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374. Graciano Antuña: el líder minero y diputado socialista fusilado en Luarca

A las cinco de la mañana del día trece de Mayo de 1937, Graciano Antuña Alvarez fue fusilado delante de las tapias del cementerio de Luarca. Socialista y diputado en Cortes por Asturias tras resultar elegido en Febrero del año anterior en la lista del Frente Popular, Graciano Antuña había desempeñado el cargo de secretario general del Sindicato de Obreros Mineros (SOMA-UGT) en los meses previos a la Revolución de Octubre de 1934.

A Graciano Antuña le detuvieron en Oviedo al día siguiente de sublevarse las fuerzas del coronel Aranda. Había participado en las reuniones que tuvieron lugar en el Gobierno Civil entre las autoridades civiles, militares y dirigentes del Frente Popular tras conocerse las primeras noticias del inicio del levantamiento militar en el Marruecos español.

Colaboró en la organización de la expedición de trabajadores que salió de Oviedo en dirección a Madrid y en la formación de grupos de autodefensa obrera. Se le vio en el edificio del diario socialista Avance, en la calle Asturias, donde también tenía su sede la dirección socialista y el Sindicato Minero. No se sabe exactamente por qué, pero no pudo escapar de Oviedo como el resto de los dirigentes de los partidos de izquierdas. Según sus propias declaraciones, el domingo por la tarde, se marchó del Gobierno Civil y se fue a dar “un paseo por la carretera de Buenavista acompañado de otro individuo, y al regresar, se tropezó con Villanueva, el cual le dijo que le acompañara a su casa para tomar un café, pues ya se habían enterado que la fuerza del Ejército había salido a la calle...” En casa de ese Villanueva se refugió Graciano Antuña y ahí le detuvieron al día siguiente.

La versión que dio el comandante Gerardo Caballero fue la siguiente: “una vez verificado el levantamiento militar en esta plaza y llegado a los dirigentes socialistas la noticia de la ocupación del cuartel de Asalto por las fuerzas del Ejército nacional, le entró el desánimo al procesado y aconsejó a la muchedumbre estacionada por las inmediaciones del edificio anteriormente mencionado (de Avance), a la que poco antes organizaba y enardecía, que se marchasen cuanto antes, que iban a ser carne de cañón y que su resistencia era inútil. Preocupado por estas cosas, sin duda por la situación de la familia, o anonadado, probablemente, por el golpe recibido con el levantamiento de la guarnición, no tuvo tiempo de reaccionar para escaparse con los demás compañeros o cuando lo intentó debió de ser tarde ya...”

Algunos protagonistas, como Ramón Alvarez Palomo y Avelino González Entrialgo, cenetistas los dos, dejaron escrito lo que les dijo el propio Antuña en las primeras horas de la tarde del domingo diecinueve, cuando se cruzaron con él en el Gobierno Civil: “nos reafirma su confianza en Aranda, llegando a decirnos que no hay motivos para ser tan suspicaces y desconfiados. El, confiado y seguro, se retiraba a descansar unas horas...” Ahí se apunta un motivo: ¿dormir un poco después de día y medio de tensión? Otro, tal vez fuese el fallo en la cita de seguridad que el Comité provincial del Frente Popular había establecido para esa tarde en un domicilio particular de Oviedo. Según Alvarez Palomo, solamente acudieron los delegados de la CNT y la FAI y el comunista Ambou: “Al anochecer, después de inútil y angustiosa espera, se abandonó toda esperanza de reunión.”

Antonio Masip me cuenta esta otra versión que le dio el histórico dirigente socialista asturiano Juan Pablo García. Según éste, “Antuña, en la noche del domingo diecinueve de Julio, cuando estaba a la altura de la cuesta del cementerio, antes de llegar a San Esteban de las Cruces, dio media vuelta y regresó a Oviedo”. Juan Pablo pone en boca de Antuña estas palabras: “No quiero ser un exiliado. No vuelvo al exilio. Lo pasé muy mal en Dieppe.”

Natural de Ciaño-Santa Ana, en la cuenca minera del Nalón, municipio de San Martín del Rey Aurelio, Graciano Antuña, junto con su mujer e hija, vivía últimamente en Oviedo, en la Fonda de Angelín Fierros, en la calle Posada Herrera. Al tener conocimiento de que el coronel Aranda se había sublevado y dominaba la ciudad, buscó refugio en una casa de la calle Matemático Pedrayes, habitada por el citado Villanueva. Gerardo Caballero, comandante de Infantería que fue nombrado por Aranda delegado de Orden Público, dijo que al recibir una denuncia de que habían visto a Graciano Antuña esconderse en esa calle, ordenó a una patrulla de Seguridad que procediera a registrar la zona hasta encontrarlo y detenerlo. Pudiera ser hasta que el propio Caballero hubiera sido el que viera y reconociera a Graciano Antuña, pues vivía muy cerca de la casa donde detuvieron a Antuña. La patrulla que llevó a cabo los registros y practicó la detención estaba formada por un cabo y cuatro guardias. El cabo, llamado Alfredo González, moriría defendiendo la posición nacionalista de La Loma del Canto durante la ofensiva republicana de Octubre del 36.

Al ver que dicha fuerza se dirigía a la casa en la que estaba refugiado y que picaban a la puerta, el propio Graciano Antuña acudió a abrirles y, según la versión policial, trató de ocultarse detrás de la misma puerta. Descubierto y encañonado con el mosquetón por uno de los guardias, Antuña agarró fuertemente el cañón y en el forcejeo, siempre según esa versión policial, se hirió en las manos con el punto mira. A esas heridas se atribuyeron las manchas de sangre de la camisa que llevaba puesta y que Graciano Antuña, días después, intentó sacar de la cárcel mezclada con el resto de la ropa sucia. Oculta entre la ropa iba también una nota para su mujer en la que le pedía que conservara la camisa tal cual estaba, seguramente pensando en utilizarla como prueba de torturas más adelante, pero esa nota fue descubierta al registrar el paquete en la cárcel de Oviedo. La versión que en la  causa judicial da Antuña de estos mismos hechos es muy parecida: pasó la noche del día diecinueve de Julio en casa del señor Villanueva. En la mañana del veinte, fue la mujer de Villanueva la que le dijo que los guardias andaban registrando las casas colindantes. Suponiendo Antuña que era a él a quien buscaban, bajó al portal, abrió la puerta y salió a la calle: “se encontró con dos guardias que, apuntando con el fusil y poniendo el cañón en el pecho del declarante, le echaron el alto; como esta actitud de los guardias le hiciera temer fuesen a dispararle, se cogió con las manos a los cañones para separarlos, diciendo al mismo tiempo que no le matasen, momento en el cual, con el punto de mira de uno de los fusiles se hizo una pequeña herida en una mano, siendo conducido inmediatamente al Gobierno Civil.”

Una vez en el Gobierno Civil, le introdujeron en el despacho del comisario de policía, que lo era Arcadio Cano. Afirma el comandante Caballero que debido a los reiterados temores que expresaba el detenido a ser “paseado”, “tuvo que bajar personalmente a calmarle y darle las seguridades debidas”. Ese mismo día fue conducido a la cárcel de Oviedo y en dicha cárcel permanecería hasta finales de Marzo de 1937. El y otros como él, hombres y mujeres, eran los rehenes del coronel Aranda: los mantuvieron vivos mientras creyeron que les podrían ser de utilidad, pero cuando vieron que ya no los necesitaban, los fueron entregando a la trituradora de la “justicia militar” franquista para eliminarlos. Hay quien afirma, incluso, que Graciano Antuña estuvo a punto de ser canjeado por el jefe de Falange, Jose Antonio Primo de Rivera, preso en Alicante y que fue ejecutado, finalmente, en Noviembre de 1936.

La trituradora, para Graciano Antuña, se puso en marcha el once de Febrero de 1937: el auditor de guerra Juan Villavicencio ofició ese día, con número de orden 1.228, al juez instructor del juzgado militar nº 1 de la plaza, que lo era el alférez de Infantería Manuel Martínez Cardeñoso. En el escrito se le ordenaba que iniciase los procedimientos contra el prisionero Graciano Antuña Alvarez. Su tramitación, dio lugar a que en el sumario de la causa figuren las declaraciones de diferentes testigos, destacando la del propio Gerardo Caballero Olabézar, delegado de Orden Público. Quedaron recogidas, además, la del teniente de la Guardia Civil Juan Serra Planells, nombrado por Caballero subdelegado interventor de servicios en la cárcel de Oviedo; la de los seis guardias de Asalto que participaron en la detención y la de un ayudante de minas que había estado preso, por orden del Comité Revolucionario, en la cárcel de Pola de Laviana durante la Revolución de Octubre de 1934. En todas esas declaraciones no se aportan datos de mayor interés que los aquí ya transcritos.

Cinco días más tarde, el dieciséis de Febrero, el juez instructor tomó declaración a Graciano Antuña. Es también de poco interés y en ella, después de reconocer la pertenencia al PSOE y a la UGT desde 1925, Antuña trató de resaltar el carácter moderado de su ideología política y lo poco determinante de sus actuaciones, todo ello buscando la autoexculpación, quizás sin darse cuenta de que ya estaba condenado de antemano.

Al cabo de poco más de un mes, el veintitrés de Marzo, el coronel comandante militar de Oviedo, cumplimentando el radiograma del general jefe de la Octava División, ordenó al juez instructor el traslado a Luarca de Graciano Antuña para ser puesto a disposición del teniente auditor honorífico Carlos Humberto Santaló Ponte, juez militar de la columna de operaciones en Asturias. Junto con el prisionero se remitieron las diligencias sumariales instruidas hasta ese momento y que conformaban la causa número 302/37.

En Luarca, el juez militar Santaló volvió a tomar declaración a Graciano Antuña. Este, por su parte, se limitó a ratificarse en lo que ya tenía declarado y a negar las implicaciones que se le hacían como organizador de los grupos que formaron la expedición que partió hacia Madrid a luchar contra los sublevados y otras acusaciones similares. El único dato novedoso que aparece en este interrogatorio es el que se da a entender cuando el juez militar le preguntó “si no es, así mismo, más cierto que al iniciarse el movimiento revolucionario marxista dirigió cartas firmadas por él a las distintas organizaciones obreras de Asturias y norte de Galicia ordenándoles que resistiesen por todos los medios posibles el avance del Ejército nacional, llevando a cabo voladuras de puentes y cortes de carretera al objeto de impedir el paso de las fuerzas del Ejército”. Graciano Antuña rechazó de plano tal acusación, porque, efectivamente, detenido desde la mañana del día veinte de Julio, difícilmente podría haber enviado cartas a ningún sitio. Lo que sí se sabe y, probablemente el juez militar ignoraba, es que en los primeros días que siguieron a la sublevación militar, el Comité de Sama de Langreo, que presidía Belarmino Tomás, dio orden de que un camión con milicianos partiera para recorrer toda la zona occidental de Asturias e informar de cual era la situación real en la misma. Llegaron por la costa hasta Ribadeo y regresaron por el interior. Es muy probable que el jefe de esa patrulla de milicianos llevase algunas instrucciones para los dirigentes de las organizaciones obreras de las diferentes localidades por donde pasaron.

Ahondando en esa acusación, el juez militar pidió que con la máxima urgencia se interrogase al ex capitán de Carabineros, Rafael Pérez Alexandre, que cumplía condena de reclusión perpetua en la cárcel de Lugo, y “manifieste si el sujeto hoy huido, César Margolles, vecino de Ribadeo, le leyó íntegro el contenido de una carta del destacado socialista Graciano Antuña Alvarez, ordenándole a las organizaciones rojas de Ribadeo destruir puentes y vías férreas y cortar comunicaciones, carta firmada de puño y letra por Graciano Antuña, con lo demás que sepa del asunto.” Rafael Pérez Alexandre declaró que no había visto la carta y que desconocía todo lo referido a la misma. No obstante, el juez instructor, en su informe, no tuvo inconveniente en afirmar que Graciano Antuña era reo “confeso de rebelión y de pertenecer a la élite de los rebeldes”; en otro párrafo escribía que “la real politik de la penología (¡!), la defensa social que está por encima de las leyes escritas, no precisaría sino de este nombre (Graciano Antuña) para declarar al procesado enemigo de la cosociedad de sentimientos y sentimentalismos humanos (¡!) y para descargar sobre él aquella medida de eliminación necesaria al bien de la comunidad.” (¡!)

Enviada la causa a La Coruña, el fiscal, entre otras cosas, afirmó en su escrito que las organizaciones obreras extremistas estaban preparando una revolución comunista que estallaría en Agosto “con el único objeto de instaurar una dictadura proletaria, que ingresando a España en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, obteniéndola por servidora fiel para sus manejos, coadyuvase con Rusia al universal desconcierto, móvil y suprema aspiración de todos los partidos disolventes.” Así que “rebelión militar” con el “agravante de  perversidad” y pena de muerte...

Por orden del comandante militar de la plaza de Luarca, José Cosío Magdalena, el consejo de guerra sumarísimo contra Graciano Antuña se celebró el día veintitrés de Marzo en la sala del Juzgado de Instrucción de la localidad. Dio comienzo a las diez de la mañana y el tribunal, presidido por el teniente coronel de Infantería José Rodríguez Abella, lo completaban los siguientes vocales: capitán de Farmacia Francisco Soler de Dios, capitán de Carabineros Luis García Canales, capitán de la Guardia Civil Pablo González Anguiano, capitán de Carabineros Manuel Mato Arenal y capitán de Artillería Luis de Micheo. Figuraban como vocales suplentes los capitanes de Artillería e Infantería, Horacio López Vallina y Darío González Sante, que también estuvieron presentes en la vista. El vocal ponente y el juez instructor fueron los ya citados, tenientes auditores de segunda, Juan de Villavicencio Pereira y Carlos Humberto Santaló Ponte. Actuó de fiscal el alférez del cuerpo Jurídico José Mª García Rodríguez, mientras que de la defensa del acusado se encargó el teniente de Infantería Natalio Alcalá Cerviño.

El desarrollo de este consejo de guerra ocupó toda la mañana, a pesar de que no se practicó prueba testifical alguna. Fiscal y abogado defensor se limitaron a leer sus respectivos informes y a pedir para el acusado, el fiscal, la pena de muerte, y el defensor, “a suplicar la absolución de su patrocinado por no ser responsable del delito que se le imputa”. Al preguntar el presidente del tribunal a Graciano Antuña si tenía algo que alegar en su defensa, éste, tal y como quedó redactado en el acta del consejo de guerra, “manifiesta que en su actuación como diputado socialista siempre fue moderado, que siempre trató de evitar huelgas y sabotajes, hasta el extremo que tiene peligrando su vida, que estuvo en el extranjero y a su regreso en Febrero último actuó siempre con tendencia conservadora, que su actuación los días 17 y 18 de Julio pasado no tuvo intervención alguna, solamente el día 19 aconsejó a los obreros se retirasen a sus casas, pues ellos tenían la culpa de haberse sublevado el Ejército y, por consiguiente, nada se podía hacer.” Ese mismo día, el consejo de guerra dictó la sentencia de pena de muerte, sentencia que se cumpliría veinte días más tarde, el trece de Mayo.

Tenía treinta y cuatro años cuando le fusilaron: si hubiera vivido más tiempo, tal vez Graciano Antuña hubiera llegado a ser el líder de los socialistas asturianos, el sucesor de Ramón González Peña. Guerra y dictadura nos dejan una biografía estrecha: nacido, como ya se ha dicho, en Ciaño, el 25 de Julio de 1902, hijo de Nicolás y Celestina, entró a trabajar en la mina y alcanzó la categoría de mecánico. Graciano se afilió a la organización socialista que lideraba Llaneza y que era la preponderante en la comarca. Según Aurelio Martín Nájera, en su obra “El grupo parlamentario socialista”, Graciano Antuña desempeñó el cargo de secretario de la Federación provincial de las Juventudes Socialistas. En las elecciones municipales de Abril de 1931 que trajeron la República, salió elegido concejal del Ayuntamiento de San Martín del Rey Aurelio. Reunida la nueva corporación el día dieciséis y elegido por votación el nuevo alcalde, José Fernández Flórez, Graciano fue designado segundo teniente de alcalde, detrás de Severino Calleja González, por quince votos a favor, cuatro en blanco y uno nulo. Sus primeras intervenciones, en ese mismo pleno municipal, fueron para proponer que los concejales en las sesiones municipales se tratasen entre sí de “ciudadanos” en lugar de “señores” y para que se suprimiesen del salón de sesiones todos los símbolos monárquicos. Ambas mociones fueron aprobadas.

En Octubre de 1933, Graciano Antuña fue elegido en votación para formar parte de la candidatura socialista a las elecciones a Cortes que se celebrarían un mes después. En esa ocasión, fueron las derechas las que ganaron las elecciones y Graciano Antuña se quedó sin el acta de diputado, obteniendo los socialistas dos escaños por las minorías.

Tenemos a Graciano Antuña de secretario general del Sindicato de Obreros Mineros de Asturias (SOMA-UGT) y directivo de la Federación Estatal de la Minería y de la Federación Socialista Asturiana; candidato a diputado en Cortes por Asturias en 1933 y diputado electo por el Frente Popular en Febrero de 1936... Sería, sin embargo, en la preparación y desarrollo de la Revolución de Octubre donde desempeñaría el papel más importante de su acortada vida.

Graciano Antuña y Bonifacio Martín fueron los dos representantes del socialismo asturiano que se encargarían de llevar las negociaciones con la CNT para la formación de la Alianza Obrera en Asturias. Estos contactos comenzaron a mediados de Marzo de 1934 y culminaron con la firma del Pacto de Alianza Obrera el día 31 de ese mismo mes en Gijón. Estamparon su firma en el documento: Bonifacio Martín, por la UGT; Graciano Antuña, por la Federación Socialista Asturiana; y José María Martínez, Horacio Argüelles y Avelino González Entrialgo por la CNT. Posteriormente, no pocas de las reuniones de la Alianza Obrera se celebrarían en el propio despacho de Antuña en la sede socialista de Oviedo. Iniciada la Revolución, Graciano Antuña y Francisco Martínez Dutor serían los principales dirigentes revolucionarios de las operaciones para la toma de Oviedo y, posteriormente, para el repliegue y dispersión de los milicianos que participaron en la lucha. En esa ocasión, Antuña tuvo la suerte de poder escapar a la represión y conseguir huir al extranjero. Como tantos otros asturianos exiliados después de la Revolución de Octubre de 1934, Graciano Antuña estuvo refugiado en Francia, Rusia y Bélgica, y no regresó a España hasta la victoria electoral del Frente Popular en Febrero de 1936.

Ese triunfo del Frente Popular supuso para Antuña no solamente la amnistía, sino también el acta de diputado en Cortes por Asturias. Procesado y declarado en rebeldía en la causa del asalto a la sucursal del Banco de España en Oviedo, junto con otros quince dirigentes más de la Alianza Obrera, esta causa fue finalmente sobreseída por el auditor de guerra en Marzo de 1936, al tener que aplicar la amnistía otorgada por decreto del gobierno el día veintiuno del mes anterior. Durante el tiempo que fue diputado no consta que realizara ninguna intervención en el hemiciclo ni que formara parte de ninguna comisión, pero estaba en Oviedo junto a sus electores en los momentos de mayor peligro, y ello le costó la vida.


Marcelino Laruelo.
Muertes Paralelas. Gijón, 2004




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