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2952. Las ideas ortográficas de Juan Ramón Jiménez




Se me pide que escriba algo en “Universidad” sobre mis ideas ortográficas; o mejor dicho, se me pide que esplique por qué escribo yo con jota las palabras en ge, gi; por qué suprimo las b, las p, etc., en palabras como oscuro, setiembre, etc., por qué uso s en vez de x en palabras como escelentísimo, etc.

Primero, por amor a la sencillez, a la simplificación en este caso, por odio a lo inútil. Luego, porque creo que se debe escribir como se habla, en ningún caso como se escribe. Después, por antipatía a lo pedante. ¿Qué necesidad hay de poner una diéresis en la u para escribir vergüenza? Nadie dice excelentísimo, ni séptima, ni transatlántico, ni obstáculo, etc. Antiguamente la esclamación “Oh” se escribía sin “h”, como la escribo hoy, y “hombre” también. ¿Ya para qué necesita hombre una ”; ni otra hembra? ¿Le añade algo esa h a la mujer o al hombre? Además, en Andalucía la jota se refuerza mucho y yo soy andaluz .

Pero aparte de estas sensateces, cuando yo era niño, en los fines del siglo XIX, un grupo de escritores distinguidos promovieron esta costumbre de simplificación ortográfica. El diccionario que yo usé siempre y sigo usando es el Diccionario enciclopédico de la lengua española, con todas las voces, frases, refranes y locuciones usadas en España y las Américas españolas, en el lenguaje común antiguo y moderno; las de ciencias, artes y oficios; las notables de historia, biografía y todas las particulares de las provincias españolas y americanas, por una sociedad de personas especiales en las letras, las ciencias y las artes, los señores don Augusto Ulloa, Félix Guerrero Vidal, Fernando Fragoso, Francisco Medinabeitia, Isidoro Fernández Monje, José Plácido Sansón, José Torres Mena, Juan Creus, Juan Diego Pérez, Luis de Arévalo, Ventura Ruiz-Aguilera, y revisado por don Domingo Fontán, ex-director del Observatorio Astronónico de Madrid, catedrático de matemáticas sublimes y autor de la carta de Galicia; don Facundo Goñi, catedrático de Filosofía y Derecho Internacional del Ateneo científico y literario de Madrid; don Joaquín Avendaño, inspector jeneral de las Escuelas del Reino; don José Amador de los Ríos, individuo de la Academia de la Historia y catedrático de Literatura de la Universidad de Madrid, don Juan Bautista Alonso, antiguo abogado del colejio de Madrid; don Patricio Filgueira, injeniero de minas; don Pedro Mata, catedrático de la Facultad de Medicina de Madrid; don Rafael Martínez, doctor en Medicina y rejente en Botánica; don Tomás García Luna, catedrático del Ateneo. Y ordenado por don Nemesio Fernández Cuesta. En él están escritas, como yo las escribo, todas las palabras que yo escribo como en él están escritas. Este diccionario era de uno de mis abuelos, y en él encuentro siempre todo lo que no encuentro en ningún otro diccionario enciclopédico, Siempre ha viajado conmigo y lo uso como libro de cabecera. 

Yo leí a “Fígaro” por primera vez en una preciosa edición que aún poseo, impresa en París con esta misma ortografía que yo uso. Un tío mío, hombre de gran cultura y viajero incansable, y quien me legó una parte de su hermosa biblioteca, escribía así y me pidió que yo lo hiciera; y, como me gustaba, lo hice. De modo que, como me acostumbré a escribir así desde niño, me pareció absurdo escribir de otra manera. Mi jota es más higiénica que a blanducha g, y yo me llano Juan Jiménez, y Jiménez viene de “Eximenes”, donde la x se ha transformado en jota para mayor abundamiento. En fin, escribo así porque yo soy muy testarudo, porque me divierte ir contra la Academia y para que los críticos se molesten conmigo. Espero, pues, que mis inquisidores habrán quedado convencidos, después de leerme, con mi esplicación y, además, de que para mí el capricho es lo más importante de nuestra vida.


Juan Ramón Jiménez
Mis ideas ortográficas, Universidad, Puerto Rico, 1953






2863. Juan Ramón Jiménez y su esposa han instalado un piso para atender a doce chiquillos abandonados

Fotografía de Vicente López Videa/Mundo Gráfico



Juan Ramón Jiménez y su esposa se ofrecieron hace unos cuantos días a los correspondientes organismos oficiales para hacer algo en favor de los chiquillos que ahora quedaban en Madrid desamparados por estar sus padres en el frente, por haberse tenido que marchar de su pueblo de residencia o por haberse interrumpido la vida en el convento en que iban formándose.

El poeta pensó que lo mejor que él podía hacer era atender directamente a unos cuantos de esos niños. Así lo hicieron su esposa y él. Alquilaron un piso en la calle de Velázquez, Instalaron en él, ofrecidas por algunos vecinos de la casa, unas cuantas camas infantiles. Dos mesas pequeñas, unas sillas y los útiles de cocina. Quedó así montada la residencia, sencillamente, improvisadamente, pero con esa íntima y suave emoción de hogar —trato directo sobre los chiquillos— que inútilmente quieren tener las residencias a base de muchos niños, en las que no es posible una acción tan directa y constante sobre los muchachos. 

Doce chiquillos reciben asistencia en este piso ahora alquilado para este fin por Zenobia Camprubí y Juan Ramón Jiménez. Doce chavales entre los cinco y los ocho años. Sólo uno tiene menos edad: Paquito García Abril. Dos años, un rostro mofletudo y un aire tranquilo y pacífico. He aquí los nombres de los otros once: José Nebrera Álvarez, Joaquín y Antonio Castillo Martínez, Jesús Álvarez Fernández, Juan Sanz Vallejo, Alfonso López Irazusta, Enrique Hernández Berguizez, Narciso Hernández Conde, José Antonio de la Fuente, Luis Alpenseque Martín y Manuel Colina Jiménez

Juan Ramón Jiménez me va enseñando el piso alquilado para recoger a estos chicos. Paredes blancas y desnudas, un comedor con dos mesas pequeñas, tres dormitorios, el cuarto de baño, en que la esposa del poeta, ayudada por algunas amigas, va bañando de dos en dos a los chavales. Sobre los muebles del comedor hay algunos juguetes. 

En el piso los chicos sólo duermen y comen. El resto del día lo pasan en el jardín de un palacio incautado ahora por el Estado, y situado en la misma calle de Velázquez, exactamente frente a la casa. Un jardín en sombra aun en las horas más violentas de sol, con un estanque, con unos árboles altos, con un musical temblor de pájaros. («Medita el ruiseñor, las penas son más bellas, y sobre la tristeza florece la sonrisa», escribió un día el propio Juan Ramón Jiménez). 

Los chiquillos comen a las doce y cenan a las siete. Se bañan antes de comer, y por la tarde, tras de la comida, hacen un poco de reposo. El resto del día, corriendo y jugando por el jardín. Maillots verdes y azules, caras soleadas, piernas infatigables sobre la arena. Cerca de ellos, la compañía afectuosa de Juan Ramón, de su esposa, de las amigas que les ayudan en la noble tarea. Palabras comprensibles para ellos, que vayan formando su sensibilidad y su inteligencia, que vayan siendo surco para el aprendizaje y la enseñanza de más tarde. Cerca de doce niños, esta labor se puede realizar eficazmente, con un resultado incomparablemente mejor que en una de esas enormes bandadas de chicos que hay en otras residencias. Esta ahora instalada por Juan Ramón Jiménez es como un hogar. Una casa de familia numerosa e improvisada, en que se puede conocer el nombre y el espíritu de cada uno de los niños. 

Sencillamente, silenciosamente, con esa honda sencillez y ese silencio luminoso que son toda su vida y toda su obra, ha creado Juan Ramón Jiménez esta residencia, alegre, bella e íntima. Sin gestos espectaculares, sin retórica. Mientras los chiquillos vuelven, en dos grupos, del jardín y empiezan a bañarse, cerca ya de las doce, el escritor va poniendo la mesa de los doce muchachos. Sobre el blanco mantel, la mano pálida del escritor pone el plato, el vaso, la cuchara, la servilleta. No puedo ver sin emoción la escena. Esa mano que lentamente, cuidadosamente, está preparando la mesa de doce chiquillos desvalidos, es la misma que trazó la emoción magistral de Platero y yo. 


J.M.A. 
Mundo Gráfico, 12 de agosto de 1936







2857. Carta de Zenobia Camprubi a Juan Ramón Jiménez




Domingo noche, verano de 1913

Querido amigo Juan Ramón:

Como me esté un momento más callada estallo, y como no tengo ganas de estallar, aquí va esto, que usted llamará carta, o algo menos chino, pero que yo llamo un rompimiento colosal del dique de mi paciencia y un desbordamiento igualmente colosal de mi ira, indignación, furor, etc. (etcetetorum) (yo me he de reír hasta cuando rabio). ¿Por qué está usted siempre con esa cara de alma en pena? ¡Es usted un egoísta de primera! ¡Caramba! No le da la gana de ver más que lástimas en el mundo. Hasta yo me pongo triste… con que ¡diga usted! Si a usted lo que le pasa es que necesita salirse de la dichosa rutina cariacontecida de su interior. Yo le voy a curar a usted de raíz, pero de raíz. Sálgase de una vez de su cuarto tenebroso (para usted tenebroso, aunque tenga 6 ventanas o un arco voltaico) de la calle Villanueva, y váyase al Escorial, a Moguer y después a la Residencia –pero ¡por Dios enseguida! Y cuando vuelva a Madrid después de haber respirado un poco el aire de campo, yo me encargo de que no le vuelva a dar tristeza. No le voy a dejar parar. ¿Para qué le sirven a usted sus benditos versos? Si fuera verdad que encima de un asno le floreciera el corazón… pase… pero si a usted no le florece el corazón nunca. Si fuera usted un almendro, un peral o siquiera un magnolio… pero si es usted un ciprés, más parado y sombrío que los del Generalife. Déjese de tristezas una temporada y véngase a jugar con todas mis amigas andaluzas y conmigo. Ya sé que se enfada porque le digo que quiero que se enamore de una de mis amigas, lo desdigo. No se enamore usted de ninguna, pero deje que le sacudamos un poco esa tristeza. Sus amigos deben ser todos una serie de lechuzas o no se lo hubieran tolerado a usted. Yo si fuera su hermana… cuando viniera a casa, cogía todos los cojines de la sala y lo estaba bombardeando hasta hacerlo reír.

Anoche no pude terminar mi carta y hoy la concluyo en casa de Josefina. Nos vamos a comprar un par de castañuelas para mandárselas a usted. Acabo también de recibir su carta: “Frater Luna, si en esto estamos desde que lo conocí”. Usted se parece tanto a mi hermano mayor que muchas veces no sé cuál es cuál. Y ¿quién le ha dicho a usted que yo me voy a casar con nadie,pájaro de mal agüero? ¡En eso estoy yo pensando! ¡Y aquí en España! ¡Enseguida! ¿Por qué no será usted una muchacha, Dios santo? No se vaya usted con Ortega y Gasset, váyase con Jaen o con cualquiera que no sea otro sauce como usted. Póngase a escribir seguidillas, vístase de torero y plántese en la calle de las Sierpes a echarle piropos a todas las inglesas feas que desfilen por allí.

¡Alegrémonos de haber nacido! “Frater Sol.”


99 Cartas de amor, Mondadori, Barcelona, 2007, págs. 223-225.







2635. Caricatura lírica de Federico García Lorca

Federico García Lorca, Zenobia Camprubí, Isabel García Lorca, Emilia Llanos, Juan R. Jiménez y Concha García Lorca, Granada, 1924


De cinco razas: cobre, aceituno, blanco, amarillo, negro, como los anillos de cinco metales para el rayo, achaparrado en piña humana prieta, Federico García Lorca se vuelve una vez y otra de lo que corre. No quiere dejar el caño de sus musarañas. Por fin, muslos pegados y pantorrillas convexas, paso a cuadros, se va despacio por los alargados Melancólicos, pulverizándose las cuerdas vocales con el agua de la fuente opalina. O, en súbita carrera, choca, como un moscón contra un parabrisas, contra el poniente cerrado, de linterna májica, grana con negros listones paralelos, de la noche que viene a Granada.

(Las paredes de añil de los callejones de su barrio secreto las dejó todas pintorreadas con cisco: rosas y ascos. En el puente de las candilejas, encendidas ya en la tarde larga, les dijo un despectivo taco concreto a las tres brujas del agua mejor. Habló por tal oculto atajo vertical con el agüero de la escalerilla de arriba. Se encaramó en otra tapia y le tiró un nardo a la monja blanca que cavaba su huerto entre dos luces. Con una gran risa cerrada, de pronto, saltó a la comba que encontró a su paso, o pidió candela por las cuatro esquinas, de niño a niña. Luego, bajó cabriteando por el camino viejo de las lagartijas de blanco bronce, de las campanillas azules salpicadas de cal, de los hormigueros incesantes.)

… No se mató. ¿Se entró por la casa caída? ¡No sabemos ya dónde saldrá! Pero, ahora ¿por qué pasadizo va acompañando con su farola de colores al Santísimo? ¿Por qué boca de pozo, alcantarilla, cañería, ha salido levantando la losa de mármol rojo, a la sacristía donde le esperaba “sonriyendo” Falla? Se sacude fantasmas, aleluyas y caricias, y como un hospiciano que no haya visto nada en el mundo, llega a casa a la hora total y, compunjido de voz y ojos, ceño de lástima, una azucena de tela en la mano, canta con Isabelita romances y villancicos de Nochebuena.


Juan Ramón Jiménez, 1928









2629. Poesía social. ¿Qué es un poeta revolucionario?

Juan Ramón Jiménez Mantecón
(Moguer, Huelva, 23 de diciembre de 1881 - San Juan, Puerto Rico, 29 de mayo de 1958)


[...] ¿Qué es un poeta revolucionario? Para un poeta es el que remueve la poesía. Para un tendencioso el poeta que hace política. Todo poeta es un removedor social, pero no todo revolucionario social es un poeta. No es un poeta cualquier declamador espectacular más o menos demagójico que se aúlla, se increpa, se desgañita en un acto de león de circo ecuestre. No, un poeta no es un petardista ni un petrolero. Es un hombre que ama la belleza y por lo tanto la justicia, y que está dispuesto a aguantar con su razón heroica, razón cultivada con el cultivo de todo lo superior que la belleza y la justicia suponen en lo físico y en lo moral, con su revolución permanente de pensamiento y sentimiento, todas las imposiciones de la tiranía, desde la cárcel a la muerte.

Con esto se habló de Federico García Lorca y de Antonio Machado como poetas revolucionarios. Insisto también en que la poesía y la política son cosas distintas que pueden darse en cualquier hombre simultáneamente. Un poeta puede escribir poesía auténtica y además prosa lójica social calificando lo político. Esto es lo que yo en mi nivel propio hago.

Federico García Lorca fue un verdadero poeta revolucionario de lo poético plástico, pero nunca social. Jamás le oí hablar de asuntos sociales. Su Mariana Pineda, obra de su primera juventud, era una exaltación del liberalismo. Esta fue toda su política escrita. Antonio Machado fue un removedor social, pero no un revolucionario poético, fue tradicional. De los poetas españoles muertos durante la guerra los más señalados fueron Miguel de Unamuno, Antonio Machado, Federico García Lorca y Miguel Hernández. De ellos el que peleó en los frentes y no quiso salir de su cárcel donde se extinguía tísico y cantando sus amores, mientras otros compañeros siguieran retenidos, fue Miguel Hernández, héroe de la guerra. Decir esto que yo digo es justo y exacto. Vaya a Miguel Hernández desde Buenos Aires este efluvio de verdad, en esta hora de poesía.


Juan Ramón Jiménez
Guerra en España, pág. 575











2374. La poesía combate al lado de España



«Es más difícil estar a la altura de las circunstancias que au dessus de la mêlée.» Estas palabras de Antonio Machado han sido escritas en un reciente número de Hora de España, que es, en esta crisis de la vida española, la habitual tribuna del noble poeta. Antonio Machado, pacifista si los hay, no ha vacilado en colocar su fuerza espiritual de este lado de la barricada, y desde el primer momento hace la guerra con su pueblo. Quizá sea para un poeta uno de los trances más angustiosos este de tener que declararse en guerra material con los hombres. (En guerra espiritual siempre está: es su tragedia y su gloria.) Y más aún tener que pelear –sobre todo para un poeta como Antonio Machado, cuya sensibilidad está tejida de sentimientos españoles– contra sus propios compatriotas. Pero de poetas y de nobles es atravesar los parajes peligrosos, arriesgándolo todo, porque –según dice en otra parte– «si os encontráis algún día sitiados, como los numantinos, pensad que la única noble actitud es la numantina», que razona de esta manera: «Cuando os queden pocas horas de vida, recordad el dicho español: "De cobardes no se ha escrito nada." Y vivid esas horas pensando en que es preciso que se escriba algo de vosotros.»

Antonio Machado atravesó en su hora estos parajes de difícil acceso, y de más difícil salida, y está combatiendo, sin vacilación ni desfallecimiento, al lado de la República. ¿Es, acaso, por partidismo político? No sería, entonces, digno de un poeta. ¿Es, acaso, por nacionalismo, por estímulos de patriotismo al uso? Tampoco. Pelea, es cierto, como español y por español: pero una razón más dramática ha empujado su actitud: una razón religiosa, diríamos. Es esta una guerra en la que los valores de «Justicia» y «Libertad», dos principios esenciales del cristianismo, están en litigio, y, en este caso, un poeta y un cristiano no puede –entiéndase bien: «no puede»– permanecer al margen. No es que no «debe», sino que no «puede», pues ambas condiciones, de índole trascendente, son absolutamente necesarias para que la obra poética respire su aire propio. (Sin ellas, por otra parte, el cristianismo es una cosa muerta. Aquí no se trata, en esta guerra, de libertad política –sin la cual vive la poesía–, sino otra cosa más importante: la libertad espiritual, condición indispensable para que el hombre pueda dialogar con los demás semejantes y consigo mismo.) Antonio Machado, pues, ha tomado la actitud que corresponde claramente a un hombre de espíritu, que coincide, en este caso, con la que corresponde a un español. Muchos poetas españoles lo han comprendido así también, desde el primer momento. Juan Ramón Jiménez –por otros caminos– llega a esa misma conclusión y trabaja con sus armas en defensa de la Libertad, identificada ahora con la defensa del pueblo español, martirizado por el Espíritu del Mal. (El Espíritu del Mal actúa hoy por medio de las ideas y de los actos –terriblemente «demoniacos», en el verdadero sentido de la palabra «demoniaco»– de los regímenes fascistas de Italia y Alemania. La Ciudad Eterna tiene hoy sus antagonistas en Berlín y en Roma; es decir, dentro de sus propios muros terrenales.)

Desde Cuba nos traen los diarios estas palabras del delicado y trágico poeta andaluz:

«Desde el comienzo de esta guerra, tan mal entendida por tantos, fuera y dentro pesé que mi mejor manera de ayudar a nuestra República (pueblo y Gobierno) tenía, fatalmente, que ser poética; es decir, en el campo de mi vocación, que consiste en descubrir y perpetuar la belleza con luz y en lengua española, y no cantando el hecho circunstancial de una guerra que, de haber sido justa, debió ser rápida, sino exaltando ante propios y extraños la prolongada verdad de nuestro pueblo en sus más normales y profundas virtudes.»
«Estoy seguro –añade– del triunfo ideal y moral de la República española contra la artería y la barbarie nacionales e internacionales.»

Este español demócrata y libre –como él se llama– no descansa en la propaganda de los valores permanentes de la lucha que España sostiene, y cree que su misión actual más importante es esa. También lo creemos nosotros, no –como se pudiera pensar– porque no es esta la hora de la obra poética, sino porque la obra verdaderamente poética de esta hora es esa: combatir por la Libertad. ¿Qué otra cosa es la poesía, «siempre»?

Otro gran poeta, Rafael Alberti, confunde su voz con la de nuestro pueblo en armas. En los mítines, en los actos que tienen lugar en los frentes de combate, en las fábricas, su voz desgarrada clama ante la multitud el dolor y el anhelo de España, y en sus mejores momentos logra un acorde perfecto con el alma popular.

Rafael Alberti acaba de publicar en estos días un volumen titulado Poesía (1924-1937), donde reúne toda su obra poética, desde Marinero en tierra hasta los más recientes versos de temas de la guerra. Impreso con primor, este libro es una importante contribución a la poesía y a la guerra, pues la voz y la poesía de Alberti habrá que contarlas como elementos de nuestra lucha por la Libertad.

El ejemplo de tres grandes poetas –Machado, Jiménez, Alberti–, repetido por tantos poetas españoles y extranjeros, destaca en contraste doloroso, los nombres de esos escritores españoles que, ausentes de España, no han encontrado todavía el momento de incorporarse a la tarea gloriosa de nuestro pueblo. Ni siquiera a los que están del otro lado de la barricada queremos considerarlos como enemigos, pues es imposible pensar –tan absurdo es– que quienes trabajan por el espíritu y por la verdad puedan convivir voluntariamente con sus naturales e irreconciliables antagonistas.

Una vez más hay que repetir –para tranquilidad de sus conciencias– la afirmación del ejemplar poeta y español ejemplar Antonio Machado: «Es más difícil estar a la altura de las circunstancias que au dessus de la mêlée.»


Antonio Dorta
Blanco y Negro, julio 1938










1482. Voces de calidad, por Antonio Machado

Juan Ramón Jiménez Mantecón
(Moguer, Huelva, 23 de diciembre de 1881 - San Juan, Puerto Rico, 29 de mayo de 1958)



Siempre pensé que Juan Ramón Jiménez, en España o fuera de España, allí donde se encontrase, estaría con nosotros, con los amantes del pueblo español, del lado de nuestra gloriosa República. Y deseaba -porque nunca faltan malsines que gustan de enturbiar la opinión sobre la conducta de los excelentes- que esta convicción mía ganase la conciencia de todos.

Bien hizo el Servicio Español de Información en publicar, hace ya muchos días, las palabras de nuestro gran lírico, a su llegada a América: «Madrid ha sido -dice Juan Ramón Jiménez-, durante este primer mes de guerra, yo lo he visto, una loca fiesta trágica. La alegría, la extraña alegría de una fe ensangrentada rebosaba por todas partes; alegría de convencimiento, alegría de voluntad, alegría de destino, favorable o adverso. Y este frenesí entusiasta, esta violenta unión con la verdad, habrían decidido desde el primer momento del triunfo justo del pueblo si la rebelión militar no hubiese sido amparada por codiciosos poderes extraños. Y España, la República española, democrática y legal, estaría hoy reorganizándose, completando su firme ejemplo ante el mundo».

Palabras son éstas de testigo presencial, algo más, de quien hizo suya y vivió con el pueblo, con su pueblo, la gran experiencia trágica de la España actual. «Yo he visto», dice Juan Ramón Jiménez, aludiendo sin la menor jactancia a ojos excepcionales, los suyos, de verdadero poeta, que ven en lo profundo. «Como una violenta unión con la verdad» nos define Juan Ramón aquel ímpetu popular que realizó el milagro de Guadarrama y obró, luego, tantas hazañas portentosas, que son hoy el asombro del mundo. En efecto, nuestro pueblo ha necesitado siempre de la violencia; del frenesí entusiasta para unirse con la verdad, con su propia verdad; tantos son entre nosotros los poderes sombríos que contra ella militan, tantos los enemigos de la más humilde como de la más egregia verdad española. Por suerte abundan ya los ojos que la han visto desnuda. Tal ha sido para muchos, para los mejores, la gran revelación de la guerra; la verdad española está en el corazón del pueblo como un arco tendido hacia el mañana, y es hoy una consciente voluntad de vivir en el sentido de la historia.

Cuando Juan Ramón escribió las nobles palabras transcritas, eran los días en que la contienda que ensangrienta a España nos aparecía con vagos caracteres de guerra civil entre dos categorías de españoles, o, si queréis, entre dos Españas: la España popular, ávida de nuevas experiencias humanas, España viva y, por ende, incapaz de vivir a retrotiempo, y la España desmayada y sombría, tantas veces cobarde ante la historia, que invoca vanamente una tradición de cultura que ella nunca hubiera contribuido a crear, y cuya tradición verdadera está hecha de renuncias, fracasos y traiciones: una España triste que alguien, no yo, llamará burguesa, con adjetivo sobradamente holgado para su mezquindad, una España de viejas infecundas, que compró al hambre africana los brazos que habían de defenderla.

La guerra civil, tan desigual éticamente, pero, al fin, entre españoles, ha terminado hace muchos meses. España ha sido vendida al extranjero por hombres que no pueden llamarse españoles: quien vende a su patria se desnaturaliza y ha de sobreentenderse que renuncia a su patria para buscar cobijo en la patria del comprador. De suerte que ya no hay más que una España, invadida, como otras veces, por la codicia extranjera y, como otras veces, a solas con su pueblo y con su destino, quiero decir con su razón de ser en lo futuro, para luchar sin tregua ni desmayo por su propia existencia, contra dos potencias criminales, tan fuerte como viles, que le han salido al paso en la más peligrosa encrucijada de su historia.

Mucho alienta escuchar las voces de los buenos -su claro timbre español-, en los momentos más trágicos, que han de ser también los más fecundos, de esta magnífica soledad española.


Antonio Machado
Valencia, 12 de septiembre de 1937
La Guerra. Escritos: 1936-1939







1481. "Espacio", por Juan Ramón Jiménez

(Por la Florida, 1941-1942, 1954) en el 70 aniversario de su exilio, 29 de enero de 1939

(A Gerardo Diego, que fue justo al situar, como crítico, el fragmento primero de este "Espacio", cuando se publicó, hace años, en Méjico. Con agradecimiento lírico por la constante honradez de sus reacciones)


Fragmento Primero 
(Sucesión)

"Los dioses no tuvieron más sustancia que la que tengo yo." Yo tengo, como ellos, la sustancia de todo lo vivido y de todo lo por vivir. No soy presente sólo, sino fuga raudal de cabo a fin. Y lo que veo, a un lado y otro, en esta fuga (rosas, restos de alas, sombra y luz) es sólo mío, recuerdo y ansia míos, presentimiento, olvido. ¿Quién sabe más que yo, quién, qué hombre o qué dios puede, ha podido, podrá decirme a mí qué es mi vida y mi muerte, qué no es? Si hay quien lo sabe, yo lo sé más que ése, y si quien lo ignora, más que ése lo ignoro. Lucha entre este ignorar y este saber es mi vida, su vida, y es la vida. Pasan vientos como pájaros, pájaros igual que flores, flores soles y lunas, lunas soles como yo, como almas, como cuerpos, cuerpos como la muerte y la resurrección; como dioses. Y soy un dios sin espada, sin nada de lo que hacen los hombres con su ciencia; sólo con lo que es producto de lo vivo, lo que se cambia todo; sí, de fuego o de luz, luz. ¿Por qué comemos y bebemos otra cosa que luz o fuego? Como yo he nacido en el sol, y del sol he venido aquí a la sombra, ¿soy de sol, como el sol alumbro?, y mi nostaljia, como la de la luna, es haber sido sol de un sol un día y reflejado sólo ahora.

Pasa el iris cantando como canto yo. Adiós iris, volveremos a vernos, que el amor de todo, cómo se me ha hecho en el sol, con el sol, en mí conmigo? Estaba el mar tranquilo, en paz el cielo, luz divina y terrena los fundía en clara, plata, oro inmensidad, en doble y sola realidad; una isla flotaba entre los dos, en los dos y en ninguno, y una gota de alto iris perla gris temblaba en ella. Allí estará temblándome el envío de lo que no me llega nunca de otra parte. A esa isla, ese iris, ese canto yo iré, esperanza májica, esta noche. ¡Qué inquietud en las plantas al sol puro, mientras, de vuelta a mí, sonrío volviendo ya al jardín abandonado! ¿Esperan más que verdear, que florear y que frutar; esperan, como yo, lo que me espera; más que ocupar el sitio que ahora ocupan en la luz, más que vivir como ya viven, como vivimos; más que quedarse sin luz, más que dormirse y despertar? Enmedio hay, tiene que haber un punto, una salida; el sitio del seguir más verdadero, con nombre no inventado, diferente de eso que es diferente e inventado, que llamamos en nuestro desconsuelo, Edén, Oasis, Paraíso, Cielo, pero que no lo es, y que sabemos que no lo es, como los niños saben que no es lo que no es que anda con ellos. Contar, cantar, llorar, vivir acaso; "elojio de las lágrimas", que tienen (Schubert, perdido entre criados por un dueño) en su iris roto lo que no tenemos, lo que tenemos roto, desunido. Las flores nos rodean de voluptuosidad, olor, color y forma sensual; nos rodeamos de ellas, que son sexos de colores, de formas, de olores diferentes; enviamos un sexo en una flor, delicado presente de oro de ideal, a un amor virjen, a un amor probado; sexo rojo a un glorioso; sexos blancos a una novicia; sexos violetas a la yacente. Y el idioma, ¡qué confusión!, qué cosas nos decimos sin saber lo que nos decimos. Amor, amor, amor (lo cantó Yeats), "amor en el lugar del escremento". ¿Asco de nuestro ser, nuestro principio y nuestro fin; asco de aquello que más nos vive y más nos muere? ¿Qué es, entonces, la suma que no resta; dónde está, matemático celeste, la suma que es el todo y que no acaba? Hermoso es no tener lo que se tiene, nada de lo que es fin para nosotros, es fin, pues que se vuelve contra nosotros, y el verdadero fin nunca se nos vuelve. Aquel chopo de luz me lo decía, en Madrid, contra el aire turquesa del otoño: "Termínate en ti mismo como yo". Todo lo que volaba alrededor, ¡qué raudo era!, y él qué insigne en lo suyo, verde y oro, sin mejor en el oro verde. Alas, cantos, luz, palmas, olas, frutas me rodean, me envuelven en su ritmo, en su gracia, en su fuerza delicada; y yo me olvido de mí entre ello, y bailo y canto y río y lloro por los otros, embriagado. ¿Esto es vivir? ¿Hay otra cosa más que este vivir de cambio y gloria? Yo oigo siempre esa música que suena en el fondo de todo, más allá; es la que me llama desde el mar, en la calle, en el sueño. A su aguda y serena desnudez, siempre estraña y sencilla, el ruiseñor es sólo un calumniado prólogo. ¡Qué letra, universal, luego, la suya! El músico mayor la ahuyenta. ¡Pobre del hombre si la mujer oliera, supiera siempre a rosa! ¿Qué dulce mujer normal, qué tierna, qué suave (Villon), qué forma de las formas, qué esencia, qué sustancia de las sustancias, las esencias; qué lumbre de las lumbres; la mujer, madre, hermana, amante! Luego, de pronto, esta dureza de ir más allá de la mujer, de la mujer que es nuestro todo, donde debiera terminar nuestro horizonte. Las copas de veneno, ¡qué tentadoras son!, y son de flores, yerbas y hojas. Estamos rodeados de veneno que nos arrulla como el viento, arpas de luna y sol en ramas tiernas, colgaduras ondeantes, venenosas, y pájaros en ellas, como estrellas de cuchillo; veneno todo, y el veneno nos deja a veces no matar. Eso es dulzura, dejación de un mandato, y eso es pausa y escape. Entramos por los robles melenudos; rumoreaban su vejez cascada, oscuros, rotos, huecos, monstruosos, con colgados de telarañas fúnebres; el viento les mecía las melenas, en medrosos, estraños ondeajes, y entre ellos, por la sombra baja, honda, venía el rico olor del azahar de las tierras naranjas, grito ardiente con gritillos blancos de muchachas y niños. ¡Un árbol paternal, de vez en cuando, junto a una casa, sola en un desierto (seco y lleno de cuervos; aquel tronco hueco, gris, lacio, a la salida del verdor profuso, con aquel cuervo muerto, suspendido por una pluma de una astilla, y los cuervos aún vivos posados ante él, sin atreverse a picotearlo, serios)! Y un árbol sobre un río. ¡Qué honda vida la de estos árboles; qué personalidad, qué inmanencia, qué calma, qué llenura de corazón total queriendo darse (aquel camino que partía en dos aquel pintar que se anhelaba)! Y por la noche, ¡qué rumor de primavera interna en sueño negro! ¡Qué amigo un árbol, aquel pino, verde, grande, pino redondo, verde, junto a la casa de mi Fuentepiña! Pino de la corona, ¿dónde estás?, ¿estás más lejos que si yo estuviera lejos? ¡Y qué canto me arrulla tu copa milenaria, que cobijaba pueblos y alumbraba de su forma rotunda y vijilante al marinero! La música mejor es la que suena y calla, que aparece y desaparece, la que concuerda, en un "de pronto", con nuestro oir más distraído. Lo que fue esta mañana ya no es, ni ha sido más distraído. Lo que fue esta mañana ya no es, ni ha sido más que en mí; gloria suprema, escena fiel, que yo, que la creaba, creía de otros más que de mí mismo. Los otros no lo vieron; mi nostaljia, que era de estar con ellos, era de estar conmigo, en quien estaba. La gloria es como es, nadie la mueva, no hay nada que quitar ni que poner, y el dios actual está muy lejos, distraído también con tanta menudencia grande que le piden. Si acaso, en sus momentos de jardín, cuando acoje al niño libre, lo único grande que ha creado, se encuentra pleno en un sí pleno. Qué bellas estas flores secas sobre la yerba fría del jardín que ahora es nuestro. ¿Un libro, libro? Bueno es dejar un libro grande a medio leer, sobre algún banco, lo grande que termina; y hay que darle una lección al que lo quiere terminar, al que pretende que lo terminemos. Grande es lo breve, y si queremos ser y parecer más grandes, unamos sólo con amor, no cantidad. El mar no es más que gotas unidas, ni el amor que murmullos unidos, ni tú, cosmos, que cosmillos unidos. Lo más bello es el átomo último el solo indivisible, y que por serlo no es, ya más, pequeño. Unidad de unidades es lo uno; ¡y qué viento más plácido levantan esas nubes menudas al cenit; qué dulce luz es esa suma roja única! Suma es la vida suma, y dulce. Dulce como esta luz era el amor; ¡qué plácido este amor también! Sueño, ¿he dormido? Hora celeste y verde toda; y solos. Hora en que las paredes y las puertas se desvanecen como agua, aire, y el alma sale y entra en todo, de y por todo, con una comunicación de luz y sombra. Todo se ve a la luz de dentro, todo es dentro, y las estrellas no son más que chispas de nosotros que nos amamos, perlas bellas de nuestro roce fácil y tranquilo. ¡Qué luz tan buena para nuestra vida y nuestra eternidad! El riachuelo iba hablando bajo por aquel barranco, entre las tumbas, casas de las laderas verdes; valle dormido, valle adormilado. Todo estaba en su verde, en su flor; los mismos muertos en verde y flor de muerte; la piedra misma estaba en verde y flor de piedra. Allí se entraba y se salía como en el lento anochecer, del lento amanecer. Todo lo rodeaban piedra, cielo, río; y cerca el mar, más muerte que la tierra, el mar lleno de muertos de la tierra, sin casa, separados, engullidos por una variada dispersión. Para acordarme de por qué he nacido, vuelvo a ti, mar. "El mar que fue mi cuna, mi gloria y mi sustento; el mar eterno y solo que me llevó al amor"; y del amor es este mar que ahora viene a mis manos, ya más duras, como un cordero blanco a beber la dulzura del amor. Amor el de Eloísa; ¡qué ternura, qué sencillez, qué realidad perfecta! Todo claro y nombrado con su nombre en llena castidad. Y ella, enmedio de todo, intacta de lo bajo entre lo pleno. Si tu mujer, Pedro Abelardo, pudo ser así, el ideal existe, no hay que falsearlo. Tu ideal existió; ¿por qué lo falseaste, necio Pedro Abelardo? Hombres, mujeres, hombres, hay que encontrar el ideal, y dí, qué eres tú ahora y dónde estás? ¿Por qué, Pedro Abelardo vano, la mandaste al convento y tú te fuiste con los monjes plebeyos, si ella era, el centro de tu vida, su vida, de la vida, y hubiera sido igual contigo ya capado, que antes, si era el ideal? No lo supiste, yo soy quien lo vió, desobediencia de la dulce obediente plena gracia. Amante, madre, hermana, niña tú, Eloísa; qué bien te conocías y te hablabas, qué tiernamente te nombrabas a él; ¡y qué azucena fatal que te dio tu tierra. No estaba seco el árbol del invierno, como se dice, y yo creí en mi juventud; como yo, tiene el verde, el oro, el grana en la raíz y dentro, mi dentro, mi adentro, tanto que llena de color doble infinito. Tronco de invierno soy, que en la muerte va a dar de sí la copa doble llena que ven sólo como es los deseados. Vi un tocón, a la orilla del mar neutro; arrancado del suelo, era como un muerto animal; la muerte daba a su quietud seguridad de haber estado vivo; sus arterias cortadas con el hacha, echaban sangre todavía. Una miseria, un rencor de haber sido arrancado de la tierra, salía de su entraña endurecida y se espandía con el agua y por la arena, hasta el cielo infinito, azul. La muerte, y sobre todo, el crimen, da igualdad a lo vivo, lo más y menos vivo, y lo menos perece siempre, con la muerte, más. No, no era todo menos, como dije un día, "todo es menos"; todo era más, y por haberlo sido, es más morir para ser más, del todo más. ¿Qué ley de vida juzga con su farsa a la muerte sin ley y la aprisiona en la impotencia? ¡Sí, todo, todo ha sido más y todo será más! No es el presente sino un punto de apoyo o de comparación, más breve cada vez; y lo que deja y lo que coje, más, más grande. No, ese perro que ladra al sol caído, no ladra en el Monturrio de Moguer, ni cerca de Carmona de Sevilla, ni en la calle Torrijos de Madrid; ladra en Miami, Coral Gables, La Florida , y yo lo estoy oyendo allí, allí, no aquí, no aquí, allí, allí. ¡Qué vivo ladra siempre el perro al sol que huye! Y la sombra que viene llena el punto redondo que ahora pone el sol sobre la tierra, como un agua su fuente, el contorno en penumbra alrededor; después, todos los círculos que llegan hasta el límite redondo de la esfera del mundo, y siguen, siguen. Yo te oí, perro, siempre, desde mi infancia, igual que ahora; tú no cambias en ningún sitio, eres igual a ti mismo, como yo. Noche igual, todo sería igual si lo quisiéramos, si serlo lo dejáramos. Y si dormimos. ¡Qué abandonada queda la otra realidad! Nosotros les comunicamos a las cosas nuestra inquietud de día, de noche nuestra paz. ¿Cuándo, cómo duermen los árboles? "Cuando los deja el viento dormir", dijo la brisa. Y cómo nos precede, brisa inquieta y gris, el perro fiel cuando vamos a ir de madrugada adonde sea, alegres o pesados; él lo hace todo, triste o contento, antes que nosotros. Yo puedo acariciar como yo quiera a un perro, un animal cualquiera, y nadie dice nada; pero a mis semejantes no; no está bien visto hacer lo que se quiera con ellos, si lo quieren como un perro. Vida animal, ¿hermosa vida? ¡Las marismas llenas de hermosos seres libres, que me esperan en un árbol, un agua o una nube, con su color, su forma, su canción, su jesto, su ojo, su comprensión hermosa, dispuestos para mí que los entiendo! El niño todavía me comprende, la mujer me quisiera comprender, el hombre.no, no quiero nada con el hombre, es estúpido, infiel, desconfiado; y cuando más adulador, científico. Cómo se burla la naturaleza del hombre, de quien no la comprende como es. Y todo debe ser o es echarse a dios y olvidarse de todo lo creado por dios, por sí, por lo que sea. "Lo que sea", es decir, la verdad única, yo te miro como me miro a mí y me acostumbro a toda tu verdad como a la mía. Contigo, "lo que sea", soy yo mismo, y tú, tu mismo, misma, "lo que seas", ¿El canto? ¡El canto, el pájaro otra vez! ¡Ya estás aquí, ya has vuelto, hermosa, hermoso, con otro nombre, con tu pecho azul, gris cargado de diamante! ¿De dónde llegas tú, tú en esta tarde gris con brisa cálida? ¿Qué dirección de luz y amor sigues entre las nubes de oro cárdeno? Ya has vuelto a tu rincón verde, sombrío. ¿Cómo tú, tan pequeño, dí, lo llenas todo y sales por el más? Sí, sí, una nota de una caña, de un pájaro, de un niño, de un poeta, lo llena todo y más que el trueno. El estrépito encoje, el canto agranda. Tú y yo, pájaro, somos uno; cántame, canta tú, que yo te oigo, que mi oído es tan justo por tu canto. Ajústame tu canto más a este oído mío que espera que lo llenes de armonía, ¡Vas a cantar! toda otra primavera, vas a cantar. ¡Otra vez tú, otra vez la primavera! ¡Si supieras lo que eres para mí! ¿Cómo podría yo decirte lo que eres, lo que eres tú, lo que soy yo, lo que eres para mí? ¡Como te llamo, cómo te escucho, cómo te adoro, hermano eterno, pájaro de la gracia y de la gloria, humilde, delicado, ajeno; ángel del aire nuestro, derramador de música completa! Pájaro, yo te amo como a la mujer, a la mujer, tu hermana más que yo. Sí, bebe ahora el agua de mi fuente, pica la rama, salta lo verde, entra, sal, rejistra toda tu mansión de ayer; ¡mírame bien a mí, pájaro mío, consuelo universal de mujer y hombre! Vendrá la noche inmensa, abierta toda en que me cantarás del paraíso, en que me harás el paraíso, aquí, yo, tú, esperanza; nunca te he comprendido como ahora; nunca he visto tu dios como hoy lo veo, el dios que acaso fuiste tú y que me comprende. "Los dioses no tuvieron más sustancia que la que tienes tú." ¡Qué hermosa primavera nos aguarda en el amor, fuera del odio! ¡Ya soy feliz! ¡El canto, tú y tu canto! El canto.Yo vi jugando al pájaro y la ardilla, al gato y la gallina, al elefante y al oso, al hombre con el hombre, cuando el hombre cantaba. No, este perro no levanta los pájaros, los mira, los comprende, los oye, se echa al suelo, y calla y sueña ante ellos. ¡Qué grande el mundo en paz, qué azul tan bueno para el que puede no gritar, puede cantar; cantar y comprender y amar! ¡Inmensidad, en ti y ahora vivo; ni montañas, ni casi piedra, ni agua, ni cielo casi; inmensidad, y todo y sólo inmensidad; esto que abre y que separa el mar del cielo, el cielo de la tierra, y, abriéndolos y separándolos, los deja más unidos y cercanos, llenando con lo lleno lejano la totalidad! ¡Espacio y tiempo y luz en todo yo, en todos y yo y todos! ¡Yo con la inmensidad! Esto es distinto; nunca lo sospeché y ahora lo tengo. Los caminos son sólo entradas o salidas de luz, de sombra, sombra y luz; y todo vive en ellos para que sea más inmenso yo, y tú seas. ¡Qué regalo de mundo, qué universo inmenso, dentro, fuera de ti, segura inmensidad! Imágenes de amor en la presencia concreta; suma gracia y gloria de la imajen, ¿vamos a hacer eternidad? ¡Vosotras, yo, podemos crear la eternidad una y mil veces, cuando queramos! ¡Todo es nuestro y no se nos acaba nunca! ¡Amor, contigo y con la luz todo se hace, y lo que amor, no acaba nunca!


Fragmento Segundo
(Cantada)

"Y para recordar por qué he vivido", vengo a ti, río Hudson de mi mar. "Dulce como esta luz era el amor." "Y por debajo de Washington Bridge (el puente más con más de esta New York) pasa el campo amarillo de mi infancia". Infancia, niño vuelvo a ser y soy, perdido, tan mayor, en lo más grande. Leyenda inesperada: "dulce como la luz es el amor", y esta New York es igual que Moguer, es igual que Sevilla y que Madrid. Puede el viento, en la esquina de Broadway, como en la Esquina de las Pulmonías de mi calle Rascón, conmigo; y tengo abierta la puerta donde vivo, con sol dentro. "Dulce como este solo era el amor." Me encontré al instalado, le reí, y me subí al rincón provisional, otra vez, de mi soledad, y de mi silencio, tan igual en el piso 9 y sol, al cuarto bajo de mi calle y cielo. "Dulce como este sol es el amor." Me miraron ventanas conocidas con cuadros de Murillo. En el alambre de lo azul, el gorrión universal cantaba, el gorrión y yo cantábamos, hablábamos; y lo oía la de la mujer en el viento de mundo. ¡Qué rincón ya para suceder mi fantasía! El sol quemaba el sur del rincón mío, y en el lunar menguante de la estera, crecía dulcemente mi ilusión queriendo huir de la dorada mengua. "Y por debajo de Washington Bridge, el puente más amplio de New York. Corre el campo dorado de mi infancia." Bajé lleno a la calle, me abrió el viento la ropa, el corazón; vi caras buenas. En el jardín de St. John the Divine, los chopos verdes eran de Madrid; hablé con un perro y un gato en español: y los niños del coro, lengua eterna, igual del paraíso y de la luna, cantaban, con campanadas de San Juan, en el rayo de sol derecho, vivo, donde el cielo flotaba hecho armonía violeta y oro; iris ideal que bajaba y subía, que bajaba."Dulce como este sol era el amor." Salí por Ámsterdam, estaba allí la luna (Morningside); el aire ¡era tan puro! Frío no, fresco, fresco; en él venía vida de primavera nocturna, y el sol estaba dentro de la luna y de mi cuerpo, el sol presente, el sol que nunca más me dejaría los huesos solos, sol en sangre y él. Y entré cantando ausente en la arboleda de la noche y el río que se iba bajo Washington Bridge con sol aún, hacia mi España por oriente, a mi oriente de mayo de Madrid; un sol ya muerto, pero vivo; un sol presente, pero ausente; un sol rescoldo de vital carmín, un sol carmín vital en el verdor, un sol vital en el verdor ya negro, un sol en el negror ya luna; un sol en la gran luna de carmín; un sol de gloria nueva, nueva en otro Este; un sol de amor y de trabajo hermosos; un sol como el amor."Dulce como este sol era el amor."


Fragmento Tercero
(Sucesión)

"Y para recordar por qué he venido", estoy diciendo yo. "Y para recordar por qué he nacido", conté yo un poco antes, ya por La Florida. "Y para recordar por qué he vivido", vuelvo a ti mar, pensé yo en Sitjes, antes de una guerra, en España, del mundo. ¡Mi presentimiento! Y entonces, marenmedio, mar, más mar, eterno mar, con su luna y su sol eternos por desnudos, como yo, por desnudo, eterno; el mar que me fué siempre vida nueva, paraíso primero, primer mar. El mar, el sol, la luna, y ella y yo, Eva y Adán, al fin y ya otra vez sin ropa, y la obra desnuda y la muerte desnuda, que tanto me atrajeron. Desnudez es la vida y desnudez la sola eternidad.Y sin embargo, están, están, están, están llamándonos a comer, gong, gong, gong, gong, en esta eternidad de Adán y Eva, Adán de smoking, Eva. Eva se desnuda para comer como para bañarse; es la mujer y la obra y la muerte, es la mujer desnuda, en eterna metamorfosis. ¡Qué estraño es todo esto, mar, Miami! No, no fué allí en Sitjes, Catalonia, Spain, en donde se me apareció mi mar tercero, fué aquí ya; era este mar, este mar mismo, mismo y verde, verdemismo; no fué el Mediterráneo azulazulazul, fué el verde, el gris, el negro Atlántico de aquella Atlántida, Sitjes fué, donde vivo ahora, Maricel, esta casa de Deering, española, de Miami, esta Villa Vizcaya aquí de Deering, española aquí en Miami, aquí, de aquella Barcelona. Mar, y ¡qué estraño es todo esto! No era España, era La Florida de España, Coral Gables, donde está la España esta abandonada por los hijos de Deering (testamentaría inaceptable) y aceptada por mí; esta España (Catalonia, Spain) guirnaldas de morada buganvilla por las rejas. Deering, vivo destino. Ya está Deering, fuiste cuando yo, con Miguel Utrillo y Santiago Rusiñol, gozábamos las blancas salas soleadas, al lado de la iglesia, en aquel cabo donde quedó tan pobre el "Cau Ferrat" del Ruiseñor bohemio de albas barbas no lavadas). Deering, sólo el Destino es inmortal, y por eso te hago a ti inmortal, por mi Destino. Sí, mi Destino es inmortal y yo, que aquí lo escribo, seré inmortal igual que mi Destino, Deering. Mi Destino soy yo y nada y nadie más que yo; por eso creo en Él y no me opongo a nada suyo, a nada mío, como yo por el Destino, repartidor de la sustancia con la esencia. En el principio fué el Destino, padre de la Acción y abuelo o bisabuelo o algo más allá del Verbo. Levo mi ancla, por lo tanto, izo mi vela para que sople Él más fácil con su viento por los mares serenos o terribles, atlánticos, mediterráneos, pacíficos o lo que sean, verdes, blancos, azules, morados, amarillos, de un color o de todos los colores. Así lo hizo, aquel enero, Shelly, y no fué el oro, el opio, el vino, la ola brava, el nombre de la niña lo que se lo llevó por el trasmundo del trasmar: Arroz de Buda; Barrabás de Cristo; yegua de San Pablo; Longino de Zenobia de Palmyra; Carlyle de Schiller (según dice el libro de la mujer suiza); Ómnibus de Curie; Charles Maurice de Gauguin; Caricatura infame ("Heraldo de Madrid") de Federico García Lorca; Pieles del Duque de T´Serclaes y Tilly /el bonachero sevillano) que León Felipe usó después en la Embajada mejicana, bien seguro; Gobierno de Negrín, que abandonara al retenido Antonio Machado enfermo ya, con su madre octojenaria y dos duros en el bolsillo, por el helor del Pirineo, mientras él con su corte huía tras el oro guardado en la Banlieu , en Rusia, en Méjico, en la nada.Cualquier forma es la forma que el Destino, forma de muerte o vida, forma de toma y deja, toma; y es inútil huirla ni buscarla. No era aquel auto disparado que rozó mi sien en el camino de Miami, pórtico herreriano de baratura horrible, igual que un sólido huracán; ni aquella hélice de avión que sorbió mi ser completo y me dejó ciego, sordo, mudo en Barajas, Madrid, aquella madrugada sin Paquita Pechere; ni el doctor Amory con su inyección en Coral Gables, Alambra Circle, y luego con colapso al hospital; ni el papelito sucio, cuadradillo añil, de la denuncia a lápiz contra mí, Madrid en guerra, el buzón de aquel blancote de anarquista, que me quiso juzgar, con crucifijo y todo, ante la mesa de la Biblioteca que fué un día de Nocedal (don Cándido); y que murió la tarde aquella con la bala que era para él (no para mí) y la pobre mujer que se cayó con él, más blanca que mis dientes que me salvaron por blancos; más que él, más limpia, el sucio panadero, en la acera de la calle de Lista, esquina de la de Velázquez. No, no era, no era aquel Destino mi Destino de muerte todavía. Pero, de pronto, ¿qué inminecia alegre, mala, indiferente, absurda? Ya pasó lo anterior y ya está, en este aquí, este esto, y ya, y ya estamos nosotros, igual que en una pesadilla náufraga o un sueño dulce, claro, embriagador, con ello. La ánjela de la guarda nada puede contra la vijilancia exacta, contra el exacto dictar y decidir, contra el exacto obrar de mi Destino. Porque el destino es natural, y artificial el ánjel, la ánjela. Esta inquietud tan fiel que reina en mí, que no es del corazón, ni del pulmón, ¿de dónde es? Ritmo vejetativo es (lo dijo Achúcarro primero y luego Marañón), mi tercer ritmo, más cercano, Goethe, Claudel, al de la poesía, que los vuestros. Los versos largos vuestros, cortos, vuestros, con el pulso de otra o con el pulmón propio. ¡Cómo pasa este ritmo, este ritmo, río mío, fuga de faisán de sangre ardiendo por mis ojos, naranjas voladoras de dos pechos en uno, y qué azules, qué verdes y qué oros diluídos en rojo, a qué compases infinitos! Deja este ritmo timbres de aires y de espumas en los oídos, y sabores de ala y de nube en el quemante paladar, y olores a piedra con rocío, y tocar, cuerdas de olas. Dentro de mí hay uno que está hablando, hablando, hablando ahora. No lo puedo callar, no se puede callar. Yo quiero estar tranquilo con la tarde, esta tarde de loca creación (no se deja callar, no lo dejo callar). Quiero el silencio en mi silencio, y no lo sé callar a éste, no se sabe callar. ¡Calla, segundo yo, que hablas como yo y que no hablas como yo; calla, maldito! Es como el viento ese con la ola; el viento que se hunde con la ola inmensa; ola que sube inmensa con el viento; ¡y qué dolor de olor y de sonido, qué dolor de color, y qué dolor de toque, de sabor de ámbito de abismo! ¡De ámbito de abismo! Espumas vuelan, choque de ola y viento, en mil primaveras verdes blancos, que son festones de mi propio ámbito interior. Vuelan las olas y los vientos pesan, y los colores de ola y viento juntos cantan, y los olores fuljen reunidos, y los sonidos todos son fusión, fusión y fundición de gloria vista en el juego del viento con la mar. Y ese era el que hablaba, qué mareo, ese era el que hablaba, y era el perro que ladraba en Moguer, en la primera estrofa. Como en sueños, yo soñaba una cosa que era otra. Pero si yo no estoy aquí con mis cinco sentidos, ni el mar si no los veo, si no los digo y lo escribo que lo están. Nada es la realidad sin el Destino de una conciencia que la realiza. Memoria son los sueños, pero no voluntad ni intelijencia. ¿No es verdad, ciudad grande de este mundo? ¿No es verdad, dí, ciudad de la unidad posible, donde vivo? ¿No es verdad la posible unidad, aunque no gusten los desunidos por Color o por Destino, por Color que es destino? Sí, en la ciudad del sur ya, persisten estos claros de campo rojisecos, igual que en mí persisten, hombre pleno, las trazas del salvaje en cara y mano y en vestido; y el salvaje de la ciudad dormita en ellos su civilización olvidada, olvidando las reglas, las prohibiciones y las leyes. Allí el papel tirado, inútil crítica, cuento estéril, absurda poesía; allí el vientre movido al lado de la flor, y si la soledad es hora sola, el pleno ayuntamiento de la carne con la carne, en la acera, en el jardín llenos de otros. El negro lo prefiere así también, y allí se iguala al blanco con el sol en su negrura él, y el blanco negro con el sol en su blancura, resplandor que conviene más, como aureola, al alma que es un oro en veta como mina. Allí los naturales tesoros valen más, el agua tanto como el alma; el pulso tanto como el pájaro, como el canto del pájaro; la hoja tanto como la lengua. Y el hablar es lo mismo que el rumor de los árboles, que es conversación perfectamente comprensible para el blanco y el negro. Allí el goce y el deleite, y la risa, y la sonrisa, y el llanto y el sonlloro son iguales por fuera que por dentro; y la negra más joven, esta Ofelia que, como la violeta silvestre oscura, es delicada en sí sin el colejio ni el concierto, sin el museo ni la iglesia, se iguala con el rayo de luz que el sol echa en su cama, y le hace iris la sonrisa que envuelve un corazón de igual color por dentro que el negro pecho satinado, corazón que es el suyo, aunque el blanco no lo crea. Allí la vida está más cerca de la muerte, la vida que es la muerte en movimiento, porque es la eternidad de lo creado, el nada más, el todo, el nada más y el todo confundidos; el todo por la escala del amor en los ojos hermosos que se anegan en sus aguas mismas, unos en otros, grises o negros como los colores del nardo y de la rosa; allí el canto del mirlo libre y la canaria presa, los colores de la lluvia en el sol, que corona la tarde, sol lloviendo. Y los más desgraciados, los más tristes vienen a consolarse de los fáciles, buscando los restos de su casa de Dios entre lo verde abierto, ruina que persiste entre la piedra prohibitoria más que la piedra misma; y en la congregación del tiempo en el espacio, se reforma una unidad mayor que la de los fronteros escojidos. Allí se escoje bien entre lo mismo ¿mismo? La mueblería estraña, sillón alto redicho, contornado, presidente incómodo, la alfombra con el polvo columnados, con los libros en orden de disminución, pintados o cortados a máquina, con el olor a gato; y las lámparas secas con camellos o timones; los huevos por perillas en las puertas; los espejos opacos inclinados en marco cuádruple, pegajoso barniz, hierro mohoso; los cajones manchados de jarabe (Baudelaire, hermosa taciturna, Poe). Todos somos actores aquí, y sólo actores, y el teatro es la ciudad, y el campo y el horizonte ¡el mundo! Y Otelo con Desdémona será lo eterno. Esto es el hoy todavía, y es el mañana aún, pasar de casa en casa del teatro de los siglos, a lo largo de la humanidad toda. Pero tú en medio, tú, mujer de hoy, negra o blanca, americana (asiática, europea, africana, oceánica; demócrata, republicana, comunista, socialista, monárquica; judía, rubia, morena; inocente o sofística; buena o mala, perdida, indiferente, lenta o rápida; brutal o soñadora; civilizada, civilizada toda llena de manos, caras, campos naturales, muestras de un natural único y libre, unificador de aire, de agua, de árbol, y ofreciéndote al mismo dios de sol y luna únicos; mujer, la nueva siempre para el amor igual, la sola poesía). Todos hemos estado reunidos en la casa agradable blanca y vieja; y ahora todos (y tú mujer sola de todos) estamos separados. Nuestras casas saben bien lo que somos; nuestros cuerpos, ojos, manos, cinturas, cabezas en su sitio; nuestros trajes en su sitio, en un sitio que hemos arreglado de antemano para que nos espere siempre igual. La vida es este unirse y separarse, rápidos de ojos, manos, bocas, brazos, piernas, cada uno en la busca de aquello que lo atrae o lo repele. Si todos nos uniéramos en todo (y en color, tan lijera superficie) estos claros del campo nuestro, nuestro cuerpo, estas caras y estas manos, el mundo un día nos sería hermoso a todos, una gran palma, sólo, una gran fuente sólo, todo unido y apretado en un abrazo como el tiempo y el espacio, un astro humano, el astro del abrazo por órbita de paz y de armonía. Bueno, sí, dice el otro, como si fuera a mí, al salir del museo después de haber tocado el segundo David de Miguel Ángel. Ya el otoño. ¡Saliendo! ¡Qué hermosura de realidad! ¡La vida, al salir de un museo!... No luce oro la hoja seca, canta oro, y canta rojo y cobre y amarillo; una cantada aguda y sorda, aguda con arrebato de mejor sensualidad. ¡Mujer de otoño; árbol, hombre! ¡Cómo clamáis el gozo de vivir, el azul que se alza con el primer frío! Quieren alzarse más, hasta lo último de ese azul que es más limpio, de incomparable desnudez azul. Desnudez plena y honda del otoño, en la que el alma y carne se ve mejor que no son más que una. La primavera cubre el idear, el invierno deshace el poseer, el verano amontona el descansar; otoño, tú, el alerta, nos levantas descansados, rehecho, descubierto, al grito de tus cimas de invasora evasión. ¡Al sur, al sur! Todos deprisa. La mudanza, y después la vuelta; aquel huir, aquel llegar en los tres días que nunca olvidaré que no me olvidarán. ¡El sur, el sur, aquellas noches, aquellas nubes de aquellas nubes de aquellas noches de conjunción cercana de planetas; qué ir llegando tan hermoso a nuestra casa blanca de Alhambra Circle en Coral Gables, Miami, La Florida. Las garzas blancas habladoras en noches de escursiones altas he oído por aquí hablar a las estrellas, en sus congregaciones palpitantes de las marismas de lo inmenso azul, como a las garzas blancas de Moguer, en sus congregaciones palpitantes por las marismas de lo verde inmenso. ¿No eran espejos que guardaban vivos, para mi paso por debajo de ellas, blancos espejos de alas blancas, los ecos de las garzas de Moguer? Hablaban, yo lo oí, como nosotros. Esto era en las marismas de La Florida llana, la tierra del espacio con la hora del tiempo. ¡Qué soledad, ahora, a este sol del mediodía! Un zorro muerto por un coche; una tortuga atravesando lenta el arenal; una serpiente resbalando undosa de marisma a marisma. Apenas gente; sólo aquellos indios en su cerca de broma, tan pintaditos para los turistas. ¡Y las calladas, las tapadas, las peinadas, las mujeres en aquellos corrales de las hondas marismas! Siento sueño; no, ¿no fué un sueño de los indios que huyeron de la caza cruel de los tramperos? Era demasiado para un sueño, y no quisiera yo soñarlo nunca.Plegadas alas en alerta unido de un ejército cárdeno y calcáreo, a un lado y otro del camino llano que daba sus pardores al fiel mar, los cánceres osaban caraqueando erguidos (como en un agrio rezo de eslabones) al sol de la radiante soledad de un dios ausente. Llegando yo, las ruidosas alas se abrieron erijidas, mil seres ¿pequeños? Ladeándose en sus ancas agudas. Y, silencio; un fin, silencio. Un fin, un dios que se acercaba. Un cáncer, ya un cangrejo y solo, quedó en el centro gris del arenal, más erguido que todos, más abierta la tenaza sérrea de la mayor boca de su armario; los ojos, periscopios tiesos, clavando su vibrante enemistad en mí. Bajé lento hasta él, y con el lápiz de mi poesía y de mi crítica, sacado del bolsillo, le incité a que luchara. No se iba el david, no se iba el david del literato filisteo. Abocó el lápiz amarillo con su tenaza, y yo lo levanté con él cojido y lo jiré a los horizontes con impulso mayor, mayor, mayor, una órbita mayor, y él aguantaba. Su fuerza era tan poca para mí más tan poco ¡pobre héroe! ¿Fui malo? Lo aplasté con el injusto pie calzado, sólo por ver qué era. Era cáscara vana, un nombre nada más, cangrejo; y ni un adarme, ni un adarme de entraña; un hueco igual que cualquier hueco un hueco en otro hueco. Un hueco era el héroe sobre el suelo y bajo el cielo; un hueco, un hueco aplastado por mí; sólo un hueco, un vacío, un heroico secreto de un frío cáncer hueco, un cangrejo hueco, un pobre david hueco. Y un silencio mayor que aquel silencio llenó el mundo de pronto de veneno, un veneno de hueco; un principio, no un fin. Parecía que el hueco revelado por mí y puesto en evidencia para todos, se hubiera hecho silencio, o el silencio, hueco; que se hubiera poblado aquel silencio numerable de innúmero silencio hueco. Yo sufría que el cáncer era yo, y yo un jigante que no era solo yo y que me había a mí pisado y aplastado. ¡Qué inmensamente hueco me sentía, qué monstruoso de oquedad erguida, en aquel solear empederniente del mediodía de las playas desertadas! ¿Desertadas? Alguien mayor que yo y el nuevo yo venía, y yo llegaba al sol con mi oquedad inmensa, al mismo tiempo; y el sol me derretía lo hueco, y mi infinita sombra me entraba al mar y en él me naufragaba en una lucha inmensa, porque el mar tenía que llenar todo mi hueco. Revolución de un todo, un infinito, un caos instantáneo de carne y cáscara, de arena y ola y nube y frío y sol, todo hecho total y único, todo abel y caín, david y goliat, cáncer y yo, todo cangrejo y yo. Y en espacio de aquel hueco inmenso y mudo, Dios y yo éramos dos. Conciencia.Conciencia, yo el tercero, el caído, te digo a ti (¿me oyes, conciencia?). Cuando tú quedes libre de este cuerpo, cuando te esparzas en lo otro (¿qué es lo otro?), ¿te acordarás de mí con amor hondo; ese amor hondo que yo creo que tú, mi tú y mi cuerpo se han tenido tan llenamente, con un conocimiento doble que nos hizo vivir un convivir tan fiel como el de un doble astro cuando nace en dos para ser uno? ¿y no podremos ser por siempre, lo que es un astro hecho de dos? No olvides que por encima de los otro y de los otros, hemos cumplido como buenos nuestro mutuo amor. Difícilmente un cuerpo habría amado así a su alma, como mi cuerpo a ti, conciencia de mi alma; porque tú fuiste para él suma ideal y él se hizo por ti, contigo lo que es. ¿Tendré que preguntarte lo que fué? Esto lo sé yo bien, que estaba en todo. Bueno, si tú te vas, dímelo antes claramente y no te evadas mientras mi cuerpo esté dormido; dormido suponiendo que estás con él. Él quisiera besarte con un beso que fuera todo él, quisiera deshacer su fuerza en este beso, para que el beso quedara para siempre como algo, como un abrazo, por ejemplo, de un cuerpo y su conciencia en el hondón más hondo de lo hondo eterno. Mi cuerpo no se encela de ti, conciencia; mas quisiera que al irte fueras todo él, y que dieras a él, al darte tú a quien sea, lo suyo todo, este amar que te ha dado tan único, tan solo, tan grande como lo único y lo solo. Dime tú todavía: ¿No te apena dejarme? ¿Y por qué te has de ir de mí, conciencia? ¿No te gustó mi vida? Yo te busqué tu esencia. ¿Qué sustancia le pueden dar los dioses a tu esencia, que no pudiera darte yo? Ya te lo dije al comenzar: "Los dioses no tuvieron más sustancia que la que tengo yo". ¿Y te has de ir de mí tú, tú a integrarte en un dios, en otro dios que este que somos mientras tú estás en mí, como de Dios?


Juan Ramón Jiménez
(Moguer, Huelva, 23 de diciembre de 1881 – San Juan, Puerto Rico, 29 de mayo de 1958)


"Espacio" aparece fechado en La Florida en los años 1941, 1942 y 1954. Los dos primeros años corresponderían a la primera redacción, en verso, de los dos primeros fragmentos. En 1954 fue cuando en Puerto Rico concluyó el tercero y prosificó los anteriores. Los dos primeros fragmentos se publicaron en verso libre en Cuadernos Americanos en 1943 y 1944 respectivamente. En 1954 aparece en el número 28 de Poesía española la primera versión completa en prosa. La Tercera antolojía poética (1898-1953), publicada en 1957 incluye la versión final con algunas variantes.