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2187. Sangre de izquierda (Recordando a André Malraux)





Shade estaba en la Central: era la hora de transmitir su artículo. Los obuses caían en todo el barrio, pero aquí todos se sabían apuntados.

A las cinco y media, la Central había sido alcanzada. Ahora, golpe tras golpe, los obuses la cercaban. La habían alcanzado, después perdido, y la buscaban de nuevo. Telefonistas, empleados, periodistas, mensajeros, milicianos se sentían en el frente. Los obuses estallaban a muy cortos intervalos, como repercute el ruido del trueno. Quizá los aviones volvían de nuevo al ataque. Caía la tarde, y las nubes estaban bajas. Pero bajo todos los ruidos de las centrales telefónicas no se oía la vibración de ningún motor.

Un miliciano vino a buscar a Shade: el comandante García convocaba a los periodistas en una de las oficinas de la Central; todos los corresponsales de alguna importancia estaban allí y esperaban. ¿Por qué ahora?, —se preguntaba Shade—. Pero era costumbre de García, cuando tenía que habérselas con la prensa, de ir a donde la consideraba más expuesta.

En una de las oficinas de la antigua dirección de la Central, cuero, madera y níquel, García se hacía comunicar cada día las copias de los artículos enviados de Madrid. Se los traían en dos legajos: «Política» y «Hechos». Mientras esperaba a los corresponsales, hojeaba el segundo, cansado de ser hombre: tal era la atrocidad que todos los artículos rebosaban de ello.

PARA PARIS-SOIR: «Antes de llegar a la Central —leía—, acabo de asistir a una escena de una atroz belleza.

»Esta noche, cerca de la Puerta del Sol, han encontrado un niño de tres años que lloraba, perdido en las tinieblas. Ahora bien, una de las mujeres refugiadas en los subsuelos de la Gran Vía ignoraba qué había sido de su hijo, un niñito de la misma edad, rubio como el niño encontrado en la Puerta del Sol. Le dan la noticia.

»Corre a la casa donde guardan al niño, en la calle Montera. En la semioscuridad de una tienda con las cortinas bajas, el niño chupa un pedazo de chocolate. La madre avanza hacia él, con los brazos abiertos, pero sus ojos se agrandan, adquieren una fijeza terrible, demente. 

»No es su hijo. 

»Permanece inmóvil largos minutos. El niño perdido le sonríe. Entonces se precipita sobre él, lo estrecha en sus brazos, lo lleva pensando en el niño que no han encontrado».

«Esto no pasará», pensó García.

La tarde rojiza llenaba las ventanas con los vidrios rotos.

PARA REUTER: «Una mujer llevaba a una pequeña de dos años a la cual le faltaba la mandíbula inferior. Pero la pequeña vivía aún, con los ojos muy abiertos, y parecía preguntar con asombro quién le había hecho eso. Una mujer atravesó la calle —el niño que llevaba en brazos no tenía cabeza…».

García no ignoraba, por haberlo visto, el ademán aterrador por el cual una madre protege lo que le queda de su hijo. Hoy por hoy, ¿cuántos ademanes hay como ése?

Tres obuses lejanos estallaron sordamente como tres golpes de teatro; la puerta se abrió, los corresponsales entraron. Sobre una mesa baja, unas flores artificiales de vidrio, todavía intactas, vibraban a cada detonación. Como los vidrios estaban hechos trizas, el olor de la ciudad incendiada entraba con el humo por las dos ventanas.

—En caso de que una línea estuviera libre —dijo García—, el que la ha pedido será inmediatamente prevenido desde aquí. No ignoran ustedes que no los convoco jamás sino para comunicarles documentos. Antes de comunicarles aquel para el cual los he llamado, permítanme que les llame la atención sobre lo siguiente: desde el comienzo de la guerra hemos destruido, según los comunicados fascistas, aviones enemigos en nueve aeródromos. Es más fácil bombardear Sevilla que el aeródromo de Sevilla; ahora bien, si ha ocurrido que algunas de nuestras bombas, errando su objetivo militar, hayan herido civiles, por lo menos jamás una ciudad española ha sido sistemáticamente bombardeada por nosotros.

»Vayamos ahora al documento. Se lo leeré a ustedes. Les ruego que cada uno tome conocimiento del original. Que por lo demás nos ocuparemos de exponerlo en Londres y en París, pueden ustedes estar seguros… Es una pequeña circular dirigida a los oficiales superiores rebeldes, simplemente. Este ejemplar ha sido encontrado el 28 de julio en posesión del oficial Manuel Carrache, hecho prisionero en el frente de Guadalajara.

Una de las condiciones esenciales de la victoria consiste en quebrantar la moral de las tropas enemigas. El adversario no dispone ni de bastantes tropas ni de bastantes armas para resistir; a pesar de ello es indispensable seguir estrictamente las siguientes instrucciones:

Para ocupar el hinterland es indispensable inspirar a la población cierto horror saludable. 

Una regla se impone: todos los medios empleados deben ser espectaculares e impresionantes.

Todo lugar que se encuentra en la línea de retirada del enemigo y, de una manera general todo lugar situado detrás del frente enemigo debe considerarse como zona de ataque. A este respecto no podrá haber diferencia en que las localidades alojen o no tropas enemigas. El pánico reinante en la población civil que se encuentra en la línea de retirada del enemigo contribuye grandemente a la desmoralización de las tropas.

Las experiencias hechas en el curso de tal guerra demuestran que los daños provocados por descuido en las ambulancias y en los transportes de enemigos provocan un fuerte efecto de desmoralización en la tropa.

Después de la entrada en Madrid, los jefes de las unidades deberán instalar inmediatamente en los tejados de los edificios que dominan los distritos sospechosos, comprendiendo entré ellos los edificios públicos y los campanarios, nidos de ametralladoras que puedan dominar todas las calles adyacentes.

En caso de veleidades de resistencia de la población, se tirará inmediatamente sobre los opositores. Dado el gran número de mujeres que combaten del lado adverso, no podrá tomarse en consideración el sexo de esas militantes. Mientras más rigurosa sea nuestra actitud, el aplastamiento de toda resistencia de la población será más rápido, y más cercano el triunfo de la renovación de España.

—Agrego —dijo García— que, desde el punto de vista fascista, encuentro esas instrucciones lógicas. Mi opinión personal es que el terror forma parte de los medios empleados sistemáticamente, técnicamente, por los rebeldes, desde el primer día, y que ustedes asisten aquí al drama del cual Badajoz fue el ensayo general. Pero dejemos las opiniones personales.

Y , en tanto que los periodistas salían:

—Recibirán también la entrevista de Franco del 16 de agosto, la que comienza por: «Nunca he de bombardear Madrid: allí hay inocentes…».

Seguían cayendo obuses, pero a un kilómetro; en la Central ya no les hacían caso. 

Entró un secretario.

—¿Ha telefoneado el coronel Magnin? —preguntó García. 

—No, comandante: los internacionales combaten en Getafe. 

—¿No ha venido el teniente Scali? 

—Han telefoneado desde Alcalá: pasará hacia las diez. Pero el doctor Neubourg está aquí, comandante.

Jefe de una de las misiones de la Cruz Roja, el doctor Neubourg venía de Salamanca. García y él se habían encontrado antes en dos congresos, en Ginebra. El comandante no ignoraba que Neubourg había visto muy pocas cosas en Salamanca, pero que había visto por lo menos, y largamente, a Miguel de Unamuno. 

Franco acababa de destituir de su cargo de rector de la Universidad al más grande escritor español. Y García no ignoraba hasta qué punto el fascismo amenazaba en adelante a este hombre que había sido un ilustre defensor.


André Malraux
La esperanza (L’espoir), 1937



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