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891. Guadalajara.



Trinchera republicana atacada



Mussolini, al conocer la fácil victoria obtenida por los italianos en Málaga, cometió el gran error de creer que los fracasos de los franquistas en Madrid eran debidos a la mala calidad de las tropas fascistas españolas y a la incompetencia de los generales que las mandaban. No se le ocurrió pensar que cualquier ejército, por bueno que fuese, habría sufrido la misma suerte ante la abnegación y el heroísmo con que el pueblo defendía su capital. Con esa idea tan equivocada del valor del soldado español, y con su estúpida fanfarronería, Mussolini decidió que el mando italiano en España prescindiese de los españoles, tomase en sus manos la conquista de Madrid y acabase de una vez con este enojoso asunto, que tanto desprestigiaba al fascismo. Una continua cadena de barcos protegidos por la escuadra italiana estaba transportando a España, desde Italia, no sólo municiones, tanques, aviones y numerosos especialistas, sino divisiones regulares y legiones fascistas, equipadas y armadas al completo. Con estas fuerzas se formó un cuerpo de ejército italiano compuesto de cuatro divisiones (mandadas por los generales Coppi, Rossi, Nuvorali y Bergonzoli), más las brigadas mixtas de Flechas Azules y Flechas Negras, batallón de carros de combate, compañía de auto y moto-ametralladoras, compañía de lanzallamas, artillería divisionaria y de cuerpo, baterías antiaéreas y antitanques, y toda clase de servicios. A este cuerpo de ejército motorizado, de unos cincuenta mil hombres y protegido por ciento cuarenta aviones, se le dio la misión (según el plan de operaciones adversario, que cayó en nuestro poder) de romper el frente de Guadalajara, tomar la ciudad en tres días, y al cuarto apoderarse de Alcalá de Henares, completando el corte de comunicaciones.(...) El 8 de marzo de 1937 comienza la ofensiva enemiga. La división encargada de romper el frente consigue su objetivo, batiendo a las fuerzas republicanas, que se repliegan en desorden. Las puertas de Madrid están abiertas (...).El mando republicano, ante la gravísima situación creada por el rápido desmoronamiento de nuestro frente, envía precipitadamente a todas las unidades que puede sacar de los frentes de Madrid. El general Vicente Rojo, que dirigía la operación, describe de esta manera aquellos críticos momentos: "Jamás se ha realizado en nuestras operaciones de guerra una concentración de fuerzas tan rápida y ordenadamente. Nuestras tropas se reúnen, organizan, despliegan y comienzan una verdadera batalla de encuentro, confusa, imperfectamente dirigida por falta de medios de transmisión, pero eficaz porque las unidades y los jefes subordinados tienen misiones concretas que cumplen con acierto". En el admirable comportamiento de estas unidades, la mayor parte de las cuales no habían tenido tiempo de reponerse de los duros combates del Jarama, jugó un papel de primer orden la noticia de que quienes nos estaban atacando eran tropas fascistas italianas. Esta presencia extrajera fue un revulsivo maravilloso. Los jefes y las unidades se disputaban el honor de ir a batirse, y esto produjo una ola de entusiasmo que permitió aunar todos los esfuerzos.(...) Cuando los fascistas italianos rompieron nuestro frente, se originó tal confusión que durante tres o cuatro días era muy difícil conocer la situación de nuestras unidades. Para nosotros, aviadores, era indispensable, si queríamos ayudar con un mínimo de eficacia, conocer, lo más aproximadamente posible, la situación. Para lograrlo, teníamos que mandar por tierra a algunos aviadores, con la misión de obtener información a fin de que las escuadrillas, en los primeros servicios, no atacasen por equivocación a nuestra gente.


Líster.

Uno de aquellos días fui al frente acompañado por el agregado aéreo soviético, coronel Boris Sviéshnikov. Yo sabía que las primeras unidades enviadas por el mando republicano para detener el avance de los italianos eran las fuerzas que mandaba Enrique Líster. Pensando que la información más completa y segura la obtendríamos en su puesto de mando, nos encaminamos a él directamente. Después de bastantes peripecias, logramos llegar a un palacete rodeado de ruinas, donde lo había instalado Líster. Lo primero que quiero aclarar es que Enrique Líster no es extranjero, como lo presentan siempre los fascistas. Líster ha nacido y se ha criado en Galicia, es un celta cien por cien, que habla todavía con fuerte acento gallego y que tiene una pasión manifiesta por todo lo que se relacione con Galicia. Yo pensaba que íbamos encontrar abrumado y de mal humor al antiguo jefe del Quinto Regimiento por la nueva papeleta que le habían encomendado, cuando apenas sus tropas habían empezado a reponerse de los combates del Jarama. Pero, por lo visto, estaba tan acostumbrado a que el mando republicano siempre lo emplease en los sitios de mayor peligro que, con gran sorpresa por nuestra parte, lo encontramos alegre, rebosando energía por todos sus poros y lo que más nos admiró, con un extraordinario optimismo. Se hallaba con él su comisario político, Santiago Álvarez, otro gallego muy fino y también enamorado de su tierra (...).


Dos Fiat.

Y ahora voy a decir unas cuantas palabras sobre la actuación de nuestra aviación. Cuando comenzó la batalla de Guadalajara, la proporción de aviones era tres a uno a favor de los fascistas. Nosotros teníamos dos ventajas: la calidad de nuestros aparatos (todavía no habían llegado los Messerchmidt alemanes) y la magnífica situación de nuestros aeródromos. Además, tuvimos la inmensa suerte de que los aeródromos enemigos, debido a las lluvias, se encharcaron a los tres o cuatro días de comenzar la ofensiva, inutilizando el grueso de su aviación. Nosotros, aunque con algunas dificultades, pudimos volar durante toda la batalla.(...) Escuadrilla tras escuadrilla, la aviación republicana atacaba a las columnas motorizadas italianas. Ya en los primeros bombardeos conseguimos incendiar varios vehículos. El ametrallamiento, realizado casi a ras de suelo, fue muy eficaz por la disposición de las fuerzas italianas y por la casi completa impunidad con que se hacía.(...) Teníamos nuestro puesto de mando en el aeródromo de Guadalajara. Uno de los días, cuando regresaba en mi avioneta al de Alcalá, cansado pero feliz por la eficaz actuación de nuestros aviadores, vi a mi derecha un Fiat italiano con los emblemas fascistas. Inmediatamente, otro Fiat enemigo se colocó a mi izquierda. El susto que me llevé, como puede comprenderse, fue mayúsculo. Mi primera reacción fue de rabia, pensando lo estúpidamente que me habían cazado. Hice la única maniobra posible: di un fuerte picado y me puse a ras de suelo. Pero naturalmente, los Fiat, más rápidos que mi avioneta, continuaban pegados a mí. Al ver que no disparaban, pensé que querían obligarme a seguirles, hasta que vi que uno de los pilotos, muy sonriente, me saludaba con la mano. Y entonces comprendí lo que pasaba. Unos días antes habían tomado tierra por confusión, en un aeródromo nuestro, cinco Fiat que venían de Italia. Dos pudieron escapar, pero los otros tres quedaron en nuestro poder. Yo mismo recomendé a los pilotos de caza que los volasen para conocer sus cualidades. Con las preocupaciones y el mucho trabajo de aquellas jornadas, a mí se me olvidó la existencia de aquellos aviones, y a los mecánicos borrar las insignias fascistas. Dos pilotos nuestros que estaban probándolos vieron mi avioneta y decidieron escoltarme, sin pensar el mal rato que me iban a dar.


El telegrama del embajador.

Como consecuencia de la derrota de Guadalajara, Mussolini tuvo que suspender su triunfal viaje a Libia y regresar precipitadamente a Italia. Las principales agencias de información de París, Londres y Nueva York recibieron órdenes de ocultar o, por lo menos, disimular la derrota. Continuaban poniendo hipócritamente en duda la existencia en España de fuerzas militares del ejército italiano (...).Cuando el alto mando italiano, actuando como en un país conquistado, decidió prescindir de los franquistas y tomar en sus manos la conquista de Madrid, no podía imaginar que tres semanas después tendría que implorar humildemente la ayuda de aquellos soldados españoles que con tanta soberbia había despreciado. Los franquistas, heridos en su amor propio por la humillación que les habían inferido los italianos, se hicieron los remolones en el envío de refuerzos, y el general Roatta, aterrado por la situación, no reparó en recurrir a toda clase de medios para conseguir que Franco mandase con urgencia tropas españolas. El embajador italiano ante Franco, Roberto Cantalupo, en vista de la demanda del general Roatta envió urgentemente a su ministro el siguiente telegrama: "El enemigo continúa sus ataques. El general Roatta opina que nuestros legionarios no reaccionan. Franco se niega hasta ahora a sustituir nuestras unidades con fuerzas españolas. La misión militar y la embajada italiana solicitan que el Duce telegrafíe inmediatamente a Franco para obtener la sustitución arriba mencionada. La situación se agrava de día en día".(...) Por fin, Franco se decidió y envió una brigada española para sustituir a toda la infantería del cuerpo expidicionario italiano. Este hecho es tan definitivo que creo inútil comentarlo.


Ignacio Hidalgo de Cisneros
De «Cambio de rumbo»



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