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1872. Despachos de la guerra civil española I

Entre la  primavera de 1937 y el verano de 1938, Ernest Hemingway escribió desde el escenario bélico español para la NANA (North American Newspaper Alliance) treinta crónicas informando sobre de la marcha de la guerra española.



París, 12 de marzo de 1937

Washington parece escéptico sobre la identidad de Sidney Franklin[1] como periodista verdadero. He hablado con Washington esta tarde y he sacado la impresión de que no creen en la existencia de un animal llamado ayudante de corresponsal de guerra o que uno pueda convertirse en periodista de la noche a la mañana. Lo único que puedo decir es que, debido al carácter extremadamente difícil y peculiar de esta tarea, necesito sin falta un ayudante a quien, dicho sea de paso, pago de mi propio bolsillo. Franklin es universitario, tiene veintiún años, sabe leer y escribir el español y conoce perfectamente la situación, lo cual es más de lo que yo podría esperar en la vida, y me resultaría muy útil en Madrid para cuestiones de archivo, etcétera… mientras yo estoy ocupado en el frente. Jack Dempsey se hizo periodista de la noche a la mañana, así que, ¿por qué no Franklin? Y se debe necesitar una mente oficial para imaginar que Franklin, que como torero de éxito es rico, intenta convencer al Departamento de Estado para que le deje luchar contra los partidarios de Franco por cinco o diez pesetas diarias.

Espero que entretanto las cosas se arreglen por sí mismas, así que es inútil que Franklin o yo protestemos antes de conocer su destino final. Sé que Franklin no desea hablar hasta el momento en que la protesta esté justificada. De momento iré solo, si es necesario. He hecho planes para partir el sábado hacia Toulouse y de allí volver en avión a España y espero de verdad que Franklin pueda acompañarme. Aún parece haber tiempo para arreglar el asunto.


Toulouse, 15 de marzo de 1937

El día en que el Departamento de Estado americano, siguiendo su política de la más estricta neutralidad, negó a Sidney Franklin la autorización de quedarse en España y ganarse la vida como corresponsal de guerra, temiendo que se dedicase a torear, doce mil soldados italianos se embarcaron en Málaga y Cádiz.

Mientras tanto, el control francés de la frontera para cerrar el paso a voluntarios extranjeros es tan estricto que a madame Stattelman, exenfermera de la Cruz Roja que sirvió con el ejército francés durante la guerra y ciudadana suiza de sesenta años, le ha sido denegado el pasaporte para entrar en España tanto en Toulouse como en Burdeos. Llevaba provisiones y leche enlatada para los desnutridos niños refugiados de Madrid. En cambio, yo no he tenido dificultades para cruzar la frontera y ahora escribo este despacho justo antes de volar a territorio gubernamental en España.

Me informa una fuente muy digna de crédito que las tropas regulares italianas que se encuentran ahora en España ascienden a 88 000. Las tropas alemanas, según el mismo informador, que acaba de llegar de España donde ha estado en una delicada misión, oscilaban entre 16 000 y 20 000 como máximo y eran en su mayoría aviadores, mecánicos, personal antiaéreo y de señales, tanquistas, ingenieros y otros técnicos. Tienen base en Salamanca y están bajo el mando del general alemán Faupel. Estas tropas sufrieron importantes bajas durante el ataque a Madrid del 7 de enero y en luchas recientes en el río Jarama. El mismo informador me dijo que en Salamanca puede verse cada día la llegada de camiones desde Portugal cargados con material alemán y conducidos por portugueses que visten uniformes del ejército portugués.

El ejército franquista ha reclinado también tropas senegalesas y algunos combatientes han confundido a estos soldados de piel negra y brillante con askaris italianos. Que yo sepa, no hay ahora en España tropas nativas italianas y tampoco infantería alemana operando como unidades, pero un número indeterminado de tropas alemanas se ha alistado individualmente en la Legión Extranjera Nacionalista en Marruecos, adonde los ha enviado el gobierno alemán. El número exacto no se puede averiguar, pero es un hecho conocido que el alistamiento alemán normal en la Legión Extranjera española es siempre considerable.

En los cuarteles de la Reichswehr, en Munich, se fijaron el pasado enero carteles ofreciendo «recompensas de 1000 marcos a los voluntarios para España. Vean al ayudante». El número de hombres alistados de este modo no se puede comprobar, pero continúa siendo un hecho que Alemania e Italia son países donde los ciudadanos no pueden marcharse con ningún propósito sin autorización del gobierno.

Hoy he viajado de Toulouse a la frontera española del Mediterráneo y he podido comprobar la eficacia del control fronterizo francés. Es realmente efectivo. Desde el 20 de febrero nadie ha obtenido permiso para abandonar Francia con destino a España sin un pasaporte provisto de un visado especial del gobierno francés y otro visado que el titular solo puede conseguir solicitándolo a su consulado o embajada.

En la sinuosa carretera bordeada de árboles a través de los cuales podíamos ver los picos nevados y nubosos de los Pirineos, nuestro coche era el único vehículo. A veinte kilómetros del importante puesto fronterizo de Le Perthus nos detuvieron dos guardias móviles con bayonetas caladas que no nos permitieron continuar hasta que les enseñamos las debidas credenciales. La carretera subía sin cesar por las laderas rocosas, salpicadas de almendros floridos; dos guardias más con bayonetas caladas volvieron a detenernos antes de llegar a la barrera final de Le Perthus, donde nos interrogó el comisario de policía.

Nos enteramos de que ningún viajero había pasado por esta carretera, antes la más importante para entrar en España, salvo «algunos diplomáticos». «Ni siquiera ustedes —dijo—, por muchos documentos que tuvieran, podrían pasar esa línea sin el nuevo visado, y si pasaran con dicho visado y regresaran, tendrían que volver a su embajada a solicitar otro».

La vigilancia fue igualmente rigurosa en el otro puesto fronterizo, aunque ninguno de los guardias sabía cuándo llegaría el coronel danés Lunn, que está a cargo del Control Internacional de la frontera francesa. Hasta ahora los controles son completamente eficaces. A la vuelta solo nos cruzamos con un coche en sesenta y cinco kilómetros, por esta carretera que antes estaba atestada de tráfico en dirección a España.

Hay mucho espionaje y contraespionaje en ambos lados de la frontera, y los que tienen algo que comunicar eligen con mucho cuidado las sillas de los cafés, que son centros distribuidores de toda clase de información. Un camarero atento recibe ahora una mirada malévola en vez de una propina, pero sea cual sea el lado del que esté la gente, todos coinciden en una cosa: la frontera francesa está cerrada herméticamente. 


Valencia, 17 de marzo de 1937

Ayer por la mañana mientras sobrevolábamos el barrio comercial de Barcelona, las calles estaban vacías. Había tanta quietud como en el centro comercial de Nueva York una mañana de domingo. Cuando el avión de Air France procedente de Toulouse aterrizó suavemente sobre la pista de cemento y dio una estruendosa media vuelta para detenerse ante un pequeño edificio donde de, helados por el viaje sobre los nevados Pirineos, nos calentamos las manos en torno a tazas de café con leche mientras tres guardias con chaqueta de cuero bromeaban en el exterior, supimos el porqué de la momentánea quietud reinante en Barcelona. Un bombardero trimotor acababa de estar allí con dos cazas de escolta para descargar sus bombas sobre la ciudad, causando siete muertos y treinta y cuatro heridos. Por media hora no habíamos estado en medio mientras los ahuyentaban los cazas del gobierno. Personal mente, no lo lamenté. Nosotros también éramos un aparato trimotor y podría haber habido una confusión.

Volando bajo hasta Alicante por la costa, sobre playas blancas y pueblos grises con castillos o sobre el mar rizado contra los promontorios rocosos, no vimos ningún signo de la guerra. Circulaban trenes, animales labraban los campos, zarpaban buques de pesca y fábricas vomitaban humo. Luego, sobre Tarragona, todos los pasajeros se apiñaron en el lado del avión que daba a tierra para ver por las ventanillas la quilla carenada de un carguero visiblemente dañada por fuego de cañón, que lo había hecho embarrancar con su cargamento. Yacía varado y contra la arena, y en el agua clara parecía, desde el aire, una ballena con chimeneas que había ido a morir a la playa.

Pasamos sobre la rica llanura verde oscura de Valencia, tachonada de casas blancas, el activo puerto y la gran ciudad desparramada; cruzamos los arrozales y sobrevolamos la agreste cordillera, desde donde tuvimos una vista de águila de la civilización, y descendimos, silbándonos los oídos, hasta el brillante mar azul y el litoral de Alicante, de aspecto africano, bordeado de palmeras.

El avión siguió zumbando con destino a Marruecos, mientras nosotros íbamos a Alicante desde el aeropuerto en un ruidoso y destartalado autobús con el que llegamos al centro de una celebración que atestaba el bello paseo marítimo bordeado de palmeras y llenaba las calles con una inquieta multitud. Llamaban a los reclutas de veintiún a veintiséis años, y sus chicas y familias celebraban su reclutamiento y la victoria sobre las tropas regulares italianas en el frente de Guadalajara, marchando del brazo en hileras de cuatro cantando y tocando acordeones y guitarras, Los barcos de recreo del puerto de Alicante estaban llenos hasta los topes de parejas cogidas de la mano que hacían su última excursión juntas; pero en tierra, donde las tupidas filas ante los centros de reclutamiento ocupaban todas las calles, el ambiente era de bulliciosa celebración.

Por toda la costa hasta Valencia encontramos estas multitudes jubilosas que, más que la guerra, me recordaban los viejos días de ferias y fiestas. Lo único que prestaba realidad a la guerra eran los heridos convalecientes que cojeaban, vestidos con gruesos uniformes de milicianos. La comida, en especial la carne, estaba racionada en Alicante, pero en los pueblos de las afueras vi carnicerías abiertas donde se vendía carne sin hacer cola.

Al entrar en Valencia en la oscuridad través de kilómetros de naranjos en flor, la fragancia del azahar, densa y fuerte a pesar del polvo de la carretera, hizo pensar en una boda a este corresponsal medio dormido Pero aun estando medio dormido, al ver las luces hender el polvo uno sabía que no era una boda italiana lo que estaban celebrando.


Ernest Hemingway
Despachos de la Guerra civil española (1937-1938)






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