Lo Último

20. La muerte de un trovador.





"Este mundo absurdo suele asesinar a sus poetas y enaltecer a sus verdugos."
Facundo Cabral


María Torres / Septiembre 2011

Víctor Jara fue el trovador de la revolución socialista del Gobierno de Allende. Defendió con su guitarra a la Unidad Popular y fue nombrado embajador cultural. Pero a él no le gustaban los eventos diplomáticos y prefería codearse con la gente del pueblo en cualquier taberna. Y es que Víctor era pueblo. Hijo de campesinos vivió en su propia piel la miseria y la explotación. Desde muy pequeño ayudó a su familia en las tareas del campo. Su madre, Amanda, le enseñó a tocar la guitarra y cuando ella falleció, se marchó a Santiago para estudiar teatro. Como director teatral recibió varios premios por sus montajes. Compaginó estos estudios con colaboraciones como compositor y músico con lo mejor del folclor chileno: Quilapayún, Inti Illimani, Ángel e Isabel Parra, Patricio Manns, Rolando Alarcón y Violeta Parra. Fue esta última la que descubrió el talento de Víctor Jara.
 
El 11 de septiembre de 1973, cumpliendo con el plan trazado por el gobierno de los Estados Unidos, los militares chilenos derrocaban a Salvador Allende poniendo así punto y final a la primera experiencia socialista democrática de América Latina.

Víctor Jara se encontraba en la Universidad Técnica del Estado. Era el responsable de una exposición prevista para el 11 de septiembre y que nunca llegó a inaugurarse: "Por la vida. Contra el fascismo". En el acto iba a intervenir Salvador Allende y Víctor Jara iba a cantar.

Ante los hechos, el cantautor junto a profesores y alumnos, decidieron quedarse en la sede universitaria, como había pedido el presidente Allende. Temían un posible ataque, y se trasladaron a la Escuela de Artes y Oficios, por tratarse de un edificio "más resistente". Durante la noche animó a los estudiantes con sus canciones, mientras en todo Santiago las balas de los militares rompían el silencio.

Al día siguiente, los militares rodearon las instalaciones de soldados en carros blindados, e instalaron un cañón frente a la universidad, como si de una fortaleza militar se tratara. Los que allí se encontraban no opusieron resistencia. Los soldados irrumpieron en el edificio y después de repartir golpes, los obligaron a tenderse en el suelo boca abajo. Hugo Araya, que había ido a filmar la inauguración de la exposición, se situó con su cámara frente a los soldados y cayó muerto en el acto al recibir un disparo.

Durante  horas los soldados pisotearon con sus botas a los que se encontraban sobre el suelo, sin dejar que se levantasen, hasta que llegó la orden de trasladar a los “prisioneros”, en total 600 personas, hasta el Estadio de Chile, un pequeño recinto deportivo cercano al palacio de La Moneda (y desde septiembre de 2003 llamado Estadio Víctor Jara). El cantautor quedó tendido en el suelo, rodeado por miles de detenidos. Muchos, al igual que él, no saldrían vivos de aquel infierno. En el recinto entraban apretadas dos mil personas, pero había más de cinco mil.

Danilo Bartulin, el médico personal de Salvador Allende se encontraba en el estadio cuando llegó el grupo en el que iba Víctor Jara. Según sus propias palabras a ambos los separaron del resto de prisioneros y les metieron en un pasillo frío. Les golpearon desde las siete de la mañana hasta las tres de la madrugada. Estuvieron juntos durante tres largos días en los que apenas comieron y les tocó engañar al hambre con agua.


Víctor Jara presentía que nunca saldría de allí y así se lo hizo saber al Doctor Bartulin. A pesar de los malos augurios, demostró  valor y dignidad antes las humillaciones, torturas y la crueldad sin límite a la que se vio sometido.


Otro de los prisioneros que coincidió con Víctor Jara en el Estadio de Chile fue Rolando Carrasco, ex-director de la radio sindical Luis Emilio Recabarrén. Cuenta que vio al cantautor en dos ocasiones. Pasó frente a él el 14 de septiembre y lo encontró extenuado, sentado en una silla en el pasillo donde tenían a los aislados. Tenía rastros de azotes en la frente y las mejillas, pero sonrió al verle.


Boris Navia, abogado de la Universidad Técnica y compañero de Víctor Jara, relata que el Estadio de Chile estaba iluminado constantemente por los reflectores y no tardaron en perder la noción del día y la noche. Ametralladoras pesadas sobre trípodes apuntaban a las gradas. Recuerda que anunciaban por los altavoces el apellido del prisionero ordenándole presentarse en un lugar determinado. Pero a Jara lo vino a buscar un soldado que se acercó silenciosamente y sin pronunciar una palabra tocó su hombro haciéndole señas para que lo siguiera.


"Lo golpeaba, lo golpeaba. Una y otra vez. En el cuerpo, en la cabeza, descargando con furia las patadas. Casi le estalla un ojo. Nunca olvidaré el ruido de esa bota en las costillas. Víctor sonreía. Él siempre sonreía, tenía un rostro sonriente, y eso descomponía más al facho. De repente, el oficial desenfundó la pistola. Pensé que lo iba a matar. Siguió golpeándolo con el cañón del arma. Le rompió la cabeza y el rostro de Víctor quedó cubierto por la sangre que bajaba desde su frente” (Boris Navia)


Cuando el oficial conocido como El Príncipe y hasta hoy no identificado, se cansó de golpear a Víctor Jara, ordenó a los soldados que lo pusieran en un pasillo y que lo mataran si se movía. Esa noche, los soldados arrojaron seis cadáveres, de las decenas que se acumulan en el estadio, a unos matorrales en los alrededores del cementerio Metropolitano de Santiago. Víctor Jara era uno de ellos.
Según numerosos testimonios, fue torturado durante horas, le golpean las manos hasta rompérselas con la culata de un revólver, (para cortárselas finalmente) y terminaron con él acribillándolo a balazos el día 16 de septiembre. La primera autopsia, en 1973, reveló 44 disparos. Unas pocas horas antes le dio tiempo a escribir un último poema en una libreta que le pasó su compañero de reclusión, Boris Navia, y que hoy se conserva en la Fundación Víctor Jara: Canto que mal que sales / Cuando tengo que cantar espanto / Espanto como el que vivo / Espanto como el que muero”.

Más tarde, durante unos interrogatorios a Boris Navia, encontraron dentro de un calcetín el papel con el poema de Víctor Jara. Los militares creyeron que su autor era Boris y lo apalearon sin piedad y le quitaron el poema. Antes de eso, y con la ayuda de algunos compañeros,  Boris hizo a mano varias copias del texto. Una de ellas llegó a las manos de Ernesto Araneda, destacado comunista y ex-senador, quien también estaba preso. No se sabe cómo, pero logró sacar del Estadio el ya famoso poema. Después de la muerte del cantante el partido comunista chileno lo editó en la clandestinidad.

El día 19 de septiembre alguien reconoce el cadáver destrozado del cantautor y avisa para que lo recojan. Cuando el cuerpo llega a la morgue, le asignan las siglas NN y un funcionario que también reconoce a Víctor Jara, se pone en contacto con su esposa, Joan Turner, para que lo sepulte antes de que lo echen a una fosa común. Sólo tres personas acompañan a Joan en el funeral semiclandestino que se celebró en el Cementerio General de Santiago, donde fue inhumado en un humilde nicho, poco antes de cumplir 41 años.

En junio de 2009, un tribunal pidió la exhumación del cuerpo para practicarle una autopsia a fin de poder determinar las causas precisas de la muerte. El informe del médico forense fue implacable y se probaron las torturas a las que fue sometido Víctor Jara antes de morir fusilado. El juicio permitió determinar las responsabilidades del oficial comandante del Estadio Nacional en septiembre de 1973, (ya fallecido) y de un soldado raso, José Paredes, que confesó 36 años después que jugaron a la ruleta rusa con Jara antes de acribillarlo en los subterráneos del estadio. Es el único procesado vivo en el caso y posteriormente se retractó de su testimonio.

Víctor Jara falleció por un politraumatismo a causa de múltiples heridas por impacto de bala en el cráneo, tórax, abdomen y extremidades. Además, se comprobó toda una serie de torturas que sufrió antes de perecer. Si bien no se sabe con certeza su fallecimiento, se estima que en la madrugada del 16 de septiembre de 1973 dejó de existir.

Cuando la justicia restituyó el cuerpo a la familia, su viuda organizó un funeral nacional, para que todos los chilenos pudieran rendirle homenaje. El 5 de diciembre de 2009 fue de nuevo enterrado en el mismo cementerio de Santiago, acompañado por unas seis mil personas.

Lástima que Pinochet muriera sin sentarse en el banquillo de un tribunal, para responder por los miles de crímenes que perpetró durante su dictadura, que se extendió hasta el año 1989, y que dejó un balance de más de 3.200 muertos y desaparecidos, alrededor de 30.000 torturados y decenas de miles de exiliados.

Víctor Jara vive en el corazón de su pueblo y en los corazones de todos aquellos que defendemos la vida, la libertad y la justicia por encima de cualquier otro precepto.





Hasta el último instante de vida quiso dejar su testimonio de lucha y resistencia contra el fascismo, los derechos de los seres humanos y la paz. Lo hizo con este poema:


Somos cinco mil
en esta pequeña parte de la ciudad.
Somos cinco mil
¿ Cuántos seremos en total
en las ciudades y en todo el país ?
Solo aquí
diez mil manos siembran
y hacen andar las fabricas.
¡ Cuánta humanidad
con hambre, frio, pánico, dolor,
presión moral, terror y locura !
Seis de los nuestros se perdieron
en el espacio de las estrellas.

Un muerto, un golpeado como jamás creí
se podría golpear a un ser humano.
Los otros cuatro quisieron quitarse todos los temores
uno saltó al vacío,
otro golpeándose la cabeza contra el muro,
pero todos con la mirada fija de la muerte.
¡ Qué espanto causa el rostro del fascismo !
Llevan a cabo sus planes con precisión artera
Sin importarles nada.
La sangre para ellos son medallas.
La matanza es acto de heroísmo
¿ Es este el mundo que creaste, dios mío ?
¿Para esto tus siete días de asombro y trabajo ?
en estas cuatro murallas solo existe un numero
que no progresa,
que lentamente querrá más muerte.

Pero de pronto me golpea la conciencia y veo esta marea sin latido,
pero con el pulso de las máquinas
y los militares mostrando su rostro de matrona
llena de dulzura.
¿ Y México, Cuba y el mundo ?
¡ Que griten esta ignominia !
Somos diez mil manos menos
que no producen.

¿Cuántos somos en toda la Patria?
La sangre del compañero Presidente
golpea más fuerte que bombas y metrallas
Así golpeará nuestro puño nuevamente

¡Canto que mal me sales
Cuando tengo que cantar espanto!
Espanto como el que vivo
como el que muero, espanto.
De verme entre tanto y tantos
momentos del infinito
en que el silencio y el grito
son las metas de este canto.
Lo que veo nunca vi,
lo que he sentido y que siento
hará brotar el momento...


(Víctor Jara, Estadio Chile, Septiembre 1973)





Hay algo en la canción popular, algo de resistencia, de inconveniente, que incomoda a las tiranías, y por eso no pueden hacer más que destruirla con tal de conservar su poder” (Raimon)


Enlace a la Fundación Victor Jara. 
Documental Víctor Jara "El Derecho a vivir en paz" 




3 comentarios:

  1. Insuperable nota, María.
    Mis sinceras felicitaciones.

    "Victor Jara vive en el corazón de su pueblo y en los corazones de todos aquellos que defendemos la vida, la libertad y la justicia por encima de cualquier otro precepto."

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  2. Gracias Víctor.
    Cuando se escribe desde el corazón, es fácil llegar a otros corazones.
    Un abrazo.

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