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1324. En tierras aragonesas

Evacuación de Teruel. Fotografía de Luis Ramón Marín



La conmoción española nos había despedido a todos de nuestros hogares, había sacudido con su repentina voz de alarma, la inercia de una vida medio llevada con abandonos y protestas, con súbitos entusiasmos y desalentadas postraciones, pero organizada aun en torno a unas premisas que daban el tono y la forma a cualquier manifestación de nuestra convivencia.

Estuvimos todos en la calle despertados por ese llamamiento tremendamente angustioso que precede a toda hora decisiva para los hombres. En la calle estamos aún, y seguramente hemos de estarlo por mucho tiempo. El que confía en una vuelta a la inercia pasada desconoce la magnitud de nuestro momento, y lo que es peor, deja de vivir el drama en todas sus proporciones incoherentes de profética alegría e intensa nostalgia. Hasta el corazón más tosco puede haber oído derrumbarse detrás de sí ese familiar edificio abandonado por nuestra incorporación a la lucha.

Y desde entonces la vida en España adquiere caracteres insospechados. Una febril ansiedad, una diaria mutación de actividades, las situaciones más aparentemente irreales, los encuentros y las conversaciones con gentes que hasta hace poco nos eran desconocidas y vivían por entero desligadas y hasta ignorantes de nuestra voz, de nuestra existencia misma, hacen de la actualidad española un confuso rumor atravesado por llamaradas. No creo, desde luego, que el momento pueda ser expresado por un arte realista, ya que la informe modalidad de vida animada por él, no se siente, no se vive a la manera razonada minuciosa o detallista que tal arte propugna, sino como tensión total que convierte la realidad en epopeya, o sea, en el poema que quizá algún día surja, desmesurado como un sueño.

Así lo pensé por primera vez, cuando en expedición de propaganda salimos al frente norte de Teruel. Los días pasados allí entre nuestros combatientes, tenían toda la evidencia del trastorno español, la cruda realidad de una guerra inesperada en país primitivo y pobre, pero sin embargo, su misma especie de novedad insólita, de rompimiento feroz con las normas de nuestra vida pasada, los hacía inaprehensibles a la inteligencia, oscuros para los sentidos, a fuerza de chocar de manera tan inmediata con la tierra y sus hombres en armas. La tierra en Aragón adquiría una preeminencia de símbolo. Eran largas etapas de tierra sola, apenas sin árboles ni poblados. Una tierra increíble : era España. O alguien dijo: la sierra de Gudar. Y el nombre del sistema montañoso me tornó colegial sobre un mapa de palabras desconocidas, pero sin guerra. Sólo de cuando en cuando, de pie sobre el repecho del monte, con bajo matorral y rodeado de su rebaño pardusco, el pastor nos miraba pasar, liado con su manta también terrosa, parado en no sé qué mítico arraigo de culto a la tierra. ¿Y desde cuánto tiempo? Mucho antes de que los árabes vinieran, antes incluso de los romanos, este hombre estaba ya, ahí, mirando. Recuerdo que en Alcoy un joven tejedor me había dicho: «Lo que sucede es que el mundo adelanta, pero nosotros no adelantamos». Tan cierto, que el elemental pastor aragonés, está separado por siglos de ese complicado mecanismo de los aviones que vuelan sobre su lejana cabeza, y que instantáneamente pueden aniquilar a sus merinos, la única vida que comprende.

Luego, en ciertos sectores y entre la llovizna, el paisaje cobraba de pronto, desde las altas carreteras, una delicadeza de tonos fríos y opacos, de sienas, violetas y verdes palidísimos, donde los toros pacen cercanos a las hortalizas congeladas en valles que corona una nieve deslumbradora. iQué interrogante quedaba suspendido sobre estos campos de casas solitarias con techumbres rosas! Un pelotón de jinetes del ejército se adentraba trotando sobre charcos, por los caminales que conducen a los puntos de concentraciones de fuerzas. Sin embargo, el silencio en la serranía era desconcertante.

Y, además, la miseria. También la miseria se nos ofrecía a nosotros los que veníamos de las ciudades bonancibles, y ésta sí, con la seguridad de su perpetuado cotidianismo, nos descubría una verdad desoladora. Aquellos pueblos enfangados a los que llegábamos anocheciendo y lanzando nuestros altavoces con himnos revolucionarios, en las plazas sin empedrar, donde el aletazo de la nieve próxima hiela los huesos, eran las tristes guaridas contra las cuales se habían lanzado en armas los privilegiados de España. Allí no se disponía de otro local de asamblea para los milicianos. Los convocábamos en las rudas iglesias, a la luz de agonizantes perillas instaladas por nuestro equipo, y los muchachos, con sus casquetes de abrigo, escuchaban las arengas y los romances que desde un camión de transporte, les decíamos en medio de aquellos muros de altares arrancados. Luego, sobre un lienzo proyectábamos películas soviéticas relativas a la guerra. Voceaban los muchachos invadida la nave y trepados a los basamentos de las pilastras. Eran los que pronto, según se adivinaba, tomarían las armas para la ofensiva.

Entumecidos por el frío, moviéndonos en un medio hostil de barro y lluvia, subiendo por desmontes bajo la escarcha, hasta una aislada vivienda donde en cuchitriles dormíamos hacinados mientras del resquebrajado techo nos caía el helor, un sentimiento profundo de solidaridad mantenía el tesón que el cuerpo envilecido no era capaz de soportar. Pero también de la fusión momentánea se destacaba a veces ese lazo individual, perenne, que engalana la vida con el mejor de sus frutos. Y estando apoyado de brazos sobre un paredón frente a los montes desnudos, vino un miliciano y charlamos juntos. Me sorprendió su pulcritud. Recuerdo exactamente que me dijo al separarnos: «Estaré aquí hasta que tomemos Teruel. Quisiera sobrevivir a la lucha porque tengo mucho que aprender. Si es así, iré a buscarte para que hablemos de poesía». Y se anotó mis señas.

Pero uno no podía detenerse demasiado en ello. Aquel día, en Corbalán, a poca distancia de las avanzadillas, llegaron siete jovenzuelos evadidos del campo enemigo. Apenas hablaban y buscaron el fuego en la cocina sórdida donde comíamos unas patatas con humo. Pero dos mujeres de Teruel, venidas un mes antes atravesando los campos, nos describieron la pesadilla aragonesa en la alta ciudad: la amiga fusilada por guardias civiles en la misma puerta de su casa, y aquella otra, parida después de muerta. «No queda ni raza de los nuestros», dijeron.

La mujer es otro enigma del momento. Veo a aquellas que en Perales nos dieron cobijo, la anciana, la hija y las nietas, desposeídas del hombre, pastor de los vistos por las serranías y arrastrado por los fascistas para la defensa de su miserable jornal. Veo la que nos dijo en el camino, sola también, ofreciéndonos con conmovedora sinceridad sus cuidados y su vivienda: «Los hombres se han ido a defender la patria». Veo las que ya de regreso vinieron aterradas por el rumor de un bombardeo aéreo a pedirnos noticias de los suyos. Eran las mujeres del éxodo; unas de las miles y miles de mujeres que hoy sobre el suelo de la Patria sienten la extrañeza del techo y del pan, arrancadas súbitamente de su vida.

Y cuando se vuelve, el asombro persiste de otro vivir ciudadano, aun sacudido como está por la nerviosidad de la lucha. Por allá, por la tierra hostil, hemos visto y hemos oído. Nadie olvida hoy lo que oye y lo que ve, cuando el mundo ha recobrado progresivamente su existencia tangible y el hombre encuentra los nuevos brotes de la alegría en remediar las desdichas del hombre.



Juan Gil-Albert
Hora de España, II
Valencia,  Febrero 1937




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