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423. Azaña, in memoriam.






"Mi queridísimo Ministro: Pocas líneas para decirle adiós. Le había jurado a don Manuel inyectarlo de muerte cuando le viera en peligro de caer en las garras franquistas. Ahora que lo siento de cerca me falta el valor para hacerlo. No queriendo violar este compromiso, me la aplico yo mismo para adelantarme a su viaje. Dispense este nuevo conflicto que le ocasiona su agradecido, Pallete” (Extracto de la carta remitida por Felipe Gómez Pallete, médico personal de Manuel Azaña,  a Luís Ignacio Rodríguez, embajador de Mexico el tres de octubre de 1940)



María Torres / Octubre 2012.

Don Manuel Azaña, segundo presidente de la II República española, se encontraba en territorio francés bajo la protección de Mexico. Desde que cayó enfermo, el embajador mexicano lo había trasladado al Hotel Midi de Moutauban para salvaguardar su vida.

Un comando franquista, a las órdenes de  José Felix de Lequerica, embajador del dictador en Francia, y tristemente famoso por la persecución implacable a la que sometió a los exiliados de la guerra española (deportó a Max Aub a Argelia, encarceló a Federica Montseny en Dordoña y se ocupó de la detención de Lluís Companys y otros dirigentes republicanos, entregados a la dictadura franquista) tenía organizado su secuestro y traslado a España para el día 1 de noviembre.

Ese mismo día Azaña entró en coma y a las doce menos cuarto de la noche del 3 de noviembre de 1940  fallecía. El entierro tuvo lugar el día 5. Sus restos fueron depositados en el cementerio de Montauban. El general Pétain, colaborador nazi, prohibió el cortejo fúnebre, así como que se le enterrara con honores de Jefe de Estado y que la bandera republicana cubriera el féretro, instando a que le colocaran en su lugar la “rojigualda”

El  único amparo institucional que recibió el presidente español fue el de la embajada de México. El mismo embajador, tras varias negociaciones, aceptó con pesar todas las ordenes excepto una: Se negó a utilizar  la bandera sugerida y optó, en su lugar, por depositar en la fría caja la bandera mexicana: “pierda cuidado, señor prefecto, no insisto más sobre el caso. Lo cubrirá con orgullo la bandera de México; para nosotros será un privilegio; para los republicanos, una esperanza, y para ustedes una dolorosa lección.”

Sin duda, fue uno de los más bellos episodios del exilio español engrandecido más si cabe, cuando cuatro años después falleció en México Luis Ignacio Rodríguez y sobre su féretro fue depositada la bandera republicana, cumpliendo uno de sus últimos deseos.


Los restos mortales del que fuera presidente de la II República siguen reposando en el cementerio de Montauban. Las autoridades francesas se encargan del mantenimiento de la tumba. Las españolas se han olvidado del jefe de estado que murió en el destierro.




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