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2245. Éxodo





Las noticias que me llegaron en Suecia -donde aún ejercía como embajadora de la República Española- del éxodo de los republicanos españoles desde la zona de Cataluña me afectaron más profundamente quizá que casi ningún otro trágico suceso de la guerra. 

Ni siquiera los bombardeos, con sus miles de víctimas inocentes, ni la evacuación de ciudades como la de mi propia ciudad, Málaga, cuando la gente, huyendo por la carretera, había sido ametrallada desde el aire por los bombarderos y bombardeados desde el mar por los buques italianos; ni siquiera las historias del hambre y frío devastadores de Madrid, ni las listas de las jóvenes y valientes vidas segadas por las fuerzas traidoras, ni las fotografías de ciudades y pueblos destruidos, ni los grandes campos de tumbas de los heroicos miembros de las Brigadas Internacionales cuyas cenizas, confundidas con las de las de nuestros patriotas, descansarán para siempre bajo el cielo español, me calaron e hirieron más terriblemente que las noticias de la huida de mi pueblo derrotado de la tierra que le vio nacer. 

El éxodo desde Barcelona había empezado el 23 de enero de 1939, después de que las defensas de la periferia hubieran caído y el enemigo asaltara las partes altas que rodeaban la ciudad. La gente se ha preguntado por qué la capital catalana no opuso resistencia como lo había hecho Madrid, pero es una cuestión de fácil respuesta. 

Cuando Madrid fue sitiada, los republicanos apenas estaban comenzando la lucha. No habían sufrido las terribles pérdidas de una lucha prolongada. Dos años y medio de un hambre implacable no les había debilitado todavía, y sobre todo no habían perdido la fe en los países hermanos, en los gobiernos que se llamaban a sí mismos democráticos. Día tras día se esperaba que el mundo demostrara por fin que era antifascista. 

Cuando Barcelona fue asediada por tierra y mar, el pueblo español sabía que no había esperanza. La Liga de Naciones había fallado miserablemente y esas naciones que debían haber ayudado lo habían evitado gracias al ilícito pacto del Comité de No-Intervención. 

Al principio, los evacuados de Barcelona no pensaron realmente que el final había llegado. Creyeron que estaban simplemente retrocediendo y que la lucha continuaría después de que la segunda línea de defensa fuera establecida al norte. 

Pronto entenderían que la evacuación realmente significaba una definitiva huida, huida de todo lo más preciado que tenían, de la tierra que les vio nacer -la preciosa tierra española-, de las casas donde muchos habían vivido toda su vida, de los familiares y los queridos compañeros que estaban siendo dejados atrás dentro del círculo vicioso trazado por las fuerzas fascistas alrededor de la zona centro sur y de la cual no había salida posible. 

Los testigos de ese espantoso éxodo nunca han superado ese horror. No menos de medio millón de hombres, mujeres y niños atestaban las carreteras dirigiéndose a las fronteras francesas. 

Pocos iban en coches, muchos en viejos coches de caballo o carros de mulas, la mayoría a pie y todos cargados con bolsas, colchones y paquetes. Tenían que abandonar por pura fatiga la mayoría de sus posesiones cuando marchaban. 

Como si esto no fuera suficiente, los planes del enemigo pronto hicieron su aparición. Lanzaron las bombas sobre los pocos trenes que pudieron dejar Barcelona, cargados al máximo con las familias de los empleados del Gobierno y los soldados heridos. Estos últimos, sabiendo que la entrada de las fuerzas de Franco -especialmente los marroquíes- en las ciudades republicanas, estaría marcada por la masacre total de los enfermos del hospital, habían rogado lastimosamente que no les dejaran allí. 

Los trenes, en cualquier caso, no pudieron llegar más allá de Gerona, pues los caminos desde esa ciudad estaban incluso más atestados que en otra parte. El avance fue lento y la fuerza aérea enemiga se aprovechó de ello, ametrallando implacablemente a la gente desde el aire. 

La información que recibí esos días era confusa. Se iba a organizar una resistencia en una línea intermedia cerca de los Pirineos; las naciones democráticas iban a permitir al fin algunas de las armas que tan trágicamente necesitaban las tropas republicanas, que aún luchaban tras los evacuados. El Gobierno había asentado sus cuarteles generales en Figueras y se iba a llevar a cabo allí una sesión de las Cortes. 

Por ese tiempo, la gente que huía dejaba terribles señales de su paso por las últimas millas de su tierra natal. Las carreteras no estaban sólo repletas de coches averiados y bultos, sino de cadáveres humanos. 

Algunas personas habían muerto a causa de los aviones enemigos, otros habían sucumbido al frío, el hambre o el agotamiento. Pero nadie se quejaba. En su camino, se preguntaban dónde les dirían que pararan o si estarían caminando directamente hasta Francia, dejando sólo al ejército detrás de ellos. 

Los primeros contingentes que atravesaron los pueblos de camino a la frontera pudieron reunir algunas provisiones. Pero pronto ni siquiera hubo un mendrugo de pan que buscar y un hambre voraz se sumó a otros padecimientos. Día y noche, la gente luchaba por seguir.  

Mientras tanto, el Gobierno había hecho un llamamiento a los funcionarios de distintos ministerios para que se detuvieran en Figueras, donde habían sido dispuestos los cuarteles generales en un enorme y antiguo castillo con vistas a los Pirineos. Mi marido, del que oí la historia más tarde, estaba allí con el ministro de Asuntos Exteriores. No había comida y la mayoría de los hombres dormían en el suelo. Mientras esperaban instrucciones en Figueras, los refugiados se aglomeraban alrededor de los Pirineos y hacia el interior de Francia. 

Un amigo nuestro, que estaba cerca de la frontera con un conocido líder socialista intentando ayudar a aquellos que tenían una necesidad más urgente, me contó una conmovedora escena que él mismo había presenciado. En medio de la gran muchedumbre vio un espacio abierto donde un grupo de personas había rodeado el cuerpo de una mujer que había caído al suelo. Como ocurría cada vez que la muerte aparecía, ellos se apresuraban a ver si podían ser de alguna ayuda. Vieron a la mujer tendida en el suelo. Parecía joven, pero su rostro era delgado y terriblemente pálido; la tierra alrededor de ella estaba empapada en sangre. De repente, reconoció al viejo líder inclinado sobre ella. Sus hundidos ojos se avivaron, los demacrados labios sonrieron y, con un deje triunfante en su voz, dijo apuntando a un diminuto fardo al lado de ella: «Mire, tengo un niño».

Mi amigo y el hombre mayor se apartaron y, después de que hubieron andado algunos pasos, el último murmuró con una voz ahogada: «Cómo la envidio. Ella tiene algo por lo que vivir». 

Desde entonces he sentido a menudo que la gran mayoría de los republicanos españoles, incluso aquellos que se han encontrado en grandes apuros, eran como esa mujer. Durante todos los largos meses y años de sufrimiento, han demostrado que tienen algo por lo que vivir: una España libre. 

Pero el enemigo pisaba ya los talones de la gente, y muchos dejaron la carretera y ascendieron los nevados Pirineos hasta que, por fin, toda la enorme y desordenada masa alcanzó la entrada de Francia. Francia, la tierra de la libertad, donde años antes el triunfo de la gran revolución había difundido los principios de Libertad, Igualdad y Fraternidad. 

¡Francia!, pensaron los infelices refugiados, sus ojos fijos en los postes que mostraban el camino. Francia abría sus brazos, a pesar del Comité de No-Intervención, para recibir al pueblo derrotado de España. 

Para su decepción y sorpresa, la Francia que les estaba esperando no era aquella en la que habían creído. Las tácticas fascistas, imitadas de los alemanes e italianos por el traidor Gobierno de Laval, habían empezado a infiltrarse en cada departamento oficial. En vez de las fraternales y acogedoras ofertas de ayuda que los refugiados esperaban, línea a línea de las tropas senegalesas y de la Garde Mobile les hostigaban con las culatas de sus rifles y robaban todo lo que llevaban: relojes y otras joyas, incluso estilográficas, con la excusa de que sus propietarios no habían pagado impuestos por ellos. Luego, separando a los hombres de las mujeres y los niños, les apartaban violentamente en diferentes direcciones. 

Por primera vez desde que España había sido dejada atrás, llantos de desesperación desgarraron el frío e intenso aire invernal. Las mujeres se negaron a gritos a dejar que sus familiares -muchos de ellos viejos y enfermos, otros simples niños- les fueran arrebatados. 

La confusión aumentó por la llegada del Ejército republicano de la zona evacuada. El 6 de febrero, después de una dura lucha en la retaguardia protegiendo la evacuación, cruzaron la frontera de Francia. Marcharon ordenadamente, dejando sus armas a cargo de los oficiales y soldados franceses. No parecían un ejército derrotado, ciertamente no parecía vencido. La superioridad moral de su causa, su propio valor y resistencia y la heroica fe parecían cubrir a los soldados de grandeza. Pero, para los fascistas -predispuestos por la Garde Mobile- estaban vencidos, y pronto se lo hicieron sentir así.

Las mujeres, reunidas a un lado de la carretera francesa, corrieron a encontrarse con sus familiares. Las madres, que no habían esperado ver a sus hijos con vida, se aferraron a los jóvenes cuerpos que vestían el uniforme republicano. Matrimonios, a quienes la guerra había separado durante meses, se aferraban desesperadamente entre sí, pero los soldados senegaleses les separaban sacudiéndoles o golpeándoles. Los heridos que podían estar en pie no recibían ninguna ayuda ni clemencia, sino que eran tratados como el resto de los hombres. De vez en cuando se les concedía el derecho de paso hacia el hospital a nuestras ambulancias llenas de mutilados, de soldados destrozados. 

Entretanto, lejos, en Suecia, mi hija Marissa y yo tratábamos vanamente de tener noticias de nuestra familia. Mi yerno Germán y mi hijo Cefe habían estado sirviendo como médicos durante toda la guerra, a veces en los campos de aviación, y otras en el frente. Ceferino, mi marido, había dejado Letonia en octubre. La evacuación le había pillado en Barcelona mientras aguardaba instrucciones del Departamento de Asuntos Exteriores para una misión especial. 

Los días pasaban sin traemos noticias de ellos. Por fin, el 5 de febrero, recibimos un cable de Germán. Él y su joven hermano Alejandro, que era un oficial de artillería, habían sido llevados al campo de concentración de Prats de Molió. Alejandro tenía malherido el brazo izquierdo, pero a ninguno se le permitió moverse del espacio electrificado asignado a este grupo de refugiados. 

Poco después recibimos un cable de mi marido, a quien, siendo del servicio diplomático, se le había permitido la entrada a Francia y estaba a salvo en Perpiñán. Le telegrafiamos para que buscara a nuestro yerno, y dos días más tarde supimos que estaban los tres juntos. Cómo se las arregló Ceferino, aún lo desconozco. Absoluta perseverancia, supongo, y el pasaporte diplomático. 

Pero no había absolutamente ninguna noticia de Cefe. Mi incertidumbre crecía por momentos. Estaba segura de que el chico había sido atrapado en la trampa fascista. Mi marido, igualmente nervioso, se esforzaba por conseguir algún indicio de dónde estaba. Finalmente, después de once días, telefoneó diciendo que por fin había encontrado a nuestro hijo. Cefe estaba cerca de la frontera pasando a Francia bajo su cuidado a los últimos soldados heridos. Más tarde él también fue confinado en un campo de concentración en Argelès-sur-Mer y liberado por algunos amigos de mi marido y el prefecto del lugar, que resultaron ser amables.

Respiré con dificultad durante irnos minutos. Mis pensamientos volaron de regreso a las escenas que un amigo sueco, Georg Branting, había descrito. Volvía de la frontera donde el Comité de Ayuda Sueco estaba haciendo lo que podía para ayudar a los refugiados. 

-Ni siquiera Dante podría haber imaginado cosas tan terribles como las que yo he presenciado-, decía una y otra vez. 

¿Qué podía hacer?, ¿cómo podía ayudar? Podía enviar algunos cheques a aquellos con los que podía contactar, pero nada más. 

¿Por qué estaba Francia haciendo esto? Yo sabía, y también nuestro pueblo, que no era toda Francia. Muchos, muchos refugiados fueron ocultados, escondidos y cuidados por humildes campesinos y trabajadores. Ellos también eran Francia. Otros, en París, fueron ayudados por gente de familias acomodadas, que también eran Francia. 

¿Y el Gobierno? ¿Para qué preguntar? Dentro del Gabinete, como fuera de los círculos oficiales, había también gente con diferentes opiniones. Había simples gendarmes que demostraron su humanidad. Por todo el país, como en España y en otras naciones, existían verdaderos y honestos demócratas, muchos. Pero también había fascistas, y estos iban a ser los fuertes durante un tiempo. Más de uno de los refugiados españoles me ha contado cómo los miembros de la Garde Mobile y de la policía se burlaban de los documentos y salvoconductos firmados por el mismo primer ministro francés. 

Los desaires y castigos cometidos en el nombre de Francia a los refugiados sin hogar hirieron profundamente los corazones de los republicanos españoles. Nadie se hubiera sorprendido o lamentado si se hubieran tomado ciertas medidas justificadas, como un internamiento decente. Pero los golpes, las humillaciones y los insultos, incluso por parte de algunos oficiales del Ejército francés, eran difíciles de soportar. Los partidarios de Franco cruzaban la frontera constantemente para recrearse contemplando a sus propios compatriotas derrotados. 

En esos duros momentos, las acciones de la propia guardia de oficiales eran difíciles de asumir y se oía murmurar a muchos de sus compatriotas ante la visión de semejantes actos: «Me avergüenzo de ser francés». 

Pero ahora, por fin, Francia ha recuperado gloriosamente su buen nombre y estamos preparados para perdonar y olvidar, perdonar lo que estuvo mal, y recordar la generosidad de nuestros amigos y la gloria de nuestra causa común.


Isabel Oyarzabal Smith
Rescoldos de libertad. Guerra civil y exilio en México - Capítulo I



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