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903. José Díaz Ramos, in memoriam

«Yo asisto a la vida, con el hambre y la emoción con que voy al cine. Y ahora Madrid es todo él un cine épico. Lo que presencié fue también una escena magnífica: José Díaz, con su menudo cuerpo trigueño y su voz andaluza, sin el fuego del tribuno, pero con el secreto de la sencillez y el prestigio del nombre del cargo y de la historia personal, le habló al batallón que llevaba su nombre.» (Pablo de la Torriente Brau)


La primera vez oí hablar a José Díaz —a Pepe Díaz, como le dicen todos—, secretario general del Partido Comunista Español, ante cinco mil militantes madrileños, en el Monumental Cinema, con ocasión de exhibirse la película Los marineros de Kronstadt, de tan viva actualidad aquí, y de tan extraordinaria resonancia nacional, que bien merece que sobre ello escriba más adelante. La segunda vez lo oí hablar, en medio de un silencio comunista, ordenado por un toque imponente de corneta, en una sala profunda del Palacio del duque de Fernán Núñez, ante el batallón que con su nombre iba a partir al frente de combate.

En una ocasión y en otra, Pepe Díaz me dio cita para hablar con él. Pero el tiempo se ríe de la relatividad y el día sólo tiene siempre veinticuatro horas raquíticas. Por eso, por dos ocasiones y aún por una tercera más, tuvo que darme excusas y citarme de nuevo.

¿Cuál es el secreto de la personalidad de José Díaz, el secretario general del Partido Comunista Español? En primer lugar, no hay secreto nunca en la personalidad de un revolucionario. Porque no hay misterio en la acción. Pero si alguno hubiera en este caso, pudiera decirse que el secreto de la personalidad de Pepe Díaz, consiste precisamente en eso, en no tener secreto, en ser un hombre sencillo y claro que, a pesar de ser joven, lleva veinte años de lucha proletaria, limpios de vacilaciones. Su vida, en realidad, está en la frase con que se despidió de su batallón:

Sólo os pido que el batallón que lleva mi nombre sepa cumplir con su deber.

Por lo demás, su oratoria no tiene ciertamente brillantez. Aun carece de ese ímpetu que anima al clásico tribuno, al agitador. Pero dice las cosas justas. Y hace pensar a los oyentes, por cierto sentido de la gravedad y de la responsabilidad que le imprime siempre a sus discursos. Los que lo escuchan generalmente no prorrumpen en vivas sino que exclaman, como quien ha encontrado algo que buscaba con empeño hacía tiempo: «¡Muy bien!» o «¡Así es!»

Y es un hombre más bien pequeño, de frente y ojos voluntariosos, cuerpo cenceño y rostro como de color cetrino, a ritmo con su abundante pelo oscuro.

Me dijo: —Mañana a las once estaré en el local del Partido. Búscame allí.Y llegué cuando había ciertas amenazas de bombardeo aéreo. Él estuvo allí a las once menos cuarto. Gracias a esto pude hablar con él.

Por lo pronto es una satisfacción revolucionaria el decir que el Comité Central del Partido Comunista Español radica en el palacete que en la calle de Serrano poseía el partido fascista Acción Española, que capitaneaba Gil Robles. Allí, en su propio despacho, no exento de sobriedad, tono que siempre imponen los muebles de color caoba, fue que hablé un largo rato con Pepe Díaz.

Él, con su falta de sentido teatral, no le ha dado importancia ninguna a su cambio de domicilio —de la cárcel o de alguna habitación escondida, al despacho de Gil Robles.

Aquí despachaba Gil Robles —me dice—. Y todo se ha quedado igual. Las mesas, los estantes, los libros. Hay sólo unas cuantas pequeñas diferencias. Donde había un Cristo está ahora un retrato de Stalin; donde había, sobre un estante, alguna estatuílla elegante, hay una cabeza de Lenin; donde había un mapa de España, hoy ese mismo mapa tiene en pequeñas banderas rojas y negras la marcha de los acontecimientos militares; y, donde se sentaba Gil Robles, se sienta hoy Pepe Díaz. Esto es todo. Además, en la mesilla donde Gil Robles convidaba a «cócteles» a sus amigos, Pepe Díaz me convidó a café con leche.

Ahora, mientras escribo, las sirenas de las fábricas, por tercera vez en el día dan el aviso de la amenaza de los aviones. La gente se asoma a los balcones para verlos, y yo me acuerdo de lo que me dijo Pepe Díaz, en relación con el incremento que ha tomado el Partido Comunista Español, entre otras cosas, precisamente por la situación a que ha sido conducida España, por la traición militar y fascista, que no vacila en bombardear ciudades abiertas. 

El Partido —me dijo— tenía veinticinco mil miembros pocos meses antes de las elecciones. Durante la campaña nuestra por el Frente Popular, y a consecuencia del triunfo electoral, cuadruplicamos ese número y llegamos a los cien mil. Hoy, a los tres meses de iniciada la sublevación fascista, en la parte de España que está en nuestro poder, contamos ya con ciento diez mil miembros. La actuación de los fascistas en la zona que ocupan, hará que, cuando la recobremos, nuestras fuerzas sean enormes en toda España.

Pero no es sólo esto —continúa—, nuestra fuerza no sólo aumenta en los nuevos miembros. La influencia del Partido se extiende de una manera increíble a todas las capas de la población. Nosotros hacemos hoy toda la propaganda, exclusivamente por el Gobierno del Frente Popular. No hacemos reclutamiento especial alguno por el Partido. Pero vienen a nosotros gentes de toda condición. No sólo obreros, intelectuales, maestros, médicos, ingenieros. Y aun militares. Los pocos que han permanecido leales a la República, sienten simpatías por nosotros. No hay duda de que tenemos una gran responsabilidad porque han crecido enormemente las esperanzas en nosotros.

Sus propias palabras le llevan a una respuesta que yo no tuve que pedirla:

Pero el Partido está más firme que nunca en su línea. Nosotros estamos conscientes de nuestra responsabilidad. El Partido, por encima de toda sugestión o presión externa, mantiene la lucha a fondo por la República democrática en España; por la consigna del Frente Popular. Y no como una maniobra sino como una necesidad, porque creemos que bajo la República verdaderamente democrática, grandes cosas pueden hacerse de contenido social y por la solución del problema agrario. Hoy, consideramos improcedente cualquier otra línea política. En la actualidad, no sólo la pequeña burguesía, sino aun la media burguesía puede y debe ser útil en los destinos revolucionarios de España.

Pero estos propósitos del Partido Comunista Español, en su interpretación política de la realidad, no se resumen, como es natural, en una actitud pasiva, en una mera postura ideológica.

Nosotros actuamos directa y activamente por la aplicación de lo que consideramos correcto, políticamente en el momento —dice Pepe Díaz—. Nosotros estamos realizando una campaña —y te habrás fijado ya en numerosos pasquines que se han impreso— porque se retorne a muchos pequeños propietarios e industriales sus establecimientos, incautados en los primeros días de la revolución. Esto es una cosa necesaria y no dudo que pronto obtendremos un éxito más.

El problema de la tierra y de los campesinos, de tanta importancia en España, no podía permanecer sin un análisis claro por parte del Partido Comunista.

Nosotros, en este caso, tenemos la experiencia de los koljoses rusos. Nosotros —comenta el Secretario General del Partido Comunista Español— sabemos bien el trabajo que costó llevar al colectivismo agrario al campesino ruso. Ha sido una labor sabia y paciente. Pero se ha triunfado. Hay que dejarle al campesino la lección de la experiencia por el contraste. El campesino se encariña con su pedazo de tierra. Y aun con su instrumento de trabajo. Con sus dos vacas, con su arado antiguo, con sus costumbres. Hay que respetar, en todo lo que sea compatible, las tradiciones campesinas.

Uno de nuestros compañeros, Uribe, es ministro de Agricultura. A través de él estábamos luchando por la más inmediata viabilización del reparto de tierras, que serán explotadas, colectiva o individualmente, esforzándonos por demostrarles, con la experiencia, las ventajas del colectivismo agrario.

Mientras tomamos un poco de café, yo le recuerdo a Pepe Díaz que escribo para América, para las dos Américas, donde el problema religioso, en muchos países, tiene extraordinaria importancia. Por eso considero conveniente que él me exprese cuál es la posición de los comunistas españoles con respecto a tal cuestión.

—Mira, en primer lugar, el Partido no ha hecho especial punto de ataque el problema religioso. Durante la sublevación, cuando los fascistas se han refugiado —y lo han hecho con preferencia, entre otras cosas, por ser fortalezas naturales— en las iglesias, ha habido que desalojarlos de ellas a la fuerza, empleando los métodos de guerra. Y tampoco se puede negar que muchos religiosos han hecho armas contra la República y por ello se han expuesto a las consecuencias naturales de tal actitud. Mas no es sólo esto. Nosotros fuimos el principal factor para que fuera vencida la resistencia que había para darles ingreso en el Frente Popular a los nacionalistas vascos, que son profundamente religiosos. Porque consideramos el problema nacional por encima del problema religioso. Por tanto, si los vascos quieren ser libres, deben serlo, ya que capacidad bien demostrada tienen para ello. Y como una de las características de su Estado, es la fe religiosa, no podía realmente, sinceramente, concedérseles la autonomía sin admitir su derecho a profesar tal fe. Puedes decir, concretamente, que nosotros apoyamos —y lo haremos en cada caso, según las circunstancias— la apertura de las iglesias. Para nosotros lo único importante en este caso es la independencia absoluta del Estado de la Iglesia, porque este ligamento no se puede negar que ha sido funesto para los intereses de las masas. La iglesia que quiera ser abierta, que se abra, pero no con el apoyo económico del Estado, como sucedía en España. Y te añadiré más. Nosotros hemos dado nuestro apoyo para que Ossorio y Gallardo, católico ferviente, pero una personalidad de relieve europeo, fuese designado Embajador de España en Bélgica. Y aún debo decirte otra cosa, para responder a muchos ataques estúpidos. Por gestiones de Pasionaria han sido libertadas ciento cincuenta monjas; les hemos dado su mismo convento, que está aquí atrás, y ahí las tienes, haciendo sus rezos y sus oraciones, satisfechas del trato que les hemos dado y cosiendo ropa para los milicianos del frente.

Pepe Díaz se acuerda de Marruecos, de Rusia y de México. De Marruecos me dice:

Nosotros también vamos a plantear la democratización de Marruecos; queremos que devuelvan sus tierras a los campesinos marroquíes; que se les conceda en lo absoluto la libertad religiosa; que se equiparen sus salarios con los que se disfrutan en España. Pero no vamos a hacer esto por nuestra cuenta. Trataremos de que todo ello sea obra de un decreto gubernamental que haremos llegar a Marruecos, aunque sea por aviones.

Eso que se llama ya clásicamente «la correlación de las fuerzas» no lo pierde de vista José Díaz. Él se da cuenta de a importancia internacional del problema español. 

Nosotros —dice— estamos conscientes del papel que estamos desempeñando en la historia de estos momentos. Hoy, España, durante mucho tiempo un país sin resonancia internacional, es el eje de la política del mundo. Del resultado de esta guerra dependerá el signo de los próximos años venideros. Nuestro escenario mantiene inquieto al mundo entero. Y por eso Alemania, Italia y Portugal, y los elementos reaccionarios de todo el mundo, dan su apoyo económico, su fuerza política, hasta su aparato militar, en todo lo que les es posible, a los generales traidores. Y por esa misma razón no estamos solos. El proletariado del mundo entero y las fuerzas liberales y democráticas también cooperan con nosotros. La gravedad de nuestro problema explica que dos países tan distantes como Rusia y México, que si hubiera para ello escala numérica serían hoy el primero y el segundo en el agradecimiento del pueblo español, se hayan decidido a hacer toda clase de esfuerzos por apoyarnos de un modo eficiente. Nuestras luchas hoy son un reflejo de las luchas de la humanidad entera por su liberación. Nosotros nos sentimos responsables de tal cosa. Y puedes asegurar que sabremos llenar nuestro papel. El fascismo no triunfará en España, porque sería una desgracia para el mundo.

Las palabras de Pepe Díaz fueron bien claras. 

América tampoco —y la admirable y envidiable ayuda mexicana lo demuestra— es ajena al resultado de esta lucha. Que haya apoyo para ella.

Cuando dejé a Pepe Díaz, entró a verlo una comisión de milicianos. Y por la escalera ascendía la Pasionaria, con su cara de cansancio iluminada siempre por una sonrisa, la más humana que yo he visto nunca.


Pablo de la Torriente
Madrid, 23 de octubre de 1936



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