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896. Manifiesto de Lausanne





El día 18 de marzo de 1945, Beltrán Osorio realiza una visita al dictador Franco en El Pardo. Trae desde Suiza un mensaje urgente de Don Juan. Beltrán Osorio explica  a Franco que los aliados han decidido en Yalta terminar con el Régimen español. Para evitar que vuelva la República exigen de Don Juan un Manifiesto público condenando a Franco.

En el Manifiesto, Don Juan denunciaba la naturaleza totalitaria del franquismo, sus relaciones con la Alemania Nazi y pedía a que se diese paso a la restauración de la monarquía.

La censura impidió que el «Manifiesto» se diera a conocer en España y se hizo todo lo posible para evitar que circulara reservada o clandestinamente.  A los pocos días se desató en los medios informativos oficiales una campaña de descalificación de la persona del conde de Barcelona.

La respuesta de Franco a este Manifiesto fue la Ley de Sucesión de 1947 una ley que convertía a la Monarquía en una institución de desarrollo y consolidación del espíritu del 18 de julio y de la que quedaba excluído Juan de Borbón.


"Conozco vuestra dolorosa desilusión y comparto vuestros temores. Acaso lo siento más en carne viva que vosotros, ya que, en el libre ambiente de esta atalaya centroeuropea donde la Voluntad de Dios me ha situado, no pesan sobre mi espíritu ni vendas ni mordazas. A diario puedo escuchar y meditar lo que se dice sobre España.

Desde abril de 1931 en que el Rey, mi padre, suspendió sus regias prerrogativas, ha pasado España por uno de los periodos más trágicos de su historia. Durante los cinco años de la República, el estado de inseguridad y anarquía creado por innumerables atentados, huelgas y desórdenes de toda especie, desembocó en la guerra civil que por tres años asoló y ensangrentó la patria. El generoso sacrificio del Rey de abandonar el territorio nacional para evitar el derramamiento de sangre española resulto inútil.

Hoy, pasados seis anos desde que finalizó la guerra civil, el Régimen implantado por el General Franco, inspirado desde el principio en los sistemas totalitarios de las Potencias del Eje, tan contrario al carácter y a la tradición de nuestro pueblo, es fundamentalmente incompatible con las circunstancias que la guerra presente está creando en el mundo. La política exterior seguida por el Régimen compromete también el porvenir de la nación.

Corre España el riesgo de verse arrastrada a una nueva lucha fratricida y de encontrarse totalmente aislada del mundo. El Régimen actual, por muchos que sean sus esfuerzos para adaptarse a la nueva situación, provoca este doble peligro; y una nueva República, por moderada que fuera en sus comienzos e intenciones, no tardaría en desplazarse hacia uno de los extremos reforzando así al otro, para terminar en una nueva guerra civil.

Sólo la Monarquía tradicional puede ser instrumento de paz y de concordia para reconciliar a los españoles; sólo ella puede obtener respeto en el exterior mediante un efectivo Estado de Derecho y realizar una armoniosa síntesis del orden y de la libertad en que se basa la concepción cristiana del Estado. Millones de españoles de las más variadas ideologías, convencidos de esta verdad, ven en la Monarquía la única institución salvadora.

Desde que por renuncia y subsiguiente muerte del Rey Don Alfonso XIII en 1941 asumí los deberes y derechos a la Corona de España, mostré mi disconformidad con la política exterior e interior seguida por el General Franco. En cartas dirigidas a él y a mis representantes hice constar mi insolidaridad con el Régimen que representaba, y por dos veces, en declaraciones a la prensa, manifesté cuán contraria era mi posición en muy fundamentales cuestiones.

Por estas razones me resuelvo, para descargar mi conciencia del agobio cada día más apremiante de la responsabilidad que me incumbe, a levantar mi voz y requerir solemnemente al General Franco para que, reconociendo el fracaso de su concepción totalitaria del Estado, abandone el poder y dé libre paso a la restauración del régimen tradicional de España, único capaz de garantizar la religión, el orden y la libertad.

Bajo la Monarquía -reconciliadora, justiciera y tolerante- caben cuantas reformas demande el interés de la nación. Primordiales tareas serán: aprobación inmediata, por votación popular, de una Constitución política; reconocimiento de todos los derechos inherentes a la persona humana y garantía de las libertades políticas correspondientes; establecimiento de una asamblea legislativa elegida por la nación; reconocimiento de la diversidad regional; amplia amnistía política; una justa distribución de la riqueza y la supresión de injustos contrastes sociales contra los cuales no sólo claman los preceptos del cristianismo, sino que están en flagrante y peligrosísima contradicción con los signos politico-económicos de nuestro tiempo.

No levanto bandera de rebeldía ni incito a nadie a la sedición, pero quiero recordar aquí a quienes apoyan al actual Régimen la inmensa responsabilidad en que incurren, contribuyendo a prolongar una situación que está en trance de llevar al país a una irreparable catástrofe.

Fuerte en mi conciencia, en Dios y mis derechos y deberes imprescriptibles, espero el momento en que pueda realizar mi mayor anhelo: la paz y la concordia de todos los españoles.

¡Viva España!

Juan"

19 de marzo de 1945 



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