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1947. Bombardeo de Guernica. Repercusiones: proposiciones de paz de las dos Romas

Si Pearl Harbor fue un terrible golpe para los americanos, podrá figurarse el lector lo que significó para los vascos la destrucción de Guernica, símbolo viviente de todo lo que era más querido por ellos. Era dar en el corazón mismo de la pequeña nación vasca y en el corazón de todos sus hijos, aun en el de aquellos que vivían en las más apartadas regiones del globo. Pero entre Pearl Harbor -objetivo puramente militar- y Guernica -objetivo puramente civil existe una íntima relación, que se hace más palpable después de vividos los cinco años que los separan; ambos son jalones dolorosos de una nueva táctica bélica, salvaje y cobarde, pues si Guernica fue el primer ensayo de destrucción totalitaria, Pearl Harbor ha sido el último, principio y fin de un trágico eslabón de matanzas colectivas, perpetradas por quienes se valieron de la cobardía y egoísmo de las naciones poderosas, para atacar primeramente a los débiles, y por último a los fuertes.

Los resplandores de Guernica arrasada anunciaron al mundo que había comenzado la conquista del continente europeo por la violencia totalitaria; los escombros ensangrentados de Pearl Harbor han sido el anuncio de la conquista de otras partes del mundo. Por muchas millas que separen Guernica de Pearl Harbor, ambas tienen la misma significación histórica, ambas han sido víctimas de los mismos errores suicidas, y ambas marcan con sus cicatrices palpitantes el camino que ha de seguir la humanidad si no quiere verse abyectamente subyugada en una nueva esclavitud. Los hombres de hoy tienen que aprender a leer en ruinas y cadáveres si han de adquirir la ciencia que enseña que tardar es perecer, y más si a la tardanza van unidas las contemplaciones. Muy lejos estaban Guernica y Pearl Harbor, de América o de la India, pero la mística de la historia las ha llevado hasta la puerta misma de todos los hogares. Para la injusticia no hay fronteras ni distancias, y cuando ésta se produce, sea donde sea, es preciso ayudar a extirparla a los que la padecen, pues nadie sabe quién va a ser víctima de su próximo brote. Si quienes debían hubiesen madrugado para no permitir que se perpetrase la inmolación de Guernica, es muy probable que los Estados Unidos no hubiesen tenido que contar los cadáveres de sus hijos asesinados en Pearl Harbor.

Quienes amaban la libertad y la veían amenazada, pronto se dieron cuenta de lo que significaba la destrucción de Guernica. La humanidad empezaba a reaccionar ante aquel aldabonazo macabro que anunciaba al mundo una era de dolor y de lágrimas. Y contemplaba con horror aquel espectáculo de espanto, que al mostrarlo al pueblo americano había hecho decir al senador Borah: "Aquí el fascismo presenta al mundo su obra maestra. Ha colgado en las paredes de la civilización un cuadro, que jamás será descolgado ni se borrará de la memoria de los hombres".

Aquel clamor de indignación que se levantó por doquier, hizo meditar y preocuparse a quienes se habían confabulado para terminar con la libertad en el mundo. El ensayo para perpretar sucesivos asesinatos colectivos les había resultado excesivo. Además, no hay que olvidar que Franco era el paladín de una cruzada que pretendía monopolizar la defensa del orden y la civilización cristiana en oposición al comunismo.

Por eso se produjeron entonces algunos hechos que, a pesar de su importancia, no han sido tratados hasta ahora en ningún libro. Como solamente los conocemos las personas que intervinimos en ellos, voy a permitirme relatarlos sucintamente.

Los actores principales son personas tan venerables como el actual Papa pío XII, y otras dos que, aunque menos venerables, son bastante conocidas: Mussolini y el Conde Ciano. Toda la documentación referente a estos asuntos se halla en uno de los archivos de la Presidencia del Gobierno Vasco en un lugar de Europa que no conviene mencionar. Pero mi memoria es lo bastante fiel para que la confrontación que en su día se haga sea tan exacta como han sido siempre mis afrrmaciones.

Hacia mediados de mayo de 1937, dos semanas después del bombardeo de Guernica, llegó a Bilbao por los aires una personalidad vasca. Nosotros teníamos organizada una linea se servicio aéreo, de un solo avión, que nos unia con el mundo civilizado a los vascos que luchábamos cercados por todas partes. Dicha persona era de mi absoluta confianza y podía prestar oído al enemigo sin comprometer nada. En aquella ocasión traía un encargo delicado y espinoso.

Un diplomático italiano, el Conde Cavaletti de Sabina, había llegado al sur de Francia, tal vez con el pretexto de descansar en alguno de aquellos deleitosos parajes tan codiciados por los italianos, pero en realidad con un encargo del Conde Ciano para mí como Presidente del Gobierno Vasco. Se trataba de una proposición que nacía del propio Mussolini y venía expresada en una nota verbal y en unas ampliaciones que serian ratificadas asimismo de palabra.

La nota verbal expresaba en primer término el deseo del Duce de llegar a una paz separada con los vascos, mediante la entrega -reza textualmente- de Bilbao, a sus tropas, verificada la cual, Italia garantizaba el cumplimiento de unas cláusulas muy humanas para tranquilidad del País Vasco, y de garantía para los miembros de nuestro Gobierno, jefes políticos y militares vascos. Terminaba la nota señalando el procedimiento a seguir para iniciar las negociaciones; yo, como Presidente Vasco, dirigiría a Mussolini un telegrama pidiéndole su intervención, basándome para ello en motivos puramente humanitarios. Se me ofrecia la clave oficial secreta italiana, que podria utilizar libremente.

-¿Qué sucede en Roma? -me pregunte extrañado; mi perplejidad hubiese aumentado de haberme enterado entonces, que al mismo tiempo que del Quirinal se me enviaba aquella proposición, salía telegráficamente del Vaticano un ofrecimiento de paz también dirigido a mi, por el Cardenal-Secretario de Estado monseñor Paccelli, en la actualidad Su Santidad Pío XII. De ello hablaré más adelante.

El amigo vasco me dijo:

-El Conde pide una respuesta lo más rápida posible.

A mí me extrañó que un diplomático interesase la urgencia en asunto tan trascendental, pero a pesar de ello di la respuesta a mi amigo inmediatamente:

-Conteste usted a ese señor -le dije- que los vascos no admitirnos ninguna proposición donde se mencione la palabra rendición.

Y mi amigo se marchó en el avión a Francia, y por el mismo conducto volvió a los pocos días. Vino a verme a la Presidencia.

-El Conde Cavaletti me ha pedido ser recibido por usted aquí -me dijo.

-¿En Bilbao? -le interrogué asombrado.

-Vendría en un avión italiano -continuó-, pero sin colores ni señales de ninguna clase.

-No, por favor -le interrumpí-, ya tenemos bastante con los aparatos italianos que nos bombardean todos los días. Si ese señor lo cree necesario, que venga, pero con usted, y en nuestro avión. Yo garantizo que no le pasará nada.

Tal vez extrañe a alguien esta complacencia mía con el enviado de un Jefe de Estado que nos atacaba sin que nosotros le hubiésemos hecho nada. Pero siempre ha sido norma mia no rechazar una plática, cuando en ella puedo oír algo interesante. Siendo el tema de importancia, acepto parlamento con personas de la más diversa condición. Como yo creo fIrmemente en lo que creo, no tengo miedo a las opiniones ajenas, y en más de una ocasión me han proporcionado útiles enseñanzas. Además, siempre suele quedar algo en el ánimo del contrincante con quien se conversa.

-La proposición italiana -me dijo mi compatriota- es más importante de lo que la nota refleja.

 -¿Más inportante que un ofrecimiento de paz separada? -le argüí.

-Sí -añadió el emisario-, el mismo conde me ha manifestado que, una vez enviado por usted el telegrama al Duce, podrán comenzar las conversaciones en las que se estudiará incluso la posibilidad de un protectorado italiano sobre Euzkadi.

-¡Pero si eso no lo consiguió ni la Roma de Augusto! -le dije sonriendo.

-Pues el Duce pretende intentarlo -continuó el amigo-, y el ensayo vasco le servirá para llegar a idénticas conclusiones con los catalanes, y luego a la paz con la República.

Soy hombre poco inclinado a expansiones de indignación, y como tampoco estaban las cosas para soltar carcajadas, opté por responderle lo más serenamente posible:

-Dígale al conde de mi parte, que mi respuesta anterior queda en pie, y que, en caso de que persista en su idea de venir a Bilbao, que mantengo con la misma firmeza las garantías para su seguridad personal.

Pero todo quedó en nada. Cavaletti de Sabina afirmó al intermediario vasco que le había impresionado la sinceridad de nuestra garantía, aunque él -le dijo- "no hubiera podido garantizarnos lo mismo". Y yo me quedé con las ganas de escuchar de labios del discípulo de Maquiavelo -supongo que lo sería-la explicación de la pintoresca tesis de un protectorado italiano sobre los vascos.

La destrucción de Guernica y la execrable matanza de vascos que había sido perpetrada, tuvo derivaciones de una mayor trascendencia. Se trataba de un pueblo cristiano, de un pueblo ordenado y laborioso poseedor de una vigorosa constitución social, y de un tesoro de tradición democrática y de auténtica libertad. El mito de la Cruzada se venía abajo, amenazando dejar al descubierto a los muchos diablos que se escondían detrás de la Cruz. Había que evitar a todo trance tamaño desastre, que de ocurrir hubiese sumido en desprestigio, más que a los falsos cruzados, a quienes, por ayudarlos, resultaban cómplices de los crímenes de aquéllos. Y para ello, no había otra solución que hacer desaparecer la causa que podía originar el descalabro, lo que podía realizarse de dos maneras: exterminando al pueblo vasco, o apartándolo de la lucha.

El Vaticano, en un noble afán de pacificación, intentó la segunda solución. El Cardenal-Secretario de Estado redactó un mensaje telegráfico que iba dirigido a mí como Presidente Vasco, a juzgar por el tratamiento. Y esto no era de extrañar, por ser yo católico de profundas convicciones que a Dios agradezco.

Invocaba el documento la conveniencia de poner fin a la contienda en beneficio de los altos intereses espirituales comprometidos. La proposición de paz que se me hacia -a la cual calificaba el documento de generosa o humanitaria-, contaba con la aquiescencia de los generales Franco y Mola, según se hacía constar explícitamente en el preámbulo. Se exigia de nosotros la rendición y entrega de Bilbao y del resto del territorio vasco, tal como se hallaba, sin ser destruido. A cambio se nos prometía el respeto de vidas y haciendas para todos los vascos, y la salida al extranjero de los dirigentes políticos y jefes militares. "Las provincias vascas -decia el documento-, disfrutarán del régimen administrativo que tenga la provincia de España más privilegiada" (sic). Terminaba con unas reflexiones redactadas, como todo el documento, en términos pacificadores.

Para un jefe católico, de un país en su casi totalidad católico, la prueba hubiera sido dura, aun cuando la justicia de nuestra causa y nuestra firmeza y lealtad eran suficiente satisfacción para nosotros. Y digo "hubiera", porque yo no me enteré de la existencia de dicho documento telegráfico hasta mucho tiempo más tarde -nada menos que tres años más tarde-, cuando me hallaba en París en el exilio. Un violento artículo -falso desde el principio hasta el fin contra los vascos y concretamente contra mí, debido a la pluma del Padre jesuita J. de Bivort de la Saudee, aparecido en la "Revue de Deux Mondes", del 10 de febrero de 1940, nos descubrió su existencia, así como la de unos hechos absolutamente desconocidos para nosotros.

Lo relatado en el artículo era lo siguiente: Monseñor Valerio Valeri, Nuncio Apostólico en París, fue encomendado por el Vaticano de una misión extremadamente delicada: la de "favorecer unas negociaciones de paz entre el General Franco y el Gobierno de Euzkadi, en vista de que yo no contestaba a un mensaje que se me había enviado desde el Vaticano". "El Quai d'Orsay, así como varios miembros del cuerpo diplomático y algunas personalidades residentes en París prestaron su benévolo concurso. Entre ellas un antiguo jefe de Estado -el ex Presidente de Méjico señor de la Barra-jugó un papel de primer plano." Fue a fines de febrero y en el curso del mes de marzo de 1937, tiempo en que el Cardenal Gomá actuaba oficiosamente de Nuncio cerca del General Franco. Algunas semanas más tarde (por aquellos días Guernica fue arrasada) el Primado de España hizo cuanto estuvo de su parte para que el Generalísimo de los Ejércitos Españoles propusiera al Gobierno Vasco unas condiciones de paz aceptables, y elaboró con el General Mola un proyecto que fue sometido al General Franco.

Tres eran los puntos que se proponían al señor Aguirre para que la paz fuese aceptada: 1.º, se respetarían vidas y bienes a todos aquellos que depusieran sus armas; 2.°, se facilitaría la huida de los jefes; 3.º, serían sometidos a los Tribunales Militares Ordinarios únicamente los autores de crimenes de derecho común.

No solamente el General Franco dio su aquiescencia para que dichas proposiciones fuesen hechas al Gobierno Vasco, sino que en un gesto de magnanimidad añadió otras dos más: 1.º, las Provincias Vascas disfrutarían de los mismos privilegios económicos, políticos y jurídos que Navarra, la provincia más privilegiada de España; 2.º, las mejoras económicas y sociales de las Provincias Vascas serian respetadas y aplicadas siguiendo las directrices de la Encíclica Rerum Novarum, a medida que la situación financiera de España lo permitiese.

Si estas condíciones no eran aceptadas antes de la ruptura del cinturón de Bilbao, el ejército nacional entraría en esta villa en plan de conquista.

Este proyecto fue oficialmente comunicado al señor Aguirre. Una alta personalidad eclesiástica española partió inmediatamente para San Juan de Luz y Biarritz con intención de entrevistarse con el Canónigo Onaindia, cuya influencia sobre el Gobierno Vasco podía ser factor importante para la aceptación de las proposiciones. Después de quince días, éste (sic) pidió que dos cláusulas fuesen añadidas a las proposiciones del General Franco: 1.º, El Presidente del Gobierno de Euzkadi no sería considerado como un traidor, y 2.°, se guardaría un secreto diplomático sobre estas negociaciones y condiciones de rendición.

El General Franco respondió que él no trataba sino sobre condiciones generales de rendición y no de intereses particulares. Por otra parte, él había prometido actuar para favorecer la huida de los jefes. En respuesta a la segunda demanda se comprometía a guardar el secreto.

El señor Aguirre exigió todavía una condición más. Pretendía que todas las cláusulas fuesen garantizadas oficialmente por una potencia extranjera. Esta condición fue rechazada por los jefes nacionales como deshonrosa para ellos. Era ya el mes de mayo de 1937 ...

He aquí el relato que nos dejó petrificados. Estábamos ya en febrero de 1940, y yo, el principal personaje de todas estas supuestas negociaciones, nada sabía de todo ello. Llamé al Canónigo señor Onaindia. Tampoco él sabía nada. ¿Qué persona o grupo de personas habían cometido la incorrección de suplantar mi autoridad? ¿Quién les había autorizado a enviar unas contraproposiciones reñidas con mi dignidad y mi honor? O si no, ¿qué es lo que se tramaba en las sombras? ¿Quién había inventado toda esta burda historia?

Pero algo más importante había aún; era un telegrama que el Cardenal Paccelli me había enviado directamente a mí, en vista del fracaso de las mencionadas "negociaciones". Con el fín de aclarar la verdad, rogué al señor Onaindia visitara al Nuncio en mi nombre para pedirle una entrevista. Tenía verdadero empeño en desentrañar todo este misterio. El Nuncio contestó que "siendo yo para él una personalidad política oficiosamente reconocida en París", tendria que consultar al Vaticano antes de aceptar mi visita. Encargó también al señor Onaindia que me comunicara que creía en absoluto en mi ignorancia sobre el asunto en cuestión. Le mostró entonces el texto del telegrama dirigido a mí por el Cardenal Paccelli en los primeros días de mayo de 1937 del cual no quiso entregar una copia al señor Onaindia, quien lo retuvo en la memoria casi íntegro.

Hicimos toda suerte de averiguaciones para dar con el paradero del citado telegrama y al fin dimos con la explicación. Había sido enviado por el Vaticano a Barcelona vía Roma, en lugar de hacerlo, como supongo que sería su intención, por el cable submarino Londres-Bilbao, pues en Barcelona funcionaban los servicios telegráficos del Gobierno de la República Española. Además se trataba de un mensaje abierto, sin clave alguna, es decir, fácil de comprender por cualquiera que lo leyera. Cuando nos enteramos de ello -habían ya transcurrido tres años- no podíamos comprender que la diplomacia vaticana, siempre tan previsora y sutil, hubiese actuado tan ligeramente en un asunto de semejante transcendencia.

Es fácil comprender lo que había sucedido con el telegrama. Tan pronto como llegó a Barcelona, el telegrafista que lo recibió dio cuenta de su contenido al Gobierno de la República Española, que a la sazón se encontraba en Valencia. Hubo consultas y hasta secreto jurado entre los miembros del Gabinete que conocieron su texto. Se reunieron secretamente con excepción del ministro vasco señor Irujo, el catalán señor Ayguadé, el señor Prieto, según me lo aseguró él mismo, y quizá algún otro ministro, por no haber sido convocados. Acordaron silenciar el telegrama sin darme traslado del mismo, colocándome en situación de conciencia en que me habían dejado quienes se comportaban de manera tan poco digna. Entre la desvergüenza de quienes se atribuyeron mi autoridad para tratar de unas condiciones de paz que yo desconocía, y la deplorable conducta de los que interceptaban telegramas dirigidos a personas de responsabilidad, consiguieron que los vascos y más concretamente yo, apareciésemos ante el Vaticano como un pueblo incivil, que ni siquiera tenia la cortesía de contestar, aunque no fuera más que para agradecer la intervención y rechazar las ofertas.

El Nuncio, Monseñor Valerio Valeri, que anteriormente había demostrado su afecto hacia los vascos en ocasiones de tribulación para éstos, no solamente aceptó nuestras explicaciones y reconoció la veracidad de las pruebas que le sometimos, sino que admitió también que en la visita que el ex Presidente mejicano señor de la Barra había hecho al Delegado del Gobierno Vasco en París, aquél se limitó a una exploración diplomática tan vaga que ni siquiera nombró a la persona que le enviaba, ni mostró documento alguno. Hizo lo que otras muchas personas de buena intención, que con autoridad o sin ella se acercaban a nosotros en aquella época, para hacernos preguntas de este tenor: "¿Pero no creen ustedes que ya es hora de que termine esta terrible guerra?". "¿Cómo podría llegarse a encontrar una fórmula de paz?", etc.

Herido en mis más íntimos sentimientos, redacté entonces un largo escrito dirigido al Cardenal Maglione, Secretario de Estado del Vaticano, para que fuese entregado al Santo Padre. En él hacía una historia documental de los hechos acaecidos, poniendo en claro la conducta correcta de los vascos, al mismo tiempo que pedía con apremio se me diesen los nombres de aquellas personas que habían suplantado mi personalidad, manchando mi honor de hombre y de vasco. Este escrito fue entregado en la Nunciatura de París el 7 de mayo de 1940. No hubo posibilidad de una respuesta, porque la catástrofe de Francia se produjo pocos días después, y, con ella, mi desaparición aparente del mundo de los vivos.

He traído conjuntamente a colación estos dos episodios en que intervienen las dos Romas, la cristiana y la pagana, para mostrar cómo ambas en competencia quisieron llegar a una paz con los vascos. La causa que motivó ambos intentos de pacificación fue la misma: la enorme repercusión que tuvo en el mundo la destrucción de Guernica. Pero las razones psicológicas eran diferentes: por un lado, un Duce que hacía la merced de brindar la paz a un pueblo injustamente agredido por él, y por otro lado, un Papa que percibe claramente todo el significado de la lucha de un pueblo que defiende su libertad aun cuando haya sido atacado en nombre de la civilización cristiana, siendo ese pueblo un pedazo auténtico de dicha civilización.

Las claras mentes del anciano Papa y del Cardenal Pacelli comprendieron con certera visión de futuro el drama de nuestro pueblo, pero mal pudo tener eficacia su afán de pacificación que, como queda expuesto, ni llegó siquiera a conocimiento del Gobierno de Euzkadi.

Fue tal vez providencial, además de ser ejemplar y edificante, que un pueblo auténticamente religioso, como es el vasco, se mantuviese en la lucha al lado de la libertad y la democracia, demostrando así a los recelosos y a los equivocados que la libertad y la fe caben juntamente en el corazón de los hombres. Para que la humanidad no olvide esta verdad, han luchado y siguen luchando los vascos. Toda la sangre y lágrimas que vertieron, todos los dolores y amarguras que padecieron y padecen los darán por bien empleados, si con ello han contribuido a que la fe y la libertad puedan vivir hermanadas en el alma humana, evitando así la destructora labor de quienes se arrogan la representación de Dios, al mismo tiempo que niegan a Cristo.


José Antonio Agirre
De Guernica a Nueva York pasando por Berlín, 1942










1887. Armas de diferente procedencia y calidad

Combatientes vascos con las enseñas del Euzco Gudaroztea - Fotografía de Chim (David Saymour)


Había terminado el acto de mi jura, cuando llegaba apresuradamente del extranjero uno de los dos amigos que enviamos a comprar armas a Francia. El viaje de vuelta lo había realizado en una gasolinera, burlando la vigilancia de los barcos de guerra franquistas. Era Telesforo de Monzón, un joven de mi misma edad, a quien yo habia nombrado Ministro de la Gobernación del nuevo Gabinete Vasco, sin él saberlo. 

-Todo está arreglado -me dijo nerviosamente Monzón. 

-¿Arreglado qué? -le interrumpí. 

-Lo de la compra de armas -me contestó-. Dentro de pocos días llegarán de Hamburgo cinco mil fusiles y cinco millones y medio de cartuchos. 

-¿Pero qué estás hablando? -le repliqué asombrado-. ¿De Hamburgo ... ? 

-De Hamburgo, por mucho que te asombres -añadió Monzón-. Nos las han vendido los alemanes. 

Todo aquello era demasiado incomprensible para mí. No me cabía en la cabeza que los alemanes nos vendiesen armas para defendernos contra Franco, y en cierto modo contra ellos, que eran sus aliados. Decididamente empezábamos a vivir en un mundo sin lógica, que andando el tiempo iba a proporcionarnos los ejemplos más estupendos de contrasentido. 

-Así es, aun cuando te extrañe. En Francia no había nada que hacer. Nadie quería oírnos hablar de vender armas. A los ingleses hasta les escandalizó la idea. No hemos tenido más remedio que irnos a Hamburgo, donde unos agentes alemanes nos han vendido esas armas que vienen de Checoslovaquia. 

Y lo más extraordinario fue que llegasen a nuestras manos. En un puerto francés fueron transbordadas las armas del buque escandinavo que las condujo, al pesquero vasco que hubo de transformarse en barco fantasma para traerlas a Bilbao. Las maniobras del transbordo fueron por demás complicadas, pues hubimos de valernos de toda clase de estratagemas para que las autoridades francesas no se enterasen de que los pobres vascos habiamos adquirido armas para defender los principios democráticos que ellos sustentaban, pero a los que, al mismo tiempo, estaban traicionando inconscientemente. Parecía talmente que la Gestapo se había trasladado a Francia -luego resultó ser cierto-, y que las organizaciones de ayuda a la democracia se habían establecido en Hamburgo. 

Con aquellos fusiles y cartuchos nos creímos invencibles, aunque no fuese más que por comparación con aquellos primeros días de la sublevación militar, en los que nuestras gentes empuñaban cualquier herramienta con tal que disparase. y llenas de entusiasmo salían a enfrentarse con los moros y legionarios que Franco acaudillaba, aunque por su indumentaria y armamentos más parecían partidas de caza.

Con este material y con los cañones que la rendición del Cuartel de Loyola de San Sebastián nos proporcionó, preparamos los cuadros de un ejército de 35.000 hombres. Contábamos con trece oficiales de carrera, exiguo número que hubo de reducirse más aún por la deserción de algunos de ellos que abandonaron nuestras filas llevándose documentos de capital importancia. Gracias a una de estas traiciones, Franco se hizo con los planos del llamado cinturón de Bilbao, que era una cadena de fortificaciones que defendía dicha capital. Con trece oficiales solamente, y entre ellos el consabido judas, no nos quedó más remedio que improvisar los que nos faltaban. De ahí que se viese mandando batallones y más tarde hasta divisiones, a médicos, oficinistas, obreros, arquitectos, etc., y muchos de ellos con verdadero éxito. 

Un mes más tarde nos anunciaron la llegada del primero y único cargamento ruso de material bélico que recibimos los vascos. Nos lo enviaba el Gobierno de la República Española que lo había adquirido en Rusia. Consistía en quince aviones de caza, cinco cañones de mediano calibre (11,50) -nosotros los llamábamos la artillería pesada-, quince tanques, doscientas ametralladoras y quince mil fusiles con muy pocos cartuchos. Nuestra ilusión se multiplicó con su llegada; íbamos a poder formar seriamente un ejército. 

Pero con su llegada fueron nuestras ilusiones las que se marcharon. Los aviones eran buenos para entonces, cazas Curtiss fabricados en Rusia; los tanques eran viejos y achacosos, renqueando sobre ruedas de goma; los cañones eran aceptables aunque solamente servirían mientras durase la escasa munición que traían; muchas ametralladoras funcionaban mal y más de la mitad hubimos de desecharlas por inservibles; y los fusiles ... bueno, los fusiles eran los que sobraron de la guerra de Crimea, con cerca de un siglo de existencia, de un solo tiro, y con unas balas que hubiesen parecido anticuadas a nuestros abuelos. Meses más tarde, los guardias de orden público se paseaban con ellos, causando la admiración de los ignorantes que juzgaban por su tamaño sus cualidades mortíferas.

Recuerdo que el técnico artillero que los examinó, me dijo indignado, sintiendo su honor militar ofendido: 

-¡Pero esos rusos por quién nos han tomado!... 

-No se enfade, Comandante -le contesté yo-; es la ayuda de las dictaduras a la democracia, que comenzó en Hamburgo y continúa con espingardas de un solo tiro. Tal vez son un regalo para nuestro museo arqueológico, que nosotros hemos interpretado equivocadamente. 

Pero era una ayuda al fin y al cabo prestada a una causa justa que se defendía desesperadamente, y por lo tanto muy digna de agradecer. Los otros en cambio, los que tenían el deber de prestar su colaboración al pueblo vasco en su lucha de vida o muerte contra el totalitarismo internacional, no solamente no enviaron nada, sino que pusieron toda clase de obstáculos oficiales, y hasta impidieron el paso del material por su territorio. 

Además, es justo hacer constar que los quince aviadores que nos enviaron acompañando la expedición, eran de diferente calidad que los fusiles de Crimea. Permanecieron dos o tres meses entre nosotros y luego fueron retirados. A quienes más extrañeza causaron los jóvenes aviadores, fue a algunos elementos extremistas que creían que todo ser humano que llegase de Rusia, había de ser desgreñado, indisciplinado y revolucionario. La conducta de aquellos muchachos fue ejemplar, y no me refiero a su ejecutoria militar, ya que la superioridad numérica del adversario no les permitió combatir más que al principio. Lo que más me impresionó fue la disciplina de aquellos aviadores. Fueron un ejemplo de seriedad y corrección que denotaba a las claras que en su país existía en el orden militar algo más que lo que una propaganda desviada e inexacta hacia ver a las gentes. Venían mandados por el general Jansen, de origen Letón, con quien me unió una sincera amistad por su bondad y corrección. No era comunista, y comprendió bien todo el alcance de la tragedia del pueblo vasco. Un día fue llamado por sus superiores y se despidió de mí con las siguientes palabras: 

- Yo no sé hacer política. Es mejor que me retiren de aquí. 

Fueron muchos, muchísimos, los dolorosos desengaños que recibimos, pero nosotros seguimos trabajando sin desfallecer, porque la justicia de nuestra causa nos infundía una fe que no nos permitía dudar de nuestro triunfo. Y creamos el Ejército Vasco, transformando las milicias -que se componían de voluntarios de los diferentes partidos politicos- en una organización militar de más de cien mil hombres perfectamente disciplinada, quienes, a pesar de la deficiencia irritante del armamento, supieron contener al invasor durante muchos meses; construimos el llamado "Cinturón de Hierro" de Bilbao, que tuvo una extensión de unos doscientos kilómetros de perímetro; transformamos la industria civil en industria de guerra y organizamos todos los servicios; alimentamos una población civil de más de ochocientas mil almas, con más de ciento cincuenta mil refugiados, en un territorio de unos tres mil kilómetros cuadrados y sin más salida que un mar virtualmente bloqueado; mantuvimos el orden y establecimos la administración de justicia; defendimos la libertad de conciencia y el respeto al culto; protegimos la propiedad y velamos por las vidas de nuestros adversarios políticos. 

Pero no quiero hacer el elogio de nuestra obra y voy a dejar hablar a un testigo presencial de ella. Me refiero a G. L. Steer, corresponsal en el frente vasco de "The Times" de Londres y de Nueva York, el cual dice así en su libro The tree of Gernika: "Los vascos se consideran orgullosos del año en que se gobernaron a sí mismos, de cómo mantuvieron el orden y una verdadera paz religiosa. y dieron libertad a todas las conciencias, y alimentaron a los pobres, curaron los heridos y condujeron todos los servicios del Gobierno sin una sola disputa. Sólo ellos en toda España demostraron hallarse aptos para gobernar; mientras los otros asesinaban, aterrorizaban a la clase trabajadora y vendían su patria a los extranjeros, ellos unieron su pequeña nación con fuertes lazos de humana solidaridad... Podrían esperar, como lo hago yo, que en lo sucesivo su obra sea coronada por un mayor éxito. pero difícilmente que su conducta sea más digna y honorable." 

Algún día, cuando se disipe la bruma ideológica que ha dejado en el mundo aquella guerra civil de trascendencia universal, la humanidad hará plena justicia a los vascos, y se verá que entonces, como siempre, no hicimos más que continuar la tradición de nuestros mayores, simbolizada en el Arbol de Guernica. 


José Antonio Agirre
De Guernica a Nueva York pasando por Berlín, 1942









1767. Respuesta obligada: carta abierta del Cardenal Gomá al Sr. D. José Antonio Agirre

En la iglesia de las Salesas Reales, Francisco Franco, ofrenda, ante el cardenal primado Isidro Gomá, su espada, regalo de los
legionarios cuando ascendió a general. Madrid, mayo 1939


Una mano amiga interesadísima, como de buen cristiano y patriota, en que termine la cruentísima lucha en que se consume España, hace llegar a las mías un ejemplar del periódico “Euzkadi”, de Bilbao, número 7.485, en que se inserta el discurso pronunciado por V. el 22 de Diciembre último. Por las reiteradas alusiones que hace al silencio de la jerarquía sobre determinados puntos cuya gravedad no puede ocultarse en estos momentos, me creo en el deber de contestarle, como representante más alto que ha querido la Santa Sede fuese, en mi insignificancia personal, de la gloriosa jerarquía eclesiástica española.

No creo salirme de mis atribuciones de Prelado, ya porque estoy comprendido dentro de la apelación general que V. hace a la conciencia universal y a la jerarquía, ya porque tengo la seguridad de que interpretaré el sentir de su Prelado, el venerable y queridísimo Hermano de Vitoria, hoy ausente de la Diócesis. Ni quiero deje de tener este escrito el carácter de Instrucción Pastoral dirigida a mis diocesanos, por cuanto las cuestiones que en el discurso de V. se tratan y que son objeto de esta carta afectan a todos los españoles, que nunca como hoy necesitan luz que les oriente en las gravísimas cuestiones de orden político-religioso.

Un doble ruego me permito hacerle antes de entrar en materia. Esta carta no es polémica. Me sitúo en ella en el plano a que llama V. a la jerarquía, no para entablar un diálogo en que difícilmente llegaríamos a un pensamiento concorde, sino para contestar, con toda caridad, a sus requerimientos, con la fundada esperanza de que, por ley misma de caridad, que no busca el bien propio sino el de todos, llegaremos a la coincidencia de criterio, disipadas las dudas que encierran sus interrogantes dirigidos a la jerarquía. Por lo mismo, no se imponga V. por cortesía el deber de contestar mi pobre escrito, que yo no podría corresponderle.

Mi otro ruego es que V. que tiene ahí fáciles medios de propaganda, dé a estas cuartillas la máxima publicidad. Me tortura la idea, señor Aguirre, de que ese querido pueblo vasco no ha conocido toda la verdad en los problemas de doctrina y de hecho que ahí se han agitado estos últimos tiempos; y que cuando la verdad, por el magisterio categórico de los Pastores de la Iglesia, ha querido abrirse paso e iluminar las inteligencias, ha quedado entre veladuras por la interposición de humanas conveniencias, más atentas a las conquistas de orden político que a los altísimos intereses de orden sobrenatural, que deben tener siempre la primacia en todo.

Hechas estas indicaciones, he de decirle, señor Aguirre, que leí su discurso de un tirón. Ha dejado en mi alma la impresión de haber oído la voz de un católico convencido que ama su tierra con el amor que sigue al de Dios y que se ha empeñado nobilísimamente en labrar la felicidad de su pueblo. Si el orador es el Vir bonnus dicendi peritus, V., señor Aguirre, es un buen orador. Dios le ha dado un alma buena, y V., por su parte, la ha puesto, con toda su fuerza, al servicio de lo que juzga una buena causa, que defiende bravamente con todos los recursos de su inteligencia, de su corazón y de su palabra.

Algunos reparos al discurso

Este es usted. Del fondo de su discurso, aun reconociendo las muchas verdades que contiene, tal vez no podría decir igual. Tendría que oponerle serios reparos. Pero no es mi objeto hacer del mismo un análisis, ni una censura de los puntos de discrepancia con mi criterio, y si sólo buscar coincidencias en el fondo claro y tranquilo del pensamiento cristiano que nos informa, a usted y a mí, para derivar de ello consecuencias que podrían ser provechosísimas para todos en estos graves momentos.

Dejo la parte de su discurso en que expone realidades logradas y delinea proyectos para el engrandecimiento del pueblo vasco. Todos anhelamos el bien máximo para todas las regiones españolas, del que derivaría el bien máximo para la gran patria. España, multiplicación, más que suma, del bien parcial de cada país. Es lamentable equivocación hija del amor, que ciega cuando se desvía, creer que un enjambre de pequeñas repúblicas pudiesen labrar para todos los españoles un bien mayor que el que podría venirnos de un gran Estado bien regido, en que se tuviera cuenta de los relieve espirituales e históricos de cada región. Reconcentrarse en los pequeños egoísmos comarcales es reducir el volumen y el tono de la vida, del Estado y de la región. Un gran diamante que se quiebra en varios pierde automáticamente la mayor parte de su estima.

Pero esto es cosa de derecho político, que no es de este sitio. Siguen a ello dos afirmaciones, rotundas, que usted intenta probar sin conseguirlo, y que encierran una flagrante contradicción con los hechos y con la conciencia de gran parte de la nación. “La lucha se ha planteado –dice usted- entre el capitalismo abusivo y egoísta y un hondo sentido de justicia social.-La guerra que se desenvuelve en la República española, sépalo el mundo entero, no es una guerra religiosa, como ha querido hacerse ver. Permítame una sencilla glosa a las dos afirmaciones.

Cuanto a la primera, no creo que haya una docena de hombres que hayan tomado las armas para defender sus haciendas. Ni para defenderse de los vejámenes de los que las tienen y administran. Admitimos un fondo de injusticia social como una de las causas remotas del desastre; pero negamos en redondo que esta sea una guerra de clases. Un pretexto no es una razón; y las reinvindicaciones obreras no han sido más que un pretexto de la guerra. Esta ha sido más cruel y más dura donde razón y pretexto eran menores, en Asturias, en Vizcaya, en Cataluña, donde el obrero está económicamente al nivel, o sobre, de los más retribuídos de Europa.

Más; una razón no se impone por la suprema de las razones, que es la guerra, sino cuando han fallado todos los recursos de orden legal y moral para dirimir las querellas sociales de clase; y la guerra estalló cuando una tupida red de leyes protegía al obrero y facilitaba su acceso a la propiedad y a la participación en los negocios. Ni ha cesado la guerra, antes se ha convertido en querella intestina entre los obreros, en las regiones que paulatinamente se sovietizan. Como procedimiento, la guerra ha sido un gran expolio de ricos y pobres, no en bien de la comunidad, sino en provecho de los vivos, de los audaces, de los fuertes. Quien lleva la guerra, Franco, no ha hecho las partes de los ricos, sino que predica en todos los tonos la necesidad de una mayor justicia social. Se cuentan, por fin, por docenas de millares los que se han alistado en la guerra sin más haber que el fusil que se ha puesto en sus manos, ni más ideal que su Dios y su patria.

La afirmación segunda, que pudiese contener una alusión a mi folleto “EL CASO DE ESPAÑA”, y que es una apelación al mundo entero, no concuerda con la realidad. Es en el fondo, guerra de amor y de odio por la religión. El amor al Dios de nuestros padres ha puesto las armas en mano de la mitad de España aún admitiendo motivos menos espirituales en la guerra; el odio ha manejado contra Dios las de la otra mitad. Ahí están los campamentos convertidos en templos, el fervor religioso, el sentido providencialista, de una parte; de otra, millares de sacerdotes asesinados y de templos destruidos, el furor satánico, el ensañamiento contra todo signo de religión. Ahora vienen de Rusia ciento dos ateos para dar la forma doctrinal a esta gran ruina religioso-social.

La misma Euzkadi no podría justificar el consorcio de católicos y comunista sin el factor religioso. ¿No se ha afirmado que este contubernio era la única manera de salvar la religión en Vizcaya y Guipúzcoa, cuando las hordas rojas la hubiesen eliminado de España? De hecho no hay acto ninguno religioso de orden social en las regiones ocupadas por los rojos; en las tuteladas por el ejército nacional la vida religiosa ha cobrado nuevo vigor. Un pacto político y miliar, frágil como las promesas en labios informales, conserva en Vizcaya sacerdotes, templos y culto. ¿Qué ocurrirá cuando venga la conveniencia de romper los pactos, o el desorden de una derrota, o la hegemonía de una victoria comunista? Leemos que han ardido ya algunos templos en Vizcaya. A última hora anuncia la radio el asesinato de sacerdotes por los comunistas...

Sacerdotes asesinados y desterrados

Y vamos a lo más grave de su discurso, señor Aguirre, a la angustiosa invocación que hace usted a la conciencia universal.

Afirma usted que los sublevados han asesinado a numerosos sacerdotes y religiosos beneméritos por el mero hecho de ser amantes de su pueblo vasco.

No discuto sobre adjetivos; sólo hago una reflexión sobre el hecho de la muerte violenta de unos sacerdotes vascos. Más que nadie hemos lamentado el hecho. El fusilamiento de un sacerdote es algo horrendo, porque lo es de un ungido de Dios, situado por este hecho en un plano sobrehumano, adonde no debiesen llegar ni el crimen, cuando lo hay, ni las sanciones de la justicia humana que suponen el crimen. Pero también lamentamos, profundamente, la aberración que llevara a unos sacerdotes ante el pelotón que debiese fusilarlos; porque el sacerdote no debe apearse de aquel plano de santidad, ontológica y moral, en que le situó su consagración para altísimos ministerios. Es decir, que si hubo injusticia, por la parte que fuese, la deploramos y la reprobamos, con la máxima energía. No creemos que la haya en amar bien al propio pueblo: por esto nos resistimos a creer que algunos sacerdotes hayan sido fusilados por el mero hecho de ser amantes de su pueblo vasco.

Y aquí el Presidente del Gobierno de Euzkadi –sigue el discurso- católico, pregunta con el corazón dolido: ¿Por qué el silencio de la jerarquía?

Yo le aseguro, señor Aguirre, con la mano puesta sobre mi pecho de sacerdote, que la jerarquía no calló en este caso, aunque no se oyera su voz en la tribuna clamorosa de la prensa o de la arenga política. Hubiese sido menos eficaz. Pero yo puedo señalarle el día y el momento en que se truncó bruscamente el fusilamiento de sacerdotes, que no fueron tantos como se deja entender en su discurso. Y como el lamentable hecho se ha explotado en grave daño de España –nos consta- y conviene, en estos gravísimos momentos, que se pongan las cosas en su punto, yo le aseguro, señor Aguirre, que aquellos sacerdotes sucumbieron por algo que no cabe consignar en este escrito, y que el hecho no es imputable ni a un movimiento que tiene por principal resorte la fe cristiana de la que el sacerdote es representante y maestro, ni a sus dirigentes, que fueron los primeros sorprendidos al conocer la desgracia. Deje a la jerarquía, señor Aguirre, para la cual el sacerdote es la niña de sus ojos y la prolongación de su propio ser oficial y público.

En cambio, deje que le pregunte a mi vez, señor Aguirre: ¿Por qué su silencio, el de usted y el de sus adictos, ante esta verdadera hecatombe de sacerdotes y religiosos, flor de intelectualidad y santidad de nuestra clerecía, que en la España roja han sido fusilados, horriblemente maltratados, por muchos miles, sin proceso, por el único delito de ser personas consagradas a Dios? ¡Sólo en los seis arciprestazgos reconquistados de Toledo, señor Aguirre, de los dieciséis que tiene mi Diócesis, han sucumbido doscientos y un sacerdotes, de los quinientos y pico que ejercían santamente su ministerio! Cuente los miles que han sido villanamente asesinados en las tierras todavía dominadas por los rojos.

Es endeble su catolicismo en este punto, señor Aguirre, que no se rebela ante esta montaña de cuerpos exánimes, santificados por la unción sacerdotal y que han sido profanados por el instinto infrahumano de los aliados de usted; que no le deja ver más que una docena larga, catorce, según lista oficial –menos del dos por mil- que han sucumbido víctimas de posibles extravíos políticos, aun concediendo que hubiese habido extravío en la forma de juzgarlos.

¿Por qué el silencio de la jerarquía, -sigue preguntando usted-, cuando es notorio y de público conocimiento que son desterrados violentamente sacerdotes vascos, llevándolos a tierras alejadas de la suya natal?

¿Quién los ha desterrado?, pregunto yo. La mayor parte ellos mismos, prudentemente y según costumbre universal en momentos de conmoción política popular. A veces los superiores religiosos legítimos, es decir, la jerarquía, que nada tiene que hablar, porque no tiene que razonar en público sus decisiones: son contadísimos casos. Tal vez, lo ignoramos, ambas jerarquías de acuerdo, la eclesiástica y la civil, para evitar mayores males; y en este caso no es ante el presidente del Gobierno de Euzkadi donde deban justificarse. Quizás la autoridad militar o la civil, con el derecho –salvando la forma debida en un Estado católico- con que se aparta de la república un ciudadano nocivo –es simple hipótesis-; porque una autoridad española no tiene el deber de agradar ni de requerir el consentimiento del presidente de un Gobierno políticamente heterodoxo, y sabe por otra parte que ninguna jerarquía, que no es más que la forma organizada de la autoridad social, puede ignorar que el más grave peligro de una sociedad es el ciudadano que trabaja en desorganizarla.

La jerarquía y la defensa del régimen

Y cuando numerosos católicos de la república española han preguntado si está obligado el católico a defender el régimen legalmente constituído, ¿por qué silencia la respuesta la jerarquía?

Señor Aguirre: si se refiere usted a la jerarquía eclesiástica –creemos que sí- la pregunta, a más de supérflua, encierra una imputación tácita, que un católico no debe lanzar contra los representantes del magisterio de la Iglesia. Sobra, ante todo, la pregunta; porque, usted, católico, abogado, dipuado y amigo de sacerdotes, sabe que es doctrina tan vieja como el cristianismo que el católico viene obligado a defender el régimen legalmente constituído. Usted sabe que cuando España se dio su régimen actual la Iglesia oficialmente lo reconoció, y se prodigó la literatura pastoral del acatamiento al régimen, aun doliendo a muchos el tener que sacrificar de momento principios políticos que se consideraban más en consonancia con la vida y la historia de nuestro pueblo. Usted sabe que la jerarquía, aun a trueque de desagradar a impacientes y ultrancistas, sostuvo el principio intangible del respeto al régimen, por más que ella, la jearquía, fué la primera víctima de las intemperancias doctrinales y de los excesos legales de los hombres que lo representaban. Es esta una gloria de la jerarquía, sin que le sean imputables los yerros de unos hombres que no supieron llevar con honor ni con justicia la representación que el pueblo les había confiado.

¿A qué viene, señor Aguirre, su impertinente pregunta, sino a confundir nociones, enredar hechos e infundir recelos contra los jerarcas a quienes parece tener usted en tanta estima? Confunde nociones, porque aún no ha aparecido nadie que se haya alzado contra el régimen, que sigue siendo en sustancia el que el pueblo se dio: y adopto esta fórmula, tan democrática como falaz, porque ya la historia ha fallado sobre un momento de alucinación de nuestra vida política que ha llevado a España al borde del abismo. Enreda hechos, porque promiscua usted lastimosamente el gesto viril de un gran pueblo que quiere salvarse con la travesura política que trata de erigir en cantón independiente a la antes españolísima Vizcaya. E infunde recelos contra la jerarquía, que se ha mantenido en las alturas de la verdad y de la caridad y que usted quisiera ver enzarzada, a lo menos en el concepto de ese cristianísimo pueblo, en una querella que forzosamente le llevará a la ruina, de la paz idílica en que vivió durante siglos y del bienestar que se había conquistado con el esfuerzo de su inteligencia y de sus brazos.

La defensa contra la agresión injusta

Increpa usted, por fin, a la jerarquía por su silencio ante el gesto de la juventud vasca que, siendo en gran parte cristiana, e interpretando rectamente la doctrina cristiana del derecho de defensa e incluso con las armas en la mano contra la agresión injusta, hubiese querido encontrar allá donde la justicia tiene su asiento –es decir, en la jerarquía- una voz que apruebe una conducta ajustada al derecho.

Este lenguaje, doblemente injusto, porque prescinde de un hecho ruidoso como lo fué la intervención de la jerarquía en el movimiento vasco hace cinco meses, y porque quisiera coaccionarla, arrastrándola a la consagración pública de un disparate y de una injusticia, no es digno de un hombre que se dice a sí mismo presidente de un Gobierno.

Señor Aguirre: hay situaciones de orden social que reclaman la circunspección máxima en el hablar. Usted es rector de un pueblo; a lo menos se arroga usted ese nombre y oficio. Por lo mismo, es su ordenador y legislador, su mentor y su padre, que tales oficios ha asignado siempre la doctrina cristiana a un presidente político de un pueblo. Y estos oficios son incompatibles con el disimulo y la astucia.

Lo que ocurre, señor Aguirre, es que no hay peor sordo que el que no quiere oír. Más: tratándose de un católico, no hay peor situación espiritual que la que crea la conveniencia de cerrar los oídos a la verdad. Porque esta conducta ajustada a derecho de las juventudes vascas, la jerarquía la condenó, al cuajar el contubernio vasco-comunista, con todos los pronuncionamientos desfavorables. Oiga usted otra vez la misma voz de la jerarquía, contenida en el Documento pastoral que tenemos a la vista, publicado en Agosto último.

“No es lícito –decían en el mismo los Excmos. Srs. Obispos de Vitoria y de Pamplona-, en ninguna forma, en ningún terreno, y menos en la forma cruentísima de la guerra, última razón que tienen los pueblos para imponer su razón, fraccionar las fuerzas católicas ante el común enemigo...

“Menos lícito, mejor, absolutamente ilícito es, después de dividir, sumarse al enemigo para combatir al hermano, promiscuando el ideal de Cristo con el de Belial, entre los que no hay compostura posible...”

“Llega la ilicitud a la monstruosidad cuando el enemigo es este monstruo moderno, el marxismo o comunismo, hidra de siete cabezas, síntesis de toda herejía, opuesto diametralmente al cristianismo en su doctrina religiosa, política, social y económica...”

¡Doctrina cristiana clásica del derecho de defensa! No entramos en la cuestión política que insinúa en su última pregunta sobre la agresión injusta, de la que deriva la otra cuestión moral del derecho de defensa contra el injusto agresor. También la jerarquía, por la pluma de un sabio y venerable Prelado, ha hablado sobre este punto, dando luminoso criterio y segurísimas normas; y no hace todavía un mes que en la Universidad Gregoriana de Roma, -el gran centro de estudios eclesiásticos del mundo-, se aplicaba la lección moral al caso de España por un sabio profesor español de esta asignatura. Concretando la censura a la coalición vasco-comunista, pactada, seguramente, para el ejercicio del derecho de defensa contra la agresión injusta, un conspicuo nacionalista, tan buen vasco como ferviente católico, cara a la muerte ocho días después de estallar el movimiento militar, la calificaba de heterodoxa, indiscreta e insincera. Es voto de calidad emitido en hora solemne de la vida.

¡Una voz que apruebe una conducta ajustada a derecho! Nada más ajustado a derecho que decir la verdad, señor Aguirre; y cuando la verdad se ha pronunciado desde el sitial sagrado donde –según expresión de usted- la justicia tiene su asiento, es un deber de todos difundirla a los cuatro vientos, más por quienes son rectores de los pueblos, no ocultarla entre sofismas e insinuaciones tendenciosas.

No, señor Aguirre; no se trata de una cuestión de derecho ni de moral. O mejor, se trata de la moralidad de un procedimiento para el logro de reivindicaciones políticas que constituyen un anhelo popular. Comprendemos el ansia de un pueblo, maduro y fuerte, y hasta, dentro de nuestro concepto político personal del Estado español, la aplaudimos y quisiéramos verla cristalizada en una fórmula que lo fuera a la vez de unión irrompible con la gran patria y de reconocimiento público de las virtudes y de la historia del pueblo vasco. Hace pocas semanas concretábamos nuestro pensamiento en un pobre escrito en que decíamos: “El verdadero CASO DE ESPAÑA sería este: Que dentro de la unidad intangible y recia, de la gran Patria, se pudieran conservar las características regionales, no para acentuar hechos diferenciales, siempre muy relativos ante la sustantividad del hecho secular que nos plasmó en la unidad política e histórica de España, sino para estrechar, con la aportación del esfuerzo de todos, unos vínculos que nacen de las profundidades del alma de los pueblos íberos y que nos impone el contorno de nuestra tierra y el suave cobijo de nuestro cielo incomparable. Así los rasgos físicos y psicológicos distintivos de los hijos traducen mejor la unidad fecunda de los padres”.

Pero se ha tomado el mal camino, señor Aguirre; para la defensa de la tradición y de la patria se ha pactado una alianza con gente sin tradición y sin patria, o que laboran contra ambas por un postulado de su doctrina política; y en el ansia de conservar en el fondo del pueblo vasco las puras esencias de nuestra religión santísima, sentida y practicada en Vizcaya tal vez más que en región alguna del mundo, se ha cometido la locura de andar del brazo, ambos armados, de quienes tiene como punto primero de su programa –acaban de decirlo los Obispos alemanes- la extirpación del nombre de Dios de la vida pública y del fondo de las conciencias. Antes que lo hubiese dicho el episcopado alemán, los aliados de usted lo habían hecho, en forma horrenda, en el suelo sagrado de la España sometida al cetro de hierro de los comunistas. Ahí están Cataluña y Valencia, Murcia, Castilla la Nueva y gran parte de Andalucía: sin templos, sin sacerdotes, sin culto, sin Cristo, sin Dios.

Invitación a la reflexión serena: Conclusión

Yo le invito a la reflexión serna, señor Aguirre, y toda vez que es usted católico ferviente, este pobre Prelado de la Iglesia española, que siente como nadie el desgarro profundo que una equivocación política ha producido entre los hijos de nuestras Madres, la Iglesia y España, le invita a una meditación ascética en la que, puestos el pensamiento y la conciencia ante Dios, ante sus justos juicios, ante el momento supremo en que quisiéramos haberlo hecho todo bien, resuelva lo que juzgue mejor para el bien espiritual y material de su pueblo.

No tema rectificar el camino andado, señor Aguirre. Queda todavía mucho por salvar en esa bella y rica Vizcaya. Quedan sus hermosas ciudades, sus industrias florecientes, millares de vidas que deberán sucumbir en una lucha fratricida o víctimas de la miseria y del desamparo. Queda el honor, que nunca es más limpio que cuando es hijo de una rectificación heroica. Queda la paz, hoy profundamente alterada por una guerra feroz y por los odios más feroces que de ella derivan, y que se hubiese abrazado ya con la justicia, hace semanas, si en los montes de Guipúzcoa se hubiesen dado la mano los hermanos de esta bella tierra para la fácil conquista de las costas del Cantábrico, desde Irún la desgraciada a Oviedo la mártir.

Y queda Dios y tantas cosas como tiene Dios en esa bendita tierra de Vizcaya. Ayude a su pueblo, señor Aguirre, a conservar a Dios que peligra en él. Es forma humana de hablar, porque Dios ha querido someterse, sin pérdida de su tremendo dominio, a la voluble libertad del hombre. Sus aliados no le ayudarán a salvar a Dios, porque Vizcaya no será una excepción en el mundo comunista. Y yo tiemblo por Dios en Vizcaya –como temblaría por una España sin Dios, que tal fuera una España comunista-, el día en que unos barcos rusos depositaran en las calas rocosas del Cantábrico unos millares de esos hombres rubios sin Dios que alteraran el equilibrio en que se mantienen hoy las fuerzas aliadas. Porque, señor Aguirre, -acaba de decirlo en una pastoral el Episcopado alemán- “entre el comunismo y nuestro catolicismo –que es el de Vizcaya- hay la misma separación que entre el día y la noche, el fuego y el agua: y si los comunistas llevan la bandera roja a través de la Europa central y occidental, no quedará más que un campo de escombros, y la Iglesia católica se hundirá en el caos y en la desolación”.

Termino esta larga carta, señor Aguirre, y con ella las molestias que le ocasiono. Ofrézcalas a Dios en caridad. Me dicen que estos días se nota en toda Vizcaya una intensificación de la vida religiosa. Nunca se piensa más en Dios que cuando se palpa la impotencia del hombre en estos terribles azotes generales que la humanidad no ha podido barrer de su historia: el hambre, la peste, la guerra, que suelen andar juntos... Señor Aguirre; he predicado en los templos de Bilbao; me he postrado muchas veces ante la bendita Virgen de Begoña; he admirado la fe religiosa y las virtudes cristianas de ese pueblo, siento veneración y amor para esa clerecía de Vizcaya, de espíritu tan sacerdotal, inteligente y celosa, tan íntimamente compenetrada con el pueblo, al que puede decir lo del Apóstol: “Yo te engendré para Jesucristo”. Y me escalofría el pensamiento de que un día, quizás no lejano, pudiese apearse de los altares la Cruz bendita de Cristo, y ser convertidos los templos en almacenes y cuarteles, y callar el sacrificio y la oración pública, y ser asesinados los sacerdotes o buscar un refugio en esos montes y extinguirse esa sonrisa de la Madre de Begoña que es el encanto de la gran ciudad. No es una pesadilla inverosímil, porque es un hecho en gran parte de España.

Señor Aguirre: yo le invito en el nombre de todos estos amores, que usted tiene, como buen vasco, arraigados en su corazón; por la caridad de Dios, que quiere que todos seamos una cosa con El, a que, como padre y rector de ese pueblo, busque coincidencias y excogite medios y halle una fórmula eficaz y suave de devolver a su pueblo la paz perdida. Cuando no se lograra más, se tendría el mayor bien que pueden apetecer los pueblos, porque es el fundamento y corona de todo bien. ¿Quién sabe si con la paz, y a más de ella, se podrían lograr anhelos legítimos de ese noble pueblo!

Píénselo, señor Aguirre, mientras quedo de usted affmo. Amigo y siervo en Cristo, que le bendice a usted y a ese querido pueblo.


Isidro Gomá y Tomás,
Cardenal Arzobispo de Toledo
Pamplona 10 de Enero de 1937
Gráficas Bescansa, Pamplona. 1937