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1141. Así fué la defensa de Madrid. I - Encuadramiento del tema

Situémonos en el momento crucial de la lucha, cuando Madrid se convierte en objetivo de guerra. Va a comenzar la batalla de Madrid, el hecho singular por excelencia del conflicto que me propongo estudiar.

Se había planteado ese objetivo como decisivo en la guerra española desde los primeros días del Alzamiento, cuando el Gobierno decidió hacer frente a la rebelión para intentar abatirla; la primera crisis favorable a los leales se produjo al lograr la redención, en las serranías al norte de la capital, de las columnas que venían a atacarla desde el norte; ahora iba a cristalizar otra crisis. Podía pensarse en la pérdida del objetivo por cuanto las fuerzas de las columnas marroquíes llegaban por el sur arrollando a las milicias hasta las puertas de la capital y ésta, como objetivo, cobraba su más alto significado en los órdenes estratégico y táctico, tanto nacional como internacional.

Han transcurrido tres meses y medio de lucha. Esta aún tiene significado miliciano. Se han hecho presentes en los dos bandos cooperaciones extrañas al ámbito español, y el mundo europeo, a través de un comité irónicamente titulado de No Intervención, pero integrado por los gobiernos que ven en la discordia sangrienta en que ha caído España la posibilidad de un «buen negocio» para sus intereses económicos o para sus ambiciones imperialistas, no duda en dar al problema proyecciones universales, comprometiéndolo con las ideologías que baten el mundo, explotando el hecho de que tales ideologías ya habían prendido en el suelo español.

Dejemos planteada clara y categóricamente esa verdad, no sólo para comprender cabalmente los sucesos que va a desarrollarse a lo largo de los cinco meses que durará la batalla, sino para que, después de conocido su desenvolvimiento, queden perfectamente claras estas otras dos verdades:

1.ª Que la Segunda Guerra Mundial, iniciada diplomáticamente en Munich seis meses antes de la terminación de la guerra española, y desencadenada militarmente cuatro meses después de ese final por las potencias responsables de la derrota del pueblo español, sería el testimonio contundente del crimen internacional cometido contra España; y 

2.ª Que fue precisamente en el curso de esta memorable batalla donde los hombres de España y del mundo quedaron divididos en dos tendencias inconciliables porque, a pesar de la victoria de Madrid aquel comité hizo posible que con los despojos del pueblo español quedaran enterrados los ideales universales y cristianos de libertad y justicia, abriendo el campo a la expansión mundial del totalitarismo.

Por las deformaciones que en ambos bandos se han hecho de la batalla de Madrid y por la aviesa explotación que algunos escritores han prestado al suceso en sus aspectos político, social y moral, considero que para mí es un deber, porque fui jefe de Estado Mayor de la Defensa, decir lo que sé de ese acontecimiento histórico. Es posible que les interese tenerlo en cuenta a quienes algún día aborden la empresa de escribir la verdadera historia de nuestra guerra.

Por ello he tratado de plantear el tema con amplitud y desarrollarlo tan completamente como me ha sido posible, abarcando todas sus manifestaciones. Ninguna debe omitirse porque en las causas profundas del suceso, en la conducta de los combatientes y en las consecuencias que tuvo su victoria se resume toda la grandeza de una obra militar y ciudadana, así como la justicia y la razón que asistía al pueblo español en aquella lucha suscitada por un acto de rebeldía contra el Gobierno; acto financiado y planteado por fuerzas e intereses públicos, económicos, ideológicos y sociales, y llevado a cabo por una parte de las Fuerzas Armadas. No cuadra al objeto de este libro analizar tal cuestión, pero sí estimo de interés dejarla precisada inicialmente, en los términos en que acabo de hacerlo.

El frente de guerra que separaba a los bandos beligerantes ya había quedado definido, aunque un tanto inconcretamente en algunos Teatros de Operaciones (TO), al terminar los meses del verano de 1936. Su trazo general era el representado en el croquis anexo (n° 1). Como núcleo aislado y envuelto por fuerza del gobierno solamente subsistía por entonces el del Santuario de Nuestra Señora de la Cabeza, al este de Córdoba (Sierra Morena).

El TO del norte ya se hallaba totalmente aislado del resto de la España leal. El saliente de Málaga, en el TO del sur, aún estaba por entonces (al empezar la batalla de Madrid) en poder del Gobierno; y en el sinuoso trazado con que se mostraba el resto del frente, presentaba, como particularidades, el gran bolsón de Teruel, que amenazaba la costa levantina, y el de Ciudad Real, de sentido inverso, adversario, enlazaban, pasando por Extremadura, la región de Castilla la Vieja con Andalucía. En ese cuadro de conjunto y mientras permanecían todos los frentes de lucha en tensión hostil se desarrollarían las operaciones para la conquista y defensa de la capital desde los primeros días de noviembre de 1936 hasta los últimos de marzo de 1937.

Así queda encuadrada militarmente la batalla de Madrid en el marco general de la guerra; pero antes de abordarla, y en razón de los complejos caracteres que va a tener su desarrollo, la comprensión correcta del suceso obliga a hacer otro encuadramiento; el que le corresponde como problema nacional y humano.

Recordemos, para ello, que a la batalla de Madrid se llega después de tres meses y medio de una crisis nacional de significado más que revolucionario, caótico, en la que el Estado había quedado fundamentalmente derrumbado en la totalidad de su estructura orgánica y espiritual, desde las raíces de sus soportes políticos y sociales hasta la cumbre de las ideas. La savia que de éstas podía fluir, envenenada por sectarismos extremistas, había podrido el árbol y de la sociedad destruida solamente quedaba en pie, envuelto en la turbia polvareda del hundimiento, el hombre: unos hombres desconcertados e indefensos y, los menos, contaminados del virus de una revolución que venía germinando largo tiempo en la masa social, desde las crisis monárquicas del siglo XIX y, más agudamente, durante el siglo XX. En el tiempo que precede a la época de este estudio los desmanes sociales se habían multiplicado.

El panorama era el mismo en toda España. El caos todavía estaba dando por entonces (noviembre) sus últimos coletazos; pero aún no se había terminado, y aquellos hombres seguían sin luz para orientarse hacia una meta que se mantenía oculta en la nebulosa de las pasiones, sin asideros firmes para resistir los vientos huracanados de esas mismas pasiones y poder verse libres de la suciedad que, como residuos de un naufragio, aún seguía a flote.

En las horas difíciles, cuando todo se derrumba en torno nuestro, si la voluntad no se ha abatido, el hombre encuentra en su fe el más firme punto de apoyo, y en su propia conciencia la luz que alumbra su camino. Quizá tenga que caminar sobre escombros, sorteando el lodazal, aventando la inmundicia, pero se puede avanzar y se avanza hacia una meta clara y por una vía justa. El hombre sólo se deja dominar por la vorágine o arrastrar por el temor cuando su deber se le aparece confuso, indeterminado, o es convencionalmente entendido. Pero llegado el punto crítico en el que la lucha nos anuncia la muerte implacable de lo que nacional y humanamente es más querido: el patrimonio y la libertad, la confusión y los convencionalismos se esfuman y el hombre reaparece en toda su grandeza; con esa grandeza espiritual con la que Dios quiso dotar tanto a los seres humildes y sencillos como a los doctos y sabios.

Ese fenómeno o crisis se produjo en los hombres que tomaron parte en la batalla de Madrid. Es prematuro, y no es correcto, discurrir sobre ellos a priori. Ha de ser el lector quien haga la interpretación que le dicte su conciencia, después de conocer las circunstancias del desarrollo del suceso. Por eso, las breves consideraciones que acabo de hacer no han tenido otro objeto que realizar esa sobresaliente particularidad, para que los hechos sean más comprensibles y fijar el tono del ambiente social en que comenzaba a librarse la batalla de Madrid. Las palabras de Bruto, pronunciadas en el Senado romano dos mil años antes, iban a cobrar todo su valor:

Perder la libertad es de bestias; dejar que nos la quiten, de cobardes.

Quien por vivir queda esclavo, no sabe que la esclavitud no merece nombre de vida, y se deja morir de miedo a dejarse matar.

Para terminar con el encuadramiento del tema que estoy haciendo, solamente añadiré que la dirección de la guerra y de las operaciones estaba en manos del jefe de Gobierno, auxiliado por un Estado Mayor manejado, a la sazón, por el general Asensio, quien desempeñaba la función de subsecretario de Guerra.

El primer Gobierno presidido por el Sr. Largo Caballero, que remplazó al del Sr. Giral en los primeros días de septiembre, fue ampliado a fines de octubre para dar cabida a mayor número de organismos políticos y sindicales, estando constituido en la época del suceso que examinamos del siguiente modo:

Presidencia y Guerra: Largo Caballero; Estado (Relaciones Exteriores): Sr. Álvarez del Vayo; Marina y Aire: Sr. Prieto; Gobernación: Sr. Galarza; Hacienda: Sr. Negrín; Instrucción Pública: Sr. Hernández; Industria: Sr. Peiró; Comercio: Sr. López; Obras Públicas: Sr. Just; Justicia: Sr. García Oliver; Agricultura: Sr. Uribe; Comunicaciones: Sr. Giner de los Ríos; Trabajo: Sr. de Gracia; Sanidad: Sra. Montseny; Propaganda y Prensa: Sr. Esplá; Ministros sin Cartera: Sr. Giral, Sr. Ayguadé, Sr. Irujo.

La presidencia de la República la ejercía don Manuel Azaña, quien tenía como jefe de la Casa Militar al general don Carlos Masquelet. Eran presidentes del poder legislativo don Diego Martínez Barrio; del Tribunal Supremo don Mariano Gómez; del Gobierno autónomo de Cataluña el Sr. Companys y del Gobierno autónomo de Euskadi el Sr. Aguirre.


General Vicente Rojo
"Así fué la defensa de Madrid"
Capítulo I - Encuadramiento del tema.
Asociación de Libreros de Lance de Madrid, 2006
















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