Lo Último

306. El pequeño cementerio fusilado.





A Luis Lacasa.



Él sabe quiénes son los que renuevan el homenaje, alegoría del domingo.
Cada semana las tumbas de los fusilados aparecen cubiertas de flores silvestres.
En las cruces la intemperie comienza a desteñir los nombres.
Cada tumba se parece a otra.
Cada muerto se parece a otro a medida que el tiempo transcurre.
Hasta que un día la ceniza se comunique definitivamente entre la tierra por los canales subterráneos de la muerte.
Sin embargo, las mujeres, como las madres de la guerra, huelen al sepultado; van directamente a la tumba, dejan la flor y la lágrima.
A veces miran las otras tumbas como diciendo: Estáis ahí, camaradas.
Él sabe todo lo que se puede saber.
Él sabe todo lo que puede saber un sepulturero.
Que los pobres no olvidan,
que el pueblo vigila sus huesos caídos.
Que nada, ni el terror mismo vestido de obispo, ni el verdugo, ni el hambre,
pueden hacer retroceder la promesa, el recuerdo y el llanto.
A veces el sol calienta la losa.
Los insectos van a buscar su parte de muerte.
Volver al polvo quiere decir muchas cosas, seguir trabajando, oh mineros.
A veces un viento hullero trae el saludo de la mina a los desertores.
Los árboles del cementerio transmiten su mensaje enloquecido.
A veces la lluvia lava el ya oxidado adorno de níquel.
Un hilo de agua corre como la baba útil de la muerte.
En los días que siguen el cementerio registra los espléndidos llantos.
Algo queda en el aire de vital, algo queda que recuerda lo que ha de suceder,
algo queda que nos hace pensar en lo que aún no ha acontecido,
algo queda que nos relata un hecho que ocurrirá mañana.
Uno tiene ganas de gritar: ¡Vuestras mujeres no olvidan,
vuestros compañeros no olvidan,
vuestros poetas no olvidan!
De todas maneras es posible poner el oído en el caracol de la muerte.
Cómo sube la violenta marea de la ceniza.
Cómo surcan los veleros del hueso las posibilidades más remotas.
El morir por la revolución existe, es un hecho favorable.
Nosotros sabemos lo que se debe saber.
De todas maneras cada semana la flor anuncia un constante recuerdo.
Si está sola su insistente perfume se reparte y murmura:
Camaradas, vosotros estáis ahí.



Raúl González Tuñón.





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