Lo Último

1775. Viaje a la aldea del crimen XIII






Dentro de la choza. Cuatro hombres, tres mujeres y un chaval de diez años. «Esto está perdió.»


Después de abandonar el Sindicato, «Seisdedos» subió a la choza acompañado de los suyos.

Entraron y se fueron acomodando como pudieron, en silencio. Las escopetas de la casa —dos— volvieron a colgarse en la viga. El yerno, José Silva, se lamentó de haber perdido la suya en la escaramuza de la carretera. No contestó nadie. Estaban allí el viejo «Seisdedos», encorvado, con los codos en las rodillas; sus hijos Pedro y Paco, el yerno, el vecino y primo Francisco Lago Gutiérrez, su hija Paca Lago, de dieciocho años; la nuera de «Seisdedos» —viuda—, Josefa Franco, y dos nietos: Mariquilla —diecisiete años morenos y gentiles, con una alegría natural— y un chaval, hermano suyo, de diez años. Nadie pensaba en la defensa. De ser así no se hubieran quedado con sólo dos escopetas y hubieran hecho salir a las tres mujeres y al niño. Estaban en su casa, esperando, como los demás, los acontecimientos. Sabían que iban a detenerlos y que saldrían codo con codo, y aguardaban sin saber por qué. Ignoraban lo que habría sucedido lejos del pueblo. Oyeron tiros lejanos. Luego, más próximos.

Mariquilla miraba sus alpargatas rotas, por donde asomaban dos dedos desnudos enrojecidos por el frío.

Llevaba un vestidillo ligero —ya lo llevó en verano— muy remendado. No suspiraba demasiado por otros vestidos, por tres razones: porque no se encontraba fea con aquél, porque sabía que no podía pretender otro y, finalmente, porque el frío era cosa de viejos y estaba harta de oír decir a la gente, cuando se quejaba:

—Yo, a tu edá...

—Cuando se tiene tu tiempo.

Por esas tres razones no se quejaba tampoco de ir sin medias. Mariquilla, no sólo no se quejaba, sino que estaba alegre casi siempre, con motivo o sin él. Mariquilla Silva Cruz, morena gentil, con una tilde de melancolía entre dos sonrisas o dos frases dichas como ella las dice, atropelladamente, pero bien enderezadas a su objeto, había de revelar luego, en la cárcel, en la calle, ante los fotógrafos, con los periodistas, una inteligencia natural y una discreción muy superiores a lo usual en las personas cultivadas de la ciudad. Mariquilla animaba a sus parientes:

—Tota, la cárse, ¿no es eso?

Soltaba a reír, tiraba del pelo a Josefa y advertía:

—No piense, mujé. Allá iremos tos.

El chico pensaba en lo que les contaría a sus amigos después, y en si por ser muy pequeño no le querrían llevar a la cárcel, una cosa tan de hombres. El padre de Mariquilla y del chaval rumiaba y gruñía:

—¡Los trenes! ¿No dijiste tu, Josefa, que no andaban los trenes?

Josefa se encogió de hombros:

—Yo no los vi. Estuve a la mira media hora y no vi ná.

—Pues yo sí —terciaba Mariquilla.

Francisco Lago temía que hubieran entrado en su casa los guardias. El chico aseguraba que los había visto romper la puerta y salir con una escopeta. Juraba que iban armados con trabucos. «Seisdedos» levantó la cabeza y miró las dos armas colgadas a los lados de la litografía libertaria:

—Esas no se las llevan.

Como si quisieran responderle, se oyeron dos tiros próximos. «Seisdedos» se levantó y cogió la escopeta de la culata rajada. Repitió:

—Por lo menos, ésta no se la llevan.

Pedro, el hijo mayor, se levantó, sin decir nada, y cogió la otra. Los dos empujaron a los demás hacia el agujero que comunicaba con la cerca inmediata. Podían salir por allí. Se negaban todos. Cuando fueron las mujeres a salir, las voces y los tiros de los ojeadores las amedrentaron. Estaban demasiado cerca. Paco, el hijo menor, pensó un instante que los que llegaban podrían ser compañeros del Sindicato.

Entre el tejado y la cerca había aspilleras naturales, porque no ajustaba bien. Miró. Se retiró y le dijo a su padre que mirara. «Seisdedos», con el ojo izquierdo casi cerrado, retrocedió y dijo secamente:

—Esto está perdió.

No se podían mover. Nueve personas en el recinto que dejaba libre el lecho apenas cabrían de pie.

«Seisdedos» aseguró las tablas de la puerta. Quedaban casi en sombras. Insistió en que se marcharan las mujeres y el niño por el agujero que comunicaba con la cerca de al lado, pero nadie se movió. Como se oían las voces y los tiros de los guardias, pensaron los hombres que las mujeres tenían miedo, y no insistieron. «Seisdedos» miraba por las aspilleras. La choza estaba dominada por unos altozanos que la rodeaban por tres frentes. Se alzaban algunos hasta cuatro metros por encima del tejado, y el más lejano estaría a unos quince metros de distancia. Para abarcar la cima de los de la derecha tenía que romper ramaje y arrancar paja.

—A pedradas pueden echar la choza abajo —pensó «Seisdedos».

Luego insistió en que debían irse los demás. Allí quedarían él y otro. Había dos escopetas. Podía quedarse el mejor tirador. Se sintió aludido su yerno José Silva, padre de Mariquilla. Nadie se movía. El viejo explicó a su manera, sintiendo ya cerca los pasos de los guardias:

—Yo soy viejo y no sirvo pa ná. El año que viene ya no podría ganarlo.

Callaban todos. Se habían hecho el propósito firme de esperar lo que fuera alrededor del viejo. Éste añadió:

—He tardao treinta años en comensá; pero ya sabéis que no me gusta deja las cosa a medias.

Marcharse.

Callaban. Josefa balbució:

—¿Pa qué? Ya nos separarán en la cárse.

—¿En la cárse? —replicó «Seisdedos»—.Yo no voy a la cárse.

Francisca Lago quería ir a buscar una escopeta para su padre. Salió sin que pudieran impedirlo, y cuando advirtieron su ausencia, el padre dijo:

—Es templá. Gorverá.

Todos estaban tranquilos, menos el viejo, que no ocultaba su disgusto por la testarudez de los demás, y los dos hijos, uno de los cuales repetía a menudo:

—Ha debido fallar tó en Medina, en Jeré.

El otro replicó una vez, encogiéndose de hombros:

—La idea es la idea.

Los pasos de los guardias sonaban allí mismo. Crujieron las tablas de la puerta bajo un culatazo. Al segundo se abrió de par en par. José Silva y «Seisdedos» dispararon sin tiempo para echarse la escopeta a la cara. Un guardia cayó hacia atrás. Se llenó la choza de humo de pólvora. «Seisdedos» salió, recogió el fusil, quiso quitarle los cartuchos; pero era demasiado dificultoso, y arrastró al herido hacia adentro.

Volvió a cerrar la puerta.

Era un guardia de asalto. Paco Cruz, hijo del «Seisdedos», manejaba bien el fusil de cuando estuvo en «el moro». No había sitio para el guardia y lo dejaron sobre el arca. Josefa Franco le quitaba las municiones de las cartucheras y las depositaba en el suelo. A los disparos había sucedido fuera un hondo silencio. Mariquilla, más pálida, miraba de reojo al guardia. Josefa dijo secamente:

—Ha muerto.

Se quejaban los hombres de no tener bastantes armas, y «Seisdedos», que había soplado el cañón y vuelto a cargar la recámara, miró otra vez por las aspilleras. Luego sacó los dos jergones de la cama y los arrastró hasta la puerta. Asomó el cañón por un ángulo. Fuera iba haciéndose de noche. Volvió a mirar adentro y vio al chico con los ojos redondos como un gato puestos en el cadáver del guardia. «Seisdedos» se pasó la mano por la barba, tiró de dos pelos en el labio inferior y repitió:

—Esto está perdió.

Al mismo tiempo sonaron dos descargas fuera, y tembló la techumbre acribillada. Sonaban las balas en la cerca de barro y gruñían entre las vigas. Las mujeres, por orden de «Seisdedos», se acurrucaron en el suelo. Josefa Franco sacaba un brazo crispado entre los harapos y quería alcanzar las hoses. Menuda y débil, se la veía vibrar bajo los disparos y crispar también la boca en insultos. Como no llegaba a las hoses, cogía soñeras de la mesa y llenaba los bolsillos de «Seisdedos»



Ramón J. Sender
Viaje a la aldea del crimen (Documental de Casas Viejas) 1933















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