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1081. Usos amorosos de la posguerra española. II - En busca del cobijo.

Fotografía: Gutiérrez, 1940




Mucho antes de que a una jovencita le llegara la edad de «echarse novio», ya había anidado en su mente una noción muy clara, aunque también algo inquietante por lo que entrañaba de disyuntiva, de decisión personal para su futuro: si no tenía vocación de monja, quedarse soltera suponía una perspectiva más bien desagradable, «desairada».

No es que se entendiera muy bien en qué consistía tener vocación de monja, pero en los libros donde se narraban las vidas de los santos podían encontrarse algunas pistas que ayudaban a situar aquel fenómenoen el terreno de lo excepcional y misterioso. Era algo así como una llamada que venía de lo alto y a la que no se podía desobedecer. Parecidal flechazo del amor. Un momento sublime. No importaba que luego, unavez alcanzada aquella meta, las monjas de carne y hueso que uno conocía se hubieran convertido en una grey rutinaria y más bien poco atractiva.

Tampoco los padres y las madres se parecían ya mucho, en general, a los novios que fueron y cuya mirada intensa, soñadora y fogosa quedó inmortalizada en alguna foto de las que a veces aparecían en el baúl de los recuerdos. La vida era así. Sobre todos los momentos sublimes llovía, con el tiempo, la prosa de la cotidianeidad. Pero el recuerdo del momento sublime quedaba innato en las almas.

A la jovencita que tenía vocación de monja se le permitía quedarse abstraída y mirar con sonrisa mortificada y superior a los que se atrevieran a discutir su decisión irrevocable. Siempre encontraba apoyo para salirse con la suya porque, en definitiva, se trataba de una decisión prestigiosa. La única que a una muchacha de posguerra se le permitía, con el consenso de la sociedad, desobedecer. Aunque dejara a un novio con el corazón partido, como lo dejó la hija de don Juan Alba, inmortalizada por una copla del tiempo, de las más bonitas, por cierto.

La hija de don Juan Alba 
dicen que quiere meterse a monja
en el convento chiquito
de la calle la Paloma.
Dicen que el novio no quiere,
dicen que a ella no le importa,
que se está bordando un traje
blanco como el de una novia.

Luego, en la segunda parte de la copla, cuando la señorita Alba ya había ingresado en el convento de la calle la Paloma, el novio deambulaba de noche bajo la luna y se le escuchaba cantar llorando (llorando, ay madre) por las calles que antaño recorrieran juntos:

En lo alto de la ermita
ya no me espera, ya no me espera,
porque se ha metido a monja,
la que más quiero,
mi compañera.

El tema de la jovencita que se metía a monja, renunciando a los placeres del mundo mediante la ofrenda simbólica de su mata de pelo, se exaltaba como algo grandioso y digno de narración. No en vano uno de los poetas románticos más leídos por las adolescentes del tiempo, Gustavo Adolfo Bécquer, le había dedicado en sus Leyendas un cuento titulado «Tres fechas», que arrancaba las lágrimas. En una palabra, tener vocación era una noción confusa, pero también por eso mismo romántica. Y sobre todo llevaba implícita una decisión. La que se metía monja lo hacía porque le daba la gana. Y además la gente no hablaba mal de ella, ni se burlaba, ni la compadecía. Los padres o el novio podían llorar porque la echaban de menos. Pero más bien se la admiraba.

¿Pasaba lo mismo con las solteras? Evidentemente no. De las mujeres de la familia, del servicio doméstico, amigas o vecinas a quienes se les había pasado o se les estaba pasando «la edad de casarse», los adultos hablaban con una mezcla de piedad y desdén. Incluso se las condenaba de antemano, como si algunas hubieran nacido ya marcadas por aquel estigma. «Esa se queda para vestir santos. Y si no, al tiempo. Lo lleva escrito en la cara.» Generalmente, más que a una descarada fealdad, se aludía a un gesto, a una actitud. La que «iba para solterona» solía ser detectada por cierta intemperancia de carácter, por su intransigencia o por su inconformismo. Analizar las cosas con crudeza o satíricamente no parecía muy aconsejable para la chica que quisiera «sacar novio». Se les pedía ingenuidad, credulidad, fe ciega.

"Tienes un peligro —se avisaba a una de estas chicas «descreídas»—; si con la gente eres tan sarcástica, tan cruda como lo has sido en tu carta, si a cada uno lo examinas a través de la lente de la desconfianza, haciéndoles ver que no crees nada de lo que te dicen, terminarás por convertirte en una persona amargada, recelosa, desagradable, que espantará a todo el mundo". (1)

De las chicas poco sociables o displicentes, que no se ponían a dar saltos de alegría cuando las invitaban a un «guateque», descuidaban su arreglo personal y se aburrían hablando de novios y de trapos se decía que eran «raras», que tenían «un carácter raro».

"No me gusta que te encierres en tu casa a piedra y lodo, pues aunque reconozco que es muy difícil para una persona inteligente tener que hablar siempre de tonterías, tampoco te conviene a tu edad aislarte por completo del mundo, pues eso te irá haciendo un carácter raro y te puede perjudicar enormemente". (2)

El lenguaje popular, que es muy sabio, había acuñado una expresiónque a mí me hizo mucha gracia cuando la oí por primera vez en laSalamanca de mi juventud, aplicada a una de aquellas chicas pocosociables. «Déjala. No le gusta salir. Es más rara que las monjas.» O sea,que se daba por supuesto que las monjas eran raras. Pero más raro era parecerse a ellas sin tener vocación de monja. Ni vocación de nada. Esoera simplemente inaceptable.

Por los años cuarenta, cuando nadie entre las personas que yo conocía había leído a Freud ni se había banalizado el psicoanálisis, empezósin embargo a circular como moneda corriente una expresión que aludía globalmente a todas las torturas incomprensibles del alma: «tener complejos». La complejidad, como la rareza, no eran bien recibidas en una sociedad que pretendía zanjar todos los problemas tortuosos y escamotear todas las ruinas bajo un código de normas entusiastas. El psicoanálisis, donde se prestaba atención a todo aquel «galimatías de los complejos», era algo extravagante que se comentaba con desdén, como el existencialismo y demás frivolidades decadentes que se gestaban en París:

"Acaba de celebrarse en París —decía un texto de 1950— el Primer Congreso Internacional de Psiquiatría. Allí, a orillas del Sena, entre escapada y escapada a Saint-Germain-des-Pres para ver qué es eso del existencialismo en su propia salsa, las mayores eminencias mundiales de la Psicopatología han cambiado impresiones sobre todo ese galimatías de los complejos, el subconsciente y demás cosillas, que tienen casi convertido al mundo en una casa de orates"(3)

El término «complejos» se aplicaba también a algunas películas de argumento inquietante que empezaron a llegar por entonces a nuestras pantallas y que solían ser desaconsejadas como gravemente peligrosas.

En las películas «de complejos» los protagonistas se comportaban de un modo raro, sufrían oscuros e inconfesados tormentos y, de rechazo, hacían sufrir a los demás mediante sutiles coacciones psicológicas. La más famosa fue Luz de gas, interpretada por Ingrid Bergman y Charles Boyer.

Se caracterizaban aquellas historias porque nunca era uno muy capaz de resumir su argumento.

«¿De qué trata?», preguntaban a veces las amigas. «¿Te ha gustado?» «A mí, sí. Pero no sé, vete a verla... Es de complejos.» «Pues, hija, si es de complejos no voy. A mí las de complejos no me gustan.»

Tampoco a los hombres les gustaban las chicas con complejos. Eran incómodas. Se salían de la norma. Los complejos de un hombre, en cambio, podían ser más dignos de atención y análisis, como veremos en su lugar oportuno. Daban pábulo a que la mujer, nacida para consolar, tratara de entenderlos y hasta se sintiera atraída por el muchacho que los padecía. Pero a la chica casadera de posguerra no se le permitía tener una visión complicada de la vida, tenía la obligación de ofrecer una imagen dulce, estable y sonriente. De una forma un tanto burda, se decía de una chica que tenía complejos cuando no sonreía a troche y moche.

"Sonrisa es benevolencia, dulzura, optimismo, bondad. Nada más desagradable que una mujer con la cara áspera, agria, malhumorada, que parece siempre reprocharos algo. El hombre puede tener aspecto severo; dirán de él que es austero, viril, enérgico. La mujer debe tener aspecto dulce, suave, amable. En fin, debe sonreír lo más posible". (4)

Las prédicas sobre la sonrisa femenina como panacea son incontables en las publicaciones de la época y tienen una clara vinculación con la ideología de la mujer fuerte y animosa propugnada por la Sección Femenina de Falange. Uno de los miembros de esta organización, la escritora Carmen de Icaza, popularizó, por boca de su más famoso personaje de ficción, Cristina Guzmán, profesora de idiomas, el axioma de que «la vida sonríe a quien le sonríe, no a quien le hace muecas». Se trataba de una especie de catecismo ético pero también estético. Una mujer que pretendiera hacerse la interesante mediante la languidez estaba obedeciendo a unos modelos de comportamiento equivocados, pasados de moda:

"¿No ves que te estás perjudicando a ti misma con esa estúpida desgana que tú crees interesante y que te está estropeando el cutis, los ojos, el pelo..., con ese estado de dejadez que tu denominas lánguido y melancólico?... ¡Ea, a sonreír sin miedo a la vida!" (5)

La sonrisa por precepto podía ser mucho más insincera que la dejadez y la desgana, convertirse ella misma en una mueca. ¿Pero eso qué importaba? Con todo cinismo llega a reconocer un autor:

"Es verdad que también hay sonrisas inexpresivas, como petrificadas, pero aun en ese caso son preferibles al ceño fruncido. No podemos pretender que la gente sea siempre sincera... Aunque se trate de una sonrisa hipócrita, siempre contribuirá a embellecer algo la existencia". (6)

Sonreír era «airoso». El adjetivo «airoso», con claras connotaciones triunfalistas, se empleaba mucho en la posguerra española. Evocaba un ondear de banderas, un revoleo de capas en los desfiles. Significaba vencer, merecer el aplauso. Si se obtenía sobresaliente en un examen o se superaba una calamidad que parecía insuperable se había salido airoso.

Lo contrario era darse por vencido, «quedar desairado», en mal lugar.

Dentro de este contexto, la sonrisa se aconsejaba como actitud deportiva ante la vida, "sobre todo en el momento en que se os muestre adversa. A lo irremediable hay que salirle al paso sonriendo, porque es más airoso". (7)

Pero es que además, y éste parecía el argumento más irrebatible y convincente, a los hombres no les gustaban las mujeres tristes.

"Levanta ese ánimo. Lo único que los hombres no toleran es el aburrimiento. Y se aburren mucho con las mujeres de ojos enrojecidos y de sonrisa escuálida. Cambia de actitud. Ofrécete a su vista sugestiva, graciosa, alegre". (8)

Es muy probable que a la mayoría de las muchachas con complejos, por muchas ganas que tuvieran de sacar novio, estas abrumadoras propuestas no les sirvieran más que para recrudecer su gesto agriado, al sentirse incapaces de seguirlas con resultado inmediato y convertirse de la noche a la mañana en aquellas criaturas optimistas y cascabeleras que eran las únicas que les gustaban a los hombres, al parecer. Pero además ¿con qué derecho vamos a dar por válida para todos los casos esta interpretación tan banal? No todas las chicas señaladas por la sociedad como raras tenían por qué sentirse inferiores a causa de su complejidad.

Nadie se ha preguntado, que yo sepa, si el llevar la contraria al mandamiento de la sonrisa no podía significar en otros casos, además de motivo de tormento, una actitud deliberada de rebeldía. Tal vez se negaran a sonreír simplemente porque no le vieran demasiada gracia a aquella única salida hacia el matrimonio preceptuada para la mujer que no tuviera vocación de monja. Con lo cual, por mucho que nadaran contra corriente, estarían dando pruebas de un mayor sentido crítico que otras amigas suyas.

¿Se interesaba realmente la sociedad por el porvenir de las solteras?

¿Las ayudaba alguien a aceptar con dignidad su condición de tales? Aparte de intentar «redimirlas» cuando se habían «descarriado», ¿qué opciones se les ofrecían para quitarles de encima aquel sambenito que las condenaba a vivir perpetuamente «desairadas»? Ninguna, en verdad.

Ni la familia, ni las amigas, ni los consultorios sentimentales se dirigían a la chica «que iba para soltera» con otro propósito que el de insuflarle, de mejor o peor fe, la ilusión de que algún día podía dejar de serlo, de estimularla en la competición con las demás aspirantes al rango de casadas. Vocación de soltera no se concebía que la pudiera tener nadie. Se trataba de animar a las que se creyeran en inferioridad de condiciones para que no perdieran la esperanza en la victoria, de alistarlas, en fin, para una causa que se consideraba de interés general.

En la lucha por alcanzar un puesto ventajoso en el mercado matrimonial, una fea no tenía por qué quedarse a la zaga. Se las espoleaba para que dedicasen un cuidado especial a su arreglo, para que sacasen partido de su fealdad adquiriendo un «estilo» que podía brindarles las mismas oportunidades que a sus contrincantes más guapas.

"La hora de las feas ha sonado... De un tiempo a esta parte, la belleza se cotiza menos que antes... Las muchachas demasiado guapas están algo predispuestas a la tontez. Y nuestra fea lee, se educa... Facciones algo irregulares, eso sí, pero mirada inteligente, cutis cuidado, pelo peinado con sencillez y buen gusto, algo de pintura sabiamente aplicada. Al verla dirán que es original, que tiene personalidad, que es elegante. O simplemente dirán: no vale nada, pero tiene algo, me gusta... La fea no se resigna: lucha y vence". (9)

Dentro de esta retórica del éxito y el fracaso, la solterona que no había puesto nada de su parte para dejar de serlo era considerada con el mismo desdén farisaico que el gobierno aplicaba a los vencidos; y su caricatura era a veces tan poco piadosa como elemental. En alguna revista para jovencitas llegó a resumirse el proceso hacia la soltería bajo el género de «cómic», mediante leyendas sucintas debajo de los sucesivos recuadros donde el dibujante había ido plasmando el progresivo estrago que transformaba a la chica con complejos en vieja amargada:

"A los diecisiete años, Luisa se cree fea y sin gracia.
— A los dieciocho devora novelas y se consuela imaginándose guapísima.
— Es retraída y reservada, tiene miedo a entregarse y que no sepan comprenderla.
— Recelosa, a los chicos los despide con bufidos
— A los veintidós, en la oficina no es simpática y oye encantada cualquier crítica acerba contra los hombres y las que los atrapan.
— A los veintiséis entra Alicia en la oficina, más fea que ella, pero tan alegre y bondadosa que tiene éxito. Tiene «simpatía».
— Luisa dice que es una «fresca», que las que atrapan a los hombres son las frescas.
— A los treinta y cinco, frecuenta la iglesia pero no es capaz de llevar una vida piadosa.
— A los cuarenta, le encanta reunirse con otras para despellejar al prójimo.
— A los cincuenta, su lema es «piensa mal y acertarás». (10)

La misma denominación de solterona llevaba implícito tal matiz de insulto que se adjudicaba a espaldas de la aludida. Y en mentes infantiles, tan proclives a dejarse influir por orientaciones definitorias, evocaba a la mujer que nunca ha vivido «el gran amor», a la que nunca ha dicho nadie «por ahí te pudras» y que por eso tiene el gesto agriado. Como doña Merlucines, aquella señora tan aviesa, y por otra parte tan divertida, magistralmente retratada por Elena Fortún en el cuento de Celia en el colegio. Todos la conocíamos. Todos teníamos alguna tía, alguna visita o alguna criada que nos recordaba a doña Merlucines. Y a qué niña se le iba a ocurrir parecerse a ella cuando fuera mayor.

Existía, sin embargo, dentro del género una modalidad que constituía excepción y era considerada con piadoso respeto: la de la señorita a quien le habían matado el novio en la guerra y había decidido no volver a tener ninguno. Lo había jurado entre lágrimas, releyendo sus cartas y mirando su retrato, que solía tener enmarcado sobre la mesilla de noche. Fuera cual fuera el grado de convicción con que formulara aquel voto, el mero hecho de hacerlo no sólo la ponía al abrigo de todo escarnio, sino que la ascendía al rango de heroína. A aquellas señoritas —yo conocí a algunas, porque constituían un grupo bastante numeroso— nadie les exigía que cambiaran el luto por la sonrisa. Hasta en algunos casos podía verse mal que lo hicieran y se las criticaba si se echaban otro novio enseguida. «Pues pronto se le ha pasado la pena a ésa», se solía decir. Y era corriente que conservaran durante muchos años, a veces durante toda la vida, una estrecha relación con la familia de él, especialmente con la madre y las hermanas. Eran como viudas. Y muchas de ellas iban vestidas de negro o con hábito de la Virgen del Carmen. «Lleva luto por su novio» se susurraba con cierta admiración. No las había dejado el novio. Se lo había quitado Dios. Eso no era quedarse «desairadas». A aquellas señoritas, propiamente hablando, no se las podía llamar solteronas. Se habían convertido en novias eternas.

Aunque no siempre, por supuesto, se culpabilizara a la solterona de haber llegado a serlo, su condición de tal no podía dejar de verse como un fracaso. Y a la propia interesada se lo hacían sentir así.

En mi juventud oí contar, dándolo por cierto, el caso de una señorita —no sé si de Palencia o de Valladolid—, que le había aguantado al novio tal cantidad de desaires y de humillaciones que nadie se explicaba cómo no lo mandaba a paseo. Impertérrita ante las críticas de los familiares y los consejos de las amigas, apuró sin embargo basta las heces el cáliz de aquel noviazgo y logró finalmente, a base de pertinacia y disimulo acerca  de sus verdaderos planes, vestirse de tules blancos y recorrer solemnemente el camino hasta el altar a los sones de la marcha nupcial de Mendelssohn. Una vez concluida la ceremonia y conseguido ante testigos el «sí» que pronunciaron los labios de su prometido, cuando le tocó a ella el turno de contestar si lo quería por esposo, se hizo un silencio expectante. «¡No, señor!», se la oyó pronunciar al fin con voz segura y bien timbrada, dirigiéndose al cura. Y, volviéndose acto seguido a todos los circunstantes que llenaban la iglesia, añadió con énfasis, haciendo un gesto teatral que los abarcaba con la mano: «¡Y si he llegado hasta aquí, es para que sepan todos ustedes que si me quedo soltera es porque me da la gana!» Dicho lo cual, se agarró la cola del vestido de novia con la mano derecha y desanduvo con taconeo resuelto el camino que la había llevado hasta el tribunal de Dios para dirimir su juicio ante los hombres.

Si aquella anécdota fue cierta, cosa que nunca pude acreditar, no comprendo cómo a esa mujer, comparable en su arrojo a Agustina de Aragón, no se le ha erigido una estatua. Y aun cuando se tratara de un personaje de ficción, que es lo más probable, su proeza merece consignarse aquí, ya que viene a cuento, como homenaje a la sabiduría de quien la inventara «para desengañar al vulgo», como diría el padre Feijoo.

Se daba por supuesto, efectivamente, que ninguna mujer podía acariciar sueño más hermoso que el de la sumisión a un hombre, y que si decía lo contrario estaba mintiendo.

"La vida de toda mujer, —a pesar de cuanto ella quiera simular o disimular—, no es más que un continuo deseo de encontrar a quien someterse. La dependencia voluntaria, la ofrenda de todos los minutos, de todos los deseos e ilusiones es lo más hermoso, porque es la absorción de todos los malos gérmenes —vanidad, egoísmo, frivolidad— por el amor". (11)

Esta concepción del amor como terapia también se aplicaba, claro está, al soltero. Pero con matices distintos. Los hombres, por su misma naturaleza, tendían a campar por sus respetos, y si elegían vivir siempre esclavos de aquellos «malos gérmenes» en vez de someterse al yugo matrimonial, no quedaban propiamente desairados. El hombre que no se casaba es porque no quería y la mujer que no se casaba, en cambio, es porque no podía. Nadie daba un mentís a estos asertos, tan arraigados en el sentir general que habían llegado a crear su propia verdad y las víctimas de ellas.

"Un solterón, amiga, es lo más contrario a una solterona que pueda imaginarse. Ellas, pletóricas de ilusión acariciada y cultivada, cobardes ante una situación que se proyecta inevitable, suspiran y anhelan un cambio de situación cordial... Un solterón es un ser que ha edificado su tranquilidad a base de egoísmos y pseudocomodidades (comodidades de alquiler, por si nos entendemos mejor). Pero se encariñan con esa vida tan independiente, tan sin obligaciones esenciales". (12)

Ya tendremos ocasión de ver más adelante que tampoco los problemas del hombre frente al posible matrimonio eran tan simples como los presenta el texto reseñado, ni tan indiscutible esta identificación de la soltería masculina con una elección libre y egoísta de felicidad.

Pero dos cosas quedan fuera de toda duda. La primera que esas «comodidades de alquiler», eufemismo mediante el cual se alude a la satisfacción de las necesidades sexuales la mujer no podía permitírselas así tan de rositas. Y la segunda que, en un sistema de total monogamia, las jóvenes aspirantes al matrimonio también luchaban con desventaja, estadísticamente hablando, frente a los varones que aspiraran a lo mismo ya que la guerra había diezmado de forma notoria la población masculina.

"Como el ideal y el lógico destino de la mujer es el matrimonio —Se lee en un texto de 1951—, resulta desolador presentar a las mujeres el panorama de unos cientos de miles que no pueden casarse por la sencilla razón de que no hay hombres bastantes. En el último censo de Madrid, el número de mujeres supera al de varones en casi 200.000". (13)

Ante tan desolador panorama había que tomar alguna medida, aunque fuera a regañadientes. La soltería femenina no sólo acarreaba la renuncia a las tan decantadas dulzuras del hogar, sino también la obligación de ganarse el sustento. Porque resultaba patente hasta para la imaginación más cerril que el infortunio de quedarse soltera no era exclusivo de las marquesas.

"La población femenina es mucho más numerosa que la masculina, lo que fácilmente hace comprender que muchas mujeres tengan que quedarse solteras. De ahí la necesidad de educar técnica y profesionalmente a las jóvenes para que honradamente puedan tener una independencia económica, en caso de que las vicisitudes de la vida les nieguen la formación de un hogar familiar". (14)

La educación técnica y profesional de las mujeres quedaba así tarada desde sus mismas raíces por un carácter de profesionalidad o de emergencia, totalmente en contradicción con el interés que un aprendizaje debe despertar tanto en quien lo recibe como en quien lo imparte. ¿Cómo iba a alcanzar un nivel profesional aceptable en ningún campo la que, de acuerdo con este texto y otros semejantes, tomara aquella formación como un desdichado sucedáneo para el caso de que la suerte le negara la formación de un hogar familiar?

Pero tales consideraciones, caso de que alguien se las hiciera en su fuero interno, estaban censuradas. El frenético desvelo por sanear la moralidad de las costumbres, que dio la tónica a la política fiscalizadora de los años cuarenta, había llevado a las autoridades a considerar el trabajo de la mujer fuera del hogar casi exclusivamente bajo el prisma de sus aspectos negativos, como ocasión de relajamiento y pecado. A nadie, ni siquiera a los censores más estrictos, se le ocultaba que estaba bien entrado el siglo XX y que aquel fenómeno, por muy alerta que conviniera estar sobre él, representaba.

"... un efecto normal, acaso más tranquilizador de lo que podía preverse, de la transformación debida a los trastornos nacionales y mundiales habidos los últimos decenios".

Pero en el mismo texto donde se reconoce esto se insiste, líneas más abajo, en que también suponía, no sólo un peligro para el pudor de las jóvenes trabajadoras, sino un mal ejemplo para las que no lo eran.

"Ha aumentado mucho, especialmente en las ciudades más populosas, la libertad y el desparpajo con que procede la muchedumbre de mujeres jóvenes independizadas por tener que trabajar fuera de su casa, libertad aprovechada por otras muchas que no podrían invocar la misma razón. Son mayores, por consiguiente, los riesgos de relajación del pudor femenino". (15)

Creo, de todas maneras, que dentro de las cortapisas que se ponían a la independencia femenina latía un recelo fundamentado también en razones de tipo económico. En la España de posguerra había mucho paro, y si se estimulaba a las mujeres a trabajar fuera de casa y no dentro de ella, podrían llegar a estar capacitadas para disputarle al hombre sus puestos laborales. Por otra parte, como quiera que la edad de casarse no viniera detallada con precisión en ningún decálogo, si la etapa de «entrenamiento» para ganarse la vida se tomaba demasiado en serio o duraba más de la cuenta, se corría el peligro de crear en la mujer necesidades y aficiones que el día de mañana pudiera echar de menos. Le tomaría gusto a algo que, según la doctrina oficial, estaba reñido con su propia condición y la estragaba: a la independencia.

"La mujer acostumbrada a manejar un sueldo ganado por sí misma —dice un texto— no soportará pacientemente escaseces económicas que la obliguen a suprimir aquellos caprichos... y condenará al esposo a un descontento humillante... Cierto que existe un numeroso grupo de mujeres para quienes el trabajo no es únicamente el medio más directo de conquistar independencia, sino que necesariamente han de ganar un sueldo para ayudar a sostener un hogar que carece de apoyo masculino... No sucede lo mismo con aquellas que desertaron de sus deberes domésticos sin que una necesidad de orden económico las obligue, sino arrastradas por la corriente modernista, a cuya influencia se entregan con verdadero entusiasmo". (16)

Así que la etapa de la soltería vivida con placer y desahogo podía resabiar a la futura casada. La soltería era mejor que no dejara buenos recuerdos, que se viviera como una cruz, como una tensa expectativa. Pero, eso sí, sonriendo. Porque era más airoso. Y estas prédicas, de tanto multiplicarse y asediar por todos los flancos, acababan surtiendo su efecto. De vez en cuando, en las publicaciones de la época, se hacen encuestas a las chicas que estudian o que trabajan y casi todas contestan lo mismo: que cuando se casen dejarán de hacerlo. Que están esperando al Príncipe Azul. Algunas universitarias como una tal Blanca, — entrevistada por la revista Medina— hacían alarde de sinceridad al confesar que estudiaba "...para ganar dinero... Aunque le aseguro que si encuentro en mi camino un muchacho inteligente y que «no esté mal del todo», me casaré con él, ya que al fin ésta es, a mi juicio, la verdadera carrera de la mujer". (17)

Incluso cuando habían llegado a ejercer una carrera de categoría, la tomaban como algo provisional. Su verdadero ideal era otro. O al menos eso es lo que decían de forma casi unánime. Isabel Ribera, médico odontólogo, que, de acuerdo con la descripción que hace de ella la entrevistadora de El Español, despedía «un penetrante aroma de feminidad exquisita», opinaba en 1943 que: "... ninguna prefiere ejercer una profesión a estar en su casa como reina y señora de ella con su marido y sus hijos. Pero la vida moderna — añadía como disculpándose— tiene una complejidad y un ritmo que nos arrastra fuera del hogar. Y bien mirado, ¿y las que no encuentran a su príncipe?".

Por las mismas fechas, Ernestina Romero, jefe de una sección de cables, dijo que: "Una profesión es ideal para una mujer soltera. Una vez casada, ya es otra cosa".

Más tajante todavía era en sus declaraciones la abogado madrileña María Teresa Segura: "Me encanta la carrera, pero me encanta más casarme. La mujer no tiene más misión que el matrimonio. ¡Estaría bonito!".

Y hasta una mujer que había llegado a ser ingeniero industrial, María P. Careaga, afirmaba rotundamente que: "La profesión, podemos llamarla así, específica de la mujer es su vida de casa". (18)

Pocos años antes, durante la etapa de la República, las contestaciones a este tipo de encuestas eran muy otras, en general. Por miedo a desviarme demasiado del núcleo central de mi investigación, no he querido consultar ahora revistas anteriores a la guerra civil. Pero recuerdo que cuando yo era niña las leía, porque se compraban en mi casa. Especialmente una que se llamaba Cartel. Y me fascinaban aquellas jóvenes universitarias, actrices, pintoras o biólogas que venían retratadas allí con sus melenitas cortas y su mirada vivaz y que cuando hablaban de proyectos para el futuro no ocultaban como una culpa el amor por la dedicación que habían elegido ni tenían empacho en declarar que estaban dispuestas a vivir su vida. No sabían, las pobres lo que les esperaba. Pero yo las veneraba en secreto. Fueron las heroínas míticas de mi primera infancia.

En los años que estoy estudiando, la muchacha que soñara con «vivir su vida» enseguida se daba cuenta de que le resultaba más prudente conservar encerrado aquel propósito en la zona de los anhelos inconfesables, como un tesoro que se convertiría en bazofia al exponerlo a la luz.

"Graves males ha deparado al mundo esta alocada rebelión de la mujer que dice querer vivir su vida... Mientras el hombre trabaja en beneficio propio y de la familia, la mujer lo hace para ella sola. Habituada así a lujos impropios, llegado el momento no aceptará las condiciones del matrimonio. (19)

La incoherencia más evidente de estas amonestaciones dirigidas a la mujer es su pretensión de validez general. «O cortos de vista o largos de mala fe», (20) olvidaban aquellos preceptores de la conducta femenina que, de acuerdo con sus propias estadísticas para cientos de miles de españolas, tanto si querían vivir su vida como si no, aquel momento del matrimonio, al cual parecía estar referido todo, no iba a llegar nunca. No se las preparaba para aceptar este hecho, no se les daba a entender que aquel trabajo que hacían «para ellas solas» era probable que lo tuvieran que seguir haciendo siempre para ellas solas. ¿No era entonces más justo y más cristiano considerarlo como una gratificación merecida que condenarlo como una insolencia?

Pero es que una de las conclusiones a que he llegado, después de darle muchas vueltas a las contradicciones de estos textos y otros semejantes, es que a las solteras que no van a encontrar marido se las margina o se las caricaturiza, pero nunca se habla con ellas realmente.

Las alusiones a su existencia no pasan, en el fondo, de ser una abstracción exenta casi siempre de buena voluntad. Resultaba menos enojoso seguirlas incluyendo en el gremio de las que no han perdido las esperanzas de casarse, lo cual significaba ignorar su verdadera identidad, o mejor dicho tergiversarla descaradamente. So capa de intención piadosa y alentadora, que bien mirado era insulto, a la mujer solitaria se la arrojaba despiadadamente del paraíso.

"No puede una mujer sentirse placenteramente feliz —dice un texto— si no es bajo el cobijo de una sombra más fuerte. Más fuerte en todo: en lo sentido y en lo imaginado. Precisa nuestra feminidad sentirse frágil y protegida". (21)

La exaltación del desvalimiento, de la fragilidad que busca cobijo, encerraba a las mujeres en un infantilismo que, con el correr de los años, perdía todo poder de seducción y se volvía sencillamente anacrónico. Nada más grotesco que los mohines y atuendos aniñados de aquellas hijas de familia ya entradas en años, en inquieta búsqueda del cobijo de una sombra más fuerte. Avizorando perpetuamente aquella sombra del novio fugitivo (1) que se desvanecía como un espejismo, se veían condenadas a aceptar empleos mediocres que no sabían desempeñar bien, a reconcomerse envidiando a las amigas y a seguir ensayando delante del espejo sonrisas cada vez más escuálidas y desamparadas. Y eran cursis, «más cursis que un guante», como la señorita Adelina, cuyas vicisitudes cantó Conchita Piquer en una de sus coplas menos afortunadas, «La niña de la estación». Pero que alcanzó más popularidad que ninguna, porque a la gente siempre le ha gustado mucho la gracia gorda y asistir con aquiescencia a la baza de los tópicos.

Tampoco la literatura, el cine o los seriales radiofónicos parecían tener el menor interés en desmentir o rectificar este cliché. La solterona era un tipo rancio, anticuado, cursi. No en vano, la palabra «cursi», que se implantó en el siglo XIX, parece proceder por inversión silábica del apellido de ciertas hermanas andaluzas de la clase media, las señoritas Sicur, famosas por su deseo de aparentar más de lo que eran con vistas a sacar novio. Un tema decimonónico, galdosiano, el de la solterona. Pero en la España de los años cuarenta permanecía su vigencia, y eran pocas las voces que se alzaban para protestar del tópico que seguía identificando la dependencia al varón con la única felicidad legítima e idónea para la mujer. Alguna se encuentra, a pesar de todo.

"Si queréis interpretar debidamente la soltería —dice un texto de 1949—, dejad de pensar en las solteronas como en mujeres que fracasaron, por alguna razón, en casarse. Y empezad a pensar si no fueron las casadas las que, por cualquier razón, fallaron en no quedarse solteras". (22)

Pero eran voces que clamaban en el desierto, testimonios excepcionales. Y además revolucionarios, por entrar en conflicto con la política del Gobierno y de la Iglesia, aliados en su empeño de reforzar el vínculo matrimonial exaltando sus excelencias y ventajas. Mediante préstamos a la nupcialidad y los famosos subsidios y leyes de protección a las familias numerosas, Franco se había propuesto remediar el estrago demográfico de aquel millón de muertos, víctimas de una guerra que él mismo había emprendido. Y la mujer tenía que ser la primera en pagar el pato.

Ya antes de que se acabara la guerra, en una orden ministerial de 1938, se daba a entender que el programa de la recuperación de la familia estaba principalmente basado en una renuncia por parte de las jóvenes españolas a sus veleidades de emancipación, anunciando «la tendencia del nuevo Estado a que la mujer dedique su atención al hogar y se separe de los puestos de trabajo». (23)

Con una solidaridad unánime, apoyaba el estamento religioso aquella tendencia que, por otra parte, coincidía con los ideales del Papa Pacelli, como ya vimos. Desde los confesionarios, los púlpitos, las circulares episcopales y las publicaciones de Acción Católica, se ponía en guardia a la nueva mujer española contra el «peligro disolvente» que entrañaban los trabajos que la alejaran del hogar, y se la encarrilaba hacia la total sumisión.

"Vuestra hosca sensibilidad de modernas jóvenes independientes se doblegará costosamente a una sujeción casera —había escrito el Papa—. En torno a vosotras muchas veces os la presentarán como algo injusto, os sugerirán un señorío más altivo de vosotras mismas... No prestéis oídos a esas voces de sirena tentadoras y falaces". (24)

Desde un punto de vista político, se trataba además de incluir la restitución de la mujer al hogar dentro de los deberes de justicia emprendidos por la cruzada liberadora del marxismo. A la mujer no se la había recluido, sino que se la había rescatado de las garras del capitalismo industrialista, que intentó alejarla de sus labores. Así había que entenderlo, y así se escribía:

"La nueva concepción moral y social de la mujer significa, ante todo, una restitución a su puesto familiar y un reconocimiento de justicia de su trascendental misión económico social... La mano de hierro del capitalismo industrialista arrebató la rueca de las manos de la dulce Margarita... Pues el retorno a ese hogar, como madre y señora ama, entre patriarcal e idílico,... eso significa la restitución de la mujer a su puesto familiar". (25)

La dulce Margarita ya tenía nuevamente la rueca en las manos.

Dignificada y redimida, ¿qué menos iba a hacer que dar las gracias? Y eran muchas mujeres las que las daban, porque la mayoría de la población femenina seguía manteniendo una actitud tradicional y conservadora, cosa que ya había quedado patente durante la etapa de la breve República. No conviene olvidar que el voto femenino, conseguido por primera vez en España en las Cortes de 1931, tras dura polémica, fue una conquista más aparente que real de Victoria Kent, su más apasionado adalid. Algunos historiadores, de hecho, atribuyen el giro a la derecha imprimido a la política española en las elecciones de 1933 a la enorme cantidad de votos antirrepublicanos que suministraron a las urnas las esposas y madres «de toda la vida».

No debe extrañarnos, pues, que la capciosa interpretación del encierro otorgado como liberación magnánima fuese ahora aceptada e incluso jaleada por muchas de aquellas «dulces Margaritas» que habían recuperado su preciada rueca.

"Leemos diferentes artículos, y una cosa queda clara en nuestro espíritu femenino: que en resumidas cuentas, ¡por fin!, hay un Estado que se ocupa de realizar un sueño de tantas mujeres españolas: el ser amas de casa". (26)

Bien es verdad que para inculcarle este sueño a la mujer que no lo tuviera y para afianzarlo y convertirlo en ideal político, el Gobierno contaba con la colaboración providencial de la única mujer que dio mítines en los años cuarenta. Me refiero a Pilar Primo de Rivera, de la que nos ocuparemos especialmente en el capitulo próximo.

Por ahora, con lo dicho, ya queda bastante claro que el culto a la feminidad, inculcado por tantos flancos desde la primera infancia, llevaba aparejado el aborrecimiento de la soltería.


Carmen Martín Gaite
"Usos amorosos en la posguerra española"
Capítulo II - En busca del cobijo.




Capítulo VI - El arreglo a hurtadillas
Capítulo VII - Nubes de color rosa
Capítulo VIII - El tira y afloja
Capítulo IX - Cada cosa a su tiempo




NOTAS.

1. Letras, «Consultorio sentimental», junio de 1949.
2. Letras, «Consultorio sentimental», julio de 1950.
3. Triunfo, 18 de octubre de 1950.
4. Andrés Revesz: «La sonrisa de la mujer», en Semana, 11 de noviembre de 1941.
5. Mis chicas, 28 de octubre de 1951.
6. Andrés Revesz: La edad de amar, Barcelona, 1952.
7. Enrique Bueu, en Medina, 27 de diciembre de 1942.
8. Medina, «Consúltame», 3 de septiembre de 1944.
9. Josefina Xaudaró: «Las feas con estilo», en Destino, 30 de diciembre de 1939.
10. Chicas, 24 de febrero de 1952.
11. Medina, «Consúltame», 13 de agosto de 1944.
12. Medina, «Consúltame», 24 de junio de 1945.
13. Letras, enero de 1951.
14. Carmen Bueu, «La mujer y la sociedad», en Medina, 1 de noviembre
de 1942.
15. La moralidad pública y su evolución (edición reservada, destinada exclusivamente a las autoridades), Madrid, Imprenta Sáez, 1944, p. 75.
16. María Pilar Morales: Mujeres, Madrid, 1944, PP. 78~9.
17. Medina, 1 de noviembre de 1942.
18. Todas estas encuestas en El Español, 13 de marzo de 1943.
19. La Hora, 10 de diciembre de 1948.
20. Según reza una canción de Chicho Sánchez Ferlosio.
21. Medina, «Consúltame», 13 de junio de 1943.
22. Meridiano femenino, febrero de 1949.
23. Cit. por Daniel Sueiro y B. Díaz Nosty: Historia del franquismo, Sedmay, 1977, fascículo 22, p. 124.
24. Pío XII: «Discurso a los esposos», 3 de mayo de 1939, cit. por Historia del franquismo, op. cit., fascículo 42, p. 240.
25. Vicente Gay: «La última conquista del feminismo», en El Español, 13
de marzo de 1943.
26. Marichu de la Mora: «La ilusión de ser ama de casa», en Y, junio de 1943




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