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2257. La caída de Málaga





—¿Qué nueva desventura en esa de Málaga? Es tonto ocultar la noticia que ya está circulando por todas partes. La desmoralización es terrible y no hay quien no piense en tener en regla su pasaporte. Parece que la caída de Almería es inminente.

Me propuse tranquilizarle, pero más que con la esperanza de conseguirlo con el deseo de que no adivinase que la noticia que me había dado era absolutamente inédita para mí. Estaba claro que me suponía perfectamente informado y hasta me pidió detalles de lo que había sucedido. No llegué a inventarlos, pero confieso que me hubiera costado muy poco trabajo hacerlo, seguro de no equivocarme demasiado. Era forzoso: tenía que haber ocurrido lo que en todas partes. La novedad del caso estaba en la descarada intervención de los italianos, que comenzaban a actuar en la guerra de España con unidades regulares, motorizadas en gran parte, y mandos propios. Los italianos, como después se supo, entraron en Málaga formados y cantando Giovinezza, lo que les ha permitido reivindicar esa victoria como exclusivamente suya.

Cuando el diálogo con «Juan de la Encina» se extinguió, intenté conocer más ampliamente la noticia y el alcance que se concedía a la desgracia. En el Ministerio de Hacienda la información era muy escasa. Tenían la preocupación de lo que hubiera podido sucederle al teniente coronel Federico Ángulo, a quien enviaron con un convoy de camiones a retirar de la plaza, cuya situación se reputaba grave, varias
toneladas de plata. Estaban sin sus noticias y temían que hubiese sido hecho prisionero. Aparte de esa noticia, que sentimentalmente también me afecta, no conseguí otra que la de la traición de Villalba, jefe militar de Málaga, al que ya se le hacía responsable de la pérdida. En el Ministerio de Marina y Aire, Prieto tenía más noticias. Me afirmó que la ciudad fue abandonada. Todos los militares se pusieron a correr, en cuanto sintieron las ametralladoras del adversario y, durante toda la noche. Málaga no perteneció a nadie. Uno de sus subordinados, marino, le tuvo durante la noche al corriente de lo que sucedía y él, ante la imposibilidad de notificárselo a Largo Caballero, que se había retirado a su domicilio de Alcira, se lo había comunicado a Álvarez del Vayo, con encargo expreso, por su mayor amistad con el jefe del Gobierno, de que se lo notificase inmediatamente. ¿Cumplió el encargo? ¿El jefe del Gobierno y ministro de la Guerra hizo, si lo conoció, algo más que afligirse? El ministro de Marina y Aire conservó hasta el último momento su comunicación telefónica con Málaga. Su subordinado le siguió informando de la situación hasta que, persuadido de que no se proyectaba defensa alguna, necesitó pensar en su propia seguridad. Las noticias de este hombre no podían ser más pesimistas. La mitad de la población se había puesto en camino hacia Almería, arrastrando en su impulso a los propios milicianos, sobre los que nadie se cuidaba de ejercer autoridad. El coronel Villalba estaba desbordado y no sabía qué hacer ni a qué zona del frente acudir en remedio. En el supuesto de que hubiese sido capaz de reflexión, no hubiera descubierto medio que le ayudase a salir del atasco. No tenía nada ni a nadie. Ni se tenía él mismo. Veamos: Un oficial de enlace llega a su despacho; le informa que quince tanques avanzan por la carretera de Colmenar. El oficial precisa:

—Estarán a ocho kilómetros de la capital. Los soldados, al verlos, tiran los fusiles y huyen a la Sierra.

El coronel Villalba sabe todo lo que necesita. Cambia unas palabras con los oficiales de su Estado Mayor, da órdenes a su ayudante, y se dispone a salir. Se interfiere un testigo, en el que nadie ha reparado durante la escena anterior, Arthur Koestler, corresponsal del diario londinense News Chronicle. Villalba le hace, de mala gana, una declaración sorprendente.

—Todo lo que le puedo decir es que la situación es seria: pero Málaga se defenderá.

El periodista quisiera saber dónde va el coronel, cuáles son sus planes. Se lo ha preguntado, sin obtener respuesta. Se asoma a la ventana y desde allí ve cómo Villalba, con sus oficiales, monta en automóvil y emprende la fuga, desatendiéndose de la suerte de la ciudad. ¿Cómo se defenderá Málaga? ¿Quién la defenderá? Sólo la providencia podía hacerlo. El mismo periodista inglés, corresponsal del News Cronicle, que visitó nuestros frentes, informa de ellos con profunda tristeza. El frente de Marbella se reduce a una barricada. A su derecha, los soldados han comenzado a cavar una trinchera. Como el periodista interrogue al comandante qué hará cuando se le presenten los carros de asalto del enemigo, la respuesta del comandante, que se encoge de hombros, es perfecta: «Irme con mis hombres a la Sierra». ¿Qué otra cosa podía hacer a presencia de las tanquetas italianas? Su previsión era normal. Lo anormal es que el coronel Villalba hablase del frente de Marbella como de una línea de defensa valorable militarmente, cuando no pasaba de ser un retén de milicianos apostados detrás de las piedras de una barricada. En el llamado frente de Antequera, la fantasía era mayor. «Es el frente más insensato y el más pintoresco que he podido ver», escribe Koestler. Nadie ha pensado en destruir la carretera. Se conserva intacta para en caso de una ofensiva propia. Como la ofensiva es del enemigo, el capitán del sector juzga que con las fortificaciones laterales habrá suficiente para defender el avance de la infantería. «¿Y si vienen los carros de asalto?». «En tal caso, como nada podemos hacer, nos iremos a la Sierra».

En la Sierra es donde está instalado el observatorio para seguir los movimientos del enemigo. En el pico del Diablo, un capitán vigila. Un teléfono le une al puesto de mando; pero en previsión de que el teléfono no funcione en el momento preciso en que se necesite su servicio, el capitán ha hecho tender una línea más segura: un cable, al que se ha unido, en el puesto de mando, una campanilla. Este sistema lo reputan más seguro: saben que cuando el capitán tire el cable, la campanilla, estremecida, sonará. Todo el defecto es que se producen alarmas infundadas. Eso no importa. El capitán observador, que es un soldado de leyenda, asegura al periodista que si llegan los tanques, los tanques serán destruidos. Tales eran los frentes que defendían Málaga y contra los que Queipo de Llano, después de madura reflexión, de adquirir el consejo y la colaboración personal de estrategas italianos, lanza varias columnas, una de ellas motorizada, y tres cruceros, desde uno de los cuales, el Canarias, sigue personalmente el curso de las operaciones. «Málaga es la primera victoria en la que han colaborado los italianos». Estos entran como vanguardia en la plaza; pero izadas las banderas monárquicas en los edificios, se les ordena esconderse. No es bueno que el pueblo advierta su presencia. Va a dar comienzo la operación de «limpieza» y esta corresponde a los españoles, ayudados, a lo sumo, por los regulares. Ese cuadro trágico es, con pequeños variantes, el mismo de Badajoz y Toledo.

A la ciudad, medio derruida por los bombardeos, ennegrecida por el humo de los incendios, le falta el riego de lágrimas y sangre. Con esos líquidos se hace la limpieza. El drama de la ciudad es menos sombrío que el drama de la carretera. Sobre la masa empavorecida que desertó de Málaga, huyendo de las represalias, los aviones de Franco y los navíos nacionalistas se cubren de oprobio. En vuelos rasantes, las ametralladoras de los aviones agotaron sus municiones sobre la muchedumbre desesperada. Madres que se negaban a desprenderse de sus hijos muertos, perdieron la razón. Otras, creyendo salvarse, se arrojaron al mar, donde perecieron. La carretera quedó cubierta de cadáveres y moribundos. Los aparatos repostaban y volvían a su trabajo siniestro. Los buques… «Los rápidos progresos de todos estos ataques —han escrito dos apologistas de la victoria de Franco: Brasillach y Bardeche—, determinaron un gran pánico y los fugitivos se aglomeraron en coches y camiones, ensayando llegar a Almería. La mañana del día 8, la flota nacionalista ancló delante de la Torre del Mar para cerrarles el camino…». Sus salvas mortíferas hacen carne en una muchedumbre de mujeres, niños y ancianos, a la que se han mezclado algunos combatientes. El detalle de esta carnicería renueva el horror de lo ocurrido en la plaza de toros de Badajoz. La voz de los supervivientes que hacen el relato se rompe en una congoja sin consuelo. Lloran, no por el luto concreto del padre que perdieron, o por el hermano que les falta, o por la madre, de la que ignoran qué se hizo, sino por algo más grande y solemne: por el hundimiento de todos los conceptos sagrados, por el naufragio de su fe pueril. Los cañones de los navíos y las ametralladoras de los aviones no los manejaba ninguna deidad hostil y furiosa, sino hombres igualmente refractarios al dolor que, a su hora, clamarían, con el mismo acento doloroso, piedad y compasión para sus vidas. ¿En qué excitaba su cólera aquella doliente caravana? Su persecución implacable quedaba fuera del marco de la victoria y entraba en el repertorio de la patología sexual. ¿Qué otra explicación puede arbitrar la inteligencia?

El viajero que haga camino en esa carretera se seguirá estremeciendo al recuerdo de tanto sufrimiento y de tanta sangre como empapó. Los gritos de las víctimas, el balido angustioso de tanta criatura vuelta inocente por miedo a la muerte, deben estar prendidos a las zarzas de las cunetas y a los arbustos del paisaje. Todo en él, por mar y tierra, tendrá una terrible resonancia trágica. La carretera es un calvario de infinitas cruces. Las fantasías de los frentes de Málaga era fatal que tuviesen un epílogo patético y lo tuvieron. Como en las tragedias elementales, la voluntad defensiva del hombre no sirvió de nada. Los cruceros nacionalistas no tuvieron oposición. Cuando consideraron terminada su obra, a toda máquina, se plantaron en Málaga. Igual hizo la aviación. Al mediodía del lunes, día ocho de febrero, la ciudad y el puerto son, oficialmente, del gobierno de Franco.


Julián Zugazagoitia
Guerra y vicisitudes de los españoles,  1940





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