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1338. Discurso radiado de Juan Negrín a todos los españoles




El sábado 26 de febrero de 1938, tras la pérdida de Teruel, el Presidente del Consejo de Ministros de la República, Juan Negrín,  emitió desde Barcelona un discurso radiado a todo el país.

Invitados por Jesús Hernández Tomás, ministro de Instrucción Pública, se reunieron en un salón del ministerio numerosas personalidades científicas, literarias y artísticas para escuchar el discurso. Entre los asistentes, se encontraban el consejero de Cultura de la Generalidad, Carlos Pi y Suñer, Augusto, José y Joaquín Xirau,  Amóa Salvador, Navarro Tomás, Alvarez del Vayo, Juan María Aguilar, doctor Quero, José Gaos, José María Ote. Carlos Montilla, Enrique Diaz Cañedo, doctor Trías, Serra Unter, Ramón ,J. Sender, Agustín Millares, doctor Mira, Castelao, Madinoveitia, Dubosier, Puig Elias, entre otros.


Discurso de Juan Negrín el 26 de febrero de 1938


ESPAÑOLES: 

La superioridad de material acentuada, pero transitoria, de los ejércitos adversariosos, ha. impuesto a los soldados de la República el abandono de Teruel. La noticia de su evacuación no fue sustraída al conocimiento público ni un solo instante. La divulgó el Gobierno mucho antes de que los propios rebeldes pudieran consignar en su parte la toma de la plaza.

La verdad ante todo

Orgullo del Gobierno de la República ha sido siempre tener informado al país del curso exacto de nuestra guerra. Ninguno de sus episodios, dramáticos o venturosos, le ha sido ocultado o desfigurado jamás. Fiel a la conducta que acredita a un régimen democrático, seguro de la fortaleza moral de nuestro pueblo, tantas veces puesta de manifiesto, el Gobierno ha ido a él sin temor y en todo momento, para exponerle la verdad escueta y para señalarle al mismo tiempo las causas determinantes de una situación dada y los consejos, las orientaciones, las soluciones que se imponían; para gobernar, en suma, sin ninguna vacilación, de cara al pueblo, con su colaboración entusiasta y al servicio de su victoria. 

Este acatamiento a la verdad está justificado por el sentimiento de confianza de que están influidas todas las determinaciones del Gobierno. 

Tan claro proceder no pueden permitírselo todos los Gobiernos. Ni en nuestra Historia se registran muchos casos parecidos. Solamente puede obrar así un Gobierno que tiene la seguridad de que cuenta con la confianza y adhesión del pueblo, confianza y adhesión gue se le manifiestan por mil motivos y se la presta de mil y mil maneras.

Investido de esta autoridad, me dirijo hoy a todos los españoles, a los de aquí y a los de allende las trincheras, para proclamar ante todos, ante los que en los frentes luchan por España y por la República; ante los que aportan su esfuerzo en sus estudios, en el laboratorio, en la fábrica o en el campo; y también para que lo sepan los enemigos embozados y los descubiertos, que la victoria rotonda, indiscutible, arrolladora, será del pueblo español, el cual posee aprestos, energías y recursos sobrados para imponerla.

La toma de Teruel

Durante dos meses han tenido lugar en uno de nuestros frentes de lucha los más violentos combates habidos desde el comienzo de la guerra. El frente de Levante ha cobrado por ello una extra ordinaria importancia naciónal e internacional. Y el vaivén de las operaciones desarrolladas allí arroja para la República un balance positivo. 

El mando italoalemán del ejército enemigo preparaba desde mediados de noviembre una ofensiva, ofensiva que era anunciada jactanciosamente con todos los medios de publicidad: por la Prensa y por las radios de los facciosos y por los periódicos de los países invasores; ofensiva con la que especulaban incluso los diplomáticos de estos países para sus maquinaciones en las cancillerías. La propaganda de esta ofensiva, que se anunciaba como arrolladora. constituía de por sí un asma que utilizaba el enemigo contra nosotros. Y era también, para los cabecillas de la facción, un puntal con el que pretendían sostener la ruinosa moral de su retaguardia. Querían animar, con la promesa de una victoria fulminante, a aquellos de sus partidarios que mostraban cansancio y duda. Y querían, sobre todo, desanimar, descorazonándolos, a los españoléis, más numerosos cada día, que en la zona facciosa anhelan nuestro triunfo.

En estas circunstancias, el Gobierno de la República decidió aplicar una norma elemental de estrategia: desbaratar los planes del enemigo, adelantándose a él; imponerle nuestra voluntad, obligarle a combatir donde a nosotros nos conviniera. Y a mediados de diciembre se emprendió la ofensiva de Teruel. En una semana conquistamos la ciudad fortificada. Nuestro ejército hizo miles de prisioneros. Nuestra mil veces gloriosa aviación derribó numerosos aparatos alemanes o italianos. Por todo el mundo corrió entonces la nueva, de sobra conocida por nosotros, de que la República poseía un ejército, no sólo animado por el espíritu y el entusiasmo que en los primeros meses le permitieron hacer frente a, un enemigo superior, sino dotado también de las condiciones precisas para acometer con éxito las empresas más arriesgadas y difíciles desde el punto de vista de la técnica militar.

La controversia facciosa

Nuestro éxito fue un golpe terrible para el adversario. El prestigio militar de Italia y Alemania se vino a tierra como ocurriera antes en el Jarama, en Guadalajara, Bruñete y Belchite, comprometiendo así sus maniobras diplomáticas. Y la retaguardia facciosa sufrió una conmoción, de pánico en los unos, de júbilo en los más, ante la potencia comprobada del Ejército de la República. El enemigo tuvo entonces que renunciar a sus planes. Para recuperar Teruel volcó sobre nuestras líneas sus mejores fuerzas de choque, las que tenía preparadas para su ofensiva, y durante dos semanas, Divisiones enteras del ejército rebelde fueron cayendo ante el coraje de nuestros soldados. La reconquista de la ciudad que los cabecillas rebeldes daban como segura desde primeros de enero, aparecía erizada de dificultades insuperables. Los traidores hubieron de pedir nueva ayuda a sus amos del extranjero, y desde los puertos alemanes e italianos llegaron a la zona facciosa numerosos barcos cargados de aviones y cañones. Con estos refuerzos considerables de material, pagados con trozos de nuestra patria, pudo el enemigo, al cabo de dos meses de desesperadas tentativas, recuperar un terreno que ha sido cementerio de sus más escogidas tropas. Pues bien: el día en que el Ejército Popular se posesionó de Teruel, rindiendo los últimos focos de su resistencia interior, creíamos en la victoria de la causa republicana con la misma convicción, con la misma fe que creemos en ella ahora que Teruel, por obra exclusiva de la artillería y la aviación italo-germánicas, no es de la República, no es de España. Nuestra voluntad de victoria y nuestra segura confianza en el triunfo no han sufrido disminución. Las conservamos intactas y las vivificamos con nuestros entusiasmos y trabajos.

Ni optimismo excesivo, ni pesimismo injustificado 

En el legítimo júbilo suscitado en todo el país, absolutamente en todo, incluso en la zona no sometida a la autoridad del Gobierno, que no es en ella donde con menos afecto se reciben las victorias republicanas; en él júbilo suscitado por la toma de Teruel, el Gobierno se cuidó de insertar advertencias saludables, convencido de que los días adversos no habían acabado. Obligado por su responsabilidad, entendió de su deber prevenir al país contra los abusos del optimismo, que, al sentirse contrariado, determina desplomes del ánimo difíciles de curar; llevó su advertencia hasta el Parlamento, avisando de la manera más solemne los riesgos de lo excesivo. Igual declaración hace hoy. Teruel fue ayer, y sigue siendo hoy, un episodio de la guerra sin ningún carácter decisivo.

No quiere el Gobierno, ni cuadra con la entereza hispánica, neutralizar el amargor de una mala noticia. Prefiere, porque los fundamentos de su seguridad son más sólidos, no engañar con mitigaciones ficticias de la adversidad, entre otras razones, porque se siente con ánimos para hacer de ella una fuerza, para transformarla en energía nacional. Pero una vez más reitero ante vosotros, españoles, con la solemnidad que mi condición de jefe del Gobierno puede conferir a estas palabras, que nuestro plan militar logró en Teruel su propósito fundamental de destruir los planes del enemigo, y que la evacuación de la ciudad por nuestro Ejército no modifica en nada lo esencial de las ventajas entonces alcanzadas.

Éxitos y dificultades son solo nuestros 

Plantea, no obstante, este hecho, deberes y obligaciones que el Gobierno expone pública y abiertamente al pueblo español. Porque así como nuestros éxitos son sólo nuestros, jamás desmerecidos por vengonzosas protecciones ajenas, nuestras dificultades hemos de resolverlas nosotros. Nuestro pueblo ha demostrado múltiples veces en el curso de su historia lo que es capaz de hacer por defender su dignidad y su independencia. Sin armas, sin Ejército, traicionado por los gobernantes, logró derrotar, hace poco más de un siglo, a los ejércitos napoleónicos. Desarmado también, aeororalado por la perfidia y la traición, supo oponerse a los militares en julio de 1936 y vencerlos, Y ahora, ante la agresión de que es objeto por parte de las potencias fascistas, ha acertado a organizar un ejército potente y hará cuantos esfuerzos y sacrificios sean necesarios para hacerle invencible. Como conclusión de este período de batallas, después de haber visto la capacidad de nuestro Ejército, sopesando exactamente las disponibilidades del enemigo, pero teniendo también en cuenta la cantera inagotable de energía que constituye nuestro pueblo, yo os puedo decir, sin miedo a equivocarme: Triunfaremos. Al servicio de esta convicción han de ponerse en juego los esfuerzos de todos para hacer desaparecer rápidamente el desequilibrio de material bélico que nos desfavorece, y acelerar así la victoria.

Podemos superar el desequilibrio de material bélico

A la artillería y a la aviación extranjeras hay que oponer en masas equivalentes, artillería y aviación republicanas. El empeño es realizable. Lo afirma el Gobierno con pocas palabras, pero con suma convicción. Hace intervenir en su seguridad el conocimiento que tiene del heroísmo de los trabajadores antifascistas que se complacerán en contribuir, con un aumento de su capacidad creadora, a dotar a nuestros soldados del material que precisan para afirmar la victoria. La industria propia, de una parte, y los recursos que tiene en juego el Gobierno, de otra, harán que en un plazo próximo desaparezca la actual diferencia de material que da efímero predominio a las tropas rebeldes. El Gobierno se vincula con este nuevo compromiso a su responsabilidad: dotar al Ejército de los elementos que le son indispensables para hacer y ganar la guerra. Cuantos nos ayuden, con toda la pasión de sus brazos, al logro de esa finalidad urgente contribuirán de manera poderosa al acabamiento victorioso de la guerra y merecerán la gratitud de la República. El propio Ejército popular no dejará de ser sensible a esa mayor contribución de esfuerzos de la retaguardia. El Gobierno, que sabe de un modo exacto lo que puede esperar de fuera, solicita de todos los productores un crecimiento de los cupos de producción.

Alcanzará a tener el Ejército republicano, conforme a su necesidad y a nuestro deseo, el material que le falta para imponerse a las columnas rebeldes y a los soldados extranjeros, que unos y otros son, en paridad de condiciones, inferiores a nuestros combatientes. Frente a un Ejército nutrido de forzados coloniales y de legiones extranjeros, la República ha opuesto un Ejército español, regular y disciplinado, capaz por sí mismo para poner término a la guerra si Europa, escindida en países de inverecunda audacia y en naciones vergonzosamente complacientes, no consintiese que Italia y Alemania continuasen enviando, en cantidades voluminosas, los últimos modelos de su material bélico a los rebeldes españoles. La guerra no acaba en España porque Europa no lo desea. Su, llamémosla, política de «no intervención» es responsable de nuestras mayores desventuras: de los bombardeos, de las ciudades abiertas, de la piratería en el Mediterráneo, de la evacuación de Teruel. El material que sistemáticamente niegan las democracias al Gobierno legítimo de la República, se lo proporcionan las naciones totalitarias, con servidores expertos, al general Franco. En los primeros meses de la guerra se hizo secreto de esos envíos. En la actualidad ni Italia ni Alemania tienen el menor interés en pastar tiempo fabricando apariencias de neutralidad. En tanto las cancillerías especulan morosamente sobre la necesidad de encontrar una fórmula para la retirada de lo que ellos llaman voluntarios, desde los puertos marítimos y aéreos de Italia y Alemania se pone en viaje hacia la España invadida el material Indispensable para que los rebeldes puedan prolongar la guerra: aviones de mucha velocidad y potencia militar, gruesas piezas de artillería pesada, máquinas automáticas de fuego... Suprímanse esos envíos y la guerra de España, motivo de justificada inquietud para la paz de Europa, terminará en una fecha próxima con la victoria de la República. Si los rebeldes hubieran necesitado vivir atenidos a sus recursos económicos para la adquisición de material de guerra, va para mucho tiempo que la guerra sería un suceso pasado. Las disponibilidades económicas de los sublevados de julio se acabaron en los primeros meses y si con ellas no desaparecieron los suministros, es porque en su desafección por España, no dudaron en cederla en hipoteca a sus proveedores de armamentos, Italia y Alemania, que buscan en la operación asegurarse, para sus futuras iniciativas contra Europa, una admirable base de operaciones en el Mediterráneo y en los Pirineos. Al beneficio de mañana sacrifican su material de hoy, abiertamente cedido a una fracción rebelde de un país que, independiente y libre según el Derecho internacional, no encuentra en los mercados del mundo quien le suministre el armamento que está decidido a pagar con su dinero. Esta es la verdad fundamental con que España puede abochornar al mundo. De ella nacen los otros reproches que Europa no ve obligada a paliar fingiendo preocupación por los acontecimientos de España.

El grotesco simulacro de la no intervención

La prolongada simulación de un sentimiento está expuesta a constantes imperfecciones y tallas, por una cualquiera de las cuales se viene en conocimiento del grotesco simulacro. En relación con nuestro problema nacional, las imperfecciones de la simulación vienen siendo constantes. Ni una hay entre ellas que interesa que no pase sin el indispensable subrayado. Nótese que en tanto la República no consiguió constituir su Ejército regular, el peso de las aportaciones que en unidades combatientes hicieron a los rebeldes Alemania e Italia, fue decisivo. En Europa, donde sin duda estaban mejor enterados que nosotros, no se quiso conocer la presencia en España de tropas ínvasoras, y fueron inútiles cuantos esfuerzos se hicieron para enfrentarla con tan grave acontecimiento. Hubo necesidad de que las Brigadas Internacionales -congregación generosa y espontánea de homtres de las cinco partes del mundo que pedían una plaza para morir por la libertad- se personasen en la defensa de Madrid para que, considerada su fuerza, se pensase, buscando un efugio que no molestase a los dos países invasores, en la retirada de «voluntarios». Las conversaciones iniciadas entonces continúan al presente. Nadie con imaginación bastante para calcularlas el termino. Ya hoy esa conversación diplomática carece de interés para nosotros, iniciada a tiempo y llevada con eficacia, pudo habernos sido útil. Ahora, no. Los soldados invasores pueden ser contenidos y derrotados -allí esta la prueba de Guadalajara- por los soldados de la República. El problema de las tropas de invasión es de segundo plano, y de primero, el de los armamentos. Pero por lo mismo que su importancia es grande y actual, Europa se olvida examinarlo simulando una ignorancia, tanto mas cómica cuanto que desarrolla la más elevada curiosidad por conocer la clase y calidad del nuevo material que Italia y Alemania envían a los rebeldes. Estamos en nuestro derecho a rechazar la fingida preocupación con que Europa pretende excusarse ante nosotros de sus agravios profundos al Derecho internacional. Nunca han dejado de ser claros los términos del problema español, pero hoy lo son quizá más que nunca.

La pérdida de Teruel nos contraria, pero no nos amilana

Merced a la acumulación de elementos que Italia y Alemania han hecho en la zona rebelde, la República ha perdido la plaza de Teruel que su Ejército reconquisto valerosamente. Pérdida que nos contraría, pero no nos amilana. Tenemos tal seguridad en los libres destinos de nuestra patria, que de igual modo que sabíamos  ayer que la República disponía de un Ejército ejemplar en la disciplina y abnegado en los heroísmos, sabemos hoy que dispondrá mañana -con tiempo para no perjudicar a la victoria- del material adecuado. Sabiduría que esta al alcance de cuantos no han perdido la fe en la reciedumbre moral de nuestro pueblo que ama por encima de todo otro beneficio, el de la independencia, sin la cual sabe que no le es dado aspirar a la libertad.

Un plazo breve

La pérdida de Teruel nos pone en la necesidad de declarar, quebrantando la decisión colectiva del Gobierno de trabajar en estos problemas con la mayor cantidad de eficacia, sí, pero en silencio, que de la misma manera que la República superó el período confuso y heroico de las milicias, superará el presente en que la desigualdad de armamentos ha consentido a los rebeldes rescatar una plaza que les había sido conquistada en el momento en que, con mayor ruido, amenazaban con una ofensiva a la que atribuían valor decisivo. Superaremos esa desigualdad y colocaremos de nuevo al Ejército en condiciones de asumir la iniciativa.

El Gobierno tiene la posibilidad de fijar un plazo a eso logro, pero está obligado a reservárselo y cuenta con que la aportación de las masas populares contribuirá a disminuirlo. Se trata, desde luego, de un plazo breve. Tanto más corto cuanto mayores sean los esfuerzos de la clase trabajadora, a la que ninguna propaganda tendenciosa debe apartar de su confianza en la victoria. Confianza que, para ser fecunda, necesita ser activa y no pasiva. Hacer y ganar una guerra civil es siempre doloroso: hacer y ganar una guerra civil y otra de invasión es, además de doloroso, difícil.

Para triunfar de lo uno y de lo otro necesitamos una concentración de energías que deben manifestarse en los frentes y en la retaguardia, en el parapeto más adelantado y en la fábrica más escondida. Ni una sola actividad está disociada de la guerra. Con todas, hasta con las de apariencia más pacífica, se contribuye a ganarla. Ahora el déficit es de material. Italia y Alemania, con la complacencia de los celadores europeos de la pureza de la neutralidad, han enriquecido a los rebeldes hasta superar nuestras disponibilidades.

El Gobierno tiene recursos económicos para adquirir en los mercados del mundo los elementos bélicos que neutralizarían esa superioridad. El acuerdo internacional es que nadie se los venda. En su consecuencia, precisamos producirlos. Y los produciremos. Es un compromiso que adquirimos ante el Ejército. No será, exclusivamente con su fusil y con su heroísmo con lo que defienda y reconquiste su patria. Dispondrá de artillería y de aviación que le desembarace el camino de sus conquistas. Lo verán los incrédulos y lo comprobarán los excépticos. Y un dia se podrá tablar de la evacuación de Teruel como de la única operacíón que, con apariencia de derrota, es uno de los puntos de arranque de la victoria republicana. En las gueiras largas, y esta nuestra ya lo es, no suele ser raro que el adversario contribuya por razones razones de vanidad o terquedades del capricho a afirmar la potencia de aquel  a quien se propone aniquilar.

Si la rendición de Toledo fue, por la pérdida de tiempo que ello significó para los rebeldes, el fracaso del asalto a Madrid -la afirmación es ya un problema de Historia, pero con la verosimilitud suficiente para no desdeñarlo-, es posible que la toma de Teruel signifique —lo veremos sin gran tardanza- comienzo del acabamiento de la guerra pura los rebeldes.

De nosotros depende

De nuestra voluntad de trabajo y de victoria depende. Las condiciones de ese acontecimiento venturoso están contenidas en potencia en ese hecho de armas que se nos presenta como adverso. De nosotros depende. De nosotros, es decir, de todos los españoles. De los que respondemos, poniéndonos en línea, a la voz de la tierra de que hemos sido formados cuando reclama contra las ofensas y las heridas de que la hacen víctima quienes ensayan en ella su capacidad destructora y su potencia sojuzgadora. Recalquemos esa verdad primaria: el secreto de la victoria está en nosotros mismos y no, como algunos se empeñan en creer, fuera del límite de nuestros esfuerzos. El resto del mundo puede continuar en paz, que con su conflagración poco o nada, contra lo que ha dado en creerse, nos sería posible adelantar en nuestro territorio. Las soluciones catastróficas no son recomendables, y el Gobierno las descarta de sus cálculos, entre otros motivos porque no las necesita. Para reafirmarse en su fe tiene elementos suficientes en el heroísmo de los soldados y en el entusiasmo de su retaguardía. De ese heroísmo y de ese entusiasmo obtiene, con la segundad de las victorias la confianza para seguir en su trabajo, que cuida de las necesidades presentes y de las del porvenir, razón por la cual se complace en sacrificar las fáciles decisiones que le congraciarían con toda clase de egoísmos a las eficacias previsoras del mañana, que está en su decisión el que la guerra, prolongúese cuanto se prolongue, no se liquide en perdida para la República. Firme en esa decisión, puedo declarar que el Ejército republicano, recio de moral, alto de heroísmo, dispondrá con generosidad de los elementos que le devolverán, con el derecho de iniciativa, la plaza de Teruel. Y Teruel es, para la ambición de independencia del Ejercito. Popular, España. Para esa victoria, el Gobierno ha hecho acopio de recursos y hará, con ayuda de la clase obrera, que se transforme en material. De la conjunción de los tres esfuerzos -Ejército, retaguardia y Gobierno-, surgirá la victoria republicana de la que España espera su renacer.

Aplastar al enemigo

Hombres y mujeres de España: En los frentes de batalla tenemos un excelente Ejército, que ha escrito ya muchas páginas de gloría y al que le esperan nuevos laureles. A él se dirige hoy el Gobierno, y en vuestro nombre le dice: Tendréis, soldados del pueblo, todo el armamento que necesitéis para alcanzar, con vuestro valor y vuestra pericia, victorias decisivas en la lucha por la libertad de España. Para ello se afanará nuestra retaguardia, trabajando mas y mejor, estimulados todos por el sublime anhelo de aportar esfuerzos, desvelos y sacrificios al más rápido triunfo en esta lucha que enorgullece a cuantos en ella participan.

No es hora más que de tener un solo pensamiento y una sola voluntad: aplastar al enemigo. Aplastarle luchando en el frente, trabajando más en la retaguardia, persiguiéndole y desenmascarándole cuando se oculta entre nosotros. Porque el enemigo no fia tanto en sus éxitos militares como en sus manejos en nuestra retaguardia. Aprovecha y utiliza a los pusilánimes, a los que por falta de fe en el pueblo dudan de que éste pueda vencer. Aprovecha a los cobardes, a los que cualquier éxito se les sube a la cabeza, pensando que en seguida van a terminar los sacrificios y que se aterran ante el primer contratiempo y piensan en la huida o en la entrega al enemigo a través de intermediarios extraños.

Contra los traidores claros o encubiertos 

Trato de traidor debe dar nuestro pueblo al que se complace en destacar la superioridad momentánea en armamento de que goza el enemigo. 

Y al que no se ocupa de ayudar a movilizar todas las energías del pueblo español y de poner también a contribución las suyas para duplicar y centuplicar nuestro armamento. Quienes asi se conducen son los mismos que tiempo atrás hubieran negado que en España pueden construirse aviones. Y hoy construímos aviones y material de guerra en sitios donde jamás se soñaba en que existiera esta industria.

Todo nuestro problema consiste en producir más. A ello ha de contribuirse por todos tos medios. Como traidor debe tratarse al que no anteponga a cualquier otra cuestión la voluntad común de aplastar al enemigo y de ayudar al Gobierno en esta tarea. Al que dude de que nuestro pueblo puede hacer los esfuerzos que sean necesarios para satisfacer plenamente las necesidades de nuestro Ejército.

Momentos son estos de sacrificio, pero también de seguridad en la victoria.

Momentos que exigen fortalecer más aun la voluntad común que a todos los españoles nos une contra los enemigos del pueblo.

El pueblo español no ha dejado nunca imponer voluntades extrañas

Hace unos días, un aventurero internacional proclamaba cínicamente su propósito de disponer a su capricho, desde Alemania, de los destinos de nuestra patria. Esto no lo conseguirá jamás, jamás. El pueblo español no se ha dejado nunca imponer voluntades extrañas. Luchó en el pasado y lucha hoy por el derecho a decidir el solo su propia suerte.

Los últimos cañonazos extranjeros en Teruel no han podido apagar el eco de nuestra primera victoria, que reverdecerá con el concurso de todos en nuevos y decisivos triunfos.

La voluntad cíe vencer debe resonar como un canto de segundad y firmeza en los tornos, en los volantes de las fábricas, en la faena del campesino, en oficinas y talleres. Y con una retaguardia ejemplar, puesta toda ella en tensión, al servicio da nuestras armas, podremos decirles a nuestros heroicos combatientes:

¡Jefes, comisarios y soldados del Ejército Popular! Todos los españoles se esfuerzan por superarse. Superaos también vosotros. Ni un palmo de tierra al extranjero. Con disciplina rígida, con capacitación concienzuda, con heroísmo inabatible, haced de nuestro Ejército el Ejército victorioso de una España independiente, libre y feliz.


Juan Negrín López
Barcelona, 26 de febrero de 1938





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