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1722. Antifascistas en España. Don José Ortega y Gasset





El fascismo tiene sus enemigos agrupados en estos tres frentes: El social-comunista, el demoliberal-masónico y el populismo católico.

El enemigo más claro –y, por tanto–, menos peligroso, es el comunista. O tú o yo. No hay equívoco, con el comunista. De mucho más peligro es el complejo de los otros grupos antifascistas. No terminan de estar enfrente sin por eso ponerse al lado. Y si se ponen al lado, es para destruir el fascismo desde dentro. Es muy varia la enorme especie de «los antifascistas». De tratarse de algo botánico o zoológico, ya habría surgido un nuevo Linneo que catalogase esas variedades. Pero se trata de algo moral, social, espiritual, de algo que no puede investigar –no ya el biólogo– sino ni siquiera la policía. Se trata de una inquisición. De una alta y grande inquisición. Santa tarea. Tarea santa y grave que vamos a asumir nosotros, en temporáneos, renovados, solemnes y flameantes Autos de F.E.

Elegimos para nuestra primera hoguera, la figura más noble, importante y peligrosa del heterodoxismo español antifascista, el filósofo don José Ortega y Gasset.

Un amigo nuestro nos decía aún hace poco. «Ortega está muy cerca del Fascismo. Nos convendría mucho que el Fascismo en España lo lanzase Ortega.» Supusimos que al decir esto nuestro camarada tenía indicios de una posible y recientísima simpatía de Ortega por el Fascismo. Y ello nos contristó profundamente. No tanto por el Fascismo que hubiese quedado desvirtuado «ipso facto», sino por el propio Ortega. Hubiera sido la más grande deslealtad que Ortega se hubiese hecho a sí mismo: a su ideología tenazmente mantenida en años y libros, a su conducta de alma liberal y laica, cuyos polos morales son –congruentemente– la soberbia y el desdén, virtudes satánicas y ortodoxamente filosóficas. Virtudes heroicas del liberal, que condujeron a Prometeo al castigo celeste del vultúrido corroedor, a Sócrates al castigo ciudadano de beber la cicuta, a Galileo al martirio; a Fausto, al pacto con Mefistófeles, a Werther, al suicidio, a Adán, a la pérdida del Paraíso, y a Satanás, a caer despeñado en los infiernos.

Nuestro fascismo –como el resto de los fascismos europeos– necesitaba y necesita el enemigo liberal. Si no existiese habría que inventarlo, como decía Voltaire de Dios. Necesitaba y necesita nuestro fascismo, un enemigo liberal en España de la fuerza y el talento de un Croce en Italia, de un Einstein o un Mann en Alemania.

Ese papel magnífico y necesario –hoeresses oponiet esse– lo tiene asignado y ganado cumplidamente don José Ortega y Gasset. Le rogamos, con fervor y súplica, que no lo abandone, que no lo traicione ni lo pierda. ¡Qué sería entonces de nosotros! ¡Qué presa victimatoria íbamos a elegir para nuestra santa quema! ¡Tendríamos que declararnos cesantes en este oficio santo del Santo Oficio, con que venimos soñando largamente! Quiero defender a Ortega, contra los que le acusan de filofascismo. Nadie ha escrito y pensado en España contra el fascismo las maravillas heréticas que ha pensado y escrito Ortega. ¡Nadie las mueva, que están a prueba con él! Hasta tal punto es cruel y mortífero en sus ataques, que –si algún día triunfa nuestra F.E.– yo, en mi calidad de Gran Inquisidor, propondría al Gran Consejo Ejecutivo, no la quema o fusilamiento de este gran enemigo, sino su absoluta tolerancia. Precisamente, en su última Charla, García Sanchiz aludía al refinamiento de Mussolini para con Croce. Es la única pluma, la pluma más liberal de Italia, a quien permite escribir y despotricar contra el régimen cuanto le venga en gana. ¿Por qué no haríamos nosotros lo mismo con Ortega, cuando Ortega tiene –sobre Croce– el superior peligro de su seducción superior, de su estilo poético y mágico, de sus sofismas encandilantes, enternecedores y terribles? La grandeza de un alma y de una fe se prueba siempre en el modo de tratar al enemigo grande.

Mi Auto de F.E. sobre Ortega, va a consistir hoy en aportar a su proceso una documentación exacta y sumaria de textos. No de acusaciones. Va a consistir en situarle en su frente liberal que representa egregiamente. Va a consistir –con mis acusaciones textuales– en que nadie pueda ya confundirle con nuestra fe. Su fe precisamente consiste en su escepticismo de la Fé. En creer –como buen filósofo– que hay muchas fés, y, por tanto, ninguna válida y verdadera. Su fe consiste en la Razón: un instrumento humano, que sólo vale para destruir la Fe. Por donde Ortega, al proclamar la supremacía de la Razón sobre la Fe, anula la esencia misma del fascismo, que es la Fe sobre la Razón. (La Razón en el fascismo sólo vale para articular y cimentar más la Fe. Para hacerla manejable, comunicable.)


*


Sería necesario transcribir la casi total obra de Ortega para corroborar lo que decimos. Esa labor la ha hecho recientemente una Editorial, y nos remitimos a la consulta de tales obras completas. Pero una Antología nos va a bastar.

1) En realidad, Ortega sabe poco sobre el Fascismo y sus orígenes:

«No he estado en Italia hace muchos años y poseo muy pocos datos sobre el Fascismo. Todo será que me equivoque una vez más.»

2) Aunque Ortega –más que por honestidad, por coquetería intelectual- presume que va a equivocarse sobre el Fascismo, insiste y afirma que es un movimiento peyorante, anormal, vulgar y sin altura política.

El fascismo no tiene programa. «Si se observa la vida pública de los países donde el triunfo de los más ha avanzado más –son los países mediterráneos– sorprende notar que en ellos se vive políticamente al día.» «El Poder público se halla en un representante de masas.» «Vive sin programa de vida, sin proyecto.»

Esta idea, expresada hacia 1926, la había expresado ya anteriormente: «Tiene que vivir al día, y a nadie se le ocurra verlo proyectado sobre el futuro. No siquiera teóricamente conseguiremos imaginar una forma futura y estable de organización política desviándose de él.»

«El fascismo es un resultado y no un comienzo.» «Es la debilidad de los demás.» «Es una seudoalborada: primitivismo.»

«Es un modo anormal de gobierno impuesto por las circunstancias.»

3) ¿Cómo ve Ortega a un Lenin en el bolchevismo y a un Mussolini en el fascismo?

«Bolchevismo y fascismo: movimientos típicos de hombres-masas, dirigidos como todos los son, por HOMBRES MEDIOCRES.»

«Bolchevismo y Fascismo no están «a la altura de los tiempos». Por eso no es interesante, históricamente, lo que acontece en Rusia.»

«Cuanto más indómito vea el Fascismo ejercer la gobernación, peor pensaré de la salud política de Italia.»

4) Fundamentalmente, ¿qué es el Fascismo para Ortega?

«La acción directa, o sea la violencia. La Charta Magna de la barbarie.» Eso por un lado. Y por otro: «La Broma, el triunfo del Señorito Satisfecho.» (Ortega fue el inventor del apóstrofe «señorito» para lanzarlo en la revolución española. Hacia 1926. Téngase esto en cuenta para cuando se encuentre ese apóstrofe esgrimido con pistolas y vergajos por las masas, inconscientes y subvertidas.)

«El Fascismo no quiere dar razones ni quiere tener razón. Sino imponer sus opiniones. Es el derecho de no tener razón. Es la razón de la sinrazón.» «El alma vulgar sabiéndose vulgar, tiene el denuedo de afirmar el derecho de la vulgaridad.»

5) Si el Fascismo es el triunfo de la masa, de lo vulgar, de lo mediocre, de lo horrendo, ¿dónde estará la felicidad política para Ortega? En el siglo XVIII, en el liberalismo, en el happy few de las minorías selectas. En el músico de Mallarmé, que toca para unos pocos.

«La forma que en política ha representado la más alta voluntad de convivencia es la democracia liberal. Prototipo de la acción indirecta. Esto es, el Parlamento.»

Lo cual llega a enternecer a Ortega: «semejante ternura, convivir con el enemigo.»

«¡Trámites, normas, cortesía, usos intermediarios, justicia, razón!»

«El liberalismo tenía una razón, y eso hay que dársela per soecula soeculorum.»

«En el sufragio universal no deciden las masas, sino que su papel consistió en adherir a la decisión de una u otra minoría. Estas presentaban sus «programas» –excelente vocablo–. Los programas eran, en efecto, programas de vida colectiva.»

6) ¿Cuál es, pues, el mayor peligro para ese liberalismo, ese sufragio universal, ese siglo XVIII de minorías selectas, y para esa Razón, diosa de Ortega? El Estado. Ortega llega a decir esto sobre Mussolini y el Estado fascista:

«El mayor peligro: el Estado. Mussolini se encontró con un Estado admirablemente constituido, no por el, sino precisamente por las fuerzas, e ideas que él combate; por la democracia liberal. El se limita a usarlo incontinentemente. Si algo ha conseguido, es tan menudo, poco visible y nada sustantivo.»

En su afán de ir contra el sentido eterno y ecuménico de lo romano, llega a complicar nada menos que a Lucano y a Séneca, a quien inscribe en el «Servicio a la República española».

«Lucano o Séneca –finos provinciales–» (obsérvese el característico adjetivo de finos) al llegar a Roma «sentían contraérseles el corazón por la melancolía de los edificios eternos.» «Ya nada nuevo podía pasar en el mundo.»

7) Para Ortega, Fascismo es sinónimo de Servilismo. Su alma se queda desilusionada frente a esta época nuestra de serviles.

«Incapaz el espíritu de mantenerse por sí mismo en pie, busca una tabla donde salvarse del naufragio y escruta en torno, con humilde mirada de can, alguien que le ampare... Es el can que busca un amo. El hombre, en un increíble afán de servidumbre, quiere servir ante todo. El nombre que mejor cuadra al espíritu que se inicia quizá sea el de espíritu servil.»

8) Estos textos que he ido citando no son muy recientes. Pero Ortega los ha corroborado hasta última hora. Basta leer los editoriales y fondos de «El Sol» en esta su última fase, que él orienta u occidenta; allí están esas estimaciones suyas reiteradas y refundidas en mil modos. Basta aludir también a la acogida que tales opiniones tienen en Francia y en París, últimamente. André Therive, en la Revue Mondiale de 15 de septiembre, formaba una antología de honor al liberalismo con las conferencias y pareceres más últimos de Ortega. «Il n'a pas été touché par cette spéce de messianisme que professent, bien commodément, les champions du présent.» «Il n'y voit pas une victoire de la jeunesse, mais une offensive de la puerilité.» «Quand la Raison n'impose plus ses règles une servitude plus lourde s'installe vite á sa place.» «S'il y a une verité génerale d'époque, una verdad del Tiempo –dit Ortega– elle ressemble plutot a celle qu'on révérait a la fin du XIX siècle: réjouissons nous-en. C'etait le culte del l'homme, de la liberté, et ma foi, de la Raison.»


*


Ese es Ortega, como Croce, como Mann, como Einstein: culto del Humanismo, de lo Liberal, de la Razón. El siglo XIX, la burguesía selecta, la impiedad por los humildes, el desprecio del Estado –nuevo caballero andante– protector de los desvalidos, de las pobres masas. Ese es Ortega: soberbio, desdeñoso y satánico, frente al hombre auténticamente superior cuando toma la inconfundible forma del Héroe. Cuando este Héroe trasciende a piedad por los débiles, trasciende a cristianismo, a catolicidad, a eternidad.

Nos hace mucha falta, camaradas, que Ortega siga manteniendo –con ese magistral talento– esas herejías e impiedades. Para tenerlas presentes a todas horas. Para no caer nosotros en su pecado. Esto os lo dice profunda y religiosamente,


El Gran Inquisidor
Falange Española
Madrid, 7 de diciembre de 1933
Número 1 - página 12


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