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1698. Los vivos y los muertos II




Eran las ocho de la mañana del día siguiente cuando su Excelencia el Jefe del Estado y Generalísimo Franco, Victorioso Caudillo de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire, se encontraba en su despacho privado. Acariciaba una raída pluma de ganso traída de Salamanca, donde había sido utilizada para firmar cientos de condenas a muerte. Ya no la usaba para tal menester, pero le gustaba conservarla. Ahora las firmaba con una pluma alemana regalo del Führer y escribía de su puño y letra el enterado y el método: fusilamiento o garrote. También decidía qué ejecuciones debían ser publicitadas para que sirvieran de escarnio. El General era un hombre implacable hasta la crueldad que recurría a la violencia más descarnada. La máquina de matar trabajaba sin descanso y el quinto mandamiento «No matarás» fue sustituido por «Matarás con justicia» para justificar la represión institucionalizada.

El centinela de Occidente, cuyo nombre era Francisco Paulino Hermenegildo Teódulo Franco Bahamonde estaba angustiado. Un miedo intangible, pero tan real como la conspiración masónica-izquierdista en contubernio con la subversión comunista-terrorista, le impedía conciliar el sueño desde hacía tres meses. Se sentía espiado en la paz de su hogar, los objetos cambiaban de sitio por arte de magia, escuchaba voces, insultos, pasos, llantos y gritos desgarradores.

Transmitió su preocupación a su consejero espiritual y confesor, que le recomendó buscara refugio en la oración. Antes de llegar al poder el Caudillo carecía de pasión religiosa, pero tras la victoriosa cruzada decidió echarse en brazos de la Iglesia, que no dejaba de rendirle pleitesía.

En su último viaje a Galicia, además de pescar un imponente salmón de torso plateado y degustar lacón con grelos, había consultado en secreto a una bruxa, como se llaman en aquella tierra a las que hacen el bien y son capaces de deshacer los conjuros y el mal de las meigas. La bruxa, una mujer tan entrada en años como en carnes y experiencia, le preparó un amuleto de azabache compostelano, ámbar, castañas pilongas y cuernos de vacaloura, advirtiéndole que la justicia y el sentido de la equidad siempre estaban de parte de las bruxas, pero la injusticia no se apartaba nunca de las meigas.

No era la primera vez que el glorioso caudillo buscaba asesoramiento en videntes. En Tánger, un cabalista y judío sefardita le confeccionó el «Víctor», símbolo elegido como talismán protector. Durante la guerra de África le gustaba frecuentar a una hechicera magrebí de nombre Mérsida, y en España, Ramona Llimargas, una monja bilocada, se convirtió en su consejera hasta que desapareció en 1940.

El caudillo rezaba cada noche el rosario en compañía de su esposa. Después se arrodillaba con gran devoción en un oratorio de palo santo que en la parte superior sostenía una urna de cristal con las puertas abiertas. Dentro de la urna se encontraba su talismán de la suerte: La mano (izquierda) incorrupta de Santa Teresa de Ávila, una pieza de plata dorada con incrustaciones de piedras preciosas de la que nunca se separaba y a la que pedía siguiera guiándole en la conducción de la Patria como lo había hecho desde que llegó a su poder de forma milagrosa en 1937.

Ni el amuleto ni los rezos le aportaban tranquilidad. Pensaba que un hombre que había conducido a la patria al más alto de sus destinos gracias al poder recibido por Dios para gobernarla no podía haber perdido la razón, por lo que descartada por él mismo la enfermedad mental, y no siendo capaz de encontrar una explicación a los desagradables sucesos que le causaban tanto malestar, intentó relajarse con una de sus aficiones favoritas: la pintura. Fernando Álvarez de Sotomayor, director del Museo del Prado, era su maestro.

«La espada más limpia de Europa», apelativo con que le distinguió Pétain tras la batalla de Alhucemas, aumentó el número de salidas a los montes de El Pardo. Unos días cazaba, otros pintaba paisajes o piezas de caza. Mientras esto sucedía, los papeles se iban amontonando en su escritorio. Lo único que llevaba al día eran los extensos consejos de ministros y la firma de las sentencias de muerte.

«No hay mal que por bien no venga», se decía el hombre que había acumulado en su persona las más altas dignidades del Estado, pero nada aplacó su desasosiego. Necesitaba identificar esa voluntad oscura, perversa y dañina que le intranquilizaba e impedía dormir. Él era España, y cualquier ataque a su persona era un ataque a la Patria.


María Torres
"Los vivos y los muertos" (extracto)
del libro "Franco la muerte": 20 nouvelles contre l'oubli 
Editions Arcane 17, 2015


















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