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1903. Un año de guerrillas en Galicia

Domingo Mateo se llama. Es de la provincia de Orense, distrito de Valdeorras. Me le encuentro junto a su paisano Santiago Álvarez. Es un hombre de cuarenta y dos años, enjuto, con esa enjutez de piedra que dan los soles y los montes de España a los cuerpos trabajadores. Moreno, con unos ojos que se encienden alegremente cuando habla, con una alegría varonil, de hombre que sabe mucho de sufrimiento y de las cosas de la vida. Habla con el acento de dulzura que da a las voces de sus pobladores la naturaleza de Galicia: con una lentitud de lluvia lenta y buena.

Al enterarme de su procedencia, de su milagrosa incorporación al campo leal, quiero saber cuanto pueda contarme de lo sucedido en su región. Hoy, 11 de diciembre, sentados en una era, quitándonos el frío, en una sierra de Aragón, ante el sol de la mañana, Domingo y yo conversamos. Por la carretera vecina circulan fuerzas de nuestro Ejército, silbando, cantando, tosiendo, con los capotes y las mantas apretadas sobre el rostro, y el fusil sobresale detrás de sus cabezas con escarcha y con sol.

Domingo Mateo habla con sencillez, queriendo expresar con las manos aquello que no acierta a decir con la boca de momento. Inicia el relato:

Un grupo de unos doscientos campesinos, al estallar la traición del fascismo, que ocupó Galicia casi por completo desde los primeros días, se reunió en Valdeorras y decidió pasar a Asturias, ya que se le venían encima numerosas fuerzas contrarias, a las que hubiera sido inútil ofrecer resistencia. El intento de paso a la región vecina quedó frustrado porque les cerraban por todas partes los sublevados. El grupo de los doscientos campesinos hubo de dividirse en tres, y uno de ellos consiguió filtrarse entre las filas enemigas y llegar hasta los frentes, donde los mineros asturianos empezaban a dictar una epopeya que nadie ha escrito todavía.

Domingo Mateo, hecho responsable de su grupo de campesinos, unos armados con escopetas, otros con cuchillos y otros con nada, hizo repetidos intentos de filtración por los montes de Lugo; pero una noche, atravesando las sierras, en uno de los intentos, tropezó con tan mala suerte en la oscuridad, que rodó por un terraplén y vino a disparársele la escopeta. La bala agujereó su mano derecha. Hubo de separarse del grupo que capitaneaba hasta la curación de la herida, y por este motivo perdió el contacto con sus compañeros, que tal vez pudieron salvar las enormes dificultades que las fuerzas reaccionarias ofrecían para entrar en la leal Asturias.

Domingo curó su herida en los chozos del campo con los procedimientos y medicinas usados por los lugareños. Luego se dio a indagar el paradero de los del grupo y no pudo averiguarlo. Pronto encontró otro núcleo de luchadores, internado y esparcido por los montes de las provincias de León, Orense y Lugo. Les habló de formar una guerrilla entusiasmadamente: algunos dudaban, otros se negaban, otros dijeron de seguirle, y, finalmente, logró decidirlos a todos, armarlos buena y malamente de escopetas y cuchillos, y comenzar una lucha sorda, expuesta, penosa, la lucha de los guerrilleros, de los hombres que ganan tantas batallas y no hay quien lo sepa sino ellos; no hay quien los anime, si no es su propio entusiasmo; no hay quien los alimente y les dé pólvora si no es su heroísmo solitario, rodeado por todas partes de peligros.

La guerrilla y los campesinos

En febrero de 1937, en una de las últimas tentativas de pasar a la tierra asturiana, fueron sorprendidos por las nevadas en el Puerto del Faro. El afán por entrar en terreno amigo les impulsaba a tramontar las cumbres. La nieve crecía, como si quisiera devorarlos: empezó por morderles los pies, ascendía silenciosa por sus piernas. Ellos continuaban subiendo en busca de las cumbres. Llegó un momento en que la nieve amenazó sepultarlos, enterrarlos sin tierra, en su frialdad devoradora. Y los guerrilleros, ante la tremenda amenaza blanca, para no hundirse, se dejaron caer rodando a lo largo de las pendientes cuajadas hasta los valles de Fonteformosa.

Domingo me pide que haga resaltar el compañerismo de los campesinos gallegos, quienes les auxiliaron y les atendieron en todas las necesidades creadas por su condición de hombres perseguidos. Compañerismo que llegaba a poner en riesgo de muerte la vida de dichos campesinos, porque los traidores mataban a quienes amparaban a los trabajadores que no se sometían servilmente. Me habla, además, del espíritu religioso de aquellas criaturas, para quienes Dios es una cosa tan pura que Domingo Mateo no se atrevía a distraer la inocente creencia, sabedor de que es el único apoyo espiritual del pueblo esclavizado y ciego.

- El día que esos campesinos tengan ocasión de comprobar los misterios de la naturaleza, podremos discutir a Dios con ellos -comenta Domingo con su voz de lluvia despaciosa.

- Esto es muy verdad, ¿eh? Cada vez que me acuerdo me corta la sangre. Iba yo en busca de más guerrilleros, ya que sabía podía encontrarlos y aumentar mi cuadrilla, compuesta de quince por aquel entonces. Era de día y no podía llevar la escopeta. En el camino oí llorar, y veo un muchacho, de unos doce años, doblado sobre una piedra, a lágrima viva. Cuando me acerco a él veo aparecer varios fascistas, y me escondo. Llegaron hasta el muchacho, le preguntaron por qué lloraba. "Choro porque acaban de matar a meu pai." "Cala, neno, cala -replicó el fascista que le había interrogado-. Pronto vas parar de chorar." Le hicieron varios disparos en la cabeza y calló el muchacho sin llanto, mudo, sorprendido en su dolor de niño pobre que va a llevar el remudo a su padre y le encuentra asesinado. Los fascistas pisotearon al niño y la ropa que llevaba, y sobre el cadáver, que enternecía a las piedras, tendieron el brazo como un puñal seco y gritaron, irritados por el dolor y el color de la sangre inocente: "¡Arriba España! ¡Arriba España!" Me sentí herido de rabia. No sé cómo tuve fuerzas para sujetarme en ellas. Cada vez que recuerdo al muchacho… (Domingo muerde una interjección con toda la fuerza de su vida).

María Quiroga

Pedro Quiroga, Eladio Rodríguez, Gerardo Núñez, Benjamín y Florindo… Estos son los nombres de algunos de los guerrilleros más combativos que figuraban en la guerrilla de Mateo. Unos han caído, otros quedan en Galicia, otros se encuentran entre nosotros con una firme voluntad de vencer al fascismo, a la invasión que intenta sojuzgarnos.

María Quiroga, hermana de Pedro, es la única mujer que acompaña a la guerrilla en sus aventuras. No interviene en ellas, pero es quien vela por la limpieza de la ropa de los guerrilleros y quien lava, cocina y zurce. Cuando el tiempo se desarrolla con rigores de lluvia, fríos o calores excesivos, queda oculta en la casa de algún campesino conocido, y, a veces, sola en las breñas. Alguna vez quedaba al cuidado del guerrillero que, en los largos recorridos y las expuestas labores de la guerrilla, salía herido o lastimado.

- ¡Qué mujer más fuerte y más decidida! Ni un caballo como ella -elogia Domingo-. Cuando pudimos entrar en Asturias, lo hicimos atravesando muchas asperezas y calamidades, y ella no desfalleció nunca.

Justicia popular

Los crímenes que veían cometer Mateo y sus compañeros a los fascistas, crímenes acometidos a diario, numerosamente, en los mejores hijos de Galicia, eran vengados por los guerrilleros, que buscaban y hallaban ocasión de tomar venganza en los jefes provocadores y propagadores de los innumerables asesinatos.

Domingo describe la bajeza inhumana de uno de los repugnantes cabecillas, al cual consiguieron cazar y eliminar. Era un campesino enriquecido, entregado a la pasión de acumular dinero. Traicionando su origen pobre, erigiéndose en uno de los primeros lacayos del capitalismo de una de las provincias gallegas. Desde el principio del movimiento empleaba sus actividades en perseguir, delatar, provocar la muerte o el encarcelamiento de los vecinos pobres que no secundaban sus intenciones ni artes. Este individuo, en una de sus muchas correrías con trazos ridículamente detectivescos, halló unas mantas que los guerrilleros tenían ocultas en el monte. Bajó con ellas al cuartel de la Guardia Civil, y alrededor de las mantas inventó una historia que le acusaba de valiente: según él, había conquistado las mantas en las manos de los guerrilleros, a los cuales, según su mentirosa historia, había hecho correr monte arriba a chinazos. Enterados los guerrilleros de la cuestión, fueron una noche a sacarle las mantas de la casa del bajo detective. En la plaza del pueblo advirtieron pisadas, y murmuraron ¡alto! de modo que sólo quienes se acercaban pudieran oírlo. Pero el ruido de un gatillo levantado raudamente les advirtió que aquéllos no venían dispuestos a detenerse. Hicieron fuego y abandonaron el lugar. Al día siguiente supieron que el individuo que les hurtó las mantas amaneció muerto en medio de la plaza.

En un Ayuntamiento de la provincia de León, dictaba órdenes sangrientas el alcaldillo del mismo. La guerrilla tuvo conocimientos de la maldad y se internó en los montes próximos al lugar donde residía el dañino. Y espera que te espera, hasta que le cogieron. Enterados los guerrilleros de que el alcalde había de hacer un viaje en determinada dirección, se pusieron al acecho cerca del camino por donde forzosamente había de transitar. Venía el tal entre varios falangistas cumplidores de sus tristes sentencias. Cuando le tuvieron a tiro, hicieron fuego sobre él, los otros huyeron, y el alcalde pretendía escapar herido entre unas peñas. Se le remató, se le arrojó a un río próximo al camino, y la corriente se llevó el cuerpo.


Miguel Hernández
Pasaremos,  Órgano de la 11 División. 
12 de Marzo de 1938



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