Lo Último

1195. Cuando Miaja luchaba al mismo tiempo contra Franco y contra Largo Caballero.





El Gobierno fugitivo ha conseguido rehacerse en Valencia y lanza desde ahí una nota en la que intenta justificar su huida. Aunque ésta no era ya ningún secreto para los madrileños, hasta ahora no se le había dado estado oficial por temor al efecto desmoralizador que pudiera producir.

En las avanzadas los oficiales leen esta nota a los combatientes, que se encogen de hombros despectivamente. ¿El Gobierno? ¿Qué importa el Gobierno? ¿Qué más da que se vaya o que se quede? A ellos lo único que les interesa es el enemigo que tienen enfrente. Ya llegará la hora de ajustarles las cuentas al Gobierno y a todos los políticos. Al miliciano que se está batiendo desesperadamente en los arrabales de Madrid lo único que le preocupa es que el enemigo no pase. «¡No pasarán!», grita obsesionado. Quiere armas, municiones, comida, abrigo y mando. Nada más.

En los últimos días el miliciano ha podido advertir que tras él hay un mando enérgico, una mano de hierro providencial que le sostiene con tesón y acude rápidamente a sus necesidades. Los emisarios del frente que han ido al Ministerio de la Guerra a reclamar elementos para seguir la luche dicen al volver a las trincheras.

—El Gobierno no está en Madrid, pero en el Ministerio me han dado lo que necesitaba con muchas menos dificultades que antes. Eso es todo.

Pero en Valencia, el Gobierno de Largo Caballero empieza a sentirse inquieto ante el predicamento que en tres días, solo en tres días, ha tomado el defensor de Madrid y volviendo celosamente por sus fueros se apresura a recordarle que su autoridad es puramente delegada. Miaja reitera su adhesión y su fidelidad al Gobierno de la República. Lo único que quiere es que le dejan la libertad de movimientos que necesita para defender Madrid. A lo que no se resigna es a que una herrumbrosa máquina burocrática le entregue al enemigo atado de pies y manos.

—La vida de los hombres que defienden Madrid vale para mí más que todos los requisitos administrativos —dice Miaja.—. Hago lo que me parece oportuno. Ya rendiré cuentas.

Esta es su última palabra.


Hambre, guerra y buen humor.

Encerrado en su despacho, el general Miaja trabaja durante veinte horas diarias. Tres o cuatro horas de sueño a última hora de la madrugada le bastan para conservar la energía. Hay que atender no solo al frente, sino a la retaguardia.

El problema más grave es el del abastecimiento. En Madrid hay todavía depósitos de víveres considerables, pero están en poder de organismos incontrolables, principalmente de la FAI. Los anarquistas, inverosímilmente previsores, se han incautado de grandes cantidades de subsistencias que tienen ocultas y defendidas por sus más bizarros milicianos. «¡Solo la FAI come carne!», exclama amargamente el vecindario.

Hay que arrancar estos víveres de las manos de los anarquistas. El general Miaja sale triunfante de este empeño en el que el Gobierno había fracasado reiteradamente, y el pueblo de Madrid come al fin la carne que buenamente hay.

Otro problema grave es el de proporcionar prendas de abrigo a este improvisado ejército que está en las trincheras envuelto en papel de periódicos. Es inútil emprender ninguna nueva requisa. Todo está ya requisado. Las tiendas y los almacenes fueron saqueados en los primeros días de la revolución por bandas de titulados milicianos que no han ido nunca al frente y andan por las calles de Madrid con cazadora de piel y botas altas de montar, mientras los que luchan en las trincheras se mueren de frío. Se hace popular una cancioncilla de cierto sabor clásico que critica esta tremenda injusticia. Dice así:

Cuando se viene a Madrid
lo primero que se ve
son los emboscados, madre,
sentados en los cafés.
Los chaquetas son de cuero,
los pantalones también,
y a los que vienen del frente
las vergüenzas se les ven.

En las últimas requisas que se intentan no se encuentran más que toallas y los infelices de las trincheras las utilizan como bufandas a falta de cosa mejor. Hay que empezar por montar los talleres en que han de confeccionarse las prendas de abrigo. Se moviliza a las costureras y se requisan las máquinas de coser que estaban pignoradas. Se distribuyen madejas de lana a millares de mujeres para que elaboren jerséis de punto. Pero los milicianos que están en las trincheras no quieren las prendas de punto. Los piojos se les meten en la trama y no hay manera de soportarlas.

De lo único que hay profusión es de cubrecabezas. Los gorros más disparatados y bizarros se venden a bajo precio en la Puerta del Sol. Cada miliciano se encasqueta el que más le gusta. Predominan los cubrecabezas con orejeras a la manera rusa. En medio del caos de la guerra y la revolución Madrid conserva su gusto por lo pintoresco; su fantasía, el penacho, el airón.

Las trágicas horas que se viven no han extinguido el buen humor del pueblo. Como el general Mola ha dicho en son de reto que dentro de muy poco tiempo tomará café en la Puerta del Sol, los madrileños han colocado en mitad de esta gran plaza una mesa con una taza, una cafetera y un letrero que dice: «Para el general Mola». La gente que pasa se detiene, ríe y comenta; así va sobrellevando con buen ánimo el horror de la guerra. El general Mola pereció sin poder ir a tomar aquella taza de café que los madrileños le tenían preparada.

El problema que más preocupa a Miaja, después de la guerra, es el del orden público. Tanto como al derrumbamiento del frente teme a la descomposición de la retaguardia. En Madrid hay miles y miles de partidarios del general Franco que acechan el momento crítico para entrar en acción. Ellos son los que provocan los tiroteos que constantemente se producen en el interior de la ciudad. Por otra parte, los partidos políticos y las centrales sindicales, recelosos unos de otros, han armado a   sus afiliados y en cualquier momento es posible un choque entre los elementos antifascistas de diversas tendencias. Los periódicos de los diferentes partidos se atacan furiosamente como si el enemigo común no estuviera a las puertas de Madrid.

Miaja, en la reunión celebrada por la Junta de Defensa dos días después de haberse marchado el Gobierno, aborda de frente el problema. En la retaguardia hay demasiados fusiles. Es lo sucesivo los militantes de los partidos políticos no podrán ejercer la vigilancia en las calles. El general Miaja dicta una orden terminante: «Se concede un plazo de veinticuatro horas para que todos los ciudadanos entreguen sus armas. Pasado el plazo, las personas a quienes les fueren ocupadas armas serán consideradas facciosas».


Miaja derrotado ... por el Gobierno de Valencia.

Casualmente llega a conocimiento del general Miaja que el Gobierno ha circulado órdenes para que las tropas que ocupan el frente de la Sierra, desde El Escorial hasta Buitrago se replieguen hacia el Este en el caso probable de que Madrid no pueda resistir. Esta orden de retirada discrecional puede provocar una catástrofe. Una falsa alarma, un momento de confusión, y los ochenta kilómetros del frente de la Sierra pueden quedar desguarnecidos.

—¡El agua! —clama Miaja angustiado.

Si esas fuerzas se retiran de sus posiciones los embalses que abastecen Madrid de agua potable quedarán en poder de los rebeldes y será imposible toda resistencia.

Pero el defensor de Madrid no tiene ninguna jurisdicción sobre esas tropas y para anular las «previsiones» del Gobierno tiene forzosamente que extralimitarse como ha tenido que hacer cuando a viva fuerza y contrariando las órdenes del Gobierno se ha apoderado de los depósitos de armas de Albacete.

Desde Valencia, el Jefe del Gobierno y Ministro de la Guerra señor Largo Caballero empieza a inquietarse seriamente. En Madrid es un general quien gobierna y este general que ha conseguido agrupar en torno suyo a todas las fuerzas de la capital procede autónomamente, por sí y ante sí, como si el Gobierno de la República no existiera. El súbito prestigio de este general levanta en el espíritu suspicaz de Largo Caballero el fantasma de un posible dictador. Sus recelos son tan grandes que no vacila en comprometer la heroica defensa de Madrid obligando al general Miaja a que vaya inmediatamente a Valencia para rendir cuentas de su actuación. Miaja se niega rotundamente.

—No puedo salir de Madrid en estos momentos —contesta—. El pueblo creería que yo también desertaba ante el enemigo.

Largo Caballero insiste. La cinta del teletipo del Ministerio transmite reiteradamente y con más apremio cada vez las órdenes terminantes del Gobierno para que deje Madrid.

—Salga usted secretamente —dispone Largo Caballero.

—Imposible. Se divulgaría la noticia de mi escapatoria clandestina y los efectos serían más catastróficos.

Como el general Miaja se niega rotundamente a ir a Valencia una delegación del Gobierno formada por tres ministros vuelve a Madrid. Uno de ellos, el señor Álvarez del Vayo, que a pesar de ser Comisario General de Guerra abandona también su puesto en la noche del seis de noviembre, asiste a la reunión de la Junta de Defensa y ante ella el general Miaja reitera su lealtad y su subordinación al Gobierno en cuanto no comprometa o
dificulte la defensa de Madrid.

Alguien insinúa entonces que precisamente la junta de Defensa ha sido creada para frenar posibles ambiciones personales de quien se encargase de la defensa de Madrid y el general Miaja al oírlo contesta con una estrepitosa carcajada.

No; las preocupaciones de Largo Caballero son ridículas. La lealtad y la subordinación del general Miaja permanecen inconmovibles. Él, lo único que quiere es que le dejen defender Madrid eficazmente. No tiene ninguna ambición; no aspira a ejercer ningún poder personal; la Junta de Defensa, los partidos políticos, las centrales sindicales, el ejército y el pueblo de Madrid tienen una ciega confianza en su lealtad republicana. Puede el Gobierno seguir tranquilamente en Valencia.

Los emisarios de Largo Caballero tienen que rendirse a la evidencia. El defensor de Madrid no es ninguna amenaza para las instituciones democráticas, no hay en él ni la sombra de un dictador.

No obstante estas seguridades el señor Largo Caballero seguirá mirando recelosamente el prestigio de Miaja y valiéndose de ruines triquiñuelas burocráticas intentará hostilizarle constantemente.

Llega esta hostilidad a extremos bochornosos. Faltan trajes de abrigo para los aviadores y para confeccionarlos se precisan unas   cremalleras que legalmente han de ser adquiridas por el Ministerio de la Guerra en Valencia. Como los aviadores no pueden seguir volando arrebujados en mantas y periódicos Miaja ordena que se adquieran inmediatamente y sin más trámites las cremalleras necesarias. Largo Caballero le envía acto seguido una comunicación recordándole que tales compras solo pueden hacerse por el Departamento ministerial que él dirige y reiterándole una vez más que debe acatar sus órdenes. Miaja no puede sufrir más y contesta secamente por el teletipo:

—No olvido en ningún momento el acatamiento debido a Valencia y le ruego me sustituya en el cargo que me ha encomendado.

El defensor de Madrid ha sido derrotado… por el Gobierno de Valencia.


Y mientras tanto, el enemigo entra en Madrid.

No se comprende a Miaja. Los gobernantes de la República, recelosos y escarmentados, no comprenden que un general pueda utilizar su prestigio personal como no sea para ejercer un poder arbitrario y dictatorial. El espectro amenazador de la dictadura se alza siempre ante ellos.

Nada más distinto de un dictador que este hombre sencillo, oscuro, sin ambición, sin ninguna prosopopeya, sin la más mínima vanidad personal. Su fuerza indiscutible que desde el primer momento subyuga a sus jóvenes y entusiastas colaboradores, su energía indomable y su rudo carácter de militar que sabe mandar, están devotamente al servicio de la democracia. Su único anhelo es cumplir la misión que se le ha encomendado: defender Madrid.

Los «latigazos» que le dan desde Valencia —así los califica él mismo— le llenan de amargura y hubiera mantenido su dimisión abandonando su heroica tarea si no hubiese ocurrido algo que le hace prescindir súbitamente de toda lo que no sea la guerra misma.

¡El enemigo ha entrado en Madrid! Las columnas rebeldes han conseguido abrirse paso por la Ciudad Universitaria y avanzando por el Parque del Oeste han llegado a las calles de la capital. El general Miaja en aquel instante olvida todas sus amarguras y se lanza personalmente a la pelea.

Es el día 17 de noviembre. El enemigo está en los alrededores de la Cárcel Modelo. En la calle de Cea Bermúdez una mujer entreabre curiosa una ventana porque ha oído hablar en un idioma extraño y ve un grupo de moros que avanzan pegándose a las paredes con el fusil en ristre.


Manuel Chaves Nogales
La Defensa de Madrid - Capitulo 7
















La Defensa de Madrid es una recopilación de dieciséis artículos periodísticos de Manuel Chaves Nogales publicados en dieciséis entregas semanales, entre el 5 de agosto y el 22 de noviembre de 1938 en la revista mexicana Sucesos para todos bajo el título Los secretos de la defensa de Madrid con ilustraciones de Juan Helguera. En 1939 fueron publicados en el diario británico Evening Standard bajo el título de The Defender of Madrid, en doce entregas, del 16 al 28 de enero.

María Isabel Cintas Guillén, tras un exhaustivo trabajo de investigación, reunió los artículos en un libro publicado en 2011, editado por Renacimiento.





1 comentario:

  1. Un texto hermoso de un gran cronista, con el inconveniente gordo de estar hecho por un periodista de segunda mana o versión contada. Chaves Nogales se fue de Madrid con el Gobierno el 6 de noviembre y nunca más volvió.

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