los rojos; en las tuteladas por el ejército nacional la vida religiosa ha cobrado nuevo vigor. Un pacto político y miliar, frágil como las promesas en labios informales, conserva en Vizcaya sacerdotes, templos y culto. ¿Qué ocurrirá cuando venga la conveniencia de romper los pactos, o el desorden de una derrota, o la hegemonía de una victoria comunista? Leemos que han ardido ya algunos templos en Vizcaya. A última hora anuncia la radio el asesinato de sacerdotes por los comunistas...

Sacerdotes asesinados y desterrados

Y vamos a lo más grave de su discurso, señor Aguirre, a la angustiosa invocación que hace usted a la conciencia universal.

Afirma usted que los sublevados han asesinado a numerosos sacerdotes y religiosos beneméritos por el mero hecho de ser amantes de su pueblo vasco.

No discuto sobre adjetivos; sólo hago una reflexión sobre el hecho de la muerte violenta de unos sacerdotes vascos. Más que nadie hemos lamentado el hecho. El fusilamiento de un sacerdote es algo horrendo, porque lo es de un ungido de Dios, situado por este hecho en un plano sobrehumano, adonde no debiesen llegar ni el crimen, cuando lo hay, ni las sanciones de la justicia humana que suponen el crimen. Pero también lamentamos, profundamente, la aberración que llevara a unos sacerdotes ante el pelotón que debiese fusilarlos; porque el sacerdote no debe apearse de aquel plano de santidad, ontológica y moral, en que le situó su consagración para altísimos ministerios. Es decir, que si hubo injusticia, por la parte que fuese, la deploramos y la reprobamos, con la máxima energía. No creemos que la haya en amar bien al propio pueblo: por esto nos resistimos a creer que algunos sacerdotes hayan sido fusilados por el mero hecho de ser amantes de su pueblo vasco.

Y aquí el Presidente del Gobierno de Euzkadi –sigue el discurso- católico, pregunta con el corazón dolido: ¿Por qué el silencio de la jerarquía?

Yo le aseguro, señor Aguirre, con la mano puesta sobre mi pecho de sacerdote, que la jerarquía no calló en este caso, aunque no se oyera su voz en la tribuna clamorosa de la prensa o de la arenga política. Hubiese sido menos eficaz. Pero yo puedo señalarle el día y el momento en que se truncó bruscamente el fusilamiento de sacerdotes, que no fueron tantos como se deja entender en su discurso. Y como el lamentable hecho se ha explotado en grave daño de España –nos consta- y conviene, en estos gravísimos momentos, que se pongan las cosas en su punto, yo le aseguro, señor Aguirre, que aquellos sacerdotes sucumbieron por algo que no cabe consignar en este escrito, y que el hecho no es imputable ni a un movimiento que tiene por principal resorte la fe cristiana de la que el sacerdote es representante y maestro, ni a sus dirigentes, que fueron los primeros sorprendidos al conocer la desgracia. Deje a la jerarquía, señor Aguirre, para la cual el sacerdote es la niña de sus ojos y la prolongación de su propio ser oficial y público.

En cambio, deje que le pregunte a mi vez, señor Aguirre: ¿Por qué su silencio, el de usted y el de sus adictos, ante esta verdadera hecatombe de sacerdotes y religiosos, flor de intelectualidad y santidad de nuestra clerecía, que en la España roja han sido fusilados, horriblemente maltratados, por muchos miles, sin proceso, por el único delito de ser personas consagradas a Dios? ¡Sólo en los seis arciprestazgos reconquistados de Toledo, señor Aguirre, de los dieciséis que tiene mi Diócesis, han sucumbido doscientos y un sacerdotes, de los quinientos y pico que ejercían santamente su ministerio! Cuente los miles que han sido villanamente asesinados en las tierras todavía dominadas por los rojos.

Es endeble su catolicismo en este punto, señor Aguirre, que no se rebela ante esta montaña de cuerpos exánimes, santificados por la unción sacerdotal y que han sido profanados por el instinto infrahumano de los aliados de usted; que no le deja ver más que una docena larga, catorce, según lista oficial –menos del dos por mil- que han sucumbido víctimas de posibles extravíos políticos, aun concediendo que hubiese habido extravío en la forma de juzgarlos.

¿Por qué el silencio de la jerarquía, -sigue preguntando usted-, cuando es notorio y de público conocimiento que son desterrados violentamente sacerdotes vascos, llevándolos a tierras alejadas de la suya natal?

¿Quién los ha desterrado?, pregunto yo. La mayor parte ellos mismos, prudentemente y según costumbre universal en momentos de conmoción política popular. A veces los superiores religiosos legítimos, es decir, la jerarquía, que nada tiene que hablar, porque no tiene que razonar en público sus decisiones: son contadísimos casos. Tal vez, lo ignoramos, ambas jerarquías de acuerdo, la eclesiástica y la civil, para evitar mayores males; y en este caso no es ante el presidente del Gobierno de Euzkadi donde deban justificarse. Quizás la autoridad militar o la civil, con el derecho –salvando la forma debida en un Estado católico- con que se aparta de la república un ciudadano nocivo –es simple hipótesis-; porque una autoridad española no tiene el deber de agradar ni de requerir el consentimiento del presidente de un Gobierno políticamente heterodoxo, y sabe por otra parte que ninguna jerarquía, que no es más que la forma organizada de la autoridad social, puede ignorar que el más grave peligro de una sociedad es el ciudadano que trabaja en desorganizarla.

La jerarquía y la defensa del régimen

Y cuando numerosos católicos de la república española han preguntado si está obligado el católico a defender el régimen legalmente constituído, ¿por qué silencia la respuesta la jerarquía?

Señor Aguirre: si se refiere usted a la jerarquía eclesiástica –creemos que sí- la pregunta, a más de supérflua, encierra una imputación tácita, que un católico no debe lanzar contra los representantes del magisterio de la Iglesia. Sobra, ante todo, la pregunta; porque, usted, católico, abogado, dipuado y amigo de sacerdotes, sabe que es doctrina tan vieja como el cristianismo que el católico viene obligado a defender el régimen legalmente constituído. Usted sabe que cuando España se dio su régimen actual la Iglesia oficialmente lo reconoció, y se prodigó la literatura pastoral del acatamiento al régimen, aun doliendo a muchos el tener que sacrificar de momento principios políticos que se consideraban más en consonancia con la vida y la historia de nuestro pueblo. Usted sabe que la jerarquía, aun a trueque de desagradar a impacientes y ultrancistas, sostuvo el principio intangible del respeto al régimen, por más que ella, la jearquía, fué la primera víctima de las intemperancias doctrinales y de los excesos legales de los hombres que lo representaban. Es esta una gloria de la jerarquía, sin que le sean imputables los yerros de unos hombres que no supieron llevar con honor ni con justicia la representación que el pueblo les había confiado.

¿A qué viene, señor Aguirre, su impertinente pregunta, sino a confundir nociones, enredar hechos e infundir recelos contra los jerarcas a quienes parece tener usted en tanta estima? Confunde nociones, porque aún no ha aparecido nadie que se haya alzado contra el régimen, que sigue siendo en sustancia el que el pueblo se dio: y adopto esta fórmula, tan democrática como falaz, porque ya la historia ha fallado sobre un momento de alucinación de nuestra vida política que ha llevado a España al borde del abismo. Enreda hechos, porque promiscua usted lastimosamente el gesto viril de un gran pueblo que quiere salvarse con la travesura política que trata de erigir en cantón independiente a la antes españolísima Vizcaya. E infunde recelos contra la jerarquía, que se ha mantenido en las alturas de la verdad y de la caridad y que usted quisiera ver enzarzada, a lo menos en el concepto de ese cristianísimo pueblo, en una querella que forzosamente le llevará a la ruina, de la paz idílica en que vivió durante siglos y del bienestar que se había conquistado con el esfuerzo de su inteligencia y de sus brazos.

La defensa contra la agresión injusta

Increpa usted, por fin, a la jerarquía por su silencio ante el gesto de la juventud vasca que, siendo en gran parte cristiana, e interpretando rectamente la doctrina cristiana del derecho de defensa e incluso con las armas en la mano contra la agresión injusta, hubiese querido encontrar allá donde la justicia tiene su asiento –es decir, en la jerarquía- una voz que apruebe una conducta ajustada al derecho.

Este lenguaje, doblemente injusto, porque prescinde de un hecho ruidoso como lo fué la intervención de la jerarquía en el movimiento vasco hace cinco meses, y porque quisiera coaccionarla, arrastrándola a la consagración pública de un disparate y de una injusticia, no es digno de un hombre que se dice a sí mismo presidente de un Gobierno.

Señor Aguirre: hay situaciones de orden social que reclaman la circunspección máxima en el hablar. Usted es rector de un pueblo; a lo menos se arroga usted ese nombre y oficio. Por lo mismo, es su ordenador y legislador, su mentor y su padre, que tales oficios ha asignado siempre la doctrina cristiana a un presidente político de un pueblo. Y estos oficios son incompatibles con el disimulo y la astucia.

Lo que ocurre, señor Aguirre, es que no hay peor sordo que el que no quiere oír. Más: tratándose de un católico, no hay peor situación espiritual que la que crea la conveniencia de cerrar los oídos a la verdad. Porque esta conducta ajustada a derecho de las juventudes vascas, la jerarquía la condenó, al cuajar el contubernio vasco-comunista, con todos los pronuncionamientos desfavorables. Oiga usted otra vez la misma voz de la jerarquía, contenida en el Documento pastoral que tenemos a la vista, publicado en Agosto último.

“No es lícito –decían en el mismo los Excmos. Srs. Obispos de Vitoria y de Pamplona-, en ninguna forma, en ningún terreno, y menos en la forma cruentísima de la guerra, última razón que tienen los pueblos para imponer su razón, fraccionar las fuerzas católicas ante el común enemigo...

“Menos lícito, mejor, absolutamente ilícito es, después de dividir, sumarse al enemigo para combatir al hermano, promiscuando el ideal de Cristo con el de Belial, entre los que no hay compostura posible...”

“Llega la ilicitud a la monstruosidad cuando el enemigo es este monstruo moderno, el marxismo o comunismo, hidra de siete cabezas, síntesis de toda herejía, opuesto diametralmente al cristianismo en su doctrina religiosa, política, social y económica...”

¡Doctrina cristiana clásica del derecho de defensa! No entramos en la cuestión política que insinúa en su última pregunta sobre la agresión injusta, de la que deriva la otra cuestión moral del derecho de defensa contra el injusto agresor. También la jerarquía, por la pluma de un sabio y venerable Prelado, ha hablado sobre este punto, dando luminoso criterio y segurísimas normas; y no hace todavía un mes que en la Universidad Gregoriana de Roma, -el gran centro de estudios eclesiásticos del mundo-, se aplicaba la lección moral al caso de España por un sabio profesor español de esta asignatura. Concretando la censura a la coalición vasco-comunista, pactada, seguramente, para el ejercicio del derecho de defensa contra la agresión injusta, un conspicuo nacionalista, tan buen vasco como ferviente católico, cara a la muerte ocho días después de estallar el movimiento militar, la calificaba de heterodoxa, indiscreta e insincera. Es voto de calidad emitido en hora solemne de la vida.

¡Una voz que apruebe una conducta ajustada a derecho! Nada más ajustado a derecho que decir la verdad, señor Aguirre; y cuando la verdad se ha pronunciado desde el sitial sagrado donde –según expresión de usted- la justicia tiene su asiento, es un deber de todos difundirla a los cuatro vientos, más por quienes son rectores de los pueblos, no ocultarla entre sofismas e insinuaciones tendenciosas.

No, señor Aguirre; no se trata de una cuestión de derecho ni de moral. O mejor, se trata de la moralidad de un procedimiento para el logro de reivindicaciones políticas que constituyen un anhelo popular. Comprendemos el ansia de un pueblo, maduro y fuerte, y hasta, dentro de nuestro concepto político personal del Estado español, la aplaudimos y quisiéramos verla cristalizada en una fórmula que lo fuera a la vez de unión irrompible con la gran patria y de reconocimiento público de las virtudes y de la historia del pueblo vasco. Hace pocas semanas concretábamos nuestro pensamiento en un pobre escrito en que decíamos: “El verdadero CASO DE ESPAÑA sería este: Que dentro de la unidad intangible y recia, de la gran Patria, se pudieran conservar las características regionales, no para acentuar hechos diferenciales, siempre muy relativos ante la sustantividad del hecho secular que nos plasmó en la unidad política e histórica de España, sino para estrechar, con la aportación del esfuerzo de todos, unos vínculos que nacen de las profundidades del alma de los pueblos íberos y que nos impone el contorno de nuestra tierra y el suave cobijo de nuestro cielo incomparable. Así los rasgos físicos y psicológicos distintivos de los hijos traducen mejor la unidad fecunda de los padres”.

Pero se ha tomado el mal camino, señor Aguirre; para la defensa de la tradición y de la patria se ha pactado una alianza con gente sin tradición y sin patria, o que laboran contra ambas por un postulado de su doctrina política; y en el ansia de conservar en el fondo del pueblo vasco las puras esencias de nuestra religión santísima, sentida y practicada en Vizcaya tal vez más que en región alguna del mundo, se ha cometido la locura de andar del brazo, ambos armados, de quienes tiene como punto primero de su programa –acaban de decirlo los Obispos alemanes- la extirpación del nombre de Dios de la vida pública y del fondo de las conciencias. Antes que lo hubiese dicho el episcopado alemán, los aliados de usted lo habían hecho, en forma horrenda, en el suelo sagrado de la España sometida al cetro de hierro de los comunistas. Ahí están Cataluña y Valencia, Murcia, Castilla la Nueva y gran parte de Andalucía: sin templos, sin sacerdotes, sin culto, sin Cristo, sin Dios.

Invitación a la reflexión serena: Conclusión

Yo le invito a la reflexión serna, señor Aguirre, y toda vez que es usted católico ferviente, este pobre Prelado de la Iglesia española, que siente como nadie el desgarro profundo que una equivocación política ha producido entre los hijos de nuestras Madres, la Iglesia y España, le invita a una meditación ascética en la que, puestos el pensamiento y la conciencia ante Dios, ante sus justos juicios, ante el momento supremo en que quisiéramos haberlo hecho todo bien, resuelva lo que juzgue mejor para el bien espiritual y material de su pueblo.

No tema rectificar el camino andado, señor Aguirre. Queda todavía mucho por salvar en esa bella y rica Vizcaya. Quedan sus hermosas ciudades, sus industrias florecientes, millares de vidas que deberán sucumbir en una lucha fratricida o víctimas de la miseria y del desamparo. Queda el honor, que nunca es más limpio que cuando es hijo de una rectificación heroica. Queda la paz, hoy profundamente alterada por una guerra feroz y por los odios más feroces que de ella derivan, y que se hubiese abrazado ya con la justicia, hace semanas, si en los montes de Guipúzcoa se hubiesen dado la mano los hermanos de esta bella tierra para la fácil conquista de las costas del Cantábrico, desde Irún la desgraciada a Oviedo la mártir.

Y queda Dios y tantas cosas como tiene Dios en esa bendita tierra de Vizcaya. Ayude a su pueblo, señor Aguirre, a conservar a Dios que peligra en él. Es forma humana de hablar, porque Dios ha querido someterse, sin pérdida de su tremendo dominio, a la voluble libertad del hombre. Sus aliados no le ayudarán a salvar a Dios, porque Vizcaya no será una excepción en el mundo comunista. Y yo tiemblo por Dios en Vizcaya –como temblaría por una España sin Dios, que tal fuera una España comunista-, el día en que unos barcos rusos depositaran en las calas rocosas del Cantábrico unos millares de esos hombres rubios sin Dios que alteraran el equilibrio en que se mantienen hoy las fuerzas aliadas. Porque, señor Aguirre, -acaba de decirlo en una pastoral el Episcopado alemán- “entre el comunismo y nuestro catolicismo –que es el de Vizcaya- hay la misma separación que entre el día y la noche, el fuego y el agua: y si los comunistas llevan la bandera roja a través de la Europa central y occidental, no quedará más que un campo de escombros, y la Iglesia católica se hundirá en el caos y en la desolación”.

Termino esta larga carta, señor Aguirre, y con ella las molestias que le ocasiono. Ofrézcalas a Dios en caridad. Me dicen que estos días se nota en toda Vizcaya una intensificación de la vida religiosa. Nunca se piensa más en Dios que cuando se palpa la impotencia del hombre en estos terribles azotes generales que la humanidad no ha podido barrer de su historia: el hambre, la peste, la guerra, que suelen andar juntos... Señor Aguirre; he predicado en los templos de Bilbao; me he postrado muchas veces ante la bendita Virgen de Begoña; he admirado la fe religiosa y las virtudes cristianas de ese pueblo, siento veneración y amor para esa clerecía de Vizcaya, de espíritu tan sacerdotal, inteligente y celosa, tan íntimamente compenetrada con el pueblo, al que puede decir lo del Apóstol: “Yo te engendré para Jesucristo”. Y me escalofría el pensamiento de que un día, quizás no lejano, pudiese apearse de los altares la Cruz bendita de Cristo, y ser convertidos los templos en almacenes y cuarteles, y callar el sacrificio y la oración pública, y ser asesinados los sacerdotes o buscar un refugio en esos montes y extinguirse esa sonrisa de la Madre de Begoña que es el encanto de la gran ciudad. No es una pesadilla inverosímil, porque es un hecho en gran parte de España.

Señor Aguirre: yo le invito en el nombre de todos estos amores, que usted tiene, como buen vasco, arraigados en su corazón; por la caridad de Dios, que quiere que todos seamos una cosa con El, a que, como padre y rector de ese pueblo, busque coincidencias y excogite medios y halle una fórmula eficaz y suave de devolver a su pueblo la paz perdida. Cuando no se lograra más, se tendría el mayor bien que pueden apetecer los pueblos, porque es el fundamento y corona de todo bien. ¿Quién sabe si con la paz, y a más de ella, se podrían lograr anhelos legítimos de ese noble pueblo!

Píénselo, señor Aguirre, mientras quedo de usted affmo. Amigo y siervo en Cristo, que le bendice a usted y a ese querido pueblo.


Isidro Gomá y Tomás,
Cardenal Arzobispo de Toledo
Pamplona 10 de Enero de 1937
Gráficas Bescansa, Pamplona. 1937









   

857. Obispos perplejos, el concilio curioso y Franco irritado

El Vaticano II puso en evidencia la estrecha relación de los prelados españoles con la dictadura, con gran desprestigió para los protagonistas.

Juan G. Bedoya - 20 OCT 2012 - El País.

“Cuando los obispos españoles intervenían en el aula conciliar, los padres conciliares aprovechaban para salir al baño”, escribió el dominico francés Yves Congar, uno de los grandes artífices intelectuales del Vaticano II por encargo del papa Juan XXIII. Creado cardenal a los 91 años (en 1994) por Juan Pablo II, podría pensarse que apreciación tan dura de Congar estuvo guiada por su proverbial dureza de trato, cargada de razones contra todo totalitarismo fascista por los cinco años que estuvo prisionero en un campo de concentración nazi. Que gran parte de los prelados españoles “vendiesen la figura de un dictador como el gran salvador del Cristianismo” (así escribió), le parecía execrable. Europa, librada sangrientamente de la infamia nazi-fascista y en plena guerra fría contra el totalitarismo comunista soviético, llevaba dos décadas en la dirección opuesta.

Los obispos españoles vivieron el Concilio Vaticano II ( 1962 a 1965) perplejos o avergonzados. Sin comprender gran parte de los documentos del concilio. Resistentes, la inmensa mayoría, a los cambios ordenados por el Vaticano. Preocupados por la reacción del jefe del Estado, el dictador Francisco Franco, al que debían, muchos de ellos, el rango episcopal. Comprometidos a cumplir lo mandado por el Papa, pero sin idea de cómo compaginarlo con el patriotismo católico (nacionalcatólico) surgido de un golpe de Estado criminal que seguían bendiciendo como una gloriosa cruzada cristiana.

Si la convocatoria del Vaticano II supuso una sorpresa para la mayoría de los 2.540 obispos de todo el mundo con derecho a ser padres conciliares (hoy son casi el doble), fue, en cambio, un mazazo para los jerarcas del catolicismo español. Su papel en Roma, entre 1962 y 1965, no iba ser muy brillante, sentados con mucha improvisación y mucha ignorancia teológica en los escaños del graderío central de la basílica de San Pedro. Ante los ojos del mundo, por primera vez mediante la televisión, allí oyeron hablar en positivo de libertad religiosa como uno de los derechos humanos, de tolerancia, de misericordia ante el error y de la iglesia del pueblo. Era justo lo contrario de lo que predicaban en sus diócesis, bien por convicción personal, bien forzados por el régimen militar que les había aupado y los trataba como a príncipes, colmándoles de privilegios a cambio de fidelidad. Salvo muy contadas excepciones, su papel en el Vaticano fue irrelevante, a veces incluso extravagante. Eran seis cardenales, un patriarca, 10 arzobispos y 69 obispos, muchos por encima de los 80 años de edad y con un gran complejo de inferioridad pese a llegar cargados de un mesianismo nacionalcatólico. Muchos creían tener una misión nacional, como sus antecesores en Trento, y estaban dispuestos a cumplirla sin contemplaciones. Pronto bebieron del cáliz de la amargura, cuando toparon con el desprecio de muchos de sus colegas o, como mucho, con la curiosidad infantil del resto, que creía que la España de Franco era como “la Rusia de Stalin pero con muchos curas”.

El famoso obispo de Chiapas, Samuel Ruiz, que llegó al concilio con apenas 35 años, contó cómo impresionó en el aula conciliar un documento sin firma en el que se denunciaba que en España había curas en las cárceles por hablar vasco y catalán, y torturas terribles, y persecuciones y fusilamientos por razones puramente políticas. “Pensamos que era una calumnia. Franco se nos presentaba como una especie de libertador ante el comunismo. Pero supimos que algunos obispos habían suspendido su estancia en Roma para volver a España, se dijo que para ver a Franco antes de actuar”.

Muchos vinieron a ver a Franco, efectivamente: los arzobispos Casimiro Morcillo (Madrid) o Pedro Cantero Cuadrado (Zaragoza), ex capellán de Caballería y procurador en Cortes por designación de Franco en el momento del concilio, entre los principales. El dictador les advirtió sobre las “calamidades” que ocasionaría a España la inminente proclamación conciliar de la dignidad humana y la libertad religiosa como derechos humanos irrenunciable. En la España nacionalcatólica se había fusilado a protestantes, judíos y masones, y muchas personas seguían encarceladas por sus creencias religiosas. Franco también les dijo que era inasumible la anunciada separación Estado-Iglesia.

Cuenta en sus memorias el fallecido arzobispo de Pamplona, José María Cirarda, que cuando los padres conciliares entraban en la basílica de San Pedro para votar la declaración Dignitatis Humanae se encontró al obispo de Canarias, Antonio Pildain y Zapiain. Estaba pálido. Rezaba "para que Dios intervenga para impedir la aprobación de dicha declaración". ¿Cómo podrá hacer Dios tal cosa? Pildain contestó a Cirarda: "Utinam ruat cuppula Santi Petri super nos", haciendo caer sobre los presentes la cúpula de San Pedro. Eran tiempos en los que los obispos sabían latín. Cirarda había sido antes obispo de Bilbao y Santander, y fue objeto del insólito y brutal anticlericalismo de derechas de la época. Fue también el prelado encargado por la Curia vaticana de comparecer ante la prensa en español para contar cómo iba el concilio.

Desprestigios o irrelevancias aparte, es un lugar común que el Vaticano II fue un amargo trago para buena parte del episcopado español. Esto escribió otro gran teólogo en aquel concilio, el jesuita alemán Karl Ranher: “La mayoría de los obispos españoles piensan que solo venimos a abolir el Vaticano I. Son una suerte de monofisitas papales que nos consideran a nosotros (los partidarios de una reforma) como nestorianos episcopalistas”.

También son críticos algunos protagonistas españoles. Esto dijo el cardenal Vicente Enrique y Tarancón, que tenía entonces 55 años y reconoció más tarde que en las dos primeras sesiones conciliares estuvo “un poco desconcertado”. “En el episcopado había un grupo que era claramente carca. Estaban en contra de todo lo que oliese a novedad. Creían que todo aquello desautorizaba al Estado español. Cuando en la primera sesión del concilio (1962), alguien, no se supo quién, distribuyó en el aula una especie de panfleto antifranquista, se molestaron mucho e incluso llegaron a preparar un documento de réplica en el que se defendía a Franco. No llegó a prosperar. Entonces era Fraga ministro de Información y esperaba aquel documento para difundirlo a todo tambor. Hubiera sido tremendo que la impresión de nuestro pueblo fuera la de que los obispos habíamos ido al concilio para defender a Franco”.

Tarancón remacha la idea incluyéndose a sí mismo. “La unidad católica era para nosotros como la base de la realidad de España. Era casi un dogma católico-patriótico. Confundíamos el régimen con España. Criticar a Franco era criticar a España”. Habían aprendido la consigna por boca del responsable de propaganda del régimen en aquel momento, Manuel Fraga Iribarne, que, para que lucieran como se merecía España en la Roma del concilio, les abrió a los obispos una lujosa oficina de dos pisos en la avenida Gregorio VII, a tiro piedra del Vaticano. Incluso les recomendó un director de oficina, el sacerdote Jesús Iribarren. Duró poco en el cardo.

Cuenta en sus memorias el arzobispo Cirarda: “Todo marchó bien el año 62, pero en la primavera del 63, don Jesús publicó en Ecclesia (la revista de los obispos) un artículo que molestó al ministro. Informaba sobre un congreso de periodistas católicos en Paría, en el que se denunció abiertamente la falta de libertad de la prensa en España”. Fraga se juró entonces que el tal Iribarren nunca llegaría a obispos. En realidad, el temperamental ministro de Información y Turismo de Franco se jactaba con frecuencia de dar o quitar él mismo tan preciado rango eclesiástico. Iribarren, por tanto, nunca fue obispo. Pero Fraga no pudo cortarle las alas. Al contrario, en 1968 fue elegido secretario general de la Unión Católica Internacional de la Prensa y vivió en París, sede del organismo, hasta que en 1972 los obispos lo eligieron secretario general de la Conferencia Episcopal Española, a instancias del cardenal Tarancón, su presidente. Ocupó ese cargo hasta 1982.

Quien peor lo pasó en Roma los tres años del Vaticano II fue el cardenal primado de Toledo, Enrique Pla i Deniel (Barcelona, 1876 - Toledo, 1968). Franquista empedernido, inmisericorde con los vencidos, fue el primero que bendijo el criminal golpe militar de 1936 como una cruzada de “los hijos de Dios contra la España de los sin Dios, de los hijos de Caín, contra la no España”. Lo hizo bien temprano, el 30 de septiembre de 1936, en Salamanca, de donde era obispo diocesano, con una pastoral de título agustiniano: ‘Las dos ciudades’. Fue en su palacio episcopal donde el golpista general Franco instaló el cuartel general en los primeros meses de la guerra, hasta su traslado a Burgos.

Pla i Deniel volvió a la carga con una interpretación teológica y moral del resultado de una guerra ganada por los suyos con la inestimable ayuda de la Alemania de Hitler (nazismo), la Italia de Mussolini (fascismo) y miles de soldados moro-musulmanes. ‘El triunfo de la ciudad de Dios y la resurrección de España”, tituló en 1939 la nueva pastoral. Aprovechaba sin pudor para pasar la cuenta al nuevo régimen, con exigencias nada baratas: sostenimiento del culto y el clero mediante el Presupuesto del Estado, la pronta recristianización de España y la inmediata restauración del fuero eclesiástico. No hizo un gesto de disgusto cuando Franco prohibió publicar en España la encíclica ‘Mit brennender Sorge’ (en alemán ‘Con ardiente inquietud’), de Pío XI contra el nazismo.

Solo incumplió la orden el obispo de Calahorra-Logroño, Fidel García, y lo pagaría bien caro. Fue uno de los pocos prelados españoles que lucieron en el concilio, al que llegó desde su retiro con los jesuitas en la Universidad de Deusto (Bilbao). Por enfrentarse a Franco, la policía secreta le montó un simulacro de pendencia, con un doble del prelado que, con sotana episcopal, recorría los prostíbulo de Barcelona e, incluso, los de París. Asqueado por la falta de apoyo de sus colegas (el arzobispo Modrego, de Barcelona, llegó a creer la patraña policial), abandonó su cargo y se recluyó en Deusto. La revancha la tomó en el concilio, donde brilló muy por encima de sus hermanos antiguos colegas, sobre todo en defensa de la libertad de conciencia y contra la persecución de las otras religiones.

Sobre los calvarios del obispo Fidel García con el régimen franquista hay ya varios libros, entre otros el escrito por un magistrado del Tribunal Superior de Madrid, Antonio Arizmendi, junto al historiador Patricio de Blas. Se titula Conspiración contra el obispo de Calahorra. Denuncia y crónica de una canallada (Editorial Edaf). Arizmendi es hijo del abogado de la diócesis de Calahorra cuando Fidel García decidió dimitir. Su queja principal es que los obispos actuales tampoco están interesados en la verdad ni en rehabilitar el buen nombre de su ilustre predecesor. Franco, remordido años después, ordenó a su ministro de Justicia que ofreciese una reparación moral al prelado. Pero las disculpas tenían que quedarse en privado. El obispo rechazó el insólito ofrecimiento, de nuevo asqueado. Quien peor se portó fue el cardenal Tarancón, “un amigo fiel de Franco”, según Arizmendi. En carta de 14 de febrero de 1982, el cardenal le dice a éste: “Monseñor Fidel García fue un gran obispo, pero la verdad es que no sé cómo se pueden encauzar las cosas para reivindicar su memoria”.

Tampoco se solidarizó Pla con el cardenal Isidro Gomá, primado de Toledo, censurado también por el dictador cuando, en un gesto de arrepentimiento, quiso publicar en enero de 1940 la pastoral ‘Lecciones de la guerra y deberes de la paz’. “La guerra civil ha sido un castigo; ahora es indispensable llegar a una reconciliación si queremos evitar los daños que el odio ha producido”, escribía Gomá. Murió meses después, completamente abatido, y Franco firmó su esquela a media página en el Boletín Oficial del Estado del 24 de agosto ordenando que se le tributasen “los honores fúnebres que las ordenanzas señalan para el Capital General que muere en plaza donde tiene mando en jefe”. Su sustituto en la primatura episcopal fue Pla i Deniel.

Se supone la cara de pasmo que debió poner Pla cuando en visita al Vaticano, siendo ya primado de Toledo y cardenal, el arzobispo Giovanni Battista Montini, la mano derecha de Pío XII en política exterior y futuro papa Pablo VI, le dijo que su petición de acabar en España “con los hijos de Caín” (según Pla, la otra España que partía en mitades), era “poco cristiana” y debía ser “rectificada de inmediato”. Pla se defendió. Según él, Franco salvó a la Iglesia; Franco paga la reconstrucción de templos y nos construye seminarios (5.106 millones en ese apartado, ofrece el dato); Franco paga salarios, Franco ha entregado a los obispos la enseñanza primaria y secundaria...

El futuro Papa corta: “Bien, entiendo. Pero la cizaña no puede extirparse. La cizaña ha de convivir con el trigo para que la bondad de este sobresalga”. El Vaticano aspiraba a la reconciliación de los españoles y está suficientemente demostrado que el objetivo del franquismo y de la jerarquía de la Iglesia católica del momento fue impedir esa reconciliación. Es a partir de esa visita de Pla al Vaticano, cree Tarancón, cuando Juan XXIII y su cardenal preferido, Montini, al que ya ve como su sucesor en la silla de Pedro, deciden que hay que preparar un golpe de mano en el episcopado español, poniendo al frente a personas que, poco a poco, vayan separando a la Iglesia católica de dictadura tan poco cristiana. El liderazgo lo asumirá Tarancón, que cumplirá en encargo con habilidad vaticana. “Franco no tiene futuro. La Iglesia española, si quiere sobrevivir a su régimen y a su muerte, deberá irse separando poco a poco, pero completamente”, le dice Montini, textualmente. Cuando el régimen franquista percibe la operación, hay un debate en presencia de Franco sobre cómo reaccionar. Franco se desespera por lo que escucha. Le dice más tarde a su ministro de información y propaganda, Manuel Fraga: “¿Cree que no me doy cuenta de lo que pasa? ¿Acaso cree que soy un payaso de circo?” Pronto el régimen abrirá una cárcel en Zamora solo para curas, condenados por predicar en euskera, catalán o gallego, por homilías contra la tortura, o por que exigir libertades para sus fieles.

Había otro factor que explica la proverbial incompetencia intelectual de buena parte del episcopado español. Es que no formaron equipo ni se prepararon para tan especial acontecimiento eclesial. Lo subraya Martín Descalzo. “Cada cual presenta el voto que Dios le inspira, sin tratarlo con nadie, mirando no sólo al bien de la Iglesia, sino también al efecto psicológico en la propia Diócesis. No tienen contacto. No planifican las tareas, ni hacen la distribución de temas”.

Era un episcopado sin cabeza. Escribe en sus Memorias uno de los obispos asistentes, Jacinto Argaya, prelado de Mondoñedo-Ferrol. “Hemos venido sin dirección, especialmente porque, siguiendo una costumbre jerárquica inveterada se suponía que el líder tenía que ser el obispo más anciano y, en este caso, su situación era casi senil”. Se refiere al cardenal Pla y Deniel, de 88 años.

Añade el obispo Argaya: “El Episcopado español, colectivamente, no se mueve ni se prepara. Falta dirección, está prácticamente acéfalo por la extrema ancianidad del Primado. Habremos de actuar en francotiradores. Pla está decrépito. Me ha dado pena ver que cargo de tanta responsabilidad esté en manos tan débiles y en tan envejecida cabeza. Realmente, entre cardenales de curia, arzobispos y obispos, con cargos de altísima responsabilidad, hay algunos decrépitos y casi acabados por los años -dignos por otra parte, de toda veneración- a quienes en el mundo civil, político o económico, no se les confiarían, ciertamente, cargos de dirección o de mando. Es evidente que hay que rejuvenecer y hacer más vigorosa la dirección de grandes diócesis y congregaciones romanas. No debe estar la Iglesia posconciliar regida por una gerontocracia”.

Antes de abrirse el concilio, el episcopado español ya había presentado sus credenciales de recelo al proyecto de aggiornamento’de Juan XXIII. El Vaticano, por orden del Papa, les había consultado (como a todos los obispos del mundo) sobre qué temas debería tratar el Concilio. Casi todos se limitaron a pedir la condena solemne del comunismo y la intensificación de la devoción a la Virgen.

Los obispos españoles llegaron también a Roma muy huérfanos de asesores y peritos en teología. Escribe Argaya: “Regreso del Vaticano con el eclesíologo padre Salaverri, S.J. Reunión vespertina de los obispos españoles, bajo la presidencia de los cardenales. No he observado en la deliberación ni criterio único ni peso en la dirección. Los consultores Jiménez Urresti y Peinador han leído dos estudios, contradictorios entre si. En general, hemos vivido físicamente aislados del Episcopado mundial. Este alejamiento ha sido debido a que, ordinariamente, no poseemos más idiomas fuera del patrio y del latín… Hay que atribuir este relativo aislamiento al complejo de inferioridad que los españoles, incluidos los obispos, llevamos en la masa de la sangre”.

Enfrente, se alzaban los episcopados de la Europa católica de los años 60, rodeados de teólogos de alto renombre: Rahner, Schilleebec, Von Baltasar, Yves Congar, De Lubac, Chenou, incluso los más jóvenes Hans Küng y Joseph Ratzinger, que llegaban juntos (jerarquía y pensadores) curtidos ya en palabras como renovación y aggiornamento, decididos a hacer la Reforma de la Contrarreforma.









121. La cruzada del cardenal Gomá


El cardenal Isidro Gomá tomando juramento a alféreces provisionales.
Este personaje ideó el término "cruzada" para el levantamiento nacional

   
“He preguntado al general Franco si la guerra duraría mucho, todavía. Franco me contestó: "No". Efectivamente precisa que la guerra termine. Pero no que termine con un compromiso, con un arreglo ni una reconciliación. Hay que llevar las hostilidades hasta el extremo y obtener la victoria por la punta de la espada. Que se rindan los "rojos" ya que han sido vencidos. No es posible otra pacificación que la de las armas. Para organizar la paz dentro de una constitución cristiana es indispensable extirpar toda la podredumbre de la legislación laica. Tengo la satisfacción de añadir que, hasta el momento presente, estoy perfectamente de acuerdo con el Gobierno nacionalista, que no da un paso sin consultarme y obedecerme".

"El representante del Ministro de Gracia y Justicia, aquí presente, es testigo de lo que os digo. "La reconciliación de los espíritus no tendrá lugar hasta después de terminada la lucha. Será un problema difícil, ya que la guerra ha causado inevitablemente divisiones profundas entre hermanos, en el seno mismo de las familias. Nos hallamos en una situación de confusión tal, que no sabemos cómo salirnos de ella. En el extranjero no hemos sido comprendidos".

"Se ha dicho que las bocas de todos los que han sido muertos por Franco se abrirán para morder al vencedor. No: son las bocas de los sacerdotes asesinados las que se abrirán para morder a sus asesinos".


Cardenal Isidro Gomá
Congreso Eucarístico de Budapest, 28 de mayo de 1938