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1377. Los sucesos de Yeste.

Campesinos asesinados en Yeste el 29 de mayo de 1936




Nos encontrábamos en Yeste cuando los sucesos que, semanas antes de que estallase la guerra, fueron como una llamada de clarín a la lucha inevitable. Recorriendo los pueblos, muchas veces nos habíamos asombrado de ese fuego contenido, de aquel ansia y terrible actitud, como en espera, de los campesinos. Pero en Yeste, pueblo arruinado, víctima del caciquismo, vimos a las masas hervir de anhelo y de impaciencia. Parecía imposible que aquellos hombres, ávidos de todo, hambrientos y miserables, fuesen cada día a escuchar con atención grave y profunda nuestras charlas culturales.

Una noche percibimos algo extraño en las gentes. A la mañana siguiente los comercios aparecían cerrados; grupos de mujeres llenaban las calles, mientras algunos hombres y muchachos corrían inquietos por las lomas que rodean el pueblo. La guardia civil traía unos presos que, después de apaleados, iban a ser encerrados en Yeste. El pueblo se disponía a impedir que los llevasen allí, como prueba de solidaridad con aquellos desgraciados. Salimos a poca distancia, e inmediatamente empezaron a oírse las descargas. Pronto sonaron los disparos más cerca. Las mujeres corrían enloquecidas dando gritos y llorando. La guardia civil venía tirando contra toda persona que encontraba en el camino.

La gente entonces, llena de pavor, impotencia y rabia, se encerró en sus casas. Durante todo el día se escucharon detonaciones. Un aire de luto y crimen llenaba las calles vacías. Las noticias helaban la sangre: ¡veinte muertos!, isesenta heridos !

En aquel encierro de la fonda en donde nos hospedábamos nos acompañaba una familia burguesa y otras personas refugiadas allí. Las señoras lamentaban con fingido horror tanta desgracia, pero sus lágrimas eran exclusivamente para el solo guardia muerto. El juez de la localidad se sentía abrumado, y otros caballeros discutían mientras con animación lo sucedido; las niñas coqueteaban, quejándose de que se les hubiese estropeado el paseo. Un odioso jovencito contaba cómo él mismo vio asesinar a un obrero, el «rojo», que había gritado: ¡no me mates!; pero el guardia, ¡pum!, y repetía esta narración entusiasmado, como si fuera un chiste. Mirándole comprendí lo que debe ser un crimen feroz, un crimen de venganza.

Sentí vergüenza de encontrarme entre esa gente, entre estos asesinos, más o menos conscientes, sonrientes o llorones.

El cacique, que quería justificar el crimen, dijo varias veces, refiriéndose a la República, a la cual culpaba de todos los males, que «esto iba a durar poco», y comprendí entonces que algo grave tendría, en efecto, al fin que suceder. Lo ocurrido en Yeste era una demostración de que las fuerzas reaccionarias españolas no se resignaban a su fracaso, y que esperaban impacientes la sangrienta revancha. Presencié también una reunión de «honorables», por la cual entendí que se disponían a echar tierra sobre estos asesinatos cometidos entre las masas hambrientas de Yeste.

Al día siguiente nos dispusimos a partir, lo cual logramos, no sin ciertas dificultades, pues nos habíamos granjeado la enemistad de los poderosos, antes en la sombra y ahora, por la fuerza bruta, ensoberbecidos. Hablé con un obrero al que vi hierático, vestido de luto, presenciando el traslado de presos; me acerqué a él, y éste me dijo algunas palabras que indicaban su propósito de venganza.

Luego se acercó a nosotros rtn muchacho, con el cual ya habíamos hablado. El me contó lo sucedido, pues había estado allí, y milagrosamente pudo escapar; ni por un momento se le ocurrió pensar que sus palabras, que le comprometían enormemente, podían costarle la vida. Pero era un muchacho fiel y recordaba nuestras conversaciones de antes. Era un ser extraordinario, sencillo, encendido. Contaba lo sucedido sin pedantería y casi sin huella de drama. Había estado allí; él no quería separarse de los civiles, pues sabía que dispararían; luego hicieron fuego persiguiendo a la gente, matándola por la espalda, y allí donde encontraban a cualquier fugitivo. Y todo esto lo contaba con serenidad, sin odio. Pero se comprendía bien que volvería a estar en el lugar donde se sintiese reclamado en la primera ocasión que se presentase. Y moriría con la misma clara mirada, con el mismo interior fuego que vivía.

Nos despedimos de él y de otros compañeros suyos con emoción. Al arrancar el coche nos saludamos con el puño en alto, con un ademán que yo entonces sentí como un verdadero símbolo de solidaridad y de amor. 

Poco tiempo después llegó la gran catástrofe que hoy ensangrienta a España, y el recuerdo de aquel suceso se ha perdido ya entre tantos sucesos gigantescos. Pero yo he recordado muchas veces a aquellos campesinos, y a otros con los cuales sentimos alguna vez la firmeza de un dolor o de una esperanza compartida.


Antonio Sánchez Barbudo
Hora de España I
Valencia, enero 1937



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