Lo Último

144. María Martín






Puedes grabar lo que quieras. Te lo voy a contar todo. Porque ya no tengo miedo.

No saques el nombre de los asesinos de mi madre, ni de los que le daban las palizas a mi padre, ni de los que me daban el aceite de ricino desde los nueve años. Porque sus hijos no tienen la culpa de lo que fueron sus padres.

Yo le he escrito al rey, le he escrito al fiscal, le he escrito a la audiencia, le he escrito a castilla y león. Tengo cientos de cartas respondidas, pero mi madre sigue enterrada al pie de la carretera. Mi madre a la que vinieron a buscar en septiembre del 36 arrancándola de mí y de mi hermana.

Cuando cumplí nueve años nos cogieron a mí y a mi hermana, y a tantas otras mujeres del pueblo, también embarazadas y niñas camino de la iglesia. Después del sermón nos sentaron a todas y nos hicieron beber medio o un litro de aceite de ricino y diez o veinte guindillas, depende de si eran niñas o mujeres. Esa fue la única vez que lo hicieron en grupo. Después nos cogían según les daba, varias veces al año hasta que cumplí diecisiete.

La última vez lo hicieron porque decían que yo había visto a los maquis. Yo no veía a nadie, nada más que iba escapándome por las calles para que no me viera nadie. Tuve que ir de vientre cuarenta y siete veces y acabé por la tarde en la cama, desmayada, sin conocimiento, hasta que mi padre al día siguiente me despertó de un grito asustado. Él nunca lo supo, nosotras lo protegíamos, porque sino hubiera ido a por ellos y los hubiera matado. Y después lo hubieran matado a él.

Se pasó la vida protegiéndonos y nunca más se volvió a casar. Decía que ninguna mujer podría ocupar jamás el sitio de mi madre.

A mi padre le daban palizas constantes, sobre todo al principio. Mi padre se defendía, era un hombre fuerte pero diez hombres contra él era demasiado. Lo cogían por la calle cuando venía del campo.

Una vez llegó a casa sangrando, nosotras le preguntamos que qué le había pasado y él dijo que nada, que se había caído y había rodado contra unas ramas. En seguida llamó la guardia civil y se lo llevaron. Llegó varias horas después con la carne de un brazo colgando. Mi hermana llamó al médico mientras yo le curaba las heridas. El médico vino y lo curó amablemente. Al día siguiente le dieron una paliza al médico.

Creo que la primera hija que parí me la robaron. Llegué a Madrid y una enfermera me cruzó las piernas y se sentó encima mío para que no empujara. Me dijo que todas las de pueblo éramos unas animales. Al rato llegó el doctor y me metieron en un quirófano, decía que la niña corría peligro de asfixia. Me anestesiaron y me la sacaron con fórceps. Cuando desperté me dijeron que estaba en una incubadora. Yo la pedía pero no me la daban, y estaba destrozada. Después de dos semanas ya me confesaron que la niña había muerto hacía una semana, pero yo no me lo creo. Había una mujer que andaba buscando un bebé para adoptar, y negoció con una madre soltera que limpiaba las habitaciones pero le dijo que ella no vendía a su niño por nada.

Estoy perdiendo la voz, pero por suerte hoy vengo del médico y me ha dicho que no es nada malo. Que es desgaste. Que estoy como oxidada.

Yo lo único que pido es sacar los huesos de mi madre y llevarlos junto a mi padre, que también está enterrado con una hija que murió. Venir a la vida para vivir tantas desgracias. Llevo muchos años luchando para que pase, aunque me caiga muerta el mismo día que los entierre juntos me da igual, todo valdría la pena. Al hijo de un rey o de un político ya lo hubieran enterrado ya dignamente. Pero a nosotros, que no somos nada, el mundo entero nos da la espalda.

Aitor Fernández | DateCuenta | 82ª entrevista proyecto Vencidos









2 comentarios:

  1. ¡¡¡Que rabia siento!!! ¡¡¡Que asco de gente!!! Que triste morir sin poder encontrar los restos maltratados de su madre. ¡¡Está claro Dios no existe!!

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  2. Muy triste Teresa. No hay Justicia! Un abrazo.

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