Lo Último

863. Barcelona 1939

Fotografía de Agustí Centelles



Dudo que pueda usted imaginar lo que era Barcelona al comenzar 1939. Como sabrá usted, sin duda, la ciudad no fue tomada hasta enero de aquel año. Y salvo los habitantes de los barrios burgueses, la población odiaba en su conjunto el orden que queríamos imponerle y contra el cual había combatido con todas sus fuerzas. Pero lo que nosotros veíamos, más aún que esa animosidad, era el abatimiento de la derrota. Apática, postrada, sembrada de ruinas calcinadas, presa del hambre, la ciudad presentaba un aspecto irreal.

Por todas partes se advertía una miseria lacerante. Decenas de miles de huérfanos recorrían las calles mendigando un mendrugo de pan, disputándose las colillas que encontraban en el suelo y que guardaban en unos botes de hojalata colgados de su cinturón.

Con aquel tabaco liaban unos cigarrillos que luego vendían en las esquinas. Largas filas de mujeres sin edad, sombrías y mudas, esperaban un hipotético socorro tendiendo sin ilusión sus manos arrugadas.

Ejércitos de parados cubiertos de harapos, con los ojos enrojecidos por la fiebre, caminaban sin rumbo y dormían al raso en los jardines y en los parques.

Campeaban la prostitución, el robo, el crimen. Las cárceles estaban repletas; las instituciones religiosas se multiplicaban, asilando a una multitud de chiquillos esqueléticos a los que, a cambio de un pedazo de pan amarillo y correoso y de un plato de caldo nauseabundo, se les enseñaba a cantar el Salve Regina y a gritar '¡Viva Franco!' levantando el brazo. 

Regimientos de muchachas de buena familia andaban ajetreadas, vestidas con las camisas azules de Falange, en cientos de dispensarios, distribuyendo mantas militares, ropas usadas y leche en polvo o condensada. 'Todo el país canturreaba un estribillo imbécil que resumía la obsesión común: Tengo una vaca lechera... me da leche merengada... tolón, tolón...'. Unos carteles incitando a los ciudadanos a luchar contra la tuberculosis cubrían las paredes de la ciudad, porque esa plaga se extendía y afectaba indistintamente a los jóvenes y a los viejos, a las mujeres y a los niños. 

En los hospitales, en los asilos, se amontonaban los desechos de la humanidad: viejos descanados, escupiendo sus pulmones en cada acceso de tos; hombres maduros, encorvados, macilentos, calvos antes de tiempo, con sus bocas sin dientes furiosamente apretadas sobre unas colillas amarillas y arrugadas que les quemaban los labios; adolescentes centenarios, con los ojos hundidos, brillantes de fiebre y con el cráneo afeitado... 

Toda una procesión de espectros, con sus uniformes de fustán gris y una manta agujereada sobre los hombros vagaban por los pasillos arrastrando los pies, pciosos, esperando la muerte. 

Sin embargo, lo peor no se dejaba ver ni oír, pero se sentía y se respiraba: un miedo que se extendía por todas partes, que parecía rezumar de las paredes. Un miedo acumulado, condensado, que escondía años de desorden, de huelgas, de atentados, de sórdidos arreglos de cuentas, de delaciones y fusilamientos; un miedo aún atormentado por los 'paseos' siniestros, por las detenciones nocturnas, por los bombardeos aéreos; un miedo mantenido vivo por la brutal represión, que añadía sus horrores a los precedentes. 

Pero este cuadro quedaría incompleto si no agregásemos a él un rabioso deseo de vivir, un desbordamiento de histérica alegría. En el Barrio Chino y en el Paralelo, una marea humana se derramaba en el crepúsculo y desplazaba durante toda la noche sus tumultuosas olas.


Michel del Castillo, "La Noche del Decreto" 
Grijalbo, Barcelona, 1981, pp. 156-158



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