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1875. Retrato de Miguel Hernández en la guerra





Amigos y compañeros todos en el recuerdo de nuestro Miguel. Entre los esbozos que hoy podríamos hacer de su persona los que le conocimos, a mí siempre me parece estarle viendo en el retrato físico de sus tiempos de la guerra española.

Unas botas recias. Un viejo pantalón pasado por tierra y por agua, una camisa caqui y, si hacía frío, un cuero. Nada sobre la cabeza. Venía hacia Madrid o se encaminaba a su destino, y parado en medio de la carretera, esperaba a que alguien le condujese. A veces pasaba un camión lleno de hombres de varias condición: todos combatientes. Miguel levantaba la mano. El vehículo se detenía: “Sube, amigo”. Un salto y Miguel quedaba mezclado entre todos.

Como lo que parecía y era: uno de ellos. 

Cuando él en la intimidad decía sus versos, se le notaba la voz clara. Lo primero en que pensaba era en el sonido del arroyo. Los arroyos de su Levante. Tenía una voz nunca oscura, porque hasta en los acentos dramáticos podrá sonar claramente herida, pero no sepultada. Recitaba con sobriedad, vivaz más que lento, brioso, sí, como exigía tantas veces su obra. Y empezaba quieto, altos los ojos, mirando allá al fondo, la mano aún caída, y cuando la temperatura había calentado no sólo su garganta, sino todo su cuerpo, entonces miraba a su interlocutor (nunca como en Miguel se sentía que poesía es diálogo), individualizando la comunicación, pronunciándola a cada uno de los que le escuchaban: Juan, Juan, Roque, Manuel, con sus nombres distintos.

Cuando los oyentes eran muchos, el proceso era el mismo. “!Amigos!” o “¡Hermanos!”. El vocativo era para cada cual, y cada cual se sentía mirado y hablado, yo diría caminado y vivido, unido en un largo intercambio que había empezado mucho antes y que no podría terminar al cerrarse la boca.

Había que ver a Miguel con su tez propagada, el ocre de sus pómulos, subido un punto de su color, nunca rojo, porque la tierra no arde pero guarda el fuego, exhalar sus palabras, tenso el brazo, la voz más clara que nunca, y ya no con el son del arroyo, sino con la voz del hombre cuando sale del pecho

Henchido pecho y voz en él. 

He oído a muchos poetas decir sus versos. Pocos me han dado esa sensación tan completa del hombre expresado, en acto, desde la desnuda garganta.


Vicente Aleixandre
Homenaje de los pueblos de España a Miguel Hernández, 1976




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