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1071. Testimonio de Juan Gil-Albert sobre Federico García Lorca




A veces, sobre un tinglado, y a ser posible al aire libre, se disponía el teatrillo ambulante de la Barraca. Su inspirador y jefe era Federico García Lorca que, al igual que sus faranduleros, hacía los viajes vestido con un mono azul [...]. Las capitales de provincia recibían, de paso, la visita de los cómicos de la lengua. [...]. En uno de sus desplazamientos, conocí a Federico. Su nombre comenzaba a estar en todos los labios como sinónimo de alegría, antes de convertirse en reclamo trágico. Digo de alegría en su acepción española, o más concretamente andaluza, y que se refiere siempre a un estar alegre, la juerga, forrado con tal densidad de tristeza, que lo interior rezuma sobre lo exterior y modifica la carátula del que ríe, haciéndola, sin corregirle la mueca de los labios, llorar.

García Lorca debía haber rebasado, por los años treinta y cuatro-treinta y sies, la treintena, y había perdido ya seguramente esbeltez de talle que su tierra concede a la juventud [...]. No era alto, y aun un poco ancho, de pecho y de cara, quedándole los brazos descolgados y medio curvados en el aire para ser movidos, con soltura, al andar. La cabeza la traía puesta sobre un cuello corto, y un tanto ladeada, con esa disposición medio impertinente que adquiere en ciertas mujeres del pueblo, y que hacía pensar en su madre, al dignidad. Sus rasgos no eran finos, más bien labradores, la nariz corta, los labios entreabiertos, los ojos gachones, y su grado de color era rematado por la presencia de uno o dos lunares surgidos al azar, o como brotes hereditarios, sobre la piel gruesa de la mejilla cobriza. Su cabello lacio estaba peinado, según se llevaba entonces, sin raya y hacia atrás, pero sobre su cabeza plana se le desprendía un mechón, de los lados, hacia las orejas. El nudo de su corbata era grande y flojo, nunca perfectamente centrado, y aunque vestido a la moda, se dejaba ver en sus atuendos ese desajuste del gusto propio de las razas aborígenes cuando hacen la transposición del suyo a los cánones europeos. [...] Hablaba, y mucho más en provincias, como si pontificara, aunque al modo cañí ligeramente pasado por el barniz culto de la Residencia de Estudiantes [...]. Decía frases suamemente acicaladas que parecía dibujar en el aire con su mano morena de analfabeto prodigioso y ponía para ello, una cara muy seria cuando más divertida era su ocurrencia, como si quisiera con ello sacralizar su humor. De la silla saltaba la taburete del piano, tocaba, cantaba, improvisaba, adentrándose en los veneros de su inspiración popular en espera de que la corriente internacional de la fama arrastrara, hasta el último rincón del orbe, el eco de su voz, y estar con él era un mezcla jugosa y picante de asistir, a la vez, a una reunión "vanguardista" y a una merienda con chocolate de señorits casaderas. [...] Federico era andaluz nato poniendo en solfa al mundo. Pero como su vena más que festiva era dramática, la broma en su boca se convertía en puro sarcasmo, viva plasmación de un relámpago verde, de una malevolencia plástica.


Juan Gil-Albert
"Memorabilia"



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