Lo Último

1773. Viaje a la aldea del crimen XII

Guardias de asalto en Casas Viejas (Foto: Alfonso)




Una vieja teoría respecto al delito. Filosofía mural en verso.

Si la ley no existe mientras no ha sido consagrada por su uso y aplicación, lo mismo se podría decir del delito, invirtiendo los términos. El delito no existe mientras no es reconocido por los jueces y sancionado. En este caso de Casas Viejas, mientras no lo haya conocido y condenado la opinión. Por lo tanto, en Casas Viejas no sucedió nada hasta que nosotros lo hemos contado. Nada de particular tenía que los propietarios de Casas Viejas quisieran evitar ese delito. Al menos, ésta era la teoría de ellos.

En los patios de las cárceles y de los presidios, los delincuentes de «sangre», de pura sangre propia y de sangre ajena, tienen una idea análoga del delito. El hecho criminoso no es todavía el delito. Lo es cuando, conocido por los periódicos, descubierto por los funcionarios del Estado, la opinión y los jueces, a la par o en discrepancia, según los casos, crean la atmósfera de la inmoralidad a su alrededor, en contraste con los sentimientos normales y morales de los demás. Entonces el criminal se siente criminal.

Hasta entonces se considera un hombre como los demás, que ha cometido un hecho extraordinario.

En la Cárcel Modelo, de Madrid, pudimos comprobar el año 1927 esa observación. Nos habían dado una celda común que tenía las paredes llenas de grafitos. Por allí habían pasado, a lo largo de los años, los tipos más variados de delincuentes, dejando sus huellas en las paredes. Estaban casi todos los géneros literarios. Verso, prosa, diálogos dramáticos. Y al lado de la castiza y rotunda expresión española, una frase comedida en francés, y más arriba, una larga parrafada en inglés. Nos entretuvimos en copiarlas.

Los versos estaban al lado de la puerta, y decían:

Has de estudiar la moral
en el Código penal,
y ten por lema profundo
que el mal no es mal
hasta que lo sabe el mundo.

Versos que acreditaban a un delincuente de la escuela retórica de Campoamor y que nos interesaban porque venían a corroborar aquella teoría de los asesinos profesionales de que lo malo no es el crimen, sino las dificultades de la ocultación, ya que el crimen comenzaba en cuanto era descubierto y divulgado.

Luego supimos que los versos los había escrito un alto empleado de una gran Compañía, que fue allá por diversos delitos. Uno, de sangre.

«Las dificultades de la ocultación.» Iba a existir el crimen en el momento en que lo descubriéramos.

Había que evitar ese crimen. Los que se lo propusieron en Casas Viejas eran también de la escuela retórica de Campoamor, probablemente, y, desde luego, cofrades del filósofo y poeta mural que estuvo en la cárcel y que tenía a la cabecera de su cama un crucifijo de plata que le había llevado su mujer.


El «comunismo». Dudas sobre la propiedad.  Se incautan de una tienda, pero...

Desde las siete de la mañana hasta la una de la tarde, el pueblo estuvo en manos de los revoltosos. La primera jornada no comenzaba con escenas de terror. Lo de la plaza era una lucha regular. Constantemente los obreros ofrecían la paz a los guardias si se entregaban. Aquel pequeño foco, donde a veces sonaba algún tiro, no impedía que los revolucionarios se sintieran dueños del pueblo. 

La superioridad manifiesta de sus fuerzas les permitía asaltar el cuartel, pegarle fuego. Pero nadie pensó en ello. «Seisdedos» insistió en que bastaba con no dejarles salir. Había que vigilar el cuartel, sin ofrecer blanco a los fusiles y sin quemar mucha pólvora.

—Cuando los guardias gasten las munisiones ya saldrán.

La gente fue afluyendo al Sindicato. En realidad, estaban en asamblea permanente desde la tarde anterior. Entraban y salían los grupos y eran constantes los debates y las discusiones. Había que tratar muchas cosas. El comunismo libertario estaba implantado, y la gente no comía aún. El hambre quedaba en pie, esperando consignas para desbordarse en acción. Las casas de los propietarios seguían intactas. Había dos tiendas de comestibles, sobre las que nada se había acordado. «Seisdedos», cuando se decidía a proponer un acuerdo en relación con todo eso, se encontraba con que no disponía enteramente de su conciencia. Preguntaba entonces a José Silva:

—¿Dise que han hablao por teléfono?

Cuando Silva afirmaba, «Seisdedos» se quedaba pensativo.

—Hay sangre ya —dijo al fin—, y nos contestarán, si llega er caso, de la misma manera. Que estén todos dispuestos a dar la cara y vamos a ver lo que se hase con estas compañeras.

Fueron a una tienda que hay junto a la plaza. A las mujeres no las coaccionaba tal o cual disparo. Dos del Sindicato ocuparon la tienda y distribuyeron algunos víveres. Pocos y malos. El dueño protestaba, poniendo el grito en el cielo. «Seisdedos» había vuelto a la plaza e intentaba convencer de nuevo a los guardias.

Tanto protestaba, y con tales súplicas, el tendero, que de los pocos fondos del Sindicato le pagaron los víveres los mismos obreros que habían ocupado la tienda, pidiéndole recibo. La mayoría de los obreros, con la ilusión del triunfo, no pensaban en comer ni en dormir. Esa misma ilusión les había apagado súbitamente el odio secular contra los terratenientes. Más de cien obreros con armas no hay duda de que hubieran podido asaltar cuatro casas, donde no se sabe si les esperaban dispuestos a defenderse; pero, en caso afirmativo, apenas había cuatro hombres en cada una. «Seisdedos» iba a la plaza a disponer que regresaran todos al Sindicato, menos dos centinelas, que quedarían a la vista de la casa-cuartel. Dentro de ella parecían muy atareados en la cura de los heridos, y no atendían a la defensa, reservándose quizá para un caso de asalto. Lo urgente era organizar en el Sindicato la vida bajo el régimen recién instaurado. La lucha con los guardias había determinado una exaltada situación de ánimo en la mayor parte de los obreros. Gritaban y amenazaban algunos para el día en que no tuvieran más remedio que salir. «Seisdedos» no hacía caso. Al Sindicato. La intervención de «Seisdedos» comenzó a desviar de la casa-cuartel la atención de los campesinos. Al Sindicato. La asamblea permanente tenía instantes en que hacía labor de fondo. Era cuando «Seisdedos» estaba presente. Siendo, probablemente, el más viejo, revelaba una agilidad mental y una actividad verdaderamente juveniles. Cuando entró «Seisdedos» se dieron vivas al comunismo libertario ya la revolución. «Seisdedos» no sabía pronunciar discursos, pero comenzó levantando la mano y echándose con la otra atrás la culata de la escopeta

—¡Compañeros! Hemos conseguido nuestro objetivo, o, mejor dicho, la primera parte de él. ¡Se han acabao las limosnas!

Le interrumpieron con vítores. Quiso seguir:

—La tierra va a ser nuestra.

Otra vez le interrumpieron: —¡A labrarlo, a labrarlo tó!

«Seisdedos» dejó que vitorearan y vocearan un rato, mientras soplaba la tinta fresca de unos números que había hecho Juan Galindo, también del Comité. Eran cálculos aproximados sobre la nueva economía. Se sobreponían a los rencores y a los odios para afrontar la trágica cuestión del hambre como un problema económico, y lo afrontaban con altura. Las despensas de los propietarios estaban intactas. Lo que se llevaron de la tienda lo habían pagado. No se explicaban bien los cauces que a la revolución se le querían dar; pero lo cierto es que toda la mañana trataron de eso en el Sindicato, y que mientras éste tomaba acuerdos nadie asaltó, ni saqueó, ni incendió. La ilusión de la tierra que iban a poseer les hacía olvidarlo todo. Se hablaba con voluptuosidad de las hectáreas, de los arados y de las yuntas. Continuaba la asamblea a las doce del día. Se había aprobado, con ligeras modificaciones, la comunicación a la comarcal. Dinero para iniciar la conquista de la tierra o para celebrar las nupcias del campesino con la tierra ya conquistada. Comenzaban a tratar de la conducta a seguir con los propietarios, cuando llegaron por la parte oeste dos largos truenos, cuyo eco rebotó en las últimas casas, en la plaza y en los altos calveros. Pensaron si serían cañonazos. Luego se supo que eran fuerzas de la Guardia civil y de asalto, que antes de entrar en el pueblo hacían descargas al aire para avisar su llegada a los sitiados, y también para tantear el estado de resistencia del pueblo. «Seisdedos» interrumpió la asamblea:

—To cristo a sus casas y a esperá. Si se dan malas, salir ustés al campo y reunirse en el Atalaya.

Dieron de nuevo vivas al comunismo libertario y se retiró cada cual por su camino. Avisaron a los centinelas que se retiraran también. Con esto quedaron las calles del pueblo totalmente desiertas. Cada cual aguardaba en su casa.



Ramón J. Sender
Viaje a la aldea del crimen (Documental de Casas Viejas) 1933














No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada