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1719. Exilios / Ex-ils






Publicamos en castellano y francés Ex-ils, un extenso poema de Ricardo Montserrat, poeta, escritor, autor teatral, hijo de antifascistas catalanes nacido en el exilio. Es un placer contar con su palabra de libertad y compromiso en este espacio. A pesar de los años transcurridos desde que más de medio millón de españoles cruzaron la frontera francesa ...



Qué les aportamos, 
nosotros que entramos en su casa 
con manos vacías, por olas espumantes de ira 
que morían en la playa del tiempo.

Qué les aportamos
nosotros, perdedores de la historia, 
víctimas de dictaduras políticas y económicas, 
con maletas llenas de desilusiones 
y sueños desgarrados.

Qué les aportamos
nosotros que somos 
en palabras de amargura
viajeros increíbles
cada vez más jóvenes, 
ya que estas son las mismas imágenes, 
las mismas palabras, 
las mismas mentiras 
que utilizan para calificar 
a nuestra muchedumbre de mujeres, 
de niños, 
de hermanos, 
que empujan 
hacia las fronteras de la muerte o de la sumisión.

Qué les aportamos
nosotros los que desde la primera,
la segunda o la enésima generación,
estamos exilados
en nosotros mismos
y no tenemos mas orgullo
que el nombre que llevamos,
mas riqueza
que nuestros recuerdos en jirones rojinegros,
mas fuerza que nuestra risa de dientes blancos
y lágrimas secas.

Qué les aportamos,
excepto nuestra humanidad,
nuestro sentido de la vergüenza
y el honor de haber resistido y sobrevivido?

Nada.

Saquen las páginas,
quemen las fotos,
trunquen los recuerdos.
Los últimos combatientes
de las guerras justas
fueron asesinados allí
hace tanto tiempo.

Los dictadores forman parte del mismo club

Los cesantes son extranjeros
en su propio país.

Los menores de veinticinco años
en el exilio en un planeta
llamado Juventud.

Los de más de veinticinco años
en tránsito hacia el desecho

Las mujeres aún más extranjeras
cuyos cuerpos
no hablan el idioma de los dueños
de las imágenes y las palabras.

Los zombies son legión,
que no tienen trabajo,
viven demasiado lejos,
están enfermos, excéntricos,
habitantes de las afueras, divorciados o frágiles.

Reducidos a las estadísticas,
concentrados en expedientes,
nombres en las puertas de las cárceles.
Ciudadanos buenos o malos,
buenos o malos consumidores.
Una guerra borra otra.

¿Tú, el "Espinguin"
que llegaste "a comer el pan de los franceses",
qué has traído?

Aportaron el soleado Mediterráneo,
orientales azafranados,
negros hieráticos,
rompedores de Muros,
¿Qué les aportaron a ustedes,
los franceses que no tenían?

¿Aparte de los problemas?

La respuesta es simple.

Les aportamos Francia

La Francia que soñábamos,
una Francia libre, solidaria, amable y generosa,
la Francia de Hugo y de Zola,
la de Jaurès o de Camus,
una Francia entera hecha de buenos hombres,
grandes mujeres,
rebeldes, sindicalistas, utopistas,
corriendo el mundo de libro en libro,
de libros en periódicos,
de poemas en canciones,
invenciones de películas.

Les aportamos la República,
sus ideas sobre la felicidad universal
improvisadas en el taller del artesano,
sus valores cosidos en pequeñas puntadas
para camuflar su gran peso.

Les aportamos la República
tal como la pensábamos,
tal como la moríamos,
tal como perdíamos nuestras casas,
nuestras vidas,
como la lloraban nuestras mujeres,
como lloramos por nuestros amigos

Hasta en la horas más negras 
de nuestras dictadura,
a la sombra de los campos,
discutíamos de Danton o Robespierre,
Proudhon o Tocqueville,
Sartre o Camus,
Barthes o Foucault.

Trajimos a la mesa
a la que nos habían convidado,
el sabor del buen vino,
el de la buena comida
de las fiestas fraternales
y las comidas amistosas
en casas hechas para vivir.

Olvidaron
que antes que les mendigáramos hospitalidad,
bebían en su casa vino barato
en botellas estrelladas,
platos tan pesados 
que no podían moverse después.
Adiós gordura, colesterol y cirrosis.
Inventamos
una Francia sana y refinada,
una cocina llena de hierbas,
aceitunas, pimiento y azafrán,
arroz blanco, sémola y pastas frescas,
ensaladas perfumadas,
corderos y pescados fragantes.

Somos la sal y el tanino.

Les aportamos la libertad,
la independencia y la insolencia,
el deseo de hacer todo,
decir todo y crear todo.

¿Se acuerdan como parecían ridículos,
antes de nuestra llegada
con su boinas,
su blusas,
su trajes rígidos,
sus costumbres apretadas
y sus acentos pedregosos?

Los habíamos soñado
en nuestras blusas elegantes,
incómodos en sus faldones,
irónicos y ligeros.
Entonces les dimos nuestras bufandas,
nuestras sedas, nuestro algodón,
nuestras camisas anchas,
nuestros rizos cayendo sobre los hombros,
nuestra transparencia, nuestras sandalias
y nuestros amplios pantalones.
Les obligamos
a hablar un francés tan claro y musical 
como se lee en los libros,
a cantarlo al ritmo de nuestras manos
y nuestros cuerpos desencantados.

Oh si, les aportamos eso:
La sensualidad de nuestras piel dorada
y nuestros abrazos latinos,
nuestras risas a carcajadas
y fiestas íntimas,
el tiempo reencontrado,
los días felices.

Oh sí, les aportamos
la Francia que habíamos inventado
en nuestras cárceles, nuestro desiertos
y nuestros caminos espinosos.

Les dimos mitologías insensatas,
historias barrocas, horribles leyendas,
y la loca música, el arte irracional,
la imposible arquitectura del todo es posible,
haciendo de nuestros sueños realidad.

¡Oh, los hijos hermosos que hemos hecho, Francia!

Todavía no hemos salido
de la infancia del exilio.
Nuestros padres acaban de morir,
nuestras madres están sentadas
delante de la casa,
el corazón arrugado por la nostalgia.

Pero estamos tan orgullosos de Francia

Francia libertada, despertada,
renovada, rebelde, sacudida,
besada sobre la boca.

Ustedes se pudrían antes en el antisemitismo,
la xenofobia, el miedo del extranjero,
el conservadurismo, la estrechez de miras.

¡Pues bien! Aquel país no existe ya,
excepto algunas manchas de peste marrón sobre el mapa.

Mañana Europa hará estallar los últimos globos
inflados para asustar y dividir el pueblo.

Queda una batalla por librar,
¡Queda una batalla por librar!

Esta batalla es la de la paz.
¡Digo bien la de la paz sí!
¡De la paz!¡ ¿Ustedes me oyen?
¿Me han oído?

¡Vamos!

Salgan de la oscuridad, compañeros.
Desciendan las colinas.
Los lobbies militares,
los lobbies económicos,
quieren condenarnos al silencio
y a la muerte en vida bajo una alfombra de bombas,
leyes inicuas y despidos.

Resistan.

No imaginan
No tienen ninguna imaginación.
No pueden imaginar
que mañana por la mañana
les van a obligar a dejar,
todo lo tienen.
Con gran pena de no ser ya,
de no tener más …

No sé nadar.
No sé nadar.
Jamás sabré.
Aquellos que saben nadar
se mueren más lentamente,
tardan mucho en morir.
¿Comprenden?

Me acuerdo de de esperar
semanas enteras
entre el desierto y el mar.

Me acuerdo
de quienes no tenían ya la fuerza de esperar,
la fuerza de alcanzar
más la fuerza de esperar,
la fuerza de olvidar
lo que dejaban detrás de ellos.
Los años de infancia,
los años de inocencia,
los años felices.
La fuerza de perdonar
a los que habían destruido
las casas y las vidas,
los jardines, los vecinos,
los sueños, los paraísos.

Entraban en el agua,
de piedras llenos los bolsillos,
después de habernos dejado su equipaje,
su mensaje para la familia, un rezo.

No se imaginan.
No tienen ninguna imaginación.
Son incapaces de imaginar.

Que a nadie le gusta vuestro nombre,
vuestro color, vuestra cultura,
vuestro idioma, vuestra sexualidad

No se imaginan.
No tienen ninguna imaginación.
Son incapaces de imaginar

Que a nadie les gusta
porque vosotros sois zurdos,
minusválidos, enfermos, viejos, pobres
y por eso, os señalan con el dedo
y os hacen responsables
de todos los male de la Tierra.

No se  imaginan
No tienen ninguna imaginación.
Son incapaces de imaginar.

Cómo imaginar
que una noche,
hombres
entrarán en vuestra casa,
violarán a vuestra mujer
y a vuestros hijos
torturarán, robarán,
secuestrarán, enterrarán

No se imaginan
No tienen ninguna imaginación.
Son incapaces de imaginar.

Que cada vez que toméis la carretera 
vuestro coche será detenido,
días enteros en check-points
o acribillados por las balas.

No se imaginan que esto posible EN FRANCIA.

Vosotros os diréis:
Nuestra familia,
nuestros amigos, la Justicia, la República
nos defenderán, nos ayudarán,
se movilizarán.
¡Jamás, jamás,
algo asiípodrá occurir aquí!

¿Jamás? ¿Estáis seguros?

Inimaginable, ¡por supuesto!

Pero vosotros tenéis la memoria corta.

Nunca les contaron,
nunca le mostraron las imágenes
de estas decenas de miles de extranjeros,
que vivían en Francia desde años,
trabajaban en Renault,
en las minas, la industria textil o la metalurgia, 
que los expulsaron en trenes enteros.

De los italianos que cazaban
como conejos al anochecer del sábado.

De los barrios de chabolas a las puertas de París o de Roubaix.

Vosotros habéis olvidado.

Por supuesto, nadie aquí tomó un barco
para intentar rehacer una vida,
una familia, un país, una comunidad,
con la esperanza fijada al cuerpo
de volver de nuevo un día.

No, en Francia, no se hace eso.

O era antes, mucho antes,
cuando los bretones iban a Canadá,
los vascos a Chile,
los morvandelles subían a París …

En Francia, se muere de pie o sentado
Se muere en vida.
Se pasa el tiempo esperando la ayuda social,
el RMI, el RSA, un subsidio, una plaza en un lugar de acogida.

Que habéis hecho de nuestro mar Mediterráneo,
"la cuna de la civilización europea" ,
el MAR DE LA VERGÜENZA.

Por toda la eternidad, nuestra historia es su historia.
Podrán esforzarse de ahogarla en agua salobre,
la sangre o el olvido, seguirá siendo su historia.


Ricardo Montserrat



Que vous avons-nous apporté,
nous qui sommes entrés chez vous
les mains vides,
par vagues écumantes de colère
mourant sur la plage du temps?

Que vous avons-nous apporté
Nous, les perdants de l’histoire,
les victimes de dictatures politiques et économiques,
aux valises pleines de désillusions
et de rêves déchirés.

Que vous avons-nous apporté
Nous qui sommes,
comme  le disait avec amertume
un étonnant voyageur,
de plus en plus jeunes


puisque ce sont les mêmes images,
les mêmes mots,
les mêmes mensonges
qui sont utilisés pour qualifier
nos foules de femmes,
d’enfants,
de frères,
qu’on pousse
vers les frontières de la mort ou de la soumission?

Que vous avons-nous apporté
Nous qui, de la première,
la seconde ou la énième génération,
sommes en exil
en nous-mêmes
et n’avons d’autre orgueil
que le nom que nous portons,
d’autre richesse
que des souvenirs en lambeaux rouges et noirs,
d’autre force que celle du rire aux dents blanches
et des larmes rentrées?

Que vous avons-nous apporté,
hormis notre humanité,
notre honte bue
et l’honneur d’avoir résisté et survécu?

Rien.

Arrachez les pages,
brûlez les photos,
tronquez les mémoires.
Les derniers combattants
des guerres justes
sont morts assassinés
il y a si longtemps.

Les dictateurs sont dans le même camp.

Les chômeurs sont étrangers
dans leur propre pays,
les moins de vingt-cinq ans
en exil dans une planète
appelée jeunesse,

les plus de vingt-cinq ans en transit
vers le rebut,

les femmes bien plus étrangères encore
dont le corps
ne parle pas la langue des maîtres
des images et des mots.

Les non-vivants sont légion,
qui n’ont pas de travail,
vivent trop loin, sont malades,
excentrés, banlieusards, divorcés ou fragiles.

Réduits à des statistiques,
concentrés dans des dossiers,
des noms sur des portes de prisons.
Bons ou mauvais citoyens,
bons ou mauvais consommateurs.
Une guerre efface l’autre.

Toi " l’Espingouin "
qui es venu " manger le pain des Français ",
qu’as-tu donc apporté?

Qu’ont apporté les Méditerranéens ensoleillés,
les Orientaux safranés,
les Noirs hiératiques,
les Briseurs de mur,
Que vous ont-ils apporté à vous
Français que vous n’aviez pas déjà?

Hormis les emmerdements?

La réponse est simple.

Nous vous avons apporté la France.

La France telle que nous la rêvions,
la France libre, solidaire, amicale, généreuse,
celle de Hugo et de Zola,
celle de Jaurès ou de Camus,
une France faite tout entière de bons hommes,
de grandes femmes,
de révoltés, de syndicalistes, d’utopistes
qui couraient le monde entier de livre en livre,
de livres en journaux,
de poèmes en chansons,
de films en inventions.

Nous vous avons apporté la République
et ses idées sur le bonheur universel
bricolées sur l’établi,
ses valeurs cousues au petit point
pour camoufler votre embonpoint.

Nous vous avons apporté la République
telle que nous y croyions,
telle que en mourions,
telle que en perdions nos maisons,
telle que nous en perdions nos vies,
telle que nous en pleurions nos femmes,
telle que nous en pleurions nos amis.

Jusque dans les heures
les plus noires de nos dictatures,
dans l’ombre des camps,
nous discutions Danton ou Robespierre,
Proudhon ou Tocqueville,
Sartre ou Camus,
Barthes ou Foucault.

Nous vous avons apporté la table
à laquelle nous nous sommes invités,
le goût du bon vin,
de la bonne chère,
des fêtes fraternelles
et des repas conviviaux
dans des maisons faites pour vivre.

Avez-vous oublié
qu’avant que nous vous mendiions l’hospitalité,
on buvait chez vous surtout de la piquette
dans des bouteilles à étoiles,
du ragoût et des plats si lourds
qu’on ne pouvait plus se lever après.
Adieu crises de foie, cholestérol et cirrhoses,
nous vous avons inventé
une France abondante et variée,
saine et raffinée,
d’une cuisine pleine d’herbes,
d’olives, d’épices, de riz blanc,
de semoule et de pâtes fraîches,
de salades exotiques,
d’agneaux et de poissons parfumés.

Nous sommes le sel et le tanin.

Nous vous avons apporté la liberté,
l’indépendance et l’insolence,
le désir de tout faire,
tout dire et tout créer.

Vous souvenez-vous comme vous aviez l’air ridicule
avant notre venue,
avec vos bérets,
vos blouses,
vos costumes raides,
vos habitudes étriquées
et vos accents caillouteux?

Nous vous avions rêvés
dans nos camisoles élégantes,
à l’aise dans vos basques,
ironiques et légers.
Nous vous avons donné nos foulards,
nos soies, nos cotonnades,
nos robes et nos chemises larges,
nos boucles sur les épaules,
nos transparences, nos sandales
et nos culottes larges.
Nous vous avons obligés
à parler un français aussi clair et musical
que celui que nous avions lu dans vos livres,
à le chanter au rythme de nos mains
et nos corps désenchantés.

Ah oui, nous vous avons apporté cela:
la sensualité des peaux dorées
et des embrassades latines,
des rires à gorge déployée
et des fêtes intimes,
le temps retrouvé,
les jours heureux.

Ah oui, nous vous avons apporté
La France que nous avions inventée
dans nos geôles, nos déserts
et nos chemins barbelés.

Nous vous avons donné des mythologies insensées,
des histoires baroques, d’épouvantables légendes,
et la folle musique, l’art irrationnel,
l’impossible architecture du tout est possible.
Faisant de nos rêves la réalité.

Oh, les beaux enfants
que nous vous avons faits, la France!

Nous ne sommes pas
encore sortis de l’enfance de l’exil
nos pères viennent à peine de mourir,
nos mères sont assises
sur une chaise devant la maison,
le coeur chiffonné par la nostalgie.

Mais nous sommes si fiers de la France

La France  libérée, réveillée,
rajeunie, révoltée, secouée,
baisée sur la bouche.

vous croupissiez jadis dans l’antisémitisme,
la xénophobie, la peur de l’étranger,
le conservatisme, l’étroitesse d’esprit.

Eh bien! ce pays-là n’existe quasiment plus,
hors quelques taches de peste brune sur la carte.

Demain l’Europe fera crever les dernières baudruches
élevées pour effrayer et diviser les peuples.

Reste une bataille à mener,
Il reste une bataille à mener!

Cette bataille c’est celle de la paix.
Je dis bien celle de la paix oui!
De la paix ! vous entendez!
Avez-vous bien entendu?

Allez!

Sortez de la mine, camarades.
descendez des collines,
Les lobbies militaires,
les lobbies économiques
veulent nous condamner au silence
et à la mort en vie sous un tapis de bombes,
de lois iniques et de licenciements.

Résistez.

Vous n’imaginez pas.
Vous n’avez aucune imagination.
Vous êtes incapable d’imaginer
que demain matin vous pourriez être obligé de quitter,
tout ce que vous avez 
avec en plus le chagrin de n’être plus
de n’avoir plus…

Je ne sais pas nager.
Je ne sais pas nager.
Je ne saurai jamais.
Ceux qui savent nager
meurent plus lentement,
mettent longtemps à mourir
vous comprenez?

Je me souviens avoir attendu
des semaines entières 
entre le désert et la mer

Je me souviens de ceux
qui n’avaient plus la force d’attendre,
la force d’atteindre.
Plus la force d’espérer,
la force d’oublier ce qu’ils laissaient
derrière eux.
Les années d’enfance,
les années d’innocence,
les années heureuses
La force de pardonner
à ceux qui avaient détruit,
les maisons et les vies
Les jardins, les voisins,
les rêves, les paradis.

Ils entraient ceux- là dans l’eau,
des pierres plein les poches
Après nous avoir laissé leur bagage,
leur message à la famille une prière.

Vous n’imaginez pas.
Vous n’avez aucune imagination.
Vous êtes incapable d’imaginer.

Qu’on aime pas votre nom,
votre couleur, votre culture,
votre langue, votre sexualité

Vous n’imaginez pas.
Vous n’avez aucune imagination.
Vous êtes incapable d’imaginer.

qu’on ne vous aime pas
parce que vous êtes gaucher,
handicapé, malade, vieux, pauvre
et qu’ils vous  désignent
comme responsable
de tous les maux de la terre.

Vous n’imaginez pas.
Vous n’avez aucune imagination.
Vous êtes incapable d’imaginer.

Comment imaginer
Qu’une  nuit,
des hommes
entreront dans votre maison,
violeront votre femme
et vos enfants, 
vous tortureront, rançonneront,
enlèveront, enterreront?

Vous n’imaginez pas.
Vous n’avez aucune imagination.
Vous êtes incapable d’imaginer.

Chaque fois que vous prendrez la route,
votre voiture sera  arrêtée
des jours entiers à des check-points,
ou criblée de balles.

Vous n’imaginez pas cela possible EN FRANCE.

Vous vous dites:
Votre famille,
vos amis, la Justice, la République
vous défendront, vous aideront,
se mobiliseront.
Jamais, jamais,
cela ne pourra se passer ici!

Jamais, vous êtes sûr?

Inimaginable, bien sûr!

Mais vous avez la mémoire courte.

On ne vous a jamais raconté,
jamais montré les images 
de ces dizaines de milliers d’étrangers,
qui vivaient en France depuis des années,
travaillaient chez Renault,
dans les mines, le textile, ou la métallurgie,
qu’on a renvoyés par trains entiers

de ces Italiens que l’on a chassés
comme des lapins le samedi soir,

de ces bidonvilles aux portes de Paris ou de Roubaix,

Vous avez oublié.

Bien sûr, personne ici n’a pris le bateau
pour tenter de refaire une vie,
une famille, un pays, une communauté,
avec l’espoir chevillé au corps
de revenir un jour.

Non, en France, on ne fait pas ça,

ou c’était avant, bien avant,
quand les Bretons partaient au Canada,
les Basques au Chili,
les Morvandelles montaient à Paris…

En France, on meurt debout ou assis.
On meurt en vie.
On attend le RMI, le RSA,
l’allocation, une place au foyer-logement.

Qu’avez -vous  fait de notre mer Méditerranée,
«le berceau de la civilisation européenne»,
une MER DE LA HONTE.

De toute éternité, notre histoire est votre histoire.
Vous aurez beau la noyer dans l’eau saumâtre,
le sang ou l’oubli, elle restera votre histoire.


Ricardo Montserrat






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