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1397. Un pueblo andaluz.

LLEGADA

En agosto del pasado año llegábamos a un pueblo de la provincia de Córdoba, blanco y cálido, ardido de rojas banderas. Me sorprendí preguntando a las calles ensombrecidas y a las tapias silenciosas por esa furia o huracán que había pasado dejando en todo una huella de horror aun latente. Quise descifrar el imposible de esa nube que presentí durante el largo trayecto que recorrimos como envolviendo los campos. Algo había allí, algo enorme que no podíamos bien apresar ni considerar siquiera. Me sorprendía encontrarme en aquel lugar. Miraba en torno mío como para descubrir ese soplo que, viniendo de fuera, me trajese el sabor de una verdad cierta y desnuda y el alma de esa realidad que ahora sólo llegaba a mis oídos en forma de relato que abrasaba.

Las hordas moras habían llegado hasta las puertas del pueblo, y Montoro había vivido horas de hondo dramatismo. Yo miraba el blancor pensativo de las casas y los olivos tristísimos.

Llegar a cualquier lugar desconocido es siempre una sorpresa, más si de este lugar sabíamos el nombre, porque entonces surge el choque entre la realidad y lo imaginado, entre el presente y el sueño antiguo que se aferra a la memoria. Contemplar algo nunca visto, por más interesante que sea, nos produce sólo un asombro superficial que parece como sobreponerse a otro asombro más hondo que se oculta. Algo parece danzar ante los ojos. Lo que no hemos visto, diríamos que no podemos ya verlo nunca, pero esa inquietud que es entonces el mirar, esa lucha con el objeto que está ante nuestros ojos, es la verdadera visión, la única que deja tras de sí una inacabable estela de poesía.

El choque con la realidad produce siempre un desencanto, pero los más avisados saben luego extraer de esa tristeza una nueva maravilla. Al calor de la realidad viva se levantan las más firmes voces. Además, nuestro entusiasmo a veces se siente débil o queda mudo ante lo demasiado grande, ante lo fantástico o lo que es pura ilusión, y por esto es camino más cierto partir de abajo, de la tierra, de lo real, pequeño o pobre, para luego llegar a las más altas esferas de encantamiento. El espíritu para ello no necesita ir muy lejos, sino crecer entonado.

En Montoro fijaba mi atención sobre los más insignificantes detalles, como si ello hubiera de ser clave de esa respuesta que yo buscaba en calles y plazas. Todo aquello era para mí angustioso y difícil. Descifrar ese enigma que nos presentan las cosas o situaciones imprevistas, es siempre un dolor. Lo que antes no sabíamos ahora, apenas entrevisto, debe archivarse en la memoria e ir al reposo del olvido, pero hay un instante en que los ojos, excepcionalmente, recorren aquello que no saben y es entonces cuando el espíritu vuela alrededor de la cosa, muy cerca de la verdadera belleza que presiente. Luego los ojos descansan ya ante lo conocido y miran con indolencia el mundo cerrado en su carullo, mientras el alma añora su instante de luz y vierte sobre las cosas, ya muertas, inútiles palabras de melancolía.

Yo en Montoro creí ver, creí deslumbrarme casi algún momento. Ahora que las circunstancias no nos permiten tener ese recato y esa serenidad apasionada propia del puro contemplador, es, sin embargo, cuando más vemos, y cuando los paisajes, como los rostros, ofrecen sus perspectivas más lejanas. Es ahora, en este preciso instante de desequilibrio, cuando la intuición más se afila y la visión del mundo resulta más rica y prodigiosa. Y aparecen ante nosotros figuras, caracteres altos y clarificados, personajes reales que, con su existencia, son como una legítima promesa.

La primera noche que pasamos en Montoro dormimos en una escuela habilitada para cuartel. De las paredes aun colgaban pizarras y mapas mustios. A través de la reja de una ventana abierta contemplábamos el cielo estrellado. Se veía cerca una terraza, en la que varios hombres, refugiados de un pueblo invadido por los fascistas, se tendían en el suelo. La bombilla encendida de la sala era el punto donde se encontraban y perdían los difusos pensamientos de aquellos que, abstraídos en sus mudas divagaciones, no dormían ni charlaban. Sentía yo el silencio como vibrando en torno nuestro. El corazón del mundo estaba en pie. Era enorme, enorme, imposible de decir todo lo que en España sucedía. Estábamos como lanzados, cerca del milagro igual que de la muerte. Recordaba las caras que había visto por la tarde y una taberna lúgubre llena de gritos y carteles. Y las gentes confiadas, como olvidadas, sabiendo, sin embargo, que algo horrible amenazaba devorarlas por dentro. Contemplábamos la vida, pero ésta se había puesto en movimiento y no podíamos seguirla. Yo quería ver lo que tenía cerca. Mas esa gracia andaluza me perturbaba. Quería separar allí lo pintoresco de lo esencial.

De pronto vi que desde el otro lado de la reja, desde la terraza, un campesino nos observaba con atención. Nos saludamos con simpatía, como predispuestos ya a una camaradería auténtica. Comenzamos a charlar. El venía de La Campana, un pueblo donde los fascistas habían ya hecho más de trescientos fusilamientos. ¿Era nuestra propia avidez de humanidad lo que facilitó ese encuentro? Sea como fuese, aquel campesino sevillano podía cambiar con nosotros los más altos pensamientos con sólo su mirada, o con una sonrisa. Podíamos juntos encontrarnos en planos muy distantes.

Llegados allí por caminos bien diversos, nos sentíamos hermanados. La firme voluntad de cortesía y un mutuo hondo respeto lo hacían todo. Había bastado una intención generosa al dirigirnos al amigo, un instante de desprendimiento, casi heroísmo gozoso, para que entre nosotros quedase siempre vivo, como en estatua invisible, un pensamiento alto que no acababan de decir nuestros labios. Al encontrarnos hablamos de cualquier cosa. Entre nosotros, por encima de nosotros, quedaba esa sensación de mutuo saberse, que es un profundo consuelo y es flor de la camaradería; el sentimiento mejor que nace entre aquellos que marchan y sufren por el mismo camino. Pero este sentimiento se eleva y dignifica aún más si los que marchan juntos, los que combaten uno al lado del otro, saben bien que lo hacen por una causa noble y justa, popular, por una causa de todos.


MADRE ESPAÑOLA

Era delgada, amorosa y sencilla y se embobaba jugando a solas con su hijo. Venía de Baena; allí había dejado a los suyos. Todo era luto a su alrededor, pero ella estaba más allá de la tristeza. Su mirada no era curiosa ni indiferente, rebosaba sólo amor, un hondo amor digno, sin palabras. La amábamos porque era independiente. No decía lo suyo, no se apoyaba en el dolor para hacer farsa. Callaba si no le preguntaban; no gesticulaba sino, cuando al hablar, se absorbía en su candor como una niña. No vivía hacia fuera, no vivía para la mentira. Era madre verdadera.

Nada, a no ser una grande y generosa simpatía, nos unía a ella. Hablamos muy poco. Pero, lentamente, fuimos presintiendo que su indecible ternura, sola y verdadera, envolvía todo cuanto veíamos. Era la madre, la madre de todos, la madre delicada y fuerte, la fuerza de donde todo partía y adonde todo iba a parar. Era la madre española, madre con honda capacidad de amor y sufrimiento. Era como el símbolo del espíritu mejor, el espíritu alto y abnegado de una raza, espíritu de los héroes, el espíritu vivo, encendido, ese fuego que se apoya en el amplio regazo materno de la savia popular.

Cuando volvíamos del campo, si en nuestra memoria quedaba rígida aún alguna visión horrenda, era la madre, ella, aquella madre humilde y pobre, delicada, la que con su voz y con su dulce gesto, con su simple existencia, parecía poner sobre la dureza de la muerte, o sobre el abismo, la flor sutilísima de esa esperanza que siempre la vida nos ofrece.


Antonio Sánchez Barbudo
Hora de España III
Valencia, Marzo 1937 



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