Lo Último

1137. Discurso de Francisco Largo Caballero.



Discurso de Francisco Largo Caballero en el teatro-cine Pardiñas de Madrid
17 de Octubre de 1937



Trabajadores:

Sean mis primeras palabras, de salutación a todos los combatientes que luchan en España contra el fascismo y por la independencia de nuestro país, y un recuerdo de gran emoción para todos aquellos que han caído luchando por la misma causa. Este saludo y este recuerdo debemos dedicarlos todos a estos hombres, que combaten, como he dicho, por nuestra independencia, libres de muchos prejuicios y de muchas miserias humanas.

Os ruego que, a pesar de la multitud que aquí hay y de la incomodidad que tendréis todos por esta misma circunstancia, tengáis un poquito de paciencia. Yo procuraré tenerla también.

Ya hacia tiempo que no me ponía en comunicación, en reuniones públicas, con la clase trabajadora. Tengo que recordar, aunque sea incidentalmente, que la última campaña de propaganda que yo hice, fué la campaña electoral, con la cual se contribuyó grandemente al triunfo de las izquierdas frente al fascismo, que ya se estaba incubando en nuestro país. Recuerdo bien que en aquella campaña de propaganda eran tres o cuatro los puntos principales de que yo trataba: primero, la amnistía para todos aquellos hombres que estaban en las cárceles con motivo de los sucesos de octubre; segundo, un llamamiento a las mujeres españolas para que cooperasen al triunfo de las izquierdas; tercero, un llamamiento a los camaradas de la C.N.T. para que en aquella ocasión, dando de lado a ciertas actitudes que habían tenido hasta entonces, cooperasen al triunfo,y cuarto, que, a pesar de que en las candidaturas había muchas personas indeseables, los electores no mirasen las personas, sino las candidaturas. Así lo hicieron y por eso se triunfó.

Desde entonces han sucedido muchas cosas. Después, sabéis que se constituyó el Gobierno presidido por mí. Yo tuve interés en que ese Gobierno estuviera constituido por todos los elementos que luchaban en las trincheras. Me parece que nadie podrá negar el propósito de dar de lado muchos rozamientos, muchas cuestiones que había entre nosotros. Cuando constituí ese Gobierno, lo realicé con el interés de ganar la guerra. No hice exclusión de ninguno de los elementos que tenían hombres luchando en las trincheras: estaban en él las tendencias del Partido Socialista, los comunistas, los vascos, los catalanes, los republicanos, y, por fin, se logró que la C.N.T. hiciese un acto más de abnegación y entrase en el Gobierno, con lo cual se completó todo el cuadro antifascista dentro de aquel Gabinete.


Explicación de un silencio.

No os voy a referir ahora lo que ese Gobierno hizo. Lo reservo para otras conferencias, con lo cual contestaré a aquella campaña de injurias y de calumnias que quien es hoy todavía ministro de Instrucción pública tuvo el descaro de iniciar en un acto público. Muchos se habrán dicho: ¿cómo Largo Caballero no contestó a esas infamias? Ahora lo digo con franqueza: no porque no tenga qué contestar, sino porque para mí, por encima de esas miserias, estaba el ganar la guerra, y no quería ir a la tribuna pública porque con ello podía, sin querer, contribuir a algo que pudiera perjudicar la marcha de la guerra. Unas veces, por la situación internacional. Era preciso que España saliera del pleito de la Sociedad de Naciones, para que jamás se pueda decir que ninguno de nosotros habíamos contribuido con nuestra palabra a que España no logre en Ginebra lo que tenía derecho a conseguir. Otras veces, por si se estaban haciendo operaciones en tal o cual frente, también callamos, para procurar que a esos frentes no llegase el eco de lo que se manifestase y que pudiera desmoralizar a los combatientes y perjudicar a la guerra. Os aseguro que uno de los mayores sacrificios que he hecho en mi vida ha sido guardar silencio durante estos cinco meses. Pero no me pesa, porque aunque los calumniadores y los difamadores hayan hincado sus uñas y sus dientes en mi persona, tengo la tranquilidad de conciencia de que mi silencio ha contribuido al bien de España y al bien de la guerra. 


El por qué de una campaña.

Se dirá: ¿qué es lo que ha ocurrido aquí para que contra aquél a quien antes consideraban todos como un hombre representativo de la clase trabajadora se haya hecho esa campaña difamadora? ¿Es que Largo Caballero ha cambiado de ideología? ¿Es que Largo Caballero ha hecho traición? Eso digo yo: que no. ¡Ah! Entonces, ¿por qué se ha hecho esa campaña? ¿Sabéis por qué? Porque Largo Caballero no ha querido ser agente de ciertos elementos que estaban en nuestro país y porque ha defendido la soberanía nacional en el orden militar, en el orden político y en el orden social. Y cuando esos elementos comprendieron, bien tarde por cierto, que Largo Caballero no podía ser un agente de ellos, entonces, con una nueva consigna, se emprendió la campaña contra mí.

Yo afirmo aquí que hasta poco antes de iniciarse la campaña se me ofrecía todo cuanto hay que ofrecer a un hombre que pueda tener ambiciones y vanidades. Yo podía ser el jefe del Partido Socialista Unificado; yo podía ser el hombre político de España; no me faltarían apoyos de todos los elementos que me hablaban. Pero había de ser a condición de que yo hiciera la política que ellos quisieran. Y yo dije: de ninguna manera. 

Decía yo que tarde me conocieron. Podían haber comprendido desde el primer momento que Largo Caballero no tiene ni temperamento ni madera de traidor para nadie. Me negué rotundamente, hasta el extremo de que en alguna ocasión, en mi despacho de la Presidencia del Consejo de Ministros, tuve escenas violentísimas con personas representativas de algún país, que tenían el deber de tener más discreción y no la tenían, y yo les dije, delante de algún agente suyo, que por cierto desempeñaba entonces cartera de ministro, que Largo Caballero no toleraba ingerencias de ninguna clase en nuestra vida interior, en nuestra política nacional. Estas escenas violentas, que, como digo; tuvieron testigo que no sería capaz de negarlo, fueron el comienzo de la campaña en contra mía. La iniciaron contra Largo Caballero, pero viendo que esa campaña personal no les daba resultado, porque había muchos trabajadores que no comprendían cómo se podía hacer eso, mudaron de consigna y fueron contra la Ejecutiva de la Unión General, pero al ir contra la Ejecutiva de la Unión General, contra quien iban principalmente era contra Largo Caballero. Ahora os explicaré lo ocurrido en la Unión para que veáis la injusticia, las falsedades y las maniobras de toda clase que se han producido para llegar a la situación en que estamos.


La verdad de lo sucedido.

¿Por qué me he decidido a empezar a hablar? Este acto es el primero de la serie que pienso dar para enterar a España de la verdad de lo sucedido, y para que España comprenda quienes son los que contribuyen con sus campañas a empeorar nuestra situación en todos los órdenes. Yo vengo a hablar aquí porque creo que no habrá ya nadie que pueda achacar a lo que yo manifieste en este acto lo ocurrido en Ginebra, que tenga el cinismo de decir que soy el responsable de lo sucedido allí. Creo que tampoco perjudico en estos momentos a la acción militar. Todos sabemos en qué situación estamos; aunque no nos lo digan claramente, aunque nos lo oculten, el que más y el que menos la sabemos.

Además, camaradas, yo vengo aquí a hablar porque veo que nuestro Partido Socialista y nuestra UGT están en peligro, y quiero contribuir a salvar a este partido y a salvar a la UGT de España. Lo que se pretende, para servir ciertos intereses políticos, es provocar la disidencia en el Partido Socialista y en la UGT. Pero yo lo he dicho y lo repito: Largo Caballero no provoca la disidencia en el Partido ni en la Unión General. El que quiera, que la provoque. Es decir: ya la han provocado, ya la han producido. ¡Largo Caballero, no!

¿Qué es lo que ha sucedido en la UGT de España? Os lo voy a contar con la mayor brevedad posible. El origen de esta campaña contra la Unión arranca de la crisis política de mayo, crisis que yo tengo que declarar aquí que la considero como la más vergonzosa de cuantas he conocido en la Historia de España. Incluso con la monarquía, no he conocido yo una crisis que pueda sonrojar tanto como ésta a cualquier buen español. Aunque no entre ahora en muchos detalles, que ya lo haré en otra ocasión, debo manifestaros que esta crisis se provocó por los representantes del partido comunista en el Gobierno. El día anterior al planteamiento de la crisis, algunos periódicos madrileños anunciaban ya acontecimientos políticos como resultado de aquel Consejo. En él, la representación comunista produjo el escándalo, pidiendo un cambio de política en la guerra y un cambio de política en el orden público. Ese era el pretexto, porque en lo que se refiere a Guerra, el partido comunista sabía, como yo, lo que ocurría, porque tenía representación en el Consejo Superior de Guerra. Y en la cuestión de orden público respecto a Cataluña, nosotros, como Gobierno central, no teníamos ninguna jurisdicción.

Fué un pretexto. En aquella reunión se me pidió a mí que el Gobierno disolviese una organización política disidente del partido comunista.Yo, que he sido perseguido con las organizaciones a las cuales he pertenecido y pertenezco, por los elementos reaccionarios de nuestro país, manifesté que, gubernativamente, no disolvía ninguna organización política ni sindical; que yo no había ido al Gobierno a servir intereses políticos de ninguna de las fracciones que en él había; que aquél que tuviera que denunciar hechos, que lo hiciese y los Tribunales serían los que interviniesen y disolvieran o no la organización, pero que Largo Caballero, como presidente del Consejo de ministros, no disolvería ninguna de esas organizaciones.

Y antes de terminar el Consejo de Ministros, en vista de que no recibían satisfacción los proponentes, como si estuvieran en un Comité de pueblo o en un Casino, con la mayor irresponsabilidad, se levantaron los ministros comunistas y abandonaron el Consejo. En el acto, antes de levantarse, yo hice unas manifestaciones, y las manifestaciones fueron que me parecía un crimen que en aquellos momentos se plantease una cuestión política. Si eso se hubiera hecho pasados unos días, no tendría tanta trascendencia, pero en aquellos momentos yo lo consideraba como un crimen.

El hecho es que se marcharon y que yo tuve que dar conocimiento del asunto a quien debía hacerlo. Lo hice por la noche, y aquél a quien yo di cuenta me pidió, dada la importancia del asunto, unas horas para reflexionar. Y fui llamado al día siguiente, para decirme que la crisis no se plantease en aquel momento, puesto que había entre manos unas operaciones que pudieran hacer cambiar la faz de la guerra en España, y que había que hacer esas operaciones antes de producirse la crisis. Hechas las operaciones, podía plantearse. Me sometí, y dije: «no tengo inconveniente; la crisis, por mi parte, queda aplazada unos días; se van a hacer las operaciones y veremos lo que resulta». ¡Ah! Pero por la tarde me encuentro con que se presentan los ministros socialistas en mi despacho, y estos correligionarios fueron a comunicarme que la Ejecutiva Nacional del Partido había acordado que dimitiesen todos los ministros socialistas. Cuando yo oí esto, comprendí la jugada, y dije: «bueno, señores, pues ya daré conocimiento a quien tengo que darlo». Y, naturalmente, aquella decisión, no mía, sino de alguien que estaba por encima de mí en aquel momento, de aplazar la crisis para hacer unas operaciones, la impidió el Partido Socialista, por conducto de su Ejecutiva, poniéndose incluso frente a los deseos de aquél que deseaba que se aplazara la crisis.

Tuve que dar cuenta del nuevo hecho, porque si del Gobierno se marchaban los socialistas y los comunistas, no era posible aplazar la crisis. Existía, además, un gran interés por precipitarla, porque una de las cosas que me dijeron esos dos socialistas, fué que habían acordado dimitir y, además, que me rogaban resolviese la crisis con urgencia. Es decir, uno de los objetivos de la crisis —¡que tenía varios!— era impedir esas operaciones a que antes hacía yo referencia. Y, efectivamente, esas operaciones no se realizaron. Yo no sé el resultado que habrían podido tener, pero sí puedo echar la responsabilidad de todo esto a quienes las impidieron, porque si esas operaciones se hubiesen realizado, acaso España estaría en otras condiciones en el terreno de la guerra. 

De esta manera se produce la crisis. Después, me encargaron otra vez, tras unas consultas, de formar nuevamente Gobierno. Yo hablé con todos, absolutamente todos, y, como siempre —porque a estas triquiñuelas de política burguesa en seguida nos adaptamos—, todos dieron buenas palabras, todo el mundo se ofrecía, pero en cuanto salían del despacho del jefe del Gobierno se ponían de acuerdo para poner toda clase de inconvenientes. Recuerdo bien que una de las condiciones que a mí me ponía el partido comunista para colaborar en el Gobierno que estaba encargado nuevamente de formar, era que yo no fuese ministro de la Guerra. Yo les objetaba: «¿qué fundamento tenéis para esto?» «Que el Ministerio de la Guerra y la Presidencia es muchísimo trabajo, y no conviene que tengas tanto trabajo». Yo les dije que no me parecía un fundamento verdadero y sólido, porque quien tenía que examinar eso no eran ellos; era yo. Agradecía íntimamente el buen deseo, la buena voluntad que tenían de quererme descargar del trabajo que sobre mí pesaba... Pero no era eso; era algo de lo otro que os decía antes. Si hoy no puedo entrar en detalles, ya lo haré en otro momento.


En el Ministerio de la Guerra.

Yo, en Guerra, tuve que comenzar a ponerme, como vulgarmente se dice, en pie para impedir muchos abusos que se estaban cometiendo. Entre ellos, me encontré un día con que los socialistas en quienes había depositado mi confianza, en el Comisariado de Guerra, habían permitido que se nombrasen a espaldas mías, y con documentación firmada por quien no lo podía hacer, más de mil Comisarios.  Habían nombrado más de mil Comisarios, y los habían nombrado poniendo la firma en los nombramientos quien no tenía derecho, legalmente, para hacerlo, porque el único que lo podía hacer era yo. Y cuando llamé a aquellas personas de confianza, correligionarios nuestros, y les dije que cómo habían hecho eso, me contestaron que creían que lo podían hacer. Dio la casualidad de que la inmensa mayoría de los Comisarios de guerra que habían nombrado así eran comunistas. 

Me encontré con más. Me encontré con que en el Comisariado de Guerra, a espaldas mías, se había hecho un pequeño «straperlo». Me encontré con que se habían hecho unas asimilaciones a generales de brigada y generales de división, para algunos correligionarios, con 22.000 y con 16.000 pesetas. Cuando yo les llamé, también, para decirles: «bueno, ¿y cómo han hecho ustedes esto a espaldas mías?», me respondieron: «¡Ah! Creíamos que usted estaba enterado y que usted...». «Pero, ¿qué voy a estar yo enterado de que ustedes se han nombrado generales de división y de brigada para cobrar?» Además, mensualmente, disponían de más de 200.000 pesetas para propaganda, para periódicos, para tal cual otra cosa. Así me explicaba yo, mejor dicho, me expliqué después, cómo había tanto dinero para hacer la propaganda comunista en España. 

De ahí el por qué yo publiqué una disposición anulando todos los nombramientos de Comisarios y ordenando que el que quisiera continuar siéndolo me lo pidiera a mí, para yo revalidar su nombramiento. Y ya recordaréis todos la campaña que se hizo contra mí con este motivo, diciendo que yo quería deshacer el Comisariado. No. Yo he entendido siempre, cuando publiqué la disposición creando el Comisariado y después, que éste haría una gran labor, que había de tener un gran trabajo en el Ejército, si cumplía con su deber. Pero no creía yo ni podía pensar que el Comisariado sirviera para hacer un Ejército de partido. ¡Eso, no! 

Todo esto fué haciendo ambiente. Se produjo la crisis, y cuando llega la consulta a la Ejecutiva de la Unión, para dar un ministro pone condiciones. Yo, amistosamente, fraternalmente, tengo que decir que al poner aquellas condiciones se cometió, a mi entender, un error, error de detalle. Yo sé los buenos propósitos de la Comisión Ejecutiva al proceder así. La Ejecutiva vio que se había producido una crisis algo oscura, por maniobras. No estaba bien enterada, y la Ejecutiva al decir: «nosotros no damos ministros si no es para un Gobierno Largo Caballero», expresaba, no que fuera ministro Largo Caballero. Es de advertir que los comunistas querían que yo continuase de presidente del Consejo, pero no de ministro de la Guerra. La verdad, yo dije: «ponerme de espantajo para que ellos pudieran hacer desde Guerra lo que les diera la gana, ¡ah!, no, no y no. 

Yo, socialista internacional, tengo amor a mi país; lo tengo a mi pueblo, que es éste, Madrid; lo tengo a España porque soy español, que no es incompatible con ser internacionalista, ni mucho menos. Y yo, delante de quien debía decirlo, manifesté en una reunión: «no puedo dejar de ser ministro de la Guerra por varias razones: primera, porque yo no he hecho motivos para que se me eche del Ministerio de la Guerra, y segunda, porque creo que, como español, tengo la obligación de defender al Ejército español y conducirle en forma que pueda conseguir el triunfo». 


Contra la Ejecutiva de la U.G.T.

Pero no creáis que estas arrogancias de españolismo quedan impunes en algunas ocasiones, y en aquélla no quedó. Realizaron lo que todos sabemos. Pues bien, la Ejecutiva de la Unión, dijo: «no». Pero lo dijo por ese motivo, no porque fuera Largo Caballero ministro, pues últimamente no tenía por qué decirlo, porque Largo Caballero, si hubiera querido, hubiera sido presidente del Consejo de Ministros, hubiera continuado siendo jefe del Gobierno. Yo no iba allí por ser jefe del Gobierno. Yo iba a cumplir un deber: aquél que estaba cumpliendo en Guerra. Lo que ocurría era que yo estorbaba en Guerra.

Esta era la cuestión. Y desde aquel momento empezó la campaña contra la Ejecutiva, pidiendo la reunión del Comité Nacional. Yo todavía no me había reintegrado al cargo de secretario. Y, efectivamente, se celebró Comité Nacional y la inmensa mayoría de las Federaciones que celebraron ese Comité Nacional estaban fuera de los Estatutos. Todos eran muy amantes de la Unión y de la disciplina; del UHP y de todas esas cosas, pero no se acordaban de cumplir con la Unión General en lo que se refiere a cotizaciones. ¡No los cotizantes! No los obreros pertenecientes a las Secciones, que ésos pagaban; no. Los que no pagaban eran los Comités, que no sabemos lo que harían con el dinero. Porque, últimamente, cuando hay una Federación que no recauda cotizaciones, no tiene más que decirlo, y si no tiene asociados, no paga por nadie o paga por los que sean. Pero, no; había Federaciones que no pagaban una cotización desde el primer trimestre del año 33; había algunas que debían cuatro y cinco años.


La reunión del Comité Nacional.

Se celebró, sin embargo, el Comité Nacional, porque en la Unión ha habido siempre mucha tolerancia en eso, y aquellos amigos, abusando de esa tolerancia, llegaron allí, tomaron acuerdos, y no solamente tomaron acuerdos, sino que inmediatamente comenzaron una campaña en la Prensa contra la Ejecutiva, diciendo: ya lo veis; hemos desautorizado a la Ejecutiva. La habían desautorizado unos individuos, o unos compañeros, que decían representar a organizaciones que se hallaban en aquella situación. Pero el caso es que se celebró la reunión y que continuó la campaña contra la Ejecutiva.


La U.G.T. y la guerra.

La Unión General ha sido uno de los organismos que durante la guerra ha cumplido mejor su misión. Recuérdese bien que, cuando empezó la guerra, nosotros organizamos en la calle de Fuencarral una oficina de información al Gobierno. No quisiera yo que lo tomaseis a exageración, pero si queréis, si tenéis medios, preguntad al que era jefe del Gobierno entonces, y él puede deciros de dónde recibía el Ministerio de la Guerra, las informaciones exactas sobre la situación militar en España. Y entonces se dio el caso de que en el Ministerio de la Guerra no había más referencias verídicas que las de Fuencarral, 93, porque no tenían medios de informarse ni por los alcaldes ni por los gobernadores, porque todo estaba trastornado. Lo único que existía y tenía conexión con nosotros eran las organizaciones obreras de la Unión, y por medio de esas organizaciones obreras, en todos los pueblos, sabíamos la situación militar del enemigo y la nuestra, y se la decíamos al Gobierno para ayudarle a ganar la guerra. 

Después, la Unión General ha realizado una labor permanente hasta que el Gobierno se marchó de Madrid. No voy a hablar de eso. No, no. No puede ser hoy. Todos lo sabéis. Cada cosa en su momento. Salió el Gobierno de Madrid y tuvo que salir la Unión General. Voy a aprovechar la ocasión, por si hay aquí compañeros que interpretaron entonces mal las cosas, para decir que, al marcharse el Gobierno de Madrid y salir organizaciones, lo lógico es que fueran las nacionales las que salieran. Porque esos Comités Nacionales no representaban sólo a Madrid, sino que representaban a todos los obreros, y tenían que irse a sitios donde pudieran estar en relación con sus representados. Ahora bien; los locales, el Ayuntamiento de Madrid, por ejemplo, o la Federación local de Madrid, o la Agrupación Socialista Madrileña, todo lo que fuera local, debía quedarse aquí. Todo lo nacional, fuera de Madrid, para cumplir sus deberes con los demás afiliados y con los de Madrid.


La U.G.T. en el extranjero.

Y salió también la Unión General, pero, inmediatamente, en vista de la marcha de la guerra, comprendió que había que realizar una intensa labor en favor de España y en favor de nuestra guerra. ¿Quién ha movido a las Internacionales, lo mismo la socialista que la sindical, más que la UGT de España? Todas las reuniones que se han celebrado, todo el apoyo internacional por parte de la clase trabajadora organizada, ¿quién lo ha hecho más que la Unión? Han ido otros organismos políticos que se llaman también obreros y no los ha hecho nadie caso. A la Unión ha sido solamente a la que se le ha hecho caso, porque la Unión ha sabido ganarse un prestigio internacional que no tienen muchos, ni lo podrán tener. Y la Unión General provocó la reunión de Londres para apoyar al Gobierno, y luego la de París.

Todos sabéis que hubo un movimiento de la clase trabajadora en el extranjero, favorable a nosotros; que, por cierto, se atenuó luego, no por culpa nuestra, sino por errores políticos que se cometían en España. Poco después de la crisis, hubo un momento en que corrieron rumores más allá de las fronteras, según los cuales se hacía aquí tal política de persecución contra elementos discrepantes. Todos sabéis que ha habido casos verdaderamente desgraciados, que aún no se han esclarecido, de personas hechas desaparecer por elementos que no son el Gobierno, y que han constituido un Estado dentro de otro Estado. Esto ha trascendido, compañeros, hasta el extremo de que han venido a España representantes de las Internacionales, a averiguar expresamente qué había de verdad en ello, y a nosotros, personalmente, se nos ha dicho: «desde que esto ha ocurrido, nosotros no podemos levantar el entusiasmo en el extranjero, entre nuestros compañeros, porque sospechan que aquí quienes dominan y quienes influyen son los elementos —lo dicen claramente— comunistas, y todo el mundo se pregunta si van a ayudar a España para que luego sean los comunistas quienes rijan los destinos de España». ¡Eso han venido a preguntarnos! Y no os extrañe. Una de las cosas que yo he censurado eran esos excesos que, a juicio mío, se cometen; por ejemplo, que hubiese mandos militares de gran importancia que asistiesen a congresos comunistas, a desfiles en honor de comunistas. De todo ello se sacaban fotografías que se publicaban en los periódicos, y esos periódicos iban a Londres, iban a París, iban a otras partes, y cuando allí veían que los jefes del Ejército, en gran número y de gran influencia, asistían a esos actos, decían: «¡entonces, es verdad que allí lo que domina e influye es el comunismo!» Esto nos perjudicaba mucho, muchísimo.


Advertencia al Gobierno.

Cumpliendo un deber de lealtad para con el Gobierno, nosotros enviamos una comunicación al presidente del Consejo de Ministros. En esa comunicación, que tengo aquí, le advertíamos de lo que estaba ocurriendo y le decíamos que nos parecía que la política interior había que cambiarla para no perder las simpatías que teníamos en el extranjero. Publicamos nosotros una nota oficiosa, en la que hacíamos constar que nos dirigíamos al Gobierno, y ¿sabéis las consecuencias que tuvo? Os las voy a decir. Pues las consecuencias fueron éstas: publicada esa nota oficiosa, apareció en un artículo en «Frente Rojo, en el que, entre otras lindezas que nos dirigía a la Ejecutiva de la Unión, estaban éstas: «Y todo esto en el momento actual, cuando, como hemos dicho, es más necesario que nunca el apoyo incondicional al Gobierno de todos los antifascistas y la unidad del proletariado y del pueblo en general. ¿A quién representan los que hacen esta campaña? No representan a nadie, a ninguna organización: constituyen un grupo aislado, que actúa contra la voluntad de las masas y contra las decisiones expresas de los organismos sindicales. ¿A quién sirven? No pueden servir ni sirven al pueblo; no pueden servir ni sirven a la causa antifascista; no pueden servir ni sirven a la lucha contra el invasor ni contra las bandas de criminales que han asolado nuestra tierra. No son amigos ni servidores de la unidad: son enemigos del pueblo, son elementos fracasados y despechados que ponen sus rencores por encima de los sagrados intereses del pueblo y de su lucha heroica.»


La U.G.T. y el Partido Socialista.

Pues bien; los mismos que nos decían estas lindezas en su periódico, a las veinticuatro horas nos enviaban una carta, firmada por ellos y por la Ejecutiva Nacional del Partido Socialista, invitándonos a tomar parte en una reunión. Naturalmente, la Ejecutiva, manando sangre todavía -pudiéramos decir- estas ofensas, contestó diciendo, no lo que ellos afirman, sino lo siguiente: «Si en el citado acto no tomase parte el partido comunista, la UG T, sin duda de ninguna clase, estaría representada en el mismo». Es decir, que nosotros no hemos reñido, ni hemos querido romper las relaciones con el Partido Socialista.En esta carta le decíamos que, si no estuviera representado el partido comunista, iríamos con el Partido Socialista, pero que, como estaba el comunista, no podíamos acudir. ¿Qué hacíamos con esto nosotros? En primer lugar, responder a una tradición, y esta tradición es que, cuando se ofende de esa forma a una organización o a las personas que la representan, por propia dignidad y por dignidad de la organización, no se puede ir con ellos a la tribuna, al día siguiente de habernos llamado facciosos y traidores, como si no hubiera pasado nada.¿Dónde están la decencia social y societaria de la gente, y qué querían de nosotros? ¿Que nos viesen al lado de los mismos que nos habían dicho todas esas cosas? Por dignidad, no ya personal, sino de la propia organización, dijimos: «¡no vamos a ese acto y no iremos a ninguno a que ellos vayan, mientras no rectifiquen!».

¿Qué hacíamos con eso? Pues cumplir acuerdos de nuestro Partido. Nosotros, además de Ejecutiva de la Unión, además de representar a la Unión, somos socialistas, y el Partido Socialista tiene acordado lo siguiente: «Sobre los difamadores del Partido.- En tanto los elementos republicanos y anarquistas difamen al Partido Socialista o a algunos de sus afiliados, las colectividades del mismo no celebrarán ningún mitin en unión de aquéllos». No hacíamos, pues, más que cumplir este acuerdo.


El acto de Artes Blancas en Madrid.

Ocurrió en Madrid un caso muy lamentable, pero que, cuando se quiere mantener la disciplina dentro de una organización, no hay más remedio que afrontar. Posteriormente a asa invitación, recibimos otra para venir a Madrid a hablar en un mitin que iba a celebrar Artes Blancas y en el que habían de intervenir los comunistas. A Artes Blancas le mandamos el artículo íntegro que he leído, y le dijimos: «no podemos ir por esta razón». Insistieron; insistimos nosotros, y dijimos: «no vamos». Sin embargo, se celebró el acto, y el compañero Henche, en vez de haber guardado silencio y resolver el problema dentro de nuestra Unión General, exigiendo responsabilidades, si las había, en un Comité Nacional, acudió a la plaza pública y censuró a la Ejecutiva por este acuerdo, con lo cual contribuyó a la difamación, a la calumnia y a la injuria que estaban haciendo todos los demás elementos. (Muy bien.) Entonces nosotros, no por animosidad con Artes Blancas —¡eso no se puede decir!—, sino simplemente para imponer la disciplina dentro de nuestra organización, dijimos: «¿la organización se solidariza con el acto de su secretario?» Contestó que sí, y la suspendimos de derechos. La cuestión quedaba a resolver en el Comité Nacional; allí diríamos el por qué, nos contestarían y veríamos si había habido buena voluntad, si no había habido mala intención. Ya lo examinaríamos. Pero no se puede venir a la plaza pública a ventilar esos pleitos. Lo que nosotros hicimos es lo que siempre se ha hecho en la organización, absolutamente siempre.


La ayuda al Gobierno.

Entre las acusaciones que se hacen contra la Unión General está la de que no ayuda al Gobierno. A eso tenemos que decir —ya lo decimos en otro sitio— que es una inexactitud. ¡Que nos presenten un caso, un solo caso, en que el Gobierno haya pedido apoyo a la Unión General y no se le haya prestado! De nuestras Federaciones, la de Metalúrgicos es una de las que más contribuyen en favor del Gobierno, de éste o del que esté, produciendo material de guerra; la de Agricultores es una de las Federaciones que también contribuyen mucho, porque habréis visto, por ejemplo, que cuando se puso la tasa a los comestibles, fué la Federación de Agricultores la primera, que llamó la atención a sus compañeros para que se cumpliesen los acuerdos del Gobierno, aunque tengamos nuestras reservas. Porque una cosa es que se cumplan ciertas órdenes, y otra que se esté o no conforme, en absoluto. Nosotros hemos de decir, en este caso concreto, que jamás hemos visto en ninguna parte del mundo ley económica alguna que autorice a creer que se baja el precio de las subsistencias por decreto. Es un error, pero de todos modos hay que cumplirlo, se debe cumplir.

Otra acusación que se ha hecho contra nosotros es la de que, cuando el presidente de la República pronunció su discurso —me parece que fué en la conmemoración del aniversario del movimiento— la U. G. T. de España no acudió, habiendo sido invitada al acto. Lo declaramos aquí solemnemente: la U. G. T. no fué invitada, y como no fué invitada no tuvo por qué concurrir, a pesar de que se haya dicho aquí, en Madrid, lo contrario. ¡No fué invitada! El que fué invitado fui yo, y recibí la invitación al día siguiente. (Grandes risas.) Conste que no me pesó, porque para mí habría sido de una gran violencia personal, no el oír al presidente de la República, no; pero sí estar al lado de personas que no hacía mucho me habían injuriado y me habían calumniado. Conste, pues, que la U. G. T. no fué invitada a aquel acto.


El pacto con a C.N.T.

Otra de las campañas, compañeros, que se ha hecho, ha sido con motivo del pacto de no agresión —para hablar en términos diplomáticos—, que ha suscrito la Unión General con la Confederación. Indudablemente, en todas esas campañas ha presidido siempre la mala fe, porque recordaréis que cuando se hizo público el pacto, lo primero que se dijo es que no tenía ninguna importancia, porque en él no se hablaba nada de la ayuda que había de prestar al Gobierno en la guerra, y, por consiguiente, que debía haberse hecho un pacto de distinta naturaleza. Y cuando se convencieron de que lo que sostenían era una torpeza, porque, además de haberse firmado el pacto, se estaba en relaciones con la Confederación para hacer un programa común de guerra y elevarlo al Comité Nacional —que eso dijimos a los compañeros de la Confederación— para que lo aprobase, y luego ir a la tribuna pública a propagarlo; cuando vieron eso dijeron: «no, es que ese pacto, a pesar de ser simplemente de no agresión, no lo debía haber hecho la Ejecutiva; lo debía haber hecho el Comité Nacional». ¿Qué fundamento hay para ello? Yo voy a exponer algunos antecedentes sobre la cuestión.

En primer lugar, en nuestros estatutos se determina (articulo primero, punto octavo), entre los deberes que tiene la Unión, lo siguiente: «Unificar la acción del proletariado, con el propósito de crear las fuerzas de emancipación integral de la clase obrera, preparándolas para que, de acuerdo con el principio de que los instrumentos de trabajo pertenecen de derecho al trabajador, puedan asumir la dirección de la producción, el transporte y la distribución e intercambio de la riqueza social.» En primer lugar, ya en los estatutos se impone la obligación de unificar la acción del proletariado, y eso cumplíamos nosotros, pero, además, aquí tengo yo el pacto que hicimos con la Confederación el año 20 —la Ejecutiva, no el Comité Nacional—, firmado, por la U. G. T., por Francisco Largo Caballero, Francisco Núñez Tomás, Manuel Cordero, Luis Fernández, Juan de los Toyos y Lucio Martínez Gil, y, por la C. N. T., por Salvador Seguí, Salvador Quemades y Evelio Boal. Posteriormente, se nombró una comisión compuesta por los compañeros Besteiro, Saborit y Caballero, para que fueran por Cataluña a propagar y difundir el pacto. De suerte que ya tenemos el antecedente de que una Comisión Ejecutiva había hecho un pacto, que fué aprobado por el Congreso de la U. G. T. de España. Pero no es solamente eso; es que la Comisión Ejecutiva de la Unión General, antes de reintegrarme yo al cargo de secretario, hizo otro pacto con la Confederación, el 26 de noviembre de 1936, firmado por los compañeros siguientes: José Díaz Alor, vicepresidente; Pascual Tomás, vicesecretario; Felipe Pretel, tesorero, y Carlos Hernández, Manuel Lois, Mariano Muñoz, Amaro del Rosal y Ricardo Zabalza, vocales, por la U. G. T.; y Mariano R. Vázquez, secretario; Macario Royo, de Aragón; Claro J. Sendón, de Levante; Manuel Sáez. de Cataluña; Manuel Arnil, del Centro, y Avelino Entrialgo, de Asturias, por la C. N T. ¿Qué decía este pacto? Pues lo mismo que el que hicimos nosotros, sólo que el nuestro estaba articulado. Decía: «Reunidas las representaciones del Comité Nacional de la Confederación Nacional del Trabajo y la Comisión Ejecutiva de la Unión General de Trabajadores de España para determinar conjuntamente el criterio que les merece los diversos problemas que la clase obrera tiene planteados, señalando a la vez las normas que estiman indispensables establecer para llegar a la solución inmediata de los mismos, acuerdan, unánimemente, dirigirse a todas las organizaciones que representan para exigir de todas y cada una de ellas la máxima cordialidad en sus relaciones, garantizándose mutuamente el derecho de cada obrero a sindicarse en aquella organización que mejor sepa interpretar sus sentimientos y sus Ideales y respetándose también el derecho de cada sindicato a orientar su actuación como corresponda a sus postulados clasistas».Es decir, que ya la Ejecutiva, en noviembre, había hecho un pacto. El del 20 de noviembre lo aprobaban y nadie dijo nada; pero en cuanto se hace el nuevo pacto y está Largo Caballero otra vez en la secretaría de la Unión, ya no parece bien, es un disparate, y debía haberse reservado al Comité Nacional, etc., etc.... ¡Eso no es justo! Y por si esto fuera poco, hay que tener presente que los elementos disidentes de la Unión han tomado, en una de sus primeras reuniones, el acuerdo de dirigirse a la Confederación para hacer un pacto con ella. ¡Es decir, que ellos pueden hacer pactos, pero nosotros no! Esta es la cuestión.


Al asalto de la U.G.T.

Y la campaña contra la Ejecutiva continúa, pidiendo otra vez reunión del Comité Nacional. Y cuando vienen a pedir la reunión, observamos que, entre los que la piden, hay muchos que dicen representar a Federaciones que no pagan; otras que no han ingresado todavía en la Unión, como la de Tabaqueros y Correos Urbanos, y otra, como Azucareros, que no sabemos siquiera dónde tiene su domicilio. Vienen a pedir una reunión de Comité Nacional para juzgar a la Comisión Ejecutiva, y observamos que el propósito que llevan es asaltar la Unión, apoderarse de los cargos de la directiva de la Unión. Nosotros, cumpliendo un deber elemental, porque ese es el encargo principal que tenemos, decimos que la Unión no la entregamos. En primer lugar, el que os está hablando fue elegido, por unanimidad, en un Congreso, a pesar de las diferencias de tendencias que había en él. Y los demás compañeros de la Ejecutiva fueron elegidos por un Comité Nacional ante el que presentó su dimisión la Ejecutiva de entonces. No es que se la echara, sino que dimitió, y el Comité Nacional tuvo que elegir otra Comisión Ejecutiva. Allí estaban todo el Comité Nacional y la Ejecutiva, y todos esos elementos, cumpliendo los acuerdos que tomaron, lo hicieron, no como ahora, que se han reunido... (Una voz: ¡En la escalera!) Esa es otra cuestión que ya trataremos. (Risas.)

¿Qué fundamento temamos nosotros para suponer que el propósito de todos esos organismos, de todos esos compañeros que decían representar a Federaciones, era asaltar los puestos e la Ejecutiva, y con ello dar satisfacción a los elementos comunistas, que ya pretendieron antes introducir en la Ejecutiva representaciones suyas y no se les permitió? Lo voy a explicar en pocas palabras: por la conducta que estaban siguiendo y la que habían seguido en otras organizaciones socialistas.


Las Federaciones Provinciales Socialistas.

Aquí tengo los documentos demostrativos de que las Federaciones Provinciales de Valencia, Alicante, Castellón, Toledo, Albacete, Ciudad Real, Jaén, Cuenca, Almería, Badajoz, Córdoba, Aragón..., es decir, toda la España leal, las organizaciones socialistas (tengo las actas con los nombres y apellidos de las personas que asistieron) se reunieron en Valencia y dijeron: «la Ejecutiva del Partido no funciona; vamos a requerirla a que funcione y como hay elementos que están en el extranjero, por tener allí cargos y no pueden acudir a la Ejecutiva, vamos a pedirle a esta Ejecutiva que se complete con otros elementos representantes de estas organizaciones». A estas Federaciones, primero se las recibe y se les dice: «ese documento que traéis firmado no tiene valor alguno, porque puede ser algo de simple carácter personal; tenéis que traer un documento que acredite que estáis autorizados para hacer esto». Los compañeros prometen llevarlo, van a sus Federaciones, se reúnen, recogen el documento sellado y firmado, lo presentan y les dicen: «no, no; eso tampoco tiene bastante valor; es preciso que los afiliados intervengan en ello». Pensaron estos compañeros (y lo digo sumariamente, porque no me puedo entretener en muchos detalles) en celebrar congresos, para que éstos les autorizasen de una manera expresa, pero entonces se prohibió la celebración de los congresos, y se fué por los pueblos afirmando que los que celebrasen congresos serían expulsados del partido. ¡No los permiten! ¿Qué hacen? Un día se presenta en el local de la Federación Socialista de Valencia el Gobernador civil, que es el presidente de la Agrupación Socialista, con unos cuantos carabineros y guardias de Asalto, y dice: «Aquí traemos un documento de la Ejecutiva Nacional por el que nos autoriza a hacernos cargo de la Federación Provincial de Valencia». Aducen los compañeros de Valencia: «¡Pero si hemos sido nombrados por un Congreso!», y les contestan: «¡Ah!, no importa; aquí tenemos la autorización del Comité, y, por consiguiente, nos la entregan ustedes». Y nuestros compañeros, por no buscar quimera, entregan los cargos y levantan un acta en la que hacen constar su protesta por la coacción que significa el que hayan ido allí carabineros y guardias de Asalto a desposeerles de sus cargos, conferidos por un Congreso. El hecho es que entran carabineros y guardias de Asalto, les quitan los cargos y les echan. Es decir: que el Poder público se usa para estos menesteres, con la vergüenza, que no se habrá visto en ninguna parte, de que muchos de los carabineros y guardias de Asalto que fueron a realizar este acto tan bochornoso dentro de nuestro Partido, que si Iglesias volviera al mundo y se enterara se hubiera muerto de vergüenza (muy bien; muy bien), están afiliados al Partido Socialista. (Aplausos.) Es decir, que los socialistas, unos de uniforme y otros de paisano, porque son autoridades, van a desposeer a unos compañeros, como he dicho, de sus cargos. Así se apodera la Agrupación de Valencia de la Federación Provincial, no permitiendo los Congresos en ninguna parte, y a quienes intentan celebrarlos se les amenaza con expulsarles del Partido.

Aquella misma noche, inmediatamente, fueron al periódico «Adelante», que era el órgano oficial de la Federación Provincial de Valencia. Se presentan, también, con un policía, vestidos, naturalmente, de paisano, pero con el carácter de autoridades, con el propósito de apoderarse del periódico. Las personas que estaban al frente de él, dicen: «Nosotros no entregamos el periódico de esta manera; queremos levantar acta de lo que se haga». Y, efectivamente, se levanta un acta, y en esta acta notarial se dice lo siguiente: «Y exhibe la documentación que a continuación se transcribe: Hay un timbre en seco del Ministerio de la Gobernación. En contestación a su oficio de fecha de hoy, en, el que solicita se le garantice el ejercicio de su derecho a tomar posesión del diario «Adelante», órgano del Partido Socialista Obrero, cuya publicación solicitó y obtuvo su Presidente, según se comprueba por los antecedentes que me remite el Gobernador civil de la provincia, participo a usted que puede tomar posesión inmediatamente de la Redacción, Administración y demás servicios del mencionado diario, poniendo a su disposición la fuerza que en ejercicio de su derecho necesite». Firmado, naturalmente, por el ministro de la Gobernación, compañero Zugazagoitia. De esta manera es como se desposesiona primero al Comité Provincial de la Federación Socialista Valenciana, y se apoderan después del periódico. Cuando la Unión General ve este proceder, ¿tiene nada de particular que sospeche que lo que se quiere hacer con ella es cosa parecida? Y decide: «¡de ninguna manera entregamos la organización, y a aquéllos que han pedido reunión del Comité Nacional sin derecho a estar en él, los damos de baja por falta de pago, y damos de baja a las Federaciones!». Pero inmediatamente nos dirigimos a las Secciones, diciéndoles que como ellas no son responsables, a ellas no las damos de baja y pueden seguir cotizando, no para constituir nuevas Federaciones, no, sino para que la U.G.T. quedase íntegra, y que en todo caso desaparecieran los Comités, que en su mayor parte son nidos de caciques dentro de la organización. (Fuertes aplausos.)


Nuevas artimañas viejas.

Se dice—ya lo esperábamos nosotros: en seguida se busca arteramente la parte sentimental—: «¡Han dado de baja a los mineros de Asturias!». No; a los mineros de Asturias no les hemos dado de baja, porque las Secciones de Mineros continúan en la U.G.T. de España; a los que hemos dado de baja ha sido a los que, diciendo que son el Comité de la Federación, desde el año 33 no han hecho caso de la Federación, como lo podemos probar con documentos que tenemos en nuestro archivo; que tenían y tienen abandonada esa Federación y que están pagando directamente las Secciones de Mineros a la U.G.T. ¡No a los mineros! Y, en último caso, que no se esgriman sentimentalismos de esa naturaleza; cuando se ama a los heroicos mineros, si es verdad, no se está aquí de agente... (Muy bien; muy bien; grandes aplausos que impiden oír el final del párrafo; los concurrentes al acto, puestos en pie, tributan a Largo Caballero una formidable ovación.) Si es verdad que a esos héroes de Asturias se les ama de corazón, como se dice, no es sirviendo de testaferro para dividir nuestras organizaciones políticas y sindicales como se les ayuda; es allí donde hay que estar. (Se reproduce la ovación.)

Y, naturalmente, la campaña contra la Comisión Ejecutiva continúa. Todos los periódicos—caso insólito en España—, entran en ella; sólo hay un periódico en Valencia, entre los de cierta circulación, periódico de la noche, que se ocupa de defender a la Comisión Ejecutiva, pero todo aquello que pueda significar defensa de esta Ejecutiva es tachado por la censura... ¡Es que los que hablan contra los controles no dejan de controlar periódicos y de controlar todo lo demás, para su servicio! Pues la Ejecutiva de la Unión General se encuentra sin periódicos para defenderse, ni en Madrid ni en otras partes, salvo ese periódico que he dicho antes. (Una voz: ¡No importa! ¡La defendemos nosotros!) ¡Ahí ¡Ese es el error de ellos! Yo no sé cómo no han escarmentado viendo lo ocurrido a los elementos burgueses enemigos nuestros, que nos persiguieron como si fuéramos perros rabiosos, y, sin embargo, hemos salido adelante y nos hemos defendido. Esa lección debiera serles suficiente, porque, por mucho que nos persigan, y por mucho que nos quieran ahogar con la Prensa y con persecuciones, no triunfarán porque no tienen razón, y, además, porque los que luchan, podrán tardar un poco más o un poco menos en poder hacer frente, teniendo en cuenta lo que antes decía, pero están dispuestos a defender la Unión General hasta el último extremo. ¡Hasta el último extremo! 


La reunión en la escalera.

Sigue la campaña de Prensa, y ahora se reúnen otros elementos a los dados de baja por falta de pago, y vuelven a pedir la reunión del Comité Nacional. Nosotros les decimos: «no hay inconveniente». Cuando fueron a visitarnos se lo dijimos: «estamos dispuestos a celebrar Comité Nacional, pero tenéis que traer aquí un documento de vuestra Federación, acreditativo de que, efectivamente, la representáis, y que desean la reunión del Comité Nacional». Estos amigos consideraron que eso no era necesario, pero nos ofrecieron hacerlo. Aquí tengo la carta en la que nos prometen mandar el documento. Les estamos aguardando, porque el documento no llega, y en vez de mandarlo lo que hacen es convocar a una reunión del Comité Nacional ellos mismos. Y esta reunión la convocan en el mismo local social de la U.G.T. Pero no solamente hacen eso, sino que nos mandan una carta diciéndonos que les preparemos el salón y todos los documentos, porque han convocado al Comité Nacional. Entonces, la Ejecutiva de la Unión, dice: «¡no se celebra ese Comité Nacional aquí!»; y les manda una carta manifestándoles: «Os hemos dicho que si presentáis los documentos se celebra Comité Nacional, y si no los presentáis no se celebra; por consiguiente, ese Comité Nacional que anunciáis no lo autorizamos, porque no es legal, no se convoca con arreglo a los Estatutos y no lo permitimos».

Pues bien; a pesar de eso, el día 1.° de octubre, fecha en que se abría el Parlamento, el día que tenía el Gobierno que dar cuenta de la crisis, deciden ir allí a celebrar sesión. Y nosotros decidimos no abrir la puerta a nadie. Y se estuvieron en la escalera, de dos horas a dos horas y media. Indudablemente creyeron que iban a poder hacer en la Unión lo que hicieron en los otros sitios, y que porque fuese la policía, porque fuesen autoridades, podrían entrar y hacer lo que les diera la gana. Nosotros, dijimos: «aquí no entra ni la policía», y, efectivamente, no entró la policía; los agentes iban diciendo: «aquí se celebra una reunión», y yo les replicaba: «no, señores, la prueba de que aquí no se celebra ninguna reunión es que estos señores están en la escalera». Y, cuando se convencieron de que no podían entrar dentro del local para celebrar la reunión que querían, se marcharon y se reunieron en otra parte. Naturalmente que nosotros hemos dicho y seguimos diciendo que ese Comité que han nombrado ellos y esa reunión que han convocado no son legales, no están ajustados a los Estatutos, y, por consiguiente, no los reconocemos como tal Ejecutiva, ni mucho menos.

Pero lo grave, compañeros, es que estos amigos están favorecidos por el Gobierno y por la Ejecutiva del Partido. Habréis leído —no sé si lo habrán permitido en Madrid; lo dudo— que a la Ejecutiva legítima de la Unión General se le secuestra toda la correspondencia en Correos. Ninguna carta que vaya a nombre de la Unión General se nos entrega. Hemos hecho reclamaciones y parece que el presidente del Consejo de Ministros ha dicho que se le dé a la otra Ejecutiva, pero en Correos saben la responsabilidad que hacer eso puede significar, y han decidido, según noticias, detenerla allí. Por consiguiente, sabed todos que las cartas que vayan a la Unión General no llegan a nuestro poder; si queréis que llegue alguna carta, tenéis que dirigirla a nombre propio, a nombre mío, por ejemplo: Francisco Largo Caballero, diputado a Cortes. Entonces, sí llegarán. Pero si va a nombre de la Unión, no.

Y vamos al Banco, pero como hoy a los que hay que temer, más que nada, no es a los banqueros, sino a los bancarios (risas), ya habían dado orden para que no se nos abonase nada de la cuenta corriente.Y también están detenidos los cheques. Pero estos individuos que no se atrevieron a entrar en el local de la UGT en Valencia (según manifestaciones que uno ha hecho en Madrid, porque tienen noción de la responsabilidad y no quieren cometer ningún acto que pueda provocar una colisión entre nosotros), han tenido el valor heroico de ir a la calle de Fuencarral, 93, donde sólo hay una compañera mecanógrafa, y apoderarse del local. ¡Podían haber vuelto a la calle de Luis Vives, a Valencia, y no venir donde está una muchacha, que, naturalmente, ¡qué iba a hacer!, si se presentan allí diciendo: «esto es de nosotros». Y se han llevado carnets, se han llevado fotografías, y se han llevado el dinero; se lo han llevado todo. Los que han venido aquí y han hecho esa heroicidad han sido los compañeros Edmundo Domínguez y Amaro del Rosal. Naturalmente que esto que han hecho en la calle de Fuencarral, 93, no nos da frío ni calor, porque nosotros continuaremos luchando para defender la Unión General, y tenemos la confianza de que cuanto han hecho no les servirá de nada, absolutamente de nada.

Pero el hecho es que el Gobierno les ayuda, hasta el extremo, compañeros, de que, habiéndose dirigido el Gobierno a la UGT, en carta que tengo aquí, para que nombrase un compañero que la representara en la Junta de Instrucción Premilitar, en esa carta nos decía que su opinión era que designáramos a un camarada, que se llama Fermín Corredor. Siempre, la UGT ha procurado con todos los Gobiernos, monárquicos y republicanos, que cuando había que nombrar a un camarada para un cargo en algún Ministerio u organización, fuera la Unión quien lo designase, no el Gobierno. Esta costumbre la han respetado todos los Gobiernos, unos a regañadientes y otros de buena voluntad, y tenían que ser ciertos elementos socialistas los que estuvieran en el Gobierno para que impusiesen el nombramiento de un camarada. Pero nosotros, siguiendo la tradición, en vez de nombrar al que se nos decía, designamos a otro compañero, y lo comunicamos al Ministerio de Defensa Nacional, mejor dicho, al subsecretario de Defensa Nacional. Pues bien; el otro día nos encontramos con una nota oficiosa de esa llamada Comisión Ejecutiva, que se constituyó como hemos referido antes, en la que dice que, a instancia del Ministerio de Defensa Nacional, nombran a un compañero para ese cargo. Es decir que ese ministro, o el subsecretario de Guerra, además de la comunicación que nos mandó a nosotros, la envió también a los otros. Y los otros nombran, no a éste que decía el Gobierno que iba a nombrar, sino a otro, y luego nos mandan a nosotros una carta diciendo que como era de libre elección del Gobierno, han nombrado a fulano de tal, que es justamente el que habían propuesto los otros.

Es decir, que el Gobierno está en estos momentos ayudándoles y, además del Gobierno, les ayuda la Ejecutiva Nacional del Partido. Esta ha suscrito un documento, firmado por su Comité de Enlace, donde se combate a la verdadera Comisión Ejecutiva de la Unión General, y dice que la única legal y verdadera que hay en nuestra organización es la otra Ejecutiva. Y no solamente hacen eso, sino que han hecho una circular en la que se recomienda á las Agrupaciones que reconozcan a la otra Ejecutiva. Es decir, que la Ejecutiva del Partido Socialista, concretamente su presidente, que es, además, presidente de esa Ejecutiva que se ha nombrado, es quien aconseja a las Agrupaciones que le reconozcan a él, porque no hay más tía Javiera que él. No hay ni el pudor ni el decoro que debe haber para dejar firmar eso al vicepresidente. No sé el caso que le habrán hecho las Agrupaciones, porque si son pertenecientes a las Federaciones que persiguieron, y a las que no dejaron ni reunirse, figuraos el caso que van a hacerles. ¡No digo que no haya alguna! Lo grave es que sea la Ejecutiva del Partido la que alimente esa disidencia dentro de la UGT de España. Esto es lo grave, y que eso lo haga el presidente del Partido, presidente aparente, porque todavía no nos han dado cuenta de cómo se hizo aquella célebre elección que todos recordaréis; pero, en fin, el mismo presidente del Partido, que es presidente de esa Comisión Ejecutiva de la escalera.


El ejemplo del P.S.U. de Cataluña.

¡Si tendremos fundamento para sospechar lo que se quiere hacer con la UGT, que se pretende hacer con ella lo que se ha hecho con la organización de Cataluña! Sabéis que en Cataluña existe lo que llaman Partido Socialista Unificado, que no es Partido Socialista Unificado, sino el partido comunista catalán. Eso es; ese es el apodo, pero la realidad es que, desde el primer momento, ingresó en la III Internacional, y los que allí dirigen lo que llaman UGT, son comunistas y tienen al servicio de ellos esa organización o procuran tenerla. De lo que se trata es de que, teniendo Cataluña la organización de la UGT al servicio de los comunistas y, de hecho, teniendo también en España a nuestro partido al servicio de los comunistas, como la única organización que podía discrepar es la UGT, quieren apoderarse de ella para ponerla al servicio de los mismos elementos. Nosotros no lo podemos permitir; nosotros queremos que la Unión General sea libre y que ella determine cuáles son sus líneas políticas y sociales, pero no ponerla al servicio de nadie. ¡Absolutamente de nadie! En cambio, a nosotros se nos acusa de anarcosindicalistas, porque estamos en relaciones con la Confederación, con la que se quieren poner ellos también en relación, que serán, asimismo, anarcosindicalistas.


Juego limpio con la C.N.T.

Lo gracioso, compañeros, es que esto lo hacen con la intención de ofendernos. ¡Ofendernos a nosotros porque estemos en relaciones con la Confederación! Están completamente equivocados. Lo que hace falta es jugar limpio, y yo tengo que recordar —algo he dicho antes— aquellas campañas que se hicieron, de carácter electoral, en las que dirigíamos llamamientos a los elementos de la Confederación y a los anarquistas, diciéndoles: «las libertades de España están en peligro; venid a ayudarnos y vamos a derrotar al fascismo y a vencer al enemigo». Me vais a permitir un poco de digresión en esto. Desde hace muchos años, cuando vivía Pablo Iglesias, ya hacíamos nosotros campaña contra el apoliticismo de la Confederación. Considerábamos que esa actitud era equivocada. Ellos entendían lo contrario, pero nosotros creíamos que la Confederación debía entrar en la acción política. Esta es la aspiración de todos, absolutamente de todos: que los trabajadores actúen políticamente como clase, en contra de la clase burguesa. Lo hemos dicho siempre. En las elecciones, cuando veíamos en peligro las candidaturas de izquierda, no teníamos ningún escrúpulo en llamar a la Confederación y a los anarquistas, pidiéndoles que votaran con nosotros, pero cuando han votado y ya estamos en el Parlamento y se han constituido los Gobiernos, les decimos: «¡vosotros no podéis ya intervenir en la vida política; habéis cumplido con vuestro deber!» ¿No habíamos quedado los socialistas y los elementos de la UGT en que no debía haber ningún sector en España que fuera indiferente a la acción política? Si habíamos quedado en eso, al entrar en la acción política se entra con plenos derechos, íntegramente, no como simples agentes electorales para darnos el triunfo, sino para algo más, porque si fuera para eso sólo, yo tendría que decir a los compañeros de la Confederación que no hicieran caso de esos llamamientos. No, no; eso es de mucha más importancia de lo que creen algunos.


La política y los sindicatos.

Esta campaña que se está haciendo contra los sindicatos, porque dicen que los sindicatos quieren sustituir a los partidos políticos, es una de tantas engañifas como están corriendo por ahí. No; aquí lo que hay es una cosa que conviene aclarar. Y es la siguiente: cuando el Partido Socialista Obrero Español luchaba él sólo contra la burguesía, le era muy difícil poder triunfar, y cuando el Partido Socialista comprendió la conveniencia de que toda la clase trabajadora interviniese en la acción política, cambió de criterio y en vez de decir que los sindicatos eran simples sociedades de resistencia para la lucha económica contra el burgués, contra el patrono, se les dijo: «en ésas organizaciones tú debes luchar políticamente». Y cuando venían elecciones de diputados se les pedía dinero, y se les pedía que votasen a los diputados socialistas, y también se les pedían apoyos para las elecciones a concejales, y en los pueblos se eligieron concejales que eran representantes de organizaciones sindicales. ¿Cómo después de que nosotros, al cabo de años y años, hemos educado a la masa obrera en el sentido de que debe actuar políticamente con intensidad, podemos, en un momento dado, decirle a esa clase trabajadora que como está en los sindicatos no tiene derecho a intervenir en la gobernación del Estado? Además, eso está en contra de lo que dicen los Estatutos de la Unión General. No, no; hemos dicho que el poder ha de ser para la clase trabajadora, y si el poder ha de ser para ella naturalmente que los sindicatos tienen su actuación en la política. Porque si volvemos otra vez atrás y les decimos a los sindicatos que no deben intervenir en tal o cual momento, nos exponemos a que cuando las aguas vuelvan a su cauce y les dirijamos llamamientos, nos digan: «¡Ahora, lo hacéis vosotros! ¿No nos habéis dicho que nosotros no tenemos derecho a intervenir en la vida política del Estado?» En esto hay que andar con mucho cuidado, ¡con muchísimo cuidado!


La lealtad de la C.N.T.

Naturalmente que ha habido, por parte de algunos compañeros de la Confederación, un error, como los comete todo novicio en la vida política. Se lo digo con toda fraternidad a estos camaradas: son un poco inocentes en política. Todavía creen que todos somos buenas personas. Creen que en política basta el razonamiento, basta tener razón. Ya se irán convenciendo —-¡ya se van convenciendo!— de que la política, por desgracia, tiene muchos recovecos y muchas veces no basta tener buenos propósitos, ni mucho menos. Pero ellos siguen todavía con esa idea, y llegó un momento en que querían nada menos que en el Gobierno hubiera una representación proporcional de fuerzas de cada sector: los partidos políticos como tales partidos, las organizaciones sindicales como tales organizaciones. Claro que si se hace un Gobierno con representación proporcional de las fuerzas de cada uno de los elementos, resultarían en mayoría los sindicatos, pero no quieren excluir ni mucho menos a los partidos políticos. Esta era la teoría de ellos, y por eso los partidos políticos, en general, han dicho: «he aquí un peligro; éstos vienen ahora a desbancarnos del Poder, y, naturalmente, hay que defendernos». Por eso han hecho una cruzada contra ellos. Pero es injusto, compañeros, completamente injusto. Y, sobre todo, yo llamo la atención a todos los trabajadores sobre el peligro que significaría dar de lado a una organización como la Confederación, que ha entrado en el Gobierno y ha trabajado con entera libertad —yo estoy dispuesto a discutirlo con el que quiera, públicamente—, porque estos hombres, en el Gobierno, podrán haber tenido alguna pretensión exagerada, por no tener conocimiento práctico todavía de lo que era la política; pero en cuanto a buena fe, buena voluntad, lealtad, están por encima de muchos elementos que hablaban siempre de ella, ¡por encima de muchos! Yo recuerdo cuando elementos de la Confederación hicieron una campaña contra el ministro de Marina. Yo procuré hablar con ellos, advertirles los inconvenientes que aquello tenía, y desistieron de la campaña, cosa que no han hecho otros.

Porque habréis observado que hay disposiciones del Gobierno que se boicotean luego y, si no se dice que no se cumplan, se distrae con otras cuestiones, como las que me planteaban a mí. Por ejemplo: sabéis que hay una disposición del ministro de Defensa Nacional prohibiendo el proselitismo en el Ejército y las exhibiciones militares, etc. Pues bien; callan algún tiempo y luego dicen: «¡bueno, la aceptamos!». ¡Como si los ciudadanos tuviésemos que decir eso! Los ciudadanos tenemos que aceptarlas desde el primer momento. No hacemos ningún favor al Gobierno con aceptar sus disposiciones, como otros pretenden hacer ver al decir: «para que veáis que somos buenos chicos, ahora recomendamos que se acepte». No. Pero en seguida comienzan con otra campaña; en seguida dicen: «hay que tener reservas; no bastan las reservas que hay». No atacan por otro lado, pero atacan por el de las reservas. ¡Reservas! Se están pidiendo las quintas que todos sabéis. Y, aun suponiendo que no las hubiese, el deber patriótico de ellos era callarse, porque, hablar así, es decir al enemigo nuestra situación, es una denuncia al enemigo, diciéndole: «¡no hay reservas; podéis hacer lo que queráis!».

Otra campaña: material de guerra, industrias de guerra, hay que hacer esto o lo otro. Teniendo como tienen ministros en el Gobierno, eso no se puede decir fuera. Eso lo pueden hacer los que no tienen representación en el Gobierno. Los que tienen representación en él lo hacen dentro. Pero decirlo en los periódicos es decir a Franco: «no tenemos municiones, no tenemos industrias de guerra». 

Por eso os digo que son más leales los compañeros de la Confederación que los otros. No tienen más que e] defecto apuntado: que son un poco inocentes; no saben todavía; no conocen la política como la conocen los otros. Yo recuerdo un caso que me ocurrió a mí —y lo digo ahora incidentalmente, porque ya lo explicaré en otra ocasión—, a propósito de las campañas que se hacían. Unas veces pedían reservas; otras decían que teníamos muchos hombres. Aseguraban: «tenemos hombres; tenemos armas, tenemos municiones, tenemos aviones, tenemos tanques; lo que hay que hacer es aplicarlos bien; hay que dárselos a los combatientes, porque si no se los damos a los combatientes, los combatientes sufrirán las consecuencias». Tuve yo que llamar a algunos de esos elementos y enseñarles los datos que tenía (porque yo llevaba al día la estadística de todas las municiones, de todos los fusiles, de todas las ametralladoras, con una cuenta corriente de salidas y entradas). Cuando estos hombres, en los periódicos, aseguraban que teníamos esto, pero que no se aplicaba bien porque el ministro de la Guerra no lo daba, tenía yo entonces a disposición mía ¡veintisiete fusiles en toda España! Lo digo porque ya pasó: yo llamé a uno de los agentes que teníamos dentro del Gobierno, y le dije: «Mire usted: ¿qué hago yo? ¿Salgo públicamente a decir que esto es una falsedad y que no tengo más que estos fusiles? Con eso, lo que hago es enterar al enemigo de nuestra situación. ¿Me callo? Si me callo, la opinión pública dirá: si los combatientes no vencen es porque el ministro de la Guerra no les da el material que tiene.» 

Ésa es la política que se hace. Y, naturalmente, hay que agradecer en esa situación el que ciertos elementos sean leales y cumplan con su deber, y hay poner en evidencia a los otros, también.


Solución: El Congreso de la U.G.T.

Volviendo a la cuestión de la Unión General, nosotros afirmamos que esta Comisión Ejecutiva que se ha organizado no es legal, no tiene autoridad, porque incluso nuestros estatutos dicen claramente, en uno de sus artículos, que, para destituir al Comité Nacional, debe irse al referéndum. Claro que a ellos no les interesa. En el artículo 55 se dice: «Cuando se tomen acuerdos de importancia por escasa mayoría, el Congreso podrá someter el asunto a un referéndum entre todos los confederados. También podrá el Comité Nacional someter a referéndum todos aquellos asuntos graves e imprevistos que afecten a la totalidad de la organización, como decidir una acción general que en determinado momento debe desarrollar la Unión General, para aumentar o reducir las cuotas y para resolver las propuestas que pudieran presentarse de destitución del Comité Nacional.»

Es decir, que si estos individuos creen que la Ejecutiva debe ser discutida, podían haber pedido un referéndum entre todas las organizaciones, pero, en vez de eso, se reúnen unas cuantas veces y dicen que son autónomas, que no tienen que contar con sus organizaciones para proceder, y otras veces dicen que representan a sus Federaciones. ¿En qué quedamos? La interpretación que damos nosotros es que los vocales del Comité Nacional no pueden hacer nada por cuenta propia, porque representaban o deben representar a las Federaciones. Si nosotros permitimos que se haga esto de una manera personal e individual, entonces lo que hacemos es consolidar el caciquismo dentro de nuestras organizaciones, y eso no puede ser. Y ya que no se ha ido al referéndum, nosotros decimos: «¿quieren un Congreso nacional?». Nosotros lo celebramos, y que las organizaciones obreras, de una manera libre, digan quién tiene razón, y que aquél que haya faltado que se le expulse o se le suspenda, pero erigirse ellos —o nosotros— en dueños de la organización y hacer lo que nos parezca bien, no; eso no es correcto, ni nos parece reglamentario.


La unificación del proletariado.

Finalmente, voy a hablar de un tema que he tenido el propósito de reservar hasta última hora. Muchos se habrán hecho la siguiente pregunta: y ¿qué piensa Largo Caballero de la unificación del proletariado? Se ha especulado mucho con esto. El silencio por mí guardado, se ha interpretado, incluso, como si yo fuese enemigo de la unificación del proletariado. Pues voy a decir aquí lo que pienso sobre el particular: Largo Caballero no ha retrocedido ni un ápice del pensamiento que tenía en cuanto a la conveniencia de la unificación del proletariado español. Mantiene exactamente el mismo criterio. Lo que pasa es que otros no lo mantienen. Es decir, hay unos que, en este tiempo de guerra, no hemos hablado de la unificación, pero que creemos que es una conveniencia y una necesidad; y otros que hablan de unificación, y después, «sotto voce», dicen que la unificación no es posible. Y no se hace.


La unificación juvenil.

Yo hablé algún tiempo de la unificación, por ejemplo, en las Juventudes Socialistas. Cuando yo hablaba de la unificación de las Juventudes Socialistas, o marxistas, mejor dicho, yo me refería a las Juventudes Socialistas, a las Juventudes Comunistas y hasta a las Juventudes Libertarias, a toda la juventud revolucionaria. Convenía fusionarse orgánicamente; pero lealmente. ¡Ah! Pero de entonces acá, no yo, sino otros que hablaban entonces también de unificación de las juventudes, la han interpretado en el sentido de que la verdadera unificación de la juventud se hace por edades, no por ideologías; es decir, que ya no van a atraer solamente a los socialistas, los comunistas y los libertarios, sino hasta a los católicos, a los enemigos del régimen que nosotros queremos implantar. ¡Ah! Eso, no, y no.

La unificación de la juventud española ha de realizarse con el propósito de preparar el terreno para hacer la revolución que nosotros deseamos, y eso no lo pueden realizar más que los que piensen y tengan ideologías iguales o parecidas, los que por lo menos sean enemigos del régimen capitalista, pero aliarse —no aliarse, fusionarse— con los católicos, que son enemigos del régimen que nosotros queremos implantar y quieren mantener el régimen de privilegio que hoy existe y que. nos ha provocado esta guerra... ¡con esos Largo Caballero no puede estar! 


La desviación de la juventud.

Se dice: es fundamental para las juventudes la alegría, divertirse. Yo no digo que no. Seríamos unos imbéciles si dijésemos a la juventud: «no te diviertas, no tengas alegría». Naturalmente—alguien lo ha dicho de una manera muy sencilla, pero muy exacta—, para divertirse y tener alegría, hacen falta muchas cosas, y en la situación de guerra en que nos hallamos no es fácil que haya alegría ni que se puedan divertir como quisieran. Aquí lo trágico es que se quiere entretener a una juventud con bailes, con deportes, cosas que están bien cuando hay tiempo para todo eso. Pero ahora que estamos en guerra, no se puede hablar de esas cosas. Además, una juventud revolucionaria podrá divertirse. Eso será lo supletorio. Pero que una organización considere que lo principal es bailar y es la juerga... ¡eso no! ¡Eso de ninguna manera! Lo primero son los ideales, y después de los ideales, como jóvenes, ellos harán lo que tengan que hacer, pero que las organizaciones revolucionarias, con dos erres, como ellos dicen..., que las organizaciones revolucionarias, con diez o doce erres, ocupen su tiempo en organizar actos de diversión, en vez de educar a la masa obrera juvenil en las ideas redentoras de la Humanidad, a mí me parece un verdadero crimen, háyalo aconsejado quien lo haya aconsejado. 


La unificación de los partidos marxistas.

Eso por lo que se refiere a la juventud. En lo que afecta a la unificación del Partido Socialista y el Partido Comunista, yo no he retrocedido nada. Únicamente lo que pido es que aquéllos que en algún tiempo querían hacer esta fusión, se mantengan en el mismo terreno que antes nos manteníamos, que era el de hacer una fusión de los dos partidos con un programa revolucionario. Yo recuerdo bien que, cuando hablábamos de esto, el partido comunista nos ponía como condición, porque así se había acordado en Moscú, que rompiéramos relaciones con todos los partidos burgueses. ¿Lo mantienen ahora? ¿Mantienen ahora que rompamos con todos los partidos burgueses, como querían antes? No; al contrario. La consigna de ahora es que volvamos otra vez a antes del 18 de julio. Y si la unificación ha de ser con la condición de que toda la sangre vertida sirva para que germine otra vez en nuestro país la clase que ha sido responsable principal de la guerra que padecemos, ¡Largo Caballero no está por ese sistema! No podemos ser unos locos que queramos implantar un régimen nuevo de la noche a la mañana; pero sí decimos que no es justo ni es lógico que, después de la tragedia de España, se esté ahora reponiendo a todos los caciques, a todos los propietarios, a todos los elementos que son los principales culpables de esta guerra. 

De modo es que, si esos elementos quieren la unificación como entonces hablábamos y para lo que entonces hablábamos, Largo Caballero no ha retrocedida nada.


La inteligencia de la C.N.T.

Con la Confederación es más difícil la fusión. No debemos engañar a los compañeros hablándoles de fusión de la Confederación y la Unión General. Quien sabe si con el tiempo... Pero, por ahora, no. ¡Ah! Pero yo os digo que con la Confederación que ha entrado en la vida política (perdonadme un rasgo de cierta vanidad: una de las cosas que en mi historia política consideraré como un galardón es el haber contribuido a que estos compañeros entren de lleno en la vida política de nuestro país; históricamente, me hago responsable de todo lo que pueda haber en eso). Con estos compañeros que han reconocido nuestra honradez, nuestro buen propósito, nuestras ansias por traer un nuevo régimen mejor que el en que vivimos, en aquello que podamos estar de acuerdo, debemos ir juntos, debemos colaborar juntos, porque yo tengo la confianza de que, con el tiempo, estos compañeros reconocerán que los ideales que tienen, un poco a juicio mío, no diré fantásticos, pero sí algo inocentes, de crear una sociedad en donde todos seamos buenos y honrados —como decía la Constitución del 12—, no son posibles porque la Humanidad no es así, y para conseguir que a eso llegara la Humanidad, hay que recorrer muchas etapas, de socialismo, de comunismo y, luego, se irá incluso al anarquismo, porque el anarquismo —en contra de lo que afirman y propagan nuestros enemigos, que creen que anarquismo es el caos, que nadie se entiende— es un ideal que pretende implantar un régimen que, a juicio mío, es utópico hoy, porque quiere la perfección de la Humanidad y eso es imposible. Pero no por eso hemos de estar nosotros en frente de ellos, y cuando ellos se convenzan de las imperfecciones de esta Humanidad, habrán de reconocer que tenemos que ir todos de común acuerdo para ir salvando todos esos obstáculos y llegar a lo que desean. ¿Quién se va a oponer a eso? Nadie. Por eso me parece que si con la Confederación no podemos hacer la fusión, lo que sí podemos es tener unos lazos de unión, de comprensión, de relaciones, que no nos ataquemos unos a otros, que nos respetemos nuestras organizaciones, que vayamos convenciéndonos todos de que debemos ser después todos unos. Yo entiendo que ahora esto no se puede hacer.


Qué sería deshonroso.

¿Es que esto no es conveniente para la clase obrera? ¿Es que por eso yo soy anarquista, como dicen algunos elementos? Además, que a mí eso no me deshonraría; a mí lo que me deshonraría es que, habiendo sido socialista marxista, me hiciese católico. A mí lo que me deshonraría es que, habiendo estado en este partido y teniendo una vida pública modesta, pero consecuente, un día se supiese, por ejemplo, que había ingresado en-un partido republicano burgués por coger unos cuantos puestos o unos cuantos privilegios que me puedan conceder desde un Ministerio. ¡Eso sí que me deshonraría! Pero si yo, un día me convenciese, teóricamente, de que el anarquismo era posible, y por el estudio o por la evolución de las ideas lo comprendiese, lo diría públicamente y no me deshonraría por eso. Estaría bueno que se pueda considerar como una deshonra para nadie llamarle anarquista! Eso son residuos de las teorías burguesas, porque como ha habido en España, y en todas partes, lo que llamaban «anarquistas de acción» —que se les asimilaba a los criminales—, ahora creen que todos los anarquistas hacen lo mismo. Son cosas que pasaron y que, por desgracia, no sé si tendrán que volver ahora, porque esas cosas no se producen en los cerebros de una manera espontánea, sino como consecuencia de una tiranía, de una dictadura, embozada o franca, que pueda haber en el régimen social en que vivimos. Si las cosas se ponen de manera que no se pueda vivir, política ni socialmente, ni de ninguna otra manera, al fin y al cabo el hombre tiene dentro lo que tienen todos los animales: el instinto de defensa, y se defiende como puede. Lo que hay que procurar es no dar motivo para que lo hagan, y no confundir la dictadura del proletariado con la dictadura de un grupo de personas privilegiadas.  Cuando Marx habló de la dictadura del proletariado, ya dijo del proletariado, no de Fulano, no de Mengano, de tal partido, de tal organización, sino de la clase trabajadora organizada, que será la que se imponga y no deje levantar la cabeza a nuestro enemigo común.


Análisis sereno de las cuestiones.

Comprenderéis que para empezar es bastante. Después de tanto tiempo, ha perdido uno hasta la costumbre... No os voy a pedir más que una cosa: que todo lo que oigáis sobre este pleito de la Unión General lo analicéis, lo estudiéis; que no os fiéis de lo que diga una Prensa, que, como ya habéis visto, está toda contra nosotros. De cuanto se publique, pensad si puede ser verdad o no. Yo no quiero sacar aquí el cristo para nada; pero cuando a los cuarenta y siete años de organización obrera oigo decir que Largo Caballero quiere imponer una política personal, me río. Parece mentira que algunos amigos no se hayan dado cuenta, en cuarenta y siete o cuarenta y ocho años, de que yo era un tirano, de que yo era un hombre que trataba de imponerme a todo el mundo. Una de dos: o estos amigos y los trabajadores que le oyen a una son tontos, o es uno demasiado pillo. Yo no me lo puedo explicar. No, no. Por ejemplo, se dice que yo quiero imponer mi voluntad en la Unión, como se ha dicho que la he querido imponer en el Partido Socialista, como se dice que la he querido imponer en el Gobierno. De eso ya hablaré en su momento. Pero, camaradas, ¿es que no me conocéis?

Al cabo de los años —ya he entrado en los 69—, a los 69 años, han corrido por ahí la especie de que yo, físicamente, estaba mal. En Francia, cuando he estado, la primera pregunta que me dirigían era: «¿está usted mejor de salud?» Y yo les decía: «Pero si yo no he estado enfermo; si yo estoy sano». Clara que hay algunos que se empeñan en que yo no esté bien. Pero yo les advierto que para rato tienen, porque, mientras Largo Caballero viva y vivan otros compañeros que tenemos noción de nuestra responsabilidad, como tenemos noción del cumplimiento de nuestro deber, no permitiremos que nuestro Partido y nuestra UGT caigan en manos de sus naturales enemigos.

Cuando se nos elige para defender o representar una organización, no debe extrañar que nosotros tengamos tesón y continuemos defendiendo la UGT y que digamos a todos los trabajadores: iViva la Unión General de Trabajadores de España!  iNo hay más Unión General de Trabajadores de España que la representada por esta Ejecutiva, digan lo que quieran otros elementos! iNo hay otra ni puede haber otra!


¿Transigen? Transigimos.

Se ha dicho en un mitin que estaban dispuestos a todas las transacciones. Nosotros, también. No nos negamos a ninguna transacción, si hace falta, para llegar a una solución. Pero ¿por qué no aceptan el armisticio? ¿Por qué no aceptan que, mientras tanto, no se produzcan las campañas que están haciendo de calumnia y de injuria? ¡Ah! ¿No quieren? ¿Quieren tomar posiciones? ¡Pues nosotros nos defenderemos! ¡Camaradas: a luchar hasta vencer, en la guerra y en la revolución!

He terminado.



El discurso del cine Pardiñas fue retransmitido en directo a otros cinco cines madrileños que, a pesar de ser los de mayor aforo, se llenaron a rebosar, instalándose altavoces en la calle para la gente que no había podido entrar.



Texto del folleto: La U.G.T y la Guerra. Editorial Meabe, Valencia 1937. 

Archivo General de la Guerra Civil, Salamanca.

Asturias republicana



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