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494. María Teresa León, in memoriam


María Torres - Diciembre 2012


"¿Ha llegado la hora de hacer mi testamento? Dejo a las mujeres de España mi entusiasmo por la vida. Nada más. Es todo lo que tengo".



María Teresa León, víctima de la desmemoria, nos dejaba un 13 de diciembre de 1988. Apenas once años antes, tras 38 largos años de exilio, regresaba a España. Fue un 27 de abril de 1977 y  no pudo cumplir su deseo de entrar en Madrid, su capital de la gloria, montada en un caballo blanco por la Puerta de Alcalá. Sin caballo, y sin el recibimiento que se merecía por parte de sus compatriotas, así retornó María Teresa a este país en el que los últimos siete años de su vida los pasó en una residencia para enfermos de Alhzeimer, esa enfermedad que le asustaba tanto y de la que había fallecido su madre.

Para muchos fue solo la mujer de Alberti, cuando la realidad es que María Teresa era una excelente escritora, con una valiosa obra literaria que abarcó diversos géneros como la novela, el ensayo, la poesía y el teatro. Pertenecía a una brillante generación de intelectuales y escritores que difícilmente se volverá a repetir y que tristemente fueron sepultados por la dictadura. Pero no fue suficiente, quedó en la penumbra, eclipsada por la personalidad del poeta. Ella siempre se conformó con ser la cola del cometa a pesar de que brillaba con luz propia.

El exilio y la dictadura la convirtieron en una desconocida y a pesar de que habría que querellarse con la Historia por su olvido, hoy, 23 años después de su muerte, debemos levantar un grito para reivindicar su memoria, esa memoria que recopiló en un extraordinario libro: “Memoria de la melancolía”, donde traza la escenografía de sus recuerdos más personales, pero también la de la guerra española y los personajes que participaron ella. La contienda española marcó la obra literaria de María Teresa León y el exilio cimentó su existencia no exenta de la tarea de recopilar recuerdos.

De arrolladora personalidad, miliciana de la trinchera de la cultura, comprometida, valiente, inteligente, vital, rebelde, audaz, capaz de conmovernos con sus textos -algunos no editados en España- fue una luchadora íntegra que nunca se resignó al exilio. No le importaba volver a un país en ruinas porque lo único que anhelaba era eso, volver y tener un sitio donde morirse:(“…estoy cansada de no saber donde morirme”).

La mujer que decía que vivir no era tan importante como recordar, y situaba en las entrañas el lugar exacto de la memoria, murió sin recuerdos y abrazada a la melancolía. Seguro que en un recóndito pliegue de su memoria, aunque imperceptible para ella, aún latían los años de la guerra y el exilio. A su entierro en el cementerio de Majadahonda en Madrid, acudieron tan solo 15 personas. Sobre su tumba, unas palabras de Rafael Alberti: “Esta mañana, amor, tenemos veinte años.”








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