Lo Último

496. En el aniversario del fusilamiento de los capitanes Galán y García.

A media mañana del domingo 14 de diciembre de 1930, el Consejo de guerra sumarísimo, reunido en el cuartel de Pedro I, en Huesca, termina su breve deliberación. Sus seis miembros, presididos por el general Arturo Lezcano, deciden sobre la vida o la muerte de dos capitanes del Ejército que, 48 horas antes, se han sublevado en Jaca contra la monarquía. Y la decisión es la muerte ante el pelotón de fusilamiento. Firma luego la sentencia el capitán general de Aragón. Y de Madrid llega a continuación el “enterado” del Consejo de Ministros.

Los condenados, capitanes Fermín Galán y Ángel García Hernández, ambos de 30 años, aguardan en la sala de banderas, acompañados por el capitán Vallés, que ha ejercido su defensa y un par de capellanes castrenses. Reciben la sentencia con serenidad. García Hernández, católico practicante, se recoge en oración con uno de los clérigos. El otro exhorta a Galán, quien le responde: “No se canse. Como amigo, deme un abrazo y todos los que quiera; me hacen falta en estos momentos. Pero como sacerdote, pierde usted el tiempo conmigo”.

Poco antes de las dos de la tarde, los reos son conducidos al patio del acuartelamiento. Se despiden de su defensor, al que regalan, como recuerdo, un reloj y un encendedor. Luego, suben a un camión. Les acompaña una compañía con bandera, de la que se designan dos piquetes de fusilamiento, de ocho hombres cada uno.

Media hora después, todo ha terminado. De Galán, que ha gritado él mismo la orden de “¡Fuego!”, y de García Hernández quedan dos cadáveres acribillados junto al polvorín de Fornillos. En Madrid, donde el levantamiento republicano está también en vías de fracasar, Alfonso XIII y el presidente del Gobierno, general Dámaso Berenguer, están seguros de que se ha hecho justicia. “Palacio –declara el segundo– quedó plenamente convencido de la ejemplaridad de las ejecuciones de Galán y García Hernández, que evitarán la difusión de ideas revolucionarias en el Ejército”.

Pero es un optimismo suicida. La república tiene ya sus mártires, los Héroes de Jaca. También tiene sus dirigentes, por más que ahora estén huidos o esperen en la cárcel a ser juzgados. Y tiene a su favor a un considerable porcentaje de la opinión pública, que no dejará de crecer hasta que, cuatro meses después, se desborde en masivas manifestaciones populares que darán la puntilla al tambaleante régimen monárquico.


Julio Gil Pecharromán

Profesor titular de Historia Contemporánea de la UNED.




No hay comentarios:

Publicar un comentario