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1799. Viaje a la aldea del crimen XXIII

Detención de un campesino. Foto: Campúa
Los propietarios creen haber ganado una batalla.

Uno de los camiones que regresaron con detenidos a Medina fue tiroteado en el camino, según dijeron los guardias. La seguridad no era absoluta en el campo; pero la impresión que dominaba en el pueblo tampoco era —entre los propietarios y las fuerzas— de intranquilidad. Se veía que los fugitivos huían a la desesperada. Una batalla ganada en la guerra sorda del campo andaluz, donde todos los pueblos son Casas Viejas y en todas partes el hambre y el odio tienen plantados sus cuarteles. El triunfo era total, en apariencia. Algunos propietarios movían la cabeza, lamentándose con una íntima impresión de seguridad y de dominio:

—¡La incultura!

La conciencia de su dominio les permitía hasta una compasión que por sugestión del momento era sincera:

—¡El analfabetismo!


También había dicho el presidente del Consejo:

—Eso se arregla con escuelas.

El presidente del Consejo es optimista. Desde el pináculo donde él concentra toda la responsabilidad de estos crímenes ve las cosas con una simplicidad que sería risible si no tuviera como fin desviar la cuestión y acallar quizá su propia conciencia. Si les dan escuelas y no les dan de comer, eso no se arregla; sino que se les complica a los gobernantes mucho más. La incultura no es en estos casos sino una ventaja más en favor del orden económico; una ventaja para el sistema feudal, que ha provocado estos sucesos y provocará otros parecidos cualquier día en cualquier otra parte. El día que esos obreros que hoy tienen hambre en Andalucía —cerca de dos millones— puedan alcanzar la cultura a que el presidente del Consejo y los propietarios de Casas Viejas se refieren, no llegará con el sistema económico actual. La «cultura» a que se refieren —el conformismo, la posición «culta» ante los problemas— no la dan las escuelas, sino el bienestar económico, el hogar caliente y la despensa provista. Eso no se lo puede dar este régimen. Sin contar con la justicia social y con la satisfacción moral que esa justicia lleva consigo. Si esa «cultura», por otra parte, la dieran los libros, serían tan analfabetos los propietarios como los jornaleros. A no ser que la suscripción a un periódico monárquico y feudal sea una patente de sabiduría.

Después del triunfo, todos los terratenientes hablaban de los estragos de la barbarie en cerebros cerrados a la luz del saber. No hablaban del hambre, porque el hambre de dos millones de jornaleros andaluces es el espectro de sus terrores; significa algo así como en un ejército la alusión a las fuerzas irremediables e inafrontables de un enemigo en línea de ataque. De eso, ni hablar. Hablar de escuelas es, por el contrario, culto y tranquilizador.

Pero la tranquilidad de los propietarios de aquella zona era muy relativa. Estaba llena de «nervios».

Tenían la seguridad de un triunfo reciente; pero los problemas se acrecentaban mirando al porvenir. El pueblo campesino y jornalero seguía metido en sus casas, en silencio. De todas las chozas había salido alguien detenido o en fuga. No sabían si entonces —dos días después— estaban en el cementerio o en el campo. Tampoco se atrevían a indagarlo. El silencio del pueblo era concentrado y hosco; pero ya no hostil Se declaraban vencidos. Había en el elemento civil pudiente una sensación de responsabilidad. Hablando con un socialista que indicó a las fuerzas las chozas de los rebeldes, nos decía hipócritamente cada vez que hablaba de los obreros:

—¿Los pobresitos...!

Los propietarios, el droguero, se disponen a marcharse definitivamente del pueblo. Han triunfado; pero el triunfo no les sirve para nada. Si acaso —creer—, les sirvió para salvar sus propias vidas, que, en definitiva —recordándolo serenamente—, nadie había amenazado, ya que el «Seisdedos» y la asamblea libertaria trataban de incorporarlos al Sindicato.


Entre el terror va filtrándose la ley. Los «tres procedimientos».

A los dos días de los sucesos comenzaron a presentarse algunos hombres ateridos y en estado de depauperación y de hambre. Lo hacían en Medina Sidonia o en la carretera de Casas Viejas. Al pueblo no se atrevían a volver, porque creían que continuaban en él los guardias de asalto. La mayor parte habían huido sin armas, y los que llevaban escopeta o pistola carecían casi siempre de municiones. La sensación de triunfo entre los propietarios de Medina Sidonia era la misma de Casas Viejas; pero con cierta desahogada impresión de irresponsabilidad.

En un grupo de propietarios de Medina, con los que estábamos hablando, alguien dio una noticia de las que constantemente llegaban:

—¿Sabéis que se ha presentado «el Gitano»? Va hecho unos sorros.

Rieron. Yo pregunté quién era «el Gitano», y me dijeron:

—Na. Un pobre imbesi.

Volvieron a reír, y mi informador añadió:

—Creo que su madre se ha muerto.

—¿Sí? —preguntaron.

—Sí. De la impresión.

Al decirlo hacía con la mano el gesto de pegar. Debía tener gracia el eufemismo, porque todos rompieron a reír.

Para ver a los presos que estaban en Medina eran necesarios tres permisos, porque dependían de tres jurisdicciones, según decía muy satisfecho uno de esos señores. Los otros le preguntaron qué jurisdicciones eran, y respondió —como ya dijimos al principio— que sobre cada uno pesaba «la ordinaria», «la milita» y «la trinca». La trinca era, según decían, «lo gubernativo».

Aunque parecía una broma de mal gusto, era verdad. Había que conseguir permisos del gobernador o el alcalde —éste no se atrevía a darlos—, del juez militar y del civil. Cada uno de éstos se disculpaba con el otro. Tampoco el gobernador —con quién habíamos coincidido en la fonda— quiso darlo, excusándose con los jueces. Habíamos hablado de los sucesos. El gobernador no creía que el hambre en aquella zona fuera la única determinante. No creía en el hambre. Bien es verdad que acababa de levantarse de la mesa y que en aquella fonda no se come mal.

La ley se iba infiltrando, a través del terror, en toda la comarca. Una vez más aparecían los hechos confirmando esa impresión del sistema feudal de la economía y, por lo tanto, de la vida entera de Andalucía, donde las autoridades republicanas burguesas están al servicio de los viejos señores y son sus fieles esclavos. En el caso de Casas Viejas, actuaron como simples verdugos a las órdenes de los terratenientes. Las cuestiones se plantean directa y desnudamente entre capital y trabajo. No entre capital burgués democrático y liberal, que hace concesiones, ni entre obreros acostumbrados al jornal y aun nivel decoroso de vida, sino entre el señor omnipotente y la masa hambrienta y desesperada. Por primera vez va a entrar en una contienda de este género un factor nuevo: la justicia republicana, creada y aprobada por los socialistas. Los Códigos votados por las Cortes. Bien es verdad que la subsistencia de esos tres «procedimientos» hace que sobre cada uno de los procesados pesen todas las violencias incomprensivas y vengativas de la vieja justicia feudal, porque si el civil no acepta la pena de muerte, en cambio la acepta el militar, y no hay ningún detenido que no esté sometido a los dos. La justicia «socialista» y burguesa se ha encarado con los hechos con el viejo criterio medieval de horca y cuchillo.

Un dato tristemente pintoresco figura entre nuestras notas. Nos lo facilitaron los mismos terratenientes que hablaban de los «tres procedimientos». Uno de los campesinos que huyeron al campo se presentó a una pareja de la Guardia civil, en la carretera, enseñándoles, a una distancia respetable, una pistola. Le conminaron con disparar si no la arrojaba, y el campesino obedeció, tirándola al suelo. La recogió la Guardia civil y lo detuvo. Al preguntarle por el arma, dijo que se la había facilitado un compañero, cuyo nombre dio. Preguntado éste, dio a su vez el nombre de otro. La cadena fue alargándose. Según nuestros informadores, hay dieciocho .procesados por esa pistola. El último resultó que se la había robado al dueño de un cortijo. Éste no ha sido procesado. Hemos averiguado, sin extrañarnos, naturalmente, que en el desarme general del pueblo de Casas Viejas no entraron los propietarios.


Ramón J. Sender
Viaje a la aldea del crimen (Documental de Casas Viejas),  1933















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