Lo Último

1782. La delatora

Ramón José Sender Garcés
(Chalamera, Huesca, 3 de febrero de 1901 - San Diego, EEUU, 16 de enero de 1982)



- Daría la vida que me queda por saber quién fue el que lo denunció. Porque mi hijo estaba bien escondido entre las hormazas de un horno que no se encendía nunca. Cuarenta años llevo yo de hornera en la tahona comunal y donde yo lo escondí no lo hubiera encontrado ni Dios... La anciana continuaba : 

- Y si no lo sabía nadie, ¿cómo se enteraron los Civiles?

Lucía no replicaba, pero se decía en su imaginación : “Yo sé quién lo denunció. ¿No lo voy a saber si lo denuncié yo misma? Una noche de febrero, poco antes del amanecer, me acerqué al cuartel de los Civiles y tiré una piedra envuelta en un papel por la ventana. En el papel había escrito: Miren en el horno. La piedra rompió el cristal y al ruido acudieron y encontraron la denuncia. Cuando la leyeron, yo estaba ya en mi casa”. Recordando todo esto, la canasta  le pesaba tanto que se acercó al muro y se apoyó. La madre del muerto seguía: 

- Lo que no entiendo es cómo pudo enterarse el que hizo la delación. 

Lucía recordaba para sí misma: “Nadie me lo dijo. Al principio yo quise averiguarlo, pero ni mi hermana ni su suegra se fiaban de nadie. Ni siquiera de mí. Cuando me di cuenta, yo lo tomé muy a mal, pero no dije nada. Una noche vino mi hermana a dormir a mi cuarto y mientras se desnudaba le vi en el cuello, en los brazos y en el arranque de un pecho las moraduras que le habían hecho los Civiles en el cuartel, tratando de hacerla declarar dónde estaba su marido... Mi hermana dormía mal, se agitaba y decía en voz muy baja : En el horno. Está en el horno”

Desde su ventana la madre del muerto seguía hablando:

- Aunque se hubiera podido enterar alguno, nunca podré comprender que hubiera en el pueblo una persona que lo quisiera tan mal.

Recostada contra el muro, Lucía se decía: “No es necesario querer mal a una persona para delatarla y hacerla perder la vida”.

¿Quererlo mal? Oía hablar a la anciana sin escucharla y seguía pensando: “Sin él la vida y la muerte eran para mí como una monstruosa broma de Dios”.

Sintió que perdía el equilibrio y se apoyó con las dos manos en el muro. Viendo a Lucía vacilar, la vieja hornera le dijo desde la ventana:

- Anda, hija, que llevas más peso del que puedes aguantar.

Ella se sintió aliviada por aquella compasión; pero las palabras tenían -sin que lo quisiera la anciana- un  doble sentido que la mortificaba...

Ya en el río, Lucía se descargó de la canasta, se sentó sobre ella y con las manos en las rodillas se hizo atrás, inclinó la cabeza sobre un hombro y entornando los ojos, dijo: 

-¿Cómo pude yo hacer aquello?


Ramón J. Sender

El Vado: novela inédita
La Novela Española, 1948Toulouse 




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