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2201. Lo que Dante no pudo imaginar II. Stalag Trier

Fue allí donde los españoles sufrimos las primeras y duras humillaciones de nuestro cautiverio.

Este Stalag era inmensamente grande, siendo una prueba de ello, el que había instaladas tres enormes cocinas, las cuales no daban abasto a tantos millares de prisioneros que allí nos encontrábamos encerrados y casi amontonados.


Estaba situado en la cima de una gran meseta, en los alrededores del pueblo antes mencionado.


Desde el campo observábamos perfectamente el pueblo y nos contentábamos, quizá con un poco de envidia, al ver cómo se paseaban sus habitantes en una aparente libertad.


A un lado del campo existía un gran palacio, donde residían los guardianes del Stalag.


Aquel edificio era la Comandancia nazi.


El campo estaba rodeado de una doble alambrada excesivamente alta y de trecho en trecho, se encontraban situadas unas torres de madera, con sus correspondientes centinelas armados con armas automáticas, impidiendo un posible intento de fuga.


Por otra parte, el gran control ejercido por los soldados alemanes, que constantemente daban vueltas por el interior del recinto, entrando y saliendo de las barracas, no nos dejaban un momento de tranquilidad, por lo que hubiese sido materialmente imposible intentar escaparse.


Diariamente entraban y salían grandes expediciones de prisioneros que inmediatamente se mezclaban entre nosotros.


Allí andábamos hombres revueltos de todas las nacionalidades y de todas las razas.


Allí no había distinción entre elementos militares o civiles: todos éramos prisioneros de guerra.


Cuando nuestra expedición llegó al Stalag Trier, se nos concentró en la plaza del campo y fuimos clasificados por nacionalidades, llevando cada una de ellas a barracas distintas.


Quedamos sólo por distribuir los españoles que formábamos un grupo de unos ciento cincuenta hombres y que esperando nuestro turno, permanecimos formados y a pie firme durante largas horas, hasta que por fin, después de que todo el resto de la expedición estuvo distribuida en sus respectivas barracas, se acercó a nosotros un oficial alemán, elegantemente vestido, acompañado de un soberbio perro lobo.


Nos hizo formar en una sola fila, pasándonos minuciosa revista, deteniéndose frente a cada uno de nosotros y mirando fijamente nuestros rostros sin pronunciar una sola palabra. Al llegar a la altura del muchacho más joven del grupo, apellidado Flordelís, se detuvo y saliendo de su mutismo, preguntó la edad que tenía.


—Diecinueve años —contestó el muchacho.


—¿Comunista? —inquirió el oficial alemán.


—No, señor —respondió el muchacho.


Entonces el oficial soltó una carcajada estridente y sacando la pistola, haciendo ademán de ametrallarnos, nos dijo:


«Todos rojos, comunistas: todos muertos.»


Acto seguido desapareció, dejándonos formados en la plaza.


Momentos más tarde llegó la orden de controlarnos en una barraca dedicada exclusivamente a los españoles.


Los primeros días de permanencia en el Stalag Trier, nos obligó a organizamos para soportar nuestra vida y vivirla lo mejor posible.


El capítulo de humillaciones fue reservado para los españoles, o por lo menos, nosotros así lo consideramos.


En el interior del campo existía un pequeño bosquecillo donde los prisioneros cumplían sus necesidades, puesto que aun cuando existían recipientes, eran insuficientes para tantos miles de hombres allí acumulados. Había quien no podía esperar mucho tiempo el turno correspondiente, y por esta razón tan poderosa el bosquecillo era constantemente visitado.


Un día, uno de mis mejores amigos llamado Primitivo (muerto después de una manera trágica en el campo de Gusen) que pertenecía, como yo, a la 103 Compañía de Trabajadores Extranjeros, encontrándose en dicho bosquecillo, fue sorprendido por un soldado alemán que estaba de vigilancia y control en el campo; el guardia con un bastón que llevaba azotó varias veces a Primitivo, haciéndole recoger los excrementos con las dos manos y se los hizo pasear por todo el campo; después de más de media hora de paseo, le acompañó a uno de los recipientes y le hizo vaciar su maloliente contenido, llevándole más tarde, a una de las barberías del Stalag donde le hizo cortar el cabello en la mitad del cráneo, así como afeitar le media cara y medio bigote.


Debo señalar que este muchacho era privilegiado de una abundante barba y un majestuoso bigote, que guardaba desde nuestra guerra en España.


Ridiculizado de esta forma, fue paseado, nuevamente por todo el campo entreteniéndose y mofándose, algunos alemanes, sacándole fotografías.


Aproximadamente permanecimos unos veinte días en el Stalag Trier, aun cuando allí no se nos daba banquetes, por lo menos pudimos absorber algo caliente todos los días, y reponernos un poco del cansancio y fatigas producidas por las enormes marchas realizadas días anteriores.


Súbitamente, y cuando menos lo esperábamos, llegó una orden urgente del mando alemán, exclusiva para los españoles y, después de hacernos recoger nuestros equipajes y mandarnos formar, fuimos trasladados debidamente custodiados al exterior de Trier, donde se nos encajonó en grupos de cincuenta a sesenta hombres en unos vagones de mercancías, herméticamente cerrados, dejándonos sólo una pequeña obertura para la renovación del aire.


Dos días con sus correspondientes noches, pasamos en los vagones sin comer ni beber, haciendo nuestras deposiciones en el propio vagón, sin ver nada ni saber dónde nos conducían, y por fin, casi convertidos en guiñapos más que en hombres, nos hicieron descender en una estación próxima a Nuremberg.


Desde aquel momento fuimos custodiados por fuerzas de la S.S., armados con fusil y bayoneta calada y conducidos al campo de Nuremberg.



Amadeo Sinca Vendrell
Lo que Dante no pudo imaginar. Mauthausen-Gusen 1940-1945


















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