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1402. La vida en España continúa entre la tristeza y la desolación.

Reforzando  los escaparates con cinta adhesiva para evitar el efecto de las ondas expansivas de las bombas
Madrid, 5 de noviembre de 1936. (Foto: Vidal)




La guerra se refleja en la rutina cotidiana

El fin de la guerra será bien recibido en España: el pueblo está cansado del conflicto. Recientemente he viajado mucho por el país, tanto por el territorio del general Franco, como por el lado republicano, y en todas partes he visto un deseo creciente de que llegue la paz. Para los hombres y mujeres cuyas familias han sido dispersadas o han resultado muertas, cuyas casas y pueblos se han convertido en ruinas, la paz —sin importar a qué precio— será la única victoria real.

En las zonas rurales de Cataluña y a lo largo de la costa del Mediterráneo, el estado de ánimo de la gente se ha ido quebrando bajo la atroz destrucción que llega del cielo. El solo avistamiento de un aeroplano era suficiente para que cundiera el pánico entre la población. Cuando llegaban los bombarderos, los campesinos se aglomeraban en los caminos buscando refugio en donde fuera, sin encontrarlo en ningún sitio.

Aun así, el pueblo ha mostrado una gran fortaleza y en ningún lugar ha sido más notable que en Madrid o en Barcelona. He visto muchedumbres dispersarse en Barcelona y quedarse mudas y blancas mientras caían las bombas. Después, cuando terminaba el ataque aéreo, volvían a llenar las calles y las plazas, miraban los escaparates de las tiendas y compraban la última edición de los periódicos a los chicos que vendían la prensa a voces. Su filosofía parecía ser que si te toca la papeleta, te toca, así que ¿para qué preocuparse?

Uno de los ejemplos más estoicos es el del dueño del Hotel Florida de Madrid. Cuando visité Madrid por primera vez, el Florida todavía no había sufrido los ataques de las bombas. Aquello suponía un pequeño milagro, ya que cada día pasaban zumbando por encima de sus cabezas y se sumergían con estallidos ensordecedores en la Gran Vía, a una calle de distancia. El dueño del hotel me brindó una calurosa bienvenida y me llevó a un gran salón de la cuarta planta. Me aseguró que había escogido un lugar seguro para que me quedara, ya que el hotel no era objetivo militar y si caía una bomba en mi habitación sería por equivocación.

El dueño era un español bajito, regordete y escrupuloso. Se pasaba todo el día estudiando minuciosamente sus libros de contabilidad, completamente ajeno a los periodistas, los milicianos y los oficiales de la Brigada Internacional, quienes se aglomeraban en el vestíbulo, hablando un popurrí de idiomas extranjeros. El día en que por fin ocurrió la equivocación y cayó una bomba en el segundo piso, él siguió sumando y dividiendo como si nada hubiera pasado.

Yo me encontraba a varias calles de distancia cuando oí la explosión. Llegué a tiempo de escuchar en los corredores los ecos de las voces nerviosas y las carreras, pero cuando le pregunté al dueño por los daños ocurridos, me negó con frialdad que hubiera ocurrido nada. Las habitaciones con un agujero mordiendo la pared y el montón de muebles pulverizados eran pruebas irrefutables, pero él insistió con terquedad en que solamente se había roto el conducto del gas.

Una semana después cayeron la segunda y la tercera bomba sobre el hotel. Algunos peatones curiosos que pasaban por allí se aglomeraron en el interior y esa vez sí tuvo una rabieta en medio el vestíbulo. «¡Mentiras! ¡Mentiras! ¡Mentiras!», gritó, mientras agitaba en el aire sus gruesos brazos. «¡Le van a crear mala fama a mi hotel y arruinarán mi negocio!».

El dueño del Florida no es el único. En toda España la gente ha intentado seguir viviendo como si la guerra no existiera. y efectivamente, ha sido el gran esfuerzo por conseguirlo lo que ha causado la más honda impresión en los que llegan a Madrid. El hecho de que sigan funcionando los teatros, los tranvías, los cafés y los cines, a pesar de los bombardeos diarios, resultaba realmente llamativo. En las frías letras de un periódico, la guerra puede significar una serie de ataques y contraataques, pero para los españoles se traduce en las molestias que ocasiona en la vida de cada persona.

Recuerdo que durante un bombardeo me refugié en una perfumería mientras la dueña quitaba rápidamente los frascos del escaparate y los colocaba formando unas hileras perfectas en el suelo. Las calles resonaban con el doloroso estrépito de los ladrillos y la madera, pero su única preocupación era que un día de estos se le pudieran romper los escaparates. Y el cristal, me explicó, era muy caro.

A pesar de que Madrid representa el ejemplo más conocido del heroísmo español, la ciudad de Oviedo no le va a la zaga. Oviedo fue tomada por el general Franco unos meses después del inicio de la guerra. Sin embargo, los republicanos mantenían las posiciones en las montañas que la rodean, de forma que durante más de un año, estuvo sometida a bombardeos aéreos y ataques de artillería.

Yo llegué a la ciudad en aquella época. Como sólo había una carretera abierta, los camiones con víveres y los coches oficiales estaban obligados a pasar bajo el fuego de la artillería y las balas de las ametralladoras. Era difícil imaginar que alguien pudiera estar viviendo en Oviedo, ya que parecía haber sido azotada por un huracán. Ninguna casa ni edificio habían escapado al daño; algunos de ellos, con una sola pared, parecían decorados; otros eran como tartas de cumpleaños, con agujeros vaciados del centro.

Incluso así, había mil quinientos civiles que se habían negado a ser evacuados. La mayoría vivía en los sótanos de edificios en ruinas, entrando y saliendo de los refugios como si estuvieran acostumbrados a hacerlo de toda la vida. El principal café seguía abierto, pero como el cristal del escaparate había sido destruido hacía mucho, el viento entraba en el local y los clientes tomaban el café sentados con el cuello del abrigo levantado para taparse lo mejor posible. Durante todo el día se oía el ruido sordo de las bombas que caían esporádicamente en la ciudad, aunque a nadie parecía importarle; había pandillas de niños con las ropas raídas jugando en la mitad de la calle; un limpiabotas en la acera buscaba a voces captar clientes y en la esquina una anciana discutía con el carnicero por un corte de ternera.

En el hotel en el que me hospedaba habían caído catorce bombas y dieciséis obuses. Sólo quedaban tres habitaciones, pero el propietario seguía haciendo negocio. Me dio la mejor habitación, disculpándose por el agujero de obús que había encima de la cama. No había electricidad, así que dejó una vela y me dijo que si el bombardeo empeoraba por la noche, bajara a la bodega. Lamentaba que hubiera tantas incomodidades pero no dejó de explicarme que eran malos tiempos. Añadió que para cuando terminara la guerra, tenía planes para hacerse con un hotel mejor; por supuesto, no tenía dinero para construir uno, pero eso ya se resolvería. Con la paz, dijo, todo llegaría.

Para la población civil de un país, la guerra rara vez se interpreta en términos de estrategia militar y de «ismos» altisonantes. La guerra significa precios altos, escasez de comida y casas agujereadas por las bombas. Cuando las fuerzas de Franco avanzaban hacia Asturias, hablé con muchas personas cuya preocupación principal no eran las victorias ni las derrotas, sino el hecho de que su ganado les fuera incautado, que se les confiscara la comida y la ropa de cama o que un explosivo de seis pulgadas convirtiera su precioso jardín en una enorme caverna.

En una minúscula aldea de montaña nos retuvieron durante algún tiempo, ya que el camino principal se encontraba bloqueado porque estaban llevando artillería al frente. La bandera monárquica de España se habían colocado sobre la puerta del taller en ruinas de una herrería, mientras en lo alto, desleído por la lluvia, había un cartel hecho jirones que decía: «Votad por el Frente Popular».

Algunos niños harapientos a un lado del camino miraban la escena desconcertados, mientras una anciana con los ojos brillantes de interés trataba tímidamente de ver a través de la ventana de una cabaña destartalada. Parecía ser un accidente extraordinario y dramático que esta pequeña aldea, aislada del resto del mundo por una vasta barrera montañosa, se encontrara en plena ruta de la retirada de un ejército y del avance de otro.

Una chica con un vestido de algodón salió por una esquina cargando un cubo de agua. Le pregunté qué le parecía todo esto. «¿Qué me parece?» repitió, con una mirada extrañada... «¿Qué me parece el qué ?» «Los ejércitos», le dije. «Un ejército retirándose y el otro entrando.» «Ah, eso», me dijo. Frunció el ceño mientras pensaba un momento: «Bueno, entre unos y otros no nos han dejado mucha comida». Comida. Ese era el meollo del asunto.

No obstante, a pesar de las privaciones, los españoles no han perdido su sentido del humor. Por naturaleza, son tan rápidos y cambiantes como el país en el que viven, con sus altas montañas y sus mesetas áridas; su frío glacial y su calor tropical. Si España llora un día, al día siguiente ríe. Valencia es un buen ejemplo.

Cierta noche hubo un ataque aéreo. Sólo duró siete minutos, pero las bombas cayeron en el centro de la ciudad y hubo varios cientos de muertos y heridos. Durante unas horas, las sirenas de las ambulancias resonaron luctuosas en la oscuridad, mientras los hombres, alumbrándose con bengalas, escarbaban entre los escombros para rescatar los cuerpos. Sin embargo, al día siguiente, el sol brillaba y veinte mil personas asistieron a una corrida de toros. Una muchedumbre acudió a la plaza ataviada con sus mejores galas. Todos parecían alegres, excepto un hombre que estaba sentado junto a mí y que se quejaba constantemente porque los toros eran demasiado pequeños. Me contó que los toros grandes se criaban en el sur, y el sur pertenecía a Franco.

«¡Maldita guerra!» dijo, «¡y mire al torero! Debería estar toreando una vaca».

A pesar de todo, el público gritaba y aplaudía con gusto. Pero de repente se oyó el zumbido lejano de un avión. Todas las miradas abandonaron la arena para mirar al cielo. A medida que la silueta del avión se hacía más grande, un silencio nervioso cayó sobre la plaza. El aeroplano bajó un poco y el sol iluminó las bandas rojas de la República pintadas en las alas, lo cual tuvo un efecto tranquilizador. El público estalló en un clamor de risas y la corrida de toros continuó con más sabor que antes.

Desde luego, haría falta una catástrofe más grande que una guerra civil para estropear el gusto de los españoles por las corridas de toros. En la España insurgente los famosos toreros Juan Belmonte y Domingo Ortega han realizado muchas actuaciones muy lucidas. Salamanca y Burgos se han engalanado muchas veces con carteles que muestran un toro embistiendo a un caballo en un choque sangriento, y que en la parte de abajo estaban rematados con una frase: «A beneficio de la Cruz Roja».

Aunque la España republicana tuvo menos ocasiones para disfrutar de este espectáculo tan apreciado, su pasión por él parecía ser igualmente grande. En una ocasión acompañé a dos fotógrafos a un pueblo pequeño a unas cuarenta millas [unos 67 kilómetros] de Madrid. El pueblo era administrado de forma colectiva por los campesinos en una especie de plan experimental, por lo que los fotógrafos querían retratar los diversos proyectos agrícolas, así como entrevistar al alcalde y su equipo sobre el aspecto político de su trabajo.

Reclutaron como intérprete a un ex torero, pero su intervención resultó inútil. Unos minutos después de nuestra llegada alguien lo reconoció y todo el pueblo salió a verlo. Se olvidaron de todo: del socialismo, el colectivismo y el proyecto agrícola; el alcalde sacó una jarra de vino, los niños se apiñaron en la sala y el resto de la tarde nos dedicamos a hablar de los detalles técnicos de las corridas de toros. Cuando salimos, una muchedumbre rodeó el coche, en tanto el alcalde apretaba la mano del matador y le hacía prometer que regresaría para organizar un espectáculo en el pueblo tan pronto como terminara la guerra.

Relatando estos episodios no quiero dar la impresión de que la gente sintiera indiferencia ante la victoria o la derrota. Lo que parecían pensar sobre la guerra estaba influido en gran parte por el efecto que tenía sobre su vida personal. Los representantes políticos reaccionaban en cuanto a la política, los soldados, con respecto a las tácticas y los civiles, en relación con el daño que les había ocasionado la guerra. Aquellos a quienes les habían matado a sus maridos e hijos en el frente, cuyos parientes habían sido fusilados en los levantamientos iniciales, o habían sido sentenciados a muerte ante los tribunales militares, sentían rencor y parecían decididos.

En el lado insurgente, este espíritu de rencor en muchos casos era rayano al fanatismo. Una mujer de San Sebastián, vestida con ropa elegante, me contó que la habían prometido que si las tropas de Franco entraban en Madrid le darían una ametralladora para que hiciera justicia. En los pueblos que había conquistado Franco se confinaba en cárceles a la mayoría de los que eran hostiles al régimen, pero la actitud hosca y distante de muchas personas indicaba el resentimiento que ardía en su interior.

Recuerdo haber hablado con un anciano que estaba limpiando los escombros en las solitarias ruinas de Guernica. Me acompañaba un teniente rebelde, que le interrogó sobre el bombardeo y sobre su profesión antes de que se destruyera la ciudad. El viejo miró al oficial con frialdad y con un cierto tono desafiante respondió que se había ganado la vida fabricando bombas para los republicanos.

Si se toma en consideración que en España existen aproximadamente veinte millones de personas de la clase trabajadora y que los dos ejércitos suman un poco más de ochocientos mil españoles, hay muchas familias que no han tomado parte activa en la guerra. Todo llegó como una marea de locura que aplastó la tranquila rutina de su existencia. Cuando las tropas de Franco entraron en Santander, la muchedumbre desconcertada salió a las calles, sin saber si aclamarlas o quedarse en silencio. Dos oficiales rebeldes llegaron en coche hasta un surtidor de gasolina y el empleado, distraído, les hizo el saludo del Frente Popular con el puño cerrado. En ese momento su cara se puso roja de vergüenza, movió el brazo hacia adelante y abrió la mano para hacer el saludo fascista.

La propaganda de guerra que ha tenido mayor éxito en ambos lados es la dirigida contra de los extranjeros. Los republicanos habían luchado contra los italianos y los alemanes, mientras que los insurgentes habían resistido a los «rusos y las hordas de Marx». Así, en ambos lados, los españoles había cogido sus rifles y marchado al frente para defender a su país contra una invasión. Resultaba trágico que para hacer eso tuvieran que luchar unos contra otros.

Un oficial del ejército republicano me contó que cuando su batallón conquistó un pueblo cerca de Brunete, la gente le miraba con asombro. «¡Pero si habla español!», le decían. Cuando por fin les convenció de que él, y por supuesto todo su batallón, habían nacido y crecido en España, se dieron cuenta de que les habían engañado miserablemente. Sacaron el vino de la bodega y lo celebraron en el café del pueblo.

No se puede negar la afirmación de que esta guerra civil es una de las más brutales que se hayan dado. Se puede escribir sobre pueblos en ruinas, prisiones, tribunales y la tragedia de las vidas destrozadas. Pero, para dar una imagen precisa de España, también hay que escribir sobre los cafés, las plazas repletas de gente, las óperas, los tés con baile en el Hotel Ritz de Barcelona y las muchedumbres que acuden en tropel a los cines a ver a Greta Garbo o a los Hermanos Marx. Si se describe a los españoles como una raza cruel, también se debe escribir acerca de su cortesía, su sentido del humor y su deseo casi infantil de agradar.

Lo que ha hecho la propaganda para conseguir que se odien unos a otros, queda ilustrado por este incidente: un oficial español me llevó una vez en coche al frente de Guadalajara. Los refugios subterráneos de la línea del frente estaban en lo alto de una colina que daba a un valle de dos millas [unos 3 kilómetros], en cuyo lado opuesto se encontraba una posición de montaña ocupada por las tropas de Franco. Con los prismáticos, se podía ver a los soldados caminando por allí. El oficial los observó con cuidado durante un tiempo y después bajó los prismáticos. «La guerra es algo curioso», me dijo. «Siempre me sorprende ver que parecen seres humanos».


Virginia Cowles
«La vida en España continúa entre la tristeza y la desolación»
The New York Times Magazine, 10 de abril de 1938 

















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