Lo Último

1932. Quince de abril de mil novecientos treinta y ocho

Quince de abril de mil novecientos treinta y ocho.


Yo tenía ocho años. Estábamos en guerra, pero la primavera estallaba en las Ramblas catalanas. Aferrada a mis trenzas, contemplaba el horror a través de las flores. Miraba y no entendía. En aquel tiempo el mundo era sólo un relato sin final. El Perú no existía, nada sabía de él y menos aún de ti que te acababas dándomelo todo. Y más tarde dijeron que habías muerto.

Cómo es posible que te hayas muerto para siempre, tú que estabas tan hecho para vivir entre los hombres, tú a quien tanto necesitábamos. Cómo es posible que no podamos verte, que no podamos abrazarte, darte calor, consolarte de tantos malos tratos, invitarte a café y charlar un rato. Cómo nos ha podido acaecer este desastre, este absurdo suceso de perderte, esta desolación de abrir un libro y que no estés a nuestro lado. Semejante calamidad no hemos merecido. Porque, César, maestro interminable, si te hubieses quedado, si no te hubieras ido, seguro, segurísimo que te habríamos seguido como un perro, que nada nos hubiera separado de ti, que tu dolor habría sido el nuestro, tu pérdida y tu soledad también. Ay César y Vallejo y peruano universal, ay Cholo, qué infortunio, cómo es posible que el tiempo criminal nos haya golpeado de este modo, qué le hicimos nosotros que éramos niños cuando te nos fuiste y nada le podíamos haber robado a nadie, qué le hicimos para semejante injusticia.

Estábamos creciendo en la terrible España y te necesitábamos y te hubiéramos dado todo cuanto quisieras, y ya teníamos dispuesta para ti una cena infinita, una cena con sol, con pan crujiente y un inmenso mantel, un mantel en donde cupieran todos tus nos, tus todavías y ese llanto terrible y generoso que nos ha hecho germinar hacia la vida. Padre y maestro mágico, púa audaz de una eterna vihuela subterránea, no puedo consolarme de tu ausencia y escarbo entre las ruinas de mi infancia, entre los estertores de una guerra que descansa por fin encuadernada, y desentierro mis muertos más queridos, ésos que convulsionan mi pobre corazón y todo esto lo hago, remontando mis ruinas venideras, tan sólo por hallarte, tan sólo por escuchar tu voz que nunca oí y que amo tanto.

Quiero creer que en algún sitio, amado ser, amado estar, oirás mi quebranto, escucharás la llamada de la niña aquella y sabrás de qué manera, milagrosa y orgánica, has sido el desayuno inacabable de mi vida, el principio hecho luz y llanto y dolorosa compasión de aquella triste infancia desgarrada que aún arrastro. Lates sobre mi corazón más que la sangre y no quiero dejarte en tu morada oscura. No vuelvas a morirte, no nos dejes. Valor, vuelve a la vida. Y mientras tú regresas, muerto inmortal, seguiremos llorando tu abandono y nunca acabaremos de creer que te nos hayas muerto para siempre, ¿lo oyes, César?


Francisca Aguirre
Los poetas, con César Vallejo
Cuadernos Hispanoamericanos. Núm. 456-457, junio-julio 1988




2 comentarios:

  1. Lo dice francisca Aguirre, camarada de la palabra perfecta. Poeta de piel poética, de amor poético. Gracias por este artículo para el querido doloroso que le dijo al caído que no muriera tanto.

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    1. "¿Cómo es posible que hayas muerto apra siempre?"

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