Lo Último

1944. ¡Mujeres, a votar!




Nuestra colaboradora Josefina Carabias ha recorrido varias provincias castellanas y numerosos pueblos del Norte para dar a conocer a los lectores de Estampa laa actitud de las mujeres españolas ante las contiendas políticas, en las que han sidoo invitadtas a intervenir par la República que les ha concedido él voto. Por primera vez mañana, las mujeres españolas harán uso del derecho del sufragio. Vean en el reportaje que publicamos a continuatñón lo que opinan las nuevas electoras.

Mañana acudirán por primera vez a las urnas las mujeres españolas


A dos kilómetros de un pueblecito de la provincia de Ávila encontramos una mujer que caminaba detrás de un borrico cargado de leña. Al vernos parados en medio de la carretera se detuvo y se dirigió a nosotros con aire jovial.

—¿Qué les pasa a ustés? Es quizás que se les ha estropeao el atomovil. Velay, el mío no marra… 

La mujer era simpática, y después de haberse pasado la tarde sola en el campo haciendo leña, tenía ganas de conversación. 

—Si ustés creen que yo les puedo ayudar en algo —continuó—, aquí estoy pa todo lo que gusten de mandar, y si la señorita tiene prisa por llegar al pueblo, yo no puedo hacer más que dejar aquí la leña y llevarla en el burro. 

—No…, déjelo…, esto va a ser cosa de poco tiempo… 

—¿Y eso qué importa? La señorita se viene conmigo en el burro y luego, si el chaufe arregla eso pronto y nos ataja, pos con amontarse otra vez en el auto…, to arreglao. 

Tal acento de sinceridad puso la pobre mujer en sus palabras que me hizo aceptar, con la condición de que no descargara la leña. Yo iría con ella caminando detrás del burro. 

—Este pueblo está muy revolucionao —me iba diciendo la mujer por el camino—. Eso que llaman ahora la cuestión social nos trae de cabeza. Casualmente yo iba hoy con prisa, porque a las ocho tenemos las mujeres una junta en la Casa del Pueblo… 

—¿Las mujeres? 

—Sí, nosotras solas. Desde que ha venido la República mandamos las mujeres en los pueblos tanto como los hombres. Antes ellos no nos dejaban meter baza en nada, pero ahora, con el aquel de que tenemos voto, pues que se han dao cuenta de que nos tienen que dejar mangonear. 

—¿Y qué es lo que hacen ustedes?

—Pues muchas cosas y mejor que ellos, porque las mujeres tenemos más valentía y más coraje. 

—¿Y a usted le parece bien que les hayan concedido el voto? 

—Toma, pues no me ha de parecer bien. ¿No semos igual que los hombres pa trabajar y pa pasar penas? Pues así debe ser pa todo. Pa lo bueno y pa lo malo. Deseando estoy que llegue el día de los votos. Aquí va a ser pronto. En este mes creo que hay elecciones aquí, en el pueblo… Lo que no sabemos ahora es quiénes van a ser los que presentemos pa concejales. Por eso esta noche nos juntamos pa desaminarlo. Va a haber sus más y sus menos, no crea usted, pero si no son del agrado nuestro, de las mujeres, no se presenta ninguno. Ya que votamos que sea a gusto.

—¿Y por qué no se presenta alguna mujer?…

 —Eso ya nos parece mucho. Y eso que no crea usted que lo haríamos mal. Yo he leído en la Estampa que hay algunos pueblos donde son alcaldes las mujeres, y creo que los vecinos están tan «ricamente» con ellas.


Desde la princesa altiva a la que pasea en ruin barca…

Cuando estábamos a unos pasos del pueblo, yo manifesté a la campesina mi deseo de acudir con ella a la reunión que iban a celebrar las mujeres. Me miró de arriba abajo, entre alegre y agradecida, pero luego, pensándolo mejor, contestó melancólicamente. 

—Si hace usted eso aquí, en el pueblo, la mirarán mal… 

—¿Por qué? 

—Pues porque está mal visto que una señorita entre en la Casa del Pueblo. 

—¿Es que aquí ninguna lo hace? 

—Claro… Fíjese hay dos señoritas que son republicanas nada más, y todo el señorío del pueblo parece que las mira por encima del hombro. 

—¡Ah!, ya comprendo; es que, por lo visto, aquí se ve mal que las señoritas se mezclen en cuestiones políticas. 

Mi interlocutora me saca en seguida del error en que estoy. Parece ser que desde el advenimiento de la República, las señoras y señoritas del pueblo que antes solo se dedicaban a hacer jerseys de punto y a otras labores no menos propias de su sexo, se han entregado a la política con un ardor insospechado. No pasa día sin que celebren un mitin o una reunión, y se pasan la vida hablando de Azaña, de Lerroux, de Gil Robles y de los socialistas. Por las tardes, en lugar de reunirse a jugar a las prendas, acuden todas a casa del médico, que tiene un aparato de radio, y allí se pasan las horas esperando a que el spiquer vaya dando noticias de la sesión del Congreso. Lo que pasa, y por lo que la campesina quiere disuadirme de mi propósito de ir a la Casa del Pueblo, es que aquí todas las señoritas pertenecen a la extrema derecha. 

—Por eso le digo —continúa— que si usted quiere tratarse con la gente de su clase no venga con nosotras, porque la mirarán mal. Por otra cosa, no. Pues anda que no se meten poco ellas en que si los menistros hacen o dejan de hacer. Hasta periódicos leen ya; no le digo a usted más. 

—¿Es que antes no los leían? 

—Antes de la República no cogían «el papel» en este pueblo ni cinco personas. En cambio, ahora…, hasta los niños saben cómo se llaman los deputados. El día de las elecciones se va a armar una… Apuesto cualquier cosa a que más de cuatro se tiran del moño… o de la melena, es lo mismo. 

—¿Y quién vencerá? 

—Eso no se sabe… Claro que nosotras semos más. Pero ya habrá alguna de las nuestras que venda el voto. Después de to, está disculpao. Hay tanta necesidá… Y luego que las señoras, tratándose de política, no les escuece de dar el dinero que haga falta.


Lolita, Carmen, Angelines…, habéis cambiado mucho


Estuve en la Casa del Pueblo y he estado también en otras Casas del Pueblo de otros muchos lugares de Castilla. El problema está planteado casi en idénticos términos en todos los pueblos pequeños. Lo que es absolutamente igual en todas partes es el desmedido interés que les ha entrado de pronto a todas las mujeres españolas por los asuntos políticos. Hace raro oír a las comedidas y peripuestas señoritas de provincias discutir acaloradamente en los paseos, en los bailes y en los cines, tan acaloradamente como se discute en los pasillos del Congreso o en las redacciones de los periódicos. Durante mi viaje he visto a todas esas musas azorinianas que se llaman Julitas, Rosarios, Marías del Carmen, Pepitas, Sagrarios, Lolas… Las he visto pasear su aire melancólico y entonado por el Espolón, de Burgos; por el Salón, de Segovia; por el Rastro, de Ávila; por el Miradero, de Toledo; por el Campo Grande, de Valladolid. Las he oído conversar con sus novios tenientes y he percibido cómo, lejos de bajar los ojos, ruborosas, ante los encendidos piropos de ellos, que era lo que hacían sus madres, se volvían airadas para decirles: 


—¿Pero de verdad estáis contentos con Azaña? O bien, si daba la casualidad de que el novio era paisano: —Desengáñate, Paco: es imprescindible que se retiren del Poder los socialistas. 


Si «Azorín» escribiera otro libro como Los Pueblos…, ¡qué cosas tan distintas tendría que recoger dentro del mismo marco de las provincias españolas!



¡Cuidado!


A pesar de todo esto, yo sé que en Burgos hay algunas señoritas de la mejor sociedad que, sin perder su empaque y sus buenas costumbres, están conformes con que las cosas sigan como están, y hasta traigo una carta de un personaje de la República para una de estas señoritas. Con la carta en la mano me he presentado en su casa. De la portería ha salido una viejecita tan arrugada, tan encogidica, tan flaca, que parece una momia. Al preguntarle por la señorita en cuestión me ha metido en su cuchitril y con mucho misterio ha comenzado a decirme. 


—La señorita no está… De todos modos, si usted quiere subir…; pero no, mejor será que no suba. Yo no sé a qué vendrá usted, pero me lo figuro, sabiendo que es usted de Madrid y que trae una carta. 


—¡Señora, qué intuición! —le contesto sin poder contenerme.


—Yo tengo muchos años y pocas veces me equivoco. Le digo que no suba porque los señores, vamos, los padres, no son de las mismas ideas que la señorita. ¿Usted me comprende? Los señores están disgustados porque quisieran que la señorita fuese como su prima, de esas que…, vamos, de esas que…, en fin, una es vieja y no sabe explicarse. A la señorita, ¿sabe usted?, le gusta poco de ir a la iglesia. Va a misa, eso sí, pero no como la prima, que se pasa la vida entre curas y monjas. El tío, en cambio, es de las mismas ideas que la señorita y a casa del tío es donde le escriben para todas esas cosas. Ese es el que la defiende cuando le riñen los papás, ¡y si viera usted cómo le riñen…! Pero ella, duro con que sus ideas son las mejores y no hay quien la haga volverse atrás. Es muy lista, y ¡cómo se explica! Talmente como un abogao. A casa de su tío sí que podía usted ir, porque ya le he dicho que ese es quien le ayuda. Pero el caso es que yo no sé dónde vive. Si estuviera aquí mi nieta, ella sabe muy bien todas esas cosas y podía acompañarla a usted. Mi nieta también es de las ideas de la señorita y de su tío… 


Media hora larga se ha pasado la vieja contándome en voz muy queda el hondo drama familiar producido a causa de la disparidad de criterios políticos de los vecinos del principal. Pero parece ser que no es solo en ese piso donde hay discrepancias. Los del segundo también arman cada pelea que estremece a toda la casa. Aquí los choques son entre el matrimonio. Parece que el señor es un republicano de los llamados históricos, pero no obstante la remota fecha de que datan sus sentimientos políticos, el matrimonio habría vivido feliz, porque la señora jamás se había ocupado de esos asuntos. Ahora es otra cosa. La señora se ha hecho militante y ya no hay paz posible, porque así como el hombre pasó diez, veinte, quizá treinta años sin intentar siquiera hacer de su esposa una correligionaria, la esposa, que ya tiene opinión y hasta voto, no se resigna en modo alguno a que su marido no piense como ella. 


—Esto de que las mujeres se metan en las cosas de los hombres y «echen» discursos como ellos, va a traer muchos disgustos, créame usted —concluye, filosóficamente, la vieja portera que me ha puesto al corriente de estos dramas domésticos.



En Valladolid


—En el último piso de esta casa —me dice mi acompañante— vive una señora que es miembro directivo de la Unión Femenina Republicana. Suba usted. Se trata de una mujer muy inteligente y muy simpática. Ella le facilitará todos los detalles que usted desea conocer. 


He subido resueltamente, pero al llegar al último piso me he sentido perpleja un momento. Las dos puertas que dan al descansillo de la escalera y que pertenecen a otros tantos inquilinos de la casa, ostentan sobre sí sendas placas del Corazón de Jesús. Yo bien sé que no es ni debe ser incompatible el fervor místico con el entusiasmo republicano, pero durante este viaje que estoy haciendo por los pueblos de España me he convencido de que la mayoría de las señoras de provincias están firmes en el error de que ambas cosas no pueden compaginarse. Por eso he vacilado un poco antes de llamar a la puerta que se me había indicado. La señora de la casa acude amabilísima a mi requerimiento. Es una mujer de gran empaque señoril, y, además, muy guapa. Respira serenidad y su conversación es extremadamente amena y agradable. 


—Mire usted —me dice—, una de las cosas que más me entristecen es que se empequeñezca la religión hasta el punto de mezclarla con las cosas políticas. Yo soy profundamente religiosa, y a la gente le extraña que esto sea compatible con la devoción que, lo mismo mis hijos que yo, sentimos por la República. En casa somos republicanos, y lo hemos sido siempre, sin que estas ideas hayan perturbado lo más mínimo nuestros sentimientos católicos.


La viuda de G. Santelices, tesorera de Unión Republicana Femenina, que es quien me habla, tiene muchísima razón en esto y en otras muchas cosas que me ha dicho. En Valladolid todo el mundo la quiere y la respeta. Desde los diecisiete años viene ejerciendo el magisterio en la capital. Aquí han nacido sus hijos y se han hecho hombres y ella ha educado a varias generaciones de muchachos, a quienes ha sabido inculcar las ideas profundamente humanas y profundamente democráticas que son producto de su claro talento. 


—¿Y cómo se les ocurrió a ustedes fundar la Unión Republicana Femenina? 


—Pues muy sencillo. En Valladolid hay muchas señoras y señoritas de ideas liberales y demócratas. Al empezar la mujer a intervenir en política, cada una, como es lógico, pensó en incorporarse al partido que le resultase más afín, pero poco después entendimos que era mejor unirnos todas y fundar una agrupación en la que teníamos un sentimiento común: el amor a la República, que está por encima de los matices de partido. Por eso fundamos la Unión Republicana Femenina de Valladolid, federada con la que en Madrid preside Clara Campoamor. En nuestra Unión hay mujeres de todos los matices, dentro del republicanismo se entiende. Al principio solo éramos unas pocas, pero después hemos ido aumentando y hoy pasamos de doscientas. Para una capital como Valladolid creo es bastante. 


—¿Y qué tipo de mujeres es el que más abunda dentro de la Unión? 


—Hay muchas señoras casadas, esposas de profesores, de funcionarios. Estas señoras nunca se hubieran decidido a militar en los partidos; en cambio, aquí están tan contentas. Hay también chicas jóvenes, estudiantas, profesoras, obreras… Puede decirse que casi todas las mujeres de Valladolid son militantes. Las que no están con nosotras están en Acción Popular o en el Grupo Femenino del Partido Socialista, fundado recientemente y bastante numeroso. Todavía no tenemos domicilio social propio, pero la generosidad de los socios del Ateneo de Valladolid ha suplido esta deficiencia. En el Ateneo nos reunimos y allí celebramos nuestras conferencias y los cursillos de divulgación.



Las mujeres del barrio de San Andrés


Es un barrio obrero. Por la mañana temprano las calles están llenas de mujeres que entran y salen en las pequeñas tiendas. A la entrada del barrio, cerca de la Normal de Maestros, está establecido el mercado. 


—¿Que si tenemos ganas de votar? —me dice una mujer que lleva al brazo su capacho repleto de coles—. Pues ya lo creo. El otro día se metieron aquí, en nuestro barrio, a repartir unas hojas que decían cosas malas de la República. No creo que les hayan quedado ganas de volver. A poco más los linchamos. Los hombres estaban al trabajo, pero nosotras solas y los muchachos fuimos bastantes para hacerlos salir de aquí con viento fresco… Yo no sé lo que votarán las mujeres de otros sitios, pero le aseguro que aquí no se pierde la República. Es cierto; la viejecita de las ochenta y tres primaveras está en la ventana con cara de Pascuas esperando a la nieta para acudir al mitin. 


—Me gusta mucho oír esas cosas, porque yo soy socialista de verdad. Tengo que ponerme siempre en primera fila, porque si no, no oigo bien. Si esto del socialismo se hubiera inventado siendo yo más joven, ya «echaría» yo discursos, como esos «compañeros» que vienen de Madrid y de Bilbao. Y menos mal que no me voy a morir sin votar a los de mi partido. Vieja y todo, yo iré el domingo con mi papeleta, más contenta que unas castañuelas


Mucho trabajo nos cuesta llegar hasta el salón donde se va a celebrar el mitin. La calle, el portal, las escaleras de la Casa del Pueblo están invadidas por la gente. Una vez arriba me quedo asombrada. El salón de conferencias está ocupado totalmente por mujeres. Ni un solo hombre se ve allí. 


—Los hombres se quedan en la calle y escuchan por los altavoces. Aquí, en el salón, solo cabemos las mujeres. 


Las hay de todas edades y tipos. A pesar de llevar dos horas largas de espera envueltas en una atmósfera irrespirable, las socialistas de Sestao están contentísimas y esperan con ansiedad el momento de oír a los oradores. Van a hablar dos. Una muchacha de Bilbao y un «compañero» de Madrid, nuevo entre ellos. 


—¿Qué tal habla? —pregunta una. 


—Yo le he oído esta mañana en Baracaldo. Ha estado bien.


Luego, volviéndose hacia mí, me explica: 


—Es el tercer mitin que oigo hoy. Siete oradores llevo en lo que va del día. Los domingos voy a todos los actos que hay en estos pueblos de por aquí. 


—¿Y no se cansa usted? 


—Cansarme… Me pasaría la vida así… Y luego, que se adquiere mucha cultura, que es lo que hoy día nos hace falta a las mujeres proletarias.



Las mujeres del Norte

—Disen que Gobierno haser elesiones o así ya quiere… Y disen que nos pedirán el voto a nosotras… 

—Y ustedes, ¿qué van a votar? 

—Cada una votar su conveniensia tiene o así… Ya veremos.

—Quizá voten lo que les digan sus hombres, ¿no? 

—Eso ustedes, las señoritas, que no hasen sino lo que ellos quieren, porque ellos son los que las mantienen y compran trajes. Nosotras trabajamos bien y sabemos de todo. Al revés será quizá, que ellos voten lo que nosotras digamos o así… 

Tiene razón esta vasca, alta, fuerte, curtida, que escarda la tierra en un pueblecito cercano a Vitoria.

Aquí, en el Norte, la mujer tiene una preponderancia en la vida pública y privada como no la tiene en el resto de España. Particularmente en los pueblos pesqueros ellas han impuesto siempre los candidatos, a quienes luego votaban dócilmente sus maridos, sus hijos, sus hermanos, sus padres. Claro que esta preponderancia no significa una dejación de sus derechos por parte de los hombres, sino que es consecuencia de los méritos de las mujeres del país vasco. Ellas trabajan tanto como los hombres, en el campo, en tas tiendas, en los puertos, en todas partes, y, además, tienen un espíritu mercantil y emprendedor de que ellos carecen. La mujer aquí lleva a casa tanto dinero o más que el hombre. Es natural, pues, que la autoridad esté dividida y en algunos casos monopolizada por la mujer. En Vasconia, una casa sin mujer es casa perdida. Una campesina de Vizcaya me explicó la causa. 

—Es que aquí no llegaron los moros, ¿sabe? 

Y otra de San Sebastián me aclaró más aún: 

—Aquí hombres no hasernos tantas fiestas como a vosotras ni tanto enamoramiento, pero respetarnos y darnos más parte en negosios ya lo hasen.


Dos señoritas salen de la cárcel

Un remolino de gente en plena calle me llamó la atención. En el grupo había más de cien personas, la mayor parte mujeres. Todos miraban hacia un edificio con guardia de soldados a la puerta. 

—¿Qué pasa? —pregunté. 

—¿Pues no lo sabe? 

—No… Soy forastera —dije para justificarme. 

—¡Ah, ya comprendo! —contestó mi interlocutor, un vasco cerrado y de pocas palabras—. Si sería de aquí, de Bilbao, ya sabría, ya… 

—¿Pero qué es lo que sabría? 

—Eso…, que van a salir las señoritas ahora mismo de ahí, de la cárcel de Larrinaga… 

Quise preguntar más, pero el vasco se desentendió de mí para colocarse en primera fila. Antes de que me diera tiempo a buscar otro informador un poco más expresivo, vi que en lo alto de la escalinata que da acceso al edificio aparecían dos muchachas que eran acogidas con aplausos. Cada una llevaba en la mano un gran maletín y se tocaban con velos. Del grupo salieron algunos gritos. 

—¡Gora Euzkadi!…

—¡Vivan las mártires de la patria! 

—¡Viva Cristo Rey! 

Afortunadamente llegaron los guardias de Asalto y la cosa se simplificó mucho. Cuando se disolvieron los grupos me explicaron que aquellas dos señoritas eran dos propagandistas del partido nacionalista vasco. El gobernador las había encarcelado por verter en un mitin de propaganda electoral conceptos injuriosos. 



*


En Bilbao todas las mujeres llevan insignias de carácter político en la solapa del abrigo o en la cinta del sombrero. Es un detalle curioso, que, sin duda, no se observa en ninguna otra capital española. No es extraño, porque Bilbao es quizá el sitio donde las mujeres se han lanzado a la lucha política de modo más decidido y belicoso. Hasta llevar dos o tres días aquí no he podido hacerme cargo bien de lo que representan los pequeños esmaltes que llevan en el pecho.


La insignia roja, verde y negra, con dos cruces, quiere decir que su propietaria es una emakume; es decir, miembro de las Emakume Abertzale Batza, que, traducido al castellano, significa Institución de Mujeres Patriotas. Las emakume son furiosamente nacionalistas y pertenecen al partido que fundó Sabino Arana. 


También hay muchas señoritas que llevan sobre el pecho una margarita. Esta es la insignia de las mujeres tradicionalistas, en recuerdo de doña Margarita de Borbón, esposa de don Carlos. Hay otras que llevan un triángulo con la bandera republicana, y encima tres iniciales, UFR. Son las afiliadas a la Unión Femenina Republicana que se ha fundado recientemente en Bilbao. 


Y por último, se ven muchas insignias rojas, comunistas y socialistas, que sus propietarias pasean por la ciudad con aire de reto. Cuando pasan estas muchachas con su círculo rojo sobre el pecho, las viejas se santiguan. 


Las insignias son, a veces, causa de graves altercados. Yo he visto a una señorita reñir acremente a su hermano en el salón de un hotel elegante durante el te dansant, porque el muchacho había sacado a bailar a una chica que lucía el distintivo republicano. Y he visto también a una jovencita que al saludar en la calle a una señora de edad se guardaba con disimulo en el bolso la insignia roja de la hoz y el martillo.


La importancia de llamarse Gazaurtundúa

Mientras una dependienta envuelve mi pequeña compra, otras dos charlan confidencialmente. 

—Ayer te vi con un chico muy guapo… 

—¡Ah!, ¿sí?… Es un novio que me ha salido; dice que le gusto mucho y que quiere casarse conmigo… 

—Enhorabuena, chica. Ya estarás contenta ya. 

—No lo creas. Si «sería» de aquí «ya» me casaría con él, pero es extranjero. Es de Madrid. 

—Anda ¿y eso qué importa? 

—¿Cómo que no? ¿Pero es que te crees que yo puedo casar con un maqueto? 

—¿Y por qué no? 

—Pues porque no. Vamos a ver. ¿Casarías tú con un negro? 

—Mujer, no es lo mismo… 

A las muchachas no les ha hecho mucha gracia que yo me meta en su conversación, a pesar de que lo he hecho de un modo suave. Al cabo de un rato transigen con la intromisión y una de ellas hasta me da explicaciones. 

—Ha sido por decir, ¿sabe? No es que yo compare a los maquetos con los negros. Es que, como usted comprenderá, yo, que soy vasca de pies a cabeza, no puedo casarme con un hombre que no tenga por lo menos cuatro apellidos de los de aquí. 

—Eso se arregla —dice la otra. Y luego, volviendo a mí, añade: — Es que aquí, el que no se llama Larrinagarrigoitia, Pagazaurtundúa u otra cosa por el estilo no está bien mirado por los nacionalistas. Claro que para todo hay solución, y los apellidos maquetos se arreglan poniéndoles detrás el goitia de los vascos. Que uno se llama López, pues se pone Lopezgoitia. Que se llama García, pues Garcigoitia, y así sucesivamente. Yo conocía uno que se llamaba Pérez, y como le daba vergüenza llevar ese apellido siendo del partido nacionalista, pues fue y pensó que Pérez era un derivado de «pera», y como pera en vascuence se dice udaria, pues Udaria se llama él desde entonces. Por eso le decía yo a esta que eso del apellido es fácil de arreglar.


«Emakume Abertzale Batza»

Todas las muchachas que piensan como esta dependienta, que desdeña a un hombre por ser maqueto, están afiliadas a Emakume Abertzale Batza. Esto es una institución exclusivamente femenina que depende del partido nacionalista vasco. En Bilbao se las conoce solamente por las emakume. A mí me dijeron que esto de emakume, traducido al castellano, quiere decir «hijas del país», pero después me han aclarado que esta palabra significa sencillamente «mujer». Un miembro destacado del partido nacionalista vasco me dijo: 

—Usted no sabe lo satisfechos que estamos de cómo actúan las emakumes. Trabajan sin descanso. Constantemente organizan mítines y conferencias, en las que hablan ellas mismas. Los domingos se van a los lugares más apartados del país. Son muy valientes, y, además, no se limitan a lo puramente político, sino que realizan una labor social muy útil y provechosa para la gente sin recursos.


«No queremos ser españolas»

En el domicilio social está reunida la Junta Directiva de las emakume. La presidenta empieza a hablar.

—Nuestra organización es la más fuerte de Euzkadi, que es nuestra patria. Porque nosotras no somos españolas: somos vascas. Queremos a España como queremos a Francia, a Inglaterra, etc., porque nuestras ideas son de fraternidad entre todos los pueblos. ¿Quiere usted que en líneas generales le explique nuestro programa?

—Sí…, encantada… 

—En el orden, que para nosotras es lo primero, las emakume, como el partido nacionalista, al que pertenecemos, somos católicas-apostólicas-romanas. Reconocemos la excelencia de los fines de la Iglesia sobre los del Estado y nos oponemos a toda ingerencia cualquiera de los órdenes religioso-políticos en esfera que no les corresponda. Soberanía plena y sin limitaciones de la Iglesia para cumplir su elevada misión. Soberanía plena del Estado en el orden político. En cuanto a la política, ya lo he dicho. Negamos para los vascos toda otra nacionalidad que no sea la nuestra.

Aspiramos a la soberanía plena de Euzkadi, nuestra patria, y pretendemos, por tanto, la abolición de la ley del 25 de octubre de 1839 y la reintegración, no solo legal, sino efectiva, de nuestra vida histórica soberana. 

—¿Y en el orden social? 

—En eso nos sentimos inspiradas por los postulados de la democracia cristiana y tratamos de reconstruir nuestro edificio social informado en el espíritu tradicional de una intensa vida familiar. 

—Y caso de conseguir sus aspiraciones, ¿qué forma de gobierno darían ustedes a las provincias vascas? ¿República? ¿Monarquía?

—En primer lugar, no admitimos eso de provincias que usted dice. Vizcaya, Guipúzcoa, Alava y Navarra para nosotros no son provincias, sino estados. Desde luego, estableceremos una República federal. 

—¿Y la Vasconia francesa? 

—También está con nosotros. Pero no se llama Vasconia francesa, sino Euzkadi sometido a Francia, como esto se llama Euzkadi sometido a España. Es decir, Euzkadi peninsular, que es este, y Euzkadi continental, que es aquel. En nuestra actuación llevamos a cabo una labor social de profunda fraternidad racial. Hemos establecido comedores para mantener a los obreros en paro forzoso. También hemos montado clases de enfermeras, talleres de costura y de plancha, escuelas, etc., etc.


Las oradoras y el cónsul de Maquetania

Hasta el saloncito donde estamos reunidas llegan fuertes rumores y voces femeninas. Es que el salón de conferencias se ha llenado porque esta, como casi todas, hay mitin. Ha llegado la oradora. Es una muchachita fina, rubia, agraciada, que ni por asomo parece, si hemos de juzgarla por su aspecto físico, una tremenda agitadora nacionalista. Yo me marcho porque, después de todo, no creo que mis deberes informativos me obliguen a quedarme a oír a la linda conferenciante, que, sin duda, lo mejor que va a decir de nosotros es que somos tiranos, opresores y maquetos. En la puerta me cruzo con dos señoritas que son ovacionadas por las mujeres. 

—¿Quiénes son? —pregunto a una. 

—Pues dos de esas que van a decir discursos por los pueblos. Propagandistas o así… Hace pocos días salieron de la cárcel. Las metió allí el cónsul.

—¿Qué cónsul?

—¿Cuál va a ser? El de la Maquetania. Ese que le llaman gobernador. En medio de todo, es divertido pensar que el gobernador de la provincia se ha visto ascendido a diplomático por obra y gracia de las nacionalistas. ¡El cónsul de la Maquetania!… ¿Verdad que esto parece el título de una novela por entregas?


Las internacionalistas de Sestao

Arriba los pobres del mundo, 
en pie los esclavos sin pan,  
alcémonos todos al grito de 
¡Viva la internacional!

Es un pueblo entero el que canta así. Las calles de Sestao se ven a estas horas llenas de gente. Hombres, mujeres y niños, vestidos de día de fiesta, caminan hacia la Casa del Pueblo, donde esta tarde se va a celebrar un mitin. Los altavoces situados en la fachada del edificio proletario repiten sin cesar la música de La Internacional y los socialistas de Sestao cantan hasta quedarse roncos. 

—Por lo que se ve, en este pueblo hay un gran fervor socialista.

—¡Que si hay!… —me contesta una chica jovencita que también va al mitin —. Sestao y La Arboleda son los dos pueblos más socialistas de toda Vizcaya. Claro que tampoco hay que olvidar a Baracaldo. ¿Ve usted aquel grupo de hombres y mujeres que caminan por la carretera hacia acá? Pues son «compañeros» y «compañeras» de Baracaldo que vienen al mitin. En este pueblo nuestro no hay lucha política. Todos somos socialistas. 

—¿Y también las mujeres? 

—Nosotras más que los hombres. En la agrupación socialista de Sestao se da un caso, único seguramente en España. 

—¿Y es?

—Que un sesenta por ciento de sus afiliados somos mujeres. Es decir, que hay más mujeres socialistas que hombres. Ahora lo verá usted. Aquí no queda una mujer esta tarde en su casa. Todas van al mitin. Hasta mi abuela, que tiene ochenta y tres años, me ha dicho que vaya a buscarla.


La «compañera» Aurora Arnáiz

Cuando termina el mitin, el pueblo en masa aplaude a la señorita Aurora Arnáiz y reclama su presencia en el balcón de la Casa del Pueblo. La «compañera» Arnáiz, no obstante sus veinte años escasos, lleva camino de ser tan famosa en Vizcaya como Indalecio Prieto. Raro es el día en que la «compañera» Arnáiz no pronuncia un fogoso discurso en las Casas del Pueblo de la provincia. Aparte de sus estudios, la carrera de comercio, no tiene más afán que ganar adeptos para la causa. Después de hacernos amigas me acompañó un día de excursión a los pueblos costeros. A la vuelta hacia Bilbao venía muy contenta y me mostró su cuaderno de notas. 


—No he perdido el viaje, vea usted. Siete nombres nuevos traigo para la Agrupación. 


—Vaya…, pues que sea enhorabuena… 


—Gracias…, y si no le molesta, vamos a detenernos aquí, en Guernica, donde hay tres mujeres que están al caer…


Mientras se desaloja la Casa del Pueblo, asunto bastante laborioso, las mujeres me muestran las listas de afiliadas para convencerme de que no me han engañado. Después recorremos la casa. Toda está llena de símbolos. Banderas, estandartes, retratos, muchos retratos: de Galán, de García Hernández, de Ferrer. De Pablo Iglesias solamente he contado hasta docena y media. 


—Aquel sí que era un hombre, ¿eh? Si viviera habría llegado a presidente de la República… 


—¿Y ve usted aquel señor de la melena? —me dice una jovencita señalando hacia una litografía de Carlos Marx—. Ese fue el que se sacó de la cabeza todo esto del socialismo. ¡Qué talento!, ¿eh?



Más de mil republicanas militantes


A las siete de la tarde, el domicilio social de las republicanas bilbaínas empieza a animarse y a las ocho está completamente lleno. Unas charlan en el salón grande bajo la mirada serena de don Niceto Alcalá Zamora, que les sonríe desde un gran retrato colocado en el testero principal. Otras se entretienen haciendo chalecos de punto, y las más pacíficas se van a leer a la biblioteca. Como la mayoría son señoras casadas y con niños, se los llevan allí, y mientras ellas discuten los problemas nacionales, los chiquillos juegan en una habitación decorada para el caso con muñecos y cretonas de vivos colores. La Junta Directiva se reúne también en su despachito. La secretaria, señorita Luisa de Fatrás, me pone al corriente. 


—Esto aumenta de día en día. Primero fuimos unas pocas; ni siquiera teníamos casa y nos reuníamos en la sociedad El Sitio. Después tomamos esta, que nos pareció muy grande, y ahora resulta insuficiente. El día que vino Victoria Kent a hablar seríamos unas quinientas y ya pasamos de mil. Todo esto en el espacio de un mes. A este paso no sé adonde llegaremos. 


—¿Y qué matiz tiene este partido? 


—Matiz, ninguno. Es una Agrupación de mujeres republicanas y nada más, por ahora. Aquí las hay desde radicales hasta socialistas, pero todas nos llevamos maravillosamente, porque estamos unidas por un ideal común, que es el amor a la República. La gente creía que en Bilbao no sería posible conseguir una organización de este tipo, sobre todo tratándose de mujeres de la clase media. Nuestros mismos amigos nos auguraron que tendríamos que desistir en el empeño. Afortunadamente no ha sido así. 


Cuando vuelvo al salón donde conversan animadamente las señoras, una de ellas me dice, confidencial: 


—En Madrid, la gente pensará que todas las mujeres vascas, a excepción de las obreras, somos ultraconservadoras y ultraclericales, ¿verdad? 


—Algo de eso se piensa, sí. 


—Pues ya puede usted decir que no es cierto. Claro que tenemos que luchar mucho y que tenemos muchos enemigos o, mejor dicho, enemigas; pero somos las suficientes para que los diputados se convenzan de que no hicieron ninguna tontería al darnos el voto. Entre nosotras y las socialistas, es seguro que doblamos los votos que puedan tener las de la acera de enfrente. 


—¿Usted cree? 


—Yo sí. Y faltan muy pocos días para que crea igual toda España.



El extremismo


—Los que ganan con los votos de las mujeres son los de la extrema derecha y los de la extrema izquierda. La mujer no conoce el término medio. Los comunistas y los monárquicos van a tener un éxito enorme… Esto lo vengo oyendo y lo viene oyendo todo el mundo desde aquel día en que casi inopinadamente las Cortes concedieron el voto femenino. Lo hemos oído en los pasillos del Congreso y en los vagones del ferrocarril, y en los «círculos» de provincia, y en los casinos de pueblo. Lo repite todo el mundo con un convencimiento triste. ¿Es esto verdad?… Yo, rotunda y categóricamente, no puedo afirmar que no. Pero lo que afirmo, desde luego, es que durante mi viaje a través de España he visto mujeres de todos los matices republicanos, desde la extrema derecha a la extrema izquierda. He hablado con mujeres nacionalistas, socialistas, anarcosindicalistas, pero en honor a la verdad tengo que declarar que de lo que menos he visto han sido monárquicas y comunistas. No me refiero a las señoritas que más o menos sienten vagos anhelos restauratorios ni a las que verían con agrado una dictadura roja, sino a las monárquicas y comunistas militantes. De estas he visto muy pocas.



La Pasionaria

En Somorrostro vive Dolores la Pasionaria. Dolores es comunista. El día que fui a Somorrostro, la Pasionaria había ido a Madrid a unos asuntos del partido.


—Esa mujer es la más grande de España —me dijo una vecina de Dolores—. Si usted la viera…, si la oyera hablar, de seguro que se convencía… 


—¿Usted también es comunista?… 


—¿Y quién no lo sería al lado de la Pasionaria?… Ella nos ha convencido a todos, hombres y mujeres. Pero no con discursos, sino aquí, sentadas tranquilamente, cosiendo al sol. Dolores sabe mucho. En los ratos libres no hace más que leer libros, que luego nos los da a nosotras para que tengamos instrucción, que buena falta nos hace. 


—¿Y qué vida hace Dolores aquí?… 


—Pues la de una obrera honrada y trabajadora como pocas. Ella y su marido son muy buena gente y muy buenos padres de familia, y luego que no pueden ver una necesidad, porque en seguida dan su pobreza al que lo necesite. 


—¿Sacarán ustedes diputada a Dolores?… 


—Votos sí que tenemos bastantes, porque en esta zona todos somos comunistas. Pero temo que Dolores no quiera ir al Parlamento. Lo que ella quiere es vivir aquí, entre los obreros, siendo una trabajadora más. El día que hagamos nuestra revolución…, entonces sí que será lo que nosotras pidamos. Créame usted, Dolores va a ser la Lenina de España…



A nosotras nos da igual


Por toda España hay repartidos muchos millares de mujeres afiliadas a la organización política que se llama Acción Popular. La gente las cree monárquicas, pero lo cierto es que no actúan como tales. El partido de Acción Popular es conservador, pero no le preocupa mucho la forma de Gobierno. Si la República les garantizara que cumpliría los postulados fundamentales de su programa, serían republicanas. En Extremadura, una señora de las que más han trabajado por el partido me dijo: 


—Nosotras comprendemos que la restauración sería una calamidad. 


—¿Entonces son ustedes republicanas? 


—Le diré a usted. Republicanas de esta República, desde luego que no. Ahora bien, si se respetase la religión, el clero, la propiedad privada y se nos asegurase el orden tal y como nosotras lo entendernos, nos daría igual que el señor que habita en Palacio se llamase rey o presidente de la República.



Las Margaritas


Las mujeres monárquicas de verdad, las que ponen su esfuerzo al servicio de la restauración, son las afiliadas al partido tradicionalista. Las margaritas, como se les llama en Vasconia. 


—¿Por qué ese nombre? —pregunté a la presidenta. 


—Sencillamente, en recuerdo de doña Margarita de Borbón, esposa de don Carlos I. Hace años se fundó en Bilbao una agrupación de mujeres solamente para fines benéficos que se llamó La Margarita, por lo que antes he dicho. Hoy subsiste nuestra organización, ya con carácter político e incorporada al partido tradicionalista. 


—¿Son ustedes muchas? 


—Muchísimas. Más en Vizcaya que en ninguna parte. Sin embargo, ahora se están constituyendo grupos de margaritas en toda España. 


—Para usted, lo principal es la restauración, ¿verdad? 


—Sí, pero en ningún caso restauraremos a la familia destronada. Nuestro rey es don Alfonso Carlos, que ha heredado de don Jaime el derecho a la corona de España. Nosotras, mejor dicho, el político tradicíonalista, es el heredero del antiguo carlismo con idéntico programa. 


Estos son, lectores, los partidos y las mujeres que mañana van a intervenir por vez primera en la contienda política.



Josefina Carabias

Estampa, 22 de Abril de 1933



No hay comentarios:

Publicar un comentario