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1253. Viaje a la aldea del crimen I





Un incidente en la fonda y paréntesis. Los tres «procedimientos». ¿Y obreros? Obreros no hay.


Interrumpimos esta crónica un instante para atender a una muchacha que se acerca al teléfono de la fonda y habla. Sólo pronuncia la mitad de las sílabas, y su acento es de una musicalidad extraordinaria.

—¿Eh? ¡Oigasté! ¿Es los hermanos Quintero? ¡A ve! Que se ha roto un crista.

No. oímos la respuesta. La chica continúa:

—Sí, señó. Que vengan los hermanos Quintero a pone un crista.

Luego deja el teléfono y se va hacia adentro. Muy bien. Los hermanos Quintero, cristaleros de Medina Sidonia, serán unos inteligentes y honestos operarios. Pero los cristales de esta ciudad, si los ponen los hermanos Quintero, no dejarán pasar sino miradas tiernas, suspiros y atardeceres color rosa. Si los hermanos Quintero ponen aquí los cristales, ¿cómo vamos a protestar de tal o cual pedrada? ¡Señor, señor!

Nos disponemos a continuar la crónica, pero ahora resulta que hay que ampliar y extender el paréntesis, porque entran al vestíbulo dos señores. Uno es alto y grave. El otro, pequeño y de ojos suspicaces.

—Pues no hay más remedio —va diciendo el mayor—. Contra las extralimitaciones de los campesinos tenemos tres procedimientos; el civil, por levantamiento; el militar, por ataque a fuerza armada, y el gubernativo.

—¿El gubernativo?—pregunta el pequeño.

Le contesta gravemente su compañero, cerrando el puño en el aire y haciendo ademán de dar vuelta a una llave:

—Sí, hombre. La trinca.

Estos no son funcionarios de ninguna clase. Son administradores de los cuatro señores que dominan estas cincuenta y cuatro mil hectáreas incultas, sembradas de boñigas de cabestro. Lo dicen porque corren rumores de que...

La ciudad no tiene obreros. ¿Dónde están los obreros? Ya hemos dicho que tiene la ciudad lujos e insolencias de bienestar poco propicios para que los holle la alpargata podrida, la cara sin afeitar del bracero, la colilla del hambriento. Más adelante, en la plaza, vemos, bajo los soportales del Ayuntamiento, hasta trescientos hombres apiñados a resguardo de la lluvia. Las ropas mojadas se pudren con el calor febril del hambre. Bajo los arcos huele a enfermedad. Esperan dos o tres horas a que suene su nombre y asome por una ventana el brazo uniformado de un guardia con un papelillo en la mano. Reciben un bono que les permite adquirir una peseta de víveres. Lo pagan los terratenientes y los comerciantes en un impuesto. Claro es que luego éstos lo cobran con creces al venderles artículos caros y malos. Algunos de estos obreros tienen que sostener a ocho o diez de familia. ¿Con qué? En una tienda señalamos un pan de kilo y medio, que es el tipo de fabricación de aquí.

—¿Cuánto vale esto?

—Noventisinco sentimos, señor.

¿Qué van a hacer aquí los obreros? Los que pueden se van. ¿Adónde? Las leyes españolas les impiden trabajar en otra parte, y las de los países vecinos les prohiben la entrada. Y, sin embargo, algunos se van, nadie sabe adónde. Los que no pueden, ¿qué hacen? Desde Sevilla hemos visto muy pocos trabajadores en el campo. Todo está inculto. Desde Jerez no hemos visto, a lo largo de treinta y cinco kilómetros, ni un solo labriego. Ni en el camino ni en los campos.

—Donde hay más trabajadores —nos dice un muchacho— es en Benalup.

Ya sabemos que Benalup es Casas Viejas.

—Allí —dice— están peo que aquí. Siquiera aquí no les falta esa poquedá del bono. En Casas Viejas, el bono lo dan de tarde en tarde, y pa cogerlo tienen que ir los jornaleros a la iglesia a aguantar un sermón del cura. Algunos prefieren no ir y pasá hambre.


Puede que vaya a ocurrir algo, pero María Mármol no dice nada.

Hay rumores, es verdad. Pero también es verdad —y los madrileños y los corros de los cafés no saben bien hasta qué punto eso es verdad— que hay hambre. Hambre negra, solitaria, en medio de una tierra feraz y de un clima suave. En naturalezas fuertes, condenadas a la desolación. ¿Democracia? Eso es cosa de las tertulias y de los diarios del corro, que no llega aquí, y que si llega viene envuelta en papel sellado y atada con balduque. No sale de los archivos. Estos hombres están condenados, como en ninguna otra región de España, a la hurañía, al aislamiento, a una triste soledad con su miseria. Los que hemos vivido en el campo de Aragón o de Cataluña no acabamos de comprender esto. Es un chico de dieciocho años quien nos ha dicho, mirando a otra parte:

—¿Que si hay hambre aquí?

No ha dicho más, pero basta con ver los ojos de rencor con que mira a los funcionarios, a los administradores, a todos los que tienen aspecto sano y satisfecho. ¿Que si hay hambre aquí?

De propagandas rojas o de delitos comunes hay hombres siempre en la cárcel. Hombres y mujeres, porque aquí, en el campo andaluz, si no la igualdad de derechos, por lo menos la de necesidades y apremios hace tiempo que es un hecho entre hombres y mujeres. Trabajan juntos. Sudan sobre la tierra cuando pueden alcanzar esa oportunidad, que siempre o casi siempre les huye. Y además, ellas son gracia y juventud. Y compañía. Y maternidad. Si llega el caso, la mujer, como el hombre, va a la cárcel. En la de Medina Sidonia hay presos. Silos sucesos que la alarma de los propietarios anuncia se confirman, habrá más. Un guardián, que huele a vino y que no disimula su embriaguez, presume con la mano en el anca:

—Es una cárcel muy buena. Tenemos hasta nueve celdas para incomunicados, y luego muchísimas más pa los otros.

La cárcel da a Oriente, cara a Ronda y a Marbella, y está disimulada en las afueras. Será muy buena cárcel, pero estando a la vista rompería esa armonía, de la que es suprema emperatriz María Mármol. Tampoco los obreros están a la vista. Van con su bono a las miserables viviendas, donde se hacinan entre harapos. El rostro de María Mármol no dice nada. Está estilizado en la frialdad por la gracia y la alegría de vivir de muchos siglos. Se sustenta en la columna románica que vino después de Constantino, cuando la Iglesia y los señores de horca y cuchillo hacían ermitas y castillos. La cara de estos campesinos está estilizada en el odio. No por la gracia reposada de la hartura, sino por el aguijón del hambre, del rencor, sentidos y resentidos tantos años.

Puede que vaya a pasar algo. Por si acaso, mañana iremos a Benalup. Aquí no se sabe si se atreverán a levantarse contra Medina Sidonia. Allá es otra Medina. Es otra ciudad. Es Medina Celi. Ciudad del Cielo. Feudo hoy y ayer de una sola familia que no cuenta con esa imagen de María Mármol pagana, divina en el mármol de los siglos, sino quizá con una virgen también pagana y en rebeldía. Aquí hicieron suyo el espíritu de la tierra. Allá creo que se les va a sublevar. Hay muchos indicios. Vamos a la tierra de Medina Celi —a la ciudad del cielo— a ver hasta qué punto los nervios están justificados. Nos llevaremos allá el perfil hosco de los «parados» de Medina Sidonia. La imagen del hambre, que aun no se ha hecho mármol en la esquina de ninguna iglesia. Es cierta la miseria. Es verdad el hambre y el odio. Habría que asomarse a la gran ciudad indiferente y gritarlo. Quisiera no haber usado nunca esas palabras —hambre y miseria— para que ahora tuvieran más fuerza. Aquí conviven inexplicablemente, sin contacto ninguno, sin relación civilizada, esos hombres con los otros. Los rumores están tan justificados como los que en Oriente, por ejemplo, escalofrían a árabes y judíos, a turcos y armenios, de vez en cuando. Razas que no se entienden y que cuando tienen que decirse algo lo hacen a tiros. Puede ser todo. María Mármol podría ser también la intérprete entre los dos bandos. El punto de armonía. Pero sólo se la comprende cuando se tiene el estómago lleno.

Un compañero, con el que celebramos haber coincidido en el viaje, nos dice cuando volvemos a la fonda:

—Después de ver a estos hombres, da vergüenza comer.


Ramón J. Sender
Viaje a la aldea del crimen (Documental de Casas Viejas) 1933














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