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922. ¡Viva la República!







Alguien, desde Madrid, nos llamó por teléfono, gritándonos: 

—¡Viva la República!

Era un mediodía, rutilante de sol. Sobre la página del mar, una fecha de primavera: 14 de abril. Sorprendidos y emocionados, nos arrojamos a la calle, viendo con asombro que ya en la torrecilla del ayuntamiento de Rota una vieja bandera de la República del 73 ondeaba sus tres colores contra el cielo andaluz. Grupos de campesinos y otras gentes pacíficas la comentaban desde las esquinas, atronados por una rayada "Marsellesa" que algún republicano impaciente hacía sonar en su gramófono.  Mientras sabíamos que Madrid se desbordaba callejeante y verbenero, satirizando en figuras y coplas la dinastía que se alejaba en automóvil hacia Cartagena, un pobre guarda civil roteño, apoyado contra la tapia de sol y moscas de su cuartelillo, repetía, abatido, meneando la cabeza: 

—¡Nada, nada! ¡Que no me acostumbro! ¡Que no me acostumbro! 

—¿A qué no te acostumbras, hombre? —quiso saber el otro que le acompañaba y formaba con él pareja. 

—¿A qué va a ser? ¡A estar sin rey! Parece que me falta algo.  

[...]  

La República acababa de ser declarada entre cohetes  y claras palmas de júbilo. El pueblo, olvidado de sus penas y hambres antiguas, se lanzaba regocijado, en corros y carreras infantiles, atacando como en un juego a los reyes de bronce y de granito, impasibles bajo la sombra de los árboles. A la reina y los príncipes, que quedaron un poco abandonados por los suyos en el Palacio de Oriente, ese mismo pueblo, bueno y noble, los protegió con una guirnalda de manos. Nadie puede decir que le asaltaran la casa, le robaran la hacienda, desvalijasen los bancos o matasen una gallina. El único suceso grave que recuerdo fue una pedrada contra los cristales del coche del poeta Pedro Salinas, al cruzar la Cibeles en compañía del escritor francés Jean Cassou. Todo aquello fue así de tranquilo, así de sensato, de cívico. Dentro de la mayor juridicidad —como entonces la gente repetía satisfecha— había llegado la República.


Rafael Alberti, 
“La arboleda perdida”




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