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1864. Vitoria, 3 de marzo de 1976



El 3 de marzo de 1976 cinco trabajadores fueron asesinados y más de cien resultaron heridos a manos de la policía. Pedro María Martínez Ocio, trabajador de Forjas Alavesas, de 27 años, Francisco Aznar Clemente, operario de panaderías y estudiante, de 17 años, Romualdo Barroso Chaparro, de Agrator, de 19 años, José Castillo, de Basa, una sociedad del Grupo Arregui, de 32 años. Dos meses después moriría Bienvenido Pereda, trabajador de Grupos Diferenciales, con 30 años.

La brutalidad de este acto quedó sin castigo. 

Transcripción de parte de las conversaciones entre las patrullas responsables de la carga en la iglesia, según las grabaciones existentes de la Banda de Radio de la Policía:

«V-1 a Charlie. Cerca de la iglesia de San Francisco es donde más grupos se ven. ­Bien, enterados».

«Charlie a J-1. Al parecer en la iglesia de San Francisco es donde más gente hay. ¿Qué hacemos? ­Si hay gente ¡a por ellos! ­¡Vamos a por ellos!»

«­J-1 a Charlie. Charlie, a ver si necesitas ahí a J-2. ­Envíalo para aquí para que cubra la espalda de la iglesia.»

«­J-3 a J-1 Estamos en la iglesia. ¿Entramos o qué hacemos? Cambio».

«...­Entonces lo que te interesa es que los cojan por detrás. Exacto».

«­J-1 a J-2 Haga lo que le había dicho (acudir en ayuda de Charlie a Zaramaga). ­Si me marcho de aquí, se me van a escapar de la iglesia. ­Charlie a J-1. Oye, no interesa que se vayan de ahí, porque se nos escapan de la iglesia. ...Mándennos refuerzos, si no, no hacemos nada; si no, nos marchamos de aquí; si no, vamos a tener que emplear las armas de fuego. ­Vamos a ver, ya envío para allí un Charlie. Entonces el Charlie que está, J-2 y J-3, desalojen la iglesia como sea. Cambio. ­No podemos desalojar, porque entonces, entonces ¡Está repleta de tíos! Repleta de tíos. Entonces por las afueras tenemos Rodeados de personal ¡Vamos a tener que emplear las armas! Cambio. ­Gasead la iglesia. Cambio. ­Interesa que vengan los Charlies, porque estamos rodeados de gente y al salir de la iglesia aquí va a ser un pataleo. Vamos a utilizar las armas seguro, además ¿eh? ­Charlie a J-1. ¿Ha llegado ya la orden de desalojo a la iglesia? ­Sí, sí la tiene J-3 y ya han procedido a desalojar porque tú no estabas allí. ­Muy bien, enterado. Y lástima que no estaba yo allí».

«Intento comunicar, pero nadie contesta. Deben estar en la iglesia peleándose como leones. ­¡J-3 para J-1! ¡J-3 para J-1! Manden fuerza para aquí. Ya hemos disparado más de dos mil tiros. ­¿Cómo está por ahí el asunto? ­Te puedes figurar, después de tirar más de mil tiros y romper la iglesia de San Francisco. Te puedes imaginar cómo está la calle y cómo está todo. ­¡Muchas gracias, eh! ¡Buen servicio! ­Dile a Salinas, que hemos contribuido a la paliza más grande de la historia. ­Aquí ha habido una masacre. Cambio. ­De acuerdo, de acuerdo. ­Pero de verdad una masacre».








927. Olvido y silencio de Julián Grimau

Gregorio Morán / La Vanguardia / 27 abril 2013

Hay un poema impresionante de César Vallejo, como todos los suyos, que se refiere a un cadáver, el del desconocido miliciano Pedro Rojas, que estaba “lleno de mundo”. A Julián Grimau le ocurrió exactamente lo contrario. Decía, digo, que César Vallejo, el Inmenso, tiene un poema en el que se refiere a un cadáver lleno de vida, que es lo mismo que estar pletórico de mundo. Pues bien, yo voy a escribir sobre un cadáver lleno de muerte, porque todo lo que rodeó los últimos meses de su vida no fue más que un cruel descenso hacia al cadalso.

Resulta difícil imaginarse a esas asociaciones dedicadas a la celebración de la memoria histórica, a los grandes acontecimientos que conforman nuestro presente y que son analizados y evaluados como si se tratara de diamantes en el mercado de Amsterdam. Ese muerto ¿es nuestro o del enemigo? ¿Nos ayuda o nos perjudica? ¿Es bajo en calorías políticas o puede provocar reacciones airadas? Los muertos más útiles en el terreno de la cultura son aquellos que produjeron mucha obra, fallecieron pobres y dejaron viudas. En el caso de los militantes asesinados, ocurre lo contrario. Las viudas sobran porque siempre tienen la tentación de levantar la alfombra y las alfombras están para que se las pise. Evite usted levantar las esquinas.

¿Quién se acuerda ya de aquel policía republicano que fusilaron una madrugada del día 20 de abril de 1963 en los descampados del cuartel de Wad Ras, nombre exótico que designa la paramera que rodea Madrid, hacia el barrio de Campamento? Se llamaba Julián Grimau y era un tipo común, sabía leer de corrido, incluso tenía una cultura, su padre ya había sido madero de oficina y él había entrado en el Cuerpo y se había hecho policía. Estábamos en plena II República. Estalló la guerra y él, que procedía de clase media, votante republicano, entre Casares Quiroga (conocía bien Galicia) y Manuel Azaña, se afilió al Partido Comunista. Entre aquella patulea de conversos radicales dispuestos a poner en la cuneta a todos los enemigos de clase, empezando por la portera, Julián Grimau era un profesional del Cuerpo de Policía republicano. Ascendió como la espuma. En Barcelona se ocupó de la Quinta Columna. No olvidemos que el gran Cambó estaba dando apoyo al enemigo y los demás habían huido, si habían tenido suerte, a San Sebastián o a Burgos. Se mató mucho.

Lo que viene luego es muy sencillo. El exilio, México, Cuba y la larga espera a que el Partido Comunista se acordase de él cuando le necesitara. Como se iban achicando los espacios de la militancia, ya no quedaba gente que enviar al interior; muerte segura o cárcel de por vida. El ínclito mitinero del exilio, felizmente olvidado, González Jerez, tenía un acento caribeño y un rostro de cemento armado, pero cuando le dijeron que fuera a España para cubrir las bajas de la represión (un trabajo para suicidas sin pretensiones), dijo que no. Julián Grimau aceptó. Era un militante. Llegó a España en 1957, en los prolegómenos del gran levantamiento contra la dictadura, la huelga general política que pronosticaban Carrillo y Claudín.

Habría que reconstruir los años de Julián Grimau en España, desde 1957, que llega a Barcelona, y luego en Madrid, a donde le ordenan que se desplace en 1959, hasta su detención el 7 de noviembre de 1962. Recuerdo perfectamente el sitio porque me lo repetía un viejo militante cada vez que pasábamos por allí. La plaza Manuel Becerra, al lado de un parque coqueto y amable que nos servía para charlas, sin llamar la atención. Grimau tenía que hacer de todo, no es como en las novelas: transcribía mensajes, los leía tras pasarlos por la plancha, iba al libro convenido de claves, se arriesgaba por las mañanas en las fábricas de Méndez Álvaro para entregar los paquetes de panfletos, y se recogía por las tardes, algunas reuniones, y como todo clandestino que se precie se metía después de comer en un cine de barrio para ver las sesiones dobles, mientras amagaba una siesta. Vida clandestina, topos urbanos.

Pero aquel día en la plaza Manuel Becerra tenía el contacto con Lara, un currante. Un veterano, nada de un confidente. Siete años de cárcel tenía en su haber. Había soportado las torturas de la época, las de verdad, nada de película, y de su boca no había salido nada. Francisco Lara, un militante de honor hasta ese día cuando le pillaron tirando panfletos y le achucharon. Una sórdida historia más común de lo que la gente estaba dispuesta a creer. ¡Se casaba su hija! Cómo no iba a estar él en la boda de su hija. Esa vergonzosa debilidad que nos concede la vida y nos la arruina. “Si me dejan asistir a la boda de mi hija, les puedo decir algo”. Me avergüenza hasta contarlo. Unos sicarios policiales dispuestos a matar a su madre, si es que sabían quién era, ante un guindo que les promete una entrega si le dejan asistir a la boda de su hija. Es obvio añadirlo, no asistió a la boda de su hija, pero un tipo delgado, de aspecto anodino, fue detenido apenas subió en la parada de Manuel Becerra, junto al jardín coqueto y con el fondo del coso de las Ventas. “Soy del Partido Comunista, soy del Partido Comunista”, gritó cuando se dio cuenta de que le habían pillado. No evitó que le forraran en el mismo autobús. Era el 7 de noviembre de 1962.

Pero lo más curioso es que la policía no tenía ni puta idea de a quién acababa de detener. Cuando lo dijo en la dirección general de Seguridad, Puerta del Sol, hoy museo, tampoco avanzaron mucho, pero cuando echaron mano de los dossiers descubrieron que se trataba de un madero, un madero del enemigo, un descubridor de quintacolumnistas en Madrid y Barcelona. Le dieron tantas hostias, le infligieron tantas humillaciones, que al final lo tiraron por una ventana a ver si se moría y se quitaban al muerto de encima. Pero resistió y se convirtió en una de las leyendas más importantes de la historia del antifranquismo. El comunista Julián Grimau se hizo como un verso de Vallejo: Un cadáver lleno de vida.

Para Santiago Carrillo y la dirección del PCE en París, fue la ocasión para ocupar el espacio que les habían retirado las demás fuerzas de oposición, dispuestas a todo tras el llamado Contubernio de Munich. Demostraba la presencia valiente hasta la temeridad del PCE, que en las huelgas mineras asturianas del 62 había estado ausente –su dirección había caído unos meses antes–. Y sobre todo consagraba que el enemigo que batir por parte del franquismo era el comunismo, que le servía de tapadera y de acicate. La de Julián Grimau fue la campaña internacional más importante de la historia del antifranquismo.

El consejo de guerra. Una parodia que alcanzó la mascarada. El juez togado, entre aquellos pistoleros uniformados desde la guerra, era un falsario. Se llamaba Manuel Fernández Martín y había hecho un par de cursos de Derecho en Sevilla y ganado la guerra; un estafador que había encontrado su oportunidad para rehabilitarse ante aquellos caballeros. Se lo cobró, vaya si se lo cobró.

Se hizo legendaria la protesta de Manolo Sacristán ante la fuente de Canaletas y el chaqué de don Ramón Menéndez Pidal para visitar al Caudillo y pedirle clemencia. Se lo tuvo que quitar cuando se enteró de que ya no valía la pena, y que a las cinco y media de la madrugada un pelotón de soldados, en las afueras de Madrid, le habían dejado como un colador. Hay quien aseguró que fueron necesarios tres tiros de gracia; sospecho que por inexperiencia.

El ministro Fraga Iribarne, que denominaba al muerto “ese caballerete”, ayudado por su cuñado, Robles Piquer, y por el tándem cerebral de Jiménez Quílez y Martín Gamero (futuro ministro), editó un libro anónimo, sin pie de imprenta, pero del que se publicaron miles de ejemplares, titulado Grimau, crimen y castigo. Sin todo esto es imposible acercarse a la mitología de la transición democrática. Medio siglo después resulta imprescindible explicar por qué Julián Grimau fue un cadáver lleno de vida. La guerra no había terminado.









887. Campanades a morts




María Torres / 3 marzo 2014

La tarde del 3 de marzo de 1976 es una fecha marcada con sangre en la historia de Vitoria-Gasteiz y en la de todo el pueblo español. Cinco trabajadores fueron asesinados y más de cien resultaron heridos. A las cinco de la tarde se celebraba una asamblea de trabajadores en huelga en la iglesia de San Francisco de Asís del barrio de Zaramaga. La policía dejó que se llenara la iglesia con cerca de cinco mil personas para luego ordenar el desalojo, asaltando la misma con gases lacrimógenos. Cuando los trabajadores, medio asfixiados intentaron salir, la policía armada les apaleó y disparó, felicitándose por haber disparado más de mil tiros y "haber contribuido a la mayor paliza de la historia."

Fallecieron Pedro María Martínez Ocio, trabajador de Forjas Alavesas, de 27 años, Francisco Aznar Clemente, operario de panaderías y estudiante, de 17 años, Romualdo Barroso Chaparro, de Agrator, de 19 años, José Castillo, de Basa, una sociedad del Grupo Arregui, de 32 años. Dos meses después moriría Bienvenido Pereda, trabajador de Grupos Diferenciales, con 30 años. 

Nos encontrábamos en la "modélica y pacífica transición". Franco había muerto unos meses antes y el ministro de la Gobernación era Manuel Fraga, quien estaba convencido que la calle era suya. La brutalidad de este acto quedó sin castigo. Los sumarios acabaron admitidos a trámite en la jurisdicción militar que reconoció que los hechos eran constitutivos de delito por homicidio, pero acabó dictando auto de sobreseimiento por falta de motivos para ejecutar la acusación.

La noche de la masacre Lluis Llach compuso la que sería una de las canciones más emblemáticas de la transición: Campanades a mortsTreinta años después, en el 2006, dió un concierto multitudinario en recuerdo a las víctimas del 3 de marzo en el Pabellón Fernando Buesa Arena de Vitoria acompañado por la Orquesta Sinfónica de Gasteiz y el Orfeón Donostiarra. La Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) presentó una querella contra los organizadores del acto por apología del terrorismo.

No olvidamos. No perdonamos.





Campanades a morts

I

Campanades a morts
fan un crit per la guerra
dels tres fills que han perdut
les tres campanes negres.

I el poble es recull
quan el lament s'acosta,
ja són tres penes més
que hem de dur a la memòria.

Campanades a morts
per les tres boques closes,
ai d'aquell trobador
que oblidés les tres notes!

Qui ha tallat tot l'alè
d'aquests cossos tan joves,
sense cap més tresor
que la raó dels que ploren?

Assassins de raons, de vides,
que mai no tingueu repòs en cap dels vostres dies
i que en la mort us persegueixin les nostres memòries.

Campanades a morts
fan un crit per la guerra
dels tres fills que han perdut
les tres campanes negres.

II

Obriu-me el ventre
pel seu repòs,
dels meus jardins
porteu les millors flors.

Per aquests homes
caveu-me fons,
i en el meu cos
hi graveu el seu nom.

Que cap oratge
desvetllí el son
d'aquells que han mort
sense tenir el cap cot.


III

Disset anys només
i tu tan vell;
gelós de la llum dels seus ulls,
has volgut tancar ses parpelles,
però no podràs, que tots guardem aquesta llum
i els nostres ulls seran llampecs per als teus vespres.

Disset anys només
i tu tan vell;
envejós de tan jove bellesa,
has volgut esquinçar els seus membres,
però no podràs, que del seu cos tenim record
i cada nit aprendrem a estimar-lo.

Disset anys només
i tu tan vell;
impotent per l'amor que ell tenia,
li has donat la mort per companya,
però no podràs, que per allò que ell va estimar,
el nostres cos sempre estarà en primavera.

Disset anys només
i tu tan vell;
envejós de tan jove bellesa,
has volgut esquinçar els seus membres,
però no podràs, que tots guardem aquesta llum
i els nostres ulls seran llampecs per als teus vespres.

IV

La misèria esdevingué poeta
i escrigué en els camps
en forma de trinxeres,
i els homes anaren cap a elles.
Cadascú fou un mot
del victoriós poema. 

































Campanadas a muertos
I

Campanadas a muerto
lanzan un grito para la guerra
de los tres hijos que han perdido
las tres campanas negras.

Y el pueblo se recoge
cuando se acerca el lamento;
son ya tres penas más
para nuestra memoria.

Campanadas a muerto
por las tres bocas cerradas;
¿ay de aquel trovador
que olvidara las tres notas!

¿Quién segó el aliento
de aquellos cuerpos tan jóvenes
sin otro tesoro
que la razón de los que lloran?

Asesinos de razones y de vidas,
que nunca tengáis reposo a lo largo de vuestros días
y que en la muerte os persigan nuestras memorias.

Campanadas a muerto
lanzan un grito para la guerra
de los tres hijos que han perdido
las tres campanas negras.

II

Abridme el vientre
para su reposo,
de mis jardines
traed las mejores flores.

Para estos hombres
cavadme hondo
y en mi cuerpo
grabad sus nombres.

Que ningún viento
perturbe el sueño
de quienes han muerto
sin humillar la cabeza.

III

Diecisiete años, solo,
y tú tan viejo;
celoso de la luz de sus ojos
has querido cerrar sus párpados
pero no podrás, porque todos guardamos esta luz
y nuestros ojos serán relámpagos para tus noches.

Diecisiete años, solo,
y tú tan viejo;
envidioso de una belleza tan joven
has querido desgarrar sus miembros
pero no podrás, porque recordamos su cuerpo
y cada noche aprenderemos a amarlo.

Diecisiete años, solo,
y tú tan viejo;
impotente para el amor que él tenía
le has dado la muerte por compañera
pero no podrás, porque por todo aquello que él amó
nuestro cuerpo estará siempre en primavera.

Diecisiete años, solo,
y tú tan viejo;
envidioso de una belleza tan joven
has querido desgarrar sus miembros
pero no podrás, porque todos guardamos esta luz
y nuestros ojos serán relámpagos para tus noches.

IV

La miseria se hizo poeta
y escribió en los campos
en  forma de trincheras
y los hombres marcharon hacia ellas.
Cada uno fue una palabra
del victorioso poema.










857. Obispos perplejos, el concilio curioso y Franco irritado

El Vaticano II puso en evidencia la estrecha relación de los prelados españoles con la dictadura, con gran desprestigió para los protagonistas.

Juan G. Bedoya - 20 OCT 2012 - El País.

“Cuando los obispos españoles intervenían en el aula conciliar, los padres conciliares aprovechaban para salir al baño”, escribió el dominico francés Yves Congar, uno de los grandes artífices intelectuales del Vaticano II por encargo del papa Juan XXIII. Creado cardenal a los 91 años (en 1994) por Juan Pablo II, podría pensarse que apreciación tan dura de Congar estuvo guiada por su proverbial dureza de trato, cargada de razones contra todo totalitarismo fascista por los cinco años que estuvo prisionero en un campo de concentración nazi. Que gran parte de los prelados españoles “vendiesen la figura de un dictador como el gran salvador del Cristianismo” (así escribió), le parecía execrable. Europa, librada sangrientamente de la infamia nazi-fascista y en plena guerra fría contra el totalitarismo comunista soviético, llevaba dos décadas en la dirección opuesta.

Los obispos españoles vivieron el Concilio Vaticano II ( 1962 a 1965) perplejos o avergonzados. Sin comprender gran parte de los documentos del concilio. Resistentes, la inmensa mayoría, a los cambios ordenados por el Vaticano. Preocupados por la reacción del jefe del Estado, el dictador Francisco Franco, al que debían, muchos de ellos, el rango episcopal. Comprometidos a cumplir lo mandado por el Papa, pero sin idea de cómo compaginarlo con el patriotismo católico (nacionalcatólico) surgido de un golpe de Estado criminal que seguían bendiciendo como una gloriosa cruzada cristiana.

Si la convocatoria del Vaticano II supuso una sorpresa para la mayoría de los 2.540 obispos de todo el mundo con derecho a ser padres conciliares (hoy son casi el doble), fue, en cambio, un mazazo para los jerarcas del catolicismo español. Su papel en Roma, entre 1962 y 1965, no iba ser muy brillante, sentados con mucha improvisación y mucha ignorancia teológica en los escaños del graderío central de la basílica de San Pedro. Ante los ojos del mundo, por primera vez mediante la televisión, allí oyeron hablar en positivo de libertad religiosa como uno de los derechos humanos, de tolerancia, de misericordia ante el error y de la iglesia del pueblo. Era justo lo contrario de lo que predicaban en sus diócesis, bien por convicción personal, bien forzados por el régimen militar que les había aupado y los trataba como a príncipes, colmándoles de privilegios a cambio de fidelidad. Salvo muy contadas excepciones, su papel en el Vaticano fue irrelevante, a veces incluso extravagante. Eran seis cardenales, un patriarca, 10 arzobispos y 69 obispos, muchos por encima de los 80 años de edad y con un gran complejo de inferioridad pese a llegar cargados de un mesianismo nacionalcatólico. Muchos creían tener una misión nacional, como sus antecesores en Trento, y estaban dispuestos a cumplirla sin contemplaciones. Pronto bebieron del cáliz de la amargura, cuando toparon con el desprecio de muchos de sus colegas o, como mucho, con la curiosidad infantil del resto, que creía que la España de Franco era como “la Rusia de Stalin pero con muchos curas”.

El famoso obispo de Chiapas, Samuel Ruiz, que llegó al concilio con apenas 35 años, contó cómo impresionó en el aula conciliar un documento sin firma en el que se denunciaba que en España había curas en las cárceles por hablar vasco y catalán, y torturas terribles, y persecuciones y fusilamientos por razones puramente políticas. “Pensamos que era una calumnia. Franco se nos presentaba como una especie de libertador ante el comunismo. Pero supimos que algunos obispos habían suspendido su estancia en Roma para volver a España, se dijo que para ver a Franco antes de actuar”.

Muchos vinieron a ver a Franco, efectivamente: los arzobispos Casimiro Morcillo (Madrid) o Pedro Cantero Cuadrado (Zaragoza), ex capellán de Caballería y procurador en Cortes por designación de Franco en el momento del concilio, entre los principales. El dictador les advirtió sobre las “calamidades” que ocasionaría a España la inminente proclamación conciliar de la dignidad humana y la libertad religiosa como derechos humanos irrenunciable. En la España nacionalcatólica se había fusilado a protestantes, judíos y masones, y muchas personas seguían encarceladas por sus creencias religiosas. Franco también les dijo que era inasumible la anunciada separación Estado-Iglesia.

Cuenta en sus memorias el fallecido arzobispo de Pamplona, José María Cirarda, que cuando los padres conciliares entraban en la basílica de San Pedro para votar la declaración Dignitatis Humanae se encontró al obispo de Canarias, Antonio Pildain y Zapiain. Estaba pálido. Rezaba "para que Dios intervenga para impedir la aprobación de dicha declaración". ¿Cómo podrá hacer Dios tal cosa? Pildain contestó a Cirarda: "Utinam ruat cuppula Santi Petri super nos", haciendo caer sobre los presentes la cúpula de San Pedro. Eran tiempos en los que los obispos sabían latín. Cirarda había sido antes obispo de Bilbao y Santander, y fue objeto del insólito y brutal anticlericalismo de derechas de la época. Fue también el prelado encargado por la Curia vaticana de comparecer ante la prensa en español para contar cómo iba el concilio.

Desprestigios o irrelevancias aparte, es un lugar común que el Vaticano II fue un amargo trago para buena parte del episcopado español. Esto escribió otro gran teólogo en aquel concilio, el jesuita alemán Karl Ranher: “La mayoría de los obispos españoles piensan que solo venimos a abolir el Vaticano I. Son una suerte de monofisitas papales que nos consideran a nosotros (los partidarios de una reforma) como nestorianos episcopalistas”.

También son críticos algunos protagonistas españoles. Esto dijo el cardenal Vicente Enrique y Tarancón, que tenía entonces 55 años y reconoció más tarde que en las dos primeras sesiones conciliares estuvo “un poco desconcertado”. “En el episcopado había un grupo que era claramente carca. Estaban en contra de todo lo que oliese a novedad. Creían que todo aquello desautorizaba al Estado español. Cuando en la primera sesión del concilio (1962), alguien, no se supo quién, distribuyó en el aula una especie de panfleto antifranquista, se molestaron mucho e incluso llegaron a preparar un documento de réplica en el que se defendía a Franco. No llegó a prosperar. Entonces era Fraga ministro de Información y esperaba aquel documento para difundirlo a todo tambor. Hubiera sido tremendo que la impresión de nuestro pueblo fuera la de que los obispos habíamos ido al concilio para defender a Franco”.

Tarancón remacha la idea incluyéndose a sí mismo. “La unidad católica era para nosotros como la base de la realidad de España. Era casi un dogma católico-patriótico. Confundíamos el régimen con España. Criticar a Franco era criticar a España”. Habían aprendido la consigna por boca del responsable de propaganda del régimen en aquel momento, Manuel Fraga Iribarne, que, para que lucieran como se merecía España en la Roma del concilio, les abrió a los obispos una lujosa oficina de dos pisos en la avenida Gregorio VII, a tiro piedra del Vaticano. Incluso les recomendó un director de oficina, el sacerdote Jesús Iribarren. Duró poco en el cardo.

Cuenta en sus memorias el arzobispo Cirarda: “Todo marchó bien el año 62, pero en la primavera del 63, don Jesús publicó en Ecclesia (la revista de los obispos) un artículo que molestó al ministro. Informaba sobre un congreso de periodistas católicos en Paría, en el que se denunció abiertamente la falta de libertad de la prensa en España”. Fraga se juró entonces que el tal Iribarren nunca llegaría a obispos. En realidad, el temperamental ministro de Información y Turismo de Franco se jactaba con frecuencia de dar o quitar él mismo tan preciado rango eclesiástico. Iribarren, por tanto, nunca fue obispo. Pero Fraga no pudo cortarle las alas. Al contrario, en 1968 fue elegido secretario general de la Unión Católica Internacional de la Prensa y vivió en París, sede del organismo, hasta que en 1972 los obispos lo eligieron secretario general de la Conferencia Episcopal Española, a instancias del cardenal Tarancón, su presidente. Ocupó ese cargo hasta 1982.

Quien peor lo pasó en Roma los tres años del Vaticano II fue el cardenal primado de Toledo, Enrique Pla i Deniel (Barcelona, 1876 - Toledo, 1968). Franquista empedernido, inmisericorde con los vencidos, fue el primero que bendijo el criminal golpe militar de 1936 como una cruzada de “los hijos de Dios contra la España de los sin Dios, de los hijos de Caín, contra la no España”. Lo hizo bien temprano, el 30 de septiembre de 1936, en Salamanca, de donde era obispo diocesano, con una pastoral de título agustiniano: ‘Las dos ciudades’. Fue en su palacio episcopal donde el golpista general Franco instaló el cuartel general en los primeros meses de la guerra, hasta su traslado a Burgos.

Pla i Deniel volvió a la carga con una interpretación teológica y moral del resultado de una guerra ganada por los suyos con la inestimable ayuda de la Alemania de Hitler (nazismo), la Italia de Mussolini (fascismo) y miles de soldados moro-musulmanes. ‘El triunfo de la ciudad de Dios y la resurrección de España”, tituló en 1939 la nueva pastoral. Aprovechaba sin pudor para pasar la cuenta al nuevo régimen, con exigencias nada baratas: sostenimiento del culto y el clero mediante el Presupuesto del Estado, la pronta recristianización de España y la inmediata restauración del fuero eclesiástico. No hizo un gesto de disgusto cuando Franco prohibió publicar en España la encíclica ‘Mit brennender Sorge’ (en alemán ‘Con ardiente inquietud’), de Pío XI contra el nazismo.

Solo incumplió la orden el obispo de Calahorra-Logroño, Fidel García, y lo pagaría bien caro. Fue uno de los pocos prelados españoles que lucieron en el concilio, al que llegó desde su retiro con los jesuitas en la Universidad de Deusto (Bilbao). Por enfrentarse a Franco, la policía secreta le montó un simulacro de pendencia, con un doble del prelado que, con sotana episcopal, recorría los prostíbulo de Barcelona e, incluso, los de París. Asqueado por la falta de apoyo de sus colegas (el arzobispo Modrego, de Barcelona, llegó a creer la patraña policial), abandonó su cargo y se recluyó en Deusto. La revancha la tomó en el concilio, donde brilló muy por encima de sus hermanos antiguos colegas, sobre todo en defensa de la libertad de conciencia y contra la persecución de las otras religiones.

Sobre los calvarios del obispo Fidel García con el régimen franquista hay ya varios libros, entre otros el escrito por un magistrado del Tribunal Superior de Madrid, Antonio Arizmendi, junto al historiador Patricio de Blas. Se titula Conspiración contra el obispo de Calahorra. Denuncia y crónica de una canallada (Editorial Edaf). Arizmendi es hijo del abogado de la diócesis de Calahorra cuando Fidel García decidió dimitir. Su queja principal es que los obispos actuales tampoco están interesados en la verdad ni en rehabilitar el buen nombre de su ilustre predecesor. Franco, remordido años después, ordenó a su ministro de Justicia que ofreciese una reparación moral al prelado. Pero las disculpas tenían que quedarse en privado. El obispo rechazó el insólito ofrecimiento, de nuevo asqueado. Quien peor se portó fue el cardenal Tarancón, “un amigo fiel de Franco”, según Arizmendi. En carta de 14 de febrero de 1982, el cardenal le dice a éste: “Monseñor Fidel García fue un gran obispo, pero la verdad es que no sé cómo se pueden encauzar las cosas para reivindicar su memoria”.

Tampoco se solidarizó Pla con el cardenal Isidro Gomá, primado de Toledo, censurado también por el dictador cuando, en un gesto de arrepentimiento, quiso publicar en enero de 1940 la pastoral ‘Lecciones de la guerra y deberes de la paz’. “La guerra civil ha sido un castigo; ahora es indispensable llegar a una reconciliación si queremos evitar los daños que el odio ha producido”, escribía Gomá. Murió meses después, completamente abatido, y Franco firmó su esquela a media página en el Boletín Oficial del Estado del 24 de agosto ordenando que se le tributasen “los honores fúnebres que las ordenanzas señalan para el Capital General que muere en plaza donde tiene mando en jefe”. Su sustituto en la primatura episcopal fue Pla i Deniel.

Se supone la cara de pasmo que debió poner Pla cuando en visita al Vaticano, siendo ya primado de Toledo y cardenal, el arzobispo Giovanni Battista Montini, la mano derecha de Pío XII en política exterior y futuro papa Pablo VI, le dijo que su petición de acabar en España “con los hijos de Caín” (según Pla, la otra España que partía en mitades), era “poco cristiana” y debía ser “rectificada de inmediato”. Pla se defendió. Según él, Franco salvó a la Iglesia; Franco paga la reconstrucción de templos y nos construye seminarios (5.106 millones en ese apartado, ofrece el dato); Franco paga salarios, Franco ha entregado a los obispos la enseñanza primaria y secundaria...

El futuro Papa corta: “Bien, entiendo. Pero la cizaña no puede extirparse. La cizaña ha de convivir con el trigo para que la bondad de este sobresalga”. El Vaticano aspiraba a la reconciliación de los españoles y está suficientemente demostrado que el objetivo del franquismo y de la jerarquía de la Iglesia católica del momento fue impedir esa reconciliación. Es a partir de esa visita de Pla al Vaticano, cree Tarancón, cuando Juan XXIII y su cardenal preferido, Montini, al que ya ve como su sucesor en la silla de Pedro, deciden que hay que preparar un golpe de mano en el episcopado español, poniendo al frente a personas que, poco a poco, vayan separando a la Iglesia católica de dictadura tan poco cristiana. El liderazgo lo asumirá Tarancón, que cumplirá en encargo con habilidad vaticana. “Franco no tiene futuro. La Iglesia española, si quiere sobrevivir a su régimen y a su muerte, deberá irse separando poco a poco, pero completamente”, le dice Montini, textualmente. Cuando el régimen franquista percibe la operación, hay un debate en presencia de Franco sobre cómo reaccionar. Franco se desespera por lo que escucha. Le dice más tarde a su ministro de información y propaganda, Manuel Fraga: “¿Cree que no me doy cuenta de lo que pasa? ¿Acaso cree que soy un payaso de circo?” Pronto el régimen abrirá una cárcel en Zamora solo para curas, condenados por predicar en euskera, catalán o gallego, por homilías contra la tortura, o por que exigir libertades para sus fieles.

Había otro factor que explica la proverbial incompetencia intelectual de buena parte del episcopado español. Es que no formaron equipo ni se prepararon para tan especial acontecimiento eclesial. Lo subraya Martín Descalzo. “Cada cual presenta el voto que Dios le inspira, sin tratarlo con nadie, mirando no sólo al bien de la Iglesia, sino también al efecto psicológico en la propia Diócesis. No tienen contacto. No planifican las tareas, ni hacen la distribución de temas”.

Era un episcopado sin cabeza. Escribe en sus Memorias uno de los obispos asistentes, Jacinto Argaya, prelado de Mondoñedo-Ferrol. “Hemos venido sin dirección, especialmente porque, siguiendo una costumbre jerárquica inveterada se suponía que el líder tenía que ser el obispo más anciano y, en este caso, su situación era casi senil”. Se refiere al cardenal Pla y Deniel, de 88 años.

Añade el obispo Argaya: “El Episcopado español, colectivamente, no se mueve ni se prepara. Falta dirección, está prácticamente acéfalo por la extrema ancianidad del Primado. Habremos de actuar en francotiradores. Pla está decrépito. Me ha dado pena ver que cargo de tanta responsabilidad esté en manos tan débiles y en tan envejecida cabeza. Realmente, entre cardenales de curia, arzobispos y obispos, con cargos de altísima responsabilidad, hay algunos decrépitos y casi acabados por los años -dignos por otra parte, de toda veneración- a quienes en el mundo civil, político o económico, no se les confiarían, ciertamente, cargos de dirección o de mando. Es evidente que hay que rejuvenecer y hacer más vigorosa la dirección de grandes diócesis y congregaciones romanas. No debe estar la Iglesia posconciliar regida por una gerontocracia”.

Antes de abrirse el concilio, el episcopado español ya había presentado sus credenciales de recelo al proyecto de aggiornamento’de Juan XXIII. El Vaticano, por orden del Papa, les había consultado (como a todos los obispos del mundo) sobre qué temas debería tratar el Concilio. Casi todos se limitaron a pedir la condena solemne del comunismo y la intensificación de la devoción a la Virgen.

Los obispos españoles llegaron también a Roma muy huérfanos de asesores y peritos en teología. Escribe Argaya: “Regreso del Vaticano con el eclesíologo padre Salaverri, S.J. Reunión vespertina de los obispos españoles, bajo la presidencia de los cardenales. No he observado en la deliberación ni criterio único ni peso en la dirección. Los consultores Jiménez Urresti y Peinador han leído dos estudios, contradictorios entre si. En general, hemos vivido físicamente aislados del Episcopado mundial. Este alejamiento ha sido debido a que, ordinariamente, no poseemos más idiomas fuera del patrio y del latín… Hay que atribuir este relativo aislamiento al complejo de inferioridad que los españoles, incluidos los obispos, llevamos en la masa de la sangre”.

Enfrente, se alzaban los episcopados de la Europa católica de los años 60, rodeados de teólogos de alto renombre: Rahner, Schilleebec, Von Baltasar, Yves Congar, De Lubac, Chenou, incluso los más jóvenes Hans Küng y Joseph Ratzinger, que llegaban juntos (jerarquía y pensadores) curtidos ya en palabras como renovación y aggiornamento, decididos a hacer la Reforma de la Contrarreforma.









124. Impune




«Es evidente que el glorioso alzamiento popular del 18 de julio de 1936 fue uno de los más simpáticos movimientos político-sociales de que el mundo tiene memoria. Los observadores imparciales y el historiador objetivo han de reconocer que la mayor y la mejor parte del país fue la que se alzó, el 18 de julio, contra un Gobierno ilegal y corrompido, que preparaba la más siniestra de las revoluciones rojas desde el poder»


Estas palabras fueron pronunciadas por Manuel Fraga Iribarne en 1949. Después de leerlas cuesta creer que se le siga calificando, aun después de muerto, de figura clave en la transición hacia la democracia en España.

Cómo alguien que comenzó su carrera política en los órganos directivos de instituciones franquistas, que fue Ministro del dictador y más tarde Embajador, puede ser una pieza clave en una transición democrática. A no ser que tal transición nunca haya existido.

Lo que lamento es que haya muerto en su casa, en su cama, con las manos manchadas de sangre y sin pagar por sus crímenes.

No puedo dejar de recordar a Julián Grimau, a Salvador Puig Antich, a Francisco Granado y Joaquín Delgado, a los cinco obreros de Vitoria (Pedro Martínez Ocio, Francisco Aznar Clemente, Romualdo Barroso Chaparro, Santiago José Castillo, Bienvenido Pereda). Y muchos más que fueron silenciados para siempre por esta figura clave de la transición democrática.

Ahora la calle es nuestra y sin duda hoy es un gran día para la "democracia".




115. Fraga, nos hemos quedado con tu cara




Carta de la CRMH da Coruña, a la jueza argentina Dña. María Servini, informando de los servicios al franquismo prestados por Manuel Fraga Iribarne como ministro.



(En gallego en el original) En la mañana de hoy cinco de enero de 2012, fué enviada la carta de la CRMH, en la que está una relación de las actividades represivas ocurridas durante el periodo en el que Manuel Fraga Iribarne fue ministro en distintos gobiernos franquistas, a la jueza argentina María Servini de Cubría, atendiendo a la peticiónj hecha por dicha jueza al Gobierno Español.

La CRMH de A Coruña, ejerciendo su derecho a la libre información, proporcionó los datos referentes a la actividad represiva de los gobiernos franquistas, cuando Manuel Fraga Iribarne formaba parte de ellos como ministro.

La carta enviada a la jueza federal argentina María Servini de Cubría decía lo siguiente:


Sra. Dña.María Servini de Cubría
Jueza Federal de Argentina


Estimada amiga:

En nombre de la Comisión por la Recuperación de la Memoria Histórica de A Coruña (CRMH) quiero agradecerle, en primer lugar, el trabajo que está desarrollando en la causa que investiga los crímenes del franquismo en España, iniciada a instancia de un grupo de familiares de víctimas, bajo el principio de justicia universal por el que se pueden investigar crímenes de lesa humanidad ocurridos en terceros países.

Usted debe saber que el Gobierno de España no está investigando esos crímenes contra la humanidad. La justicia argentina es la única esperanza que  nos queda para conocer la verdad y que se haga justicia. Como usted ya conoce, el juez de la Audiencia Nacional Española, Baltasar Garzón, fue apartado de sus funciones cuando pretendía investigar esos crímenes, a instancia de numerosas asociaciones de la memoria histórica. Además. Por si esto fuera poco, organizaciones relacionadas con el franquismo presentaron una denuncia contra el juez Garzón, que va a ser juzgado en los próximos días y tiene, entre otras, una acusación de prevaricación.

La llamada Transición -pasó de la dictadura a la democracia- que firmaron los principales partidos del Estado español, fue también un pacto de silencio que llevó al olvido a cientos de miles de víctimas del peor de los terrorismos, del terrorismo de Estado.

La Ley de Aminsitía, demandada por todas las fuerzas democráticas cuando acabamos con cuarenta años de dictadura, fue interpretada como una ley de punto final para no llevar ante los tribunales a los responsables de crímenes contra la humanidad, crímenes que no prescriben.

Queremos responder a su petición de envío de información sobre los ministros de la dictadura de Franco desde el 17 de julio de 1936 hasta el 15 de junio de 1977, que se celebran las primeras elecciones democráticas.

Adjuntamos información sobre el ministro Manuel Fraga Iribarne (tiene una residencia en la localidad de Perbes, del ayuntamiento de Miño, en la provincia de A Coruña) y las actividades que está desarrollando la CRMH para que se le retire la distinción honorífica de “Hijo Adoptivo” de A Coruña, entre ellas el manifiesto “Los tiempos son llegados”, que también adjuntamos, con los numerosos apoyos recibidos.

No se trata de juzgar ahora la trayectoria personal de algunos de estos ministros desde la conquista de la democracia hasta hoy; estamos analizando su papel como miembros activos del régimen de Franco y participantes en un órgano colegiado, como el Consejo de Ministros de la Dictadura, que aplicaba una política de “graves violaciones de los derechos humanos”, como señala la Ley de la Memoria Histórica, aprobada en España el 28 de octubre de 2007.


Algunos datos biográficos del “Camarada Fraga”:

Esto decía el Decreto 154/1961, de 2 de febrero: “A propuesta del Ministro Secretario General del Movimiento, cesa el camarada Manuel Fraga Iribarne en el cargo de Delegado Nacional de Asociaciones de Falange Española Tradicionalista y de las JONS, agradeciéndole los servicios prestados” (Firmado por Francisco Franco y publicado en el BOE de 9 de febrero de 1961). Este cargo no figura en su biografía oficial.

Manuel Fraga Iribarne recibe en 1968 el título honorífico de “Hijo Adoptivo” de A Coruña cuando la represión era brutal, ya que un mes después el Consejo de Ministros declaraba el Estado de Excepción.

Se afilió muy joven a la Falange, iniciando una carrera política que lo llevaría en 1951 al cargo de secretario general del Instituto de Cultura Hispánica (1951); secretario general del Consejo Nacional de Educación (1953); secretario general técnico del Ministerio de Educación (1955-1958); secretario de la Comisión de Asuntos Exteriores de la Cortes (1958-1962); director del Instituto de Estudios Políticos (1961). Fue consejero nacional del Movimiento (el partido único), procurador de las Cortes franquistas y miembro del Consejo  de Estado.

Fraga estaba en el Consejo de Ministros, participando en la represión.

-10-7-1962. Manuel Fraga entra en el Gobierno de la Dictadura, un mes después de la reunión en Munich de 118 delegados, de todas las tendencias políticas opositoras al franquismo, convocados por el IV Congreso del Movimiento Europeo. Este congreso solicitaba a la Comunidad Económica Europea (CEE) que exigiera democracia en España antes del ingreso en el organismo europeo. Los asistentes a esta reunión -calificada por la propaganda oficial cómo “Contubernio de Munich”- sufren la represión. Fraga, ya como ministro, apoyaba las medidas represivas y presumía ante la prensa de que con el exilio y confinamiento en diferentes islas de Canarias, los participantes en este congreso “se podrán librar de las justas iras del pueblo español”

-1-4-1963. Creación del Tribunal de Orden Público (TOP), herramienta para la represión de los demócratas y privación de las libertades, que hace las  funciones del Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo. 

-20-4-1963. Es fusilado el dirigente comunista Julián Grimau.

-17-8-1963. Ejecutados a garrote vil los anarquistas Francisco Granado y Joaquín Delgado.

-Octubre-1963. Enfrentamiento entre Fraga y 103 intelectuales, encabezados por José Bergamín, que firmaban un escrito denunciando las torturas y abusos cometidos por las fuerzas represivas contra las huelgas de la minería asturiana. En carta abierta (la de los intelectuales no fue publicada), Fraga justifica la represión y el corte de pelo al rape de mujeres, y contestaba así a Bergamín: “Parece por otra parte posible que se cometiese la arbitrariedad de cortar el pelo a Constantina Pérez y Anita Blaña, aunque las sistemáticas provocaciones de estas damas a la fuerza pública la hacían más que explicable”.

-1964. Fraga, como ministro de propaganda, dirige la campaña “25 años de paz”.

-Agosto-1965. Son separados de sus cátedras Enrique Tierno Galván, Luis López Aranguren y Agustín García Calvo. Asambleas y manifestaciones de estudiantes en apoyo de los profesores represaliados.

-Marzo 1965. El abad de Montserrat, Aureli Maria Escarré es obligado a exiliarse por la presión del Gobierno. Había criticado duramente el régimen franquista en Le Monde.

-18-3-1966. Se promulga la nueva Ley de Prensa e Información. Continuarían los expedientes, sanciones a periodistas y cierres de medios de comunicación.

-9-3-1966. La policía asalta el convento de los Capuchinos de Sarriana (Barcelona), cuando se celebraba una asamblea del Sindicato Democrático Universitario.

-30-4-1966. El Gobierno cierra la Universidad de Barcelona.

-28-6-1966. Detención en Madrid de Marcelino Camacho, dirigente de CC.OO.

-22-7-1966. Secuestro del periódico ABC por un artículo de Luis María Ansón, titulado “La monarquía de todos”.

-22-11-1966 . Franco presenta en las Cortes el Proyecto de Ley Orgánica del Estado.

-14-12-1966. Se celebra el referéndum para aprobar la citada ley. Fraga consigue el imposible: en muchos colegios electorales los votos del SÍ superan el censo electoral.

-14-3-1967. El Tribunal Supremo declara ilegal a CCOO.

-21-4-1967. El Gobierno declara el Estado de Excepción en Vizcaya.

-1-5-1967. Numerosas detenciones en las manifestaciones del Primero de Mayo.

-19-8-1967. Detención de 20 sacerdotes vascos.

-7-9-1967. El Tribunal de Orden Pública (TOP) condena a Alfonso Carlos Comí por un “delito de opinión”.

-28-3-1968. El Gobierno cierra por tiempo indefinido la Universidad de Madrid.

-31-5-1968. Secuestro del diario Madrid.

-3-8-1968. El Gobierno declara el Estado de Excepción en Guipúzcoa.

-Noviembre-1968. Sesenta sacerdotes vascos ocupan el seminario de Derio en defensa de las libertades.

-17-1-1969. Es detenido en Madrid el estudiante Enrique Ruano Casanova, que muere cuatro días después en dependencias policiales.

-25-1-1969. El Gobierno declara el Estado de Excepción en toda España, que dura hasta el 25 de marzo. Hay detenciones masivas y muchos intelectuales son confinados.

-22-7-1969. Las Cortes franquistas designan al príncipe Juan Carlos como sucesor de Franco en la jefatura del Estado.

-30-10-1969. Fraga sale del Gobierno, después de una remodelación provocada por el caso Matesa.

Manuel Fraga regresa al Consejo de Ministros con el último Gobierno de Carlos Arias Navarro, siendo vicepresidente para Asuntos de Interior y ministro de la Gobernación. Durante su mandato en ese ministerio, de diciembre de 1975 a julio de 1976, la policía asesinaba la cinco trabajadores en Vitoria con motivo de una huelga laboral; en el tradicional Vía Crucis que organizaban los Carlistas en Montejurra (Navarra), un grupo de fascistas, dirigidos por un comandante del ejército, asesinaba la dos personas.

Fraga, con 35 años de servicios a la Dictadura franquista, no pasaba por allí, sino que estaba sentado en la mesa de un Consejo de Ministros y era partícipe y cómplice de toda la política represiva que allí aprobaban: fusilamientos, cárceles, campos de concentración, despidos, exilio, Tribunal de  Orden Público (TOP), graves violaciones de los derechos humanos, expedientes a periodistas, cierre de medios de comunicación, asesinatos de trabajadores como en Ferrol en 1972 o en Vitoria en 1976, siendo Fraga ministro de la Gobernación.

Consideramos que con estos antecedentes Manuel Fraga Iribarne debería formar parte de la causa que usted sigue por los crímenes del franquismo.

Debe saber que apoyamos el exhorto que envió al Gobierno español, para que informe si se está investigando en España la existencia “de un plan sistemático, generalizado, deliberado y planificado para aterrorizar españoles partidarios de la forma representativa de gobierno a través de su eliminación física y de la desaparición legalizada de menores de edad con pérdida de su identidad”. Como contribución a esa investigación, en el próximo mes recibirá usted un libro, que va a editar la CRMH, con una reseña biográfica de las 600 personas de diez ayuntamientos de la comarca de A Coruña que fueron asesinadas por el franquismo.


A Coruña, 5 de enero de 2012

Fdo. Fernando Souto Suárez
Presidente de la Comisión por la Recuperación de la Memoria Histórica de A Coruña.