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818. Alma, alma, María.



María Sánchez Arbós  (la primera por la izquierda) junto con sus compañeros de promoción de Magisterio


"En mi continuo contacto con la Institución aprendí más que enseñé dando clases desde párvulos hasta mayores; asistí a las colonias infantiles en verano y me vi siempre rodeada de sinceridad y de ánimos para la lucha. Aún me parece oír la dulcísima voz del señor Cossío, diciéndome: "Alma, alma, María", en los momentos de desánimo de mi trabajo".



Martes, 28 de marzo de 1939. Madrid había caído y llegaban las tropas de Franco en camiones desde la Casa de Campo, desde la montaña del príncipe Pío. Todavía amanecía, pero ella ya estaba vestida porque no había dormido durante toda la noche. María tenía sobre la mesa el cuaderno de tapas azules y la fotografía de Francisco Giner de los Ríos. Esos dos objetos eran cuanto pudo rescatar de su escuela, el Grupo Escolar Francisco Giner que se levantó en la Dehesa de la Villa, cuando el edificio, diseñado para educar a un millar largo de niños y niñas, después de ser bombardeado en noviembre de 1936, sirvió de cuartel a la columna Durruti que llegó a Madrid para defender la ciudad del asedio del ejército rebelde. Aún le dolía el mismo dolor que le causó abandonar su escuela.

Madrid era una ciudad sitiada, hambrienta y enterrada en sus propios escombros. No quedaba en casa ni achicoria, ni gachas, ni las lentejas agusanadas –las famosas píldoras del doctor Negrín- para engañar al estómago. Aunque nadie quería hablar de ello en público, hacía meses que los moradores de aquel Madrid gris se miraban como se miran los perdedores. Se habían acostumbrado a no tener nada. Era como si las carencias extremas hicieran que la gente olvidara, en parte, necesidades que en otro momento parecían esenciales. Durante estos años, ella había extrañado casi diariamente las palabras tiernas y luminosas del Sr. Cossío cuando, en aquellas tardes de sueños en la Institución Libre de Enseñanza, le decía: “Alma, alma, María”. ¿De dónde sacar ánimo cuando la barbarie se había adueñado del país? La primera tentación fue abandonar, resignarse y darlo todo por perdido, pero se agarró a las clases como a una tabla de salvación. Se veía reflejada en los ojos de sus alumnos que buscaban en los suyos una explicación imposible a tanto terror. Nunca hubiera imaginado que los compromisos de cada día, los compromisos cotidianos hubieran de llevarla tan lejos.

Mientras se peinaba, pensó que costaba adivinar –en la imagen de aquella mujer súbitamente envejecida que le devolvía el espejo- a la joven e inquieta maestra que dejó la tranquilidad de Huesca para trasladarse a Madrid. Su padre era el secretario del ayuntamiento de la capital oscense, un hombre liberal que animó a María para que estudiara Bachillerato. Poco después, aprobó las oposiciones de magisterio y, uno de los primeros días del mes de abril de 1913, tomó posesión de la escuela de La Granja de San Ildefonso. Allí se sintió por primera vez maestra y experimentó la dulce sensación de ser la encargada de hacer más grande el mundo de sus alumnas, de abrir sus mentes y sus corazones a la cultura, a la tolerancia, al amor por el trabajo bien hecho. Ya durante el primer año de estancia en esta escuela, e impulsada por una inquietud intelectual que le acompañó siempre, inició los estudios de Filosofía y Letras.

En septiembre de 1915, paseando una tarde por Madrid coincidió con Rosa Roig, una antigua compañera de estudios, quien la animó para asistir a una serie de conferencias que dictaba esos días Manuel Bartolomé Cossío en el Museo Pedagógico Nacional. Allí escuchó la conferencia "El maestro, la escuela y el material de enseñanza". Cuando Cossío defendió la importancia del juego en el desarrollo infantil, la necesidad de buscar en la realidad el mejor material de enseñanza, la urgencia de "gastar" en maestros y de formar superiormente al profesorado de todos los grados... la joven maestra supo que en ese ambiente, en esa escuela, entre ese grupo de personas encontraría las respuestas que buscaba porque "el alma" que transmitía Cossío con sus palabras era lo que ella perseguía.

Después vendrían las tardes en la biblioteca del Museo Pedagógico; la estancia en la Residencia de Señoritas; el trabajo en el Instituto-Escuela y en la ILE donde aprendió más que enseñó; sus colaboraciones en la prensa pedagógica más importante de la época como el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza, la Revista de Pedagogía, o La Escuela Moderna; las clases en la Escuela de Estudios Superiores del Magisterio donde coincidió con un joven vehemente y comprometido: Rodolfo Llopis quien sería Director General del Primera Enseñanza durante el primer bienio republicano; su brillante licenciatura en Filosofía y Letras, etc.

En 1920 se casó con Manuel Ontañón y Valiente, un hombre bueno en el buen sentido de la palabra, que la acompañó y la apoyó siempre.

Cuando más ilusionada estaba con el trabajo que hacía en el Instituto Escuela, le comunicaron que tenía que incorporarse al claustro de la Escuela Normal de Maestras de La Laguna. Era tan distinto el trabajo con las alumnas de la escuela de magisterio que sólo le hicieron falta unas semanas para darse cuenta de que ella quería ser, por encima de todo, maestra. ¡Cuánto echaba de menos la curiosidad infantil que brotaba naturalmente de las alumnas! Para María no había satisfacción que se pudiera comparar al trabajo en la escuela primaria.

Tras su paso por la Escuela Normal de La Laguna, en 1926 obtuvo destino en Huesca. Ella había cambiado tanto que no fue fácil volver a la pequeña ciudad de su infancia y juventud. Pronto añoró la relación con las personas de la Institución y el ambiente cultural de Madrid. Por eso cuando su marido la animó, solicitó una vacante en el Instituto-Escuela. Desoyó las advertencias de quienes le decían que se arrepentiría. Pensaba que si se trasladaba a Madrid sus hijos podrían formarse en la Institución, y que no le importaba ni trabajar más horas, ni que el sueldo fuera sensiblemente más pequeño. Como       había perdido su plaza de maestra, tuvo que volver a opositar para poder trabajar en aquello que le apasionaba.

María participó del alborozo contagioso del día más feliz de la historia de Madrid: el 14 de abril de 1931 se proclamó la II República, y se iniciaba el tiempo de la gran ilusión. Aprobó las oposiciones que se convocaron para dirigir los nuevos grupos escolares, y recibió el encargo de poner en marcha el Grupo Escolar Francisco Giner. Qué emoción más intensa el día que el Presidente de la República acudió a inaugurar el edificio.

Todo había pasado tan rápido...

Martes, 28 de marzo de 1939. Aquella mañana, a pesar del peligro que entrañaba, María quería ir a la Institución Libre de Enseñanza. Desde que una bomba destrozó parte del Grupo Escolar Francisco Giner, ella daba clase en las dependencias de la ILE a un reducido grupo de niños de su antigua escuela. Quería volver a estar cerca, de alguna manera, del espíritu de aquellos hombres y mujeres que soñaron un país mejor.

Apenas habían pasado diez minutos desde que llegó, cuando llamaron violentamente a la puerta. Esperó un instante, el tiempo justo para mirar, como quien sabe que quizá está mirando por última vez, la sala vacía, los escasos libros que quedaban en las estanterías, los huecos que habían dejado los cuadros en las paredes, las sombras que proyectaban los tilos del jardín en las cortinas del despacho. Un grupo de falangistas aguardaban impacientes en la entrada. María, sacando fuerzas de donde ya no le quedaban, quiso impedirles el paso, y les dijo que el edificio no estaba abandonado, que funcionaba una escuela. Pero no sirvió de nada. La zarandearon y la sacaron fuera. Y mientras se alejaba vio cómo amontonaban libros y muebles para encender una hoguera.

A partir de entonces, en el tiempo de la victoria, se sucedieron las acusaciones, los interrogatorios, la humillación de tener que justificarse. Ella sabía que todo aquello ocurriría. María, aquella maestra que era toda alma, conoció los horrores de la cárcel: de septiembre a diciembre de 1939 estuvo presa en la cárcel de mujeres de Atocha. Luego, aunque la expulsaron del magisterio, salvó su vida en un tiempo en el que la vida no valía nada.

Desde que empezó a trabajar, María recogió su pensamiento sobre la educación en aquel cuaderno azul que contenía sus anotaciones, sus reflexiones sobre la enseñanza, su mirada de maestra sobre la escuela y sobre el aprendizaje. La mayoría de las páginas las había redactado sentada en la mesa de la maestra, en presencia de las niñas. Cuando se jubiló creyó que aquellas reflexiones suyas, que su pensamiento sostenido sobre la escuela quizá pudiera servirle de estímulo a algún maestro o a algún padre preocupado por la enseñanza, y decidió publicarlas. Como en España la libertad aún era una aspiración lejana, tuvo que editarlas en México. Encargó cien ejemplares de Mi diario (1961) para regalar a sus familiares y a sus amigos más próximos. En el año 2000, la Consejería de Educación del Gobierno de Aragón reeditó este libro que hoy está en todas bibliotecas de las escuelas de la comunidad, como un homenaje a una manera de entender la enseñanza, como un homenaje a María Sánchez Arbós, una maestra contenta de serlo.


Víctor M. Juan Borroy
"Maestras", Zaragoza, Prames, 2004, pp. 103-106



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