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1981. La sombra del recuerdo


De Juan Marín Hernández, autor de La sombra del recuerdo, para Búscame en el ciclo de la vida.


Sinopsis

La Guerra Civil, la Posguerra, la Segunda Guerra Mundial… Bajo la oscuridad de aquellos años, dos hermanos, obligados a enfrentarse en la contienda, vivieron destinos opuestos marcados por los acontecimientos históricos. Un hecho real envuelto en armas, sangre, esclavitud, desprecio y odio pero, a la vez, forjado por una promesa y un amor que pudo con todo, hasta con la muerte.

‘Vivir para contarlo’. Reviviendo aquel lema que se grabaron a fuego los presos españoles del campo de exterminio nazi de Mauthausen. Hoy esta historia deja de estar a la sombra de un recuerdo, arrojando luz a aquellos años de oscuridad.







La campana sonaba a las 4:30 horas de la madrugada. Su sonido anunciaba el inicio del martirio. Los kapos, a empujones y golpes, conducían a los prisioneros hasta la zona de aseo, situada en la parte central de la barraca. Centenares de hombres peleaban por utilizar los agujeros que usaban de retretes e intentaban hacerse un hueco para lavarse en unas grandes pilas circulares. No había jabón y solo unas pocas toallas sucias. Antes de que muchos hombres hubieran podido siquiera alcanzar los lavabos, los kapos anunciaban a su manera, que el tiempo del aseo había concluido.

En estas pésimas condiciones, los deportados recibían el ‘desayuno’ que consistía en un vaso de sucedáneo de café —por llamarlo de alguna manera—. Minutos después debían presentarse a la primera formación del día.

Una vez acabado el recuento, los prisioneros eran organizados en kommandos para salir a trabajar al exterior del recinto. Entre las seis de la mañana y las siete de la tarde el campo quedaba casi desierto.

Los prisioneros solo ‘descansaban’ poco más de media hora al mediodía para tomar un ridículo almuerzo, consistente en una sopa aguada de nabos con alguna patata o zanahoria. Por la noche recibían un pequeño trozo de salchichón y un pan minúsculo que tenían que repartirse entre varios.

Tras regresar del trabajo a las 18:30 horas, formaban nuevamente en la appelplatz para después devorar la escasa cena. Los prisioneros debían entrar en la barraca entre las 20:30 horas, momento en que se apagaban las luces, instante que aprovechaban los miembros del comando republicano para ofrecer a los más débiles la poca comida que habían logrado recopilar. Después, hablaban sobre alguna información que hubieran escuchado sobre el estado de la guerra.

Más tarde, tocaba intentar descansar, algo difícil ya que dormían en estrechas literas de tres pisos que se amontonaban unas junto a otras y que eran compartidas por tres y hasta cuatro reclusos.

Allí tumbado, Francisco soñaba despierto con Bácor, ese olor a olivar, ese río donde se bañó cientos de veces, el campo en el que trabajaba sin que nadie le gritara, ni le diese culetazos con el fusil y sin el constante miedo a morir. Recordaba aquellos días cuando paseaba cogido de la mano de Angustias, aquel primer beso, la promesa que le hizo antes de marchar a la guerra. En su consciencia juraba que, si saliese con vida de aquel infierno, se casaría y tendrían muchos hijos a los que contaría todo lo que estaba viviendo para que, en un futuro, nunca se olvidara aquel holocausto. También soñaba con ver a su familia. Le angustiaba no saber el destino que les había deparado la guerra a sus hermanos. Rogaba que hubieran tenido más suerte y, por supuesto, que no estuvieran pasando por lo mismo que él.

Sin apenas haber podido descansar, la campana sonaba anunciando el comienzo de un nuevo día en Mauthausen.


Juan Marín Hernández
La sombra del recuerdo (extracto)

















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