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2203. Argüelles




Argüelles es una barriada de Madrid que en noviembre de 1936 quedó deshecha. La invasión pretendió entrar por allí en la ciudad y para abrirse camino la bombardeó furiosamente. Hubo que dejar vacío el barrio y vacío sigue. Aún constituye una trinchera avanzada de la defensa de Madrid, a la que llegan los disparos de fusil y de cañón. Su límite es el Paseo de Rosales, balcón abierto al frente de la Casa de Campo y del Parque del Oeste. En medio está el Manzanares, el río sin agua que no se pudo pasar.

El balcón pende en el vacío, sin caer. Está agarrado a la fachada, aún, por una pata de hierro que se hunde en el mortero. Se le ve moverse como un péndulo. Arriba, encima de él, hay otro balcón intacto. En su suelo hay un tiesto con una enredadera. En este año de guerra, la enredadera ha crecido y ha llegado hasta el balcón roto. Se ha enroscado en él; y le sostiene sobre el vacío.

En medio de la calle, entre las dos vías de tranvía ya rojas de orín, hay un bacinillo de niño. Está boca arriba. Y al lado, una muñeca, sucia, rota, despeinada, con los ojillos de cristal intactos, contempla el orinal. El niño, no ha venido. Pero allá arriba, en el tercer piso de la casa cortada, hay una cuna volcada hacia la calle. Parece que en una convulsión arrojó su carga, junto con los ladrillos de la pared rota de la alcoba. 

¿Estará el niño debajo del montón de ladrillos? Interrogo a la alcoba en lo alto y al muñeco caído en la calle. Sólo me contesta el montón de escombros. Parece que sale de él el vagido callado de un niño. 

Me han cogido un pie. El frío del miedo me ha recorrido la espina dorsal: estoy solo en la calle. Es un cable de tranvía, enrollado y caído, verde por las escarchas de un año. Me agarra de los pies igual que hacen los heridos a los compañeros, para que no los abandonen en el campo de batalla. Debo cogerle y separarle. 

Deja entonces, en las piedras de la calle, una huella verdosa. Un letrero: ¡VINO Y CERVEZAS! Unas puertas destripadas, un mostrador derruido, sillas y bancos rotos y tirados, mesas patas arriba. Vidrios rotos. Tengo sed. Dentro hay una mesa intacta. Una mesa roja, redonda, una mesa de taberna; tres taburetes alrededor. Situada en un rinconcito, espera a los parroquianos viejos, que salieron corriendo. Porque sobre ella aún está la botella, un frasco cuadrado de vidrio, dentro del cual se secó el vino, dejando una mancha roja oscura, como sangre seca. Y cercando la botella, tres vasos llenos de polvo con posos rojizos. 

Se fueron los parroquianos y vino la araña. La araña ha encontrado habitación en el frasco. Desde su boca ha tendido una red de hilos a los vasos y todo forma un conjunto para atrapar moscas, un conjunto sucio, lleno de polvo, muerto, donde anida la vida. La araña se asoma al bocal del frasco y me mira. 

Me voy. Piso de nuevo la calle de Ferraz, tan sola, que mis pasos suenan a hueco. Y entonces comienza el bombardeo de todos los días. Estallan las granadas sobre las casas muertas, abriendo nuevas heridas en sus cuerpos desgarrados. 

Aquel piano que quedó inmóvil y solo en noviembre del año pasado, caído sobre una de sus patas rotas, mostrando la dentadura amarillenta de sus teclas, como un monstruo moribundo, da un grito: un casco de obús rompe sus cuerdas, hasta hoy tensas. La nota chillona retumba en toda la calle, en todo el barrio vacío. 

Todas las cosas que nunca tuvieron vida, todas las cosas muertas, todas las cosas que nacieron muertas, adquieren vida propia. 

Cae un jarrón y estalla en mil pedazos sobre las piedras. Cae un zapato, un zapato de mujer, que sólo rebota sobre la acera, trenzando un paso de baile macabro. La explosión ha impulsado a la lámpara de aquel comedor. Oscila violentamente y hace chirriar sus cadenas. El obús revienta el montón de escombros y le esparce en nuevos montones.

Entre explosión y explosión, las cosas, las casas, las calles, gritan sacudidas por la metralla. Yo me quedo acurrucado en el portal de una casa, muerto de miedo a las cosas muertas.


Arturo Barea
Valor y miedo, 1938
Capítulo XVIII - Argüelles


Valor y miedo fue el primer libro publicado por Arturo Barea. Refleja la realidad social de la ciudad de Madrid cercada por tropas franquistas.






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